El Ciudadano, El Presidente, La Mesa y las dos Preguntas por Juan Nadie - muestra HTML

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EL CIUDADANO, EL PRESIDENTE, LA MESA Y LAS DOS PREGUNTAS

 

 

Juan Nadie

 

 

Era un día de primavera, en una tranquila y no demasiado fea capital de provincias. El ciudadano estaba sentado en la terraza de un bar, a orillas de una pequeña, redonda y metálica mesa, emplazada justo frente a la alameda. Disfrutaba el ciudadano de las vistas de belleza moderada, del frescor agradecido de una cerveza y del sol que, tras varios días seguidos de lluvia y cielos de plomo, se había dignado por fin a visitar a los habitantes de la tranquila y no demasiado fea capital de provincias.

Resultó además que esa pequeña ciudad tenía cierta fama, al menos a nivel comarcal, por las ruinas de un monasterio medieval, o por unas fuentes de aguas termales sulfurosas, o por los restos de un asentamiento paleolíticos a medio escavar. Atracciones de marcado carácter cultural, y tan sólo un poco lúdico, que atraían cada año a un número más bien parco de turistas, la mayoría de los cuales llegaban a la tranquila y no demasiado fea capital de provincias más o menos por casualidad.

Resultó también, por uno de esos caprichos que a veces cruzan la mente de nuestros próceres líderes, que el presidente de la nación decidió visitar la pequeña ciudad. Pues resultó, una vez más, que dicha población era el lugar natal de la prima del cuñado de la mujer del presidente. De esa manera, se dijo el gobernante, mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, se dejaba fotografiar y grabar por las cámaras en un ambiente más bucólico y campechano que los pasillos del congreso, atufados con las usuales intrigas cortesanas tan comunes en la capital del país. De esa manera demostraba que, como máximo representante político y jefe supremo del ejecutivo, no caía en políticamente incorrectas distinciones entre unas ciudades y otras, y repartía por igual su afecto e interés por toda la geografía nacional. Por otro lado, le pagaba el favor que le debía a la prima del cuñado de su mujer, con lo que quedaba en paz con la mencionada prima, que pasaba a la situación de deudora de un nuevo favor al presidente. El ilustre mandatario se alabó y congratuló a sí mismo por tan genial idea. No por nada había llegado a ocupar el sillón del más alto cargo gubernativo del país.

La visita fue, para más inri, ese mismo día y esa misma tarde en la que el ciudadano disfrutaba del sol y de la rubia cerveza, sentado a la vera de la pequeña mesa circular.

Estaba pues el ciudadano en pleno regocijo vespertino, cuando dos tipos se colocaron justo frente a él, al otro lado de la mesa, bloqueando la luz del sol y enfriando con su sombra la cerveza quizás un par de grados. Eran dos tipos de tamaño entre enorme y gigantesco. Más altos y casi tan anchos como un armario de tres puertas. Vestían pinganillo en la oreja, traje oscuro, corbata negra, camisa de un blanco impoluto, a punto de estallar por el grosor del tórax y el cuello, y gafas de sol que les daban a sus rostros de granito sin pulir un aire de amenaza y profundidad inefables.

Eran los guardaespaldas de turno del presidente de la nación.

—¡Buenos días! —dijo uno de los guardaespaldas.

La voz, o mejor dicho, el tono de la voz, inquietó a las palomas de la alameda.

El ciudadano levantó la mirada para contemplar, con ojos llenos de asombro y aderezados con una pizca de intranquilidad, a la pared de carne que le robaba la ansiada calidez del sol.

—Buenos días —respondió con un cierto tremor.

—¿Podría desalojar la mesa, por favor? —dijo el otro guardaespaldas.

Las palomas de la alameda se elevaron al cielo en desbandada.

—¿Cómo dice? —preguntó el ciudadano, que empezó a mirar a un lado y a otro, hacia los extremos de la muralla de traje oscuro y gafas de sol, con el evidente anhelo de ver si, recaudando algo más de la información circundante, lograba dilucidar qué demonios estaba pasando.

—Necesitamos su mesa —dijo un guardaespaldas.

—El señor presidente requiere esta mesa —dijo el otro guardaespaldas.

—¿El presidente? ¿Qué presidente? —preguntó el ciudadano, con la confusión flotando a su alrededor, como un aura de mal augurio.

—El presidente del gobierno, por supuesto —respondió un guardaespaldas.

—El señor presidente requiere esta mesa. De inmediato —recalcó el otro guardaespaldas.

Alternando las frases en un dueto perfecto, con enunciados precisos, directos y casi telegráficos, los dos guardaespaldas explicaron al ciudadano que el presidente del gobierno de la nación se había dignado visitar la tranquila y no demasiado fea capital de provincias en la que en estos momentos se encontraban. De esa manera, el señor presidente demostraba su afecto y preocupación por todos sus ciudadanos, en cualquier punto de la geografía nacional. Acompañado por los engalanados líderes políticos, sociales, económicos y teocráticos de la comarca, el presidente había pasado la última hora y tres cuartos visitando las ruinas del monasterio medieval, o las fuentes de aguas termales sulfurosas, o los restos del asentamiento paleolítico a medio escavar. Las pequeñas y únicas atracciones turísticas de la localidad, a pesar de su carácter más bien cultural y sólo un poco lúdico.

Tras la caminata, y dado el magnífico día soleado de primavera del que estábamos disfrutando, todo gracias a las excelencias de nuestro querido gobierno, el señor presidente se encontraba algo acalorado y un tanto sediento. Se le ocurrió, como consecuencia, que para mostrar y demostrar su campechanería y su cercanía al pueblo llano, se tomaría un refrigerio, desde luego no alcohólico, en la terraza de ese bar tan simpático. Y como la mesita redonda era aquella en la que mejor daba el sol y tenía mejores vistas de la alameda, el jefe de protocolo y el alcalde de la ciudad mandaron con prontitud a los dos guardaespaldas en avanzadilla, para asegurarse que el terreno estaba despejado de forma conveniente.  

El ciudadano se inclinó todo lo que pudo sobre el brazo de la silla, hasta que consiguió ver algo por el estrecho espacio entre uno de los corpulentos guardaespaldas y la columna de hierro que sujetaba el toldo de la terracita. En lontananza pudo divisar a la nube de lameculos y periodistas que rodeaba, supuso, al señor presidente.

Se retrepó en la silla, levantó la mirada hacia las gafas de sol y dibujó en su semblante, con deliberada lentitud, una amplia y cálida sonrisa, no exenta de cierto sarcasmo y satisfacción.

—Pues tendrá que esperar —dijo el ciudadano mientras asentía.

Un ligero arquear de las cejas fue toda la reacción que se pudo registrar en los dos mastodontes. Fue suficiente, no obstante, para que los gorriones que picoteaban bajo las mesas de la terraza huyesen despavoridos dando saltitos como si se hubiesen cruzado con un gato negro.

—¿Cómo dice? —dijo con un susurro atronador uno de los guardaespaldas.

—Digo que el señor presidente tendrá que esperar a que me acabe la cerveza —replicó el ciudadano—. Yo he llegado primero. Así que, hasta que acabe, la mesa es mía.

Los dos guardaespaldas no movieron un solo músculo de sus rostros de granito. Se miraron el uno al otro a través de la insondable oscuridad de sus gafas de sol. Miraron al ciudadano. Con el dedo índice se presionaron el pinganillo de la oreja y murmuraron por lo bajo. Uno de ellos dio media vuelta y corrió hacia el grupo que rodeaba al señor presidente. Los adoquines de la calle temblaron un poco bajo los pies de la mole. El otro mastodonte se quedó clavado junto a la mesita redonda, enhiesto y sólido como un obelisco.

Poco después, y para su sorpresas, el ciudadano pudo observar como el mismísimo señor presidente, rodeado del enjambre de reporteros y patricios locales, se encaminaba directamente hacia la mesa donde él estaba sentado.

Con discreción y en completo silencio, el guardaespaldas se hizo a un lado a la llegada del grupo. El ciudadano arrugó el entrecejo. Se quedó del todo sin los rayos de sol y sin las vistas a la alameda.

—¡Buenas tardes tenga usted! —saludó afable el presidente con su sonrisa más televisiva.

—¡Buenas tardes, presidente! —saludó a su vez el ciudadano. 

—Me dicen mis empleados que parece incomodarle que yo me siente aquí a disfrutar de un refrigerio en esta soleada tarde —dijo el presidente.

Una sonrisa torcida apareció en el semblante del ciudadano.

—¡Oh, no! En absoluto —replicó—. Por lo que a mí respecta, usted puede sentarse a tomarse lo que quiera donde y cuando quiera. De hecho, en esta misma terraza hay mesas de sobra. Puede usted ocupar la que más le plazca. Pero en esta, ahora mismo, estoy sentado yo. Así que, si me lo permite, presidente, tendrá que esperar a que me acabe la cerveza.

Las cámaras de video de los reporteros zumbaron. Los clics de las cámaras fotográficas inundaron el aire. Los patricios locales, prohombres, próceres, adláteres, lameculos y acompañantes sonrieron con sonrisas tensas como cuerdas de arpa. Los guardaespaldas se llevaron una mano al pinganillo de la oreja y otra a la sobaquera.

—Veo que no simpatiza usted con la ideología de mi partido —dijo el presidente.

—¡Oh, no! Esto no tiene que ver nada con la política, presidente, ni con lo que diga su partido o cualquier otro —contestó el ciudadano—. Es simplemente que la calle es un espacio público, donde no sería adecuado establecer preferencias de uso, cualquiera que sea el cargo político que el interesado desempeñe. Y esta terraza está en la calle, por lo tanto se trata de un espacio público libre de preferencias, ¿no le parece?

El presidente entrecerró un poco los ojos. No parecía quedar claro si captaba la ironía, el sarcasmo y la condescendencia en las palabras del ciudadano. Durante un par de segundos probablemente meditó sobre la conveniencia de seguir allí o largarse con viento fresco, seguido por su nube de acompañantes.

—Pero yo soy el presidente —dijo al fin el presidente.

El ciudadano torció la boca en una mueca cargada de inquietud, que atrajo las cámaras de los fotógrafos y que podía calificarse, no sin ciertos reparos, de sonrisa.

—Veo que no es usted consciente de con quién está hablando, ¿verdad, presidente? —dijo.

—¿A qué se refiere? —preguntó el presidente, con evidente intranquilidad en la voz.

Sin un solo movimiento apreciable, las figuras de los guardaespaldas se hicieron más sólidas y contundentes.

—Veo que ya se le olvidaron las lecciones de adiestramiento en la sede del partido —dijo el ciudadano—. Ha pasado demasiado tiempo, ¿verdad? El ocupar diversos cargos políticos durante tantos años hace que lo básico acabe relegado a un segundo plano, ¿no es así, presidente?

—Esto… —dijo el presidente.

Las sonrisas de los adláteres se volvieron tan tensas que sus rostros parecían a punto de quebrarse. Los periodistas sin duda se estaban divirtiendo de lo lindo. Una vena en la frente del alcalde de la localidad pulsó desaforada.

—Siéntese, siéntese —invitó el ciudadano, señalando una silla al otro lado de la mesita redonda y metálica—. Aunque esto debía de saberlo usted de sobra, se lo volveré a explicar.

Con cierta reticencia, cara de póker y movimientos que revelaban su desconfianza, el presidente se sentó.

El ciudadano se inclinó sobre la mesa para acercar su rostro al del presidente y unió las manos por la punta de los dedos. Los guardaespaldas se tensaron como tigres a punto de saltar sobre su presa. Las cámaras zumbaron de puro gozo.

—¿Sabe usted quien soy yo? —preguntó el ciudadano.

—Pues… —respondió el presidente.

—Yo soy un ciudadano de este país. Por lo tanto, votante y contribuyente.

La sorpresa, y un cierto alivio, afloraron en la cara del presidente.

—Sí, claro. Pero… —dijo el presidente.

—Sin mí, como sin el resto de votantes y contribuyentes de este país, usted no estaría donde está. Sin mí, usted, como presidente, no existiría.

—Hombre, eso…

—Como ciudadano, yo no sólo soy su jefe, que lo soy. Yo soy la razón de su existencia. Incluso, incluso, se podría decir que yo soy su dios.

El presidente se reclinó hacia atrás en la silla. Puso cara de indignación, esa que usaba cuando se enfrentaba a los líderes de la oposición y carraspeó un poco.

Los acompañantes acudieron las cabezas en un gesto de fatalidad. Una nueva vena apareció y pulsó en la frente del alcalde. Los periodistas murmuraron por lo bajo. Una sonrisa casi apareció en el rostro de uno de los guardaespaldas.

—¡Oiga! Eso me parece un poco… —dijo el presidente.

El ciudadano interrumpió el comentario con un gesto de la mano, como si espantase una imaginaria mosca que revolotease sobre la mesa.

—Pero no se preocupe, presidente —dijo—. Hoy hace un precioso y soleado día de primavera en nuestra hermosa ciudad. Aunque tengo que puntualizar que me están ustedes tapando el sol. De todas formas, hoy me siento un dios bondadoso y magnánimo. Así que quizás todavía le ceda a usted la mesa para que se tome su ansiado refrigerio.

—Muy amable de su parte —replicó el presidente con socarronería.

—Pero con la condición de que me conteste usted correctamente al menos a una de las dos preguntas que le voy a formular.

Un murmullo estremeció como una ola de desazón la nube de acompañantes y periodistas.

El presidente volvió a entornar los ojos. Profundas arrugas se marcaron en su frente. Se rascó la canosa barba y clavó la mirada en el ciudadano. De nuevo parecía sopesar sobre la conveniencia de permanecer allí, y quizás acabar sumido en alguna situación no demasiado deseable que la oposición podría usar en su contra, o largarse por donde había venido, a seguir recibiendo los agasajos de sus besaculos, y dejar a ese insolente con un palmo de narices.

Pero quizás porque era un soleado día de primavera, o porque el paseo por la tranquila y no demasiado fea capital de provincias había provocado una oxigenación por encima de lo usual de su cerebro, el presidente no se levantó. La intriga, la curiosidad, la emoción por enfrentarse a lo desconocido y un difuso deseo de aventuras le picotearon en la nuca. Eran sensaciones que hacía mucho, mucho tiempo que no percibía. Se sintió osado. Se sintió valiente. Se sintió invencible. Así que decidió quedarse y afrontar lo que sea que ocurriese.

—Está bien —dijo el presidente con su sonrisa más televisiva—. Hágame usted esas dos preguntas.

Las cámaras vibraron de alegría. El alcalde de la localidad se rascó el culo con disimulo y reprimió un eructo.  No parecía tenerlas todas consigo.

—La primera pregunta es la siguiente —dijo el ciudadano mientras elevaba un dedo en el aire con olor a primavera mojada—. ¿Qué es aquello que está por encima de toda ley, de toda norma, de todo reglamento, de todo real decreto, de toda regulación, de todo mandamiento? O al menos debería estarlo en un mundo ideal.

El presidente frunció los labios y el entrecejo.

—Nadie está por encima de la ley —dijo.

—No he preguntado quién, he preguntado qué —replicó el ciudadano.

El presidente se rascó la barba.

—La ley está para ser cumplida. Y nadie, ni siquiera yo, está por encima de la ley. En un estado de derecho del bienestar como el nuestro, las leyes se hacen para proteger a los ciudadanos, que tienen la obligación de seguir… —dijo.

El ciudadano interrumpió de nuevo con un movimiento de la mano.

—Ahórrese el discurso, presidente, que no estamos en un mitin, aunque haya cámaras delante. Como le decía, hay algo que está por encima de toda ley y toda normativa. ¿Qué es, presidente?

—Y yo le repito que no hay nada ni nadie por encima de la ley. En un estado democrático como… —dijo el presidente.

El ciudadano sacudió la cabeza con resignación y dejó escapar un profundo suspiro.

—Está bien, presidente —dijo—. Veo que no ha sido capaz de contestarme a la primera pregunta.

La nube de adláteres se estremeció de nuevo. El alcalde puso cara de estreñimiento profundo. Uno de los guardaespaldas se inclinó sobre el presidente y le susurró algo al oído, mientras se llevaba la mano a la sobaquera, pero el presidente negó con un gesto de la mano.

—¿Quiere que le haga la segunda pregunta, presidente? —dijo el ciudadano—. Esta estoy seguro de que la acertará, pues está más dentro de su ámbito profesional.

—Adelante —respondió el presidente con aire de desafío.

—¿Cuántos partidos políticos hay? —preguntó el ciudadano.

—¿En nuestro país?

El ciudadano se encogió de hombros.

—Da igual —replicó—. La pregunta se adapta a cualquier circunscripción geopolítica.

El presidente se rascó de nuevo el mentón.

—¡Hum! Veamos… —dijo—. En un país democrático y constitucional como el nuestro hay multitud de partidos, desde luego, que reflejan las distintas ideologías de los ciudadanos. Muchos de ellos son muy minoritarios, desde luego, con poca o nula representación en los órganos democráticos de gobierno. No sabría decirle cuantos son exactamente. Pero estoy seguro que el ministerio correspondiente cuenta con las listas completas. Si solo contamos los partidos mayoritarios, que son los que tienen peso político real, desde luego, pues tenemos… Veamos… Está mi partido, actualmente en el gobierno, claro está. El partido de la oposición. Luego están los…

El presidente se interrumpió al ver que el ciudadano sacudía la cabeza con aire de condescendencia.

—Vamos, vamos, presidente. Usted puede hacerlo mejor que eso. Estoy convencido de que sabe de sobra la respuesta a esa pregunta. Debió ser una de las primeras cosas que aprendió cuando ingresó en las filas de su partido, ¿no es cierto?

—Le repito que en un sistema democrático como el de nuestro gran país —insistió el presidente con algo de enfado en la voz—, el pluripartidismo variado es una parte esencial del engranaje democrático de nuestra sociedad. Existe un número de partidos que responden a las necesidades ideológicas de los ciudadanos que votan a…

—Está bien, presidente —dijo el ciudadano—. Veo que tampoco puede, o no quiere, contestarme a la segunda pregunta.

El presidente volvió a arrugar el entrecejo. Pareció meditar qué demonios iba a hacer o decir ahora. Deseó con todas sus fuerzas haber optado por largarse de allí con viento fresco antes de sentarse a la maldita mesa con ese maldito tipo tan desagradecido.

—No me ha respondido con acierto a ninguna de las dos preguntas que le he formulado —dijo el ciudadano con una amplia sonrisa—. Me temo pues que, manteniendo lo prometido, no puedo cederle la mesa para su refrigerio. ¡Buenas tardes, presidente!

Los guardaespaldas, esta vez sí, sonrieron sin reparos. La cara del alcalde se transformó en una máscara de horror. A punto estuvo de caer al suelo desmayado.

El que sí lo hizo fue el dueño del bar, que había estado presenciando toda la escena mientras se retorcía las manos con frenesí. Tuvieron que llevarlo a urgencias a toda prisa.

Y tú, mi querido lector/a… ¿sabes la respuesta a las dos preguntas que el ciudadano le hizo al presidente?

 

_________________________________________________________

© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2014

Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1409292214604, con fecha de 29 de septiembre de 2014.

Todos los derechos reservados. All rights reserved.

Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.

 

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