El Abogado del Diablo por Morris West - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

testigos al más severo escrutinio de acuerdo con las disposiciones pertinentes de la ley

canónica.

Había más, mucho más, pero ése era el corazón de la manzana. Era posible que el Obispo

tuviera un santo en su territorio, y un santo muy conveniente, martirizado por los

comunistas. La única manera de probar su santidad era con una investigación judicial,

primero en su propia diócesis y después en Roma, bajo la autoridad de la Congregación de

Ritos. Pero la primera investigación debía efectuarse en la Sede del Obispo y bajo su

propia autoridad, por funcionarios que éste designara. Normalmente los obispos locales

eran celosos de su autonomía. ¿Por qué, entonces, esta deferencia hacia Roma?

Eugenio Cardenal Marotta caminó por los bien recortados prados del jardín de su villa

meditando sobre la proposición.

Los Gemelli dei Monti estaban profundamente enclavados en el mediodía de Italia, donde

los cultos proliferan y mueren con la misma rapidez, donde la fe está recubierta con una

pátina de superstición, donde los campesinos hacen con la misma mano la señal de la cruz

y el signo contra el mal de ojo, donde el cuadro del Bambino cuelga sobre el lecho y los

cuernos paganos están clavados sobre la puerta del granero. El Obispo era un hombre

astuto que necesitaba un santo para el bien de su diócesis, pero renunciaba a poner en

juego su reputación con la del siervo de Dios.

Si la investigación marchaba bien, dispondría, no sólo de un beato, sino de un palo para

golpear a los comunistas. Si resultaba mal, los hombres doctos y temerosos de Dios que

Roma designara tendrían que soportar una parte de los reproches. La sutileza hizo reír a Su

Eminencia. Basta rascar en un hombre del sur para descubrir un zorro, que huele las

trampas a una milla de distancia y da un rodeo para llegar al gallinero.

Pero se jugaba algo más que la reputación de un obispo provinciano. Se mezclaba la

política y sólo faltaban doce meses para las elecciones en Italia. La opinión pública era

sensible a la influencia del Vaticano en los asuntos civiles. Los anticlericales

aprovecharían la oportunidad de desacreditar a la Iglesia y ya tenían suficientes armas

como para ponerles una más entre las manos.

Había consecuencias más profundas todavía, asuntos que atañían menos al tiempo que a la

eternidad. Designar bienaventurado a un hombre es declararlo siervo heroico de Dios,

alzarlo como un ejemplo y un intercesor de los fieles. Aceptar sus milagros es admitir más

allá de toda duda el Poder Divino que ha operado por su intermedio para suspender o

abolir las leyes de la naturaleza. Un error en tal materia es inconcebible. La maquinaria

maciza de la Congregación de Ritos ha sido proyectada para impedirlo. Pero una acción

prematura, una investigación torpe, podrían causar un escándalo grave y debilitar la fe de

millones en una Iglesia infalible que reclama para sí la guía directa del Espíritu Santo.

Al caer en Parioli la primera oscuridad helada, Su Eminencia tuvo un escalofrío. Era un

13

hombre endurecido por el poder y escéptico de la devoción, pero él también cargaba en sus

hombros el peso de la creencia y en su corazón el temor al demonio del Mediodía.

Menos que otros podía permitirse el lujo del error. De él dependía mucho más y tanto más

riguroso sería el castigo por el fracaso. A pesar de la pompa de su título y de la dignidad

secular que le acompañaba, su misión básica era espiritual. Se relacionaba con las almas,

con su salvación y su condenación. La maldición de las piedras de molino podía recaer lo

mismo sobre un cardenal equivocado que sobre un párroco infiel. Caminaba, pues,

entregado a sobrias meditaciones mientras desde la ciudad llegaba en sordina la armonía

de las campanas y los grillos iniciaban su agudo coro en el jardín.

Concedería al Obispo de Valenta su pequeño triunfo. Le encontraría los hombres: un

Postulador que estudiara el caso y lo presentara, un Abogado del Diablo para destruirlo si

podía. De los dos, el Abogado del Diablo era el más importante. Su título oficial lo

describía exactamente: Promotor de la Fe. El hombre que mantiene pura la fe a cualquier

costo de vidas rotas y corazones destrozados. Tendría que ser docto, meticuloso,

desapasionado. Tendría que ser frío en el juicio, implacable en la condenación. Podría

faltarle caridad o compasión, pero no podía carecer de precisión. Tales hombres son

escasos y aquellos de que disponía ya estaban ocupados en otras causas.

Recordó entonces a Blaise Meredith, el hombre enteco, sobrio, que ya tenía el color

grisáceo de la muerte. Ése poseía las cualidades. Era inglés, lo que eliminaba la sospecha

de concomitancias políticas. ¿Pero, estaría dispuesto o le quedaría tiempo? Si el veredicto

médico era desfavorable, podría negarse a aceptar una comisión tan pesada.

No obstante, ya tenía el comienzo de una respuesta. Su Eminencia no podía menos que

sentirse satisfecho. Describió lentamente otro círculo en el jardín oscuro y volvió a la villa

para rezar las vísperas con el personal de la casa.

CAPÍTULO II

Dos días después, Eugenio Cardenal Marotta estaba sentado en su sillón ante el gran

escritorio Buhl y conversaba con monseñor Blaise Meredith. Su Eminencia había dormido

bien, se había servido un desayuno liviano, y la navaja había dejado fresco y brillante su

bienhumorado y redondo rostro. En la majestuosa sala de cielo artesonado, con alfombras

Aubusson y nobles retratos en marcos dorados, él se investía de la inconsciente dignidad

de su posesión.

En contraste, el inglés se veía pequeño, gris y encogido. La sotana le colgaba floja en el

delgado cuerpo y el birrete escarlata sólo acentuaba la enfermiza palidez de su rostro. La

fatiga le enturbiaba los ojos y surcos profundos de dolor le quebraban la comisura de los

labios. Incluso hablando el ágil italiano de Roma su voz era plana e inexpresiva.

–Aquí me tiene, Su Eminencia. En el mejor de los casos, me quedan doce meses. Ojalá la

mitad de este tiempo pueda hacer un trabajo activo.

El Cardenal aguardó un instante, observándolo con compasivo desprendimiento. Luego le

dijo con suavidad:

–Lo lamento por usted, amigo mío. A todos nos llega la hora, evidentemente, pero siempre

14

sorprende.

–Sin embargo, nosotros somos quienes deberíamos estar preparados.

Las comisuras caídas se levantaron en una mueca de sonrisa.

–¡No! –protestó Marotta, agitando sus manos pequeñas–. No debernos sobreestimarnos.

Somos hombres como todos. Somos sacerdotes por elección y por vocación. Somos

célibes por legislación canónica. Es una carrera, una profesión. El poder que ejercemos, la

gracia que dispensamos, son independientes de nuestros propios méritos. Es preferible que

seamos Santos a que seamos Pecadores, pero lo mismo que nuestros hermanos laicos

generalmente somos algo intermedio.

–Es un consuelo mezquino, Eminencia, cuando se está a la sombra del banquillo del

Juicio.

–A pesar de todo es la verdad –agregó el Cardenal–. He estado en la Iglesia mucho tiempo,

amigo mío. Mientras más alto se sube más se ve y con mayor claridad. Es una leyenda

piadosa que el sacerdocio santifica a un hombre o que el celibato le ennoblece. Si un

sacerdote puede mantener sus manos fuera de los bolsillos y sus piernas fuera del lecho de

una mujer hasta los cuarenta y cinco años, las probabilidades de que continúe así hasta que

muera son buenas. En el mundo también abundan los solteros profesionales. Pero todos

estamos sujetos al orgullo, a la ambición, a la pereza, a la negligencia, a la avaricia. Es

frecuente que sea más duro para nosotros que para los demás salvar nuestras almas. Un

hombre que tiene una familia está obligado a hacer sacrificios, a imponer una disciplina a

sus deseos, a practicar el amor y la paciencia. Podemos pecar menos, pero al final tenemos

menos mérito.

–Yo estoy muy vacío –dijo Blaise Meredith–. No tengo culpas de qué arrepentirme ni bien

con el que pueda contar. Nunca he tenido que combatir. Ni siquiera puedo exhibir

cicatrices.

El Cardenal se apoyó en el respaldo del sillón, jugando con la gran piedra amarilla de su

anillo episcopal. En la habitación no se oía más ruido que el suave tic-tac de un reloj de

bronce sobre la repisa de mármol. Después de un rato, dijo pensativo:

–Puedo dejarlo en libertad inmediatamente si así lo quiere. Puedo asegurarle una pensión

de los fondos de la Congregación. Usted llevaría una vida tranquila...

Blaise Meredith movió la cabeza.

–Es mucha bondad, Eminencia, pero no tengo talento para la contemplación y preferiría

seguir trabajando.

–Un día tendrá que parar. ¿Qué hará entonces?

–Me iré a un hospital. Tengo entendido que sufriré mucho. Entonces... –extendió las

manos en un gesto de derrota–. Finita la commedia. Si no fuera pedir demasiado, quisiera

que me enterraran en la iglesia de Su Eminencia.

A su pesar, Marotta se conmovió por el coraje austero de ese hombre. Estaba cansado y

enfermo. Le faltaba aún lo peor de su calvario: no obstante, se dirigía a su encuentro con

una desolada dignidad típicamente inglesa. Antes de que el Cardenal tuviera tiempo de

contestarle, Meredith continuó:

–Todo esto se basa en la suposición de que Su Eminencia quiera ocuparme. Yo... Yo temo

no poder asegurarle un buen servicio.

15

–Usted siempre se ha desempeñado mejor de lo que cree, amigo mío –le dijo suavemente

Marotta–. Siempre ha dado más de lo que ha prometido. Además, hay un asunto en el que

puede serme de gran ayuda, y quién sabe... –Hizo una pausa como si lo hubiera

sorprendido una idea ulterior extraña–. Quién sabe si también pueda ayudarlo a usted.

En seguida, sin esperar respuesta, le expuso la petición del Obispo de Valenta, y su

necesidad de encontrar un Abogado del Diablo para la causa de beatificación de Giacomo

Nerone.

Meredith escuchó, concentrándose como un abogado en los detalles de un nuevo escrito.

Parecía que se apoderaba de él una vida nueva. Los ojos le brillaron, se enderezó en la silla

y un tinte suave animó sus mejillas marchitas.

Eugenio Marotta le observó, pero no hizo comentarios. Cuando terminó de esbozarle la

situación, le preguntó:

–Bien, ¿qué piensa de ello?

–Es una indiscreción –dijo Meredith con voz tajante–. Es un ardid político y desconfío de

él.

–Todo es política en la Iglesia –le recordó blandamente Marotta–. El hombre es un animal

político que tiene un alma inmortal. Usted no puede dividirlo, como tampoco puede dividir

a la Iglesia en funciones separadas y no relacionadas. Todo lo que hace la Iglesia se orienta

a dar carácter espiritual a un desarrollo material. Si designamos a un santo como patrono

de la televisión, ¿qué significa? Un símbolo nuevo de una verdad antigua: que toda

actividad legal puede conducir al bien o puede ser llevada al mal.

–El exceso de símbolos puede nublar el rostro de la realidad –dijo secamente Blaise

Meredith–. El exceso de santos puede desprestigiar la santidad. Siempre he pensado que

nuestra función en la Congregación de Ritos no es colocarlos en el Calendario, sino

mantenerlos afuera.

El Cardenal asintió.

–Eso es verdadero en un sentido. Pero en este caso, como en todos, el primer movimiento

no ha partido de nosotros. Lo inicia el obispo en su propia diócesis. Sólo después nos

pasarán los documentos. Carecemos de autoridad directa para prohibir la investigación.

–Podríamos desaconsejarla.

–¿Sobre qué base?

–La discreción. El momento es malo. Estamos en vísperas de elecciones. Giacomo Nerone

fue asesinado por guerrilleros comunistas en el último año de la guerra. ¿Qué pretendemos

hacer? ¿Utilizarlo para ganar un asiento en provincia o como un ejemplo de caridad

heroica?

Los labios rojos del Cardenal se contrajeron con una sonrisa irónica.

–Me imagino que a nuestro hermano obispo le gustaría obtener el doble efecto. Y hasta

cierto punto es probable que lo consiga. Se pretende que ha habido milagros.

Aparentemente ha brotado entre el pueblo un culto espontáneo. Ambas cosas deben ser

investigadas judicialmente. La primera investigación está hecha y el veredicto se inclina a

la aprobación. La etapa inmediata sigue casi en forma automática... La introducción de la

causa para la beatificación en el propio tribunal del Obispo.

–Una vez que eso suceda, todos los diarios de Italia se apoderarán de la historia. Las

16

agencias de turismo organizarán giras extraoficiales. Los comerciantes locales comenzarán

a vocear desde los tejados. Usted no podrá evitarlo.

–Pero sí tal vez controlarlo. Es por eso por lo que he resuelto conceder a Su Señoría lo que

pretende. Por eso quiero que usted sea el Abogado del Diablo.

Blaise Meredith comprimió sus labios finos y exangües, meditando sobre el ofrecimiento.

Transcurrido un momento sacudió la cabeza.

–Estoy enfermo, Eminencia. No podría desempeñarme en forma satisfactoria.

–Permítame que yo juzgue –repuso Marotta con frío reproche–. Aparte de que, como ya le

dije, creo que puede ser una ayuda para usted.

–No comprendo.

El Cardenal echó atrás su sillón tallado de alto respaldo y se incorporó. Atravesó la sala

hasta la ventana y descorrió las gruesas cortinas para que el sol de la mañana inundara la

habitación, iluminando el escarlata y el oro y haciendo que los ricos diseños de la alfombra

adquirieran vida como las flores. Blaise Meredith parpadeó deslumbrado y se hizo sombra

con la mano. El Cardenal se quedó contemplando el jardín. Su rostro estaba oculto para

Meredith, pero cuando habló su voz traicionó su exquisita compasión.

–Lo que tengo que decirle, Monseñor, puede sonar presuntuoso. Yo no soy su confesor.

No puedo mirar dentro de su conciencia; pero creo que usted ha llegado a una crisis. Como

muchos de nosotros aquí en Roma, usted es un sacerdote profesional, un eclesiástico de

carrera. En eso no hay estigma. Ya es mucho ser un buen profesional. Aun en esta

profesión tan limitada, abundan los mediocres. Usted ha descubierto repentinamente que

eso no basta. Se encuentra desconcertado, intimidado. Sin embargo, no sabe qué hacer

para suplir la falta. Una parte del problema es que usted y yo, y otros como nosotros,

hemos estado alejados mucho tiempo de nuestro deber de pastores. Hemos perdido el

contacto con las personas que nos mantienen en contacto con Dios. Hemos reducido la fe a

un concepto intelectual, a un árido asentimiento de la voluntad, porque no la vimos actuar

en las vidas de la gente común. Hemos perdido la compasión y el temor reverente.

Trabajamos conforme a cánones, no de acuerdo con la caridad. Como todos los

administradores, creemos que el mundo se precipitaría al caos sin nosotros, que

soportamos sobre nuestros hombros hasta la misma Iglesia de Dios. No es verdad, pero

algunos de nosotros lo creemos hasta el día en que morimos. Usted es afortunado porque

siquiera en esta hora última ha sido acometido por el descontento... sí, hasta por la duda,

porque presiento que usted se encuentra ahora en el desierto de la tentación... Por eso creo

que esta investigación puede ayudarlo. Le sacará de Roma, le llevará a una de las regiones

más primitivas de Italia. Usted reconstituirá la vida de un hombre muerto, por el

testimonio de los que vivieron con él, los pobres, los ignorantes, los desposeídos. No

influye al final que ese hombre haya sido pecador o santo. Usted vivirá y hablará con gente

sencilla. Quién sabe si entre ellos acaso encuentre la curación de su enfermedad de

espíritu.

–¿Cuál es mi enfermedad, Eminencia?

El cansancio patético de la voz, el desolado desconcierto de la pregunta, movieron a

compasión al anciano eclesiástico. Se volvió y vio a Meredith encorvado en su silla, con el

rostro escondido entre las manos. Esperó un momento, pensando su respuesta, enseguida

17

se la dio, gravemente:

–En su vida no hay pasión, hijo mío. Usted no ha amado nunca a una mujer, no ha odiado

a un hombre, no ha compadecido a un niño. Usted ha estado retraído demasiado tiempo y

ahora es un extraño en la familia humana. Nada ha pedido ni ha dado nada. Nunca ha

conocido la dignidad de necesitar ni la gratitud por un sufrimiento compartido. Esta es su

enfermedad. Es la cruz que usted mismo ha fabricado para sus hombros. Ahí es donde

comienzan sus dudas y también sus temores, porque un hombre que no puede amar a sus

semejantes tampoco puede amar a Dios.

–¿Cómo se empieza a amar?

–Por necesidad –dijo Marotta con firmeza–. Por la necesidad de la carne y la necesidad del

espíritu. El hombre siente hambre del primer beso y reza su primera oración verdadera

cuando siente hambre del Paraíso perdido.

–Estoy tan cansado –dijo Blaise Meredith.

–Váyase a su casa y descanse –le aconsejó animadamente el Cardenal–. En la mañana

puede partir a Calabria. Preséntele sus credenciales al Obispo de Valenta y comience a

trabajar.

–Usted es un hombre duro, Eminencia.

–Todos los días mueren hombres –repuso brutalmente Eugenio Marotta–. Algunos se

condenan, algunos consiguen salvarse; pero el trabajo de la Iglesia continúa. Hijo mío,

¡váyase en paz y en el nombre de Dios!

A las once de la mañana siguiente Blaise Meredith partió de Roma a Calabria. Su equipaje

consistía en una pequeña maleta con ropa, un porta-documentos que contenía su breviario,

sus libretas de notas y una carta de presentación del prefecto de la Congregación de Ritos a

Su Señoría Ilustrísima el Obispo de Valenta. Le esperaba un viaje de diez horas y el tren

era caluroso, polvoriento y estaba repleto de calabreses que volvían de una peregrinación

organizada a la Ciudad Santa.

Los más pobres se amontonaban como rebaños en los vagones de segunda clase, mientras

las mujeres se diseminaban e invadían con sus personas y sus efectos los asientos y los

portaequipajes de los coches de primera. Meredith se encontró apretado entre una robusta

matrona en traje de seda y un eclesiástico de rostro moreno que masticaba ruidosamente

pastillas de menta. El asiento de enfrente estaba ocupado por un campesino, su mujer y

cuatro niños que chillaban como cigarras y se enredaban en los pies de todos. Las ventanas

estaban cerradas y el aire era acre y asfixiante.

Sacó su breviario y se dispuso con resuelta concentración a leer el oficio. Diez minutos

después de salir de la Estación Central de Roma, renunció a la empresa. El aire

contaminado le producía náuseas y la cabeza le palpitaba dolorosamente con el traqueteo

del tren y los chillidos de los niños. Trató de dormitar, pero la mujer obesa se movía

incómoda en su vestido estrecho y las ruidosas masticaciones del sacerdote le irritaban

hasta querer gritar. Derrotado y dispéptico, se desprendió con dificultad del asiento y se

fue al pasillo, donde se quedó de pie, apoyado contra el zócalo, contemplando el paisaje.

El campo estaba verde, con el primer esplendor primaveral. Las cicatrices de la erosión y

la labranza estaban cubiertas con pasto nuevo, el estuco de las fachadas de las casas había

18

sido lavado por las lluvias y blanqueado por el sol y hasta las ruinas de los acueductos de

las antiguas villas romanas estaban moteadas con musgo y malezas frescas que brotaban

entre las piedras envejecidas. El milagro cíclico del renacimiento era más vívido aquí que

en cualquier otro país del mundo. Ésta era una tierra cansada, despojada en forma ruinosa

durante siglos, con sus cerros erosionados, sus árboles cortados, sus ríos secos, su suelo

desangrado hasta ser convertido en polvo; sin embargo, cada año presentaba esa breve y

valiente exhibición de hojas, pasto y flores. Hasta en las montañas, en los espacios llanos,

demasiado pobres para criar cabras, quedaban aún débiles manchones verdes como un

recuerdo de la pasada fertilidad.

Si fuera posible dejar que la tierra descansara por un tiempo, pensó Meredith; si por medio

siglo se la evacuase de tribus proliferantes, podría restaurarse. Pero eso no sucedería

jamás. Las tribus seguirían multiplicándose mientras la tierra moría bajo sus pies,

lentamente, es verdad, pero demasiado rápido para que los técnicos y los agrónomos la

rehicieran.

El panorama fugitivo, bañado de sol, comenzó a fatigarle los ojos; miró a uno y otro lado

del pasillo a los que habían sido empujados de sus compartimientos por el humo del

cigarro, el salame rancio, el ajo, y el olor de los cuerpos sin bañar. Había un comerciante

napolitano que vestía pantalones tipo cañón de cocina y chaqueta corta y lucía un

resplandeciente anillo en su tosco dedo; un turista alemán con zapatos de suela gruesa y

una costosa Leica; un par de francesas de pechos planos; un estudiante estadounidense de

cabello rapado y rostro pecoso, y un par de novios provincianos tomados de la mano cerca

del retrete.

Los enamorados retuvieron la atención de Meredith. El muchacho era un campesino del

sur, moreno como un árabe, de ojos centelleantes y manos expresivas. Sus pantalones

delgados de algodón se le adherían a los muslos y la camiseta se le pegaba al pecho de

manera que su compacta virilidad quedaba en sugestiva evidencia. La muchacha era baja y

tan morena como él, de cintura y tobillos gruesos, pero sus pechos eran abultados y firmes

y estaban oprimidos por el corpiño escotado de su vestido. Se miraban a través del angosto

pasillo; sus manos entrelazadas formaban una barrera contra terceros, sus ojos estaban

ciegos para lo que no fuera ellos mismos, sus cuerpos se relajaban y mecían al ritmo del

tren. Su pasión era evidente, pero no daba la impresión de urgencia.

El muchacho tenía arrestos de gallo y, sin embargo, manifestaba confianza en su posesión.

Ella estaba satisfecha de él y de sí misma, en la pequeña eternidad privada del amor joven.

Mirándolos, Blaise Meredith sintió una vaga nostalgia por un pasado que nunca le había

pertenecido. ¿Qué sabía él del amor sino una definición teológica y una culpa mascullada

en el confesionario? ¿Qué significado tenía un consejo frente a esta comunión franca y

erótica, que por divina dispensación era el comienzo de la vida y la garantía de la

continuidad humana? Pronto, acaso esa misma noche, esos dos yacerían juntos en la

pequeña muerte de la que brotaría una vida nueva, un nuevo cuerpo, una nueva alma. Pero

Blaise Meredith dormiría solo, con todos los misterios del universo reducidos a un

silogismo escolástico dentro de su cráneo. ¿Quién estaba en lo cierto, él o ellos? ¿Quién se

acercaba más a las perfecciones del divino designio? Sólo había una respuesta, Eugenio

Marotta tenía razón. Él se había retirado de la familia humana. Esos dos se precipitaban

19

adelante para renovarla y perpetuarla.

Comenzaron a arderle las sienes; le dolía la espalda. Y el estúpido dolor se fijó de nuevo

en su estómago. Tendría que sentarse y descansar un rato. Cuando volvió a su asiento

encontró al clérigo calabrés lanzado en un sermón grandilocuente:

–... Un hombre asombroso el Santo Padre. Un santo por derecho propio. Estuve muy cerca

de él en San Pedro. Si hubiera estirado la mano habría podido tocarlo. Se sentía el poder

que emanaba de él. Maravilloso... ¡maravilloso...! Deberíamos dar gracias a Dios todos los

días de la vida por el privilegio de que hemos disfrutado en esta peregrinación.

Una oleada de menta atravesó el compartimiento. Blaise Meredith cerró los ojos y oró

suplicando una tregua, pero la voz gruesa del calabrés siguió retumbando:

–...Haber ido a Roma, haber pisado las huellas de los mártires y habernos arrodillado en la

tumba de Pedro, ¿qué otra experiencia puede igualar a ésta? Ahí se ve a la Iglesia como

realmente es, un ejército de sacerdotes, monjes y religiosas que se preparan a conquistar el

mundo para Cristo...

«Si de esa manera lo conquistamos –pensó Blaise Meredith con irritación–, que Dios tenga

piedad del mundo. Ese tipo de mascarada nunca ha hecho bien a nadie. Este individuo

habla como un vendedor ambulante. Ojalá se calle y reflexione un poco.»

Pero el calabrés estaba embarcado y la presencia de un hermano eclesiástico le estimulaba

a mayores esfuerzos.

–Tienen razón cuando llaman a Roma la Ciudad Santa. El espíritu del gran Pontífice vigila

sobre ella noche y día. Pero tomen nota, no todos los santos de la Iglesia están en Roma.

¡No! Hasta en nuestra pequeña provincia tenemos un santo, no oficialmente, pero real. ¡Sí!

Muy real.

Blaise Meredith se puso instantáneamente alerta. Su irritación se desvaneció y aguardó

atentamente el resto.

–Ya está abierta la causa de su beatificación. Giacomo Nerone. ¿Quizás ustedes hayan

oído hablar de él? ¿No? Es una historia extraña y maravillosa. Nadie sabe de dónde vino,

pero un día apareció en el pueblo, como un hombre enviado por Dios. Construyó con sus

manos una pequeña ermita y se entregó a la oración y a las buenas obras. Cuando los

comunistas se apoderaron del pueblo después de la guerra, le asesinaron. Murió como

mártir en defensa de la fe. Y desde su muerte, en su tumba se ha realizado un milagro tras

otro. Los enfermos sanan; los pecadores hacen penitencia; señales seguras del favor del

Todopoderoso.

Blaise Meredith abrió los ojos y preguntó inocentemente:

–¿Lo conoció usted, padre?

El calabrés le dio una ojeada rápida y suspicaz.

–¿Si le conocí? Bueno, personalmente no. Aunque, por supuesto, sé mucho sobre él. Yo

soy de Cosenza. La diócesis contigua.

–Gracias –dijo Blaise Meredith cortésmente y volvió a cerrar los ojos.

El calabrés se acomodó nervioso en el asiento y luego se incorporó para ir al retrete.

Meredith aprovechó su ausencia para estirar las piernas y aliviar su dolorida cabeza contra

el cojín del respaldo. No sentía remordimientos por lo que había hecho. Ahora más que

nunca le disgustaba ese tipo de música celestial. Era una especie de jerga eclesiástica, una

20

retórica corrompida que nada explicaba y que desacreditaba a la verdad. Se salía por la

tangente y no contestaba ninguna pregunta. Reducía la estructura maciza de razón y

revelación en que se funda la Iglesia a un conjuro ritual, sin fortuna, sin fruto y

esencialmente falso. Piedad de pastilla de menta. Sólo engañaba al hombre que la vendía.

No satisfacía a nadie fuera de las viejas y las niñas cloróticas; pero florecía con suma

lozanía donde la Iglesia estaba más firmemente atrincherada en el orden establecido. Era el

signo del advenimiento, de la transacción, de la relajación en el clero, al que resultaba más

fácil predicar la devoción que afrontar los problemas morales y sociales de su tiempo.

Encubría la fatuidad y la falta de educación. Dejaba a las personas desnudas y desarmadas

ante los misterios aterradores: dolor, pasión, muerte, el gran ¿quién vive en el más allá?

El calabrés moreno volvió abotonándose la sotana y decidido a restablecer su posición ante

su auditorio y el Monseñor de afiladas mandíbulas. Se sentó, se sonó con estrépito y dio

unos golpecitos confidenciales en las rodillas de Meredith.

–¿Usted es de Roma, Monseñor?

–Sí, de Roma. –Molestó a Meredith la intromisión en su reposo y su tono fue terco, pero el

calabrés era duro de cabeza y ciego ante los obstáculos.

–Pero, usted no es italiano.

–No. Soy inglés.

–¡Ah! ¿Visitante del Vaticano? ¿Peregrino?

–Trabajo allí –dijo Meredith con frialdad.

El calabrés le sonrió fraternalmente exhibiendo una dentadura cariada.

–Usted es muy afortunado, Monseñor. Tiene oportunidades de las que carecemos los

campesinos pobres. Nosotros trabajamos las tierras pedregosas, mientras que usted cultiva

las praderas exuberantes de la Ciudad de los Santos.

–Yo no cultivo nada –le dijo secamente Meredith–. Soy funcionario de la Congregación de

Ritos, y Roma no es más ciudad de santos que París o Berlín. Es un sitio que se mantiene

en relativo orden porque el Papa insiste en reclamar los derechos que le da el Concordato

para preservar su carácter sagrado como centro de la Cristiandad. Eso es todo.

El calabrés era astuto como un tejón. Se desentendió de la repulsa y tomó al vuelo el nuevo

tópico que le presentaban.

–Usted me interesa mucho, Monseñor. Por supuesto, usted vive en un mundo mucho más

grande que el mío. Tiene mucha más experiencia, pero yo he sostenido siempre que la vida

sencilla del campo conduce más a la santidad que la agitación mundana de una gran urbe.

Usted trabaja en la Congregación de Ritos. Posiblemente tiene relación con las causas de

beatificación. ¿Es así?

Meredith había caído en la trampa y lo sabía. Se vería forzado a conversar. Le ahorraría

tiempo y energía someterse desde luego, y tratar de cambiar de asiento en Formio o

Nápoles. Contestó con sequedad:

–Toda mi experiencia es que los santos se encuentran en los sitios más imprevistos, en los

tiempos menos favorables.

–¡Exactamente! Esto es lo que me ha interesado tanto acerca de nuestro propio siervo de

Dios, Giacomo Nerone. ¿Conoce usted el sitio en que él vivió, Gemelli de¡ Monti?

–Nunca he estado allí.

21

–¿Pero usted sabe lo que significa el nombre?

–Quiere decir, supongo... gemelos de las montañas.

–Precisamente. Pueblos gemelos ubicados en los cuernos de un monte en una de las

regiones más desoladas de Calabria, Gemello Minore, el pueblo chico, Gemello Maggiore,

el más grande. Distan unos sesenta kilómetros de Valenta, y el camino es una pesadilla.

Los pobladores son los más pobres y alicaídos de nuestra provincia. Lo eran, por lo menos,

hasta que comenzó a extenderse la fama del siervo de Dios.

–¿Y entonces? –A su pesar, Meredith sintió que su interés se despertaba.

–¡Ah! Entonces... –Una mano regordeta se alzó con gesto de predicador–. Entonces

sucedió algo extraño. Giacomo Nerone había vivido y trabajado en Gemello Minore. En

ese pueblo fue traicionado y asesinado. Su cuerpo fue llevado en secreto a una gruta vecina

de Gemello Maggiore, donde le enterraron. Desde entonces Gemello Minore se ha seguido

hundiendo en la ruina y la pobreza, mientras que Gemello Maggiore prospera cada día

más. Tiene una iglesia nueva, un hospital, una posada para turistas y peregrinos. Es como

si Dios estuviera castigando a los traidores y premiara a los que protegieron el cuerpo del

siervo de Dios. ¿No cree usted lo mismo?

–La proposición me parece dudosa –repuso Meredith con ligera ironía–. No siempre es la

prosperidad una señal del favor divino. Podría ser el resultado de una propaganda sagaz

del alcalde y los pobladores; hasta del párroco. Ya han sucedido cosas como ésas.

El calabrés enrojeció de ira ante la imputación y estalló en un desmentido apasionado.

–Usted supone demasiado, Monseñor. Este asunto ha sido estudiado por hombres sabios y

piadosos, por hombres que comprenden a nuestro pueblo. ¿Se coloca usted en oposición a

ellos?

–Yo no estoy en oposición a nadie –dijo Meredith mansamente–. Me limito a desaprobar

el juicio precipitado y la doctrina dudosa. No es el veredicto popular el que hace santos,

sino la decisión canónica. Por eso voy a Calabria, para actuar como Promotor de la Fe en

la causa de Giacomo Nerone. Si usted tiene alguna prueba de primera mano que presentar,

y la presenta en la debida forma, me será muy grato recibirla.

El sacerdote le miró un momento con la boca abierta; después su seguridad se derrumbó en

excusas masculladas, que fueron felizmente interrumpidas por la llegada a Formio.

El tren que seguía al norte tardaría veinte minutos y Blaise Meredith aprovechó la

oportunidad para estirar las piernas. Tuvo el pudor de avergonzarse de sí mismo.

¿Qué había ganado con esa victoria dialéctica barata contra un clérigo de campo? El

calabrés era un pelmazo, y lo que es peor, un pelmazo piadoso, pero Blaise Meredith era

un intelectual dispéptico sin caridad. Nada había ganado y nada había dado, y dejó

perderse la primera oportunidad de conocer algo sobre el hombre cuya vida debía

investigar.

Mientras recorría el andén bañado de sol y observaba a los pasajeros que se apretaban en

torno del vendedor de bebidas, se preguntó por centésima vez qué era lo que le impedía

dialogar normalmente con sus semejantes. Él sabía que otros sacerdotes experimentaban

un placer intenso al escuchar el dialecto crudo y sabroso de la conversación de los

campesinos. Descubrían perlas de sabiduría y experiencia en la mesa de una finca o

bebiendo una copa de vino en la cocina de un obrero. Hablaban con la misma familiaridad

22

con las prostitutas deslenguadas de Trastevere que con los remilgados señores de Parioli.

Gustaban lo mismo del humor procaz de la pescadería que de la agudeza del comedor de

un cardenal. Además, eran buenos sacerdotes y hacían mucho por su pueblo, con singular

satisfacción para ellos mismos. ¿Cuál era la diferencia entre él y ellos? La pasión, según le

dijera Marotta. La capacidad de amar y de desear, de sentir el dolor ajeno, de participar en

la alegría de los demás. Cristo comió y bebió vino con publicanos y mozas de taberna,

pero Monseñor Meredith, su seguidor profesional, había vivido solitario entre los tomos

polvorientos de la biblioteca del Palacio de las Congregaciones. Y ahora, en ese último año

de su vida, seguía solo, mientras una pequeña muerte gris crecía en su vientre, sin tener un

alma en el mundo que le hiciera compañía.

El jefe de estación tocó su silbato y Meredith subió al tren, para hacer traspirando el largo

y húmedo viaje: Nápoles, Nocera, Salerno, Eboli, Cassano, Cosenza y, avanzada la tarde,

Valenta, donde el Obispo le aguardaba para darle la bienvenida.

Aurelio, Obispo de Valenta, fue una sorpresa en muchos sentidos. Era un hombre alto,

delgado y vigoroso, que todavía no había cumplido los cincuenta años. Llevaba el pelo gris

oscuro meticulosamente peinado y sus finas facciones aquilinas brillaban con inteligencia

y buen humor. Era tridentino, lo que parecía una elección extraña para una diócesis

meridional, y antes de su traslado había sido auxiliar en el Patriarcado de Venecia.

Aguardaba en la estación en su propio automóvil y en vez de dirigirse a la ciudad se

internó con Meredith unos doce kilómetros en el campo, hasta llegar a una hermosa villa,

construida entre huertos y olivos, desde la que se dominaba un valle donde un riachuelo

reflejaba débilmente la luz de la luna.

–Es un experimento –explicó, en un inglés claro y metálico–. Un experimento en

educación práctica. Este pueblo se imagina que el clero nace con sotana y que su único

talento es recitar Padrenuestros y Avemarías y mecer incensarios en la catedral. Yo nací en

el Norte. Mis coterráneos eran labradores montañeses y de los buenos. Compré esta

propiedad a un terrateniente, lleno de deudas hasta los ojos, y la estoy cultivando con

media docena de muchachos, a quienes trato de enseñar los rudimentos de la agricultura

moderna. Es una batalla, pero creo que la estoy ganando. También he hecho de esta

propiedad mi residencia oficial. La anterior era anticuada sin remedio... en el centro de la

ciudad, contigua a la catedral. Se la traspasé a mi Vicario General. Él pertenece a la

escuela antigua, ¡la ama!

Meredith se rió, contagiado con el humor infeccioso de ese hombre. El Obispo le lanzó

una mirada rápida y penetrante.

–¿Se sorprende, Monseñor?

–Agradablemente –dijo Blaise Meredith–. Esperaba algo completamente distinto.

–¿Barroco borbónico? ¿Terciopelo y brocado y querubines dorados con la pintura algo

descascarillada en el trasero?

–Sí, algo así.

El Obispo detuvo el automóvil frente al pórtico estucado de la villa y permaneció un

momento detrás del volante, contemplando la depresión del terreno donde la luna ponía un

toque de plata en las copas de los árboles.

23

–De eso, encontrará más de lo necesario aquí en el Sur... formalismo, feudalismo,

reacción, viejos que siguen las antiguas prácticas porque les parecen más seguras y no

están preparados para las nuevas. Miran la pobreza y la ignorancia como cruces que es

preciso soportar y no como injusticias por remediar. Creen que mientras más sacerdotes,

monjes y religiosas haya, es mejor para el mundo. Yo preferiría ver menos y mejores.

Preferiría tener menos iglesias y mucha más gente que concurriera a ellas.

–¿También menos santos? –le preguntó Meredith con socarronería.

El Obispo levantó la cabeza y prorrumpió en carcajadas.

–¡Gracias sean dadas a Dios porque existen los ingleses! En este momento nos haría

muchísimo bien un poco de escepticismo ultramontano. ¿Usted se pregunta por qué un

hombre como yo propulsa la causa de Giacomo Nerone?

–Francamente, sí.

–Dejémoslo para los postres –dijo sin rencor Su Señoría.

Un sirviente de chaqueta blanca abrió la puerta del coche y los hizo entrar en la casa.

–La comida estará servida dentro de media hora –dijo Su Señoría–. Confío en que usted

encuentre cómoda su habitación. Por la mañana podrá contemplar desde ella todo el valle y

ver lo que hemos hecho.

Se despidió y el sirviente condujo a Meredith al segundo piso, a una gran pieza de