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EL ANILLO

ANAÏS NIN

http://www.librodot.com

Es costumbre entre los indios del Perú intercambiar anillos al

prometerse en matrimonio, anillos que hayan sido de su propiedad durante

mucho tiempo y que, a veces, tienen forma de cadena.

Un indio muy apuesto se enamoró de una peruana de ascendencia española,

pero chocó con la violenta oposición de la familia de la muchacha. Los indios

tenían fama de perezosos y degenerados, y se decía que producían hijos débiles

e inestables, sobre todo si se casaban con personas de sangre española.

A pesar de la oposición, los jóvenes celebraron con sus amigos la

ceremonia de compromiso. El padre de la chica se presentó durante la fiesta y

amenazó con que si alguna vez encontraba al indio llevando el anillo en forma de

cadena que la muchacha le había dado, se lo arrancaría del dedo de la manera

más sangrienta, y que si era necesario le cortaría el dedo. Este incidente estropeó

la fiesta. Todo el mundo se fue a casa, y la joven pareja se separó prometiéndose

encontrarse en secreto.

Se encontraron una noche después de muchas dificultades, y se besaron con

fervor, largamente. La mujer, exaltada por los besos, estaba dispuesta a

entregarse, sintiendo que aquél podría ser su último momento de intimidad, ya

que la ira de su padre iba día a día en aumento. Pero el indio estaba decidido a

casarse y no quería poseerla en secreto. Entonces ella se dio cuenta de que no

llevaba el anillo en el dedo. Le interrogó con los ojos. El le dijo al oído:

–Lo llevo donde no puede ser visto, en un lugar en que me impedirá tomarte

a ti o a cualquier otra mujer antes de que nos casemos.

–No comprendo. ¿Dónde está el anillo?

El indio tomó su mano y la condujo a cierto lugar entre sus piernas. Los

dedos de la mujer dieron primero con el pene, y luego los guió hasta encontrar el

anillo, en la base del miembro. Pero al sentir la mano de la muchacha, el pene se

endureció y él lanzó un grito, pues el anillo le presionaba y le producía un dolor

muy agudo.

La mujer estuvo a punto de desmayarse de horror. Era como si quisiera

matar y mutilar el deseo en sí mismo. Al propio tiempo, pensar en ese pene sujeto

y rodeado por su anillo la excitaba sexualmente, y su cuerpo se tornó cálido y

sensible a toda clase de fantasías eróticas. Continuó besándole, mas le rogó que

se detuviera, pues le causaba un daño cada vez mayor.

Pocos días más tarde, el indio sufría de nuevo terriblemente, pero no podía

quitarse el anillo. Tuvo que venir el médico y extraérselo.

La mujer fue a verlo y se declaró dispuesta a huir con él. Aceptó. Montaron a

caballo y viajaron toda una noche, hasta llegar a un pueblo suficientemente

lejano. Allí ocultó a su amada en una habitación y salió a buscar trabajo en una

hacienda. La joven no debía abandonar su encierro hasta que su padre se cansara

de buscarla. El único que sabía de su presencia era el vigilante nocturno del

pueblo, un joven que había ayudado a esconderla. Desde la ventana, ella lo veía

caminar arriba y abajo con un manojo de llaves, gritando:

–¡La noche es clara y no hay novedad en el pueblo!

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Cuando alguien regresaba tarde a casa, batía palmas para llamar al

vigilante. Este le abría la puerta. Mientras el indio estaba fuera, trabajando, el

vigilante y la mujer charlaban inocentemente.

Cierta vez le habló del crimen cometido en el pueblo poco tiempo antes.

Los indios que abandonaban la montaña y, dejando su trabajo en las haciendas,

se iban a la selva se volvían salvajes, como bestias. Sus rostros cambiaban, y sus

figuras gentiles y nobles degeneraban en una tosquedad bestial.

Semejante transformación se produjo precisamente en un indio que había

sido el hombre más apuesto del pueblo: gracioso, discreto, con un extraño

sentido del humor y una sensualidad reservada. Se fue a la selva y ganó dinero

cazando. Pero sentía nostalgia. Volvió pobre y erraba sin domicilio. Nadie le

reconoció ni se acordaba de él.

Un día agarró a una muchachita en el camino y rasgó sus partes sexuales

con el cuchillo de desollar animales. No la violó, pero tomó el cuchillo, se lo

introdujo en el sexo y apretó. El pueblo entero andaba revuelto. No decidían

cómo castigarle. Finalmente, se optó por exhumar una antigua práctica india. Le

abrieron heridas en todo el cuerpo y luego se las cerraron con cera, mezclada

con un ácido que los indios conocían y que, en contacto con heridas, duplicaba el

dolor. Después fue apaleado hasta la muerte.

Mientras el vigilante narraba esta historia a la mujer, su amante regresó del

trabajo. La vio asomada a la ventana y mirando a aquel hombre. Subió

precipitadamente a la habitación, y se presentó a la joven con el negro cabello

sobre el rostro y los ojos relampagueantes de ira y celos. Empezó a vituperarla y

a torturarla con preguntas y dudas.

Desde el accidente con el anillo, su pene había quedado resentido. El acto

sexual le producía dolor, por lo que no podía entregarse a la mujer con la

frecuencia con que hubiera deseado. El miembro se le hinchaba y le dolía

durante días. Tenía miedo de no dejar satisfecha a su amante, y de que ésta pu-

diera preferir a otro. Cuando vio al fornido vigilante hablar con la muchacha

estuvo seguro de que tramaban algo a su espalda. Quiso lastimarla, pues deseaba

hacerla sufrir de alguna forma, ya que él había sufrido por ella. La obligó a bajar a

la bodega, donde bajo un techo de vigas los vinos se almacenaban en tinajas.

Ató una soga a una de las vigas. La mujer creyó que iba a flagelarla. No

entendía para qué preparaba una polea. Le ató las manos con la soga y empezó a

tirar de ella hasta que el cuerpo de la mujer se izó en el aire y todo su peso colgó

de sus muñecas, con gran dolor para la joven.

Juró entre lágrimas que le había sido fiel, pero él estaba fuera de sí. Tiró de

nuevo de la soga, y la muchacha se desmayó. Su amante recuperó el sentido. La

cogió y comenzó a abrazarla y a acariciarla. Ella abrió los ojos y le sonrió.

Había sido vencido por el deseo y se lanzó a satisfacerlo. Pensó que se

resistiría, que después del dolor soportado estaría airada, pero no opuso

resistencia. Continuó sonriéndole, y cuando él tocó su sexo lo encontró húmedo.

La tomó con furia, y ella respondió con la misma exaltación. Fue la mejor noche

que pasaron juntos, tendidos en el frío pavimento de la bodega, a obscuras.

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