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El abogado del diablo

Morris West

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EL ABOGADO DEL DIABLO – MORRIS WEST

CAPÍTULO PRIMERO

Su profesión era preparar a otros para la muerte: le causaba estupor hallarse tan mal

dispuesto para la suya.

Él era un hombre razonable, y la razón le decía que la sentencia de muerte del hombre está

escrita en su alma el día en que nace; era un hombre frío, al que poco perturbaba la pasión

ni molestaba en absoluto la disciplina; no obstante, su primer impulso fue asirse

firmemente a la ilusión de la inmortalidad.

Formaba parte del decoro de la Muerte el que llegara sin heraldos, con el rostro cubierto y

las manos ocultas, a la hora en que menos se la esperaba. Podía venir lenta y suavemente,

como su hermano el Sueño, o rápida y violenta, como la consumación del acto del amor,

haciendo del momento de la rendición quietud y saciedad en vez de separación

desgarradora del espíritu y la carne.

El decoro de la Muerte. Eso es lo que esperan vagamente los hombres, por lo que suplican

si están dispuestos a orar, lo que lamentan amargamente si saben que les será negado.

Blaise Meredith lo deploraba ahora, mientras, sentado al débil sol primaveral, observaba la

lenta procesión de los cisnes en el Serpentine, las parejas de enamorados sobre el césped,

los perrillos atraillados que trotaban melindrosos por los senderos junto a las faldas

volantes de sus dueñas.

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En medio de toda esa vida –el pasto irrumpiente, los árboles estallando con savia nueva,

las hojas del azafrán y del narciso, el lánguido jugueteo amoroso de los jóvenes y el vigor

de los paseantes maduros–, sólo él, al parecer, estaba señalado para morir. No era posible

equivocarse sobre la urgencia e irrevocabilidad del mandato. Estaba escrito para que todos

lo leyeran, no en las líneas de su mano, sino en la lámina cuadrada de un negativo

fotográfico donde una pequeña mancha gris deletreaba su sentencia.

–¡Cáncer! –El dedo romo del cirujano se había detenido un momento en el centro de la

mancha gris y después había continuado hacia fuera, delineando la difusión del tumor–.

Un carcinoma de crecimiento lento, pero bien establecido. He visto demasiados para

equivocarme con éste.

Mientras observaba la pequeña pantalla translúcida y el dedo espatulado que se movía a

través de ella, Blaise Meredith se sobrecogió con la ironía de la situación. Había empleado

toda su vida enfrentando a otros con la verdad sobre sí mismos, con las culpas que les

acosaban, las concupiscencias que les rebajaban, las insensateces que les disminuían.

Ahora se encontraba contemplando sus propias entrañas, donde un pequeño tumor

canceroso crecía, como una raíz de mandrágora, progresivamente hasta destruirlo.

Preguntó con bastante calma:

–¿Es operable?

El cirujano apagó la luz de la pantalla reveladora y la pequeña muerte gris se desvaneció

en la opacidad; luego se sentó, ajustando la lámpara del escritorio de manera que su propio

rostro quedara en sombra y el de su paciente iluminado como una cabeza de mármol en un

museo.

Blaise Meredith se percató del pequeño artificio y lo comprendió. Ambos eran

profesionales. Cada uno, en su vocación, trataba con animales humanos. Cada uno tenía

que mantener un desapego clínico para no dar demasiado de sí mismo y quedar tan débil y

atemorizado como sus pacientes.

El cirujano se echó atrás en la silla, tomó un cortapapeles y lo mantuvo delicadamente,

como un bisturí. Aguardó un momento, reuniendo palabras, eligiendo ésta, descartando

aquélla y colocándolas en seguida por un patrón de meticulosa exactitud.

–Sí, puedo operarlo. Si lo hago, usted morirá al cabo de tres meses.

–¿Y de lo contrario?

–Vivirá un poco más y morirá con más dolores.

–¿Cuánto tiempo más?

–Seis meses. Doce como máximo.

–Es una elección difícil.

–Tiene que hacerla.

–Lo comprendo.

El cirujano aflojó los músculos. Había pasado lo peor. No se había equivocado al juzgar a

ese hombre. Era inteligente, ascético, dueño de sí. Sobreviviría a la conmoción y se

sometería a lo inevitable. Su Iglesia proveería a sus necesidades y cuando muriera lo

enterraría con honores; y, si nadie lo lloraba, eso también podría contabilizarse como la

recompensa final del celibato: escapar de la vida sin lamentar sus placeres y sin temor por

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las obligaciones no cumplidas.

La voz tranquila y seca de Blaise Meredith interrumpió sus cavilaciones.

–Pensaré en lo que me ha dicho. Si resuelvo no operarme y volver a mi trabajo, ¿tendría

usted la bondad de redactarme un informe para el médico de mi localidad; un diagnóstico,

quizás un tratamiento?

–Con mucho gusto, monseñor Meredith. Creo que usted trabaja en Roma. Por desgracia no

escribo en italiano.

Blaise Meredith esbozó una sonrisa fría.

–Yo lo traduciré. Será un ejercicio interesante.

–Admiro su valor, monseñor. No comparto la fe católica, ni ninguna otra a decir verdad,

pero supongo que usted encontrará en ella un gran consuelo en momentos como éste.

–Ojalá sea así, doctor –dijo Blaise Meredith con sencillez–, pero he sido sacerdote

demasiado tiempo para esperarlo.

Ahora estaba sentado al sol en un banco del parque, con el aire lleno de primavera y el

futuro como una perspectiva breve y vacía que rebalsaba en la eternidad. Cierta vez, en sus

días de estudiante, había oído predicar a un misionero anciano sobre la resurrección de

Lázaro, cómo Cristo se detuvo ante la bóveda sellada ordenándole que se abriera, de modo

que el olor a corrupción salió al aire quieto y seco del verano y cómo Lázaro acudió a la

llamada enredándose en la mortaja y parpadeando al sol. «¿Qué sentiría en ese momento?

–se había preguntado el anciano–. ¿Qué precio pagó por ese retorno al mundo de los

vivos? ¿Quedó lisiado para siempre, oliendo podredumbre en cada rosa y viendo en las

áureas doncellas esqueletos bamboleantes? ¿0 siguió asombrándose por la novedad de las

cosas, con el corazón enternecido de piedad y amor por la familia humana?»

La especulación interesó a Meredith durante años. En un tiempo jugó con la idea de

escribir una novela sobre el tema. Ahora tenía, por fin, la respuesta. Nada había más dulce

para el hombre que la vida; nada era tan precioso como el tiempo; nada más tranquilizador

que el contacto con la tierra y el pasto, el susurro del aire al moverse, el aroma de los

brotes nuevos, el sonido de las voces y del tráfico y el canto agudo de los pájaros.

Esto era lo que le perturbaba. Había sido sacerdote durante veinte años; veinte años que

había consagrado a la afirmación de que la vida es una imperfección transitoria, la tierra un

pálido símbolo de su Hacedor y el alma un espíritu inmortal dentro de mortal arcilla, que

se estrella cansado por liberarse para llegar a los brazos del Todopoderoso. Ahora que, a

fecha fija, le prometían su propia liberación ¿por qué no podía aceptarla, si no con alegría,

confiadamente al menos?

¿A qué se asía que no hubiera rechazado hacía tiempo? ¿A una mujer? ¿A un niño? ¿A una

familia? No vivía nadie que le perteneciera. ¿Posesiones? Eran harto escasas: un

departamento pequeño cerca de la Porta Angélica, algunos adornos, una habitación llena

de libros, un modesto salario en la Congregación de Ritos y una renta vitalicia legada por

su madre. Nada que tentara a un hombre a retroceder ante el umbral de la gran revelación.

¿Carrera? Algo había quizás en esto: Auditor de la Sagrada Congregación de Ritos,

ayudante personal del mismo prefecto, Eugenio Cardenal Marotta. Era una posición

influyente, de halagadora confianza. Se sentaba a la sombra del Pontífice. Observaba la

operación intrincada y sutil de una gran teocracia. Vivía con sencillo bienestar. Tenía

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tiempo para estudiar y libertad para actuar libremente dentro de los límites de la disciplina

y la discreción. Algo había en ello... pero no lo suficiente, ni siquiera suficiente a medias

para un hombre que anhelara la Unión Perfecta que él predicaba.

Era posible que ahí estuviera el motivo. Nunca había anhelado nada. Siempre tuvo todo lo

que necesitaba, y nunca había deseado más de lo que podía disponer. Había aceptado la

disciplina de la Iglesia y la Iglesia le había dado seguridad, comodidad y campo para sus

talentos. Había sido más dichoso que la mayoría de los hombres, y si nunca pidió felicidad

fue porque nunca se sintió infeliz. Hasta ahora... hasta este momento helado bajo el sol, el

primer sol primaveral de la última primavera que vería Blaise Meredith.

La última primavera, el último verano. El tope de la vida masticado y chupado hasta

dejarlo seco como una caña de azúcar que luego se desecha. Sentía amargura, paladeaba el

sabor agrio del fracaso y la desilusión. ¿Qué mérito podía anotarse y llevar consigo al

juicio? ¿Qué dejaba atrás para que los hombres pudieran recordarle?

Nunca había engendrado un hijo, ni plantado un árbol, ni colocado una piedra sobre otra

para levantar una casa o un monumento. No había sentido ira ni dispensado caridad. Su

trabajo se enmohecería, anónimo, en los archivos del Vaticano. La virtud que hubiera

podido florecer por su ministerio era sacramental y no personal. No había pobres que le

bendijeran por su pan, ni enfermos por su coraje, ni pecadores por su salvación. Había

hecho todo lo que le exigieron; no obstante, moriría vacío y después su nombre sería una

partícula más de polvo soplada por el viento en el desierto de los siglos.

De pronto sintió terror. Un sudor frío brotó de su cuerpo. Le temblaron las manos y un

grupo de niños que hacían rebotar una pelota cerca del banco se alejó del demacrado

sacerdote, de rostro gris, que fijaba sus ojos sin vista en el agua ondulada del estanque.

Lentamente cesaron los escalofríos. Desapareció el terror y recuperó la calma. La razón se

impuso nuevamente y empezó a pensar de qué modo ordenaría su vida en el tiempo que le

restaba.

Cuando enfermó en Roma, cuando los médicos italianos le dieron un diagnóstico previo,

su decisión instintiva fue volver a Londres. Si tenían que condenarlo, prefería que le

leyeran la sentencia en su lengua materna. Si su tiempo había de acortarse, quería pasar lo

que de él le quedaba en el aire suave de Inglaterra, recorrer las hondonadas y los bosques

de alerces, escuchar el canto elegíaco de los ruiseñores a la sombra de las viejas iglesias

donde la muerte era más familiar y más amistosa, porque los ingleses han gastado siglos

enseñándole modales.

En Italia, la muerte es áspera, dramática, una salida de gran ópera, con coros de llorones,

penachos batientes y negras carrozas barrocas que ruedan frente a palacios de estuco para

llegar a las bóvedas de mármol del Campo Santo. Aquí, en Inglaterra, la muerte tenía un

aspecto más suave: exequias murmuradas discretamente en una nave de estilo normando,

una tumba abierta en el césped recortado –entre lápidas de piedra envejecidas por la

intemperie– y libaciones servidas en la taberna con vigas de encina frente a la puerta del

cementerio.

Y esto también era, ahora, una ilusión, una patética falacia que no le acorazaba contra el

insidioso enemigo gris, atrincherado en su propio vientre. No podía rehuirlo, como

tampoco podía escapar de la convicción de su propio fracaso como sacerdote y como

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hombre. ¿Qué le quedaba, entonces? ¿Someterse al bisturí? ¿Abreviar la agonía, acortar el

miedo y la soledad hasta un límite soportable? ¿No sería esto un nuevo fracaso, una

especie de suicidio que podían justificar los moralistas, pero que nunca perdonaría

enteramente su conciencia? Ya tenía bastantes deudas para anotar en su cuenta: esta última

podía dejarlo en absoluta bancarrota.

¿Volver al trabajo? Sentarse ante el viejo escritorio bajo el cielo artesonado en el Palacio

de las Congregaciones en Roma. Abrir los grandes folios donde estaban registradas las

vidas, obras y escritos de candidatos a la canonización, muertos mucho tiempo antes, en la

caligrafía de miles de secretarios. Examinarlos, disecarlos, analizarlos y anotarlos. Poner

en duda sus virtudes y proyectar nuevas suspicacias sobre las maravillas que se les

atribuía. Estampar nuevas anotaciones en un nuevo escrito. ¿Con qué objeto? Para que un

candidato más a los honores canónicos fuera rechazado por haber sido menos que heroico,

o menos que prudente en sus virtudes. 0 para que dentro de medio siglo, acaso de dos

siglos, un nuevo Papa pudiera proclamar en San Pedro que un nuevo santo era agregado al

calendario.

¿Les importaba a esos muertos lo que se escribiera sobre ellos? ¿Les importaba que en una

nueva estatua pudieran llevar aureola, o que los impresores hicieran circular un millón de

estampitas con sus rostros en el anverso y sus virtudes enumeradas en el reverso?

¿Sonreían a sus biógrafos dulzones o miraban ceñudos a sus detractores oficiales? Habían

muerto y estaban juzgados hacía mucho tiempo, lo mismo que él moriría y sería juzgado

pronto. Todo el resto era apéndice, post scriptum y dispensable. No les conmovería un

nuevo culto, una nueva peregrinación, una misa nueva en la liturgia. Blaise Meredith,

sacerdote, filósofo, canonista, podría trabajar doce meses o doce años en sus registros sin

agregar ni un ápice a su felicidad ni una sola pena a su condenación.

No obstante, ése era su trabajo y tenía que hacerlo, porque lo conocía y porque él se sentía

demasiado cansado y demasiado enfermo para comenzar otro. Celebraría misa todos los

días, cumpliría su tarea diaria en el Palacio de las Congregaciones, predicaría

ocasionalmente en la Iglesia Anglicana, escucharía confesiones en reemplazo de algún

colega en vacaciones, volvería cada tarde a su pequeño departamento en la Porta Angélica,

leería un poco, rezaría el oficio y después lucharía con la noche inquieta hasta la mañana

acre. Por doce meses. Inmediatamente moriría. Durante una semana le mencionarían en las

misas... «Nuestro hermano Blaise Meredith»; después se reuniría con los anónimos y

olvidados en el recuerdo general... «todos los fieles difuntos».

Ya hacía frío en el parque. Los enamorados se sacudían la hierba de la ropa y las

muchachas se alisaban las faldas. Los niños se rezagaban, distraídos en los senderos, de

sus malhumorados padres. Los cisnes volvían al refugio de los islotes, a la hora del

zumbido más intenso del tráfico londinense.

Era tiempo de partir. Tiempo de que monseñor Blaise Meredith guardara sus turbados

pensamientos y compusiera sus delgadas facciones en una sonrisa amable para concurrir al

té del administrador en Westminster. Los ingleses son un pueblo cortés y tolerante.

Esperan del hombre que procure salvarse con sobriedad o condenarse con discreción, que

beba como un caballero y que no muestre sus preocupaciones. Sienten suspicacia por los

santos y desconfianza por los místicos, y se inclinan a creer que Dios Todopoderoso

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adopta la misma actitud. Aun en la hora de su propio Getsemaní, Meredith se alegró de la

convención que le obligaba a olvidarse de sí mismo y atender a la charla de sus colegas.

Se levantó rígidamente del banco, se detuvo un momento como si no estuviera seguro de

existir en su propio cuerpo, y enseguida se dirigió con paso firme a Brompton Road.

El doctor Aldo Meyer tenía preocupaciones particulares en esa tarde suave del

Mediterráneo: intentaba embriagarse del modo más rápido y menos penoso posible.

Las circunstancias conspiraban en su contra. El sitio donde bebía era una sala baja de

piedra con piso de tierra que olía a vino rancio. Su compañía la constituían el propietario,

un labriego embrutecido, y una rolliza muchacha montañesa con cuello y nalgas de buey y

senos como melones que pugnaban por escapar de un grasiento vestido negro. La bebida

era una grappa incendiaria, garantizada para ahogar la pena más persistente; pero Aldo

Meyer era demasiado sobrio y demasiado inteligente para saborearla.

Inclinado sobre el áspero banco, mientras junto a él se derretía una vela, miraba de hito en

hito la copa y trazaba dibujos monótonos en el licor derramado que fluía lentamente

siguiendo su dedo. El padrone se apoyó en el mesón, escarbándose los dientes con una

astilla y chupando ruidosamente los restos de su cena entre los huecos de la dentadura. La

muchacha estaba en un rincón, lista para llenar la copa tan pronto como el doctor la

vaciase. Éste había comenzado bebiendo rápidamente, con náuseas a cada trago; después

con más lentitud a medida que el alcohol se apoderaba de él. Durante los últimos diez

minutos no había bebido. Parecía aguardar que sucediera algo antes de entregarse

definitivamente al olvido.

Le faltaba un año para cumplir cincuenta, pero su aspecto era el de un anciano. Tenía el

cabello blanco y la tez de su fino rostro judío se estiraba descarnada sobre los huesos. Sus

manos eran largas y ágiles, pero encallecidas como las de un labrador. Vestía un traje

ciudadano de corte pasado de moda, con los puños gastados y las solapas brillantes, pero

tenía los zapatos lustrados y la camisa limpia, salvo las salpicaduras frescas de la grappa.

Su aire de distinción desvaída contrastaba extrañamente con el ambiente primitivo en que

se hallaba y con la grosera vitalidad de la muchacha y del padrone.

Gemello Minore distaba mucho de Roma, y más aún de Londres. La sucia taberna no tenía

semejanza alguna con el Palacio de las Congregaciones. No obstante, el doctor Aldo

Meyer, lo mismo que Blaise Meredith, se preocupaba por la muerte y, aunque era

escéptico, se encontraba también envuelto en una beatificación.

Lo habían llamado esa tarde a la casa de Pietro Rossi, cuya mujer llevaba diez horas con

dolores de parto. La partera estaba desesperada y el cuarto lleno de mujeres que

cacareaban como gallinas, mientras María Rossi gemía y se retorcía con los espasmos,

exhalando débiles quejidos cuando éstos cesaban. Fuera de la choza los hombres formaban

un grupo, hablaban en voz baja y se pasaban de mano en mano una botella de vino.

Al llegar él guardaron silencio, observándolo especulativamente de soslayo, mientras

Pietro Rossi le hacía entrar. Meyer llevaba veinte años viviendo entre ellos, pero seguía

siendo un extranjero; en tales momentos podía serles necesario, pero nunca era bienvenido.

Entre las mujeres que ocupaban el cuarto, se repitió la historia: silencio, suspicacia,

hostilidad. Cuando se inclinó sobre la gran cama de bronce palpando y auscultando el

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cuerpo hinchado, la partera y la madre de la muchacha se quedaron a su lado, y al

sobrevenir un nuevo espasmo, se oyó un murmullo de protesta, como si él hubiera sido el

causante.

En tres minutos se dio cuenta de que no había esperanza de un parto normal. Tendría que

hacer una cesárea. No le inquietaba demasiado la perspectiva; las había realizado a la luz

de velas o lámparas, sobre mesas de cocina y bancos de tablas.

Contando con agua hervida y anestésicos, y con los fornidos cuerpos de las mujeres

montañesas, las probabilidades se inclinaban en favor de las pacientes.

Esperaba protestas. Esa gente tenía la cabeza dura como las de las mulas y era doblemente

asustadiza, pero no estaba preparado para una explosión. Fue la madre de la muchacha la

que comenzó. Era una mujer obesa y musculosa, de cabellos lacios, dientes irregulares y

negros ojos de culebra. Le atacó gritándole en burdo dialecto.

–No permitiré cuchillos en el vientre de mi hija. ¡Quiero nietos vivos, no muertos! Ustedes

los doctores son todos iguales. Si no pueden curar a la gente, las cortan y las entierran. ¡A

mi hija no! Déle tiempo y disparará a éste como una arveja. Yo he tenido doce. Lo sé. No

todos fueron fáciles, pero los tuve; y no necesité de un matarife de caballos para que me

los sacara.

Un estallido de risas agudas apagó los gemidos de la hija. Aldo Meyer siguió

observándola, sin cuidarse de las mujeres. Dijo sencillamente.

–Si no opero, a medianoche habrá muerto.

La escueta información profesional, el desprecio por la ignorancia, le habían dado

resultado anteriormente, pero esta vez le fallaron por completo. La mujer se rió en su cara.

–Esta vez no, ¡judío! ¿Sabe por qué? –metió la mano dentro de su vestido y sacó un objeto

pequeño envuelto en seda roja desvaída. Apretándolo entre sus dedos lo acercó a las

narices del médico–. ¿No conoce esto? No puede conocerlo porque es un infiel y asesino

de Cristo. Ahora tenemos un santo propio. ¡Un santo verdadero! le van a canonizar en

Roma en cualquier momento. Este es un pedazo de su camisa. Una reliquia viva y

verdadera, manchada con su sangre. Él también ha hecho milagros. Milagros reales. Todos

han sido transcritos y se han enviado al Papa. ¿Piensa que puede hacer más que él? ¿Así lo

cree? En quién confiar, ¿en nuestro santo Giacomo Nerone o en este individuo?

La muchacha dio un grito de agonía y las mujeres guardaron silencio, mientras la madre se

inclinaba sobre la cama con susurros tranquilizadores y frotaba circularmente, bajo las

mantas, el protuberante vientre con la sucia reliquia. Aldo Meyer aguardó un momento,

buscando palabras adecuadas. Cuando la muchacha volvió a tranquilizarse, les dijo con

sequedad:

–Hasta un infiel sabe que esperar milagros sin tratar de hacer algo es pecado. No pueden

tirar los remedios y esperar que los santos los curen. Además, este Giacomo Nerone

todavía no fue santificado. Y pasará mucho tiempo antes de que comiencen siquiera a

discutir su caso en Roma. Récenle si quieren, pero pídanle que me dé una mano firme y a

la muchacha un corazón vigoroso. Y ahora ya está bien de estupideces: preparen agua

hervida y sábanas limpias. No dispongo de mucho tiempo.

Nadie se movió. La madre le impidió llegar a la cama. Las mujeres se alinearon en un

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apretado semicírculo, empujándolo hacia la puerta, donde Pietro Rossi observaba el drama

con expresión estólida. Meyer se volvió para increparle.

–¡Usted, Pietro! ¿Quiere tener un hijo? ¿Quiere conservar a su mujer? Entonces, por amor

de Dios, escúcheme. Si no opero rápidamente, ella se va a morir y el niño con ella. Usted

sabe lo que yo puedo hacer; hay veinte personas en el pueblo que se lo dirán. Pero ignora

de lo que es capaz ese Giacomo Nerone, aunque sea un santo... lo que pongo en duda.

Pietro Rossi sacudió la cabeza con terquedad.

–No es natural sacar un niño como si fuera una tripa de oveja. Además, éste no es un santo

cualquiera. Es nuestro. Nos pertenece. Nos protegerá. Más vale que se vaya, doctor.

–Si me retiro, su mujer morirá esta noche. El rostro mate del labriego era tan inexpresivo

como una muralla. Meyer miró a toda esa gente oscura y recóndita del sur y pensó con

desesperación lo poco que sabía de ellos, y cuán inútiles eran sus razones para aquellos

seres. Resignado, se encogió de hombros, tomó su maletín y se dirigió a la puerta. Ya en el

umbral, se detuvo y se volvió hacia ellos:

–Es mejor que llamen al padre Anselmo. No queda mucho tiempo.

La madre escupió despectivamente y se inclinó otra vez para frotar el paquetito de seda

sobre el convulso vientre de su hija, murmurando oraciones en dialecto. Las demás

mujeres observaban silenciosas, los rostros petrificados. Mientras recorría el camino

empedrado, Meyer sentía sobre su espalda los ojos de los hombres clavados como

cuchillos. Entonces fue cuando decidió emborracharse.

Para Aldo Meyer, el antiguo liberal, el hombre que creía en el hombre, este hecho fue la

señal definitiva de su derrota. No había esperanza para ese pueblo. Tenían la rapiña del

halcón. Podían comerle el corazón y dejarle, pudriéndose, en una fosa. Él había sufrido por

ellos, pero ellos lo tomaban todo y no aprendían nada. Se burlaban de los conocimientos

más elementales y, no obstante, se tragaban leyendas y supersticiones con voracidad de

niños.

Sólo la Iglesia los controlaba, aunque tampoco pudiese mejorarlos. Los torturaba con

demonios, los obsesionaba con santos, los engatusaba con madonnas llorosas y bambini de

nalgas gordas. Podía desangrarlos para comprar nuevos candelabros, pero no podía, o no

quería, llevarlos a una clínica donde les inyectasen vacunas contra el tifus. Sus madres se

consumían, tuberculosas, y sus niños tenían los brazos hinchados por la malaria recurrente.

Sin embargo, preferían meterse un diablo en la boca antes que una tableta de aspirina,

aunque ésta la pagara el doctor.

Vivían en cobertizos donde un buen labrador no albergaría a su ganado. Comían aceitunas,

pasta, pan remojado en aceite y carne de cabra en días festivos, si podían procurársela. Sus

montes estaban desnudos de árboles y sus terrazas retenían una tierra mezquina, de la que

los elementos nutritivos se escurrían con las primeras lluvias perdiéndose en las

pedregosas faldas de la montaña. Su vino era flojo y su maíz delgado, y ellos se movían

con el perezoso andar de los que comen muy poco y trabajan demasiado.

Sus señores los explotaban; no obstante, se agarraban de sus faldones como si fueran

niños. A menudo sus sacerdotes se entregaban al licor y al concubinato; pero ellos, a pesar

de su pobreza, seguían alimentándolos, y los trataban con un desprecio tolerante. Si el

verano era tardío o el invierno duro, las heladas quemaban las aceitunas y reinaba el

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hambre en los montes. No tenían escuelas para sus hijos, y lo que el Estado no les

proporcionaba ellos no querían procurárselo. No estaban dispuestos a sacrificar sus horas

de ocio para construir una escuela. No podían pagar un maestro, pero mermaban su

pequeño acervo de liras financiando la canonización de un nuevo santo para un Calendario

ya excesivamente recargado.

Aldo Meyer fijó la vista en el espeso sedimento de su grappa y leyó ahí futilidad,

desilusión y desesperanza. Alzó la copa y bebió las heces de un trago. Eran amargas como

la cuasia y no proporcionaban ningún calor.

Llegó a ese pueblo como exiliado, cuando los fascistas rodearon a los semitas, a los

intelectuales de izquierda y a los liberales demasiado locuaces, y les ofrecieron la

perentoria alternativa de relegarse en Calabria o de realizar trabajos forzados en Lípari. A

él le dieron el irónico título de Oficial Médico, pero sin salario, drogas ni anestésicos.

Llegó con la ropa que llevaba puesta, un maletín con instrumentos, un frasco de tabletas de

aspirina y un compendio médico. Durante seis años batalló e intrigó, aduló y chantajeó

para establecer un servicio médico rudimentario en ese distrito donde la desnutrición era

permanente, la malaria endémica y el tifus epidémico.

Habitaba una finca semiderruida que restauró con sus propias manos. Cultivaba un par de

acres pedregosos, con ayuda de un labrador cretino. Su hospital era una habitación de su

casa. Su sala de operaciones, la cocina. Los campesinos le pagaban en especies, cuando lo

hacían, y él exigía de los funcionarios locales una contribución en drogas e instrumentos

quirúrgicos, y protección contra un gobierno hostil. La servidumbre había sido amarga,

pero tuvo momentos de triunfo, días en que creía estar penetrando al fin en el círculo

cerrado de la primitiva vida montañesa.

Cuando los Aliados atravesaron el estrecho de Messina y comenzaron el avance pausado y

sangriento hacia el norte de la península, él huyó y se unió a los guerrilleros. Después del

armisticio pasó una breve temporada en Roma. Pero estuvo alejado demasiado tiempo. Sus

antiguos amigos habían muerto. Era difícil hacerse otros y los pequeños triunfos de sus

años de campesino le desafiaban a proseguir con su tarea.

Con libertad, dinero e ímpetu para reformar, un hombre de buena voluntad habría

conseguido milagros en el Sur.

Volvió, pues, a la casa vieja, en el viejo pueblo, con un nuevo sueño y un sentido de

juventud renovada en su interior. Sería maestro a la par que doctor. Establecería una

organización prototípica de esfuerzo cooperativo, una organización que consiguiera de

Roma y de las fundaciones de ultramar ayuda económica para su desarrollo. Educaría a

jóvenes para que divulgasen sus ideas por otras regiones.

Sería un misionero del progreso en una tierra tres siglos atrasada.

El sueño había sido fresco y hermoso doce años antes. Ahora sabía que era una tétrica

ilusión. Su error fue el de todos los liberales: creer que los hombres están preparados para

reformarse, que la buena voluntad atrae a la buena voluntad, que la verdad se basta a sí

misma. Sus planes naufragaron en la venalidad de los funcionarios, en el espíritu

conservador de una Iglesia feudal, en la rapiña y la desconfianza de un pueblo ignorante y

primitivo.

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Aun a través de los vapores espesos del licor lo veía todo con demasiada claridad. Le

habían vencido. Se había derrotado a sí mismo. Y ya era tarde para enmendarlo.

A través del crepúsculo exterior llegó el continuado lamento de voces femeninas. La

muchacha y el padrone se miraron y se santiguaron. El doctor se incorporó, se dirigió a la

puerta con paso inseguro y se quedó contemplando ese ocaso fresco de primavera.

–Ha muerto –dijo el padrone con su voz gruesa y opaca.

–Dígaselo al santo –repuso Aldo Meyer–. Yo me voy a la cama.

Mientras salía al camino, dando traspiés, la muchacha le sacó la lengua e hizo el conjuro

contra el mal de ojo.

El grito fúnebre se elevaba y caía, gimiendo como un viento sobre la montaña dormida y

siguió a Meyer por la calle empedrada y dentro de su casa; golpeó a su puerta, hurgó en

sus postigos, y le acosó durante toda una noche de sueño inquieto y murmurante.

A la caída del mismo ocaso primaveral, Eugenio Cardenal Marotta paseaba por el jardín de

su villa en Parioli. Mucho más abajo, la ciudad se despertaba del sopor del mediodía y

volvía a los negocios con bocinazos estridentes, motocicletas ruidosas y tenderos que

regateaban. Los turistas regresaban cansados y con remordimientos de San Pedro, San

Juan de Letrán y el Coliseo. Los vendedores de flores rociaban sus ramilletes para dar el

último asalto a los enamorados en las escaleras de la Plaza de España. El sol poniente

derramaba su luz sobre los cerros y las cimas de los tejados, pero en las avenidas,

gravitaba la niebla pesada y polvorienta y las murallas de los edificios se alzaban grises y

fatigadas.

No obstante, arriba, en Parioli, el aire estaba claro y los senderos silenciosos, y Su

Eminencia caminaba bajo el follaje inclinado de las palmeras, aspirando el aroma de los

jazmines. A su alrededor, altas murallas y puertas de reja guardaban su retiro, y los

bronces heráldicos de los dinteles recordaban al visitante el rango y los títulos de Eugenio

Cardenal Marotta, Arzobispo de Acrópolis, Titular de San Clemente, Prefecto de la

Sagrada Congregación de Ritos, Pro-Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura

Apostólica, Comisario para la Interpretación del Derecho Canónico, Protector de los Hijos

de San José y las Hijas de María Inmaculada y de otras veinte importantes congregaciones

religiosas de la Santa Iglesia Católica.

Los títulos eran pomposos y el poder que había tras ellos también era amplio, pero Su

Eminencia los llevaba con un buen humor complacido que disimulaba una sutil

inteligencia y una voluntad dominadora.

Era un hombre bajo y esférico, de manos y pies pequeños, rostro reluciente y alto cráneo

abovedado, calvo como un huevo bajo el birrete escarlata. Sus ojos grises chispeaban con

benevolencia y su boca se destacaba roja y pequeña como la de una mujer contra su tez

mate aceitunada. Tenía sesenta y tres años, lo que es ser joven para que un hombre obtenga

el capello cardenalicio. Trabajaba con ahínco, aunque sin esfuerzo aparente, y aún le

quedaba energía para las tortuosas diplomacias y manipulaciones del poder dentro de la

cerrada Ciudad del Vaticano.

No faltaban quienes le tuvieran en vista como candidato al papado, pero otros, más

numerosos, consideraban que el siguiente pontífice debía ser un hombre más santo, menos

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preocupado por la diplomacia que por la reforma de la moral tanto en el clero como entre

los laicos. Eugenio Marotta se contentaba con esperar el resultado, sabiendo que lo más

probable es que quien entra al Cónclave como Papa lo abandone como cardenal. Además,

aunque el Pontífice era anciano, distaba mucho de estar muerto y no miraba con simpatía a

quien ambicionara sus sandalias.

Así, pues, Su Eminencia paseaba por el jardín de su villa en Parioli, observando cómo se

hundía el sol tras los montes Albanos y reflexionando sobre las cuestiones del día en la

actitud cómoda de un hombre que sabe que para todo tendrá al fin una respuesta.

Se podía permitir esa despreocupación. Mediante una progresión continua, había llegado a

la elevada meseta de la preferencia, de la cual no podían derribarlo ni la malicia ni la

adversidad. Seguiría siendo cardenal hasta que muriera, príncipe por protocolo, obispo por

consagración irrevocable, ciudadano del Estado más pequeño y menos vulnerable en el

mundo. Era mucho para un hombre de sesenta vigorosos años. Era mucho más, porque no

le estorbaba una mujer ni le molestaban hijos e hijas y se hallaba fuera del alcance de los

flechazos de la pasión. Había llegado al límite donde podían conducirlo su talento y su

ambición.

El paso siguiente era el Sitial de Pedro; pero éste era un salto alto, a mitad de distancia

entre el mundo y el vestíbulo de la divinidad. El hombre que lleva el anillo del Pescador y

la triple tiara, carga también en sus espaldas, como una capa de plomo, los pecados del

mundo. Se encuentra solo en un pináculo azotado por el viento; tiene a sus pies desplegada

la alfombra de las naciones y arriba el rostro descubierto del Todopoderoso. Solamente un

mentecato podría envidiar el poder y la gloria y el terror de tal principado. Y Eugenio

Cardenal Marotta distaba mucho de ser un mentecato.

En esa hora de ocaso y de jazmines tenía suficientes problemas propios.

Dos días antes, había encontrado sobre su escritorio una carta del Obispo de Valenta,

pequeña diócesis de una región miserable de Calabria. Conocía vagamente al Obispo como

un reformador rígido con aficiones políticas. Dos años atrás había provocado una

agitación, suspendiendo a un par de curas rurales por concubinato y jubilando a algunos

párrocos ancianos por incompetencia. Las cifras de electores en su diócesis manifestaban

una oscilación notoria hacia los demócrata-cristianos, y esto le había merecido una carta

pontificial encomiástica. Pero los observadores más perspicaces como Marotta notaron que

el aumento provenía del Partido Monárquico y no de los comunistas, quienes también

registraron un ligero avance. La carta del Obispo era sencilla y explícita, demasiado

sencilla para ser inofensiva y demasiado explícita para no despertar sospechas en un

combatiente fogueado como Eugenio Cardenal Marotta.

Comenzaba con los saludos, floridos y deferentes, de un obispo humilde a otro

principesco. Continuaba expresando que había recibido una petición del párroco y los

feligreses de los pueblos de Gemelli de¡ Monti para la introducción de la causa de

beatificación del siervo de Dios, Giacomo Nerone.

Este Giacomo Nerone había sido asesinado por guerrilleros comunistas en circunstancias

que bien podían llamarse martirio. Desde su muerte, se le rendía espontánea veneración en

los pueblos y la campiña circundante, y se atribuían a su influencia varias curaciones de

carácter milagroso. Investigaciones preliminares confirmaron la reputación de santidad y la

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naturaleza aparentemente milagrosa de las curaciones, y el obispo estaba dispuesto a

aceptar la petición y someter la causa a una investigación jurídica. No obstante, antes de

hacerlo, pedía consejo a Su Eminencia, como prefecto de la Congregación de Ritos, y su

ayuda para que designara, en Roma misma, dos hombres doctos y temerosos de Dios: uno

como Postulador de la Causa, para organizar la investigación y llevarla adelante; el otro

como Promotor de la Fe o Abogado del Diablo, para someter las declaraciones y los