El Adolescente por Fedor Dostoiewski - muestra HTML

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Fedor Dostoiewski

EL ADOLESCENTE

PRIMERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

Sin resistir más, empiezo (1) a escribir esta historia de mis primeros pasos en la carrera de la vida.

Y sin embargo, muy bien podría pasarme sin esto. Una cosa es segura: que ya nunca más escribiré mi autobiografía, aunque tenga que vivir cien años. Hay que estar prendado muy bajamente de uno mismo para hablar así sin avergonzarse. La sola excusa que me doy, es que no escribo por el mismo motivo que todo el mundo, es decir, para obtener las alabanzas del lector. Si de repente se me ha ocurrido anotar palabra por palabra todo to que me ha pasado desde ei año anterior, es por una necesidad íntima: ¡tan impresionado me he quedado por los hechos acaecídos! Me limito a registrar los acontecimientos, evitando con todas mis fuerzas lo que les es ajeno, y sobre todo los artificios literarios; un literato se lleva escribiendo treinta años, y al final ignora por qué ha escrito tanto tiempo. No soy literato ni quiero serlo. Arrastrar la intimidad de mi alma y una bonita descripción de mis sentimientos por el mercado literario sería a mis ojos una inconveniencia y una bajeza.

Preveo no obstante, no sin disgusto, que será probablemente imposible evitar del todo las descripciones de sentimientos y las reflexiones (quizás incluso vulgares): ¡tanto desmoraliza al hombre todo trabajo literario, hasta el emprendido únicamente para sí! Y estas reflexiones pueden aún ser muy vulgares, porque to que uno estima puede muy bien no tener valor alguno para un extraño. Pero quede diçho todo esto entre paréntesis. He aquí hecho mi prefacio: no habrá nada más por el estilo. ¡Manos a la obra! Aunque no haya nada más embarazoso que emprender una obra, y quizás el poner manos a la obra en general.

II

Comienzo; es decir, querría comenzar mis memorias en la fecha del 19 de septiembre del año pasado (2), o sea precisamente el día en que por primera vez me encontré con...

Pero explicar con quién me encontré, así como así, de buenas a primeras, cuando nadie sabe nada, será una vulgaridad; este tono mismo, a mi parecer, es ya vulgar: después de haberme jurado evitar los adornos literarios, he aquí que caigo en ellos desde la primera línea. Además, para escribir de manera sensata, no basta con quererlo. Haré notar también que no hay, estoy convencido, una sola lengua europea que sea tan difícil para escribir como el ruso. Acabo de releer lo que he escrito hace un instante, y veo que soy mucho más inteligente que lo que ha quedado escrito. ¿Cómo puede suceder esto de que las cosas enunciadas por un hombre inteligente sean infínitamente más estúpidas que lo que se queda en su cerebro? Lo he notado más de una vez en mí y en mis relaciones orales con los demás hombres durante todo este último año fatal, y me he sentido bien atormentado por eso.

Aunque comience en la fecha del 19 de septiembre, diré sin embargo en dos palabras quién soy, dónde he estado antes de esa fecha y por añadidura lo que yo podía tener en la cabeza, a lo menos parcialmente, en aquella mañana del 19 de septiembre, para que todo sea más inteligible al lector, y quizás a mí mismo también.

III

Soy un antiguo bachiller, y heme aquí ahora con veintiún años cumplidos. Me llamo Dolgoruki, y mi padre legal es Makar Ivanov (3) Dolgoruki, ex siervo criado de los señores Versilov. Así pues, soy hijo legítimo, aunque ilegítimo en el más alto grado, no cabiendo la menor duda sobre mi origen. He aquí cómo fue la cosa: hace veintidós años, el propietario Versilov (mi padre), que entonces tenía veinticinco años, visitó sus propiedades de la provincia de Tula. Supongo que en aquella época era todavía un ser de escasa personalidad. Es curioso cómo este hombre que me ha impresionado tanto desde mi infancia, que ha tenido una influencia tan capital en la formación de mi alma y que, por mucho tiem.po quizá, ha contaminado todo mi porvenir, siga siendo para mí, incluso hoy y en una infinidad de puntos, un verdadero enigma. Pero volveremos sobre eso más tarde. No es tan fácil de referir. Pero, de todas formas, mi cuaderno entero estará lleno de este hombre.

En aquella época, a los veinticinco años, acababa de perder a su mujer. Era una muchacha del gran mundo, pero no muy rica, una Fanariotova, y él tenía de ella un hijo y una hija. Mis noticias sobre esa esposa desaparecida tan pronto son bastante incompletas y se pierden en el conjunto de mis materiales; por lo demás, muchas circunstancias de la vida de Versilov se me han escapado, hasta tal punto se ha mostrado siempre conmigo orgulloso, altivo, reservado y negligente, a pesar de una especie de humildad, pasmosa a veces, hacia mí. Menciono sin embargo, a título de indicación, que ha gastado en el curso de su existencia tres fortunas a incluso bastante grandes, por un total de más de cuatrocientos mil rublos (4) y quizá me quedo corto. Ahora, naturalmente, no tiene ya un copec. . .

Pues sucedió que fue a sus propiedades «Dios sabe por qué»; por lo menos así es como.se explicó él más tarde conmigo. Sus hijitos no estaban con él, sino en casa de parientes, según su costumbre; así es como se comportó toda la vida con su prole, legítima o ilegítima. Había en aquella hacienda una gran cantidad de criados: entre ellos, el jardinero Makar Ivanov Dolgoruki. Agregaré aquí, para no tener que volver sobre lo mismo, lo siguiente: pocas personas han podido maldecir su apellido tanto como yo lo he hecho a lo largo de toda mi vida. Era una cosa estúpida, pero era así. Cada vez que yo entraba en una escuela o me encontraba con gente a la que mi edad me obligaba a rendir cuentas, en una palabra, cada maestro de escuela, preceptor, censor, cura, no importa quién, después de haberme preguntado el nombre y de haberse enterado de que yo era Dolgoruki, experimentaba la necesidad de añadir:

-¿El príncipe Dolgoruki?

Y cada una de las veces me veía obligado a explicarles a todos aquellos holgazanes:

-No, Dolgoruki tout court (5).

Aquel tout court terminó por volverme loco. Anotaré como una especic de fenómeno que no me acuerdo de una sola excepción: todos me hacían la pregunta. Algunos, indudablemente, la hacían sin el menor interés; por lo demás, no sé qué podía interesar aquello a quienquiera que fuese. Pero todos lo hacían, todos, hasta el último. Al enterarse de que yo era simplemente Dolgoruki, el interrogador me examinaba de ordinario con una mirada obtusa y estúpidamente indiferente, poniendo de manifiesto que él mismo no sabía por qué me había interrogado, y se iba. Pero los más ofensivos eran los camaradas de la escuela. ¿Cómo pregunta un escolar a un novato? El novato, aturdido y confuso, el primer día de su entrada en la escuela (en no importa qué escuela) es la víctima propiciatoria en general: se le ordena, se le irrita, se le trata como a un criado. Un mocetón lleno de salud se planta de repente delante del infeliz, bien cara a cara, y lo observa algunos instantes con ojos severos a insolentes. El nuevo se mantiene delante de él en silencio, le mira a hurtadillas, si no es un cobarde, y aguarda los acontecimientos.

-¿Cómo te llamas?

-Dolgoruki.

.¿Príncipe Dolgoruki?

-No, Dolgoruki a secas.

-¡Ah!... ¡a secas! ¡Idiota!

Y tienen razón: nada más estúpido que llamarse Dolgoruki cuando no se es príncipe. Esa estupidez la arrastro conmigo sin que haya culpa por mi parte. Más tarde, cuando empecé a enfadarme seriamente, ante la pregunta «¿Eres príncipe?», respondía siempre:

-No, soy hijo de un criado, antiguo siervo.

Más tarde todavía, cuando llegué por fin a encolerizarme, a la pregunta «¿Es usted príncipe?», respondî firmemente un día:

-No, Dolgoruki a secas, hijo natural de mi antiguo señor, el caballero Versilov.

Fue en clase de retórica donde hice ese descubrimiento y, aunque me convencí pronto de que era una tontería, no renuncié en seguida. Me acuerdo de que uno de los profesores - por lo demás, el único - descubrió que yo estaba «lleno de ideas de venganza y de civismo». De una manera general, se acogió aquella salida con una seriedad un poco ofensiva para mí. Por fin uno de mis camaradas, un bajito muy mordaz con el cual yo apenas hablaba más de una vez al año, me dijo con aire profundo, pero mirándome ligeramente de costado:

-Esos sentimientos le honran a usted, desde luego, y, sin duda alguna, tiene motivos para estar orgulloso. Sin embargo, en su lugar, yo no me jactaría tanto de ser hijo natural... ¡Se diría en realidad que está usted en una situación envidiable!

Desde entonces cesé de jactarme de mi ilegitimidad.

Lo repito, es difícil escribir en ruso: he ennegrecido ya tres hojas de papel para explicar cómo he abominado toda mi vida de mi apellido, y el lector ha sacado seguramente la conclusión de que lo único que me pasa es que estoy rabioso por no ser príncipe, sino sencillamente Dolgoruki a secas.

No me rebajaré a explicarme ni a justificarme una vez más.

IV

Así pues, entre aquella servidumbre que era legión, además de Makar Ivanov se hallaba una muchacha que tenía ya los díeciocho años cuando Makar Dolgoruki, a los cincuenta, manifestó de repente la intención de casarse con ella. En el régimen de servidumbre, los casamientos entre siervos domésticos se realizaban, como se sábe, con autorización de los señores, a veces incluso por orden de los mismos. En la propiedad habitaba entonces una tía; a decir verdad, no era tía mía, sino la señora del castillo; solamente que, no sé por qué, todo el mundo la llamaba tía, tía en general, y lo mismo ocurría entre los Versilov, con los cuales, por lo demás, puede que estuviera emparentada.

Era Tatiana Pavlovna Prutkova. Poseía aún en aquella época, en la misma provincia y en el mismo distrito, treinta y cinco «almas» (6) de su propiedad exclusiva. Adrninistraba, o vigilaba más bien, a título de vecina, la hacienda de Versilov (quinientas almas), y aquella vigilancia, por lo que he oído decir, era tan eficaz como la de no importa qué intendente especialmente instruido. Por lo demás sus conocimientos no me interesan en absoluto; quiero agregar solamente, rechazando todo pensamiento de alabanza y de adulación, que esta Tatiana Pav1ovna es una criatura noble y hasta original.

Fue, pues, ella quien, lejos de contrariar las inclinaciones matrimoniales del sombrío Makar Dolgoruki (parece que era muy sombrío), las animó en el más alto grado. Sofía Andreievna (aquella sierva de dieciocho años, mi madre) era huérfana desde hacía varios años; su padre, que sentía por Makar Dolgoruki un respeto extraordinario y le estaba, no sé por qué, muy agradecido, siervo él también, al morir seis años antes, en su lecho de muerte, y se pretende incluso que un cuarto de hora antes de entregar el último suspiro, tanto que se podría haber visto en aquello, en caso de necesidad, un efecto del delirio si no hubiese sido ya incapaz como tal siervo, había llamado a Makar Dolgoruki y, delante de todo el personal y en presencia del sacerdote, le había expresado en voz alta y apremiante aquella última voluntad, señalándole a su hija:

-¡Edúcala y tómala por esposa!

Aquellas palabras fueron oídas por todo el mundo. En lo que concierne a Makar Ivanov, ignoro con qué sentimientos se casó seguidamente, si con gran placer o solamente para cumplir un deber. Lo más probable es que presentara el aire exterior de una perfecta indiferencia. Era un hombre que, ya entonces, sabía adoptar una pose. Sin estar versado en las Escrituras ni ser un letrado (se sabía de memoria todos los oficios y sobre todo algunas vidas de santos, pero principalmente de oídas), sin ser una especie de razonador de profesión, tenía sencillamente un carácter resuelto, a veces incluso aventurero; hablaba con aplomo, tenía juicios categóricos y, en una palabra, « vivía respetablemente», según su pasmosa expresión. He ahí la clase de hombre que era entonces.

Naturalmente, disfrutaba del respeto universal, pero, se dice, se hacía insoportable a todo el mundo.

Todo cambió cuando salió de la casa: no se habló ya de él más que como de un santo y un mártir.

Todo esto lo sé de buena fuente.

Por lo que se refiere al carácter de mi madre, Tatiana Pavlovna la guardó a su vera hasta que cumplió los dieciocho años, a pesar del intendente, que quería ponerla como aprendiza en Moscú, y le dio alguna educación, es decir, le enseñó la costura, el corte, las buenas maneras a incluso le hizo aprender un poco a leer. En lo que se refiere a escribir, mi madre no llegó a hacerlo nunca pasablemente. A sus ojos, aquel matrimonio con Makar Ivanov era desde hacía mucho tiempo una cosa resuelta y todo lo que le sucedió entonces le pareció excelente y perfecto; se dejó conducir al altar con la fisonomía más tranquila que se pueda tener en caso semejante, tanto que la misma Tatiana Pavlovna la trató entonces de «pava». Por esta misma Tatiana Pavlovna me he enterado de lo que concíerne al carácter de mi madre en aquella época. Versilov llegó a sus tierras exactamente seis meses después de aquel matrimonio.

V

Quiero indicar solamente que jamás he podido saber ni adivinar de manera satisfactoria cómo comenzaron las cosas entre él y mi madre. Estoy totalmente dispuesto a creer, como él mismo me lo aseguró el año pasado, con rubor en las mejillas, aunque me hiciera todo el relato con el aire más desenvuelto y más «espiritual», que no hubo a11í ni la novela más mínima, y que todo pasó «como pasan esas cosas». Creo que es verdad, y el «como pasan esas cosas» es una expresión encantadora.

A pesar de todo, siempre he tenido deseos de saber cómo pudo iniciarse aquello. Esas porquerías siempre me han inspirado horror y me lo siguen inspirando. No, desde luego no es porque haya curiosidad malsana por mi parte. Haré notar que hasta el año pasado no he conocido a mi madre, por así decirlo; desde la infancia he estado confiado a extraños, para mayor comodidad de Versilov (más tarde se tratará de eso), y por consiguiente soy incapaz de figurarme la fisonomía que ella pudiera tener entonces. Si no era hermosa, ¿qué había en ella que pudiese seducir a un hombre como Versilov? Esta cuestión es importante para mí, porque este hombre se dibuja aquí en un aspecto extremadamente curioso. He ahí por qué me planteo la pregunta, y no por perversión. Él mismo, este hombre sombrío y reservado, me decía, con esa amable ingenuidad que se sacaba Dios sabe de dónde (como se saca un pañuelo del bolsillo) cuando le era necesario, que, por aquel entonces, no era más que «un cachorrillo estúpido» y, sin ser sentimental, acababa de leer, « como quien no quiere la cosa», Antonio el Desgraciado (7) y Paulina Saxe (8), dos producciones literarias que han tenido un inapreciable influjo civilizador sobre la generación de aquellos tiempos.

Agregaba que había sido quizás a causa del personaje de Antonio por lo que había vuelto al campo, y decía eso muy seriamente. ¿En qué forma aquel «cachorrillo estúpido» pudo entrar en relaciones con mi madre? Acabo de pensar que, si yo tuviese solamente un lector, éste no dejaría de prorrumpir en carcajadas a mis expensas: ridículo adolescente que, conservando su tonta inocencia, pretende razonar sobre cosas de las que no entiende ni jota. Sí, desde luego, todavía no entiendo nada de eso, y lo confieso sin el menor orgullo, porque sé hasta qué punto esta inexperiencia es algo estúpido en un chicarrón de veinte años; solamente que diré a ese señor que tampoco él entiende nada y se lo probaré. Es cierto que en cuestión de mujeres no sé nada, y nada quiero saber, porque me burlaré de ellas toda mi vida, me lo he jurado decididamente. Y sé sin embargo que una mujer puede encantarle a uno con su belleza, o sabe Dios con qué, en un abrir y cerrar de ojos; a otra, hace falta estarla trabajando seis meses antes de comprender lo que lleva en la mollera; a la de más a11á, para verla del todo y quererla, no basta con mirarla, no basta con estar dispuesto a todo. Hace falta además ser un superdotado. Estoy convencido de ello, aunque no entienda nada; de no ser así, se necesitaría de golpe y porrazo rebajar a todas las mujeres a la categoría de simples animales domésticos y no mantenerlas cerca de uno más que en esta forma. Eso es lo que querría quizá muchísima gente.

Lo sé positivamente por varios conductos, mi madre no era una belleza, aunque yo no haya visto jamás su retrato de aquellos tiempos, retrato que existe en alguna parte. Prendarse de ella a la primera mirada era pues imposible. Para una simple «distracción», Versilov podía elegir a otra cualquiera, y había una, en efecto, una jovencita, Anfisa Constantinovna Sapojkova, una criadita.

Por lo demás, para un hombre que llegaba allí con el desgraciado Antonio, atentar, en virtud del derecho señorial, contra la felicidad conyugal de su siervo, habría resultado muy vergonzoso a sus propios ojos, puesto que, lo repito, apenas hace unos meses, es decir, después de transcurridos veinte años, hablaba aún de aquel infeliz Antonio con una seriedad extraordinaria. Ahora bien, a Antonio no le habían quitado más que el caballo, y no la mujer. Sucedió, pues, alguna cosa rara, en detrimento de la señorita Sapojkova (a mi entender, para ventaja de ella)j Una o dos veces, el año pasado, en los momentos en que se podía hablar con él, cosa que no ocurría todos los días, le hice estas preguntas y noté que, a pesar de toda su cortesía y a veinte años de distancia, se hacía rogar largo rato antes de decidirse a hablar. Pero yo lograba mi propósito. Por lo menos, con aquella desenvoltura mundana que se permitía conmigo muchas veces, esbozó un día cosas muy extrañas: mi madre era una de esas personas sin defensa a las que no se puede querer, ¡desde luego que no!, pero que de repente, sin que se sepa por qué, suscitan un sentimiento de lástima, a causa de su dulzura. ¿A causa de qué en realidad? Nunca se sabe con seguridad. Pero la lástima perdura; a fuerza de lástima, se siente uno ligado... «En una palabra, pequeño, sucede incluso que no es posible ya zafarse.» Eso es to que él me dijo. Y si las cosas ocurrieron realmente de aquella manera, me veo obligado a ver en él algo muy distinto al cachorrillo estúpido de que él mismo habla, refiriéndose a cómo era en aquella época. Esto es todo lo que yo quería hacer constar.

Por lo demás, se puso en seguida a asegurarme que mi madre lo había querido por «humildad»; un poco más, y ya iba a inventar que «por obediencia servil». Mentía por dárselas de elegante, mentía contra su propia conciencia, contra toda norma de honor y de generosidad.

Todo esto, desde luego, lo he escrito, pudiera decirse, en alabanza de mi madre, y sin embargo, como ya lo he declarado, ignoro en absoluto to que ella fuese entonces. Es más, conozco muy bien la impermeabilidad del ambiente y de las nociones lastimosas entre las cual.es ella se ha enranciado desde su infancia y entre las cuales ha pasado a continuación toda su existencia. A pesar de todo, la desgracia terminó por consumarse. A propósito, una rectificación: me he perdido entre las nubes y he olvidado un hecho que, por el contrario, era preciso hacer resaltar: todo se inició entre ellos precisamente por la desgracia. (Espero que el lector no se pondrá a fingir ahora que no comprende todo aquello de lo que inmediatamente quiero hablar.) En una palabra, aquellos comienzos fueron señoriales, aunque la señorita Sapojkova hubiese sido dejada a un lado. Pero aquí intervengo yo y declaro anticipadamente que no me contradigo en lo más mínimo. ¿De qué, gran Dios, de qué podía en aquella época hablarle un hombre como Versilov a una persona como mi madre, ni siquiera en el caso de un amor irresistible? Les he oído decir a personas libertinas que muy frecuentemente el hombre, al abordar a la mujer, empieza sin pronunciar una palabra, lo que es evidentemente el colmo de la monstruosidad y del cinismo; Versilov, aunque lo hubiese querido, no habría podido, creo yo, empezar de otra manera con mi madre. ¿Podría empezar explicándole el argumento de Paulina Saxe? Sin contar con que la literatura rusa era la menor preocupación de ambos; según sus propias palabras (un día que se franqueó conmigo), se ociltaban en los rincones, se acechaban el uno al otro en las escaleras, rebotaban lejos, como globos, con las mejillas rojas, si alguien pasaba, y el «tirano» temblaba delante de la última de las lavanderas, a pesar de todos sus derechos feudales. Si las cosas empezaron a la manera señorial, continuaron del mismo modo, pero no completamente, y en el fondo no hay que buscar explicaciones. No servirían más que para espesar las tinieblas. Las proporciones que tomó el amor de la pareja son ya un enigma, puesto que la primera cualidad de individuos como Versilov es la de dejarlo todo plantado una vez conseguido su objetivo. Pero aquí ocurrió de otra forma. Pecar con una bonita sierva pazguata (y no es que mi madre fuera tonta), para un « cachorrillo» libertino (todos eran libertinos, todos, hasta el último, progresistas y retrógrados) es cosa no solamente posible, sino incluso inevitable, sobre todo si se piensa en su situación novelesca de viudo joven y a sus anchas. Pero quererla toda la vida, es demasiado. No garantizo que él la haya querido; pero que la ha arrastrado detrás de él toda su vida, es un hecho.

He hecho muchas preguntas, pero hay una, la más ímportante, que no me he atrevido a hacerle a mi madre de una manera formal, aunque me haya compenetrado mucho con ella el año pasado y, aunque hijo grosero a ingrato que juzga que se es culpable ante él, no me haya enfadado con ella en absoluto. En cuanto a la pregunta, hela aquí: ¿cómo pudo ella, casada no hacía más que seis meses y aplastada bajo todas las ideas sobre la santidad del matrimonio, aplastada como una mosca sin defensa, ella que respetaba a su Makar Ivanovitch como una especie de Dios, cómo pudo, en quince días escasos, caer en semejante pecado? No se trataba sin embargo de una mujer descarriada. A1

contrario, to diré ahora anticipadamente, sería difícil representarse un alma más pura, como lo ha sido durante toda su vida. La sola explicación es que obró sin darse cuenta de lo que hacía, sin tener conciencia de ello, no en el sentido en que los abogados de hoy en día lo dicen de sus asesinos o de sus ladrones (9), sino bajo una de esas impresiones fuertes que, en una víctima un poco simplota, la arrastran fatal y trágicamente. ¿Quién sabe? Tal vez ella le amó hasta la locura, amó el porte de sus trajes, la raya a la parisiense de sus cabel.los, su pronunciación francesa, sí, francesa, de la cual ella no comprendía ni jota, la romanza que él cantó al piano. Amó algo que ella no había visto ni oído jamás (él era un hombre muy guapo) y de golpe y porrazo lo amó de cuerpo entero, hasta el desfallecimiento, lo amó con sus trajes y sus romanzas. He oído decir que esto les sucedía a veces a siervas jóvenes en la época de la servidumbre, a incluso a las más honradas. Lo comprendo.

Vergüenza para quien lo explique únicamente por la servidumbre y «la humildad». Así pues, aquel joven pudo tener bastante fuerza y seducción para atraer a una criatura hasta entonces tan pura, y sobre todo a una criatura tan perfectamente extraña a su naturaleza, procediendo de un mundo muy distinto y de una tierra muy diferente, pudo atraerla a un abismo tan manifiesto. Que aquello era un abismo, espero que lo comprendió mi madre en todo momento; solamente que mientras caminaba hacía él no pensaba en eso; estos seres «sin defensa» son siempre los mismos: saben que el abismo está ahí y corren hacia él.

Cometido el pecado, se arrepintieron inmediatamente. Él me ha contado con bastante ingeniosidad cómo sollozó sobre el hombro de Makar Ivanovitch, llamado expresamente para eso a su despacho, mientras que ella, durante aquel tiempo... Ella estaba acostada en algún sitio sin conocimiento, en su cuartito de sierva...

VI

Pero ya he hablado bastante de estas cuestiones y de estos detalles escandalosos. Versilov rescató a mi madre, comprándosela a Makar Ivanov, se marchó precipitadamente y desde entonces, como ya he escrito más arriba, la arrastró tras él casi por todas partes, salvo cuando se ausentaba por mucho tiempo: entonces la dejaba casi siempre encomendada a los buenos cuidados de la tía, es decir, de Tatíana Pavlovna Prutkova, que en aquellas ocasiones se encontraba siempre presente. Pasaban temporadas en Moscú, las pasaban en toda clase de otros dominios o villas, a incluso en el extranjero, y por fin en Petersburgo. Hablaré de eso más tarde o bien no hablaré en absoluto. Diré solamente que un año después de la separación de Makar Ivanovitch vine yo al mundo; un año después de mí nacimiento, vino mi hermana; luego, diez a once años más tarde, mi hermano menor, un niño enfermizo que murió al cabo de pocos meses. Aquellos partos dolorosos pusieron fin a la belleza de mi madre. Por ro menos eso es lo que se me ha dicho: empezó a envejecer y a debilitarse rápidamente.

Pero con Makar Ivanovitch las relaciones no cesaron jamás. O bien estuviesen pasando temporadas los de Versilov, o bien viviesen varios años seguidos en el mismo sitio o viajasen, Makar Ivanovitch no dejaba de enviar noticias suyas «a la familia». Se constituyeron así relaciones singulares, un poco solemnes y casi serias. Entre señores, fatalmente se habría mezclado en aquello algo de cómico, lo sé muy bien; pero en este caso, ni hablar de eso. Las cartas llegaban dos veces al año, ni más ni menos, asombrosamente parecidas las unas a las otras. Las he visto; no contienen casi nada de índole personal; por el contrario, en todo lo posible, únicamente informaciones ceremoniosas sobre los acontecimientos más genetales y los sentimientos más generales también, si es lícito expresarse así a propósito de sentimientos: noticias de su salud, luego preguntas sobre la salud del destinatario, luego votos de felicidad, saludos y bendiciones ceremoniosas, y pare usted de contar. Esta generalización y esta impersonalidad constituyen, a mi entender, el buen tono y el savoir vivre de aquel ambiente. «A nuestra amable y respetada esposa Sofía Andreievna dirijo nuestro más humilde saludo...» «A nuestros queridos hijos envío nuestra bendición paternal inalterable por siempre.» Seguían todos los nombres de los hijos, en el orden en que se habían ido acumulando, yo incluido. Anotaré aquí que Makar Ivanovitch tenía la suficiente inteligencia para no calificar a «Su nobleza el muy respetado señor Andrés Petrovitch» como «bienhechor» suyo, pero en cada carta le dirigía invariablemente sus más humildes saludos, pidiéndole su bendición a impetrando para él la gracia de Dios. Las respuestas a Makar Ivanovitch eran remitidas prontamente por mi madre, redactadas siempre en el mismo estilo. Versilov no participaba en la correspondencia. Makar Ivanovitch escribía desde todos los rincones de Rusia, desde las ciudades y desde los monasterios donde residía, a veces durante mucho tiempo. Llegó a convertirse en un

«errabundo» (10). No pedía nunca nada; pot el contrario, tres veces al año venía sin falta a casa y se detenía en las habitaciones de mi madre, que siempre resultaba tener entonces un apartamiento exclusivo para ella, distinto del ocupado pot Versilov. Tendré que volver más tarde sobre este particular, pero anotaré aquí solamente que Makar Ivanovitch no se tendía a pierna suelta en los divanes del salón, sino que se instalaba modestamente en algún sitio detrás de un biombo. No se quedaba mucho tiempo: cinco días, una semana.

Se me ha olvidado decir que él amaba y respetaba mucho el apellido de Dolgoruki. Naturalmente, es una estupidez ridícula. Lo más ridículo es que aquel nombre le agradaba precisamente porque hay príncipes Dolgoruki. ¡Extraña idea, lo más contrario al sentido común!

He dicho que la familia estaba siempre completa: ni que decir tiene que sin mí. Yo había sido, por decirlo así, como arrojado pot la borda y colocado, casi inmediatamente después de mi nacimiento, en casa de extraños. No hubo en eso la menor intención; fue una cosa que se produjo con la mayor naturalidad. Cuando me trajo al mundo, mi madre era todavía joven y hermosa: a él le servía por tanto para algo, y un niño de pecho resultaba muy molesto, sobre todo en los viajes. He ahí cómo se explica que, hasta no cumplir los veinte años, no vi, por decirlo así, a mi madre fuera de dos o tres ocasiones pasajeras. La falta no podía achacársele a los sentimientos de mi madre, sino a la actitud altiva de Versilov hacia la gente.

VII

Pasemos ahora a otra cosa.

Hace un mes, es decir, un mes antes del diecinueve de septiembre en Moscú, resolví renunciar a todos ellos y retirarme definitivamente dentro de mi idea. Escribo a propósito «retirarme dentro de mi idea», porque esta expresión puede significar todo mi pensamiento esencial, por lo que sigo estando vivo. En cuanto a lo que sea « mi idea», no haré más que hablar con mucha extensión en lo que sigue. En la soledad soñadora de mis largos años de Moscú se ha formado en mí desde los primeros años de estudio y desde entonces no me ha abandonado un instante. Ha devorado toda mi existencia. También antes de concebirla, yo vivía en el sueño, he vivido desde mi infancia en un reino encantado de un cierto matiz, pero, con la aparición de esa idea esencial y devoradora, mis sueños se han consolidado y han revestido de golpe y porrazo una forma determinada: absurdos que eran, se han hecho sensatos. El Instituto no impedía los sueños; tampoco impidió la llegada de la idea. Añadiré sin embargo que mi último curso fue malo, mientras que en todas las clases hasta entonces yo había estado en los primeros puestos: aquello se debió a esa misma idea, a la consecuencia tal vez falsa que extraje de ella. Así pues el Instituto no molestó a la idea, pero la idea molestó al Instituto. Molestó también a la Universidad. Salido del Instituto, tuv a inmediatamente la intención de romper de una manera radical no sólo con todos los míos, sino, si era preciso, con el mundo entero, aunque no tuviese aún más que veinte años. Escribí sin ambages, a Petersburgo, que se me dejase definitivamente tranquilo, que no se enviase más dinero para mi sostenimiento, y, que si era posible, se me olvidase del todo (en el caso, claro es, en que se acordasen un poco de mí), y, en fin, que «por nada de este mundo» entraría yo en la Universidad. El dilema que se me planteaba era ineluctable: o bien la Universidad y la continuación de mis estudios, o bien retrasar cuatro años todavía la puesta en práctica de mi «idea». Tomé sin vacilar el partido de mi idea, porque yo estaba convencido matemáticamente. Versilov, mi padre, al que yo solamente había visto una vez en mi vida, por espacio de un instante, cuando yo tenía diez años (y que con aquel instante había tenido tiempo para dejarme estupefacto), Versilov, en respuesta a mi carta, que por lo demás no había estado dirigida a él, me llamó a Petersburgo con un billete escrito de su puño y letra, prometiéndome un empleo en casa de un señor particular. Aquella invitación de un hombre seco y orgulloso, lleno de altivez y de negligencia respecto a mí y que hasta entonces, después de haberme engendrado y abandonado en manos de desconocidos, no solamente no me había tratado, sino que ni siquiera se había arrepentido jamás (¿quién sabe?, quizá de mi propia existencia no tenía más que una noción vaga a imprecisa, puesto que, como se reveló más tarde, no era él el que entregaba el dinero necesario para mi estancia en Moscú, sino otras personas); la invitación de aquel hombre, digo, acordándose de mí de repente y honrándome con una carta autógrafa, esta invitación, al halagarme, decidió mi suerte. Cosa singular, lo que me agradó entre otros detalles en su billete (una paginita de formato pequeño) era que no decía una palabra de la Universidad, no me pedía que cambiase de intención, no me censuraba por no querer proseguir mis estudios, en una palabra, no usaba ninguno de los sermones paternales que son obligados en semejantes casos: y sin embargo era aquello precisamente lo que estaba mal de su parte, al testimoniar aún más su indiferencia hacia mí. Resolví partir por otro motivo además, el que aquello no dificultaba en nada mi sueño principal:

« Ya veremos qué pasará: en todo caso, me ligaré con ellos únicamente durante algún tiempo, y quizá muy breve. En cuanto que me dé cuenta de que este viaje, por condicional a insignificante que sea, me aleja sin embargo de lo esencial, romperé inmediatamente, lo abandonaré todo y volveré a entrar en mi concha.» ¡En mi concha, qué bien está eso! «Me acurrucaré en ella como la tortuga»; la comparación me agradaba enormemente. «No estaré solo», continuaba yo haciendo mis cálculos mientras corría de un extremo a otro de Moscú durante aquellos días como una ardilla; «ya nunca estaré solo, como lo he estado hasta aquí durante tantos años espantosos: tendré conmigo mi idea, a la que no traicionaré jamás, aunque me agradasen todos los de por allá, aunque me diesen la felicidad más completa y aunque viviera con ellos diez años». He ahí la impresión, lo digo anticipadamente, he ahí la dualidad de planes y de objetivos que, esbozada ya en Moscú, no me abandonó ni un solo instante en Petersburgo (no sé si ha habido un solo día en Petersburgo que no me lo haya fijado de antemano como el plazo definitivo para ruptura con ellos y para mi partida); esta dualidad, digo, ha sido, creo yo, una de las causas principales de muchas de mis imprudencias en el curso de este año, de muchas de mis infamias, de mis bajezas incluso, sin hablar, naturalmente, de mis estupideces.

De repente hacía irrupción en mi vida un padre que antes no existía. Esa idea me embriagaba durante mis preparativos en Moscú, durante el viaje en el tren. Un padre no era todavía nada, a mí no me gustaban los mimos: pero aquel hombre no habia querido conocerme y me había humillado, mientras que, durante todos aquellos años, yo no soñaba más que con él hasta la saciedad (si esta expresión puede aplicarse a un sueño). Cada uno de mis sueños, desde mi infancia, se refería a él, flotaba en torno a él, terminaba por volver a él una y otra vez. No sé si lo odiaba o si lo quería, pero él llenaba todo mi porvenir, todas mis previsiones sobre la vida, y aquello había ido formándose por su cuenta, a medida que yo crecía.

Lo que influyó en mi partida de Moscú fue también una circunstancia poderosa, una tentación que, tres meses antes de mi partida (en un momento en que, por consiguiente, ni siquiera había surgido la más remota posibilidad de lo de Petersburgo), hacía ya latir y encogerse mi corazón. Lo que me atraía en aquel océano desconocido, era que yo podía entrar en él como dueño y señor de la suerte de otra persona, ¡y de quién! Pero en mí borboteaban sentimientos magnánimos, y no despóticos. lo prevengo con anticipación para que mis palabras no induzcan a error. Versilov podía pensar (si es que en general se dignaba pensar en mí) que iba a recibir a un jovencito recién salido del Instituto, un adolescente, entornando los ojos a la luz. Ahora bien, yo sabía, yo en persona, todo lo que él se traía entre manos y yo tenía en mi poder un documento de suma importancia, a cambio del cual (hoy lo sé con toda seguridad) él habría dado varios años de su vida, si yo le hubiese descubierto entonces el secreto. Pero me doy cuenta de que estoy hablando con enigmas. Imposible describir sentimientos sin hechos. Por lo demás, de todo esto se hablará suficientemente en el lugar que le corresponde, y por eso precisamente he cogido la pluma. Escribir de esta manera es casi estar sumergido en un delirio o ir andando por las nubes.

VIII

En fin, para llegar definitivamente a la fecha del 19, diré en pocas palabras, y, por decirlo así, de paso, que los encontré a todos, a Versilov, a mi madre y a mi hermana (veía a ésta por primera vez en mi vida) en un estado lamentable, casi en la miseria o al borde de la miseria. Ya me había enterado de eso en Moscú, pero estaba lejos de suponer que la cosa llegase a tal extremo. Desde mi infancia, me había acostumbrado a representarme a aquel hombre, «mi futuro padre, con una especie de aureola; yo no podía figurármelo de otra manera que ocupando en todas partes el primer puesto. Versilov jamás había habitado con mi madre, le alquilaba siempre un apartamiento particular: obraba así, desde luego, a causa de innobles «conveniencias». Ahora, por el contrario, vivían todos juntos, en un pabellón de madera de una callejuela del Semenovski Polk (11). Todo el mobiliario estaba ya en el Monte de Piedad, de forma que tuve incluso que entregar a mi madre, a espaldas de Versilov, mis misteriosos sesenta rublos. Misteriosos, porque se habían ido acumulando, con el dinero para mis gastos menudos que se me daba a razón de cinco rublos por mes, durante dos años; la acumuiación había comenzado desde el primer día de mi «idea», y por eso precisamente Versilov no debía saber nada de aquel dinero. Era algo que me daba pánico.

Aquella ayuda no fue más que una gota de agua en el océano. Mi madre trabajaba, mi hermana hacía también labores de costura; Versilov vivía en la ociosidad, se mostraba caprichoso y conservaba una multitud de viejas costumbres pasablemente dispendiosas. Era terriblemente difícil de contentar, sobre todo en la mesa, y sus aires eran siempre los de un verdadero déspota. Pero mi madre, mi hermana, Tatiana Pav1ovna y toda la familia del difunto Andronikov (un jefe de oficina muerto tres meses antes y que llevaba también los asuntos de Versilov), comprendiendo una infinidad de mujeres, estaban de rodillas delante de él como delante de un fetiche. Yo no podía figurarme espectáculo semejante. Debo decir que nueve años antes él era infinitamente más seductor. He dicho ya que se me aparecía en mis sueños con una especie de aureola, y además me costaba trabajo creer que hubiese podido envejecer y estropearse hasta aquel punto en nueve años escasos; experimenté por ello inmediatamente pena, lástima y vergüenza. Entre mis primeras impresiones de llegada, la de verle a él fue una de las más penosas. Distaba mucho de ser un anciano, apenas tenía cuarenta y cinco años. Examinándolo más de cerca, descubrí en su belleza algo más impresionante aún que lo que se me había quedado en la memoria. Menos brillo, menos apariencia, menos rebuscamiento, pero la vida había marcado aquel rostro con un no sé qué mucho más curioso que antaño.

Sin embargo, la miseria no era más que la décima o vigésima parte de sus desgracias; eso yo lo sabía muy bien. Además de la miseria, había algo infinitamente más grave, sin hablar de la esperanza que él conservaba aún de ganar un proceso entablado desde hacía un año contra los príncipes Sokolski a propósito de una herencia, y que podía reportarle en breve plazo una hacienda de setenta mil rublos y quizá más. Ya he dicho más arriba que este Versilov se había tragado en su vida tres herencias: ¡una vez más iba a sér salvado por otra! El asunto debía decidirse muy en breve. Yo había llegado con aquella esperanza. Únicamente que nadie prestaba dinero contando con una simple esperanza, no había nadie a quien pedirle prestado; mientras se aguardaba, había que sufrir.

Por lo demás, Versilov no iba a pedirle nada a nadie, aunque a veces estuviese todo el día fuera de casa. Hacía más de un año que lo habían expulsado de la buena sociedad. Aquella historia, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía estando para mí inexplicada, no obstante llevar ya más de un mes en Petersburgo. ¿Versilov era culpable o no? ¡Aquello era lo que me importaba y por lo que yo estaba a11í! Todo el mundo le había vuelto la espalda, entre otros todos los personajes influyentes con los que siempre había sabido mantener relaciones. La causa eran ciertos rumores relativos a la conducta extremadamente baja y, lo que es peor a los ojos del mundo, extremadamente escandalosa, de la que se habría hecho culpable poco más de un año antes en Alemania, habiendo recibido entonces de forma muy ostentosa una bofetada justamente de un príncípe Sokolski, al cual no habría respondido con un desafío. Incluso su prole (legítima), su hijo y su hija, le habían vuelto la espalda y vivían separados de él. Cierto que este hijo y esta hija frecuentaban los medios más elevados de la buena sociedad, por su parentesco con los Fanariotov y el viejo príncipe Sokolski (ex amigo de Versilov). En realidad, al examinarlo en el curso de aquel mes, vi a un hombre orgulloso al que la sociedad no había excluido de su seno, sino que más bien era él quien había rechazado de su vera a la sociedad, ¡tan índependiente era el aire que tenía! Pero ¿tenía derecho a adoptar aquel aire? Eso era lo que me turbaba. Yo tenía que saber forzosamente toda la verdad en el plazo más breve posible, porque yo había venido a juzgar a aquel hombre. Yo le ocultaba todavía mis fuerzas, pero me era preciso o bien adoptarlo, o bien rechazarlo enteramente. La segunda solución me habría resultado demasiado penosa, y de esta forma me atormentaba a mí mismo. Haré, en fin, una confesión: ¡quería a aquel hombre!

De momento vivía con ellos, en su mismo alojamiento, trabajaba y a duras penas refrenaba mis groserías. No es que me abstuviese de ellas enteramente. Después de transcurrido un mes, estaba cada día más convencido de que la explicación definitiva no tenía que pedírsela a él. Aquel hombre orgulloso se erguía delante de mí como un enigma, profundamente ofensivo. Conmigo se mostraba incluso amable y complaciente, pero yo habría preferido las disputas a las bromas. Todas mis conversaciones con él tenían siempre no sé qué ambigüedad, o sencillamente no sé qué ironía singular por su parte. Desde el principio, a mi llegada de Moscu, no me había tomado en serio. Yo no llegaba a comprender por qué obraba él así. Sin duda, había conseguido aquel resultado consistente en permanecer impenetrable ante mí; pero, por mi parte, yo no me habría rebajado jamás pidiéndole que me tratase más en serio. Además, él tenía procedimientos sorprendentes a imperiosos ante los cuales yo no sabía qué hacer. En una palabra, me trataba como al último de los mocosos, cosa que me costaba trabajo soportar, aun sabiendo que aquello debía ser así.

Consiguientemente, dejé incluso de hablar- casi en absoluto. Yo esperaba a una persona cuya llegada a Petersburgo podría descubrirme definitivamente la verdad: en eso estribaba mi última esperanza. De todos modos, me preparaba a romper definitivamente y tomé todas las medidas necesarias para eso. Mi madre me daba lástima, pero... «o él, o yo»: he ahí lo que, quería proponerle, a ella y a mi hermana. El día incluso estaba fijado; mientras tanto, yo iba a mi oficina.

CAPÍTULO II

I

Aquel día diecinueve, yo debía también percibir mi primer mes de sueldo en casa del «partícular»

en cuestión. No sé me había pedido mi opinión sobre aquella colocación, se me había entregado simplemente, por las buenas, a mi patrón, creo, el primer día de mi llegada. Era demasiado grosero, y casi me vi obligado a protestar. El sitio estába en casa del viejo príncipe Sokolski. Pero protestar inmediatamente habría sido romper de golpe con ellos, lo que no me asustaba en lo más mínimo, pero era contrario a mis objetivos esenciales. Así, pues, acepté la colocación, esperando, sin decir palabra; defender mi dignidad con mi silencio. Diré ahora mismo que este príncipe Sokolski, rico y consejero privado (12), no era en forma alguna pariente de los príncipes Sokolski de Moscú (miserables desde hacía varias generaciones) con los que Versilov estaba enfrentado en aquel proceso. Lo único que tenían de semejante era el apellido. Sin embargo, el viejo príncipe se interesaba mucho por ellos y quería de uná manera muy especial a uno de ellos, el jefe por así decirlo de la familia, un oficial joven. Versilov, hasta hacía poco, había tenido una influencia inmensa en los asuntos de aquel viejo y era su amigo, un amigo muy singular, puesto que aquel pobre príncipe, según he podido darme cuenta, le tenía un miedo terrible, no solamente en la época que entré a su servicio, sino también, creo, en todo el tiempo que duró aquella amistad. Por lo demás, desde hacía tiempo, ya no se veían; el acto deshonroso del que se acusaba a Versilov afectaba directamente a la familia del príncipe; pero Tatiana Pavlovna se encontró alií muy a propósito y por intermedio de ella fui colocado en casa del viejo, que quería tener a su vera « a un hombre joven», en su despacho. Sucedió también que él tenía un gran deseo de mostrarse agradable con Versilov, de dar en suma un primer paso hacia el otro, y que Versilov lo apreciara. El viejo príncipe había decidido de esta forma en ausencia de su hija, viuda de un general, que desde luego no le habría permitido hacer aquel avance. De eso se tratará más tarde, pero anotaré en seguida que esta rareza en sus relaciones con Versilov me impresionó en favor de éste. Yo pensaba que, si el jefe de una familia ofendida continuaba así teniendo respeto hacia Versilov, los rumores extendidos sobre la inmoralidad de éste debían ser falsos o por lo menos estar expuestos a interpretación.

Aquello fue to que en parte me impidió protestar: yo esperaba, al entrar en casa del príncipe, poder comprobar todo aquello.

Esta Tatiana Pavlovna desempeñaba un raro papel en la época en que me la encontré en Petersburgo. Casi me había olvidado de su existencia y no esperaba en absoluto que tuviese que atribuirle semejante importancia. Me la había encoritrado tres o cuatro veces en Moscú; ella surgía, no se sabía de dónde ni por orden de quién, cada vez que hacía falta instalarme en alguna parte, hacerme entrar en la triste pensión Tuchard o bien, dos años y medio más tarde, trasladarme al Instituto o bien alojarme en casa del inoividable Nicolás Semenovitch. Una vez aparecida, se quedaba conmigo todo el día, pasaba revista a mi ropa blanca, a mis trajes, iba conmigo al Kuznetski (13), me compraba todos los objetos necesarios, me constituía, en una palabra, todo mi equipo, hasta el último maletín y el último portaplumas; y, mientras hacía aquello, no cesaba de gruñirme, de regañarme, de abrumarme de reproches, de hacerme sufrir exámenes, de proponerme como ejemplo a yo no sé qué otros muchachos imaginarios de sus conocidos o de su parentela, todos mejores que yo, según ella, a incluso, a fe mía, me pellizcaba, me daba verdaderos golpes, en varias tandas y dolorosos. Después de haberme instalado y colocado, desaparecía durante varios años sin dejar rastro. Pues bien, fue ella la que, inmediatamente después de mi llegada, se presentó de nuevo para colocarme. Era una personilla bajita y seca, con una naricilla puntiaguda de pájaro y ojillos penetrantes, de pájaro también. Para Versilov, era una verdadera esclava. Estaba en adoración delante de él como delante de un Papa, pero por convicción. Sin embargo, note bien pronto con asombro que todo el mundo sin excepción y en todas partes la respetaba y sobre todo que todo el mundo sin excepción y en todas partes la conocía. El viejo príncipe Sokolski tenía para ella una veneración extraordinaria; en su familia, pasaba lo mismo; los orgullosos hijos de Versilov, también; en casa de los Fanariotov, también. Sin embargo, ella vivía de la costura, del lavado de yo no sé qué encajes, y trabajaba para un almacén. Nos peleamos desde la primera palabra, porque pretendió regañarme como seis años antes; a continuación seguimos disputando cada día; pero eso no nos impedía conversar juntos a veces y confieso que al terminar el mes ya ella comenzaba a agradarme; esto era, pienso, a causa de la independencia de su carácter. Por to demás, me guardé muy mucho de decírselo.

Comprendí en seguida que se me había colocado junto a aquel enfermo únicamente para

«ocuparlo» y que en eso consistía mi servicio. Naturalmente, aquello me humilló y tomé al punto mis medidas; pero bien pronto el viejo original me causó una impresión inesperada, como una especie de lástima, y, hacia fin de mes, sentía ya por él un raro afecto: en todo caso, abandoné mi intención de dejarlo plantado. Por lo demás no tenía mucho más de sesenta años. Había tenido toda una historia. Dieciocho meses antes había sufrido un ataque: en viaje para no sé dónde, perdió la cabeza por el camino, lo que dio lugar a una especie de escándalo del que se habló en Petersburgo.

Como es conveniente en tales casos, se le condujo instantáneamente al extranjero, pero cinco meses después hizo su reaparición en perfecto estado de salud, únicamente que retirado. Versilov aseguraba seriamente (y con visible calor) que lo que le había pasado no era en modo alguno locura, sino un simple ataque de nervios. Aquel calor de Versilov, lo noté inmediatamente. Diré por lo demás que yo casi compartía su opinión. El viejo parecía únicamente a veces de una excesiva ligereza que no convenía en nada a su edad, lo que, según se dice, no le pasaba antes en ningún momento. Se decía que en otros tiempos daba yo no sé qué consejos ni dónde y que había ejecutado con mucha distinción una misión que le había sido confiada. Conociéndole desde hacía un mes, yo no le habría supuesto jamás capacidades especiales para ser consejero. Se había notado (aunque yo, por mi parte, no haya observado nada) que después de su ataque había quedado afectado por la singular manía de querer casarse lo antes posible y que, más de una vez en el curso de aquellos dieciocho meses, había pensado realizar aquella idea. En el mundo, a1 parecer, se sabía aquello y se estaba interesado en el asunto. Pero como aquella inclinación no respondía apenas a los intereses de ciertas personas que le rodeaban, por todas partes se montaba la guardia en torno al anciano. Su familia no era numerosa; hacía ya veinte años que.él estaba viudo y no tenía más que una hija única, aquella viuda de general que se esperaba que llegase de Moscú de un día a otro, una persona joven cuyo carácter él temía visiblemente. Pero tenía una masa de parientes lejanos, sobre todo por parte de su difunta esposa, y todos los cuales estaban, por así decirlo, en la miseria; además de eso, existía la multitud de sus pupilos varones y hembras, objetos de sus beneficencias, y todos los cuales aguardaban una pequeña parte en el testamento y por consiguiente ayudaban a la generala a vigilar al anciano. Tenía éste además, desde su juventud, una singularidad de la que no sabría decir si era ridícula o no: la de casar a muchachas pobres. Las casaba desde hacía veinticinco años: parientes lejanos, nietas de primos hermanos de su mujer, ahijadas, y hasta la hija de su portero.

Empezaba trayéndolas a su lado, muy niñas todavía, las hacía educar por institutrices y criadas francesas, luego las enviaba a los mejores establecimientos de instrucción, y por fin las dotaba.

Todo aquel mundo giraba perpetuamente en torno a él. Naturalmente, las pupilas, una vez casadas, tenían a su vez hijas, todas estas hijas aspiraban también a su protección, en todas partes era padrino, todo aquel mundo venía a felicitarle en su fiesta y todo aquello le resultaba extremadamente agradable.

Una vez en su casa, noté en seguida que en el cerebro del anciano se albergaba una convicción - era imposible no notarlo -, a saber que la gente le consideraba ahora con un aire extraño, que no se le trataba ya como antes, cuando el estado de su salud era perfecto; esa impresión no le abandonaba jamás, ni siquiera en las reuniones mundanas más alegres. El anciano se hizo susceptible; notaba algo en todos los ojos. La idea de que se le tuviese aún por loco le atormentaba visiblemente; incluso a mí mismo me miró a veces con desconfianza. Y si alguna vez se hubiese enterado de que alguien propagaba o confirmaba aquel rumor respecto a él, creo que ese hombre absolutamente sin rencor alguno se habría convertido en su enemigo mortal. Esto es lo que os ruego que tengáis en cuenta. Añadiré que esto fue también lo que me decidió desde el primer día a no tratarlo brutalmente; incluso me sentía feliz cuando por casualidad se me presentaba la ocasión de alegrarlo o de distraerlo; no creo que esta confesión pueda echar ninguna sombra sobre mi dignidad.

Tenía invertida en negocios una gran parte de su fortuna. Después de su enfermedad había adquirido una participación en una gran sociedad anónima. Por lo demás muy sólida (14). Y aunque la empresa fuera gobernada por otros, él se interesaba también, frecuentaba las reuniones de los accionistas, se hizo elegir miembro fundador, asistía a los consejos, pronunciaba largos discursos, refutaba, hacía ruido, con una satisfacción manifiesta. Le encantaba pronunciar discursos: por lo menos todo el mundo podia así ver su ingenio. Y de una manera general, incluso en su vida privada más íntima, le encantaba enormemente colocar en su conversación algunas sentencias profundas o algunas frases brillantes; y yo lo comprendo. Había en su palacio, en el piso inferior, una especie de mostrador doméstico en el que un empleado se ocupaba de los negocios, hacía las cuentas y llevaba los libros, sin dejar de gobernar la casa. Este empleado, que tenía además un puesto oficial, era completamente suficiente, pero, por deseos del príncipe, se me colocó junto a él, con el pretexto de ayudarle.

Ünicamente que fui trasladado en seguida a1 gabinete del príncipe, y con mucha frecuencia no tenía delante de mí, ni siquiera para cubrir las apariencias, ni trabajo ni papeles ni libro.

Escribo hoy como un hombre que se ha serenado hace mucho tiempo y está de vuelta de muchas cosas; pero ¿cómo representaría yo la pena (de la que me acuerdo aún tan vivamente) que invadía entonces mi corazón y sobre todo mi turbación de aquella época, que me condujo a un estado tal de inquietud y de acaloramiento, que ya no dormía por las noches, a causa de mi misma impaciencia y de los enigmas que me proponía a mí mismo?

II

Pedir dinero es una cosa muy sucia; incluso un salario, si en alguna parte de los repliegues de la conciencia se siente que ese salario no está bien ganado. Ahora bien, la víspera, mi madre, cuchicheando con mi hermana a propósito de Versilov («para no causarle pena a Andrés Petrovitch»). había manifestado su intención de llevar al Monte de Piedad un icono al que ella estimaba mucho. Yo tenía un salario de cincuenta rublos por mes, pero ignoraba en absoluto cómo lo percibiría; al colocarme, no se había precisado nada. Tres días después, al encontrarme abajo con el empleado, le pregunté dónde podría hacer que me pagaran. El otro me miró con una sonrisa de hombre asombrado (no me tenía la menor simpatía):

-¿Es que tiene usted que cobrar algo?

Yo esperaba que él agregase, inmediatamente después de mi respuesta:

-¿Y por qué?

Pero se limitó a responder secamente:

-No sé nada -sumergiéndose luego en su libro rayado al que iba volcando cuentas escritas en tiras de papel.

Por lo demás, él bien sabía que yo realizaba algún trabajo, a pesar de todo. Quince días antes, me había llevado exactamente cuatro días ocupado en un trabajo que él mismo me encargó: copiar en limpio un borrador. Había sido preciso redactarlo casi todo de nuevo. Era un amasijo de « ideas»

del príncipe, ideas que se disponía a presentar al comité de los accionistas. De todo aquello había que componer un todo, y arreglar el estilo. A continuación el príncipe y yo nos pasamos todo un día hablando de aquel documento, y discutió muy vivamente conmigo; pero se quedó satisfecho.

Solamente ignoro si el escrito fue remitido o no. No mencionaré dos o tres cartas de negocios que escribí también a petición suya.

Si me fastidiaba lo de pedir mi salario, era porque había resuelto dejar la colocación, presintiendo que me vería obligado a irme también de allí, a causa de ciertas circunstancias inevitables. Aquella mañana, una vez despierto y dispuesto a vestirme en el piso alto, en mi habitacioncita, sentí que el corazón me latía con fuerza y tuve que imponerme a mí mismo para fingir indiferencia, pero al entrar en las habitaciones del príncipe, volví a sentir todavía la misma turbación: aquella mañana debería llegar la persona, la mujer de la que yo aguardaba la explicación de todo lo que me atormentaba. Era la hija del príncipe, la generala Akhmakova, aquella viuda joven de la que ya he hablado y que estaba en guerra abierta con Versilov. ¡He escrito ese nombre por fin! Naturalmente yo no la había visto nunca y no podía figurarme cómo le hablaría ni si le hablaría; pero me parecía (quizá con razones suficientes) que con su venida se disiparían las tinieblas que, a mis ojos, rodeaban a Versilov. No podía estar tranquilo: era un terrible fracaso encontrarse desde el primer momento tan cobarde y tan torpe; era terriblemente curioso y sobre todo odioso: tres impresiones a la vez. Aquel día lo recuerdo con todo detalle.

Mi príncipe no sabía nada aún de la llegada probable de su hija. No la aguardaba antes de una semana. Yo me había enterado la víspera y totalmente por azar: Tatiana Pavlovna, que había recibido una carta de la generala, había dejado escapar su secreto delante de mí, hablando con mi madre. En vano se habían esforzado en hablar en voz baja y con términos vagos; yo lo había adivinado todo. No es que estuviese escuchando, eso es evidente; pero no pude menos que poner el oído alerta cuando vi de repente hasta qué punto mi madre se turbaba al enterarse de la llegada próxima de aquella mujer. Versilov no estaba en casa.

Yo no quería avisar al anciano, porque había podido notar durante todo aquel tiempo cómo temía él aquella llegada. E incluso, tres días antes, se había dejado decir, tímida y vagamente, que aquella llegada la temía por mí, o más bien que por mi causa habría una discusión. Debo añadir sin embargo que, con respecto a su familia, conservaba su independencia y su superioridad, sobre todo en asuntos de dinero. Mi primera conclusión respecto a él fue que no era más que una mujercilla; pero en seguida tuve que enmendar aquel juicio en el sentido de que, si era una mujercilla, le quedaba sin embargo a veces una cierta terquedad, a falta de virilidad verdadera.

Había instantes en los que, con su carácter en apariencia cobarde y maleable, se ponía casi insufrible. Versilov me explicó la cosa en seguida más detalladamente. Anoto ahora con curiosidad que casi nunca hablábamos de la generala, por así decirlo evitábamos hablar de ella: era yo sobre todo quien lo evitaba, y él a su vez evitaba hablar de Versilov, y yo adivinaba que no me respondería en caso de hacerle una de esas preguntas delicadas sobre cosas que me intrigaban tanto.

Si se quiere saber de qué hablamos durante todo aquel mes, responderé: en resumen, de todo, pero siempre de cosas raras. Lo que me agradaba mucho era la extrema bonachonería con la que me trataba. A veces yo consideraba a aquel hombre con un asombro extremado y me preguntaba: «

¿Dónde ha podido encajar bien? En el Instituto, en el cuarto curso por ejemplo, habría sido un camarada encantador.» Yo estaba también impresionado por su rostro: parecía extraordinariamente serio (y casi guapo), seco; cabellos rizados, blancos, espesos, ojos abiertos; en toda su persona era enjuto, de buena estatura; pero su rostro tenía la particularidad más bien desagradable, casi inconveniente, de pasar de pronto de una seriedad extrema a una alegría excesiva, que el que le veía por primera vez no habría podido prever jamás. Se lo dije a Versilov, que me escuchó con curiosidad; sin duda no me creía capaz de hacer tales observaciones; pero indicó como de paso que eso le acontecía al príncipe desde su enfermedad y en la época más reciente.

Con frecuencia hablábamos de dos temas abstractos: Dios y su existencia - ¿existe o no? - y de las mujeres. El príncïpe era muy religioso y muy sensible. Tenía en su despacho un inmenso armario de iconos con una lámpara. Pero en ciertos rnomentos le asaltaba la murria y se ponía de golpe y porrazo a dudar de la existencia de Dios, y decía cosas sorprendentes, para provocar mi réplica. Yo era bastante indiferente, de una manera general, a aquella idea, pero esto no impedía que nos enzarzásemos los dos y siempre sinceramente. Por lo demás, todas aquellas conversaciones me han dejado, hasta hoy día, un recuerdo agradable. Sin embargo, lo más agradable para él era charlar sobre las mujeres, y como, no gustándome apenas ese tema de conversación, yo no podía ser un buen interlocutor, a veces se mostraba dolido por eso.

Se puso justamente a hablar de ese tema desde el momento en que llegué a su casa aquella mañana.

Me lo encontré de muy buen humor, siendo así que la víspera lo había dejado extremadamente cariacontecido. Ahora bien, me hacía una falta enorme resolver aquel mismo día la cuestión de mi salario, antes de la llegada de ciertas personas. Yo preveía que aquel día seríamos seguramente interrumpidos (no en vano me latía tan fuertemente el corazón); y entonces no tendría quizá valor para hablar de dinero. Pero como la conversación no recaía sobre el dinero, me enfurecí naturalmente contra mi estupidez y, me acuerdo muy bien de ello, por reacción contra alguna pregunta suya verdaderamente demasiado alegre, le expuse mis ideas sobre las mujeres de un solo tirón y con una vivacidad extraordinaria. Resultó así que .se desbocó todavía más y siempre a mi costa.

III

... No me gustan las mujeres, porque son groseras, porque son torpes, porque no tienen iniciativa y porque llevan un vestido absurdo.

Tal fue la conclusión desordenada de mi larga parrafada.

-¡Piedad para ellas, querido mío! - exclamó él, terriblemente divertido, lo que me enfureció aún más.

Soy conciliador y minucioso solamente en las cosas pequeñas; en las grandes no cedo jamás. En las cosas pequeñas, en vagas actitudes mundanas, se puede hacer de mí todo lo que se quiera, y maldigo siempre ese rasgo de mi carácter. Por no sé qué infecta bonachonería, he estado a veces dispuesto a aprobar incluso a un fatuo mundano, únicamente porque me sentía encantado por su cortesía, o a emprender una discusión con un imbécil, cosa que es de lo más imperdonable. Todo eso a causa de no saberme contener y porque he crecido en mi rincón. Uno se va furioso y jura no volver a empezar, pero al día siguiente es la misma historia. He ahí por qué se me ha tratado a veces como a un chiquillo de dieciséis años. Pero en lugar de adquirir el dominio de mí mismo, prefiero, aun hoy día, encerrarme más y más en mi rincón, aunque sea en la forma más misántropa: « ¡Torpe si queréis, pero os digo adiós! » Y lo digo en serio y para siempre. Por lo demás, no escribo esto en absoluto a propósito del príncipe, ni a propósito de la conversación de marras.

No estoy hablando para divertirle a usted - casi le grité -. Expreso sencillamente mi opinión.

-Pero ¿en qué son groseras las mujeres y por qué están vestidas de una manera absurda? Eso es lo que me parece nuevo.

-Son groseras. Vaya usted al teatro, vaya al paseo. Todos los hombres saben caminar por la derecha, se llega a un cruce y se cede el paso, yo cojo por la derecha y el otro también. La mujer, quiero decir la señora, porque estoy hablando de las señoras, arremete contra uno sin mirarlo siquiera, como sí estuviésemos obligados a desviarnos para cederles el sitio. Yo estoy dispuesto a ceder ante una criatura más débil, pero aquí no es cuestión de derecho. ¿Por qué está ella tan segura de que estoy obligado a hacerlo? ¡He ahí lo indignante! En esos encuentros escupo siempre de disgusto. Después de lo cual, ellas gritan que se las humilla, reclaman la igualdad. ¡La igualdad!

¡Cuando me empujan o me llenan la boca de polvo!

-¡De polvo!

-Sí. Porque van vestidas de una manera inconveniente. Hay que ser tan depravado para no notarlo.

En los tribunales se hacen los juicios a puerta cerrada cuando se va a tratar de cosas inconvenientes:

¿por qué se permiten esas cosas en la calle, donde el público es aún más numeroso?

»Se cuélgan ostensiblemente polisones en el trasero, para demostrar que son mujeres guapas.

¡Ostensiblemente! Yo no puedo dejar de notarlo, los muchachos lo notan también, el niño, el jovencito que empieza, también lo nota. Es una infamia. ¡Que los viejos libertinos las admiren y corran detrás con la lengua afuera, ¡sea!, pero hay una juventud pura, a la que es preciso preservar.

No queda más que escupir de disgusto. Va andando por el bulevar y detrás de ella una cola de un metro barre el polvo. Usted, que va detrás, tiene que salir corriendo para rebasarla o bien dar un salto de costadillo, de lo contrario ella le meterá en la boca y en la nariz dos kilos de polvo. A más de eso, esa seda, la pasea ella sobre los guijarros durante tres kilómetros, simplemente para obedecer a la moda, y su marido gana quinientos rublos por año en el Senado: ¡he ahí de donde vienen todos los tiestos! Yo escupo encima, escupo ruidosamente y suelto un juramento.

Anoto esta conversación de manera un poco humorística y con mi vivacidad de entonces; pero las ideas siguen siendo aún las mías.

-¿Y no te ha pasado nada? - se interesa el príncipe.

-Escupo y paso. Naturalmente, ella comprende, pero no lo deja entrever, avanza majestuosamente sin volver la cabeza. Una solo vez he disputado muy en serio con dos mujeres, las dos con cola, en el bulevar, sin palabras feas, desde luego, solamente he hecho la observación en voz alto de que aquellas colas me ofendían.

-¿Así lo dijiste?

-Desde luego. Ante todo, ese tipo de mujer traspasa las reglas de la buena sociedad. Además levanta polvo, y el bulevar es para todo el mundo: yo me paseo por él, otro se pasea, un tercero...

Fedor, Iván, poco importa. Eso es lo que dije. Y por lo general no me gusta el andar de las mujeres, vistas de espalda; lo he dicho también, pero por alusión.

-Pero, amigo mío, puedes buscarte un 1ío desagradable. Podrían llevarte ante el juez de paz.

-¡Imposible! ¿De qué podían ellas quejarse? Un hombre pasa a su lado y va hablando solo. Cada cual tiene derecho a expresar sus opiniones en voz alto. Yo hablaba en abstracto, sin dirigirma a ellas. Son ellas las que me han atacado: ellas se han puesto a decir palabras gruesas mucho más feas que las mías; que yo era un vago, que debían dejarme sin postre, que era un nihilista, que se me debía llevar al calabozo municipal, que las había insultado porque eran solas y débiles y que, si hubiesen tenido un hombre con ellas, me habría escapado aprisa y corriendo. Declaré fríamente que sería mejor que me dejasen tranquilo y yo pasaría por el otro lado. Pero, para demostrarles que no tenía miedo de sus maridos y que estaba dispuesto a aceptar el desafío, las seguiría a veinte pasos hasta sus casas, luego me apostaría delante de su puerta y aguardaría a11í a sus maridos. Eso es lo que hice.

-¿Es posible?

-Desde luego. Era una tontería, pero yo estaba rabioso. Ellas me arrastraron así más de tres kilómetros, con un color tórrido, hasta los Institutos de señoritas. En seguída entraron en una casa de madera sin pisos, muy decorosa, tengo que reconocerlo, en las ventanas de la cual se veían muchas flores, dos canarios, tres perritos y grabados puestos en sus marcos. Me quedé una media hora delante de la casa, en plena calle. Ellas miraron tres veces a hurtadillas, luego bajaron todas las persianas. Por fin, por una puertecita salió un funcionario de edad madura. A juzgar por su aspecto, debía de estar durmiendo y lo habían despertado a propio intento; estaba con ropa de dormir o, por lo menos, vestido muy sumariamente; se apostó ante la puertecilla, con las manos detrás de la espalda, y se dedicó a mirarme; yo le miraba. Luego él apartó la vista, me miró después una vez más, y de pronto me sonrió. Volví la espalda y me fui.

-¡Pero, amigo mío, eso es Schiller! (15). Una cosa me ha asombrado siempre: tienes las mejillas rojas, la cara te brilla de salud, y... semejante..., sí, se le puede llamar así, ¡semejante repugnancia hacia las mujeres! ¿Es posible que la mujer no te produzca, a tu edad, una cierta impresión? Yo.

mon cher yo no tenía más que once años cuando mi preceptor me hacía observar que miraba demasiado de cerca las estatuas del Jardín de Verano (16).

-Está usted empeñado en que haga una visita a cualquier Josefina de esos parajes y le traiga luego noticias. ¡Es inútil! A los trece años he visto la desnudez femenina, toda por entero. Desde aquel momento no tengo más que rcpugnancia por ella.

-¿En serio? Pero, cher enfant (17), una mujer hermosa y joven es como una manzana. ¿Qué hay en eso de repugnante?

-En mi antigua pensión, en casa de Tuchard, antes del Instituto, yo tenía un camarada llamado Lambert. Me pegaba siempre, pordue tenía tres años más que yo, y yo le servía y le sacaba las botas. El día de su confirmación, el abate Rigaud vino a visitarlo con motivo de su primera comunión; los dos se lanzaron al cuello el uno del otro con grandes llantos y el sacerdote to estrechó contra su pecho con toda clase de gestos. Yo lloraba también, y sentía muchos celos.

Cuando su padre murió, salió de la pensión, estuve sin verle más de dos años, y luego me lo encontré en la calle. Dijo que me vendría a ver. Yo estaba entonces en el Instituto y vivía en casa de Nicolás Semenovitch. Vino una mañana, me enseñó quinientos rublos y me invitó a seguirle. Por más que dos años antes me pegara, siempre había tenido necesidad de mí, y no solamente para quitarse las botas; me contaba todos sus asuntos. Me dijo que aquel mismo día había robado el dinero a su madre, haciendo un duplicado de la llave de su cofrecito, porque el dinero del padre le pertenecía legalmente y ella no tenía derecho a negárselo; que el abate Rigaud había venido la víspera por la noche a sermonearlo: había entrado, se había colocado delante de él y se había puesto a gimotear, fingiendo horror y levantando los brazos al cielo: «yo saqué mi navaja y dije que iba a degollarlo» (pronunciaba degoyallo). Nos fuimos juntos al Kuznetski. Me contó por el camino que su madre tenía relaciones con el abate Rigaud, que él se había dado cuenta, que se ciscaba en todo, que todo lo que decían de la comunión eran tonterías. Habló todavía muchísimo más, y a mí me daba miedo. En el Kuznetski compró una escopeta de dos tiempos, un morral, cartuchos, una fusta y una libra de bombones. Nos fuimos a cazar por los alrededores y por el camino nos encontramos a un pajarero con jaulas. Lambert le compró un canario. En un bosquecillo, soltó el canario, que no podía volar bien, al salir de la jaula, y le tiró, pero sin darle. Era la primera vez en su vida que tiraba, pero, desde hacía mucho tiempo ya, quería comprar una escopeta; en casa de Tuchard aquello había sido por mucho tiempo el sueño de nosotros dos. Estaba como ahogado por la emoción. Sus cabellos eran de un negro espantoso, la cara blanca y roja, como una máscara, la nariz larga y corva como la tienen los franceses, los dientes blancos, los ojos negros. Ató al canario con un hilo a una rama y, con los dos cañones, a boca de jarro, a cuatro centímetros de distancia, soltó dos disparos que lo destrozaron en mil plumitas. En seguida deshicimos el camino, entramos en un hotel, tomamos una habitación, comimos, y bebimos champaña. Llegó una señora... me acuerdo que me quedé muy impresionado por el lujo de su indumentaria, su vestido de seda verde. Allí fue donde vi todo... eso de lo que le he hablado a usted... En seguida nos pusimos otra vez a beber y a enfadarla y a injuriarla. Estaba desnuda. Él escondió la ropa y, cuando ella se enfadó y reclamó la ropa para vestirse, le dio con toda su fuerza un fustazo en las espaldas desnudas. Me levanté, le cogí por los cabellos y le golpeé tan diestramente que, al primer golpe, cayó en tierra. Se apoderó de un tenedor y me lo clavó en el muslo. A mis gritos, la gente acudió, y pude huir. Desde entonces la desnudez me causa horror. Y, créalo usted, era una belleza.

A medida que yo hablaba veía como la fisonomía del príncipe pasaba del regocijo a la tristeza.

- Mon pauvre enfant! Siempre he estado convencido de que tu infancia ha conocido muchos días desgraciados.

-No se inquiete usted por rní, se to ruego.

-Pero estabas solo, tú mismo me lo has dicho. En cuanto a ese Ambert, me has hecho un retrato de él...: ese canario, esa confirmación con llanto sobre el pecho, y seguidamente, un año después, esa historia de su madre con el abate... O mon cher! Esta cuestión de la infancia es sencillamente terrible en nuestra época: mientras esas cabecitas doradas, con sus bucles y su inocencia, en su primera infancia, evolucionan delante de uno, mirándolo, con sus risas claras y sus ojos luminosos, se creería estar viendo ángeles del buen Dios o pajarillos encantadores; pero más tarde... ¡más tarde sucede que mejor habrían hecho no creciendo!

-¡Oh, príncipe, he aquí que se desanima usted! Se diría en realidad que tiene usted hijos. Sin embargo, no los tiene ni los tendrá nunca.

- Tiens! - y todo su rostro cambió de pronto -. justamente Alexandra Petrovna, anteayer, ¡ja, ja!

Alexandra Petrovna Sinitskaia, tú debes de haberla encontrado aquí hace tres semanas, figúrate que anteayer, a mi observación burlona de que, si yo me casaba ahora, podría estar seguro por lo menos de no tener hijos, me replicó súbitamente, casi con una especie de rabia: «Al contrario, usted los tendrá, la gente como usted es la que los tiene oblígatoriamente, y vendrán dentro del primer año, ya lo verá.» ¡Ja, ja! Todo el mundo se figura, no sé por qué, que voy a casarme. En fin, aunque esto se diga con malignidad, confiesa que es ingenioso.

-Ingenioso, pero ofensivo.

-Oh, cher enfant, hay gente con la que no se puede uno ofender. Lo que aprecio más en la gente es el ingenio, que por lo visto está en vías de desaparecer. Pero, ¿es que hay que echar cuenta de lo que pueda decir Alexandra Petrovna?

-¿Cómo, que ha dicho usted? Hay gente con la que no se puede... ¡Está muy bien eso! No todo hombre merece que se le preste atención. ¡Regla admirable! Justamente es una regla así la que yo necesito. Voy a anotarla. Príncipe, de vez en cuando dice usted cosas maravillosas.

Todo su rostro se iluminó.

-Nest-ce pas? Cher enfant, el verdadero ingenio desaparece, y cada día más. Eh mais. .. C'est moi qui connais les femmes. Créeme, la vida de toda mujer, cualesquiera que sean sus palabras, no es más que la búsqueda eterna de un amo... Una sed de obediencia, por decirlo así. Y, nótalo bien, sin la menor excepción.

-¡Absolutamente justo, admirable! -exclamé yo, entusiasmado.

En otro momento cualquiera, nos habríamos lanzado inmediatamente a consideraciones filosóficas sobre este tema, a lo menos durante una hora larga, pero de repente me sentí como mordido y me ruboricé hasta la raíz de los cabellos. Me pareció que, alabando sus frases brillantes, yo lo halagaba por su dinero y que, de todos modos, se quedaría persuadido de aquello cuando le formulase mi petición. Por eso menciono el hecho aquí.

-Príncipe, le quedaría muy reconocido si me hiciera entregar hoy mismo los cincuenta rublos que me debe de este mes - dije de una tirada y con una irritación que rozaba la grosería.

Me acuerdo (porque se me ha quedado impresa er la memoria toda aquella mañana hasta en sus menores detalles) que entonces se produjo entre nosotros una escena odiosa, por su realismo. Al principio, no me comprendió, me miró largo rato, sin llegar a entender de qué dinero quería yo hablarle. Era evidente que ni siquiera tenía la más mínima idea de que yo percibiese un salario. ¿Y

por qué, por otra parte? Es cierto que en seguida me aseguró que se había olvidado y que, inmediatamente después de haber comprendido, sacó instantáneamente cincuenta rublos, apresurándose a incluso poniéndose colorado. Viendo aquello, me levanté y declaré categóricametite que ahora ya no podía yo aceptar dinero alguno, que si se me había hablado de un sueldo, era sin duda error o engaño, para que yo no me negase a aceptar el puesto, y que yo comprendía ahora demasiado bien que no tenía nada que percibir, puesto que nada tenía que hacer.

El príncipe se asustó y se esforzó en persuadirme de que yo le prestaba servicios inmensos, que se los prestaría todavía más y que cincuenta rublos eran una suma tan ínfima, que, por el contrario, me la aumentaría, porque era deber suyo, y que él mismo se había puesto de acuerdo con Tatiana Pavlovna, pero que había cometido «un olvido imperdonable». Estallé y declaré definitivamente que me deshonraría percibiendo dinero por relatos escandalosos sobre la manera como había acompañado a dos suripantas hasta los Institutos, que yo no estaba a su servicio para divertirle, sino para trabajar en serio, que, si él no tenía trabajo, era preciso poner punto final, etc., etc. Yo no tenía la menor idea de que uno pudiese asustarse tanto como él se asustó después de aquellas palabras.

Evidentemente, el asunto terminó de esta forma: dejé de protestar, y él me metió entre las manos, a pesar de todo, aquellos cincuenta rublos. ¡Todavía me acuerdo con la frente llena de vergüenza habérselos aceptado! En este mundo todo termina con alguna bajeza. Y, lo que es peor, casi llegó a demostrarme que yo había ganado indiscutiblemente aquel dinero, y cometí la estupidez de creerlo.

Me parecía absolutamente imposible no tomarlos.

- Cher, cher enfant! - exclamaba abrazándome y cubriéndome de besos (lo confieso, yo estaba a punto de llorar, el diablo sabe por qué, pero me contuve a incluso hoy día, al escribir, el rubor me sube a la cara) -. Querido amigo, tú eres para mí casi un hijo, tú te has convertido durante este mes en un pedazo de mi corazón. En el «gran mundo» no hay más que el «gran mundo» y nada más.

Catalina Nicolaievna – su hija - es una mujer brillante y estoy orgulloso de ella, pero con mucha frecuencia, querido mío, ella me hiere... En cuanto a esas muchachas (elles sont charmantes) y a sus madres, que vienen a felicitarme en mai onomástica, se traen consigo sus labores y son incapaces de decir una palabra. Tengo ya, hechos por ellas, docenas de cojines, siempre con perros y ciervos. Las quiero mucho, pero contigo me siento casi como con un hijo, o, mejor, con un hermano y me gusta sobre todo cuando me replicas... Tú tienes letras, tú has leído, tú eres capaz de entusiasmo...