Diario de un viaje a Italia por Michel de Montaigne - muestra HTML

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La llegada a Roma

(dictado por Montaigne)

Nos volvimos a poner en camino al día siguiente, tres horas antes de amanecer, tantas ganas tenía él de ver el suelo de Roma. Notó que el sereno le daba dolor de estómago tanto por la mañana como por la noche, o poco menos, y se encontró mal hasta que se hizo de día, aunque la noche era efectivamente serena. A quince millas descubrimos la villa de Roma y después la volvimos a perder por largo tiempo. Hay algunos pueblos en el camino con hospederías. Encontramos algunas zonas de los caminos elevadas y pavimentadas con un tipo de adoquín grande, que parecía antiguo y, más cerca de la ciudad, algunas ruinas que sí eran muy antiguas, y piedras que los papas han hecho levantar en honor de la Antigüedad. La mayoría de las ruinas son de ladrillo, como por ejemplo las termas de Diocleciano, de un tipo de ladrillo pequeño y sencillo, como el nuestro, no del tamaño y espesor que se ve en las antigüedades y ruinas antiguas de Francia y en otros lugares. Roma no nos hacía una impresión exagerada, al irla reconociendo por este camino. Teníamos a lo lejos, a nuestra izquierda, los Apeninos, el aspecto del territorio poco grato, 7

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tortuoso, lleno de profundas hondonadas, incapaz de facilitar el despliegue de ninguna tropa de guerra: la tierra pelada sin árboles, en buena parte estéril, los alrededores muy desprotegidos y más de diez millas a la redonda, por el estilo, abarrotados de casas. Por allí llegamos sobre las veinte horas del último día de noviembre, fiesta de San Andrés, a la puerta del Popolo, a Roma, a treinta millas. Nos pusieron dificultades, como en otros sitios, a causa de la peste de Génova.

Nos alojamos en El Oso, donde nos quedamos todavía el día siguiente; y al segundo día de diciembre alquilamos habitaciones en la casa de un español, frente por frente de Santa Lucía della Tinta.

Estábamos bien instalados allí, con muy bonitas habitaciones, salón, despensa, cuadra, cocina, a razón de veinte escudos por mes: por esto el hospedero proporciona cocinero y fuego. Los albergues están, por lo general, un poco mejor amueblados que en París, ya que tienen gran abundancia de cuero dorado con el que están tapizados los albergues que son de alguna categoría.

Pudimos tener uno al mismo precio que el nuestro en El Vaso de Oro, muy cerca, decorado con paño de oro y de seda como el de los reyes; pero además de que las habitaciones estaban contratadas, el señor de Montaigne estimó que esta magnificencia no era 8

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solamente inútil sino incluso nociva para la conservación de los muebles, cada cama tenía un precio de cuatrocientos o quinientos escudos1. En el nuestro habíamos ajustado que nos proporcionaran ropa de cama más o menos como la de Francia; en la que, según la costumbre del país, son un poco más ahorrativos.

El señor de Montaigne se enfadaba al encontrar tantos franceses, que no se cruzaba en la calle con casi nadie que no le saludase en su lengua2. Le resultó una novedad el aire de una corte tan grande y tan nutrida de prelados y gentes de Iglesia, y le pareció con mucho más poblada de hombres ricos, carruajes y caballos que ninguna otra de las que había visto. Decía que la forma de las calles por muchas cosas, y sobre todo por el gentío, le representaba más París que ninguna otra de las ciudades en las que había estado.

La ciudad está, en la actualidad, construida toda a lo largo del río Tíber, a un lado y a otro. El barrio 1 La sobriedad de Montaigne es notoria. «En la comodidad de alojamiento que busco, no mezclo la pompa ni el desahogo; más bien la detesto; en cambio, aprecio una cierta simpleza sencilla, que se encuentra en los lugares en donde hay menos artificio, y que la naturaleza honra con una gracia completamente suya., (Essais, III, pág. 9.)

2 «Yo peregrino, cansado de nuestras costumbres, no para buscar gascones en Sicilia [tengo bastantes en casa]: yo busco griegos más bien, y persas.» (Essais, III, pág. 9.) 9

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alto, que era la sede de la vieja ciudad, y por el que hacía todos los días mil paseos y visitas, está cogido por iglesias, raras mansiones y jardines de los cardenales. Él pensaba, por lo claro de las apariencias, que la forma de estas montañas y pendientes estaba muy cambiada respecto a la antigua; por la altura de las ruinas; y tenía por cierto que en muchos lugares caminábamos sobre el tejado de casas enteras. Por el arco de Severo, está inclinado a pensar que estamos a más de dos picas por encima del antiguo suelo; lo cierto es que casi en todas partes se camina sobre la parte alta de los viejos muros que la lluvia y los carruajes dejan al descubierto.

Él combatía a los que le comparaban la libertad de Roma con la de Venecia, principalmente con estos argumentos: que las mismas casas eran tan poco seguras que, a los que andaban desahogados de medios, se les aconsejaba normalmente dejar su bolsa en custodia a los banqueros de la ciudad, para no encontrar su carruaje desvalijado, cosa que les había sucedido a varios; ítem, que andar de noche no era cosa muy segura; ítem, que este primer mes de diciembre, el general de los franciscanos fue dimitido repentinamente de su cargo y encerrado porque en su sermón, al que asistían el Papa y los cardenales, había acusado de ocio y de pompas 10

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excesivas a los prelados de la Iglesia, sin otro particular más que el de usar, con un tono un poco áspero, lugares comunes y vulgares sobre el tema; ítem, que sus propios baúles habían sido inspeccionados a la entrada de la ciudad por la aduana, y registrados hasta el más mínimo detalle de cada bulto, mientras que, en la mayoría de las demás ciudades de Italia los oficiales se contentaban con que uno se limitara a presentárselos. Que, además de eso, le habían cogido todos los libros que encontraron para inspeccionarlos; y habían tardado tanto tiempo en ello que un hombre que tuviera otra cosa que hacer los podía dar perfectamente por perdidos; amén de que el reglamento era tan extraño que las Horas de Nuestra Señora, como eran de París y no de Roma, les resultaban sospechosas, así como los libros de algunos doctores de Alemania contra los herejes, porque, al combatirlos, hacían mención de sus errores. A este propósito, decía que tenía mucha suerte porque, aunque no estaba avisado de que eso le pudiera ocurrir y había recorrido Alemania, y, vista su curiosidad, no se topó con ningún libro prohibido. Algunos señores, sin embargo, le decían cuando se encontró con ellos que debía estar tranquilo por la pérdida de los libros.

Doce o quince días después de nuestra llegada se encontró mal y, visto el inusitado flujo de sus 11

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riñones que amenazaba con formar alguna úlcera, se decidió, siguiendo la prescripción de un médico francés del cardenal [de] Rambouillet, ayudado por la destreza de su boticario, a tomar un día grandes porciones de purgante con la punta de un cuchillo mojado primero en un poco de agua, que lo tomó con agrado, e hizo dos o tres deposiciones. Al día siguiente tomó terebinto de Venecia, que viene, dicen ellos, de las montañas del Tirol, tomó dos grandes trozos envueltos en una oblea con una cuchara de plata, rociado con una o dos gotas de un jarabe de buen sabor; no sintió otro efecto que el olor a la violeta de marzo de la orina. Luego tomó tres veces, no seguidas, una especie de brebaje que tenía exactamente el sabor y el color de la almendra: no otra cosa era, decía el médico; sin embargo, piensa que tenía las cuatro simientes frías3. Y no había en esta última toma nada incómodo y extraordinario salvo la hora de la mañana: todo eso tres horas antes de la comida. Tampoco notó para qué le servía la almendra pues siguió como estaba; tuvo luego un fuerte cólico, el veintitrés [de diciembre] y por eso se acostó hacia el mediodía y así estuvo hasta la noche, que expulsó bastante arena y después una gran piedra dura, larga y homogénea, que tardó cinco o 3 Las cuatro simientes frías mayores eran el pepino, el melón, la calabaza y el calabacín; las menores eran la lechuga, la endivia, la achicoria y la verdolaga.