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Annotation

Si el representante de la ley y el orden era el asesino,

¿qué se podía esperar de esa ciudad?. 'Jim Thompson tiene

el más fiel círculo de admiradores-lectores en el mundo de

la literatura policíaca norteamericana de posguerra, y

proclama a todo el que lo quiera ori, que él es el autor de

las mejores novelas de criminalidad psicológica que se

hayan escrito. Tantos y tan fieles fanáticos en tantos países

del mundo no pueden estar equivocados. Todo el mundo

sabbe hoy que el ranking debe leerse de la siguiente

manera: Hammett-Chandler-Thompson.

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ASESINO BURLON

Jim Thompson

Título original: The nothing man

Traducción: Gerardo Di Masso

1.ªedición: marzo, 1988

La presente edición es propiedad de Ediciones B, S.A.

© 1953 by Jim Thompson. Copyright renewed

1981 by the Estate of Jim Thompson

© Traducción: Ediciones B, S.A.

Printed in Spain

ISBN: 84-7735-779-X

Depósito legal: B. 6.053-1988

Diseño de colección y cubierta:

LA MANUFACTURA / Arte + Diseño

Ilustración: Sergio Camporeale, tintas y acuarela - París.

«Mi autor favorito de novela criminal —a

menudo imitado,

pero nunca igualado— es Jim Thompson.»

STEPHEN KING

Prologo

El director de cine Stanley Kubrick escribió sobre la

novela de Jim Thompson The Killer Inside Me:

«probablemente sea la más escalofriante y creíble historia

escrita desde la primera persona de una mente criminal con

la que me he topado». El novelista y crítico R. V. Cassil

definió a Thompson como su preferido entre los autores

«originales». De The Killer Inside Me, Cassil dijo: «es

exactamente lo que los entusiastas franceses de la

violencia existencial norteamericana habían estado

buscando en los trabajos de Dashiell Hammett, Horace

McCoy y Raymond Chandler. Ninguno de estos hombres

escribió nunca un libro que se acerque siquiera a una milla

de distancia de los de Thompson». Y Anthony Boucher, él

también un maestro en el género negro, escribió en el New

York Times: «Jim Thompson debe ser considerado un

primera clase. Les urjo fervientemente a que no se pierdan

ninguno de sus libros.»

Contundentes palabras éstas, proferidas por tres

hombres que saben lo que están diciendo y de qué hablan,

pero ¿quién es Jim Thompson? ¿Por qué razón sus libros

no han estado al alcance del lector medio en los Estados

Unidos durante más de diez y, en algunos casos, hasta

veinte o treinta años? Autor preferido en Francia, donde

muchas de sus obras se venden sin interrupción, publicadas

en la Série Noire de la Editorial Gallimard, a menudo las

novelas de Thompson trasuntan una pasión perversa y

aterradora.

Originalmente, fueron publicadas con profusión

durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta. Las

editoriales, hoy desaparecidas, eran Lion, Pyramid y

Regency. Thompson fue un maestro de la forma en cada

una de sus veintinueve novelas, muchas de las cuales fueron

llevadas al cine: The Getaway (La huida), con Steve

McQueen como protagonista, dirigida por Sam Peckinpah;

Pop 1280 (1280 almas), dirigida por Bertrand Tabernier;

The Killer Inside Me (El asesino dentro de mí), dirigida

por Burt Kennedy, con Stacy Keach en el papel de

protagonista y A Hell of Woman (Un infierno de mujer),

mi novela preferida entre todas las de Thompson, dirigida

como Série Noire por Alain Corneau.

James Myers Thompson nació en Oklahoma en 1906.

Durante la década de los años treinta, fue director del

Federal Writer’s Projects (Proyecto Federal de Escritores)

en aquel estado. Más adelante, escribió para varios

periódicos, entre los que estaban el New York Daily News

y Los Angeles Times Mirror, así como para las revistas

True Detective (a la cual vendió su primer relato cuando

sólo tenía catorce años) y Saga, de la que llegó a ser editor-

jefe durante un breve período. Thompson trabajó también

en un oleoducto en Texas, usado como ámbito de ficción

en su novela South of Heaven (Al sur del Paraíso), trabajó

como reparador de chimeneas, fue actor cómico y jugador

profesional. Escribió los guiones de dos películas de

Stanley Kubrick (The Killing y Paths of Glory) y, ya

cercano el fin de su vida, actuó en el filme Farewell my

Lovely (Adiós, muñeca), dirigido por Dick Richards, sobre

la historia homónima de Raymond Chandler. Hasta 1977, el

año de su muerte, ninguno de sus libros había sido

publicado en su país de origen.

En las novelas de Thompson el mundo es un lugar

inhóspito y corrupto: Doc McCoy en The Getaway, Lou

Ford en The Killer Inside Me, Nick Corey en Pop 1280 y

Roy Dillon en The Grifters son asesinos impenitentes,

personajes tristes y viciosos que poseen lo que sólo puede

describirse como el más extraño sentido del humor en los

anales de la ficción criminal. El más atroz de ellos, Lou

Ford, sheriff de una pequeña ciudad, se caracteriza por

fastidiar mortalmente a la gente antes de, efectivamente,

asesinar a algunas personas. Su arma más peculiar son las

frases hechas, repetidas una y otra vez mientras la víctima

de Ford, demasiado asustada como para echarse a correr o

cobrar ánimos, grita en su interior.

Son los franceses quienes mejor parecen apreciar el

tipo de terror de Thompson. Román Noire, literalmente

«novela negra», es una expresión reservada por ellos de

manera especial para novelistas como Jim Thompson,

Cornell Woolrich o David Goodis. Sin embargo, sólo en

Thompson convergen plenamente la noción francesa tanto

de

«noire»

como

de

«maudit»;

es

maldito

y

autodestructivo. Lo que Thompson presenta es un retrato

impío. Como escribió el crítico británico Nick Kimberley:

«Éste es un mundo impío, poblado por personas para las

que el asesinato es una tarea tanto casual como rutinaria.»

El aspecto más revelador del trabajo de Thompson es

aquel en que a menudo él se desvela a sí mismo como algo

más que un estilista. Puede ser un escritor excelente, capaz

de crear diálogos tan cortantes como los de Hammett,

frases descriptivas en una prosa tan convincente como la de

Chandler. Pero entonces, sin previo aviso, hacen irrupción

dos o tres capítulos cuya escritura es desechable, típica de

los libros de bolsillo de la escuela de ficción Trash and

Slash. Los protagonistas masculinos de Thompson son casi

siempre esquizofrénicos, plagados de conductas erráticas,

poseídos por un demonio impredecible; esta personalidad

escindida emerge asimismo en la escritura, al marcar y

definir al autor con tanta precisión como la que él mismo

usa para con sus confusos personajes.

Como Thompson mismo testificaba: «Un hombre se

arrastra una milla con el cerebro fuera. Una mujer llama a

la policía después de haber recibido un disparo en el

corazón. Un hombre ha sido colgado, envenenado, le han

disparado, y continúa viviendo.» Nadie más ha vuelto a

escribir nunca libros como éstos.

BARRY GIFFORD

1

Bueno, ahora todos se han marchado, todos excepto

yo: todas esas personas perspicaces y esclarecidas —gente

que tiene la cabeza en las nubes y los pies firmemente

asentados en la tierra— que integran el equipo de

redacción del Courier de Pacific City. Reconfortados con

la certeza de un trabajo bien hecho, todos se han marchado

a sus hogares. Se han largado rumbo al dulce refugio de sus

familias, a los reconfortantes brazos de sus esforzadas

mujercitas y al feliz abrazo de sus sonrientes niños. Y con

ellos se ha marchado el más perspicaz, el más esclarecido

de todos, Dave Randall, nada menos que el redactor de

locales del Courier.

Randall se detuvo un momento junto a mi escritorio

antes de marcharse, con los pies bien plantados en la tierra

—o, mejor dicho, en el suelo de la sala de redacción—,

pero no levanté la vista inmediatamente. Me sentía

demasiado embargado por la emoción. Como sin duda

habréis sospechado, tengo corazón de poeta; me gusta

pensar alegóricamente. Y tenía en la mente la imagen de

innumerables pájaros que agitaban sus cansadas alas en

dirección a los nidos donde les esperaban las pacientes

hembras y los diminutos pajarillos. Y —lo digo sin ningún

pudor— no pude alzar la vista. Todos los pájaros volando

hacia sus nidos, mientras yo...

Bueno, hice un esfuerzo por sonreír jovialmente. Yo

también tenía una familia; era miembro de la feliz familia

del Courier, perspicacia, mente clara. ¿Y qué novia podía

ser más bonita que la mía, qué mejor que estar casado con

el propio trabajo?

Dave se aclaró la garganta, esperando que fuese yo

quien hablase primero; luego extendió un brazo por encima

de mi hombro y cogió una galerada de la noche anterior de

mi columna, Por la ciudad con Clinton Brown. El Courier

es muy generoso en estos asuntos; piensa que debe dar a

sus empleados una oportunidad de «crecer». Así, los

redactores de mesa pueden hacer reportajes; los reporteros

pueden hacer trabajo de mesa; y los encargados de

reescribir el material, como yo, damos rienda suelta al

talento que, en tantos otros periódicos, está restringido y

atrofiado por las severas disposiciones de la Asociación de

la Prensa.

No recibimos órdenes de nuestros jefes. Nuestro

protector, nuestro fiel amigo y consejero, es Austin

Lovelace, editor del Courier. La puerta de su despacho

siempre está abierta, hablando figuradamente. Uno siempre

puede llevarle sus problemas al señor Lovelace con la

seguridad de que serán solucionados rápidamente. Y sin

«interferencias externas».

Pero volveré sobre estas cuestiones más tarde.

Deberé mencionarlas, ya que todas ellas forman parte,

hasta cierto punto, de aquello que las principales plumas

llamaron los crímenes del Asesino Burlón, y ésta es la

historia de esos asesinatos. Por el momento, sin embargo,

volvamos a Dave Randall.

Randall depositó la galerada sobre mi escritorio y

volvió a aclararse la garganta. El siempre —bueno, casi

siempre— había tenido problemas para hablar conmigo; y,

no obstante, insistía en hablarme. A veces pienso que tiene

la conciencia llena de culpa.

—Trabajas hasta muy tarde, ¿verdad, Brownie?

—¿Tarde,

coronel?

—dije.

Finalmente,

logré

controlarme y me esforcé en ofrecerle una sonrisa

inteligente—. Bueno, sí y no. Sí, para un pájaro que tiene

un nido. No, para un pájaro que no tiene nido ni pajarillos.

Mi trabajo es mi novia y estoy consumando nuestro

matrimonio.

—Oh... veo que tu fotografía está borrosa. Ordenaré

un nuevo cliché para tu columna.

—Preferiría que no lo hiciera, coronel —dije—.

Pienso en todas esas pájaras, atraídas irresistiblemente por

mi inmaculado y cincelado perfil, desplegando las plumas

de la cola en un claro estado de deliciosa espera. Pienso en

su desilusión final... perdone el juego de palabras, coronel.

En realidad, creo que debiéramos eliminar mi fotografía

por completo, reemplazándola por algo más adecuado,

como, por ejemplo, un escudo de armas...

—Brownie... —Estaba retrocediendo. Yo apenas había

alzado mi arpón y Randall ya estaba retrocediendo. No

sentía ya ninguna satisfacción en ello, si es que alguna vez

la había sentido, pero continué.

—Algo simbólico —dije—. Un asno, por ejemplo,

campeando sobre el cartel de un prestamista, un limpio y

sabio asno. En cuanto a la divisa... ¿cómo anda de latín,

coronel? ¿Puede traducirme la frase, «Lamento haber

tenido tan sólo su polla para ofrecerle a mi país»?

Randall se mordió el labio, su rostro delgado parecía

enfermo y terriblemente preocupado. Cogí la botella de mi

escritorio y bebí ávidamente.

—¡Brownie, por el amor de Dios! ¿Es que no piensas

dejarlo nunca?

—Sí —asentí—. Palabra de honor, coronel. En cuanto

esta botella se haya acabado, no volveré a probar una sola

gota.

—No estoy hablando de eso. No sólo de eso. Es...

¡todo lo demás! Te estás volviendo demasiado vulgar. El

señor Lovelace está resuelto a...

—El señor Lovelace y yo —repliqué— somos

hermanos espirituales. Estamos unidos como dos pajarillos

en el nido. El señor Lovelace pensaría que mis razones son

justificadas aunque me convirtiese en una paloma y cagara

sobre sus blancos cabellos.

—Probablemente lo harías —dijo Dave, amargamente.

Detesto ver a un hombre amargado. ¿Cómo se puede

tener esta tranquila objetividad, tan necesaria para los

logros literarios, si se está amargado?

—Sí, lo harías —repitió—. No pararás hasta que te

despidan. Insistirás hasta que te echen a la calle, y yo

debo...

—¿Sí? —pregunté—. ¿Quiere decir que usted también

sentiría la necesidad de marcharse? Qué conmovedor,

coronel. Mi cáliz rebosa de amor... de una naturaleza, debo

decirlo, estrictamente platónica.

Le ofrecí un trago, apartando bruscamente la botella

cuando intentó arrebatármela de las manos. Bebí otro trago

y le aconsejé que volara hacia el seno de su familia.

—Eso es lo que necesita, coronel —dije—: la mano

cálida de su mujercita, mitigando las preocupaciones de un

largo día. La luz de amor y credibilidad que irradia la mujer

de un revendedor.

—¡Maldito seas, cierra la boca!

Gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Luego se

inclinó sobre mi escritorio, apoyándose en las manos, y sus

ojos y su voz parecían torturados por la súplica, la

impotencia y la furia. Y las palabras brotaban de su boca en

su balbuceo apenas coherente.

Maldita sea, ¿acaso no había dicho que se trató de un

error? ¿No había admitido un millar de veces que había sido

un disparate? ¿Acaso yo creía que él era un sujeto capaz de

enviar deliberadamente a un hombre a caminar por un

campo minado...? Era una tragedia. Era lo peor que le podía

suceder a cualquier hombre, y debía de ser diez veces peor

cuando se trataba de un hombre joven y bien parecido como

él... Y, para colmo, la culpa había sido suya. ¿Pero qué más

podía hacer, aparte de lo que ya había hecho? ¿Qué era lo

que yo quería que él hiciera?

Se

reprimió

súbitamente.

Luego

se

irguió,

dirigiéndose hacia la puerta. Le llamé.

—Un momento, coronel. No me ha dejado terminar.

—¡Estás acabado! —Se volvió para mirarme—. Te lo

advierto, Brownie, si vuelves a llamarme coronel, yo... yo...

Bien, ¡sigue mi consejo y no lo hagas!

—No lo haré —dije—. Eso es lo que quería decirle:

estoy decidido a cambiarlo todo. Todo. Al fin y al cabo, no

ha sido más que un error en una guerra llena de errores.

Nunca más volverá a tener problemas conmigo, Dave.

Randall resopló y cogió el pomo de la puerta. Se

detuvo y me miró, frunciendo el ceño como si vacilara.

—Suena como si... hablaras en serio.

—Así es... Palabra, Dave.

—Bueno —me estudió cuidadosamente—, no me lo

creo, pero...

Intentó sonreír, sin dejar de estudiarme. Lentamente,

la sospecha desapareció de su mirada y la tenue sonrisa se

convirtió en una risa amplia que iluminó su rostro.

—¡Eso es maravilloso, Brownie! Lamento haber

perdido los nervios hace un momento, porque sé cómo te

sientes, pero...

—Seguro —dije—. Seguro que sí. Está bien, Dave.

—¿Por qué no dejas el trabajo por esta noche y te

vienes a casa conmigo? Abriré una botella y le diré a Kay

que nos prepare unos buenos bistecs. Ha estado insistiendo

para que te invitase a cenar.

—Gracias —afirmé—, pero esta noche no. Debo

terminar una historia.

—¿Algo tuyo?

—Bueno... sí —asentí—. Sí, es algo mío. Una especie

de melodrama que estoy escribiendo en torno a los

crímenes del Asesino Burlón. Supongo que confundirá por

completo al lector de novelas policíacas, pero tal vez lo

que necesita es precisamente que lo confundan. Quizá su

sed de diversión lo lleve al terrible trabajo de pensar.

—¡Magnífico! —Dave asintió con entusiasmo.

Naturalmente no había oído nada de lo que yo acababa de

decir—. ¡Magnífico!

Parecía más feliz de lo que yo le había visto en mucho

tiempo. Creo que no se hubiese sentido más feliz si yo

hubiese aceptado su invitación a cenar.

—Bueno..., ja..., ja... No trabajes toda la noche —dijo.

—Ja, ja —respondí—. Lo intentaré...

Me palmeó torpemente la espalda. Me dijo buenas

noches, yo le contesté buenas noches y se marchó.

Estudié el folio que tenía en la máquina de escribir, lo

quité y coloqué otro.

Había comenzado con el pie equivocado, iniciando la

historia con Deborah Chasen cuando, naturalmente, la

historia debía comenzar conmigo. Yo... sentado solo en la

sala de redacción, con una colilla apagada entre los labios y

casi un cuarto de whisky en la botella que estaba sobre el

escritorio.

Los dos teletipos comenzaron a funcionar. Primero

las no- ticas de Associated Press, luego las de United

Press. Fui a echar un vistazo.

Pacific City, en palabras de nuestro editor, es una

«ciudad de hogares, iglesias y personas», que, traducido de

su lingua franca de cámara de comercio, significa que es

una ciudad pequeña, una ciudad no industrial, y una ciudad

donde, habitualmente, suceden muy pocas cosas que sean

de interés para el mundo exterior. El Courier es el único

periódico. Los servicios cablegráficos de noticias no

mantienen corresponsales aquí, pero, cuando es necesario,

el servicio lo cubren nuestros redactores.

Arranqué los finos papeles amarillos de los teletipos y

leí:

LOS ANG 601 PM SBL AP A COURIER

JEFE

DET

PACIFIC

LEM

STUKEY

DESAPARECIDO MÁS DE 24 HORAS.

¿VERDAD? ¿INUSUAL? ¿POSIBLE RELACIÓN

CON CASO ASESINO BURLÓN? ESPERAMOS

NOTICIAS COURIER. THATCHER AP LA

LA CAL 603 PM A COUR RADIO

INFORMA DESAPARICIÓN JEFE DET LEM

STUKEY.

¿QUÉ

HAY

AL

RESPECTO,

COURIER?

¿POR

QUÉ

NO

SE

HA

MENCIONADO EN NINGUNA DE SUS

EDICIONES?

¿NO

ES

IMPORTANTE?

¿DESAPARECE A MENUDO? RESPUESTA A

DALE (SIG) LOS ANG UP

Arrojé los papeles a una papelera y fui hasta la

ventana... ¿Era cierto? Sí, la noticia era verdadera. El Jefe

de Detectives de Pacific City, Lem Stukey, había

desaparecido desde hacía más de un día... ¿Inusual? Bueno,

apenas. El departamento de policía no estaba alarmado por

ello. No habían podido localizarle en ninguno de los garitos

o burdeles donde acostumbraba a esconderse, pero tal vez

había encontrado un nuevo sitio. O, quizás, alguien había

encontrado un sitio para él...

De todos modos, los servicios cablegráficos de

noticias no podían pretender que nosotros empezáramos a

hacer indagaciones y preguntas a esta hora de la noche. El

nuestro era un periódico vespertino. La edición del

«mediodía» llegaba a las calles a las diez de la mañana, la

«local» al mediodía y la de «última hora» —una especie de

refrito— a las tres de la tarde. Y de esto ya hacía más de

tres horas, así que al diablo con la A.P. y U.P. Al diablo con

ellos, qué caray.

Miré a través de la ventana, hacia la calle, diez plantas

más abajo. Me sentía triste; más que triste, amargado. Y en

realidad, por nada, absolutamente por nada. Sólo el simple

hecho de que la última línea de esta historia debería ser

escrita por otro.

Me alejé de la ventana y regresé a mi escritorio. Me

serví dos tragos y bebí un tercero, por cortesía hacia la

casa.

Eché un vistazo a lo que había escrito. Luego, apoyé

las manos sobre el teclado y comenzé a escribir:

El día que conocí a Deborah Chasen fue el mismo que

recibí la carta de la Administración de Veteranos. Fue hace

un par de meses, aproximadamente a las nueve de la

mañana, y Dave Randall...

2

Aquella mañana, Dave me trajo la carta a mi

escritorio. Luego, permaneció un momento junto a mí,

tratando de mostrarse amistoso e interesado. Murmuró

algo acerca de «Buenas noticias, espero». Abrí la carta.

Era, como ya he dicho, de la Administración de

Veteranos. Me anunciaban que mi remuneración por

incapacidad había sido aumentada a unos ochenta dólares

mensuales.

Aparté la silla, me puse de pie, junté los talones con

fuerza y me cuadré militarmente ante Dave.

—¡Un comunicado oficial, señor! ¡El sargento Brown

solicita respetuosamente las instrucciones del coronel!

—Continúa con tu trabajo. —Miró nerviosamente

alrededor de la oficina, con esa sonrisa enferma dibujada

en el rostro—. Brownie, quisiera...

—Gracias, coronel. Se acerca la hora de la patrulla

matutina. ¿Tengo permiso del coronel para...?

—Puedes hacer lo que te dé la jodida gana —dijo, y

regresó a su escritorio.

Me senté nuevamente. Le hice un guiño a Tom Judge,

que trabajaba en el escritorio de enfrente. Le sonreí, con

una sonrisa bastante amable si tenemos en cuenta que no

había probado un trago desde el desayuno.

Tom no sonrió.

—¿Por qué sigues burlándote de él? —Me miró con

severidad—. ¿Por qué le pones las cosas tan difíciles a un

buen tipo?

—Pero, Tom —le dije—, ¿quieres decir que tú y el

coronel sois... así?

—Quiero decir que me cae bien. Pienso que si yo

estuviese en su lugar te pondría en tu sitio o te echaría de

una patada en el culo. Chico —sacudió la cabeza con

desagrado—, ¿dónde está la justicia? ¿Cómo diablos has

conseguido esa pensión?

—Es incomprensible —dije—, ¿verdad? Obviamente

no estoy incapacitado para trabajar. Además, no estoy

desfigurado. Incluso soy más atractivo que el día en que

nací, y eso que mi madre se jactaba —creo que con

bastante fundamento— de que yo era la criatura más bonita

de la ciudad.

Sus ojos se entrecerraron.

—Ya lo entiendo. Eres maricón, ¿verdad?

—¿Es una afirmación, o simplemente una presunción?

—le pregunté.

—¡No pienses que te tengo miedo, Brown!

—¿No? —dije—. Entonces, a ver qué haces con esto

que te digo ahora: eres un entrometido hijo de puta, un

estúpido y un periodista totalmente despreciable.

Se puso pálido y se levantó rápidamente de su silla. Yo

me puse de pie y me dirigí al retrete.

Un momento más tarde, Tom me siguió.

Pude ver que aún estaba furioso, pero trataba de

disimularlo. Esperaría una mejor ocasión para desquitarse.

—Escucha, Brown. Yo no pretendía...

—Y yo —le dije— te pido disculpas por haberte

llamado hijo de puta.

—En cuanto a la pensión, Brownie, no es asunto mío,

pero... bueno, supongo que tiene que ver con tus nervios,

¿verdad?

—Eso es —asentí seriamente—, exactamente eso,

Tom. Gran parte de mis nervios —una especie de centro

nervioso— resultó completamente destruida.

Le observé cuidadosamente, temiendo por un instante

haber hablado demasiado, y preguntándome qué haría él —y

qué haría yo— si comenzaba a comprender la verdad.

Porque en este tipo de cosas hay algo horriblemente

divertido. La gente se ríe de ellas, en privado tal vez, pero

se ríe. Te sonríen y te miran compasivamente, con los

rostros tensos por la risa contenida. Y cuando no se ríen,

puedes

oírles...

¡Pobre

hombre!

Qué

cosa

tan

extraordinaria... ja, ja, ja... me pregunto qué hace cuando

tiene que...

No puedes trabajar. No puedes vivir. No puedes morir.

Tienes miedo de morir, miedo a la total vulnerabilidad ante

la risa que supondrá la muerte.

Pero no debí haberme preocupado por Tom Judge. Él

no tenía una mente inquisitiva ni la capacidad para seguir

una pista. Era, para mencionar una afirmación de la que no

me había retractado, un periodista totalmente despreciable.

—¡Por Dios, lo lamento, Brownie! Supongo que eso

te alterará bastante. Sigo pensando que eres muy duro con

Dave, pero...

Le dije que mi intención no era molestarle.

—Dave no sólo es mi amigo —le dije—, sino que le

respeto profesionalmente. No quisiera que le hicieras

sentir incómodo repitiéndole el cumplido, pero creo que

Dave representa cabalmente el estilo Courier. Perspicaz,

con una mente despierta, los pies firmemente plantados en

la tierra y la cabeza...

Tom se echó a reír fríamente.

—Está bien —dijo—, tú ganas.

Regresó a su escritorio.

Yo, como el plazo para cerrar la edición ya se había

cumplido, salí a hacer mi ronda matutina.

Fue una de mis mejores rondas. El oficial de guardia

estaba en su puesto, y la artillería pesada se encontraba

preparada y a la espera.

—¿Todo tranquilo? —pregunté.

—Todo tranquilo —dijo Jake, el barman del Club de

Prensa.

—Proceded con las maniobras —dije.

Jake dobló la muñeca con elegancia. La botella se

inclinó sobre el vaso con un movimiento bellamente

ejecutado.

—Excelente

—exclamé—.

Ahora,

creo

que

deberíamos realizar un ejercicio de formación cerrada.

—Lo siento, señor, pero...

-¿Sí?

—Usted sólo ha... quiero decir que no ha completado

la andanada.

—Una nueva táctica —dije—. El resto de la andanada

queda para después del ejercicio.

—Muy bien, pero si se cae de bruces, no...

—De frente... ¡Marchen!

Jake dispuso tres vasos de una onza sobre la barra,

colocó otro vaso de dos onzas en el extremo de la

formación y los llenó todos.

Me bebí los cuatro con diligencia y hundí mi nariz en

el bol de las especias.

—¿Alguna pregunta o curiosidad? —pregunté.

—No sé cómo lo hace —dijo—. Se lo prometo, señor

Brown, si yo lo intentara...

—Ah —afirmé—, tengo la juventud a mi favor. La

prodigiosa juventud, con todo el velamen de la vida

desplegado delante de mí.

—¿Siempre bebe de ese modo?

—¿A ti qué te importa? —le contesté, y regresé a la

oficina.

En ese momento estaba comenzando a sentir ese

peculiar doble sentido que se me había manifestado con

creciente intensidad y frecuencia en los últimos meses. Era

una mezcla de calma y ansiedad, de resignación y rechazo

furioso. Simultáneamente, yo deseaba emprenderla a

golpes contra todo y no hacer absolutamente nada. El

resultado lógico del conflicto debiera haber sido un cierto

punto muerto; sin embargo no era así. Las emociones

positivas, el impulso a actuar, superaban a todo lo demás.

Las negativas, la calma y la resignación no ejercían

directamente su fuerza coercitiva, sino que lo hacían de un

modo tangencial. Eran más preventivas que restrictivas.

Me estaban empujando hacia un lado, llevándome en

una dirección que estaba completamente fuera del mundo,

aunque dentro de él.

Pensé si no estaría bebiendo demasiado.

Me pregunté cómo sería —cómo me las arreglaría

para comer y dormir y hablar y trabajar: cómo vivir— si

bebiese menos.

Finalmente llegué a la conclusión de que no estaba

bebiendo lo suficiente y que, en lo sucesivo, debería

mostrarme más cuidadoso en ese sentido.

Cuando me senté frente a mi escritorio, Dave Randall

me miró nerviosamente. Tom Judge movió la cabeza y me

indicó que había llegado el señor Lovelace.

—Brownie —musitó, inclinándose hacia adelante—,

¡deberías haber visto la muñeca que le acompañaba!

—¡Caramba! —exclamé—. Aunque me duela hacerlo,

tendré que informar de ello a la señora Lovelace. No se

debe jugar con los votos sagrados del matrimonio.

—Chico, ¡por alguien así bien podrías chivarte a mi

esposa!

—Dame una oportunidad —le dije seriamente—, y lo

haré.

En cuanto a las noticias, era una mañana como

cualquier otra. Escribí una historia sobre la Exposición

Anual de Flores y otra sobre la Convención de Lecheros

del condado. Luego reescribí un par de historias llegadas

por el servicio cablegráfico y aproveché algunos datos para

mi columna. Ésa era la clase de cosas —y casi la única

clase de cosas— que publicaba el Courier.

El señor Lovelace fruncía el ceño ante lo que él

llamaba la «versión negativa» de la historia. Le gustaba

afirmar que Pacific City era «la comunidad más limpia de

América», y era muy propenso a sospechar de la

credibilidad de aquellos reporteros que presentaban

evidencias en sentido contrario. Yo hubiese podido hacerlo

y salir bien parado. Por razones que más adelante

resultaron obvias, yo ocupaba un lugar preferencial dentro

de la «familia feliz del Courier». Pero por el momento me

sentía satisfecho con este status quo y no competía con

nadie. Hacía ya muchos años que ningún periodista

importante solicitaba trabajo en el Courier de Pacific City.

Cuando hube acabado la última historia, empecé a

experimentar esas punzadas de náusea mental que siempre

anuncian la llegada de mi musa. Sentí la urgencia de

aumentar el contenido de mi inacabado manuscrito:

Vómito y otros poemas.

Puse una hoja en la máquina. Después de algunos

titubeos preliminares, comencé a escribir:

Las vidas de los grandes hombres,

sus vidas en conjunto

parecen un truco hediondo y cósmico.

Coged mi parte. Yo tomaré un vaso

(no una tacita... tiene que darme un trancazo)

de alcohol.

No era bueno. Definitivamente, no estaba a la altura de

Ornar, o, tal vez, debería decir Fitzgerald. Intenté otro

poema:

Consciente, mi sobrio huésped

Roba la cálida manta de mi litera

(Estoy hundido, hundido, hundido).

Déjame ser como un impotente usurpador

De cosas que puedo coger cuando estoy

borracho.

Muy malo. Mucho peor que el anterior. Usurpador...

¿qué clase de palabra era esa? ¿Y cuándo estaba yo

realmente borracho? Y la desgraciada, la gimoteante

autocompasión que rezumaba ese hundido, hundido,

hundido...

Arranqué la hora de la máquina y la arrojé a la

papelera.

Tampoco lo hice demasiado deprisa.

El señor Lovelace se encontraba a menos de dos

metros de distancia. Se dirigía a mí y la «criatura» que Tom

Judge había mencionado antes estaba con él.

No lo sé. Nunca sabré si ella era un poco dura de

mollera, un poco tonta, como sospeché a primera vista, o si

simplemente era imprudente, extraordinariamente franca,

indiferente a lo que hacía o decía. Aún no lo sé.

Le ofrecí al señor Lovelace una amplia sonrisa,

incluyéndola a ella al final. Le felicité por su editorial del

día anterior y le pregunté si había perdido peso, admirando

la nueva pajarita que llevaba.

—Me gustaría tener su gusto, señor —dije—.

Supongo que es algo con lo que se nace.

No, no estoy exagerando. Indudablemente parece que

lo estoy haciendo, pero no es así. A él no se le podía

engañar. Por bueno que fuese el cumplido, nunca estaba a la

altura de lo que él pensaba de sí mismo.

Agoté mis adjetivos y él quedó rebosante de alegría,

balanceándose sobre los talones, asintiendo en dirección a

la mujer como si dijera: «He aquí un hombre que sabe lo

que se hace». Incluso cuando ella se echó a reír, el señor

Lovelace no entendió por qué.

La miró levemente sorprendido. Luego, el color

volvió a su rostro y sonrió tontamente.

—Acabo de contarle una pequeña historia a la señora

Chasen. Una especie de golpe retardado, ¿verdad, señora

Chasen?

Ella asintió, cubriéndose la boca con un pañuelo.

—Lo... lo siento... pero...

—No hay nada que usted deba lamentar. Le pasa a la

gente a menudo... Por cierto, señora Chasen, éste es el

señor Brown, de quien le he hablado. Acompáñenos,

¿quiere, Brown?

Les seguí a la sala de recepción.

—La señora Chasen —me explicó— es una querida

amiga nuestra... de la señora Lovelace y también mía.

Desgraciadamente... no esperábamos su visita y la señora

Lovelace se encuentra fuera de la ciudad, y... bueno... usted

conoce mi situación, Brown.

—Ocupado cada segundo del día —me apresuré a

decir—. No dispone ni de un momento para él. Tal vez no

me corresponde a mí decirlo, señora Chasen, pero en

Pacific City no hay un hombre más ocupado que el señor

Lovelace. Toda la ciudad depende de él. Como él es fuerte

y sabio, ellos...

Ella se echó a reír nuevamente, observándole con los

ojos entrecerrados y sin parpadear. Y era una risa agradable

de escuchar, a pesar del matiz de desprecio que encerraba.

Y la forma en que la hacía temblar —lo que temblaba— era

muy reconfortante a la vista.

El señor Lovelace esperaba, sonriendo, naturalmente,

pero echando nerviosas miradas hacia el reloj del vestíbulo.

—De modo que si usted, señor Brown... puede

hacerse cargo —continuó—. Ya sabe, se trata de mostrarle

a la señora Chasen nuestros lugares de interés, y... servirle

de anfitrión, ¿eh?

Yo sabía a qué se refería. Y sabía exactamente quién

era la señora Chasen. Era una conocida de él y de su

esposa, quizás una amiga de algún amigo de ellos. Y, como

tal, no podía quitársela rápidamente de encima. Pero ella no

era ciertamente una querida amiga. No lo era, porque la

señora Lovelace no se encontraba fuera de la ciudad y él, el

señor Lovelace, estaba tan ocupado, como tan a punto de

reventar los calzones de una vieja solterona.

Una excursión categoría C. Se suponía que era eso lo

que la señora Chasen recibiría. Un paseo por la ciudad, uno

o dos tragos, una comida en un lugar no demasiado caro y

un firme empujón para meterla en el tren.

—Entendido, señor —le dije—. ¡Le enseñaré a la

señora Chasen lo que queremos decir cuando hablamos de

Ciudad Amistosa! Déjelo todo de mi cuenta, señor

Lovelace, y no se preocupe por nada. Usted tiene

demasiadas cosas que hacer.

—Bien... excelente, Brown. Ah, y no se moleste en

regresar hoy a la oficina. Tómese el día libre. Puede

recuperarlo en otro momento.

—¿Lo ve? —Me volví hacia la señora Chasen

extendiendo las manos—. ¿Puede extrañarle a alguien que

amemos al señor Lovelace?

—Salgamos —dijo ella—. Necesito un poco de aire

fresco.

Si hubiese sostenido un vaso con agua sobre la cabeza,

no hubiera derramado una sola gota al saludar al señor

Lovelace. Se volvió bruscamente y se dirigió hacia el

ascensor.

La estudié lo mejor que pude mientras enfilábamos

hacia la calle. Y lo que vi me gustó, pero no podría decir

por qué me gustó.

No era ninguna jovencita... rondaba los treinta y cinco.

Examinando cada uno de sus rasgos, resultaba ser cualquier

cosa menos bonita. El pelo grueso, color maíz, unido

detrás de la cabeza en una cola de caballo; ojos verdes que

cambiaban ligeramente de color en el centro; la boca un

poco demasiado grande. Tomadas de una en una, todas sus

partes eran imperfectas, pero cuando se las unía, el efecto

del resultado era demoledor como un puñetazo. Había algo

dentro de ella, una especie de plenitud, de vitalidad, que se

extendía y te atrapaba.

Cuando salió del ascensor, vi que vacilaba

ligeramente, sus tobillos eran demasiado finos y las

pantorrillas más largas de lo normal. Pero en ella todo

estaba bien, nada desentonaba. Caminaba delante de mí, las

grandes caderas balanceándose junto a una cintura

demasiado delgada... ¿o era la delgadez de la cintura la que

hacía que las caderas parecieran grandes?

Una cosa era segura: no había absolutamente ningún

error en el saldo bancario de la señora Chasen. No, a

menos que ella hubiese embaucado a Saks, de la Quinta

Avenida, y a I. Magnin.

Llegamos a la acera y la cogí del codo. Ella se volvió

y me miró a la cara.

—Señor Brown —preguntó—, ¿ha estado bebiendo?

—Pero —dije, apartándome un poco—, qué le hace

pensar eso..., ¿por qué me lo pregunta?

Yo no sabía qué decir. La pregunta me había

sorprendido con la guardia baja y todavía no podía

determinar si ella era estúpida o sólo aparentaba serlo.

Como digo, nunca pude saberlo.

—Es demasiado temprano para beber —dije

evasivamente.

—No para mí —dijo ella—, considerando las

circunstancias. Voy a tomar un trago, señor Brown. Varios

tragos, en realidad. Y usted puede venir conmigo o no,

como le guste. En lo que a mí concierne, usted y su querido

señor Lovelace...

—¡Basta! —exclamé—. Tonterías, señora Chasen.

Usted acaba de pronunciar una palabra muy desagradable, y

sólo se puede hacer una cosa. Tendremos que lavarle la

boca.

—¿Qué?—rió nerviosamente—, ¿qué dice...?

—Venga, señora Chasen —dije—. Acompáñeme al

Club de la Prensa.

Puse cara de Charles Boyer y ella volvió a reírse. Pero

sin nervios. Más bien, pensé, con hambre.

—Bien, ¡vamos! —dijo.

3

En el reservado se inclinó hacia atrás, los ojos verdes

arrugados y chispeantes de risa, los pechos temblando y

sacudiéndose debajo de la blusa blanca. Yo solía imaginar

pechos como esos, pero nunca pensé que viviría para

verlos. Consideraba que esos pechos eran, bueno, ya sabéis,

físicamente irreales. Algo que luce maravillosamente en un

anteproyecto, pero que resulta imposible de conseguir.

Sólo era una apariencia, como solía decir el señor

Lovelace. Sí, señor, y aquí estaba la prueba. No había

problema que fuese demasiado grande para el genio y la

pericia americanos.

—¡...Eres un loco, Brownie! ¿Siempre dices esas

cosas tan absurdas?

—Sólo con aquellas personas que amo, Deborah. Sólo

contigo y el señor Lovelace.

—¡Lo has dicho, Brownie! ¡Ahora lo has dicho!

—Es verdad —reconocí—, y recibiré mi castigo sin

que se me mueva un pelo... ¿Ejercicio de formación

cerrada?

—¡Con una andanada, Brownie! ¡Una gran andanada!

—Jake —llamé—, adelante con la artillería.

Tal vez ella no se había mostrado muy discreta, pero

tenía derecho a estar enfadada con el señor Lovelace. Su

último marido, de avanzada edad, «era un buen hombre,

Brownie; yo le apreciaba mucho», había sido petrolero. Los

Lovelace les habían visitado varias veces en su casa de

Oklahoma. Luego, hacía seis meses, su esposo había

muerto y ella se encontraba con una gran suma de dinero y

un montón de tiempo libre con el que no sabía qué hacer...

Dinero y tiempo, además de la creciente sospecha de que

ya no gozaba de alta estima en los círculos que antes había

frecuentado. («¿Y por qué no, Brownie? Yo fui buena con

él. Le atendí durante diez años»)

Ella se había defendido; había devuelto dos desaires

por cada uno de los que había recibido. Pero siempre

pierdes en ese juego, aun cuando ganes. No hay ninguna

satisfacción en él.

Finalmente, había empezado a viajar —ahora se

encontraba de camino hacia la Riviera— y hoy se había

apeado en Pacific City. Y Lovelace, naturalmente, se la

había quitado de encima rápidamente. (Pero estoy contenta

de haberme detenido aquí, Brownie. ¿Sabes?) Estaba

terriblemente sola, aunque no era de esa clase de personas

que lo admiten fácilmente. Lo más probable era que

siempre estuviese sola. Porque su actitud —cualquiera que

fuesen sus motivos— no era precisamente la de quien gana

amigos e influye sobre la gente.

Tuve el presentimiento de que incluso se había metido

debajo del pellejo de Lovelace.

Eché un vistazo a mi reloj y luego la miré a ella. Hasta

ahora toleraba los tragos bastante bien. Pero todavía

faltaban cuatro horas para que saliera su tren, ya que

pensaba tomar el de las 4.15 a Los Angeles. De modo que

me pareció una buena idea que comiésemos algo.

Cogí un menú, le di vuelta y lo deslicé sobre la mesa.

—Para mí —dijo—, un bocadillo caliente de pavo con

puré de patatas y espárragos con mantequilla.

Asentí.

—Eso suena bien... Dime, ¿cómo sabías que estaba en

el menú?

—Lo leí.

Sonrió, satisfecha consigo misma, como si fuese una

niña.

—¿Con el menú al revés? ¿Y desde donde estás

sentada?

—Uh-huh. Mis ojos son una mar... quiero decir que

tengo una vista excelente.

—En este caso —dije—, hubiera sido mejor que

pidieses el bistec. Serás la única persona en la historia

capaz de ver un bistec del Club de Prensa.

Los dos comimos bocadillos de pavo. Le compré una

botella a Jake y sacamos mi coche del aparcamiento.

—¿Adónde vamos, Brownie? —preguntó. Y luego,

antes de que pudiese contestarle—: Sé algo de ti.

—Me lo temía —dije—. Sí, oficial, tiene a la persona

indicada. En realidad soy Tinka Nariz de Lata, exterminador

de hembras de insectos.

—Estás triste.

—¿Y cómo no iba a estarlo con semejante nombre?

—Lo sé. ¿Quieres saber cómo lo sé?

—Ya te lo he dicho.

—¡Loco! —Se rindió—. ¿Adónde has dicho que

vamos?

—Bueno, tenemos bastantes lugares de interés. Oculta

en el sótano de la biblioteca pública se halla la colección

más grande de artefactos indios del sureste del condado de

Pacific. Tienen un metate que te hace picar terriblemente

las manos, y...

—¡Bah!

—Estás atenta al mil por ciento, D.C., y déjame ser el

primero en felicitar al nuevo entrenador de nuestra

división. Bah... ¿Qué te parece un hijo de puta? ¿Te gustaría

ver al hijo de puta más grande del mundo, Deborah?

—Pensaba que ya lo había visto esta mañana.

—¡Muy aguda! Pero este tipo es de otra clase. Es

nuestro jefe de Detectives, y... ¿estás aburrida?

No lo estaba, obviamente, y lo digo con toda

modestia: se sentía muy feliz en compañía de un servidor.

—Bueno —afirmé—, tengo que llevarte a algún sitio.

Me pedirán cuentas por mi tiempo. ¿Qué te parece una

visita al asilo de animales de la ciudad?

—¿Asilo de animales? —Frunció la nariz—. ¡Doble

bah!

—Es un paseo largo y agradable —dije con

indiferencia—. Está en el campo. Creo que disfrutarías.

—¿Sí? —Me miró de reojo y luego asintió con

firmeza—. Yo también lo creo.

Así fue como sucedió. Y, como podéis ver, no había

nada siniestro en ello, nada premeditado. Ese truco que

había utilizado en el Club de Prensa —leer el menú al revés

— no me había impresionado. Ni siquiera me había

mostrado interesado en saber qué le había llevado a pensar

que yo estaba triste.

Nos dirigimos hacia el asilo —bueno, podéis llamarle

depósito

de

perros,

si

queréis—,

deteniéndonos

ocasionalmente para llevar a cabo algunos ejercicios,

bombardeos y salvas. Cuando llegamos a nuestro destino, la

botella estaba vacía, y Saks, Magnin y todos los demás

sabían muy pocas cosas que yo ignorara acerca de la

anatomía de la señora Chasen.

Ella estaba un poco desarreglada, pero parecía

plenamente feliz. Le ayudé a reintegrarse a la raza humana.

Tenía el corazón en los ojos. Ahora podría continuar sola

su camino. El hielo ya había sido roto, y ella estaría bien...

en cualquier caso, tan bien como pudiese, o sea, mucho

mejor de lo que había estado hasta ahora.

El asilo estaba —y está— sostenido por donaciones;

yo diría más bien que se supone que debería estar sostenido

por donaciones. Porque el dinero que entraba no alcanzaba

para que el lugar funcionara decentemente. Si el señor y la

señora Peablossom, la pareja de ancianos que se

encargaban del asilo, no hubiesen donado la mayor parte de

sus salarios, los perros estarían completamente muertos de

hambre, en lugar de estar casi completamente muertos de

hambre, como sucedía habitualmente.

La señora Peablossom insistió en prepararnos un poco

de té. Más tarde, el amable anciano nos acompañó hasta la

entrada del recinto.

—No sé qué es lo que vamos a hacer, señor Brown —

dijo con irritación—. Las perreras están hechas pedazos.

Nos vemos obligados a dejar que los perros correteen por

el campo, y siguen viniendo, cada vez más... No soporto la

idea de hacerles dormir el sueño eterno, pobrecitos, pero

ya nadie adopta un perro, y...

Continuó hablando de sus preocupaciones, mientras

Deborah y yo mirábamos a través del portón de alambre.

Había aproximadamente doscientos perros, cercados por

un muro de dos metros de alto. Yacían jadeando sobre el

pavimento caliente y sin sombra, o se arremolinaban

apáticos, piafando y olfateando sin esperanzas las ramitas

que habían volado por encima del muro.

Busqué mi billetera, pero volví a guardarla en el

bolsillo.

—Estoy un poco corto de dinero, señor Peablossom,

pero...

—No se preocupe, señor Brown, usted ya ha hecho

demasiado.

—Pero yo no he hecho nada —dijo Deborah, abriendo

su bolso. Sacó un billete de cincuenta dólares y se lo

entregó al viejo.

—¡Dios la bendiga! —El viejo estaba a punto de llorar

—. Muchas gracias, señora Chasen. ¿Tiene usted perros?

—No —dijo ella—. No me gustan los perros. —Vio

que yo fruncía el ceño—. Quiero decir que les tengo

miedo. Cuando era pequeña, un perro muy grande me atacó

y nunca he podido olvidarlo. Desde entonces me causan

verdadero terror.

Me dispuse a quitar la aldaba que cerraba el portalón,

pero el señor Peablossom me cogió del brazo.

—Creo que no debería entrar hoy, señor Brown. Los

perros están hambrientos, y...

—¿Cree que están hambrientos hasta tal punto?

—Bueno —vaciló un momento, mirando a Deborah

con una disculpa en los ojos—, ya sabe lo que pasa con los

perros, señor Brown. Pueden oler el miedo. Eso les vuelve

peores de lo que son habitualmente.

—Lo sé —dije—. Bien, de todos modos debemos

marcharnos. La señora Chasen tiene menos de una hora

para tomar su tren.

El viejo nos acompañó hasta el coche y permaneció

agitando la mano hasta que nos perdimos de vista. Deborah

se reclinó en el asiento, mirándome de reojo.

—Brownie...

—¿Sí? —pregunté.

—¿Crees... crees que soy bonita?

—No —dije—. Eres demasiado grande, demasiado

pequeña, de cualquier manera que te mire, eres demasiado

algo, de modo que no puedes ser bonita. Lo que eres es el

pedazo de mujer más delicioso sobre el que he puesto los

ojos.

Ella suspiró satisfecha.

—¡Palabra!

—¿Y te gusto? ¿Sabes a qué me refiero, Brownie? Eso

de gustar...

—Gustar no es exactamente la palabra —dije—. Estoy

loco por ti. Y prácticamente todo hombre estaría igual por

ti si no le aterrorizaras. Lo que me recuerda, Deborah...

Sugerí varias maneras por las cuales ella podía hacerse

un favor a sí misma: pensar antes de hablar, dirigir su risa

hacia otra parte que no fuese la cara de la persona que la

acompañaba...

—¿De ese modo te gustaría más, Brownie?

—Me gustas tal como eres —dije—. Pero yo no

cuento. Tú te marchas y...

—Ven conmigo, Brownie.

—¿Qué? —Logré volver a la carretera justo a tiempo

—. ¿Señora Chasen, acaso estás sugiriendo...?

—¡Todo! Del modo que tú desees, querido. Me

gustaría que te casaras conmigo, pero...

—Pero... ¡pero, cariño! —Sacudí la cabeza—. ¡Es una

locura! ¡No sabes absolutamente nada de mí!

—Sí, lo sé, todo lo que necesito saber.

Me eché a reír convulsivamente. El efecto del whisky

se estaba disipando. Tenía los nervios de punta y me

atravesaban la piel como si fuese una sierra... Todo lo que

necesitas saber, ¿eh? ¿Y qué es lo que sabes, de todos

modos? ¿Que puedo decir disparates hasta que la cabeza te

dé vueltas? ¿Por qué no? ¿Que soy tan caliente como una

pistola de dos pavos? ¿Por qué no? Lo escupo todo para no

enterrarme, y sólo sufrí una emasculación... ¡sólo eso!... no

me castraron...

—Mañana pensarás de otro modo —dije—.

Asumamos los hechos, Deborah, creo que hoy bebimos

demasiado...

—Quiero que vengas conmigo, Brownie.

—No —insistí—. Ahora olvídate de ello, ¿quieres? Es

demasiado absurdo para que sigamos hablando de esta

cuestión.

—Entonces me quedaré aquí. No cogeré el tren.

—¡Te dije que basta! -exclamé—. Por supuesto que