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Federico G. Rudolph

DE ÁNGELES

Primera Edición

Del Autor

2010

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Título original: De Ángeles

Autor: Federico Gabriel Rudolph

Primera Edición del Autor, 2010.

Diseño de Portada: Federico G. Rudolph

Ilustración: Laura B. Rudolph

Copyright © Federico G. Rudolph, 2005 - 2010

Todos los derechos reservados

Registro de Propiedad Intelectual de Safe Creative

Para contactar con el autor:

deangeles@federicogrudolph.com.ar

No se permite la reproducción parcial o total, el

almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación

de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea

electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u

otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su

infracción está penada por la ley.

A Miguel, a Ángel, a Gabriel. A todos el os.

“El”. Quien como Dios.

— ¿Qué escribes?, —preguntaste con tu voz de Ángel.

—Lo que siento, —respondí.

A los Ángeles, no se les puede mentir.

MIGUEL

(Jueves, 28 de julio de 2005)

ue la mañana de su designación como

Presidente del Consejo Interamericano de

F

Desarrol o. Se topó con él en medio del pasil o,

justo en el momento en que salía de su nueva y

reluciente oficina; no dijo su nombre (en verdad

que no). Se presentó a sí mismo como el enviado

del Jefe (aunque había sonado, más bien, algo así

como: “El Jefe”; con mayúsculas).

Si bien, le extrañó la poca diplomacia del

presunto mensajero, acordó concertar una

entrevista para el próximo sábado, puesto que no

había otro lugar en su agenda (acomodarse a su

nuevo cargo le l evaría no menos de un par de

semanas a tiempo completo).

En realidad, no deseaba a atenderlo (menos el

sábado), sólo era un formalidad (pensaba tomarse

un breve descanso el fin de semana). Antes de la

fecha mencionada, le l amaría y postergaría la cita

para más adelante (bajo alguna excusa); o mejor,

su asistente se encargaría de derivarlo con alguien

de menor jerarquía (alguien que tuviera tiempo

para atenderlo). Para ser sincero, no le interesaba

en lo más mínimo el desconocido; pero las reglas de

negocio indicaban que debía concertar con él una

entrevista (o al menos, aparentarlo). El juego

11

siempre era el mismo: convenir con la otra parte y

renegociar a último momento (esta estrategia

siempre le rendía beneficios). Necesitaba liberarse

de él lo más pronto posible, lo esperaban abajo en

unos minutos…

—Es Importante. Y Urgente —agregó a su

presentación el hombre vestido de blanco. Por

cierto, un intrigante traje blanco. Y sombrero. Ya

nadie usaba sombrero.

—Sí, sí. Ya lo creo que sí —contestó, como

para satisfacerlo—. Lo que sucede es que no tengo

tiempo: acabo de efectuar seis entrevistas y me

esperan otras cuatro; dos reuniones importantes

con el resto del Consejo Directivo; y por supuesto

(como estará enterado), dirigiré la Cumbre esta

tarde. Lo siento, pero me es imposible atenderlo

ahora. Apenas si he tenido tiempo de tomarme un

café.

—Lo acompaño, mientras toma el próximo.

Cinco minutos de su tiempo —cerró el visitante.

Era la primera vez que le pasaba; no sabía que

responder. Veintiséis años como Administrador de

Recursos Humanos y otros catorce como

Representante de Ventas de la empresa petrolera

(con raíces en el extranjero), más importante de

Venezuela; cinco como diplomático y no podía

manejar aquel a conversación. —Debo estar

padeciendo estrés —se dijo a sí mismo.

Finalmente, accedió y subieron a la confitería

(que quedaba en el décimo piso). Después de todo,

le gustaba el café.

12

—Qué sea rápido —le espetó, mientras pedía

dos cafés con azúcar, sin crema. (Se dio cuenta de

que necesitaba el azúcar).

—Como le dije: es Importante. Y Urgente —

repitió el extraño, como si aún no lo hubiera

mencionado.

—De acuerdo, ¿De qué se trata? A propósito:

no me dijo su nombre —y quedó como haciendo

una mueca; esperando una respuesta que no se

podía eludir.

—Ángel, me dicen. En realidad, mi nombre es

Miguel —aunque le sonó más bien como Michael, o

Mikel.

¿Sería

extranjero?

—pensó—.

Probablemente. Sonrió para sí y recordó que

alguien había mencionado que, en el edificio, más

del noventa por ciento de la gente que se

trasladaba de oficina en oficina no era del país. Se

trataba de una Organización Internacional. Así que

no era de extrañarse.

—He venido a traerle un mensaje. Como le

dije antes: del Jefe.

—Ajá. Continúe, hasta ahora no me ha dicho

nada nuevo. Miguel dice que se l ama, ¿No? —

entonces, empezó a jugar con las palabras: Ángel,

Miguel, Ángel Miguel, Miguel Ángel.

— ¿Sería cierto lo del nombre? —se dijo a sí

mismo.

—Lleve a cabo sus citas —le dijo el hombre;

sin permitir que terminara con sus reflexiones—,

pero postergue la conferencia de hoy. Esa

disertación no debe hacerse. No es una amenaza,

no es un chantaje; no se trata de eso. Tampoco

13

estoy loco. Ese es el mensaje. Lo siento, pero debo

abandonarlo, mi presencia aquí ya no es necesaria:

le he dado el recado y mí tiempo ha concluido. Sólo

he venido a prevenirlo: Usted no debe participar de

la Cumbre, nadie debe. Las consecuencias serían

terribles. Lo dejo, en unos momentos tengo que

reunirme con el Jefe…

Sin esperar respuesta, se levantó de la barra y

se dirigió hacia el ascensor que, coincidentemente,

abría sus puertas en ese momento.

Aquel a escena se esfumó, con rapidez, como

lo había hecho aquel hombre de blanco. Ángel o

Miguel o quien sea.

— ¿Y quién será el Jefe? Todo esto es muy

extraño —pensó, en voz baja

—Son cuatro con cincuenta —pronunció el

barman; señalando delante de él (ante la mirada de

desentendimiento del Presidente del Consejo), al

ver que el cliente se levantaba y parecía irse sin

pagar.

—Perdón, ¿Cómo dijo?

—Cuatro con cincuenta; eso, es lo que sale el

café. —Los cafés, dirá Usted.

—Disculpe, pero sólo me pidió uno. Es el

precio de siempre. ¿Se siente bien?

Ante la insistencia del hombre de la caja, y por

su propio apuro, pagó y se alejó. La taza aún

humeaba. Estaba l ena. Efectivamente, sólo había

una.

14

Sin pensar, tomó el elevador y bajó hasta el

cuarto piso (donde, supuestamente, lo estaban

esperando). Mientras cruzaba la puerta y

preguntaba a su Secretaria, miró su reloj. Se

sorprendió de haber l egado a tiempo:

—Aún, no se han presentado —le dijo la

empleada— ¡Ah! Pero me dicen de Seguridad que

están subiendo —aclaró el a después de levantar el

tubo del teléfono y escuchar la voz del otro lado

que anunciaba la l egada del Gerente General de

Radiodifusión para América Latina y sus asesores.

—Está bien, Clara, apenas suban, hágalos

pasar. No los demore, hoy ya es un día muy largo;

cuanto antes termine mejor.

—A sus órdenes Señor Iván.

La conversación pasó sin mayores, así como el

resto de las entrevistas que estaban programadas

para ese día. Sin embargo, el incidente le había

dejado como ausente; escuchaba y contestaba a

sus interlocutores sin prestarles atención alguna,

automáticamente. En algún momento, en silencio,

atinó a compararse a uno de esos programas de

computadora que parecen tener respuesta para

todo (Sistemas Expertos o de inteligencia Artificial,

según dicen), pero que en realidad sólo responden

a estímulos programados con anterioridad. A pesar

de el o, nadie se dio cuenta.

A medida que l egaba la hora señalada, la

preocupación fue en aumento. De todos los

seminarios, eventos, charlas, disertaciones y

conferencias, de los cuales había participado como

disertante, en representación del CID (Consejo

15

Interamericano de Desarrol o), el próximo era y

sería (sin lugar a dudas) el más importante de todos

durante mucho tiempo. Mientras la gente le

hablaba, él se preguntaba (cada vez con más

insistencia), por qué un hombre vestido de blanco

quería evitar que se efectuara la Cumbre Mundial

por el Desarme y la Paz (a celebrarse ese día, en

ese edificio y en unas pocas horas).

El temor comenzó a latir en su pecho y

presintió lo peor: un atentado contra su vida, contra

la de los principales representantes del las

Organizaciones Mundiales (la vieja ONU, La

Comunidad Económica Europea, El MERCOSUR, La

Organización de las Naciones Árabes Unidas, La

Unión de Países Asiáticos, África Unida, China

Independiente, la Unión India-Paquistaní y el Propio

Consejo Interamericano de Desarrol o), y contra los

representantes de las, más de cien, religiones y

organizaciones no gubernamentales, en defensa de

los derechos Humanos, en defensa de los derechos

animales, del ambiente, etc.

El Director General de GreenPeace y sus

al egados pausaron su oratoria y se quedaron

mirando unos a otros al observar que Iván Pérez ya

no los estaba escuchando. Les tomó un momento

sugerirle que quizá fuera conveniente postergar la

charla para más adelante. El Presidente asintió y

agradeció con la mirada el gesto, despidiéndose

humildemente desde junto al gran ventanal que

daba a la avenida Bogotá y desde donde se podía

apreciar como el mar se unía y rodeaba a la ciudad

y se perdía a lo lejos en el horizonte junto con los

barcos y las estelas de los cerca de ciento cincuenta

16

aviones que a diario arribaban y despegaban del

Aeropuerto Internacional.

Cuando quedó sólo, volvió a su memoria el

sueño de la noche anterior: veía como una gran

nube de humo negro con forma de hongo se

elevaba por entre las nubes blancas, un resplandor

rojizo, gritos, l antos y luego se despertó bañado en

sudor. En aquel momento pensó que le había

afectado la película que acababa de ver antes de

dormirse: una de esas acerca del fin del mundo.

Ahora, temía que se tratara de un mal

presentimiento.

— ¡Maldición! —exclamó, como para tratar de

volver a la realidad y olvidarse del asunto.

Sin embargo, su corazón seguía latiendo muy

fuerte; sus sienes, también. Se le aflojaron las

piernas y creyó desmayarse; al cabo de unos

minutos, logró ponerse nuevamente de pie. Junto a

la ventana.

Entonces, hizo uso de la lógica y empezó a

armar y desarmar conjeturas respecto del

significado de aquel encuentro con el hombre del

sombrero.

No podía tratarse de un atentado al propio

edificio del CID; faltaban apenas veinte minutos

para la Conferencia Mundial, y si así fuera, aquel

extraño le hubiera mencionado el asunto con mucha

mayor anticipación, de modo que no hubiera nadie

cerca de aquel gigante de vidrio y hormigón. Si

fuera una explosión, no había tiempo para escapar,

el derrumbe de semejante estructura (349,75

metros de altura) afectaría varias manzanas a la

17

redonda, probablemente toda la ciudad sufriría las

consecuencias. Además, la Cumbre por el Desarme

y la Paz se tornaría en una guerra mundial sin

precedentes. Ya lo veía: unos países culpándose a

otros, nadie sabría quién colocó la bomba. No, no

podía tratarse de eso.

Qué era, entonces. Cuál era el propósito de

que alguien le sugiriera que no era bueno que

aquel a Conferencia se hiciera…

Faltaban nada más que quince minutos, y

ninguna teoría le terminaba de cerrar. Tenía que

tomar una decisión.

A pesar de que expresamente, el misterioso

individuo había mencionado que no era una

amenaza, consideró la posibilidad.

Diez minutos: tenía que determinar que haría.

Pensó en l amar a seguridad y requisar el edificio de

pies a cabeza pero era imposible; no había tiempo

suficiente. ¿Buscar a esta persona?: ya estaría

probablemente fuera de la isla (partía un avión cada

cinco minutos a todas partes de la tierra), hasta

podría haber cambiado de aspecto. Tampoco estaba

seguro del nombre, menos sabía de su apel ido. Ni

siquiera creía que fueran reales.

A lo poco recordó que, él mismo, esa misma

mañana y desde hacía más de un mes justo antes

de aceptar el puesto, no confiaba en que la Cumbre

Mundial sirviera para algo.

Incontables veces, muchos, antes que él

habían tratado de hacer algo semejante sin el

menor resultado. Los índices de criminalidad

18

alcanzaban valores no conocidos antes en todo el

mundo, el hambre, la guerra, el terrorismo, eran

moneda común en todas partes, ya no había ningún

sitio seguro en el planeta. Quizá lo mejor era

renunciar. La Paz y el Desarme eran (y

probablemente siempre fueron y serían) una utopía.

Albert Wil iam Harris ya había probado su teoría de

la naturaleza maligna del hombre: “El mal es un

bien necesario en nuestra especie”. “Sin el a nos

hubiera sido imposible sobrevivir”. Básicamente, así

rezaban los conceptos de este autor, del cual pronto

surgieron diferentes escuelas filosóficas y hasta

alguna que otra secta. Revertir esto, era pues muy

difícil; cientos de científicos, filósofos y las mismas

religiones, vistas desde esta nueva perspectiva lo

probaban día a día. La Cumbre por el Desarme y la

Paz Mundial parecía un total contrasentido.

Después de todo, él mismo, en el fondo, no

estaba del todo de seguro de los resultados: ¿Los

paquistaníes abrazándose con los israelíes?

Imposible, y difícil de creer. ¿Los europeos

aceptando a los países del tercer mundo como sus

iguales? No parecía para nada cierto. ¿El Sur libre

del yugo del Norte? Vamos, quién se tragaría

semejante cuento. ¿África rica? ¡Ni en mil años

podría suceder!...

…En su muñeca podía leer que faltaban cinco

minutos para la Cumbre Mundial (aunque le

sonaron a cinco minutos para el despegue,

recordando un viejo programa de televisión que

mostraba como el trasbordador espacial Discovery

se elevaba por última vez).

19

Este

último

pensamiento,

vago

y

descontrolado, lo retornó a la realidad: él, jugando

a formar frases con palabras sueltas, y el resto del

mundo, al borde del abismo. Sintió el peso

justamente del mundo sobre sus hombros y se

acobardó. Huir en silencio, y que se las arreglen,

después de todo, todos tenemos alguna

responsabilidad por cómo están las cosas ahora.

Nadie se puede declarar inocente.

A lo mejor, la utopía no debía cumplirse (las

palabras del mensajero, recordó, fueron esas: “esa

disertación no debe hacerse”, “nadie debe…”).

Entonces, se le ocurrió que tenía que mantenerse

como la línea del horizonte, lejana, pero

inalcanzable, los navegantes siempre iban hacia el

horizonte, pero nunca l egaban al horizonte, sin

embargo a algún lugar l egaban tratando de

alcanzarlo. El horizonte en sí no era la meta, sino la

fuerza, la esperanza que los impulsaba a seguir. Así

es como se habían descubierto otras tierras, así es

como se habían inventado vacunas contra las

enfermedades, así es como todo se hacía en este

planeta. Quizá la Paz mundial no debía alcanzarse.

Sí, de eso se trata pensó. Si así fuera, si

alcanzáramos la Paz, moriríamos como especie, ya

no habría nada más para hacer, por algo, Adán y

Eva fueron echados del paraíso, y la Paz y el

desarme mundial sería el Paraíso. Ahora, todo tenía

sentido…

…Clara, lo sacó de su pensamiento

comunicándole que lo esperaban en la Gran Sala de

20

Conferencias (en realidad era grande: cabían más

dos mil personas).

Decidido, espero que cesasen los aplausos y

que su Manager le indicara que podía hablar. La

transmisión se hacía por cadena Mundial para todos

los países y en todos los idiomas, en ese momento

él estaba conduciendo el único “programa”

televisivo ese día a esa hora para más de un bil ón

de espectadores.

Sus palabras colmaron la sala, y dijo lo que

había decidido decir: “La Paz Mundial” y “El

Desarme” son hoy un sueño echo realidad. El

próximo paso es l evar a otros lugares este mensaje

de fe y esperanza, que seguro otros como nosotros

no conocen, queda en manos de nuestros

científicos, políticos, religiosos y filósofos proponer

nuevas metas para la Humanidad Entera y que éste

sea nuestro legado hacia las estrel as de las cuales

hemos surgido…

Contra lo deseado por el personaje de blanco,

él había concretado la Cumbre Mundial y había

propuesto una nueva meta, un nuevo horizonte,

aún cuando sabía perfectamente que se tardaría

años, décadas, siglos, milenios en realizar, si es que

alguna vez se podía alcanzar (el horizonte no era el

objetivo, sino que debía aparentar serlo). Estaba

claro, sin metas, el hombre no podría subsistir. Y

esta era una meta lejana, imprecisa, inalcanzable,

pero que a la vez proponía el desarrol o de nuevas

tecnologías, esperanzas, pensamientos, una nueva

moral, nuevos descubrimientos.

21

Su trabajo estaba hecho, un solo día de

trabajo y lo había alcanzado.

Entonces, todo se oscureció y cayó cuan largo,

era sin sentido. Su corazón había fal ado. Sólo

alcanzó a escuchar los aplausos y el júbilo de la

gente que se abalanzaba sobre él (más de dos mil

personas), tratando de evitar lo inevitable. Las

fatídicas palabras, al menos para él, se habían

cumplido: “…las consecuencias serán terribles…”.

El suceso se transmitió en Cadena Mundial, los

titulares de los diarios anunciaban que el líder del

Consejo Interamericano de Desarrol o Iván Pérez de

76 años de edad había perecido debido a un ataque

al corazón momentos después de anunciar el

Desarme, la Paz Mundial y de proponer un nuevo y

utópico objetivo para la Humanidad.

Claro que él era ajeno a estas noticias, ahora

esperaba en una larga fila que lo anunciaran ante

“El Jefe”. Sí, con mayúsculas. Y lo más extraño, sus

propias vestiduras blancas. Pensó que estaba en un

sueño y se acordó del hombre de blanco, con

sombrero blanco, con reloj blanco, cejas blancas. Sí,

todo blanco…

Sonrió y pensó: “¿Qué diría Freud respecto de

este sueño?”. Y al pensarlo, para su sorpresa, y

como por encanto, se vio inmediatamente

transportado ente la oficina de “El Jefe” y

reconoció, también inmediatamente, al personaje

que estaba a su lado: se trataba de “El Mensajero”.

—Efectivamente, soy yo —dijo éste último,

como respondiendo a su pregunta—. Algunos, me

22

dicen Ángel. Aquí, me l aman: Miguel. Antes de

vestir de blanco, me dedicaba a escribir libros. Se

puede decir que soy el padre de la Psicología

moderna. “El Jefe” y yo hicimos una apuesta: que

yo no sería capaz de persuadirlo para que Usted

finalmente aceptara l evar a cabo la cumbre Mundial

por el Desarme y la Paz al í en la Tierra. Me

convenció, y como verá yo lo convencí a Usted. ¿No

me diga que no tenía sus dudas y que no pensó,

más de una vez, que todo sería un verdadero

fracaso? ¿Ya leyó lo que dicen los diarios? Cinco

países del mundo, incluido el Congo, aunque no lo

crea, ya están fabricando una cura definitiva para el

virus del Sida, la hepatitis y más de cien afecciones

de origen genético, a costo cero para los enfermos,

con la colaboración de las empresas farmacéuticas

más avanzadas. La India está encarando un

proyecto de viajes tripulados a Marte, calculan que

en cincuenta años se podría establecer una colonia

permanente. Más de veinte países exportan granos

y alimentos al tercer mundo sin cobrar un centavo.

— ¿Quiere algo más liviano? —Continuó el

Mensajero—. Desde su muerte, la delincuencia ha

descendido en un noventa por ciento, y ya casi no

hay accidentes de tránsito. ¿Increíble no?

—Pero, ¿me está tomando el pelo? —Preguntó

el recién l egado.

—De ninguna manera, véalo por Usted mismo.

El Ex Presidente del Consejo Interamericano

de Desarrol o no podía salir de su asombro. Todo

parecía ser verdad, y por lo cierto: esto no se sentía

exactamente como un sueño. ¿Acaso…?

23

—Así es —dijo “El Jefe”—. Pero no se sienta

mal, por suerte mi querido Iván está usted vestido

de blanco. Y respecto a la apuesta, créame que la

he ganado. No la que hice con Miguel, sino con

Gabriel otro de mis Ángeles. Me apostó a que yo no

sería capaz de hacer que Sigmund trabajara para mí

como mensajero. Como ve, era imposible que se

rehusara ante semejante desafío. Aunque al

principio, temo decir, dude de sus capacidades,

felizmente, no dejo de admirarme de su astucia.

—Pero, yo pensé que su objetivo era tratar de

evitar que se efectuara la Cumbre Mundial.

—Mi estimado amigo —dijo el Ángel—. Tal

como acaba de ver, la Psicología inversa todavía

funciona, se trata de establecer una situación

padre-hijo donde el Padre le dice al hijo lo que no

tiene que hacer para que el Hijo lo haga

indefectiblemente, es muy simple en realidad. Usted

vendría a ser el hijo. Y créame, que acabo de darme

cuenta de que, a mí me han hecho la misma

jugada…

Gabriel

24

ÁNGEL NUEVO

(Sábado, 29 de julio de 2006)

l fogonazo salió de la nada. Apenas un

instante después, se escuchó el disparo. Un

E

rictus de dolor asomó en su rostro y cayó exánime;

estaba muerto.

Cuando le abandonó el miedo, abrió sus ojos; y se

vio de pie junto al cuerpo. —Estuvo cerca —pensó—

. A pesar de lo obvio, se arrodil ó y le tomó el pulso

—nada —. Su piel, aún estaba tibia.

Irguiéndose lentamente, se puso en marcha y se

alejó del cal ejón. —Cruzando la arteria principal, un

farol (apenas encendido), descorría, nimiamente,

las tinieblas.

A unos veinte pasos de distancia, detuvo su andar.

— ¡Vine solo!, —exclamó para sí—. Giró sobre sus

talones y observó —por última vez—, su envoltura

mortal.

Desplegó sus alas y voló, más alá del cielo y de la

tierra.

Gabriel

25

ÁNGEL CON NOMBRE DE MUJER

(Lunes, 19 de marzo de 2007)

e enamoré de ti en el instante exacto que, al

Mbr ilar con tu luz, ocupaste todo el espacio de

mi ser. Te creí Dios. Obnubilado quedé con tu

presencia. Te amé hasta resplandecer y l egué a

ser tan radiante como tú. Entonces, pude ver tu

hermoso rostro; tu esfinge de mujer; tus rizados y

largos cabel os; tus alas desplegadas al sol. No eras

Dios. Tu espada vengadora cercenó de l eno mi

cabeza, perdida en ti. —No se puede amar a un

ángel —me dijiste (por tus mejil as, ríos de plata

l oraban por mí) —, es un pecado en el que has

caído más de una vez. Tu vida ya me fue dada en

otro tiempo. ¿Por qué lo hiciste; aún, al saber que

te esperaba la muerte?—. Con mi último aliento,

respondí a tu pregunta—. Es mi destino —te dije—.

Estaba escrito en el cielo, en el infierno y aquí en la

tierra. Y aún así, te amaría otra vez…

Gabriel

26

GABRIEL

(Sábado, 24 de marzo de 2007)

u rostro miraba hacia todos lados. Sus oídos

S escuchaban todos los sonidos. Su corazón

conocía lo que cada ser por debajo de él. Su interior

comprendía todos los pesares del mundo. No era

Dios, sino el ángel que anunciaba los males de la

tierra. Quería escapar de su destino. Entonces se

hizo hombre y perdió la gracia del saber y de la vida

etérea. Pero, la recuperaría al volver. No es posible

huir de la propia naturaleza. Los ángeles, siempre

serán ángeles. Mientras sueñan, descienden entre

nosotros y pueden amar a otros ángeles dormidos;

son seres errantes que vagan entre los mortales

confundiéndose entre el os. Cuando retornan a la

luz, sus rostros se vuelven hacia aquel os que

amaron, sus oídos escuchan las voces de los niños,

sus corazones sienten lo que el hombre; en su

interior, no comprenden su propio pesar. Lo sé

porque soy uno de el os. El que escapó de su

destino y sólo quiso entender la razón de tanto

sufrimiento. Prefiero dormir entre los hombres a

despertar del sueño que me hará saber que en la

tierra amé a un ángel y que ya no podrá ser.

A ti que todo lo sabes y todo lo gobiernas, — ¿Por

qué me dejaste amar? ¿Por qué me dejaste sufrir?

—te pregunté, sin esperar una respuesta. —Porque

27

tu rostro —contestaste—, miraba hacia todos lados;

porque tus oídos escuchaban todos los sonidos;

porque tu corazón conocía lo que cada ser por

debajo de ti; porque tu interior comprendía todos

los pesares del mundo; porque sólo te faltaba

descender a la tierra, amar y sufrir lo que el

hombre. Así, has ganado tu alma…

Gabriel

28

EFRITH

(Jueves, 6 de septiembre de 2007)

n mitad de la noche, el espantoso y alado ser,

atravesó (como por arte de magia) la única

E

ventana del cuarto —el que por cierto, se

encontraba muy mal iluminado y en deplorable

desorden—; en su interior —el Contador del

Edificio— le aguardaba desde temprano; —aquí y

al á— montones de papeles revueltos por el piso;

dos armarios desvencijados abiertos de par en par

(cargados de unos pocos libros escritos en lenguas

extranjeras), una deslucida mesa con las patas

hacia arriba y una vieja y gastada sil a (por todo

mobiliario) componían aquel patético cuadro. Tras

un breve diálogo (donde ambos parecieron

entenderse), la alta y grotesca figura le concedió —

al hombre— su deseo. Un segundo después, el

horrible

rostro

del

genio

se

desfiguró

macabramente en una amplia y escalofriante

sonrisa; el desprevenido individuo (tropezando con

la mesa) retrocedió espantado de terror no

pudiendo escapar de su propia muerte.

Una gigantesca sombra de maldad invadió la oscura

habitación.

El ser se encendió en segundos iluminando el

cuarto en su totalidad; su cuerpo entero ardió como

29

lava, quemando la piel, el rostro y los ojos del

Contador. De inmediato, El Efrith, arrancó con

extrema brusquedad, la cabeza de su víctima;

arrojándola —con todo el odio del mundo— a la

esquina más apartada del recinto; chocando contra

los armarios y haciéndolos estremecer; un libro

(escrito en caracteres hebreos), cayó al suelo,

quedando extrañamente abierto en una de sus

páginas. Rápidamente —la perversa cosa—,

desmembró el desdichado cuerpo en mil pedazos;

devorándolo, de manera furiosa y salvaje. Sobre los

papeles (tirados sobre el piso de madera); y

confundida entre el os, una masa sanguinolenta e

inerte, donde no se distinguían ya, ni líquidos

corporales, ni órganos, ni carne, ni piel, ni huesos,

daban fe del macabro acto ocurrido hacía apenas

un instante. El negro ser se esfumó (ahora) por

entre las paredes; y no se lo vio más. Sólo la sil a

quedó en su lugar.

Encerrado en un gran círculo rojo, trazado a mano

—en el libro, que quedara abierto sobre el suelo—,

un pasaje citaba, tardía; pero, sabiamente lo

siguiente: “…aquel o que implores con absoluta fe,

te será concedido; los espíritus celestiales

intercederán por ti ante el Señor tu Dios. No

obstante, ¡guárdate de invocarlos y jamás pidas

nada para ti mismo! El resplandor de su ser

quemará tus ojos y consumida, será, tu carne…”.

Gabriel

30

ÍNDICE

Miguel ............................................................... 11

Ángel Nuevo ...................................................... 25

Ángel con Nombre de Mujer................................ 26

Gabriel............................................................... 27

Efrith ................................................................. 29

Índice................................................................ 31

31

Autor:

Federico-GabrielRudolph

Página personal: http://federico.bubok.com

Página del libro:

http://www.bubok.com/libros/191746/De-Angeles

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