Debido Proceso por Jaime Alejandro Rodríguez - muestra HTML

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Debido Proceso

NOVELA

Jaime Alejandro Rodríguez

1999

INDICE

Primera parte:LA INDAGATORIA __________________________________ 3

1. _________________________________________________________________ 4

2. ________________________________________________________________ 13

3. ________________________________________________________________ 23

4. ________________________________________________________________ 34

5. ________________________________________________________________ 44

6. ________________________________________________________________ 52

7. ________________________________________________________________ 58

Segunda parte:EL JUICIO ________________________________________ 64

Tercera Parte:LA CONDENA _____________________________________ 154

EL ABOGADO ___________________________________________________ 155

LA PINTORA ____________________________________________________ 162

EL PROFESOR ___________________________________________________ 169

2

Primera parte:

LA INDAGATORIA

3

1.

Tenía que haber una salida. Varias veces en los últimos días, con

la recóndita intención de escucharse a sí mismo, Pavony se lo

había repetido a su asistente. Necesitaba exteriorizar sus propias

dudas; desesperadamente trataba de alcanzar pequeñas certezas,

antes de enfrentarse a lo que definiría el destino de las cosas: el

inicio próximo del juicio. Y aunque Pavony no se hacía ninguna

esperanza con la ayuda que pudiera ofrecerle el joven y brillante

abogado que le habían asignado para que lo acompañara durante

el proceso, se lo seguía repitiendo cada vez con mayor

insistencia: entre más se metía en el asunto, más claro se le

hacia que sí había una salida.

Pero la verdad era que, por más que repasaba los antecedentes y

circunstancias del caso, no conseguía encontrar nada que pudiera

ser utilizado para mitigar la tendencia —ya casi unánime— de

creer que se debía condenar a muerte a este hombre, Santiago

Mendoza, por su participación en el atroz crimen. Y, sin

embargo, estaba seguro de que había algo que no ajustaba, algo

que debía escudriñar con más tesón. Sentía, además, que hallar

esa luz que andaba buscando podría ofrecerle el sosiego que

necesitaba con tanta urgencia. Tal vez fuera posible convertir

4

esta defensa en una nueva oportunidad para conjurar esa odiosa

impresión de haber equivocado el camino de su vida. Quizás

pudiera sustituir la imagen del misántropo que todos veían ahora

en él por una más conveniente a su misión.

Hacía apenas unas semanas que había visto la fotografía de Raúl,

un antiguo compañero de colegio, publicada en el periódico. La

nota anunciaba que un destacado profesor universitario había

asesinado horrendamente a su familia (la mujer y dos niños aún

pequeños) y luego se había suicidado. Sintió entonces un terrible

malestar: el mismo estremecimiento cuyos signos (ese ahogo

intempestivo, seguido de una especie de latigazo en el interior

del estómago) curiosamente había experimentado con idéntica

intensidad unos meses antes, cuando se enteró de que a Carlos,

otro amigo de la época, lo habían matado desconocidos en un bar

de mala muerte. Pero lo más extraño es que había vuelto a sufrir

ese mismo fastidio al encontrarse, apenas unos días antes, por

pura casualidad, a otro viejo amigo suyo, Guillermo, en los

pasillos del Parlamento, rodeado por una nube de agentes de la

fiscalía y un anillo más externo de fotógrafos y reporteros que

deseaban entrevistarlo y obtener así algunas palabras de quien,

en unos pocos meses, había pasado de ser el Ministro más

promisorio del equipo de gobierno a un asqueroso ejemplo de

corrupción administrativa.

5

—Lo que son las espirales del destino —le soltó Pavony a su

asistente, mientras señalaba con el cursor algunos detalles en la

pantalla—, se supone que siete compañeros de la secundaria:

estos tres que te cuento, y otros cuatro: Enrique, Jaime, Oscar y

yo, tendríamos que habernos reunido hace diez años en la Plaza

Mayor de Madrid o en los Campos Elíseos en París, como

resultado de un pacto de honor que suscribimos, con sangre y

todo, la misma noche en que celebramos nuestro grado de

bachilleres; de eso, chico, hace ya veinte años.

—¿Y qué clase de pacto era ese, doctor Pavony? —preguntó el

joven asistente, sinceramente impresionado por lo que acababa

de contarle el abogado.

—Bueno, más que un pacto, era una especie de desafío a nuestro

espíritu aventurero. Recuerdo que también barajamos en su

momento otras dos posibilidades que al fin desechamos, más por

soberbia que por otra cosa: el Zócalo, en Ciudad de México, y la

Plaza San Martín, en Buenos Aires; lugares imaginados gracias a

lecturas literarias, que, como medicina bendita, aliviaban nuestra

candorosa amargura de adolescentes. Eramos unos ingenuos...

—Y supongo que nadie cumplió la cita... —afirmó con timidez el

asistente, todavía intrigado.

—Nadie, chico, nadie. Y lo peor: no nos volvimos a comunicar

entre nosotros, como avergonzados por lo que resultaba ser la

prueba de nuestra rendición. De Jaime apenas si me he enterado

que alguna vez ganó un premio literario, pero no lo volví a ver,

6

ni supe más de su carrera de escritor. A Enrique lo perdí de vista

casi desde el comienzo. Sé que Oscar es músico y vive en

Belgrado... Aquél pacto de honor, hijo, se desvaneció sin saber

cómo o por qué...

Esto último lo dijo ya sin fuerza. Pavony estaba seguro de que la

decepción de los otros, si no mayor, al menos sería igual que la

que él mismo había sentido al reencontrárselos. Podía por eso

imaginar lo que dirían (o dejarían de decir) si pudieran

observarlo aquí, sentado frente al computador, con la cabeza

medio calva y esa vergonzosa barriga que luchaba por no salirse

de su camisa; si pudieran saber cuán lleno de obligaciones y

deudas estaba ahora. Pero, a lo mejor —si a uno le hubiera

alcanzado la fe, al otro la vida y al último la paz— esos tres

viejos amigos habrían sido los únicos seres aptos en este mundo

para comprender por qué él había aceptado, casi sin pensarlo, la

defensa del terrorista que acababa de ser declarado culpable de

participar en el asesinato de una veintena de personas, al hacer

explotar una bomba de alto poder en un edificio público.

Y si la rara obstinación de hallar una salida se le había

presentado al comienzo —cuando le ofrecieron el caso, cuando

la reacción inicial había sido la condena inmediata del hecho,

cuando todo el mundo pedía la muerte del terrorista, aún en ese

clima tan tenso que hizo que otros abogados rechazaran el

7

proceso—, ahora que acababa de visitar al hombre, se le

confirmaba. Como si la entrevista con Mendoza hubiera abierto

algún conducto interno desde el cual surgía una especie de

fulgor que le confirmaba la intuición que había tenido desde el

principio, incluso desde el momento mismo en que se enteró por

los noticieros de la ejecución de un nuevo atentado, esta vez en

pleno centro administrativo de la ciudad. Pero no lograba

expresar en forma objetiva aquélla primera impresión que le

indicaba que en este caso había algo distinto, algo que no

encajaba en el modelo de los otros atentados.

Aunque tenía muy claro que debía tratar de alejar de su mente y

de sus sentimientos cualquier afinidad con el acusado que

enturbiara su visión imparcial de los hechos, no podía dejar de

sentir que algo los conectaba. Acaso, ¿no existía un íntimo

paralelo entre el camino que condujo a su amigo Carlos a

vincularse con maleantes peligrosos y el que había seguido

Santiago Mendoza? ¿No debían ser similares las oscuras

motivaciones que tuvo Raúl para cometer su horrible asesinato y

las del terrorista? ¿No era la penosa decadencia de Guillermo

una manifestación más de los mismos signos que llevaron a

Mendoza a la desesperación? Pero más inquietante aún: en

esencia, ¿no era la sensación de derrota que él ahora sufría, la

misma que había arrastrado a los otros al abismo?

8

En el filo; así se sentía, en el límite, como tantas veces en su

vida. Seguro que este muchachito, medio yupy, medio nerd, que

tenía al lado, entregándole no sé que información, no podía

imaginarse las penurias que él debió sufrir cuando era aún niño,

allá en su pueblo de provincia. Este muchachito sólo ha conocido

las comodidades, no los sufrimientos. Tal vez ni siquiera se

pregunta de dónde viene el agua de las llaves. Cómo se ve que su

mundo es el de los aviones y las computadoras, el de la

televisión; si hasta en su modo de vestir no hace más que imitar

los modelos del éxito que fabrican las propagandas; y anda tan

seguro de sí como si estuviera convencido de habitar el mejor de

los mundos posibles. En cambio, él jamás se ha sentido cómodo

en el que le tocó vivir, como si habitara más bien un universo

turbulento, cuyos flujos se empeñaran en zarandearlo de un lado

para el otro. Si algo tiene de memoria de su niñez (porque lo

demás se ha borrado casi por completo) es la imagen de unos

padres asustadizos y conformistas, unos seres que a duras penas

podían imaginarse otro mundo posible, aunque no porque

creyeran perfecto el suyo, sino porque se habían resignado muy

pronto a vivirlo sin discusiones. Antes, cuando se cansó de la

mediocridad de sus parientes y de sus coterráneos, había

imaginado que en la ciudad encontraría un lugar más adecuado a

sus ambiciones, pero se dio cuenta muy pronto de que ese mundo

no podía ser el suyo, de que debía luchar aquí también por

cambiarlo. Después, cuando al fin pudo ganar un sitio, se dio

9

cuenta con dolor de que estaba condenado a una especie de

conformismo obligado (tal vez natural o congénito si lo pensaba

bien): no era tan fácil desprenderse del miedo como había

creído. Él ya no se asustaba con la ciudad o con el sistema, es

cierto (como sus padres, pobres viejos, que aún hoy viven debajo

de la cobijas temiendo lo peor), pero había terminado por

convertirse en un ser tan corriente como ellos. ¿Tenía, en

consecuencia, alguna autoridad moral para resentirse con el

terrorista? ¿En nombre de qué orden, de qué mundo, podía él

exigir el arrepentimiento de Mendoza? Acaso, ¿no era ese

conformismo claudicante una señal clara de su incapacidad para

calificar a alguien? Mientras él había vivido en el límite, a la

espera de una oportunidad, medroso como una gallina, Mendoza

(como Carlos y Raúl y hasta el propio Guillermo), queriéndolo o

no, se había atrevido a transgredir la línea, se había puesto del

otro lado, y desde allí lo podía mirar ahora con desprecio. La

diferencia estaba en esa frontera que Mendoza había atravesado

y que él, en cambio, temía. Si, ahora se daba cuenta de que había

vivido en el limite, y que lo había hecho no por osadía sino

como una condena.

Y esa conciencia era la causa de este malestar que lo mantenía

huraño e inseguro. A muy mala hora, porque el juicio, según le

confirmaba ahora su asistente, debía iniciarse en un poco más de

un mes y él no contaba todavía con una visión clara de los

10

hechos, visión que necesitaba con urgencia, no tanto porque la

defensa significase el mayor reto de su carrera, sino por la

oportunidad —que, íntimamente, se había jurado aprovechar—

de conjurar este maldito sentimiento de derrota.

—Si sigue lloviendo, no vamos a poder llegar a tiempo, doctor

Pavony —anunció el asistente—. Sugiero que llamemos para que

nos esperen un rato más.

—Muy bien, chico, hazlo —contestó Pavony en forma mecánica,

como saliendo apenas de su profundo ensimismamiento.

Apagó el computador y se dirigió hacia el ventanal de la

oficina. Entreabrió la persiana y observó la lluvia torrencial que

castigaba con furia los andenes de enfrente. Algunas personas

corrían para ampararse de la inclemencia del tiempo.

Mientras escuchaba la comunicación telefónica del asistente con

la cárcel, una imagen absurda distorsionó su mirada de la calle.

Le pareció que alguien lo saludaba desde el otro lado. Su amigo

Carlos, muerto hacía unos meses, que le hacía señas como de

náufrago y luego profería una carcajada. Asaltado por el miedo,

soltó de un golpe las láminas de la persiana y se volvió a su

escritorio. Escuchó de nuevo la voz de su asistente.

11

—Parece que hay problemas, doctor Pavony. No nos pueden

recibir ya hoy, ¿qué les digo?

—Que iremos la otra semana —contestó el abogado, un poco más

sereno. Y encendiendo de nuevo el computador, anunció

enseguida—: revisaremos otra vez esta maldita indagatoria hasta

encontrar algo que nos sirva.

12

2.

En sus tiempos de estudiante, Pavony inauguró un célebre

programa de asistencia jurídica destinado a favorecer a los

presidiarios más desprotegidos por el sistema. Su sacrificada

labor de entonces hizo que se volviera un viejo conocido en las

cárceles de la ciudad. Pero, pese a esto, no lograba controlar

nunca sus emociones al entrar a una de ellas. Cada vez que

traspasaba el umbral e iniciaba el ritual de los papeleos y de los

sellos, sentía como si ingresara a un lugar ajeno a sus

referencias. No dejaba de percibir miradas y acechos, y no pocas

veces estuvo a punto de ceder a inminentes accesos de paranoia.

Sus sentimientos, sin embargo, se volvían más complejos cuando

las visitas obedecían a la defensa de algún interno. Se mezclaban

entonces la compasión, el dolor y la rabia, con el miedo; miedo

que le costaba manejar, hasta el punto de que en varias ocasiones

se vio forzado a renunciar a los casos por el temor a demostrar

demasiada inseguridad frente al defendido.

Era como si en el ámbito de la cárcel él no contara con

resguardos, como si los mecanismos de protección que afuera lo

salvarguardaban suspendieran allí su operación y él tuviera que

iniciar cada vez el aprendizaje de unas nuevas condiciones de

13

sobrevivencia. Aún hoy no sabe qué hacer con los hombres que

se le acercan a pedirle limosna o con los rostros duros que le

incriminan quién sabe qué participación en su culpa. Ojos, como

esos ojos pobres de Baudelaire, le recuerdan constantemente

cuánto de su confort depende de la permanencia de ellos en la

cárcel, de su aislamiento. Rostros que se empecinan en seguirlo,

no ya por lo corredores y patios de la cárcel, como por las

galerías de su laberinto de temores. Cuerpos desechos por la

droga, pieles convertidas en retazos de costra, manos que pueden

una vez implorar y al momento asesinar, ojos que no se cierran

ni para dormir, que se agotan en las sombras del calabozo, que

proyectan su carga de rencor sobre los trajes limpios de quienes

ingresan al infierno. Como si él tuviera inevitablemente que

lavar sus culpas en una especie de caldo solidario antes de

penetrar en la intimidad del habitat. Pero una vez sobrepuestas

estas sensaciones, una vez cumplido el rito del paso, venía la

recompensa: una sonrisa sincera, una caricia sutil, un corazón

abierto. Sabía a la perfección que así eran las cosas en la cárcel,

aunque también, qué jamás era posible saber con exactitud qué

cosas pudieran suceder, qué nuevos ojos estarán acechando, qué

locura se estará gestando.

Mientras espera en el locutorio la llegada de su defendido, el

abogado vuelve a revisar el análisis de la indagatoria anterior

que, junto con el asistente, ha preparado en esta última semana.

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No ha podido avanzar mucho, sobre todo porque las

declaraciones de Mendoza no dejaban casi ningún rastro: se

limitaban a insistir en que su participación en el atentado sólo se

explicaba por una especie de inconsciencia que lo había llevado

a obedecer involuntariamente a su cómplice, el verdadero autor,

tanto material como intelectual del atentado. De un lado, esta

afirmación resultaba muy débil y en realidad nadie habría podido

sacarle ningún juego. Ya en la fase acusatoria del juicio había

resultado inútil y había conducido a la declaración de

culpabilidad de Mendoza por parte de la Corte. Pero, de otro, le

parecía a Pavony que era una manifestación muy sincera y de

alguna manera sólida, en la medida en que se mantenía intacta

hasta hoy, pese a la presión de los fiscales. Incluso Manuel

Huertas, el otro acusado, la había confirmado, echándose sobre

él prácticamente todo el peso de los actos, y asegurando así su

condena a muerte. ¿Podía entonces profundizar en esta clave?

Algo le decía que sí, que debía tratar de consolidar algún

argumento que pudiera fortalecer la percepción de atenuancia

por parte de los jurados.

En realidad, el abogado seguía su instinto y a la vez la lección

de cierta experiencia personal. Un hecho ya lejano de su

juventud que podía servirle como modelo ahora que necesitaba

encontrar una salida para llegar al juicio con alguna estrategia

concreta. Se trataba de un secreto que ni siquiera su mujer

15

conoció nunca. Una situación comprometedora por donde quiera

que se le mirase, pero que ahora debía desenterrar, aún a riesgo

de caer en evidencia.

Por la época en que fugazmente perteneció a una célula

universitaria del Ejército de Liberación Nacional, fue puesto a

prueba por uno de los comandantes de la red urbana (por

entonces, una organización apenas en proceso de consolidación

y, por lo tanto, muy susceptible de errores, tal y como se

demostró con la cantidad de estudiantes que cayeron muertos

después de osadías increíbles a las que seguían descuidos

infantiles). Pedro, el comandante de la red, le había ordenado la

ejecución de un traidor detectado al interior de la célula, y él no

había podido negarse, un tanto porque deseaba congraciarse con

sus superiores, pero también por el temor de ser considerado a su

vez enemigo de la causa. Eran tiempos difíciles. Una especie de

cacería de brujas se había desatado tras los frecuentes y graves

fracasos de las primeras acciones de la red en Bogotá, y ya nadie

distinguía quién era traidor o quién una víctima inocente.

Fueron dos meses de sufrimiento y amargura. Compró el

revolver y hasta diseñó un plan minucioso que incluía el

seguimiento del acusado (en realidad un compañero de estudios

suyo, a quien conocía de lejos) y la investigación de sus

antecedentes. Entretanto, participó con él en un par de misiones

16

y hasta entabló cierta amistad cordial. Aunque nunca detectó un

comportamiento irregular, no se atrevió a expresar sus dudas y

tuvo más bien que justificar varias veces la demora. A diferencia

de la mayoría de sus compañeros, quienes por lo general

mantenían una densa niebla sobre su historia personal, éste se

mostraba abierto y peligrosamente franco, lo que dificultó aún

más la tarea que se le había encomendado, pues se le fue

formando una imagen tan contraria a la que le había vertido el

comandante, que empezó inconscientemente a encontrar siempre

alguna disculpa para aplazar la ejecución. Las noches se hicieron

tan intensas y dolorosas, que ya no le alcanzaba el tiempo para

dormir lo suficiente y empezó a bajar su rendimiento en clases y

a incumplir algunos compromisos con la célula. Los pocos

momentos de descanso se interrumpían con pesadillas que ya no

le daban respiro. Estuvo a punto de huir, se comunicó al pueblo

con sus padres y les anunció que iría pronto. Incluso llegó a

pensar en utilizar el revolver contra sí mismo; pero, al fin, una

noche decidió el momento y la hora en que lo haría.

Aprovecharía una acción en la que participarían juntos, y haría

aparecer su muerte como una baja de guerra.

Las cosas, sin embargo, se desenvolvieron de una manera

inesperada. Dos días antes, se anunció la ejecución del

comandante Pedro, a quien se le encontró culpable de fraude a

las finanzas de la red y de conspiración contra la cúpula. Las

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acciones que Pedro había ordenado se suspendieron y se abrió un

proceso de desintegración temporal de las células que Pavony

entonces aprovechó para retirarse definitivamente de la guerrilla,

cosa que pudo hacer sin mayores traumas. Su amigo murió unos

pocos meses después, dado de baja en una acción similar a la que

debieron emprender juntos alguna vez.

Lo más importante de todo es que Pavony solía pensar en su

experiencia asociándola con la palabra inconsciencia, de la

misma manera como Mendoza la enunciaba en sus declaraciones:

como un estado en el que la obediencia o la compulsión de una

tarea bloqueaba el sentido de responsabilidad o de libertad, lo

que debía considerase un atenuante de los actos cometidos bajo

semejante estado. Debía aprovechar, pues, esa certeza y ponerla

en juego, de manera que el jurado pudiera comprenderla. Pero

para ello debía conocer más detalles, y eso era lo que esperaba

obtener de Mendoza en esta entrevista.

Anuncian la llegada de Mendoza. El abogado defensor, se pone

de pie y con un movimiento de cabeza le ofrece un saludo. En el

rostro de Mendoza se evidencian las secuelas de una mala noche.

Pareciera como si en el corto tiempo en que han estado en

contacto, hubiera envejecido varios años. No sólo ha perdido

cabello, sino que en su piel se han profundizado las arrugas.

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Además, las gafas que hoy trae puestas le dan un aspecto muy

demacrado a su rostro. El guardián cierra la puerta y le advierte

al abogado que cuenta con veinte minutos para la entrevista.

Mendoza se sienta. A través de la fina trama de alambres que

separa a los detenidos de sus visitantes, Pavony percibe con

fastidio el aliento demasiado cargado de ajo de Mendoza.

—Bien Doctor, y ahora, ¿qué es lo que quiere? —le lanza

Mendoza con desgano, mientras restriega su frente con la palma

de una de sus manos.

—Necesito algunos detalles de la última entrevista...

—Pero si ya le dije todo, doctor. Mire —anuncia Mendoza,

levantando la cabeza—: yo creo que lo mejor es que no pierda su

tiempo. Con la confesión de Manuel nos hundimos los dos. Es

cierto, como le he dicho ya varias veces, que no me siento

culpable, pero creo que lo mejor es resignarse. Ya sabe usted

cómo están las cosas con el gobierno. Ellos no van a

desaprovechar la ocasión que le hemos dado. Nos condenarán a

muerte a los dos, sea como sea.

—De eso precisamente es de lo que vine a hablarle, Mendoza.

De la posibilidad que he encontrado para montar nuestra defensa

en el juicio. Pero necesito su confianza, ¿me entiende?

—Yo lo único que entiendo, doctor —dice Mendoza, alzando la

voz—, es que usted también es un oportunista. ¿O me va a decir

que no tiene también sus intenciones políticas en todo esto?

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—Mire, Mendoza. Ni a usted ni a mí nos conviene ponernos en

peleas a esta hora. Quién sabe qué cucarachas le habrán metido

en la cabeza, pero lo cierto es que he estado analizando todo el

asunto, y aunque me cuesta comprenderlo, creo que puede haber

una salida. Ya sabe: nos estamos jugando el canje de la pena

capital por una cadena perpetua. Píénselo bien, porque de eso

depende que tengamos éxito, de sus ganas de vivir.

—Ganas de vivir —dice con desprecio Mendoza, levantándose

con furia—. Ese tipo de frases es el que ustedes, los que están

afuera, suelen repetirnos. Cómo se ve que no están aquí,

sufriendo toda la mierda que toca aguantar adentro. Yo no tengo

ganas de nada ya, doctor, esa es la verdad. Le agradezco su

interés, pero puede olvidarse de todo.

—No Mendoza, no diga eso —suplica el abogado en un tono

conciliatorio—. Yo creo que la vida está antes que nada. Así se

haya cometido el error que se haya cometido, se tiene el derecho

a seguir viviendo, ¿no cree?

—Bueno, suéltela pues, ¿qué es lo que quiere que le detalle? —

solicita Mendoza, un poco más calmado.

—Se trata de que podamos juntar argumentos muy sólidos para

que el jurado comprenda que usted cometió el hecho en un

estado de inconsciencia, tal y como me lo ha dicho en otras

ocasiones. Que usted no actúa, nunca ha actuado, de la manera

como lo hizo. Sólo algo muy especial pudo haber causado su

comportamiento. He pensado que si usted me escribe una especie

20

de autobiografía detallada, podríamos montar una estrategia para

conmover al jurado. Que se entienda que sólo bajo presiones

muy grandes y de muy difícil repetición usted pudo actuar como

lo hizo, ¿me entiende?

—Si es por conmover a alguien creo que podría facilitarle, claro,

cuando lo tenga listo, el poemario que estoy escribiendo. No es

propiamente una autobiografía, pero...

—¿Qué? ¿Usted escribe, Mendoza?

—Si, ¿por qué? ¿No me cree?

—No, claro que le creo. Es que si usted escribe, yo podría... ¿Ha

escrito algo más?

—Si, varias cosas, pero no veo cómo...

—Yo tampoco, es una intuición que tengo. Si usted me facilita

los escritos... ¿Los tiene aquí?

—Tengo unos manuscritos y se podría conseguir un ejemplar del

libro de poemas que publiqué hace quince años, pero...

—Perfecto. ¿Cuándo me los tiene?

—Si quiere, en una semana.

—Listo. No se hable más, siga escribiendo lo de ahora y me

avisa cuando termine, ¿de acuerdo?

—Claro, pero no se haga ilusiones, son versos que escribo más

por desahogo o para mí mismo que otra cosa.

—No importa, tranquilo, no importa.

21

Tras un silencio un poco incómodo para los dos hombres, el

guardia atendió el llamado de Pavony. Retiraron a Mendoza y

abrieron el locutorio. En el rostro del abogado brillaba el vigor

que le había dado el surgimiento inesperado de una muy buena

expectativa. Esas eran las cosas que lo volvían a reanimar, de

modo que su salida estuvo rodeada de buenos presagios. Incluso

el asistente, quien lo esperaba en el auto, lo notó enseguida.

—¿Algo bueno, doctor Pavony?

—Sí, creo que encontré un camino —le contestó Pavony, todavía

imbuido por el buen ánimo—. Enciende el auto y vamos a la

oficina.

—Claro, doctor, enseguida. Ah —se interrumpió el muchacho

para anunciar algo—, mientras lo esperaba llamó como tres

veces un tal Carlos Bernal.

—¿Qué? Debes estar equivocado, no puede ser. Imposible, él...

El ruido del motor ahogó el resto de la frase, y ya, durante el

camino, Pavony no insistió en el asunto. Sólo jugueteó en su

mente con la imagen de su amigo Carlos, muerto a tiros por

facinerosos en un bar de mala muerte, unos meses antes.

22

3.

El profesor Núñez no lograba desprenderse de esa fastidiosa

sensación de amenaza que lo había asaltado apenas colgó el

teléfono la noche anterior, como si, con la llamada, el abogado

hubiera violado irremediablemente su intimidad. Pero había

comprometido su reputación profesional en el caso y ahora debía

rendir ese informe que, con tanta urgencia, le solicitaba el pool

de abogados que Pavony lideraba.

Es curioso, la inercia académica había hecho que el profesor

tomara sus primeras labores como un simple ejercicio, como si

tuviera que preparar un artículo para publicar en alguna revista.

Y en verdad era algo como eso lo que le habían pedido: analizar,

desde el punto de vista psicocrítico, la producción poética y

literaria de Santiago Mendoza, en busca de lo que vagamente se

expresaba en la solicitud como “una explicación del enigma en

la personalidad del acusado”. Pero, poco a poco, aquél trabajo —

al comienzo bajo el pudor de la desconfianza, después con la

frialdad de la aplicación y finalmente con el furor del

apasionamiento—, lo fue ganando, hasta exigir prácticamente

toda su atención. Y a la semana de haber iniciado el estudio, el

profesor ya estaba, literalmente, fascinado por el caso.

23

Durante aquéllos días de intenso trabajo, el profesor se habituó a

un manejo tan diferente del tiempo y de sus relaciones con los

demás, que la mañana de la visita de Pavony le costó aceptar la

idea de tener que recibir a un extraño en su departamento. Había

admitido, sin mucha conciencia de las consecuencias, la

propuesta que Pavony le había hecho la noche anterior, cuando

en forma sorpresiva se comunicó con él. Según el abogado, era

mucho más seguro que se vieran allí que en la universidad o en

su oficina, y como el profesor no tenía mucha noción de lo que

significaba participar en un juicio, accedió sin reparos. Pero no

dejó de sentirse incómodo durante toda la entrevista.

Pavony llegó a eso de las nueve de la mañana, hora en que el

profesor normalmente tomaba el baño. Núñez lo recibió en la

sala y luego tuvo que ofrecer su informe, no sólo por escrito,

sino oralmente, acosado por la presencia de una pequeña

grabadora que Pavony traía en sus manos.

No habría podido adivinar el aspecto de Pavony. Quién sabe por

qué razón se lo había imaginado gordo y simplón. Pero ahora

tenía ante sí a un hombre moreno, alto e imponente, y que a

pesar de una incipiente calvicie lucía todavía joven;

impecablemente vestido, con pequeñas marcas de acné en sus

mejillas, pero de rostro bien delineado. Se veía que no

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practicaba mucho deporte, pero, en cambio, que le gustaba la

buena vida. Siempre con una sonrisa en sus labios —que

desgranaba sin prevención—, no escuchaba sino que platicaba

para sí mismo. Varias veces, el profesor respondió preguntas que

nada más se hacía el propio Pavony, y esto hacía que Núñez se

sintiera cada vez más incómodo, como si perdiera puntos

preciosos para la batalla.

Después de charlar un rato sobre trivialidades, Pavony al fin se

lanzó a preguntarle sobre su tarea:

—Y bien, Núñez, ¿cómo le fue con nuestro amigo?

—Pues bien, en la medida de lo posible.

—¿Muy difícil?

—No tanto lo difícil, como lo interesante.

—¿En realidad lo cree así, Núñez: interesante? —preguntó

Pavony, como tratando de punzar alguna expresión más abierta.

—Si, claro —contestó el profesor—; en el sentido de que no me

esperaba tantas cosas.

—A ver: quiero que me hable sobre el asunto. ¿No le molesta la

grabadora, verdad? —preguntó Pavony, sin dar tiempo a una

respuesta. Y entonces el profesor vio la lucecita roja del aparato,

y sintió una especie de recelo que lo cortó un poco al principio.

—Pues verá usted: la verdad es que la virtud literaria de los

escritos de Mendoza no es muy homogénea.

25

—¿Ah sí?

—Si. De los cincuenta y dos poemas que conforman su libro

publicado podrían, si acaso, rescatarse unos seis o siete que

alcanzan cierto grado de originalidad. Lo demás es clisé, basura.

Algunos poemas incluso poseen un tono tan infeliz que ni

siquiera merecieron de mi parte ninguna consideración: algo así

como lamentos o quejas sin ninguna gracia.

—No diga —murmuró Pavony, más atento a su grabadora que a

otra cosa—. Pero prosiga, no me haga caso.

—Ese desnivel en la calidad, sin embargo, me ha parecido que

puede resultar importante para la investigación. Eso y la

cronología que Mendoza, por fortuna, incluye en la mayoría de

los escritos. El hecho, por ejemplo, de que los mejores poemas

sean precisamente los escritos tras su estadía en Vancouver; la

serie esa de diez poemas, usted sabe, ¿verdad?

—Si, claro, esa. Algo leí...

—Pues bien, me ha dado una pista. Mire, la obra total se puede

organizar en cuatro partes: una primera incluye poemas que

narran algunas experiencias de la vida guerrillera. Son poemas

llenos de frases de cajón, armados como panfletos, sin ninguna

originalidad y cargados de una adjetivación exasperante. La

segunda parte contiene poemas sobre viajes, en los que se intenta

hacer una descripción emotiva de los paisajes que el yo poético

va descubriendo como extraños o sorprendentes. Aunque hay un

mejor manejo de la palabra, y la sutil inclusión de la primera

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persona deja entrever un despegue de la expresividad —

especialmente en el último poema de la serie, titulado

precisamente: Vancouver, que anticipa lo que Mendoza hará más

adelante—, aún la calidad literaria está lejos de lo que logra en

la tercera parte: poemas de la nostalgia, donde ya la conjunción

de sentimiento, descripción y narración alcanza a generar una

efusión muy particular. Son poemas que evocan una época feliz,

por los que pasan historias de amor y desamor, donde la luz es

brillante y el ambiente se llena de calor; poemas afortunados.

Hasta ahí los poemas del libro. La última parte la constituyen los

escritos desde la prisión, que vuelven a caer en la queja y el

lloriqueo.

—Ve, yo pensé que esos podrían ser los mejores —interrumpió

Pavony—. Pero no me haga caso, yo de eso no sé nada. Usted es

el experto. Lo escucho.

—Si. Yo insisto en que la tercera parte es la más interesante.

Hay un poema, el último: ¡Qué el cielo exista! , que anuncia lo

que realmente creo que va a servir para comprender un poco

mejor los posibles cambios en la personalidad de Mendoza: el

texto narrativo.

—¿Cómo? ¿Tiene también un texto narrativo? —preguntó

sorprendido Pavony—. ¿Algún libro de cuentos?

—Si, o mejor dicho, no. Es una especie de mosaico que no se

organiza según una trama lineal: no es posible establecer con

claridad ni un principio ni un final. Los fragmentos, treinta y

27

seis en total, no se subordinan bajo ninguna secuencia lógica, y

más bien abunda la promoción del silencio y de la ambigüedad.

En ese sentido, sigue siendo un texto muy cercano a lo lírico.

—O sea que también es poesía —afirmó Pavony, como quien

hace un gran descubrimiento.

—Más o menos. Es un texto muy raro. El efecto que se impone

en la lectura es el de estar ante un álbum de imágenes, recursos,

expresiones y deseos. Su desorganización produce así mismo la

sensación de que el discurso se está llevando a cabo in situ, que

no está preparado de antemano, que es espontáneo e inconcluso.

El texto trata de decirlo todo, sin seleccionar, ni construir, como

cuando se está frente al psicoanalista. De ahí la impresión de

vacío y de ruptura; como si el poder de lo irracional y del eros

hubiera desplazado el orden de lo racional. En ese sentido, el

texto de Mendoza es subversivo, escapa de los patrones de una

expresión tradicional, autoritaria y consecuente, se refugia en el

hermetismo y la ambivalencia y se hace, por eso, tan rico en

datos psíquicos.

—No entiendo mucho, profesor, pero, por lo que dice usted, creo

que hay que profundizar por ahí.

—Si, es cierto. Mire, en el libro, por momentos, es clara la

presencia del mundo de la esquizofrenia: la profusión de

conceptos utilizados en contextos no explícitos y por tanto con

una significación totalmente diferente, apenas decidible, cosas

como Ciclos, Estrategas, Allegados, Virtudes, etc., la continua

28

fragmentación del yo, la mezcla de significantes distintos y sin

relación, y, en fin, la práctica misma de lo fragmentario y lo

aleatorio, son algunos de los rasgos de esta escritura que

permiten afirmar que el texto no expresa tanto una pesadilla

como una realidad que quiere ser autónoma y auto referente. Por

eso, sólo es posible imaginar lo narrado de un modo apenas

cercano a la experiencia cotidiana: es necesaria una especie de

lógica alegórica excedente para dar con el conjunto. Aún así no

es fácil encontrar el centro narrativo. Este apenas es una

promesa que no se cumple jamás.

—Es como el texto de un loco... que interesante lo que usted me

dice, Nuñez. ¿Y será que lo podemos probar? Eso sí que nos

serviría. Claro que habrá que expresarlo en una forma menos

técnica, para que el jurado lo comprenda. Pero eso ya lo veremos

después. Tenemos todavía más de una semana.

—No sé. Esto es apenas una visión preliminar. Habría que

confrontarlo con datos de su vida real, ¿me entiende? En

realidad, la vinculación entre texto y personalidad suele ser muy

ambigua, nunca es contundente.

—Eso quiere decir que habría que reforzar con alguna otra cosa

estas afirmaciones. Pero, por favor, prosiga.

—De algún modo, el texto también manifiesta una especie de

escepticismo radical. La referencia al mundo exterior como un

lugar en el que no puede haber ya amparo y la constante

justificación del narrador protagonista de su refugio en el

29

interior, manifiestan esa desconfianza en la cultura, propia del

nihilista, que, asqueado de la realidad, se asila en su mundo

íntimo. El fragmento que describe la transformación física del

narrador, por ejemplo, podría interpretarse como una conciencia

angustiosa de su lenta despersonalización, de la pérdida de la fe

y de la necesidad de ocultarse de un mundo que ya no tiene

ningún sentido para él.

—Mire, Nuñez. Insisto en que no sé nada de crítica, pero lo que

usted me está diciendo es bien importante. Creo que podremos

utilizarlo en la Corte. Le agradezco mucho.

Pavony guardó la grabadora en el maletín y de inmediato se

levantó de su asiento. Como si llevara mucho afán o sintiera

asco de algo, se despidió del profesor con un fugaz apretón de

manos. Luego se ofreció a enviarle toda la información

periodística que el pool había reunido en torno al caso; también

prometió hacer lo posible por obtener una autorización de visita

a la cárcel.

El profesor cerró la puerta y se dirigió a la ventana de la sala,

desde donde espió a Pavony. Con un profundo sentimiento de

repulsión vio cuando un muchacho le abría la puerta del auto.

Luego esperó a que se perdiera de vista para cerrar la persiana.

Caminó hacia el pequeño bar y se preparó un cognac.

30

¿Cómo se había metido en este berenjenal? ¿Qué lo había

llevado a aceptar su participación en el juicio? Se sentía

estrujado, aprovechado por algo o por alguien, cuya

manifestación externa era Pavony, pero que debía tener una

magnitud mayor, tan absorbente que él mismo no había podido

retraerse. ¿Era eso cierto, o estaba de nuevo sobredimensionando

las cosas, poetizándolas?

Utilizado, manipulado, así se sentía tras la entrevista con

Pavony, como si su discurso y su trabajo fueran una simple pieza

del proceso. Otra vez había actuado la fuerza viril, esa especie

de tormenta loca que lo envolvía y lo zarandeaba sin oportunidad

de ningún control. Lo peor es que se sentía comprometido, que

no veía la manera de salirse del asunto.

Jamás había tenido la fuerza para negarse a nada, no tanto por

convicción, sino más bien por debilidad. Era como su destino, su

karma. Desde niño tenía dificultades para todo. Claro: él era el

más inteligente, pero también el más bobo. Nunca pudo resistir

las amenazas de sus compañeros y terminaba haciendo por ellos

sus labores, estudiando para ellos. Sus hermanos siempre lo

ultrajaron, lo trataron como lo peor, pero a la hora de los

reconocimientos, elogiaban su inteligencia y su sensibilidad,

sobre todo su sensibilidad, y eso bastaba para perdonarlos,

31

aunque supiera qué maligna intención escondía esa palabra

sensibilidad.

Aún recuerda cómo llegó a la literatura. Un fraude, había sido un

fraude, como todo en su vida. Ese documento sobre El Quijote

que había preparado para el examen final de su bachillerato no

era más que una descarada compilación de citas de otros

trabajos, pero el profesor de literatura lo aplaudió y buscó su

publicación, y él ya no tuvo más remedio que aceptar una

supuesta predestinación literaria, una supuesta sensibilidad

excepcional, y eso lo decidió a estudiar letras. Más que el amor

sincero por lo literario fue una especie de oportunidad que la

vida le daba para que al fin se le reconociera por lo que era o

podía ser. Y ya no tuvo fuerzas para negar esa mentira que había

ido creciendo hasta volverse una auténtica bola de nieve, y que

hoy lo tenía en estas circunstancias tan incómodas. ¿Qué es la

vida de un hombre sino una gran fraude sostenido a fuerza de

pequeñas mentiras?

Tenía sus dudas, pero no sabía cómo expresarlas. De un lado

sentía rabia por quien había cometido la barbaridad de asesinar

tanta gente, pero por otro consideraba justa la apreciación de

Pavony. Más que nadie, él sabía que los textos de Mendoza

podían ser utilizados para un lado o para otro. La poesía era eso

32

precisamente: ambigüedad. ¿Por qué no utilizarlos entonces

como evidencia acusatoria?

Necesitaba pensar, necesitaba otro cognac, necesitaba llamar a

Mauricio, quizás él pudiera socorrerlo, quizás su sabiduría y su

belleza pudieran ofrecerle hoy el sosiego. Quizás él pudiera

ayudarle a quitarse de encima la asquerosa sensación de amenaza

que lo había asaltado desde la noche anterior, cuando Pavony le

había sugerido reunirse en su departamento y él no había podido

negarse.

En este momento de su vida, Núñez sólo podía confiar en

Mauricio. Su inteligencia y su tolerancia lo habían convertido

ante sus ojos en un ser perfecto. Llevaban ya casi un año

saliendo y la relación no podía ser más armónica. Con él podía

expresarse a fondo, sin temores, sin la falsa premura del amor

imposible. Además, Mauricio conocía los pormenores del caso,

hasta el punto de que varias de las más agudas observaciones

sobre la obra de Mendoza que acababa de entregar a Pavony

habían sido posibles gracias a su sabia opinión. De modo que

estaba decidido: le pediría que viniera en la tarde, para eso, para

hablar del asunto, para escuchar su opinión, para que le ayudara

a sacudirse la terrible sensación de atropello que aún lo

fastidiaba. Aunque también para sentir de nuevo el cálido humor

de su tacto amoroso.

33

4.

Sale de su departamento envuelta en un chal oscuro y tocada

con una pañoleta gris, de esas que sólo se consiguen hoy en el

mercado de las pulgas. Ella misma parece una anacronía, una

estampa antigua incrustada en un ambiente moderno, como si

viniera de otros tiempos. Pero no es vieja, ni siquiera es una

mujer muy madura, tiene a lo sumo treinta y cinco años. Camina

ligero por las aceras y sólo sale de casa para comprar lo

necesario, como si siempre llevara mucha prisa. Sus lugares de

frecuencia son las pequeñas tiendas y panaderías, y un almacén

de artículos de pintura artística en dónde es una cliente muy

conocida. Además de las compras diarias, que suele realizar en

las tardes, y de los paseos matutinos con su perro, en muy pocas

otras ocasiones se la ve por fuera de su departamento en el día.

Algunas noches, especialmente los jueves o los sábados, sale al

cine o a teatro, pero por lo regular se resguarda en su estudio.

Vive con su madre, una pequeña anciana a quien no se le ve en

la calle si no es por una urgencia médica o alguna otra causa

extravagante.

Quienes las han visto juntas aseguran que, pese a la diferencia

de edades, se parecen mucho: el mismo rostro pequeño y fino,

34

los mismos ojos verdes y algo apagados, la misma boca de

labios carnosos, la misma nariz respingada; una frente estrecha

y una barbilla plana les realza con la misma fuerza el porte. La

vieja permanece todo el tiempo en una silla de ruedas y cuando

se la ve afuera, luce nerviosa y dicharachera, como esos

animalitos que no saben qué hacer cuando ven la luz del día y

respiran el aire de la calle, después de prolongados periodos de

encierro. La mujer entonces empuja la silla por las aceras,

tratando de esquivar el contacto con los transeúntes o pasando

indiferente entre los vecinos, que ya se han acostumbrado a sus

rarezas.

Hace por lo menos veinte años viven en el barrio y hace quince

que no cambian de departamento, desde cuando pudieron

comprarlo, tras la muerte del padre y de los hermanos en un

accidente de aviación. Cuentan además con una pensión

vitalicia, heredada por la madre, que les permite vivir en forma

modesta y sin mayores apuros. Llevan en apariencia una vida

tranquila y en el vecindario ya nadie reprocha sus actitudes

antisociales. Se podría decir que las han olvidado y que ellas se

benefician de una aparente resignación.

Hoy por hoy, los únicos testigos del modo de vivir al interior del

departamento, son los modelos que por épocas contrata la mujer

para sus labores artísticas. Hasta hace diez años, ella también

35

impartía clases de pintura y vendía cuadros los días sábados,

cuando la gente podía ver su exposición. Pero ya no hace ni una

cosa ni la otra. De modo que la versión de los modelos es la

única; aunque resulte incompleta, pues su paso por la

habitación se limita a entrar por el corredor principal, seguir

directamente al estudio, y volver por el mismo camino. Lo único

que se sabe es que las demás puertas permanecen cerradas, que

el ambiente es oscuro y oloroso a humedad, que el canto

susurrante de la anciana no para en todo el día y que todo el

tiempo se siente en el aire la turbiedad de la tristeza.

Pero la niebla de su presencia ha hecho que la imaginación de

la gente se suelte y más de un mito rueda por ahí completando el

cuadro de su modus vivendi o deformándolo. Se dice, por

ejemplo, que a muy altas horas de la noche ingresa un hombre al

departamento, que se puede escuchar su voz si en el edificio hay

mucho silencio y que suele salir antes de la madrugada. Otros

afirman que el hombre aparece por temporadas, con una

frecuencia incalculable y que permanece adentro días y hasta

semanas y entonces se vuelve a ir. Otros más osados afirman

que ella simplemente selecciona de entre sus modelos el amante

de turno y la modalidad de su convivencia y les paga para

satisfacer sus apetitos de hembra.

36

Hubo una época en que la anciana no vivió con la mujer; en

apariencia porque tuvo que recluirla en alguna clínica por un

tiempo prolongado. Pero hay quienes afirman que la anciana

murió y que para suplir su ausencia adoptó a otra, con quien

convive ahora. También se escucha esta misma versión, pero con

el ingrediente adicional de que la muerte de la anciana llegó de

manos de la propia mujer. En todo caso, los comentarios llegan

a ser de lo más fantasiosos. No dejan de circular, por supuesto,

las viejas acusaciones de brujería y de otras depravaciones, y

hasta se asegura todavía lo que hace unos años se comprobó

como pura especulación: que las dos mujeres realizan con cierta

frecuencia misas negras y otros rituales satánicos.

En realidad se trata de una antigua estudiante de artes plásticas

a quien el destino ha golpeado con más de una desdicha. Siendo

aun una niña fue violada por un tío suyo y del trauma le

quedaron secuelas psicológicas graves, que le impidieron llevar

una vida afectiva del todo corriente. Más tarde, tuvo que

presenciar la muerte de su novio, quien, al atravesar una calle

sin precaución, por la prisa que llevaba para cumplirle una cita,

fue arrollado por un automóvil. Finalmente debió soportar la

muerte simultánea de su padre y de sus tres hermanos, a quienes

perdió en un absurdo accidente aéreo.

37

Pero quizás la tragedia más grande es la que ahora vive a

diario: el cuidado de su madre loca.

***

Sale de su departamento envuelta en un chal negro y tocada con

una pañoleta gris, de esas que sólo se consiguen hoy en el

mercado de las pulgas. Ella misma parece una anacronía, una

estampa antigua incrustada en un ambiente moderno, como si

viniera de otros tiempos. Ha recibido ayer una notificación y,

como suele suceder con las cosas que requieren de su presencia,

se ha tomado muy a pecho el asunto. Por eso no ha dudado un

momento en romper su estricta clausura y ha resuelto ir hoy

mismo al lugar de la cita. En la esquina de su alcoba, sobre un

sillón grande de terciopelo, como un inmenso feto, se ha

quedado acurrucada su madre, y aunque le ha explicado varias

veces la urgencia de su salida y le ha dejado a su alcance las

cosas que necesitará mientras ella esté afuera, la anciana se ha

quedado mirándola con esos ojos de reproche que nunca

cambian. Y son esos ojos los que lleva la mujer todavía

empotrados en su mente, cuando arriba al edificio a dónde ha

sido citada. Ojos que no la dejan mover a su gusto, que la siguen

para donde ella vaya; ojos que descubren sus más recónditas

intenciones, que demandan con un ligero parpadeo sus

38

requerimientos, que aún en la distancia avisan sus ansias, que

vierten a toda hora el rencor.

Aunque su modo de vestir responde a una necesidad de pasar

desapercibida, la verdad es que por lo general produce un efecto

contrario; tal vez el mismo que produciría si se vistiera con

minifaldas y se maquillara para resaltar su belleza. Pero ella no

lo comprende así y por eso se molesta tanto cuando alguien se

queda mirándola, como ahora en el ascensor. Sin embargo, lleva

tanta prisa y hay tanta expectativa en su cabeza que, apenas sale,

olvida el rostro del hombre que ha estado observándola con tanto

interés durante el trayecto de cinco pisos que han hecho juntos;

tampoco se percata de que se ha quedado detrás de ella,

conversando con alguien, a la entrada de la misma oficina a la

que ha sido notificada.

Ya en el despacho, presenta la boleta y exige inmediata atención.

Una secretaria recibe el telegrama, pero ni siquiera la mira y le

pide que espere. La mujer se impacienta muy pronto y vuelve a

exigirle a la empleada que la atienda.

—Señorita, usted no entiende —clama la mujer—, tengo una

enferma en casa que necesita de mi cuidado. No puedo

demorarme mucho y necesito saber para qué he sido citada.

39

—Mire señora —le contesta la empleada casi con cinismo—, sus

problemas personales no son de mi incumbencia. Usted debe

esperar como los demás a que le llegue el turno.

Esperar, como si esta muchacha supiera lo que es esperar.

Esperar ha sido su vida, precisamente esperar. Esperar una mejor

existencia, esperar la suerte que otros han tenido, esperar alguna

recompensa a su sacrificio, esperar el reconocimiento de su

labor. A lo mejor esta muchacha ni siquiera ha visto una obra de

arte en su vida y se cree sin embargo dueña del mundo. Ella no

sólo tiene cientos de obras que ha hecho con paciencia, con esa

paciencia que la vida le ha asignado como ley a su misión, sino

que ha despedazado otras miles, pues su trabajo le exige incluso

la serenidad para deshacerse de lo poco valioso, de lo mediocre.

Con cuánto gusto se desharía ahora mismo de esta empleada; un

ser mezquino, forjado seguramente en la estupidez de su

ambiente, en la miseria de su destino. Arrojarla a la basura o

incendiarla en la chimenea, eso quisiera, como ha hecho con más

de un lienzo allá en casa; lienzos que valen más, mil veces más,

que la miopía de esta chica, lienzos nacidos de su

responsabilidad, del cumplimiento de su deber, de la exigencia

que se ha impuesto en su tarea. Una exigencia que nadie

comprende, porque ni siquiera sus colegas tienen la capacidad

para hacerlo. Siempre la han menospreciado, asumen la corta

visión de sus criterios como única clave de aprobación y ya nada

40

puede entrar al recinto sagrado que han erigido que no responda

a sus reglas. Están locos, todos están locos; han querido reducir

el arte a unos simples preceptos que responden más a la moda

que a la hazaña real del artista: su aventura interior. Ellos jamás

han vuelto su mirada al interior de sí mismos; jamás aprendieron

a cerrar los ojos y por eso se deslumbran tan fácilmente con las

sorpresas que da la tecnología o la televisión. Están tan

confundidos que han perdido el horizonte y se embelesan con

simulacros de obras, con trampas de color que no poseen ya ni la

profundidad, ni la espesura de las indagaciones intelectuales más

atrevidas. Puras contorsiones vanguardistas que difícilmente

pueden impactar más allá de una primera impresión falaz.

Cuántos genios incomprendidos, cuánto talento desperdiciado en

aras de una especulación que las galerías ponen a circular. Su

obra es única y por eso no puede ser comparada con ninguna

referencia. Su obra es única como ha sido única su propia vida,

tan llena de recovecos y obstáculos que sólo se explican porque

algo le espera al final. No es posible saber con exactitud qué es

eso, pero tiene la certeza de que alcanzará una recompensa a su

obra y a su vida tan llenas de tropiezos. Eso le dice a su madre

que no comprende tampoco. Pero no por estupidez, como esta

muchacha, sino porque se le ha agotado el juicio. La anciana ha

sufrido tanto o más que la mujer y ha sido como una especie de

puente entre su vida y su obra. Su destino final será también

convertirse en parte de ella. Existe una especie de relación

41

perversa entre la magnitud de su juicio y la de su creación. Lo

sabe. Ella lo sabe: del agotamiento de su juicio depende la

magnificencia de su obra. Por eso, debe cuidarla: para que la

desmesura de sus desvaríos siga sirviendo de fuente de su

inspiración. Sin los gritos que la loca da al anochecer, sin la

descripción de sus alucinaciones, ella no podría emprender la

tarea diaria de su obra. Entre más aberrantes son sus imágenes,

más cerca está ella siempre de alcanzar la perfección. Pero no

todo lo que grita o describe la anciana en sus crisis puede ser

llevado a la imagen. Debe hacer un gran esfuerzo para hacer que

eso que la loca le regala en sus delirios, pueda plasmarse en sus

telas. Horas de paciencia que pueden fácilmente culminar en el

tarro, miles de pinceladas que pueden conducir al vacío. Una y

otra vez, sin descanso, hasta que la obra quede culminada, hasta

que la imagen que refleje el lienzo corresponda a la delirante

visión de la loca. Por eso necesita cuidarla, para que su

inspiración no se acabe, para que sus cuadros se acerquen a esa

perfección que necesita alcanzar. Detrás de ella está la

recompensa final. Esa, por la que debe esperar con paciencia. Y

esta muchachita le pide esperar, como si supiera qué es eso.

Esperar ha sido su vida, precisamente esperar. Esperar una mejor

existencia, esperar la suerte que otros han tenido, esperar alguna

recompensa a su sacrificio, esperar el reconocimiento de su

labor...

42

De pronto escucha la voz de la empleada:

—Buenos días, doctor Pavony.

La mujer, saliendo de su arrobamiento, levanta la mirada, y

descubre al frente el mismo rostro del hombre del ascensor.

—Gracias, señorita —responde Pavony—. Voy a atender de

inmediato a la señora. —Saluda a la mujer con una sonrisa y,

dirigiéndose a ella, le ruega—: siga a mi oficina, por favor.

43

5.

Sabe que se ha vuelto famoso porque acostumbra comprometerse

con los casos más difíciles, con esos que suelen estar

condenados de antemano al fiasco. Sabe que esperan de él que

les de la vuelta, que ponga en escena su destreza para

encontrarle a cada uno su borde refractario, la muralla contra la

que han de estrellarse las pruebas más sólidas, esa perspectiva

antagónica que nadie había previsto. Pero sabe también que, a

diferencia de lo que suponen muchos, no lo hace motivado por

alguna oscura convicción política, sino más bien por la simple

consecuencia de llevar a su extremo la lógica misma de la

defensa: nadie es culpable de nada hasta que alguien compruebe

sin duda lo contrario. Sabe que esa misma habilidad lo ha ido

convirtiendo en un ser insensible, al que incluso hoy se le

dificulta distinguir el bien del mal, lo defendible de lo que no lo

es, embelesado como llega a estar a veces por el puro placer del

desafío. Sabe igualmente que por eso hay quienes lo acusan de

mercenario y que en algunos círculos hasta se le conoce como La

hiena, en alusión no tanto a que se nutra de sobras jurídicas, sino

a que termina dando siempre la impresión de que se ríe de todo.

No es que sea un escéptico, no es que haya dejado de creer en el

amor, sino que de tanto cohabitar con las pestilencias del

44

fracaso, éstas se han convertido en su atmósfera natural; ha

hecho de la derrota el escenario de sus luchas y ha sido por eso

capaz de mirar de frente lo oscuro, lo inhóspito o lo macabro, y

ha aprendido a iluminarse con fuegos fatuos, con débiles

antorchas, con la desapercibida luz de los meteoros. Sabe

moverse entre las multitudes sin que se le reconozca, sabe cubrir

grandes distancias dando apenas algunos pasos, ha ejercitado con

sapiencia el arte de construir túneles imprevistos, de transitar

por los atajos, de salirle adelante a cualquier consecuencia.

Tal vez por eso, el joven abogado asistente que lo acompaña

anda tan atento a sus más leves movimientos, con una

expectación tan grande por cada cosa que hace o se le ocurre,

que a ratos parece estupidez pura. El muchacho desea aprender

de quien es considerado un maestro, pero el abogado sabe muy

bien que en realidad no hay nada que aprender, que no hay

fórmulas mágicas, que todo se reduce a un deambular por el

límite, y para eso no hay técnicas infalibles, puras intuiciones,

simples accidentes. Quizás por eso se ha negado a enseñar en la

universidad, por eso y por la gran dificultad que tiene para

comunicar verdades, incluso cuando tiene que formularlas para

sí mismo. En cambio, suele moverse a gusto en medio de la

incertidumbre, tanteando a ciegas, arañando las paredes con su

pezuña; aunque a veces suceda lo de anoche: ese horrible sueño,