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Michael Gelb

EL CUERPO

RECOBRADO

Introducción a la técnica Alexander

EDICIONES URANO

Argentina - Colombia - España - México - Venezuela

Título original:

Body Learning

Editor original: Aurum

Press Limited

Traducción: Jorge L. Mustieles

© 1981 by Aurum Press Limited

© 1987 by Ediciones Urano

Enrique Granados, 113 - 08008 Barcelona

ISBN: 84-86344-25-5

Depósito legal: B. 4 0 . 7 9 4 - 9 4

Fotocomposición: Thema

Buenos Aires, 60 - 08036 Barcelona

Printed in Spain

Impreso por: PURESA, S.A.

C/. Gerona, 139 - 08203 Sabadell

A MIS PADRES Y ABUELOS

ÍNDICE

pág.

Prefacio .............................................................................

ix

Agradecimientos ...................................................................

xiii

Introducción .........................................................................

1

Parte I

ALEXANDER: EL HOMBRE Y SU

DESCUBRIMIENTO ..........................................................

7

Parte II

LAS IDEAS OPERATIVAS..................................................

23

Uso y funcionamiento...........................................................

25

La persona total .................................................................

37

El control primario ................................................................

47

Nuestra apreciación sensorial es imprecisa ........................

55

La inhibición .........................................................................

61

La instrucción.........................................................................

70

Fines y medios .......................................................................

82

Parte III

APRENDAMOS A APRENDER ......................................

95

Utilizar el potencial.................................................................

97

La educación para el uso..........................................................

121

¿Qué puede hacer uno solo?..................................................... 139

Notas ................................................................................. 147

Procedencia de las ilustraciones .............................................. 151

VII

PREFACIO

A un célebre autor norteamericano le preguntaron en cierta ocasión si había leído

alguno de los libros de F. Matthias Alexander. Su respuesta fue: «No, yo no leo libros».

Luego hizo una pausa y, con una sonrisa, añadió: «Comprenda, yo mismo soy un

malabarista que juega con las palabras».

Michael Gelb también es un malabarista, y no sólo con las palabras. Cómo llegó a

serlo, y a montar en un monociclo, y a dominar varias otras habilidades prácticas, es

una parte de la fascinante historia narrada en este libro.

Un creciente número de personas han oído hablar de la técnica Alexander e incluso

la han experimentado en la práctica, dando así lugar a una demanda de información

cada vez mayor. Michael Gelb proporciona esta información, y lo hace muy bien.

Aunque no pretende haber escrito una obra definitiva, nos ofrece una introducción

clara y contemporánea, basada en la experiencia adquirida aplicando la técnica en

la vida cotidiana.

Escribir acerca de procedimientos prácticos resulta siempre insatisfactorio y

hasta puede ser contraproducente, en la medida en que la palabra escrita es

incapaz de transmitir las experiencias que importan. Por eso mismo, las

habilidades prácticas no pueden aprenderse correctamente sólo con la ayuda de

libros. Los libros pueden informar, estimular y entretener, pero no pueden instruir

a menos que el escritor y el lector participen, en cierta medida al menos, de

IX

una experiencia común. Sin embargo, para una correcta comprensión y evaluación de

la experiencia práctica suele hacer falta información complementaria. Necesitamos

conocer el porqué, además del cómo. La práctica de la técnica Alexander conduce a

muchas experiencias nuevas y poco familiares, y para comprender a fondo sus

implicaciones es necesaria toda la información posible.

Cuando uno se enfrenta al problema de cómo hacer algo –juegos malabares, por

ejemplo–, en seguida advierte que es un problema del cuerpo-mente, y que en realidad

no sabe gran cosa de los procesos que intervienen. Es obvio que la mente afecta al

cuerpo, pero el cuerpo afecta de igual manera a la mente. Así, pronto se empieza a

comprender que lo que uno piensa es tan importante como lo que uno hace. Hay que

controlar tanto el pensamiento como la acción. Pero, dado que el cuerpo y la mente

reunidos constituyen el sí mismo, este problema puede ser descrito literalmente

como un problema de dominio de sí. La cuestión es cómo se lo consigue. El proceso

diario de vivir se da en cada uno de nosotros y, en la medida en que somos

conscientes de lo que está ocurriendo, le decimos «sí» o «no», le damos o le

negamos nuestro consentimiento. Tenemos una posibilidad de elección consciente,

por lo menos hasta cierto punto. Sin embargo, cuando llegamos al problema de hacer

algo, como nosotros entendemos el «hacer», ¿cómo realizamos nuestra elección?

¿Cómo nos utilizamos a nosotros mismos para hacerlo? Éste fue el problema crucial

que planteó Alexander cuando hizo sus clásicas auto-observaciones; y su respuesta fue

que no lo sabemos, como tampoco lo sabe un perro o un gato.

Pero necesitamos saberlo, porque la forma en que nos utilicemos a nosotros mismos

determinará la forma en que funcione la totalidad de nuestro cuerpo-mente. Por lo

general, nos utilizamos de acuerdo con nuestros hábitos: hacemos lo que para nosotros

ha llegado a ser habitual, y obramos y pensamos del modo habitual. A medida que va

transcurriendo la vida, reaccionamos de formas completamente predecibles a las

distintas situaciones y exigencias que se nos plantean. Damos nuestro consentimiento

a lo que está ocurriendo sin que conscientemente nos demos cuenta de lo que

X

hacemos. Sin embargo, nuestros hábitos a menudo producen toda clase de

consecuencias nocivas: tensiones, tirantez, agotamiento nervioso y mala salud. Sobre

todo, con gran frecuencia conducen a malas posturas, a formas inadecuadas de

moverse y a una respiración y digestión incorrectas. Perdemos la elegancia natural,

el buen porte, y ello tiende a limitarnos tanto mental como físicamente. Cuando nos

encontramos con situaciones nuevas y desconocidas, nos sentimos desconcertados,

perdidos, y no sabemos cómo reaccionar. Tratamos de hacer esfuerzos, que en su

mayoría están mal dirigidos, y por lo tanto resultan contraproducentes. Ésta fue la

experiencia que vivió Alexander: éste fue el problema que sacó a la luz. El buen

porte es una necesidad humana fundamental. Debemos tener control, un control

consciente y razonado de nuestras reacciones, pero en primer lugar hemos de

aprender a controlar el mecanismo del porte, y esto exige a la vez conocimiento y

experiencia práctica. También exige una técnica, y una técnica es lo que Alexander

elaboró a partir de sus experimentos consigo mismo.

Michael Gelb presenta el problema partiendo de sus propias experiencias y

observaciones, y facilita la comprensión de sus implicaciones. A todos nos

resultan familiares en demasía la rigidez, la tensión y los vanos esfuerzos que con

mucha frecuencia acompañan a cualquier intento de dominar una nueva habilidad.

(Quien quiera comprobarlo, que pruebe a hacer malabarismos con tres pelotas.) El

hallazgo de un sistema mejor no es nada desdeñable, aunque seguramente la más

grave preocupación para los seres humanos de hoy no sea tanto nuestra reducida

habilidad práctica o el frecuente fracaso en la consecución de nuestros objetivos

como nuestro estado general de mala salud, y los daños y perjuicios que

manifiestamente sufrimos en nosotros mismos conforme transcurre nuestra vida.

Nuestros malos hábitos mentales y corporales se van arraigando cada vez más, y

nos sentimos incapaces de hacer nada al respecto. Así llegamos a aceptar tal

estado de cosas como algo inevitable, con una mezcla de autocompasión

y fatalismo. Alexander solía decir que la autocompasión debe ceder su lugar a

XI

la autoacusación. Tenemos la capacidad de elegir qué hacemos o, como mínimo, la

de elegir qué no haremos.

Si es así, sí verdaderamente somos capaces de decidir cómo utilizarnos, no podemos

permitir que tal posibilidad de elección se malogre por nuestra negligencia. Hemos de

descubrir cómo cambiar; hemos de volvernos conscientes de cómo nos estamos

utilizando y, además, averiguar cómo debemos utilizarnos. De lo contrario, ter-

minaremos viviendo como meros esclavos del hábito y peones del azar. La técnica

Alexander, que este libro nos presenta, ofrece una perspectiva distinta, proponiéndonos

un medio por el cual pueden llevarse a cabo los cambios necesarios.

Walter Carrington

director de The Constructivo Teaching Centre, Londres

XII

AGRADECIMIENTOS

Me gustaría expresar mi gratitud a todos mis compañeros, profesores de técnica

Alexander, y en particular a Kris Ackers, Mike Birley, Don y Carmen Burton, Jean

Clark, Margaret Farrar, Mary Ho-lland, John Nicholls, Frank Sheldon, Jean

Shepherd, Robín Sim-mons, Chris Stevens y Sue Thame.

Además, quiero dejar constancia de especial agradecimiento a: Paul Collins y

Elizabeth Rajna Collins, por crear la oportunidad para que me convirtiera en profesor

de técnica Alexander y por sentar las bases del «Enfoque de aplicación»; Walter

Carrington y Peggy Williams por darme un ejemplo de excelencia en la enseñanza;

Isobel McGilvray, por compartir su magia conmigo; Tony Buzan, por su inspiración y

su visión, y Bridget Belgrave, por su amor, su apoyo y por la búsqueda de

ilustraciones.

Finalmente, me gustaría dar las gracias a todos aquellos que contribuyeron a la

creación de este libro: Diane Aubrey, Vee y Jack Burton, Angela Caine, Neil

Clitheroe, Michael Haggiag, Brian Hel-weg-Larsen, Leah Landau, Ray Martin, Tony

Pearce, Christopher Pick, Anita Gelb, Peter Russell y la señora de Peter Scott.

INTRODUCCIÓN

«¿Qué es la técnica Alexander y cómo puede ayudarme?» He oído esta pregunta en

centenares de ocasiones desde que yo mismo la formulé por primera vez en 1972. En

seguida descubrí que era más fácil averiguar lo que la técnica no era. Según unos amigos

que habían estudiado la obra de Alexander, no era como el yoga, ni el masaje, ni la

psico-filosofía oriental. No incluía la práctica de ejercicios, y era algo mucho más sutil

y complejo que el entrenamiento postural o de relajación. Mis amigos me dieron a

entender que jamás llegaría a comprender del todo de qué trataba la técnica, a menos que

tomara unas cuantas clases. Así lo hice, y entonces empecé a explicarme sus

dificultades para definir y describir la técnica.

La técnica Alexander elude una definición precisa porque se refiere a una experiencia

nueva: la de liberarse gradualmente del dominio de los hábitos establecidos. Cualquier

tentativa de traducir esta experiencia en palabras es por fuerza limitada, un poco como

tratar de explicar qué es la música a alguien que no haya oído nunca una nota. Con todo,

me pareció que el intento valía la pena, aunque solamente fuese porque las descripciones

anteriores de la técnica me daban la impresión de ser más restringidas de lo necesario,

y consideré que quizá fuera posible forzar un tanto los límites de la palabra impresa. El

libro que he escrito es el libro que habría querido leer cuando comencé a estudiar la

técnica.

E s t e l i b r o e m p e z ó c o m o u n a t e s i s q u e p r e s e n t é p a r a o b t e n e r m i

1

doctorado, cuando además estaba estudiando para ser profesor de la técnica Alexander.

La tesis estaba escrita en un estilo un tanto cauteloso, llena de expresiones como «creo

que» y «podría decirse que». Desde que la presenté, me he graduado como profesor

calificado de técnica Alexander y he reunido considerable experiencia. Mí comprensión

de ella se ha profundizado y su práctica ha pasado a formar parte integral de mi vida

diaria. Al repasar el original para su publicación, he añadido varias descripciones de mis

experiencias como profesor y me he sentido sumamente complacido de poder eliminar

todas aquellas frases cautelosas, pues donde antes había escrito «creo que», ahora

encuentro que lo sé.

Entonces, ¿qué es la técnica Alexander...?

La mejor definición formal es la del doctor Frank Jones, antiguo director del Instituto

de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Tufts, quien describió la técnica

como «un medio para cambiar pautas de reacción estereotipadas mediante la inhibición

de ciertas tendencias posturales».1 La describió asimismo como «un método para

ampliar el campo de la conciencia de modo que no sólo incluya la excitación, sino

también la inhibición (es decir, el "no hacer" tanto como el "hacer") a fin de obtener una

mejor integración de los elementos reflejos y voluntarios en una pauta de respuesta».2

Pero mi definición preferida es la que dio Leo Stein, el hermano de Gertrude, para quien

esta técnica era «el método para mantener la vista en la pelota, aplicado a la vida».3

La técnica Alexander puede ayudar a la gente de muchas maneras. En gran medida,

dependerá de lo que cada persona necesite y de lo que espera conseguir. En términos

generales, parece que hay tres motivos principales por los que se acude a tomar clases de

los profesores de técnica Alexander.

En primer lugar, el dolor. Personas con dolor de espalda, rigidez de cuello, asma,

jaquecas, depresión y muchos otros males con frecuencia llegan a la puerta de un

profesor de esta técnica tras haber agotado los métodos de tratamiento más

convencionales. Los citados achaques son muchas veces el resultado de malos hábitos

de movimiento y pueden aliviarse mediante la reeducación.

2

En segundo lugar, su relación con las artes que necesitan un intérprete y la necesidad

de adquirir ciertas habilidades. Los malos hábitos, a menudo consecuencia de pautas

generales de mala utilización en la vida cotidiana, pueden exagerarse en gran manera

cuando se practica regularmente una actividad difícil o delicada. Actores que se

quedan sin aliento, violinistas con el hombro izquierdo paralizado, concertistas de

oboe con el labio superior rígido o deportistas con «codo de tenista»: todos ellos sufren la

tensión característica de sus actividades y pueden beneficiarse del estudio de la técnica.

Quienes pretenden dominar este tipo de disciplinas pueden aprender mucho observando a

los grandes maestros, que a menudo demuestran una facilidad y economía de mo-

vimientos que parecen del todo naturales. Cuando Arthur Rubinstein toca el piano,

cuando Fred Astaire baila o cuando Teofilo Stevenson boxea, tienen todos algo en común:

hacen que parezca muy fácil. Alexander descubrió que esta cualidad de relajamiento en la

acción no sólo se debe al talento innato, sino que puede aprenderse.

En tercer lugar, la transformación personal. El reciente auge de la psicología humanista

y la difusión cada vez mayor de las filosofías orientales han dado lugar a una creciente

comprensión de la importancia de la responsabilidad que cada individuo tiene de de-

sarrollar su propia conciencia. A este respecto, John Dewey, filósofo de la educación

norteamericano y uno de los más influyentes seguidores de Alexander, escribió:

Lo más difícil de alcanzar es aquello que está más próximo a nosotros, lo más constante y

familiar. Y ese algo más próximo somos, precisamente, nosotros mismos, nuestros propios

hábitos y modos de actuar... Nunca, me parece, ha habido una conciencia tan aguda del

fracaso de todos los remedios y fuerzas exteriores al individuo. No obstante, una cosa es

enseñar la necesidad de regresar al ser humano individual como agente último de cualquier

logro que la humanidad o la sociedad puedan realizar colectivamente... Otra cosa es

descubrir el procedimiento concreto mediante el cual se pueda llevar a cabo esta tarea,

3

la más grande de todas. Y esto, indispensable, es exactamente lo que ha conseguido el señor Alexander.4

Ya hace más de ochenta años que Alexander divulgó por primera vez sus

personalísimos descubrimientos sobre el papel del cuerpo en el desarrollo del

aprendizaje consciente, pero mucha gente apenas empieza ahora a darse cuenta de que

la obra de Alexander es una poderosa herramienta para incrementar el conocimiento

de uno mismo y cambiar los hábitos. Además, también descubren que es una herramienta

inapreciable para la práctica de disciplinas tales como el yoga, la meditación y el tai-chi.

En realidad, la distinción entre las categorías citadas no suele ser tan clara, por

supuesto. Hay gente que estudia la técnica por los tres motivos a la vez, y hay quien

parece estudiarla sin ningún motivo en particular. Lo más importante, sin embargo, es

que, sea cual fuere la razón por la que estudian, los principios que se les enseña no varían.

En las páginas siguientes espero aclarar un poco la naturaleza, el desarrollo y la

aplicación de los principios de Alexander. El libro empieza con un breve resumen de la

vida de Alexander, en cuanto se relaciona con sus descubrimientos. Luego paso a

exponer detalladamente esos descubrimientos. El propósito con que lo hago es triple.

Primero, quiero que el lector vea por sí mismo el carácter científico de las investigaciones

de Alexander. En su introducción al libro de Alexander El Uso de sí mismo, Dewey escribió:

Aquellos para quienes la ciencia no es meramente un desfile de términos técnicos hallarán en

esta obra la esencia del método científico en cualquier campo de investigación. Hallarán el regis-

tro de una larga, continuada, paciente e incansable serie de experimentos y observaciones, en la

cual todas las conclusiones son ampliadas, puestas a prueba y corregidas mediante nuevos expe-

rimentos e investigaciones. Personalmente, no puedo exagerar mi admiración –en el sentido

original de la palabra, tanto de maravilla como de respeto ante la perseverancia y meticulosidad

con que fueron realizados experimentos y observaciones de tan enorme dificultad.5

4

Y, en su introducción a Control consciente constructivo, también obra de Alexander,

Dewey añadió:

Tras estudiar el método del señor Alexander en su funcionamiento práctico, no dudo que, como

pruebas y medios de desarrollar el pensamiento, ha aplicado a nuestras ideas y creencias sobre nosotros

mismos y sobre nuestros actos exactamente el mismo método de experimentación y producción de

nuevas observaciones sensoriales, que ha sido la fuente de todo progreso en las ciencias físicas.6

Más recientemente, el profesor Nikolaas Tinbergen, Premio Nobel de Medicina en

1973, declaró: «La intuición, la inteligencia y la perseverancia demostradas en este caso

por un hombre sin ningún estudio médico, constituye una de las grandes epopeyas de la

investigación y la práctica medicas.»7

La segunda razón para examinar detalladamente el proceso de descubrimiento de

Alexander es que el método que él siguió ejemplifica con exactitud lo que su técnica

cultiva: un estado mental «inquisitivo», acompañado por el compromiso de asumir la

responsabilidad de uno mismo. A Alexander le gustaba decir: «Cualquiera puede hacer

lo que yo hago si hace lo que yo hice.» Nadie, por lo que yo sé, ha hecho lo que él hizo.

Pero podemos aprender de su ejemplo, siempre que no olvidemos la advertencia de

Aldous Huxley: que aun con la ayuda de un profesor de técnica Alexander, «cada uno

ha de hacer el descubrimiento por sí mismo, partiendo desde el principio».

En tercer lugar, quiero dar al lector una clara imagen de las que considero ideas

operativas básicas utilizadas en la enseñanza y el aprendizaje de los métodos de

Alexander. En la segunda parte expongo estas ideas con cierto detalle, relacionándolas

con mi propia experiencia y mostrando cómo surgieron del trabajo práctico de

Alexander, y no son el mero producto de una teoría. Aunque las clases actuales de técnica

Alexander difieren de sus experimentos originales, la esencia sigue siendo la misma. En la

tercera parte estudio la importancia de la técnica para aprender a aprender, y muestro su

relevancia para la educación de los niños.

5

Este libro no pretende ser la obra definitiva sobre la técnica Alexander, sino más bien

una sencilla introducción al tema, basada en mi propia experiencia de aplicar la técnica a

la vida diaria. Ciertamente, no sería prudente intentar mucho más, pues lo que estamos

estudiando no es una teoría perfeccionada e inmutable. En palabras del propio

Alexander: «Solamente estamos comenzando a comprender».

Michael Gelb

6

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PARTE I

ALEXANDER:

EL HOMBRE Y SU DESCUBRIMIENTO

Quien sabe que el poder es innato ... y a l percibirlo así, se arroja sin

vacilación sobre su pensamiento, instantáneamente se endereza, se alza

en posición erguida, domina sus miembros, hace milagros.

EMERSON. SELF RELIANCE

Fotografía de Alexander en su juventud, realizada para su carpeta de actor teatral.

Frederick Matthias Alexander, el mayor de ocho hermanos, nació en 1869 en Wynyard,

en la costa del noroeste de Tasmania (Australia). Se crió en una granja extensa y aislada,

donde bastarse a sí mismo no era un concepto abstracto: si había goteras en el techo,

uno las arreglaba o se mojaba. Alexander fue un niño precoz y, como padecía

problemas respiratorios, en vez de ir a la escuela recibió educación privada. Cuando su

salud comenzó a mejorar, hacia los nueve años, se apasionó por los caballos y con el

tiempo llegó a ser un experto domador y jinete. Su otro gran amor fue el teatro, es-

pecialmente Shakespeare, y durante toda la vida conservó un enorme entusiasmo por

estas dos actividades tan dispares.

A los dieciséis años, presiones financieras le obligaron a abandonar la vida campesina

que tanto amaba para instalarse en la población minera de Mount Bischoff. Durante el

día hacía distintos trabajos y por las noches estudiaba música y arte dramático, y

aprendía por su cuenta a tocar el violín. Al cabo de tres años se trasladó a Melbourne,

donde prosiguió sus estudios musicales y dramáticos con los mejores profesores,

visitando teatros, salas de conciertos y galerías de arte; además, en su tiempo libre

organizó su propia compañía teatral. Cuando se le terminó el dinero, trabajó en

9

empleos ocasionales como oficinista o contable, e incluso en una ocasión como

degustador de té. Sin embargo, su enfermedad recurrente y su carácter, entonces muy

violento, además de su disgusto por el comercio, le impedían conservar ningún empleo

durante mucho tiempo. Con poco más de veinte años, decidió dedicarse a la carrera de

actor y recitador, y pronto se ganó una excelente reputación dando recitales, conciertos

y sesiones privadas, y produciendo obras teatrales. Su especialidad consistía en un

espectáculo individual compuesto por piezas dramáticas y humorísticas, con

abundantes fragmentos de Shakespeare.

En su horizonte sólo había una nube: una persistente tendencia a la ronquera, con

problemas respiratorios que afectaban la calidad de su voz durante los recitales. Los

profesores de declamación y los médicos le recomendaron descanso, y Alexander

descubrió que los síntomas desaparecían siempre y cuando no tratara de recitar. En una

ocasión dejó descansar la voz durante dos semanas, antes de una representación

particularmente importante. En mitad del espectáculo, le volvió a fallar. El médico

que consultó le dijo que debía seguir dejando descansar la voz. Como no era persona

capaz de quedarse tranquila bajo un techo con goteras, Alexander decidió tomar el

asunto en sus manos y buscarse solo la curación.

Estaba claro que el origen de la dificultad era algo que hacía al utilizar la voz. Dado que

no encontraba dificultades en el habla ordinaria, Alexander dedujo que la causa del

problema debía ser algo que hacía cuando recitaba. De pie ante un espejo, comenzó a

observar exactamente lo que él llamaba su «manera de hacer», primero mientras hablaba

y, al no haber hallado nada extraño, mientras recitaba. En cuanto comenzó a recitar,

pudo advertir tres cosas: el cuello se le ponía rígido, causando la retracción de la

cabeza (lo que después denominó «echar la cabeza hacia atrás»); la laringe se le

deprimía indebidamente, y jadeaba al tomar aliento. En los pasajes más difíciles, esa

pauta se exageraba. No tardó en darse cuenta de que se presentaba también durante

el habla ordinaria, aunque de un modo tan ligero que apenas si resultaba perceptible,

10

lo cual significaba que la diferencia entre hablar y recitar no era más que de grado.

Como pensó que esa manera de hacer debía de constituir una mala costumbre, ya

que parecía la causante del problema, Alexander se propuso evitarla. Con sus esfuerzos

conscientes y voluntarios no consiguió impedir la depresión de la laringe ni el jadeo, pero

sí, parcialmente al menos, no echar la cabeza hacia atrás. Más aún, ese logro condujo a la

desaparición de las otras dos tendencias negativas. A medida que iba aprendiendo a evitar

esa mala costumbre, Alexander descubrió que la calidad de su voz se beneficiaba, y sus

consejeros médicos le confirmaron que la laringe había mejorado.

De todo ello, Alexander sacó la conclusión de que su «manera de hacer» afectaba, sin

lugar a dudas, a su funcionamiento. Así fue como empezó a comprender que nuestras

opciones relativas a lo que hacemos con nosotros mismos determinan en gran medida

la calidad de nuestra vida. A esta capacidad de opción la denominó «Uso».

En su empeño de seguir perfeccionando su propio funcionamiento, Alexander

comenzó a experimentar inclinando la cabeza hacia delante. No obstante, observó que

cuando pasaba de cierto punto la laringe se le deprimía con el mismo efecto de antes.

Buscando luego una forma de usar el cuello y la cabeza que no provocara la depresión de

la laringe, descubrió que cuando ésta se le deprimía, también tenía tendencia a levantar

el pecho, estrechar la espalda y reducir su estatura.

Esta observación fue decisiva. Alexander comprendía ahora que el funcionamiento

del mecanismo vocal no sólo estaba influido por el cuello y la cabeza, sino también

por la pauta de tensión en todo el cuerpo. El paso siguiente consistió en tratar de no

reducir su estatura mientras mantenía el Uso perfeccionado de la cabeza y el cuello.

Sus experimentos le demostraron que la voz le salía mejor cuando alargaba

su estatura, cosa que sólo podía lograr si colocaba la cabeza de una forma que

describió como «hacia adelante y arriba» en relación con el cuello y el torso. De

aquí provino su posterior descubrimiento de que la relación dinámica entre cabeza,

11

cuello y torso es el factor primario en la organización del movimiento humano, una

relación especial que llamó Control Primario. Tras haber descubierto los pasos que

conducían a su objetivo, Alexander confiaba ahora en que podría combinar los

elementos necesarios para «prevenir y hacer» mientras recitaba. Con ayuda de dos

espejos adicionales, le sorprendió descubrir que:

...en el momento crítico en que intentaba evitar el encogimiento al mismo tiempo que procuraba

positivamente mantener el alargamiento y hablar, en realidad no movía la cabeza hacia delante y

arriba, como yo quería, sino que la echaba hacia atrás. Aquí hallé la prueba sorprendente de que

estaba haciendo lo contrario de lo que yo creía hacer y de lo que había decidido que debía hacer.1

Al reflexionar sobre sus experimentos a la luz de treinta y cinco años de experiencia

docente, Alexander añadió:

De hecho sufría una ilusión prácticamente universal, la ilusión de que, dado que somos capaces

de hacer lo que «queremos hacer» en actos que nos son habituales y que implican experiencias

sensoriales familiares, también hemos de ser capaces de hacer lo que «queremos hacer» en actos que

son contrarios a nuestros hábitos y que, por tanto, ponen en juego experiencias sensoriales con las

que no estamos familiarizados.2

Alexander continuó experimentando, observándose mientras permanecía en pie,

caminaba y gesticulaba. Ya sabía que las pautas de tensión y de mala coordinación de

todo su cuerpo parecían estar «sincronizadas» con el desequilibrio de la cabeza sobre el

cuello. Al pasar a examinar su relación con los conceptos mentales que él tenía de sus

actos, empezó a comprender que las pautas de mal uso no eran meramente físicas, sino

que afectaban a la totalidad de su cuerpo y de su mente. A partir de esta conclusión,

llegó a formular la idea de la unidad psicofísica, un concepto entonces verdaderamente

revolucionario que se convirtió en piedra angular de su trabajo.

A l d e s e o d e A l e x a n d e r d e u s a r s u c u e r p o y s u m e n t e d e e s a m a -

n e r a n u e v a s e o p o n í a u n a p a u t a h a b i t u a l a b r u m a d o r a , q u e e r a e s p e -

12

cialmente poderosa en su caso, pues había sido cultivada específicamente durante su

preparación teatral, cuando había aprendido cómo estar y cómo moverse en el

escenario. Comprendió que el estímulo para un mal uso de sí mismo era mucho más

fuerte que su capacidad de cambiar, y se vio obligado a admitir que su enfoque del

problema de cómo mejorar su Uso había sido erróneo y que nunca había pensado

conscientemente en la forma en que dirigía su Uso de sí mismo. Como todo el mundo,

hacía lo que «le parecía bien» de acuerdo con sus hábitos. Ahora que había podido

observar que verdaderamente echaba la cabeza atrás y hacia abajo cuando él sentía que la

llevaba hacia delante y arriba, debía aceptar que su sensación de lo que le parecía bien

no era fiable. Fue un descubrimiento inquietante, que le forzó a cuestionar todos sus

supuestos básicos, y que parecía además revelar un campo nuevo para el estudio del

hombre. «Si es posible que las sensaciones se vuelvan indignas de confianza como medio

de orientación –escribió–, sin duda también habría de ser posible hacerlas de nuevo

dignas de confianza.»3

Alexander se propuso a continuación superar sus dificultades liberándose de su

confianza en lo que le parecía bien y basándose únicamente en el razonamiento

consciente. Como sabía que su voz funcionaba mejor cuando su estatura se alargaba, y

sabía también que cualquier intento de producir tal alargamiento estaría basado en su

engañosa sensación de lo que le parecía bien, decidió que la pauta habitual debía ser

detenida en su origen. Por consiguiente, se ejercitó en recibir un estímulo y resistirse a

manifestar una reacción. (A este proceso lo llamó «inhibición».) A continuación, hizo un

experimento mental queriendo conscientemente el alargamiento en lugar de intentar

«hacerlo» directamente. (A este proceso lo llamó «instrucción».) Una vez más, empero,

en el momento crítico en que empezaba a hablar, observó que la instrucción del hábito se

imponía a la que él razonadamente se daba. «Podía ver cómo ocurría en el espejo»,

escribió.

E n t o n c e s c o m p r e n d i ó q u e d e b í a p a s a r c i e r t o t i e m p o p r a c t i c a n d o

e s e m o d o d e i n s t r u c c i ó n c o n s c i e n t e , y q u e c u a l q u i e r n u e v o U s o d e

13

sí mismo basado en esta práctica le parecería mal según su antiguo estándar sensorial. A

medida que practicaba, llegó a darse cuenta de que no existía una clara línea divisoria

entre hábito e instrucción razonada, y que no podía evitar que ambos se mezclaran. Para

conseguir que su instrucción razonada dominara al hábito, Alexander llegó a la

conclusión de que debía abandonar todo pensamiento relativo al fin por el que trabajaba,

y concentrarse en cambio en los pasos que conducían a él (el «medio-por-el-cual»).

Alexander encaró entonces el problema de pronunciar una frase, y para eso elaboró un

plan. En primer lugar, inhibiría la reacción inmediata de pronunciar la frase, con lo cual

detendría en su origen la instrucción habitual mal coordinada. En segundo lugar,

practicaría conscientemente, manteniendo las instrucciones necesarias para un Uso

mejorado de sí mismo. Específicamente, pensaría en dejar que el cuello estuviera suelto

y la cabeza fuera hacia delante y arriba, de forma que el torso pudiera alargarse y

ensancharse. En tercer lugar, continuaría manteniendo esas instrucciones hasta que se

sintiera capaz de mantenerlas mientras pronunciaba la frase. En cuarto lugar, en el

momento en que decidiera pronunciar la frase, se detendría otra vez a reconsiderar

conscientemente su decisión. En otras palabras, se dejaría en libertad de realizar otra

acción, como alzar un brazo, caminar o sencillamente permanecer inmóvil, pero fuera lo

que fuese lo que decidiera hacer, seguiría manteniendo las instrucciones para la nueva

pauta de Uso.

¡Resultó! Al prestar atención a la calidad de la acción más que al objetivo específico,

Alexander empezó a liberarse del control no razonado de su organismo. Le ganó la

partida a la instrucción instintiva habitual y, de paso, inventó un nuevo método de

aprendizaje basado en la integridad psicofísica de la persona.

La práctica continuada de la nueva técnica produjo un efecto tónico en todo

el organismo de Alexander. Sus dificultades respiratorias desaparecieron y

empezó a moverse con una agilidad y elegancia diferentes. Su fama como actor

aumentó, a causa sobre todo de su voz impresionante. Otros actores, así como

miembros del público, acudieron a él en gran número para pedirle clases. Al advertir

14

que el lenguaje no alcanzaba a transmitir plenamente sus experiencias, Alexander

comenzó a trabajar en un sutil proceso de manipulación capaz de comunicar

directamente la experiencia de una mejor coordinación psicofísica, proceso que elaboró

y perfeccionó durante el resto de su vida.

Alexander realizó sus descubrimientos iniciales gradualmente, a lo largo de los años,

mientras seguía dedicándose a su carrera artística. Su fama, tanto de actor como de

profesor, continuó creciendo, y hacia 1895 atendía una floreciente consulta en

Melbourne. Al principio, sus alumnos provenían principalmente del mundo del arte

dramático. Sin embargo, cuando los médicos locales tuvieron noticia de su trabajo,

comenzaron a enviarle pacientes, que muy pronto superaron en número a los que

procedían del teatro.

En 1899, Alexander se trasladó a Sidney. Su reputación le había precedido y no tardó

en verse inundado de trabajo. Aunque, en términos generales, la profesión médica seguía

manteniendo ciertas reservas, Alexander convenció por completo al célebre cirujano

J. W. Steward McKay. Al parecer, en su primer encuentro McKay le advirtió: «Si sus