Deseo y Traición por Heidits - muestra HTML

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Diseñadora secreta Al descubrir que una empresa rival le había

robado sus creaciones, la diseñadora Lily Zaccaro se juró

que atraparía al ladrón. Se le ocurrió un plan perfecto:

marcharse a Los Ángeles y, con otra identidad, emplearse

como secretaria de Nigel Stratham, el sexy presidente de la

compañía rival. A medida que las largas jornadas laborales

se convertían en noches apasionadas, Lily trataba de

centrarse en su misión secreta. Esperaba que Nigel fuera

inocente, porque estaba atrapada en la ardiente relación que

mantenían. Pero, frente a tanto engaño, su amor pronto

estaría en la cuerda floja.

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Heidi Betts. Todos los derechos reservados.

DESEO Y TRAICIÓN, N.º 1934 - Agosto 2013

Título original: Project: Runaway Heiress

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de

reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con

permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. con permiso de

Harlequin persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas

registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que l even ® están

registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros

países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3494-1

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo Uno

Imposible. Era imposible.

Lily Zaccaro maximizó la ventana de su navegador y se

aproximó aún más para examinar la foto en la pantalla del portátil.

Tecleó con furia para minimizar la ventana y abrir otra.

Ventana tras ventana, la presión arterial le iba subiendo.

Volvió a teclear con rabia para poner en marcha la impresora, de

la que fueron saliendo las fotos, o, como ya comenzaba a

considerarlas, las pruebas.

Tomó las fotos de la bandeja y las l evó a una mesa larga y

ancha, donde las colocó en fila.

El corazón le palpitaba como si hubiera corrido los cien metros

lisos. Al í, frente a sus ojos, tenía la prueba de que alguien le estaba

robando sus diseños.

Volvió a estudiar las fotos. Los tejidos eran distintos, desde

luego, al igual que algunas líneas y cortes, pero era indudable que se

trataba de sus diseños.

Para asegurarse de que no se imaginaba cosas ni se estaba

volviendo loca, Lily abrió un cajón donde guardaba los esbozos de sus

diseños y buscó una carpeta que l evó a la mesa.

Sacó los bocetos en los que había estado trabajando la

primavera anterior y que formarían la colección de aquel otoño.

Tras un corto periodo de prueba tuvo cada esbozo situado al

lado del correspondiente a su rival. El parecido le provocó náuseas.

Volvió a preguntarse cómo había podido suceder algo así.

Se devanó los sesos tratando de determinar quién podía haber

visto los bocetos mientras trabajaba en ellos ¿Cuánta gente había

entrado y salido del estudio? No mucha.

Zoe y Juliet, por supuesto, pero confiaba en ellas plenamente.

Sus hermanas y ella compartían aquel espacio para trabajar. Las tres

habían alquilado el edificio entero en Nueva York y utilizaban uno de

los pisos como vivienda, que también compartían; y el otro como lugar

de trabajo de la empresa: Modas Zaccaro.

Aunque a veces se enfadaran entre el as, o sus horarios se

solaparan, lo cierto era que trabajar como socias estaba funcionando

muy bien. Lily enseñaba sus bocetos a sus hermanas y les pedía su

opinión; y viceversa.

Pero ni Zoe ni Juliet le robarían los bocetos ni la traicionarían de

ningún otro modo. Estaba totalmente segura.

Entonces, ¿quién había sido? A veces iba gente al estudio, pero

no era habitual. Cuando tenían algún asunto que resolver lo hacían en

la sede de la empresa, en Manhattan, donde estaban las máquinas de

coser, los empleados, un despacho para cada hermana y una

pequeña tienda que esperaban ampliar muy pronto.

Ese sueño sería imposible si les robaban sus creaciones y las

sacaban al mercado antes que ellas.

Recogió los bocetos y las fotos y comenzó a recorrer el estudio.

¿Qué podía hacer?

Si supiera quién era el culpable sabría qué hacer. Sin embargo,

como no tenía ni idea de quién estaba detrás de aquello, no sabía por

dónde empezar.

Tal vez sus hermanas pudieran sugerirle algo, pero no quería

mezclarlas en aquello.

El a era la que había ido a una escuela de diseño y la que había

pedido un préstamo a sus padres para montar su propio negocio. Y

aunque ellos eran muy ricos y le habían dicho que le regalarían el

dinero, ella deseaba construir algo por sí misma.

Se había marchado a Nueva York para hacerse un nombre, y

Zoe y Juliet habían ido después, dejando sus empleos en Connecticut.

Las dos habían supuesto una gran contribución a Modas

Zaccaro. La ropa que diseñaba Lily era fabulosa, desde luego, pero los

zapatos de Zoe y los bolsos y accesorios de Juliet habían hecho

famosa la marca Zaccaro.

El dinero estaba en los accesorios. A las mujeres les gustaba

comprarse una nueva prenda, pero también todo lo que la

acompañaba. Que pudieran salir de Modas Zaccaro con todo lo

necesario para vestirse era lo que las hacía volver y recomendar la

tienda a sus amigas.

Pero no estaban robando los diseños de sus hermanas, y Lily no

quería que se inquietaran por su futuro.

Tenía que enfrentarse a aquello sola, al menos hasta que

supiera algo de lo que sucedía. Volvió adonde estaba el portátil y se

sentó en el taburete frente a él. Los dedos le vacilaron sobre el

teclado, pero comenzó a escribir y, aunque no estaba segura de que lo

que iba a hacer fuera lo correcto, decidió seguir su instinto.

Dos minutos después tenía la dirección de una empresa de

detectives, y cinco minutos más tarde había concertado una cita para

la semana siguiente. No estaba segura de lo que les pediría que

hicieran, pero, tras haberla escuchado, tal vez le dieran alguna idea.

Después prosiguió buscando información sobre la empresa rival:

Ashdown Abbey.

La había fundado Arthur Stratham, hacía más de un siglo, en

Londres. Trabajaban en ropa deportiva y de trabajo, y aparecían en

muchas revistas de moda. Tenían cincuenta tiendas en todo el mundo

y sus ventas les dejaban más de diez mil ones de beneficios anuales.

Entonces, ¿por qué le estaban robando sus ideas?

Modas Zaccaro se hallaba en los inicios y apenas daba para ir

devolviendo mensualmente el préstamo a los padres de Lily y para

que sus hermanas y ella vivieran sin problemas.

La copia de los modelos procedía de la sucursal de Ashdown

Abbey en Los Ángeles, por lo que Lily buscó más información sobre

ella. Según la página web de la empresa, su director era Nigel

Stratham, descendiente de Arthur Stratham.

Pero la sucursal de Los Ángeles solo l evaba abierta un año y

medio y trabajaba de modo independiente con respecto a la empresa

británica, centrándose principalmente en clientes americanos y, sobre

todo, de Hollywood.

Lily entrecerró lo ojos para examinar la foto de Nigel Stratham

que había aparecido en la pantalla.

Reconoció de mala gana que era guapo. Tenía el pelo castaño y

lo l evaba muy corto; los pómulos altos y la mandíbula fuerte; los labios

gruesos, pero no en exceso; y los ojos parecían verdes, pero era difícil

saberlo por la foto.

A pesar de sus deseos de despreciarlo, Nigel Stratham tenía una

sonrisa encantadora que amenazaba con lograr que las piernas

dejaran de sostenerla.

Por suerte estaba sentada y era una mujer fuerte. A primera

vista, desde luego, no lo hubiera considerado un ladrón.

Siguió mirando fotos y artículos sobre la empresa, pero la mayor

parte se referían a la sede británica y a otras tiendas europeas.

Decidió que no podía hacer mucho más hasta ver al detective

con el que se había citado. Miró la hora. Había quedado para cenar

con sus hermanas en veinte minutos.

Mientras iba cerrando las diversas ventanas, algo le l amó la

atención: una página con oportunidades de empleo en Ashdown

Abbey (Estados Unidos), a la que ya había echado una ojeada.

Maximizó la ventana, seleccionó el enlace de más información y

lo imprimió.

Se le había ocurrido una locura. Sus hermanas, por descontado,

tratarían de disuadirla si se lo contaba; el detective, también, e

intentaría convencerla de que dejara el asunto en sus manos por el

módico precio de ¿cien, doscientos, quinientos dólares la hora?

Era mucho más sencil o que ella se introdujera en la empresa a

ver qué podía averiguar. Conocía el mundo del diseño a la perfección

y estaba segura de que la elegirían.

Se estremeció. Era peligroso, claro. Las cosas podían torcerse y

verse metida en un buen lío.

Pero no podía desaprovechar la oportunidad. Era como si el

destino le indicara el camino.

Tenía que averiguar qué sucedía, cómo había sucedido y

detenerlo. Y trabajar para Ashdown Abbey era un buen modo de

conseguirlo.

Bueno, no, perfecto.

Nigel Stratham necesitaba una secretaria, y ella era la persona

adecuada para el puesto.

Capítulo Dos

Nigel Stratham maldijo en voz baja mientras dejaba de golpe el

informe financiero trimestral de la empresa sobre la última carta de su

padre, que le había hecho sentirse como un niño al que regañaban por

alguna bagatela.

La carta, escrita a mano y enviada desde Inglaterra, porque así

lo habían hecho siempre sus padres, y porque un correo electrónico

era demasiado vulgar para su refinada educación, subrayaba que las

ganancias en la sucursal norteamericana eran decepcionantes y que

Nigel había fracasado al añadir otra gema a la corona de la empresa

desde que lo habían nombrado presidente, hacía dieciocho meses.

A Nigel le pareció que su padre estaba allí hablando con él, con

las manos detrás de la espalda y las cejas fruncidas en señal de

desagrado: igual que cuando era un niño.

Sus padres siempre le exigían la perfección en todo, y él nunca

la había logrado.

De todos modos, creía que un año y medio no era suficiente

para asegurar el triunfo o el fracaso de una sucursal de la empresa en

un nuevo país, cuando Ashdown Abbey había tardado casi un siglo en

triunfar en Gran Bretaña.

Pensaba que las expectativas de su padre habían sido

demasiado elevadas, pero cualquiera se lo decía.

Se recostó en el asiento, suspirando, y consideró cuánto tiempo

podría posponer la respuesta a la carta antes de que su padre le

enviara otra; o todavía peor, antes de que decidiera tomar un avión y

plantarse en Los Ángeles para vigilar a su hijo.

¡Vaya día! Además le aterraba pensar en el asunto de la nueva

secretaria.

Ya había tenido tres, jóvenes atractivas y competentes, pero

faltas de dedicación.

El problema de contratar a una secretaria en Los Ángeles era, en

su opinión, que las candidatas solían aspirar a ser actrices, por lo que

se aburrían fácilmente o dejaban el empleo en cuanto las contrataban

para hacer un anuncio; o bien aspiraban a ser diseñadoras de moda

que se desesperaban cuando no conseguían triunfar con sus

creaciones en menos de seis meses.

Y cada vez que una se marchaba, Nigel tenía que empezar de

nuevo a formar a la siguiente.

El departamento de Recursos Humanos había contratado a la

última en su lugar y le había enviado información profesional y

personal de la elegida.

Antes de que tuviera ocasión de volver a leer el currículo,

l amaron a la puerta del despacho. Esta se abrió y su nueva secretaria,

o al menos eso fue lo que dedujo él, entró.

Era más guapa de lo que parecía en la foto. Tenía el pelo rubio

oscuro y lo l evaba recogido en un moño. Iba poco maquil ada y sus

rasgos eran clásicos y delicados.

Llevaba gafas de montura oscura y aros dorados en las orejas.

Vestía una sencil a blusa blanca, una estrecha falda negra que le

l egaba por debajo de la rodil a y unos zapatos blancos y negros de

tacón alto.

Iba a la moda, pero Nigel se fijó en otros aspectos de ella, como

su piel de porcelana, el modo en que la blusa le marcaba los senos o

el carmín oscuro de sus labios.

–Señor Stratham, soy Lil ian, su nueva secretaria. Aquí tiene su

café y el correo de la mañana.

Dejó la taza humeante en el posavasos de cuero del escritorio.

Le había añadido un poco de crema de leche, como a él le gustaba. Y

colocó el montón de cartas frente a él.

La primera impresión que le produjo a Nigel fue muy positiva.

–¿Desea algo más?

–No, gracias.

El a asintió, dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

–Señorita George...

El a se volvió.

–Dígame.

–¿La blusa y la falda que l eva son diseños de Ashdown Abbey?

–El a sonrió levemente.

–Por supuesto.

Él reflexionó durante unos segundos sin atreverse a creer que su

suerte estuviera cambiando. Carraspeó y le preguntó:

–No será usted actriz, ¿verdad?

El a frunció el ceño.

–No.

–¿Ni modelo?

El a soltó una breve risa.

–Por supuesto que no.

Él recordó algunos puntos importantes de su currículo. Era

licenciada en Ciencias Empresariales y había hecho varios cursos de

diseño.

–Y su interés en la industria de la moda es...

El a replicó en tono firme.

–Estrictamente laboral, además de tener la oportunidad de

conseguir nuevos diseños antes que el resto del mundo. Me gusta

mucho la ropa –afirmó, y le dedicó una medio sonrisa que hizo que se

le formara un pequeñísimo hoyuelo en la mejil a derecha.

Nigel sonrió a su vez, casi contra su voluntad.

–Entonces está en el lugar adecuado. Los empleados tienen

descuento en nuestra tienda, como ya sabrá.

–Sí, lo sé.

–Excelente –murmuró él, satisfecho de momento con su nueva

secretaria.

Aunque aún no la había visto trabajar, ya había superado el

primer obstáculo.

–Si todavía no lo ha hecho, mire mi agenda para la semana.

Habrá algunas reuniones y eventos a los que tendrá que venir

conmigo, así que preste atención a esas anotaciones. Y compruebe a

menudo mi agenda, ya que suelo cambiarla sin previo aviso.

Agarró la taza y dio un sorbo. Tenía muy buen sabor, pues

l evaba la cantidad exacta de crema que le gustaba.

–Muy bien.

–Gracias. Eso es todo de momento.

El a volvió a dirigirse a la puerta y él volvió a detenerla antes de

que l egara.

–El café es excelente. Espero que haga el té igual de bien.

–Lo intentaré.

Salió cerrando la puerta, y Nigel sonrió inesperadamente.

En cuanto cerró la puerta del despacho y estuvo sola, Lily se

dirigió con paso vacilante a sentarse tras su escritorio.

Temblaba de pies a cabeza y el corazón se le había desbocado.

Y el estómago... Le parecía estar en un barco que cabeceara en

medio de una tormenta. Sería un milagro que no vomitara el

desayuno.

Para evitar que sucediera, se inclinó hacia delante y puso la

cabeza sobre las rodil as, ya que con aquella falda tan estrecha era

imposible ponerla entre el as.

Lil ian era el mejor nombre que se le había ocurrido y al que

respondería de forma natural, ya que era una mezcla de los dos

suyos: Lily y Ann.

De apellido había elegido uno sencil o y que le resultara fácil de

identificar: George, que fue como sus hermanas y ella l amaron al

primer perro que tuvieron.

Así que Lil ian George era su nuevo nombre, aunque le parecía

propio de una bibliotecaria de mediana edad.

Pero parecía una bibliotecaria.

Su estilo habitual y sus propios diseños tendían hacia los colores

fuertes y eran atrevidos y desenfadados.

Pero su puesto en Ashdown Abbey le impedía vestir así. Y,

además, tenía que hacer todo lo posible para que no la reconocieran

ni la relacionaran con Modas Zaccaro.

Esperaba que el cambio de nombre y de estilo de vestir, unido a

las gafas y al hecho de haberse oscurecido el pelo, que tenía rubio,

fuera suficiente para evitar que alguien de la empresa supiera quién

era.

También contribuiría que Modas Zaccaro no fuera muy conocida.

Sus hermanas y ella apenas habían aparecido en los medios de

comunicación. Las habían fotografiado de vez en cuando y habían

salido en revistas o páginas de sociedad, sobre todo por ser hijas de

quien eran y por la fortuna de su familia.

Al cabo de unos minutos, el pulso de Lily recuperó la normalidad

y dejó de tener arcadas. De momento estaba consiguiendo su

propósito. Había superado la prueba de la aceptación de su currículo y

la de la entrevista; y la de enfrentarse al presidente de la empresa,

Nigel Stratham, sin que la hubieran sacado esposada del despacho.

Todo estaba yendo bien.

En Ashdown Abbey no había el ruido de fondo de voces y

máquinas de coser que había en Modas Zaccaro. Pero su empresa no

era tan rica como Ashdown Abbey, que tenía las oficinas y los talleres

en edificios distintos.

Lily pensó que le gustaría oír el zumbido de las máquinas o la

risa de sus hermanas, sobre todo en momentos como aquel, en que lo

único que oía era su respiración agitada y una voz interior,

aterrorizada, que le decía que estaba loca y que la iban a pil ar.

Para no escucharla comenzó a recitar uno de los poemas sin

sentido que había aprendido en la escuela primaria. Después se

incorporó lentamente.

Nigel Stratham creía que era su nueva secretaria, así que

tendría que comportarse como tal.

Acercó la sil a al escritorio y comenzó a teclear frente a la

pantalla del ordenador. Aunque se había familiarizado con el sistema

operativo antes de entrar en el despacho de Nigel, todavía tenía

mucho que aprender; por ejemplo, el plan de trabajo de su jefe para

ese día.

Se sintió culpable al pensar si sus hermanas ya habrían

encontrado la nota que les había dejado y respetarían sus deseos de

no decirle a nadie que había desaparecido y de que no intentaran

buscarla.

Les había dicho que tenía que resolver un asunto personal, les

había asegurado que no correría peligro alguno y les había pedido que

confiaran en ella.

No quería que se preocuparan, pero no estaba dispuesta a

decirles lo que iba a hacer. Un día se lo contaría ante una botella de

vino, y lo más probable era que acabaran riéndose, pero eso sería

cuando hubieran desaparecido las amenazas a su empresa.

Antes de marcharse había acudido a la cita con Reid

McCormack, de la agencia de detectives McCormack, para que

investigara a todos los empleados de Modas Zaccaro. Lily no creía

que fuera a encontrar algo comprometedor, pero más valía prevenir

que curar.

Le había dicho que se ausentaría de Nueva York durante un

tiempo y que lo l amaría una vez a la semana para que la pusiera al

día.

Francamente, esperaba que el detective no tuviera que darle

malas noticias y que si se las daba no tuvieran relación con Modas

Zaccaro.

Pero hasta que volviera a hablar con él tenía que centrar toda su

energía en su nuevo empleo y en investigar por sí misma

sigilosamente.

Al mirar la agenda de Nigel para ese día, comprobó aliviada que

sería una jornada tranquila, ya que estaría en el despacho buena parte

del día. Tenía una cita para comer y debía acudir a una conferencia

por la tarde, pero ella no debía acompañarlo.

Echó un vistazo a la agenda del resto de la semana y se dijo que

volvería a comprobarla cada dos horas hasta que se convirtiera en un

hábito hacerlo.

Dedicó unos minutos a investigar algunos de los programas y

carpetas del sistema, aunque esperaba no tener que usarlos

inmediatamente. Pero como entendía de diseño, sabía cómo utilizar

los programas instalados relacionados con él.

La pregunta era si le servirían para acceder a la información

necesaria para localizar a quien le estaba robando los diseños.

Tal vez sí, o tal vez no: dependía de si Nigel sabía lo que estaba

sucediendo.

Se preguntó si estaría involucrado.

¿Habría enviado a un espía de Ashdown Abbey a su empresa?

¿O, a pesar de haber reconocido sus diseños de la última colección de

su empresa, habría mirado hacia otro lado porque era lo más fácil y

contribuiría a aumentar las ventas y el prestigio de Ashdown Abbey?

Esperaba que no. Se resistía a creer que hubiera ejecutivos que

se rebajaran a esos extremos, cuando tenían un montón de

diseñadores con talento.

También se resistía a creer que alguien tan guapo, con aquel

maravil oso acento británico, fuera capaz de algo tan abyecto. Aunque

estaba segura que personas más atractivas eran culpables de cosas

peores.

Era algo que sucedía todos los días, y ella no era tan ingenua

como para creer que porque un hombre fuera tremendamente

atractivo y mil onario no estuviera dispuesto a robar para conseguir

otro par de mil ones.

Buscó información sobre la colección California, la colección de

Ashdown Abbey que incluía buena parte de sus creaciones con ligeras

modificaciones y confeccionadas en tejidos totalmente distintos.

Los ligeros vestidos veraniegos eran muy bonitos, aunque no

tanto como lo hubieran sido sus diseños si hubiera tenido la

oportunidad de confeccionarlos.

Examinó cada uno concienzudamente. No todos procedían de

uno de sus diseños, lo cual no era ningún consuelo y podría serle

perjudicial si trataba de demostrar ante un tribunal que había habido

hurto.

Un buen abogado defensor podría argüir que existían similitudes

entre los diseños de ambas empresas, pero que, como la colección de

Ashdown Abbey incluía asimismo modelos sin parecido alguno con los

de Modas Zaccaro, se trataba simplemente de un caso de

coincidencia creativa.

Lily cerró la galería de fotos y abrió otros documentos de la

carpeta, entre los que encontró los bocetos de los modelos definitivos

de la colección California.

Eran bocetos digitales, a todo color, realizados con uno de los

programas informáticos que cada día eran más populares. Lily también

lo tenía en su tableta, pero prefería el lápiz y el papel.

Sin embargo, lo que atrajo su atención no fue cómo estaban

hechos sino que estuvieran firmados por un equipo de diseñadores, en

vez de por un solo diseñador. Debía de ser la costumbre en Ashdown

Abbey.

Buscó la lista de nombres del equipo, que aparecieron con sus

títulos y las colecciones anteriores que habían realizado para la

empresa. Lily la imprimió.

Mientras la impresora estaba funcionando sonó el

intercomunicador.

El a inspiró profundamente y apretó el botón de la línea directa

de Nigel Stratham.

–¿Sí?

–¿Puede venir un momento?

Un silencio absoluto siguió a la pregunta, por lo que Lily dedujo

que su jefe había colgado sin esperar respuesta.

Agarró la lista de diseñadores de la bandeja de la impresora, la

dobló varias veces y se la guardó en el bolsil o delantero de la falda,

hecho lo cual se dirigió al despacho de Nigel sin saber con qué se

encontraría al otro lado de la puerta. Ni siquiera sabía si debía l evar

un bloc y un lápiz para tomar notas.

¿Qué l evaba una secretaria cuando la l amaba el jefe? ¿Pluma y

papel? ¿Una tableta? No había tenido tiempo de echar un vistazo para

ver el material del que disponía la secretaria de Nigel Stratham.

Así que entró con las manos vacías después de l amar a la

puerta.

Nigel acabó de anotar algo antes de prestarle atención.

–¿Qué hace esta noche? –le preguntó.

La pregunta le resultó tan inesperada a Lily que se quedó en

blanco. Y estaba segura de que la cara la tenía del mismo color.

–Deduzco que no tiene planes.

Como ella seguía sin responder, él continuó hablando.

–Voy a cenar con un diseñador al que puede que contratemos y

he pensado que tal vez quiera venir con nosotros. De ese modo se irá

familiarizando con lo que le exige su puesto.

El a se limitó a responder:

–Muy bien.

Nigel asintió de modo casi imperceptible.

–Yo iré directamente desde la oficina, pero usted puede ir a casa

a cambiarse, si quiere. La iré a buscar a las ocho. No olvide dejarme la

dirección antes de marcharse.

Volvió a concentrarse en su trabajo, por lo que ella dedujo que

no quería nada más.

–De acuerdo. Muchas gracias –dijo antes de apresurarse a salir.

Se sentó en su escritorio para analizar los últimos

acontecimientos.

Por un lado tenía la lista de los diseñadores de la colección de

Ashdown Abbey basada en sus diseños, lo cual era un golpe maestro

para ser el primer día en territorio enemigo.

Por otro, lo que más deseaba era acabar el día sin ser

descubierta. No había pensado que tuviera que hacer horas extra

fuera de la oficina, y menos a solas con su jefe.

Claro que no estaría sola con él. Era una cena de negocios, así

que al menos habría otra persona. Pero no dejaba de ser una

situación en que se hallaría muy cerca del hombre del que dependía

su futuro.

Su futuro profesional y probablemente su libertad.

Si su jefe averiguaba quién era ella en realidad y por qué estaba

trabajando de incógnito en la empresa, era muy posible que acabara

entre rejas. Y daría igual que dijera que él había sido el primero en

cometer un delito.

Capítulo Tres

A las ocho menos cinco, Lily todavía corría por su piso tratando

de terminar de arreglarse antes de que l egara Nigel.

De nada le servía acabar de mudarse y haberse l evado pocas

cosas de Nueva York ni que el piso fuera simplemente un lugar para

dormir, no demasiado bonito ni demasiado caro.

Nunca se hubiera imaginado que su jefe, el presidente de la

compañía, decidiría pasarse por su casa a recogerla para ir a cenar.

Además no había pensado en que tendría que salir, por lo que

había l enado el armario con ropa de Ashdown Abbey para ir a

trabajar, pero no se había comprado nada para salir.

Se temía que su jefe había elegido un restaurante caro, y no

quería desentonar ni, peor aún, que la confundieran con una empleada

del local.

Había hecho lo que estaba en su mano con lo que le ofrecía su

escaso guardarropa.

Llevaba otra falda negra, más corta, con una abertura en la parte

de atrás, y una fina blusa azul zafiro.

Se volvió a mirar en el espejo para comprobar su aspecto.

Afortunadamente, apenas se le transparentaba el sujetador. Se puso

unos pendientes, un collar y zapatos de tacón abiertos por delante.

Metió el monedero, la barra de labios, las l aves y el móvil en el

bolso y, por fin, estuvo lista para cuando l egara Nigel.

Acaba de tomar aire para tranquilizarse y estaba pensando en ir

por última vez al servicio cuando l amaron al timbre.

La poca calma que había logrado se le evaporó y el miedo hizo

que se le contrajera el estómago.

Agarró el bolso, tragó saliva y se dirigió a la puerta. Como no

quería que Nigel viera el interior del piso y notara que carecía de un

toque personal, lo cual desmentiría la afirmación de que l evaba

viviendo en la ciudad varios años, abrió solo una rendija e interpuso el

cuerpo para evitar que él viera algo.

Salió todo lo deprisa que pudo y cerró la puerta.

Nigel la examinó de arriba abajo. Estaba tan cerca que ella olió

la colonia que se había echado.

Aspiró para olerla mejor, pero se dio cuenta de lo que estaba

haciendo y contuvo la respiración con la esperanza de que él no

hubiera notado su indiscreción.

No era muy acertado pensar que su jefe olía bien. Le resultaba

atractivo. Y lo era. Cualquiera, hombre o mujer, estaría de acuerdo.

Pero eso no implicaba que tuviera añadir que olía muy bien.

Era un hombre guapo con un gusto excelente a la hora de elegir

colonia, eso era todo.

Nigel volvió a mirarla a la cara.

–Está muy guapa. ¿Podemos irnos?

–Sí.

Y cuál no sería su sorpresa cuando él le ofreció el brazo. No fue

un gesto romántico, sino educado. Tras unos segundos de vacilación,

ella deslizó la mano en torno a su codo y avanzaron juntos por el

pasil o.

¿Un americano se habría portado con tanta caballerosidad?

Probablemente fuera la educación británica de Nigel. Pero a ella le

gustó, tal vez demasiado.

Bajaron las cortas escaleras, en vez de esperar el ascensor. En

la calle, un Bentley Mulsanne con chófer los esperaba, y él abrió la

puerta para que ella subiera.

Había un ordenador abierto en el asiento, al lado de la otra

puerta. Nigel la abrió, cerró el ordenador y se sentó. Dejó el portátil en

el suelo, al lado de su portafolios.

Después se inclinó hacia ella para agarrar el cinturón de

seguridad y abrochárselo y, al hacerlo, le rozó la cintura con el brazo,

muy cerca de los senos. El a sintió un escalofrío y calor en zonas en

que no debería sentirlo. Tragó saliva y se quedó quieta.

Nigel, por supuesto, no se había dado cuenta de la reacción que

había originado su inocente gesto.

El a se humedeció los labios y trató de sonreír.

–Gracias –dijo mientras tiraba del cinturón–. Parece que va a

hacer horas extra –añadió, aliviada porque su voz sonaba firme y

normal.

Él se recostó en el asiento y suspiró.

–No hay horas extra en este puesto. Trabajo todo el día.

Lily sabía a lo que se refería. El a había trabajado veinticuatro

horas al día, los siete días de la semana, para montar Modas Zaccaro,

y cuando l egaron sus hermanas se esforzaron al máximo, las tres,

para que la empresa comenzara a funcionar.

–Esta noche –dijo Nigel con su encantador acento– cenaremos

con un diseñador que quiere dejar Vincenze por un puesto mejor en

Ashdown Abbey.

Lily se quedó pasmada.

Vincenze era una firma enorme y multimil onaria, de gran

prestigio. Si ella no tuviera su propia empresa, le hubiera

entusiasmado tener la posibilidad de trabajar allí.

Y, sin embargo, iban a cenar con alguien que quería dejarla por

Ashdown Abbey, lo cual no implicaba que esta fuera peor que aquella,

ni mucho menos. Eran empresas similares en éxito y prestigio, pero

sus diseños diferían completamente.

Lily trató de centrarse en el trabajo que se suponía que debía

hacer en vez de divagar sobre el suyo propio.

–No sé cuál va a se mi papel esta noche.

–Limítese a escuchar. Así irá aprendiendo.

Se volvió hacia ella y le sonrió.

–Para serle sincero, le he pedido que venga conmigo para no

estar a solas con este tipo. Las cenas de negocios a veces son muy

aburridas, sobre todo cuando el posible empleado me obsequia con la

larga lista de sus capacidades.

Lily le devolvió la sonrisa. La industria de la moda estaba repleta

de personas con un enorme ego. No creía ser una de ellas, pero se

necesitaba saber venderse.

–Podíamos concertar una señal y algunos temas para hablar –

propuso–. Así, si las cosas se ponen feas, puede hacerme la señal y

yo comenzaré a hablar del calentamiento global.

La sonrisa de Nigel se hizo más ancha.

–¿El calentamiento global? –preguntó en tono divertido.

–Es un tema muy importante. Estoy segura de poder estar

hablando una hora sobre él, si es necesario.

El asintió varias veces.

–Podría ser útil –afirmó con los labios fruncidos para no reírse.

–Me parece que sí.

–¿Qué señal propone que usemos?

–Se puede tocar el lóbulo de la oreja; o darme un puntapié por

debajo de la mesa; o podemos emplear una palabra clave.

–Una palabra clave –repitió él–. Esto comienza a parecerse a

una película de James Bond.

El a pensó que era muy adecuado, ya que Nigel le recordaba al

agente 007, aunque debía de ser por el acento.

Fingiendo una despreocupación que no sentía se encogió de

hombros.

–Si prefiere tener que aguantar a nuestro acompañante durante

horas, usted mismo.

Se hizo un largo silencio, y la ansiedad de Lily aumentó.

Tal vez se hubiera excedido, ya que solo l evaba doce horas

trabajando para Nigel Stratham. Era muy poco tiempo para comenzar

a dar su opinión y decirle lo que debía hacer.

Y para colmo, él había mencionado a James Bond cuando,

técnicamente hablando, ella era una espía en su empresa.

–Estoy totalmente de acuerdo en que necesitamos un plan de

escape –dijo por fin Nigel–. ¿Qué le parece si le pregunto por un

supuesto dolor de cabeza que haya tenido antes? Me dice que el dolor

ha vuelto y que quiere irse a casa a descansar.

–Muy bien –ella, desde luego, sabía más de jaquecas que del

calentamiento global.

–Y si es usted la que se aburre, pregúnteme si quiero otro

martini. Le diré que no y que tenemos que irnos porque tengo una cita

mañana temprano.

–¿Beberá martini?

–Sí, y así tendremos una excusa para marcharnos pronto.

–Aún no hemos l egado y ya estamos pensando en cómo

marcharnos en cuanto acabemos de cenar.

–Porque se trata de una aburrida cena de negocios. Si

tuviéramos una cita, estaría buscando excusas para que la velada se

prolongara y usted no se marchara después del postre.

A Lily se le detuvo el corazón durante unos segundos y la

invadió una oleada de calor. No era eso lo que esperaba que su jefe le

dijera. No era el comentario que un jefe hace a una empleada.

Y ya se lo estaba imaginando: una cita para cenar con Nigel en

vez de una cena de negocios. Una mesa con velas, una conversación

en voz baja flirteando, encaminada hacia algo más serio e íntimo.

El calor que sentía aumentó. Y cuando se imaginó que él ponía

la mano sobre la suya encima del mantel estuvo a punto de

sobresaltarse, tan real le pareció.

Por suerte, Nigel no notó nada porque el coche estaba

disminuyendo la velocidad y él se estaba ajustando la corbata y los

gemelos.

Cuando el vehículo se detuvo, él la miró y sonrió.

–¿Lista?

El a asintió. Él desmontó y fue a abrirle la puerta para que ella

hiciera lo propio. Lily dejó que la tomara del brazo al bajar. El chófer

hizo un gesto de despedida con la cabeza mientras cerraba la puerta y

volvía al asiento del conductor.

Lily observó que estaban en el restaurante Trattoria. A pesar de

no ser de Los Ángeles, reconoció el nombre del elegante restaurante

de cinco tenedores, con una lista de espera de tres meses.

A no ser que se tratara de alguien como Nigel Stratham.

El a había cenado en restaurantes lujosos con su familia. Pero

l evaba años sin hacerlo.

Además, se suponía que no era una heredera rica, lo que

implicaba no estar acostumbrada a comidas de siete platos, cubertería

de plata y restaurantes como aquel.

Tendría que comportarse como si no se hallara en su elemento

para no despertar sospechas.

Cuando entraron, el metre, vestido de esmoquin, salió a su

encuentro y, después de que Nigel le dijera su nombre, los condujo al

comedor. Se detuvo al fondo de la sala, ante una mesa para cuatro a

la que ya había un hombre sentado.

Nigel sacó una de las sil as para Lily al tiempo que el hombre se

levantaba. Era joven, de veintitantos años, de pelo oscuro, y l evaba

un traje caro.

–Señor Stratham –dijo tendiéndole la mano.

Nigel esperó a que ella estuviera sentada para estrechársela.

–Gracias por venir.

Nigel los presentó.

–Lil ian, este es Harrison Klein. Señor Klein, Lil ian George, mi

secretaria.

–Mucho gusto –dijo Harrison dándole la mano.

El camarero les trajo la carta y tomó nota de las bebidas. Nigel,

según lo convenido, pidió un martini.

Al poco rato les trajeron el primer plato y charlaron de cosas

intrascendentes mientras cenaban. Nigel preguntó a Harrison por sus

estudios y por su trabajo en Vincenze.

A Lily le resultaba extraño estar cenando con otro diseñador y

con el presidente de una de las firmas británicas más importantes y

tener que permanecer callada. Varias veces tuvo que morderse la

lengua para no intervenir en la conversación.

Así que se entretuvo bebiendo vino y examinando el diseño de

los trajes de ambos hombres.

Cuando hubieron acabado de cenar pidieron café.

–¿Vemos su carpeta de trabajos? –preguntó Nigel a Harrison.

Este tragó saliva con nerviosismo antes de inclinarse y agarrar la

carpeta que estaba en el suelo, al lado de la sil a. Se la entregó a Nigel

y esperó.

A Lily se le aceleró levemente el pulso, ya que aquel era un

momento muy tenso para un diseñador. Y volvió a preguntarse por

qué querría marcharse alguien de una empresa de prestigio.

Para ella hubiera sido más fácil buscar empleo en una compañía

en vez de tratar de montar su propia empresa, pues hubiera aprendido

de personas expertas y hubiera evitado los escollos con los que se

había ido encontrando en su aventura individual.

La tensión aumentó mientras Nigel examinaba la carpeta con

atención. Al cabo de unos minutos la cerró y se la devolvió a Harrison.

–Está muy bien, gracias.

La expresión del diseñador le indicó a Lily que había esperado

una respuesta más entusiasta. Casi sintió lástima de él.

–Creo que por hoy hemos terminado –prosiguió Nigel–.

Tenemos su currículo, así que ya nos pondremos en contacto con

usted.

Harrison puso cara larga, pero se recuperó de inmediato.

–Muy bien, muchas gracias.

Se estrecharon la mano para dar por terminada la reunión, pero

Lily no pudo evitar intervenir.

–¿Está seguro de que no quiere otro martini?

Nigel la miró con una medio sonrisa.

–No, gracias, ya he bebido bastante. Será mejor que nos

vayamos, ya que mañana tengo una reunión a primera hora.

El a reprimió una sonrisa y asintió. Los tres se levantaron,

salieron del restaurante y se despidieron.

El coche de Nigel tardó unos minutos en l egar, pero no hablaron

hasta que estuvieron dentro.

–Y bien –dijo él girándose en el asiento para verla mejor–. ¿Qué

le ha parecido?

Lily, sobresaltada por la pregunta, tragó saliva.

–¿El qué?

–El señor Klein, la entrevista, los diseños.

Lily tenía una opinión al respecto, desde luego, pero ¿debía

decírsela teniendo en cuenta que era su secretaria? ¿Y si hablaba en

exceso y daba a entender que sabía demasiado para el puesto que

tenía?

–No se preocupe, puede hablar con entera libertad. Quiero su

opinión sincera. No significa que vaya a hacerle caso, pero la

escucharé. Y lo que diga no tendrá consecuencia alguna en su puesto

en la empresa, se lo prometo.

El a se encogió de hombros.

–Tiene talento, desde luego.

–¿Pero...?

–No hay ningún pero. Tiene mucho talento.

Nigel pareció taladrarla con la mirada.

–Muy bien –dijo el a suspirando–. Tiene mucho talento, pero no

creo que sus diseños sean adecuados para Ashdown Abbey.

–¿Por qué no?

–Porque son demasiado urbanos para el estilo de la empresa.

Por eso ha tenido éxito en Vincenze, que es una firma americana con

un estilo urbano y deportivo. Pero Ashdown Abbey es británica y tiene

fama de fabricar prendas más profesionales y cuidadas.

Se detuvo esperando no haberse pasado de la raya.

–A no ser que quieran cambiar de línea.

Nigel siguió mirándola en silencio con expresión indescifrable.

Por fin sonrió y se le iluminaron los ojos.

–No, no tenemos intención de hacerlo. Sus palabras han dado

en el clavo. Era lo mismo que he pensado al ojear los bocetos.

Lily se quedó perpleja al escucharlo, sorprendida y encantada a

la vez, ya que podía haberlo echado todo a perder.

Pero ella había solicitado el puesto dejando claros sus

conocimientos. Con tal de que no se descubriera su verdadera

personalidad ni sus motivos, ¿por qué no iba demostrarlos?

–Tal vez acabe alegrándose de haberme contratado.

Él le lanzó una mirada penetrante y le dijo con su profunda voz y

aquel acento que la derretía:

–Creo que ya lo he hecho.

Capítulo Cuatro

Aunque Lily insistió en que no era necesario, Nigel la acompañó

hasta la puerta del piso. Era lo menos que podía hacer tras haberle

quitado tanto tiempo libre.

En realidad, no hubiera necesitado que lo acompañara al

restaurante. Era la primera vez que le pedía a una secretaria que fuera

a cenar con él, aunque la cena fuera de negocios.

No sabía con certeza por qué lo había hecho, tal vez para

comprobar lo que ella valía, ya que era nueva en el trabajo. En la

oficina le había causado muy buena impresión, pero quería verla fuera

de allí, en una situación más comprometida desde el punto de vista

laboral, para observar cómo se desenvolvía.

Así se lo explicaba a sí mismo y se lo explicaría a otros si le

preguntaran.

La verdad era que quería seguir disfrutando de su compañía.

Era muy atractiva, algo en lo que no debiera haberse fijado. Pero

era un hombre, y era difícil no darse cuenta.

Había despertado su curiosidad, por lo que decidió estudiarla

más de cerca y durante algo más de tiempo.

Presionarla para que fuera a cenar con él tal vez no hubiera sido

una decisión muy acertada, pero había resultado muy esclarecedora.

Lil ian George no solo era guapa, sino inteligente. En el trayecto

de ida al restaurante se había mostrado ingeniosa y encantadora,

aunque, en su opinión, algo nerviosa al principio.

Durante la cena había sido la acompañante perfecta. Sabía

cuándo hablar y cuándo quedarse callada.

Se preguntó, y no era la primera vez, cómo se comportaría en

una cena que no fuera de negocios.

No debiera divagar de ese modo. Lo sabía, pero no podía

evitarlo. Hubiera sido muy agradable centrar toda su atención

únicamente en ella durante la cena y hablar de temas personales y no

de negocios.

¿Cuánto tiempo hacía que no l evaba a una mujer a cenar?

Desde lo de Caroline.

¿Y cuánto hacía que salía con una mujer que no estuviera

relacionada con la empresa familiar?

Era verdad que Caroline no lo estaba cuando se conocieron,

pero era una modelo americana dispuesta a acostarse con quien fuera

para abrirse camino en las pasarelas, sobre todo en las británicas, y

conseguir fama internacional.

Y las modelos con las que ocasionalmente se relacionaba no

contaban.

En realidad, tampoco contaba lo de aquella noche, aunque parte

de él deseaba que lo hiciera.

Se detuvieron ante la puerta del piso de Lily. El a introdujo la

l ave en la cerradura y la giró, pero no abrió la puerta, sino que se

volvió a mirarlo con la mano en el picaporte.

–Gracias. Lo he pasado muy bien.

–¿A pesar de haberla obligado a venir como mi secretaria?

El a le sonrió.

–A pesar de eso. Le agradezco la oportunidad de haber estado

presente en una de sus reuniones. Y también le agradezco que me

haya pedido la opinión sobre el trabajo de Harrison Klein. No tenía por

qué hacerlo teniendo en cuenta que solo l evo un día trabajando para

usted.

–Por eso se lo he preguntado. Quería saber de qué pasta está

hecha, y me ha parecido que esa era la forma más rápida de

averiguarlo.

–¿Así que he aprobado el examen?

–Con matrícula de honor –respondió él sin vacilar.

–Supongo que entonces sigo teniendo el empleo y que deberé

presentarme mañana por la mañana.

–Por supuesto. Si sigue trabajando así, tal vez la ascienda a

vicepresidenta de la empresa.

–Seguro que el actual vicepresidente estará encantado de

saberlo.

Nigel se encogió de hombros.

–Es mi tío, un viejo gruñón que se jubilará pronto.

Lily se echo a reír, un poco nerviosa.

Él se preguntó si lo estaba por ser la nueva secretaria y estar

hablando con su jefe o por ser una mujer que estaba muy cerca de un

hombre sin nadie alrededor.

Al darse cuenta de que estaba bordeando peligrosamente la

línea que separaba lo profesional de lo personal, Nigel carraspeó.

–Bueno –murmuró– la dejo que vaya a acostarse puesto que

mañana tiene que levantarse temprano. Gracias de nuevo por

haberme acompañado.

–Gracias por la deliciosa cena. Ha sido un placer sentarse en

Trattoria y pedir algo que no fuera un vaso de agua del grifo con una

rodaja de limón.

El rio. No se le había ocurrido que el restaurante de su elección

estuviera muy alejado de los lugares que frecuentaba Lil ian. Pero,

evidentemente, Trattoria era demasiado caro para el sueldo de una

secretaria.

–Me alegro de que le haya gustado. Buenas noches.

Le puso las manos en los antebrazos, se inclinó hacia ella y la

besó en la mejil a. Fue un beso rápido e inocente, pero Nigel deseó

que hubiera sido más largo y no tan inocente.

Juliet Zaccaro recorría una y otra vez el salón del piso que

compartía con sus dos hermanas.

–No sé por qué te preocupas tanto –dijo Zoe, su hermana

menor, sentada en una esquina del sofá. Estaba aburrida, y le

preocupaba más hacerse la manicura que el bienestar de su hermana

mediana.

–¿Cómo me dices eso? –le reprochó Juliet–. Hace una semana

que Lily desapareció.

–Nos dejó una nota en la que decía que no nos preocupáramos

ni la buscáramos. Es evidente que sabe lo que hace y que necesitaba

alejarse de aquí durante cierto tiempo.

–Me da igual. No es propio de ella. ¿Y si le ha pasado algo?

–Si le hubiera pasado algo nos lo diría. No sería la primera vez

que nos pide ayuda.

Juliet frunció el ceño. No le hacía gracia que Zoe, la más joven,

frívola y egoísta de las hermanas Zaccaro, fuera también la más

sensata.

–No nos hará ningún mal buscarla y preguntarle si todo va bien.

Comenzó a dar vueltas, distraídamente, a la alianza de

compromiso que l evaba en el anular. ¿Adónde habría ido Lily? ¿Por

qué había huido? No era propio de su hermana desaparecer sin dar

explicaciones o dejando una nota críptica.

Aunque Juliet fuera la mayor de las hermanas y, según el tópico,

la más responsable, Lily no era una rubia de cerebro hueco. Había

montado una empresa y había insistido en que sus hermanas fueran

sus socias.

Juliet y Zoe la ayudaban en lo que podían, pero Zoe se distraía

con facilidad y no sabían si amanecería con la mente despejada y

deseosa de poner manos a la obra o las l amaría desde Las Vegas

para decirles que había conocido a un tipo y que tardaría un par de

semanas en volver.

Y Juliet no daba abasto. Además de diseñar bolsos y accesorios

para Modas Zaccaro, tenía que organizar su boda y tener contento a

su prometido, que a veces estaba irritable y era muy exigente. Aún no

se lo había dicho a Lily, pero Paul la estaba presionando mucho para

que volviera a Connecticut después del viaje de novios. Cuando le

había pedido que se casaran le había parecido bien que viviera en

Nueva York, donde ya l evaba un año, y había dado a entender que

estaba dispuesto a apoyarla y a mudarse también él allí.

Después de que ella aceptara su proposición de matrimonio, las

cosas comenzaron a cambiar, lo cual la preocupaba y molestaba. Pero

ya habían fijado la fecha de la boda, reservado el local, encargado el

banquete, elegido las flores... ¿Cómo iba a echarse atrás porque le

había entrado miedo?

Se repetía que se le pasaría.

Se dirigió a la cocina y abrió un cajón del que sacó la guía de

teléfonos de Manhattan y buscó en las páginas amaril as la lista de

agencias de detectives. Tal vez uno de ellos consiguiera averiguar lo

que le había pasado a Lily. El a no sabía dónde buscarla ni a quién

l amar para preguntarle por su paradero.

Una tarjeta se cayó de entre las páginas. Juliet la recogió y la

leyó: «McCormack. Agencia de detectives. Particulares y empresas».

No sabía de dónde procedía la tarjeta, pero l evándola consigo

volvió al salón, lanzó una mirada de desagrado a Zoe, que leía el

último número de El e y masculló:

–Voy a mi habitación.

Su hermana, suspirando de manera exagerada, cerró la revista y

la dejó en la mesa de centro.

–Vale. Voy a trabajar un rato en el estudio. Si quieres que

salgamos a cenar, dímelo.

Juliet esperó a que se hubiera marchado para sacar el móvil y

marcar el número de la agencia de detectives McCormack.

Después de explicarle a la recepcionista, sin entrar en muchos

detalles, su problema, esta apuntó su nombre y su número de teléfono

y le prometió que se pondrían en contacto con ella lo antes posible.

Juliet hubiera preferido hablar con un detective inmediatamente

o que le hubieran dado una cita para la mañana siguiente, pero sabía

que su caso no constituía una emergencia, al menos en aquel

momento.

Y esperaba que no l egara a serlo; la idea de que algo pudiera

sucederle a su hermana le helaba la sangre.

Pensó que debería ir al estudio a trabajar con Zoe para dejar de

pensar en Lily y en el móvil, que tenía en la mano y no sonaba, a

pesar de que ya habían pasado cinco minutos desde su l amada.

En lugar de eso, se puso de nuevo a recorrer el salón. Los cinco

minutos se convirtieron en treinta, soltó un bufido y se dejó caer en el

sofá. Cuando el móvil por fin sonó, se sobresaltó.

–Dígame.

–¿La señorita Zaccaro?

–Sí.

–Soy Reid McCormack, de la agencia de detectives. Me han

dicho que su hermana ha desaparecido y que quiere que la

localicemos.

–Sí –repitió ella.

–Sabe que es una persona adulta y que puede marcharse de la

ciudad sin decir a nadie adónde va.

A Juliet le rechinaron los dientes.

–Sí.

–Y si ha dejado una nota.... Porque ha dejado una nota,

¿verdad?

–Sí –repitió Juliet.

–Si ha dejado una nota, no se puede considerar que haya

desaparecido. La policía le diría que esperase a ver si tenía noticias

suyas.

Llena de frustración, Juliet murmuró: