Dos Cojones y el Universo Conocido por Felipe Ferrante - muestra HTML

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Dos cojones

y

el universo conocido

Relatos escritos con mucha mala leche

por

Felipe Ferrante

Dedicatoria

A Madrid

Índice

FOGOSO ENCUENTRO

EL MAL DE ESPAÑA

CAPITÁN IBÉRICA

MICROMITOLOGIAS

MI ÁNGEL EXTERMINADOR

SERENA

LIBERTAD

DIÉRESIS

ANTONIO CAMUÑAS

BANKIA

GALA DE PREMIADOS

UN GALÁN

ESCATOLOGÍAS VARIADAS

PESQUISAS

CEBO VIVO

DAÑOS COLATERALES

TE LA METO METRO A METRO

LA LETRA PEQUEÑA

NOTA DEL AUTOR

FOGOSO ENCUENTRO.

Yo siempre me he considerado un hombre de mojón recio,

un hombre de un cagar sin lastre ni huellas. Un tipo que si

bien puedo parecer docto y afrancesado hasta el

amaneramiento, también se cargarme en la puta en buen

cristiano y mentar a la madre que parió a Panete si es

menester. En definitiva un ser autóctono, oriundo, poblador,

indígena, nativo del alterne y el bar de fritanga clandestino

que abre de tapadillo hasta el amanecer.

Consumidor de macarrones con tomate y novela negra

barata, dedo acusador de la mujer zurraspera que da vuelta a

la braga para no lavar, remero, por más señas, en la nave del

misterio de Cuarto Milenio…ese, ese soy yo.

Huele pedos de la peor ralea. Sumiller de sopa de sobre y

succionador de tuétanos vacunos. Carpintero del poliespan,

caricaturista de zapatos y agricultor de la pelusa acara que

crece bajo TÚ cama. Converso y antiguo loncheteador del

cantimpalo, confieso que ahora me mantengo como ya lo

hicieron nuestros ancestros, con una dieta básica de cerveza

y tonino.

Y ella…era una mujer de un decoro efímero, una señora de

una moral relajada, que digo, una hembra vertebrada y

bípeda que a ratos mi imaginación me la mostraba

cuadrúpeda. Una vivípara, una mamífera con una firmeza en

los glúteos tal, que invitaba al generoso cachete con

masajeador pellizco a forma de agasajo o propina. Una

hembra que exhortaba a la acumulación sanguínea en la

entrepierna, a la expresión entreverada y a media boca: me

entere yo que ese culito pasa hambre, al priapismo y cuña

coloquial: lo traigo duro, duro, más duro que el cerrojo de un penal y,

o me estoy poniendo bruto, bruto estoy ya rebuznando Frases todas

ellas más propias del esplendoroso porno italiano de los

ochenta, que esta Era de ciber-amigos, donde hemos tenido

que aprender a tocarnos con la mano izquierda…

En cualquier caso, visión aquella, la de aquella hidalga, hija

del pecado, levantaba la moral a ancianitos sin presión en la

manguera, a pistoleros sin pistola…a Algarrobos sin trabuco.

Caliente, más caliente que el palo de un churrero.

Restañando los dientes y desencajando la mandíbula, al

mirarla más el culo que el rostro, comprendí que aquella

hembra ya había yacido con varón múltiples ocasiones y muy

posiblemente volvería a hacerlo esa misma noche si no me

andaba ávido, al quite, al sople, al corte. Presuroso en el arte

de arrimar cebolleta, menesteroso en el movimiento pélvico

canino, indultado de obligaciones conyugales me acerqué a

ella y colocándome un pitillo en la boca la dije: ¿tienes…

pechos?

No hizo falta mucho más, aquella misma noche nos

entregamos a la dicha de la carne por la carne, al somero

acto de percutir la pelota vasca una y otra vez contra el

frontón velloso , a cabalgar debocados por la Casa de la

Pradera mientras Michael Landon embucha salchichas

carnosas y da de comer a los pueblos colindantes.

EL MAL DE ESPAÑA.

Durante un momento pensó que le tomaba el pelo. Volvió a

examinarlos y después giró su cabeza hacia mí.

— ¿Le duelen?— sus manos enguantadas de látex

presionaban mis talones

—En absoluto— lo dije con cierta brusquedad, aplicando a

mis palabras el suficiente aplomo como para alejar de su

cabeza la posibilidad de que todo aquello no fuera más que

una broma o una mofa. La situación era muy grave, quería

que lo supiera.

—Aha— volvió a mirarme los pies— ¿desde cuándo le

pasa?— ahora parecía imparcial, el rápido pestañeo me decía

que se estaba esforzando de veras en ello.

—Empezó ayer—me mesé la barba—…que yo sepa, ayer.

Estaba en casa de Cristina, me levanté al baño y bueno…

sencillamente pasó.

— ¿Pasó?— me miraba ahora por encima de sus gafas

estrechas, las cenicientas cejas bien arqueadas. Los pliegues

de la frente dibujando dos simplificadas gaviotas, aquel

pragmático hombre no me creía.

—Si— aclaré mostrando ambas palmas de las manos vacías

—Quiero decir que en ese momento me di cuenta.

— ¿Ha cambiado de calzado?…recientemente— el timbre

de su voz fue perdiendo fuerza a medida que era consciente

de lo estúpido de la pregunta. —Tal vez los tenga sólo

inflamados—concluyó con un hilo de voz.

Se incorporó emitiendo un pequeño gruñido y las rodillas le

sonaron con un chasquido. Se quitó ambos guantes de látex

lanzándolos a la papelera.

—Puede calzarse.

Fue a su mesa y después de sentarse empezó a escribir en su

portátil con ambos índices muy rígidos, lentamente,

buscando las letras.

—Tómese uno cada ocho horas, le ayudaran a dormir— me

dio una receta recién impresa que leí inmediatamente con

desconcierto.

— ¿Ansiolíticos?— le dije algo indignado

— ¿Y qué espera?— respondió

— ¡Le estoy diciendo que estos no son mis pies!— me volví

a quitar el zapato con violencia— ¿lo ve? –Puse el pie

encima de su mesa, encima de sus papeles, quería implicarle

en mi problema — ¡Estas no son mis uñas, jamás he tenido

unas uñas así!— Aquel acto pareció intimidarle pues

reclinado hacia atrás en su sofá, los brazos y la espalda muy

rígidos, no dejaba de observarme con los ojos muy abiertos.

—Tiene una foto de sus…antiguos pies— miraba las plantas

de mis pies y después mi rostro y otra vez mis pies y después

otra vez mi rostro, en un bucle infinito y a la espera de una

respuesta.

Hice memoria y repasé mentalmente las cochinas fotos del

verano pasado. ¿Cómo recordar aquello? Quiero decir, la

gente se hace fotos de la cara, con amigos, en bodas, ¿pero

quién cojones le hace una foto de cerca a sus pies?

—Es posible que tenga alguna, tendría que buscarla— mi

pie seguía encima de su mesa

— ¿y esa tal Cristina?

—Que le pasa

—Vio sus…antiguos pies.

—No, bueno…si. Pero ella nunca me ha visto los pies—

tenia la boca seca— Quiero decir que no creo que lo

recordara…— estaba mintiendo soberanamente, no le dije

nada por temor a que me tomase por loco. ¿Qué podía

haberle dicho? “cariño mira, ves estos pies…pues no son los

míos” Es más, después de aquella noche procuré cubrirlos

en su presencia, como el infectado que oculta a sus amigos la

reciente mordedura de un muerto viviente, como el leproso

que cubre sus llagas a los ojos de los demás, así los cubría,

extraños pies de otro, desconocidos pies…que a todas luces

no eran míos.

— ¿Y esta pequeña marca que tiene aquí?— dijo acercando

mucho los ojos a mis tobillos

— ¿Cuál?— me esforzaba en mirar

—Aquí, ¿ve?— acercó una lámpara con un brazo articulado

y me señaló con un lápiz una finísima cicatriz por encima del

tobillo, una cicatriz que rodeaba toda pierna— Parece una

marca antigua.

— ¡Madre de Dios!… tiene razón— me escuché decir

asustado mientras acercaba aún más mis ojos allí.

—Permítame el otro pie…— me descalcé y para mi

asombró otra cicatriz por encima del tobillo rodeaba la

pierna completamente.

—Le voy a hacer unas pruebas— dijo abriendo un cajón—

esto es lo más inusual con lo que me he encontrado nunca.

Examiné la cicatriz y apenas era perceptible. Una delgada

línea blanca trazada a plumilla. Estaba algo acelerado y tuve

que sentarme para no poder el equilibrio. Noté el suelo frío

bajo las plantas de mis extraños pies. Ahora no tenía las

antiguas durezas y aquellos nuevos pies eran mucho más

sensibles que los míos, diría que incluso más jóvenes.

—Pida con carácter urgente una radiografía a la salida y le

miraremos esos pies por dentro— dijo a forma de

conclusión mientras me tendía una nueva hoja

— ¿Y ya?— dije extrañado— ¿eso es todo?

—Cuando tengamos las radiografías veremos qué pasa, Los

otros análisis puede que le tarden unas semanas…ahora las

cosas van más lentas.

Permanecí un rato en silencio, mirándole, intentando

provocar algo más de implicación por su parte. Por fin

cuando comprendí que no iba a añadir nada más, encaminé

mis pasos hacia la puerta de salida…

—Espere— dijo en voz alta— una cosa más

— ¿Si?

— Intente usar sábanas más largas a partir de hoy— le miré

torciendo el gesto— si, ya me entiende, sábanas que le

cubran bien los pies

— ¿Por qué?— encogí mis hombros

—Porque estamos en pleno mes de Febrero y está haciendo

mucho frío.

CAPITÁN IBÉRICA.

Miguel se miraba el ombligo todas las mañanas y después de

un monologo intenso e interno no muy extenso, decidía que

aquel era el centro del mundo.

Miguel había hecho muchas cosas en la vida, pero por

encima de todo era actor y solo había una cosa perfecta en la

mundo, él mismo.

El azar quiso que Miguel y yo compartiésemos asiento en el

ave Málaga-Madrid. Un breve comentario sobre la velocidad

del tren bastó para que me contase la historia de su

apasionante y actoral existencia. Fue entre líneas donde

descubrí al verdadero Miguel, porque si de algo pecaba él era

de Narciso. Miguel resultó no ser solo actor sino además

Todólogo; dícese, el que todo lo trata. Lo mismo te vale para

un roto que para un descosido. Política, Religión, Economía,

Mecánica e incluso Física Tuántica, como él decía. Para todo

tenía un comentario, un arreglo, una salida y reflexión.

De repente el tren se detuvo pasado Ciudad Real. Estuvimos

un tiempo especulando qué podría ser. Ambos dejamos de

hablar cuando una señora de buen ver que estaba delante de

nosotros sugirió la idea de que aquello podía ser un atentado

terrorista. Nos miramos extrañados descartando esa

posibilidad cuando de repente escuchamos la primera

detonación. La histeria se apoderó de todo dejando a aquella

mujer con su acertada impresión en los labios. Congelando

en un rictus de estupidez un rostro que no daba crédito a lo

que estaba pasando unos vagones más adelante. El

gatuperio, griterío y la sinrazón se apoderaron del vagón

cuando Miguel, sin previo aviso, gritó el nunca ponderado:

¡Calma, soy policía, manténganse en sus asientos! Girándose hacia

mí me guiñó un ojo y me dijo: siempre quise decir eso. Mientras

se situaba en el medio del vagón llamando a la calma me

dirigió un par de miradas cómplices y es cuando supe de

verdad que a Miguel le faltaba un veranito, un último hervor

y tres vueltas de tuerca a algún tornillo mal ajustado en su

sesera. Durante un momento me sentí tentado a gritar la

verdad, que Miguel solo era actor, pero viendo el perfil del

mismo con su corte de pelo al raso y la ausencia de

inteligencia en su rostro me dije: sí es cierto… podría pasar por

uno de ellos.

Aquello me pareció divertido… algo había explotado unos

vagones más adelante y un colgao fingía ser agente de la ley. El

supuesto agente se manejaba bien, se acercaba a las personas

mayores pidiéndolas que mantuvieran la calma que todo

estaba bajo control. Echaba mano al bolsillo interior de la

americana cada vez que ojeaba a través de los vagones

fingiendo que allí había algo, ¿algo como un arma de fuego?

Un alopécico caballero, hartado de comer solomillo ibérico y

con ojos de anfibio, se puso en pie llevándose las manos a la

cabeza gritando el ya clásico, histérico y

archiconocido: ¡vamos a morir todos!

Mientras gritaba, golpeaba el cristal de la amplia ventana con

las manos desnudas primero y después con la cabeza. El

cristal parecía más duro de lo normal porque el paisano se

estaba dejando allí los cuernos sin que sucediese nada.

Permanecimos mirando la escena como en un sueño hasta

que alguien dijo al supuesto policía que hiciese algo, porque

aquel hombre iba a terminar rompiendo el cristal y de esa

forma no llegaríamos nunca a Málaga. En cierta forma tenía

razón; con un cristal roto dudo mucho yo que la

aerodinámica del tren permitiese coger la velocidad

adecuada. En ese momento no caí en que algo había

reventado unos vagones más adelante y posiblemente no

llegaríamos a Málaga a la hora del almuerzo.

Contemplando la histeria de aquel individuo que no atendía

a razones, al supuesto agente de la ley se le ocurrió que lo

mejor era darle un golpe en la nuca para dejarle fuera de

combate como en las películas. Y así lo hizo, o mejor dicho,

así lo quiso hacer poniendo su mano rígida cual verga,

gritando como un cochino en matanza y trazando un barrido

con el brazo hasta la nuca del alopécico. En un extraño

requiebro el paisano de ojos saltones perdió el equilibrio y

aquella mano proyectada con una velocidad de crucero fue a

parar a la cara de una ancianita que dormía plácidamente

ajena a toda la escena, libre de todo mal. La ancianita basculó

hacia atrás como un muñeco de futbolín y después cayó

hacia delante sin emitir sonido alguno. Miguel reaccionó

rápido. La incorporó, la volvió a sentar y dirigiéndose al

resto del vagón dijo: ¡no la he tocado…casi, tan solo duerme!

Todos respiramos aliviados mientras veíamos crecer un

moratón en el pómulo de la mujer. No pudo terminar la

frase. El caballero histérico, en un descuido, había agarrado

un extintor y lo estaba estampando contra el cristal como si

le fuera la vida en ello. El cristal cedió al tercer golpe

resquebrajándose sin llegar a caer del marco. Alguien agarró

el extintor por detrás del histérico haciendo que este perdiera

el seguro.

Todos sabemos que cuando el infortunio se ceba con alguien

lo hace con saña.

Con el forcejeo aquello empezó a soltar polvo blanco sobre

la ancianita que, indiferente a todo, se cubrió de una capa

blanca arruinando su vestido y la peluquería

¡En caso de incendio al menos no morirá carbonizada! Dijo Miguel

gritando a la concurrencia.

Entre cuatro reducimos al tipo del extintor y conseguimos

sentarle mientras Miguel se hizo con un palo de cricket a

modo de porra que sacó de alguna maleta. Le puso la parte

plana sobre la mejilla y le dijo aquella mítica frase: Como te

arree con esto… te van a tener que operar la cara para sacarte el palo.

Al parecer la amenaza tuvo su efecto porque el histérico se

calmó de inmediato al sentir los quince centímetros de

madera plana, fría y pulida en la cara.

Declarándose de esta forma líder absoluto del vagón, un

Miguel ya crecido sobre sí mismo, pletórico en su rol de

salvador de la humanidad, comenzó a organizar un grupo de

hombres valientes; hombres con dos cojones. Su intención

era hacer una incursión en terreno enemigo. De esta guisa un

grupo de bravos e ibéricos nos hicimos con un montón de

improvisadas armas para nuestra gesta caza al terrorista. Con

Miguel a la cabeza comenzamos a caminar hacia la parte

delantera del tren atravesando vagones y entre las miradas de

los pasajeros que alarmados se levantaban hacia la parte de

atrás del tren. Todo el mundo nos decía que la explosión

había sido delante, pero no se veía humo. Fue cuando lo

vimos, un tipo en el vagón final con aspecto marroquí, venía

corriendo hacia nosotros gritando algo en un idioma que se

me antojó un árabe clásico. Antes de que nos diese tiempo a

interpretar lo que decía el marroquí, Miguel se nos adelantó

a todos: ¡Se va a inmolar! La histeria corrió como la pólvora y

todos cambiamos nuestros roles de perseguidores a

perseguidos. Dimos la vuelta y comenzamos a correr vagón

atrás con más gente que se nos iba añadiendo. Cerca de

cincuenta personas se abrían camino hacia la parte final del

tren mientras Miguel en un vil acto de salvar su propio

pellejo daba palazos de cricket a todo hijo de vecino que se

ponía por el camino… Una ancianita cubierta de polvo

blanco golpeaba con el bastón en las rodillas de todo el que

pasaba, sumando más caos a la situación.

Yo miré hacia atrás un momento y vi al joven marroquí

parado, mirándonos extrañado y, por qué no decirlo, algo

asustado. Me pareció raro y decidí pararme, fui hacia él y me

habló en un español perfecto: Señor al parecer se ha averiado

algo, ¿por qué corren?

Miguel con más de veinte personas habían forzado la puerta

trasera del tren y corrían por las desnudas vías dirección

Madrid entre gritos.

De repente, en medio de la debacle, se escuchó una voz

femenina por megafonía. Anunciaba que había reventado un

condensador en la parte delantera del tren. Estaban

subsanando la avería. Que nos mantuviésemos en nuestros

asientos porque en menos de cinco minutos saldríamos para

Málaga y que nos agradecían el viajar con RENFE en aquella

línea. Durante un momento me sentí tentado de avisar a

Miguel a gritos diciéndole que todo era un error. Pero

después comprendí que aquella era la película personal de

Miguel. Si él había decidido salvar su vida de un supuesto

atentado que nunca sucedió… ¿quién era yo para decidir lo

contrario? Si Miguel quería jugar a ser el salvador americano,

salvador que pone su culo a buen recaudo primero y después

el de los demás ¿por qué detenerle? ¿Por qué detener a más

de veinte personas o diez mil que huyen de nada si así lo han

decidido ellos?

Le vi alejarse con el palo de cricket en la mano con veinte

seguidores tras él mientras una ancianita le golpeaba cuando

podía en las costillas con un bastón. La única frase que me

vino a la cabeza fue una de las películas que tanto gustaban

Miguel, en concreto la mítica Harry el Sucio en la que el

asesino en un momento de la misma le dice a Clint

Eastwood:

al trote, al trote… cerdo policía

MICROMITOLOGIAS

— ¿Qué opina sobre la zoofilia?

—No haré declaraciones a ese respecto.

Minotauro.

Ahora nos bajan…

El humor del Maestro.

—Me encanta como ha quedado el jardín, no se oye a los

niños ¿A nombre de quien le hago la factura?

Dedalus SL.

— el trabajo en el museo te encantará, te vas a quedar de

piedra

Medusa.

—Paaaapa, paaaapa ¿el caballo lo metemos para dentro?

Troya.

—Aquilees

—Dime, Hector

— ¿Lo lees?

—donde

—aquí… aquí lees

Hector, Aquiles y la marihuana.

—Hemos encontrado el cadáver de su esposa

— ¿y?

Vulcano.

MI ÁNGEL EXTERMINADOR

Me encantan las fiestas de la clase alta. El comportamiento de la

gente bien intentando ser natural. Rígidos en sus poses y

mesurados en sus comentarios se mezclan en el lienzo de la escena

como tonos monocromáticos y aburridos. Si te acercas a alguno

de eso grupos alguien te presentará comentando tus títulos y

logros. Después se comenzará con la fase que he tenido a bien

llamar: hablemos de lo evidente. Una suerte de obviedades son

lanzadas desde cada uno de los componentes de dicha fiesta sobre

cuestiones evidentes de dominio público. Cada comentario es más

indudable que el anterior. Que buen día hace, sí que lo hace, esta época

es lo que tiene, menuda temperatura.

Uno empieza a rebotar de grupo en grupo intentando meter baza

y riendo sin ganas de ocurrencias mediocres. A veces una copa

caída nos hace girar a todos la cabeza para mirar en esa dirección.

Hoy no he comido porque sabía que había cóctel. Además estoy

sin blanca. Intento cubrir mis necesidades básicas por la patilla de

fiesta en fiesta. Empieza a salir la comida mientras me voy

posicionando para pillar cacho. Me acerco al grupo más cercano a

la cocina que es de donde salen los camareros con la bandejas. Soy

prudente, pregunto algo de dominio público mientras doy por

hecho que soy tonto del culo. Como allí nadie sabe de qué hablar,

después de la pregunta, tienes a unas ocho personas contándote la

misma cosa treinta veces. Yo aguanto como un campeón hasta que

llegan los hojaldres, mala suerte, correosos como el chicle. Me he

metido el primero hace diez minutos y todavía tengo masa en la

boca. Salen las croquetas, y de pura gula, me abraso el paladar con

la besamel hirviendo. Aguanto, disimulo, dos lagrimones caen por

mi rostro. Me habla no sé quien, de no sé cuantos, le digo a todo

que sí con la boca hueca y salivando. Alargo mi mano cuando pasa

el rioja y engancho una copa de milagro, provocando que el

camarero tire la bandeja. Con dos ojos que parecen dos puñaladas

me mira cagándose en mi estampa, pero sonríe. El protocolo es

así, si pudiera se acordaría de mi madre, pero es prudente sonríe,

recordándome que hay mucho vino dentro, que no tengo más que

pedirlo. Lo que en realidad me le hubiera gustado decir es: Maldito

cabrón venido a menos, no seas tan ansioso que ya tendrás tiempo de

hincharte de tintorro y espumosos.

Brochetas, calamares y medallones de solomillo al foie se alejan de

mi encuentro mientras miro por encima de las cabezas y sigo

sonriendo como un idiota. Asiento, peloteo y complazco a mí

alrededor mientras degluto con mesura, ahora sí, disimulando mi

ansia.

Al principio nos hizo gracia a todos y yo mismo contemplaba la

escena como en un sueño. Un chucho pequeño con un lazo en la

cabeza se frota contra mi pierna indecorosamente. Es el

chihuahua de la marquesa, anfitriona del evento. Sutilmente y sin

ser descortés agito al principio suavemente la pierna mientras noto

que el animalito se pone cada vez más cachondo. Sin dejar de

masticar sonrío a mis allegados mientras digo no se qué de lo

bonito que es el perrito. Aparece la Marquesa por fin. El perrito se

llama Chochi. Chochi es travieso. Chochi es malo y su mamita le

va a llevar a la habitación para que deje en paz a los invitados. Pero

allí no se mueve nadie más que Chochi que está a punto de

consumar lo que empezó. Sonrío mirando a la marquesa ¡ja! Que

divertido es Chochi. Alguien llama a la marquesa se gira.

Sutilmente le tiro un cacahuete al perrito encestándolo en la oreja.

Entra hasta dentro porque no queda rastro del fruto seco. El

animal ni se inmuta. Pruebo con un poco de vino y fallo con

acierto. Le cae en los ojos y mientras se aleja entre quejas.

Observo que mi acción pasa inadvertida. La marquesa una señora

aún en edad de merecer se vuelve hacia mí, busca a Chochi con la

mirada. Acercarse al anfitrión de la casa es merienda segura. Los

camareros acuden con bandejas rebosantes mientras ella con una

copa de espumoso en la mano hace caso omiso al catering.

Aprovecho la cobertura, trago sin masticar a manos llenas. Alabo

su casa, su fiesta y su perfume. La veo mucho más delgada.

Miento, no la había visto en mi vida, pero cuela. Empezamos a

hablar de lo divertido que fue el año pasado. Río a boca llena de

estúpidas anécdotas. Me invento alguna para parecer que estuve el

año pasado y para mi asombro todos la recuerdan perfectamente.

Como tengo cancha y allí nadie me contradice, elevo la mentira a

un grado superlativo y comienzo a subir el grado de estupidez.

Creo que estoy algo borracho porque me patina la lengua. Aquello

gusta y sigo dándole al tintorro mientras hablo con la boca

llena.Me percato que soy en centro de la fiesta y mientras me

escucho contar una historia donde la marquesa nos interpretó a

todos La zarzamora la primavera pasada, veo que alguien arruga el

rostro.Un tipo pequeño con pinta de secretario me mira sin

sonrisa en el rostro. Creo que me ha descubierto. Se va

posicionando a mi lado mientras me agarra del codo y me dice

que tengo una llamada. Giro y requiebro. Le presento a la multitud

como el mejor intérprete de chistes de la fiesta y le suelto a las

fieras que quieren carnaza. El niega y yo insisto. Me meto cien

gramos de pata negra en la boca y los acumulo en el lateral para ir

chupándolo entre tanto. La Marquesa no conoce la faceta de su

empleado y está encantada con la idea. Le guiño un ojo y mientras

dice la primera palabra me voy distanciando a un segundo plano.

Me alejo poco a poco mientras que el bendito abrumado por la

masa narra posiblemente el peor chiste que he oído en mi

vida.Discreción y eficacia son las palabras que definen este

momento. Me pierdo entre la multitud buscando la fruta

escarchada, la bombonería y la pastelería selecta.

Observo desde la distancia a la multitud, ríe encantada con su

nuevo bufón el cual feliz en su nuevo rol se ha olvidado de mí.

Aparece Chochi de nuevo en la escena. Llega trotando feliz a mi

encuentro. Levanto mi vista y veo que nadie me mira. Cojo a

Chochi con recato mientras que jovial se deja hacer. Mido

distancias, calculo posibilidades y lanzo a Chochi por encima de la

valla unos diez metros hacia afuera. Como hay algarabía y bullicio

me permito en viva voz las palabras a tomar por culo el perrito Al

principio se queja después ni se le oye. Pido un cigarro a un

camarero con la excusa, estoy dejando de fumar. Me pongo cómodo y

le doy a los espumosos secos. Reflexiono sobre lo dura que es la

vida y me percato de que por fin esto se ha convertido en una

verdadera fiesta.

SERENA.

Hastiada de tragar intentó recordar que hacía aquello por

dinero. Tenía que alegrarse, estaba en las Vegas y aquello era

lo que mejor les podía pasar a las de su clase. Aquel tipo

llevaba toda la mañana zarandeándola arriba y abajo mientras

no paraba de decir “vamos nena dámelo todo” No pudo

más, mostró sus tres sietes entonando su canción más

célebre. Poco después dejó caer una lluvia orgásmica de

monedas sintiéndose por fin vacía y cómo no… serena.

LIBERTAD.

Marga había crecido en el seno de una familia acaudalada

que rayaba lo aristocrático. Nunca se había detenido a pensar

en el justo reparto de la riqueza, ni tan siquiera en la libertad

que deberían tener por derecho todos los seres humanos.

Eso fue hasta que conoció a Rodolfo, un cantautor que,

caprichos del destino, era más reaccionario que Zapata. Lo

que un detenido análisis del mundo que la rodeaba no había

conseguido, si lo consiguió el desamor…Esto es; Rodolfo la

había rechazado y en vez de elegirla a ella, eligió a su prima

Rosalinda. Una prima con la que competía desde hace años

en los retorcidos terrenos de la seducción.

Aquella noche estaban invitadas a la cena en casa de Rodolfo

con la creme del mundo del cantautor. Guitarras, Ches

Guevaras y gritos de revolución. Y entre muchas verdades,

también poses, máscaras y demagogias a granel. Y allí las dos

primas “calladas como putas” ante lo que sus padres habrían

descrito como una orgiástica fiesta de comunistas, cierra

bares y gente de mal vivir. Asistían silenciosas ante el

dialéctico pase a degüello por guillotina de todos los

capitalistas, burgueses y nobles con derecho de pernada.

La cena se sirvió en el salón. Y entre muchas otras

delicatesen, habíase una gran fuente de perdices

escabechadas encargadas a un selecto y prestigioso catering.

Un catering más propio de los Zares Rusos que de

Marxistas…Y es que la abundancia nunca ha estado reñida

con la estética…sobre todo cuando la estética es más

rentable que las ideas.

Fue cuando la mirada de Marga adquirió un brillo febril.

Algo tramaba mientras sin dejar de mirar a Rodolfo pensaba

en como contentarlo, como llamar su atención para hacer

sufrir a su adversaria y también amada prima. Hete aquí que

sus ojos se posaron en la fuente de perdices, en su mente y

por primera vez en su vida la palabra libertad sonó con

mayúscula y admiración ¡LIBERTAD!

Se levantó de la mesa como en un extraño trance, con la

mirada del que ha comprendido por primera vez acaso en

toda su vida, la misma mirada del ciego que ve, del cojo que

camina, del leproso que cura…. Abrió las dos puertas del

balcón pese a estar a cero grados en la noche más vieja de

año, agarró la fuente de perdices que aún nadie había

probado. Hizo una pausa miró a Rodolfo y todos la miraron

en silencio. Dándose la vuelta arrojó todo lo lejos que pudo

las perdices como intentando que aquellas cocinadas y

escabechas aves cogiesen fuerza y no regresasen nunca más.

Una vehemente voz, hasta entonces dormida, que reconoció

como la suya, gritó desde lo más profundo de su ser:

“¡volad… volad, sed libres!”

DIÉRESIS.

La directora de contenidos no aceptaba un texto que no

contuviese al menos… una diéresis.

Las buscaba en los días de lluvia abriendo su paragÜas. Las

buscaba en las erratas para su ajena VergÜenza, en las

antigÜas tipografías ya olvidadas…Un pigÜino era un

ungÜento para sus oídos… siempre decía que era algo muy

“gÜeno” y cuando usaba esta mal escrita palabra jamás se le

ocurrió pensar que aquello no era nada halagÜeño para su

torcida ligÜistica.

Un “gÜen” día se dio “gÜenta” de que escribía todo con

diéresis, e incluso lo pronÜnciaba, iniciando una “gÜerra”

de la que aún no ha salido. Un sempiterno dÜelo y un final,

a sus ojos, como una “gÜinda”.

ANTONIO CAMUÑAS

Ayer mismo a las dos de la mañana y sin previo aviso, me llamó un

muerto.

La sonriente imagen de Antonio Camuñas fallecido hace dos

semanas aparecía en la pantalla de mi teléfono.

Sin emitir sonido alguno el terminal vibraba encima de la mesilla

de noche como un enorme tábano. Sus ojos, los de Antonio,

sonreían en la noche y su expresión de la de su rostro estaba cerca

de lo burlesco. Aquella foto se la hice el día de Halloween y él iba

disfrazado de la mismísima muerte.

El teléfono dejó de vibrar y cuando su luz se extinguió, la

penumbra trajo consigo primero la duda y después el miedo.

Encendí la pávida luz de la mesita y fui al menú de llamadas

perdidas a verificarlo. No cabía ninguna duda, Antonio Camuñas

me había llamado.

Dejé el terminal en la mesa mirándolo de reojo. Tentado a

devolver la llamada algo me decía, que no lo hiciera. Alguna voz

en mi interior me advertía, si yo apretaba el botón de re llamada,

Antonio me iba a contestar desde el otro lado de la laguna estigia.

Pensando racionalmente aquella llamada la podía haber hecho

cualquier persona que ahora tuviese en su poder el terminal de

Antonio. Me imagino que cualquiera habría pensado lo mismo,

pero claro, cualquier persona no sabía que Antonio tenia arrestos

suficientes para llamar desde el inframundo si así se le antojaba.

Me levanté a beber agua y mientras lo hacia a grandes tragos

escuché claramente el sonido de un mensaje. Escueto y

contundente decía:

Soy Antonio, ábreme estoy en la puerta de tu

casa

Creo que en ese instante dejé de respirar y empecé a sentir un

tambor en mi pecho q resultó ser mi corazón a punto de salirseme

por la boca.Supe que respiraba de nuevo cuando caí en la cuenta

de q estaba hiperventilando y sudando como cuando se fornica

bajo un plástico, háblese: en una tienda de campaña, por ejemplo.

Cuando volví en mi, me dirigí hacia la entrada con las luces

apagadas, descalzo y sin emitir sonido alguno. Me aproximé a la

mirilla, no habia luz en el portal, aquello estaba más oscuro que el

alma El Profesor James Moriarty en la cumbre de sus fechorías.

—¿Antonio estas ahí?—me escuche decir con esa voz de

congoja que se filtra a través de esos testículos que a la altura del

nudo de la corbata se asoman para indicar el miedo, acojone,

canguelo, aprensión, sospecha, temor, desconfianza…recelo—

Antonio, háblame— no escuché si no mi respiración y el silencio.

El teléfono volvió a vibrar con fuerza en el dormitorio y fui para

allá con cierto resquemor. De nuevo la imagen de Antonio y esta

vez, buscando aplomo, descolgué.

— ¡Me quieres abrir de una vez!— imperativo Antonio me

hablaba desde el otro lado del teléfono y exigía apertura.

—Maldito cabrón estas muerto, yo te maté— le dije en un

arranque de furia— y si abro la puerta será para matarte de nuevo.

Se escuchó un golpe en la entrada seguido de un baile de luces que

me advertían que podíamos estar ante ese fenómeno llamado

“Posterguéis” que tanto ha nutrido al morboso cine de masas. Sin

demora ni desatino me hice con el bate y la semiautomática. Me

lancé hacia la puerta y cuando abrí…todo el cuerpo de policía se

echó sobre mí al grito:

Estás detenido, so asesino, villaaano, traidor e infame.

Entre la lluvia de brazos distinguí un magnetófono que arrimado a

un teléfono repetía con un timbre de voz muy cercano al de

Antonio:

¡Me quieres abrir de una vez!

BANKIA.

Atrapado en la pecera intentas salir de Bankia, pero el

detector de metales no abre. Haces señas a los empleados,

ríen, hablan entre ellos, te miran de reojo, juegan a ignorarte,

queman dinero en papeleras.

GALA DE PREMIADOS

Ahí llega, mírale como sonríe a las cámaras. Ahí, venga, oootra sonrisita,

más dientes que un caballo. Venga rebuzna un poquito, demuéstrales lo bien

que relinchas…ahí…rebuznando. Venga… dinos que no te lo esperabas.

¡Falso!, di que es una sorpresa. Dinos que había otros candidatos mejores

¡Dínoslooo!

Menudo traje más pasado de moda, ¡por favoooor! que alguien le diga que es

una aberración a la vista. ¿Ralla diplomática? pero si eso lo usaba mi abuelo

antes de la guerra ¿No tiene amigos este tío? ¿O alguien que le diga que un

hombre se viste por lo pies? Vaya zapatos amarillos, si hay que morder un

trozo de madera para poder mirarlos. ¡Quién te ha engañado so hortera!

Tenían que haberte visto hace tres años cuando empezaste en todo esto…

¿quién eras? Nadie. Un cero a la izquierda. Creciendo a mí sombra como un

champiñón bajo un almendro. Foto en la que yo salía, foto en la que

acoplabas ¡Parasito! Yo presenté a toda esa gente con la que te codeas y mírate

ahora… Don Importante, ahora vas de rey… ¡Eres el jodido rey!... ¡El puto

amo del cotarroooo!

Si ya me lo decía Pedro… hay que matarlos cuando son pequeños, idiota que

fui al no hacerle caso… ¡asqueroso…enséñanos los dientes!

Mírale, me ha visto, viene… si viene para acá. Vendrá a darme la mano

para que vea sus dientes de conejo y a echarme la asquerosa halitosis. A

saludarme…a restregarme el Óscar por la cara. Que te piensas tú que a mí

me gustaría tener uno de esos… ¡si es una horterada por favor! Es un

galardón vulgar que dan a los que hacen ese cine que se vende al peso. ¿Para

qué quería yo uno de esos en casa? Además todos sabemos porque te han dado

el premio y a quien te estás tirando para conseguirlo… ¡Qué bajo has caído!

…tener que andar dando puñaladas de carne a vejestorios para llegar a la

cima… ¡qué asco!… Viene…si, si viene ya, está aquí.

No te imaginas…o sea no te imaginas, se lo he dicho a Pedro

hace un momento, como me alegro de tu triunfo. No merecido

¡No!…merecidísimo…Sí…lo sé, yo hice también un papel

prodigioso, pero como tú nadie. Además el jurado sabe lo que

premia… Qué te dije hace tres años, ¿eh, te acuerdas? Que tú ibas

para arriba. A ti ya no te detiene nadie, grande, más que grande. Y

que elegancia por favor…no no, déjame que te lo diga: ¡Que

lección de elegancia a nos estas dando a todos! No sé quién te

vestirá pero se nota que es un diseñador que juega en primera

división, me oyes… ¡primera división!... ¿El premio?, que maravilla

tenerlo aquí tan cerca ¿Me dejas tocarlo?... Por esto estamos todos

aquí, por este muñeco, por este merecidísimo trozo de metal que

nos ganamos con nuestro sudor a golpe de interpretación…Sí

claro ve… ve con ellos, tu público te espera… ¡triunfador!

¡Oye y para lo que necesites…aquí tienes un amigo!

UN GALÁN

Marcelo de cuarenta y tres años, con una alopecia galopante

y bien entrado en carnes, apenas si podía dar crédito a lo que

estaba pasando delante de él. Aquella mujer, mejor dicho,

aquella afrodita con cuerpo de guitarra y voz en clave de Sol

le estaba ofreciendo trescientos euros por irse, en ese mismo

instante, a la cama.

—Trescientos euros y me haces un completo… chulazo— le

insistía la bella dama.

Marcelo estaba en paro desde hacía tres años y vivía con su

madre viuda en el barrio de Carabanchel. Marcelo tuvo una

novia de joven y no había vuelto a yacer con mujer desde

entonces. El amor propio es algo muy eficaz para quitarte la

mala leche pero después de diez largos años sin meter en

caliente uno se replantea le vida… o se va a un monasterio a

orar o cambia de tendencias sexuales. Marcelo estaba al

borde de ese delicado precipicio cuando pasó aquello.

—¿Me toma el pelo señorita?— dijo Marcelo mientras

miraba a su alrededor escandalizado de lo que aquella ninfa

le proponía.

—De acuerdo, quieres regatear ¿verdad? El dinero no es

problema… ¿cuánto quieres?— Sacó un cigarro de su

pitillera y lo encendió nerviosa—. Mira, no he hecho esto

nunca… no me lo pongas más difícil —parecía contrariada.

—Perdóneme señorita, reconocerá que todo esto es algo

extraño… —dos gotas de sudor le caían por la sien derecha

mientras se mesaba la barbilla sin dejar de mirar, calle arriba

primero y calle abajo después, buscando alguna señal que

desmintiese aquella supuesta farsa.

Fue necesario que la bella mujer le diese el dinero por

adelantado, para que con mucha prudencia, Marcelo la

acompañase al hostal donde sobradamente se ganó lo

pactado más una generosa propina por méritos honoríficos e

incursión en territorio enemigo.

Al día siguiente, mientras esperaba a su madre a la salida del

médico se le acercó un hombre de mediana edad haciéndole

proposiciones deshonestas a cambio de vil metal.

—Perdone caballero, solo atiendo a señoritas —se escuchó

decir con soltura, como de repente encontrándose bien en su

papel, como dando por hecho que él era quien el otro creía

—Señoritas no mayores de treinta y cinco —puntualizó

Marcelo con una sonrisa.

El otro ruborizado y utilizando una disculpa breve se

marchó calle abajo a grandes zancadas. Mientras veía como

aquel tipo se iba no pudo reprimir susurrar la palabra vicioso

a la vez que movía la cabeza a ambos lados.

Ese mismo día mientras recogía un paquete en correos se

cruzó con una joven de veinte años que le guiñó un ojo y le

hizo un gesto obsceno con la lengua mientras pasaba a su