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El Cristianismo Evangélico a

través de los siglos

Samuel Vila

1

ÍNDICE

PRÓLOGO

4

INTRODUCCIÓN

9

1. El siglo apostólico .

14

2. La Iglesia de Jerusalén

18

3. Los emperadores romanos en los siglos de persecución

23

4. La Iglesia de Antioquía: Martirio de su pastor san Ignacio

31

5. Persecución en las primitivas iglesias del Asia Menor

34

6. Clemente de Roma y Justino mártir

46

7. Primeros atisbos de corrupción clerical en Roma

50

8. Extensión del Cristianismo en Europa

55

9. Los líderes y mártires del norte de África

61

10. La persecución de Diocleciano

65

11. Un Conversión de Constantino

68

12. Las herejías doctrinales

70

13. El Cristianismo primitivo en España

73

14. Costumbres y doctrina de las Iglesias primitivas

80

15. Desarrollo del poder clerical

83

16. El Cristianismo en las Islas Británicas

87

17. Los Paulicianos

90

18. El Cristianismo en Rusia y Oriente

94

19. División entre la Iglesia Romana y la Ortodoxa

96

20. Poderío mundano y decadencia espiritual de la Iglesia Romana

99

21. Los Albigenses

103

22. Las Cruzadas

106

23. Protestantes anteriores a la Reforma

108

24. Movimientos precursores de la Reforma

115

25. Wiclife y los Lollardos

124

26. Juan Huss y los Hussitas

127

27. Cristianos evangélicos dentro de la Iglesia Católica Romana

139

Claudio de Turín

San Francisco de Asís

San Bernardo de Clairvaux)

Raimundo Lulio)

Marcelo de Padua

Eckart y Juan Tauler

Hermanos de la Vida Común y Amigos de Dios

28. La Reforma en Alemania

148

29. La Reforma en Francia

167

30. La Reforma en Suiza

194

31. La Reforma Bautista en Europa

202

2

32. La Reforma en Holanda

209

33. Los Valdenses aceptan la Reforma

214

34. La Reforma en Inglaterra

220

35. La Reforma en Escocia

237

36. La Reforma en Escandinavia

245

37. La Reforma en Italia

247

38. La Reforma en Rusia, y la actual Iglesia subterránea

252

39. La Reforma en España

259

APÉNDICE

276

3

PRÓLOGO

Hace casi un cuarto de siglo que el autor publicó un libro de historia titulado «EL

CRISTIANISMO EVANGÉLICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS» que después de ser re-

impreso en América quedó pronto agotado. Como indica su título, era una historia po-

pular que tenía como principal objeto demostrar que el Cristianismo Evangélico, común-

mente llamado Protestantismo, no ha sido ni es una religión nueva inventada por los

reformadores de la Edad Media, sino el mismo cristianismo de los primeros siglos

remozado y limpiado de tradiciones inciertas y de abusos doctrinales derivados del pa-

ganismo. Que los mártires de la intolerancia religiosa en la Edad Media eran, por lo ge-

neral, cristianos fieles, muy similares a los de primeros siglos, víctimas de la incom-

prensión y fanatismo de quienes profesaban creer y servir al mismo Cristo; y que las

sectas que florecieron en siglos anteriores a la Reforma, no eran siempre heréticas (o

sea, opuestas a la doctrina sana que proclamaron los apóstoles), sino que estaban

constituidas muchas veces por los mejores creyentes del siglo, que protestaban contra

errores particulares, o contra la tibieza religiosa de su tiempo.

Filosofía de la Historia de la Iglesia

Es evidente que el Cristianismo, como religión revelada, ha traído grandes beneficios a

la humanidad, aun en el orden puramente material. Es lo que puso en evidencia Chate-

aubriand en su famoso libro «El Genio del Cristianismo»; y lo que expuso en forma más

breve el escritor suizo Ernesto Naville en un libro magnífico de principios del presente

siglo titulado «El Cristo»; mostrando que la venida de Jesucristo transformó la sociedad

grecorromana del siglo I y puso los cimientos de una civilización moralmente superior a

todas las que se han conocido sobre la tierra. Todavía hoy día en las regiones donde el

Cristianismo no ha penetrado, la mujer, el niño y el anciano no reciben la misma consi-

deración que en las naciones llamadas cristianas. Y podemos afirmar que ha sido la

influencia de la fe cristiana lo que ha hecho que la «Carta de los derechos Humanos»,

de la ONU, haya quedado suscrita por todas las naciones.

Pero el Cristianismo tiene una misión mucho más importante que la cultural y civilizado-

ra. El gran encargo que Cristo dio a sus discípulos fue predicar el Evangelio (Buenas

Nuevas) a toda criatura, pues éste anuncia beneficios para esta vida, pero su alcance

se extiende a la eternidad.

El verdadero concepto de Iglesia

«He aquí que tú eres Pedro —dijo Jesús— y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las

puertas del Infierno no prevalecerán contra ella». Y el apóstol Pablo afirma, refiriéndose

a las relaciones de Cristo con los que le han aceptado como Salvador y Señor: «Some-

tió todas las cosas bajo sus pies y le dio por cabeza a la Iglesia, la cual es su cuerpo, la

plenitud de Aquel que todo lo llena en todo».

¿Qué significa la expresión «Iglesia» a la luz de ambos pasajes? ¿Se refiere a algún

grupo religioso particular de los que a través de los siglos se han aplicado ese nombre?

No es verosímil, pues nunca ha habido en el curso de la Historia una sola iglesia cris-

tiana visible. Ya en el tiempo de los apóstoles se formaban sectas y partidos diversos

4

reconocidos (véase Gálatas 2:12 y 1: 19). En los siglos inmediatos a Jesucristo el gran

misterio de la Encarnación con que tuvo que enfrentarse la cristiandad, produjo multitud

de sectas que profesaron diversos puntos de vista cristológico; sin hablar de otros moti-

vos personales y administrativos susceptibles de producir divisiones entre las iglesias

cristianas.

Esta lamentable situación fue prevista por el ojo omnisciente del Hijo de Dios cuando

oró, en la noche de su Pasión: «A los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para

que sean uno, así como nosotros somos uno... mas no ruego solamente por éstos, sino

también por los que han de creer también en Mí por la palabra de ellos, para que todos

sean uno, como tu Padre en Mí y Yo en ti que también sean uno en nosotros, para que

el mundo crea que Tú me enviaste».

Tanto Jesucristo como los apóstoles hablan en los términos más elevados de «la Igle-

sia»; sin embargo, nunca les vemos preocupados para establecer una jerarquía general

o universal sobre toda ella. En el Antiguo Testamento Dios nombró una línea de suce-

sión jerárquica en la familia de Aarón, pero en cuanto a la Iglesia, al nombrar a Pedro

como fundador humano de la misma no le dice: «A ti y a tus descendientes», ni tampo-

co: «A ti y a tus sucesores en el cargo», sino simplemente: «A ti daré las llaves».

En cambio, y como para animar las iniciativas particulares de comunión con Dios y ex-

tensión de la fe cristiana, oímos a Cristo formular la promesa: «De cierto os digo que

todo lo que ligareis en la tierra será ligado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra

será desatado en el cielo. Otra vez os digo que si dos de vosotros se pusieren de

acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre

que está en los cielos, porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí

estoy Yo en medio de ellos» (Mateo 18:20). Lo que implica un reconocimiento tácito por

parte del Salvador de parte de todos los grupos que le reconocen y adoran con sinceri-

dad.

El mismo espíritu inclusivo de amplia comprensión y tolerancia, manifiesta nuestro divi-

no Redentor cuando el apóstol Juan le cuenta el caso del primer cismático de sus días,

con las palabras: «Maestro, hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nom-

bre y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros». Jesús les dijo: «No se lo prohib-

áis, porque el que no es contra nosotros, por nosotros es», o como dice en Marcos

8:38-40: «No se lo prohibáis porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre y lue-

go puede decir mal de Mí, porque el que no es contra nosotros, por nosotros es».

¿Por qué lo hizo así el omnisciente Salvador? ¿Por qué no nombró una jerarquía y es-

tableció una doctrina y una Iglesia orgánicamente única a través de todos los siglos?

Porque la Iglesia que Cristo quiso instituir se halla establecida, sobre dos pilares im-

prescindibles e insustituibles, Fe y Libertad.

«Por fe andamos, no por vista», afirma el apóstol (2.ª Corintios 5:7). «Hermanos, voso-

tros a libertad habéis sido llamados, con tal que no uséis la libertad como ocasión a la

carne» (Gálatas 5:13). «Tu pueblo será de buena voluntad…». (Salmo 110:3). Para que

pudiera ser así, no podía haber en la Iglesia una jerarquía revestida de autoridad su-

prema e infalible a través de los siglos, pues ello habría anulado el esfuerzo y el mérito

de la fe y la sinceridad de conciencia.

5

Jesús se ausentó a los cielos y dejó a los suyos en una prueba de fe por espacio de no

sabemos cuántos siglos. Peregrinamos ausentes de Él, y hacia Él —como dice el após-

tol en 2.ª Corintios 5:9— procurando interpretar y cumplir su voluntad en medio de mu-

chas dificultades, inconvenientes y tentaciones; tan solamente una fe libre, voluntaria y

sincera, sería verdadera fe, agradable a Dios y eficaz para avergonzar y desacreditar al

gran enemigo que desconfió de Él, y ello solamente podía verse realizado en un am-

biente de libertad. Una autoridad visible e infalible en el mundo habría requerido un mi-

lagro constante: el milagro de un jefe o una línea de jefes espiritual y moralmente per-

fectos y dotados de poderes sobrenaturales, ya que sin milagro es inalcanzable la per-

fección de ningún ser humano, sin poderes sobrenaturales es imposible establecer una

perfecta disciplina y unidad de doctrina y conducta en un mundo de seres rebeldes por

naturaleza, y por naturaleza libres. Esto aun cuando fuera lo ideal (y es lo que existirá

en el reino de Dios) habría sido contraproducente en el régimen actual de prueba en

que se halla el mundo y la Iglesia.

El conocimiento de estos principios bíblicos, puede ayudarnos muchos a comprender,

sin desalentarnos, la aciaga historia de la Iglesia a través de los siglos.

Una grande y significativa frase a tal respecto, es la advertencia y promesa del Salva-

dor: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

Veinte siglos de lucha

Esto implica que la Iglesia, compuesta por los verdaderos cristianos unidos a su divino

Salvador y Señor por una fe viva, tendría que contender a través de todos los siglos con

un sutil y astuto enemigo invisible, Satanás.

El apóstol Pablo no hace sino ampliar el pensamiento de Jesucristo al escribir: «Porque

no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades,

contra señores del mundo gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales

en los aires».

En efecto, cuando echamos una mirada al curso de la Historia de la Iglesia, no pode-

mos menos que sentirnos asombrados por el contraste que ofrece el valor, la fe, la te-

nacidad y el espíritu de sacrificio de muchos de sus pro-hombres, con el egoísmo, el

partidismo, la intolerancia, la insensatez y mezquinad de sus luchas filosófico-religiosas

y la general incomprensión del verdadero carácter y visión de la Iglesia de Cristo desde

sus mejores tiempos.

«Id por todo el mundo…», había dicho el Salvador, «...y predicad el Evangelio a toda

criatura…», pero los cristianos, ¡qué vergüenza!, parecen haber entendido por «todo el

mundo» la pequeña Europa, durante casi dieciocho siglos.

«No se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud... Así alumbre vuestra luz

delante de los hombres…», pero cristianos altamente consagrados y aptos para las

más grandes hazañas en favor de la obra misionera, les vemos encerrar sus grandes

dotes tras los muros de un convento o en la soledad del desierto.

«Los príncipes de este mundo tratan de enseñorearse los unos sobre los otros, pero

entre vosotros no ha de ser así…», sin embargo, el desarrollo de la jerarquía eclesiásti-

ca convierte la mayor Iglesia visible en una monarquía cuyos puestos de autoridad son

comprados y vendidos del modo más escandaloso y vergonzoso.

6

¿Y qué diremos de las debilidades, errores de táctica, cuando no de doctrina, divisiones

y disensiones entre los cristianos en todo el mundo y en todos los tiempos, con el con-

siguiente enflaquecimiento espiritual y la apostasía final de grandes sectores de la cris-

tiandad en estos últimos decenios?

¿Quién no puede ver a través de toda la historia del Cristianismo, desde las sangrien-

tas persecuciones de los primeros siglos, las de los propios cristianos en los siglos de

apogeo religioso de la Edad Media, matándose unos contra otros, y finalmente en la

actual negación de casi todos los artículos del Credo, sino la mano escondida del gran

Enemigo de las almas?

Es cierto que el Cristianismo ha tenido una parte esencial en la cultura europea y ame-

ricana, en las instituciones de caridad y en la formación de una conciencia moral mucho

menos cruel que la de los siglos precedentes, sin embargo, todo el avance ha sido lle-

vado a cabo en medio de luchas feroces, en las cuales parece mostrarse de un modo

patente la influencia de fuerzas espirituales que ciegan a los hombres, llevando a los

pseudo-cristianos y aún a los verdaderos cristianos, a posiciones y actitudes totalmente

opuestas a las doctrinas de su divino Fundador.

Hacia el final de la gran odisea

El mundo pagano que había quedado casi totalmente olvidado del testimonio evangéli-

co por casi dieciocho siglos, parece estar cerrándose de nuevo, apenas acabado de

cumplirse el vaticinio del Salvador: «Será predicado este Evangelio para testimonio a

todos los gentiles y entonces será el fin». Fijémonos en la palabra «testimonio» no con-

versión de todos; sin embargo, el testimonio ha sido dado en todo el mundo y continúa

produciendo fruto de almas que se reconcilian con Dios por medio de Jesucristo. Fruto

quizá de más valor por desarrollarse en medio de grandes limitaciones y dificultades en

los países comunistas.

Ciertamente, la historia del Cristianismo es desalentadora desde un punto de vista

humano y triunfalista; pero es alentadora y gozosa mirando «no a lo que se ve, sino a lo

que no se ve». Por lo menos constatamos el cumplimiento de la promesa de Cristo en

el hecho de que pasados veinte siglos no ha desaparecido la fe cristiana de sobre la faz

de la tierra. «Las puertas del infierno»... no han prevalecido. Y también se ha cumplido

la sentencia poco optimista, pero cierta, como todas las palabras del Salvador: «Cuan-

do el Hijo del hombre viniere ¿hallará fe en la tierra?». ¡Ciertamente la hallará! Habrá

quienes podrán responder a su llamada para ser arrebatados a su presencia. Esta se-

guridad nos anima en este tiempo confuso en que vivimos. Pero según hace prever la

lamentación del Señor, no serán mayoría como pensaban la generalidad de los cristia-

nos del siglo pasado.

Espigando en el denso campo de la Historia

Desgraciadamente no podemos conocer todos los detalles de la gran batalla de los si-

glos. Tan sólo una parte insignificante de lo ocurrido a través de los tiempos en relación

con el testimonio cristiano ha quedado escrita. La inmensa mayoría de los hechos han

quedado escondidos entre los pliegos de la Historia y sólo podremos conocerlas de un

modo completo en la eternidad.

7

Pero nos conviene saber, por lo menos, lo que ha quedado escrito en documentos fide-

dignos para nuestra propia enseñanza, aliento y estímulo. En algunos casos el historia-

dor serio se queda perplejo entre lo realmente histórico y las veleidades de la tradición.

Así ocurre, por ejemplo, en ciertos relatos de martirio, y con los apócrifos del Nuevo

Testamento.

¡Existen tantos evangelios novelescos tratando de llenar las lagunas de los cuatro

evangelios canónicos! ¡Tantos relatos inverosímiles en el santoral romano fraguados

por la imaginación en la soledad de los conventos!

Pero tenemos trozos de verdadera historia consignada en documentos de los que no

cabe dudar. Por ejemplo, en cuanto a los Evangelios, el «Diatesaron» (por los cuatro)

de Taciano, y el canon de Muratori nos prueban que los cuatro Evangelios auténticos

existían y habían sido reconocidos ya por las iglesias cristianas en época tan temprana

como el año 170, y las abundantes citas de los Padres, de los tres primeros siglos nos

permiten constatar la autoridad que las iglesias cristianas daban a tales documentos,

puesto que, como alguien ha dicho: «Si se hubiese perdido el texto del Nuevo Testa-

mento, podríamos recobrarlo completo, excepto 18 versículos, copiándolo de los escri-

tos de los primeros Padres».

Asimismo en cuanto a las historias de los mártires, tenemos cartas auténticas de pasto-

res e iglesias del segundo y tercer siglo dirigidas a otras iglesias, relatando las trage-

dias de martirio con tantos detalles, que las hacen revivir ante nuestros ojos, y todo ello

con documentos cuya autenticidad no puede ser puesta en duda por la crítica más exi-

gente. El presente libro representa un estudio histórico del Cristianismo a través de los

siglos, no exhaustivo; pero sí bastante más amplio que nuestro anterior libro, que era

sobre todo apologético y por tanto daba grandes saltos entre cumbres históricas. Esto

lo hacía inapto como libro de texto en seminarios y escuelas bíblicas, y tan sólo de par-

cial ayuda en bibliotecas pastorales, ya que había sido escrito con un propósito apo-

logético especial, para el hombre de la calle, tanto en su parte narrativa como a los

efectos de libro de consulta.

Nos gozamos dando gracias a Dios porque nos permite poner esta segunda edición

ampliada de «EL CRISTIANISMO EVANGÉLICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS» en ma-

nos del público evangélico, esperando que pueda ser una eficaz ayuda a la labor de

nuestros amados hermanos y colaboradores en la obra de extensión del Evangelio por

todo el mundo de habla hispana.

Tarrasa, junio de 1981

Samuel Vila

8

INTRODUCCIÓN

El presente volumen no es sino una parte o aspecto de la Historia Eclesiástica. Es más

bien un esfuerzo para seguir a través de los siglos las huellas de los verdaderos cristia-

nos, o sea, no los simplemente adheridos a tal o cual organización eclesiástica, sino los

que dentro de cualquier estructura eclesiástica demuestran haber tenido una compren-

sión clara de la voluntad de Dios según nos es revelada en las Sagradas Escrituras,

teniendo el valor de anteponerla a toda conveniencia propia a causa del medio ambien-

te que les rodeaba.

Tales cristianos han sido comúnmente tildados de herejes, y tratados como perturbado-

res del orden y la tranquilidad pública; se les ha perseguido sin compasión, pero como

hace notar el historiador Alfonso Torres de Castilla: «Cuando se ha logrado hacer des-

aparecer la herejía en un siglo ha rebrotado con otro nombre en el siglo próximo, sus-

tentando más o menos las mismas doctrinas y fatigando a la iglesia dominante en su

vano empeño perseguidor».1

El Cristianismo ha tenido que hacer frente, ciertamente, a herejías extrañas. Interpreta-

ciones diversas de los grandes misterios de la Revelación de Dios en Cristo, se suce-

dieron en los siglos primitivos, forjadas por la influencia de sistemas filosóficos prevale-

cientes en la época, o de las religiones que precedieron al movimiento cristiano. Ya en

días de los apóstoles existió esta lucha contra peligrosas tendencias doctrinales, que

cristalizaron más tarde en grupos sectarios, tales como el Gnosticismo, Docetismo,

Maniqueísmo, Arrianismo, etc

Pero estas doctrinas heréticas nada tienen que ver con la «Gran Herejía de la Verdad»

que ha consistido siempre en una protesta de los abusos y corrupción de la Iglesia do-

minante y un retorno a las fuentes de la Verdad Cristiana: Las Sagradas Escrituras. No

es extraño que en cada siglo, los hombres que han tomado en serio la religión, se pre-

guntaran ansiosamente si las doctrinas en que fueron enseñados tenían su apoyo en

dicha autoridad escrita e inmutable, o habían sido forjadas por autoridades humanas,

sin tener en cuenta, suficientemente, las enseñanzas de la Palabra de Dios.

Esta renovación de una misma clase de herejía, designada por diferentes nombres,

según los lugares en que floreció o los prohombres que la acaudillaron en cada época,

sirve de gran estímulo a los actuales buscadores de la Verdad.

En las cuerdas de la marinería inglesa existe un hilo de grana puesto en su interior que

tiene por objeto indicar su origen en caso de robo o extravío. Un hilo de grana formado

por la sangre de los mártires de la Verdad Cristiana en su primitiva pureza, existe a

través de los siglos, identificando esta Verdad de Dios en medio de los errores y co-

rrupciones humanas.

En ciertos siglos, la oscuridad espiritual es tan intensa que el testimonio de la Verdad

Evangélica parece haber quedado casi apagado. Existieron en estas épocas muchas

almas sinceras que conocían sin duda a Cristo como a su Salvador personal; le adora-

ban con sinceridad y gemían por la corrupción de los pseudo-cristianos de su siglo.

1 «Historia de las persecuciones políticas y religiosas en Europa», vol I, pág. 133

9

Muchos cristianos del mejor temple sufren y lloran en los aciagos siglos de la Edad Me-

dia reconociendo la vaciedad de Cristianismo externo que les rodea; pero no osan le-

vantar su protesta, ni ellos mismos se aperciben de ciertos errores en que comulgan

dentro de su sinceridad religiosa.

Pero en otros lugares, la verdadera piedad cristiana. toma una forma organizada. En

algunos casos el movimiento espiritual tiene sus raíces en algún despertamiento reli-

gioso de siglos anteriores. En otros, parece surgido espontáneamente a la luz de las

Sagradas Escrituras explicadas por algún prohombre esclarecido. A veces ambos fac-

tores se confunden.

No importa, ya que la Verdad Cristiana no necesita ninguna línea de sucesión para jus-

tificarse. Lo importante es que la doctrina sea esencialmente semejante a la sustentada

por los apóstoles y primitivos cristianos.

En ciertos momentos la Verdad Evangélica, causa de tan continuados y gloriosos mo-

vimientos religiosos, halla su apoyo y parece confundirse un poco con algún error, del

cual queda poco más tarde purificada. Tal es el caso por ejemplo de las doctrinas de

los Albigenses que los historiadores nos presentan tan confusamente, unos consi-

derándolos casi como cristianos evangélicos por su adhesión al Nuevo Testamento y

su notoria fidelidad y espíritu de sacrificio, mientras que otros los denuncian como ma-

niqueos, profesantes de una doctrina que el auténtico cristianismo ha repudiado siem-

pre. Con todo, es difícil distinguir quiénes tenían tales tendencias heréticas y quiénes

eran realmente evangélicos ya que los documentos de sus perseguidores suelen mez-

clar los nombres de los supuestos herejes llamándoles «maniqueos, cátaros y valden-

ses», y sabemos que estos últimos nunca tuvieron tendencias maniqueas, sino que pu-

dieron adherirse sin dilación ni reparo alguno al movimiento de la Reforma en el concilio

de Chanforan, por profesar desde siglos una fe netamente evangélica.

Lo admirable del caso es que, aunque durante muchos siglos no tenemos otras refe-

rencias históricas de la línea ininterrumpida de «herejes de la Verdad», que los datos

facilitados por sus enemigos (y todos los que hemos pertenecido a minorías margina-

das y perseguidas tenemos experiencia de cuan errado y calumnioso ha sido a veces lo

que se ha dicho de nosotros); la conducta de los supuestos sectarios es tan brillante

que no pueden ignorarla o pasaría por alto sus propios perseguidores, y su involuntario

testimonio nos ayuda a identificar el hilo escarlata de la Verdad Evangélica a través de

los siglos.

Por esto, aunque no podamos trazar una sucesión apostólica como aquella de que se

ufanan los católicos romanos (sin apercibirse de los terribles lunares que cortan tal su-

cesión, en los aspectos de santidad e infalibilidad, sobre todo en la Edad Media), es in-

teresante observar que Dios ha tenido siempre en la tierra una generación de testigos

que no se deja amilanar por la corrupción que les rodea ni por las fieras persecuciones

de que son objeto. Son los sucesores de aquella línea de héroes de la fe que describe

el apóstol en Hebreos 11, y acerca de los cuales parece tener San Pablo un vislumbre

profético al escribir a su discípulo Timoteo: «Todos los que quieran vivir píamente en

Cristo Jesús padecerán persecución. Mas los malos y los engañadores irán de mal en

peor engañando y siendo engañados».

10

La generación de testigos de la Verdad Evangélica se multiplica desde los tiempos de

la Reforma Religiosa del siglo XVI. Ello era indispensable si tenía que cumplirse la pre-

dicción hecha por nuestro Señor Jesucristo, que su Evangelio sería «predicado en to-

das las naciones para testimonio a todos los gentiles». No eran aptos para cumplir esa

magna empresa las dos grandes organizaciones eclesiásticas dominantes (la Iglesia

Católica Romana y la Ortodoxa), aunque tuvieran en su seno hijos ilustres, llenos de

ardor misionero que hicieron todo lo posible para extender en sus días el conocimiento

de Cristo entre los paganos del norte y del Este de Europa, y más tarde hay quienes,

como Raimundo Lulio, pensaron que los cristianos tenían el deber de combatir el Islam,

no con las armas materiales, sino con las de la persuasión y la fe, aunque ello costara

mártires tal como en los tres primeros siglos, y tratando de llamar a la poderosa organi-

zación eclesiástica cristiana a este deber fracasaron rotundamente. ¿Quién iba a aten-

der las voces de ilusos como Francisco de Asís, y Raimundo Lulio? Así que las fuerzas

espirituales y económicas de la cristiandad del Medioevo, en lugar de ser empleadas en

cumplir la Gran Comisión que Cristo dio a sus discípulos llevando el Evangelio a cual-

quier coste por «todo el mundo», fueron empleadas en levantar grandes monumentos

de piedra, o en sostener una piedad a veces auténtica, pero en mayor medida comodo-

na y rutinaria en los conventos. Los que en los siglos VI al VIII habían sido colegios mi-

sioneros pierden su visión misionera y se convierten en centros literarios, agrícolas, in-

dustriales, cuando no de molicie y vida cómoda, pocos siglos después.

Los recursos de la cristiandad que en los días apostólicos se dedicaban a sostener a

los que iban de ciudad en ciudad anunciando el Evangelio, se malgastan en peregrina-

ciones a supuestas tumbas de apóstoles y mártires. Jerusalén, Roma, Santiago de

Compostela, Canterbury Zaragoza, Montserrat, reciben un continuo alud de peregrinos

que poco beneficio reciben ni producen de su tremendo esfuerzo.

Lo más desastroso ocurre cuando el Islam ocupa los lugares santos y los esfuerzos y

recursos de Europa entera son dedicados a enviar, una tras otra, oleadas de aventure-

ros o fanáticos a conquistar los lugares santos. Todo con tal de olvidar el único manda-

to clave de Aquel a quien proclaman como Salvador y Señor, quien dejó a sus discípu-

los el encargo de «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura». El re-

sultado de semejante distorsión del gran objetivo de la Iglesia es, después de dieciocho

siglos de cristianismo, un mundo en el que los cuatro mayores continentes apenas han

llegado a oír recientemente el mensaje del amor de Dios.

Pero no tan sólo el mandato misionero sino sobre todo el del amor es totalmente olvi-

dado. Los grandes Concilios de la Iglesia, en lugar de ocuparse en cómo cumplir la or-

den misionera dada por el Redentor, pierden su tiempo y esfuerzo, primeramente en

discusiones teológicas de difícil solución, y lo que es todavía más lamentable, en siglos

posteriores, en cómo mantener a toda costa, sin parar mientes en el derramamiento de

sangre, la autoridad jerárquica de un obispo sobre todos los demás obispos de la cris-

tiandad.

Cierto que el espíritu de Dios está obrando en los corazones de las almas sinceras y

hay mucho amor a Cristo y verdadera piedad en los tiempos oscuros de la Edad Media;

evidentes muestras de ello son las obras devocionales que han llegado hasta nuestros

días, como «la Imitación de Cristo» de Tomás Kempis, y la de los notables místicos es-

11

pañoles, pero es más bien una piedad hasta cierto punto egoísta de propia perfección

personal, que un impulso de amor hacia las almas ignorantes del Evangelio, como el

que caracterizaba, por ejemplo, al apóstol san Pablo y a muchos otros cristianos de si-

glos anteriores.

Cuando el Espíritu de Dios promueve un movimiento de Reforma, y millares en Europa

empiezan a despertar y darse cuenta de la olvidada doctrina evangélica de la regene-

ración por la fe, que les llevará más tarde a reconocer también el verdadero propósito y

deber misionero de la Iglesia, son tratados como criminales y perseguidos a muerte por

gobernante nominalmente cristianos, que les someten a persecuciones y tormentos

iguales o mayores que los que se ingeniaban los procónsules romanos para con los

cristianos primitivos, olvidando los más claros preceptos del Nuevo Testamento.

Ciertamente, no comprenderíamos la historia del Cristianismo, ni tendríamos palabras

con qué calificarla, de no saber de antemano, por las Sagradas Escrituras, el secreto

revelado por Cristo acerca del gran Enemigo invisible que combatirá y engañará al

pueblo de Dios, de todas las formas y maneras posibles. El enemigo a quien Cristo se-

ñala con la expresión: «Las puertas del Infierno».

Aquí surge una gran pregunta que no queremos dejar de contestar, antes de poner fin a

esta introducción, pues se trata de una duda realmente turbadora para los buscadores

sinceros de la Verdad religiosa: ¿Por qué el Señor dejó tan abiertas aquellas puertas

del infierno que en su sabiduría y previsión divinas sabia que no habían de prevalecer?

¿Por qué permitirla Dios estas malas interpretaciones de su voluntad?, ¿por qué tole-

raría tanta injusticia y crueldad sin ponerle coto! Nosotros habríamos corrido en auxilio

de nuestros hermanos si hubiésemos tenido medios para ello. ¿Por qué no lo hizo el

Señor Todopoderoso! ¿Por qué les dejo perecer?

Es verdad que en ciertos casos observamos la mano de la Providencia castigando a los

opresores. Podemos advertir esta circunstancia en los relatos que se dan en las pági-

nas de este mismo libro.

Pero nos objeta el escéptico con aparente razón: ¿No habría sido mucho mejor si la

eliminación de estos enemigos hubiese tenido lugar antes de que pudiesen llevar a ca-

bo sus terribles crueldades y crímenes? ¿Por qué no atendió el Todopoderoso las an-

gustiosas plegarias de sus hijos afligidos y perseguidos?

Esta es una angustiosa pregunta que se ha levantado seguramente en el corazón del

hombre desde que la mano homicida de Caín se ensañó contra el inocente Abel, y que

se continuará repitiendo hasta que Dios establezca su trono de justicia sobre la tierra.

Sin embargo podemos vislumbrar razones para este silencio del Todopoderoso, sin ca-

er en la desalentadora conclusión de: «No hay justicia en lo Alto».

He aquí algunas de tales razones:

1.ª El mundo se halla en período de prueba; y por tal motivo Dios parece haber dejado

a la humanidad libre de su tutela, por lo menos en el sentido coercitivo, si bien no nos

ha dejado sin testimonio, revelándose a nosotros por métodos persuasivos... por las

obras de la Naturaleza, por nuestra conciencia y sobre todo, por la venida de Cristo al

mundo. Sólo de esta manera podía manifestarse, para oprobio y vergüenza del Adver-

sario, hasta donde puede llegar el horror y la maldad del pecado, por un lado, y por el

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otro: la fe, la abnegación, la virtud. Los colores oscuros de un cuadro hacen resaltar las

claridades del mismo. El heroísmo y el amor a la Verdad a toda prueba, no habrían te-

nido ocasión de revelarse de no haber existido la maldad y la injusticia en el mundo.

2.ª La muerte no es lo mismo vista desde este lado del sepulcro que desde la eterni-

dad. El martirio, que para nosotros es un fin desastroso, no significa sino un glorioso

triunfo visto desde el otro lado de la muerte. Por consiguiente, los horrores del anfiteatro

y las hogueras de la Inquisición, no eran en realidad sino un medio para traer a su ver-

dadero destino a almas redimidas y dignísimas que glorificaron a Su Señor con la fir-

meza de su heroico sacrificio.

3.ª Valía la pena tal sufrimiento por lo aleccionador de tal ejemplo, no solamente para

los humanos sino probablemente para los mismos ángeles. Es indudable que la heroica

firmeza de los mártires ha producido incalculables beneficios, no solamente a los

humanos que les seguimos y somos estimulados por su ejemplo, sino a otros seres es-

pirituales que habrán visto admirados a qué alturas puede llegar la fe y el amor a Dios.

Los mismos ángeles rebeldes que desconfiaron de Dios habrán tenido de este modo

ocasión de convencerse de que es posible acatar la Voluntad Soberana, sin entenderla,

aún en las circunstancias adversas en que viven los hombres; y ha de haber sido para

ellos una severa lección de reproche.

4.ª Lo momentáneo y leve de la tribulación obra un sobremanera alto y eterno peso de

gloria (2. Corintios 4:17). Es bien probable que nosotros que hoy procuramos las mayo-

res comodidades, y una vida larga, envidiaremos algún día la suerte de los mártires que

gimieron en los calabozos y perecieron en los anfiteatros y hogueras, cuando contem-

plemos admirados su eterna y gloriosa recompensa.

Sin embargo, es nuestro deber ahora, no buscarnos sufrimientos innecesarios, sino

conformarnos en la condición en que Dios nos ha puesto, siendo fieles en el servicio

del Evangelio, como nuestros gloriosos antepasados lo fueron en el sufrimiento.

Que el ejemplo de los que todo lo sacrificaron a la Verdad y a la voluntad de Dios, nos

sirva de estimulo en esta época materialista para elevar nuestros pensamientos por en-

cima de los convencionalismos y conveniencias humanas, a fin de que, tras de hallar

sobre el mismo terreno que ellos, la feliz seguridad de la fe, seamos testigos fieles de

Dios en esta generación, como lo fueron en otros siglos nuestros antepasados cristia-

nos.