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El Amor en la Antigüedad por Gea Francisco - muestra HTML

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INTRODUCCIÓN

I.- GILGAMESH Y LA CÓPULA SAGRADA

MESOPOTAMIA

SHÁMHAT Y ENKIDÚ

ENKIDÚ Y GILGAMESH

II.- LA BELLEZA DE LA REINA NEFERTITI

EL ANTIGUO EGIPTO

NEFERTITI Y LA BELLEZA DEL ROSTRO FEMENINO

TUTANKHAMÓN Y EL FINAL DE UNA ÉPOCA

III.- EL ANTIGUO TESTAMENTO

ISRAEL

LA FAMILIA HEBREA

EL AMOR EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

EL CANTAR DE LOS CANTARES

IV.- HOMERO Y EL AMOR CONYUGAL

INTRODUCCIÓN

HELENA DE TROYA

ANDRÓMACA

LA DIOSA HERA

CIRCE, CALIPSO Y NAUSÍCAA

PENÉLOPE

V.- DE HESÍODO A SAFO

HESÍODO Y EL DISCURSO DE LA MISOGINIA

LA POESÍA LÍRICA ARCAICA AMOROSA

SAFO DE LESBOS

VI.- SEXUALIDAD Y FAMILIA EN LA ANTIGÜEDAD

CLÁSICA

LA CONDICIÓN DE LA MUJER EN GRECIA

LA EDUCACIÓN HELÉNICA

LA FAMILIA ROMANA

VII.- EURÍPIDES Y LA PASIÓN AMOROSA

EL TEATRO GRIEGO

EURÍPIDES

LAS GRANDES MUJERES HOMÉRICAS SEGÚN EURÍPIDES

APOLOGÍA DE HELENA

LA PASIÓN DE MEDEA

LA HISTORIA DE HIPÓLITO Y FEDRA

LA PASIÓN AMOROSA SEGÚN EURÍPIDES

VIII.- LAS IDEAS PLATÓNICAS SOBRE EL AMOR

INTRODUCCIÓN

NOTAS BIOGRÁFICAS

LISIS O DE LA AMISTAD

EL PLANTEAMIENTO DEL BANQUETE

LOS CINCO PRIMEROS DISCURSOS DEL BANQUETE

LA FIGURA DE DIOTIMA DE MANTINEA

LOS MISTERIOS MAYORES DEL AMOR

EL FINAL DEL BANQUETE

LAS IDEAS SOBRE EL AMOR DEL FEDRO

CONSIDERACIONES SOBRE LAS IDEAS PLATÓNICAS DEL

AMOR

IX.- DE APOLONIO DE RODAS A LONGO

ALEJANDRÍA

LAS ARGONÁUTICAS

PLUTARCO Y LA FILOSOFÍA GRECOLATINA DEL AMOR

DAFNIS Y CLOE

X.- MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA

LA REINA DE EGIPTO

JULIO CÉSAR Y CLEOPATRA

MARCO ANTONIO

EL AMOR DE MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA

EL FINAL DE CLEOPATRA

XI.- LA PASIÓN AMOROSA EN LA ELEGÍA LATINA

INTRODUCCIÓN

LESBIA Y CATULO

LA SUBLIMACIÓN DE AMOR EN LA POESÍA DE CATULO

TIBULO Y DELIA

PROPERCIO Y CINTIA

UNA NOTA SOBRE LA ENEIDA

XII.- OVIDIO Y EL ARTE DE AMAR

INTRODUCCIÓN

AMORES

CÓMO CONSEGUIR EL AMOR DE UNA MUJER

CÓMO MANTENER EL AMOR

CÓMO DEBEN PROCEDER LAS MUJERES

REMEDIOS CONTRA EL AMOR

CONCLUSIÓN

XIII.- APULEYO Y EL ASNO DE ORO

INTRODUCCIÓN

LA PASIÓN AMOROSA EN EL ASNO DE ORO

PSIQUE Y AMOR

EL NACIMIENTO DE LA VOLUPTUOSIDAD

REFLEXIONES SOBRE EROS Y PSIQUE

XIV.- UN APUNTE SOBRE EL AMOR EN EL CRISTIANISMO

INTRODUCCIÓN

ISRAEL EN TIEMPOS DE JESUCRISTO

EL MENSAJE CRISTIANO DEL AMOR

EL AMOR HUMANO EN SAN AGUSTÍN

XV.- BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

La presente obra es un recorrido por lo que vivieron, sintieron y

expresaron en la Antigüedad algunos de sus personajes más conspicuos

sobre el conmovedor, fascinante y eterno tema del amor. Pretendemos

acercar estos verdaderos tesoros a los lectores actuales. Aunque nos

centraremos en la Antigüedad Clásica, no nos limitaremos a ella y

realizaremos algunas incursiones, aunque sean breves, por otros pueblos y

civilizaciones de la época.

Hablaremos de los babilonios, del gran poema de Gilgamesh, que es la

obra cumbre de su literatura, y de la historia de Enkidú y Shámhat.

Trataremos de los egipcios, para lo que nos centraremos en una obra de

arte sorprendente y especialísima, el busto de la reina Nefertiti, que parece

sobrehumano, y que desde que se creó pasó siglos perdido hasta ser

descubrió hace poco más de cien años. Nos acercaremos al pueblo judío y a

sus libros sagrados, lo que conocemos genéricamente como el Antiguo

Testamento. Estudiaremos sus ideas y sus normas sobre la familia, las

relaciones conyugales, la sexualidad y la mujer. También repasaremos las

grandes historias de amor que aparecen en sus textos sagrados, como la de

Sansón y Dalila o David o Betsabé, y nos detendremos en ese poema

extraordinario y profundo que conocemos como el Cantar de los Cantares.

El siguiente núcleo temático nos conducirá a los griegos, para los que

el amor, Eros, era un dios más antiguo e incluso más poderoso que los

dioses del Olimpo, incluido el propio Zeus. Examinaremos lo que dijo su

máximo poeta y educador, Homero, en la Ilíada y la Odisea, y también lo

que escribieron otros poetas posteriores como Hesíodo y los líricos

arcaicos, con especial atención a Safo de Lesbos. Trazaremos las líneas

principales de las ideas helénicas y romanas sobre la familia, la educación,

la mujer, el matrimonio y la sexualidad, incluida la pederastia.

Analizaremos la obra del trágico Eurípides y del inmenso Platón, que para

algunos expertos es la persona que más hondamente ha pensado sobre la

naturaleza del eros. Tras él, nos acercaremos a dos obras especiales de la

literatura helenista, cuales son el poema de las Argonáuticas y esa ingenua

y deliciosa novela pastoril que es Dafnis y Cloe. Entre medias le

dedicaremos un apartado a lo que pensaban Plutarco y otros filósofos sobre

nuestro tema.

Con Marco Antonio y Cleopatra entramos en un mundo fronterizo, en

parte romano y en parte griego alejandrino, y nos encontramos con una de

las grandes historias de amor de la Antigüedad y posiblemente de todos los

tiempos, mezclada además con profundas intrigas y luchas de poder que

luego sirvieron de inspiración a autores como William Shakespeare.

Mención especial merece la elegía latina y sus cuatro grandes

cultivadores: Catulo, Tibulo, Propercio y Ovidio. De los tres primeros

hablaremos como grandes poetas que son y como protagonistas de otras

tantas grandes historias de amor. De Ovidio lo haremos como un

extraordinario tratadista del amor, alegre, desenfadado, ingenuo, vividor y

descarado, y como un enamorado de todas las mujeres. Aprovecharemos

para dedicarle también un apartado a Virgilio, el mayor poeta en lengua

latina aunque su registro más destacado no sea el amoroso.

Le dedicaremos un capítulo muy especial a la divertida novela El asno

de oro de Apuleyo, una obra singularísima y encantadora, que contiene la

hermosa historia de Eros y Psique, una fábula que parece preternatural y

que sin duda está entre lo mejor, más agudo y delicado que se ha escrito

sobre el amor.

Finalmente regresaremos a Israel y le dedicaremos un capítulo a la

noción cristiana del amor, aunque tiene poco de erótica, y consideraremos

lo que dijeron Jesús, San Juan, San Pablo y por último San Agustín,

pensador fronterizo que vive entre el final de la Edad Antigua y el

comienzo de la Edad Media.

Con estos mimbres excepcionales esperemos no haberlo hecho

demasiado mal y no desmerecer demasiado de este inmenso legado. En

cualquier caso, deseamos que esta obra sea una invitación acertada y

entusiasta para acercarse directamente a las fuentes, pues guardan

verdaderos tesoros urdidos con suma sensibilidad, experiencia vital y

talento. Para la portada hemos recurrido a la obra del pintor neoclasicista

francés François Gérard Psyché et l’Amour (1798).

Por último, quiero agradecerle a mi buena amiga Teresa Jiménez

Almagro el trabajo que le ha dedicado a este texto y que tanto me ha

servido para mejorarlo.

I.- GILGAMESH Y LA CÓPULA SAGRADA

MESOPOTAMIA

Comenzaremos esta historia sobre el amor en la Antigüedad en las

áridas tierras de Babilonia, al sur de Mesopotamia, en la actual Iraq, con un

poderoso y profundo poema épico que habla de dos de los temas mayores

del destino humano, que son el descubrimiento de la sexualidad, entendida

como factor formativo y hasta de humanización, y el de la conciencia de la

muerte como compañera insoslayable de la propia condición humana.

Mesopotamia está considerada como la primera civilización de la

humanidad y nos ha legado un importante acervo literario, que los

especialistas estudian con empeño, en el que el erotismo y el amor poseen

un papel considerable. Gracias a esto, comprobamos que a nuestros

antepasados les conmovían la belleza, la juventud y la pasión igual que a

nosotros, y que eran capaces de hablar con elocuencia de la dulzura, las

caricias, el estremecimiento y el placer, pero también de los celos, el

miedo, el abandono y el desamor. Dentro de esta literatura, de la que por

desgracia queda poco, nos centraremos en su obra más importante: el

poema de Gilgamesh.

El poema de Gilgamesh es una epopeya babilónica escrita en lengua

acadia que data del siglo XIII a.C. Acadia era la parte norte de Babilonia y

Sumeria era su parte sur desde el tercer milenio a.C., en donde ambos

pueblos se habían asentado en el milenio anterior. El poema se atribuye a

un sacerdote llamado Sin-leqi-unninni, aunque se basa en diversas

versiones anteriores redactadas en distintas lenguas semíticas antiguas,

como el sumerio, que en algunos casos se remontarían hasta el primer

tercio del segundo milenio antes de Cristo. Con el tiempo los sumerios y

los acadios habrían acabado por convivir en las tierras babilónicas y así

habrían formado la civilización híbrida de Mesopotamia, como la

denominaba el eminente asiriólogo francés Jean Bottéro.

El poema se perdió con el paso del tiempo y fue redescubierto a

mediados del siglo XIX en la biblioteca de las ruinas del palacio del rey

Asurbanipal (668-627 a.C.) por un explorador inglés llamado Austen H.

Layard. La escritura cuneiforme en la que estaba escrito fue descifrada por

varios especialistas en 1857 y nueve años más tarde George Smith, que era

conservador de Museo Británico, tradujo las tablillas del poema de

Gilgamesh descubiertas hasta entonces. Los fragmentos más antiguos

datan aproximadamente del año 2100 a.C. y están escritos en sumerio, una

lengua tan distinta del acadio como pueda serlo el chino del español. Hay

una versión paleobabilónica de más o menos el año 1700 a.C. y por último

está la versión estándar, la de Sin-leqi-unninni.

La epopeya fue traducida y luego se le han ido añadiendo nuevos

descubrimientos de textos cuneiformes, así que de hecho no puede decirse

que se trate todavía de una tarea acabada pues podrían aparecer nuevos

fragmentos. Se estima que constaba en total de unos tres mil versos y que

lo que conservamos no llega a los dos tercios.

El protagonista es Gilgamesh, el más famoso de los reyes de Uruk,

ciudad situada en el desierto entre Bagdad y Basora. Se trata de un ser que

tiene sometido a su pueblo, pues nadie es tan poderoso como él, y que

podría estar inspirado en un personaje real que habría vivido en el siglo

XXVII a.C., es decir, antes de la construcción de la Gran Esfinge o la Gran

Pirámide de Keops.

El poema, que es la obra literaria más importante de la cultura

babilónica, versa sobre el heroísmo, la amistad, la soledad, la sexualidad y

en el fondo sobre la preocupación por la muerte y el más allá. Para los

hombres de Mesopotamia morir suponía caer en el inframundo, en un lugar

subterráneo y tenebroso, en el que la existencia era precaria y triste, en el

reino de la lúgubre reina Ereshkingal, que inspira terror tanto a los

hombres como a los dioses.

SHÁMHAT Y ENKIDÚ

Gilgamesh es el más célebre de los reyes de Uruk, dos tercios divino y

uno humano. Es perfecto por su fuerza, soberbio y sin par en cuanto a su

majestad. Su figura medía once codos de altura, la anchura de su pecho era

de nueve palmos y la longitud de su miembro de tres. Pero también es

prepotente, altivo y tiránico, aunque con el tiempo y la experiencia

cambiará, tiene sometido a su pueblo, que vive aterrado, y abusa de las

doncellas.

Eso provocó la queja de sus súbditos ante los dioses del cielo que, tras

oír sus súplicas, convocaron a la diosa Mah, madre de Gilgamesh, para que

concibiera otra criatura que pudiera luchar contra él. Mah creó sola al

héroe Enkidú, que será el coprotagonista de la historia. Enkidú es un ser

salvaje que está cubierto de pelo por todas partes, desnudo como los

animales, ajeno a la compañía humana, que habita y se alimenta con las

bestias y que posee una fuerza extraordinaria y sobrehumana. No vive en la

ciudad sino en la estepa y en el bosque, al margen de la civilización, en

tierras que en todo caso estaban habitadas por nómadas que se dedicaban al

pastoreo y la caza.

Enkidú no deja pastar a los rebaños ni deja tranquilo al cazador, que

no puede utilizar sus trampas y ejercer su profesión. Ante las quejas de

este, su padre le dijo que en Uruk habitaba Gilgamesh y que no había nadie

tan poderoso como él. Le recomendó que fuera a buscarlo para que le

contase cómo era el salvaje de la montaña y que le pidiera ayuda a la

hieródula o prostituta sagrada Shámhat para que le acompañase en su

cacería. Le aconsejó que cuando Enkidú fuera a beber con su manada,

hiciera que ella se quitase su vestido y le enseñara sus formas de mujer.

Como observa Stephen Mitchell, que ha realizado una versión en

verso de la obra al inglés, se trata de una recomendación sorprendente

porque lo que cabría esperar es que el poderoso rey hubiese enviado el

ejército para capturarlo. Sin embargo, Gilgamesh sabe de alguna manera

que Enkidú necesita ser sometido y que la única manera de hacerlo es

mediante el poder de la sexualidad.

Así procedió el cazador y Gilgamesh le permitió que se marchara con

Shámhat en busca del salvaje Enkidú. El término acadio shámhat significa

la bien dotada en carnes” o “la de gran apariencia física”, algo muy

adecuado para el oficio de prostituta sagrada que ejerce esta fémina. Como

observa Mitchell, no poseemos una palabra adecuada en nuestra lengua

para describir cuál es su función. Shámhat es una harimtu, una mujer

segregada, excluida, tabú, que vive aparte, en un prostíbulo anejo al

templo, cuya diosa es Ishtar, la gran prostituta sagrada. Dedica su vida a lo

que los babilonios consideraban el misterio sagrado y gozoso de la unión

sexual.

Isthar era la diosa del amor, y también la benefactora de Uruk, que se

conocía como la ciudad de las mujeres bellas y voluptuosas, de las

cortesanas sagradas. Se trata de la diosa más importante del panteón

acadio. Era la diosa del amor, del amor erótico de los amantes y de las

cortesanas. Era madre de otras diosas, progenitora universal y dueña de una

pasión ardiente y versátil. Se identificaba con el planeta Venus, el astro

más brillante, y luego adquirió la condición de diosa de la guerra.

Hay un bello Himno a Ishtar de finales del siglo XVII a.C., que nos da

una idea bastante cabal de la importancia y el papel de esta diosa, que

comienza así:

“Alabada sea la diosa, la más temible de las diosas.

Reverénciese a la dueña de los pueblos, la más grande de las

divinidades.

Alabada sea Ishtar, la más terrible de las diosas.

Reverénciese a la reina de las mujeres, la más grande de las

divinidades.

Está vestida de placer y amor.

Está henchida de vitalidad, encanto y voluptuosidad.

Isthar está vestida de placer y amor.

Está henchida de vitalidad, encanto y voluptuosidad.

De labios es dulce; hay vida en su boca.

A su aparición el júbilo es completo.

Es gloriosa; hay velos echados sobre su cabeza.

Su cuerpo es bello; sus ojos brillantes” [1].

La prostitución sagrada parece que era una forma de culto aceptada y

considerablemente extendida en Babilonia y en otras civilizaciones del

entorno. En el propio poema, Shámhat le cuenta a Enkidú cómo charlan y

ríen las sacerdotisas de Isthar delante del templo, animadas por la idea de

los placeres del sexo, dispuestas a servir a los hombres para honrar a la

diosa. Como señala Mitchell, su risa y su dicha sexual son para el poeta

una de las principales glorias de la civilización.

Las hieródulas poseerían un alto reconocimiento social en Babilonia,

disfrutaban de una buena educación y se consideraban iguales a los

hombres. Ishtar —la sumeria Inanna— era asimismo la diosa protectora de

las prostitutas y de los amores extraconyugales, que parece que carecían de

connotaciones negativas en Babilonia, ya que el matrimonio era un

contrato que perpetuaba la familia como base de la sociedad y fuente de

riquezas, pero en el que no se hablaba de amor o de fidelidad amorosa.

El origen de esta práctica de la prostitución sagrada, que hay que

indicar que ha sido cuestionada por algunos investigadores, no está muy

claro. Puede que se debiera a la extensión social del derecho de la primera

noche, por el cual el rey tenía la potestad de desflorar a toda recién casada;

tal vez fuera una especie de imitación de la unión sagrada de Ishtar con su

hijo, o simplemente se habría instituido a partir de la utilización de

prisioneras de guerra para prestar tales servicios.

Cuenta Heródoto en su Historia —aunque los datos que poseía sobre

Babilonia eran con frecuencia imprecisos, incompletos o fantasiosos— que

la costumbre más vergonzosa de los babilonios era la de ofrecer una vez al

año a toda mujer del país en el templo de esta diosa para que se entregar al

primer hombre extranjero que la solicite a cambio de un óbolo, sin

posibilidad de rehusarlo. Y agrega que las que son bellas y de buen tipo

regresan pronto a casa pero que hay otras que deben esperar incluso años

(I, 199).

Para lograr sustraer a Enkidú de su estado salvaje y civilizarlo,

Gilgamesh piensa que no hay más solución que hacer que una mujer lo

introduzca en los placeres de la sexualidad y de la vida cultivada. Tres días

estuvieron de camino Shámhat y el cazador hasta llegar al lugar donde

solía abrevar Enkidú y dos días más lo estuvieron esperando hasta que

apareció con la manada. Entonces el cazador le dijo a la hieródula:

“¡Es él, Shámhat, descubre tu regazo,

ofrécele tu sexo, que goce de tu posesión!

¡No temas, disfruta de su virilidad!

Cuando te vea, se echará sobre ti.

Suelta tus vestidos, que se acueste contigo.

Haz al salvaje tu oficio de hembra.

Lo rehuirá la manada que con él creció en la estepa.

¡Se prodigará en caricias, te hará el amor! ”[2].

Entonces Shámhat dejó caer su vestido y le mostró a Enkidú sus

rotundas formas, las que daban lugar a su nombre, y su sexo de mujer. Este

se abalanzó sobre ella, que ejerció con Enkidú su oficio de hembra, y gozó

poseyéndola, y ella no temió su condición salvaje y gozó con el sexo de él.

Ambos copularon durante seis días y siete noches, hasta que Enkidú se

hubo saciado de gozar de ella[3].

Luego, cuando Enkidú quiso volver a la manada, los animales lo

rehuyeron pues ya no lo reconocían. Debilitado, sin fuerzas en las piernas,

Enkidú ya no era el de antes, pero en cambio había madurado y alcanzado

una amplia inteligencia. De esta manera quedaba, como señala Franco D

Ágostino, purificado por el conocimiento que le proporciona el placer del

acto sexual.

En cuanto a Shámhat, por atemorizada que pudiera sentirse al

aproximársele aquel ser bestial, lo acoge amorosamente y permanece junto

a él hasta que sacia su deseo y agota su potencia, proeza que puede

compararse con la de los héroes masculinos de la obra.

Enkidú se volvió hacia Shámhat y se sentó a sus pies, mirándola como

tal vez no lo había hecho antes, mientras ella le hablaba. La capacidad

formativa de la hieródula entra en una nueva fase a través de la palabra.

Shámhat actuó con un cuidado paciente y amoroso, y le dijo que era

hermoso y que parecía un dios, y le preguntó por qué quería volver con las

bestias. Le propuso partir con ella a Uruk, donde Gilgamesh tiranizaba a su

pueblo, y él le respondió que iría y que retaría a Gilgamesh a un terrible

combate.

Observamos así en este antiquísimo poema babilonio la idea atrevida,

brillante y profunda de cómo es la sexualidad la que humaniza y da

sabiduría, idea esta diametralmente opuesta a una larga tradición que ha

visto en ella un factor de animalización. Primero se produce ese cambio

atrayendo al salvaje Enkidú hacia el mundo civilizado y alejándole de la

manada, a través del trato erótico con una mujer versada en esa materia e

investida por ello de un reconocimiento social propio. Luego, a través del

trato especial de la conversación y la convivencia íntimas.

Si bien el profesor Joaquín Sanmartín es de la opinión de que, en una

sociedad tan tradicional como la babilónica de la época, la idea de que el

individuo se socializa a través del trato con una prostituta, aunque fuera

sagrada, debió construir una provocación[4], esa misma primera cópula de

Enkidú tiene por sus efectos algo de sagrado. También para Platón, como

estudiaremos más tarde, la unión entre el hombre y la mujer es de

naturaleza divina, pero en este caso por llevar consigo la generación de

algo inmortal en la medida en que es posible para unos seres mortales.

Decía Eurípides en Hécuba que de la penumbra y los amores

nocturnos nace entre los mortales la mayor gratitud. Hoy sabemos, a través

de los descubrimientos de la biología y de la antropología, que la

sexualidad humana, por su forma de ser, con los periodos fértiles

femeninos ocultos, además de la función biológica reproductiva propia del

sexo, sirve para unir y reforzar los vínculos personales y comunitarios, y es

uno de los pilares de la sociabilidad humana —y desde luego somos una

especie eminentemente social—, de una forma tan poderosa que nos

resultaría muy difícil de concebir cómo podría ser nuestra vida social sin

su concurso. Seguramente no sería tan intensa como de hecho lo es, lo que

supondría que no se habría desarrollado a lo largo de nuestra evolución el

lenguaje ni la inteligencia tal como son. La sexualidad potencia los lazos

afectivos y a su vez estos potencian los vínculos sexuales, y ambos

aumentan la adecuación biológica de una especie con una larga infancia,

que precisa de una gran inversión parental hasta que se adquiere la

autonomía personal[5].

Shámhat le habla después a Enkidú de Uruk, de la ciudad, de la

civilización, y le cuenta que cada día es una fiesta, cómo se visten las

jóvenes, cómo realzan las prostitutas sus formas, engalanan sus encantos y

sacan del lecho a los notables, y le lanza un puyazo para ver si reacciona:

“¡Bah, Enkidú, qué sabes tú de la vida!

Te conduciré a Gilgamesh, un hombre que la goza.

Velo a él, míralo de frente.

De aspecto varonil, pletórico de vida.

¡Rebosa seducción su cuerpo todo!

Y en poder te sobrepasa.

No descansa de día ni de noche” (I, v, 206 y ss.).

Shámhat le habla a Enkidú de unos extraños sueños que tuvo

Gilgamesh y que su madre interpretó en el sentido de que en la vida de este

aparecería un amigo fiel e inseparable. Luego, después de haber copulado

una y otra vez, Shámhat y Enkidú se encaminaron hacia Uruk, cubriendo

aquella a este en un delicado gesto con parte de su ropa. Enkidú no sabía

comer pan ni beber cerveza, sólo leche. Aprendió a lavarse y aplicarse

ungüentos perfumados. Parecía ya un hombre. Combatió a los lobos y los

leones, y los pastores pudieron descansar tranquilos.

Después prosiguieron su camino hacia Uruk y Enkidú oyó hablar de

Gilgamesh a un joven que iba a encargarse del banquete de una boda, que

le contó que este tenía derecho de la primera noche sobre las recién

desposadas, algo común en la época, y Enkidú se enojó en su interior.

ENKIDÚ Y GILGAMESH

Cuando por fin llegó a Uruk, se produjo la lucha colosal entre los dos

héroes, muy fuertes ambos, aunque algo más bajo Gilgamesh, que se

trabaron como toros, y así estuvieron hasta que finalmente que Gilgamesh

venció y Enkidú acepto su superioridad, forjando a partir de ese momento

un reconocimiento mutuo que daría lugar a una gran amistad, que los

llevaría a acometer juntos grandes e importantes proezas.

La diosa Ishtar se fijó en Gilgamesh y lo encontró un hombre

atractivo. Deseó que fuera su marido y que le brindara su vigor sexual. Le

ofreció su cuerpo voluptuoso así como riquezas, poder y títulos. Sin

embargo, Gilgamesh la rechazó para sorpresa de ella, que no estaba

acostumbrada a tal trato. El héroe se había dado cuenta de que los amantes

que había tenido la diosa habían acabado mal y le dijo que era fría, voluble

y de poco fiar, que nunca había querido a nadie para siempre, que no había

dejado a nadie escapar de sus redes y que había tenido un sinnúmero de

amantes.

lshtar se sintió profundamente ofendida y le pidió al padre de los

dioses, a Anu, que lo matara. Anu creó un feroz toro del cielo, capaz de

deshacerse de centenares de hombres con su terrible bramido, pero

Gilgamesh logró darle muerte con la ayuda de Enkidú. Esta ayuda suponía

una intromisión de Enkidú en los designios divinos y habría de costarle

cara. Enkidú descubrió que estaba condenado a muerte y se revolvió contra

el cazador y contra la hieródula Shámhat, a la que maldijo asegurándole

que nunca podría construir un hogar, que acabaría convertida en una vulgar

ramera, vendiendo su cuerpo por los caminos y soportando que los

borrachos le vomitasen encima. Pero intervino en favor de ella Shamash, el

dios de la justicia, y le recordó a Enkidú todo cuanto había hecho Shámhat

por él, y este se arrepintió.

Al final murió Enkidú, y esto afectó muchísimo a Gilgamesh, pues así

tomó conciencia de la fragilidad de la vida y de la inevitabilidad de la

muerte, que ni siquiera a los más valientes y poderosos perdona. A partir

de ahí Gilgamesh decidió buscar a Utanapíshtim para que le revelase el

secreto de la vida y la muerte, ya que los dioses le habían concedido el don

de la vida eterna por haber salvado a la humanidad una vez.

Por eso, Gilgamesh decide emprender un viaje al lugar a donde nadie

ha llegado. Así inicia un largo recorrido a través del camino del sol hasta el

océano cósmico. Allí llega triste, cansado, castigado por el frío, por el

calor y por el hambre, demacrado, herido por el descubrimiento de que

también él es mortal:

Enkidú, a quien tanto amé,

quien conmigo pasó tantas pruebas,

llegó a su fin, destino de la humanidad!

seis días y siete noches

lloré por él,

y no le di sepultura

hasta que de su nariz

cayeron los gusanos

¡Tengo miedo de la muerte y aterrado

vago por la estepa!

¡Lo que le sucedió a mi amigo

me sucederá a mí!” (X, v, 13 y ss.).

Gilgamesh tiene la suerte de que una mujer le explica cómo llegar

hasta la morada de Utanapíshtim. Cuando lo logra, este le pregunta por qué

se ha dejado invadir por la tristeza y la desazón si los dioses lo hicieron en

parte humano y en parte divino. A ello le responde Gilgamesh con una

impresionante elegía sobre la fugacidad de la vida:

“A la muerte nadie le ha visto la cara.

A la muerte nadie le ha oído la voz.

Pero cruel quiebra a los hombres.

¿Durante cuánto tiempo construiremos una casa?

¿Durante cuánto tiempo sellaremos contratos?

¿Durante cuánto tiempo los hermanos compartirán lo heredado?

¿Durante cuánto tiempo perdurará el odio en la tierra?

¿Durante cuánto tiempo sube el río y corre la crecida?

Las efímeras que van a la deriva sobre el río,

apenas sus caras ven la cara del sol,

cuando pronto ya no queda ninguna.

¿No son acaso semejantes el que duerme y el que está muerto?

¿No dibujan acaso la imagen de la muerte?

En verdad el primer hombre era ya un prisionero.

Desde que me bendijeron los dioses no han bendecido a nadie más.

Los grandes dioses (…) determinaron la vida y la muerte,

pero de la muerte no se ha de conocer el día” (X, vi, 14 y ss.).

Gilgamesh quiere saber por qué el consejo de los dioses le otorgó a

Utanapíshtim la vida eterna y este accede a explicárselo. Los dioses habían

decido enviar un gran diluvio sobre la tierra y le ordenaron a Utanapíshtim

que construyera una gran embarcación y que en ella guardara semillas de

todas las formas de vida, incluida su familia. La historia la toma el poema

de una obra llamada la Atráhasis y a su vez los hebreos la incluyeron en el

Génesis, como tantas otras cosas de Mesopotamia, dando así lugar a la

historia bíblica del arca de Noé (Gn, 7-8). Seis días y siete noches duró el

diluvio tras los cuales la tierra se había aplanado y la especie humana había

desaparecido. Por eso premiaron los dioses a Utanapíshtim y a su esposa

con la vida eterna.

El secreto de la misma es que había una planta en un lugar del fondo

del abismo que rejuvenecía a quien la tocaba. Gilgamesh descendió a por

ella e incluso la arrancó, pero, mientras se bañaba, la serpiente se apoderó

de ella y ya no pudo recuperarla:

“Entonces Gilgamesh se sentó a llorar.

Por sus mejillas corrían las lágrimas

Tomó la mano de Urshanabí, el barquero:

«¿Para quién, Urshanabí, se fatigaron mis brazos?

¿Para quién se derramó la sangre de mi corazón?

No encontré la felicidad para mí mismo?»” [6].

Aunque hay alguna tablilla más, puede decirse que así concluye esta

historia de amor y muerte, de heroísmo y amistad, de alegría y de tristeza,

de hombres y de dioses, de seres salvajes y civilizados. La obra nos habla

del poder humanizador de la sexualidad, de su capacidad primigenia para

sacarnos del estado de barbarie, y de interesarnos humanamente por otros

seres humanos. La obra nos habla de la capacidad de la sexualidad para

proporcionarnos placer, conocimiento y entendimiento, pero también de

remitirnos a un mundo en que tomamos conciencia de nosotros mismos,

con la importancia que esto tiene y a la vez con lo terrible que eso es, al

ponernos frente a nuestra condición menesterosa y finita, cuyo desafío

mayor e insoslayable es la propia muerte, esa muerte de la que toma aguda

y dolorosa conciencia el poderoso héroe Gilgamesh cuando descubre que

ha fallecido Enkidú, su amigo, su alter ego, esa muerte que cree vencer en

un momento de la epopeya, pero cuya clave se le escapa por accidente de

las manos.

II.- LA BELLEZA DE LA REINA NEFERTITI

EL ANTIGUO EGIPTO

Cambiamos de escenario y nos acercamos al Egipto del siglo XIV a.C.

Más que buscar datos sobre lo que pensaban acerca del amor los egipcios,

que algunos hay, nos vamos a centrar en la figura de reina Nefertiti, y no

por que sepamos muchas cosas sobre ella, pues más bien ocurre al revés,

sino porque tenemos la suerte de conservar un busto suyo de una belleza

deslumbrante, sublime y preternatural, obra de un artista llamado

Tutmosis, del que no sabemos casi nada pero que indudablemente es uno

de los más grandes que ha dado la humanidad. Desde luego, poco puede ser

tan sugerente y prometedor como la belleza para desarrollar una historia de

amor y una historia del amor guiada por la belleza.

Nos permitiremos tomar a Nefertiti como egregia representante de la

belleza femenina del pasado, el presente y el futuro, de esa larga, extensa y

plural lista de mujeres hermosas que orla nuestra especie, y quisiéramos

señalar que parte del mensaje que nos ha legado la reina egipcia es que, si

bien es cierto que esa belleza es en un sentido evidente, ay, necesariamente

efímera, en otro sentido, en otro plano de la realidad que acaso sólo

podamos intuir, resulta inmarcesible.

Señalemos antes de empezar que, si bien la sociedad egipcia era

patriarcal, puede decirse que la situación de la mujer era bastante mejor

que en otras civilizaciones antiguas, incluso mucho más tardías, como la

griega, en donde las mujeres eran seres de segunda clase, que hacían su

vida confinadas dentro del hogar mientras que los asuntos públicos eran

propios de los hombres, algo como lo que sucede por ejemplo aún en

muchos países islámicos.

A lo largo de la historia del Antiguo Egipto, sobre todo durante el

Imperio antiguo y el medio, las mujeres disfrutaron de una gran autonomía

jurídica. Podían disponer de sus propios bienes, llevar sus negocios,

contratar sirvientes, comprar y vender terrenos, o hacer testamento. Podían

testificar en los tribunales e incluso emprender acciones legales contra los

varones. También parece que podían cursar en ocasiones estudios

superiores, desempeñar puestos administrativos o actuar como jueces en el

consejo de su ciudad. Además, en la historia de las diversas dinastías

egipcias hay constancia del reinado de tres mujeres, aunque es posible que

existiera una cuarta, aparte de otros casos en los que actuaron como