El Brazo Marchito y Otros Relatos por Thomas H. - muestra HTML

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El brazo marchito y otros relatos: Cubierta

Thomas Hardy

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El brazo marchito y otros relatos: Índice

Thomas Hardy

EL BRAZO

MARCHITO Y

OTROS RELATOS

(The Withered Arm and Other Stories,

1879-1897)

Thomas Hardy

ÍNDICE

Los tres desconocidos ------------------------------------------------------------------------------------------- 3

El brazo marchito ---------------------------------------------------------------------------------------------- 16

I. Una lechera abandonada--------------------------------------------------------------------------------- 16

II. La joven esposa------------------------------------------------------------------------------------------ 17

III. Una visión ----------------------------------------------------------------------------------------------- 19

IV. Una sugerencia ----------------------------------------------------------------------------------------- 21

V. El brujo Trendle ----------------------------------------------------------------------------------------- 23

VI. Una segunda tentativa --------------------------------------------------------------------------------- 25

VII. Un recorrido a caballo -------------------------------------------------------------------------------- 26

VIII. El ermitaño de la ribera------------------------------------------------------------------------------ 29

IX. Un encuentro inesperado ------------------------------------------------------------------------------ 30

El predicador desconcertado --------------------------------------------------------------------------------- 33

I. Cómo se curó de un resfriado--------------------------------------------------------------------------- 33

II. Cómo vio a otros dos hombres ------------------------------------------------------------------------ 40

III. El abrigo misterioso------------------------------------------------------------------------------------ 41

IV. En tiempo de luna nueva ------------------------------------------------------------------------------ 45

V. Cómo fueron a la ensenada de Lulwind-------------------------------------------------------------- 49

VI. La gran pesquisa de Nether-Moynton --------------------------------------------------------------- 54

VII. La marcha hasta el cruce de Warm’ell y lo que sucedió después ------------------------------- 59

La tumba de la encrucijada ----------------------------------------------------------------------------------- 67

El violinista ambulante---------------------------------------------------------------------------------------- 74

Una mujer soñadora ------------------------------------------------------------------------------------------- 85

Bárbara de la Casa de Grebe -------------------------------------------------------------------------------- 100

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

LOS TRES DESCONOCIDOS

(The Three Strangers, 1883)

(Perteneciente a Wessex Tales, 1888)

Entre los pocos rasgos de la Inglaterra agrícola que conservan un aspecto apenas transformado

por el transcurso de los siglos pueden contarse las extensas dunas, barrancas o pastizales de ovejas,

como son llamadas según su género, que, pobladas de hierba y de retama, ocupan una gran

superficie de terreno en ciertos condados del sur y del sudoeste. Si se encuentra en ellas algún signo

de ocupación humana, es, por lo general, bajo la forma de la cabaña solitaria de algún pastor.

Hace cincuenta años, una de esas cabañas solitarias estaba en una de esas dunas, y es muy

posible que todavía esté allí ahora. A pesar de su aislamiento, el lugar, de hecho, no distaba tres

millas de una ciudad rural. Pero de poco le servía. Tres millas de terreno elevado e irregular,

durante las largas estaciones hostiles, con sus temporales, nieves, lluvias y nieblas, proporcionan un

margen de retirada suficiente para aislar a un Timón o a una Nabucodonosor; mucho menor durante

el buen tiempo, para complacer a esa tribu menos repelente, los poetas, filósofos, artistas y demás,

que «imaginan y meditan acerca de cosas agradables».

En la construcción de estas viviendas desamparadas se suele aprovechar algún viejo campamento

o túmulo de tierra, algún grupo de árboles o, al menos, algún trozo derruido de una antigua valla.

Pero en el presente caso, tal clase de cobijo había sido desechado. «Higher Crowstairs», como se

llamaba la casa, estaba totalmente aislada y carecía de defensas. La única razón de su preciso

emplazamiento parecía ser el cercano cruce de dos senderos en ángulo recto, que muy bien pueden

llevarse cruzando así y allí, sus buenos quinientos años. Por consiguiente, la casa estaba expuesta a

los elementos, por sus cuatro costados. Pero aunque aquí arriba el viento soplaba de manera

inconfundible cuando soplaba, y la lluvia calaba hondo cuando caía, los diferentes tiempos de la

estación invernal no eran tan hostiles en la duna como los habitantes de tierras más bajas suponían.

Las crudas escarchas no eran tan perniciosas como en las depresiones, y las heladas probablemente

no resultaban tan severas. Cuando se compadecía al pastor que arrendaba la casa, y a su familia, por

estar sometidos a las intemperies, decían que, en conjunto, las ronqueras y las flemas les molestaban

menos que cuando habían vivido junto al torrente de un abrigado valle cercano.

La noche del 28 de marzo de 1829 era precisamente una de aquellas noches que solían provocar

estas expresiones de contemplación. La lluvia de la tormenta, que caía sesgada, batía los muros, las

pendientes y los vallados como las flechas de una vara de longitud de Senlac y Crecy. Las ovejas y

demás animales, sin refugio, aguantaban fuera con las sacudidas del viento; mientras las colas de

los pajarillos que trataban de sostenerse sobre alguna delgada espina se abrían y cerraban como

paraguas, azotadas por el vendaval. El hastial de la cabaña estaba manchado de humedad, y el agua

que resbalaba desde los aleros golpeaba la pared. Pero nunca fue la conmiseración por el pastor

menos adecuada. Porque aquel alegre rústico estaba dando una gran fiesta para celebrar el bautismo

de su segunda hija.

Los invitados habían llegado antes de empezar a llover, y ahora estaban todos reunidos en la

habitación principal o sala de estar de la morada. Una ojeada al lugar, a las ocho en punto de esta

noche llena de acontecimientos, habría dado como resultado la opinión de que aquel era el rincón

más cómodo y acogedor que se podría desear en un día de tiempo turbulento. La vocación del

inquilino estaba indicada por una serie de cayados de pastor, muy pulidos, colgados encima de la

chimenea, a manera de adorno; la curva de cada resplandeciente cayado era distinta: desde el tipo

anticuado, del que había grabados en las ilustraciones patriarcales de las viejas biblias familiares,

hasta el estilo más aceptado de la última feria local de ganado. La habitación estaba iluminada por

media docena de bujías, cuyas mechas eran sólo un poco más pequeñas que el sebo que las

envolvía, puestas en unos candeleros que no se utilizaban más que en días señalados, fiestas de

guardar o fiestas familiares. Las luces estaban esparcidas por el cuarto, dos de ellas colocadas sobre

la repisa de la chimenea. La colocación de las bujías era en sí significativa: las bujías sobre la repisa de la chimenea siempre indicaban que había fiesta.

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

En el hogar, delante de un tizón, puesto al fondo para dar sustancia, resplandecía un fuego de

espinos, que crepitaba «como la risa de los locos».

Diecinueve personas estaban allí reunidas. De estas, cinco mujeres, que lucían vestidos de

variados y vivos colores, se habían sentado en sillas a lo largo de la pared; muchachas tímidas y no

tímidas se apiñaban en el banco de la ventana; cuatro hombres, entre ellos Charley Jake, el

carpintero; Elijah New, el sacristán de la parroquia, y John Pitcher, un lechero de la vecindad,

suegro del pastor, estaban repantigados en un banco largo; un joven y una mocita, que se sonrojaban

en sus tentativas de pourparlers acerca de una vida en común, estaban sentados debajo de la

rinconera; y un hombre entrado en años (de cincuenta o más), prometido con una joven, iba sin

descanso de los lugares en que su novia no estaba, al lugar en que ella se hallaba. La alegría era

bastante general, y tanto más prevalecía al no verse estorbada por restricciones convencionales. La

total confianza de cada uno en la buena intención del otro engendraba una perfecta naturalidad,

mientras que las acabadas maneras, que daban pie a una serenidad verdaderamente principesca,

procedían en la mayoría de ellos de la ausencia de toda expresión o rasgo que denotase que

deseaban triunfar en la vida, ampliar sus conocimientos o hacer algo deslumbrante, cosas que en la

actualidad cortan con tanta frecuencia el brote y la bonhomie de todo el mundo, a excepción de los dos extremos de la escala social.

El pastor Fennel había hecho una buena boda; su mujer, hija de un lechero de un valle no muy

cercano, había traído cincuenta guineas en el bolsillo y las había guardado allí hasta que hubieran de

ser requeridas para satisfacer las necesidades de una familia venidera. Esta previsora mujer tenía ya

alguna experiencia en relación con el carácter que se le debía dar a la fiesta. Una reunión en la que

los invitados permanecieran tranquilamente sentados tenía ya sus ventajas; pero una imperturbable

quietud en las sillas y en los bancos podía conducir a los hombres a una desmesura tal en la bebida,

que a veces se bebían prácticamente la casa entera. Una fiesta con baile era la alternativa, mas... si

bien eliminaba el anterior reparo en cuestión de bebida, tenía, en cambio, una desventaja en cuanto

a la comida, pues el ejercicio provocaba hambres famélicas que hacían estragos en la despensa. La

pastora Fennel recurrió a la solución intermedia de alternar bailes cortos con breves períodos de

charla y canciones, para impedir así todo entusiasmo desenfrenado en cualquiera de los dos. Pero

esta idea funcionaba exclusivamente en su propia y moderada cabecita: el mismo pastor se sentía

inclinado a hacer gala de la más despreocupada hospitalidad.

El violinista era un muchacho de la región, de unos doce años, que tenía una maravillosa

destreza para las gigas y los reels1, a pesar de que sus dedos eran tan cortos que tenía que cambiar de postura constantemente para llegar a las notas altas, de las que regresaba a la primera postura a

duras penas y con sonidos que no eran de una absoluta pureza de tono. A las siete había empezado

el estridente forcejeo de este jovencito, acompañado por los bajos atronadores de Elijah New, el

sacristán de la parroquia, que, previsoramente, se había traído su instrumento musical favorito, el

serpentón. El baile comenzó de inmediato, encargando la señora Fennel a los músicos, en privado,

que de ninguna manera permitiesen que durara más de un cuarto de hora cada vez.

Pero Elijah y el muchacho, dejándose llevar por el entusiasmo de su quehacer, se olvidaron por

completo de la orden. Además, Oliver Giles, joven de diecisiete años y uno de los bailarines, que

estaba enamorado de su pareja, una chica rubia de treinta y tres ajetreados años, con gran osadía

había entregado a los músicos una moneda de nueva corona, a manera de soborno, para que

siguieran tocando mientras tuviesen fuerzas y aliento. La señora Fennel, al ver que el sudor

empezaba a asomar a los semblantes de sus invitados, cruzó la habitación y tocó en el codo al

violinista, al tiempo que ponía una mano en la boquilla del serpentón. Pero no se dieron por

enterados, y ella, temiendo poder perder su imagen de anfitriona complaciente si intervenía de

manera demasiado brusca, se retiró y se volvió a sentar, impotente. Y así la danza siguió zumbando

con cada vez más furia, los ejecutantes moviéndose como planetas en sus trayectorias, hacia

adelante y hacia atrás, de apogeo a perigeo, hasta que la aguja del maltratado y viejo reloj que

estaba al fondo de la habitación hubo viajado por espacio de más de una hora.

1 Reel: Un baile, escocés en su origen, de ritmo muy vivo. (Nota del Traductor.)

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

Mientras estos alegres sucesos tenían lugar dentro de la morada pastoril de Fennel, un incidente

que tiene considerable relación con la fiesta había ocurrido fuera, en la lóbrega noche. La inquietud

de la señora Fennel por la creciente violencia de la danza coincidía en el tiempo, con la aparición de

una figura humana, procedente de la dirección de la lejana ciudad rural, por la solitaria colina que

llevaba a Higher Crowstairs. Este personaje andaba a zancadas, sin pausa, a través de la lluvia,

siguiendo la poco hollada senda que, en una parte más avanzada de su curso, pasaba junto a la

cabaña del pastor.

Era casi la hora de luna llena, y por esta razón, a pesar de que el cielo estaba cubierto por una

uniforme sábana de nubes que goteaban, los objetos más conocidos del campo eran fácilmente

distinguibles. La triste luz macilenta revelaba que el solitario caminante era un hombre de

complexión flexible; su forma de andar indicaba que había dejado algo atrás la edad en que la

agilidad es perfecta e instintiva, aunque no tan atrás como para que sus movimientos fuesen otra

cosa que rápidos cuando la ocasión lo requería. A primera vista podría tener unos cuarenta años.

Parecía alto, pero un sargento de reclutamiento u otra persona acostumbrada a calcular a ojo la

altura de la gente habría notado que tal apreciación se debía sobre todo a su delgadez, y que no

medía más de cinco pies y entre ocho y nueve pulgadas.

No obstante la regularidad de sus pisadas, había cautela en ellas, como en las de alguien que

tantea mentalmente el camino; y a pesar de que no llevaba puesto un abrigo negro ni ningún otro

tipo de prenda oscura, había algo en torno a él que sugería que pertenecía, por naturaleza, a la tribu

de hombres que llevan abrigo negro. Sus ropas eran de fustán, y sus botas, de tachuelas; y, sin

embargo, mientras avanzaba, no parecía tener los pasos acostumbrados al barro, como era habitual

en la gente de campo que viste fustán y calza botas con tachuelas.

En el momento de llegar a las posesiones del pastor la lluvia caía, o más bien volaba, con aún

más resuelta violencia. Las inmediaciones del pequeño lugar amortiguaban parcialmente la fuerza

del viento y de la lluvia, y esto le indujo a detenerse. De las construcciones caseras del pastor, lo

que más atraía la atención era una pocilga vacía en la esquina delantera del jardín abierto, pues en

estas latitudes, era desconocido el principio de esconder tras una fachada convencional las partes

más feas del edificio. La mirada del viajero se fijó en esta construcción, a causa del pálido brillo de las lastras de pizarra mojadas que lo cubrían. Se acercó y, al encontrarlo vacío, se refugió debajo del cobertizo.

Mientras estaba allí, el estruendo del serpentón en el interior de la casa vecina y las más tenues

melodías del violinista llegaron hasta el lugar, como un acompañamiento del silbido ondulante de la

lluvia voladora cayendo sobre la hierba, batiendo con mayor fuerza sobre las hojas de col del jardín

y sobre las cubiertas de paja puestas encima de ocho a diez colmenas de abejas, que apenas se

divisaban desde la senda; el agua goteaba desde los aleros sobre una hilera de cubos y cacerolas

colocados junto a los muros de la cabaña. Sí, pues en Higher Crowstairs, como en todo hogar de

elevado emplazamiento, la gran dificultad para los quehaceres domésticos era la insuficiencia de

agua; y se aprovechaba la caída de una lluvia repentina para sacar todos los utensilios que hubiera

en la casa y utilizarlos de recipientes. Se podrían contar algunas historias curiosas acerca de los

inventos que para economizar agua al lavarse y al fregar los platos se tienen que hacer en las

viviendas de las tierras altas durante las sequías del verano. Pero en esta estación no había tales

problemas; aceptar simplemente lo que los cielos otorgaban era suficiente para tener una abundante

provisión.

Por fin, cesaron las notas del serpentón y el silencio se hizo en la casa. Este cese de actividad

despertó al caminante solitario del ensueño en que se había dejado sumir, y saliendo del cobertizo,

aparentemente con un nuevo propósito, fue hasta la puerta de la casa. Una vez allí, su primera

acción fue arrodillarse sobre una gran piedra que había junto a la fila de recipientes y beber un

copioso trago de uno de ellos. Apaciguada su sed, se incorporó y levantó la mano para llamar, pero

se detuvo con la mirada en la puerta. Puesto que la oscura superficie de madera no revelaba nada en

absoluto, era evidente que tenía que estar mirando con su imaginación a través de la puerta, como si

deseara así calcular las posibilidades que una casa de este tipo podría ofrecerle y prever las

reacciones que su presencia podría suscitar.

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

En su indecisión, se volvió y examinó el panorama que había a su alrededor. No se veía un alma

por ninguna parte. La senda del jardín se extendía desde sus pies hasta abajo, lanzando destellos,

como si fuera el rastro dejado por un caracol; el tejado del pequeño pozo (casi seco), la tapa del

pozo, la barra superior de la portezuela del jardín, estaban barnizados por la misma capa líquida

deslucida; mientras, a lo lejos, en el valle, una débil blancura que ocupaba una extensión más que

corriente, mostraba que los ríos corrían caudalosos en las praderas. Más allá, luces turbias

parpadeaban a través de las gotas de lluvia; luces que indicaban la situación de la ciudad rural, de

donde él parecía haber venido. La ausencia de todo signo de vida en aquella dirección pareció

reafirmarle en sus propósitos, y llamó a la puerta.

Dentro, una charla desinteresada había sustituido a la música y al movimiento. El carpintero

estaba proponiendo a la compañía cantar una canción, y nadie en aquel instante se había ofrecido

para empezar, de modo que la llamada proporcionó un motivo de distracción que no fue mal

recibido.

–¡Adelante! –dijo el pastor, cumplidamente.

El picaporte se movió hacia arriba, y nuestro caminante, saliendo de la noche, apareció sobre el

felpudo. El pastor se puso en pie, despabiló las dos bujías que tenía más a mano y se volvió para

mirarle.

La luz de las bujías dejó ver que el desconocido era moreno y de facciones más bien agraciadas.

El sombrero, que mantuvo puesto por un momento, le caía sobre los ojos, pero no ocultaba que

estos eran grandes, abiertos y decididos y que se movían más con un relampagueo que con un

destello, a lo largo y ancho de la habitación. Pareció complacido con su inspección y,

descubriéndose la cabeza peluda, dijo con voz cálida y profunda:

–La lluvia es tan espesa, amigos, que pido permiso para entrar y descansar un rato.

–Cómo no, forastero –dijo el pastor–. Y a fe que ha tenido usted suerte al escoger la ocasión,

porque estamos celebrando una pequeña fiesta por un feliz motivo, aunque, desde luego, un hombre

difícilmente podría desear que ese feliz motivo tuviera lugar más de una vez al año.

–Ni menos –dijo una mujer–. Porque cuanto antes empieces y acabes con la familia, antes te

quitarás un buen peso de encima.

–¿Y cuál es ese feliz motivo? –preguntó el desconocido.

–Un nacimiento y un bautismo –contestó el pastor.

El desconocido dijo que esperaba que su anfitrión no llegara a ser desdichado ni por muchos ni

por demasiado pocos acontecimientos de aquella índole y, al ser invitado con un ademán, a tomar

un trago del pichel, aceptó de buena gana. Sus maneras, que antes de entrar habían sido tan

vacilantes, eran ahora, por el contrario, las de un hombre cándido y despreocupado.

–Tarde para estar rodando por esta barranca ¿eh? –dijo el hombre de cincuenta años que estaba

prometido a una joven.

–Tarde es, amigo, como dice usted. Tomaré asiento en el rincón de la chimenea, si no tiene usted

inconveniente, señora; estoy un poco mojado por el lado que más cerca estaba de la lluvia.

La señora del pastor Fennel asintió e hizo lugar para el recién llegado, el cual, tras encajonarse

de lleno en el rincón de la chimenea, estiró las piernas y los brazos, con la desenvoltura del que se

siente como en su propia casa.

–Sí, necesito un buen remiendo –dijo con franqueza al ver que los ojos de la mujer del pastor se

habían posado sobre sus botas–, y tampoco voy muy acicalado que digamos. He tenido una mala

racha últimamente y me he visto obligado a ponerme lo que he podido encontrar por ahí, pero tengo

que conseguir un traje de a diario que me siente mejor cuando llegue a casa.

–¿Su casa es alguna de las de por aquí?

–No exactamente...; está algo más lejos, más hacia el interior.

–Eso me suponía. Pues de por ahí soy yo; y por el acento calculo que debe ser usted de mi

vecindad.

–Pero difícilmente habrá oído hablar de mí –dijo él rápidamente–. Ya ve usted que mis tiempos

fueron muy anteriores a los suyos, señora.

Este homenaje a la juventud de la anfitriona tuvo el efecto de interrumpir el interrogatorio.

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

–Sólo me falta una cosa para ser feliz del todo –prosiguió el recién llegado–. Y es un poco de

tabaco que, lamento decirlo, se me ha acabado.

–Le llenaré la pipa –dijo el pastor.

–Tengo que pedirle que también me deje una pipa.

–¿Un fumador que no lleva pipa?

–Se me cayó en algún lugar del camino.

El pastor llenó una pipa nueva de arcilla y se la alcanzó, al tiempo que decía:

–Déme su tabaquera. Se la llenaré también, ahora que estoy en ello.

El hombre se puso a buscar en los bolsillos.

–¿También se le ha perdido? –preguntó su anfitrión con cierta sorpresa.

–Eso me temo –dijo el hombre, con alguna confusión–. Póngamelo en un rollo de papel.

Encendió la pipa con una vela y le dio una chupada que aspiró toda la llama en la cazoleta; se

volvió a acomodar en el rincón y dirigió su mirada hacia el leve vapor que despedían sus piernas

húmedas, como si ya no quisiera decir nada más.

Entretanto, la masa de los invitados, en general, no había prestado mucha atención al visitante, a

causa de una absorbente discusión que habían estado sosteniendo con la banda acerca de la canción

para el siguiente baile. Resuelto ya el problema, estaban a punto de levantarse para empezar, cuando

tuvo lugar una interrupción en la forma de otra llamada a la puerta.

Al oír el ruido de los golpes, el hombre del rincón de la chimenea aferró el atizador del fuego y

se puso a remover las brasas como si el hacer tal cosa a conciencia fuera el único fin de su

existencia; y por segunda vez el pastor dijo:

–¡Adelante!

Otro hombre apareció sobre el felpudo de paja, al cabo de unos segundos. También era un

desconocido.

Este individuo era de un tipo radicalmente opuesto al del primero. Había más vulgaridad en su

porte, y sus facciones expresaban cierto cosmopolitismo jovial. Era varios años mayor que el

primero, tenía el pelo ligeramente cubierto de escarcha, las cejas hirsutas y las patillas recortadas.

La cara era más bien blanda y rellena, si bien no era un rostro enteramente carente de fuerza. Las

cercanías de su nariz estaban señaladas por unas cuantas manchitas rojas producidas por el grog. Se quitó su largo gabán gris parduzco revelando que debajo llevaba un traje de un tinte gris ceniza, y

colgando de su faltriquera, a modo de único adorno personal, grandes y pesados sellos, de alguna

clase de metal que de buena gana habría admitido una limpieza. Sacudiendo las gotas de agua de su

lustroso sombrero de copa baja, dijo:

–Debo pedir cobijo durante unos minutos, camaradas, si no quiero llegar a Casterbridge calado

hasta los huesos.

–Está usted en su casa, compañero –dijo el pastor, un poco menos cordialmente que en la

primera ocasión.

No es que Fennel tuviera el menor ingrediente de egoísmo en la composición de su carácter, pero

la habitación distaba de ser grande, las sillas sin ocupar no eran numerosas y para las mujeres y

muchachas, con sus vestidos de vivos colores, no era muy apetecible estar en la apretada compañía

de unos hombres que llegaban empapados.

Pero el segundo visitante, después de quitarse el gabán y colgar el sombrero de un clavo que

asomaba de una de las vigas del techo –como si hubiera sido invitado a dejarlo concretamente allí–,

avanzó y se sentó junto a la mesa. La habían corrido hasta muy cerca del rincón de la chimenea para

dejar libre a los bailarines todo el espacio del que se pudiera disponer, de manera que el borde más

metido de la mesa rozaba el codo del hombre que se había acomodado al lado del fuego; y así los

dos desconocidos se encontraron prestándose mutua compañía. Hicieron un gesto con la cabeza el

uno al otro, para romper las barreras impuestas por la falta de presentación, y el primer desconocido

le pasó a su vecino el pichel de la familia, un enorme recipiente de barro marrón, con el borde

superior tan gastado como un umbral, por el uso de generaciones enteras de labios sedientos que ya

habían seguido el camino de toda la carne, y con la siguiente inscripción grabada a fuego y con

letras amarillas sobre la parte circular:

7

Los tres desconocidos

Thomas Hardy

NO HAY DIVERSIÓN

HASTA QUE LLEGO YO.

El otro hombre, nada remiso, se llevó el pichel a los labios, y bebió, bebió y bebió..., hasta que

un azul extraño se extendió por el semblante de la mujer del pastor, que había observado, con no

poca sorpresa, el libre ofrecimiento del primer desconocido al segundo, de lo que no le correspondía

administrar a él.

–¡Lo sabía! –le dijo el borrachín al pastor, con gran satisfacción–. Al atravesar el jardín, antes de

entrar, y ver las colmenas todas en fila, me dije: «Donde hay abejas hay miel, y donde hay miel hay

aloja». Pero, con franqueza, no esperaba encontrar ni en mi vejez una aloja tan reconfortante como

esta.

Tomó otro trago más de pichel y bebió hasta que este adoptó una peligrosa inclinación.

–¡Me alegro de que le guste! –dijo el pastor, con efusividad.

–Es una aloja bastante buena –asintió la señora Fennel con una falta de entusiasmo que parecía

estar diciendo que a veces los elogios de la bodega propia se tenían que comprar a un precio

demasiado elevado–. Bastante problema es hacerla..., y, con franqueza, creo que apenas haremos

más. Porque la miel se vende bien, y nosotros nos las podemos arreglar con unas gotas de aloja floja

y de aguamiel que saquemos de los lavados del panal para el uso diario.

–¡Oh, pero no será capaz! –gritó con reproche el desconocido del traje gris ceniza, después de

tomar el pichel por tercera vez y dejarlo, vacío, sobre la mesa–. Me encanta la aloja, cuando es

añeja como esta, tanto como me encanta ir a misa los domingos o ayudar al que necesita cualquier

día de la semana.

–¡Ja, ja, ja! –rió el hombre del rincón de la chimenea que, a pesar del silencio en el que lo había

sumido la pipa llena de tabaco, no pudo o no quiso contenerse y brindó este ligero homenaje al

humor de su camarada.

La vieja aloja de aquellos tiempos, elaborada con la más pura miel de un año o miel virgen, a

cuatro libras el galón –con su debido complemento de claras de huevo, canela, jengibre, dientes de

ajo, macis, romero, levadura, más los procesos de elaboración, embotellamiento y bodega– tenía un

sabor extraordinariamente fuerte; pero el sabor no era tan fuerte como de hecho lo era la bebida. De

aquí que, al cabo de un rato, el desconocido del traje gris ceniza que estaba sentado junto a la mesa,

inducido por la ascendente influencia del brebaje, se desabrochara el chaleco, se repantigara en su

silla, estirara las piernas e hiciera notar su presencia de varias formas.

–Bien, bien; como dije –volvió a empezar–, voy a Casterbridge, y a Casterbridge he de ir. Casi

debería estar ya allí; pero la lluvia me condujo a su morada, y la verdad es que no lo siento.

–Usted no vive en Casterbridge, ¿verdad? –dijo el pastor.

–Todavía no; aunque pienso trasladarme allí dentro de poco.

–¿A establecerse con algún negocio, tal vez?

–No, no –dijo la mujer del pastor–. Se puede ver con facilidad que el caballero es rico y no

necesita trabajar en absoluto.

El desconocido del traje gris ceniza hizo una pausa, como para considerar si debía aceptar

aquella definición de él. Al cabo de unos segundos la rechazó, al decir:

–Rico no es la palabra apropiada para mí, señora. Yo trabajo y tengo que trabajar. E incluso

aunque llegara a Casterbridge a medianoche, mañana tendría que estar trabajando allí a las ocho de

la mañana. Sí, llueva o nieve, haga frío o calor, haya hambre o guerra, mi jornada de trabajo ha de

cumplirse mañana.

–¡Pobre hombre! Entonces, a pesar de las apariencias, ¿está usted peor que nosotros? –replicó la

mujer del pastor.

–Es la índole de mi oficio, damas y caballeros. Es la índole de mi oficio más que mi pobreza...

Pero, franca y verdaderamente, debo levantarme e irme, o no encontraré alojamiento en el pueblo –

sin embargo, el hombre no se movió y añadió en el acto–: Hay tiempo para un trago más de amistad

antes de que me vaya; y lo tomaría inmediatamente si el pichel no estuviera seco.

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

–Aquí hay un pichel de aloja floja –dijo la señora Fennel–. Floja la llamamos, aunque, en verdad,

es sólo del primer lavado de los panales.

–No –dijo el desconocido, con desdén–. No echaré a perder su primera gentileza al tomar de la

segunda.

–Desde luego que no –intervino Fennel–. No crecemos y nos multiplicamos todos los días, y

llenaré el pichel de nuevo.

Y fue al oscuro lugar bajo las escaleras, donde estaba el barril. La pastora le siguió.

–¿Por qué has tenido que hacer eso? –le preguntó con reproche, en cuanto estuvieron solos–. Ya

lo ha vaciado una vez, y eso que había suficiente para diez personas; y ahora no se contenta con la

floja, ¡sino que tiene que pedir más de la fuerte! Es un forastero al que ninguno de nosotros conoce.

Por mi parte, no me gusta en absoluto el aspecto de ese hombre.

–Pero está en casa, cariño, y es una noche de lluvia, y hay un bautismo. Vamos, ¿qué es una copa

de aloja más o menos? Tendremos mucha más en la próxima recogida de miel.

–Muy bien... Por esta vez, pues –contestó ella mirando el barril con ansiedad–. Pero ¿cuál es su

profesión y de dónde proviene para entrar y unirse así a nosotros?

–No lo sé. Se lo preguntaré otra vez.

La señora Fennel se cuidó de evitar eficazmente la catástrofe de encontrarse con el pichel seco

después de un solo trago del desconocido del traje gris ceniza. Le echó su ración en una jarra

pequeña, manteniendo la grande a una distancia prudente. Cuando el hombre se hubo bebido su

parte de un trago, el pastor repitió su pregunta acerca de la ocupación del desconocido.

Este no respondió inmediatamente, y el hombre de la chimenea, con súbita simpatía, dijo:

–El que quiera puede saber mi profesión: soy carretero.

–Una profesión muy buena en estos parajes –dijo el pastor.

–Y el que quiera puede saber la mía..., si tiene la habilidad de averiguarla –dijo el desconocido

del traje gris ceniza.

–Por lo general, se puede decir lo que un hombre es, por sus garras –observó el carpintero

mirándose sus propias manos–. Mis dedos tienen tantas astillas como alfileres un alfiletero viejo.

Las manos del hombre de la chimenea buscaron la sombra instintivamente, y se puso a mirar el

fuego mientras volvía a su pipa. El hombre de la mesa se hizo eco de la observación del carpintero,

y agregó pícaramente:

–Cierto; pero lo curioso de mi profesión es que, en vez de dejar una señal en mí, deja una señal

en los clientes.

Al no ofrecer nadie solución alguna que aclarara este enigma, la mujer del pastor propuso, una

vez más, que alguien cantase una canción. Se presentaron los mismos inconvenientes que la primera

vez: uno no tenía voz, otro había olvidado la primera estrofa... El desconocido de la mesa, cuyo

grado de animación había alcanzado ahora buena temperatura, superó la dificultad, al exclamar que,

con el fin de que la compañía se animara después, él mismo cantaría. Introduciendo el pulgar en la

sobaquera del chaleco, agitó la otra mano en el aire y, con una mirada improvisada y rápida a los

brillantes cayados de pastor que estaban sobre la repisa de la chimenea, empezó:

Mi profesión es la más sorprendente,

sencillos pastores todos.

Mi profesión es algo que vale la pena ver;

porque a mis clientes ato, y muy alto los levanto.

Y por el aire los llevo hasta un lejano país.

La habitación permaneció en silencio cuando terminó la estrofa, con una excepción, la del

hombre de la chimenea que, a la voz de «¡Coro!» del cantante, se unió a él con una voz grave y

profunda, apta para la música:

Y por el aire los llevo hasta un lejano país.

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Los tres desconocidos

Thomas Hardy

Oliver Giles, John Pitcher el lechero, el sacristán de la parroquia, el hombre de cincuenta años

que estaba prometido a una jovencita, las chicas alineadas contra la pared, todos parecían estar

perdidos en pensamientos de la índole más ominosa. El pastor miraba meditativamente el suelo, la

pastora miraba inquisitivamente al cantante, con algún recelo; dudaba si el desconocido estaba

simplemente cantando una canción de memoria o si estaba componiendo una, allí y entonces, para

la ocasión. Todos quedaron perplejos ante la oscura revelación, como los invitados de la fiesta de

Baltasar, excepto el hombre de la chimenea, que dijo tranquilamente:

–Segunda estrofa, caballero –y siguió fumando.

El cantante se humedeció los labios para adentro, a conciencia, y continuó con la segunda

estrofa, tal y como se le había pedido:

Mis herramientas son muy vulgares,

sencillos pastores todos.

Una pequeña cuerda de cáñamo y un poste en el que colgar

son instrumentos suficientes para mí.

El pastor Fennel miró a su alrededor. Ya no cabía duda de que el desconocido estaba

respondiendo, con música, a su pregunta. Todos los invitados expresaron disgusto, con

exclamaciones sofocadas. La joven prometida al hombre de cincuenta años, medio se desmayó, y lo

habría hecho del todo; pero al darse cuenta de que él estaba presto a recogerla, se sentó temblando.

–¡Oh, es él!... –susurró la gente que estaba más al fondo, mencionando el nombre de un siniestro

funcionario público–. ¡Ha venido para hacerlo! Tiene que estar en la cárcel de Casterbridge

mañana...; el hombre que robó una oveja...; el pobre relojero del que nos contaron que vivía en

Shottsford y nunca tenía trabajo... Timothy Summers, su familia se estaba muriendo de hambre, y

entonces él salió de Shottsford por la carretera y tomó una oveja en pleno día, desafiando al

granjero, y a la mujer del granjero y al chico del granjero, y a todos los mozos que estaban con

ellos. Este –y señalaron con la cabeza al hombre de la profesión fatal– ha venido del interior para

hacerlo porque en su propio pueblo no hay bastante trabajo, y ahora que el de nuestro condado se ha

muerto, este ha conseguido el puesto de aquí; va a vivir en la misma casucha que está junto a los

muros de la prisión.

El desconocido del traje ceniza no hizo caso de esta cadena de susurros y comentarios, y de

nuevo se volvió a humedecer los labios. Viendo que su amigo del rincón de la chimenea era el

único que de alguna manera respondía a su jovialidad, elevó su copa en dirección a aquel grato

camarada, que también levantó la suya. Las hicieron chocar; los ojos del resto de la habitación

estaban pendientes de los movimientos del cantante. Este abrió la boca para dar comienzo a la

tercera estrofa, pero en aquel instante llamaron a la puerta una vez más. Esta vez, la llamada era

débil e indecisa.

La compañía pareció asustarse; el pastor miró hacia la entrada con temor, y tuvo que hacer cierto

esfuerzo para resistir la mirada suplicante de su amada mujer y pronunciar por tercera vez la

expresión de bienvenida.

–¡Adelante!

La puerta se abrió suavemente y otro hombre apareció sobre el felpudo. Era, como los que le

habían precedido, un desconocido. Esta vez se trataba de un hombre bajo, menudo, de tez blanca y

vestido con un traje de tela oscura, muy decoroso.

–¿Podrían indicarme el camino para...? –empezó, pero se interrumpió cuando, al recorrer con la

vista la habitación para observar en qué clase de compañía se encontraba, sus ojos se posaron sobre

el desconocido del traje gris ceniza. Fue justo en el instante en que este, entusiasmado con su

canción, apenas si había hecho caso de la interrupción y, a su vez, acallaba todos los murmullos y

preguntas al prorrumpir en la tercera estrofa:

10

Los tres desconocidos

Thomas Hardy

Mañana es mi día de trabajo,

sencillos pastores todos.

Mañana es un día de trabajo para mí:

Porque a la oveja del granjero han matado, y al joven que lo hizo cogido.

¡Y que de su alma tenga Dios piedad!

El desconocido del rincón de la chimenea, brindando con el cantante con tanta energía que la

aloja se desparramó, salpicando el fuego del hogar, repitió con su voz grave, como antes:

¡Y que de su alma tenga Dios piedad!

Durante todo este rato, el tercer desconocido había permanecido de pie en la entrada. Al ver

ahora que ni pasaba ni continuaba hablando, los invitados se volvieron para mirarlo. Vieron con

sorpresa que frente a ellos estaba el vivo retrato del terror más abyecto –las rodillas le temblaban, su mano se agitaba con tanta violencia que el picaporte de la puerta, sobre el cual se apoyaba para no

caer, sonaba como una matraca; tenía los labios blancos separados, y los ojos fijos en el alegre

encargado de la justicia, que estaba en el centro de la habitación–. Un segundo más tarde, el tercer

desconocido había dado media vuelta, cerrado la puerta y huido.

–¿Quién sería? –dijo el pastor.

Los demás, ante el temor de la reciente sorpresa y la extraña conducta del tercer visitante,

parecían no saber qué pensar y no dijeron nada. Instintivamente se fueron apartando más y más del

cruel caballero del centro, a quien algunos parecían tomar por el mismísimo príncipe de las

tinieblas, hasta que se retiraron del todo, formando un círculo, y quedó un espacio de suelo vacío

entre ellos y él:

...circulus, cujus centrum diabolus.

La habitación quedó tan en silencio –a pesar de que había más de veinte personas en ella– que no

se podía oír más que el repiqueteo de la lluvia en los postigos, acompañado por el ocasional

chisporroteo de alguna gota solitaria que caía por la chimenea al fuego y por las acompasadas

bocanadas del hombre del rincón, que ahora, de nuevo, estaba fumando su larga pipa de arcilla.

El silencio se vio roto inesperadamente. El ruido lejano de un arma de fuego repercutió a través

del aire; procedía, aparentemente, de la dirección del pueblo.

–¡Maldición! –gritó el desconocido que había cantado la canción, dando un salto.

–¿Qué sucede? –preguntaron varios.

–Un preso se ha escapado de la cárcel; eso es lo que sucede.

Todos prestaron atención. El ruido se repitió, y nadie habló, salvo el hombre del rincón de la

chimenea, que dijo pausadamente:

–Me habían contado a menudo que en este condado disparan un tiro en ocasiones como esta,

pero hasta ahora nunca lo había oído.

–Me pregunto si no habrá sido mi hombre –murmuró el personaje del traje gris ceniza.

–¡Seguro que sí! –dijo involuntariamente el pastor–. ¡Y además lo hemos visto! ¡El hombre

pequeño que miró desde la puerta hace un momento y se echó a temblar como una hoja al verle a

usted y escuchar la canción!

–Los dientes le castañeteaban y se quedó sin habla –dijo el lechero.

–Y pareció que dentro el corazón se le hundía como una piedra –añadió Oliver Giles.

–Y salió corriendo como si le hubieran disparado un tiro –dijo el carpintero.

–Es verdad. Los dientes le castañeteaban y pareció que se le hundía el corazón; y salió corriendo

como si le hubieran disparado un tiro –repasó lentamente el hombre del rincón de la chimenea.

–No me di cuenta –respondió el verdugo.

–Todos nos estábamos preguntando qué le habría hecho salir corriendo tan espantado –balbuceó

una de las mujeres que estaban junto a la pared–. ¡Y ahora resulta bien claro!

11

Los tres desconocidos

Thomas Hardy

Las descargas de la pistola de alarma, hondas y sombrías, siguieron sucediéndose a intervalos, y

las sospechas se hicieron ciertas. El siniestro caballero del traje gris se despabiló.

–¿Hay aquí algún guardia? –preguntó con voz gruesa–. Si así es, déjenlo avanzar.

El hombre de cincuenta años que estaba prometido avanzó, trémulo, desde la pared, en tanto que

su novia empezaba a sollozar sobre el respaldo de la silla.

–¿Es usted un guardia oficial?

–Lo soy, señor.

–Entonces consiga ayuda, persiga al criminal inmediatamente y tráigalo aquí. No puede haber

ido muy lejos.

–Lo haré, señor; lo haré...; en cuanto me arme con mi porra. Iré a casa por ella y vendré aquí

volando, y nos pondremos en marcha juntos.

–¡La porra!... ¡La porra! ¡El hombre se habrá largado!

–Pero no puedo hacer nada sin tenerla, ¿verdad, William, y John, y Charles Jake? No; porque

lleva pintada en amarillo y oro la corona real del rey, y el león y el unicornio, de modo que cuando

la levanto para pegar al prisionero, el golpe que le doy es un golpe legal. Nunca trataría de apresar a un hombre sin mi porra..., no, yo no. Si no tuviera a la ley para darme coraje ¡toma!, en vez de

apresarle yo a él, él me podría apresar a mí.

–Está bien, yo mismo soy un hombre del rey y estoy al servicio de la corona, y puedo darle la

autoridad necesaria para esto –dijo el tremendo funcionario del traje gris–. Así, pues, prepárense

todos ustedes. ¿Tienen linternas?

–Sí, ¿tienen linternas? ¡Les pregunto yo! –dijo el guardia.

–Y el resto de ustedes, que son hombres forni...

–¡Hombres fornidos! ¡Sí! ¡El resto de ustedes! –dijo el guardia.

–¿Tienen algunas varas recias y algunas horcas?

–¡Varas y horcas... en nombre de la ley! ¡Tómenlas y vayan en su búsqueda, y hagan lo que les

decimos nosotros, la autoridad!

Los hombres, así organizados, se dispusieron a dar caza al fugitivo. Las pruebas, aunque

circunstanciales, eran, en efecto, tan convincentes que apenas si hicieron falta argumentos para

hacer ver a los invitados del pastor que, después de lo que habían contemplado, aquello tendría

aspecto de confabulación si no se lanzaban inmediatamente a perseguir al tercer y desdichado

forastero que todavía no podía haberse alejado más que unos cientos de yardas por un terreno tan

desparejo.

Un pastor está siempre bien provisto de linternas, y así los hombres, tras encenderlas

apresuradamente, y con varas de zarzo en las manos, se precipitaron al exterior y tomaron la

dirección de la cima de la colina, opuesta a la del pueblo. La lluvia, por fortuna, había cesado un

poco.

Despertada por el ruido, o posiblemente por desagradables sueños relacionados con el bautismo,

la niña que había sido bautizada empezó a llorar angustiosamente en la habitación del piso de

arriba. Estas notas de dolor llegaron, a través de las rendijas del suelo, a los oídos de las mujeres

que estaban abajo, que subieron corriendo una tras otra y parecieron alegrarse de tener aquel

pretexto para ir arriba a consolar a la criatura, pues los incidentes de la última media hora las habían hecho sentirse enormemente desasosegadas. Así, en cuestión de dos o tres minutos, la habitación

del piso inferior quedó totalmente desierta.

Pero no por mucho tiempo. Apenas se había apagado el ruido de las pisadas, cuando un hombre,

que venía de la dirección que habían tomado los perseguidores, dobló la esquina de la casa. Atisbó

desde la puerta y, al ver que no había nadie dentro, entró cautelosamente. Era el desconocido del

rincón de la chimenea, que había salido con los demás. El motivo de su regreso se pudo ver cuando

se sirvió un pedazo, ya cortado, del pastel de nata que había encima de un anaquel, al lado de donde

él había estado sentado y que parecía haber olvidado llevarse. También se echó media copa más de

la aloja que quedaba, y comió y bebió con voracidad y sed, mientras permanecía allí. No había

terminado cuando, de manera igualmente silenciosa, entró otra figura: era su amigo del traje gris

ceniza.

12

Los tres desconocidos

Thomas Hardy

–Oh, ¿está usted aquí? Creí que se había ido para ayudar en la captura –a su vez, reveló el objeto

de su regreso, al buscar ansiosamente con la mirada el fascinante pichel de aloja añeja.

–Pues yo creí que se había marchado usted –respondió el primero, que seguía devorando con

algún esfuerzo su pastel de nata.

–Bueno, me lo pensé dos veces y decidí que ya eran bastantes sin mí –contestó de manera

confidencial–; y, además, en una noche como esta. Por otra parte, ocuparse de los criminales es

asunto del gobierno, no mío.

–Cierto; así es. Pues yo decidí lo mismo que usted, que eran bastantes ya sin mí.

–No quiero romperme las piernas corriendo por los montículos y los hoyos de esta región

salvaje.

–Ni yo tampoco, entre nosotros.

–Esta gente pastora está acostumbrada (ya sabe, almas sencillas que enseguida se excitan por

cualquier cosa). Me lo tendrán listo antes de que llegue el alba, y sin que yo me haya tomado

ninguna molestia en absoluto.

–Lo cogerán, y nosotros nos habremos ahorrado todo el trabajo de este asunto.

–Cierto, cierto. Bueno, yo voy a Casterbridge; y ya harán mucho mis piernas si me llevan hasta

allí. ¿Lleva usted el mismo rumbo?

–No, lamento decirlo. Tengo que irme a casa, por ahí –hizo con la cabeza un gesto indefinido

hacia la derecha–, y pienso lo que usted, que ya es bastante distancia para que la recorran mis

piernas antes de la hora de acostarse.

El otro ya había acabado con la aloja que había en el pichel, de modo que los dos se estrecharon

la mano efusivamente, en el umbral, y deseándose mutuamente que les fuera bien, cada cual se fue

por su camino.

Mientras tanto, el grupo de perseguidores había llegado al final del escarpado cerro que

dominaba esta parte de la duna. No tenían decidido ningún plan de ataque en particular; y al darse

cuenta de que el hombre de la funesta profesión no se encontraba ya en su compañía, parecían

totalmente incapaces de organizar ahora plan alguno de ofensiva. Descendieron por la colina en

todas las direcciones, y unos segundos después, varios miembros de la partida cayeron en la trampa

puesta por la naturaleza a todo aquel que se extravía a medianoche por esta zona de la formación

cretácea. Los lanchets o desniveles de pedernal, que rodeaban la escarpadura con espacios de unas doce yardas entre sí, tomaron por sorpresa a los menos cautos que, al perder pie en el despeñadero,

infestado de cascotes, se deslizaron violentamente hacia abajo; las linternas rodaron –desde sus

manos hasta el fondo– y se quedaron allí, tumbadas.

Cuando se agruparon de nuevo, el pastor, que era el hombre que mejor conocía la región, se puso

a la cabeza y guió a los demás por aquellos traicioneros declives. Las linternas, que más que

ayudarles en la exploración parecían deslumbrarles y advertir de su presencia al fugitivo, fueron

apagadas. Se observó el debido silencio. Y con este orden más racional se adentraron por la cañada.

Era un desfiladero poblado de hierba, zarzas y humedad, que podría proporcionar refugio a

cualquier persona que lo buscara; pero la partida lo recorrió en vano y ascendió por el otro lado. De

aquí prosiguieron la búsqueda por separado hasta volver a reunirse después de un rato y dar parte de

sus resultados. La segunda vez que se juntaron, lo hicieron cerca de un fresno solitario, el único

árbol de aquella parte de la barranca, plantado probablemente por la semilla que algún ave de paso

dejó caer unos cincuenta años antes. Y allí, de pie, junto a uno de los lados del tronco, tan inmóvil

como el mismo tronco, apareció el hombre que andaban buscando, su silueta bien dibujada contra el

cielo. El grupo se acercó sin hacer ruido y se puso frente a él.

–¡La bolsa o la vida! –dijo con aspereza el guardia, a la inmóvil y silenciosa figura.

–No, no –le susurró John Pitcher–. Nosotros no somos los que tenemos que decir eso. Esa es la

fórmula de los maleantes como él, y nosotros estamos del lado de la ley.

–Bueno, bueno –respondió el guardia con impaciencia–; tengo que decir algo, ¿no?, y si tuvieras

sobre ti la responsabilidad y todo el peso de la acción, también a lo mejor te equivocarías de frase...

¡Prisionero del tribunal, entrégate, en nombre del Padre..., de la Corona, quiero decir!

13

Los tres desconocidos

Thomas Hardy

Aquel que estaba bajo el árbol pareció ahora advertir la presencia de aquellos hombres por

primera vez y, sin darles otra oportunidad para que demostraran su arrojo, echó a andar lentamente

hacia ellos. Era, en efecto, el hombre pequeño, el tercer desconocido; pero su terror había

desaparecido en gran medida.

–Bueno, viajeros –dijo–, ¿se han dirigido ustedes a mí?

–Sí, ¡tiene usted que venir aquí a hacerse nuestro prisionero, inmediatamente! –dijo el guardia–.

Queda detenido, bajo la acusación de no aguardar de manera adecuada y decente en la cárcel de

Casterbridge para ser colgado mañana por la mañana. ¡Vecinos, cumplan con su deber y detengan al

reo!

Al oír la acusación, el hombre pareció caer en la cuenta de lo que se trataba y, sin decir ni una

palabra más, se sometió con extraordinaria docilidad al pelotón de búsqueda, cuyos componentes,

con sus varas en la mano, le rodearon por los cuatro costados y le hicieron ponerse en marcha, de

regreso a la cabaña del pastor.

Cuando llegaron eran las once en punto. La luz que se veía brillar a través de la puerta abierta y

el sonido de voces masculinas en el interior les avisaron, mientras se aproximaban a la casa, que

algunos nuevos acontecimientos habían tenido lugar durante su ausencia. Al entrar, descubrieron

que la sala de estar del pastor había sido invadida por dos oficiales de la cárcel de Casterbridge y

por un conocido magistrado que vivía en la sede más vecina. La noticia de la fuga era ya de

dominio público.

–Caballeros –dijo el guardia–, les he traído a su hombre, no sin riesgo ni peligro; ¡pero cada cual

debe cumplir con su deber! Está en medio de ese círculo de gente fornida, que me han prestado una

ayuda muy valiosa, teniendo en cuenta su desconocimiento de los métodos de la Corona. ¡Hombres,

hagan que se adelante el prisionero!

Y el tercer desconocido fue llevado hasta un lugar en el que le diera la luz.

–¿Quién es este? –preguntó uno de los oficiales.

–El hombre –dijo el guardia.

–Desde luego que no –dijo el carcelero; y el primero confirmó su declaración.

–¿Pero cómo puede no ser así? –preguntó el guardia–. ¿Y por qué, si no, se quedó tan aterrado al

ver, cantando, al instrumento de la ley que estaba ahí sentado? –y entonces relató el extraño

comportamiento del tercer desconocido, cuando había entrado en la casa mientras el verdugo estaba

cantando su canción.

–No lo puedo entender –dijo el oficial, con frialdad–. Lo único que sé es que este no es el

condenado. Es un sujeto completamente distinto de este otro; un tipo delgado, con ojos y pelo

negro, bastante bien parecido y con una voz musical grave, que si la oyeran una sola vez no la

confundirían en toda su vida.

–¡Pues, almas del..., era el hombre del rincón de la chimenea!

–¿Eh? ... ¿Qué? –exclamó el magistrado adelantándose después de haberle preguntado los

pormenores al pastor, que estaba en el fondo–. ¿No han apresado a ese hombre, después de todo?

–Verá, señor –manifestó el guardia– es el hombre que estábamos buscando, eso es verdad; y, sin

embargo, no es el hombre que estábamos buscando. Porque el hombre que estábamos buscando no

era el hombre que había que buscar, señor, si entiende usted mi explicación vulgar; ¡porque el

hombre que había que buscar era el hombre del rincón de la chimenea!

–¡Un buen lío en cualquier caso! –dijo el magistrado–. ¡Mejor será que vayan a buscar al otro

hombre, inmediatamente!

El prisionero habló entonces por primera vez. La mención del hombre de la chimenea pareció

haberle conmovido mucho.

–Señor –dijo avanzando hacia el magistrado–, no se tomen más molestias por mi causa. Ha

llegado el momento de que yo también pueda hablar. Yo no he hecho nada; mi delito es el de ser

hermano del condenado. Esta tarde, a primera hora, salí de mi casa de Strattsford para dar una

caminata hasta la cárcel de Casterbridge y decirle adiós. La noche me sorprendió, y llamé aquí para

descansar un rato y que me indicaran el camino. Al abrir la puerta, vi ante mis ojos al mismísimo

hombre (mi hermano) al que pensaba encontrar en la celda de los condenados de Casterbridge.

14

Los tres desconocidos

Thomas Hardy

Estaba en este rincón; y pegado a él, de tal manera que no podría haber salido, de haberlo intentado,

estaba el verdugo que había venido para quitarle la vida, cantando una canción sobre ello y sin saber

que el que se hallaba a su lado era su víctima, que le acompañaba para guardar las apariencias. Mi

hermano me lanzó una mirada angustiosa, y comprendí lo que quería decir: «No reveles lo que estás

viendo; mi vida depende de ello». Quedé yo tan aterrado que apenas si podía mantenerme en pie y,

sin saber lo que hacía, di media vuelta y salí corriendo.

Las maneras y el tono del narrador tenían el sello de la verdad, y su relato causó profunda

impresión en todos los que estaban a su alrededor.

–¿Y sabe usted dónde está su hermano en estos momentos? –preguntó el magistrado.

–No lo sé. No lo he vuelto a ver desde que cerré esta puerta.

–Yo puedo atestiguar eso –dijo el guardia.

–¿A dónde piensa huir? ¿Cuál es su profesión?

–Es relojero, señor.

–Dijo que era carretero..., el muy pícaro –dijo el guardia.

–Sin duda se refería a las ruedas de los relojes –dijo el pastor Fennel–. Pensé que sus manos

estaban pálidas por su profesión.

–Bueno, me parece que no se puede ganar nada con retener a este pobre hombre bajo custodia –

dijo el magistrado–; indudablemente, su asunto va con el otro.

Y así, sin más, el hombre menudo quedó en libertad; pero no pareció, en absoluto, menos triste

por ello; deducir las preocupaciones que rondaban su cerebro era algo que estaba más allá del poder

del magistrado o del guardia, porque tenían relación con otra persona, alguien en quien pensaba con

más inquietud que en sí mismo. Una vez hecho esto, y cuando el hombre se hubo ido por su camino,

se encontraron con que la noche había avanzado tanto, que consideraron inútil reanudar la búsqueda

antes del amanecer.

Al día siguiente, en consecuencia, la búsqueda del ladrón de ovejas se hizo general y tenaz, al

menos según todas las apariencias. Pero el castigo pretendido era brutalmente desproporcionado en

comparación con la transgresión, y las simpatías de una gran cantidad de campesinos de aquel

distrito se volcaron firmemente del lado del fugitivo. Además, su maravillosa frialdad y su osadía al

codearse con el verdugo, bajo las inauditas circunstancias de la fiesta del pastor, se ganaron su

admiración. De tal modo, puede ponerse en duda que todos aquellos que de manera ostensible

estuvieron tan ocupados en recorrer los bosques, los campos y los caminos se mostraran tan

concienzudos a la hora de registrar en privado sus propias dependencias y pajares. Circularon

historias acerca de una figura misteriosa que se veía en ocasiones en algún viejo sendero

abandonado, apartado de las carreteras de peaje; pero cuando se llevaba una búsqueda por

cualquiera de estas comarcas sospechosas, nunca se encontraba a nadie. Y así pasaron sin noticias,

los días y las semanas.

En resumen, el hombre de voz grave, del rincón de la chimenea, nunca fue capturado de nuevo.

Algunos decían que había cruzado el océano; otros, que no, que se había sumergido en las

profundidades de alguna ciudad populosa. De cualquier forma, el caballero del traje gris ceniza

jamás realizó su trabajo de aquella mañana en Casterbridge, y tampoco se encontró, en ninguna

parte, para asuntos de negocios, con el afable compañero que había pasado con él una hora de

tranquilidad en la solitaria casa de la cuesta de la barranca.

Hace ya tiempo que la hierba crece verde sobre las tumbas del pastor Fennel y su previsora

mujer; los invitados a la fiesta del bautismo, en su mayoría, han seguido a sus anfitriones a la

tumba; la niña en cuyo honor se habían reunido todos es ahora una matrona otoñal. Pero la llegada

de los tres desconocidos a la casa del pastor aquella noche –así como los detalles relacionados con

ello– es una historia que se conoce en la zona rural cercana a Higher Crowstairs, tan bien o mejor

que entonces.

Marzo de 1883

15

El brazo marchito

Thomas Hardy

EL BRAZO MARCHITO

(The Withered Arm, 1888)

(Perteneciente a Wessex Tales, 1888)

I. UNA LECHERA ABANDONADA

Era una granja de ochenta vacas, y toda la tropa de ordeñadores, los permanentes y los

provisionales, estaban trabajando; porque, a pesar de que la época del año no era aún sino primeros

de abril, el alimento crecía ya abundante en los pastizales, y las vacas estaban «llenando los cubos

hasta los topes». La hora era alrededor de las seis de la tarde y, habiendo ya terminado con tres

cuartos de los grandes, rojos, rectangulares animales, había ocasión de charlar un poco.

–He oído decir que mañana se trae a la novia a casa. Hoy han llegado a Anglebury.

La voz parecía salir del vientre de la vaca llamada «Cherry», pero la que hablaba era una

ordeñadora que tenía la cara hundida en el costado de aquel plácido animal.

–¿La ha visto ya alguien? –dijo otra.

La primera respondió negativamente.

–Pero dicen que es una muchachita de mejillas sonrosadas que parece una flor –añadió; y,

mientras hablaba, la ordeñadora volvió la cabeza para poder mirar, por encima del rabo de la vaca,

al otro extremo del establo, donde una mujer de unos treinta años, delgada y desvaída, estaba

ordeñando, algo apartada de los demás.

–Dicen que es varios años más joven que él –prosiguió la segunda, lanzando, asimismo, una

mirada llena de intención en aquella dirección.

–¿Cuántos años le echas a él?

–Unos treinta o así.

–Más bien unos cuarenta –intervino un viejo ordeñador que estaba cerca, con un largo delantal o

mandil blanco y el ala del sombrero echada hacia abajo y atada, de tal forma que parecía una