Decadencia del Imperio Romano por EG - muestra HTML

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D E C A D E N C I A Y

R U I N A D E L I M P E R I O

R O M A N O

E D W A R D G I B B O N

Ediciones elaleph.com

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elaleph.com

Traducción: José Mor Fuentes

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Capítulo primero

Extensión y fuerza militar del Imperio en tiempo de los Antoninos.

En el segundo siglo de la era cristiana, abarcaba el Imperio de Roma la parte más florida de la tierra y la porción más civilizada del linaje humano. Resguardados los confines de tan dilatada monarquía con la fama antigua y el valor disciplinado, el influjo apacible y eficaz de leyes y costumbres había ido gradualmente hermanando las provincias. Disfrutaban y abusaban sus pacíficos moradores de las ventajas del caudal y el lujo, y conservábase todavía con decoroso acatamiento la imagen de una constitución libre. Poseía al parecer el senado romano la autoridad soberana, y trasladaba a los emperadores la potestad ejecutiva del gobierno. Por el espacio venturoso de más de ochenta años, manejó la administración pública el pundonoroso desempeño de Nerva, Trajano, Adriano y los dos Antoninos; y tanto en éste como en el siguiente capítulo, vamos a describir la prosperidad, y luego, desde la muerte de Marco Antonino, a puntualizar las 3

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circunstancias más abultadas de su decadencia y ruina: trastorno para siempre memorable y todavía perceptible entre las principales naciones del orbe.

Las grandiosas conquistas de los romanos fueron obra de la república, y los emperadores se solían dar por satisfechos con afianzar los dominios granjeados por la política del senado, la emulación de los cónsules o el marcial entusiasmo del pueblo. Rebosaron los siete siglos primeros de incesantes y ostentosos triunfos; pero quedaba reservado para Augusto el orillar el ambicioso intento de ir avasallando la tierra entera y plantear el sistema de la moderación en los negocios públicos. Propenso a la paz por temple y situación, érale obvio el echar de ver que a Roma ensalzada a la cumbre le cabían muchas menos esperanzas que zozobras en el trance de las armas; y que en el empeño de lejanas guerras díficultá-

base más y más el avance, aventurábase más el éxito, y resultaba la posesión en extremo contingente cuanto menos provechosa. La experiencia de Augusto fue dando mayor gravedad a estas benéficas reflexiones, y vino a persuadirle que con el atinado brío de sus disposiciones afianzaría desde luego cuanto rendimiento requiriesen el señorío y la salvación de Roma por parte de los bárbaros más desaforados.

Ajeno de exponer su persona y sus legiones a los flechazos de los partos, consiguió, por medio de un tratado honorífico, la restitución de los pendones y los prisioneros cogidos en la derrota de Craso1.

1 Dión Casio (LIV, 736) con las anotaciones de Reimaro, que ha ido agolpando cuanto la vanagloria romana dejó sobre este particular. El mármol de Ancira, sobre el cual esculpió Augusto sus propias hazañas, 4

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Intentaron sus generales, en el primer tercio de su reinado, sojuzgar la Etiopía y la Arabia Feliz, y marcharon más de trescientas leguas al sur del trópico; pero luego el ardor del clima rechazó la invasión y apadrinó a los desaguerridos moradores de tan arrinconadas regiones2. El norte de Europa no era acreedor a los gastos y fatigas de la conquista; pues las selvas y pantanos de Germania hervían con una casta brava, despreciadora de la vida sin libertad, y aunque en el primer encuentro aparentaron ceder al empuje del poderío romano, luego, por un rasgo de desesperación, recobraron su independencia, y recordaron a Augusto las vicisitudes de la suer-te3. Al fallecimiento de aquel emperador, leyóse públicamente en el senado su testamento, que dejaba por herencia de entidad a sus sucesores el encargo de ceñir el Imperio en aquellos confines que la naturaleza había colocado al parecer como linderos o baluartes permanentes; al poniente, el piélago Atlántico; el Rin y el Danubio al norte, y atestigua que precisó a los partos a que le devolvieran las insignias de Craso.

2 Estrabón (XVI, 780), Plinio el Mayor (Hist. Nat., VI, 32 y 35) y Dión Casio (LIII, 723, y LIV, 734) nos particularizan curiosamente aquellas guerras. Los romanos se enseñorearon de Mariaba o Merab, ciudad de la Arabia Feliz, muy conocida entre los orientales (véase Abulfeda y la Geografía Nubiense, 52). Llegaron hasta tres jornadas del país de la especiería, objeto ansiado de su expedición.

3 Con la matanza de Varo y de sus tres legiones. Véase el libro primero de los Anales de Tácito, Suetonio, August., 23, y Veleyo Pa-térculo, 11, 117, etc. No recibió Augusto la aciaga nueva con la entereza y comedimiento que correspondía a su temple.

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los arenales desiertos de la Arabia y del África por el mediodía4.

Felizmente para el sosiego humano, acosados de vicios y zozobras, aviniéronse sus inmediatos sucesores al plácido sistema reencarnado por la cordura de Augusto. Embargados en sus liviandades y tiranías, apenas asomaron los primeros césares por sus ejércitos ni provincias, ni les era genial el tolerar que sus lugartenientes entendidos y esforzados se engriesen con unos triunfos que desatendía su flojedad. La nombradía militar de un súbdito llevaba visos de invasión desmandada contra las ínfulas imperiales; y todo general romano, a impulsos de su obligación y de su interés, tenía que resguardar los confines que le competían, sin aspirar a conquistas cuyo paradero no fuese menos aciago para él mismo que para los bárbaros avasallados5.

El único aumento que cupo al Imperio en el primer siglo de la era cristiana se redujo a la provincia de Bretaña. Sólo en este caso, los sucesores de César y de Augusto se dejaron llevar por las huellas del primero antes que por el mandato del segundo. Su inmediación a la costa de la Galia estaba convidando a sus armas; y el concepto halagüeño, aunque 4 Tácito, Anal., II, Dión Casio, LVI, 8331 y la arenga del mismo Augusto en los Césares ( Digesto) de Juliano. Queda muy despejada con las notas eruditas de su traductor francés Spanheim.

5 Germánico, Suetonio Paulino y Agrícola siempre atados, y luego depuestos en la carrera de sus victorias; Corbulón, quitado de en medio, acreditan el dicho admirablemente expresado por Tácito de que toda sobresalencia militar era en su sentido estrechísimo imperatoria virtus.

[Mérito imperial.]

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dudoso, de una pesquería de perlas cebaba su codicia6; y como la Bretaña se aparecía allá como un mundo aislado y diverso, apenas se miraba su conquista como excepción del general sistema del arreglo continental. Tras una guerra co-mo de cuarenta años, entablada por el más negado7, sostenida por el más disoluto, y terminada por el más medroso de todos los emperadores, quedó la mayor parte de la isla sujeta al yugo romano8. Las tribus diferentes de bretones poseían denuedo sin tino y ansia de libertad sin concordia. Tomaron las armas con bravío desenfreno y las arrojaron luego, o bien las volvieron unos contra otros, y mientras peleaban separa-damente y sin tesón, vinieron a quedar avasallados todos. Ni la fortaleza de Caráctaco, ni la desesperación de Boadicea, ni el fanatismo de los druidas acertaron a evitar la servidumbre de su patria, ni a contrarrestar el ahínco de los caudillos imperiales que seguían afianzando la gloria nacional, mientras horrorizaba el trono la afrenta de la más rematada bastardía.

Al propio tiempo que Domiciano, emparedado en su alcázar, adolecía del pavor que estaba infundiendo, sus legiones, a las 6 El mismo César encubre aquel móvil tan ruin, pero lo menciona el Suetonio, 47. Eran sin embargo las perlas bretonas de poquísimo valor, por su matiz empañado y cárdeno; y Tácito repara fundadamente que era un defecto inherente. Ego facilius crediderim, naturam margaritis deesse quam nobis avaritiam. [Yo hubiera creído que no había perlas en la naturaleza, antes que pensar que no había avaricia en nosotros.]

7 Claudio, Nerón y Domiciano. Asoma en Pomponio Mela, III, 6, que escribía en tiempo de Claudio, allá una esperanza de que, progresando las armas romanas, la isla y sus salvajes luego se llegarían a conocer mejor.

Hace harta gracia el estar leyendo tales pasos en medio de Londres.

8 Véase el compendio asombroso que trae Tácito en la Vida de Agrícola, ilustrado copiosa, aunque no tal vez cabalmente, por nuestros anticuarios Camden y Horsley.

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órdenes del pundonoroso Agrícola, arrollaron las hacinadas fuerzas de los caledonios, a las faldas de la serranía Grampia, y sus escuadrillas, arrojándose a navegaciones azarosas y desconocidas, ostentaron las armas romanas en torno de toda la isla. Conceptuábase ya coronada la conquista de Bretaña, y era el intento de Agrícola el acabalar y afianzar su logro con el allanamiento muy obvio de la Irlanda, para lo cual bastaba una legión sola con algunos auxiliares9. Podía aquella isla occidental encumbrarse a posesión apreciable, y los bretones se avendrían con menos repugnancia a cargar con su cadena, en retrayendo de su vista la presencia ejemplar de la independencia.

Pero la esclarecida sobresalencia de Agrícola motivó luego su remoción del gobierno de la Bretaña y acarreó para siempre el malogro de aquel atinado y grandioso plan de avasallamiento. Antes de separarse el cuerdo adalid, había providenciado el afianzamiento de aquel dominio, pues hecho cargo de que la isla viene a quedar dividida en dos porciones iguales por los golfos contrapuestos, llamados en el día los Freos de Escocia, atravesando el corto trecho de unas doce leguas, fue planteando una línea fortificada de puntos militares, que se robusteció, en el reinado de Antonino Pío, con un malecón de césped, alzado sobre un cimiento de piedra10. La muralla de Antonino, a corta distancia al frente de las ciudades modernas de Edimburgo y Glasgow, vino a ser el lindero de la provincia romana. Los caledonios siguie-9 Los escritores irlandeses, siempre quisquillosos en punto a timbres nacionales, se amostazan sobremanera por este motivo con Tácito y con Agrícola.

10 Véase Horsley, Britannia Romana, I, 10.

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ron conservando, al extremo septentrional de la isla, su desaforada independencia, que estribaba no menos en sus escaseces que en su denuedo. Rechazáronse con repetidos escarmientos sus correrías, mas nunca vino a quedar el país sojuzgado11. Los dueños de climas amenos y colmados daban con menosprecio la espalda a serranías lóbregas azotadas por aguaceros tempestuosos, a lagos encapotados con cerra-zón pardusca y a unos yermos helados y yertos sobre los cuales huían acosadas las alimañas del bosque por una cuadrilla de bárbaros desnudos12.

Tal era la situación de los confines romanos, y tales las máximas del sistema imperial desde la muerte de Augusto hasta el advenimiento de Trajano. Educado aquel príncipe activo y virtuoso a la soldadesca, y dotado de las prendas de caudillo13, trocó el ocio pacífico de sus antecesores en trances de guerra y conquista; y por fin las legiones, tras larguí-

simo plazo, se gozaron capitaneadas por un emperador militar. Estrenó sus hazañas Trajano contra los dacios , na-ción belicosísima que moraba tras el Danubio, y que en el reinado de Domiciano insultaba a su salvo a la majestad de Roma14. Hermanaban con la fiereza y pujanza de bárbaros el menosprecio de la vida, dimanado de. su entrañable con-11 El poeta Buchanan encarece con brío y elegancia (véase su Silvæ, V) la independencia intacta de su patria; pero si el testimonio único de Ricardo de Cirencester bastase para formar una provincia romana de la Vespasia-na al norte de la Valla, aquella independencia quedaría reducida a estrechísimos ámbitos.

12 Véase Apiano In Proæm, y la uniforme lobreguez de las poesías de Osián, que bajo todos conceptos son parto de un caledonio castizo.

13 Véase el Panegírico, de Plinio, que estriba al parecer en hechos.

14 Dión Casio, LXVII.

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cepto de la inmortalidad y la trasmigración de las almas15.

Acreditóse Decébalo, su rey, de digno competidor de Trajano, sin darse por desahuciado hasta apurar el postrer recurso de su entereza y desempeño16. Esta guerra memorable, con brevísimas temporadas de supensión, duró cinco años; y árbitro el emperador de concentrar todas las fuerzas del estado, tuvo por paradero el absoluto rendimiento de los bár-baros17. Tenía la nueva provincia de Dacia, que formaba la segunda excepción del encargo de Augusto, hasta cuatrocientas leguas de circuito, siendo sus límites naturales el Teis o Tibisco, el Niester, el Bajo Danubio y el Ponto Euxino.

Rastréase todavía el camino militar desde la orilla del Danubio hasta las cercanías de Bender, paraje muy sonado en la historia moderna, como el confín actual de los imperios de Rusia y Turquía18.

Ansioso estaba Trajano de nombradía; y mientras sigan los hombres vitoreando más desaladamente a sus verdugos que a sus bienhechores, el afán de la gloria militar será siempre el achaque de los ánimos más encumbrados. Las alabanzas de Alejandro, entonadas por historiadores y poetas, habían encendido una emulación peligrosa en el pecho de Trajano. A su ejemplo, emprendió el emperador romano una expedición contra las naciones de Oriente; pero se lamentó suspirando de que su edad avanzada cortaba los vuelos a su 15 Heródoto, IV, 94. Juliano, los Césares (Digesto), con las observaciones de Spanheim.

16 Plinio, Cartas, VIII, 9.

17 Dión Casio, LXVIII, 1123, 1131. Juliano, los Césares (Digesto), Eutropio, Epitome, Aurelio Víctor, VIII, 2, 6.

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esperanza de igualar la nombradía del hijo de Filipo19. Descolló sin embargo Trajano, aunque pasajeramente, con gloria muy sonada. Los partos, ya degenerados y exhaustos con sus discordias intestinas, huyeron a su presencia, y bajó triunfalmente por el Tigris desde las cumbres de Armenia hasta el golfo Pérsico. Logró el timbre de ser el primero y último general romano que llegó a navegar por aquellos lejanos mares. Talaron sus escuadras las costas de Arabia, y engrióse equivocadamente Trajano de haberse asomado hasta los confines de la India20. Atónito el senado, estaba todos los días oyendo nuevos nombres de naciones rendidas a su prepotencia. Participáronle que los reyes del Bósforo, Colcos, Iberia, Albania, Ofroene, y hasta el monarca mismo de los partos, habían recibido sus diademas de la diestra del emperador; que las tribus independientes de las sierras Carducas y Medas habían implorado su dignación, y que los opulentos países de Armenia, Mesopotamia y Asiria quedaban reducidos a la clase de provincias21. Enlutó la muerte de Trajano tan esplendorosa perspectiva, y era fundamento de temer que tantas y tan remotas naciones sacudirían allá el recién uncido yugo, en no permaneciendo enfrenadas por la pre-potente mano que se lo había impuesto.

18 Véase una memoria de D'Anville sobre la provincia de Dacia, en la Academia de Inscripciones, XXVIII, 444-468.

19 Los sentimientos de Trajano están brotando al vivo en los Césares de Juliano.

20 Eutropio y Sexto Rufo se esmeran en perpetuar aquel embeleso. Véase una disertación agudísima de Freret en la Academia de Inscripciones, XXI, 55.

21 Dion Casio, LXVIII, y sus abreviadores.

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Prevalecía la tradición inveterada de que, al fundarse el Capitolio por uno de los reyes romanos, el dios Término (que presidía a los linderos, y se representaba al estilo de aquel tiempo con una gran piedra) fue, de todas las deidades inferiores, la única que se negó a ceder su sitio al mismo Júpiter. Infirióse favorablemente de su pertinacia, interpreta-da por los agoreros que era un presagio positivo de que ja-más vendrían a cejar los confines del poderío romano22. Por espacio de largos siglos la predicción, como suele suceder, cooperó para su logro; pero el propio Término, que contrarrestó a la majestad de Júpiter, se doblegó al mandato del emperador Adriano23, pues el descarte de todas las conquistas orientales de Trajano fue el estreno de su reinado. Devolvió a los partos la elección de su soberano independiente, retiró las guarniciones romanas de las provincias de Armenia, Mesopotamia y Asiria, y en desempeño del encargo de Augusto, restableció en el Éufrates el lindero del Imperio24.

Zahiérense los actos públicos y los motivos recónditos de los príncipes, y así se tildó de envidiosa la disposición de Adriano, que fue tal vez parto de su moderación y cordura.

Los varios temples de aquel emperador, capaz a un tiempo de bastardías y de corazonadas grandiosas, suministran alguna margen a la sospecha; pero no cabía encumbrar más el 22 Ovid. Fast., II, 667. Véase Tito Livio y Dionosio Halicarnáseo, al reinado de Tarquino.

23 Se complace en gran manera San Agustín con la flaqueza de Término y la vanidad de los Agoreros. Véase De Civitate Dei, IV, 29.

24 Véase la Historia Augustana, 5; la crónica de San Jerónimo y todos los Epitomistas. Es de extrañar que tan memorable acontecimiento no aso-me en Dión, o sea Xifilino.

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esclarecimiento de su antecesor que confesándose inadecuado para el intento de resguardar aquellas conquistas.

Contraponíase la gallardía ambiciosa de Trajano con la moderación del sucesor; pero descollaba aun sumamente la actividad incesante de Adriano, en cotejo del sociego apacible de Antonino Pío. La vida de aquél se redujo a un viaje perpetuo; y atesorando al par el desempeño de guerrero y de estadista, iba regalando su curiosidad con el cumplimiento de sus obligaciones. Desentendiéndose de diferencias de climas, andaba a pie y descubierto por las nieves de Caledonia y los arenales abrasadores del Alto Egipto; ni quedó provincia en todo el Imperio que, en el discurso de su reinado, no se hon-rase con la presencia del monarca25. Pero el sosegado temple de Antonino Pío se vinculó en el regazo de Italia, y en el espacio de los veinte y tres años que empuñó el timón del estado, las peregrinaciones más dilatadas de aquel apacible soberano fueron tan sólo del palacio de Roma al retiro de su quinta en Lanuvio26.

En medio de la diferencia en su conducta personal, atu-viéronse igualmente Adriano y ambos Antoninos al sistema general de Augusto. Afanados por sostener la grandiosidad del Imperio sin dilatar sus límites, valiéronse de arbitrios decorosos para ofrecer su amistad a los bárbaros, y se esme-raron en patentizar al mundo todo que el poderío romano, encumbrado sobre el apetito de más conquistas, tan sólo se profesaba amante del orden y de la justicia. Logró su ahínco 25 Dión, LXIX, 1158; Hist. August., 5, 8. Aun cuando faltasen todos los historiadores, bastarían las medallas, inscripciones y otros monumentos para comprobar los viajes de Adriano.

26 Véase la Historia Augustana y los Epítomes.

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afianzar uno y otro por el período venturoso de cuarenta y tres años, fuera de tal cual hostilidad pasajera que ejercitó provechosamente las legiones fronterizas, ofreciendo los reinados de Adriano y de Antonino Pío la perspectiva halagüeña de una paz incesante27. Reverenciado el nombre romano por los ámbitos de la tierra, solía el emperador arbitrar en las desavenencias que sobrevenían entre los bárbaros más bravíos; noticiándonos un historiador contemporáneo haber visto desairados algunos embajadores que venían a solicitar el timbre de alistarse entre los vasallos de Roma28.

El terror de las armas romanas robustecía y encumbraba el señorío y comedimiento de los emperadores, conservando la paz por medio de incesantes preparativos para la guerra; y mientras la equidad era la norma de sus pasos, estaban pregonando a las naciones que se desentendían al par de cometer y de tolerar tropelías. La fuerza militar, cuya mera planta fue suficiente para Adriano y el mayor de los Antoninos, tuvo que emplearse contra los partos por el emperador Marco. Provocaron los bárbaros hostilmente las iras del monarca filósofo, y en desempeño de su justísimo desagravio, lograron Marco y sus generales señaladas y repetidas victorias, 27 Hay que recapacitar, sin embargo, que en tiempo de Adriano se desenfrenó una rebeldía de los judíos con saña religiosa, mas en una sola provincia. Pausanias (VIII, 43) menciona dos guerras precisas y venturosas, capitaneadas por los generales de Pío. Primera, contra los moros erran-tes, arrinconados por las soledades del Atlas, y la segunda contra los brigantes de Bretaña, que habían atropellado la provincia romana. Una y otra suenan con otras varías hostilidades en la Historia Augustana, 19.

28 Apiano de Alejandría, en el prólogo a su Historia de las guerras romanas.

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tanto en el Éufrates como en el Danubio29. La planta militar que en tal grado afianzó el sosiego y poderío del Imperio romano se nos ofrece desde luego como objeto grandioso y digno de nuestra atención.

En la primitiva y castiza república, vinculábase el uso de las armas en aquella jerarquía de ciudadanos amantes y defensores de su patria y haciendas, y partícipes en la formación y cumplimiento puntual de las leyes. Mas al paso que la libertad general se fue menoscabando con tantas conquistas, vino a encumbrarse la guerra a sistema y arte, asalariándola torpemente por otra parte30. Las legiones mismas, cuando ya se estaban reclutando en provincias lejanas, se suponían compuestas de ciudadanos castizos; distinción que solía considerarse, ya como atributo legal, ya como galardón del soldado; pero el ahínco se cifraba principalmente en las prendas de edad, fuerza y estatura militar31. En todo alistamiento, eran antepuestos los individuos del norte a los del mediodía, y para el manejo de las armas, los campesinos merecían la preferencia ante los moradores de las ciudades; y aun entre éstos, se conceptuaba atinadamente que el ejercicio violento de herreros, carpinteros y cazadores debía proporcionar más brío y denuedo que los oficios sedentarios y dedicados a los 29 Dión, LXXI; Hist. August., in Marco. Las victorias párticas franquea-ron campo a un sinnúmero de historiadores despreciables, cuya memoria rescató del olvido Luciano ridiculizándolos crítica y traviesamente 30 La ínfima soldadesca gozaba cerca de cuatro mil reales (Dionisío Halicarnáseo, IV, 17), paga altísima; escaseando tanto el metálico, que una onza de plata equivalía a setenta libras de cobre. Excluido el populacho por la constitución antigua, logró alistarse indistintamente con Mario.

Véase Salust., De Bell. Jugurth., 91.

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objetos de mero lujo32. Orillado el requisito de propiedad, acaudillaban siempre los ejércitos romanos oficiales de nacimiento y educación hidalga; pero los meros soldados, al par de las tropas mercenarias de la Europa moderna, se alistaban entre las heces, y aun con frecuencia entre los mayores forajidos que afrentaban el linaje humano.

La virtud pública, que los antiguos llamaron patriotismo, nace del entrañable concepto con que ciframos nuestro su-mo interés en el arraigo y prosperidad del gobierno libre que nos cupo. Este despertador incesante del incontrastable denuedo de las legiones republicanas alcanzaba ya escasamente a mover el ánimo en los sirvientes mercenarios de un déspota; y se hizo forzoso acudir a aquella quiebra con otros impulsos de igual trascendencia, a saber, el honor y la religión. El labriego y el menestral sentían la preocupación provechosa de ir a medrar en la esclarecida profesión de la milicia, donde sus ascensos y su nombradía serían parto de su propio valor; y aunque las proezas de un ínfimo soldado suelen ser desconocidas, su peculiar desempeño puede tal vez acarrear timbre o afrenta a la compañía, a la legión, y acaso al ejército de cuyos blasones es partícipe. Empeñaban, al alistarse, su juramento con ostentosa solemnidad, para nunca desamparar sus banderas, rendir su albedrío al mandato de los superiores, y sacrificar su vida a la salvación del emperador y del Imperio33. El pundonor y la adhesión se 31 Formó César su legión Alauda de galos y extranjeros; mas sólo fue con el afán de la guerra civil; y tras la victoria, les dio en premio la ciudadanía.

32 Véase Vegecio, De Re Militari, I, 2-7.

33 Renovábase siempre por año nuevo el juramento de la tropa por el servicio y fidelidad al emperador.

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daban la mano para vincular más y más la tropa con sus pendones; y el águila dorada, que encabezaba la legión es-plendorosamente, era objeto de su devoción entrañable, conceptuándose no menos impío que afrentoso el abandonar en el trance la insignia sacrosanta34. Dimanaban aquellos estímulos de la fantasía, y se robustecían con los impulsos más eficaces de zozobras y esperanzas. Paga puntual, donativos accidentales y premios establecidos tras el plazo competente, aliviaban las penalidades de la carrera militar35, al paso que no cabía a la desobediencia o a la cobardía el evitar sus severísimos castigos. Competía a los centuriones el apalear, y a los generales el imponer pena capital, y era máxima inflexible de la disciplina romana que un buen soldado debía temer mucho más a sus oficiales que al enemigo. A impulsos de estas disposiciones, realzóse el valor de las tropas imperiales con un tesón y docilidad inasequibles con los ímpetus de los bárbaros.

Estaban además los romanos tan persuadidos de la inu-tilidad del valor sin el requisito de la maestría práctica, que 34 Llama Tácito a las águilas romanas Bellorum Deos [Dioses de las guerras]. Colocábanse en el campamento, dentro de su capilla, y la tropa las acataba al par de las demás divinidades.

35 Véase Gronovio, De Pecunia Vetere, 111, 120, etc. Subió el emperador Domiciano el estipendio anual de la tropa legionaria a doce piezas de oro, que en su tiempo venían a equivaler a mil reales. Esta paga, algún tanto más alta que la nuestra, había ido y fue después creciendo según los medros en riqueza de aquel gobierno militar, siempre en aumento. A los veinte años de servicio recibía el veterano tres mil denarios (como diez mil reales), o bien un pegujar de tierra proporcionado a esta cuota. La paga y adehalas de la guardia venían a ser duplicadas que en las legiones.

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una hueste se apellidaba con la voz que significa ejercicio36, y los ejercicios militares eran el objeto incesante y principal de su disciplina. Instruíanse mañana y tarde los bisoños, y ni la edad ni la destreza dispensaban a los veteranos de la repetición diaria de cuanto ya tenían cabalmente aprendido. La-brábanse en los invernaderos tinglados anchurosos para que su tarea importante siguiese, sin menoscabo ni la menor interrupción, en medio de temporales y aguaceros, con el esmerado ahínco de que las armas en aquel remedo fuesen de peso doble de las indispensables en la refriega37. No cabe en el intento de esta obra el explayarse en el pormenor de los ejercicios, notando tan sólo que abarcaban cuanto podía robustecer el cuerpo, agilizar los miembros y agraciar los movimientos. Habilitábase colmadamente el soldado en marchar, correr, brincar, nadar, portear cargas enormes, manejar todo género de armas apropiadas al ataque o a la defensa, ya en refriegas desviadas, ya en las inmediatas; en desempeñar varias evoluciones, y moverse al eco de la flauta en la danza pírrica o marcial38. Familiarizábase la tropa romana en medio de la paz con los afanes de la guerra; y expresa atinadamente un historiador antiguo que peleara contra ellos que el derramamiento de sangre era la única circunstancia que diferenciaba un campo de batalla de un paraje de 36 Exercitus ab exercitando. Varro, De Lingua Latina, IV. Cicerón en las Tusculanas, 11, 37. Hay campo para una obra interesante en la hermandad del idioma con las costumbres de las naciones.

37 Vegecio, II, y lo restante del primer libro.

38 La danza pírrica está cabalísimamente ilustrada por Le Beau, en la Academia de Inscripciones, XXXV, 262, etc. El sabio académico, en una serie de memorias, ha ido recogiendo cuanto dice relación en los antiguos a la legión romana.

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ejercicio39. Esmerábanse generales y aun emperadores en realzar estos estudios militares con su presencia y ejemplo, y nos consta que Adriano, al par de Trajano, solía allanarse a ir instruyendo a sus bisoños, galardonar a los sobresalientes, y a veces competir con ellos en primor y brío40. Descolló científicamente la práctica en aquellos reinados, y mientras conservó el Imperio alguna fuerza, mereció la enseñanza militar el concepto de cabal dechado de la disciplina romana.

Nueve siglos de guerra habían ido introduciendo en la milicia varias novedades y mejoras. Las legiones, según las describe Polibio41 en tiempo de las guerras púnicas, se diferenciaban sustancialmente de las que consiguieron las victorias de César, o defendieron la monarquía de Adriano y de los Antoninos. La planta de la legión imperial puede manifestarse en pocas palabras42. La infantería recia, que constituía fundamentalmente su fortaleza43, se cuarteaba en diez cohortes y en cincuenta y cinco compañías, a las órdenes de sus correspondientes tribunos y centuriones. La primera cohorte, poseedora del sitio más honorífico y del resguardo 39 Josefo, De Bell. judaico, 111, 5. Debemos a aquel judío pormenores curiosísimos acerca de la disciplina romana.

40 Plin. Panegírico, 13; vida de Adriano en la Historia Augustana.

41 Véase una digresión asombrosa sobre la disciplina romana en el libro sexto de su Historia.

42 Vegecio, De Re Militar¡, 11, 4, etc. Una porción abultada de su enmarañado compendio se tomó de las pragmáticas de Trajano y Adriano, y la legión, según la particulariza, no puede corresponder a otra temporada alguna del Imperio romano.

43 Vegecio, De Re Militar¡, 11, 1. En el lenguaje castizo de César y Cicerón, la voz miles venía a vincularse en la infantería, mas luego, allá en Oriente y en tiempo de la caballería, se solía aplicar a la gente de armas que peleaba a caballo.

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del águila, constaba de mil ciento y cinco soldados, descollantes en lealtad y valentía: las otras nueve se componían de quinientos cincuenta y cinco cada una, y el cuerpo total de la infantería legionaria ascendía a seis mil y cien hombres. Eran sus armas iguales y asombrosamente apropiadas al intento: celada abierta con erguido crestón, peto, cota de malla, gre-bas para las piernas, y en el brazo izquierdo un broquel anchuroso, cóncavo y prolongado, de cuatro pies de largo y dos y medio al través, labrado de madera liviana, y resguardado con cuero de buey y chapas de cobre. Además de una lanza ligera, empuñaba el infante su pavoroso pilum, venablo pesado que solía alargarse hasta seis pies, terminado por un bote triangular de acero de diez y ocho pulgadas44. Inferior era a la verdad este instrumento a nuestras armas de fuego, pues sólo se desembrazaba a la distancia de diez o doce pasos, pero disparado por una diestra pujante y atinada, no se daba caballería que se arriesgase a su alcance, ni escudo o coraza que contrastase su poderoso empuje. Desembrazado el pilum, desenvainaba el romano su espada, abalanzándose al enemigo. Era su espada una hoja española de dos filos que hacía veces de alfanje y de estoque; pero el soldado estaba impuesto en usar más bien el arma de punta que de corte, pues así resguardaba su cuerpo y causaba mayor y más certe-ra herida a su contrario45. Solía formarse la legión a ocho de fondo, y como tres pies de espacio venían a quedar a cada 44 En tiempo de Polibio y de Dionisio Halicarnáseo (V, 45), el bote ace-rado del pilum parece que era más cumplido; en el de Vegecio, menguó hasta un pie, y aun a nueve pulgadas. Yo me atengo a un medio término.

45 En cuanto a las armas legionarias, véase Lipsio, De Militia Romana, III, 2-7.

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individuo, así entre las hileras como entre las filas46. Un cuerpo de tropas acostumbrado a conservar este orden desahogado, en dilatado frente y en el ímpetu del avance, estaba siempre hábil para desempeñar el movimiento que requería el trance y disponía el caudillo. Cabíale al soldado el trecho necesario para manejarse con sus armas, y se franqueaban además intermedios adecuados, a fin de que pudieran ir acudiendo refuerzos para relevar a los que se iban imposibilitando47. Fundábase la táctica griega o macedonia en otros elementos, pues la pujanza de la falange estribaba en diez y seis órdenes de lanzones apuntados en rastrillo48; pero luego se echó de ver, por la reflexión y la práctica, que el poderío de la falange no alcanzaba a contrarrestar la actividad de las legiones49. La caballería, sin la cual quedaba la prepotencia de la legión descabalada, se dividía en diez trozos o escuadrones: el primero, como acompañante de la primera cohorte, constaba de ciento treinta y dos hombres, al paso que los otros nueve se reducían a sesenta y seis individuos; y su planta entera venía, hablando a fa moderna, a formar un regimiento de setecientos veinte y seis caballos, embebidos de suyo en su legión respectiva, pero separados a las veces para obrar en línea y componer parte de las alas del 46 Véase el arrogante símil de Virgilio, Geórgicas, II, 279.

47 M. Guichard, Memorias militares, 1, 4, y Nuevas Memorias, I, 293-311, ha ventilado el punto como literato y como oficial.

48 Véase la Táctica de Arriano. Con la verdadera parcialidad de griego, antepuso el describir la falange que había leído a la legión que estaba mandando.

49 Polib., XVII.

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ejército50. No constaba ya la caballería de los emperadores, como en tiempo de la república, de la mocedad hidalga de Roma e Italia, que desempeñando su servicio de a caballo, se iba habilitando para los cargos de senadores y cónsules y se granjeaba los votos venideros de sus compatricios51. Con el estrago de costumbres y gobierno, los más acaudalados del orden ecuestre se engolfaban en la administración de justi-cia52; y si se alistaban para las armas, se les confería inmediatamente el mando de un escuadrón a caballo o de una cohorte de infantería53. Formaban Trajano y Adriano su caballería de las idénticas provincias y de la misma clase de individuos con quienes reponían las filas de la legión. Las remontas salían de España y de Capadocia generalmente; y los jinetes romanos menospreciaban aquella armadura cerrada donde se encajonaba la caballería oriental, siendo sus armas preferentes celada, broquel prolongado, cota de malla y un chuzo y espada larga y ancha para ofender, pues tomaron al parecer el uso de lanzas y mazas de los bárbaros54.

Cifrábanse principalmente en las legiones la salvación y la gloria del Imperio, pero aveníase la política romana a echar mano de cuanto fuese conducente para la guerra.

50 Vegecio, De Re Militari, II, 6. Con su testimonio positivo, que pudiera evidenciarse, debe enmudecer quien defraude a la legión imperial de su cuerpo apropiado de caballería.

51 Véase, generalmente Tito Livio, y particularmente XL, II, 61.

52 Plin., Hist. Natur., XXXIII, 2. El concepto positivo de aquel paso curiosísimo se deslindó despejadamente por De Beaufort, República Romana, II, 2.

53 Como en el ejemplar de Horacio y de Agrícola. Parece que era nulidad fundamental en la disciplina romana, y Adriano trató de obviarla fijando la edad del tribuno.

54 Véase la táctica de Ariano.

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Aprontábanse reclutas comúnmente por las provincias que todavía no se habían hecho acreedoras al distintivo de la ciudadanía. Varios príncipes dependientes o pueblos fronterizos gozaban su libertad y seguridad mediante el feudo de su servicio militar55; y aun tercios selectos de bárbaros enemigos tenían que estar consumiendo su azaroso denuedo por climas lejanos en beneficio del estado56. Comprendíanse todos éstos bajo el nombre general de auxiliares, y por más que fuesen variando según el nombre y las circunstancias, por maravilla abultaban menos que las legiones57; y aun los cuerpos sobresalientes de los mismos auxiliares iban a las órdenes de prefectos y centuriones, quienes los adiestraban esmeradamente en el pormenor riguroso de la disciplina romana; pero la mayor parte seguían guerreando con las armas idénticas y geniales de su país, a cuyo uso estaban adecuadamente avezados. Bajo este sistema, cada legión, con sus competentes auxiliares, contenía en sí todo género de tropas ligeras, y armas arrojadizas, y se hallaba hábil para pelear con cualquiera nación sin menoscabo de armas y de disciplina58.

Tampoco carecía la legión de cuanto en el idioma moderno se llama artillería, constando de diez máquinas de mayor y cincuenta y cinco de menor cuantía, y unas y otras dispara-55 Tal era con especialidad la situación de los bátavos. Tacit., Germania, 29.

56 Precisó Marco Antonino a los marcomanos y cuados a aprontarle un cuerpo crecido de tropas, y lo envió en seguida a Bretaña. Dión Casio, LXXI.

57 Tácit., Anales, IV, 5. Cuantos se atienen a una cuota de infantería, duplicando la caballería, equivocan los auxiliares de los emperadores con los aliados italianos de la república.

58 Vegecio, II, 2. Arriano en su formación de marcha contra los alanos.

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ban oblicua u horizontalmente a raudales piedras y flechas con ímpetu irresistible59.

Asomaba un campamento romano con muestras de verdadera fortaleza60. Delineado el sitio, acudían los cavadores ejecutivamente a despejarlo y allanarlo en cuadrada y debida forma; y se computa que el recinto de unas mil varas abarcaba a veinte mil romanos, al paso que, con las tropas nuestras, este crecido número ofrecería al enemigo hasta triplicado frente. Descollaba en medio el pretorio, o vivienda del general, sobre las demás, ocupando la caballería, la infantería y los auxiliares sus respectivos lugares. Sus calles o andenes eran desahogados, rectos, y dejaban un espacio de cien pies en derredor entre las tiendas y el muro. Este solía tener doce pies de altura, con su recia y entretejida estacada y un foso de doce pies también de hondo y de ancho. Este afán corría a cargo de los legionarios mismos, tan duchos en el manejo del azadón y del zapapico cual en el de la espada o el pilum.

59 Desempeña el caballero Folard el punto de la maquinaria antigua con agudeza y conocimiento (Polibio, 11, 233-290), anteponiéndola bajo varios conceptos a la artillería moderna. Hay que reparar que menudeó más aquel uso en campaña, al paso que fueron menguando en el Imperio romano el valor personal y la inteligencia guerrera, supliendo la escasez de gente con el acopio de máquinas. Véase Vegecio, 11, 25, Arriano.

60 Acaba Vegecio su libro segundo y el pormenor de la legión, así ento-nadamente: Universa qu& in quoque belli genere necessaria esse cre-duntur, secum legio debet ubique portare, ut in quovis loco lixerit castra, armatam faciat civitatem. [Se consideraba que todas las cosas necesarias en cada tipo de guerra debían ser llevadas consigo por la legión, para que ésta, en cualquier lugar en que plantara su campamento, estableciese una ciudad fortificada.]

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Cabe ser nativo el denuedo; pero tan sufrido esmero sólo puede ser parto del sumo ejercicio y consumada disciplina61.

Al sonido del clarín se rompía la marcha, viniendo instantáneamente abajo el campamento, y encajonándose la tropa en sus filas sin revueltas ni demora. Además de las armas, que para los legionarios no servían de estorbo, iban cargados con el ajuar de cocina, la herramienta de fortificación y el abasto para varios días62. Con tanto peso, que abrumara a todo soldado moderno, estaban adiestrados en andar ordenadamente como siete leguas en seis horas63; y al asomar el enemigo, deponían su carga, y con prontas y desahogadas evoluciones, pasaban de la columna de marcha al orden de batalla64. Escaramuzaban al frente los honderos y flecheros; formaban los auxiliares la primera línea al arrimo del recio de las legiones; ceñía los costados la caballería, y quedaban las máquinas a retaguardia.

Tales eran las artes guerreras con que resguardaban los emperadores romanos sus dilatadas conquistas, y seguían atesorando aquel brío militar, cuando ya todas las demás virtudes yacían bajo el cieno del lujo y del despotismo. Si en el pormenor de sus ejercicios, tras el bosquejo de su disciplina, tratamos de puntualizar su número, carecemos de datos para conseguirlo. Puédese regular sin embargo que la legión, 61 En cuanto a la castrametación romana, véase Polibio, VI, con Lipsio, De Militia Romana. Josefo, De Bell. Jud., III, 25; Vegecio, 1, 21-25; III, 9, y Memoria de Guichard, I, 1.

62 Cicerón, TuscuL, 11, 37. Josefo, De Bell Jud., III, 5. Frontino IV, 1.

63 Vegecio, 1, 9. Véanse las Memorias de la Academia de Inscripciones, XXV, 187.

64 Véanse las evoluciones perfectamente explicadas por Mr. Guichar, Nuevas Memorias, I, 141-234

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constando de seis mil ochocientos treinta y un romanos, ascendía, con sus competentes auxiliares, a doce mil y quinientos hombres. El total sobre el pie de paz por Adriano y sus sucesores componía hasta treinta de tan formidables cuerpos, y formaban probablemente una fuerza constante de trescientos setenta y cinco mil individuos. En vez de ence-rrarse en el recinto de ciudades muradas, que los romanos conceptuaban de asilos para la flaqueza, acampaban las legiones por las riberas de los ríos mayores, o en los confines de los bárbaros; y como estos apostaderos solían ser invariables, cabe el ir delineando la distribución individual de la tropa. Bastaba una legión para Bretaña; pero la fuerza principal cubría el Rin y el Danubio, consistiendo en diez y seis legiones bajo la proporción siguiente: dos en la Germania Baja, y tres en la Alta, una en Recia, otra en la Nórica, cuatro en Panonia, tres en Mesia, y dos en Dacia. Defendían el Éufrates ocho legiones, seis acuarteladas en Siria, y las otras dos en Capadocia. En cuanto al Egipto, África y España, por cuanto estaban desviadas del teatro principal de la guerra, acudía una sola legión a conservar el sosiego de cada una de estas provincias. Ni carecía tampoco la Italia de su resguardo militar. Más de veinte mil soldados selectos y señalados con los títulos de cohortes ciudadanas y guardias pretorianas, celaban día y noche y custodiaban al monarca y la capital.

Promovedores de cuantas revoluciones vinieron a desencajar el Imperio, los pretorianos han de llamar y aun embargar nuestra atención; mas no echamos de ver ni en su planta ni 26

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en su armamento circunstancia alguna que los diferencie de las legiones, sino su boato e indisciplina65.

Aparece allá la marina de los emperadores como desproporcionada a su poderío; mas era suficiente para acudir a las urgencias del estado. La ambición romana era toda continental, y así jamás descolló aquel pueblo guerrero con la gallardía de Tiro, Cartago, y aun Marsella, que ansiaban dilatar más y más los linderos del orbe, y cuyos navegantes llegaron a descubrir las costas más recónditas del Océano. Aterró siempre más que halagó el piélago a los romanos66; y volcada Cartago y exterminada la piratería, vino a quedar el Mediterráneo entero cercado por sus provincias. Ciñóse pues la política imperial a ejercer el señorío de este solo mar, apadri-nando el comercio de sus industriosos súbditos. Bajo este sistema tan moderado situó Augusto dos escuadras fijas en los puntos más adecuados de Italia, una en Ravena sobre el Adriático, y la otra en Miseno dentro de la bahía de Nápoles.

Llegaron por fin los antiguos a palpar con la experiencia que en sobrepujando las galeras a dos, o lo más, tres órdenes de remos, venían a reducirse a mero boato, sin el menor servicio efectivo; y el mismo Augusto había presenciado en la victoria de Accio la superioridad de sus fragatas veloces (llamadas liburnias) contra los empinados y torpes castillos de 65 Tácito (Anal., IV, 5) nos rasguea un estado de las legiones con Tiberio; y Dión Casio (LV, 794) con Alejandro Severo. He tenido que esmerarme en plantear un medio adecuado entre aquellas dos temporadas. Véase igualmente Lipsio, De Magnitudine Romana, 1, 4, 5.

66 Procuraron los romanos encubrir, socolor de asombro religioso, su ignorancia y espanto. Véase Tácito, Germania, 34.

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su competidor67. Compuso ambas armadillas de Ravena y Miseno con estas liburnias, apropiadas para dominar, una la división oriental, y otra la occidental del Mediterráneo, aplicando la competente marinería a entrambas. Además de los dos puertos, que eran los apostaderos principales de la armada romana, situáronse fuerzas considerables en Frejus sobre la costa de Provenza, quedando el Euxino con el resguardo de cuarenta bajeles y tres mil soldados. Hay que añadir la escuadrilla conservadora de la comunicación entre las Galias y Bretaña, y un crecido número de barcos apropiados al Rin y al Danubio para infestar el territorio y atajar el tránsito a los bárbaros68. Redondeando la reseña general de las fuerzas imperiales en caballería e infantería, en legiones, en auxiliares, guardias y armada, el cómputo más crecido nos franquea apenas en los estados de mar y tierra más de cuatrocientos y cincuenta mil hombres; poderío militar en verdad formidable, pero que vino a igualar un monarca del siglo anterior, cuyo reino se reducía a una sola provincia del 1mperío romano69.

Hemos ido manifestando, tanto la fuerza que sostenía como el sistema que entonaba el poderío de Adriano y de los Antoninos: vamos ahora a delinear con algún método y despejo las provincias allá enlazadas bajo un mismo señorío, y 67 Plutarco, Marco Antonio, y con todo, si nos atenemos a Orosio, aquellos castillos tan agigantados sobresalían sólo diez pies al agua; VI, 19.

68 Véase Lipsio, De Magnitud. Romana, 1, 5. Los diecisiéis capítulos últimos de Vegecio son relativos a la náutica.

69 Voltaire, Siglo de Luis XIV, 29; mas hay que recordar cómo la Francia está todavía adoleciendo de aquel extraordinario ahínco.

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deslindadas actualmente en estados independientes y aun enemigos.

España, al extremo occidental del Imperio, de Europa y del mundo antiguo, ha conservado invariablemente en todos tiempos los mismos linderos naturales, a saber: el Pirineo, el Mediterráneo y el Océano Atlántico. Esta península grandiosa, dividida en la actualidad tan desigualmente entre dos soberanos, quedó repartida por Augusto en tres provincias, Lusitania, Bétíca y Tarragonesa. Abarca ahora el reino de Portugal el país belicoso de los lusitanos, y el cercén que tuvo aquél por levante queda compensado por su aumento de territorio hacia el norte. Granada con todas las Andalu-cías, corresponde a la antigua Bética. Lo restante, de España, Galicia, Asturias, Vizcaya y Navarra, León y ambas Castillas, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, estaba embebido en el tercero y mayor de los gobiernos romanos, el cual, por el nombre de su capital, se llamaba provincia de Tarragona70.

Los celtíberos eran los más poderosos, así como los cánta-bros y astures los más indómitos de todos los bárbaros. Al abrigo de sus riscos, fueron los últimos que se rindieron al yugo romano, y los primeros en sacudir el de los árabes.