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El ángel vengador

Helen Bianchin

El ángel vengador (1984)

Título Original: A venging angel (1977)

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Julia 92

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Manuel Delgado y Teresa Bennett

Argumento:

¡Ella fue el precio de su venganza y jamás lo perdonaría!

La única manera que tenía Teresa de salvar a su amado

padrastro del desastre, era casándose con el poderoso

Manuel Delgado, un hombre al que apenas conocía. Y

Manuel tenía toda la intención de que el matrimonio no

fuera sólo de palabra. ¿Cómo podría soportar todo aquello?

Helen Bianchin – El ángel vengador

Capítulo 1

Teresa detuvo el automóvil, para mirar con la escasa luz del

crepúsculo, los números que se encontraban sobre el pilar de piedra

situado junto a la puerta de hierro forjado de la exclusiva residencia de

Manuel Delgado.

Durante dos semanas se había dedicado a localizarlo, sin éxito.

El solo pensamiento de que iba al encuentro del jefe de la compañía

Delgado de construcción, le provocó tal ira que necesitó reunir valor o

pensar en lo que intentaba decir. Las palabras estaban impresas en su

mente, y no necesitaba ensayarlas.

Teresa abandonó el automóvil y se dirigió a la entrada. Al parecer,

ninguna cerradura detenía su avance, de manera que abrió la puerta y se

dirigió aprisa por el sendero hacia la sólida mansión de dos pisos,

semioculta entre los enormes árboles.

Un ligero temblor la invadió, a medida que subía la escalinata de la

entrada, donde unos segundos después de presionar el timbre de la

puerta, ésta se abrió y apareció un hombre de edad, mediana, vestido de

negro. ¡Cielos, un sirviente!

—Buenas noches —la voz era amable.

Teresa dejó escapar un suspiro, y sonrió.

—Creo que el señor Delgado me espera. Si he llegado temprano,

¿puedo pasar y esperarlo adentro?

El sirviente frunció ligeramente el ceño, y ella se alarmó ante la

incertidumbre del hombre.

—¡Qué pena! ¿No le mencionó él que iba yo a venir?

El hombre se mostraba confundido, y ella quedó sin aliento, ante la

idea de que su plan no diera resultado, después de todo era posible que el

arrogante Manuel Delgado no estuviese en su casa, y le dieran con la

puerta en la nariz.

—El señor Delgado está cenando, y después tengo entendido que

tenía un compromiso. Tenga la amabilidad de esperar. ¿Me da su nombre?

—Bennett, señorita Teresa Bennett —le dijo la joven con tranquilidad.

Tan pronto como el hombre desapareció, no pudo reprimir el deseo

de pasear la mirada por todas las pinturas de valor que se hallaban

colgadas en las paredes, después, observó con admiración el piso de

mármol con diseños octagonales de color crema. El punto del vestíbulo

que atraía la atención era la majestuosa escalera de mármol que daba al

piso superior.

En vano, Teresa trató de recordar alguna información acerca de

Manuel Delgado. En una revista semanal, se acababa de publicar un

artículo del magnate español en una boda de sociedad. Inmensamente

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rico, había emigrado de Madrid, hacía diez años, para establecer una

sucursal de la constructora Delgado, en Melbourne. Su éxito social era

indiscutible, estaba considerado como uno de los solteros más codiciados

de la parte sur del estado de Victoria, y su ya famoso éxito entre las

mujeres, le había hecho ganarse una reputación de donjuán.

Los suaves pasos, después del rechinar de la puerta, le anunciaron el

regreso del sirviente.

—El señor Delgado no puede verla, señorita Bennett —le comunicó.

Teresa sintió que la ira comenzaba a dominarla, y los ojos le brillaron

cuando miró al hombre que tenía enfrente con gesto de frustración

fingida.

—… Oiga usted… como se llame —hizo una pausa inquisitiva.

—Santanas.

—Santanas —repitió, molesta—. ¡Váyase por donde vino, y dígale al

poderoso señor, que me niego a irme hasta que lo vea!

—El señor Delgado ha sido explícito…

Los ojos de Teresa estaban llenos de decisión, cuando alzó la cabeza.

—Así que Santanas, ¡aquí estoy!

—Señorita Bennett, debo pedirle que no cause ningún problema.

—No tengo intención de causar ningún problema. Sin embargo, puede

asegurarle a su señor Delgado que no me moveré de esta casa hasta…

—¿Hasta que qué, jovencita? —una voz fría preguntó desde atrás, y

Teresa se volvió para encontrarse con la figura del hombre que debía ser

Manuel Delgado.

Con todo y lo que ya sabía de él, nada la hubiera preparado lo

suficiente, para encontrarse con la arrogancia de aquel hombre. Alto,

fornido, tenía una figura formidable, con aquella ropa negra que llevaba

puesta.

—Está bien, Santanas —lo despidió con brusquedad—. Yo me las

arreglaré con la señorita Bennett —esperó que el sirviente se marchara

para dirigirse a Teresa—. Espero que sepa la considero una joven

impertinente, con la cual no quiero tratar —le dijo, recorriéndola con la

mirada, apreciando el abundante cabello castaño, los ojos color café, y la

esbelta figura envuelta en un abrigo adornado con piel en el cuello.

Teresa reprimió el deseo de darle una bofetada.

—No lo dudo en lo más mínimo, señor.

—Y ahora tiene la osadía de presentarse en mi casa —le dijo burlón—.

De invadir mi intimidad, interrumpir mi cena, sin mencionar que me está

haciendo perder mi valioso tiempo.

—Si hubiera tenido la cortesía de contestar mis cartas, y de aceptar

alguna de mis múltiples llamadas telefónicas, no me hubiera visto en la

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necesidad de invadir su casa —contestó ella—. ¡Créame que no me agrada

estar aquí!

Se quedó mirándola durante varios segundos y ella se vio obligada a

sostenerle la mirada.

—Le voy a dar cinco minutos para que me diga eso que usted

considera tan vital, y después se marche —le dijo con dureza, al mismo

tiempo que con un movimiento del brazo le indicaba una puerta a su

izquierda.

Teresa hizo una mueca, le dirigió una mirada fría y comentó:

—Sin duda, es usted el hombre más generoso del mundo, señor

Delgado.

—Señorita Bennett, le pido que no me haga perder la paciencia —

abrió la puerta del espacioso estudio.

Teresa entró en la habitación y rehusó sentarse. De pie se sentía más

segura para entablar una batalla verbal con aquel hombre de corazón duro

que ahora se dirigía hacia el escritorio para después volverse hacia ella y

preguntarle implacable:

—¿En qué puedo servirle?

—Hay una razón por la cual no debe usted continuar el proceso legal

contra mi padrastro —comenzó a decir, calmada.

—¿Razón? —la voz se hizo más profunda—. ¿Es posible que exista

algún motivo, para exonerar a un conductor ebrio que sin la menor

precaución y con absoluta imprudencia priva de la vida a dos personas?

Pensó que no era difícil amar a su padrastro. ¿Con qué palabras

podría describir el amor y la comprensión que Steve le había prodigado a

la joven viuda y a su pequeña hija de seis años de edad, durante los

últimos diecisiete años? ¿Cómo explicar las alegrías y felicidades

compartidas? El cariño que se profesaban ambos desde que el trágico

accidente los dejara a uno sin esposa y a ella sin madre, hacía menos de

dos años, era infinito.

Teresa apartó aquellos pensamientos con la certeza de que haría

cualquier cosa para disipar la ansiedad de Steve, ¡así tuviera que rogarle

al duro y cínico español!

Manuel Delgado se sentó en el borde del escritorio.

—Pero vamos, ¿cuál es la razón? ¡Será de mucho peso! Soy… ¿cómo

dicen ustedes…? "todo oídos".

—Su descortesía y arrogancia son increíbles, y tiene menos

compasión que… que… ¡Es usted despreciable!

Él levantó una ceja, pero no dio la menor señal de incomodidad ante

el exabrupto de ella. Con ademán estudiado, encendió un cigarro y exhaló

el humo con satisfacción.

—Señorita Teresa Bennett —dijo con voz suave—, apenas califica

para pasar un juicio.

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Había algo en él que comenzaba a inquietarla más de lo debido. El

instinto le dijo que era un tipo de cuidado. Tenía atractivo y una fuerza

vital lo envolvía; con razón se había ganado la fama de conquistador,

pensó divertida. Proyectaba una personalidad carismática, que sugería al

mismo tiempo ternura ardiente y pasión salvaje, un hombre al que

cualquier mujer sensitiva se rendiría.

—Steve Montgomerie era el conductor del auto que mató a mi único

hermano y a su hijo —dijo Manuel Delgado—. Pruebas realizadas por la

policía, después del accidente, revelaron un alto nivel de alcohol en la

sangre de él. Su padrastro es culpable de homicidio por imprudencia y

pretendo que sea inculpado por ello a pesar de todos sus ruegos.

Teresa apretó los puños, y los ojos le brillaron de indignación.

—Los frenos le fallaron, eso se comprobó durante la investigación —

lloró angustiada—. Estoy consciente de que no debió manejar desde la

taberna esa noche, pero existían motivos poderosos que lo indujeron a

beber tanto esa noche —se apresuró a continuar, antes que él hiciera

algún comentario sarcástico—: Steve no se ha sentido bien últimamente, y

ya estaba programada su entrada al hospital, el día posterior al accidente.

Tiene un tumor maligno en el hígado, sólo le quedan unas cuántas

semanas de vida —hizo una pausa muy significativa, y su voz se quebró—.

Supongo que ahora podrá comprender, por qué resulta inhumano

continuar con ese procedimiento en estas circunstancias.

Era evidente que en los oscuros ojos había una chispa de simpatía

hacia ella, cuando la miró con intensidad. Teresa se puso en pie y alzó la

barbilla.

—Debí suponer que para usted no existía la compasión —dijo con

dignidad—. Las causas, señor Delgado, fueron fallas mecánicas, no el

alcohol.

—Si su padrastro acostumbrara darle servicio regular a su automóvil,

la famosa falla mecánica no habría aparecido —contestó con voz fría.

—Steve lleva su auto a servicio con regularidad —asintió ella—. Pero

si inculpar a un moribundo le da satisfacción, ¡cuánta pena siento por

usted! Y si es su honor de familia, tan español, lo que lo empuja a hacer

tal cosa, lo único que puedo decir es que gracias a Dios no es usted

familiar mío, pues no me gustaría tener que considerarlo así. En mi código

ético no es honesta la venganza inhumana.

—Madre de Dios. ¡Ya basta! —exclamó con aspereza, y la tomó de los

hombros para sacudirla—. ¡Nunca nadie se había atrevido a hablar del

honor de un Delgado! —con un movimiento colérico la hizo a un lado.

—¡Pues ya era tiempo de que alguien lo hiciera! —gritó Teresa,

temblorosa, al mismo tiempo que observaba la furia de él reflejarse en sus

ojos.

—Mi hermano Vicente y yo —comenzó a decir con voz débil—, éramos

los únicos hijos de nuestro padre Sebastián. Vicente era el encargado de

los negocios en Madrid, donde su hijo de quince años de edad, Esteban,

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finalmente residiría para hacerse cargo de ellos —la miró con odio—. Por

culpa de la imprudencia de su padrastro dos vidas de la familia Delgado se

han extinguido. Y por ser yo el único sobreviviente masculino en la familia,

estoy obligado a casarme y traer al mundo herederos.

—No puedo creer que haya mujer alguna que quiera casarse con

usted a pesar de toda su riqueza —le dijo Teresa, sonriendo con amargura.

—¿Eso cree? Tengo en mente hacerle pagar por eso que ha dicho.

Una vida por otra —reflexionó él, sarcástico—. La vida de Steve

Montgomerie por la de mi hermano, y la suya Teresa Bennett, por la de mi

sobrino.

Los ojos de Teresa se abrieron incrédulos y se rió sin poder dar

crédito a lo que acababa de escuchar.

—¡Créame, señor Delgado, usted podrá ser muy influyente, pero no

espere salirse con la suya!

La expresión de él se tornó cínica.

—Precíseme por qué no voy a salirme con la mía.

Enfadada con él, porque con toda intención la hizo morder el anzuelo,

miró los objetos que estaban sobre el escritorio, estudiando con cuál de

ellos podría causarle más daño, en caso de que necesitara defenderse.

—No le recomiendo que haga eso. Sería una tontería.

Ella vaciló ante la lenta mirada analítica.

—Para todo hay un precio, me pregunto ¿si estaría usted dispuesta a

pagarlo? Cásese conmigo, deme todos los herederos que deseo, a cambio

de la tranquilidad de su padrastro. ¿No cree que sería cuestión de lealtad?

—¡Usted debe estar loco! ¡No es posible que piense que yo acepte

tal… sugerencia!

—No se equivoque, no es una sugerencia. Le he dado un ultimátum.

—¡Es usted el hombre más bárbaro y salvaje que he conocido! —se

retorcía las manos, al mismo tiempo que sentía que lo odiaba con todo su

corazón.

Estar casada con un hombre como aquel, sería un infierno viviente.

Pero no para siempre, le dijo una voz en la mente. Steve tendría cuando

mucho ocho semanas de vida. Después que muriera el matrimonio no

duraría, Manuel Delgado no tendría por qué retenerla. ¿Podría sobrevivir

ese tiempo? Pensó que le daría inmensa satisfacción hacerle la vida

imposible durante el breve tiempo que hiciera el papel de la señora

Delgado. Manuel Delgado se vengaría, ¡pero también ella!

—Bueno señorita Teresa Bennett, ¿Ha tomado una decisión?

—Al parecer no tengo alternativa —dijo con descaro, y cerró los ojos

en señal de derrota.

—¿Tiene algún prometido a quien deba abandonar?

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No lo tenía, en realidad Alan Urguhart, médico residente del hospital

donde ella trabajaba, no era más que un amigo al que podía telefonear

para que la llevara a bailar. El trato de él hacia ella era más de hermano

que de amante, y nunca sus besos encendieron en la joven el deseo, sin

embargo, no tenía por qué decirle al cínico español que no estaba

comprometida.

—Sí, hay alguien —dijo por fin.

—Deshágase de él —le ordenó.

—¿Así tan fácilmente?

—Como lo haga no es de mi incumbencia —respondió, encogiéndose

de hombros con impaciencia—. Pero hágalo, Teresa Bennett, porque a

fines de semana, el Bennett será legalmente remplazado por el Delgado.

—¡Qué delicia! —exclamó con ironía.

Él frunció el ceño y se limitó a sacar un cigarrillo.

—Una advertencia, Teresa Bennett —le dijo con voz lenta—, lo mío,

me pertenece.

Sin ponerse a pensar le preguntó:

—¿Y qué con sus amoríos, señor Delgado? ¿Podrá deshacerse de ellos

en cuestión de unos días con facilidad? ¿O es que son tantos que ya ni la

cuenta lleva?

—No tengo por qué contestar esa pregunta a ninguna mujer —

contestó con suavidad, y colocó el cigarrillo entre sus labios.

Teresa extendió una mano en el momento que él encendía su

cigarrillo.

—¿Me da uno?

—¿Usted fuma? —le preguntó él con voz fría.

—Cuando se me antoja, sí.

Se guardó el encendedor deliberadamente y la miró con fijeza.

—Me disgusta que fume. Es un hábito que odio en las mujeres.

—Pues siento mucho tener que disgustarle, señor.

—Sinceramente, espero que no intente seguir desafiándome. Como

esposa mía, tendrá mucha actividad social, y será esencial que

aparentemos una armonía total, al menos en presencia de los demás.

Insistiré en ello —terminó implacable.

—Podrá insistir todo lo que quiera —le aseguró ella con fuerza—. Pero

me rehúso a convertirme en una esposa que obedece a ciegas cualquier

mandato del esposo tirano.

—Entonces tendré que advertirle que mi paciencia tiene un límite —le

amenazó con frialdad—. Si insiste en comportarse como una chiquilla,

como tal será tratada.

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—No me cuesta trabajo creerlo. Su secretaria me dio la impresión de

ser muy servil. ¿Acostumbra usted guardar una regla en el cajón para

pegarle de vez en cuando en los nudillos?

Por un momento pensó que había ido demasiado lejos, y miró

fascinada cómo él se dirigía con suavidad hacia la silla de cuero negro al

otro lado del escritorio. Con un control de sí, admirable, aplastó el

cigarrillo en el cenicero y movió hacia adelante un libro de notas y una

pluma.

—Necesitaré algunos datos en particular para obtener una licencia

especial. Deberá darme su nombre completo así como la fecha de

nacimiento.

Teresa se dio cuenta que era todo un ejecutivo cuando le dio la

información necesaria.

—¿Está consciente de que retiraré todos los cargos contra su

padrastro hasta que el matrimonio se haya llevado a cabo? También

tendrá que darme el nombre del médico.

"¿Qué le diré a Steve?". Líneas de preocupación surcaron su frente.

—Estoy seguro de que algo está tramando —dijo Manuel Delgado con

la intención de ser sarcástico—. No le ha faltado decisión para salvar el

alma de su padrastro, y no veo el menor signo de arrepentimiento en su

actitud.

Teresa clavó la mirada en el hombre que tenía frente.

—Es usted el hombre más arrogante e insolente que jamás haya

tenido la desgracia de conocer —le espetó con resentimiento.

—Y usted Teresa Bennett, se ha tomado demasiadas libertades tanto

con mi paciencia, como con mi carácter —se puso de pie y se dirigió a la

puerta—. Santanas la acompañará afuera.

Lo miró con incertidumbre y la duda apareció en su rostro.

—Me comunicaré con usted cuando se hayan llevado a cabo los

arreglos necesarios. Adiós —la voz sonó calculadora, y Teresa comenzó a

sentir cierta intranquilidad; en ese momento apareció el sirviente quien se

quedó esperando en silencio.

Sin pestañear, Santanas la escoltó hasta la entrada principal y la

puerta se cerró tras ella unos segundos después.

La noche había caído como manto sobre los prados, y Teresa se subió

el cuello del abrigo, y metió las manos en los bolsillos del abrigo. Julio en

Melbourne era húmedo y siempre soplaba la brisa fría, aquella noche no

era la excepción. Caminó rumbo hacia el auto, y varias lámparas se

encendieron iluminándole el camino hacia la salida.

Sólo después que hubo manejado unos cuantos kilómetros pudo

sobreponerse a la confusión provocada por la entrevista con Manuel

Delgado. De una cosa estaba segura: Steve nunca debería saber el

enorme sacrificio que ella estaba haciendo por su bienestar. De alguna

manera tendría que convencerlo para que creyera que el ingeniero

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español la había conquistado; por otro lado estaba el hospital, tenía

guardia a la noche siguiente. Generalmente era un semillero de chismes, y

cuando ella diera la noticia de su matrimonio se iban a levantar los más

airados comentarios.

¿Cómo era posible que no tuviera unas semanas de compromiso

formal para así resolver en forma satisfactoria todos los problemas?

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Capítulo 2

Teresa se casó con Manuel Delgado en un registro civil tres días más

tarde en una ceremonia sencilla, que estuvo muy lejos de ser como ella

había imaginado que sería su boda.

—¡Dulces sueños los del ayer! —exclamó, casi como eco, junto a él,

incapaz de moverse, como si la tuviera prisionera.

Había decidido ponerse una falda larga de terciopelo azul con una

blusa ajustada al cuerpo, sin darse cuenta de que el color acentuaba el

bronceado de su piel. Qué cosas tan diferentes había ella pensado para

ese día: había soñado con un vestido blanco de seda, un velo enorme, un

ramo de rosas blancas en la mano, y un sentimiento de felicidad cuando

su esposo le colocara el anillo de matrimonio.

La realidad barrió con todos sus sueños en el momento que tuvo que

sentarse frente a él en el enorme comedor de la mansión. Steve había

estado en el registro civil como testigo, pero había rechazado en forma

diplomática la invitación posterior a cenar en la residencia Delgado.

Apenas era una cena íntima y en ella hubo gran variedad de platillos.

Teresa reprimió una ligera risita histérica. Todo aquello era gracioso.

—¿La comida no es de tu agrado?

—No tengo hambre —Teresa miró a su marido con cuidado.

—¿Quieres más vino?

Ella negó con la cabeza, y se preguntó si no sería muy tonta al

negarse. Pasar la noche bajo el efecto del alcohol no parecía ser mala

idea. Apenas llevaba unas horas de casada, e inevitablemente, más tarde

tendría que irse a la cama con Manuel Delgado.

Los días anteriores habían sido como una pesadilla, y la parte más

difícil fue convencer a Steve. La joven se sentía extenuada.

—Gracias, Sofía. Tomaremos el café en la sala.

Teresa le dirigió a la mujer una sonrisa de comprensión al escuchar la

voz de él, la sonrisa le fue devuelta. Era obvio que Sofía la consideraba

una novia nerviosa cuya falta de apetito era comprensible.

—¿Le sirvo coñac con el café?

Teresa negó con la cabeza y le fueron retirados la taza y el plato.

—No, gracias —agregó.

Él levantó las cejas, mirándola pensativo.

—Estás demasiado dócil esta noche.

—Estoy cansada —le respondió mirándolo a los ojos.

—¿Es eso un intento de rechazo?

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—Eso sería en vano, ¿no es así, señor? —dijo con voz amarga—. He

sido obtenida en venganza, y por lo tanto mis sentimientos están a la

venta.

—Por lo visto sabes aceptar la realidad de la situación.

—Odiaré cada instante —expresó Teresa, con amargura.

—¿En serio? Me sorprendes. Entre los atributos que había asociado

contigo no estaban ni la ingenuidad, ni la tontería —hizo una pausa

imperceptible—, mi nombre es Manuel, como ya bien lo sabes. A Isabella

le parecerá muy raro que su nueva tía se dirija con tanta formalidad a su

amado tío.

Parpadeó con asombro y lo miró, confundida.

—¿Isabella? ¿Tío?

—Mi sobrina Isabella. La única hija mujer de mi fallecido hermano

Vicente —le explicó con precisión—. Mi ahijada que hasta que llegue a la

edad de veinticinco años permanecerá bajo mi custodia.

Temerosa de que la voz le temblara, preguntó con curiosidad:

—¿Cuántos años tiene?

—Ocho.

—Entiendo —murmuró en forma vaga.

—No creo que comprendas —le dijo Manuel con sequedad—. Es una

niña callada y obediente. Y deseo que siga siendo así.

Teresa le dirigió una mirada muy significativa llena de indignación.

—¿Estás tratando de decirme que yo podría sublevarla con mi actitud

rebelde?

—¿Serías capaz de negarme que estás intentando darme una cátedra

de indisciplina? —preguntó él imperturbable.

—Pero es que la conducta de un adulto no puede compararse con la

disciplina que debe tener un niño. Soy independiente, ¡y no voy a

someterme a ti!

Se tomó su tiempo para encender un cigarrillo y expeler el humo con

lentitud.

—Legalmente, desde hace varias horas perdiste tu independencia, y

dependes de mí. Insisto en que hagas las cosas como yo te digo, y que

cualquier queja que tengas me la comuniques. Con respecto a la

servidumbre, a Santanas le encanta hacer el papel de chófer y el de

sirviente, su esposa Sofía debe preparar las comidas, y su hija María,

hacer la limpieza. Si deseas ir a la ciudad a hacer las compras, o a

cualquier cosa, Santanas te llevará en el auto.

—Parece que has pensado en todo menos en que sólo yo debo decidir

lo que hago con mi tiempo. Soy una mujer trabajadora, no la hija

caprichosa de un rico ocioso, ¡y me niego a estar todo el día viéndome las

manos en esta enorme mansión!

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—Estás muy equivocada si crees que voy a tolerar tu rebeldía.

—Eres un imponente —contestó ella.

—¿Y es eso una desventaja? —le preguntó él con voz suave.

—¡Pareces un señor feudal! —le clavó la mirada, y los ojos de ella

brillaron con indignación—. Dime, ¿también tengo que hacerte

reverencias, y no hablar, hasta que lo hayas hecho tú?

Él frunció el ceño unos segundos, durante los cuales vibró en el

ambiente algo peligroso, como si él se estuviera controlando con

dificultad.

Los segundos se volvieron minutos, que aumentaron la tensión entre

ellos, Teresa no pudo soportarlo más y cansada se puso de pie.

—Si no tienes inconveniente, me gustaría ir a mi habitación.

—Nuestra habitación, ¿necesito recordártelo? —preguntó Manuel, con

sarcasmo, al mismo tiempo que colocaba un brazo con negligencia sobre

la repisa de la chimenea.

—Como esta farsa matrimonial fue elaborada con el único propósito

de aumentar la familia Delgado, sería muy tonta al pensar que podría

dormir sola —respondió con rudeza.

Él la miró fijamente mientras apagaba el cigarrillo y en seguida se le

acercó, con lentitud.

Teresa lanzó una exclamación en el momento que un par de manos la

tomaba de los brazos, y no alcanzó a proferir ninguna protesta pues la

boca de él ya estaba sobre la de ella, con la intención de castigarla.

Su lucha fue infructuosa porque las manos de él se deslizaron por el

cuello para apoderarse de su cabello. Parecía interminable aquel beso, y

Manuel la acariciaba con la intención de recibir respuesta.

Cuando por fin pudo estar libre profirió una maldición y entrecerró los

ojos para que él no notara las lágrimas que querían brotar por lo humillada

que se sentía. Había sido besada antes, pero jamás con tanta violencia.

Estaba débil y cuando, impaciente, él la tomó entre sus brazos y la alzó no

pudo oponer resistencia.

La llevó como si fuera un niño, subió por la escalera y se encaminó

hacia la última de las habitaciones del pasillo.

La alcoba era enorme; Teresa, nerviosa, dirigió de inmediato la

mirada hacia la cama que a primera vista parecía dominar la habitación.

Por un momento cerró los ojos con la esperanza de abrirlos y encontrarse

con que todo aquello no era más que una pesadilla. Sin el menor alarde de

delicadeza fue arrojada sobre la cama.

—Si continúas provocándome, no respondo por las consecuencias —le

advirtió Manuel.

Teresa sintió miedo. Haciendo acopio de dignidad retiró una parte del

edredón sin dejar de mirarlo a él.

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—No es necesario que me obligues —dijo con debilidad.

Lo que más deseaba era deslizarse entre las sábanas y dormir en

aquella cama cómoda. Se sentía tan agotada, física y mentalmente, que

se balanceaba sobre los pies.

—La palabra que estás dudando usar es violación —comentó él, con

el ceño fruncido mientras se quitaba el saco con toda tranquilidad y se

aflojaba la corbata.

Observó fascinada cómo se desabotonaba la camisa de seda, y se

sonrojó cuando la mirada de él se posó en sus ojos. Manuel sonrió con

sarcasmo y se sentó en el borde de la cama para quitarse los zapatos y

calcetines. Al ver que él se ponía de pie una vez más y comenzaba a

quitarse los pantalones, ella comenzó a hablar:

—Mi ropa, no sé dónde está —comentó nerviosa, y fijó su atención en

la argolla de oro que brillaba en su mano izquierda recordándole que

ahora era propiedad de Manuel Delgado para bien o para mal… Y sería

para mal, ¡de eso estaba segura!

—Relájate —le ordenó Manuel—. Soy un hombre como cualquier otro.

Podía ser, pero Teresa luchaba con desesperación por mantener un

vestigio de calma, pero es que no hubo ningún hombre en su vida, al

menos no en ese sentido.

—El baño, quisiera bañarme. Y mi ropa, por favor dime dónde está —

le suplicó con rapidez.

Había curiosidad en la mirada de él.

—La puerta que está tras de ti —le informó—, da a una habitación

para vestirse donde sin duda Sofía le habrá dicho a María que coloque tus

cosas. Después del vestidor se encuentra el baño.

Teresa le dio las gracias y huyó, cerrando la puerta de inmediato tras

sí. No había cerrojos, nada que pudiera asegurar su intimidad, tardó poco

en el baño. El miedo que tenía de que él entrara, la hizo bañarse y

ponerse el pijama con rapidez. Tenía el hábito de cepillarse el cabello y

hacerse una trenza para dormir. Su ropa íntima había sido puesta dentro

de las gavetas y las demás prendas, colgadas en el enorme closet. No

había rastros de ropa masculina, por lo que concluyó que Manuel debía

tener una habitación como aquélla.

El corazón le latía con fuerza cuando volvió a entrar en la habitación;

caminó despacio hasta el centro, para detenerse a unos cuantos pasos de

la enorme cama. Lo miró de reojo y para disgusto suyo se encontró con

que él la estaba mirando con cinismo. Se propuso no demostrarle que

estaba nerviosa.

—Con esa apariencia infantil no inspiras nada —le dijo Manuel al

mismo tiempo que se movía en forma peligrosa hacia ella—. ¿Te

encantaría volar, verdad? Pero no tienes escape, ¿o sí? —con aquella

pequeña toalla colocada alrededor de la cadera se veía fuerte y varonil.

Una pequeña medalla pendía de una delgada cadena.

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—Acostumbro recogerme el pelo en las noches para que no se me

enrede —explicó Teresa, tranquila.

Se le hizo un nudo en la garganta y tragó con dificultad.

Él se acercó y comenzó a deshacer la trenza.

—¿Sumisión? —le preguntó Manuel, con sarcasmo.

Teresa cerró los ojos cuando él la tomó en sus brazos, y comenzó a

besarle el cuello. Las manos expertas se movieron en forma sensual y la

joven se sobresaltó al darse cuenta de que él le estaba desabotonando la

blusa del pijama. Cuando trató de rescatar su prenda ya era demasiado

tarde, y los ojos le brillaron de furia cuando las manos de él se posaron en

su cintura.

—¡No! —gritó y comenzó a luchar con todas sus fuerzas.

Con facilidad él le tomó las manos y se las colocó en la espalda;

agotada por el esfuerzo, le encajó los dientes en el hombro escuchando su

gemido, con satisfacción.

—Te estás comportando como una histérica —le dijo Manuel al mismo

tiempo que le hacía levantar la barbilla—. Aceptaste este matrimonio y

todas sus implicaciones, ¿qué juego es éste?

Teresa se limitó a mirarlo, y el labio inferior comenzó a temblarle, al

mismo tiempo que las lágrimas asomaban a sus ojos.

—¡Vete al infierno, Manuel Delgado! —exclamó, temblorosa.

—¡Madre mía! —dijo él en español—, casi me estás tentando —la

abrazó, mientras le recorría la piel con su boca ansiosa, destruyéndole las

ilusiones.

Un fuerte rayo de luz diurna se filtró por la ventana iluminando la

habitación, y Teresa se despertó al escuchar el ruido de las cortinas que

se corrían.

—Le he traído café y panecillos calientes, señora.

Teresa parpadeó despacio y volvió a la realidad cuando vio la figura

robusta de Sofía inclinada sobre ella.

—¿Le preparo el baño? —le preguntó la mujer en forma casual, al

mismo tiempo que vertía el aromático líquido en una taza y le agregaba

crema y azúcar—. El señor regresará pronto con la niña, fue a recogerla al

convento. Creo que también iba a hacer algunas compras.

—Gracias —dijo Teresa, esbozando una sonrisa.

—El almuerzo se sirve a la una en el comedor familiar, señora —le

comunicó Sofía, tranquila, cuando regresó del baño.

La joven miró el reloj de pulsera y se dio cuenta de lo tarde que era.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

¡Casi mediodía! ¡No podía ser posible! Mordió con deleite un

panecillo, y se terminó en forma apresurada el café, para saltar de la

cama y dirigirse al baño. La tina estaba llena de agua tibia a la cual Sofía

había agregado esencias.

Se sumergió en el agua, recordando con vergüenza y disgusto la

pasión que Manuel había logrado suscitar en ella. Absorta en sus

pensamientos, no se dio cuenta de que la puerta se abría, y lanzó un

suspiro cuando levantó la vista y escuchó la voz de su esposo.

—¿Acostumbras bañarte con tanto esmero? —le preguntó sarcástico,

y tomó una toalla indicándole que se envolviera en ella.

—¿Qué crees que estás haciendo? —inquirió ella, disgustada.

—¿Qué crees? —había una luz de cinismo en lo profundo de sus ojos

—. Vamos, si no te apresuras llegaremos tarde a almorzar —se inclinó

para destapar la tina.

En unos cuantos segundos, casi toda el agua había desaparecido

dejando brillantes burbujas.

Teresa lo miró con disgusto.

—¡Te odio, Manuel Delgado! —le gritó enfadada al mismo tiempo que

él la levantaba sin el menor esfuerzo y la sacaba de la tina, pasándola

frente a él.

La turbación de ella era auténtica y sintió que las mejillas se le ponían

rojas.

—Así es, querida —le dijo en son de burla a medida que le colocaba la

toalla y le quitaba el gorro para que el cabello le cayera sobre los

hombros.

La miró con fijeza y le preguntó:

—¿Tan odioso fue para ti, querida?

—Sí, ¡en extremo! —respondió Teresa, con la certeza de que él se

refería a la relación de la noche anterior—. Tengo moretones por todas

partes.

—Pobre niña —expresó Manuel, en forma antipática.

—¡Eres un insensible! —le gritó en forma descuidada e hizo un intento

por dar un paso atrás al darse cuenta de que él se adelantaba y le tomaba

la barbilla.

—No esperaba tener entre mis brazos a una niña inexperta. Pude

haber sido menos delicado.

A Teresa le fue imposible descifrar aquellos ojos inescrutables.

—Quisiera secarme y vestirme —le dijo ella, desanimada.

—Claro —asintió él con una sonrisa y apartó los dedos de su barbilla.

Ya libre de la presencia perturbadora de él, se apuró a arreglarse,

seleccionó una falda larga de lana color caoba y la combinó con una blusa

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crema. El cabello se lo recogió en la nuca antes de aplicarse un poco de

maquillaje.

Cuando volvió al dormitorio descubrió a Manuel esperándola para

escoltarla hasta el comedor, fue algo que la sorprendió.

—¿Creíste que iba a cometer la descortesía de dejarte deambular sola

hasta que encontraras el comedor? —él pareció algo molesto cuando ella

asintió y retiró el brazo para que él no la tomara, cuando abandonaron la

habitación.

—No soy hipócrita —le dijo ella, calmada—. No puedo fingir afecto,

cuando lo único que hay entre nosotros es antipatía.

—Abajo —comenzó a decir Manuel con la voz controlada al mismo

tiempo que la tomaba con furia del brazo—, nos espera una niña que me

ve como tío y padre. Estaría dispuesto a llegar hasta donde fuera para

protegerla de cualquier infelicidad. Si tú de palabra o acción le haces

saber que nuestras relaciones no son armoniosas, yo me encargaré de que

te arrepientas. ¿Entendiste?

—Espero que no me pidas que te quiera —lo miró a los ojos—. Sería

algo más allá de lo que yo podría tolerar.

—¡Por Dios! —exclamó él con brusquedad—. Cuídate de desatar mi

carácter, esposa tonta, no te sería nada agradable.

Ella deseó poder abandonar aquella casa y no volver jamás.

A medida que caminaron por el corredor para dirigirse a la escalera le

costó un verdadero esfuerzo simular una sonrisa cuando sintió que él le

rodeaba la cintura. En silencio descendió junto a él y avanzaron por el

brillante piso de mármol hasta llegar al comedor.

Casi tan pronto como Manuel cerró la puerta tras sí, una pequeña

figura hizo su aparición y se dirigió, vacilante, hacia ellos.

—Ven Isabella —le dijo Manuel, amable—. Quiero que conozcas a

Teresa.

La joven logró disimular el enfado cuando vio que la niña corría hacia

el tío para ser alzada.

—Oye pequeña —la reprendió con suavidad, al mismo tiempo que la

niña escondía el rostro en el cuello de él—. Creo que estás tan apenada

como tu tía contigo. Sí —le dijo con voz suave y agregó persuasivo—: ¿Por

qué no te cercioras por ti misma?

Muy despacio la niña levantó la cabeza y la volvió para mirar a Teresa

con solemnidad, después de lo cual comenzó a reír al ver los ojos pícaros

de la joven.

¡Era una criatura preciosa! Con hermosos ojos oscuros y facciones

delicadas.

En ese momento entró Sofía en el comedor por una puerta giratoria

que daba a la cocina y depositó un recipiente con sopa de vegetales,

sobre la mesa.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

—¿De verdad vamos a ver los canguros hoy, tío Manuel?

—Pero claro, mi niña. ¿No te prometí que lo haríamos? Tan pronto

como terminemos de almorzar, iremos.

—Sí, tío Manuel —aceptó Isabella, contenta.

Él deslizó una silla para sentar a Isabella y después rodeó la mesa

para ofrecerle una a Teresa, y dejó descansar sus manos, por un

momento, sobre los hombros de la joven antes de sentarse a la cabecera.

Teresa comió bien, y le dejó toda la conversación a Manuel, ya que

consideró imprudente abrumar a la niña con una charla tonta.

A pesar de la antipatía hacia Manuel debía aceptar que él sabía cómo

tratar a su sobrina.

Inmediatamente después del almuerzo se arroparon muy bien y se

dirigieron en el auto hacia la reservación Sir Colin MacKenzie en

Healesville, donde Isabella mostró gran interés por los animales. Su

curiosidad era interminable y Manuel, incansable, le daba toda la

información que la sobrina pedía, levantándola en múltiples ocasiones en

sus hombros para que tuviera una mejor visión. Sin embargo, el día se lo

ganaron los canguros que brincaban curiosos hacia ellos para obtener un

poco de comida. Isabella en un principio les tuvo miedo, pero cuando vio

la forma tan graciosa en que Teresa les daba de comer, de inmediato

siguió su ejemplo y sus sonoras carcajadas atrajeron las miradas de varias

personas.

A Teresa le pareció que la tarde tenía algo de irreal. No pudo evitar

reírse con Isabella en varias ocasiones, y más de una vez Manuel posó la

mirada en ella cuando rió en forma espontánea al ver un koala trepado en

la rama de un árbol, pero no podía ser espontánea con su marido. Cada

vez que él intentaba buscar la conversación con ella, se limitaba a

contestarle de la forma más breve posible. Cerca de las cinco de la tarde

abandonaron el parque y se dispusieron a tomar la sabrosa merienda

preparada por Sofía: café negro, chocolate caliente para Isabella,

deliciosos emparedados, y rebanadas de pastel, Teresa se encargó de

servir los líquidos, y no pudo evitar recordar los días de campo

compartidos con Steve y su madre en infinidad de ocasiones durante su

niñez, aunque nunca se habían transportado en un vehículo tan lujoso

como el deportivo que Manuel Delgado había decidido usar aquel día.

Isabella cayó rendida a los pocos kilómetros de viaje hacia la casa,

Teresa se apresuró a acurrucarla en su regazo.

—Me caes bien, Teresa —dijo Isabella al mismo tiempo que colocaba

la cabeza en el hombro de la joven.

Teresa sonrió sintiendo cómo la niña se apretaba contra ella.

—Creo que tú también me caes bien, minina.

—¿Qué es una minina, Teresa?

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—Así se les dice a las criaturas encantadoras.

—¿En serio? —preguntó la niña, soñolienta.

—Sí —le contestó Teresa, con amabilidad.

El resto del camino lo recorrieron en silencio, y la neblina se convirtió

en llovizna, que hizo difícil la visibilidad. Teresa observaba fascinada el

panorama entre el ir y venir de los parabrisas.

En la residencia Delgado, Teresa no podía llamarla todavía "su" casa,

Isabella fue llevada por María hasta su habitación para darle un baño

antes de cenar, no sin antes sacarle a Teresa la promesa de que le leería

un cuento antes de irse a dormir.

—Al parecer le caíste bien a la niña.

Teresa levantó la vista y se encontró con la mirada sarcástica de su

marido, que en ese momento se acercaba a ella. Se veía fresco, afeitado,

y se había puesto unos pantalones oscuros con una camisa desabotonada

en el cuello. Su presencia la ponía nerviosa. Molesta consigo misma,

comenzó a cepillarse el cabello con fuerza, después, con habilidad,

comenzó a recogerlo en un moño y se puso unas horquillas para

detenerlo.

—¿Te parece raro? —Teresa lo miró a través del espejo y comenzó a

maquillarse. También ella se había cambiado y se había puesto un vestido

largo verde claro.

—Nunca me lo imaginé —dijo Manuel con voz lenta, al mismo tiempo

que se paraba detrás de ella, para soltarle el cabello—. Tu pelo es

precioso, querida. Tendrás que dejar de hacerte ese ridículo moño.

A Teresa le exasperó el tono de posesividad y se indignó:

—Me peinaré como mejor me plazca —dijo con firmeza, y comenzó a

recogérselo de nuevo.

—Harás lo que yo diga —le ordenó, deteniéndole las manos.

—¡Me estás lastimando! —protestó ella, tratando de liberarse.

Con un movimiento de furia, le dejó libres las manos y tomándola del

brazo la hizo volverse para quedar los dos frente a frente.

—Eres la mujer más ofensiva que jamás he conocido.

Teresa se humedeció los labios, nerviosa y en forma inconsciente

apretó los dientes sobre la mano que iba perdiendo fuerza. Le clavó la

mirada sin palabras durante varios minutos, y se estremeció cuando él la

atrajo hacia sí para besarla con pasión. Los ojos se le llenaron de lágrimas

que corrieron lentamente por las mejillas, lo que a él no le importó en lo

más mínimo cuando le levantó el rostro desolado para dirigirle una mirada

implacable.

—Te dije que si llegabas a colmarme la paciencia no te iría muy bien.

—Y lo has hecho, Manuel Delgado —Teresa temblaba cuando él la

soltó. Abatida deslizó la mano por una de sus mejillas, y luego por la otra.

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—Ve y lávate la cara —le ordenó él con brusquedad—. Isabella nos

está esperando para que le demos las buenas noches.

Ella corrió hacia el baño, y una vez allí, se refrescó el rostro con agua

fría y en seguida aplicó sombra a los párpados.

Manuel la hizo objeto de un minucioso escrutinio cuando llegó a la

habitación, y ella de inmediato entrecerró los ojos y levantó la cabeza.

Aparentemente satisfecho con el resultado la dejó pasar pero al llegar a la

puerta la tomó por el codo para caminar juntos rumbo a la habitación de la

niña.

La llegada de ellos provocó toda una demostración de alborozo de

parte de Isabella que tenía puesto su pijama; la pequeña saltó de

inmediato sobre la cama adornada con tres bellas muñecas y un osito de

peluche, todos sentados en la cabecera.

—Por lo visto tengo público —se mofó Teresa al mismo tiempo que

admiraba la decoración femenina de la alcoba.

—¿No te importa que ellos también escuchen? —le preguntó Isabella

con ansiedad a Teresa, y por un momento sus ojos se nublaron ante la

sola idea de obtener una negativa.

Teresa se olvidó temporalmente de la presencia de Manuel y se sentó

sobre la cama.

—¿Por qué habría de importarme? —le preguntó amable—. Llevarlos a

otro lado podría herir sus sentimientos. ¿Tú crees que les gusten las

historias de animales?

—Oh, sí —respondió Isabella, excitada—. A Sasha le encantan los

caballos, Miska adora a los perros, pero Suki no tiene ningún animal

preferido, quizá los gatitos.

—¿Todos esos nombres tan preciosos se los pusiste tú?

—Mi abuela me ayudó —le informó Isabella y movió la cabeza al

mismo tiempo que Manuel hacía una seña para que se apresurara—. Creo

que tío Manuel quiere que ya comiences la historia, Teresa. Más vale que

lo hagas —le advirtió, traviesa—, o de lo contrario, mañana no nos llevará

a la nieve.

—Bueno… —dijo ella tolerante y movió la cabeza hacia un lado—.

Creo que es más probable que tío Manuel le tema a Sofía si bajamos tarde

a cenar.

La niña rió al escuchar aquella observación, pero su voz se llenó e

orgullo cuando dijo que el tío Manuel no le temía a nada ni a nadie.

¡Teresa no lo dudó! Le pareció extraño sentarse a cenar a las ocho de la

noche, y mucho más perturbador estar frente al cínico español cuya

expresión no le permitía más que aparentar ser una feliz y satisfecha

recién casada.

La conversación durante la cena fue vaga y Manuel confirmó sus

intenciones de ir al otro día al Monte Buller. Al terminar de comer la joven

se vio obligada a probar el vino.

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Manuel levantó la copa para hacer el brindis y dijo algunas palabras

en español que obviamente Teresa no entendió.

—Uvas con queso, saben a beso —él se lo tradujo con burla—. Te

agradó el vino; ¿puedo pensar que también te agradan mis besos?

—¡No! —negó ella con énfasis pero en voz baja, y con toda intención

se rehusó a terminar el vino que le quedaba en la copa.

Sofía sirvió el café en el despacho de Manuel. Era una habitación

elegante que a Teresa le gustó.

—Gracias Sofía. Eso es todo. Buenas noches —se despidió calmado, y

cuando la mujer salió, él posó la mirada en las llamas de la chimenea y el

fuego iluminaba en forma extraña su rostro.

—¿Cómo te gusta el café? —le preguntó Teresa, al mismo tiempo que

vertía el líquido en una taza.

—A esta hora de la noche, fuerte, con coñac y dos terrones de azúcar

—contestó él con sequedad, a la vez que tomaba la taza.

Ella bebió su café con calma aparente, ya que se sentía a punto de

estallar.

—Haces bien en cerrar los ojos, reflejan tus pensamientos mucho

mejor de lo que te imaginas —comentó Manuel con sarcasmo, la voz

pareció hacerse más profunda y adquirir un acento diferente.

—Estamos solos —le dijo ella indignada—. Así que no esperes verme

sonriente.

—Sin embargo, disfrutaste nuestra salida de esta tarde, ¿o no? —le

preguntó, enigmático.

Ella colocó la taza de café sobre una mesita y volvió a sentarse,

despacio.

—Isabella es una niña encantadora.

—Sí —asintió él serio—. Su bienestar significa mucho para mí.

La joven se alisó el cabello al mismo tiempo que él le clavaba la

mirada.

—Habla el inglés muy bien —comentó ella con genuino interés, con la

esperanza de saber algo más sobre la niña.

—Vicente le puso un maestro para que aprendiera inglés y francés, y

otro, para que le hablara en su idioma natal: el español, claro está —

explicó Manuel.

—Por supuesto —dijo Teresa. ¡Era lógico!—. ¿También tú hablas

francés? —le preguntó, intentando ser amable.

—Hablo cinco idiomas —contestó de inmediato sin el menor rastro de

orgullo en la voz—. Isabella asiste a un convento de donde la recojo cada

sábado a las nueve de la mañana —continuó él—. El fin de semana lo pasa

en casa, y regresa al convento el domingo en la noche. Ese sistema me ha

dado buenos resultados desde que la tengo a mi cargo hace seis meses.

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Teresa lo miró con asombro.

—¿Y estás seguro de que le gusta estar todo el día en la escuela? —le

preguntó ella incrédula, y hubiera continuado hablando de no ser por la

interrupción de Manuel.

—No estoy de acuerdo. Lo discutí con Vicente cuando quiso ponerla

bajo mi custodia por dos años. Como pupila está en compañía de otras

niñas de su misma edad, y las actividades que se organizan después de

clases están supervisadas.

—Yo me atrevería a decir —dijo ella, pensativa—, que para una niña

tan pequeña, es agradable volver a su casa después de ir la escuela.

—¿Eso crees? ¿Con María y Sofía ocupadas en las tareas caseras? Yo

raras veces estoy en casa antes de las seis. No voy a permitir que

cuestiones mi autoridad en lo que a Isabella concierne.

Teresa se puso de pie, furiosa.

—¿También yo estaré sujeta a ese tipo de autoridad como una niña?

—inquirió—. Quizá éste sea el momento adecuado para avisarte que

pienso visitar a Steve todos los días, antes que sea recluido en un hospital.

—¿Y si te lo prohíbo? —le preguntó.

—De todos modos iré —contestó ella, con determinación.

Se quedaron mirándose con fijeza. Que aquello era una batalla que él

iba a ganar, era una conclusión irremediable a la cual Teresa no quería

llegar.

—Le diré a Santanas que te lleve —le dijo Manuel, aceptando—.

Insisto en que sólo vayas entre semana, y que estés aquí a las cuatro de la

tarde todos los días. ¿Está entendido?

Teresa se dio cuenta de que apenas podía él contener su ira, pero

insistió en comentar con sarcasmo.

—¡Tus consideraciones me abruman! No necesito tu auto ni tu chófer,

prefiero irme en autobús.

—¡Te llevará Santanas o no irás! —él la tomó por los hombros—. Ten

cuidado Teresa —le advirtió—. ¡Tendrás que obedecerme!

—¡No digas tonterías, Manuel Delgado! —le gritó, desafiante.

—¡Madre de Dios! ¡Nunca en mi vida había tenido que lidiar con una

fiera así! ¡Vamos a ver si con esto entiendes!

Trató de defenderse cuando se dio cuenta de cuáles eran sus

intenciones, pero era demasiado tarde, la había acostado sobre sus

poderosos músculos. Las dolorosas palmadas que le propinó le causaron

dolor mucho después que pudo ponerse de pie.

Teresa lo miró con indignación y se sintió a punto de romper en

llanto.

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—Si me disculpas, voy a acostarme —le dijo temblando, y sin esperar

a que él hiciera algún comentario se volvió y abandonó el despacho para

correr hacia la escalera.

Cerró bien la puerta y se quitó la ropa; después de bañarse se puso el

pijama aprisa y una vez que estuvo entre las sábanas rompió a llorar.

—¡Lo dejaré, no me importa! —repitió una y otra vez hasta que quedó

extenuada y cayó en un sueño intranquilo.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando Manuel entró en la

habitación, pero sintió su presencia, y el corazón comenzó a latirle con

rapidez. Decidió respirar con calma y rezar para que él no encendiera la

luz, y se diera cuenta de que sólo fingía estar dormida. Le pareció que

transcurrió un siglo cuando por fin sintió que el otro lado de la cama se

hundía bajo el peso del cuerpo de él. Se puso tensa y sin embargo, pensó

que si él osaba tocarla ¡lucharía con toda la energía que poseía! Tanta

furia sentía contra Manuel, que casi se sintió decepcionada cuando se dio

cuenta que él había caído en un profundo sueño.

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Capítulo 3

Isabella no dejó de hablar durante todo el camino a Monte Buller.

Teresa se pudo dar cuenta de algunos hechos que le resultaron

sorprendentes; era obvio que la niña había aceptado la muerte de su

padre y hermano como un hecho natural, lo que era inquietante, como si

ninguno de los dos hubiera jugado un papel importante en su vida. Unos

pocos kilómetros antes de llegar a su destino escuchó algo de

importancia.

—¡Estoy tan contenta tío Manuel de que te hayas casado con Teresa!

—exclamó la niña sonriéndole al tío desde el asiento trasero—. Me gusta

mucho más que Emilia —continuó diciendo—. Hasta abuelita piensa que

Emilia es aburrida. Abuelita se sentirá muy contenta de que Teresa sea tu

esposa, tío. Quizá Emilia se decepcione.

—Yo tomo mis propias decisiones, pequeña —replicó Manuel,

tolerante—. Y recuerda que no debes hablar en dos idiomas a la vez inglés

y español —la corrigió y le dirigió una mirada penetrante por el retrovisor.

—Sí, tío Manuel —asintió Isabella, sumisa, y se volvió hacia Teresa

para decirle—: Lo siento Teresa.

—No necesitas disculparte —sonrió la joven—. No estoy tan

desentendida del idioma español como tu tío te ha hecho creer. ¿Me

equivoco si lo que dijiste fue que tu abuela piensa que Emilia es un poco

aburrida y que esa buena dama estará más contenta conmigo que con ella

como esposa de tu tío?

—Sí, Teresa —dijo Isabella con una sonrisa—. ¿De verdad entiendes

español?

—Algunas palabras —contestó Teresa sonriente—. Había un niño

español en el hospital con fractura en ambas piernas. Quería aprender

inglés para que al regresar a la escuela pudiera entender sus clases.

—¿También estuviste en un hospital? —le preguntó la niña,

sorprendida.

—Soy… fui —Teresa corrigió de inmediato—. Fui enfermera en el

hospital Real Infantil —¡Cielos, sólo hacía tres días que había dejado su

empleo!

—¿Y te ponías uniforme y aplicabas esas horribles inyecciones?

—Esas horribles inyecciones como les llamas, a veces son muy

necesarias.

—A lo mejor yo también seré enfermera cuando crezca —dijo Isabella,

pensativa, y le preguntó a su tío—: ¿Tú qué piensas tío Manuel?

—Creo que para ese entonces ya habrás cambiado de opinión como

una docena de veces —le sonrió gentil, al mismo tiempo que dirigía el

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automóvil hacia el estacionamiento—. Hemos llegado. ¡Vamos a tu clase,

pequeña!

Isabella salió del coche para pararse de inmediato junto a Teresa.

—¿Después de la clase y de que hayamos almorzado, podremos

hacer un muñeco de nieve, tío?

Manuel rió.

—Me parece que te interesa más construir un muñeco de nieve que la

clase de esquí, que es para lo que hemos venido aquí, ¿o no?

—Sí, pero la última vez que vinimos dijiste que sí, y después no

pudimos hacerlo porque a Emilia le dolía la cabeza, y…

—Ya me acordé pequeña. Después de comer entre los tres haremos

un muñeco de nieve gigantesco. Pero después de la clase, ¿está bien?

Así que la presencia de Emilia no había sido un éxito rotundo, pensó

Teresa.

Subieron la montaña y cuando Isabella tuvo puestos los esquíes,

Manuel le sirvió de instructor. Teresa había pensado en quedarse de

espectadora, dándole ánimos a la niña, pero para desconsuelo suyo,

Manuel le indicó que ella también se pusiera unos para participar en la

clase.

Era irritante ver cómo la miraba él, divertido, cada vez que se caía.

Sentía el cuerpo lleno de moretones que le impedirían al otro día

mantenerse erecta. Sin embargo, sonreía cuando él la ayudaba a ponerse

de pie.

Isabella gritó de emoción cuando por primera vez logró deslizarse en

los esquíes, sin caer. La satisfacción de haber podido complacer a su tío le

hizo un nudo en la garganta a Teresa. ¿Cómo era posible que aquel

hombre pudiera provocar ese amor y devoción en aquella niña tan

sensitiva?

La cabaña que servía de restaurante estaba llena de turistas y

deportistas. Mientras tomaban el café después de haber disfrutado de una

excelente comida, Teresa pensó que para cualquier espectador, ellos tres

representarían una familia feliz. Manuel se comportaba en forma

encantadora, y de vez en cuando le dirigía una mirada cariñosa, y si lo

hubiera conocido en otra situación hasta lo hubiese encontrado agradable.

Toda aquella afabilidad la exhibía para hacer feliz a la sobrina. No tenía

por qué pensar otra cosa.

Manuel la tomó con suavidad del brazo cuando se encaminaron hacia

la salida, y una vez afuera, Isabella se asió de la mano de él y comenzó a

correr. Manuel reía haciendo gala de su buen humor y cogió una mano de

Teresa, quien intentó rescatarla, pero él no la soltó hasta que la niña

escogió el lugar apropiado para hacer el muñeco de nieve.

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Teresa tuvo que reconocer que el esfuerzo realizado para construir la

figura de nieve había valido la pena. Era casi un pecado destruirlo. Pero

más tarde lo derribaron y cuando se convirtió en un montón de nieve sin

forma, se dedicaron a tirarse bolas de nieve unos a otros.

Isabella se divirtió mucho con esta actividad y se atacaba de risa

cada vez que una bola le pegaba. Manuel decretó una tregua y las invitó a

volver al restaurante para tomar algo caliente y después regresar a casa.

Teresa se limitó a escuchar con interés durante el viaje de regreso, y

pensó preocupada en Steve y en cómo se las estaría arreglando solo. Lo

llamaría por teléfono después de cenar y le diría que iría a visitarlo al día

siguiente, sin Santanas, si podía. Pero primero tenía que afrontar todo lo

que sucediera aquella noche, por eso mejor alejó esos pensamientos. Su

marido, por razones que él sólo conocía, le había permitido dormir la

noche anterior tranquila. Esa noche tenía muy pocas probabilidades de

escapar de sus apasionados brazos, y el pensar en tener que compartir

con él aquella intimidad la hacía estremecerse.

—¿Tienes frío?

La voz de Manuel la sorprendió y la mirada de asombro que le dirigió

fue muy reveladora.

—A veces no vale la pena —dijo él sarcástico—, querida, darle mucha

importancia a ciertas cosas.

Teresa dejó escapar un profundo suspiro y le dirigió una suave

sonrisa forzada.

—¿También leer la mente está entre tus innumerables talentos,

Manuel Delgado?

—Eres terrible, Teresa Delgado.

—No he hecho nada para ganarme ese título, esposo —le comentó

ella enfatizando la última palabra, y para no levantar las sospechas de

Isabella sonrió e hizo un mohín con la nariz.

—Tu acento es encantador —comentó Manuel con voz rara.

—Gracias —le contestó ella en la misma forma.

Teresa ayudó a Isabella a preparar su mochila escolar con todas las

cosas que necesitaba para regresar a la escuela, admirando lo bien que le

quedaba el uniforme que se puso después de la merienda. La idea de

enfrentar todas las noches a Manuel durante la cena teniendo que

soportar su sonrisa cínica le atemorizaba, y pensar en la semana que se

avecinaba la deprimió.

Minutos más tarde, atravesaban los enormes pilares y el auto se

deslizó despacio por la entrada. Adentro, en el enorme vestíbulo.

Isabella fue entregada a la hermana María Imelda, a quien pidió

permiso para que Teresa y el señor Delgado conocieran el interior. Teresa

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admiró la fortaleza de la niña cuando llegó el momento de partir, y el

abrazo cariñoso y afectuoso que le propinó a Isabella fue genuino.

Ella no dijo ni una palabra en el breve trayecto de regreso, se quitó el

abrigo al llegar a la sala precedida por Manuel quien le ofreció un jerez.

Decidió sentarse en uno de los cómodos sillones y él hizo lo mismo frente

a ella.

—¿Hay algo que quieras saber? —preguntó Manuel entrecerrando los

ojos al ver la actitud defensiva de ella.

—La verdad, no. Excepto a qué hora se sirve el desayuno mañana.

—Sofia sirve el mío a las siete, aunque no es necesario que tú te

levantes tan temprano.

Ella le clavó la mirada.

—No pretendo quedarme la mañana en la cama. A las siete me

parece perfecto.

—Como quieras —inclinó la cabeza burlón, mientras encendía un

cigarrillo—. Isabella mencionó a su abuela como dos veces hoy. Mi madre

pasa gran parte de su tiempo viajando, le gusta mantenerse en contacto

con su familia que está dispersa por todo el mundo. Cuando Vicente y

Esteban murieron, ella se encontraba en Melbourne, asegurándose de que

Isabella estuviese bien atendida conmigo.

Teresa sintió una pena repentina cuando él mencionó las razones por

las que ella estaba allí, era una venganza.

—La visita tenía un doble propósito —continuó Manuel significativo y

con la mirada le recorrió el rostro—. En más de una ocasión me ha pedido

que me case, y Emilia Gómez es la quinta o sexta mujer que acompaña a

mi madre en sus múltiples excursiones. En este momento están en

Brisbane, disfrutando del clima cálido, pero espero que en un par de

semanas estén aquí.

—A tu madre no le gustará la idea de que te hayas casado sin su

consentimiento y menos conmigo —le dijo.

—¿Por qué contigo en especial? —Manuel enarcó las cejas.

—¡Creo que es obvio!

—Lo único que es obvio sería que cometieras la tontería de contarle a

mi madre tu parentesco con Steve Montgomerie.

—¿Y esperas que lo niegue? —Teresa estaba iracunda.

—No creo que nadie te pregunte nada —le contestó él con

brusquedad—. Eres mi esposa y mi madre te aceptará como tal. Sin duda

admirará tu habilidad para atraparme cuando tantas han fallado —

concluyó.

—Es posible que Emilia Gómez crea que he usado toda clase de

artimañas y me envidie el lugar. ¡Así que no creo que yo le vaya a ser muy

agradable!

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—Mi querida Teresa, eres la antítesis de Emilia Gómez. No puedo

imaginarla siendo hostil, si es que en algo, eso te preocupa.

Ella lo miró y se abstuvo de hablar aunque su silencio fue mucho más

elocuente que cualquier palabra.

—Soy dueño de mi persona, esposa mía —comentó con cinismo—, y

no tengo que rendirle cuentas a nadie. Sólo un tonto pensaría lo contrario.

—Eso es lo que tú crees, pero al final serás el tonto.

—Pareces renuente a aceptar que mi tolerancia tiene un límite.

—Nos odiamos —le dijo Teresa sombría—. Nunca podrá ser de otra

manera.

—Prefiero tu honestidad porque aceptas que me odias, Teresa. Emilia,

al igual que todas las demás, se hubiera casado conmigo por mi dinero y

prestigio social.

De repente la joven se sintió cansada y con esfuerzo probó el vino de

la copa y después se puso de pie.

—Debo llamar a Steve por teléfono.

—Puedes utilizar la extensión que está en mi estudio. Tengo algunos

papeles que revisar, tardaré una hora o más —le dijo en forma íntima y

suave.

Teresa lo siguió en silencio y mientras marcaba el número de Steve

se dio cuenta de que Manuel se había sentado detrás de su enorme

escritorio y escuchaba sin disimular la conversación de ella. En el

momento que colgó le dirigió una mirada fulminante que no le afectó a él

en lo más mínimo, ya que continuó mirándola con fijeza.

—Tu lealtad es admirable —comentó por fin él.

—Steve se lo merece. He aceptado sufrir tu tiranía durante varias

semanas, y aun así considero que es un precio muy bajo por asegurar su

tranquilidad de espíritu.

Un silencio extraño parecía llenar la habitación, y Teresa sintió miedo

hasta de moverse.

—¿Qué te hace pensar que te dejaré ir? —le preguntó con calma.

—Tú sabes que estoy ligada a ti, solo hasta que Steve muera,

después de eso nada me mantendrá aquí —declaró ella con convicción.