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—¿No has considerado la posibilidad de que para ese entonces ya

estés encinta? ¿Qué harás?

Ella se negó a levantar la mirada del escritorio.

—¿Qué harás entonces, Teresa? ¿Abortar? —la voz de él sonaba

suave y peligrosa—. ¿O pretendes tener al niño y mantenerme alejado de

él?

Lo miró y se estremeció ante la frialdad de él.

—No lo he pensado.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

¡Cielos! ¿Había sido esa su voz? La escuchó extraña, como si

perteneciera a otra persona. Se sentía como flotando.

—¿Estás tomando algunas precauciones para no embarazarte?

Teresa negó con la cabeza y no pudo esconder las lágrimas.

—No —respondió, temblando.

Se había preocupado sólo de Steve y para nada había pensado en

ella. Qué poco se había preocupado por Manuel Delgado, quien le previno

de que no la dejaría escapar tan fácilmente. La idea de permanecer junto

a él toda la vida era terrible, y casi rompe en llanto ante su propia

tontería.

—Tú me diste tu palabra de que no lo harías —lo miró, llorosa—. No

creo que tengas derecho a exigírmelo —le dijo inquieta y casi se echa a

correr al salir de aquella habitación con la intención de poner la mayor

distancia posible entre ellos.

Se paró en el vestíbulo y como la necesidad de salir un rato de la casa

era imperiosa, sin pensar en el frío abrió la puerta principal y salió.

El aire se sentía pesado como si la furia de una tormenta estuviera a

punto de desatarse, un rayo lejano lo hizo más manifiesto. Teresa tembló

y se paró un momento dudando de seguir adelante.

Acababa de reiniciar su camino, cuando escuchó el ladrido de un

perro que la hizo pararse de inmediato. La luz de un farol la deslumbró y

dejó escapar un grito de pánico cuando el animal se le echó encima.

Se escuchó una orden y la luz del farol permitió ver el rostro de

Santanas.

—¡Señora! —era obvia la impresión de Santanas al verla a ella sola en

el jardín, la explicación que le dio acerca de su inspección nocturna con

Baltasar fue de disculpa—. Si quiere patéelo. Así jamás volverá a atacarla

—le explicó Santanas tranquilo, y Teresa tuvo intenciones de hacerlo, pero

le acarició la cabeza al animal y éste se lo agradeció con un gruñido—. La

acompañaré de regreso a casa, señora. El señor insistirá sin duda en que

usted se tome una copa de coñac, el mejor remedio para el miedo y el frío

—le dijo el hombre, preocupado.

Teresa se asustó.

—No hay necesidad de molestar al señor, Santanas. Está trabajando

en el estudio, y no me ha pasado nada —lo último que quería era tener

otra discusión con su irritable marido.

Era obvio que Santanas pensaba de otra manera y a pesar de

asegurarle ella que se iría de inmediato a tomar un baño caliente, inútiles

fueron sus razones para disuadirlo de que informara a Manuel.

Teresa no esperó resultados, por lo que no pudo ver la mirada de

confusión de la que fue objeto en el momento que se dirigió aprisa hacia

la habitación, donde minutos más tarde comenzó a relajarse, a medida

que la tina se iba llenando y Manuel no aparecía.

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Después de aquel reconfortante baño, envuelta en la toalla llegó a la

habitación y de inmediato se sobresaltó.

—No pareces estar muy afectada a causa de tu encuentro con

Baltasar —Manuel le dirigió una mirada tan minuciosa que el color subió a

sus mejillas.

—Te lo contó Santanas —sentenció ella con calma.

—Por supuesto, ¿pensaste que no lo haría?

Encogió los hombros, renuente a dar el paso que la acercaría adonde

estaba él sentado en el borde de la cama.

—No necesito eso —señaló la copa que él sostenía.

—Quizá no todo —aceptó él poniéndose de pie—. Pero algo sí

beberás.

Agitada, aceptó dar algunos sorbos.

—¿Por qué te aventuraste a salir sin un abrigo que te protegiera del

frío?

—Necesitaba aire fresco —dijo Teresa con la mirada fija en la camisa

desabotonada de él, que dejaba al descubierto su pecho velludo.

Sobresaltada, miró de nuevo la copa que tenía en la mano y bebió un

trago generoso. Las lágrimas le inundaron los ojos cuando comenzó a

toser y Manuel le quitó la copa.

La joven fue presa de la apatía en el momento que las manos de él se

posaron en sus hombros desnudos.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó temblorosa y se humedeció el

labio inferior.

—El amor, contigo —la voz tenía un tono de diversión—. ¿Qué

pensaste?

Teresa le sostuvo la mirada por unos segundos, después apartó la

vista.

—Pobre niña —murmuró Manuel a la vez que inclinaba la cabeza.

Ella de inmediato volvió el rostro y los labios de Manuel rozaron su

mejilla; Teresa se puso tensa cuando una mano se enredó en su cabello y

la otra le hizo levantar el rostro, con fuerza, sin dejarle más alternativa.

—No dudas en obtener lo que deseas —le dijo ella con amargura.

—La indecisión no es una de mis cualidades, querida. El hombre que

espera pacientemente detrás de la puerta, no es hombre de verdad. Tú te

asegurarías de que yo me quedara esperando, ¿verdad?

—¡Esperarás siempre!

—Siempre es mucho tiempo —comentó Manuel, con seguridad.

—Nunca seré tuya por mi voluntad, Manuel Delgado. Debes saberlo.

—¿No? —preguntó sarcástico.

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La joven sintió la tibieza de su aliento en el cuello.

—No podrás luchar contra mí, continuamente. Tu boca —le acarició el

labio con un dedo y Teresa trató de no temblar—, denota una naturaleza

apasionada. En este momento tu corazón late mucho más aprisa.

—Si así es, se trata de miedo, no de pasión —declaró ella, enfadada

porque se sonrojó cuando él le quitó la toalla para acariciarle la curva de

los senos—. Estoy obligada a soportar tus caricias, pero, ¡no esperes que

las disfrute!

—Intento que lo hagas —sonrió el con sensualidad.

Teresa hizo una mueca de disgusto y encogió los hombros.

—¡Tus ínfulas me repugnan!

La recorrió con la mirada.

—Ven, vamos, pórtate mejor. ¿Así que soy autosuficiente, despótico,

arrogante, y cruel?

—Todo eso y más.

—Y nunca amable, ¿así es?

—Con Isabella eres amable, compasivo y paciente —contestó.

La boca de él buscó la de ella, mientras la guiaba hacia la cama.

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Capítulo 4

A Teresa la despertó a la mañana siguiente, el ruido de la ducha en el

baño. Miró el reloj y se dio cuenta de que faltaban diez minutos para las

siete, si quería desayunar con Manuel tendría que levantarse y arreglarse.

Se bañó con rapidez y se puso unos pantalones de color café oscuro y una

blusa crema.

Manuel ya estaba sentado a la mesa cuando ella llegó al comedor.

—Buenos días —dijo él con amabilidad, al mismo tiempo que se servía

el café y puso a un lado el periódico.

—Buenos días —contestó ella en el mismo tono, y se inclinó hacia el

periódico—. Por favor, continúa leyendo, no me molesta.

—¿Qué deseas comer? Sofía no te esperaba hasta más tarde.

—Sólo pan y café —aseguró Teresa y se sirvió.

—¿Vas a visitar a tu padrastro, hoy?

—Sí —contestó con frialdad y le dirigió una mirada de desafío.

—¿Lista para comenzar la batalla, esposa? —se burló Manuel—. No

me opuse a que fueras. Si me dices a qué hora te piensas ir, le daré

instrucciones a Santanas para que tenga el auto listo.

—Me iré alrededor de las nueve, y preferiría viajar en autobús.

—Pero no lo harás —dijo Manuel con brusquedad—. Iremos a cenar

fuera esta noche —continuó—. Con un socio mío de negocios, también

español. Será una cena formal, así que usa mi tarjeta de crédito si es que

no tienes nada apropiado para ponerte.

—No tengo por qué impresionar a nadie.

—Tú logras hacer las cosas con mucho éxito sin proponértelo —afirmó

él, seco.

—No estoy muy segura de que eso sea un cumplido —le contestó

dudosa.

—Santanas te recogerá antes de las cuatro por si necesitas hacer

algunas compras.

—Lo haré —le aseguró ella, amenazándolo con dulzura—. Te estás

arriesgando mucho al darme carta blanca para que use tu tarjeta de

crédito. Puedo enloquecer y comprarme un guardarropa nuevo.

—No creo que eso pueda arruinarme.

Teresa se sintió apenada y algo infantil.

Con el aire del hombre que tiene muchas cosas en mente, se puso de

pie y terminó la taza de café. Con frialdad se acercó a ella e inclinó la

cabeza buscando la tibia y perfumada piel de su cuello.

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—¡Salvaje! —exclamó Teresa, indignada, cuando los dientes de él se

encajaron en su piel.

—Ah, querida —se mofó gustoso.

—Me salen moretones con facilidad —le dijo ella, mirándolo con

agresividad.

—Y también te alteras con facilidad —murmuró él, al mismo tiempo

que posaba sus labios sobre los de ella—. Adiós, esposa.

Teresa reprimió el impulso de acompañarlo pero con la mirada lo

siguió hasta la puerta.

Eran apenas las ocho de la mañana, demasiado temprano para irse.

La idea de desobedecer la orden de Manuel e irse en un autobús pasó por

su mente, pero, la atemorizó desatar la ira de él con deliberación.

Sofía entró en la habitación y saludó, sorprendida, a Teresa, después

comenzó a recoger la mesa.

La joven se puso de pie.

—¿Hay algo en que pueda ayudarla? Santanas y yo no nos iremos

hasta las nueve.

Quizá fue su mirada o tal vez su voz la que sonó angustiada, porque

Sofía dejó de acomodar platos en la bandeja y le dirigió una mirada de

simpatía.

—Tal vez a la señora le gustaría explorar la casa, a mi hija le

encantaría acompañarla, y quizá desee hablarme acerca de sus

preferencias para la cena de mañana.

—No, no. Usted ha estado mucho tiempo con mi esposo y se las ha

sabido arreglar bien, no veo ninguna razón para intervenir. En todo caso —

hizo una pausa embarazosa—, no estoy muy enterada de sus preferencias

en la comida, es mejor dejarle la decisión a usted. Pero si me presta a

María un rato, me encantaría conocer la casa más a fondo.

—Sí, señora —respondió Sofía mientras levantaba la bandeja—. Le

enviaré a María.

Teresa sólo había visto a María un momento el sábado por la noche

cuando regresaron de Healesville, era una atractiva joven de cabello

negro, hermosos ojos y figura esbelta, tendría cerca de dieciséis años.

Hablaba despacio y con respeto.

Minutos más tarde, la joven subió la escalera junto con María, hacia lo

que le parecía a Teresa eran apartamentos, ya que cada una de las ocho

habitaciones contaba con baño y cuarto de vestir. Había una sala muy

cómoda con muebles hermosos y estantes llenos de libros, un escritorio,

lámparas y un equipo de sonido. Era obvio que las habitaciones de abajo

habían sido diseñadas para reuniones formales. Pero aquel salón era

enorme y a primera vista parecía tener capacidad para cerca de cuarenta

personas. El comedor le recordó su primera cena con Manuel, hasta el

tamaño de la mesa intimidaba, no había menos de ocho sillas colocadas a

cada lado de la misma.

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De todas las habitaciones de abajo, la sala fue la que más le gustó a

Teresa. Daba hacia el jardín del frente de la casa y recibía todo el sol

posible. Tenía puertas corredizas de vidrio que daban a un patio

pavimentado con escalera que conducía al prado, donde en el verano, le

informó María, se ponían muebles de hierro a la sombra de los árboles.

Obviamente, el orgullo de Sofía era la cocina, enorme y moderna. Había

un garaje para tres automóviles a un lado de la casa, y detrás, se

encontraban las habitaciones de los sirvientes.

—¿Desde cuándo están tus padres con el señor Delgado, María? —le

preguntó Teresa, curiosa.

El recorrido había llegado a su fin y las dos se encontraban al pie de

la escalera.

—Muchos años, señora —contestó la muchacha con una sonrisa—.

Pero no siempre aquí. Primero estuvimos en la pequeña granja en

Dandenong, después el señor construyó esta mansión, hará unos cinco o

seis años.

—¿Son ustedes australianos? Lo siento, no quiero parecer

entremetida —se disculpó Teresa de inmediato.

María negó con la cabeza y respondió:

—Claro que no, —contestó—, mis padres vinieron a Australia

empleados por el señor Delgado. Mi abuelo y mi padre han trabajado

siempre para la familia Delgado.

—Ya entiendo —comentó Teresa con desgana.

—La familia es muy honorable, señora.

Sí, claro, pensó Teresa escéptica, honor, tradición, nobleza y orgullo

español, con un Manuel Sebastián Rafael Delgado a la cabeza.

—¿Hay algún otro lugar al que la señora quiere ir? Quizá ¿los

jardines? —le preguntó María tranquila—. Están húmedos con la lluvia de

anoche, pero podemos caminar por el sendero.

—Esta mañana, no, María. Ya es casi hora de irme con tu padre.

Gracias por enseñarme la casa —terminó diciéndole, con una sonrisa

amistosa.

—Fue un placer, señora —le dijo María, quien se volvió y desapareció

rumbo a la cocina.

Teresa subió rápido la escalera, buscó un abrigo y el bolso, se peinó y

puso un poco de pintura en los labios antes de dirigirse abajo donde

Santanas paciente la esperaba en la entrada del vestíbulo.

—Buenos días, señora.

—Buenos días —respondió ella con formalidad.

Juntos se dirigieron hacia el automóvil, y Teresa dejó escapar un

suspiro de resignación, en el momento que Santanas le abrió la puerta

trasera del mismo. ¡Toda aquella formalidad y protocolo comenzaban a

irritarla!

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—¿Desea la señora ir directo a Heidelberg? —preguntó el viejo al

mismo tiempo que conducía.

—Tengo algunas compras pendientes —le dijo en voz alta—. Quizá

sea mejor que las haga de una vez. Si puede déjeme afuera de Myer, y

regrese en una media hora más o menos.

—Sí señora. Daré vueltas alrededor de la manzana durante esa media

hora, hasta que usted aparezca en la puerta principal de la tienda.

—Gracias, Santanas.

Diez minutos después, Teresa entraba en uno de los almacenes más

grandes de la ciudad, y se dirigió al departamento de damas, Manuel le

había indicado que la cena sería formal, ¿pero qué tanto? De lo que sí

estaba segura era de que la ocasión merecía algo más formal que una

falda y una blusa. No quiso algo demasiado escandaloso, y después de

buscar mucho, escogió un vestido de chiffon estampado. Tenía el cuello

redondo y amplias mangas recogidas en un puño. Se compró una bolsa

dorada, sandalias de noche, y un perfume.

Salió de la tienda casi una hora después, y de inmediato apareció

Santanas en el automóvil.

—Siento haberme tardado más de lo previsto —se disculpó Teresa a

la vez que Santanas le quitaba los paquetes para colocarlos en el interior

del automóvil.

—La señora no se tardó nada —le dijo poniendo el coche en marcha.

Teresa lo miró, tratando de averiguar si lo que él intentaba hacer era

burlarse de ella.

Llegaron a Heidelberg, y buscaron por la calle que los llevaría a casa

de Steve. Teresa vio la serie de cortinas que se abrían. ¡Las lenguas

viperinas se moverían incansables, especulando mañana y tarde alrededor

de tazas de café, durante los próximos días.

—Regresaré a las tres y media, señora —le dijo Santanas—, las

compras que haga, las guardará María cuando regresemos a casa.

—Gracias, Santanas —murmuró Teresa, agradecida—. Me ha sido

mucho más fácil que si hubiera venido en autobús.

—El señor nunca permitiría…

—Lo sé —interrumpió ella—. Adiós —le dijo implacable, en el

momento que se dirigía hacia la puerta de la casa de su padrastro.

Steve estaba parado en el umbral con los brazos abiertos.

—¡Teresa! —la abrazó con entusiasmo—. ¿Estás bien, querida? —le

preguntó ansioso buscando los ojos de ella.

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—Por supuesto —respondió ella sonriente, con el rostro lleno de

alegría, el mismo que le ponía a sus pequeños pacientes del hospital—.

¿Por qué no habría de estarlo?

—¿No te puso tu esposo ninguna objeción para que vinieras? —le

preguntó Steve algo preocupado.

—Oye —le acarició la nariz—. ¿Qué es esto? ¿No me vas a dejar

pasar?

Steve le puso uno de sus brazos sobre los hombros.

—Esta es tanto tu casa como la mía, lo sabes. ¡Pedirte que pases!

—¿Ya desayunaste?

—Sí, pero tomaremos café, ¿está bien? Para que me cuentes como

vives en esa enorme mansión con tu noble español.

Teresa detectó la amargura en la voz de él y se estremeció.

—¿No viste el coche tan lujoso que me trajo? —lo abrazó por la

cintura con cariño—. ¡Llegué nada menos que con chófer! Manuel me ha

dado tarjetas de crédito para dos de los almacenes más importantes de la

ciudad, y también me asignará una mensualidad.

—¿Bienes materiales? —inquirió Steve, desanimado—. ¿Y qué puedes

decirme del hombre? —volvió a preguntar insistente, sin quedar muy

convencido.

Teresa retiró el brazo y se sentó en un sofá, tratando de no mostrar

su propia ansiedad.

—Cualquier hombre con éxito como Manuel debe ser algo rudo —le

explicó calmada—. Me he dado cuenta que puede ser amable y

considerado —pero no conmigo, se dijo.

—¿Eres feliz? —Steve la miró con fijeza, sentándose a su lado.

—Tanto como soñé serlo —le contestó y agregó—: Manuel es sin duda

todo un español en su forma de ser a pesar de vivir hace tantos años en

Australia; cada vez que le hago ver que soy independiente, se molesta.

¿No te sientes más contento, ahora que sabes que ya no estaré sola?

Steve notó un leve tono de angustia en la voz de ella y estiró el brazo

para tomar la mano de la joven.

—Sí —dijo y sonrió—. Tengo muchos deseos de ver el mar hoy.

Todavía está ahí tu pequeño auto, ¿tienes tiempo?

Teresa se apresuró a darle un beso en la mejilla, y los ojos se le

llenaron de lágrimas.

—Tu deseo es una orden para mí —sonrió ella, al mismo tiempo que

animaba a Steve para que se pusiera de pie con el objeto de ir a la cocina

para preparar café.

—La señora Scott se está comportando como una verdadera ama de

casa. Muy discreta —le comentó Steve al mismo tiempo que Teresa se

sentaba frente a él a la mesa de la cocina—. No anda en chismes y lo

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mejor de todo es que no me mira con lástima. No, no discutas —le

recriminó—. Ya sé que tienes intenciones de venir todos los días, pero

quiero pasar el tiempo contigo, no detrás de ti por toda la casa mientras la

arreglas.

—Los hombres que me rodean están decididos a convertirme en una

dama ociosa —sentenció Teresa enigmática, al mismo tiempo que daba un

sorbo al delicioso líquido—. Mi marido tiene un sirviente que se llama

Santanas, su esposa Sofía cocina y la hija, María, hace la limpieza de la

casa —hizo una mueca expresiva con la nariz—. Todo lo que esperan de

mí es que sea sociable.

—Me complace que estés tan bien, querida. ¡Es obvio que tu marido

ha sabido planear su hogar, de lo cual debes estar muy contenta! De

todos modos pronto tendrás que ocuparte de los pequeños. ¡Disfruta tu

ocio mientras puedas! —los ojos castaños de él brillaron de alegría—. Los

españoles tienen fama de ser muy buenos hombres de familia, te aseguro

que dentro de seis años serás madre de por lo menos tres pequeños

Delgado.

—Me niego a pensar en eso —rió ella, tratando de mantener la voz

calmada. ¡Si él supiera!, pensó—. Mientras terminas tu café, sacaré el auto

del garaje. ¿Tienes idea desde dónde quieres ver el mar?

—Desde la península Mornington —le dijo Steve de inmediato, y

Teresa supo con exactitud a lo que él se refería. Durante los veranos

acostumbraban compartir días de campo a lo largo de las costas desde

Frankston hasta Sorrento, cerca del extremo sur—. Casi olvidaba decirte —

recordó Steve, de repente—. Meg llamó esta mañana para saber si podías

llamarle a su casa antes de la comida, tiene trabajo en la tarde. Algo sobre

unos billetes que habías comprado hace algunas semanas.

Teresa se dirigía hacia el teléfono.

—¡Ay Dios! Me olvidé de todo con las carreras del matrimonio —

marcó con prisa el número de Meg tratando de recordar para qué día

habían sido comprados los billetes. Si no recordaba mal, eran para el día

siguiente a la noche.

—¿Teresa? ¿Lo habías olvidado, verdad?

—Lo siento, Meg —su voz sonó afligida—. Sí. ¿Podrás darle a alguien

mi billete?

—Ese es el problema —dijo Meg, divertida—. ¿Tú crees que ese

magnífico español tuyo pueda prescindir de ti durante cinco horas?

Teresa estaba nerviosa, porque sabía que Manuel no se lo permitiría,

y la idea de dejarle un recado con Sofía para explicarle su ausencia le

traería consecuencias terribles a su regreso.

—Él comprenderá —continuó Meg tratando de convencerla—. Los

billetes costaron bastante, además, tú tenías muchas ganas de ir. ¿No

podrías hablar con tu esposo y luego me avisas?

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—Sí, mañana te llamaré temprano. No me gusta llamarlo al trabajo —

le explicó Teresa, dudosa.

Meg rió y dijo:

—Muy inteligente de tu parte querida. Espérate a la noche cuando ya

haya cenado y bebido, y después utiliza el sutil arte de la persuasión.

—¿Así se llama? —Teresa no pudo reprimir el deseo de bromear a

pesar del estremecimiento que sintió al recordar las experiencias sexuales

con su esposo.

—Quisiera tener la mitad de tu suerte, Teresa —le respondió Meg, con

envidia.

Si supiera, pensó Teresa. Se despidió de Meg y colgó el auricular.

Mientras avanzaban por la carretera se sintió frío, pero agradable. El

mar se mostraba grisáceo con blancas crestas y cuando iban llegando a

Dromana comenzó a llover. La decisión de hacer un alto para comer fue

de ambos y escogieron una cafetería donde servían pasteles frescos,

bocadillos y café caliente. Después, caminaron abrazados por las tiendas,

y una tristeza muy particular los invadió, al saber ambos, que nunca más

caminarían juntos por aquella calle. Teresa se esforzaba por aparentar

alegría, pero se sentía destrozada.

La lluvia comenzó a caer con fuerza a medida que se dirigían de

regreso a la ciudad, pasadas las tres de la tarde; no sería posible llegar a

tiempo a la casa de Steve donde la esperaría Santanas, pensó incómoda.

En las afueras de Frankston el viejo auto comenzó a fallar y ella tuvo que

bajarse y empujarlo hasta la orilla de la carretera.

A las cuatro y media lo único que había logrado era llevar el coche

hasta un garaje, donde un mecánico se limitó a mover la cabeza en gesto

negativo y mascullar algo indescifrable. Al parecer, era preciso cambiarle

una pieza al auto y sólo podría conseguirla hasta el día siguiente. Teresa

apretó los labios y trató de contenerse con esfuerzo.

Llamó a Sofia para explicarle y se preocupó más, ya que Manuel

había llamado para avisar que pasaría a recogerla una hora antes de lo

previsto, y Santanas había estado comunicándose cada media hora desde

Heidelberg, preocupado.

Por si algo faltaba, en el momento de llegar a la estación del tren,

éste abandonaba la plataforma.

Eran las siete en punto cuando subió al auto con Santanas, después

de haber dejado bien instalado a Steve; veinte minutos más tarde, Sofía,

preocupada le dio las buenas noches, pero Teresa no se detuvo ni un

segundo y corrió rumbo a la escalera para subir aprisa.

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Cuando llegó a la habitación ya se había desabotonado el abrigo y

comenzaba a soltarse el cabello. Era tal su prisa que no vio a Manuel en la

alcoba hasta que se tropezó con él.

—¡Ay! Lo siento, estaré lista en veinte minutos —comenzó a decir y

posó la mirada en la cama donde María había colocado el vestido nuevo.

—Tienes sólo quince —le dijo Manuel con brusquedad—. De los cuales

no te aconsejo desperdiciar alguno, Sofia me contó tu percance, después

quiero escuchar tu versión.

¡Por lo menos estaría a salvo de su ira, por un rato! Teresa suspiró

aliviada y corrió a vestirse. El baño estaba listo, no necesitaba mucho

maquillaje y unas cuantas cepilladas dejaron listo su pelo. ¿En dónde

estaba su bolso de noche? Buscó frenética y al fin lo encontró escondido

en la última gaveta. Lo llenó con rapidez, ya estaba, ahora sólo le faltaban

los zapatos, y ¡las medias! Con solo dos minutos para terminar apareció

en la habitación, se puso el vestido y estuvo lista.

Lo menos que reflejaba la mirada de Manuel era perturbación, y

Teresa supo que tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes cuando

descendieron por la escalera y se dirigieron al vestíbulo donde Santanas

los espetaba para ayudarlos con los abrigos.

Teresa se sentó en silencio mientras Manuel conducía el auto hacia la

avenida San Jorge. No tenía la menor idea hacia dónde se dirigían o

quiénes eran los invitados. Con el humor que tenía él en aquellos

momentos, le pareció una imprudencia preguntar.

Después de haberse tomado el segundo trago de vino, el anfitrión

Guillermo Cortez, le explicó, al mismo tiempo que la convencía de que

tomara otra copa antes de la cena, que era un finísimo jerez español, y

Teresa comenzó a relajarse, y se dio el gusto de examinar con toda

tranquilidad a los invitados.

—¡Manuel, querido!

Teresa volvió despacio la cabeza y se encontró con una rubia que se

dirigía hacia ellos.

—Buenas noches, Nadine —la saludó Manuel amable, y Teresa esperó

con educación a que llegara la presentación formal, y al ver que su espera

era en vano, se dedicó a mirar con curiosidad a uno y a otro.

—Me encantas, querido, cuando hablas en español —Nadine

parpadeó al sentir la mirada de la joven—. Soy Nadine Norcroft, querida —

se presentó ante Teresa con amabilidad fingida—. Parece ser que vamos a

tener que presentarnos nosotras.

—Así parece —sonrió Teresa—. Soy Teresa…

—Delgado —la interrumpió Manuel calmado y tomándole la mano

izquierda se la llevó a los labios y agregó—: Mi esposa —la voz se escuchó

suave y miró con cariño a Teresa.

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Teresa sintió que se enrojecía y cerró los ojos por un momento para

tratar de esconder la turbación que se reflejaba en ellos. ¡Cuánto odiaba la

imagen de esposo amante que a Manuel le gustaba mostrar!

—Te sonrojas fácil —comentó Nadine con sarcasmo—. Bueno, se

entiende, ¡la masculinidad de Manuel es aplastante!

—¡Devastadora! —contestó Teresa, evasiva.

Era aquella una respuesta para que Nadine pensara lo que quisiera.

—En el pasado de Manuel ha habido muchas mujeres, querida —dijo

Nadine con ironía—. Espero que no seas celosa.

Teresa miró los ojos azules de la otra muchacha y contestó:

—En lo más mínimo —y sonriendo se volvió hacia Manuel—, no tengo

razón para sentirlos, ¿o sí, querido?

—En lo más mínimo, cariño —le respondió él con respeto, y Teresa

notó la burla que se reflejaba en los ojos de él.

Nadine dejó escapar una carcajada, y al mismo tiempo Guillermo

Cortez anunciaba que la cena estaba lista.

—¿Tienes que hacer tan patente tu amor hacia mí? —le preguntó

Teresa, furiosa, en el momento que se dirigían juntos hacia el comedor.

—Las mujeres tan venenosas como Nadine, podrían comerse a un

pichoncito como tú —le dijo Manuel con cinismo.

—Gracias.

—Deberías dármelas en serio —comentó con sorna.

—Eres despreciable —expresó Teresa, simulando una bella sonrisa y

tomó su lugar en la mesa.

Durante la cena, la conversación fluyó tanto como el vino; después, el

café se sirvió en la sala y Teresa buscó una silla apartada en su intento

por escapar de la perturbadora presencia de Manuel. El esfuerzo de

aparentar unas relaciones armoniosas le estaba poniendo los nervios de

punta.

—¿Te está costando mucho trabajo aparentar, verdad?

Teresa levantó la vista y se encontró con la sarcástica mirada de

Manuel quien se sentó en el brazo de su silla con tranquilidad.

—Tienes toda la razón —le contestó ella solemne, y con esfuerzo

soportó que él tomara su mano entre las de él.

—Pobre niña —murmuró burlón y la besó en la sien.

—¡No puedo describirte con palabras lo mucho que te odio!

—Cuídate, gatita mía, de que no me proponga hacer que de verdad

me odies.

Teresa levantó los hombros y se mordió el labio inferior. Temblando, y

en voz baja le preguntó:

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—¿Qué más podrías hacer?

Manuel la apretó con más fuerza. Fue un gran alivio que en ese

preciso momento Guillermo y Eva Cortez se les acercaran.

Por fin, dentro del auto, Teresa se recostó contra la portezuela para

descansar. Manuel manejó con pericia sobre el pavimento húmedo y

permaneció en silencio. La joven pensaba en lo mal que había visto a

Steve y temía que las "varias semanas", vaticinadas por el médico se

convirtieran en sólo dos o tres. Y después ¿cómo podría seguir viviendo

aquella farsa con el que era su marido?

Las calles estaban vacías y pronto llegaron a la casa. Manuel metió el

automóvil en el garaje, cerró las puertas y dejó que Baltasar saliera a

merodear los jardines, después ambos entraron en la casa.

Mientras subían la escalera, Teresa esperó que en cualquier momento

le pidiera una explicación del porqué había llegado tarde aquella noche.

Sin duda haría comentarios sarcásticos con respecto a la descompostura

del coche.

—¿Tienes el nombre y la dirección del garaje donde dejaste tu

automóvil?

Teresa se volvió y lo miró, pero en la penumbra de la escalera era

difícil adivinar la expresión del rostro de él.

—Sí, tengo la tarjeta que me dieron en mi bolso —le contestó ella,

tranquila.

—Muy bien, haré los arreglos necesarios para que sea recogido tu

automóvil.

Teresa lo siguió hasta la habitación y lo miró con cautela.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó.

Manuel se había quitado el saco y se disponía a zafarse el cinturón,

cuando la miró molesto.

—¿Por qué cuestionas todos mis actos?

—¡Porque no dudaría que lo vendieras a mis espaldas!

—Eso no sería posible, ¿no crees? Supongo que los papeles de

propiedad están a tu nombre, por lo tanto se necesitaría tu firma para

venderlo —terminó con brusquedad.

Pero después de un largo silencio se disculpó:

—Lo siento…

—No, no lo sientes —le dijo Manuel, cortante, pero con una luz de

diversión en sus ojos—. Comienzo a creer que disfrutas nuestros

disgustos. Cada vez que tienes oportunidad peleas conmigo.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

—Y siempre lo haré —lo amenazó de inmediato—. En todas las formas

que pueda.

—Estás sacando las uñas, niña. Ten cuidado en tu afán por

lastimarme, no vayas a salir herida tú también.

—Quisiera ser hombre —le dijo, quitándose los zapatos.

—¿Así que desearías golpearme? —comenzó a reír él, divertido—. Y

qué te hace pensar que tendrías éxito?

Sin pensar lo que hacía le arrojó un zapato, y miró horrorizada como

él lo atrapaba en el aire y se dirigía hacia ella.

Teresa tuvo ganas de correr, pero no había dónde esconderse. Las

intenciones de él eran muy claras, parecía estar enfadado como para

propinarle una buena paliza. Quiso gritar que sentía mucho la tontería que

había cometido, pero fue incapaz de hacerlo ya que estaba horrorizada

ante la cercanía de Manuel.

—¡Por Dios! —exclamó él—. Estoy a punto de darte la paliza que

mereces —la miró a los ojos unos cuantos segundos interminables y

después dejó caer el zapato de su mano—. Vuelves a sacarme de quicio

una vez más y entonces sí vas a llorar mujer —la amenazó sombrío y la

recorrió con la mirada, intencionalmente—. Hay más de una manera de

batallar con una esposa rebelde.

Teresa volvió a respirar cuando lo vio encaminarse hacia su vestidor.

Con desgana se sentó en el borde de la cama, sintiéndose demasiado

cansada como para desvestirse; experimentó el deseo desesperado de

tener una amistad que pudiera comprenderla, Pero no tenía en quién

confiar ya que ninguno de sus amigos creería en realidad que ella hubiese

escogido casarse con un hombre a quien odiaba. Debía ser odio aquello

que sentía cada vez que él la tocaba. Pensar en que fuera alguna otra

emoción resultaba ridículo.

Un ligero sonido la hizo levantar la mirada y no tuvo tiempo para

ocultar el dolor reflejado en sus ojos cuando se puso de pie para dirigirse

al vestidor de ella.

—Teresa.

La voz de Manuel la detuvo, pero no pudo volverse para mirarlo.

—Me darás la tarjeta con la dirección del garaje —le ordenó, tranquilo

—. Hasta que tu auto no esté en condiciones de salir a la calle, Santanas

los transportará a ambos, a ti y a tu padrastro, adonde quiera que vayan.

—Gracias, pero…

—No hay pero que valga, Teresa —la reprendió con dureza.

—Voy a sacar la tarjeta de mi bolso —le dijo temblorosa y se dirigió al

vestidor.

De inmediato encontró lo que quería y cuando se volvió lo tenía a él

ante sí. La bata azul acentuaba el bronceado de su piel y dejaba al

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Helen Bianchin – El ángel vengador

descubierto el pecho. Se veía dinámico, masculino y dudó que llevara algo

bajo la bata.

En silencio le extendió la tarjeta, y el pánico la invadió cuando él se

acercó para tomarla de los hombros.

—Por favor, deja que me cambie —le suplicó desesperada, en un

intento de huir de él, pero Manuel ya le estaba soltando el cabello y con

otra mano le levantaba la cabeza para que lo mirara a los ojos.

—No tienes por qué temerme, querida —murmuró él, al mismo

tiempo que sus labios acariciaban los de ella.

La joven deseó decirle: "No es de ti de quien tengo miedo, sino de mis

sentimientos, pues cada vez se me hace más difícil mantenerte alejado de

mí".

***

Me estoy traicionando, se dijo, poco tiempo después, mientras

escuchaba la respiración rítmica de Manuel. Un brazo la mantenía

prisionera cerca de él; aun durmiendo era un hombre posesivo.

Ella también debió dormirse, porque en todos sus sueños aparecía la

figura borrosa de un hombre. Él se acercaba cada vez más a ella hasta

que casi podía tocarlo, pero se quedó quieta, incapaz de moverse para

esperar que el rostro emergiera de las sombras. El hombre la llamaba por

su nombre, en un principio, tranquilo, después con urgencia y de repente

ella vio con claridad un rostro que la hizo gritar.

—¡Teresa! ¡Despierta, niña! —la voz de Manuel penetró hasta las

profundidades de su mente y parpadeó ante la figura inclinada sobre ella.

—Estaba soñando —explicó la joven con los ojos bien abiertos.

—Eso es obvio —dijo Manuel, retirándole un mechón de cabello que le

caía sobre la mejilla.

—¿Qué hora es?

—Casi las cuatro de la mañana —le contestó él después de dirigir una

breve mirada a su reloj de pulsera que estaba sobre la mesa de noche—.

¿Quieres hablar de esa pesadilla o es que su nombre es Manuel? —había

algo enigmático en la mirada de él.

—Me desperté en el momento que el rostro emergía de las sombras.

No tenía miedo, sólo que no podía moverme.

—Tu grito al ver mi rostro fue sobre todo de alivio.

—Es probable que haya gritado. No estoy acostumbrada a compartir

mi habitación con nadie, mucho menos una cama.

—¿Estás sugiriéndome que utilicemos camas separadas desde ahora?

—le preguntó, confundido.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

Teresa se volvió de espaldas y hundió la cabeza en la almohada,

negándose a contestarle, irritada por la habilidad de él para afectar sus

emociones.

Manuel rió con ligereza cuando apagó la luz y se acomodó junto a

ella.

—Buenas noches, Teresa Delgado.

—Buenos días, Manuel Sebastián Rafael Delgado —contestó ella, con

ironía.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

Capítulo 5

Durante el desayuno, Teresa jugó con la comida que tenía en el plato,

apenas probándola, pero al final se decidió por una tostada y el café. Cada

minuto que pasaba se le hacía más difícil plantear el problema de salida

de esa noche con Meg. La solución ideal era tratar de hablarle y hacerlo

razonar, pero Manuel no era razonable. De hecho, mientras más lo

pensaba, más se aseguraba de que no aceptaría.

—¿Qué es lo que tienes en mente?

Lo miró asombrada ante la intensidad de la mirada.

—¿Por qué lo preguntas? —inquirió.

—Tengo la ligera impresión de que estás planeado algo que no va a

ser de mi aprobación —dijo Manuel, con sarcasmo.

—Lo has dicho muy claro, debo obedecer cada una de tus órdenes —

manifestó con dulzura—. Las consecuencias de no hacerlo han sido

dolorosas.

—Tengo una cena de negocios esta noche, así que no llegaré a casa

hasta muy tarde.

La información la llenó de júbilo.

—¿Qué tan tarde crees llegar?

—No me esperes levantada, esposa —le contestó con cierto cinismo.

—No tenía intenciones de hacerlo —le aseguró, tranquila, mirando

cómo él doblaba la servilleta y se ponía de pie.

—Cuida mujer esa lengua tan tonta que tienes. Ya me estás haciendo

enfadar otra vez, y no respondo las consecuencias si lo vuelves a hacer.

—Vete a trabajar Manuel y déjame en paz.

—Adiós —se despidió burlón—. Hasta la noche.

—Con toda seguridad estaré dormida —contestó Teresa.

—Pues te despertaré —le contestó él, imperturbable.

Teresa no respondió, ya que las palabras ahogaron su garganta.

Cuando él se marchó se sirvió otra taza de café y la bebió, pensando

en cuál sería la mejor estrategia para comunicarle a Sofía que ella

tampoco estaría esta noche para la cena. Sería mejor dejarlo para cuando

Santanas la trajera de regreso de casa de Steve, a la tarde.

—¿Ya terminó señora?

Teresa levantó la vista hacia la sonriente Sofia y le devolvió la

sonrisa.

—Sí, Sofía, gracias.

—¿Puedo preguntarle a qué horas desea partir esta mañana?

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—Dígale a Santanas que a las nueve estará bien, y como mi esposo

no vendrá esta noche a cenar, tomaré algo ligero en la sala.

Sofia asintió y recogió los platos de la mesa.

Con suerte, Manuel no se daría cuenta de que ella había salido esa

noche, hasta que se lo contara durante el desayuno. Era probable que se

molestara o mejor, se enfureciera, ¡de eso estaba segura!

Meg se alegró cuando Teresa le dijo que podría ir con ella aquella

noche. Decidió hacer las cosas a la perfección, y aceptó ir a cenar a un

restaurante con Meg antes de ir al teatro. A pesar de todo, de vez en

cuando, un sentimiento de culpa la asaltaba y dos veces durante el día

Steve la miró con preocupación y le preguntó si algo le pasaba, pero ella

negó con la cabeza y sonriente le señaló un paisaje de interés mientras

Santanas conducía el auto sobre la carretera Princes hacia Geelong.

Lo que se aproximaba era una misión de mucho peligro, pensó Teresa

preocupada, cuando Santanas detuvo el auto frente a la residencia de

Toorak aquella tarde. Aunque su comportamiento era natural, el tono de

voz del chófer revelaba un desacuerdo total con las intenciones que tenía

la señora de cenar afuera y sola.

—No cenaré sola, Santanas —corrigió de inmediato—. Quiero que me

lleve a la ciudad en unos… —dirigió una mirada rápida a su reloj de

pulsera—, una hora; le avisaré a Sofía que no voy a cenar. Mi amiga tiene

auto y con toda certeza me traerá, así que no habrá necesidad de que

usted me recoja.

—Sí señora.

Teresa Delgado, le susurró una voz en su interior, pareces insistir en

realizar algo que te va a traer consecuencias muy graves que espero

sepas evitar. Ya era muy tarde para arrepentirse, y ¿por qué se sentía tan

culpable? ¡Como si estuviera casi cometiendo un crimen!

—¿Qué vas a comer, Teresa?

La joven miró el agradable rostro de Meg por encima de la carta.

—Tenemos mucho tiempo, vamos a conversar un rato. Ya sabes cuál

fue mi condición.

—Teresa —comenzó a protestar Meg, pero de repente sonrió—. ¿Por

qué no? Por un momento olvidé que eres una mujer rica —las palabras

fueron dichas con desfachatez y sentido del humor—. Cuéntame qué clase

de hombre es, todavía no puedo creerlo. Manuel Delgado, ¡uno de los

solteros más codiciados de Melbourne, y mi amiga que lo atrapa! —hizo

una pausa para reír—. Dime cuál es el secreto de tu éxito, por favor.

—Si te lo digo no me lo creerías —respondió Teresa, con calma.

—¡Así que no quieres divulgar nada! —Meg suspiró resignada y miró

la lista de vinos—. Vamos a tomar algo fuera de lo común para celebrar el

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Helen Bianchin – El ángel vengador

acontecimiento. ¡No todos los días tengo la oportunidad de cenar con

alguien tan importante!

—¡Importante…!

—Cálmate, querida Teresa —la interrumpió Meg con aire travieso—.

Sé que no eres oportunista. Podrás ser la esposa de un millonario, pero

para ti su riqueza no es lo más importante.

—Cuéntame cómo siguen las cosas en el hospital —le exigió Teresa,

casi como un ruego en su afán por cambiar la conversación.

—Algunos niños han preguntado por ti, claro, y la enfermera novata

que entró en tu lugar, no creo que termine su entrenamiento. ¿Sabes lo

que hizo ayer? —Meg movió la cabeza en forma negativa, y durante la

siguiente media hora se dedicaron a chismear acerca del hospital.

Fue en el momento que el camarero servía el plato principal, que Meg

contuvo la respiración y le tocó un brazo a Teresa.

—Estoy casi segura de que el hombre que acaba de entrar es tu

marido.

Teresa dirigió de inmediato la mirada hacia la entrada del restaurante

y apenas pudo reprimir una exclamación de asombro. No había la menor

duda sobre la identidad de aquella persona que entablaba conversación

con el capitán de camareros, en ese momento. Con miedo y fascinación

vio cómo asentía y de inmediato se dirigía a la mesa.

—Buenas noches —la voz de Manuel se escuchó profunda y Teresa

identificó un aire de mofa, cuando el camarero sacó la silla para que él se

sentara.

Después consultó la carta y pidió más vino, después, con toda

tranquilidad tomó una mano de Teresa y se la llevó hasta los labios.

—Por desgracia mi socio tuvo que posponer la cena de esta noche. No

creí que objetaras que me viniera a reunir contigo y tu amiga —le sonrió a

Meg, quien se dispuso a demostrarle de la manera más atenta que no le

importaba.

Teresa tragó en seco cuando le dirigió una mirada inquisitiva.

—Meg es una amiga muy querida, trabajábamos juntas en el hospital

—le explicó de inmediato—. Meg Cameron, mi esposo Manuel.

La sonrisa de Manuel era encantadora así como sus modales, y de

inmediato, Meg se deslumbró. Estaba alegre y se divertía, más de una vez

durante la comida, llenó el vacío que dejaba la falta de conversación de

Teresa.

—Quizá podamos cambiar los billetes de teatro —sugirió Meg, amable

—. Teresa tenía especial interés en ver la obra —se volvió hacia Manuel

para darle esa información—. Desde hace varias semanas los teníamos.

—Si me dan los billetes, trataré de conseguir tres asientos juntos para

esta noche —declaró él con voz suave.

—¿Irás con nosotras? —Teresa no pudo evitar la pregunta.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

—Nos encantaría —los ojos de Meg brillaron de entusiasmo y Manuel

asintió, se puso de pie y comunicó sus intenciones de dirigirse al teléfono.

—¡Espero que lo resuelva! —comentó Meg—. Es más atractivo en

persona, en realidad las fotografías no lo favorecen. ¡Es obvio que te

adora!

"¡Ay Meg!", pensó Teresa, "¡si tú supieras!".

Al poco rato regresó Manuel a la mesa y confirmó que había tenido

éxito, en seguida, procedió a ordenar café con evidente satisfacción.

Sólo Teresa se dio cuenta de que su ira permanecía bajo control.

Pensándolo bien, habría sido una velada agradable si ella no se

hubiese encontrado en un estado de nervios terrible. La obra de teatro era

lo que los anuncios manifestaban; después, Manuel pareció empeñado en

continuar jugando al anfitrión perfecto y no parecía tener ninguna prisa.

Sin remedio, llegó el momento de partir y después de ver a Meg

alejarse en su auto, Manuel la tomó del brazo y la condujo hasta su coche.

Mientras se acomodaba junto a ella y ponía el auto en marcha se

quedó quieta sin pronunciar palabra. Inclusive al llegar a la casa

continuaron guardando silencio.

Teresa sentía que la ira de él era una bomba de tiempo que en

cualquier momento podría explotar. Ya en la habitación se volvió hacia

Manuel, desafiante.

—Si tienes intenciones de hacerme algo, empieza de una vez.

—Toda la noche has estado esperando que yo estalle. Dime ¿tenías

intenciones de ocultarme esta escapada?

—Si no hubieras tenido que cenar afuera, le hubiese dicho a Meg que

no podía ir —declaró indignada—. Pero cuando supe que llegarías tarde,

decidí ver a mi amiga y contártelo esta mañana.

—Por supuesto, con la esperanza de que yo llegaría después que tú —

hizo una pausa—. Supongo que tendrías una idea de mi disgusto si yo

hubiese llegado antes.

—Sí, también conté con eso.

—Pero como Santanas te llevó al restaurante, supe dónde andabas.

—¿En serio, Manuel? Soy un ser humano, independiente, y para mí no

eres más que un tirano egoísta.

—Cuidado mi pequeña gatita —la amenazó.

—¿Tienes una idea de lo culpable que me he sentido todo el día de

hoy? —le preguntó de inmediato, sin poder contenerse—. No iba con otro

hombre, pero me sentí como si fuera a cometer un crimen. Supongo que si

te hubieras ido a cenar con Nadine Norcroft yo me hubiese tenido que

hacer la tonta.

—Pobre niña, ¿celosa?

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Ante la mofa de su voz, cerró un puño y lo levantó con intenciones de

estrellarlo en la boca burlona.

—No mi bella gatita, eso no lo harás —le dijo al mismo tiempo que la

tomaba entre sus brazos.

—¿Vas a castigarme, Manuel? Tengo tantos moretones, que ya no

puedo contarlos.

Por un segundo pensó que la abofetearía, y cerró los ojos en actitud

defensiva. Pero segundos más tarde, la empujó y se dirigió hacia el

vestidor.

Temblorosa, atravesó la habitación, se desvistió y bañó con rapidez

para meterse entre las sábanas antes que él. De no haber sido por la ira

que todavía sentía hacia él, se hubiera reído al observar que los dos salían

al mismo tiempo de sus respectivos vestidores y se metían entre las

sábanas con la misma premura.

En la oscuridad, la buscó, moldeando el joven cuerpo de ella contra el

suyo; después la reclamó con tal maestría que ella se aferraba a él con

fuerza, y lloró en silencio, debido a la vergüenza, cuando él se apartó de

su lado.

Durante los días que siguieron, Santanas dio prueba de ser un

excelente chófer, y Steve disfrutaba el placer de ser conducido con todas

las comodidades. El martes viajaron desde Bacchus Marsh y Bailan hasta

Ballarat, y el miércoles, el lujoso auto los transportó por la autopista Boss

hasta Cowes. Todos los días comían en un lugar distinto e insistían en que

Santanas los acompañara.

Steve rehusó visitar amigos, al parecer, sólo deseaba contemplar la

belleza de los paisajes y la compañía de Teresa. Lo único que podía sentir

Santanas al escuchar la conversación de ambos era simpatía, a pesar de

todos los pensamientos que hubieran pasado por su mente después que

su patrón se casó con la hijastra del responsable del terrible accidente,

sucedido cuatro semanas atrás. Era obvio que se proponía convertirse en

amigo y compañero de ellos. Steve relataba anécdotas sin parar, que

hicieron brotar lágrimas de risa y tristeza, y aunque el auto de Teresa fue

entregado el miércoles en la tarde, no mencionaron la posibilidad de

utilizarlo y continuaron con el servicio que Santanas les dispensaba.

Las noches eran bastante tranquilas, por lo general cenaban juntos, y

después Manuel se encerraba en su estudio, Teresa veía televisión y se

dedicaba a escuchar música. El miércoles en la noche, él llegó a la sala en

el momento que ella se disponía a retirarse a dormir; la noche siguiente ya

estaba en la cama a punto de dormirse cuando él entró en la habitación.

El viernes en la noche asistieron a una cena de caridad en uno de los

restaurantes más exclusivos de Melbourne, y la felicidad de Teresa no fue

más que pura vanidad femenina, pues se había comprado un vestido de

noche precioso, utilizando las tarjetas de crédito de Manuel; también

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Helen Bianchin – El ángel vengador

sandalias, otro bolso de mano y una línea de maquillaje nueva. Le

remordió un poco la conciencia al gastar tanto dinero, pero Manuel bien

podía pagarlo. Una suave voz en su interior le hizo pensar que al fin y al

cabo, lo único que hacía era vengarse al utilizar con tanta libertad las

cuentas de crédito. Mientras más lo pensaba más justificada se sentía.

Manuel se daría cuenta de que la adquisición de una esposa le saldría

cara.

Santanas le quitó la mayoría de los paquetes cuando salió de la

tienda, y mientras transitaban por el centro de la ciudad, por la avenida

Santa Kilda, Teresa observó los enormes árboles, en silencio. Había mucho

tránsito, y el cielo gris se fue oscureciendo más hasta que por fin cayó la

noche y un aguacero comenzó a caer, dificultando la visibilidad.

Apenas tuvo tiempo de sacar todas las compras antes que Manuel

hiciera su entrada en la habitación, y en seguida se dio un baño.

No cabía la menor duda de que el vestido valía lo que había costado,

y aunque Teresa lo había comprado sin la menor intención de buscar la

admiración de Manuel, se sintió complacida cuando él hizo una señal de

aprobación.

—Gracias —sonrió ella, y se dio cuenta de la apariencia de él también.

Traje negro, camisa de lino blanca; estaba impresionante y el corazón le

dio a ella un vuelco—. Tú tampoco te ves mal —pudo decir.

—Gracias esposa —le dijo arqueando las cejas.

Teresa tomó su abrigo y disimuló la confusión en el momento que él

le ayudaba a ponérselo. Por decir algo, preguntó:

—¿A qué hora vamos a recoger mañana a Isabella? ¿Tienes algún

plan para el fin de semana?

—La recogeremos a las nueve y nos iremos al rancho de Danenong

donde pasaremos el fin de semana.

—¿Qué clase de rancho? —lo miró, confundida.

—Caballos de carrera, tengo cría para vender —le informó lacónico—.

Pago un administrador y trato de pasar allí la mayoría de los fines de

semana. Por fortuna a la niña le apasionan los caballos, tiene su propio

potrillo y toma clases de equitación siempre que vamos. ¿Tú montas?

—No —contestó con cautela a medida que caminaba delante de él por

el pasillo.

—Eso lo remediaremos a partir de mañana —declaró Manuel, con

suavidad.

—Preferiría observar a Isabella —afirmó Teresa, con seguridad. Tener

a Manuel como instructor era algo que prefería evitar.

—Es hora de irnos —dijo enigmático.

A Teresa no le quedó la menor duda de que al otro día su esposo la

llevaría a las caballerizas, y sintió el ya familiar resentimiento hacia él.

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La cena fue un éxito indiscutible. La comida y el vino resultaron

excelentes y los músicos tocaron sin parar toda la noche. Las mujeres

llevaban sus mejores galas, y los hombres vestían de etiqueta. Estaban

presentes algunos de los ricos de Melbourne y Teresa observó a Nadine

Norcroft desde que llegaron. Se sentó frente a ellos en la misma mesa, y

Teresa se dio cuenta que no dejó de mirarlos durante la cena.

Era obvio que a Manuel lo tenían en muy alta estima, por lo tanto su

esposa Teresa estaba siendo objeto de cierta especulación. Él se

comportaba atento y cortés sin llevarlo a extremos, y cualquiera de los

presentes podría asegurar que era un marido enamorado; sin embargo,

Teresa tuvo la rara sensación de que él hubiera preferido enviar un

cheque por correo y evitarse todas aquellas formalidades sociales.

La conversación en la mesa era la protocolaria, la usual en aquel tipo

de eventos, y cuando sirvieron el plato principal, Teresa ya se sentía

irritada por los intentos descarados de Nadine de monopolizar la

conversación de Manuel. Le hablaba sólo a él y lo miraba con tal

sensualidad que se sintió apenada.

—Debo preguntar cómo y dónde conociste a Manuel —sonriente,

Nadine se dirigió a Teresa.

“¿No te gustaría arrancarme los ojos?" pensó Teresa, sintiendo que la

mujer deseaba abrir una batalla de ataques verbales, pero le sonrió

respondiendo:

—¿Y eso importa?

—Pero claro, querida. Estamos fascinados con tu victoria. Muchas han

tratado, créemelo.

—No lo dudo —contestó Teresa con dulzura fingida y vio la sonrisa

sarcástica de Manuel.

—Tu pequeña sobrina se ha ganado una simpática compañera de

juegos, Manuel —dijo Nadine, provocativa—. ¿En dónde la encontraste?

—En la puerta de mi casa —contestó Manuel, divertido—. Arrojando

fuego por la boca como un pequeño dragón.

Las cejas de Nadine se levantaron unos segundos.

—¿En serio? Sospecho Manuel que me estás tomando el pelo —

protestó.

—En absoluto —la voz sonó cínica y llena de aburrimiento. Se volvió

hacia Teresa y le acomodó el cabello, después, le acarició una de las

mejillas—. Bailemos.

Teresa se estremeció al escuchar la voz sensual. Hubiera deseado

con todo su corazón rechazarlo, pero el reto en los ojos de él, fue

suficiente para hacerla desistir. En silencio lo siguió hasta la pista donde él

la abrazó en forma poco discreta.

—Coloca tus brazos alrededor de mi cuello —le ordenó, calmado.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

—¿Por qué te comportas así? —le preguntó Teresa unos minutos

después cuando sintió los labios de él sobre la sien—. ¿Es necesario que

seas tan convincente?

—Sí.

Se movía lentamente entre el grupo de parejas, y cuando la música

cambió de ritmo él la llevó de nuevo a la mesa.

—Supongo que trabajabas con Manuel en alguna de sus empresas.

Teresa miró a Nadine Norcroft, cuyo desagrado iba en aumento. Era

persistente, y se moría por lograr su objetivo; ¡conquistar a Manuel

Sebastián Rafael Delgado!

—Supones mal —le contestó con toda la calma que pudo.

—Como no te he visto en ninguno de los múltiples eventos sociales a

los que Manuel ha asistido en los últimos meses —comentó Nadine con

desdén.

Teresa tomó aire y lo exhaló con lentitud.

—Manuel ya te explicó cómo nos conocimos.

—¿Quieres decir que te limitaste a presentarte frente a su casa? No

hay nada como ir al grano, querida.

—Qué gusto me da que estés de acuerdo conmigo —le contestó

Teresa con la mayor dulzura.

—¿No te importa si le pido a tu esposo que baile conmigo? —Nadine

arqueó las cejas y le dirigió una deslumbrante sonrisa a Manuel.

—Lo siento Nadine —declinó él la invitación sin el menor asomo de

pena y su expresión fue de desagrado cuando Nadine rió con amargura.

—Es una lástima que desperdicies tu talento, Manuel —comentó con

malicia.

—¿Desperdiciar? —preguntó—. No lo creo.

—Soy mala perdedora, querido. ¿No lo sabías?

Manuel le dirigió una mirada penetrante.

—No estaba enterado de que fueras contrincante —afirmó con

dureza.

Teresa se sintió mal. Necesitaba escapar de aquella situación

incómoda y de las insinuaciones malévolas de Nadine.

—Me voy —dijo tranquila y firme, no le importaba si Manuel la

acompañaba o no.

—¿No puedes soportarlo, cariño? —Nadine sonrió burlona.

—No voy a quedarme sentada aquí para seguir siendo humillada, si

es a eso a lo que te refieres —comenzó a decir —, y en verdad no me

interesa saber hasta dónde llegaron tus relaciones con mi marido —se

puso de pie—. Contrario a tus conjeturas, ¡Manuel me llevó al matrimonio

casi sin darme cuenta!

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—¡Bravo! —Manuel rió divertido, a la vez que también se ponía de pie

—. Adiós, Nadine —tomó a Teresa por un brazo con firmeza y la condujo

hacia la puerta principal.

Teresa no dijo ni una palabra en el automóvil, sólo hasta que

estuvieron en la casa, expresó sus pensamientos.

***

—Quizá sea mejor que me digas con cuántas mujeres más tendré que

entablar batallas verbales.

La risa de él la sacó de quicio.

—¡Y además te gustó!, ¿no es así? Tenías en tu rostro cierto placer

sádico ¡Oh, cómo te odio! ¡Te odio! —gritó iracunda.

—No es cierto querida —se encogió de hombros.

—No soy tu amada, nunca seré para ti algo más que un objeto —le

gritó furiosa, y luego, para sorpresa de sí rompió a llorar.

Se volvió y echó a correr sin darse cuenta hacia dónde en su afán por

escapar de él. A mitad de la escalera se pisó el vestido y cayó de bruces.

Angustiada, intentó ponerse de pie y vio que ya Manuel estaba junto a ella

para levantarla sin el menor esfuerzo.

—¡Déjame! —su lucha fue inútil, porque él ya la había levantado

sobre uno de sus hombros, y ella le golpeó con los puños cerrados la

espalda hasta que llegaron a la habitación.

—¡Madre mía, basta!

El tono de voz de él, la hizo aquietarse, y lágrimas de vergüenza

corrieron por las mejillas de Teresa cuando él la puso de pie sobre el piso.

—¡Ay, ay, ay, cuánta furia! —Manuel la miró, compasivo, y la ternura

se reflejó en sus ojos cuando le retiró el cabello alborotado de la cara—.

Créeme, no tenía la más mínima idea de que Nadine Norcroft fuera a

compartir nuestra mesa —le acarició una mejilla cuando vio que la joven

estaba llorando.

—Fuiste cruel con ella con toda intención —le dijo Teresa sin

atreverse a mirarle a los ojos.

—¿Te simpatiza esa mujer? —le preguntó, molesto.

—Ella te ama —pronunció Teresa despacio.

—¿Amarme? —la tomó de los hombros—. No sabes lo que dices,

chiquilla. Sexo, deseo físico —le dijo con brutalidad—. Nadine no es más

que una oportunista que le gusta coquetear con el propósito de obtener la

mayor cantidad posible de joyas y regalos para así aumentar su colección

—continuó sarcástico—. Nadine descubrió el amor, y con toda certeza lo

olvidó a los dieciséis años.

—¡Dices cosas horribles! —susurró Teresa incrédula.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

—Y tú, mi esposa, eres tan ingenua como un bebé.

—Gracias —contestó con sarcasmo.

Los fuertes dedos se apoderaron de su barbilla obligándole a mirarlo

a los ojos.

—Te lo dije como cumplido, no como crítica.

—¡Vaya cumplido! —exclamó ella, aún atormentada.

—Pobre niña —dijo Manuel enigmático y se apresuró a besarla con la

intención de sacarla de quicio.

—Deja de intentar seducirme —protestó alterada, haciendo un gran

esfuerzo por escapar de esos brazos y de la sensualidad de aquellos

labios.

—¿Por qué luchas, querida? Mi forma de amar no te desagrada tanto

como aparentas.

—¡Me pareces repugnante!

—Entonces te será agradable mi ausencia.

—¿Te vas? —preguntó con timidez después de un largo silencio.

—Vuelo hacia Adelaide el lunes temprano, en viaje de negocios.

—¡Oh! —exclamó, insegura de sus propias emociones—. ¿Cuánto

tiempo estarás fuera?

—Cuatro o cinco días.

—Me iré a casa —para sorpresa propia había hablado en voz alta.

—¿A casa? ¿Ya se te olvidó que ahora ésta es tu casa?

—Pasaré todos los días con Steve —le dijo tratando de convencerlo—.

Si no vas a estar aquí, ¿por qué he de quedarme?

—Eres mi esposa —dijo Manuel con dureza—. Y como tal, tu lugar

está en mi casa.

—¿Te niegas a dejarme ir? —Teresa experimentó ira.

—Si no me das tu palabra de que regresarás todas las noches, me

acompañarás a Adelaide.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —lo miró, incrédula.

—¿Me das tu palabra? —le preguntó con suavidad.

—No —contestó resentida—. ¡No soy una niña como para que me des

órdenes acerca de lo que debo o no hacer!

—¡Tu conducta es la de una niña! —le reprochó.

—Pero claro —aceptó con amargura—. Si yo fuera más femenina,

utilizaría mis armas para conseguir mis propósitos.

—Quizá sería bueno que me mostraras esas armas femeninas —los

ojos le brillaron con maldad.

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Helen Bianchin – El ángel vengador

—¡Primero me moriría!

—Pobre niña —hizo un ruido con la lengua, antes de besarla—. Ven a

la cama —le acarició una mejilla.

—No quiero ir —alzó la vista y se encontró con la mirada sensual de

él; volvió la cabeza hacia un lado con intención de evitar sus besos. Dejó

escapar un grito cuando uno de sus dedos de hierro se aferró a su nuca, y

Manuel la besó con pasión.

Cuando por fin él levantó la cabeza, ella estaba nerviosa debido a la

llama del deseo que ardía en su interior.

—¿No te gusta? —la voz era burlona, y cuando ella se quedó quieta

entre aquellos brazos, Manuel se inclinó para besarle los párpados—. ¿Tan