Dos Ellas, el Rabihorcado y el Zapallo en Almíbar por Pablo Emilio - muestra HTML

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Pablo EMILIO

Dos de ellas, el rabihorcado y el zapallo en almíbar

1 – Taxidermia emocional.

_ Condición.

_ ¿Qué?

_ Índole o naturaleza de una cosa.

La cinco.

_ Ah, gracias, prefiero resolverlo sola. El viaje así me resulta más corto, no lo tome a

mal.

_ Por un momento pensé que prefería estar sola.

_ A veces es mejor, yo a usted no lo conozco.

_ Yo, en cambio, a usted sí, doctora. Siempre con su uniforme y su andar grácil e

incorpóreo.

_ No sé qué significa grácil, no soy argentina.

_ Lo noté, oriental. ¿De qué renglón del universo?

_ Tampoco soy doctora y bajo acá, en Flores, permiso.

_ Ya sé, señora. Yo debería haberlo hecho en la anterior, pero la vi y me tomé el

atrevimiento de acercarme a dialogar aunque sólo sea por una estación.

_ Bueno, ya; me bajo.

_ La acompaño.

_ Como quiera.

_ Estas puertas abren arbitrariamente y se traban, es porque las fuerzan. Ya nadie

respeta nada.

Esa casa, la de ahí ¿ve? hace muchos años estaba llena de gatos. Ahora la arreglaron

y pusieron un museo o algo así.

_ Dígame ¿Qué busca en mí? Disculpe mi frontalidad pero soy mucho mayor que us-

ted y a priori poco interesante.

_ ¿Cómo?

_ No nací ayer, estoy intentando presagiar por dónde viene el engaño.

_ No se precipite, señora, desde la primera vez que la vi me acompañó su halo mis-

terioso. Hoy me armé de valor y me animé a hablarle. En todos estos días no pude

dejar de pensar en su rostro, en su belleza, su contextura pequeña, la ternura que

aflora en sus gestos, su estampa de muñeca de jade.

_ ¿Alguna vez ha visto usted jade? ¡Qué cosas dice! Además, ¿siempre pasa por en-

cima del molinete?

No se sonroje, comprendo, no todos pueden pagar.

_ No es eso, no encontraba el boleto y no quise perderle pisada.

_ Atienda, va a explotarle el celular. Yo sigo, no me vaya a pisar, perdido ya está.

_ Lo apago y listo, déjeme ver…

:-1-

Pablo EMILIO

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_ ¿Me está sacando una foto? ¡Es el colmo!

_ Si, sonría.

_ Tiene que pedir permiso. ¿Qué se cree? No me agrada que cualquiera lleve una

foto mía en el bolsillo.

_ Deme tiempo, algún día dejaré de ser cualquiera, ya va a ver.

_ Me parece que usted delira. ¿No tendrá fiebre?

_ ¿Ve? Recién no me hablaba y ahora me toca.

_ No lo toco, es mi trabajo, soy enfermera.

_ Le pago entonces.

_ No sea ridículo.

_ Vayamos a merendar por ahí.

_ No puedo, mi hija me espera.

_ Conozco a su hija, o al menos eso creo, la he seguido alguna vez.

Usted absorbe mis jornadas, señora. No quiero parecer un obsesivo pero es así. In-

cluso, monto guardia en los lugares en los que frecuenta para forzar un encuentro

casual. Hice mapas, notas, estudios de probabilidad. No debería revelar mis artes,

pero quiero hacerlo, quiero quitarme este lastre.

Uno puede hacer las cosas más diversas por amor.

_ Felonías

_ ¿Eh?

_ Traición, engaño, la siete, ¿ve? Acá aparece usted, vertical. _ La enfermera retira

de su bolsillo y enseña la hoja de un periódico con el crucigrama.

_ Usted toma en sorna mis sentimientos.

_ Me parece absurdo escucharlo hablar de amor.

_ Hay quien se enamora de una actriz de cine y nunca llega a conocerla. Usted es

eso para mí: alguien a quien observé durante algún tiempo, alguien inalcanzable. La

idealicé, la convertí en mito. Ahora, fortuitamente, se abre una escotilla y debo buce-

ar hasta la siguiente etapa.

_ Claro, ya veo. Yo, una enfermera coreana de cuarenta y seis años, vendría a ser

una especie de starlett para usted, un joven de veintitantos años que podría ambi-

cionar otra cosa.

¿Usted ha estado alguna vez con una mujer? ¿No será ese el problema? Quizás yo

sólo sea un intento desesperado o uno de los múltiples frentes que fue sembrando

por ahí a la espera de una magra cosecha. La mies, los pies, el barro y usted que

mira sin entender nada.

_ Que bonito habla.

_ Tengo que pensar que nunca se ha enamorado. Si así fuera, no quiero ser su coba-

yo.

:-2-

Pablo EMILIO

Dos de ellas, el rabihorcado y el zapallo en almíbar

_ No, de ninguna manera.

_ ¿Para qué sigo hablando? Aquí el objeto de análisis es usted y sus conductas, su

foco torcido.

_ Usted ha sido mi centro este último mes y pico y ahora que hablamos quiero inda-

gar más.

_ Usted es un fisgón que busca inmiscuirse en mis cosas. ¿Qué quiere averiguar?

_ Quiero saber cómo se siente, ¿cuáles son sus miedos?, ¿qué motivo la hace cami-

nar tan rápido, pero con pasos cortos?, ¿por qué razón antes de mirar a los ojos hace

un movimiento infrecuente con el cuello, como pidiendo autorización?

_ A mis cuarenta y seis años escuché mucho. No es la primera vez que un tipo inten-

ta seducirme con este tipo de argumentos y luego se convierte en un despojo malo-

liente que posa su infortunio apoltronado en mi sillón y viviendo a mí cargo. Un poco

de compañía no justifica sostener un parásito que vacía mi heladera. La libido em-

briaga la razón y la desdibuja, pero por ahora tengo los límites bien demarcados.

Con esto termino, nene, no me jodas; para hijo tengo a mi hija. Busco otra cosa en

un hombre.

El Tipo móvil, así lo llamaremos de ahora en más , clavó sus ojos en los de la enfer-

mera y se fue. Se perdió en el adoquinado, rumbo al este, frente al sol de la mañana.

No se produjeron encuentros casuales durante los siguientes dos meses y cada uno

continúo con sus pequeñas existencias.

Ella sintió la inexorable tribulación originada por la pérdida de la oportunidad y él, el

fracaso.

Ella, intentó convencerse a sí misma de obrar correctamente al no haber aceptado

intempestivamente la invitación. Intentó, pero en la sensación de vacío rebotan las

palabras de aquel muchachote mascullando palabras que no comprendía, su bigotín

ridículo, sus mocasines blancos y su traje holgado.

Los días se repiten en el tren. Viajar a la misma hora es como una improvisación de

jazz. Siempre con los mismos acordes, pero nunca igual, generalmente imperfecto y

despiadado.

Un hombre vestido con un pantalón beige y una camisa crema, bizco, con zapatos

símil cuero cubiertos de yeso salpicado y seco, refunfuña y masculla por la demora

de una formación.

_ Yo no pago un puto boleto más, yo no pago un puto boleto más y la concha de tu

mad, la cncha de tu mad. _ Todo dicho entre dientes, acentuando en concha pero

tragándose la primera o, a la vez que se rasca la mollera, retirándose para ello un

gorro azul bordado con la inscripción PINAMAR: UN ESTILO DE VIDA.

Otro tipo, canoso, de ojos claros y mirada perdida, se pasea destartalándose en cada

zancada con un cono de señalización sustraído de la vía pública, naranja y con cintas

:-3-

Pablo EMILIO

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reflectivas a los costados. Probablemente busque ser descubierto, su botín nunca

pasará desapercibido. Su rostro evidencia vergüenza. Siente todas las miradas fijas

en él y la situación lo supera e incómoda. Mira en todas direcciones, apoya el botín

en el suelo, se aleja unos pasos y se hace el distraído.

Ahí reposa, como un hito caprichoso en el medio del pasillo del tren. Los pasajeros lo

esquivan, lo patean e incluso alguno se lo coloca como un bonete.

La calesita1 de la esquina de Segurola2 y la vía está cerrada. Los muñecos de madera

laqueada destellan ante el reflejo repentino de los automóviles.

Son las 6:30 de la mañana y aún es de noche. A alguien se le ocurrió escribir su

nombre (o el nombre de alguna Mabel) con el vacío que produjo quitando venecitas

mugrientas de la estación Villa Luro. Los vislumbres de la noche viajan por los rieles,

interferidos, de a ratos, por la interposición de algún objeto opaco.

El tren se detiene antes de llegar a Liniers. Tras la silueta de un vagón quemado se

advierte algo de movimiento. Retoma su marcha y la estación aparece como todos

los días, con sus charcos, sus falencias, su hedor penetrante y ácido y su gente que

espera, mira en lontananza y pasa como mojones en la ruta.

Pocas sonrisas a esta hora de la mañana. Pocas diferencias en el fraseo ahora que

entramos a la provincia de Buenos Aires. Comienza a aclarar en Tres de Febrero y en

La Matanza será igual, inequívoco, previsible.

El encuentro casual no se produce y la imagen del Tipo móvil se agiganta. La enfer-

mera coreana intenta darle vueltas al asunto, mientras ensortija las puntas florecidas

de su cabello. Fija su mirada en el cono naranja que rueda torpemente en círculos y

piensa para sí:

_ Tengo razón, no es más que un pendejo que quería una revolcada y ante el menor

obstáculo se amilana. El botín tampoco era tan suculento. ¿Qué tengo para ofrecer?

¿Por qué alguien debería ser insistente luego de mis ironías y repulsas? Al final me-

rezco esto que me pasa, quiero movimiento pero no problemas.

¿Por qué se habrá fijado en mí? ¿Será un estafador?

Obsesivo es. ¿Estará por ahí, oculto, observando?

Al menos alguien se interesó en mí, aunque no puedo conformarme con tal minucia.

Pedí durante mucho tiempo que se presente una oportunidad así. Alguien que no

tenga una nariz de alcohólico o me supere veinte años en edad, alguien que no se

mueva dentro de mi ámbito profesional y pueda causarme problemas. Al fin y al ca-

bo, entre una cosa y la otra se me pasa la vida. ¿Dónde voy a

conocer a alguien potable fuera del tren o la calle misma? Fueron trechos de lánguida

letanía y ahora que vislumbro un atisbo de claridad, me hago la desentendida.