El Elemento de los Mundos Parte III por José G. Granadillo V. - muestra HTML

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José Gregorio Granadillo Viloria

El elemento de los mundos

III parte

La incertidumbre

 

 

 

 

 

Desescultura.editor

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía de la portada: Desescultura 6EQUJ7  –serie wow-

Autor: José G. Granadillo V.

Materiales: Madera, acero inoxidable, tornillos, tuercas

Técnica mixta

Web:

Jose-granadillo.artelista.com

Desesculturas.blogspot.com                                                                             

Primera edición digital: 2013

Segunda edición digital editada y corregida: 2015

Desescultura. Editor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

La primera de estas piezas (el investigador de sueños) publicada en 2013 tiene cierta influencia de JLB a mi parecer, la inspiran espejos y laberintos; el contraste entre los personajes de Paul y Guido, la analogía en sus historias, el enigma del reiterado guarismo, forman parte del juego fantástico y mental que se intenta, no sé si tuve suerte. En la segunda se pretende con una añeja astucia enmarañar al lector, sugiriéndole -salvo obvios detalles- que se enaltece a un líder siendo en realidad una fugaz metáfora al velorio. La tercera no requiere mayor elucidación, publicada en 2012 es la historia eterna sobre ancianos que permanecen juntos. La cuarta es la imperceptible empero, la que más me agrada por ser –a mi vago juicio- la más frágil.  Finalmente la que origina el titulo (el elemento de los mundos) la tercera y tal vez última parte (la incertidumbre) de la historia de Granaster, una historia que puede ser real en algún mundo. Tal vez el vuestro.    

 

 

 

 

 

 

 

El investigador de sueños o la locura de Paul Vandernolt

 

 

Estamos muy cerca de despertar cuando soñamos que soñamos.

 Novalis (1772-1801)

 

 

A Cynthia Brewer  

 

Paul Clay Vandernolt Trujillo concluía su último cuento empero algo lo impidió. De haberlo terminado -exponen fisgones- pudo ser el único donde se involucra directamente. La versión que escuché con escuetos soportes me parece sumamente interesante para un micro relato y lo percibo así hoy 28 de agosto del 12.

Puntualizar fríamente a Vandernolt es una proeza máxime por los comentarios que la clínica del rumor falseó. Se dice que no descolló como escritor, otros aseveran que era escéptico y aguafiestas; que todo lo inculpaba a una secuela de deslices que encubrían una vieja herida. Lo veraz es que era un orgulloso y regordete hijo Americano de padre Lusitano y madre Española. Abstemio y buena gente empero solo con su esposa Diana o por imposición con clientes y compañeros de trabajo. Sitiado por un halo de intriga desde la muerte prematura de su esposa que figuradamente no lo afligía, hasta el día que forzado contuvo su obsesión para la que sería su obra póstuma o al menos, eso se piensa. Una barba desaliñada lo representa ahora revelando un ser alicaído cuyo arrugado rostro completa la senil imagen. Es el rostro de un ido, de una persona expuesta al sol y a las inclemencias del tiempo no obstante, no siempre fue así.

Su vida transcurrió en América donde inmigraron sus padres a mediado de los cuarenta. Los estudios le permitieron intitularse ingeniero en computación no obstante un tratamiento médico que le impedía por momentos concentrarse. Gracias a la ayuda de sus compañeros logra alcanzar la meta, ejerciendo en una empresa de software cuyo riguroso ingreso no frenó sus deseos. Ulteriormente lograría tener bajo su responsabilidad una cartera de veinte microempresas constantemente actualizadas. Vandernolt aunque parecía de cincuenta contaba con cuarenta y tres años, estos últimos los había dedicado tenazmente a diversos escritos -entre lo que se contaba una antología de cuentos-. Aseguran que debido a su excedida puntualidad desarrolló disímiles manías entre ellas, una con los itinerarios. Entre corrillos se había ganado el remoquete de “hombre horario” por su talante de adelantarse a los demás a despecho de ser un ejecutivo con plena autonomía. Unos le atribuyen petulancia otros, algo de suerte al toparse con poca resistencia emitiendo juicios.

Su vida se suponía normal dentro de los cánones sociales del siglo XX hasta poco después de la muerte de su querida e insustituible esposa. Para algunos pudo ser un soltero quejoso si no hubiese sido por ella, comentan asimismo que Diana vislumbró un buen compañero empero erró al pensar que sería buen padre. Al tiempo no le quedó más remedio que asumir el vacío dejado por su marido; aseguran que nunca se quejó. La rutina de los esposos Vandernolt transcurría de su casa al trabajo sin cambios, al menos ante los ojos de algunos. Los trajes almidonados junto a los pulidos zapatos siempre eran acicalados por su mujer aún contando con personal de servicio; todo para cada día de la semana. Los esposos Vandernolt no solo cumplían su labor con tesón sino que llegaron a ser considerados los más elegantes, se habían ganado el respeto de todos; no existía nada que no resolvieran,  sobre todo Paul, por ello, todo pasaba por su oficina, desde las cosas más triviales que lo disgustaban hasta los grandes contratos que lo entusiasmaban.

Sus ahorros le habían permitido vivir holgadamente, asimismo estar actualizados en el campo de la informática. El deber de sus hijos se reducía solo a rendir cuentas con sus promedios de notas, eso era lo que acordaban y hacía cumplir Diana. Habitaron una exclusiva zona del este de una ciudad Americana que pudo estar en Venezuela, Perú, Argentina, Colombia, Chile incluso, algún país Centroamericano empero, supongamos por azar que es Venezuela. Se dice que Vandernolt por hábito escribía de puño y letra descartando el uso del teclado y lo que creía engorroso: el procesador de texto. Otros afirman que la verdadera razón fue su devoción a Onetti que le guió a seguir el consejo que diera el escritor Uruguayo al entonces joven Galeano, sobre el gusto por la escritura a mano. Su hobby, la ciencia ficción a la que se dedicaba en su tiempo libre. No fue considerado un autor exitoso más bien novel, su exigua producción se atiborraba de polvo en el clóset de su habitación y en el estante de la biblioteca donde acostumbraba legarla.

Enviudó a los cuarenta al morir su esposa de cáncer, condición que agravó la paciente al resistirse a la cirugía. Afirman que fueron dos las razones que esgrimió para no operarse; la primera fue el carácter terminal y la segunda el no alterar su rol de madre consciente de la terrible secuela de la terapia. Se dice que Diana era de carácter fuerte empero contrariamente mimosa con su familia. Conoció a Vandernolt en la misma empresa de software donde era una eficiente ejecutiva. Aseguran que por su manera de ser le sobraba todo lo que le faltaba a Vandernolt, incluso, cordura. Al tener que renunciar por problemas de salud la recia dama gradualmente decayó pasando de ser una abnegada, elegante y diligente persona a otra totalmente dependiente: Postrada en su habitación mantuvo una digna actitud que le impidió doblegarse empero en sus últimos días imploraba morir. Vandernolt la apoyó la mayoría del tiempo y al fallecer fue el más afectado por su historial médico, presentando una serie de manías entre las que se contaban: escribir en trozos de papel, cartón o tela todo lo que le acontecía, en una especie de diarios que luego descartaba.

Comentan que tanto Vandernolt como sus hijos habían sido agraciados al contar con Diana que nunca antepuso su trabajo a la atención de ellos, su esposo no pudo ser un buen padre por su historial, no lo fue estando ella, mucho menos después. A los progenitores de Vandernolt de nada les servían las viejas recetas utilizadas como último recurso contra el padecimiento de su hijo, su único y transitorio alivio fueron las medicinas de las que renegaría de adulto. Actitud que se acrecienta al fallecer sus padres y ulteriormente opondría con mucha entereza su esposa. Ella siempre se preocupó por mantener una buena relación con los suegros hasta el punto de conocer con lujo de detalle la situación de su pareja, cuestión que jamás objetó y por el contrario sobrellevó con cariño.

 

Señalan que Vandernolt al dejar el tratamiento le altera su modo de vida pero no como antes –con apenas seis años, su maestra había ahorrado junto a sus alumnos durante todo el período escolar para celebrar el fin de año, planeaban un paseo a un río cercano. A la celebración se sumaron algunos padres, todo el día había salido a pedir de boca empero al acercarse la hora del retorno un grupo de niños junto a dos representantes permanecían jugando en las frías aguas, reacios a salir. De repente, se escucha un fuerte estruendo como de rocas deslizándose, al momento todos quedaron petrificados incluyendo a los que disfrutaban en las calmadas aguas que se preguntaban sobre el raro sonido. Sin poder reaccionar a tiempo Vandernolt junto a maestra y alumnos vieron con estupor como una crecida descomunal barrió literalmente a sus compañeros, convirtiendo en segundos la celebración en angustia y dolor. Siendo el joven Vandernolt el más afectado por un trauma caracterizado por ataques de pánico espontáneos sobretodo durante el sueño-.

Carmen, Sigfredo, Paul y Josefina jamás pudieron con el carácter cerrado -a veces irracional- de su padre, habitualmente Diana en su corta vida se encargaría de encaminarlos, dándolo todo para que su último suspiro fuera una orientación. A medida que los niños fueron creciendo la madre creyó haberlos preparado para los futuros cambios de conducta de su padre por el shock adquirido en la infancia. Impacto que controlaron calmantes cuyos efectos secundarios afectaron su rol familiar. Los hermanos Vandernolt siguieron unidos a despecho del trato cada vez menos admisible con su padre, afirman que hubo una época en que cada uno a su manera trató de recuperarlo, de sacarlo del encierro mental en que estaba, sin éxito. Sus reacciones a veces se tornaban violentas forzándolos a desistir. Paul y Josefina culminaban sus carreras universitarias entretanto Carmen y Sigfredo ya eran profesionales exitosos e independientes. Vandernolt había hecho todo lo posible por continuar el legado de su esposa aunque nunca se sintió preparado. Pensaba por primera vez en su vida en qué hacer con los más jóvenes; su trastorno lo llevaría incluso a manejar la idea que podían no ser ni suyos. Apenas les dirigía la palabra los fines de semana utilizando frases lacónicas, casi siempre mal humorado, el resto de días ni siquiera los notaba, para colmo se negaba de manera absurda a sentarse y compartir con ellos, agravando el distanciamiento que ya de por sí existía. El vacío dejado por la esposa aísla más a Vandernolt que en algún momento que se desconoce se retracta al intentar acercarse a ellos impulsado por razones ajenas, tal como se verá más adelante. 

A los Vandernolt les siente la ausencia de su madre pero nadie supuso lo que causaría en la mente del padre. Retazos hallados en su habitación dan a entender que en algún momento pensó en suicidarse. Tachados con equis y con indicios de arrugas e incoherencias revelan lo siguiente.

Desgraciado martes trece. Ayer enterré a mi querida Diana, quisiera acabar con todo de una vez por todas, pero no sé por qué se me viene a la mente la muerte de Periandro. De dónde era el tirano griego ese: Periandro... Periandro de, de, de Corinto si, Periandro de Corinto, aquel que mató a su esposa a patadas debajo de una escalera aún sabiendo que estaba encinta. Después, octogenario, decide mandarse matar por dos jóvenes que a su vez fueron asesinados por otros cuatro. Éstos en los mismos términos por una muchedumbre según instrucciones del tirano, y así develó su muerte descubriéndose como tétricos regalos salidos de una muñeca matryoshka... No quiero hacer de mi muerte uno de esos regalos rusos después de la de mi querida Diana. Su memoria no lo merece, tampoco que un ignorante me compare con el griego…

El acertijo de notas da a entender que Vandernolt sentía cierta animadversión hacia Periandro, uno de los siete sabios Griegos que reinó durante cuarenta años; quizás por la relación traumática del heleno con sus mujeres y uno de sus hijos, el que lo sucedería. Algunos biógrafos afirman que en realidad eran dos Periandro y el tiempo y el rumor unió las historias. Como quiera que hubiese sido ese extraño y extemporáneo resentimiento parece que impidió que Vandernolt llevara a cabo la fatal decisión.      

Su determinación de conservarse casto lo lleva a un sedentarismo que de no ser por el trabajo sería absoluto. Vandernolt fue un consumado leedor antes de la viudez de eso no dudan los que lo conocieron, solo un dolor de cabeza que le sobrevino lo privaba en ocasiones de ese gusto. Dicen que en una oportunidad comentó el haber hojeado un estudio sobre la psicología del sexo de Havelock Ellis (1859-1939) del 27, que trata sobre algunos animales que viven durante toda su vida con una pareja, según el autor, representan solo el cinco por ciento del reino animal y Vandernolt pretendía comprender qué los estimulaba e indistintamente, si practicaban el onanismo al expirar una de ellas. Tras la muerte de su esposa Vandernolt obcecado decide guardarle fidelidad tal como lo hacen el albatros, la cigüeña blanca o el caballito de mar empero, esa fidelidad no prescindía al onanismo, en absoluto probaría si aquel cinco por ciento lo practicaban en el contexto en que se encontraba no obstante, comentó igualmente que los burros por instinto lo practican rozando sus penes con el suelo, que ciertos monos lo hacen con sus manos, y algunos murciélagos con sus patas. La abstinencia y manía lo llevan a crear un itinerario y decide programarlo dos veces por semana -aunque la mayoría de veces era mayor el impulso, que la consumación del acto propiamente dicho- Según retazos: el primero lo deja para los lunes una hora antes del trabajo, sirviéndose de una revista lujuriosa y de gran tiraje porque los videos lo avergonzaban. El segundo lo ubica los viernes a las cinco de la tarde influenciado por un estudio de la Universidad de Duke en Carolina del Norte que afirma que los monos machos están dispuestos a sacrificar el alimento con tal de verle el culo a la hembra de su especie y practica voyeurismo gracias a la generosa y desprevenida vecina que aseaba su residencia ligera pero muy ligera de ropa, al ritmo de la sugerente música brasilera emulando a una bella garota asimismo retazos dan a entender que Vandernolt al culminar la faena tenía por hábito decir la frase Diogènica: “Ojalá pudiéramos saciar nuestra hambre restregándonos el estomago”. -Todos estos detalles los proveyeron soportes previamente descritos-.

A los Vandernolt los atendía Tania, una joven criada que llega mucho después de la muerte de diana -en la casa no duraban las ama de llaves por cuestiones obvias- agraciada y por ende inadvertida ante los curiosos y por primera vez en mucho tiempo ante un morigerado y pajizo Vandernolt, a quien la alcoba le parecía cada vez más fría, vacía y vasta; y a quien el onanismo ya no le resultaba. La sensual mirada y el cuerpo de guitarra le hacían dudar por momentos de su obsesión que gracias al hobby pudo forzosamente hacer a un lado.

Son las diez de una asoleada mañana de agosto y Vandernolt tiene otra manía: intercambiar estilográficas cada día que prosigue un relato y aún no se decide por cuál: Si el obsequio de Diana, la dorada Parker 45 del 60 o su plateada Sheaffer con plumín M de acero inoxidable del 70 que adquirió en un remate. Dicen que se tomaba su tiempo hasta finalmente optar por la dorada, casi siempre. Sus pocos escritos habían sido rechazados por dos editoriales que frecuentaba: “La casa de las objeciones” y “La última palabra”.

Su último cuento -número 72- es precisamente el que origina este relato. A Vandernolt se le ocurre recrear en una fábula algo que lo aflige y que considera ajeno al trauma de la infancia; una rara sensación precedida por fuertes migrañas que lo abrumaron desde hace tiempo o mejor dicho: Acto continuo de la muerte de su esposa Vandernolt soñaba siempre lo mismo, siempre el mismo tema que en parte le insinuaba obligaciones más allá de las que podía cumplir. Hacía rato que había dejado el latoso tratamiento –como se sabe las tabletas lo habían mantenido controlado empero a un precio muy alto- y como por arte de magia los ataques cesaron siendo sustituidos por reiterados sueños seguidos de dolores de cabeza cada vez más intensos.

Vandernolt según deduzco, comienza a verse en sueños compartiendo con sus hijos cuestión que en realidad nunca hace. Luego parece ser que se ve despedido del trabajo por reiterados incumplimientos al horario. Al final del sueño aparece descansando en su habitación y en la misma circunstancia sueña una especie de doble sueño en el que un individuo irreconocible sin saludarlo le pregunta

-         Dígame, buen samaritano, ¿Dónde se encuentra dios?

Incontinenti Vandernolt ofendido reacciona con un tajante alegato

-         ¡Tú dios no existe!

Luego con una voz meliflua rayando en el sarcasmo le pregunta

-         ¿Acaso lo has visto?, buen samaritano

El desconocido responde en los mismos términos

-         ¡Si me lo preguntas, no lo sé, si lo dilucidare no lo sabrías pronunciar, menos descifrar!

La recurrencia al parecer lo lleva a pensar que ha sido auto inducido por la pérdida de su esposa, a la que se niega renunciar, luego cambia drásticamente su opinión creyendo en la posibilidad de estar perdiendo la razón. Al no contar con Diana y rechazar con tozudez asistencia piensa en un especialista pero antes decide hacer algo que le sirva de terapia o más precisamente de auto terapia emocional. Resuelve entonces -después de un largo período de reiterados sueños- ajustar su horario para cumplir con sus hijos y con lo demás. Esto lo hace sin consultarlo con ellos como es su costumbre. A Vandernolt la situación le parece sumamente sencilla.

Al siguiente día -escribe- se levanta dispuesto a desayunar con sus hijos. Al presentarse, sorprende a sus hijos asumiendo una actitud como si fuera habitual el estar allí, siguiéndoles ellos la corriente. Estando presto a desayunar nota que se le han adelantado; luego intenta llevarlos a la universidad surgiendo un imprevisto: al momento de salir su vecina en medio de un caos le pide que socorra a su marido pareciendo infartado, sin pensarlo, Vandernolt deja todo y lo traslada al hospital donde lo reviven, con todo, ese día le es imposible cumplir su cometido.

De nuevo en casa Vandernolt planea lo mismo. Esa vez toma precauciones al dilatar el reloj. Al despertar descubre que sus hijos no están, dando al traste a su intención y creándole suspicacia. Al parecer –deduce- sus hijos se le adelantan ex profeso. Vandernolt es contumaz e intenta infructuosamente por varios días empero, de nada vale conversar con ellos o planear todo meticulosamente ya que cuando cree resuelto el problema con sus hijos surge otro imprevisto en su trabajo, en la universidad o en todas las anteriores verbigracia, en otro retazo se encuentra el siguiente croquis de lo que podría ser la descripción de ese embrollo que podríamos designar: Vandernoltniano.

 

D            U           X T

T             X D          U

X U            T           D

 

Al conjeturar con los grafemas notamos que Vandernolt cuando logra desayunar (D) con ellos y llevarlos a la universidad (U) falta al trabajo (T) por otra parte, si los acompaña a la universidad llegando a tiempo a su trabajo no desayuna con ellos, finalmente, si cumple con su trabajo y desayuna con ellos no logra llevarlos a la universidad. En realidad no hay forma de constatar si es tangible esta torpe exégesis. Lo cierto es que la impotencia de no recrear su sueño aumenta la ansiedad en Vandernolt que simultáneamente como en una competencia sin rivales inicia un relato sin una meta prevista empero acariciando al mismo tiempo una idea.

Comienza entonces creando el intérprete de “El investigador de sueños” una historia inspirada en su doble sueño y en especial, en un vecino -que nunca trata- que tiene fama de ser muy religioso, buen padre empero pésimo esposo; El tipo de individuo importuno con las mujeres y agraciado a la vez.

Vandernolt ubica a su personaje dentro de las obsoletas tipologías de Ernst Kretschmer (1888-1964) como del tipo pícnico. Para el momento lo imagina con tres mujeres: Su esposa D, una empleada de su empresa U y la criada T. Vandernolt pretende crear un personaje que tenga un sueño parecido al suyo pero con un modo de vivir distinto, para así tener otra visión de su problema, presumiendo que a lo largo de la trama le resulte provechoso. En su breve historia salida de un rompecabezas indistintamente le da importancia a la promiscuidad en contraste con su obsesión. Ahora bien, esto es solo una especulación del autor de esta reseña porque nadie sabe realmente cómo pensaba Vandernolt a sabiendas de manías y hobby. Por las anécdotas y retazos únicamente se aprecia junto a las equis encontradas que omite intencionalmente lugares, cambia algunos detalles y a los personajes los identifica con grafemas sin hacer hincapié en las historias personales. Veamos que nos dicen los siguientes retazos.

Guido Musso es el intérprete, un trabajador que sobresale ante los demás por ser alegre y bonachón, amigo de lo amigos y capaz de todo si hay una falda de por medio. Casado con D y con cuatro hijos: A, B, C y P. A, B, y C son frutos del matrimonio, y P en edad escolar es producto de una aventura con U. A y B son mayores de edad y aún viven con sus padres, mientras que C se ha independizado. Guido es comerciante y se dedica a la venta al mayor de atún y moluscos, C trabaja con él, mientras que A y B estudian. Su esposa nunca se ha incorporado al trabajo de mar, la razón, una de las empleadas es U. Los Musso viven en una isla ubicada al noreste de un país de Latinoamérica…

Vandernolt piensa en cómo relacionar en su breve historia el sueño que lo ofusca, comienza por la pregunta que le hace el desconocido asociándola con el Shemhamphorasch -su aprensión lo lleva a escudriñar el porqué de las cosas, volviéndose según los entendidos un gran investigador capaz de dar con la solución de casi todo-. Su escepticismo lo obliga a no aceptar la conjetura no obstante decide añadirla a su narración, dejándole el trabajo a Guido su fervoroso y ulterior intérprete. Para ello decide hacer de él un padre ejemplar sin excepción, déspota con D, benévolo con U y astuto con T. Para fundamentar su obra Vandernolt un diez de octubre forzosamente visita la biblioteca cercana a su domicilio donde era un asiduo visitante poco antes de aparecer la migraña. A despecho de su condición persevera y consigue material sobre los sueños recurrentes. En el sótano de la biblioteca se encuentra la sala de libros raros (LR) curiosamente llamada la setenta y dos, un área que Vandernolt aún no le ha encontrado fin cuyos libros desaparecen entre columnas y filas de interminables estantes. Aseguran que dicha sala encierra un gran misterio, lo insólito es que no hace honor a su nombre al estar compuesta por infinitos estantes dobles, siendo doscientos dieciséis los inteligibles. Cada uno de 72 subdivisiones horizontales. Aseguran que el setenta y dos se debe a un asombroso cuadrado. Cada estante lo iluminan lámparas de neón con tres metros de separación cada una y el olor a viejas obras domina el ambiente. Un olor donde se confunde la vainilla y la madera con la piel de algún caprino. Al final de cada estante sobresalen algunos cuadros famosos: Vandernolt observa emocionado las reproducciones de un Aristóteles contemplando el busto de Homero y el festín de Baltazar ambos, de Rembrandt. Al asiduo visitante le reconoce el bibliotecario que curiosamente ese día cumple setenta y dos años –y que además reniega de su jubilación- quien gustosamente le facilita el material no sin antes sermonearlo sobre el cuido a los mismos. La pequeña oficina del anciano ubicada en la entrada dispone solo de una módica mesa de cedro sobre la que destacan: Un viejo busto de don Mario Briceño Iragorry, de autor desconocido y dos zigurats. Vandernolt describe que un incidente en el estante 7 de la sala 2 subdivisión 72 ciega al anciano del ojo derecho, inculpando a una enciclopedia francesa del 64. Con un parche el bibliotecario ha continuado su labor por espacio de más de diez lustros. Esa vez facilita cuatro obras escogidas al azar por Vandernolt: El IV tomo del tratado sobre la dieta del Corpus Hipocraticum -LR, estante 120, subdivisión 60, lugar núm. 18- un libro sobre la tribu Amazónica Chuar de Alexander von Humboldt –LR, estante 215, subdivisión 38, lugar núm. 13- otro de Hipócrates prologada por Eratóstenes sobre los sueños -LR, estante 216, subdivisión 72, lugar núm. 65- y uno fuera de sitio –según deja entrever el anciano- el Die Traumdeutung de Freud –Sala 1, estante 2, subdivisión 34-. Antes de salir del recinto a Vandernolt lo detiene el tuerto para sugerirle con insistencia un último libro de un filósofo llamado Karl Popper (1902-1994), notando al hojear su índice que aunque dicha obra no trata el tema en cuestión el anciano le ha apartado un capítulo -Principio de falsabilidad- que probablemente le será útil.

 Con esa bibliografía Vandernolt entre investigación y jaquecas intenta descifrar su sueño a través de un cuento creándose un singular método de estudio: Para entender a los chuar consulta previamente a Hipócrates y este facilitarle el estudio de los chuar. Para entender a Hipócrates debe previamente hojear a Freud y este facilitarle el entendimiento de Hipócrates, y así, al hojear a Freud lo conecta con Hipócrates y este a los Chuar presumiendo, que coinciden en sus peculiares prácticas con su soñoliento problema verbigracia, Vandernolt concluye que la tribu considera al mundo espiritual repetitivo e infinito y que utiliza los sueños inducidos a través de la mixtura enteògena para resolver conflictos familiares y sociales, del mismo modo, Freud da a entender que todo sueño es la manifestación de un deseo, incluyendo los no expresados, exteriorizados a través de las pesadillas. Para el médico –desde la óptica Vandernoltniana- todos los sueños son interpretables. Asimismo concluye que Hipócrates afirma que la salud del soñador se refleja en el sueño y la interpretación general que le encuentra Vandernolt es que los autores escogidos al azar lo ayudarán a entender y suprimir la insoportable jaqueca y el interminable sueño, confrontando a través de una fábula la realidad a través de lo que sería un deseo reprimido acumulado a través de años y años de un exagerado apego al horario aunado al trauma de la infancia. Entre grupos desordenados de retazos se concatena lo siguiente.

La rutina de la familia Musso no difiere de otras, salvo algunas peculiaridades. Por ejemplo Guido tiene la fortuna de que su adicción a las anfetaminas –que lo torna violento sobre todo con D- no ha impedido que forme familias, quizás a sabiendas de su religiosidad, se le haya pasado la mano al construir varias al mismo tiempo no obstante, la relación con estas se podría decir que es medianamente aceptable aunque como es de esperarse ni se dirijan la palabra. D al tiempo se volvió transigente hasta el punto de simular una buena relación, caso contrario al de U que se vale de P para coaccionar a Guido con la excusa de que a su hijo le corresponden los mismos lujos que rodean a sus hermanos.

Guido y D se levantan muy temprano los domingos para ir a misa, curiosamente al llegar a la iglesia se separan; él no toma asiento sino se queda en la entrada del templo porque según comentan, la conciencia no se lo permite, D acostumbrada a la reacción de su marido se ubica en la primera fila frente al altar como siempre. Una vez cumplido el acto religioso la lleva a su casa y va sin falta al gimnasio al que acostumbra ir últimamente intentando reducir su voluminoso abdomen y de vez en cuando justificar alguna escapada. Además de la familia, los Musso conviven con el ama de llaves T encargada de los asuntos de la casa entre otras cosas. T por ser más joven es la que aparenta ingenuidad sin embargo es la más enterada. Para completar T es amante de Guido y últimamente llega retardada. La verdadera razón -a pesar de ser puntual- es que desde que asumió su nuevo rol decidió mejorar su horario, haciendo caso omiso a los insistentes reclamos de la dueña. (…) Guido atiende a sus mujeres siguiendo un cronograma: Los lunes y rara vez los martes de mala gana lo dedica a D en la madrugada pensando en U. Los miércoles lo hace con U pensando en T a la una de la tarde porque a esa hora su esposa está entretenida viendo su novela preferida. Dejando los fines de semana para la fogosa T a la hora del gimnasio; no siendo riguroso con el cronograma ya que siempre deja una o dos semanas de por medio para el descanso hogareño. Se considera todo un líder ante sus amigos y lo logra manteniéndolos al tanto de sus conquistas, jactándose de las que considera compensaciones por su gran desempeño sexual –algunas que lo conocieron íntimamente confesaron -siendo muy prudentes- que simularon espasmos a veces, hasta múltiples, todo dependiendo de lo que necesitasen al momento, siendo la excepción de la regla D. El azar ha incidido para que no se presenten conflictos ante tal cinismo pero todo es cuestión de tiempo lo extraño es, que se lo deba a un sueño:

Un lunes 23 de marzo del 65 despierta recordando los pormenores de un extraño sueño, uno que le parece gracioso además: Sueña que le pregunta a alguien que no logra ver o recordar sobre el paradero del verdadero nombre de Dios, a lo que el desconocido responde que el verdadero, el único e indescifrable nombre, estaba oculto entre 216 papiros y que su número es 72 pues 72 son los libros y las hojas que lo contienen y 72 los lados de Dudeney sin pretender ser ninguno de ellos. Y para conseguirlo debía cumplir un mandato divino, en caso de fracasar sobrevendría la insania. El desconocido al concluir toca la frente de Guido y este se ve pidiéndole perdón a su esposa por el maltrato psicológico y físico así como por su constante infidelidad.

A las diez de esa mañana lo comenta con D en presencia de T omitiendo detalles que las involucran -D sabe de la infidelidad con U pero no con T- Al momento no hubo comentarios de importancia D se limitó a sonreír pensando que era un sueño como cualquier otro. Al otro día despierta con la misma sensación, al comentarlo con D muestra cierta preocupación disimulada con una sonrisa. D le pregunta.

-         ¿No será que algo te pasa y no quieres decirme? -dice angustiada-

-         Si algo me estuviera sucediendo usted sería la primera en enterarse –responde aparentemente calmado-

-         ¿La primera? –pregunta intrigada-

-         ¡Si, la única y verdadera! –responde sin pensar y alzando la voz-

Los días transcurren y Guido continúa presentando el mismo sueño. Para no preocupar a su esposa le miente una vez más asegurándole que ha puesto fin a toda su aventura. Antes de consultar con un especialista piensa sobre el origen del problema y la manera de solucionarlo, solo por evitar la vergüenza. Por su devoción religiosa consulta fuentes afines. Alguien le recomienda a Maimónides. Rebusca igualmente al escritor checo Jaromir Hladik en el Milagro Secreto de JLB donde este recuerda

“(…) que los sueños de los hombres pertenecen a dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. (…)”

Por lo anterior está convencido que su sueño lo comunica con lo divino, tal como le contaron que sucedía en tiempos antiguos. Al asociarlo le da un motivo para aceptarlo como un mandato e intenta llevarlo a cabo.

En esta parte Vandernolt logra enfocar su sueño desde otra perspectiva empero, siempre buscando la solución que no ha podido conseguir. Decide luego de una profunda reflexión anteponer la religión a la ciencia en la que se apoya firmemente, creyendo descubrir con el método popperiano el origen del suyo.

 Vandernolt Integra a las mujeres de Guido: D, U y T atribuyéndoles diferentes grados de responsabilidad u obligación. Conjeturando –a riesgo- en este galimatías se puede decir que para Vandernolt en su fábula D sería la necesidad de compartir el desayuno, U la de trasladarlos a la universidad y T lo referente al trabajo.

A continuación otros retazos pueden arrojar luces u opacidad.

A mediados de julio Guido Musso decide resolver el problema. Lo primero es llegar a un acuerdo con T sin enterar a D; no quedándole más remedio que comprar su silencio y discretamente prescindir de sus servicios. Algo más complejo le tocó afrontar con U el motivo P. Guido promete a U continuar la manutención de P y concederle un aumento. Adrede deja a D de última para convencerla de que cumplirá su promesa. Para él nunca ha sido problema razonar con D puesto que siempre tiene la razón. Comienza diciéndole en voz alta y de manera convincente:

-          Mi honestidad no vale mucho por todo lo que hice pero sé que me creerás cuando me confiese y me siente contigo en la iglesia.

Incontinenti se hinca y en actitud de súplica mirando hacia la lámpara del techo proclama:

-          Querido dios dador de todo e inmaculado, ya cumplí, ahora que se haga tu voluntad

 A la mañana siguiente despierta optimista porque ha dejado de tener el sueño, ha desaparecido por lo que considera una intervención divina. Guido piensa que su sueño es la solución a su problema pero poco le dura la lealtad, es más fuerte su espíritu libertino. No volverá a soñar, ni siquiera al reincidir en las correrías; tampoco se sentará más frente al altar pero el temor ha desaparecido, porque haga lo que haga siempre hallará un lugar donde hincarse y una lámpara donde mirar. Engañando de nuevo a D Guido lleva su situación sin ningún revés un tiempo, hasta que T hace presencia -con algo inesperado-  contraviniendo lo acordado, para colmo, en una de las paredes de la habitación han escrito con letras brillantes el número setenta y dos junto a… 

Vandernolt al añadir el guarismo piensa en finalizar su obra empero decide postergarla, la migraña esta insufrible. En sus días libres se enclaustra y persiste a despecho de que su situación va de mal en peor, para colmo alucina. Ha olvidado qué colocar junto al setenta y dos, no recuerda cuestiones fundamentales verbigracia, la razón que lo lleva a crearlo. Por momentos le parece todo disímil. Come bocados a intervalos o cuando se lo recuerda la necesidad, no obstante insiste. Entre otros retazos se encuentra una pequeña nota con una letra temblorosa que pudiese conectar con tal situación –sin aseverarlo-

Lamentablemente me es imposible escribir a cualquier hora, mis manos no me obedecen, las siento pesadas y torpes, me es imposible terminar la historia, la migraña es insoportable, ni si quiera puedo intentar… Son las tres de la mañana y a duras penas puedo escribir esto…

Las primeras horas de un sábado aunque fresco y con brisa a Vandernolt le parece sofocante. Ese día amanece sudoroso e inconforme con algo que no se explica o no recapitula. Su ritmo cardíaco esta alterado, puede sentir sus latidos en la sien y yema de los dedos. Incontinenti decide salir de lo que simula ser un encierro, se le ocurre comprarse el periódico y unos mocasines que le urgen. Algo raro siente al salir de la casa, el lugar se siente demasiado fresco, piensa incluso que le observan sin lograr percibir a nadie. Decide no sacar el coche y continuar en autobús. Al dirigirse a la parada cercana a su casa tropieza con cuatro personas -dos adultos y dos niños- que le miran fijamente sin disimular y en extraña actitud; cuestión que perturba a un irascible Vandernolt. Para completar la escena uno de los niños lo señala como si fuera culpable de algo mientras susurra algo gracioso a su acompañante. La reacción de Vandernolt fue tocarse el pelo por si esta despeinado al mismo tiempo que el otro niño rompe en risas. El inquieto Vandernolt continúa mirándose y mirándolos, nervioso, tratando de encontrar el objeto de burla. Al parecerle todo normal reacciona dirigiéndoles unas palabras

-         ¡Será que no tienen oficio salvo molestar a la gente decente! –lo dice sin mirar a los presentes-

Todos incluyendo los traviesos niños voltean hacia otro lado haciéndose los desentendidos. Cuando llega el autobús se apresuran quedando Vandernolt último. Al momento de abordar el chofer no le permite subir y Vandernolt dice

-         Es que acaso soy indocumentado, de la oposición, extranjero, o piensa que no le voy a pagar por el servicio

Dicen que el chofer rápidamente cierra de golpe la puerta muy cerca de la cara de Vandernolt, arrancando sin avisar. Vandernolt sumamente consternado insiste, mirándose de abajo hacia arriba, arreglándose de nuevo el pelo sin encontrarle motivo a semejante reacción. Al intentar con otro bus sucede lo propio. Decide entonces retornar y buscar su auto, logrando comprar el periódico en un auto servicio. Luego en una zapatería comentan que se vuelve a presentar una singular situación, al parecer el dueño de la tienda le niega a Vandernolt la entrada y ante la insistencia del furibundo comprador llama a la policía, este huye despavorido como un delincuente y totalmente desconcertado.

Una vez en su casa y en la intimidad de la habitación se detiene frente al espejo, uno que abarca toda su imagen, esta vez estando más calmado comienza a contemplarse. Casi simultáneamente suena el timbre seguido de insistentes golpes a la puerta cada vez más fuertes. Vandernolt los ignora y opta por continuar observándose detenidamente con incredulidad y señalando hacia su reflejo comienza a declamar con aires de torero

Por qué me señalas con la otra mano, eso desdice mucho de ti, si tú izquierda es mi derecha y mi derecha tú izquierda por qué no estás al revés o en blanco y negro ¿Quién eres realmente? Por qué te empeñas en llevarme la contraria. No soy Mr. Hyde como quieren hacer creer, tampoco tú Mr. Jekill como pensaron algunos. He aquí –se dice, señalándose con el pulgar de la diestra sin desviar la mirada- a un individuo regordete y nada fuera de lo normal, un individuo bien peinado, limpio y completamente desnudo como lo dicta su conciencia.

A Vandernolt desde aquel caluroso sábado le parece su oficina cada vez más extraña, el verde manzana escogido por el buen gusto de su esposa que hacía resaltar los muebles ha desaparecido. Alguien con muy poco gusto ha sustituido todo, apenas reconoce una mesa de estar y un viejo sofá que a veces parece un catre. El café doble y sin azúcar que le esperaba ha sido sustituido por grageas para la migraña. La eficiente y sensual secretaria Ubaldina Cavallery no esta, en su lugar han colocado sin su venia a un individuo mal educado y deficiente, preocupado al parecer solo por cuestiones triviales como las grageas o el reposo. Es un individuo poco conversador y a veces, con aires de superioridad. De seguir así ha pensado seriamente entregar una queja formal a su jefe inmediato empero, ya no es el jovial Constantino Sarmiento. Han cambiado hasta el uniforme sin consultarle, los impecables trajes almidonados con corbatas coloridas han sido sustituidos por feos conjuntos blancos pasados de moda, que incluyen informales zapatos de goma. El personal es poco conversador y a veces, murmuran pareciéndole de muy mal gusto. Todo sucede un domingo.

Vandernolt durmió bien, su migraña ha desaparecido. Este lunes no siente calor ni agitación. Su habitación parece más menuda y diferente que otras veces, ha cambiado el semblante, se le ve sonriente, siente una paz interior que no se explica. Por momentos cree escuchar voces que jamás rondaron los pasillos, piensa incluso que alguien ha pintado todo de un blanco opaco y las paredes dejaron de ser sólidas y rusticas. Parece no preocuparle nada desde que han cesado los sueños y la fobia. Este día lo dedica íntegramente a la observación del cuarto, un cuarto donde ha desaparecido todo lo que le puede hacer daño porque Vandernolt ha perdido la memoria. Le tienen a menos sus hijos, sus ficciones; él ni nadie interesa, ni siquiera su Diana a quien ni recuerda. Nunca pudo descubrir lo que pasó, su mente no lo permitió. Sus escritos dejaron huella de sus intentos por entenderlo a través del personaje de Guido Musso. Un personaje que al igual que él tampoco tuvo un final, o al menos, el que se esperaba.

En la mesa de noche de una habitación desatendida, al lado de descargadas estilográficas, se encuentran unas polvorientas hojas enumeradas, aparentando ser la setenta y dos la parte final de un cuento probablemente abandonado para siempre.

 

 

 

 

 

 

Epílogo

No se sabe en qué momento Paul Clay Vandernolt Trujillo escribió esta carta. Una especie de declaración. Se piensa que días antes de comenzar su última creación y alcanzarlo la insania. Es una carta que descuella entre setenta y dos (72) retazos de papel, una carta cuya letra difiere a la que precede en sus narraciones, una letra cuasi ilegible y remarcada. Una carta sin destinatario aparente, sin fecha ni lugar, una que comienza así:

En vista de la imposibilidad de cumplir lo que me dicta la conciencia a través de un sueño que se repite y repite sin encontrarle término. Uno que por lo trivial pensé en la posibilidad de volverlo realidad cosa que no he podido llevar a cabo, y no me explico por qué. Siento en medio de esta jaqueca que ya no soy el mismo, al insistir en ello he generado molestia en mis hijos y angustia en mí. Pareciera que el destino me jugara una mala pasada, un destino sin Diana, uno que no controlo por primera vez en mi vida. Como quiera que fuera insistiré en buscarle una solución racional y no religiosa. Reniego de tal posibilidad. Busco un resultado basado en la investigación, en la mía, en lo que he aprendido. Escribo esta nota por si algo me sucediera o dejara de hacer…

Luego del escrito se piensa que a Vandernolt se le ocurre el personaje.             

Fin

 

 

Adalid

 

Lo raro es que el Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos los fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.

Jorge Luis Borges (1899-1986)

“La secta del Fénix”

 

 

A Crystal Pérez Winter, a su memoria

 

A la hora convenida se congregan en traje formal preferiblemente turbio. En medio de un ambiente encarecidamente acicalado, habitualmente; en la morada del adalid la penumbra, las cortinas echadas y los postigos entornados son imperativos, al igual que el susurro, salvo, que la secta fuese en zonas de Latinoamérica, África o la Península Ibérica. A los íntimos se le saluda con solemne ademán estribando la confidencia que el adalid haya dispensado a veces –contadas- foráneos hacen lo propio. Fuera de la morada habitualmente los íntimos hacen grupo aparte lógicamente, a posteriori siendo la sensatez extremadamente pertinente. El adalid jamás susurra, es tal su distintivo que aludirlo produce vértigo, impresión, ira y en casos extremos: Jurar en arameo. El tiempo limita la secta, el tiempo al adalid no lo domina, lo veraz, es que nadie supo de él siendo vox populi su lugar. Unos piensan irremediablemente que ha muerto, otros juran haberlo visto en lugares comunes. La pérdida ha hecho que unos le rindan culto y otros lo impugnen. Declaran a media página anhelando la secta, soslayando, la mayoría.

En ciernes el hábito cristiano era congregarse quince días ulterior a la última secta -el adalid era visto una vez, que era su última- aquel código consuetudinario quedó atrás supliéndolo el libre albedrío. El rabino de los israelitas verbigracia, no se aleja del adalid hasta no verle más, dicen, que en la recitación del kadish los minián –diez judíos- habitúan cubrirse la cabeza en la sinagoga, y en la morada. La secta puede haber sido pagana: Algunas tribus primitivas como los Kuikas soslayaban por todos los medios vocear su nombre, utilizando -a despecho de ágrafos- un creído eufemismo: El perdido. Desdicen erradamente que para las sectas venezolanas acicalar se ha vuelto inverosímil.                 

 

 

La Beatriz, 2015

 

 

La casa del danés moteado

 

Hay tres amigos fieles; una esposa anciana, un perro viejo y dinero constante y sonante.

Benjamín Franklin (1706-1790)

 

Aunque pareciendo verosímil lo que sigue, está basado en hechos imaginarios. Cualquier analogía con la realidad, es mera coincidencia. Versa sobre los últimos días de una pareja de ancianos que optaron por vivir solos porque la práctica les instruyó que el que se casa, casa quiere, asimismo, que curiosamente fallecen casi al mismo tiempo dicen, que en paz. 

Los aludidos procrearon muchos hijos que de tiempo en tiempo se dejaban ver menos de lo que hubiesen querido los ancianos, siempre anhelando su presencia. Así fuera para llevarles jácaras la mayoría más ásperas que cordiales. El dinero nunca había sido freno dado sus limitados gustos cubiertos en su totalidad por pensiones y ahorros. Aún sus vecinos recuerdan los cumpleaños u onomásticos que le celebraban,  siempre riñendo por el derecho de llevarlos a sus hogares solo esas fechas. Dicen que dos días a lo sumo llegó a contabilizar el anciano en silencio –para no contrariar a la estoica madre- el efímero cariño antes de surgir los más disímiles y perspicaces justificativos -vueltos costumbre- que ávida y dócilmente esperaban los ancianos para tornar a su hogar. Al viejo los años de comerciante lo volvieron perspicaz para detectar la honestidad de un convenio y le fue ventajoso a despecho de que en ese entonces algunos fuesen infructuosos o solo lo afligieran. En ciernes aseguran que ejerció la albañilería y que gracias a esas habilidades logra mantener una seguidilla de hijos -12 en total- que se fueron independizando, notando sus vecinos que gradualmente sus visitas se tornaron infrecuentes hasta no saberse más de ellos,  exceptuando, la línea telefónica que contadas veces los unía. Como quiera que fueran los argumentos comentan que los ancianos vivieron felices porque estaban juntos y en su hogar.

La pareja acostumbraba ejercitarse una hora diaria, siempre por el mismo sendero. En una de tantas caminatas hallan un perro, un vapuleado y enfermo animal abandonado a su suerte. Por momentos la ceguera les hacía distinguir a un pariente del bullenbeisser; aunque finalmente descubren a un raquítico grand danés moteado como de 3 años. El corto y brillante pelo que definiría alguna vez al “Apolo entre todas las razas” se confundía entre enjambres de ácaros disputándose un convite. Era un danés entristecido y manso ante los dañinos inquilinos que a despecho de todo mostraba afecto. Fue tanto el sobresalto que los ancianos decidieron intervenir como era su costumbre. En ciernes no hubo acuerdo acerca de cómo socorrerlo empero de improviso y pareciendo advertir, el malogrado danés comenzó a seguirles con su cabeza gacha y débil andar. Así logran atraerlo hacia su nuevo hogar siendo un veterinario de confianza quien logra sanarlo ulterior de un largo y doloroso tratamiento. Incontinenti el anciano dizque saca de la habitación una antigua perrera muy bien labrada procediendo a limpiarla cuidadosamente. Curiosamente al concluir le agrega un doce debajo de un ininteligible once.

 Al tiempo el danés moteado vuelve a ser un elegante y fuerte ejemplar, centro de atención de un vecindario que abrumaba a los ancianos sobre el lugar y valor de tan caro animal, alcanzando a decir entre risas, que era un regalo de la providencia.

La experiencia les recordaba el no acostumbrarse a nada, ni siquiera a la mascota que parecía adaptarse empero, erraron al reincidir creyendo que dejando actuar el can a sus anchas lo retendrían. Un día cuando menos lo esperaban el danés los abandona sin dejar rastro, abandonando la casita de madera que pacientemente el anciano construyó alguna vez. Y a pesar de haber vivido tantas dichas y sinsabores de nuevo los entristece, tanto, que imaginaron causas fortuitas: desde extrañas confabulaciones hasta posibles amoríos con coquetas perritas. Lo veraz fue que jamás descubrieron la razón, que facilitó un alzhéimer tardío no obstante, sus vidas continuaron.

Un día tocan la puerta y los viejos esperanzados creyeron que eran sus hijos o quizás, buenas nuevas del danés moteado. Por instantes la ceguera les hizo percibir a un joven a medio vestir rogando por comida, no muy alto, de pelo corto y brillante, nariz desmedida y desvanecido semblante. Un joven que carraspeaba al dialogar llevándose incontinenti el puño a la boca, pretendiendo disimular su tez. Razones les sobraban a los viejos por sentir compasión ante aquel indefenso ser y decidieron hacerse cargo de él.

Lo primero fue asearlo con chorros de agua quitándole la mugre hecha costra, al mismo tiempo que lo reprendían por su forma de ser siendo tan joven. Una vez aseado a los ancianos les pareció su tez familiar empero no lograban acertar. La abuela aseguraba que era uno de los tantos vendedores de productos -de dudosa procedencia- que se encontraban en la plazoleta los días de pensión. El viejo no obstante afirmaba, que era alguien muy cercano que había socorrido alguna vez. El indigente negó las versiones diciendo tajantemente que él no parecía, sino, que era un animal agradecido. Los ancianos decidieron hacer caso omiso para no herir susceptibilidades. En seguida le ofrecieron comida y un cuarto donde dormir con la única condición de que llevara a cabo unas labores ya que ellos no podían. Dicen que el pobre hombre se conmovió tanto ante aquellos desatendidos viejos que decidió quedarse.

Al indigente nomás entrar le pareció familiar aquella habitación de los gentiles ancianos, con un catre en su centro y de lado derecho un pequeño espejo roto. Logrando divisar al final una mesita de noche con una lámpara y un baño; en una de sus esquinas habían cubierto una conocida perrera; tan bien labrada que solo un ágil ebanista pudo haberla hecho. Imaginó que se trataba del anciano al recordar sus manos llenas de cayos y cicatrices.

Al siguiente día el anciano muy temprano lo despierta, luego del café le encomienda varios trabajos. Conforme los días fueron pasando los ancianos continuaban desde muy temprano en la mañana orientando y ocupando el tiempo del indigente en diferentes labores: Desde cortar el césped, realizar compras, limpiar y pintar la casa hasta acompañarlos a cobrar la pensión; ganándose por ende su confianza. Comentan que el indigente era digno porque no obstante su condición jamás despojó a los ancianos.

Un día despertó y todo estaba en silencio, extrañaba el café de la abuela y la puntualidad del anciano y pensó, que como ya era inútil su presencia había llegado la hora de despedirse; empero, los ancianos se le habían adelantado, al sucumbir. El indigente extrañamente sosegado se encargó de hacerle llegar la triste noticia a sus hijos gracias a un vecino, para luego desaparecer. Aunque aseguran que nunca salió de la casa.

Sus hijos aparecieron gradualmente con sus familias sollozando la muerte de sus ascendientes, generando todo tipo de preguntas. Luego de los servicios de rigor se reúnen en la casa materna para finiquitar lo más rápido posible la venta de la casa, ocurriendo algo extraño. De repente se escuchan golpes y arañazos salidos de una habitación cercana, curiosamente la que utilizaban los ancianos para huéspedes y cachivaches, donde muchos de ellos retozaron cuando niños. El más longevo de todos se arma de valor acercándose a la puerta. Al abrirla, suspira de susto al ver a un bonito animal moteado que probablemente husmeando, quedó encerrado en la habitación. Los niños contentos jugaban con el amistoso danés que por momentos desviaba el motivo de la reunión. A medida que pasaban las horas los niños se encariñaban más y más hasta que comenzaron a reñir, disputándose el derecho a quedarse con el lindo ejemplar que parecía desamparado. En medio de la confusión el sagaz danés logra a pesar de las caricias, escabullirse por la puerta principal. Se dice que mientras lo rastreaban un vecino se les acercó diciendo que se asemejaba al último perro extraviado que perteneció a los ancianos, un danés moteado como de cuatro años. Cuestión que negaron los familiares al insistirle a viva voz que sus padres nunca criaron perros.

 

 

      

Mythos

 

La felicidad reside en el ocio del espíritu

Aristóteles (384 a.C.- 322 a.C.)

 

 

Se dice que entre los siglos IV y V a. d. C. en plena ilustración griega se entabla un análisis objetivo a Mythos. Vociferan que Mythos -al que le imputan además, orígenes griegos- es pura entelequia sin desazón ni resquemor. A el se refieren de manera peyorativa, como si la sociedad sin clases fuera un sueño socialista, o apologética, haciendo ver a los Beatles como un sueño. Los antiguos –que algunos llamaban greco-romanos- lo exaltaban imputándole extravagancia y desconcierto y esporádicamente, ingenuidad. Perdurado subrepticiamente durante centurias, jactándose algunos de su legado empero desconcertando a otros. Se le inculpa el haber promovido el ocio y las artes, así como el sacrificio, el odio y el temor. Dioses, Monstruos y héroes  son algunas de sus conquistas, todas buscando explicación Lévy Bruhl (1857-1938) dice, que ha sido una gran influencia al mundo occidental contemporáneo verbigracia, advirtamos el silogismo modus ponendo ponens de los Kuikas:

 

 

Si A, entonces B

A,

Por lo tanto B

Siendo A: Ikaque y B: Siembra. O tal vez A: Noche y B: Murciélagos. Aquella casta guerrera inexistente cuyo silogismo pertenecía a Mythos empero, por una necesidad existencial o confusa intuición. Ikaque, la diosa de la siembra. Murciélagos: Tabú (muerte).

Mythos. Culpable de muertes, de razas, de lluvia, pagano. Ahora es: Un grupo de red social, un modelo de Ferrari, una marca de cerveza, un juego de cartas, hasta un video juego empero, jamás dejara de ser: Mythos  o como lo afirmó Aristóteles  (384 a. C. - 322 a.C.): Uno de los elementos esenciales de la tragedia.

 

La Beatriz, 2015

 

 

 

 

El elemento de los mundos

III parte

La incertidumbre

 

“la luz y la materia son ambas entidades individuales y la aparente dualidad, emerge en las limitaciones de nuestro lenguaje”.

Werner Heisenberg (1901-1976)

 

 

Empero, de alguna manera minino se interpone al saltar de manera espontanea. Déjá vu -sonríe- y acariciándolo, rememora la última experiencia: Los experimentos análogos derivaron en tal incertidumbre que de no ser por el singular resultado hubiera relegado la investigación indefinidamente. Ni siquiera se atrevió a comentárselo a su novia.

La primera opción fue la más difícil al verse en un sanatorio, su otro yo es obeso y con delimitados movimientos. Siente asma a continuación de un intolerable dolor en todo su cuerpo que por momentos reprime observar el entorno. Entre todo ese sufrimiento sonríe al parecerle alguien familiar: Su hermano, su querido morocho vive, empero, le encuentra apesadumbrado al igual que todos en derredor. Recostada a su lado consolándolo se encuentra la que parece ser su pareja, entre las personas ve algunos conocidos, percibe algo en común en todos: Signos de trasnocho y llanto. Granaster cree comprender: Al parecer su otro yo está desahuciado, su pareja demuestra mucho apego aliviándolo contantemente, alternando compresas –frías y calientes- alrededor del cuerpo. Al susurrarle algo le es incomprensible, al parecer su lenguaje es una mezcolanza de un extraño alfabeto con gestos guturales que por momentos le parecen ridículos, como quiera, su otro yo fallece y no puede evitarlo.

Al retornar despierta consternado con un profundo dolor en sus extremidades que por momentos se le asemeja al dejado atrás. Adolorido verifica el tiempo y descubre que los minutos han pasado inalterables no obstante, aquella fugaz reconfiguración del primer elemento le plantea una nueva disyuntiva: O el nuevo elemento alteró el tiempo del predecesor o la velocidad de referencia –locomoción- lo difiere drásticamente. El yo del multiverso de alguna enigmática manera pudo manipular el tiempo –Granaster piensa que las horas, los segundos, etcétera, en el multiverso parecen no ser tales-  

El segundo intento fue tan fulminante que ha Granaster a priori le pareció nulo, ulteriormente pensó que su otro yo pudo haber dejado de existir, titubeo, sobre si era el mismo yo moribundo u otro que al momento no existía. Al contacto solo alcanzó a ver brillantes reflejos semejantes a los que se aprecian al cerrar los ojos luego de observar una bombilla. Por la sacudida no cayó en cuenta que los efectos colaterales habían desaparecido.

La música lo transporta y le inspira dándole más brío. Luego de rozar enérgicamente la alfombra Granaster se amolda de nuevo a la poltrona alejando lo más posible al travieso gato y decide de una vez por todas hacer contacto.

Incontinenti nota que su preparación funciona a medias al lograr viajar a un laboratorio donde existe otro yo científico empero, de ninguna manera es el que pensó; duda si podría ser el del multiverso. Granaster concluye que el observador aún no puede decidir empero presupone estar cerca.

En el lugar se siente inexplicablemente liviano y torpe en sus movimientos, deduce que se encuentra en una especie de gravedad simulada, al trasladarse con dificultad hacia una ventanilla queda perplejo, al encontrarse en una estación orbital pero eso no es todo, observa deslumbrado cómo a la tierra le rodean tres anillos artificiales cuyo conjunto se asemeja a un modelo atómico en gran escala. Al parecer el proyecto esta inconcluso, un cuarto anillo aún esta en construcción. Todos se mueven en oposición a la rotación terrestre, se habla de desaceleradores cuánticos. Nota que no existe el lagtrull empero la ciencia en otros campos es muy avanzada. El personal es numeroso dedicado a múltiples funciones, Granaster piensa que  trabajan contrarreloj al llamarle la atención un sinnúmero de cronómetros dispersados a lo largo de la estación, sincronizados en una cuenta regresiva a la que le restan unos años. Granaster no puede evitar pensar en la extinción masiva, qué otra razón podría haber para semejante proyecto –conjetura-. Sin duda su otro yo es más avanzado y se repregunta sobre la función que tienen los anillos, le intriga ver a la tierra como un núcleo atómico gigante a la que le rodean especies de electrones viajando en aros elípticos gigantescos. Seguramente saldrá de dudas dándole un vistazo a lo que parece ser un computador -aprovechando que a nadie le parece extraño su comportamiento-. El procesador se encuentra aislado en un pequeño módulo expuesto al vacío, deduce que debe ser cuántico, nota que se activa por un lector de retina que posee un proyector holográfico que sustituye al monitor. La velocidad de respuesta ante infinidad de variables es asombrosa, piensa que supera cualquier medida de coma flotante -Flops- de su mundo. Según lo que aprecia, gracias a ella han calculado con precisión la llegada de un planetoide cuya trayectoria curiosamente, es similar a la del meteoro que se desintegró sobre la Rusia de su mundo hace ciento nueve años. Granaster no detiene su asombro, la computadora muestra un simulacro de lo que parece ser el traslado cuántico del planeta hacia más allá de un universo –no paralelo- con similares condiciones para la vida a excepción de dos lunas. Lugar al que han hecho llegar naves no tripuladas considerando prepararse para llevar tripulantes. Fascinado por la vista se le hace familiar un lugar, aunque no es tal, no es su mundo: Es la frontera franco-suiza donde en su mundo esta el colisionador de hadrones empero allí solo se encuentra un gran hoyo divisándose perfectamente.

Le parece poco tiempo para entender todo. La función de los aros le cuesta asimilarla, la computadora describe una especie de salto ultra cuántico. Han desarrollado la capacidad para trasladar masas a años luz  de la tierra en una especie de campos cóncavos unificados, valiéndose de las gravedades que inciden en el campo terrestre. Todo se centra en el movimiento de los  anillos llamados por ellos desaceleradores cuánticos. Es un experimento que no va poder seguir presenciando por el momento, su tiempo se agota.  

Despierta sin novedad pero sumamente insatisfecho por el viaje, su mente no puede manejar tanta información, apenas entiende el lagtrull y ahora se le suman aquellos desaceleradores cuánticos. Cansado decide continuar otro día.

Los últimos viajes han hecho reflexionar a Granaster sobre el sentido de la vida. Decide darle un vuelco a la suya y se casa con su novia de siempre. Ambos son felices, Granaster ha tenido suerte al inmiscuirla en su investigación. Su esposa ha sido muy prudente, solo lo interrumpe en casos extremos, como la vez que le propuso una idea descabellada: Tocar ambos al mismo tiempo el lagtrull. Granaster nunca tuvo miedo al experimentar consigo mismo empero, con esa idea un frío le recorre todo el cuerpo, si algo le pasara jamás se lo perdonaría. Valiéndose de infinidad de artimañas logra posponer esa idea varias veces. Uno de los argumentos más creíbles, fue el intento que pospuso: la estática negativa a la que se dedica.

Para lograr el efecto se fabrica un traje de láminas extra finas de acero inoxidable -especie de armadura- interconectadas con estaño, culminando en ambos lados en finos alambres de oro que Granaster consigue derritiendo una cadena, enrollándolos por separado en cada una de sus manos. Con el experimento Granaster cree que frotando enérgicamente sus manos puede mantener una mayor cantidad de electrones en su cuerpo antes del contacto.

Al intentar, colocándose como ya es su costumbre Granaster recibe una sorpresa empero no muy agradable. Al momento del contacto el lagtrull desaparece, así por así, dejándolo y dejándonos perplejos.

 

 

       

 

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