El Abogado del Diablo por Morris West - muestra HTML

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huéspedes con puertas de vidrio que se abrían a un estrecho balcón. Meredith se

sorprendió con las líneas puras y modernas de los muebles, la fuerza ascética del crucifijo

de madera sobre el reclinatorio colocado en un rincón. Había una repisa con libros nuevos

en francés, italiano e inglés, y un ejemplar de la Imitación de Cristo sobre el velador. Una

puerta comunicaba el dormitorio con un cuarto de baño embaldosado, cuyos artefactos

estaban instalados en nichos. Su Señoría tenía instinto de constructor y buen gusto de

artista. También tenía sentido del humor, lo que es una virtud muy escasa en la Iglesia

italiana.

Mientras se bañaba y se mudaba de ropa, Meredith sintió que el cansancio y la frustración

del viaje se desprendían de él como una piel muerta. Hasta el dolor persistente de su

enfermedad pareció atenuarse y descubrió que esperaba con placer y curiosidad la comida

con Su Señoría.

Fue una cena sencilla: antipasto, zuppa di verdura, pollo asado, fruta de la comarca y un

queso campestre de sabor fuerte, todo exquisitamente cocinado y meticulosamente

servido; el vino era un Barolo de mucho cuerpo, procedente de viñedos del Norte. La

conversación que la acompañó fue más sutil: un ejercicio de esgrima entre expertos, en que

el Obispo dio las primeras estocadas de tanteo.

–Hasta su llegada, querido Meredith, me parecía que yo había cometido un error.

–¿Un error?

–En pedir ayuda a Roma. Eso involucra una concesión. ¿Ve usted? Cierto sacrificio de mi

autonomía.

–¿Tanto le costó a Su Señoría?

El Obispo asintió gravemente.

–Podría haberme costado. Los modernistas y los reformadores son siempre sospechosos,

en especial aquí en el Sur. Si tienen éxito, son un reproche para sus colegas más

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conservadores. Si fracasan, constituyen un ejemplo. Han querido hacer demasiado, con

excesiva rapidez. De modo que siempre he encontrado más prudente proceder de acuerdo

con mi criterio y reservarme mis propios asuntos, dejando que los críticos den el primer

paso.

–¿Tiene usted muchos críticos?

–Algunos. Los terratenientes no me tienen simpatía, y ellos hablan alto en Roma. El clero

me encuentra demasiado rígido en materia de moral, y demasiado indiferente para el ritual

y las tradiciones locales. Mi metropolitano es monárquico. Yo soy un socializante

moderado. Los políticos desconfían de mí, porque predico que el partido es menos

importante que el individuo que lo representa. Ellos hacen promesas. A mí me gusta ver

que las cumplan. Cuando no las cumplen, protesto.

–¿Y encuentra apoyo en Roma?

La fina boca de Su Señoría se relajo en una sonrisa.

–Usted conoce Roma mejor que yo, amigo mío. Esperan los resultados, y los resultados de

una política como la mía en una región como ésta pueden tardar diez años. Si tengo éxito,

muy bien. Si fracaso o si cometo el error mal indicado en el tiempo inoportuno, mueven

sabiamente la cabeza y dicen que hace tiempo que lo esperaban. De modo que prefiero

mantenerlos adivinando. Mientras menos sepan, más libre quedo yo.

–Entonces, ¿por qué le escribió al cardenal Marotta? ¿Por qué pidió sacerdotes romanos

para Postulador y Promotor de la Fe?

Su Señoría jugó con la copa de vino, haciendo girar el pie entre sus dedos largos y

sensitivos y observando la luz refractada a través del líquido rojo sobre el níveo mantel.

Dijo cuidadosamente:

–Porque éste es un terreno nuevo para mí. Comprendo la bondad, pero no estoy

familiarizado con la santidad. Creo en el misticismo, pero no tengo experiencia sobre los

místicos. Soy hombre del Norte, pragmático por naturaleza y por educación. Creo en los

milagros, pero nunca me imaginé que los harían en la puerta de mi casa. Por eso me dirigí

a la Congregación de Ritos. –Sonrió con ingenuidad–: Ustedes son los expertos en esas

materias.

–¿Fue ésta la única razón?

–Usted habla como un inquisidor –dijo burlón Su Señoría–. ¿Qué otra razón podría haber?

–La política –replicó Meredith secamente–. Política de elecciones.

Para sorpresa suya, el Obispo echó la cabeza atrás y lanzó una carcajada.

–De modo que esas tenemos. Yo me sorprendí de que Su Eminencia se mostrara tan

amable. Me pregunté por qué habría enviado un inglés en vez de un barnabita de cara

larga. ¡Qué habilidad la suya! Pero temo que se ha equivocado.

La risa se extinguió de pronto en sus labios y volvió a ponerse serio. Dejó la copa en la

mesa y extendió las manos con elocuente gesto explicativo.

–Está completamente equivocado, Meredith. Eso es lo que sucede en Roma. Los estúpidos

se ponen más estúpidos y los hábiles como Marotta se agudizan demasiado para el bien de

los demás. Hay dos razones por las que me interesa este caso. La primera es sencilla y

oficial. Es un culto que no está autorizado. Tengo que investigarlo para que se le apruebe o

se le condene. La segunda no es tan sencilla y los oficialistas no la comprenderían.

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–Marotta podría comprenderla –dijo Meredith con serenidad–, y yo también.

–¿Y por qué serían diferentes ustedes dos?

–Porque Marotta es un humanista viejo y sabio, y porque yo voy a morir de un carcinoma

dentro de doce meses.

Aurelio, obispo de Valenta, se apoyó en el respaldo de su silla y estudió el rostro pálido y

contraído de su visitante. Tras una larga pausa dijo con suavidad:

–He estado meditando sobre usted. Comienzo a comprenderlo. Muy bien. Trataré de

explicarlo. Un hombre que está a la sombra de la muerte no debe escandalizarse, ni aún de

un obispo. Yo creo que la Iglesia de este país necesita una reforma drástica. Pienso que

tenemos demasiados santos y no suficiente santidad, demasiados cultos y no bastante

catecismo, demasiadas medallas e insuficientes medicinas, demasiadas iglesias y escasez

de escuelas. Tenemos tres millones de desocupados y tres millones de mujeres que viven

de la prostitución. Controlamos el Estado a través del Partido Demócrata-Cristiano y del

banco del Vaticano; toleramos, no obstante, una dicotomía que da prosperidad a la mitad

del país y deja que la otra mitad se pudra en la miseria. Nuestro clero es subeducado e

inseguro, pero vilipendiamos a los anticlericales y a los comunistas. Un árbol se conoce

por sus frutos, y creo que es mejor proclamar una nueva distribución de justicia social que

un nuevo atributo de la Virgen. Lo primero es una aplicación necesaria de un principio

moral, lo segundo es simplemente una definición de una creencia tradicional. Nosotros, los

del clero, somos más celosos de los derechos que nos da el Concordato que de los

derechos de nuestro pueblo según la ley natural y la divina... ¿Le escandaliza, Monseñor?

–Me alienta –dijo Blaise Meredith–. Pero ¿por qué quiere un nuevo santo?

–No lo quiero –repuso el Obispo con énfasis–. Estoy comprometido en el caso, pero ansío

de todo corazón que fracase. El alcalde de Gemello Maggiore ha recolectado quince

millones de liras para encaminar la causa, pero yo no puedo obtener de él mil liras para un

orfanato diocesano. Si Giacomo Nerone es beatificado, querrán una iglesia para albergarlo,

y yo quiero monjas enfermeras y un consejo agrícola y veinte mil árboles frutales de

California.

–Entonces, ¿para qué pidió ayuda a Su Eminencia?

–Es uno de los principios que imperan en Roma, mi querido Meredith. Siempre se

consigue lo contrario de lo que se pide.

Blaise Meredith no se sonrió. En su mente se estaba plasmando un pensamiento nuevo y

perturbador. Se detuvo un rato, buscando palabras con qué expresarlo.

–Pero ¿si el caso se comprueba? ¿Si Giacomo Nerone es realmente un santo y un operador

de prodigios?

–Como le dije, soy pragmático –replicó Su Señoría con humor malicioso–. Esperaré los

hechos. ¿Cuándo quiere usted comenzar a trabajar?

–Inmediatamente –dijo Meredith–. Estoy viviendo de tiempo prestado. Me gustaría pasar

algunos días estudiando la documentación. Después me trasladaré a Gemelli de¡ Monti

para empezar a tomar las declaraciones.

–Haré que lleven los registros a su habitación mañana temprano. Espero que considere esta

casa como la propia y a mí como su amigo.

–Agradezco a Su Señoría mucho más de lo que puedo decirle.

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–No hay nada que agradecer –dijo el Obispo excusándose con una sonrisa–. Yo disfrutaré

de su compañía. Presiento que tenemos mucho en común. ¡Ah...!, me falta darle un

pequeño consejo.

–Lo escucho.

–Mi opinión personal es que usted no descubrirá la verdad sobre Giacomo Nerone en

Gemello Maggiore. Ahí le veneran. Obtienen utilidades con su memoria. En Gemello

Minore la historia es muy diferente, siempre que consiga que se la cuenten. Hasta ahora

ninguno de los que dependen de mí ha tenido éxito.

–¿Existe alguna razón?

–Es mejor que usted mismo averigüe las razones, amigo mío. Como ha visto, yo tengo

algunos prejuicios. –Echó atrás la silla y se puso de pie–. Retirémonos, usted debe estar

cansado. Le sugiero que se levante tarde. Haré que le lleven el desayuno a su habitación.

La cortesía patricia de ese hombre conmovió a Blaise Meredith. Aunque era parco en

confidencias y celoso de su propia intimidad, dijo humildemente:

–Estoy enfermo, Señoría. De pronto me he encontrado muy solo. Usted ha hecho que me

sienta en mi casa. Gracias.

–Somos hermanos en una gran familia –dijo con suavidad el obispo–, pero como somos

solterones nos volvemos egoístas y raros. Me alegro de poderle servir. Buenas noches y

que sus sueños sean apacibles.

Solo en la gran pieza de huéspedes, con la luz de la luna penetrando como un río por la

ventana abierta, Blaise Meredith se preparó para otra noche. Su curso ya le era familiar,

pero no por ello menos aterrador. Se quedaría en vela hasta medianoche, y en seguida

vendría el sueño, inquieto y liviano. Antes de que los gallos cantaran a la falsa aurora él se

incorporaría violentamente, con el estómago contraído de dolor y la boca llena del sabor

agrio de la bilis y la sangre. Se arrastraría hasta el lavabo, débil y agitado por las náuseas,

ahí se tomaría un calmante y volvería a la cama. Inmediatamente antes de amanecer

volvería a dormir, una hora, dos a lo sumo, no lo suficiente para descansar, pero sí para

que la corriente de vida perezosa y declinante siguiera fluyendo por sus arterias.

Era un compuesto extraño de terrores: el miedo a la muerte, la vergüenza de la disolución

lenta, la soledad ultraterrena del creyente en presencia de un Dios sin rostro en quien sin

haberlo visto cree, pero al que pronto conocerá sin velos, espléndido en el Juicio. No podía

escapar a los terrores con el sueño ni podía exorcizarlos con la oración, porque la oración

se había convertido en un acto árido de la voluntad que no podía ni ahogar su dolor ni

aplicarle un bálsamo.

Esa noche, a pesar de la fatiga, trató de retardar el purgatorio. Se desvistió, se puso pijama,

zapatillas y bata y salió al balcón.

La luna, alta sobre el valle, parecía un barco de plata antigua, plácido en un mar luminoso.

Los naranjales tenían un resplandor frío y las hojas de los olivos brillaban como puntas de

dagas emergiendo de una masa retorcida de sombras. El agua reposaba debajo llena de

estrellas, tras una barricada de troncos y rip¡o amontonado, mientras los brazos de los

cerros lo circundaban todo como un contrafuerte, excluyendo el caos de los siglos.

Blaise Meredith lo contempló y lo encontró bueno. Bueno en sí mismo, bueno en el

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hombre que lo había hecho. El hombre no vive sólo de pan, pero no puede vivir sin pan.

Los antiguos monjes tuvieron la misma idea. Hincaban la Cruz en medio de un desierto y

en seguida plantaban maíz y árboles frutales, de manera que el símbolo estéril floreciera en

una verde realidad. Ellos sabían mejor que muchos, que el hombre es una criatura de carne

y espíritu, pero que el espíritu no puede funcionar sino dentro y a través de la carne.

Cuando el cuerpo está enfermo, la responsabilidad moral del hombre se reduce. El hombre

es una caña pensante, pero la caña tiene que estar firmemente anclada en tierra negra,

regada en las raíces, calentada por el sol.

Aurelio, Obispo de Valenta, era un pragmático, pero un pragmático cristiano. Era el

heredero de la tradición más antigua y ortodoxa de la Iglesia; la tierra y el pasto y el

animal eran producto del mismo acto creador que había formado a un hombre. Eran

buenos en sí mismos, perfectos en su naturaleza y en las leyes que gobiernan su

crecimiento y su decadencia. Sólo el mal uso del hombre podía rebajarlos a instrumentos

del mal. Por consiguiente, plantar un árbol era un acto piadoso. Hacer que la tierra yerma

floreciera era participar en el acto de la creación. Enseñar a otros hombres estas cosas era

asociarlos, también, a un plan divino... Sin embargo, Aurelio, Obispo de Valenta, resultaba

sospechoso para muchos de sus propios colegas.

Éste era el misterio de la Iglesia: que pudiera mantener en unidad orgánica a humanistas

como Marotta, formalistas como Blaise Meredith y tontos como el calabrés; reformadores

rebeldes y conformistas puritanos; Papas políticos y monjas enfermeras; sacerdotes

mundanos y anticlericales devotos. Exigía una aceptación inflexible de la doctrina definida

y permitía una divergencia extraordinaria de disciplina.

Imponía la pobreza a sus religiosos y jugaba en los mercados de valores del mundo a

través del Banco del Vaticano. Predicaba el desprendimiento del mundo, y acumulaba

propiedades como cualquier compañía pública. Perdonaba a los adúlteros y excomulgaba a

los herejes. Era áspera con sus propios reformadores y, no obstante, firmaba concordatos

con los que habían querido destruirla. Era la comunidad más dura del mundo para vivir en

ella, y Papa, cardenal o lavandera aceptaban con gratitud el viático del más humilde de los

sacerdotes rurales.

Era un misterio y una paradoja, y Blaise Meredith se hallaba más lejos de comprenderlo,

más lejos de aceptarlo, de lo que había estado en veinte años. Esto era lo que lo perturbaba.

Cuando estaba sano, su mente aceptaba naturalmente la idea de una intervención divina en

los asuntos humanos. Ahora que la vida se le escapaba lentamente, se aferraba desesperado

de la más simple manifestación de continuidad física: un árbol, una flor, el agua tranquila

del lago bajo una eterna luz de luna.

Una brisa débil agitó el valle, haciendo chasquear las hojas vigorosas y ondular las

estrellas en el agua. Meredith tiritó con el frío, entró en la habitación y cerró las vidrieras.

Se arrodilló en el reclinatorio bajo la figura de madera del Cristo y comenzó a rezar:

Pater Noster qui es ¡n Caelis...

Pero el cielo, si existía cielo, se le cerraba, y no hubo respuesta del Padre sin rostro a su

hijo moribundo.

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CAPÍTULO III

De pie en el umbral de su casa, el doctor Aldo Meyer observaba el perezoso despertar del

pueblo a un nuevo día.

Primero, la vieja Nonna Pattuci abrió su puerta, atisbó de un extremo a otro la calle

empedrada, la atravesó trotando y vació su jofaina por encima de la tapia de los viñedos de

la terraza. Después, furtiva como una bruja, volvió a entrar y cerró la puerta con estrépito.

Como si hubiera sido una señal, Felici, el zapatero, salió en camiseta, pantalones y zuecos,

bostezando y rascándose las axilas, a mirar la luz del sol en el techo del hospital nuevo de

Gemello Maggiore, a tres kilómetros de distancia en el lado opuesto del valle. Al cabo de

un minuto de contemplación, tosió ruidosamente, escupió en el suelo y empezó a retirar las

barras de sus postigos.

En seguida se abrió la puerta de la casa parroquial y salió balanceándose Rosa Benzoni,

gorda e informe en su vestido negro, para sacar agua de la cisterna. Apenas ella hubo

partido, se abrió la ventana de los altos y se asomó la cabeza canosa y enmarañada del

padre Anselmo, explorando como una tortuga que realiza su primera investigación

cautelosa del día.

Siguió Martino, el herrero, moreno como una castaña, rechoncho y con el pecho como un

barril, abrió la puerta de su cobertizo y puso la fragua en marcha. Cuando resonaron en el

yunque los primeros martillazos se agitó el pueblo entero, las mujeres vaciaron las aguas

sucias; las muchachas, con las piernas descubiertas, se dirigieron a la cisterna llevando

sobre la cabeza verdes botellones, los niños semidesnudos orinaron contra la tapia del

camino, y los primeros labriegos, con las chaquetas andrajosas echadas sobre un hombro y

el pan y las aceitunas envueltos en pañuelos de algodón, se encaminaron a las terrazas de

cultivo y a los huertos.

Aldo Meyer lo observaba todo, sin curiosidad ni resentimiento, aun cuando a veces

pasaban frente a él desviando la mirada o hacían el conjuro contra el mal de ojo en

dirección de su puerta. La medida de su decepción era su indiferencia a la hostilidad y el

hecho de asirse como una bestia a los espectáculos y sonidos familiares: el golpeteo

rítmico del combo, el rodar de un carro arrastrado por un burro sobre las piedras, los gritos

de los niños y de las mujeres, las viñas y los olivares que se escalonaban en la ladera hacia

los campos del valle, las casas semiderruidas que salpicaban el camino hasta llegar a la

villa que coronaba la cumbre, el resplandor del sol naciente en el pueblo próspero del

monte contiguo, donde el santo obraba milagros para los turistas mientras María Rossi

yacía muerta de parto con su reliquia sobre el cuerpo deforme.

Él se prometía cada día liar sus bártulos y marcharse a un sitio nuevo, con un futuro nuevo,

y abandonar esa tribu desgraciada a su propia estupidez. Pero cada noche se desvanecía su

propósito y bebía hasta caer tumbado en el lecho. La molesta verdad era que no tenía

dónde ir ni futuro que edificar. Lo mejor de él estaba allí: fe, esperanza y caridad

prodigadas hasta el agotamiento, succionadas y malgastadas por una tierra estéril,

pisoteadas por un pueblo ignorante y mal agradecido.

A lo lejos en el valle escuchó el ruido atenuado de una motocicleta y, volviéndose en su

dirección, divisó una Vespa que llevaba un pasajero en el asiento trasero y saltaba sendero

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arriba entre una nube de polvo. El espectáculo era trivial, pero provocó en Aldo Meyer una

fría diversión. La Vespa y el automóvil de la condesa eran los únicos vehículos

motorizados en Gemello Minore. La Vespa había promovido un tumulto y un asombro que

continuaban desde hacía semanas. Su ocupante era un ser original, un pintor inglés

hospedado por la condesa que residía en la villa de la cumbre del Monte y que era dueña

de las tierras arables y de la mayor parte de Gemello Minore. El pintor se llamaba

Nicholas Black; su pasajero era un jovencito del pueblo, Paolo Sanduzzi, que le servía de

guía, de bestia de carga y de instructor en el dialecto y las costumbres locales.

Para los campesinos, el inglés era un matto, un loco que vagaba con un cuaderno de dibujo

o se quedaba durante horas sentado al sol pintando olivos y rocas derribadas y ángulos de

edificios en ruinas. Su ropaje era tan absurdo como sus costumbres: una camisa rojo

chillón, pantalones desvaídos de algodón, sandalias de cordel y un sombrero viejo bajo el

cual un rostro faunesco sonreían con una mueca al mundo que le rodeaba. Ni siquiera tenía

la excusa de la juventud –ya había cumplido treinta años– y cuando las mozas cesaron de

suspirar por él, los mayores empezaron a comentar crudamente su asociación con la

condesa, que vivía en solitario esplendor tras las verjas de su villa.

Aldo Meyer oía los rumores y los descartaba. Conocía demasiado a la condesa, y durante

el tiempo que pasara en Roma había encontrado muchos artistas y bastantes ingleses

parecidos a Nicholas Black. Más le preocupaba Paolo Sanduzzi, con su delgado cuerpo de

árabe, su rostro liso, de ojos brillantes y astutos, y su tiranía para con su excéntrico amo.

Le preocupaba más porque había traído al muchacho al mundo y sabía que su padre era

Giacomo Nerone, a quien la gente comenzaba a llamar santo…

La Vespa se detuvo en el extremo bajo del pueblo, el muchacho se apeó y Meyer le vio

bajar corriendo la ladera hacia la casa de su madre, una choza de piedra sin cantear

construida en el centro de un jardincillo y sombreada por un grupo de acebos. La Vespa se

puso en marcha con estrépito y un poco después se detuvo frente a la casa de Meyer. El

pintor se bajó con las piernas tiesas y alzó el brazo en un saludo teatral.

–¿ Come va, dottore? ¿Cómo andan las cosas esta mañana? Si tiene usted un cafetito me

vendría bien.

–Siempre hay café –dijo Meyer sonriendo–. ¿De qué otro modo podría afrontar la salida

del sol?

–¿Malestares de anoche? –preguntó el pintor con inocencia malévola.

Meyer se encogió de hombros y le precedió a través de la casa hasta un jardín pequeño

rodeado de murallas donde una higuera vieja servía de toldo contra el sol. Había una mesa

rústica cubierta con un mantel a cuadros y dispuesta con tazas y platos de cerámica de

Calabria. Una mujer estaba colocando sobre ella pan fresco, un trozo de queso blanco y

una fuente con frutas pequeñas de la comarca.

De acuerdo con la moda campesina, tenía desnudos los pies y las piernas, su vestido era de

algodón negro y llevaba atado a la cabeza un pañuelo también negro, ambos

meticulosamente limpios.

Tenía la espalda recta, los pechos altos y firmes, y su rostro era de puras líneas griegas,

como si algún antiguo colono de la costa se hubiera aventurado montaña adentro y en

unión con una mujer de las tribus hubiera iniciado esa nueva cepa híbrida. Podía tener

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treinta y seis años. Había tenido un hijo, pero no se había engrosado como las montañesas,

y su boca y sus ojos revelaban una curiosa serenidad. La vista del visitante le produjo un

ligero sobresalto y miró a Meyer en muda interrogación. Él guardó silencio, pero le indicó

que se fuera. Mientras ella volvía a la casa, el pintor la siguió con la mirada y se sonrió

como una cabra astuta.

–Usted me sorprende, doctor. ¿Dónde la encontró? Yo no la había visto aún.

–Es de aquí –dijo Meyer fríamente–. Tiene casa propia y es muy reservada. Viene todos

los días a limpiar y prepararme la comida.

–Me agradaría pintarla.

–No se lo aconsejo –le advirtió Meyer en tono cortante.

–¿Por qué no?

–Es la madre de Paolo Sanduzzi.

–¡Ah! –Black enrojeció y dejó el tema.

Se sentaron a la mesa y Meyer sirvió el café. Después de unos momentos de silencio,

Black habló con volubilidad y dramatismo.

–¡Traigo grandes noticias de Valenta, dottore! Ayer estuve allá a buscar telas y pinturas. El

lugar está agitadísimo con las novedades.

–¿De qué novedades se trata?

–Este santo de usted, Giacomo Nerone. Parece que le van a beatificar.

Meyer se encogió de hombros con indiferencia y sorbió el café.

–No es novedad. Hace un año que están hablando de eso.

–Pues yo le sostengo que lo es –el rostro faunesco se iluminó con humor sardónico–. Se

han dejado de habladurías y han comenzado un proceso judicial. Han puesto en circulación

las notificaciones; están clavadas en todas las iglesias llamando a las personas que puedan

presentar testimonio. El Obispo tiene un huésped, un Monseñor de Roma que ha sido

designado para iniciar la causa. Dentro de algunos días vendrá por aquí.

–¡Diablos! –Meyer dejó violentamente la taza en el platillo–. ¿Está seguro de lo que dice?

–Completamente seguro. Se corre por toda la ciudad. Yo mismo vi al personaje en el

automóvil de Su Señoría; es grisáceo y seco como una rata del Vaticano. Parece que es

inglés, de modo que tomé la iniciativa de invitarlo en nombre de la condesa a hospedarse

en su villa. Ella es piadosa y solitaria, como usted sabe –se rió y cogió la cafetera para

servirse otra taza–. Este lugar será famoso, dottore. Usted será famoso.

–Eso es lo que me temo –dijo Meyer sombríamente.

–¿Lo teme? –los ojos del pintor se encendieron con interés–. ¿Por qué lo teme? Usted ni

siquiera es católico. La cuestión no le incumbe.

–Usted no comprende –replicó irritado Meyer–. Usted no entiende nada.

–¡Por el contrario, hombre! –el artista accionó enfáticamente–. Por el contrario, lo

comprendo todo, Comprendo lo que usted ha tratado de hacer aquí y por qué ha fracasado.

Sé lo que está tratando de hacer la Iglesia, y por qué tendrá éxito, al menos por un tiempo.

Lo que ignoro, y me muero de ganas de verlo, es lo que sucederá cuando comience a

desenterrar la verdad sobre Giacomo Nerone. Yo pensaba marcharme la próxima semana,

pero ahora creo que me quedaré. Va a ser una comedia.

–En primer lugar, ¿por qué vino usted aquí? –la voz de Meyer tenía matices iracundos y

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Nicholas Black lo observó al instante. Se sonrió y agitó una mano en el aire.

–Es muy sencillo. Hice una exposición en Roma; tuve éxito, aunque ya estaba por terminar

la temporada. La condesa fue una de mis clientes. Compró tres telas. Después me invitó a

venir y a pintar por un tiempo. Así de sencillo.

–Nunca hay nada tan sencillo como lo que usted dice –repuso el doctor–. La condesa no es

una persona sencilla y usted tampoco. Lo que usted considera una comedia provinciana

puede convertirse en gran tragedia. Le aconsejo que no se mezcle.

El inglés se rió echando atrás la cabeza.

–Pero si ya estoy mezclado, mi querido doctor. Soy artista, soy observador y anotador de

la belleza y la locura de la humanidad. Imagínese lo que habría podido hacer Goya en una

situación como esta. Afortunadamente murió hace tiempo; ahora el turno es mío. Aquí hay

una galería completa de pinturas con el título listo: Beatificación, ¡por Nicholas Black!

Una exposición de un hombre solo sobre un solo tema. Un santo popular, los pecadores del

pueblo, y todo el clero, hasta el propio Obispo. ¿Qué piensa de ello?

Aldo Meyer se contempló el dorso de las manos, estudiando las manchas producidas por el

hígado, y la piel floja y áspera, que le decían más claro que con palabras cómo había

envejecido. Sin levantar la vista dijo:

–Pienso que usted es muy desgraciado, Nicholas Black. Usted busca algo que nunca va a

encontrar. Creo que debería irse, y pronto. Deje a la condesa. Deje a Paolo Sanduzzi.

Déjenos abordar nuestros problemas a nuestro modo. Usted no pertenece a este lugar.

Habla nuestro idioma pero no nos comprende.

–¡Claro que sí, doctor! –El bello rostro aguzado tuvo una expresión maligna–. Por cierto

que sí. Sé que todos ustedes han estado quince años escondiendo algo, y que ahora será

desenterrado. La Iglesia quiere un santo y ustedes quieren guardar un secreto que los

desacredita. ¿Es o no verdad?

–Es verdad a medias, lo que siempre es más que media mentira.

–Usted conoció a Giacomo Nerone, ¿no es cierto?

–Sí, le conocí.

–¿Era santo?

–No sé nada sobre santos –dijo gravemente Aldo Meyer–. Sólo conozco hombres.

–¿Y Nerone?

...–Era un hombre.

–¿Qué hay sobre los milagros?

–Nunca he presenciado un milagro.

–¿Cree en ellos?

–No.

Los brillantes ojos sardónicos se fijaron en el rostro descompuesto del médico.

–Entonces, querido doctor, ¿por qué tiene miedo de esta investigación?

Aldo Meyer echó atrás la silla y se incorporó. La sombra de la higuera le daba en el rostro,

ahondando sus mejillas demacradas y ocultando el dolor que delataban sus ojos. Contestó

después de un momento:

–¿Alguna vez ha sentido usted vergüenza de sí mismo, amigo?

–Nunca –dijo alegremente el pintor–; nunca en mi vida.

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–Eso es lo que le quiero decir –replicó el médico en voz baja–. Usted no puede

comprenderlo, pero le repito: debe irse, y rápidamente.

Por toda respuesta Black tuvo una sonrisa burlona mientras se disponía a despedirse. No se

dieron la mano ni Meyer hizo ademán de acompañarlo fuera del jardín. Cuando estaba a

mitad de camino hacia la casa, el pintor se detuvo y volvió atrás.

–Casi me olvido. Tengo un recado de la condesa para usted. Le espera mañana a cenar con

ella.

–Agradézcaselo –dijo secamente Meyer–. Será un placer. Hasta luego, amigo mío.

Ci vedremo, nos veremos pronto.

Y Nicholas Black se alejó. Su figura era delgada, ligeramente grotesca, demasiado ágil

para los años que se manifestaban ya en su rostro inteligente e infeliz. Aldo Meyer volvió

a sentarse a la mesa y miró sin ver el pan desmenuzado y el residuo barroso de café en las

tazas. Después de un rato, la mujer salió de la casa y le contempló con suavidad y

compasión en sus ojos serenos. Cuando él alzó la vista, le dijo brevemente:

–Puedes retirar la vajilla, Nina. Ella no hizo ademán de obedecerle, sino que le interrogó:

–¿Qué pretendía ese que parece un chivo?

–Traía noticias –dijo Meyer en dialecto para ponerse a nivel con la mujer–. Han

comenzado una nueva investigación sobre la vida de Giacomo Nerone. Ha venido un

sacerdote de Roma para asesorar al tribunal del Obispo. Vendrá acá pronto.

–¿Hará preguntas, como los otros?

–Más que los otros, Nina.

–Entonces tendrá la misma respuesta: ¡nada!

Meyer movió la cabeza, lentamente.

–Esta vez no, Nina. Las cosas han ido demasiado lejos. Roma se interesa. La prensa se

interesará. Es mejor que esta vez sepan la verdad.

Ella le miró sorprendida y escandalizada.

–Usted lo dice. ¡Usted!

Meyer confesó su derrota con un encogimiento de hombros y citó un viejo proverbio del

pueblo:

–¿Quién puede combatir al viento? ¿Quién puede ahogar los gritos del otro lado del valle?

Los han oído hasta ahora en Roma y este es el resultado. Digámosles lo que quieren y

terminemos de una vez. Es posible que entonces nos dejen en paz.

–Pero ¿por qué lo quieren? –en los ojos y la voz de la mujer había ira–. ¿Qué diferencia

habría? En vida le dieron toda clase de apodos; ahora quieren llamarlo beato. Es un

nombre más. Eso no cambia lo que él fue, un hombre bueno, mi hombre.

–No quieren un hombre, Nina –dijo Meyer con cansancio–. Quieren un santo de yeso con

una aureola dorada en la cabeza. La Iglesia lo desea porque le daría un nuevo asidero en el

pueblo, un nuevo culto, una nueva empresa de milagros para hacerle olvidar los dolores de

estómago. El pueblo lo desea porque podría arrodillarse a implorar en vez de arremangarse

la camisa y trabajar para obtenerlos, o pelear por ellos. Esa es la línea de la Iglesia, azúcar

para el vino agrio.

–Entonces, ¿por qué quiere que yo los ayude?

–Porque si les decimos la verdad, dejarán el caso a un lado. Tendrán que hacerlo. Giacomo

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fue un hombre notable, pero no era más santo que yo.

–¿Eso es lo que cree?

–¿Y tú, Nina?

La respuesta de la mujer fue para él como un golpe en pleno rostro.

–Yo sé que fue un santo –dijo suavemente–. Sé que hizo milagros, porque los vi.

Meyer se quedó con la boca abierta, y luego gritó:

–¡Por Dios, mujer! ¿Tú también? Él durmió contigo, te dio un bastardo, pero nunca se

casó. ¿Y puedes decirme que era un santo que hacía milagros? ¿Por qué no se lo dijiste a

los sacerdotes en la primera ocasión? ¿Por qué no te uniste a nuestro amigo del otro lado

del camino y vociferaste para que le beatificaran?

–Porque él no lo habría querido –dijo Nina Sanduzzi con calma–. Porque fue lo único que

me pidió: que nunca dijera lo que sabía sobre él.

Meyer se sintió vencido, pero aún le quedaba un arma y la esgrimió con furia.

–¿Qué contestarás, Nina, cuando te muestren a tu hijo y digan: Ése es el hijo de un santo, y

se ha convertido en feminella para el inglés?

El rostro clásico v sereno de la mujer no tuvo ni indicios de vergüenza al responder:

–¿Qué digo cuando me señalan con el dedo en la calle y murmuran: Ésa fue la querida de

un santo? Nada, ¡absolutamente nada! ¿Sabe usted por qué, dottore? Porque antes de

morir, Giacomo me hizo una promesa a cambio de la mía. «Suceda lo que suceda, cara,

cuidaré de ti y del niño. ¡Pueden matarme, pero no pueden impedirme que cuide de ustedes

desde ahora hasta la eternidad!» Yo le creí entonces y le creo ahora. El niño es imprudente,

pero aún no se ha perdido.

–Entonces se va a perder muy pronto –le dijo Meyer brutalmente–. Vete ahora a casa, por

amor de Dios, y déjame en paz.

Pero ni cuando ella hubo partido tuvo paz; y sabía que nunca la tendría mientras no

llegaran los inquisidores a desenterrar la verdad a plena luz.

La mañana no penetraba todavía en el dormitorio alto y barroco de la villa donde la

condesa Anne Louise de Sanctis descansaba detrás de rojos cortinajes. Ningún

presentimiento de trastornos traspasaba la niebla de los barbitúricos tras la cual soñaba.

Más tarde, mucho más tarde, entraría una sirvienta y descorrería las cortinas para dejar que

el sol se derramara en la gastada alfombra y el terciopelo envejecido y la pátina opaca del

nogal tallado. No llegaría al lecho, lo que constituía una delicadeza, porque por la mañana

la condesa era un espectáculo desagradable.

Ella despertaba más tarde, pálida, con la boca seca y los ojos hinchados, descontenta por la

llegada de un nuevo día exactamente igual al anterior. Despertaba, dormitaba, volvía a

despertar y sostenía entre sus labios descoloridos, de comisuras caídas, el primer cigarrillo

del día. Terminado el cigarrillo, tiraba del cordón de la campanilla y volvía la sirvienta,

sonriendo con adulación y llevándole una bandeja con el desayuno. Le molestaba a la

condesa comer sola; la sirvienta permanecía, pues, en la habitación, doblando las ropas

diseminadas, ordenando una muda fresca, afanándose en el cuarto de baño, mientras su

ama desgranaba un punzante comentario sobre la servidumbre y sus deficiencias.

Terminado el desayuno, la sirvienta se llevaba la bandeja y la condesa se fumaba otro

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cigarrillo antes de comenzar el íntimo ritual de su tocado. Era la ceremonia importante de

su día sin importancia, y la realizaba en estricto secreto.

Apagó el cigarrillo en el cenicero de plata, saltó de la cama, se dirigió a la puerta y la cerró

con llave. En seguida dio una vuelta por la habitación, deteniéndose en cada ventana y

observando las terrazas y los jardines para cerciorarse de que no había nadie cerca. En

cierta ocasión un jardinero curioso miró hacia la ventana y fue despedido por su

intromisión sacrílega en los misterios.

Segura al fin de su secreto, la condesa pasó a la pieza de baño, se desvistió y se sumergió

en la gran tina de mármol con grifos dorados y un arsenal de jabones, esponjas y frascos de

sales aromáticas. Ningún placer se comparaba con esa primera inmersión solitaria en agua

muy caliente, que le quitaba los restos del sueño provocado con drogas y devolvía a su

cuerpo en los albores de la vejez la ilusión de la juventud. Diferenciándose de otros

placeres, éste podía renovarse a voluntad y prolongarse hasta quedar saciada. No exigía

compañero, no involucraba dependencia ni entrega, y la condesa se asía a él con la pasión

de una devota.

Recostada en el agua, se observaba: las líneas de las caderas, todavía firmes y juveniles, el

vientre plano y sin marcas de maternidad, la cintura un poco gruesa, pero no demasiado,

los pechos masajeados para mantener su firmeza, pequeños y redondos, juveniles aún. Si

tenía arrugas en el cuello no había un espejo que se las delatara, y los pliegues acusadores

en la boca y los ojos obedecían todavía al masaje. Aún no se agostaba su juventud y podía

mantener un tiempo más en jaque a la vejez con el envío semanal de cosméticos desde un

salón discreto de la Vía Veneto.

Pero el baño era sólo el comienzo. Faltaba secarse con toallas suaves y calientes,

restregarse con otras ásperas, perfumarse con una loción aguda y astringente, empolvarse y

quitarse suavemente el polvo, pasarse el peine por el cabello que aún no tenía canas,

aunque su oro se iba tornando opaco, atarse una cinta para mantenerlo fuera de contacto

con las mejillas frotadas y brillantes. Por fin se hallaba lista para el momento del ritual.

Desnuda y resplandeciente con la nueva ilusión, volvía al dormitorio, se dirigía a la mesa

del tocador y sacaba del primer cajón la fotografía de un hombre con uniforme de coronel

de Alpinos y la colocaba mirando hacia la habitación. En seguida, con la afectación de un

maniquí, comenzaba a vestirse frente a él, con cuidado, con coquetería, como incitándolo a