El Capitán Tormenta por Emilio Salgari - muestra HTML

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El Capitán

Tormenta

Emilio Salgari

- ¡Siete!

-

¡Cinco!

-

¡Cuatro!

-

¡He ganado!

-

¡Por treinta mil cimitarras turcas! ¡Que

suerte la vuestra, señor Perpignano! En dos

noches me habéis ganado ochenta cequíes.

¡Esto no puede seguir! ¡Prefiero una descarga

de culebrina, aunque la bala sea disparada

por esos perros infieles! ¡Por lo menos, no me

martirizarán cuando conquisten Famagusta!

-

¡Si la conquistan, capitán Laczinski!

-

¿Lo ponéis en duda, señor Perpigna-

no?

-

De momento, sí. En tanto que estén a

nuestro lado los mercenarios no será conquis-

tada. La República sabe elegir a sus soldados.

-

Pero no son polacos.

-

¡Capitán, no ofendáis a los soldados

dálmatas!

-

No pretendo tal cosa. Pero si se en-

contrasen aquí mis compatriotas…

Murmullos amenazadores, que empezaron

a oírse en torno a los dos jugadores, unidos

al entrechocar de espadas nerviosamente

blandidas, hicieron al capitán Laczinski inte-

rrumpir sus palabras.

-¡Oh! –exclamó cambiando el tono de su

voz y esbozando una sonrisa-. ¡Ya conocéis,

bravos mercenarios, que soy amigo de las

bromas! Llevamos ya cuatro meses luchando

juntos contra esos perros descreídos, que han

jurado agujerearnos el pellejo, y sé lo que

valéis. De manera, señor Perpignano, que

mientras los turcos nos dejan en paz un rato,

continuemos nuestra partida. Aún conservo

unos veinte cequíes que están ansiando salir-

se del bolsillo.

Como para desmentir las palabras del ca-

pitán, en aquel instante se oyó el estampido

del cañón.

-¡Ah, bandidos! ¡Ni por la noche nos dejan

tranquilos! –exclamó el polaco parlanchín-.

¡Bah! ¡Todavía nos darán ocasión de perder o

ganar unos cuantos cequíes! ¿No os parece,

señor Perpignano?

- A vuestra disposición estoy, capitán.

- ¡Tiráis vos!

- ¡Nueve! –dijo Perpignano, lanzando los

dados encima del taburete que hacía las ve-

ces de mesa de juego.

-¡Tres!

- ¡Once!

-¡Siete!

- ¡He ganado!

Una exclamación de contrariedad surgió de

los labios del poco afortunado capitán, en

tanto que en torno a él, brotaban algunas

carcajadas, rápidamente reprimidas.

.- ¡Por las barbas de Mahoma! –barbotó el

polaco, tirando sobre el taburete un par de

cequíes-. ¿Habéis pactado acaso con el de-

monio, señor Perpignano?

-¡Dios me guarde! ¡Soy buen cristiano!

-En tal caso alguien debe de haberos en-

señado a lanzar los dados. ¡Apostaría mi ca-

beza contra las barbas de un turco a que ese

que os ha enseñado es el capitán Tormenta!

-Juego a menudo con tan valiente caballe-

ro, pero no me ha dado la menor lección.

-¿Caballero? ¡Bah! –dijo el capitán, con al-

guna acritud.

-¿No le consideráis así?

- ¡Bah! ¿Quién sabe en realidad de qué

persona se trata?

-De todas maneras, es un joven amable y

en extremo valeroso.

-¡Un joven!

-¿Qué pretendéis decir con esto, capitán?

-¿Y si no se tratase de un joven?

-Probablemente no tiene todavía veinte

años.

-¡No me entendéis! Pero olvidemos al capi-

tán Tormenta y a los turcos, y continuemos el

juego. No deseo combatir mañana con la bol-

sa vacía. ¿De que forma iba a pagar a Caron-

te el barquero (personaje mitológico) sin te-

ner conmigo un miserable cequí? Bien cono-

céis que para atravesar la Estigia hay que

pagar, amigo mío.

-¿Tan cierto estáis de ir al infierno? –

preguntó, entre risas, el señor Perpignano.

-¡Pudiera ocurrir! –replicó el capitán, co-

giendo casi con cólera el cubilete y moviendo

los dados-. ¡Aún quedan dos cequíes!

Esta escena se desarrollaba en una gran

tienda de campaña que servía al mismo

tiempo de cuartel y de cantina, a juzgar por

los numerosos colchones amontonados en un

extremo y los barriles acumulados tras un

rústico banco, en el que se hallaba sentado el

propietario de la tienda, bebiendo a tragos

una garrafa llena de vino de Chipre.

Debajo de una lámpara de las denomina-

das de Marrano, que pendía del machón cen-

tral de la tienda, se encontraban ambos juga-

dores, y a su alrededor estaban reunidos una

quincena de soldados de los que envió la Re-

pública de Venecia, reclutados de sus pose-

siones dálmatas para proteger las colonias de

Levante, amenazadas de continuo por la for-

midable cimitarra turca.

El capitán Laczinski era un hombre grueso

y de elevada estatura, fuerte musculatura,

imponentes bigotes y áspero pelo rubio. Su

nariz tenía el color característico de la de un

bebedor empedernido y sus pequeños ojos se

movían sin cesar. Tanto en sus rasgos facia-

les como en su manera de hablar y sus ges-

tos se adivinaba en el al capitán aventurero y

al espadachín o ‹‹matón›› de oficio.

El señor Perpignano era todo lo contrario

que su rival. De bastante menos edad que el

polaco, que ya contaba seguramente unos

cuarenta años, se advertía en el al auténtico

tipo de veneciano, alto y delgado, aunque

robusto, con el cabello y los ojos negros, y la

piel del semblante un poco pálida.

El capitán Laczinski llevaba una pesada co-

raza de hierro, y de su costado pendía una

enorme espada. El señor Perpignano, en

cambio, lucía el elegante traje veneciano de

la época: casaca suntuosamente recamada,

que le llegaba hasta media pierna, calzón de

malla de varios colores y escarpines. Sobre la

cabeza llevaba la toca azul ornada con una

pluma de faisán.

En vez de un guerrero parecía un paje de

Dux de Venecia, pese a su armamento, que

consistía en una espada ligera y un puñal.

El juego había vuelto a iniciarse con entu-

siasmo, por las dos partes y con creciente

curiosidad de los soldados, que, como ya in-

dicamos, se hallaban en círculo alrededor del

taburete que hacía las veces de mesa, en

tanto que a lo lejos rugía de vez en cuando el

cañón, haciendo agitarse la llama de la lám-

para.

Ninguno, no obstante, parecía inquietarse

demasiado por aquellos estampidos; ni si-

quiera el tabernero, que proseguía trasegan-

do con toda tranquilidad el dulce y exquisito

vino de Chipre.

El capitán había perdido ya –no sin gran-

des maldiciones- otra media docena de ce-

quíes, cuando una de las cortinas de la tienda

se alzó y un nuevo personaje, tapado con un

amplio tabardo negro, y cuyo birrete se

hallaba adornado por tres plumas azules,

penetró en la tienda, exclamando con acento

ligeramente irónico y sin embargo, lo bastan-

te enérgico para ser obedecido:

-¡Magnífico! ¡Aquí se está jugando en tanto

que los turcos pretenden demoler el fuerte de

San Marcos y lo minan sin descanso! ¡Que

mis hombres tomen las armas y me acompa-

ñen! ¡Allí se encuentra el peligro!

Mientras los soldados empuñaban sus ala-

bardas, mazas de hierro y espadas de doble

filo, que dejaron juntas en un rincón de la

tienda, el polaco, que se encontraba de un

endiablado humor por la huida ininterrumpida

de sus cequíes, había alzado la cabeza, con-

templando con hostilidad al recién llegado.

-¡Hola! ¡El capitán Tormenta! –exclamó en

tono de burla-. ¡Ya podías defender solo el

fuerte sin venir a terminar con nuestra parti-

da! Famagusta no se entregará esta noche.

El joven era arrogante, acaso atractivo en

exceso para ser un guerrero; no demasiado

alto, pero esbelto, de rasgos correctos, con

negros ojos que semejaban carbunclos, boca

de mujer adornada con hermosos dientes,

cutis algo atesado, que indicaba su origen

meridional, y pelo largo y castaño.

Parecía antes bien una encantadora mu-

chacha que un capitán de fortuna.

Sus ropas eran elegantes y cuidadas, aun-

que los continuos ataques de los turcos no le

debían de dar demasiado tiempo para ocu-

parse de su tocado.

Llevaba una armadura totalmente de ace-

ro, con un pequeño escudo en mitad del peto,

en el que se veían grabadas tres estrellas

bajo una corona ducal; calzaba espuelas do-

radas y del cinto le pendía una espada cince-

lada, con empuñadura de plata, semejante a

la empleada por los franceses de aquellos

tiempos.

-¿Qué pretendéis decir con tales palabras,

capitán Laczinski? –inquirió con voz bien tim-

brada, que contrastaba de una forma un tan-

to extraña con la ronca y fuerte del polaco, y

sin abandonar la mano de la empuñadura de

la espada.

-¡Que los turcos pueden aguardar hasta

mañana! –contestó el aventurero, encogién-

dose de hombros-. ¡Aún somos lo bastante

fuertes para hacerlos retroceder hasta Cons-

tantinopla o a la mitad del maldito gran de-

sierto de Arabia!

-No alteréis el sentido de las palabras, se-

ñor Laczinski –repuso el joven-. Os referíais a

mí, no a los infieles…

-Vos o los turcos, para mí es lo mismo –

interrumpió en forma brutal el polaco, todavía

de pésimo humor por la mala suerte que con

tal empeño le acosaba.

El señor Perpignano, que era un gran ad-

mirador del capitán Tormenta y a cuyas ór-

denes combatía, empuñó la espada dispuesto

a precipitarse sobre el polaco, pero fue inte-

rrumpido por el joven, que había mantenido

una absoluta serenidad, y le dijo:

-La vida de los defensores de Famagusta

es en exceso valiosa para jugársela de seme-

jante manera. El capitán Laczinski pretende

reñir conmigo para desahogarse de las pérdi-

das sufridas o tal vez porque, como he oído

decir, duda de mi valor.

-¿Yo? –exclamó el polaco, incorporándose.

¡Por las barbas de Mahoma! ¡Los que os han

explicado eso son unos canallas, a quienes

exterminaré como a perros rabiosos!...

-¡Proseguid! –interrumpió el capitán Tor-

menta con imperturbable serenidad.

-¡Pongo en duda vuestro valor! –replicó el

polaco-. Sois demasiado joven para tener la

reputación de famoso guerrero y, por otra

parte…

-¡Acabad! –agregó el capitán, interrum-

piendo con firmeza al señor Perpignano, que

por segunda vez había vuelto a desenvainar

la espada-. ¡Sois muy entremetido, capitán

Laczinski!

El polaco derribó el taburete que les servía

de mesa.

-¡Por san Estanislao, patrón de Polonia! –

barbotó levantando con nervioso ademán sus

lacios bigotes, que pendían como los de los

chinos-. ¿Pretendéis burlaros de mí, capitán

Tormenta? ¡Decídmelo llanamente!

-¡Ya podríais haberlo observado! –contestó

el joven, siempre con acento burlón.

-¡Os consideráis muy experto espadachín

cuando tenéis la osadía de burlaros de un

viejo oso polaco, muchacho! ¡Si es que en

realidad sois un muchacho, ya que tengo mis

dudas!

Al escuchar aquellas palabras, el joven se

tornó lívido y un destello de ira brilló en sus

ojos negros.

-Hace cuatro meses –exclamó- que lucho

en las trincheras y en los fuertes; me cono-

cen y nos conocemos todos. Os notificaré,

además, que mi espada de muchacho conoce

mejor a los turcos que la vuestra de matón.

¿Lo habéis oído, capitán aventurero?

En esta ocasión fue el polaco quien se tor-

nó lívido.

-¿Yo un aventurero? ¿Y me lo dice el capi-

tán Tormenta?

-¡El capitán Tormenta puede lucir en su

armadura una corona ducal!

-¡Yo me colocaré una real en la coraza! –

contestó el polaco, riendo-. ¡Sea lo que sea,

yo afirmo, duque o… duquesa, que no tenéis

suficiente valor para enfrentaros a mi espada!

-¡Duque, ya os lo dije! –exclamó el joven y

bizarro capitán-. ¡Esto lo solucionaremos en-

tre los dos!

Los mercenarios, que se habían reunido a

la derecha de su capitán, cogieron las alabar-

das y dieron un paso hacia adelante, en acti-

tud de precipitarse sobre el polaco y despe-

dazarlo.

Incluso el propietario de la tienda se había

levantado del banco y, habiendo tomado un

barrilito, se disponía a lanzarlo sobre el teme-

rario aventurero. Pero un imperioso ademán

del capitán Tormenta lo retuvo.

-¿Ponéis en duda mi valor? –dijo con acen-

to irónico-. De acuerdo: todos los días un

joven turco, sin duda muy valeroso, llega

bajo nuestras murallas para desafiar al más

experto espadachín y medir con él sus armas.

Mañana no dejará de acudir. ¿Sois lo suficien-

temente valeroso para enfrentaros a él? Yo,

sí.

-¡Me lo tragaré de un bocado! –repuso el

polaco-. ¡No me amedrentan los turcos! ¡No

soy veneciano ni dálmata! ¡No valen lo que

los tártaros rusos!

-¡Hasta mañana!

-¡Belcebú me lleve consigo si falto!

-Yo ya estaré allí.

-¿Quién será el primero en batirse?

-¡El que gustéis!

-Ya que soy el de mas edad, yo seré el

primero; luego lo intentaréis vos, capitán

Tormenta.

-Que sea así, si es vuestro gusto. Por lo

menos no se podrá decir que los defensores

de Famagusta se matan entre ellos.

-Y será más prudente –convino el polaco-.

¡La espada de Laczinski matará de esta forma

a un guerrero más del ejército de Mustafá!

El capitán Tormenta cogió el tabardo que

uno de sus soldados le entregaba y, ponién-

doselo sobre los hombros, abandonó la tienda

mientras decía a sus hombres:

-¡Al fuerte de San Marcos! ¡En ese punto

es donde los turcos están minando y donde el

peligro es más grande!

Y salió, sin mirar a su adversario, acompa-

ñado por el señor Perpignano y los soldados,

quienes, aparte de las alabardas, llevaban

arcabuces.

El polaco permaneció en la tienda y, no te-

niendo cómo ni con quién desahogar su mal

humor, embistió contra el taburete, rompién-

dolo a golpes y puntapiés, entre grandes pro-

testas del tabernero.

La compañía de los soldados al mando del

capitán Tormenta, que tenía por teniente al

señor Perpignano, se encaminó hacia el fuer-

te, cruzando callejuelas estrechas flanquea-

das por casas de dos pisos.

La noche era muy oscura. Todas las ven-

tanas se hallaban cerradas y los faroles apa-

gados. Caía una lluvia menuda y continua

acompañada de un viento caluroso, enervan-

te, procedente del desierto de Libia, que cru-

zaba silbando por entre los tejados de las

casas.

El cañón retumbaba más a menudo que

antes, y de vez en cuando un proyectil de

piedra, de los utilizados en aquel tiempo, cru-

zaba silbando por los aires, dejando detrás

una estela de chispas y se abatía con sordo

estruendo en el tejado de alguna casa, hun-

diéndolo y haciendo cundir el espanto entre

los moradores de la casa.

-

¡Vaya noche! –exclamó el señor Per-

pignano, que marchaba al lado del capitán

Tormenta-. Los turcos no podían haber elegi-

do otra mas apropiada para intentar el asalto

al fuerte de San Marcos.

-

Será trabajo inútil, al menos de mo-

mento –replicó el capitán-. La hora trágica de

la caída de Famagusta no ha sonado aún.

-

Pero no tardará en sonar, si la Repú-

blica no se apresura a mandar socorros.

-

Será mejor no contar sino con el valor

de nuestras espadas, señor Perpignano. La

Serenísima se halla muy ocupada en proteger

sus colonias de Dalmacia, y las galeras turcas

navegan por las aguas del archipiélago y del

Jónico, prestas a exterminar a quien acudiera

en nuestro socorro.

-

En tal caso habrá de llegar el día en

que debamos rendirnos.

-

Y también dejarnos asesinar, ya que

estoy enterado de que el sultán ha ordenado

llevar la lucha a degüello a fin de castigar

nuestra prolongada resistencia.

-

¡Miserable! ¡Nosotros habremos tal

vez muerto ya y no estaremos presentes en

tal exterminio, capitán! –dijo el señor Perpig-

nano, suspirando-. ¡Desdichados habitantes!

¡Mejor sería para ellos quedar sepultados

totalmente!

-

¡Callad, teniente! –repuso el capitán-.

Siento una gran congoja al pensar en el ins-

tante en que esas fieras procedentes del ca-

luroso desierto de Arabia penetren en Fama-

gusta, anhelosas de sangre igual que tigres.

La compañía había abandonado ya el re-

cinto de la ciudad, alcanzando una amplia

explanada cerrada en un lado por las casas y

en el otro por una larga muralla, en la cual

ardían varias antorchas.

La luz de las antorchas bastaba para ver a

los guerreros que se movían en todas direc-

ciones, pero no para reconocerlos, ya que el

viento hacía oscilar las llamas de modo fan-

tasmagórico. De vez en cuando un relámpago

rasgaba las tinieblas, acompañado de un es-

tampido.

Detrás de los artilleros, una gran fila de

mujeres, algunas con suntuosas ropas, avan-

zaba en silencio, portando a duras penas

enormes sacos, cuyo contenido arrojaban por

encima de la muralla, afrontando, impertérri-

tas, los proyectiles de los sitiadores.

Eran las valerosas mujeres de Famagusta,

que reforzaban las murallas, minadas sin ce-

sar por los enemigos, con las ruinas de sus

moradas, abatidas por el bombardeo de los

infieles. Un ejemplo más de que la valiente

actuación de las mujeres puede decidir el

final victorioso de un asedio prolongado. His-

tóricamente, han sido muchas las heroínas de

todas las 30

razas que han hecho honor a su sexo man-

teniendo alto el ánimo de los sitiados sin con-

tribuir al desespero general.