El Brazo Marchito y Otros Relatos por Thomas H. - muestra HTML

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techo de la habitación, sobre el cual estaba el patíbulo.

El pueblo estaba abarrotado y habían cerrado el mercado; pero Gertrude apenas había visto un

alma. Había esperado encerrada en su habitación hasta la hora de la cita, y entonces se había

dirigido al lugar por un camino que evitaba tener que pasar por el amplio espacio abierto que estaba

bajo el risco, donde los espectadores se habían congregado; pero podía, incluso ahora, oír el

parloteo de sus numerosas voces, y una voz aislada que a intervalos se elevaba por encima de las

demás y, con un ronco graznido, gritaba la frase «¡Últimas palabras del condenado y confesión!».

No había habido aplazamiento, y la ejecución se había efectuado; pero la multitud esperaba todavía

para ver cómo bajaban el cadáver.

Pronto la persistente mujer oyó varias pisadas encima de su cabeza, y entonces una mano le hizo

una seña y Gertrude, siguiendo la dirección que ésta le indicaba, salió de allí y atravesó el patio

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El brazo marchito

Thomas Hardy

interior pavimentado que estaba pasada la puerta principal; las rodillas le temblaban tanto que casi

no podía andar. Llevaba un brazo fuera de la manga del vestido y sólo iba cubierto por un chal.

En el lugar al que ahora había llegado había dos caballetes, y antes de que pudiera pensar en su

posible finalidad oyó que unos pies pesados descendían por unas escaleras que estaban en algún

sitio detrás de ella. No quiso, o no pudo, volver la cabeza, y, en aquella rígida, postura, notó que un áspero ataúd, llevado por cuatro hombres, pasaba por encima de uno de sus hombros. Estaba

abierto, y en su interior yacía el cuerpo de un joven que llevaba una camisa de rústico y pantalones

de fustán. El cadáver había sido arrojado al interior del ataúd con tanta precipitación que el faldón

de la camisa colgaba por fuera. La carga fue depositada provisionalmente encima de los caballetes.

Para entonces el estado de la joven era tal que una niebla grisácea parecía estar flotando delante

de sus ojos, a causa de lo cual –y del velo que llevaba puesto– Gertrude apenas podía discernir

nada: era como si estuviera casi muerta, pero se sostuviera de pie por una especie de galvanismo.

–¡Ahora! –dijo una voz que estaba a su lado; Gertrude sólo pudo darse cuenta de que aquella

palabra iba dirigida a ella.

Haciendo un último esfuerzo sobrehumano avanzó, mientras, al mismo tiempo, oía que algunas

personas se aproximaban por detrás de ella. Desnudó su pobre brazo maldecido; y Davies,

descubriendo el rostro del cadáver, cogió la mano de Gertrude y la sostuvo de manera que el brazo

se posara sobre el cuello del muerto, sobre una línea que lo rodeaba y que tenía el color de una mora

que todavía no está madura.

Gertrude dio un alarido: «la transformación de la sangre» predecida por el brujo había tenido

lugar. Pero en aquel instante un segundo alarido desgarró el aire del recinto: Gertrude no lo había

dado, y tuvo el efecto de hacer que ella se volviera sobresaltada.

Inmediatamente detrás de ella estaba Rhoda Brook, su rostro contraído y sus ojos enrojecidos por

el llanto. Detrás de Rhoda estaba el propio marido de Gertrude; su semblante arrugado, sus ojos

oscurecidos pero sin una sola lágrima.

–¡Maldita seas! ¿Qué estás haciendo aquí? –dijo él, roncamente.

–¡Zorra! ¡Interponerte, ahora, entre nosotros y nuestro hijo! –gritó Rhoda–. ¡Este es el

significado de lo que Satanás me mostró en la visión! ¡Al fin eres como ella! –Y agarrando del

brazo a aquella mujer, más joven que ella, la empujó sin que la otra pudiera oponer resistencia y la

golpeó contra la pared. En cuanto la Brook hubo soltado el brazo de su agarrón, la joven y frágil

Gertrude se dejó caer a los pies de su marido. Cuando él la levantó del suelo, ella estaba

inconsciente.

La simple visión de aquella pareja había sido suficiente para indicarle que el joven muerto era el

hijo de Rhoda. En aquellos tiempos los parientes de un reo ejecutado tenían derecho a reclamar el

cuerpo para enterrarlo si lo deseaban: y con aquel propósito estaba Lodge aguardando con Rhoda a

que se hiciera la pesquisa judicial. Rhoda le había llamado en cuanto el joven fue apresado por el

delito, y varias veces más desde entonces; y había estado presente en la sala durante el juicio.

Aquellas eran las «vacaciones» que Lodge se había estado tomando en los últimos tiempos. Los

desdichados padres habían deseado permanecer en la sombra; y por eso habían ido ellos mismos,

con un carro que estaba esperando fuera– para transportarlo y una sábana para cubrirlo, a recoger el

cuerpo.

El caso de Gertrude era tan grave que se estimó aconsejable que la viera el médico más cercano.

La llevaron desde la cárcel al pueblo; pero nunca llegó a su casa con vida. Su delicada vitalidad,

desgastada tal vez por el brazo paralizado, se desplomó bajo la doble impresión que siguió al

tremendo esfuerzo, físico y mental, a que se había sometido durante las veinticuatro horas previas.

Su sangre, en efecto, había sido «transformada»... demasiado. Su muerte tuvo lugar en el pueblo

tres días después.

Su marido no volvió a ser visto en Casterbridge; sólo una vez en la vieja plaza del mercado de

Anglebury, que tanto había frecuentado, y muy rara vez en público. Cargado al principio con el

peso de la tristeza y el remordimiento, al cabo de cierto tiempo cambió para bien, y reapareció

como un hombre redimido y considerado. Poco después de asistir al funeral de su pobre y joven

esposa dio los pasos necesarios para deshacerse de las granjas de Holmstoke y del distrito

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El brazo marchito

Thomas Hardy

colindante, y, habiendo vendido todas las cabezas de ganado, se marchó a Port-Bredy, en el otro

extremo del condado, y vivió allí, en unos retirados aposentos, hasta su muerte, que acaeció dos

años más tarde como consecuencia de una tisis que no fue dolorosa. Fue entonces cuando se

descubrió que había legado la totalidad de sus considerables propiedades a un reformatorio de

menores, que a su vez quedaba obligado a pasar una pequeña cantidad anual a Rhoda Brook, si se

podía dar con ella para entregársela.

No se pudo dar con ella durante algún tiempo; pero finalmente reapareció en su antiguo distrito...

negándose, sin embargo, a tener nada que ver en absoluto con el legado que se le había hecho.

Volvió a su monótono trabajo de ordeñadora en la vaquería y continuó ejerciéndolo durante muchos

y largos años, hasta que su figura se hizo encorvada y su cabello, una vez negro y abundante, se le

puso blanco y se le empezó a caer por encima de la frente... tal vez por haber tenido ésta apretada

contra las vacas durante mucho tiempo. Aquí, a veces, los que sabían de sus experiencias se

detenían a observarla y se preguntaban qué sombríos pensamientos estarían latiendo detrás de

aquella frente arrugada e impasible, al ritmo de los intermitentes chorros de leche.

Blackwood’s Magazine,

Enero 1888

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

EL PREDICADOR DESCONCERTADO

(The Distracted Preacher, 1879)

(Perteneciente a Wessex Tales, 1888)

I. CÓMO SE CURÓ DE UN RESFRIADO

Algo retrasó la llegada del ministro wesleyano1, y un joven vino temporalmente en su lugar. Era el 13 de enero de 183- cuando el señor Stockdale, el joven en cuestión, hizo (ignorado y casi

desapercibido) su humilde entrada en la aldea. Pero cuando los vecinos que se consideraban de su

secta entraron en contacto con él se sintieron más complacidos que lo contrario con el sustituto, a

pesar de que la personalidad del joven Stockdale apenas si había adquirido todavía el aplomo

suficiente para tranquilizar las conciencias de los ciento cuarenta metodistas de pura sangre que en

aquella época vivían en Nether-Moynton y prestar, además, apoyo suplementario a la raza mixta

que iba a la iglesia por la mañana y a la capilla por la tarde2 o cuando había té: entonces había que añadir unas ciento diez personas más en conjunto y contando al sacristán de la parroquia durante la

estación invernal, cuando la oscuridad era demasiado grande para que el vicario pudiera ver quién

subía por la calle a las siete en punto –cosa que, para ser justos con él, nunca tenía afán por hacer.

Que aquel famoso rompecabezas de población destacara de entre la compacta clase media del

distrito al que pertenecía Nether-Moynton se debía a esta amalgama de credos: ¿cómo era posible

que una parroquia que contaba con trescientos episcopalianos convencidos y desarrollados y con

cerca de doscientos sesenta disidentes (asimismo mayores de edad) apenas contara con

cuatrocientos adultos en total?

El joven era interesante como persona, y por eso los que entraron en contacto con él no tuvieron

el menor reparo en dejar de lado, por el momento, aquella otra cuestión, más importante: la de su

eficacia. Se dice que en aquella época de su vida tenía una mirada afectuosa, aunque sin el menor

destello de ligereza; que su pelo era rizado y su figura esbelta; que era, en definitiva, un joven

adorable que se ganó a la audiencia femenina en cuanto ellas le vieron y escucharon, y que les hizo

decir. «¿Por qué motivo no se nos avisó de esto antes de que él viniera para que pudiéramos haberle

dado una bienvenida más calurosa?»

El caso era que, sabiendo que se le había escogido sólo de manera provisional y no esperando

nada fuera de lo común ni de su persona ni de su doctrina, ellas, y con ellas los demás miembros de

la congregación de Stockdale en Nether-Moynton, se habían sentido, ante su llegada, casi tan

indiferentes como si ellos hubieran sido los feligreses con la conciencia más tranquila de la región y

él su verdadero y designado párroco. Así, cuando Stockdale se presentó en el lugar, nadie se había

ocupado de buscarle alojamiento, y, a pesar de que el viaje le había producido un fuerte resfriado, se

vio obligado a resolver aquel asunto por sí mismo. Preguntó y le dijeron que el único lugar de la

aldea en el que podría encontrar alojamiento era la casa de una tal señora Lizzy Newberry, al final

de la calle.

Fue un muchacho quien le dio esta información, y Stockdale le preguntó quién era la señora

Newberry.

El chico le dijo que era una mujer viuda que no tenía marido porque éste había muerto. El señor

Newberry, añadió, había sido granjero y un hombre bastante acomodado, según se decía; pero se

había muerto durante una mala racha. Apoyándose en esta severa imagen de la señora Newberry,

Stockdale dedujo que debía de ser una de las contemporizadoras que iban tanto a la iglesia como a

la capilla.

–Iré allí –dijo Stockdale, pensando que, ante la falta de un alojamiento metodista puro, no podría

encontrar nada mejor.

1 Los wesleyanos son los metodistas o seguidores de John Wesley (1703-1791), fundador del metodismo. (N. del T.) 2 En el original: «... the mixed race which went to church in the morning and to chapel m the evening...» Hardy, al decir simplemente church, se refiere a la Iglesia Anglicana o establecida (Church of England), y al decir chapel se refiere a la Iglesia Metodista o Disidente, a la que pertenece Stockdale. Así pues, esta «raza mixta» son los double-minded o indecisos, que acataban ambas sectas religiosas. (N. del T.)

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

–Es un poco especial, y no quiere a gente del gobierno, ni a sacerdotes, ni a amigos del párroco,

o gente por el estilo –dijo el chico con cierta inseguridad.

–Ah, eso puede ser un indicio prometedor; iré. O no: mejor sube tú y pregúntale primero si puede

hospedarme. Tengo que ver a una o dos personas para otro asunto. Me encontrarás en casa del

recadero.

Un cuarto de hora después el chico volvió, y dijo que la señora Newberry no tendría

inconveniente en hospedarle, de modo que Stockdale fue a la casa. Estaba rodeada por un jardín con

valla, y parecía espaciosa y cómoda. Stockdale vio allí a una mujer de edad avanzada, con la que se

puso de acuerdo para ir aquella misma noche, ya que no había ninguna posada en el lugar y él

deseaba instalarse tan pronto como le fuera posible; la aldea era un centro local desde el que él tenía que atender, a un mismo tiempo, a las diferentes capillas de la vecindad. Envió inmediatamente su

equipaje desde la casa del recadero, donde había encontrado cobijo momentáneo, hasta la de la

señora Newberry, y por la tarde se encaminó hacia el que iba a ser su hogar por una temporada.

Puesto que ahora, ya, vivía allí, Stockdale consideró innecesario llamar a la puerta; y, mientras

entraba silenciosamente, oyó con agrado unos pasos que se alejaban, presurosos como ratones,

hacia la parte posterior de la casa. Avanzó hasta la sala de estar, como se llamaba a la habitación

delantera a pesar de que el suelo de piedra apenas estaba disimulado por la alfombra, que solamente

cubría las zonas en las que se pisaba con mayor frecuencia, dejando al descubierto verdaderos

desiertos de arena bajo los muebles. Pero la habitación tenía un aspecto alegre y acogedor. La luz

del fuego resplandecía brillante, agitándose sobre las salientes molduras de las patas de la mesa,

jugando con los picaportes y pomos de bronce, acechando con gran celo la superficie inferior de la

repisa de la chimenea. Un hundido sillón, tapizado con tela de crin y tachonado con gran cantidad

de clavos de bronce, había sido colocado a un lado de la chimenea. Las cosas del té estaban encima

de la mesa, la tapa de la tetera estaba levantada y había una pequeña campanilla puesta en el lugar

preciso hacia el que sería de esperar que una persona que estuviera sentada en el sillón extendiera

instintivamente la mano.

Stockdale, sin tener hasta aquel momento ningún reparo que poner a la habitación, se sentó y dio

por empezada su estancia en aquella casa haciendo sonar la campanilla. Una muchacha menuda

entró con cautela ante la llamada y le preparó el té. Dijo que se llamaba Martha Sarah y que vivía

allá fuera, señalando con un gesto de la cabeza la calle y la aldea en general. Antes de que

Stockdale hubiera tenido tiempo de empezar a disfrutar de su merienda llamaron a la puerta que

había tras él, y, al decirle al visitante que pasara, el frufrú de un vestido le hizo volver la cabeza.

Vio ante sí a una joven muy hermosa y extremadamente bien formada, de cabello oscuro, con una

frente amplia, sensata, bella, unos ojos que encendieron en Stockdale algo parecido a una pasión

antes de que él mismo lo supiera, y una boca que era en sí misma un retrato para todas las almas que

lo pudieran apreciar.

–¿Puedo ofrecerle alguna otra cosa para el té? –dijo, dando uno o dos pasos hacia adelante, con

una expresión de vivacidad en el rostro y al tiempo que con la mano, apoyada sobre el borde, hacía

girar la puerta sobre sus goznes.

–Nada más, gracias –dijo Stockdale, pensando menos en su respuesta que en la relación que la

joven podría tener con la casa.

–¿Está completamente seguro? –dijo la joven, que parecía haberse dado cuenta de que él no

había meditado su contestación.

Stockdale inspeccionó escrupulosamente con la mirada las cosas del té y comprobó que todas

estaban allí.

–Completamente seguro, señorita Newberry –dijo.

–Es señora Newberry –dijo ella–. Lizzy Newberry. Solía ser Lizzy Simpkins.

–Oh, le ruego que me disculpe, señora Newberry.

Y antes de que él tuviera ocasión de decir nada más ella salió de la habitación.

Stockdale se quedó con algunas dudas hasta que Martha Sarah vino a recoger la mesa.

–¿De quién es esta casa, pequeña? –le preguntó él.

–De la señora Lizzy Newberry, señor.

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

–¿Entonces la señora Newberry no es la vieja dama que vi esta tarde?

–No. Esa es la madre de la señora Newberry. La señora Newberry es la que acaba de entrar

donde usted, porque quería ver si era usted bien parecido.

Más tarde, por la noche, cuando Stockdale estaba a punto de empezar a cenar, ella volvió a

entrar.

–He venido yo en persona, señor Stockdale –dijo. El pastor se puso en pie como agradecimiento

a tal honor–, Me temo que no podría haberse hecho entender con Martha Sarah. ¿Qué desea para

cenar? Hay conejo frío y un jamón sin cortar.

Stockdale dijo que aquellas viandas le parecían muy bien, y la cena fue servida. Sólo había

cortado un pedazo cuando llamaron otra vez a la puerta. El pastor ya se había fijado en que aquel

especial ritmo en los golpes delataban los dedos de su atractiva patrona, y el malhadado joven

enterró su primer bocado bajo una mirada de acogedora inocencia.

–Tenemos un pollo en la casa, señor Stockdale. Antes me olvidé por completo de mencionarlo.

¿Le gustaría que Martha Sarah se lo trajera?

Stockdale sabía lo suficiente acerca del arte de ser joven como para decir que no quería el pollo a

menos que se lo trajera ella en persona, pero una vez que lo hubo dicho se sonrojó ante la atrevida

galantería de la frase, tal vez un poco demasiado picante para un hombre serio que además era

pastor de almas. Tres minutos después apareció el pollo, pero, para su gran sorpresa, en las manos

de Martha Sarah Stockdale se sintió decepcionado, y tal vez todo aquello se había hecho con la

intención de que se sintiera así.

Había acabado ya su cena, y no esperaba en absoluto ver de nuevo a la señora Newberry aquella

noche cuando ésta llamó y entró una vez más como en las anteriores ocasiones. La agradecida

mirada con que Stockdale la obsequió vino a decir que ella no había perdido ningún punto por no

haber aparecido cuando se la había esperado. El resfriado que el joven padecía había empeorado

con la proximidad de la noche, y sucedió que, antes de que ella pudiera decir nada, él se vio

acometido por una serie de violentos estornudos que no pudo controlar de ninguna manera.

La señora Newberry parecía sentir compasión.

–Su resfriado está muy mal esta noche, señor Stockdale.

Stockdale contestó que era bastante molesto.

–Y creo que... –añadió ella, algo divertida, mirando el triste vaso de agua que había encima de la

mesa y que el abstemio pastor se disponía a beber.

–¿Sí, señora Newberry?

–Creo que para curárselo debería usted tomar algo más adecuado que ese frío brebaje.

–Bueno –dijo Stockdale mirando el vaso–, como aquí no hay posada, y no se puede encontrar

nada mejor en la aldea, esto, desde luego, servirá.

A esto ella respondió:

–Hay algo mejor; no está lejos, aunque sí fuera de la casa. Realmente creo que debe usted

probarlo, o si no se pondrá enfermo. Sí, señor Stockdale, lo probará usted. –Levantó un dedo al ver

que él iba a decir algo–. No pregunte qué es; espere y lo verá.

Lizzy salió y Stockdale se quedó aguardándola con cierta complacencia. Ella regresó al

momento con un sombrero y una capa encima y dijo:

–Lo lamento de veras, pero tendrá usted que ayudarme a cogerlo. Mi madre se ha acostado ya.

¿Sería usted tan amable de abrigarse y venir por aquí? Y, por favor, lleve esa taza.

Stockdale, un joven solitario, que durante las últimas semanas había anhelado tener alguien a

quien dedicar el interés que no ocupaban sus obligaciones, alguien a quien profesar, incluso, cariño,

no lamentó tener que acompañarla; y siguió a su guía por la puerta trasera, por el jardín, hasta llegar al final del recorrido, que tenía como límite una tapia. Esta tapia era baja, y por encima de ella

Stockdale discernió, entre las sombras de la noche, varias lápidas de color gris y las siluetas de la

torre y el tejado de la iglesia3.

3 Hardy se refiere, como en la vez anterior –que ya expliqué–, a la iglesia anglicana del pueblo, con la que Stockdale no tiene relación. (N. del T.)

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Thomas Hardy

–Por aquí se puede pasar con facilidad –dijo ella subiéndose a un banco que había junto a la

tapia; luego puso un pie sobre el borde de ésta y pasó al otro lado de un salto. Allí el terreno era más elevado, como suele suceder en los cementerios. Stockdale hizo lo propio y la siguió a oscuras a

través de aquel terreno desigual, hasta que llegaron a la puerta de la torre, que, después de entrar,

ella cerró cuidadosamente tras de sí.

–¿Puede usted guardar un secreto? –dijo con voz musical.

–¡Como si fuera un cofre de hierro! –dijo él con fervor.

Entonces ella sacó de debajo de su capa una pequeña linterna ya encendida que el pastor no

había advertido en absoluto que llevara. La luz les reveló que estaban junto a las escaleras del coro,

debajo de las cuales había un montón de maderos de todo tipo, consistentes en su mayoría en

armazones, bancos, tableros y trozos de suelo inservibles que de vez en cuando eran quitados de sus

emplazamientos originales en el cuerpo del edificio y llevados allí para ser sustituidos por otros

nuevos.

–¿Le importaría apartar algunas de esas tablas? –dijo ella, sosteniendo la linterna por encima de

la cabeza para que él tuviera más luz–. ¿O prefiere sujetar la linterna mientras yo las quito?

–Puedo hacerlo yo mismo –dijo el joven; y, al hacer lo que ella le había ordenado, descubrió,

ante su sorpresa, una fila de pequeños barriles sujetos por aros de madera. Cada barril era casi tan

grande como el cubo de la pesada rueda de una carreta. Una vez al descubierto, Lizzy miró a

Stockdale como preguntándole qué iría a decir él.

–¿Sabe usted qué son? –le preguntó al ver que él no decía nada.

–Sí, barriles –dijo Stockdale sencillamente. Era un hombre de tierra adentro, hijo de unos padres

respetables que le habían educado exclusivamente con el fin de que fuera pastor; y lo que veía no le

sugería sino que aquellos objetos estaban allí.

–Tiene usted toda la razón, son barriles –dijo ella con un enfático tono de candor que no estaba

desprovisto de un dejo de ironía.

Stockdale la miró con ojos de repentina desconfianza.

–No será licor de contrabando, ¿verdad? –dijo.

–Sí –dijo ella–. Son toneles llenos de alcohol que por accidente han llegado desde Francia

flotando en la oscuridad.

En aquellos tiempos las gentes de Nether-Moynton y la vecindad siempre esbozaban una sonrisa

ante la mención del tipo de pecado que en el mundo exterior se llamaba tráfico ilegal; y aquellos

pequeños cuñetes de ginebra y de coñac les resultaban a los habitantes de la zona tan familiares

como los nabos. Por ello la inocente ignorancia de Stockdale y su mirada de alarma al adivinar en

qué consistía el sombrío misterio le parecieron a Lizzy primero ridículas y después muy

comprometedoras para sus deseos de causarle al joven una buena impresión.

–Algunas gentes de por aquí practican el contrabando todavía –dijo con voz dulce y como

disculpándose–. Lo han practicado a través de generaciones y no creen hacer ningún mal. Por favor,

¿quiere hacer rodar uno de los toneles?

–¿Qué vamos a hacer con él? –dijo el pastor.

–Sacar un poco de su contenido y curar así su resfriado –respondió ella–. Es tan terriblemente

fuerte que acaba con ese tipo de cosas en un santiamén. Oh, no pasa nada por que lo cojamos.

Puedo coger cuanto quiera; el dueño de los toneles me lo permite. Debería haber tenido un poco en

casa y así me hubiera ahorrado esta molestia; pero yo no bebo en absoluto, y por eso me olvido a

menudo de guardar algo en casa.

Supongo que se le permite servirse lo que quiera para que así no pueda usted decir dónde está el escondite, ¿no?

–Pues no; no es eso exactamente; pero puedo coger lo que quiera si así lo deseo. De modo que

sírvase usted mismo.

–Lo haré por complacerla, ya que tiene derecho a tomar cuanto desee –murmuró el pastor; y

aunque no estaba muy satisfecho con el papel que le había tocado en la representación hizo rodar

uno de los toneles desde el rincón hasta el centro del suelo de la torre–. ¿Cómo quiere que lo

saque... con un taladro, supongo?

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

–No, le enseñaré –dijo su sugestiva compañera; y cogió con la mano que tenía libre una lezna de

zapatero y un martillo–. Nunca se debe hacer esto con un taladro, porque el polvo de la madera

penetra en el interior; y cuando los compradores vierten el coñac eso les revela que el tonel ha sido

espitado. Una lezna no produce polvo, y el agujero casi se cierra otra vez. Ahora levante un poco

uno de los aros.

Stockdale cogió el martillo y lo hizo.

–Ahora haga el agujero en el lugar que estaba tapado por el aro.

Hizo el agujero como se le había indicado.

–No saldrá –dijo.

–Oh, sí que lo hará –dijo ella–. Póngase el tonel entre las rodillas y apriete ambos lados; yo

sostendré la taza.

Stockdale obedeció; y al hacer efecto la presión sobre el tonel, que parecía ser ligero, el alcohol

salió disparado en un gran chorro. Cuando la taza estuvo llena, él dejo de hacer presión y el torrente

se detuvo en el acto.

–Ahora tenemos que llenar el cuñete hasta arriba con agua –dijo Lizzy–, o sonará como cuarenta

gallinas cloqueando cuando lo muevan, y se notará que no está lleno del todo.

–Pero ¿no le han dicho ellos que puede coger lo que quiera?

–Sí, los contrabandistas; pero los compradores no deben saber que los contrabandistas han sido amables conmigo a su costa.

Ya veo –dijo Stockdale con indecisión–. Debo poner en duda la honestidad de tal

procedimiento.

Siguiendo las instrucciones de ella, Stockdale levantó el tonel de manera que el agujero quedara

arriba, y, mientras él proseguía con el método de hacer presión y dejar de hacerla alternativamente,

ella sacó una botella de agua, de la qua empezó a tomar traguitos que fue pasando al cuñete

aplicando sus bonitos labios al agujero, por donde el tonel, cada vez que se recuperaba de la

presión, los chupaba hacia dentro. Cuando estuvo lleno de nuevo, él taponó el agujero, le dio al aro

un golpe hacia abajo para que volviera a su posición y enterró el tonel bajo los maderos, dejándolo

todo tal y como estaba antes de la complicada operación.

–¿No temen los contrabandistas que hable usted? –preguntó mientras atravesaban, ya de regreso,

al cementerio.

–Oh, no; eso no lo temen en absoluto. Yo no podría hacer tal cosa.

–La han puesto en una situación difícil –dijo Stockdale con énfasis–. Usted, por supuesto, como

persona honrada, debe de sentir a veces que su obligación es delatarlos...; realmente tiene que

sentirlo así.

–Bueno, nunca lo he sentido exactamente como un deber; y, por otro lado, mi primer marido... –

se interrumpió con cierta confusión en la voz.

Stockdale era tan honesto y poco sutil que no se dio cuenta, en el acto, del motivo por el que ella

hacía una pausa; pero por fin cayó en la cuenta de que aquellas palabras eran un desliz, y de que

ninguna mujer habría dicho «mi primer marido», a menos que hubiera pensado con mucha

frecuencia en un segundo. Advirtió la confusión de Lizzy y le dio tiempo para recobrarse y

proseguir.

–Mi marido –dijo con tono de rectificación– solía conocer sus actividades, y también mi padre, y

guardaban el secreto. No puedo, en definitiva, delatar a nadie.

–Ya entiendo el problema –continuó él, como si fuera un hombre que llegara hasta el fondo de la

moral de las cosas–. Y es muy cruel que usted se vea zarandeada y atormentada por sus recuerdos y

su conciencia. Espero, señora Newberry, que vea pronto la manera de salir de esta desagradable

situación.

–Pues de momento no la veo –murmuró ella.

Habían saltado la tapia y habían entrado en la casa, y, ya allí, ella le trajo un vaso y agua

caliente, y se fue, dejándole con sus propias reflexiones. Él contempló la figura de la joven mientras

desaparecía, preguntándose si él, como hombre respetable, como pastor de almas, como luz que

brillaba –aun cuando sólo fuera todavía con la intensidad de una vela de medio penique–, podría

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

justificar de manera cabal el beber aquello. Un estornudo dirimió la cuestión, y Stockdale se

encontró con que el ardiente licor, una vez suavizado por la adición de dos o tres veces su cantidad

en agua, era uno de los remedios más eficaces que había conocido nunca para curar un resfriado

(especialmente en aquella gélida época del año).

Stockdale permaneció sentado en el hundido sillón, dando sorbitos y meditando durante casi

veinte minutos, hasta que, finalmente, adquirió una más cálida visión de las cosas y sintió un vivo

deseo de que llegara el día siguiente, en que vería de nuevo a la señora Newberry. Tuvo entonces la

sensación de que, aunque muy cerca en el tiempo, pasaría mucho, en cierto sentido emocional, antes

de que llegara el nuevo día, y se puso a andar con impaciencia por la habitación. Su mirada se vio

atraída por un dechado, que estaba enmarcado y cubierto por un cristal en el que un bordado

continuo de abetos y pavos reales circundaba el siguiente –encantador– trocito de sentimiento:

Las hojas de la rosa huelen cuando las flores florecen.

Aquí estará mi obra mientras con vida esté;

las hojas de la rosa huelen cuando lloran y se encogen.

Aquí estará mi obra cuando muerta esté.

Lizzy Simpkins. Sed temerosos de Dios. Honrad al rey.

Edad: 11 años

Es de ella.–se dijo a sí mismo Stockdale–. ¡Cielos, cómo me gusta ese nombre!

Antes de que hubiera acabado de pensar que ningún otro nombre, desde Abigail a Zenobia, le

habría sentado tan bien a su joven patrona, llamaron otra vez a la puerta; y el pastor dio un respingo

al ver aparecer el rostro de Lizzy una vez más, con una expresión tan desinteresada que hasta el

hombre más ingenioso del mundo se habría guardado de afirmar que ella venía para influir, por

medio de sus seductores ojos, en los sentimientos del pastor.

–Señor Stockdale, ¿le gustaría tener fuego en la habitación? Lo digo por su resfriado.

El pastor, que todavía no tenía la conciencia totalmente tranquila por haberla ayudado a aguar el

alcohol, vio aquí una ocasión para imponerse a sí mismo un castigo.

–No, se lo agradezco mucho –dijo con firmeza–; no es necesario. No lo he necesitado en toda mi

vida, y sería un lujo excesivo.

–Entonces no insistiré –dijo ella, y le dejó desconcertado al desaparecer inmediatamente.

Preguntándose si ella se habría sentido ofendida por su negativa, Stockdale deseó haber aceptado

el fuego, aun cuando el calor le habría hecho salir de la cama y habría puesto en peligro su

autodisciplina durante una docena de días. Sin embargo, se consoló con lo que, en verdad, era una

extraña consolación para un enamorado tan reciente como él: pensó que estaba bajo el mismo techo

que Lizzy; que, de hecho, era su invitado –para adoptar una visión poética del término inquilino–, y

que la vería, con certeza, al día siguiente.

Llegó el nuevo día, y Stockdale se levantó, temprano, con su resfriado completamente curado.

Jamás en la vida habría deseado que llegara la hora del desayuno con tanto ardor como aquel día, y,

puntualmente, a las ocho, después de dar un corto paseo para inspeccionar el lugar, volvió a entrar

por la puerta de lo que ya era su morada. Llegó el desayuno, y Martha Sarah se lo sirvió; pero nadie

vino, por propia iniciativa, a preguntarle, como en la noche anterior, si necesitaba alguna otra cosa

que no hubiera mencionado y que ella trataría de satisfacer. Se sintió decepcionado, y salió,

esperando verla durante la comida. Llegó la hora del almuerzo; Stockdale se sentó a la mesa, comió

y, cuando hubo terminado (y a pesar de que en aquel momento dos profesores nuevos, a quienes

había citado, le estaban esperando en la puerta de la capilla para hablar con él), se quedó allí,

aguardando, durante una hora entera. Era inútil esperar más, y entonces Stockdale se encaminó

lentamente hacia su destino, calle abajo, consolado por el pensamiento de que, al fin y al cabo, vería

a Lizzy por la noche y tal vez se dedicarían nuevamente a la deliciosa tarea de espitar toneles en la

vecina torre de la iglesia: y resolvió hacer más moral el procedimiento exigiendo de manera

inquebrantable que no se introdujera agua para llenarlos del todo por mucho que los toneles sonaran

como si todas las gallinas de la cristiandad estuvieran cloqueando. Pero nada pudo disfrazar el

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

hecho de que aquello era un negocio turbio, y su ánimo decayó al pensar hasta qué punto su cerebro

estaba mucho más interesado por aquel asunto que por sus propios –y serios– deberes.

Pero los remordimientos se desvanecieron con la llegada de la noche. La noche hizo, en efecto,

acto de presencia con su té y su cena, pero sin Lizzy Newberry y sin dulces tentaciones. Finalmente,

el pastor no pudo aguantar más y le preguntó a Martha Sarah, la curiosa y menuda criada:

–¿Dónde está hoy la señora Newberry? –mientras, sabiamente, le alargaba un penique.

–Está ocupada –dijo Martha.

–¿Ha sucedido algo grave? –preguntó Stockdale, alargándole otro penique y dejando ver que

tenía más preparados.

–Oh, no; nada en absoluto –dijo ella en tono confidencial y casi sin respirar–. Nunca le sucede

nada. Simplemente está arriba, en la cama, porque a veces es allí donde le gusta estar.

Siendo un joven de cierto honor, no preguntó más, y suponiendo que, a pesar de lo que la

muchacha le había dicho, Lizzy tendría un fuerte dolor de cabeza o algún otro leve malestar, el

pastor se fue a la cama lleno de insatisfacción, sin tan siquiera despedirse de la anciana señora

Simpkins.

–Anoche dije que hoy la vería –reflexionó–; ¡pero tal cosa no iba a suceder!

Al día siguiente tuvo mejor –o peor– suerte, pues be la encontró por la mañana al pie de las

escaleras, y a lo largo del día se vio obsequiado con una o dos de sus visitas (una vez para hacer

atentas indagaciones acerca de su comodidad, y la otra para colocar sobre su mesa un ramo de

violetas imperiales, prometiendo renovárselas cuando se marchitaran). En estas ocasiones había

algo en la sonrisa de Lizzy que delataba que ella era consciente del efecto que producía, aunque

debe decirse que se trataba de una consciencia que tenía más de capricho que de plan preconcebido,

y que tenía más el sabor de la satisfacción que el de la vanidad.

En cuanto a Stockdale, él se daba perfecta cuenta de que poseía una ilimitada capacidad de

reincidencia, y hubiera deseado que los santos tutelares no les estuvieran negados a los disidentes.

Trató de desentenderse del asunto por espacio de hora y media, después de lo cual comprendió que

era inútil luchar más y se rindió a la evidencia. «El otro pastor estará aquí dentro de un mes», se

dijo, estando sentado junto al fuego. «Yo me iré entonces y ella no volverá a turbar la paz de mi

mente... Y entonces, ¿seguiré viviendo siempre solo? No; cuando hayan finalizado mis dos años de

prueba tendré una casa amueblada, en la que viviré; con una puerta barnizada y un llamador de

bronce, y volveré a ella directamente y se lo preguntaré sin ambages. ¡En cuanto el último plato esté

colocado en el aparador!»

Así pasó el joven Stockdale dos titilantes semanas, y durante este tiempo las cosas siguieron un

curso muy parecido al que estos asuntos han seguido siempre desde el comienzo de la historia. Un

día veía varias veces al objeto de sus deseos; al siguiente, no la veía en absoluto; se encontraba con

ella cuando menos lo esperaba; no la hallaba cuando los datos y alusiones acerca del lugar en que

habría de estar a una hora determinada equivalían, casi, a una cita concertada. Este tenue coqueteo

era –quizá– bastante razonable, teniendo en cuenta que se alojaban el uno tan cerca del otro; y

Stockdale se resignaba a ello con tanta filosofía como le era posible. Puesto que estaba en su propia

casa, ella podía, después de irritarle o decepcionarle privándole de su presencia, volver a

conquistarle con facilidad abrumándole con aquellas atenciones que su condición de patrona le daba

poder para dispensar. Cuando Stockdale había estado esperando en casa con el fin de verla durante

medio día, y al comprobar que ella no se dejaría ver, se iba enojado a dar un paseo por la zona más

húmeda e inhóspita que pudiera encontrar, ella restablecía la armonía por la tarde con un: «Señor

Stockdale, se me ha ocurrido pensar que por la noche deben entrar corrientes de aire a través de la

ventana de su dormitorio, y por eso he estado poniendo unas cortinas más gruesas esta tarde,

mientras estaba usted fuera»; o un: «De nuevo le he oído estornudar esta mañana, señor Stockdale;

dos veces. Deduzco de ello que ese resfriado suyo está rondándole todavía; seguro que sí... He

estado pensándolo todo el rato; y debe usted permitirme que– le prepare un remedio a base de leche

caliente y licor.»

A veces, al volver a casa, se encontraba su sala de estar cambiada: las sillas puestas donde había

estado la mesa, y la mesa, adornada con unas cuantas flores y hojas frescas típicas de la estación,

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El predicador desconcertado

Thomas Hardy

que daban a la habitación un toque de novedad. Otras veces ella estaba fuera, subida en una silla,

tratando de sujetar con unos clavos alguna rama del rosal chino que el viento invernal había tirado

al suelo; y, por supuesto, él se acercaba para ayudarla, y entonces las manos de uno y otro se

rozaban al pasarse entre sí los trozos y los clavos. De esta manera volvían a hacer las paces después

de una desavenencia. En tales ocasiones ella solía pedirle disculpas, mediante alguna encantadora

observación, por tener que causarle molestias otra vez; y entonces él contestaba, inmediatamente,

que haría aquello mismo cien veces más si ella se lo pidiera.

II. CÓMO VIO A OTROS DOS HOMBRES

Al estar el asunto en un punto tan avanzado, Stockdale se sorprendió bastante, una noche

nublada, estando sentado en su habitación, cuando oyó hablar a Lizzy con alguien, en la puerta, en

voz baja y con tono disuasorio. Era casi de noche, pero aún no se habían cerrado los postigos ni se

habían encendido las velas; y Stockdale cayó en la tentación de asomarse a mirar por la ventana

Vio, delante de la puerta, a un joven que iba vestido de un color blancuzco, y, después de

reflexionar un instante, creyó reconocer en él al fornido y bastante bien parecido molinero que vivía

un poco más abajo. La voz del molinero era alternativamente baja y recia, y a veces alcanzaba el

tono de una verdadera súplica; pero lo que de ninguna forma Stockdale podía oír eran las palabras.

Antes de que la conversación hubiera terminado, un segundo incidente distrajo la atención del

pastor. Enfrente de la casa de Lizzy crecía un grupo de laureles que formaban una sombra espesa y

permanente. En un momento dado, una de las ramas del laurel se movió, dibujándose contra el

resplandeciente fondo del cielo, y, al instante, apareció la cabeza de un hombre, que miró

subrepticiamente y se quedó quieto. Parecía estar también muy interesado por la conversación junto

a la puerta, y, evidentemente, estaba allí apostado con el fin de vigilar y escuchar. De haber tenido

Stockdale con Lizzy cualquier otra relación menos la de enamorado, el pastor podría haber salido

para investigar el significado de todo aquello; pero, al ser tan sólo, hasta aquel momento, un aliado

sin privilegios, lo único que hizo fue ponerse de pie y hacer que su presencia, contrastada por la luz

del fuego de la habitación, fuera advertida, a consecuencia de lo cual el espía desapareció y Lizzy y

el molinero bajaron la voz.

Stockdale se había quedado tan intranquilo por la circunstancia que, en cuanto el molinero se

hubo marchado, le dijo a Lizzy:

–Señora Newberry, ¿se ha dado usted cuenta de que hace un momento la estaban espiando y de

que su conversación ha sido escuchada?

–¿Cuándo? –dijo ella.

–Cuando estaba hablando con ese molinero. Un hombre la estaba mirando desde los laureles con

tal expresión de celos que daba la impresión de estar dispuesto a comérsela a usted.

Ella mostró más preocupación de la que el insignificante suceso parecía merecer, y él añadió:

–¿Estaba usted hablando, tal vez, de cosas que no deseaba que fueran oídas por un desconocido?

Sólo estaba hablando de negocios– dijo ella.

–¡Lizzy, sea sincera! –dijo el joven–. Si sólo hablaba de negocios, ¿por qué habría nadie de

desear escuchar su conversación?

Ella le miró con curiosidad.

–¿De qué cree usted, entonces, que podía estar hablando?

–Pues... de la única cosa que entre una joven y un hombre puede divertir a una persona que

escucha subrepticiamente.

–Ah, ya –dijo ella sonriendo, a pesar de su preocupación–. Bien, mi primo Owlett me ha hablado

alguna vez de matrimonio, eso es verdad; pero ahora no estaba hablando de eso. Desearía con todo

corazón haber estado hablando de ello. Habría sido mucho menos grave para mí.

–¡Oh, señora Newberry!

–Mucho menos, sí. No es que hubiera aceptado su proposición, desde luego. Lo deseo por otros

motivos. Me alegro, señor Stockdale, de que me haya usted hablado de ese espía. Es un aviso muy

oportuno, y tendré que ver de nuevo a mi primo.

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El predicador desconcertado

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–Pero no se vaya usted hasta que yo le haya dicho una cosa –dijo el pastor–. Se lo diré de una

vez y me dejaré de tonterías. Lizzy..., usted y yo... ¡Diga sí o no, por favor, hágalo! –y Stockdale

extendió una mano, sobre la cual ella, libremente, dejó descansar la suya sin decir nada.

–¿Quiere usted decir que sí con esto? –preguntó él, tras esperar un poco.

–Puede usted ser mi enamorado, si lo desea.

–¿Por qué no decir ya que me esperará hasta que tenga un hogar propio y pueda volver para

casarme con usted?

–Porque ahora estoy pensando..., pensando en otra cosa –dijo ella con confusión–. Todo se me

echa encima al mismo tiempo, y yo tengo que hacer cada cosa a su vez.

–De cualquier forma, querida Lizzy, ¿puede usted asegurarme que no permitirá que el molinero

le hable de otra cosa que no sean negocios? Usted nunca le ha alentado directamente, ¿verdad?

Ella esquivó la pregunta diciendo:

–Verá, él y su cuadrilla tienen por costumbre dejar a veces las cosas en mi propiedad, y como yo

tampoco le he rechazado, esto le hace albergar bastantes esperanzas.

–Cosas..., ¿qué cosas?

–Los toneles...; aquí los llaman las cosas.

–Pero ¿y por qué no le rechaza usted, mi querida Lizzy?

–No puedo, no estaría bien.

–Es usted demasiado tímida. Lo que no está bien por parte de él es comprometerla a usted así y

poner en peligro su buen nombre con sus tretas de contrabandista. ¿Me promete que la próxima vez

que él quiera dejar aquí sus toneles me permitirá que los eche rodando calle abajo?

Ella negó con la cabeza.

–No osaría ofender de ese modo a los vecinos –dijo– ni hacer nada que pudiera arrojar al pobre

Owlett en manos de los carabineros.

Stockdale suspiró y dijo que creía que su generosidad era una equivocación cuando llegaba al

extremo de ayudar, incluso, a unos hombres que le escamoteaban sus derechos al rey.

–En cualquier caso –añadió–, ¿me permite que le obligue a guardar las distancias en sus

pretensiones y que le diga sin ambages que usted no es para él?

–De momento, no, por favor –dijo ella–. No deseo ofender a mis antiguos vecinos. Este asunto

no concierne solamente al señor Owlett.

–Esto ya es demasiado –dijo Stockdale con impaciencia.

–Le doy mi palabra de honor de que no le haré concebir esperanzas de ser mi enamorado –

contestó Lizzy con seriedad–. Un hombre razonable se daría por satisfecho con eso.

–Pues yo soy un hombre razonable –dijo Stockdale, y su semblante se despejó.

III. EL ABRIGO MISTERIOSO

Stockdale empezó a advertir con mayor detalle una característica –que había observado

casualmente, pero en la que antes no había apenas pensado– de la vida de su hermosa casera. Era la

señalada irregularidad de sus horas de levantarse. Durante una o dos semanas era tolerablemente

puntual, llegando al piso bajo unos pocos minutos después de la siete y media. Entonces, de repente,

tal vez durante tres o cuatro días sucesivos, no se la veía hasta las doce del mediodía; y por dos

veces él tuvo pruebas irrefutables de que Lizzy no había salido de su habitación hasta las tres y

media de la tarde. La segunda vez que Stockdale observó esta extremada tardanza fue un día en el

que él había deseado verla especialmente para hablar con ella acerca de sus planes futuros; y

supuso, como hacía siempre, que estaría resfriada, le dolería la cabeza o estaría aquejada de alguna

otra dolencia, a menos que no se hubiera dejado ver a fin de evitar encontrarse y hablar con él, lo

cual a duras penas lo podía creer. La primera suposición, sin embargo, se vio desechada cuando,

unos días después, mientras estaban hablando acerca de un asunto de salud, ella dijo inocentemente

que no había padecido ni un solo instante de depresión, jaqueca o malestar de ningún tipo desde

enero del año anterior.

–Me alegra oír eso –dijo él–. Yo me imaginaba lo contrario.

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El predicador desconcertado

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–¿Por qué? ¿Tengo acaso aspecto enfermizo? –preguntó ella levantando la cabeza para

demostrar que era imposible que él, viéndola, pudiera mantener tal creencia durante un solo minuto

más.

–En absoluto; sólo lo pensaba porque a veces se ve usted obligada a quedarse en su cuarto

durante la mejor parte del día.

–Oh, es por eso...; no quiere decir nada –murmuró ella con una mirada que algunos podrían

haber calificado de fría y que era la mirada que a Stockdale menos le gustaba ver en Lizzy–. Es

puro sueño, señor Stockdale.

–¡No es posible!

–Lo es, se lo aseguro. Cuando me quede en mi cuarto hasta las tres y media de la tarde, puede

usted estar siempre seguro de que he estado durmiendo profundamente hasta las tres en punto, o no

hubiera permanecido allí.

–Es terrible –dijo Stockdale pensando en los desastrosos efectos que tal indulgencia podría tener

sobre la casa de un ministro de convertirse en una costumbre diaria.

–Pero –dijo ella, adivinando sus buenos y previsores pensamientos– sólo me sucede cuando me

he pasado toda la noche en vela. A veces no me acuesto hasta las cinco o las seis de la madrugada.

–Ah, eso ya es otra cuestión –dijo Stockdale–. Un insomnio de proporciones tan alarmantes es

una verdadera enfermedad. ¿Se lo ha dicho a algún médico?

–Oh, no...; no es necesario...; todo tiene su explicación para mí –y, sin más comentarios, salió de

la habitación.

Stockdale podría haber tenido que esperar mucho tiempo antes de saber la verdadera causa del

insomnio de Lizzy, de no haber sido porque una oscura noche se vio obligado a permanecer sentado

en su dormitorio, tomando notas –sin mucho interés– para un sermón, durante un rato considerable

después de que los demás miembros de la casa se hubiesen retirado. No se acostó hasta la una. Y

antes de que se hubiera quedado dormido oyó que llamaban a la puerta principal, primero más bien

con timidez y después más fuerte. Nadie respondió, y el visitante volvió a llamar. Como la casa

permanecía impasible, Stockdale se levantó de la cama, fue hasta la ventana, desde donde se podía

ver la puerta y, abriendo aquélla, preguntó quién estaba allí.

La voz de una mujer joven respondió que allí estaba Susan Wallis y que había venido para

preguntarle a la señora Newberry si podría darle un poco de polvo de mostaza para hacer un

sinapismo, pues su padre se había puesto muy malo del pecho.

Al no disponer de campanilla ni de criada a quien llamar, el pastor se vio obligado a actuar

personalmente.

–Llamaré a la señora Newberry –dijo.

Se vistió a medias, atravesó el pasillo y dio unos golpecitos en la puerta de Lizzy. Ella no

contestó, y él, pensando en sus excéntricas costumbres en lo referente al sueño, aporreó la puerta

con insistencia, hasta que, al ver que ésta se entreabría suavemente bajo el impacto de sus llamadas,

descubrió que sólo había estado entornada. Como ahora su voz podía penetrar a través del espacio

abierto, dejó de llamar y, en cambio, dijo en tono suave:

–Señora Newberry, alguien la necesita.

La habitación estaba completamente en silencio; ni un susurro, ni un crujido salían del interior.

Stockdale profirió entonces un verdadero grito a través de la puerta entreabierta:

–¡Señora Newberry!

En el interior no hubo respuesta ni movimiento alguno. El pastor oyó entonces ruidos

procedentes de la habitación que estaba enfrente, la de la madre de Lizzy, como si su griterío la

hubiese despertado –si bien no a Lizzy– y se estuviera vistiendo apresuradamente. Stockdale cerró

cuidadosamente la puerta de la alcoba de la joven y fue hacia la otra. La señora Simpkins la abrió

antes de que él llegara a llamar. Iba vestida con la ropa que solía ponerse durante el día y tenía una

luz en la mano.

–¿Quién llama? ¿Qué quiere? –dijo alarmada.

Stockdale le transmitió la petición de la muchacha, agregando con seriedad:

–No puedo despertar a la señora Newberry.

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–No importa –dijo la madre–. Puedo darle a esa muchacha lo que quiere igual que mi hija –y

salió de la habitación y bajó las escaleras.

Stockdale se retiró a su cuarto, pero antes de entrar le dijo a la señora Simpkins desde el rellano

de las escaleras, como si lo hubiera pensado detenidamente:

–Supongo que no le pasará nada a la señora Newberry. Como no he podido despertarla...

–Oh, no –dijo con prontitud la anciana dama–. En absoluto.

Pero el pastor no se dio aún por satisfecho.

–¿Le importaría entrar a mirar? –dijo–. Me quedaría más tranquilo.

La señora Simpkins volvió a subir, entró en la habitación de su hija y volvió a salir casi

inmediatamente.

–A Lizzy no le pasa nada en absoluto –dijo–; y bajó de nuevo para atender a la chica, la cual, al

haber visto luz dentro, había permanecido callada durante todo este rato.

Stockdale se metió en su cuarto y se echó, como antes, sobre la cama. Oyó a la madre de Lizzy

abrir la puerta delantera y dejar pasar a la chica, y después llegó hasta él el murmullo de la

conversación de las dos mujeres mientras se dirigían hacia el aparador en busca del medicamento.

La muchacha se fue, la puerta se cerró, la señora Simpkins subió una vez más y la casa quedó de

nuevo en silencio. Pero el pastor no se durmió todavía. No podía apartar de su mente una extraña

sospecha que era doblemente inquietante desde el momento en que, de ser cierta, se convertiría en

el hecho más inexplicable de cuantos le habían acaecido. No podía convencerse –por ningún

medio– de que Lizzy Newberry estuviera en su dormitorio cuando él había armado todo aquel

alboroto delante de su puerta (a pesar de que la había oído subir a la hora de costumbre, entrar en su

alcoba y encerrarse de la manera acostumbrada). Pero todos sus razonamientos rechazaban la idea

de que ella pudiera estar en alguna otra parte, por muy inverosímil que fuera la teoría de un sueño

muy profundo y a pesar de no haber oído salir de la habitación –en medio de un griterío y un

aporreo de tal calibre, que los siete durmientes se hubieran despertado– ni un suspiro ni un

movimiento.

Antes de llegar a ninguna conclusión positiva se quedó dormido, y no se despertó hasta que se

hizo de día. No vio a la señora Newberry antes de salir, muy de mañana, a encontrarse con el sol

naciente, como le gustaba hacer cuando el tiempo era bueno; pero como esto no era nada

infrecuente, no le llamó la atención. A la hora del desayuno advirtió que Lizzy no andaba muy lejos,

al oírla hablar en la cocina, y, aunque no la veía –pues aquella parte trasera de la casa estaba

rigurosamente vedada a los ojos de Stockdale–, le dio la impresión de estar charlando, dando

órdenes y trajinando con platos y cacharros con tanta naturalidad que decidió que no había razón

alguna para seguir perdiendo el tiempo con infructuosas cavilaciones.

El pastor sufría con estas irregularidades y, en consecuencia, sus improvisados sermones se

resentían. Ya decía a menudo romanos por corintios en el pulpito, y distribuía himnos de extraña y

complicada métrica que siempre se habían evitado porque la congregación no podía encontrar

melodías que se ajustaran a ellos. Decidió que en cuanto se avecinara el fin de las pocas semanas

que le quedaban por permanecer allí, dejaría todo bien claro, obligándose a un compromiso

matrimonial definitivo –pensando que ya tendría tiempo de arrepentirse si fuera necesario.

Con este fin en perspectiva, le sugirió a Lizzy, al día siguiente de su misterioso y profundo

sueño, por la tarde, que dieran juntos un paseo antes del anochecer (esta última parte de la

proposición hecha con el propósito de poder volver a casa sin ser vistos). Ella accedió, y ambos

salieron, saltaron una tapia y llegaron hasta una senda apartada, ideal para la ocasión. Pero, a pesar

de que los dos lo intentaron, no lograron hacer que el paseo estuviera presidido por una gran

animación. Ella estaba bastante más pálida que de costumbre y a veces volvía la cabeza hacia un

lado.

–Lizzy –le dijo Stockdale con cierto acento de reproche después de haber caminado en silencio

durante bastante rato.

–¿Sí? –dijo ella.

–Ha bostezado usted. ¡Muy aburrida debe resultarle mi compañía! –Él lo planteó de este modo,

pero en realidad se estaba preguntando si el bostezo de la joven no tendría, tal vez, más que ver con

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El predicador desconcertado

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el cansancio, consecuencia de la noche anterior, que con el aburrimiento del momento presente.

Lizzy se disculpó y reconoció que estaba bastante cansada. Esto le permitía a Stockdale hacer

alguna pregunta directamente relacionada con el particular; pero su recato se lo impidió, y el pastor,

de mala gana, decidió esperar.

El mes de febrero transcurrió con alternativas de barro y hielo, lluvias y celliscas, vientos del

este y galernas del noroeste. Las zonas más cóncavas de los campos de labranza se aparecían como

grandes charcos de agua, que se había instalado allí, procedente de las tierras más altas, y aún no

había tenido tiempo de infiltrarse en los suelos y desaparecer. Los pájaros empezaron a volar

ligeros, y un mismo y solitario tordo venía todas las tardes justo antes del anochecer y cantaba

esperanzadoramente sobre el gran olmo que estaba cerca de la casa de la señora Newberry. Los

vientos fríos y la fragilidad de la tierra habían dado lugar a una humedad fangosa que en realidad

era más desagradable que el hielo; pero anunciaba la llegada de la primavera, y las molestias que

ocasionaba eran soportables.

Stockdale había tratado, por lo menos media docena de veces, de llegar a un entendimiento

práctico con Lizzy; pero cada vez que quería hablarle del misterio de su aparente ausencia durante

la noche de la visita de la vecina, y de su extraña costumbre de estar en la cama a horas

inexplicables, sentía que algo, en su interior, le frenaba. Así, pues, siguieron viviendo como

enamorados indefinidamente prometidos, y a duras penas se reconocían, el uno al otro, el derecho a

ostentar el nombre de elegido. Stockdale se convenció de que su indecisión era debida al

aplazamiento de la llegada del pastor designado, y al consiguiente retraso de su propia marcha, que

eliminaba toda necesidad de apresurar el noviazgo; pero lo que quizá sucedía era, simplemente, que

su discreción estaba reafirmándose y diciéndole que le convenía tener una idea más clara acerca de

la manera de ser de Lizzy antes de comprometerse al gran contrato de su vida con ella. Ella, por su

parte, parecía estar siempre dispuesta a –en lo referente a este asunto– dejarse llevar más lejos de lo que él, hasta aquel momento, había intentado ir; pero Lizzy no por ello era menos independiente, y

lo era en tal grado, que hubiera impedido que la pasión de un hombre mucho más inconstante que

Stockdale se entibiara.

El primero de marzo, por la tarde, al anochecer, Stockdale, sin ningún propósito determinado,

fue a su habitación, y vio allí, encima de una silla, un abrigo, un sombrero y unos pantalones. No

recordando haber dejado ninguna prenda suya en aquel lugar, se acercó y las examinó lo mejor que

pudo, a la luz del crepúsculo, y descubrió que no le pertenecían. Se quedó quieto un momento para

pensar cómo podrían haber llegado hasta allí. Él era el único hombre que vivía en la casa, y, sin

embargo, aquellas ropas no eran suyas, a menos que se hubiera equivocado. No, no eran suyas.

Llamó a Martha Sarah.

¿Cómo han llegado estas cosas a mi habitación? –dijo, dejando caer al suelo las impertinentes

prendas.

Martha dijo que la señora Newberry se las había dado para cepillar y que ella las había llevado al

cuarto pensando que, puesto que no había ningún otro caballero alojándose allí, serían del señor

Stockdale.

–Desde luego –dijo Stockdale–. Ahora llévaselas a la señora y dile que he encontrado aquí estas

ropas y que no sé nada de ellas.

La puerta quedó abierta y Stockdale pudo oír la conversación del piso inferior.

–¡Qué estúpida! –decía la señora Newberry con voz confundida–. Caramba, Martha Sarah, ¿te

dije acaso que las llevaras al cuarto del señor Stockdale?

–Es que, como estaban tan llenas de barro, pensé que serían de él –contestó Martha

humildemente.

–Deberías haberlas dejado en el perchero –dijo la joven señora con severidad; y subió al piso de

arriba con las prendas en el brazo, pasó rápidamente por delante del cuarto de Stockdale y las arrojó

violentamente a un ropero que había al final del pasillo. Así acabó el incidente, y la casa volvió a

quedarse en silencio.

Encontrar aquellas ropas en casa de una viuda no habría tenido nada de extraño si hubieran

estado limpias, o apolilladas, o arrugadas, o enmohecidas a fuerza de estar guardadas durante tanto

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tiempo; pero que estuvieran salpicadas de barro aún fresco molestó bastante a Stockdale. Cuando un

joven pastor está en la fase de susceptibilidad que antecede a la consecución de algo, y se muestra

propenso a excitarse por la menor insignificancia, una incongruencia de este tamaño, cuando

además es sustancial, es algo verdaderamente turbador. Nada más, sin embargo, sucedió de

momento; pero Stockdale se hizo desconfiado y dado a hacer conjeturas, y no pudo olvidar el

incidente.

Una mañana, al mirar por la ventana, vio a la señora Newberry en persona cepillando los

faldones de un gran abrigo grisáceo, que, si no se equivocaba, era exactamente la misma prenda que

había adornado la silla de su habitación. Estaba salpicado –por todas partes– de lodo procedente de

las cercanías de Nether-Moynton, a juzgar por el color, y Stockdale podía ver claramente las

manchas a la luz del sol. Puesto que el abrigo había estado mojado uno o dos días antes, la

inferencia de que el que se lo ponía había andado una distancia, considerable, hacía muy poco, por

las veredas y los campos, era irrebatible. Stockdale abrió la ventana y se asomó, y la señora

Newberry se volvió. Gradualmente, su rostro fue enrojeciendo; nunca había estado tan bonita ni tan

impenetrable. Él la saludó afectuosamente agitando la mano y le dio los buenos días; ella contestó

confundida y, habiendo interrumpido su tarea al verle a él, dobló el abrigo, que sólo había limpiado

a medias.

Stockdale cerró la ventana. Cabía dentro de lo posible que hubiera alguna explicación simple del

proceder de Lizzy; pero a él no se le podía ocurrir ninguna; y lamentó que ella no hubiera despejado

sus temores acerca de aquello diciendo, allí y entonces, algo referente al asunto.

Pero aunque Lizzy no se ofreció a dar ninguna explicación en aquel momento, sacó el tema la

siguiente vez que se vieron. Estaban los dos charlando acerca de algún otro suceso cuando ella

señaló que aquello había tenido lugar mientras desempolvaba unas ropas viejas que habían

pertenecido a su pobre marido.

–¿Las tiene limpias por respeto a su memoria? –dijo Stockdale, tanteando.

–Las aireo y les quito el polvo de vez en cuando –dijo ella con la inocencia más encantadora del

mundo.

–¿Los muertos salen de sus tumbas y caminan sobre el lodo? –musitó el pastor con un sudor frío,

provocado por la decepción que ella le estaba deparando.

–¿Cómo ha dicho usted? –preguntó Lizzy.

–Nada, nada –respondió él con tristeza–. Simple» palabras..., una frase que me servirá para el