El Aro por Koji - muestra HTML

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SEGUNDA PARTE

TIERRAS ALTAS

11 de octubre, jueves La lluvia había arreciado y Asakawa puso los limpiaparabrisas al máximo. El tiempo en Hakone cambiaba sin previo aviso. En Odawara el cielo había estado despejado, pero cuanto más ascendía, más húmedo era el aire, y a medida que se acercaba al puerto de montaña se fue encontrando con más bolsas de viento y lluvia. Si fuera de día, habría podido adivinar el tiempo que hacía en las montañas gracias al aspecto de las nubes que rodeaban el monte Hakone. Pero era de noche y estaba concentrado en lo que aparecía ante el haz de luz de sus faros. Hasta que detuvo el coche y miró al cielo no se dio cuenta de que las estrellas habían desaparecido. Cuando cogió el tren-bala de Kodama en la estación de Tokio, la ciudad todavía estaba envuelta en la luz crepuscular. Cuando alquiló el coche en la estación de Atami, la luna todavía asomaba de forma intermitente por los resquicios entre las nubes. Pero ahora las gotitas minúsculas de lluvia que antes flotaban frente a sus faros se estaban convirtiendo en todo un chaparrón que aporreaba el parabrisas.

El reloj digital que había sobre el indicador de velocidad decía que eran las 7.32 h. Asakawa calculó rápidamente cuánto había tardado en llegar hasta allí. Había cogido el tren en Tokio a las 5.16 h y había llegado a Atami a las 6.07 h. Para cuando salió por las puertas y terminó el papeleo de la agencia de alquiler de coches ya eran las 6.30 h. Se paró en un mercado y compró dos paquetes de fideos instantáneos y un botellín de whisky. Y se hicieron las siete mientras se orientaba por aquel laberinto de calles de dirección única y salía de la ciudad.

Delante de él apareció un túnel, con la entrada flanqueada de luces brillantes de color naranja. Al otro lado, justo después de entrar en la autopista Atami-Kannami, tendría que empezar a ver letreros de la Tierra Pacífica de Hakone Sur. El largo túnel lo llevaría a la cresta de Tanna. Al entrar en el túnel, el ruido del viento cambió. Al mismo tiempo, su carne, el asiento del pasajero y todo lo demás que había dentro del coche quedó bañado en luz naranja. Notó que su calma se desvanecía y que se le ponía el vello de punta. No había ningún coche viniendo en dirección contraria. Los limpiaparabrisas chirriaban al frotar el cristal ahora seco. Los apagó. Llegaría a su destino sobre las ocho. No le apetecía pisar a fondo el acelerador, aunque la carretera estaba vacía. El lugar al que se dirigía le producía un terror inconsciente.

A las 4.20 h de aquella tarde, Asakawa había visto salir un fax de la máquina de la oficina. Era una respuesta de la oficina del periódico de Atami, y él esperaba que contuviera una copia del registro de clientes la Ciudad de los Chalets entre el 27 y el 30 de agosto. Al verlo bailó de alegría. Su presentimiento era cierto. Había cuatro nombres que reconocía: Nonoyama, Tomoko Oishi, Haruko Tsuji y Takehiko Nomi. Los cuatro habían pasado la noche del 29 en el bungalow B-4. Era obvio que Shuichi Iwata había usado el nombre de Nonoyama. Así puso saber dónde y cuándo habían estado juntos los cuatro: el miércoles 29 de agosto en la Tierra Pacífica de Hakone Sur, en el bungalow B-4 de la Ciudad de los Chalets. Exactamente una semana antes de sus misteriosas muertes.

Sin perder un minuto había cogido el auricular, había llamado a la Ciudad de los Chalets y había hecho una reserva' para aquella misma noche en el bungalow B-4. Lo único que tenía que hacer al día siguiente era asistir a una reunión de plantilla a las once. Podía pasar la noche en Hakone y llegar a tiempo sin problemas.

«Bueno, ya está. Voy para allí. A la escena de los hechos». Estaba ansioso. Ni en sus sueños más descabellados podría haber imaginado lo que le esperaba allí.

Nada más salir del túnel se encontró un peaje, y mientras pagaba los trescientos yenes le preguntó al empleado:

-¿Se va por aquí a la Tierra Pacífica de Hakone Sur?

Sabía muy bien que sí. Había comprobado muchas veces el mapa. Tenía la impresión de que hacía mucho tiempo que no veía a otro ser humano, y algo en su interior quería hablar.

-Hay un letrero más adelante. Gire a la izquierda.

Cogió su recibo. Con tan poco tráfico, apenas parecía que valiera la pena tener a alguien metido allí. ¿Cuánto tiempo planeaba estar aquel tipo dentro de aquella garita de peaje? Asakawa no mostró ninguna intención de seguir su camino y el hombre empezó a mirarlo con recelo. Asakawa se obligó a sonreír y arrancó lentamente.

El placer que había sentido unas horas antes al establecer un momento y un lugar comunes a las cuatro víctimas se había marchitado y había muerto. Las caras de los cuatro parpadeaban dentro de su cabeza. Habían muerto exactamente una semana después de alojarse en la Ciudad de los Chalets. «Ahora es el momento de dar marcha atrás», parecían decirle con una sonrisa maliciosa. Pero no podía dar media vuelta. En primer lugar, su instinto de reportero se había despertado. Por otro lado, no era posible negar que le daba miedo ir allí solo. Si hubiera llamado a Yoshino, lo más probable era que hubiera venido a toda prisa, pero tener a un colega con él no le parecía muy buena idea. Asakawa ya había apuntado sus progresos hasta el momento y los había guardado en un disquete. Lo que quería era a alguien que no fuera por ahí entorpeciendo su investigación, sino que se limitara a ayudarle en sus objetivos… Y la verdad, tenía a alguien en mente. Conocía a un solo hombre que estaría dispuesto a acompañarle por pura curiosidad. Era profesor a tiempo parcial en una universidad, así que tenía mucho tiempo libre. Era el tipo adecuado. Pero era… especial. Asakawa no estaba seguro de cuánto tiempo podría aguantarlo a causa de su forma de ser.

Allí, en la ladera de la montaña, estaba el letrero de la Tierra Pacífica de Hakone Sur. No había luces de neón, solamente un panel blanco con letras negras. Si hubiera estado mirando a otra parte mientras sus faros lo iluminaban, lo habría pasado por alto. Asakawa salió de la autopista y empezó a subir una carretera rural que pasaba por entre campos en terraza. La carretera parecía tremendamente estrecha para ser la entrada de un complejo turístico, y en su soledad Asakawa tuvo visiones en las que el camino terminaba abruptamente en medio de la nada. Tuvo que aminorar la velocidad para tomar las curvas cerradas y oscuras de la carretera. Confiaba en no encontrar a nadie que viniera en dirección contraria: no había sitio para que pasaran dos coches.

En algún momento había amainado la lluvia, aunque Asakawa acababa de darse cuenta. La mecánica climática parecía distinta a uno y otro lado de la cresta de Tanna.

En cualquier caso, la carretera no terminaba de repente, sino que seguía subiendo y subiendo. Al cabo de un rato empezó a ver casas de veraneo dispersas a un lado y otro de la carretera. Y de pronto la carretera se ensanchó a dos carriles, la superficie mejoró drásticamente y aparecieron unas farolas elegantes en los recodos. El cambio asombró a Asakawa. En cuanto entró en los terrenos de Tierra Pacífica se encontró unas instalaciones de lujo. ¿Cómo se explicaba entonces el camino diminuto que llevaba hasta aquí? El maíz y las hierbas que invadían la carretera la estrechaban todavía más y aumentaban su nerviosismo ante lo que podía aparecer en la siguiente curva cerrada.

El edificio de tres pisos situado al otro lado del espacioso aparcamiento hacía las veces de centro de información y restaurante. Sin pensarlo dos veces, Asakawa aparcó delante del vestíbulo y fue al mostrador. Se miró el reloj: las ocho clavadas. Puntualidad perfecta. Oyó un ruido de pelotas botando procedente de alguna parte. Había cuatro pistas de tenis debajo del centro de información, con varias parejas esforzándose al máximo bajo las luces amarillentas. Era sorprendente que estuvieran ocupadas las cuatro pistas. Asakawa no podía imaginar qué llevaba a la gente a subir hasta allí a las ocho de la noche de un jueves en pleno octubre solamente para jugar a tenis. Bastante por debajo de las pistas de tenis vio las luces lejanas de las ciudades de Mishima y Numazu, brillando en la oscuridad. El vacío de más allá, negro como el carbón, era la bahía de Tago.

Entró en el centro de información y se encontró el restaurante directamente delante. La pared exterior era de cristal, así que pudo ver el interior. Y así es como Asakawa se llevó otra sorpresa. El restaurante cerraba a las ocho, pero todavía estaba lleno de familias y de grupos de mujeres jóvenes. Inclinó la cabeza con expresión de asombro. ¿De dónde había salido toda aquella gente? No se podía creer que todos hubieran venido por la misma carretera por la que él había llegado. Tal vez él no había tomado la ruta de acceso principal. En alguna otra parte debía de haber una carretera más amplia e iluminada. Pero él había seguido la ruta que le había indicado la chica con la que había hablado por teléfono.

«Llegue hasta la mitad de la carretera de Atami a Kannami y gire a la izquierda.

Desde allí suba la montaña». Y eso mismo había hecho Asakawa. Era inconcebible que hubiera otra salida de aquel sitio.

Asintió cuando le dijeron que ya estaba cerrada la cocina y entró en el restaurante.

Bajo sus amplios ventanales, un jardín meticulosamente cuidado descendía suavemente en medio de la oscuridad en dirección a las ciudades. La luz del interior era premeditadamente tenue, probablemente para que los clientes pudieran disfrutar la vista de las luces lejanas. Asakawa paró a un camarero que pasaba y le preguntó dónde podía encontrar la Ciudad de los Chalets. El camarero señaló en dirección al vestíbulo de entrada por el que acababa de pasar Asakawa.

-Siga el camino de la derecha unos doscientos metros y verá la oficina. -¿Hay aparcamiento?

-Puede aparcar delante de la oficina.

No tenía más misterio. Si hubiera seguido adelante en lugar de pararse allí, lo habría encontrado por sí mismo. Asakawa podía analizar más o menos por qué se había sentido atraído hacia aquel edificio moderno hasta el punto de irrumpir en el restaurante. Le resultaba vagamente reconfortante. Durante todo el camino se había imaginado cabanas oscuras y primitivas -el escenario perfecto para una historia de la serie Viernes 13- y aquel edificio no se parecía en nada a esas visiones. Al afrontar aquella prueba de que el poder de la ciencia moderna también funcionaba allí, se sintió tranquilizado y fortalecido.

Las únicas cosas que lo preocupaban eran el mal estado de la carretera que comunicaba aquel lugar con el mundo inferior y el hecho de que a pesar de ello hubiera tanta gente jugando a tenis y disfrutando de su cena. No estaba seguro de por qué le preocupaba exactamente aquello. Simplemente ocurría que por alguna razón ninguno de los presentes parecía muy… verosímil.

Como las pistas de tenis y el restaurante estaban abarrotados, debería poder oír también las voces joviales de la gente de los bungalows. Eso era lo que esperaba. Pero de pie en un extremo del aparcamiento, solamente pudo distinguir media docena de los diez bungalows construidos entre los árboles dispersos por la suave ladera. Debajo todo estaba inmerso en la oscuridad del bosque, más allá de la penumbra de las farolas, a la que no se sumaba ninguna luz procedente de los bungalows. El B-4, donde iba a pasar la noche Asakawa, parecía estar en la frontera entre la oscuridad y la zona iluminada: lo único que pudo ver era la parte superior de la puerta.

Asakawa dio la vuelta hasta la entrada, abrió la puerta de la oficina y entró. Oía un televisor, pero no había rastro de nadie. El encargado estaba en una sala de estilo japonés en la parte de atrás, a la izquierda, y no había visto a Asakawa. El mostrador estaba en medio del campo visual de Asakawa y no le dejaba ver la sala. El encargado parecía estar viendo una película americana o un vídeo, no un programa de televisión.

Asakawa oyó diálogos en inglés mientras veía el parpadeo de la pantalla reflejado en el cristal de un armario de la recepción. El armario empotrado estaba lleno de cintas de vídeo, cada una en su estuche. Asakawa colocó las manos en el mostrador y habló en voz alta. Un hombre menudo de sesenta y tantos años asomó de inmediato la cabeza e hizo una reverencia:

-Ah, bienvenido.

Debía de ser el mismo hombre que le había mostrado tan alegremente el registro de clientes al tipo de la oficina de Atami y al abogado, pensó Asakawa mientras le devolvía una sonrisa cordial.

-Tengo una reserva a nombre de Asakawa.

El hombre abrió su cuaderno y confirmó la reserva.

-Está usted en el B-4. ¿Puede escribir aquí su nombre y dirección? Asakawa escribió su nombre verdadero. Acababa de devolverle el carnet a

Nonoyama así que no podía usarlo. -¿Está usted solo?

El encargado levantó la vista hacia Asakawa, con expresión de recelo. Nunca había tenido a ningún cliente que viniera solo. Teniendo en cuenta las tarifas para no socios, a una persona sola le salía más barato quedarse en el hotel. El encargado le dio un juego de sábanas y se volvió hacia el armario.

-Si quiere, puede coger prestada una película. Tenemos la mayor parte de los títulos populares.

-Ah, ¿alquilan vídeos?

Asakawa examinó despreocupadamente los títulos de los vídeos que cubrían toda la pared. En busca del arca perdida, La guerra de las galaxias, Regreso al futuro, Viernes

13. Todas las películas populares americanas, sobre todo de ciencia ficción. También había muchas novedades. Probablemente las cabinas las usaban mayoritariamente grupos de jóvenes. No hubo nada que le llamara la atención. Además, estaba claro que había venido a trabajar.

-Me temo que me he traído trabajo.

Asakawa recogió el ordenador portátil que había dejado en el suelo y se lo enseñó al encargado. Al verlo, el encargado pareció entender por qué había subido solo.

-¿Y hay vajilla y de todo? -dijo Asakawa, solamente para asegurarse.

-Sí. Use lo que quiera.

Lo único que necesitaba usar Asakawa, sin embargo, era una tetera para hervirse agua y echarla en sus fideos instantáneos. Cogió las sábanas y la llave de su bungalow que le dio el encargado. Este le dio instrucciones para encontrar el B-4 y luego le dijo, con una formalidad extraña:

-Está usted en su casa.

Antes de tocar el pomo de la puerta, Asakawa se puso unos guantes de goma. Los había traído para estar más tranquilo, como amuleto para protegerse del virus desconocido.

Abrió la puerta y pulsó el interruptor de la luz del recibidor. Paredes empapeladas, alfombra, sofá para cuatro personas, televisor y juego de comedor: todo era nuevo y todo estaba dispuesto de forma funcional. Asakawa se quitó los zapatos y entró. A un extremo de la sala de estar había un balcón y en el primer y segundo piso había pequeñas habitaciones de estilo japonés. La verdad es que era un poco excesivo para un cliente solo. Descorrió la cortina de encaje y abrió la puerta corredera de cristal para que entrara el aire nocturno. La habitación estaba perfectamente limpia, como para frustrar sus expectativas. De pronto se le ocurrió que podía volverse a casa sin averiguar nada.

Entró en la habitación de estilo japonés contigua a la sala de estar e inspeccionó el armario. Nada. Se quitó la camisa y los pantalones de sport, colgó la ropa de calle en el armario y se puso una sudadera y unos pantalones de chándal. Luego fue al piso de arriba y encendió la luz de la habitación de estilo japonés. Estoy actuando como un niño, se dijo irónicamente. Antes de darse cuenta había encendido todas las luces del lugar.

Ahora que todo estaba lo bastante iluminado, abrió la puerta del baño, suavemente.

Primero comprobó el interior y mientras estaba dentro dejó la puerta entreabierta. Aquello le recordó a sus rituales para ahuyentar el miedo cuando era niño. En las noches de verano le daba tanto miedo ir al baño solo que dejaba la puerta entreabierta y hacía montar guardia a su padre al otro lado. Detrás de una mampara de cristal esmerilado había una ducha bien cuidada. No había ni pizca de vapor y tanto la bañera como la zona de enfrente de la misma estaban completamente secas. Debía de hacer tiempo que allí no se alojaba nadie. Fue a quitarse los guantes de goma: se le pegaron a las manos sudorosas. La fría brisa de las tierras altas entró en la sala y movió las cortinas.

Asakawa llenó un vaso de hielo del congelador y lo llenó hasta la mitad del whisky que había comprado. Estaba a punto de rellenarlo con agua pero vaciló. Cerró el grifo y se convenció de que en realidad prefería tornarlo solo con hielo. No tenía valor para meterse en la boca nada de aquella habitación. Ya había sido lo bastante descuidado como para usar cubitos del congelador, pero le daba la impresión de que a los microorganismos no les gustaban ni el frío ni el calor extremos.

Se apoltronó en el sofá y encendió el televisor. La habitación se llenó de música: era algún nuevo ídolo del pop. Una cadena de Tokio estaba mostrando el mismo programa en aquel momento. Cambió de canal. Sin embargo, la verdad era que no quería ver nada, así que bajó el volumen y abrió su bolsa. Sacó una cámara de vídeo y la dejó en la mesa. Si pasaba algo extraño, quería tenerlo grabado. Dio un sorbo de whisky. No fue más que un poco, pero le infundió valor. Asakawa volvió a repasar mentalmente todo lo que sabía. Si no encontraba ninguna pista allí aquella noche, el artículo que estaba intentando escribir quedaría muerto y enterrado. Pero por otro lado, tal vez sería mejor así. Si no encontrar una pista comportaba no contagiarse del virus, bueno… Al fin y al cabo, tenía una mujer y una hija en las que pensar. No quería morir, y menos de forma extraña. Colocó los pies sobre la mesa.

«¿A qué esperas, entonces? -se preguntó a sí mismo-. ¿Es que no tienes miedo?

Eh, ¿no deberías tener miedo? Puede que el ángel de la muerte esté viniendo a por ti». Escrutó nerviosamente la sala. No podía fijar la mirada en un punto concreto de la pared. Le daba la sensación de que si lo hacía, sus miedos empezarían a asumir forma

física mientras estaba mirando.

Entró un viento helado de fuera, más fuerte que antes. Cerró la ventana y cuando fue a correr las cortinas echó un vistazo casual a la oscuridad. El tejado del bungalow B-5 estaba directamente delante de él, y a su sombra la oscuridad era todavía más profunda. En el restaurante y en las pistas de tenis había mucha gente. Pero allí Asakawa estaba solo. Corrió las cortinas y se miró el reloj: las 8.56 h. No llevaba ni media hora en aquella habitación. Tenía la sensación de que había sido más de una hora. Pero el mero hecho de estar allí no era peligroso en sí mismo ni por sí mismo. Se esforzó por convencerse de eso y por tranquilizarse. Al fin y al cabo, ¿cuánta gente debía de haber pasado por el B-4 en los seis meses que llevaban construidos aquellos bungalows? Y tampoco habían muerto todos en circunstancias misteriosas. Solamente aquellos cuatro, según su investigación. Tal vez si escarbaba más, encontraría más víctimas, pero de momento parecía que solamente habían sido aquellas. Así pues, el mero hecho de estar allí no era el problema. El problema era lo que habían hecho allí.

«¿Y qué habían hecho allí?»

Asakawa reformuló sutilmente la pregunta: «¿Qué podían haber hecho allí?».

No encontró nada parecido a una pista: ni en el baño ni en la bañera ni en el armario ni en la nevera. Incluso poniendo por caso que hubiera habido algo, el encargado lo habría tirado al limpiar el lugar. Lo cual quería decir que, en lugar de quedarse allí sentado bebiendo whisky, tendría que estar hablando con el encargado. Eso le ahorraría tiempo.

Vació el primer vaso y se sirvió otro un poco más corto. No podía permitirse emborracharse. Puso mucho hielo y aquella vez lo rellenó con agua del grifo. Su sentido del peligro debía de haberse relajado un poco. De pronto se sintió tonto, robando tiempo al trabajo y subiendo hasta allí arriba. Se quitó ías gafas, se lavó la cara y miró su imagen en el espejo. Tenía cara de estar enfermo. Tal vez ya había cogido el virus. Se bebió de un trago el whisky con agua que acababa de prepararse y se sirvió otro.

Al regresar del comedor, Asakawa vio un cuaderno en la estantería de debajo de la mesilla del teléfono. La portada decía: «Recuerdos». Lo hojeó por encima.

Sábado, 7 de abril.

Nonko no olvidará nunca el día de hoy. ¿Por qué? Es un s-e-c-r-e-t-o. Yuichi es maravilloso. ¡Je, je!

NONKO

Los hostales, las pensiones y esa clase de lugares solían tener cuadernos como aquel en las habitaciones, con el objeto de que los clientes pudieran escribir sus recuerdos e impresiones. En la página siguiente había un dibujo tosco de papá y mamá. Debía de haber sido un viaje familiar. Tenía fecha del 14 de abril: también sábado, claro:

Papá es gordo, mamá es gorda, así que yo soy gorda.

14 de abril.

Asakawa siguió pasando páginas. Notaba una fuerza que lo urgía a abrir el cuaderno por las últimas páginas, pero las siguió pasando en orden. Tenía miedo de que pudiera perderse algo si no seguía el orden cronológico.

No podía decirlo a ciencia cierta, ya que probablemente muchos clientes no habían escrito nada, pero le parecía que hasta principios de verano allí solamente se alojaba gente los sábados. Después el tiempo entre visitas se acortaba. A finales de agosto había un flujo continuo de entradas que se lamentaban del final del verano.

Lunes, 20 de agosto Otras vacaciones de verano que se han ido volando. Y han sido una mierda. ¡Que alguien me ayude! ¡Que alguien me rescate, pobre de mí! Tengo una moto de 400 ce. Y soy bastante guapo. ¡Una ganga!

A.Y.

Parecía que aquel tipo había decidido que el libro de invitados servía para anunciarse, tal vez para encontrar amigos por correspondencia. Parecía que mucha gente compartía sus ideas sobre el lugar. Cuando se quedaban parejas, sus entradas lo mostraban a las claras, mientras que cuando se quedaba gente sola, escribían sobre las ganas que tenían de encontrar un compañero.

Con todo, era una lectura interesante. Su reloj marcaba las nueve en punto.

Entonces pasó la página:

Jueves, 30 de agosto ¡Glups! Quedáis avisados: mejor que no la veáis a menos que tengáis agallas. U os arrepentiréis. (Risa maléfica.)

S.I.

Eso era lo único que decía el mensaje. El 30 de agosto era la mañana después de que se quedaran los cuatro allí. Las iniciales «S. I». correspondían a «Shuichi Iwata». Su anotación en el cuaderno era distinta a todas las demás. ¿Qué quería decir? «Mejor que no la veáis». ¿A qué demonios se refería? Asakawa cerró el cuaderno de visitas y lo miró de lado. El lomo presentaba un ligero hueco por donde no cerraba del todo. Metió el dedo en el hueco y lo abrió por aquella página. «¡Glups! Quedáis avisados: mejor que no la veáis a menos que tengáis agallas. U os arrepentiréis. (Risa maléfica.) S. I». Las palabras se abalanzaron sobre él. ¿Por qué quería abrirse el cuaderno justo en aquella página? Lo pensó un momento. Tal vez los cuatro jóvenes habían abierto el cuaderno por aquella página y le habían puesto encima algo pesado. Y el peso había creado una fuerza que aún sobrevivía al intentar uno abrir el cuaderno por aquella página. Y tal vez lo que habían colocado encima de la página era aquella cosa que «era mejor no ver». Eso debía de ser.

Asakawa miró nervioso a su alrededor, registrando cada esquina de la estantería de debajo de la mesilla del teléfono. Nada. Ni un lápiz.

Se volvió a sentar en el sofá y siguió leyendo. La siguiente anotación tenía fecha del sábado, 1 de septiembre. Pero solamente hacía los comentarios habituales. No decía si el grupo de estudiantes que se habían alojado allí habían visto «aquello». Y ninguna de las páginas restantes lo mencionaba tampoco.

Asakawa cerró el cuaderno de visitas y encendió un cigarrillo. «Mejor que no la veáis a menos que tengáis agallas». Se imaginó que aquella cosa debía ser algo terrorífico. Abrió el cuaderno por una página al azar y apretó un poco sobre las páginas. Fuera lo que fuera debía de haber sido lo bastante pesado como para vencer la tendencia de las páginas a cerrarse. Un par de fotos de fantasmas, por ejemplo, no habrían bastado. Tal vez una revista semanal, un libro de tapa dura… En todo caso, algo que uno mirara. Tal vez le preguntaría al encargado si recordaba haber encontrado algo extraño en la cabina después de que se marcharan los clientes del 30 de agosto. No estaba seguro de que el encargado se acordara, pero imaginó que se acordaría si la cosa fuera lo bastante extraña. Asakawa empezó a ponerse de pie cuando le llamó la atención el aparato de vídeo que tenía delante. La tele seguía encendida. En la pantalla había una actriz famosa persiguiendo a su marido con una aspiradora. Un anuncio de electrodomésticos.

«Sí, una cinta de VHS habría sido lo bastante pesada como para mantener abierto el cuaderno, y es probable que hubieran tenido una a mano».

Todavía agachado, Asakawa apagó el cigarrillo. Recordó la colección de vídeos que había visto en la oficina del encargado. Tal vez simplemente hubieran visto una película de terror especialmente interesante y se les hubiera ocurrido recomendársela a los siguientes invitados: «Eh, esta es buena, miradla». Si eso era todo… Pero un momento. Si eso era todo, ¿por qué no había usado Shuichi Iwata el título de la película? Si quería decir a alguien que, por ejemplo, Viernes 13 era una película genial, ¿no habría sido más fácil decir que Viernes 13 era una película genial? No necesitaba molestarse en dejarla encima del cuaderno. Así que tal vez aquella cosa no tenía nombre, tal vez solamente la podían denominar con el pronombre «la».

«¿Y bien…? Vale la pena comprobarlo».

Ciertamente no tenía nada que perder, al menos mientras no apareciera ninguna otra pista. Además, sentarse allí y darle vueltas a la cabeza no lo estaba llevando a ninguna parte.

Asakawa salió del bungalow, subió los peldaños de piedra y abrió la puerta de la oficina.

Igual que antes, el encargado no estaba en el mostrador, solamente se oía el ruido del televisor en la habitación de atrás. El tipo se había jubilado de su trabajo en la ciudad y había decidido vivir sus últimos años rodeado por la Madre Naturaleza, de forma que se había puesto a trabajar como encargado en un complejo turístico, pero el trabajo había resultado ser mortalmente aburrido y ahora lo único que hacía todo el día era mirar vídeos. Así era como Asakawa interpretaba la situación del encargado. Antes de tener ocasión de llamarlo, sin embargo, el tipo arrastró los pies hasta la puerta y asomó la cabeza. Asakawa le dedicó una sonrisa de disculpa.

-He pensado que al final sí que cogeré un vídeo.

El encargado sonrió con alegría.

-Adelante, elija el que quiera. Vale trescientos yenes alquilar uno.

Asakawa ojeó los lomos en busca de películas de miedo. La leyenda de la casa infernal, El exorásta, La profecía. Las había visto todas en su época de estudiante. «¿Nada más?» Tenía que haber algo que no hubiera visto. Examinó la estantería de un lado a otro, pero no vio nada parecido a lo que buscaba. Volvió a empezar y leyó los títulos de cada uno del centenar aproximado de vídeos. Y entonces, en el estante de abajo, en la esquina más alejada, vio un vídeo sin estuche, caído de lado. El resto de cintas estaban metidas en carátulas con fotos y logos espectaculares, pero aquella no tenía ni etiqueta.

-¿Qué es eso de ahí?

Después de hacer la pregunta, Asakawa se dio cuenta de que había usado un pronombre, «eso», al señalar la cinta. Si no tenía título, ¿de qué otro modo iba a referirse a ella?

El encargado frunció el ceño con expresión preocupada y respondió, sin demasiada sagacidad.

-¿Eh? -Cogió la cinta-. ¿Esto? No es nada.

«Mmm… Me pregunto si este tipo tiene idea de qué hay en la cinta». -¿La ha visto? ¿Ha visto esa? -preguntó Asakawa.

-Déjeme ver.

El encargado inclinó la cabeza varias veces, como si no pudiera imaginar qué hacía algo así en aquel lugar.

-Si no le importa, ¿puedo alquilar esa cinta?

En lugar de responder, el encargado se dio una palmada en la rodilla.

-Ah, ya me acuerdo. Estaba en uno de los bungalows. Supuse que sería una de las nuestras y la traje aquí, pero…

-¿No la encontraría por casualidad en el B-4, verdad? -preguntó Asakawa lentamente, llevando la conversación a su terreno.

El encargado se rió y negó con la cabeza. -No tengo ni idea. Hace un par de meses.

Asakawa volvió a preguntar.

-¿Ha… visto usted este vídeo?

El encargado negó con la cabeza. La sonrisa desapareció de su cara. -No.

-Bueno, déjeme alquilarla.

-¿Va a grabar usted algo de la tele?

-Sí, bueno, yo…

El encargado miró la cinta.

-Le han quitado la lengüeta, ¿ve? No se puede grabar.

Tal vez fuera el alcohol, pero Asakawa se estaba irritando. «Le digo que me la alquile, idiota. Démela de una vez», se quejó para sí mismo. Pero no importaba lo borracho que estuviera, Asakawa nunca conseguía tratar con dureza a la gente.

-Por favor, se la traigo enseguida.

Hizo una reverencia. El encargado no entendía por qué aquel cliente estaba tan interesado en aquella cinta vieja. Tal vez tenía algo interesante, algo que alguien se había olvidado de borrar… Ahora deseaba haberla visto cuando la encontró. Tuvo la tentación repentina de verla ahora, pero no podía negársela a un cliente que la acababa de pedir. El encargado le dio la cinta. Asakawa se llevó la mano a la cartera, pero el encargado levantó una mano para detenerlo.

-Tranquilo, no la tiene que pagar. No le puedo cobrar por algo así, ¿no? -Muchas gracias. La devuelvo enseguida.

-Si resulta que es interesante, tráigala, sí, por favor.

Al encargado le había picado la curiosidad. Había visto todos los vídeos de la oficina una vez por lo menos, y la mayoría habían dejado de interesarle. ¿Cómo era que no había visto aquel? «Habría matado el rato. Bueno, pero lo más probable es que solamente tenga grabado un estúpido programa de televisión».

El encargado estaba seguro de que el vídeo regresaría enseguida a la estantería.

La cinta estaba rebobinada. Era una cinta normal y corriente de ciento veinte minutos, de las que se podían comprar en cualquier parte, y, tal como había señalado el encargado, le habían quitado las lengüetas de antigrabado. Asakawa encendió el aparato de vídeo e introdujo la cinta. Se sentó con las piernas cruzadas y pulsó el botón de play. Oyó cómo empezaban a girar los cabezales. Tenía muchas esperanzas en que la clave que resolvería el enigma de las cuatro muertes estuviera en aquella cinta. Pulsó el botón de play con la intención de contentarse con una sola pista, la que fuera. No puede haber ningún peligro, pensaba. ¿Qué daño podía hacer el mero hecho de ver una cinta de vídeo?

En la pantalla parpadearon imágenes distorsionadas y sonidos aleatorios, pero en cuanto seleccionó el canal correcto, la imagen se estabilizó. Luego la pantalla se volvió negra como la tinta. Era la primera escena del vídeo. No había sonido. Se preguntó si la cinta estaría rota y acercó la cara a la pantalla. «Quedáis avisados: mejor que no la veáis.

U os arrepentiréis». La palabras de Shuichi Iwata regresaron a su mente. ¿Por qué iba a arrepentirse? Asakawa estaba acostumbrado a aquellas cosas. Había cubierto las noticias locales. No importaba qué clase de imágenes horribles le enseñaran, estaba seguro de que no se arrepentiría de mirar.

En medio de la pantalla negra le pareció ver que empezaba a parpadear un puntito. Se expandió gradualmente, saltó a derecha e izquierda y por fin acabó posándose en el lado izquierdo. Luego se ramificó y se convirtió en un haz deshilachado de luces que reptaron como gusanos hasta convertirse en palabras. Pero no la clase de títulos que se veían en las películas. Aquellas palabras estaban nial escritas, como si las hubieran pintado con un pincel blanco sob're papel negro azabache. De alguna forma, sin embargo, consiguió entender lo que decían: «MIRAD HASTA EL FINAL». Una orden.

Desaparecieron aquellas palabras y aparecieron flotando las siguientes. «SE os COMERÁN LOS PERDIDOS». La última palabra no tenía mucho sentido, pero que se te comieran no sonaba muy agradable. Parecía que aquellas palabras implicaban un «o bien». No apagues el vídeo a media cinta o te pasará algo terrible: era una amenaza.

«SE os COMERÁN LOS PERDIDOS…» Las palabras crecieron y devoraron todo el negro de la pantalla. Fue un cambio sin gradaciones, de negro a blanco lechoso. Era un color irregular y antinatural, y empezó a asemejarse a una serie de conceptos pintados sobre un lienzo, uno encima de otro. El inconsciente, retorciéndose, luchando, buscando una salida, saliendo a chorros: o tal vez era el latido de la vida. El pensamiento tenía energía y se saciaba bestialmente con la oscuridad. Lo más extraño era que no sentía ningún deseo de pulsar la tecla de stop. No porque no tuviera miedo de lo que fuera que se lo quería comer, sino porque aquella intensa emanación de energía resultaba agradable.

Algo rojo reventó sobre la pantalla monocroma. Al mismo tiempo notó que recorría el suelo un temblor procedente de una dirección imprecisa. El ruido parecía venir de todas partes y Asakawa empezó a imaginar que el bungalow entero estaba temblando. No le parecía que el ruido saliera de aquellos pequeños altavoces. El fluido rojo y viscoso explotó y empezó a fluir, ocupando ocasionalmente la pantalla entera. De negro a blanco y ahora rojo… No era más que una sucesión violenta de colores, todavía no había visto ninguna escena natural. Nada más que conceptos abstractos, que los colores brillantemente cambiantes grababan nítidamente en su cerebro. En realidad, resultaba fatigoso. Y entonces, como si la cinta hubiera leído la mente de su espectador, el rojo desapareció de la pantalla y en su lugar apareció, ensanchándose, la vista de una montaña. Pudo ver a simple vista que era un volcán de laderas no muy escarpadas. El volcán emitía bocanadas de humo blanco contra el cielo azul claro. La cámara parecía estar situada en algún punto al pie de la montaña, donde el suelo estaba cubierto de una lava marrón-negruzca.

Nuevamente la oscuridad inundó la pantalla. El cielo azul claro quedó instantáneamente teñido de negro, y luego, segundos más tarde, un líquido escarlata estalló en el centro de la pantalla y manó hacia abajo. Un segundo estallido. La espuma resultante ardió en tonos rojos y así pudo empezar a distinguir, vagamente, el contornó de la montaña. Las imágenes que antes habían sido abstractas ahora eran concretas. Estaba claro que aquello era una erupción volcánica, un fenómeno natural, una escena que podía explicarse. La lava fundida que fluía de la boca del volcán bajó avanzando por las quebradas y se dirigió hacia la pantalla. ¿Dónde estaba situada la cámara? A menos que fuera una toma aérea, parecía que la cámara estuviera a punto de ser devorada. El estruendo de la tierra aumentó hasta que la pantalla entera pareció quedar rodeada de roca fundida, luego la escena cambió bruscamente. Entre una escena y la siguiente no había continuidad, solamente saltos bruscos.

Aparecieron flotando unas letras negras y gruesas sobre un fondo blanco. Tenían los bordes difusos, pero de alguna forma consiguió distinguir el ideograma de «montaña». Estaba rodeado de borrones negros, como si lo hubieran escrito descuidadamente con un pincel embadurnado de tinta. Los caracteres eran inmóviles, la pantalla estaba tranquila.

Otro salto brusco. Un par de dados, rodando en el fondo redondeado de un cuenco de plomo. El fondo era blanco, el fondo del cuenco era negro y el número de uno de los dados era rojo. Los mismos tres colores que llevaba viendo todo el tiempo. Los dados rodaron en silencio y por fin se quedaron quietos: un uno y un cinco. El punto solitario y los cinco del otro dado estaban desplegados en las caras blancas de los dados. ¿Qué quería decir?

En la escena siguiente aparecía gente por primera vez. Una vieja con la cara llena de arrugas sentada en el borde de un par de esterillas de tatami colocadas sobre un suelo de madera. Tenía las manos apoyadas en las rodillas y el hombro izquierdo un poco inclinado hacia delante. Estaba hablado despacio y mirando de frente. Tenía los ojos de tamaños distintos y cuando parpadeaba parecía que estuviera guiñando un ojo.

Hablaba en un dialecto poco familiar del que Asakawa solamente podía entender alguna palabra de vez en cuando: «… de salud… entonces… te pasas todo el tiempo… te cogerán… ¿Lo entiendes…? Ten cuidado con… Tendrás… Haz caso a tu abuela, que… No hace falta…».

La vieja dijo lo que tenía que decir con cara inexpresiva y se desvaneció. Hubo muchas palabras que Asakawa no entendió. Pero le daba la impresión de que le acababan de soltar un sermón. La vieja le estaba diciendo que tuviera cuidado con algo, le estaba advirtiendo. ¿Con quién estaba hablando aquella anciana, y sobre qué?

La cara de un recién nacido llenó la pantalla. Oyó el primer llanto de una criatura procedente de alguna parte. Aquella vez también estaba seguro de que no salía de los altavoces del televisor. Venía de muy cerca, de debajo mismo de su cara. Se parecía mucho a una voz real. En la pantalla vio que unas manos sostenían al bebé. La mano izquierda estaba debajo de su cabeza y la derecha debajo de su espalda, sosteniéndolo con cuidado. Eran unas manos preciosas. Totalmente absorbido por la imagen, Asakawa se sorprendió a sí mismo cogiéndose las manos en la misma posición. Oyó llorar a la criatura justo debajo de su barbilla. Sobresaltado, apartó las manos. Había sentido algo. Algo caliente y húmedo -como líquido amniótico o sangre- y el peso de carne. Asakawa sacudió las manos, como si estuviera apartando algo, y se acercó las palmas de las manos a la cara. Había quedado un olor. Un olor débil a sangre: ¿había salido del útero o…? Notaba las manos mojadas. Pero, en realidad, ni siquiera estaban húmedas. Volvió a mirar la pantalla. Todavía'mostraba la cara del bebé. A pesar del llanto, tenía una expresión tranquila en la cara y el temblor de su cuerpo se había extendido a su entrepierna e incluso le agitaba la colita.

La siguiente escena: un centenar de caras humanas. Todas mostraban actitudes de odio y animosidad. No podía distinguir más emociones que aquellas. La miríada de caras, con aspecto de haber sido pintadas sobre una superficie plana, se fueron retirando gradualmente a las profundidades de la pantalla. Y a medida que las caras se volvían más pequeñas, el número total aumentaba, hasta formar una enorme multitud. Eran una extraña multitud, sin embargo -solamente existían de cuello para arriba-, pero el ruido que emanaba de ellas correspondía al de una multitud. Sus bocas estaban gritando algo, al mismo tiempo que se encogían y se multiplicaban. Asakawa no pudo entender muy bien lo que decían. Sonaba como el tumulto de una reunión multitudinaria, pero las voces estaban llenas de críticas y de insultos. Estaba claro que no eran unas voces amigables ni joviales. Por fin distinguió una palabra: «¡Mentiroso!». Y otra: «¡Fraude!». Para entonces tal vez había ya un millar de caras: se habían convertido en simples partículas negras que llenaban la pantalla hasta el punto de que parecía que el televisor estuviera apagado, pero las voces no callaban. Era más de lo que Asakawa podía soportar. Sentía que todas aquellas críticas iban dirigidas hacia él.

Cambió la escena y la pantalla pasó a mostrar un televisor sobre una mesilla de madera. Era un televisor viejo de diecinueve pulgadas con un selector de canales redondo y una antena interior apoyada en el mueble de madera. No era una obra dentro de una obra, sino una tele dentro de una tele. El televisor de dentro todavía no tenía nada en la pantalla. Pero parecía encendido: la luz roja de al lado del selector de canales estaba encendida. Luego la pantalla dentro de la pantalla tembló. Se estabilizó y volvió a luego volvió a temblar, una y otra vez, cada vez más a menudo. Luego apareció un solo ideograma, borroso: sada. La palabra se volvió nítida, luego borrosa de nuevo, distorsionada, y empezó a parecer otra antes de desaparecer del todo, como tiza sobre una pizarra borrada con un trapo húmedo.

Mientras miraba, Asakawa empezó a tener problemas para respirar. Oía los latidos de su propio corazón, sentía la presión de la sangre que le fluía en las venas. Un olor, un contacto, un sabor agridulce en la lengua. Era extraño: algo estaba estimulando sus cinco sentidos, algún medio distinto de los sonidos y las visiones que aparecían como si las estuviera recordando de repente.

Luego apareció la cara de un hombre. A diferencia de las imágenes previas, aquel hombre estaba obviamente vivo. Mostraba un latido de vitalidad. Al verlo, Asakawa empezó a odiarlo. No era particularmente feo. Tenía la frente un poco hundida pero aparte de eso la verdad es que era bastante bien parecido. Pero su mirada tenía algo peligroso. Era la mirada de una bestia al cernirse sobre su presa. El hombre tenía la cara sudorosa.

Su respiración era entrecortada, su mirada se dirigía hacia arriba y su cuerpo se movía de forma rítmica. Detrás del hombre se erguían árboles dispersos, la luz vespertina brillaba detrás de sus ramas. El hombre bajó la vista y miró hacia delante de nuevo, hasta que su mirada se encontró con la del espectador. Asakawa y el hombre se miraron un momento. La sensación de asfixia aumentó y le vino el deseo de apartar la vista de allí. El hombre estaba babeando. Tenía los ojos inyectados en sangre. Los músculos de su cuello empezaron a llenar la pantalla en primer plano, luego desaparecieron por el margen izquierdo. Durante un momento solamente pudieron verse las sombras de los árboles.

Empezó a elevarse un grito desde el fondo. Al mismo tiempo, el hombro del tipo volvió a aparecer en escena, luego su cuello y por fin otra vez su cara. Tenía los hombros desnudos y el derecho mostraba un corte profundo y sanguinolento de varios centímetros de longitud. La cámara parecía absorber las gotas de sangre, cada vez más grandes, hasta que llegaron a la lente y empañaron la imagen. La imagen volvió a negro, una vez, dos veces, casi como si parpadeara, y al regresar la luz todo era rojo. El hombre tenía una mirada asesina. Su cara se acercó más, junto con su hombro, con el hueso asomando blanco allí donde le habían arrancado la carne. Asakawa sintió una violenta presión en el pecho. Volvió a ver árboles. El cielo daba vueltas. El cielo adquirió el color del crepúsculo y se oyó el susurro de la hierba seca. Vio tierra, luego hierbas y por fin otra vez el cielo. En alguna parte oyó el llanto de un bebé. No estaba seguro de si se trataba de la misma criatura de antes. Por fin, el borde de la pantalla se volvió negro y gradualmente la oscuridad rodeó un círculo en el centro. Ahora la luz y la oscuridad estaban claramente definidas. En el centro de la pantalla, una luna pequeña y redonda flotaba en medio de la oscuridad. En la luna había la cara de un hombre. Un puñado de algo cayó de la luna con un ruido sordo. Luego otro y luego otro. Con cada golpe, la imagen saltaba y se bamboleaba. Un ruido de carne aplastada y luego una oscuridad total. Incluso entonces, persistía un latido. La sangre seguía circulando y latiendo. La escena continuó más y más.

Parecía que aquella oscuridad no iba a terminar nunca. Luego, igual que al principio, aparecieron unas palabras borrosas. La caligrafía de la primera escena era tosca, como la de un niño que acabara de aprender a escribir, pero ahora la escritura mejoró. Las letras blancas, que aparecieron flotando imprecisas y luego desaparecieron, decían: «Aquellos que hayan visto estas imágenes están condenados a morir a esta misma hora exactamente dentro de una semana. Si no desea usted morir, tiene que seguir estas instrucciones al pie de la letra…».

Asakawa tragó saliva y se quedó mirando el televisor con los ojos muy abiertos. Pero entonces la escena volvió a cambiar. Fue un cambio radical. Apareció un anuncio, un anuncio de televisión normal y corriente. Un vecindario viejo y romántico en un anochecer de verano, una actriz con un vestido ligero de algodón sentada en la galería de su casa y fuegos artificiales iluminando el cielo oscuro. Un anuncio de espirales repelentes de mosquitos. El anuncio terminó medio minuto después, y justo cuando iba a empezar otra escena, la pantalla regresó a su estado previo. Oscuridad y un último resplandor de palabras que se desvanecían. Luego un ruido de estática al acabarse la grabación.

Con los ojos saliéndosele de las órbitas, Asakawa rebobinó la cinta y volvió a pasar la última escena. Se repitió la misma secuencia: un anuncio interrumpió la parte más importante. Asakawa paró el vídeo y apagó el televisor. Pero no dejó de mirar la pantalla. Tenía la garganta seca.

-¿Qué demonios?

No había nada más que decir. Una escena ininteligible detrás de otra, y lo único que había entendido era que cualquiera que viera la cinta moriría exactamente en una semana. Y habían borrado con un anuncio la parte que explicaba cómo evitar aquel destino.

«¿Quién la ha borrado? ¿Los cuatro jóvenes?»

A Asakawa le tembló la mandíbula. De no haber sabido que los cuatro jóvenes habían muerto simultáneamente, habría considerado aquello una bobada total y se habría reído. Pero lo sabía. Habían muerto misteriosamente de acuerdo con aquella predicción.

En aquel momento sonó el teléfono. A Asakawa casi se le paró el corazón del susto. Levantó el auricular. Tenía la sensación de que había algo que se escondía, que lo miraba desde la oscuridad.

-Dígame -consiguió gruñir por fin.

No hubo respuesta. Algo giraba en un lugar negro y diminuto. Se oyó un rumor sordo, como si la tierra misma resonara, y le llegó un olor a tierra mojada. Notó frío en la oreja y se le erizaron los pelos de la nuca. Aumentó la opresión en su pecho y por los tobillos y por el espinazo le empezaron a subir bichos procedentes de las entrañas de la tierra que se aferraban a él. Desde el auricular le llegaron pensamientos incalificables y un odio largo tiempo incubado. Asakawa colgó el auricular de un golpe. Se tapó la boca y corrió al baño. Tenía escalofríos por toda la espalda y lo acometían oleadas de náusea: la cosa del otro lado de la línea no había dicho nada pero Asakawa sabía lo que quería. Era una llamada de confirmación.

«Ya lo has visto, ya sabes lo que quiere decir. Sigue las instrucciones o si no…» Asakawa vomitó en el retrete. No tenía gran cosa que vomitar. Expulsó el whisky que había bebido hacía un rato, mezclado con bilis. El sabor amargo le llegó a los ojos e hizo que le saltaran las lágrimas. Le dolía la nariz. Pero sentía que si lo vomitaba todo en aquel momento, tal vez expulsaría también las imágenes que acababa de ver.

-¿Si no hago qué? ¡No lo sé! ¿Qué queréis que haga, eh? ¿Qué se supone que tengo que hacer?

Se sentó en el suelo del baño y gritó, intentando no dejarse vencer por su miedo. -¡Esos cuatro chavales lo borraron, borraron la parte importante…! ¡No lo entiendo!

¡Necesito ayuda!

Lo único que podía hacer era inventar excusas. Asakawa se apartó del retrete, sin darse cuenta de lo terrible que era su aspecto, y examinó cada rincón de la sala, inclinando la cabeza en gesto de súplica hacia quienquiera que pudiera haber allí. No se dio cuenta de que estaba intentando dar lástima y despertar compasión. Se puso de pie, se enjuagó la boca en el lavabo y tragó un poco de agua. Notaba una brisa. Miró la ventana de la sala de estar. Las cortinas temblaban.

«Eh, creía que la había cerrado».

Estaba seguro de que antes de correr las cortinas había cerrado del todo la puerta corredera de cristal. Recordaba haberlo hecho. No podía parar de temblar. Sin ninguna razón, se le pasó por la cabeza la imagen de los rascacielos de noche, la forma en que sus ventanas iluminadas y no iluminadas formaban un dibujo parecido a un tablero de ajedrez, a veces incluso dibujaban caracteres. Si uno veía los edificios como lápidas enormes y alargadas, las luces eran los epitafios. La imagen desapareció, pero el aire seguía moviendo las cortinas blancas de encaje.

Frenético, Asakawa cogió la bolsa del armario y tiró dentro sus cosas. No podía quedarse allí ni un segundo más.

«No me importa lo que diga nadie, si me quedo aquí no pasaré de esta noche, no hablemos ya de una semana».

Sin dejar de sudar, caminó hasta el recibidor. Intentó pensar de forma racional antes de salir. «¡No huyas corriendo de miedo, intenta pensar en alguna forma de salvarte!» Un instinto de supervivencia instantáneo: regresó a la sala de estar y pulsó el botón para sacar la cinta del aparato. La cinta era su única pista, no podía dejarla atrás. Tal vez si descifraba el enigma de cómo estaban relacionadas las escenas podría salvarse. En cualquier caso, solamente le quedaba una semana. Miró su reloj: eran las 10.18 h. Estaba seguro de que había terminado de ver la cinta a las 10.04 h. De pronto el tiempo le parecía muy importante. Asakawa dejó la llave sobre la mesa y salió, dejando todas las luces encendidas. Corrió a su coche, sin pasar siquiera por la oficina, y metió la llave en el contacto.

«Esto no lo puedo hacer solo. Voy a tener que pedirle que me ayude». Mientras hablaba consigo mismo, Asakawa puso el coche en marcha, pero no pudo evitar mirar el retrovisor. No importaba lo mucho que pisara el pedal, parecía que no conseguía acelerar. Era como cuando te persiguen en un sueño y corres a cámara lenta. No paraba de mirar el retrovisor. Pero no podía ver por ninguna parte la sombra negra que lo perseguía.