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DIAGONAL

Jessica Clark

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DIAGONAL© Jessica Clark 2006

ISBN: 1-4392-4747-1

Foto de la portada: stock.xchang

Diseño portada, Jessica Clark

www.j-clark.com

I

Cuando todo terminó, dejó la casa sin mirar atrás. Siempre era mejor

salir sin miedo. Abrió el carro y se sentó con las manos de una vez en el

volante, para evitar que siguieran temblando. Condujo despacio hasta

la esquina, un poco más rápido en la calle principal, casi pasó de largo

en el alto y frenó de golpe. Pocas cuadras más allá encontró tránsito y

comenzó a bajar la velocidad, revisó el espejo retrovisor, esquivó un taxi,

cayó inmediatamente detrás de un bus, bajó a cero, revisó el retrovisor.

Pensó que había demasiada gente en la calle para la hora que

era, luego cayó en cuenta de que el sol ya estaba bastante alto y que la

noche había quedado atrás. Estas eran las personas del día, camino a sus

actividades claras y específicas. Pigo cerró los ojos, apoyó la frente sobre

las manos y respiró hondo. En unas pocas horas, con la rutina, todo lo

que había pasado comenzaría a perder los bordes más afilados y pasaría

a ser otra más de las cosas que preferiría olvidar, pero por el momento la

pesadilla era real; Pigo traía sangre todavía en las suelas de las botas y los

asientos apestaban con el hedor que la cosa había dejado en su jacket y

jeans al restregarse contra él, marcándolo como parte de su territorio. Lo

sacudió un escalofrío, ante todo, nada de miedo y nada de duda. Ese tipo

de pensamientos lo hacía a uno poroso a la oscuridad.

Un espacio se abrió en frente y Pigo cambió de marcha, quizás

con demasiada fuerza, para avanzar dos metros.

* * *

Cuando Doña Rocío fue a la feria esa mañana, no llevó el canasto con

ruedas que usaba para llevar las verduras. Pensaba comprar sólo una cosa.

Pasó entre las flores silvestres de su patio diminuto, muchas de las

cuales eran más altas que ella y cerró el portón sin pasarle llave, recitando,

mientras caminaba, un hechizo de convocatoria, con la misma pericia y

dominio con que otras vecinas rezaban el rosario. Al enfilar acera abajo,

tuvo la impresión de que una ligera brisa soplaba alrededor, pero no se

dejó interrumpir y cruzó la calle acompañada del ligero tintineo de su

monedero y del murmullo cascado de su propia voz.

Pigo se frotó los ojos cansados con los puños. Un rótulo naranja de desvío

y una serie de conos lo llevaron a la derecha. Después, una mala decisión

lo hizo tomar una calle de un solo sentido y se encontró siguiendo una

ruta torcida hacia el interior de un barrio extenso y desigual. Comenzó a

sentirse agudamente consciente de la presencia de la jacket, en el asiento

junto a él y se le ocurrió por primera vez que la sangre en la suela de sus

zapatos iba a solidificarse en grumos pegajosos sobre los pedales.

En otro momento, cuando tuvo que cederle el paso a un grupo

de personas que iban para el culto, aprovechó para ver hacia abajo. Sus

zapatos estaban limpios, lo cual era de esperarse: las sombras no sangraban,

Pigo jamás había visto que sangraran, hasta anoche. Pero obviamente

había sido una ilusión.

Levantó la jacket con el brazo derecho y le dio un par de vueltas

sobre el asiento; traía polvo y una mancha vieja de aceite de motor,

eso era todo. El carro de atrás le pitó con mal humor y Pigo avanzó

automáticamente. Trató de concentrarse en los pequeños anclajes de

normalidad: los periódicos en las gradas, las pulperías recién abiertas. El

mundo era normal. Excepto por las partes donde no llegaba el sol aún,

que seguían siendo territorios fríos de la noche, pero el sol se encargaría

de ellos sin ayuda. Todo lo que él debía hacer era llegar a casa.

* * *

Doña Rocío le echó el ojo a unas buenas naranjas en el primer puesto y

tomó nota mental para regresar luego. En esta época del año, más valía

que no se atreviera el tipo a cobrarle muy caro. No creía, porque hoy

había muchos puestos y la calle estaba atiborrada de clientes mezquinos

y astutos que lo mantendrían a raya. Se detuvo en medio de la calle y

recogió con dificultad una moneda nueva y amarilla. Le habló por unos

momentos antes de colocarla, separada del resto del menudo que llevaba

en el monedero, en un bolsillo que había cosido en su falda. En un

puesto más adelante la usó para comprar una sola rama de romero, que

trituró entre los dedos arrugados, regalando el aroma fresco al viento.

* * *

El motor falló, inexplicablemente, cerca de la esquina. Pigo revisó el

nivel de la gasolina con una mirada, pero sin esperar respuestas. Tenía

suficiente gasolina. Permaneció inmóvil en el asiento por un minuto,

luego suspiró, tomó las llaves y salió. Un dolor instantáneo, en el tobillo,

le informó que no había salido tan bien librado del encuentro con la

sombra como imaginaba y lo mantuvo de pie contra la puerta del carro

hasta que el calambre pasó. Pigo todavía estaba ahí cuando un perro de

barrio, con pelaje de fatiga negro y amarillo, le pasó de largo y dobló en

la esquina.

–Okay– dijo Pigo, y lo siguió, agradeciendo que la cojera no era

mucha y no había otros dolores complementarios.

La calle estaba cerrada al tránsito y atestada con camiones de

frutas y verduras y los primeros madrugadores ya iban por la segunda

ronda en los puestos, con bolsas medio llenas de aguacates y plátanos

verdes. Pigo no se fijó en ninguno de ellos. Había visto a la anciana

de pie en medio de la calle, eclipsada de vez en cuando por nubarrones

de gente pero siempre con la vista fija en él. Cuando estuvo más cerca

identificó la ramita seca que sostenía en las manos.

–Señora, uno no puede salir a la feria y convocar a cualquier

persona cuando le da la gana.

Doña Rocío tuvo que dar un paso atrás para ver mejor al hombre,

mucho más alto que ella. Era más joven de lo que había esperado, pero

se veía fuerte. Sus ojos se posaron por un momento en los zapatos que

llevaba, negros e intimidantes como los de los soldados y notó que esto

le incomodó a él.

–Mas vale que no– le dijo doña Rocío –no pedí a cualquier

persona.Pigo trató de quitar el peso del pie, aprovechó para ver a la gente a

su alrededor. No había nada, nadie entre ellos que le erizara la piel.

–Vea, usted tiene que ser una bruja poderosa para haberme traído

hasta aquí. No sé que problema tiene, pero no creo que necesite ayuda.

–Venga.

Doña Rocío se dio la vuelta, sonriendo cuando, después de unos

segundos, él la siguió. Hacía muchos años que no sentía el simple poder

de la obediencia de un hombre, aunque ahora fuera más por los años y

por la solidez de sus habilidades que por el encanto de sus caderas. Igual,

no dejaba de traerle cierta satisfacción; había que encontrar el gusto de

las cosas donde se pudiera.

Dos cuadras más abajo se sentó en la parada del bus y el hombre

se sentó junto a ella, dejando caer el cuerpo con alivio en la banca de

aluminio.

–¿Buena noche?– le preguntó doña Rocío.

–Muy mala.

Ella entendió, pero no quiso preguntar. Levantó la barbilla al

cielo y cerró los ojos.

–Me gusta el sol de la mañana. A mi edad una siempre tiene frío.

Comenzó un monólogo de las diferencias entre el verano y la

época de lluvias y Pigo parpadeó varias veces, sintiendo los ojos como

lijas. La baja de adrenalina y el cansancio de la noche sin dormir le

cayeron encima por fin y supo que la visita con la abuela podía tardar

un buen rato: nunca se había encontrado con uno de los mayores, sin

importar si eran brujas, maestros espirituales o videntes, quienes pudiera

llegar al punto de una vez. Por alguna razón, les gustaba oírse hablar.

Decidió esperar el tiempo prudente para no parecer grosero y se

puso en modo automático, diciendo que sí o que no en los momentos

adecuados, mientras se fijaba en una paloma que marchaba a ritmo

militar por la acera, acercándose oblicuamente a ellos en espera de

alguna limosna. Pigo notó que uno de sus dedos estaba completamente

desfigurado. La suerte de las palomas por aquí no debía ser muy buena,

porque su comadre, que venía detrás, había sufrido un accidente en algún

momento y saltaba sobre una sola pata. Una tercera paloma aterrizó al

borde del basurero y lo examinó con la cabeza ladeada, mirando por

encima de un cáncer rojo e inflamado en la base de su pico.

Pigo sintió que se le levantaba la piel en un lento escalofrío y

comenzó a examinar el perímetro inmediato de la parada.

–Igual, en las noches siempre necesito cobija doble –siguió

diciendo doña Rocío, aunque se dio cuenta de que el hombre comenzaba

a prestar atención. Lo vio notar las palomas y captar algunas de las otras

pequeñas señales: todas las plantas que podían verse desde aquí, creciendo

en las grietas de la acera y en algunas paredes, secándose en las macetas

de una ventana del segundo piso de la farmacia, eran hierbas espinozas.

La pareja de borrachos al otro lado de la calle se había incorporado

lentamente y ahora los miraban con odio silencioso desde las gradas

donde habían pasado la noche. Había un olor persistente y molesto de

putrefacción en el aire, sin ninguna fuente visible que pudiera explicarlo.

–Desde hace días siempre hay una nube encima del barrio–

terminó doña Rocío y esta vez la mirada lenta del hombre regresó a ella.

–Es una maldición– dijo Pigo.

–De una bruja muy fuerte. Más fuerte que yo.

Pigo se reclinó contra el poste de la parada y miró a la gente pasar.

Ahora que sabía lo que buscaba, reconoció en muchos de ellos el aire de

tristeza y aislamiento, las miradas ausentes con que se pasaban sin verse.

Debía tratarse de una bruja poderosa, en verdad, para afectar a tantos a

la vez. –Es culpa de la gente del barrio si la trataron mal. Hay gente que

no aprende por las buenas a tenerle cuidado a las brujas.

Doña Rocío negó con la cabeza.

–Todo el mundo la quiere y nadie sabe lo que es. Ella tampoco,

creo. No es del tipo de gente creyencera.

–Ah.

Pigo se levantó y se alejó unos pasos por la acera. Una cosa era

una bruja emputada y otra muy distinta una ignorante. A la primera no

había que tenerle mucha consideración; o la paraba uno –a golpes, con

amenazas o con palabras de consuelo— o tarde o temprano el mundo

encontraba su propia forma de lidiar con ella. Pero una bruja que no

se conocía era técnicamente inocente. Un poco más allá Pigo se detuvo

y miró al otro lado de la calle, sostuvo la mirada de los dos ebrios, que

se habían acercado al borde del caño opuesto. Sospechó que no eran

personas. Lo que irradiaban era maldad pura.

Había sembrado en suelo fértil, su maldición florecía aquí, y las

sombras comenzaban a alimentarse de ella. La bruja del barrio había leído

bien las señales y comprendía claramente las implicaciones: el problema

de las brujas que no se entendían como tales era que en la mayoría de los

casos no sabrían como detenerse por sí mismas.

–Voy a ver qué hago –dijo Pigo al aire, contra las criaturas al otro

lado de la calle y contra el ruido del bus que venía.

Doña Rocío buscó en el monedero y sacó un botón azul que le

ofreció con el brazo extendido, pero él simplemente negó con la cabeza.

–No hace falta.

Regresó por donde habían venido, sin mirar atrás. Doña Rocío

le dio un tiempo antes de dejar la parada también, pero en dirección

contraria. La iglesia no quedaba lejos y, ahora que todo estaba hecho, no

quedaba más que pedir perdón.