El Chispeante Epitafista Don Ludovico Di Betto por Jaime Alvarez Gutierrez - muestra HTML

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CAPITULO I

Sea como sea y sin ninguna duda, la trama de esta historia es tan real y cierta como

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resultó ser la existencia de su singular héroe, un joven minero que, apabullado por la

nívea blancura de la mina, un día cualquiera de su monótona existencia, abandonó su

tradición laboral de más de trescientos años subsumidos por sus antepasados desde los

tiempos remotos de sus quintirrequetatarabuelos, de un modo tan natural y silencioso

que, cuando Vitruvio se ausentó de su nativa Carrara nadie vio su actitud con extrañeza

alguna, pues su viaje apenas alcanzó a ser pasto de comidillas de vecindario, durante la

primera semana de su desaparición cuando el muchacho rompió, inesperadamente, con

las pautas de su tradición. Todo pasó casi en silencio porque su gesto a muy pocos

interesó. Los habitantes de Carrara no se dieron cuenta de su alejamiento de las calles

de su barrio ni sus compañeros en el trabajo se apercibieron de su falta ni sus padres le

dieron al hecho mayor importancia, pese a que casi todos habían deseado poner pies en

polvorosa e irse a realizar el sueño que Vitruvio emprendía, pues migrar había sido para

la mayoría de los habitantes de la población una obsesión tan deseada como imposible

de realizar ya que quienes la habían intentado solo habían alcanzado a llegar hasta el

puertecillo de Marina di Carrara sobre el mar Tirreno, en donde algunos habían ido para

ayudar a embarcar los monumentales bloques de mármol que, incluso inanimados y sin

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vida partían desde allí hacia los más remotos lugares del mundo mucho más fácilmente

que los hombres, ya bajo los auspicios de la fama o de la gloria venidera de algunos sin-

gularísimos escultores, émulos de Praxiteles, cosa que ninguno de los naturales había

podido lograr, pues, los más osados se habían limitado a poner sus pies sobre la plaza

de los Milagros en Pisa, en donde vieron y comprobaron la inclinación de la torre, y los

más andarines, sobre los puentes, las calles, las plazas, los palacios y las iglesias de la

inalcanzable Florencia, siendo este corto viaje su más larga aventura. Desde luego que

lo más recóndito y trivial de tan “petite histoire” no estaba en la inercia geológica de los

pobladores de Carrara sino, más bien, en su manera de ser, reposada y tranquila, pues

como nada tenían que esconder ni de sus vidas ni de sus hechos ni de sus familias ni de

sus costumbres y todo lo revelaban sin afeites, cada vez que algún curioso se acercó a la

casa y preguntó por el viajero, sus padres y sus hermanos, mirándolo a los ojos, le

contestaron con una verdad tan escueta que desembarazaba al fisgón para siempre:

“Vitruvio se fue en busca de otros cielos” por lo que, ante tan obvia razón, limpia de

esguinces, aseada de fábulas y curada de aventuras, surgía la verdad tan monda y

lironda que, sin necesidad de invocaciones a los dioses, quedaba demostrada como los

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axiomas, cosa que jamás ocurrió con la llamada “grandeur” de la historia imperial tan

soldada a la mentira de los mamotretos que unas veces por pasión, otras por paga, y las

más por encargo, les hacían exclamar a sus héroes lo que jamás dijeron, o suponer

acciones que nunca realizaron, o inventar gestos que no se dieron para zurcir con

remiendos los descalabros de unos hombres sin gloria para los cuales solo las palabras

pudieron ser desenvoltura del olvido, pues que casi siempre lo magnífico se hiló con

predicamentos falsos y lo sencillo con hilos verdaderos. Vitruvio Rossi, que así se

llamaba el pequeño héroe, se había ido en medio del silencio mudo de su pensamiento

de la mina y alejado de sus vecinos, bajo el latido de su joven corazón, en busca de una

nueva vida y había encaminado los pasos hacia la imperial, soberana y egregia Roma,

provisto tan solo de una pequeña valija de cartón orgullosa de sus roturas, más llena de

ilusiones que de ropas; con los bolsillos bastante vacíos, repletos eso sí, con la decisión

que enseñaban sus diez y nueve años; su cuerpo atlético y su rostro sano, pletóricos de

vida, como se veía sobre su frente limpia de años, su nariz heroica y atractiva,

completamente resuelta; su mentón hendido y mandón, suavemente cuadrado, y en su

sonrisa amplia, con menos comida que mordedura, y tan repleta de marfil que, bien

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podía servir hasta para espantar ladridos. Desde luego y sin que él se lo propusiera, su

porte y estampa fueron primero cebo y ambición de mujeres; después apetito de

casquivanas y putas, y con el discurrir del tiempo, todos estos atractivos unidos a su

rostro ingenuo como de niño recién bañado, le abrieron el camino al cachorro que

dormía dentro de él, pues como ya lo había intuido y hasta establecido, las mujeres de

Roma que lo vieron le insinuaron con sus ojos y sonrisas la decisión de estar prestas

para ir a proteger al mozo desamparado que sin proponérselo, hacía suspirar a las

castas, desearlo a las más bellas, y ambicionarlo a las más putas como si con esos gestos

y signos de artera ternura quisieran remediar su falta de amor, puesto que ninguna

adivinó en la tristeza de sus ojos la nostalgia de sus pesares sino que comprendieron que

si lograban romper el espejo ustorio de tan asombrosa vitalidad, encontrarían en él no

solo su maravillosa hermosura sino su inocencia, pues él, ignorante de los perversos

sentimientos que su paso suscitaba, había ido a parar sobre el piso, los andenes y las

lozas, de la gran ciudad no como un peatón más, que flotaba a la deriva en busca de la

liberación de su destino sino como un amorcillo que cansado de esperar y hecho adulto

se había escapado del rincón de un cuadro renacentista con el venablo del amor como

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emblema y la casta paloma de la pureza, como un mensaje blanco sobre el hombro.

CAPITULO II

Los primeros días de Vitruvio en Roma fueron de perplejidad porque estando allí, ni el

mundo estaba al alcance de su mano como lo había soñado ni Roma se le había

entregado a su embate. La mina blanca o azul de su nativa Carrara estaba pegada a su

corazón y adherida a su alma de modo que cada vez que miraba hacia alguna paite, sus

ojos, indefectiblemente, iban a dar sobre los formidables bloques de mármol, esculpidos

por los más grandes artistas, aquellos que desde hacía más de tres mil quinientos años

habían erigido en la ciudad el testimonio insuperable de su magnificencia. Roma era

una revelación fantasmal de inigualable y mítica belleza en donde la realidad marmórea

era mucho más vital que la vida de sus grandes emperadores y mucho más eterna que la

historia, y esta impresión lo hizo añorar la remota mina de su nativa Carrara. En esos

momentos de frustración como si viviera en un sueño, deseaba haber venido desde

mucho antes, pero eso sí, no en cuerpo y en vida sino como un bloque de mármol más,

y haber sido cincelado dentro de esa eternidad artística que se esparcía por todas partes,

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y que pese a yacer y estar abatida le insuflaba a esas ruinas, mediante el soplo genial de

la creación, una historia descomunal que con sus pesadas moles lo apabullaba,

haciéndole comprender la inutilidad de su medianía. Pero eso sí, estaba seguro que con

el paso de los días, esa sensación de fracaso le pasaría porque ese mundo que lo

humillaba con su monumentalidad era tan irreal como la mismísima historia de la

ciudad: una fábula de unos niños que él no había creído pero que ese mismo día tuvo

que soportar, pues sin buscarlo ni quererlo oyó de la boca de un sabio sexagenario que

sentaba cátedra en la fuente de Trevi toda la leyenda sobre el mito de Rómulo y Remo y

sobre la intervención de estos en la fundación de la ciudad. Ese día, interesado en la

voz, en los ojos azules y en el rostro caprino y barbudo del expositor, se detuvo ante el

anciano y lo oyó con atención. Por las palabras del sabio oloroso a chivo viejo o cabrón

se enteró de como un grupo de sobrevivientes de la guerra de Troya comandados por el

heroico Eneas había desembarcado en el Lacio siendo bien acogido por el Rey, quien

desposó al héroe con su hija Lavinia, de cuya unión había venido al mundo Ascanio a

quien la leyenda consideraba como al verdadero fundador de Alba Longa la cual vino a

convertirse con el tiempo en capital del reino del Lacio.

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Vitruvio se empapó por las palabras del rebeco y longevo erudito de que Ascanio

había sido un buen gobernante y que sus doce sucesores en el poder habían sido justos

mandatarios, pero que como la historia siempre ha estado salpicada con sangre,

Amulio, después de asesinar a Numitor, había obligado a la hija de este, a Rea Silvia, a

ser vestal del templo y por ende a conservar su virginidad en aras de los celosísimos

dioses. Sin embargo Rea Silvia, querida por el Dios Marte había parido dos gemelos a

los cuales había llamado Rómulo y Remo, los cuales al ser descubiertos por Amulio,

habían sido arrojados a las aguas del Tíbar dentro de un cesto que la corriente enzarzó

cerca al monte Palatino de donde habían sido rescatados por una loba que los

amamantó hasta el momento en que unos pastores los salvaron y se hicieron cargo de

ellos, por lo cual, estos, al conocer su historia decidieron, siendo adultos, levantar una

ciudad para consagrar en el sitio su ventura. Pero que, con todo, venido el desacuerdo

entre los hermanos y surgida una feroz riña entre ambos, Rómulo había matado a Remo

y fundado a Roma. Esa era la fábula del sapientísimo profesor que dogmatizaba entre

sus oyentes, afirmando para más certezas que la fundación había ocurrido el día 21 de

abril del año de 753 a J. C. según los cálculos de Varrón o en la misma fecha pero del

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año anterior según los cómputos hechos por Catón. Pero que había que tener en cuenta

que la verdad cuando se trataba de la verdad histórica casi siempre era mentirosa

porque la certeza sobre la fundación de Roma estaba según él en otra parte y se debía a

un aventurero que acaudillaba un grupo de fugitivos que había visto en la colina el

lugar de su destino. Que el anónimo fundador había abierto con un arado de rejón de

cobre, tirado por un buey y una vaca blancos un surco para marcar el “pomoerium”, y

levantado la reja en los sitios en que quedarían las puertas. Así fue marcando el

llamado “mundus” o lugar sagrado terminó afirmando ante Vitruvio Rossi el

incansable y dogmático historiador que satisfecho con su mejor audiente le sonreía con

su mueca y dientes de chivo barbudo mientras que Vitruvio lo felicitaba sinceramente

por sus interesantes leyendas y con quien simpatizó, mucho más, cuando vino y se le

acercó al letrado una mujer con voz de ensueño que, él tuvo en un principio por hija del

docto, la cual lo dejó alelado cuando lo saludó cortésmente, no tanto por su voz de

soprano coloratura sino por su porte de diosa vestal que lo retribuía con guiños y

melindres, más que todo, por haber sido el más constante oyente de quien creyó ser el

padre de la bella pero que a su presentación resultó ser don Ludovico di Betto, el

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esposo de Lucia Lippi, la Venus que lo miraba agradecida desde el fondo de sus ojos

marinos y con la flauta de su voz lo invitaba para que en compañía de su esposo fueran

hasta un restaurante en donde pudieran tomar una limonada o una copa de vino que les

calmara la sed producida por el ardoroso verano. Una vez instalados, Vitruvio observó

detenidamente la enigmática belleza de la mujer y por un mal pensamiento que cruzó

como un rayo por su mente, consideró que con ella le había llegado el recado de su

fortuna, pero arrepentido por su falta y dominado por el embeleso, inclinó

reverentemente su cabeza ante ella sin que pudiera, desde luego, alejar de su cavilación

la idea de que él si no iba a ser alimentado por una loba broncínea y etrusca de ocho

tetas como la capitolina que el sabio del Ludovico acababa de describirle en la fuente

de Trevi, sino que él iba a llegar a ser un protegido de Lucia como se lo sugerían sus

rebosantes y esplendorosos senos totalmente erguidos y capaces por sí solos de sacarlo

de su abatimiento.

Y como lo creyó sin saber ni el cómo ni el por qué, comenzó a sospechar que los

fantasmas legendarios podían llegar a ser en algunas ocasiones como las verdades de a

puño, puesto que a las pocas horas de haber escuchado la historia de la fundación de la

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ciudad eterna, la suerte como con un sortilegio lo fue llevando de su mano hacia su

inescapable aventura: Vitruvio Rossi, el aventurero en busca de trabajo, según la docta

y profunda intención del erudito Ludovico seria bajo su protección y compromiso, “alia

tanga”, y, “con un palito” el más famoso marmolista de la muy noble y legendaria

Roma: el lapidario más prolífico y creativo de Europa: el más filosófico y sintético

escritor de epitafios, porque si ya se había dicho por algún pensador, que los muertos

gobernaban a los vivos, no lo era menos, que los breves pensamientos de las frases

lapidarias, que con sumo gozo él le enseñaría, podían expresar en un renglón los hechos

más meritorios de las gloriosas vidas y los más altos raciocinios de la sabiduría: y fue

exactamente, en ese momento impensado, inesperado y definitivo cuando Vitruvio

reentendió con el rostro totalmente iluminado que su destino estaba cifrado y que por lo

tanto era más que ineludible, pues pese a haber huido de la mina de Carrara. acaba de

caer con su asentimiento mental, bajo la docta autoridad, disciplina y enseñanza del

genial docto. Ludovico di Betto. el artesano marmolista v filósofo epitafista que había

construido los mausoleos más bellos de los cementerios romanos; las preclaras tumbas

de los genios latinos: los sarcófagos de los más valientes héroes: los sepulcros de los

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infalibles papas: las cofradías más esplendorosas de los ricos banqueros florentinos: los

cenotafios más extraordinarios de los filósofos incomprensibles: los columbarios

singulares de los políticos derrocados, y. en fin. los hipogeos, huesas y nichos con que

los humanos veneraban a sus muertos. Sí. Su destino era inescapable como la muerte

que al final de la vida recoge el salario pactado a partir del nacimiento: cobro al que

nadie escaparía pero al que resignándose ante su invulnerabilidad. con la ayuda de

Lucia y bajo la dirección de Ludovico lograría redimir durante su vida, convirtiéndose,

en el taller del marmolista, ubicado en la calle de la iglesia de Santa María, en el más

digno sucesor de su maestro y en el más reputado escritor de epitafios. El, en una

página en blanco, en uno o cuando más en dos renglones, escribiría la esencia apretada

de una vida meritoria, las acciones, las dudas y los pensamientos más valiosos del

género humano, para que la muerte no borrara el prodigioso pasado de las existencias

vitales. El en esa página insuperable, mucho más apretada y clara que los textos de los

exhumados epítimos, pues tan solo le bastaban dos fechas para cobijar temporalmente

una vida, así esta hubiera sido matusalénica, para ir desde el nacimiento del río vital

hasta la finitud temporal que era el morir, y el nombre del caído en cumplimiento del

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pacto para identificarlo, y un solo pensamiento para eternizar la existencia tal como se

lo explicó por dos veces el ingenioso don, y se lo ratificó Lucia, quien llena de ansiedad

esperaba impaciente, como en los matrimonios el sí de la aceptación por parte de

Vitruvio para vaticinar el futuro del aprendiz de la “Marmolería La Romana de

Ludovico di Betto”. Por eso cuando Vitruvio dijo, sí, esa sílaba explotó con alegría en

el rostro del sapiente marmolista y en la sonrisa de su esposa quien no veía la hora para

que ese rostro varonil con el cual siempre había soñado pudiera llegar a ser suyo no

sempiternamente, como en los juramentos de amor olvidados sino hasta más allá de la

imperecedera eternidad del tiempo y las promesas. Un nuevo brindis celebró la

aceptación dada por Vitruvio quien en el fondo de todo se había visto forzado a aceptar

el ofrecimiento no solo por sus reales circunstancias personales, sino más que todo,

porque la oferta del maestro epitafista era su tabla de salvación.

CAPITULO III

La llegada de Vitruvio a la “Marmolería La Romana” fue aprovechada por Ludovico

para hacer su presentación ante el maestro del taller, un tal Pascuale, lo mismo que ante

los demás trabajadores quienes dándole muestras de afabilidad lo recibieron

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amistosamente, ocasión que le sirvió de pretexto al asombroso epitafista para dictar

cátedra sobre sus conocimientos lapidarios, afirmando que, como muchas veces se lo

habían oído decir, pero Vitruvio lo ignoraba, les repetía para que el nuevo operario lo

supiera que los marmolistas vivían de los muertos por una razón bastante sencilla, pero

que eso no los debía de preocupar: porque la vida era el único pacto sellado a muerte,

pero que como ya lo había sostenido lord Palmerston, el hecho de tener que morir, así

uno no lo quisiera, sería la última cosa que todos haríamos y que como él estaba

convencido de que la mayor parte del tiempo la pasaríamos muertos, lo mejor era con-

tinuar viviendo entre los vivos, por los muertos, de los muertos, y para los muertos,

porque en el mundo como en las democracias todo estaba hecho al revés como lo

sugería el hecho de que se podía incluso estar muerto en vida y vivo en muerte, como

sucedía con la fama que en vida nada era y con la llegada de la muerte presurosa

apostaba una carrera contra el tiempo, una especie de contra reloj como si no es-

tuviéramos fuera de marca, cosa que no pasaba ni ocurría con la fama, que era

exactamente como le había sucedido a los famosos dinosaurios que la mayoría

describíamos sin haberlos conocido, pues que una vértebra de fama como la de todo

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animal antediluviano podía llegar a ser más importante que un inmenso dinosaurio

entero y completo. Estas maravillosas fiases a las que estaban acostumbrados los

trabajadores, excepción hecha del aprendiz Vitruvio, provocaron en el ánimo de este

una gran admiración y un inmenso respeto por su salvador, quien tan pronto como

terminó de hablar fue y le entregó una bata blanca que por una rara coincidencia era de

uso común tanto entre médicos cirujanos como entre marmolistas, y que tan pronto

como se la puso lo hizo sentirse dentro de la mina, pues no solo había recaído dentro de

ella sino que estaba atrapado por la generosidad del chive rudo genial, y porque además,

las palabras de Pascuale y su amabilidad al enseñarle el taller, el depósito de mármol, la

bellísima sala de exhibición de lápidas y tumbas, el cuarto de máquinas y el de las

herramientas tales como buriles, mazos, cinceles, escoplos, rimas y limas y los demás

instrumentos de cantería, de los cuales tenía algún conocimiento, le demostraron que

pese a todo, le iba a ser imposible apartarse de su ineludible destino. Sin embargo los

días pasaron tan rápidamente que el viernes, un viernes que jamás olvidaría, cuando ya

se sentía un poco hecho al patio, al momento de ir a salir, una voz le hizo detener los

pasos y al oír a su espalda la dicción de Lucia quien lo llamaba por su nombre en ese

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tono tan agudo que solo las sopranos pueden dar, cuando volvió la espalda para mirar,

se quedó maravillado al ver a la bellísima mujer que hecha unas pascuas le brindaba su

mano, ante lo cual no tuvo otro remedio que estirar la suya y estrechar la mano blanca y

enjoyada que abandonada, como una paloma muerta, entre su tímida y temblorosa mano

cautiva, le hada desconfiar de la fidelidad de sus oídos y de la sinceridad de sus ojos,

pues pese a ver su rostro, a oír su aguda voz, a ver su cara angelical y a oler la mágica

fragancia que la envolvía, no podía creer en la secreta cita a que lo invitaba, de ir esa

tarde a la fuente de Trevi, en donde le diría algunas cosas importantes, pues la ausencia

de Ludovico de Roma quien había tenido que partir hacia Florencia así se lo facilitaba.

Vitruvio le prometió ir y con el corazón hecho una maraña de enigmas, con la mente

enturbiada de titubeos y el pensamiento repleto de ideas estrafalarias y sublimes, en

todo caso bastante encontradas, le prometió seguir directamente hacia allá. A paso

ligero anduvo sin fatiga por las calles estrechas hasta ir a lograr la amplitud del Corso,

para después de columbrar y recorrer la calle Sabili y deambular por la vía Crociferi,

fue a parar como un autómata a una de las callejas del famoso palacio de los Ducas de

Poli, en donde en el sitio más inesperado de Roma se trompicó con la fuente marmórea

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que apoyada a uno de los lados del palacio estaba a esa hora colmada de turistas y en

donde sin poder contener su emoción, para matar el tiempo, contempló largamente las

tres estatuas metidas entre sus nichos y oyó el rumor de las aguas cristalinas que

chorreaban junto a los caballos blancos, y miró de soslayo las esculturas del ático y vio

en lo alto del frontispicio el magnífico blasón de los heráldicos Corsini. Allí

embriagado ante tanta belleza se extasió leyendo el nombre del Pontifex Máximo

Clemente XII, y así sin ver ni darse cuenta de la gente que allí se agolpaba,

desapercibido del tiempo, del espacio y de las personas, continuó así, hasta el momento

en que la vio venir, como en un sueño, delicada, y luminosa como una hermosa joya, y

quien al estar a su lado, en un gesto que no pudo precisar si era de ternura o de pasión lo

abrazó y lo besó con la más ingenua dulzura como si se tratara del mimo casual con que

una madre acaricia a uno de sus hijos. Entonces, Lucia, dejando ver, claramente, la

natural elegancia de sus acciones y de sus gestos le ofreció el brazo y zigzagueando por

entre la abigarrada multitud dejaron la placita y se alejaron por una de las callejas en

busca de un lugar más discreto, con menos luz y tal vez con mayor resguardo, como lo

sospechó inicialmente Vitruvio, lo decidió después Lucia y lo comprobó éste, más

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tarde, cuando al detenerse, mirar y entrar al vestíbulo de un elegante restaurante, luego

de que superaron algunas dificultades, un ceremonioso maestresala vestido de esmoquin

y corbatín negro sobre pechera blanca los llevó hasta un pequeño reservado del segundo

piso cuyo ambiente silencioso y casi secreto estaba dominado por la lobreguez de unos

pesados coitinones cardenalicios, guarnecido, alfombrado, y amoblado, regiamente, con

una mesa imperial, unas sillas clásicas y un sofá Luis XV, adamasquinado con figuras,

y en donde brillaban únicamente los apliques broncíneos de las paredes sobre cuyas

garras de león se reflectaban las luciérnagas de unas lágrimas de cristal que parecían

mirar con disimulo a los recién llegados, puesto que al guiñar permanentemente sus

ojos cristalinos a la manera como lo hacen las coquetas, parecían considerarlos como a

unos osados intrusos. Vitruvio admirado por las finas atenciones, venias y explicaciones

dadas por el jefe del comedor y por los meseros, sospechó que Lucia debía de ser

conocida allí desde tiempos remotos, pero su apreciación inicial tan solo logró

comprobarla con el tiempo, cuando un día cualquiera uno de los trabajadores del taller

le contó que a Lucia la conocían más en algunos lugares de Roma como en la vía

Veneto por su apodo de “Lammermoor” que por su propio nombre, puesto que quienes

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guardaban algún recuerdo de ella durante su vida de soprano, cuando en aras del “cante

bel” prometía a sus innumerables admiradores con sus famosos trinos de coloratura que

su destino irrevocable e inexorable estaba en ir a cantar al teatro de la Scala en Milán, si

habían olvidado su nombre aún conservaban su alias de diva.

Unos minutos más tarde surgió como de las manos de un prestidigitador un balde de

plata martillada con una botella de champaña sin degollar y dos copas de cristal opalino

que tintinearon en los oídos de Vitruvio, sacándolo de su dudoso soliloquio y pasmado

por tanta sugestión oyó y vio saltar por el aire el corcho de la botella negra que vestida

con una servilleta blanca, salió despedido por el golpe alegre y sonoro de su mismo

estruendo y lo vio caer, quizás con los mismos ojos con que los espectadores y

revolucionarios vieron saltar, envueltas en sábanas, las cabezas de los reyes de Francia,

entre el estallido de los artificios populares cosa que el histriónico maitre acababa de

realizar ante sus incrédulos ojos, y ya con el deseo metido en su garganta miró surtir

embelesado entre las copas de cristal la clara y burbujeante palidez de un chorro de

ópalo que hecho más con luz, como con oro casi líquido, fluía hasta ir a rebosar las

copas embrujadas y alterado por semejante magnificencia quiso “alzar la copa y

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brindar por ella”, pero un leve gesto de Lucia lo detuvo, obligándolo a esperar, hasta el

momento en que, puestos de pie, entrelazaron los brazos, las manos y las copas, y en un

tácito acuerdo, chocaron los cristales y luego del tintín y la alegría, libaron plácidos por

su felicidad en un acto tan último que, sin decir una sola palabra quedó, como los

pactos sagrados, vedado a las ligerezas de la lengua y a las confidencias del corazón, y

que ambos tuvieron por tan oculto, que a partir de ese momento empezaron a

considerar como la parte más sacra de sus vidas. Entonces, como si el universo mundo

no existiera ni nada fuera, siguieron de pie, frente a frente, y abandonando las copas

vacías sobre la mesa se abrazaron estrechamente, y convertidos en una argolla se

fueron prodigando sus caricias y con los rostros cuajados de emoción dieron lugar al

nacimiento y a la eclosión de los besos más ardientes y más ignorados, y envueltos por

ese marasmo de acciones confesadas y por el surgimiento de nuevos hechos cada vez

más audaces y atrevidos al fin llegaron al momento en que Vitruvio se dio cabal cuenta

de que su naturaleza antes calma y dormida entre su carne había despertado

incontinenti y furiosa, puesto que su sexo dándole trallazos chocaba y lo golpeaba por

encima del ombligo mientras que, Lucia pegada a él, oscilaba entre la levedad del

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deseo y entre las sombras bamboleantes y largas que confundidas ya en una sola

sombra larga como la eternidad erguían mucho más su falo prieto con el vigor juvenil

de su vida, y con la dureza con que la piedra soporta la altura de la torre hasta lo

imposible, mientras que el aroma casi casto emanado del cuello y de los senos duros de

Lucia lo envolvía con su real ambrosía. Entonces unas manos angelicales colocaron y

metieron su cabeza entre la carne fascinada por el pecado y que luego con la

voluptuosidad contenida dentro del inmenso deseo, al posar sus labios en los suyos,

luego de besar sus ojos se quedó como hipnotizada, mirándolo hasta el propio fondo de

la lujuria como si con sus ojos quisiera devorarlo antes de tiempo y del momento

acendrado de la pasión cuando aferrándose a él, hizo que este se sentara en el sofá y

mostrando en su rostro una mueca como de loca, desencadenó una serie de acciones

cada vez más osadas y dijo un sartal de palabras cada vez más incomprensibles, y

liberó unos espantos cada vez más grandes que le hicieron presentir a Vitruvio la

inminencia de su desfloramiento, pues, suavemente, le hizo saltar* uno a uno los

botones de su portañuela para luego liberar y acariciarle el seguidísimo sexo hasta el

momento en que su sabiduría milenaria la hizo comprender que estaba ante un hallazgo

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descomunal y al contemplar semejante caudal se fue inclinando reverentemente como

si estuviera cumpliendo un rito, palpándole la piel suave y tersa lo contempló tal como

se contempla a un niño recién nacido, besándolo y bautizándolo como “al cambio de

oro”, dentro de una coitolalia sin temores ni cercos, pues que ya estaba Convencida

hasta la dura madre y la píamater de que el tímido Vitruvio no solo era el varón más

hermoso de la tierra sino que para el tiempo de su edad y exposición, era el único varón

virgen del mundo como lo constató con sus ojos de lince, sus manos de antiseda y sus

labios ardientes, al mirar a ojos vistas, sopesar lo mirado y besar ardientemente el

capuchón encolado que se adhería al sexo con la misma fuerza con que la vaina vegetal

de algunos frutos dorados se adhiere a ellos para protegerlos. Lucia, pese a su pasado

puteril lloró tiernamente de solo alegría y se conmovió musitando y balbuceando ante

su nuevo amor y su corazón mil cosas que Vitruvio no captó, pues preocupado por las

lágrimas que rodaban por las mejillas de su enamorada y luego caían sobre sus senos,

trató de consolarla pero tan solo unos años después se vino a dar cuenta que en la vida

era mucho más fácil llorar de alegría que de pena. El inocente en medio de su

ingenuidad, trató de consolarla y le prometió ser fiel a su amor y a sus juramentos, pero

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solo más tarde, cuando ella se sintió menos arrebatada y un tanto más compuesta, llamó

al camarero y le ordenó que les sirviera la cena, porque ella que se conocía a sí misma

mucho más que a los demás, sabía que la noche y las oportunidades de su enamorado

podían esperar cuanto fuera menester pero las de ella no, porque su sangre impetuosa y

exigente le había ordenado salir cuanto antes de ese lugar para irse a un sitio más

seguro y adecuado donde poder demostrarle en secreto a su cautivo no solo la gama

colorida de sus iluminaciones eróticas, el tremendo alboroto de su sangre voluptuosa, la

omnisciente carnalidad de sus experiencias, el descocado arrebato de sus increíbles

atrevimientos y la impetuosidad de sus instintos perversos, sino algo mucho más

peligroso y conmovedor que estaba locamente enamorada. Después de una cena de

ostiones, calamares y langostas salpicada con vinos blancos y espumosos, decidieron

salir.

CAPITULO IV

En la calle amparados por las sombras, caminaron en silencio como los conspiradores,

quedamente, atrapados por la cintura y solo se detuvieron momentáneamente para

mirarse a los ojos y para besarse largamente, pues Vitruvio que era quien la ceñía por la

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cintura cada vez que Lucia se detenía, para besarlo delicadamente, la impulsaba

empujando su monumental cadera con la elegancia de un caballero, hacia un mundo

ignoto donde creía que flotaban los mayores conjuros pasionales y los ardores sensuales

más secretos. Cuando al fin llegaron al portón del edificio en donde Ludovico tenía su

habitación, Lucía giró la llave, abrió la puerta y una vez dentro, la cerró suavemente. En

un santiamén superaron las gradas hasta ir a desembocar en el obscuro vestíbulo del

segundo piso, en donde poseída de salvaje ardentía, antes de franquearle la puerta del

apartamiento lo besó intensamente. Una vez dentro cerró la puerta y segura de si

misma, encendió las luces, lo abrazó sensualmente y se le adhirió a su cuerpo,

sitiándolo con sus brazos y sus piernas largas como si fuera una planta trepadora,

rodeándolo como el agua rodea a los peces y permaneció así, hasta el momento en que

desprendiéndose de él fue y sirvió dos copas de un vino rutilante que como dos ojos

mirones parecían aspirar a ser testigos de la naciente e imprevisible noche romana. El

apartamiento tenía la añeja sobriedad de las cosas pasadas y sus muebles, alfombras y

cortinas le daban el aspecto de un recuerdo a monarquía destronada sin que revelara ser

el hogar de un marmolista, conjeturaba Vitruvio, observando el lugar, mientras lleno de

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nervios esperaba en la sala. Entonces el ruido producido por el agua que saltaba hasta la

tina, las luces encendidas del baño, y las suaves y delicadas arias y romanzas que Lucia

cantaba lo fueron alejando de tan pasiva actitud y empinando la copa, entre sorbo y

sorbo, se la imaginó desnuda, flotando en la tina entre las espumas blancas orlada de

esencias femeninas y alterado, intentó salir corriendo, solo que la presencia de la

“prima donna’\ fresca como el aire y pura como el viento, transparente como el espejo

cristalino de su bata, exhibiendo el esplendor de su belleza casi desnuda, sin ningún

temor ni engaño lo recuperó de su derrota llamándolo por su nombre y haciéndole mil

mimos y mil gestos se lo llevó para que fuera a compartir con ella las delicias del baño.

Entonces, lleno de pánico y de temblor quiso saltar desde el ventanal a la calle pero los

besos, y las manos ágiles de la “donna” ya habían realizado los prodigios de

desnudarlo, de meterlo entre la tina y de acostarlo sobre el fondo cálido y aromado del

agua como si se tratara de un bebé, por lo cual Vitruvio como si repitiera un calco se

dedicó a hacer exactamente lo mismo que ella le hacía estirada, elásticamente, junto a

él, y asumiendo un aire más audaz la acarició y la enjabonó sin malicia alguna, hasta el

momento en que una sensación intrigante lo sobrecogió cuando ya sin disimulo la vio

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plena, erguida y risueña, sin velos ni amarguras, blanca como el nácar, rubia como un

ángel, hecha una Venus de caderas voluptuosas, con el pelo leonado, pegado a sus

duros senos y con el pubis como un arco iris de luz ineludible y esclavizadora y al no

poder resistir más la increíble escena, como pudo se sacó el jabón, saltó fuera de la tina

y seguido por ella comenzó a sentir la suavidad de las toallas con que le secaba el

cuerpo, como si fuera algún indefenso crio, para luego en medio de las palabras y

mimos llevarlo de la mano hasta la alcoba nupcial, dorada con imperios de anticuario

que pletórica de bronces, esplendorosa de baldaquinos y lujuriosa de almohadones y

cojines lo invitaba con sus arañas sensuales a dejar que la mujer enardecida y casi

descocada cantara entre murmullos las arias más galantes de antiguos repertorios

románticos, para desde allí correr y saltar por un despeñadero de besos que iban de los

labios a los pies aún humedecidos, deteniéndose o saltando sobre sus rodillas, para ir a

caer sobre sus muslos o a flechar su rostro, saltando de una parte a otra con la seguridad

pasmosa de las notas de las cavatinas bien compuestas y mejor cantadas mientras que

Vitruvio escasamente atinaba a poner sus ojos sobre el cuerpo ensoñador de la Venus

que al escapar de sus manos y de sus ingenuas caricias, saltaba de un lado a otro de su

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cuerpo hasta desembocar en el momento en que los besos y sus caricias ascendieron o

bajaron, se concentraron en la boca o en su vientre tatuándolo por todas partes con

sellos imborrables hechos con caricias hasta el momento en que ya no pudo contenerse

por más tiempo y un fuerte latigazo de sangre le empingorotó como nunca el sexo

virgen que desafiante como una torre encubertada quería torpemente ajusticiar la

desafiante grupa y una vez más las manos, los besos y las suaves notas de una olvidada

y sorprendente canción de cuna arrullaban con una musical coitolalia al “bambino de

oro”, a su “bambino de Lucca” sin que él pudiera comprender a qué se refería e ir a caer

y pasar por el momento del más osado atrevimiento, cuando luego de atravesarlo sobre

la cama, poniendo los pies a los costados de su cuerpo y flexionando sus rodillas,

embocándose, se fue clavando lenta y seguramente hasta el zahondar del

estremecimiento cuando dándole un coletazo furioso con todo el poderío de su cadera

lo estremeció, para continuar con un jadeo rítmico, mezcla de palpitaciones entrañables

y de palabras ignotas, de ascensos y descensos, de avances fuertes y de suaves

retrocesos, de medios giros y de revueltas, y tocando y besando sin dar tregua alguna ni

enseñar inquietud, le resbaló sobre el pecho sus senos erguidos como lanzas

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combatientes para proseguir incansable, una y otra y otra vez, minuto tras minuto, y por

endiablados ciclos su acción concupiscente, como si un reloj sincronizado le ordenara

los movimientos sensuales, los ritmos, los avances o las retiradas y hasta el imposible

entuercamiento de tamaño desprepuciamiento, que de manera invisible había

desprendido y desaparecido el embozo del pene, y lo deshollejaba con el arrasamiento

de su total desfloramiento sin que los repetidos orgasmos apocaran su fuerza o pudieran

frenar el goce intenso que la hacía gritar agitada: “Oh mi bambino”, “bambino di

Lucca” y hasta “oro in vergue”, una y otra vez, en un eco sin límites, hasta el final del

rendimiento cuando la humedad y el hallazgo de un cuarto orgasmo coincidió con el

primer estremecimiento de Vitruvio quien animado y vigoroso sentía arder sobre su piel

los más extraños besos pues ella en un acto de sinceridad confesional, doblándose sobre

“il bambino de oro”, contemplándolo cariñosamente, lo palpó y lo lamió a lo largo de

su extensión y después de que lo secó como si fuera a arrullar a un niño puto, entonó

algunas canciones y tonadas demenciales que le hicieron comprender, en ese instante,

por qué no había podido gozar la totalidad desmesurada de ese pene que relamía,

amorosa y cálida sin dejar entrever rubores ni vergüenzas. Fue quizás en ese momento

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fugaz de la vida cuando Vitruvio, entendió por segunda vez que era mucho más fácil

llorar de alegría que de dolor o de pena y en dónde era que estaba su destino, porque si

bien era cierto que él había huido de Carrara, “en busca de otros cielos”, las

complicaciones que le había deparado, seguramente, ya le iba a resultar más que

imposible escapar a la marmórea realidad de su existencia, mucho menos, ahora,

cuando el placer del amor se erigía como un talismán encantado que aprisionándolo

desde el fondo del corazón le hacía prometer a Lucia una y otra vez que la adoraba, que

la quería y que nunca la abandonaría. Entonces la atrajo hacía él con sus brazos para

hacerla repetir la hazaña y luego de tomar unas copas más y de llegar al final del goce,

fueron a parar hasta el nacimiento del somnoliento amanecer romano cuando bajo la luz

cantó la nueva alondra llena de inmensa felicidad, confiando en la fatalidad y a la

espera de que Ludovico, el chispeante erudito, magistral sabio y filosófico epitafista no

regresara jamás de su amada Florencia porque para ella esa corta semana de liberación

de su quemante corazón era tan mezquina e inútil ansiedad amorosa que tal vez solo un

milenio de semanas podía llegar a regodear la gula y hambre de su entraña. El mundo

se había volcado y todo había cambiado para Vitruvio quien ya no era el mismo. Del

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mismo modo todo había cambiado para Lucia quien ya no era la misma. “II pube de la

donna” se había fijado con más fuerza en la mente de Vitruvio que su inolvidable

Carrara.

solo que el arrasamiento de su virginidad los llevó a buscar entre las sombras de su piel

la túnica evaporada de su sexo, y al no hallarla terminó por aceptar el dulce

desmantelamiento, como si se tratara de algo mágico, mientras que su amada, con el

nuevo anhelo clavado hasta la cruz, como un puñal bandolero, en medio de su ánimo

obstinado, aún deseaba con todas las fuerzas de su alma, de su corazón y de su entraña

con poder borrar de la faz de la tierra a Ludovico quien según su pervertido

pensamiento debía de morir, rápidamente, sin recursos ni apelaciones sentimentales,

como los condenados a muerte.

CAPITULO V

Ludovico solo merecía una tumba y tal vez un epitafio y esas dos cosas le parecieron

más que suficientes para redimir su vida. En ese instante, recapacitando sobre la mortal

idea ni rechazó el impulso inicial hacia el crimen ni semejante noción le pareció

inmoral ni mucho menos imposible. El amor que anhelaba era irrealizable sin la muerte

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del sentenciado por su ardiente corazón y ni su sexualidad ni el goce de su cuerpo

podían ser obstaculizados por las conveniencias ni por las normas sociales. Mucho

menos cuando Ludovico por aparecer ante ella como un hombre superprevisivo, al cual

ni la parca lo iba a sorprender, en un acto ligero, un día que en ese momento recordaba

le había afirmado que: “il calzolaio ha le escarpe logore o il sarto poita il vestito

estracciatto”, (en casa de herrero cuchillo de palo o en casa de herrero azadón de palo),

había cincelado y labrado en secreto, tal como se lo confesó, su tumba y su lápida, no

fuera que la muerte lo fuera a pillar desapercibido. Si. Años atrás así se lo dijo, cuando

en medio de una gran confidencia la llevó hasta el cementerio para que conociera su

cripta y luego a su taller, en donde le mostró la hermosísima lápida que ella recordaba,

claramente, junto con las palabras grabadas por él quien ese mismo día le confesó lleno

de orgullo que había elaborado su estela luego de consultar tercamente su monumental

obra el Libro secreto y el Manual ilustrado sobre construcción de tumbas, sarcófagos,

cenotafios, cofradías y columbarios, luego de repasar en su Texto de epitafios algo más

de tres mil leyendas sepulcrales que, él, pacientemente había compilado durante su

vida, tomándolos directamente de las miles de lápidas de los cementerios florentinos y

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romanos, así como de las tumbas del Pere- Lachaise, Montpamasse, Montmartre y de

las almacabras más importantes de las ciudades de Europa. Según lo recordaba, él

consultando esos libros con sus manos de artista, sin temor alguno, había elaborado la

lápida más hermosa del orbe porque deseaba dormir sereno el sueño sin ensueños.

Lo recordó, fotográficamente, y como el sapiente lapidario había cincelado sobre un

hermoso rectángulo de finísimo mármol blanco, en bajo, en alto y en medio relieve, es

decir, combinando armónicamente los tres órdenes del resalte lapidario, había realizado

el milagro de unir las arpas, las trompetas, las águilas, las guadañas, las cruces y tos

astros al famoso arquero bíblico que, con su carcaj sin flechas, acechaba entre la noche

con su red como un ángel asolador de vidas. A esos símbolos había agregado su nombre

y el lugar y la fecha de su nacimiento y había dejado un espacio en blanco para que

alguna mano amiga esculpiera el lugar y la fecha de su deceso. En ese rectángulo estaba

la frase, esa sí, evidentemente lapidaria, compuesta por él con el pícaro humor que le

inspirara su más fiel cliente, pues en ella había escrito con rarísima ironía: “Del tempo

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vissuto rimaría ii mió orologio di teschio pero come e molto difficile insegnare qual

cosa stando morto, rimanete fermi per intendere perche i morti somo tanto tesi” (Del

tiempo pasado solo quedará mi reloj de calavera pero como es tan difícil enseñar algo

estando uno muerto, quedaos quieto, para que entendáis por qué los muertos somos tan

estirados.) De suerte que lo único que allí faltaba era lo inesperado, la fecha de la

muerte. Todo lo demás había sido previsto por él, para que no le aconteciera lo del

herrero que por imprevisivo y falto de azadón de hierro había tenido que recurrir a un

instrumento de palo. Hasta los cuatro clavos de bronce que agarrarían la lápida a la

huesa los había alistado y recordaba que ella los había visto y cómo ese día atemorizada

y aturdida por tan mortal confesión, le había preguntado por el significado de las

pequeñísimas letras mayúsculas que tímidamente sobresalían al final del epitafio pues

quería saber qué significaban esas letritas, S. U. Q.

_Son un homenaje a nuestro amor matrimonia! y a la felicidad que me has deparado y

quieren decir: Sin Una Querella —le había respondido acariciándose la barba y lleno de

sinceridad. Cavilando en todas estas cosas se le había hecho un poco tarde para salir,

pero la nueva vida que saltaba de sus venas jubilosas con reminiscencias lapidarias

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olorosas a muerte, la hicieron recordar que el tiempo era corto para ir a continuar con su

aventura sentimental con su amado quien por instrucciones suyas había salido del

apartamiento desde el amanecer. Pese a todo la estela mortal que la embargaba flotaba

aún en el aire, en su mente y en su corazón y una lápida y una tumba eran la única

solución para sus devaneos, impulsos y locuras eróticas pues, muerte y sexo, y vida y

sexo, se aferraban a su destino tercamente. Lo cierto y lo patente de todo era que esa

mañana no sabía lo que le pasaba porque incluso ya había olvidado quién era ella. Los

romanos tan dados a las clasificaciones legales, tres mil años atrás, habían dividido a las

mujeres públicas en meretricias, prostibulicias, “famosae” y en las “bustuarie” creyendo

al hacerlo haber clasificado a la generalidad puteril. Pero ella, sin embargo, era una

mujer diferente, pues estando comprendida de algún modo, y en algún algo dentro de

esas rigurosas clasificaciones sin embargo, no cabía en ninguna y no cabía porque ella

era una mujer distinta. Ella juzgándola bien estaba por fuera de esa clasificación. Sí.

Hasta ella misma se había olvidado de cómo era. Se parecía un poco a las “bustuarie”

puesto que ella había ejercido su oficio en los cementerios romanos y mucho más

porque estaba casada con el más prominente lapidario y constructor de tumbas y porque

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además, durante la época de sus amores atrevidos, el inquietante marmolista, no solo la

había llevado a los cementerios de Roma sino hasta su propia cripta en donde como

todo enamorado de la pureza de su virtuosismo manual y de la limpia dignidad de su

arte epitafial, para los cuales nada hay impuro ni vergonzoso, por urgencias de su

erotismo apasionado y ardiente, en más de treinta ocasiones le había besado la vulva a

quien primero fuera su novia y después su amante, pero eso sí, jamás, a la que más tarde

sería su esposa. Estas cavilaciones unidas a sus disquisiciones arrebatadoras siguieron

trabajando dentro de su pensamiento, y no la abandonaron jamás a partir del

desfloramiento y del sacrificio de Vitruvio, pero siendo tan persistentes y fuertes ni

minaron su corazón ni destruyeron su juicio. Vivir la vida intensamente era lo único

importante para ella y como estaba a su mano ir a vivirla, rápidamente se arregló, pues

tenía que ir a entrevistarse en las horas de la mañana con su vieja amiga Paola y para

cumplirle a Vitruvio, a las seis de la tarde, la cita que habían convenido. Para ganar

tiempo tomó un taxi que la llevó hasta cerca de la casa de su amiga y de allí continuó a

pie hasta la morada de esta.

Era Paola una mujer ducha en tratos de amor, bastante rica, gracias a su oficio, y si

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bien era notorio a primera vista que ya había perdido gran parte de su belleza e incluso

de sus dientes, la verdad era, como la de la loba vieja pues aún conservaba sus

perversos instintos pues no solo vivía como las antiguas matronas romanas sino que a

ratos gozaba ejercitando las artes de su milenario oficio, disfrutando de sus gajes de

celestina, pues su casa, era el tálamo de los amores secretos; el lecho de los quereres

fraudulentos, y la cama de los goces paganos, consagrados por la traición, el poder y la

gloria, así se tratara de los actos ocultos de los senadores, los artistas, los ministros, los

generales o los burgueses, ayunos de caricias sensuales, a quienes trataba, conocía,

auspiciaba y explotaba a su antojo. La verdad es que Paola la encandiladora, para

remediar los males que Lucia le confesó, le prometió arrendarle un pequeño gabinete

privado, por el tiempo que esta considerara menester el cual juzgó sabiamente como el

más apropiado para satisfacer las necesidades de su amiga, pues fuera de estar dotado

con las más exigentes comodidades, tenía una hermosa tina romana labrada en mármol

blanco de Carrara la cual estaba adornada con una monumental Venus erótica,

posiblemente, hija anónima de algún frustrado escultor a quien Paola se la había

comprado. Lucia miró, detenidamente, la pequeña estancia y se fascinó con la belleza

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de la tina y con el lujoso ajuar de que estaba dotado el pequeño camarín así como por la

clásica simplicidad de las líneas de la monumental cama, las luces y los muebles

auxiliares pero de todos modos le pareció reducido, por lo que Paola, al rechazar la

objeción, reuniendo en un gesto toda la sabiduría sentimental acumulada durante su

larga vida, se quedó extrañada con la tacha, y poniendo sus ojos y el rostro como quien

no puede creer lo que acaba de oír, ahuecando la voz. para imprimirle ese tono único de

los magistrados y de las putas en uso de sus atribuciones especiales, llena de teatralidad

le dijo:

_Lucia del alma. ¿Cómo me extraña que a tus años y grandes experiencias aún no sepas

que los cuartos pequeños, que los gabinetes reducidos como éste, tengan la virtud casi

mágica de concentrar el placer y que los grandes lo dispersen? ¿Qué es lo que en

realidad quieres? ¿Qué es lo que pretendes?

_Uno más grande Paola. ¡Eso es todo! —le respondió.

_Uno más grande como tu dices, es este mismo, porque este gabinete puede crecer a la

medida de tu deseo e incluso duplicarse. No sé cómo es que aún no sepas que los

espejos tienen la virtud de duplicar el ambiente. Lucia si lo quieres ver más amplio el

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remedio esta en tus ojos porque si miras a la pared cubierta con los vidrios azogados,

cuanto mires lo veras más grande. En fin como los argumentos de la sabiduría humana

se entienden mucho más cuando se trata de cosas útiles, Lucia salió feliz de la casa de

Paola con la llave del gabinete en su mano. Una vez en la calle, segura de sus pasos,

lanzó la llave al aire, la atrapó cuando caía y luego la besó, guardándola en su bolso.

Estaba segura de que su Vitruvio del alma, una vez entrara en la pequeña habitación,

recibiría la sorpresa más agradable de su vida.

CAPITULO VI

La sensacional semana que Vitruvio y Lucia compartieron en el gabinete se convirtió

para ambos en el máximo placer y no hubo día en que no se encontraran allí para gozar

de sus cuerpos con sus besos y abrazos en un calderón interminable de enseñanzas y

exploraciones que le hicieron revivir a Lucia no solamente la agudeza de sus trinos y

gorgoritos operáticos sino toda la gama de una escala sensual y sexual que ella

consideraba superior a la musical, pues de un movimiento sin pauta, “tranquilo e

legato” pasaba sin proponérselo ni darse cuenta a un “andante expressivo” que en su

sabiduría despampanante se iba transformando en un “allegro” cada vez más “vivace” o

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