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El Escándalo de los rollos del Mar Muerto.

Michael Baigent y Richard Leigh.

Colección Enigmas del Cristianismo.

Ediciones Martínez Roca, S. A.

Prólogo.

Los cuatro rollos del mar muerto.

Se venden manuscritos bíblicos no posteriores al año 200 a. de C. Donación ideal de un individuo o

grupo a una institución educativa o religiosa. Escribir al Aptdo. F 206.

Éste fue el anuncio que apareció en el Wall Street Journal el 1 de junio de 1954. Si hoy en día

apareciese un aviso de esas características, sin duda se lo consideraría una especie de broma, y no

del mejor gusto. También se lo podría ver como un mensaje codificado para disfrazar una venta de

armas o algo relacionado con el espionaje.

Hoy, por supuesto, los rollos del mar Muerto son muy conocidos, siquiera de nombre. La mayoría

de la gente, aunque tenga una idea sumamente vaga de lo que son, por lo menos ha oído hablar de

ellos. Cuando menos, existe la conciencia de que los rollos son de algún modo objetos

genuinamente preciosos, pruebas arqueológicas de inmensa irnportancia. Uno no espera encontrar

un ejemplar cavando en el jardín de su casa. Ni siquiera los ve como vería las armas oxidadas, los

utensilios e instrumentos domésticos, los restos de herramientas o de indumentaria que podrían

aparecer; digamos, en el transcurso de unas excavaciones romanas en Gran Bretaña.

El descubrimiento de los rollos del mar Muerto en 1947 generó un notable entusiasmo, tanto en los

círculos académicos como entre el público en general. Pero para 1954 ese entusiasmo había sido

hábilmente apaciguado. Los rollos, se daba por sentado, habían revelado todo lo que tenían que

revelar, y se le quitó dramatismo a ese desenlace. Por lo tanto, el anuncio de su venta no despertó

ningún interés público especial cuando apareció en la página catorce del Wall Street Journal.

Inmediatamente debajo había otro de tanques industriales de acero, soldadores eléctricos y otros

artefactos. En la columna contigua habia listas de casas en alquiler y de ofertas de trabajo.

Equivalía a ofrecer piezas del tesoro de Tutankamón entre un montón de saldos de artículos

sanitarios o de repuestos de ordenadores. Este libro mostrará como pudo ocurrir semejante

anomalía.

Al rastrear el itinerario de los rollos del mar Muerto, desde su descubrimiento en el desierto de

Judea hasta las diversas instituciones que los conservan hoy en día, nos enfrentamos con una

contradicción que ya habiamos conocido antes: la contradicción entre el Jesús de la historia y el

Cristo de la fe. Nuestra investigación empezó en Israel. Habría de llegar a los pasillos del Vaticano

y, lo que fue aún más siniestro, a las oficinas de la Inquisición. También encontramos un rígido

consenso de interpretación hacia el contenido y la manera de fechar los rollos, y aprendimos cuán

explosivo puede ser, para toda la tradición teológica cristiana, un examen no partidista de esos

manuscritos Y descubrimos la ferocidad con que el mundo de la intelectualidad bíblica ortodoxa

estaba dispuesto a luchar para retener el monopolio de la información disponible.

Los cristianos hoy pueden reconocer perfectamente a Buda, por ejemplo, o a Mahoma, como

individuos históricos, tal como podría uno reconocer a Cesar o a Alejandro, y diferenciarlos de las

leyendas, las tradiciones y las teologías que se han relacionado con ellos. Pero en el caso de Jesús

esa diferenciación es mucho más difícil. En el mismísimo corazón de la fe cristiana la historia y la

teología se enredan de manera inextricable. Cada una impregna a la otra. Pero si las miramos por

separado, vemos que cada una es una amenaza potencial para la otra. Resulta entonces más fácil, y

más seguro, borrar las líneas de demarcación que las separan. Así, para el creyente, dos figuras muy

distintas se funden en una. Por una parte está el individuo histórico, el hombre que, según la

mayoría de los estudiosos, existió de verdad y caminó por las arenas de Palestina hace dos mil

años. Por la otra, el hombre-dios de la doctrina cristiana, el personaje divino deificado, alabado y

promulgado por San Pablo. Examinar a este personaje como individuo histórico -es decir, verlo

como vería uno a Mahoma o a Buda, a César o a Alejandro- todavía equivale, para muchos

cristianos, a una blasfemia.

A mediados de los años ochenta cometimos exactamente esa blasfemia. Mientras investigábamos

para el proyecto que habíamos emprendido, tratábamos de separar la historia de la teología, de

distinguir al Jesús histórico del Cristo de la fe. En ese proceso, chocamos de cabeza con el embrollo

de contradicciones que se les plantean a todos los que investigan material bíblico; y, como a todos

los investigadores que nos habían precedido, nos desconcertó ese embrollo.

En el tipo de investigación que habíamos iniciado, los relatos bíblicos, está de más decirlo, no eran

de gran ayuda. Como documentos y testimonios históricos, todo especialista lo sabe, los Evangelios

son muy poco fiables. Se trata de relatos de extrema simplicidad mítica que aparentemente ocurren

en un limbo histórico. Jesús y sus discípulos aparecen en el centro de un cuadro muy estilizado,

desprovisto de la mayor parte del contexto. Los romanos y los judíos andan dando vueltas allá por

el fondo, como extras en un estudio de cine. No se transmite ninguna sensación de las

circunstancias sociales, culturales, religiosas y políticas en las que se inserta el drama de Jesús. Uno

se enfrenta en verdad con un vacío histórico.

Los Hechos de los Apóstoles aportan sólo algunos detalles al cuadro Por los Hechos uno tiene al

menos una tenue sensación de ambiente: de disensión interna y de disputas doctrinales entre los

seguidores inmediatos de Jesús, de la materialización de un movimiento que poco a poco tomará la

forma de cristianismo, de un mundo que se extiende más allá de los circunscritos confines de

Galilea y de Judea, de la relación geográfica de Palestina con el resto del Mediterráneo. Pero

todavía falta una descripción fiel de las fuerzas sociales, culturales, religiosas y políticas del

momento. Todo se centra en San Pablo y todo se limita a san Pablo. Si los Evangelios son

estilizados, los Hechos no lo son menos, aunque de un modo diferente. Si los Evangelios no son

más que una simplificación excesiva de un mito, los Hechos consisten en una especie de novela

picaresca: una novela picaresca que además está pensada para fines específicamente

propagandísticos y con Pablo como protagonista. Quizá dé alguna idea sobre la mentalidad, las

actitudes y las aventuras de Pablo, pero no da ninguna perspectiva fiable del mundo en el que Pablo

se movía. Para cualquier historiador, para cualquier cronista responsable, ninguna descripción de la

época estaría completa sin, por ejemplo, alguna referencia a Nerón y al incendio de Roma. Hasta

dentro de Palestina había hechos de trascendental importancia para la gente de la época. En el año

39, por ejemplo, Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, fue desterrado a los Pirineos. Para el año 41,

tanto Galilea como Judea -administradas por procuradores romanos desde el año 6- habían sido

otorgadas al rey Agripa, y Palestina se unió bajo un solo monarca no romano por primera vez desde

los tiempos de Herodes el Grande, casi medio siglo antes. Ninguno de esos acontecimientos

aparece siquiera mencionado en los Hechos de los Apóstoles. El resultado es el mismo que leer una

biografía de, digamos, Billy Graham, que no mencionara su amistad con presidentes y otros

personajes importantes, que no mencionara el asesinato de Kennedy, que no mencionara el

movimiento de los derechos civiles, que no mencionara Vietnam, la transformación de valores de

los años sesenta, el Watergate y sus consecuencias.

A diferencia de lo que muestra la tradición cristiana, Palestina hace dos mil años era tan real como

cualquier otro escenario histórico el Egipto de Cleopatra, por ejemplo, o la Roma imperial. No se

puede reducir su realidad a una escueta simplicidad mítica. Quienquiera que fuesen Jesús o Pablo, e

hicieran lo que hiciesen, debemos verlos contra un fondo de sucesos más amplio: contra el

remolino de personalidades, grupos, instituciones y movimientos que operaban en la Palestina del

siglo I y que componían el tejido de lo que llamamos historia.

Para obtener una verdadera idea de ese período tuvimos, como todos los demás investigadores, que

consultar otras fuentes: escritos romanos, crónicas históricas recopiladas por escritores de otras

orientaciones, alusiones en documentos posteriores, textos apócrifos, las enseñanzas y los

testimonios de sectas y credos rivales. No hace falta decir que en esas fuentes rara vez se menciona

al propio Jesús, pero nos proporcionan un cuadro completo y detallado del mundo en que se movió.

En realidad, el mundo de Jesús está mejor documentado e historiado que, por ejemplo, el mundo

del rey Arturo o de Robin Hood. Y Si el propio Jesús sigue pareciendo esquivo, no lo es más que

cualquiera de ellos.

Nos lanzamos por lo tanto con sorpresa y entusiasmo al ambiente del Jesús histórico. Pero apenas

habíamos empezado a trabajar cuando nos enfrentamos con un problema que acosa a todos los

investigadores de la historia bíblica. Nos enfrentamos con un espectro aparentemente

desconcertante de cultos judaicos, sectas y subsectas, de organizaciones e instituciones políticas y

religiosas que a veces parecían estar reñidas unas con otras y a veces coincidir en parte.

Pronto empezamos a ver que los rótulos utilizados para diferenciar a esos diversos grupos -fariseos,

saduceos, esenios, zelotes, nazarenos- no eran ni correctos ni útiles. El embrollo persistía, y Jesús

parecía tener relación de uno u otro tipo con virtualmente todos los componentes. Así, por ejemplo,

hasta donde algo se pudo constatar, parecía proceder de una familia y de un medio fariseos, y-

haberse empapado del pensamiento fariseo. Varios comentaristas modernos han llamado la

atención sobre el notable paralelo entre las enseñanzas de Jesús, especialmente el Sermón de la

Montaña, y las de exponentes fariseos como el gran Hillel. Según por lo menos un comentarista,

Jesús era fariseo.

Pero si las palabras de Jesús parecen a veces similares a las de la doctrina farisea de la época,

también parecen inspirarse mucho en el pensamiento místico o esenio. Se sostiene por lo común

que Juan el Bautista fue una especie de esenio, y su influencia sobre Jesús íntroduce un evidente

elemento esenio en la carrera de este último. Pero según los relatos bíblicos la madre de Juan

-Isabel, la tía materna de Jesús- estaba casada con un sacerdote del Templo, lo que permitía a

ambos hombres relacionarse con los saduceos. Y, lo más delicado para la ulterior tradición

cristiana, Jesús parece haber incluido sin duda a zelotes entre sus seguidores: por ejemplo Simón

Zelotes, o Simón el Zelote, y quizá hasta a Judas Iscariote, cuyo nombre, tal como ha llegado hasta

nosotros, procede quizá de los feroces sicarios.

La mera sugerencia de la relación con los zelotes resultaba muy provocativa. Era Jesús el manso

salvador de la posterior tradición cristiana? Era de verdad enteramente pacífico? Por qué, entonces,

se metía en acciones violentas como la de volcarles las mesas a los cambistas del Templo? Por qué

se lo representa como ejecutado por los romanos de una manera reservada exclusivamente para la

actividad revolucionaria? Por qué, después de su vigilia en Getsemaní, instruyó a sus seguidores

para que se armaran de espadas? Por qué, poco después, Pedro sacó realmente la espada y le cortó

la oreja al siervo del séquito del Sumo Sacerdote? Y si Jesús era en verdad más belicoso de como

se lo representa, no estaría también, por necesidad, más comprometido políticamente? Cómo

explicar, si no, su voluntad de dar al César lo que era del César, suponiendo que ésa fuese una

transcripción y una traducción fieles de sus palabras?

Si todas esas contradicciones rodearon a Jesús durante su vida, también parecen haberle

sobrevivido, continuando por lo menos hasta cuarenta y tantos años después de la presunta fecha de

su muerte. En 74, la fortaleza de Masada, tras resistir un prolongado asedio romano, fue finalmente

invadida, pero sólo después de que la guarnición que la defendía se suicidara en masa. Se reconoce,

en general, que los defensores de Masada eran zelotes: no una secta religiosa, según las

interpretaciones convencionales, sino adherentes a un movimiento político y militar. Sin embargo,

tal como se la ha preservado para la posteridad, la doctrina de los defensores de la guarnición

parecería ser la de los esenios: la secta supuestamente no violenta, de orientación mística, que,

según se cree, rechazaba toda forma de actividad política y no digamos militar.

Ese era el tipo de contradicciones y de confusión que encontramos. Pero si todo eso nos

desconcertaba a nosotros, lo mismo les ocurría a los estudiosos profesionales, expertos mucho más

versados en esos materiales que nosotros. Tras recorrer un camino a través del laberinto,

prácticamente todos los comentaristas fiables terminaron reñidos con sus colegas. Según algunos, el

cristianismo nació como una forma de judaísmo quietista, de la escuela mistérica, y no podía por lo

tanto tener ninguna relación con nacionalistas militantes revolucionarios como los zelotes. Según

otros, el cristianismo fue al comienzo una forma de nacionalismo judaico revolucionario que no

pudo tener nada que ver con místicos pacifistas como los esenios. Para unos, el cristianismo

apareció como una de las principales corrientes de pensamiento judaico de la época. Para otros, el

cristianismo había empezado a desviarse del judaísmo aun antes de que Pablo apareciese en escena

y oficializase la ruptura.

Cuanto más consultábamos a los expertos, más evidente se hacía que en realidad no sabian mucho

más que cualquiera. Y, lo más inquietante de todo, no encontramos ninguna teoría ni interpretación

que diese cabida satisfactoria a todas las pruebas, a todas las anomalías, inconsistencias y

contradicciones.

Estábamos en ese punto cuando descubrimos la obra de Robert Eisenman, jefe del departamento de

Estudios Religiosos y profesor de Religiones de Oriente Medio en la California State University de

Long Beach. Eisenman había sido estudiante en Cornell en la misma época que Thomas Pynchon.

Allí estudió literatura comparada con Vladimir Nabokov, y se licenció en Física y Filosofía en

1958; recibió el master en estudios de hebreo y del Próximo Oriente en la New York University en

1966. En 1971 la Columbia University le concedió un doctorado en Lenguas y Culturas de Oriente

Medio, centrado específicamente en historia palestina y en derecho islámico. También ha sido

miembro externo de la Universidad de Calabria, Italia, y ha dado conferencias sobre derecho

islámico, religión y cultura islámicos, los rollos del mar Muerto y los orígenes cristianos en la

Universidad Hebrea de Jerusalén. En 1985- 1986 fue investigador residente en el William F.

Albright Institute of Archaeological Research de Jerusalén, y en 19861987 miembro visitante

senior del Linacre College, Oxford, y profesor visitante en el Oxford Centre for Postgraduate

Hebrew Studies.

El primer trabajo de Eisenman que vimos era un delvado texto

incómodamente titulado Maccabees, Zadokites, Christians and Qumran, publicado en 1983 por E.

J. Brill de Leiden, Holanda. El libro era exactamente lo que uno podía esperar de esa clase de autor

cuando escribe para un editor académico. Había más notas al pie que texto. Había una

presuposición de enormes conocimientos históricos y una formidable mezcla de fuentes y

referencias. Pero había también una tesis central de estimulante lucidez y sentido común. A medida

que nos abríamos paso a través de la densidad del texto, las cuestiones que tanto nos habían

confundido empezaron a resolverse, clara y orgánicamente, sin teorías ingeniosas y sin desatender

fragmentos cruciales.

Nos inspiramos extensamente en la obra de Eisenman en la primera parte de The Messianic

Legacy.

Nuestras conclusiones se debieron en gran medida a las perspectivas que él nos había abierto sobre

la erudición bíblica y el ambiente histórico del Nuevo Testamento. Pero ciertas preguntas quedaban

sin respuesta. No podíamos saberlo en ese momento, pero habíamos pasado por alto un eslabón

decisivo; un eslabón que, en los últimos cinco años, ha sido centro de controversia, tema de

artículos de primera plana en los periódicos nacionales. El eslabón era la información que

suministran los rollos del mar Muerto.

En el centro del rompecabezas, descubrimos, había una relación hasta ahora desconocida entre los

rollos del mar Muerto y la esquiva figura de Santiago, el hermano de Jesús, cuya disputa con Pablo

precipitó la formulación de una nueva religión que luego se conocería como cristianismo. Ese

eslabón había sido laboriosamente ocultado por un pequeño enclave de especialistas bíblicos, a

cuya interpretación de los rollos, oportunamente ortodoxa, Eisenman dio en llamar el consenso.

Según Robert Eisenman:

Un pequeño grupo de especialistas, trabajando en gran medida juntos, elaboraron un consenso. En

vez de una clara investigación histórica., las preconcepciones y reconstrucciones, pues eso es lo que

son, fueron establecidas como hechos, y esos resultados, utilizados para corroborarse mutuamente,

se convirtieron a su vez en nuevas suposiciones, que fueron usadas para alejar a toda una

generación de estudiantes que no quiso cuestionar el trabajo de sus mentores.

El resultado ha sido el sostenimiento de una ortodoxia oficial de la interpretación: un marco de

suposiciones y de conclusiones que, para los profanos, parece tener la solidez de hechos admitidos

e indiscutibles. Del mismo modo se han presentado muchas de las llamadas données, los hechos

dados de la historia. Los responsables de la creación de esa visión consensuada del cristianismo han

conseguido ejercer el monopolio de ciertas fuentes decisivas, regulando el flujo de información de

manera que su difusión esté al servicio de sus propósitos. Ése es el fenómeno que explora Umberto

Eco en El nombre, de la rosa, donde el monasterio, y la biblioteca que alberga, reflejan el

monopolio de la Iglesia medieval sobre el conocimiento, y constituyen una especie de coto cerrado,

un exclusivo country club del saber al que sólo puede ingresar una selecta minoría dispuesta a

acatar la línea partidaria.

Los que proveen la línea partidaria pueden reforzar la autoridad que se atribuyen afirmando que

sólo ellos han visto las fuentes pertinentes, a las que no tiene acceso nadie que sea de fuera. Para

los de fuera, ensamblar todos los dispares fragmentos disponibles y darles un orden coherente viene

a ser algo así como un ejercicio de semiótica, y en el reino de los ejercicios semióticos se vuelve

perfectamente posible responsabilizar de todo a los caballeros templarios, y a Umberto Eco de la

quiebra del Banco Ambrosiano. Así, a la mayoría (los que están fuera, al no tener acceso a las

fuentes pertinentes, no le queda más remedio que aceptar la línea partidaria. Desafiar esas

interpretaciones lleva a que lo etiqueten a uno de chiflado en el mejor de los casos, y en el peor de

renegado, apóstata o hereje. Pocos intelectuales tienen la necesaria combinación de coraje,

perseverancia y conocimientos para lanzar el desafío y conservar la reputación. Robert Eisenman,

cuyo valor y credibilidad lo han colocado entre las figuras más importantes e influyentes de la

especialidad, es uno de ellos. De su historia ha salido el impulso para escribir este libro,

Primera Parte: El engaño.

1. El descubrimiento de los rollos.

Al este de Jerusalén, una larga carretera baja poco a poco entre colinas desiertas, salpicadas de vez

en cuando por campamentos beduinos. La carretera desciende unos mil trescientos metros, hasta

aproximadamente cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar, y luego sube para ofrecer una

vista panorámica del valle del Jordán. Lejos, hacia la izquierda, se entrevé Jericó. Delante, en la

neblina, están el propio Jordán y, como en un espejismo, las montañas de Moab. A la derecha

queda la orilla norte del mar Muerto. La superficie del agua, y los riscos amarillos de cuatrocientos

metros de altura o más que bordean este lado de la costa, infunden temor, y un agudo malestar. Allí,

tan por debajo del nivel del mar, el aire no sólo se nota caliente sino que se palpa: tiene espesor,

presión, casi peso.

Cautivan la belleza, la majestuosidad y el silencio del lugar. Lo mismo la sensación de antigüedad

que transmite el paisaje: la sensación de un mundo más viejo que el que puedan haber

experimentado los visitantes occidentales. Resulta entonces mucho más chocante cuando irrumpe el

siglo xx con un rugido que parece rasgar el cielo: una apretada formación de F-16 o Mirages

israelíes volando bajo sobre el agua, con los pilotos claramente visibles en las carlingas. Con los

motores bramando, los jets se elevan casi verticalmente hasta perderse de vista. Uno espera,

paralizado. Segundos más tarde, los estampidos sónicos que se alejan hacen vibrar toda la

estructura de riscos. Sólo entonces recuerda uno que ese sitio vive, técnicamente, en estado de

guerra permanente: que este lado del mar Muerto, durante los últimos cuarenta y tantos años, no ha

hecho nunca las paces con el otro. Pero esta tierra ha sido testigo de incesantes conflictos desde los

comienzos de la historia escrita. Aquí, parece, han chocado demasiados dioses, y todos han exigido

sacrificios de sangre a sus partidarios.

Las ruinas de Qumran aparecen a la derecha, justo cuando la carretera llega a los riscos que dan al

mar Muerto. Después la carretera tuerce para seguir los riscos líacia el sur, paralela a la orilla del

agua, hacia el lugar de la fortaleza de Masada, a casi cincuenta kilómetros de distancia. Qumran se

levanta sobre una blanca terraza de marga, a unos treinta y cinco metros por encima de la carretera

y a casi dos kilómetros del mar Muerto. Las ruinas mismas no son muy atractivas. Lo primero que

uno encuentra es una torre, dos de cuyas plantas permanecen intactas, con paredes de un metro de

espesor: evidentemente construidas pensando en la defensa. Contiguas a la torre hay una cantidad

de cisternas grandes y pequeñas, conectadas por una complicada red de canales. Algunos de esos

canales pueden haber sido utilizados para baños rituales. Pero la mayoría, si no todos, habrían

servido para almacenar el agua que la comunidad de Qumran necesitaba para sobrevivir en el

desierto. Entre las ruinas y el mar Muerto, en los niveles inferiores de la terraza de marga, hay un

inmenso cementerio de unas mil doscientas tumbas. Cada tumba está señalada con un largo túmulo

de piedras alineadas -contrariando tanto la costumbre judaica como la musulmana- de norte a sur.

Aún hoy, Qumran parece un sitio remoto, aunque varios cientos de personas viven en un kibbutz

cercano, y se puede llegar a ese sitio con facilidad y rapidez utilizando la moderna carretera que va

a Jerusalén: un viaje de unos treinta kilómetros que se hace en cuarenta minutos. Día y noche, por

esa carretera, que une Eilat en el extremo sur de Israel con Tiberia en el norte, rugen unos enormes

camiones con remolque Autobuses de turistas se detienen allí con regularidad, y vomitan a

sudorosos europeos occidentales y norteamericanos a quienes les muestran rápidamente las ruinas y

luego los llevan a una librería y restaurante con aire acondicionado a tomar café y comer pasteles.

Hay, por supuesto muchos vehículos militares. Pero también se ven coches particulares tanto

israelíes como árabes, con las placas de matrícula de diferente color. Hasta se ve de vez en cuando

algún joven corredor en un ruidoso y desmañado monstruo de Detroit, a cuya velocidad solo parece

poner límite el ancho de la carretera.

El ejército israelí, no hace falta decirlo, está siempre a la vista Esto, después de todo, es la Margen

Occidental, y los jordanos están a solo unos pocos kilómetros de distancia, al otro lado del mar

Muerto. Día y noche andan las patrullas, a siete u ocho kilómetros por hora. escudriñando todo:

camionetas, por lo general, con tres ametralladoras pesadas en la caja y soldados detrás. Esas

patrullas suelen detenerse a inspeccionar los coches y a averiguar dónde está cada persona que anda

explorando la zona o excavando en los riscos o en las cuevas. El visitante aprende en seguida a

saludar con la mano, a asegurarse de que las tropas lo ven y reconocen su presencia. Es peligroso

acercarse a ellas de golpe, o comportarse de un modo que les pueda parecer furtivo o sospechoso.

El kibbutz -Kibbutz Kalia- está a diez minutos de distancia de Qumran, subiendo a pie por un breve

camino que sale de las ruinas. Hay dos pequeñas escuelas para los niños de la zona, un refectorio

comunal grande y unas viviendas que parecen moteles para turistas de paso. El kibbutz está cercado

por alambre de púas y lo cierran con llave de noche. Está siempre de servicio una patrulla armada,

y hay numerosos refugios antiaéreos subterráneos. Esos refugios cumplen también otras funciones.

A uno, por ejemplo, lo utilizan como sala de conferencias, a otro como bar, y a un tercero como

discoteca. Pero esa modernidad no ha llegado a los yermos que se extienden más allá del perímetro

del kibbutz. Allí los beduinos siguen pastoreando camellos y cabras, figuras que parecen

intemporales y unen el presente con el pasado.

En 1947, cuando se descubrieron los rollos del mar Muerto, Qumran era muy diferente. En esa

época la zona era parte del mandato británico de Palestina. A la izquierda quedaba lo que era

entonces el reino de Transjordania. La carretera que corre hacia el sur por la orilla del mar Muerto

no existía: llegaba sólo a la región noroeste, hasta unos pocos kilómetros de Jericó. Alrededor, y

más allá, no había más que huellas toscas, una de las cuales seguía el curso de una vieja calzada

romana. Esa ruta estaba abandonada desde hacía mucho tiempo. Por lo tanto, resultaba bastante

más difícil que hoy llegar a Qumran. La única presencia humana que se encontraría sería la de los

beduinos que andaban por allí con sus camellos y con sus cabras en invierno y primavera, cuando el

desierto, quizá de manera sorprendente, daba pasto y agua. En el invierno, o tal vez a comienzos de

la primavera de 1947, daría algo más: uno de los dos o tres grandes descubrimientos arqueológicos

de los tiempos modernos.

Las circunstancias precisas que rodearon el descubrimiento de los rollos del mar Muerto ya han

pasado a la leyenda. Quizá algunos detalles de esa leyenda no sean del todo exactos; bien entrada la

década de los sesenta, los especialistas aún no se habían puesto de acuerdo sobre ciertos puntos.

Pero sigue siendo la única historia con que contamos. El descubrimiento se le atribuye a un joven

pastor llamado Muhammad adh-Dhib, o Muhammad el Lobo, miembro de la tribu Ta amireh de

beduinos. Más tarde ese pastor explicó que buscaba una cabra perdida. Hiciera lo que hiciese,

estuvo trepando por los riscos de Qumran, en una de cuyas caras descubrió una abertura. Trató de

mirar adentro, pero desde donde estaba no se veía nada. Arrojó entonces una piedra a la oscuridad y

oyó un ruido de cerámica que se rompía. Está de mas decir que eso lo alentó a seguir explorando.

Trepó hasta la abertura, entró caminando a gatas y se dejó caer, se encontró en una cueva pequeña,

estrecha y de techo alto, de no más de dos metros de ancho y tal vez siete de largo. En la cueva

había una cantidad de vasijas de barro de unos sesenta centímetros de alto y veinticinco de ancho,

muchas de ellas rotas. Se cree que ocho estaban intactas aunque nunca se pudo determinar la

cantidad con precisión.

Según su propio relato, Muhammad se asustó, trepó saliendo de la cueva y huyó. Al día siguiente

volvió con por lo menos un amigo y procedió a explorar con más atención la cueva y su contenido.

Algunas de las vasijas de barro estaban selladas con tapas grandes, parecidas a cuencos. Dentro de

una de ellas había tres rollos de cuero envueltos en lienzo podrido: los primeros rollos del mar

Muerto que veían la luz en casi dos mil años.

Durante los días siguientes, el beduino regresó al lugar y encontró por lo menos otros cuatro rollos

de cuero. Al menos dos vasijas fueron retiradas y utilizadas para transportar agua. Cuando empezó

la verdadera exploración arqueológica, aparecieron una considerable cantidad de trozos y

fragmentos: suficientes, según cálculos fiables, para formar no menos de cuarenta vasijas. No hay

manera de saber cuántas de esas vasijas, al ser descubiertas, estaban vacías y cuántas contenían

rollos. Tampoco hay manera de saber cuántos rollos fueron sacados de la cueva y, antes que se

conociese su valor, ocultados, destruidos o utilizados para otros fines. Se ha insinuado que algunos

fueron quemados como combustible. En todo caso, se nos dijo que de la cueva fueron sacados más

manuscritos de los que antes se había consignado o de los que luego salieron a luz. En total

llegarían al dominio público siete rollos completos, junto con fragmentos de otros veintiuno.

En este punto los relatos empiezan a volverse cada vez más contradictorios. No obstante parece que

tres beduinos, pensando que los rollos podrían tener algún valor, llevaron todos los que habían

encontrado -tres pergaminos completos según algunas fuentes, siete u ocho según otras- al jeque

local. El jeque puso a los beduinos en contacto con un tendero cristiano, vendedor de curiosidades y

anticuario, llamado Khalil Iskander Shahin y conocido como Kando. Kando, miembro de la Iglesia

jacobita Siria, se puso en contacto con otro miembro que residía en Jerusalén, George Isaiah. Según

especialistas fiables, Kando e Isaiah emprendieron rápidamente viaje a Qumran y sacaron otra

cantidad de rollos yo fragmentos.

Esas actividades eran, desde luego, ilegales. Por ley del mandato británico -ley conservada luego

tanto por el gobierno jordano como por el israelí- todos los descubrimientos arqueológicos

pertenecían oficialmente al Estado. Lo correcto habría sido entregarlos al departamento de

Antigüedades para ser guardados en el Museo Arqueologico Palestino, conocido como el

Rockefeller, en la zona árabe de Jerusalén oriental. Pero Palestina estaba revuelta en esa época, y

Jerusalén era una ciudad dividida en sectores judío, árabe y británico. En esas circunstancias, las

autoridades tenían que ocuparse de asuntos más apremiantes que el mercado negro de reliquias

arqueológicas. Por consiguiente, Kando y George Isaiah podían realizar sus transacciones

clandestinas con impunidad.

George Isaiah informó del descubrimiento a su jefe eclesiástico, el metropolitano sirio Athanasius

Yeshua Samuel, cabeza de la Iglesia jacobita siria en Israel. Académicamente, Athanasius Yeshua

Samuel era un hombre ingenuo, que carecía de la sofisticada erudición necesaria para identificar, y

no digamos para traducir, el texto que se le presentaba. El difunto Edmund Wilson, uno de los

primeros y más fiables comentaristas del descubrimiento de Qumran, escribió que Samuel no era

un especialista en hebreo y no pudo entender qué era el manuscrito. Hasta quemó un pequeño trozo

y lo olió para verificar si la sustancia era cuero o pergamino. Pero a pesar de sus deficiencias

académicas, Samuel era un hombre sagaz, y su monasterio, el monasterio de San Marcos, contenía

una famosa colección de documentos antiguos. Por lo tanto tenía alguna idea de la importancia de

lo que había caído en sus manos.

Samuel dijo luego que había sabido de los rollos del mar Muerto en abril de 1947. Pero si la

cronología ha sido hasta aquí vaga y contradictorias desde ahora lo será más todavía, y variará de

un comentarista a otro. Lo cierto es que en algún momento entre comienzos de junio y comienzos

de julio Samuel pidió a Kando y a George Isaiah que organizasen un encuentro con los tres

beduinos que habian hecho el descubrimiento inicial, para analizar lo que habían encontrado.

Cuando los beduinos llegaron a Israel, llevaban por lo menos cuatro rollos, tal vez ocho: los tres

que inicialmente habían encontrado, y uno, o más, producto de los posteriores saqueos llevados a

cabo por ellos mismos o por Kando y George Isaiah. Por desgracia, el metropolitano había olvidado

mencionar la inminente visita de los beduinos a los monjes del monasterio de San Marcos. Cuando

aparecieron los beduinos con esos pergaminos sucios, que se caían a pedazos, ellos mismos sin

afeitar y con aspecto andrajoso, el monje de la puerta los echó. Cuando se enteró Samuel ya era

demasiado tarde. Los beduinos, comprensiblemente ofendidos, no quisieron saber nada más del

metropolitano Samuel. Uno de ellos se negó incluso a tratar desde entonces con Kando, y vendió su

parte de los rollos -un tercio, qué equivalía a tres rollos- al jeque musulmán de Belén. Kando

consiguió comprar los manuscritos que quedaban y se los vendió a su vez al metropolitano, se cree

que por veinticuatro libras. Al principio se pensó que esa venta consistía en cinco rollos, pero luego

se demostró que eran sólo cuatro, y que uno de ellos se había quebrado en dos. De los cuatro textos,

uno era una copia bien conservada del libro de Isaías del Antiguo Testamento, cuyo pergamino

desenrollado medía algo más de siete metros de largo. Los otros tres, según la nomenclatura

adoptada más tarde por los especialistas, incluían el Génesis apócrifo, un comentario sobre el Libro

de Habacuc y el llamado Regla de la comunidad.

Poco después de la malograda visita de los beduinos a Jerusalén -a fines de julio según algunos, en

agosto según otros- el metropolitano Samuel envió a un sacerdote para que volviese con George

Isaiah a la cueva de Qumran. Como practicaban actividades ilícitas, la pareja trabajaba de noche.

Examinaron el lugar detenidamente y descubrieron por lo menos otro pote y algunos fragmentos;

parece que también hicieron extensas excavaciones. Cuando llegó el primer equipo oficial de

investigación, un año más tarde, descubrió que habían sacado toda una parte de la cara del risco, y

que habían hecho una entrada grande en la cueva, por debajo del agujero más pequeño explorado

inicialmente por los beduinos. Qué frutos dio esa empresa nadie lo sabe. Mientras investigábamos

para este libro, entrevistamos a algunas personas que insistieron en que George Isaiah, en sus

exploraciones nocturnas, encontró otra cantidad de rollos, algunos de los cuales no fueron nunca

vistos por especialistas

Después de obtener por lo menos algunos de los rollos, el metropolitano Samuel acometió la tarea

de determinar su antigüedad. Consultó primero a un experto sirio que trabajaba en el departamento

de Antigüedades. A juicio de ese hombre, los manuscritos eran de una época bastante reciente. El

metropolitano consultó entonces a un estudioso holandés que trabajaba en la École Biblique et

Archéologique Française de Jerusalén, institución dirigida por monjes dominicos y financiada en

parte por el gobierno francés. Ese estudioso se interesó, pero se mostró escéptico sobre la

antigüedad de los rollos, y más tarde contó que había regresado a la École Biblique y consultado

allí a un eminente erudito, que lo sermoneó acerca de las frecuentes falsificaciones que circulan

entre peligrosos anticuarios. Por consiguiente, el estudioso holandés abandonó su investigación, y

la École Biblique perdió la oportunidad de intervenir desde el principio. A esas alturas, sólo el

relativamente indocto metropolitano parecía tener alguna idea de la antigüedad, el valor y la

trascendencia de los rollos.

En septiembre de 1947 el metropolitano llevó los rollos que tenía en su poder a su superior, el

patriarca de la Iglesia jacobita siria en Homs, al norte de Damasco. Qué pasó en esa reunión no se

sabe, pero a su regreso el metropolitano envió de nuevo a un grupo de hombres a excavar en la

cueva de Qumran. Probablemente siguiese instrucciones del patriarca. De todas formas, es evidente

que creía que se podía descubrir algo más.

La visita del metropolitano Samuel a Siria en septiembre coincidió con la llegada a ese país de

Miles Copeland, que había ingresado en la OSS durante la segunda guerra mundial, se había

quedado en la organización cuando se transformó en la C. I. A y fue luego, durante mucho tiempo,

agente y jefe de delegación. En una entrevista personal Copeland contó como, en el otoño de 1947,

había sido destinado a Damasco como representante de la C. I. A. En las circunstancias de aquella

época no hacía falta actuar bajo una cobertura demasiado secreta, y su identidad era aparentemente

un secreto a voces. Según Copeland, fue a verlo un día un astuto comerciante egipcio, que aseguró

poseer un gran tesoro. El hombre metió la mano en una bolsa sucia y sacó un rollo, cuyos bordes se

estaban desintegrando: algunos fragmentos se desprendieron y cayeron a la calle. Copeland,

naturalmente, no supo explicar de qué se trataba, pero prometió al comerciante que, si se lo dejaba,

10 fotografiaría y conseguiría que alguien lo estudiase.

Para fotografiarlo, Copeland y sus colegas llevaron el rollo a la azotea de la legación

norteamericana en Damasco y lo estiraron. En ese momento soplaba un fuerte viento, recuerda

Copeland, y algunos fragmentos se despegaron y volaron a la calle, donde se perdieron para

siempre. Según Copeland, una importante parte del pergamino desapareció de esa manera. La

esposa de Copeland, que es arqueóloga, dijo que no podía dejar de estremecerse cada vez que oía la

historia.

Con un equipo suministrado por el gobierno norteamericano, Copeland y sus colegas sacaron,

según contó él mismo, unas treinta fotografías. Esas fotografías, explicó Copeland, no alcanzaron

para abarcar toda la extensión del rollo, que por lo tanto debió de haber sido considerable. Luego

las fotografías fueron llevadas a la embajada norteamericana en Beirut y mostradas a un importante

funcionario, un hombre versado en idiomas antiguos. El funcionario afirmó que el texto pertenecía

al Libro de Daniel del Antiguo Testamento. Parte había sido escrita en arameo, dijo, y parte en

hebreo. Pero por desgracia la investigación terminó ahí. Copeland volvió a Damasco, el astuto

comerciante egipcio no dio más señales de vida y las fotografías quedaron en un cajón Nadie, hasta

hoy, sabe qué pasó con ellas ni con el propio rollo, aunque más tarde -cinco años después del

episodio que contó Copeland- aparecieron en Qumran fragmentos de un rollo de Daniel. Si el rollo

que Copeland vio y fotografió era en verdad un texto de Daniel, ese texto nunca se hizo público.

Aunque fue exactamente en ese momento cuando el metropolitano Samuel estuvo en Siria con los

rollos que había comprado, es improbable que el rollo que vio Copeland perteneciese a ese grupo,

puesto que sólo uno de ellos podía ser estirado, y sólo uno -el texto hebreo de Isaías, de casi siete

metros y medio de largo- hubiese ocupado más de treinta fotografías. Si fue esto lo que vio

Copeland, por qué se lo identificó como Daniel y no Isaías, y por qué se identificó la escritura

como hebreo y arameo? Existe, desde luego, la posibilidad de que el funcionario de la C. I. A se

equivocara. Pero un eminente investigador israelí, al oír la historia de Copeland, mostró curiosidad.

Podría ser muy interesante -dijo, en confianza-. Quizá se trate de un rollo que todavía no se ha

visto. Si pudiésemos obtener más información, intercambiaría con ustedes. datos adicionales sobre

los rollos que faltan. Lo cual significa, no hace falta decirlo, que tales datos existen y nunca se han

divulgado.

Mientras examinaban las fotografías de Copeland en Beirut, el metropolitano Samuel seguía

esforzándose por confirmar la antigüedad de los rollos que tenía en su poder. Un doctor judío que

visitaba su monasterio lo puso en contacto con especialistas de la Universidad Hebrea. Éstos, a su

vez, lo pusieron en contacto con el director del departamento de Arqueología de la misma

universidad, el profesor Eleazar Sukenik. El 24 de noviembre, Sukenik, antes de ver los rollos que

tenía el metropolitano, mantuvo una reunión con una persona identificada luego nada más que

como un anticuario armenio. Ninguno había tenido tiempo de obtener los indispensables pases

militares.

Se vieron por lo tanto obligados a encontrarse en un puesto fronterizo entre las zonas judía y árabe

de Jerusalén, y a hablar a través de una barrera de alambre de púas. A través de esa barrera el

armenio le mostró a Sukenik un fragmento de un rollo en el que se percibían letras en hebreo. El

armenio explicó que un anticuario de Belén había ido a verlo el día anterior, y le había llevado ese

y otros fragmentos supuestamente encontrados por beduinos. Le preguntó a Sukenik si eran

auténticos y si la Universidad Hebrea estaría dispuesta a comprarlos. Sukenik pidió un segundo

encuentro, que se produjo tres días más tarde. Esta vez tenía un pase, y pudo mirar con atención

varios fragmentos. Convencido de que eran importantes, decidió ir a Belén a ver más, a pesar de los

peligros que podía entrañar semejante empresa en esa época.

El 29 de noviembre de 1947, Sukenik salió furtivamente de Jerusalén e hizo un viaje clandestino a

Belén. Allí le contaron en detalle cómo habían sido descubiertos los rollos, y le mostraron tres que

estaban en venta -los que se le habían escapado al metropolitano- y dos de las vasijas donde habían

estado metidos. Dejaron que se llevase los rollos a su casa, y los estaba estudiando cuando, a

medianoche, oyó en la radio una noticia sensacional: las Naciones Unidas habían votado por

mayoría la creación del Estado de Israel. En ese momento Sukenik decidió comprar los rollos. Le

parecían algo así como un presagio de buena suerte, una convalidación simbólica de los

trascendentales acontecimientos históricos que acababan de ponerse en marcha.

Compartía esa convicción su hijo, Yigael Yadin, por entonces jefe de operaciones de la Haganá, la

milicia semiclandestina que, durante la lucha por la independencia en 1948, evolucionaría hasta

convertirse en las Fuerzas de Defensa israelíes. Para Yadin, el descubrimiento de los rollos tomaría

un sentido casi místico:

No puedo evitar la sensación de que hay algo simbólico en el descubrimiento de los rollos y en su

adquisición en el momento de la creación del Estado de Israel. Es como si estos manuscritos

hubiesen estado esperando en cuevas durante dos mil años, desde la destrucción de la

independencia de Israel hasta que el pueblo de Israel volvió a su tierra y recuperó su libertad.

Hacia finales de enero de 1948, Sukenik decidió ver los rollos que estaban en poder del

metropolitano Samuel. De nuevo, el encuentro sería clandestino. Ocurriría en el sector británico de

Jerusalén, en la Y. M. C. A, donde el bibliotecario era miembro de la congregación del

metropolitano. Allí la seguridad era particularmente estricta, pues la Y. M. C. A estaba situada justo

frente al hotel King David, que había sido bombardeado con gran pérdida de vidas en 1946. Para

entrar en la zona, Sukenik tuvo que obtener un pase del jefe del distrito británico, el profesor Biran.

Procurando pasar por un estudioso cualquiera, Sukenik salió con un puñado de libros y fue hasta la

Y. M. C. A. Allí, en una sala privada, le mostraron los rollos del metropolitano, y permitieron que

se los llevase para examinarlos. Se los devolvió al metropolitano el 6 de febrero, al no poder reunir

los fondos necesarios para comprarlos. En esa época, la situación política y económica era

demasiado tensa para que un banco autorizase el indispensable préstamo. Las autoridades judías

locales, ante la perspectiva de una guerra inminente, no podían dar nada. Nadie más estaba

interesado.

Sukenik trató de que rebajaran el precio, y el agente sirio que representaba al metropolitano

organizó una entrevista para una semana más tarde. A esas alturas, Sukenik se las había ingeniado

para reunir el dinero necesario. Pero no tuvo noticias del metropolitano ni del agente, hasta que

unas semanas después recibió una carta del sirio donde se le informaba que el metropolitano había

decidido, después de todo, no vender. A espaldas de Sukenik, ya se habían entablado negociaciones

con especialistas norteamericanos que habían fotografiado los rollos e insistían en que se podía

obtener por ellos un precio mucho más alto en Estados Unidos. Está de más decir que la pérdida de

esa oportunidad mortificó a Sukenik.

En febrero e] metropolitano se había puesto en contacto con el Albright Institute establecido en

Jerusalén, y el instituto había enviado un juego completo de fotografías de los rollos a un

reconocido experto en el tema, el profesor William F. Albright, de la Johns Hopkins University. El

15 de marzo el profesor Albright contestó dándole la razón a Sukenik sobre la importancia del

descubrimiento, y poniendo el sello de aprobación a los textos de Qumran. También, sin darse

cuenta, apoyó a los que querían atribuir a los rollos la mayor antigüedad posible:

Mis más sinceras felicitaciones por el mayor descubrimiento de manuscritos de épocas modernas!

No hay ninguna duda en mi mente de que la escritura es más antigua que la del Papiro de Nash. Yo

pondría como fecha alrededor de 100 a. de C. Qué descubrimiento increíble!. Y por fortuna no

puede haber en el mundo la menor duda sobre la autenticidad del manuscrito.

El 18 de marzo se redactó un comunicado de prensa. Mientras tanto, los rollos habían sido llevados

a Beirut y dejados en custodia en un banco. Más adelante, ese mismo año, los retiró de allí el

metropolitano Samuel, y en enero de 1949 los llevó a Estados Unidos, donde pasarían algunos años

en la cámara blindada de un banco de Nueva York. El 11 de abril apareció el primer comunicado de

prensa, emitido por la Yale University, donde el profesor Millar Burrows -director del Albright

Institute- dirigía el departamento de Lenguas del Próximo Oriente. El comunicado de prensa no se

ajustaba del todo a la verdad. Nadie quería que descendieran en Qumran enjambres de amateurs, así

que se afirmó que el descubrimiento había ocurrido en la biblioteca del monasterio del

metropolitano Samuel. Pero por primera vez se enteraba el público de la existencia de los rollos del

mar Muerto, un año largo después de su aparición. En la página 4 de su edición del lunes 12 de

abril de 1948, The Times publicó el siguiente artículo bajo el título de Encuentran manuscrito

antiguo en Palestina:

Nueva York. 12 de abril.

Yale University anunció ayer el descubrimiento en Palestina del manuscrito más antiguo conocido

del Libro de Isaías. Fue encontrado en el monasterio sirio de San Marcos en Jerusalén, donde había

sido conservado en un rollo de pergamino que data de aproximadamente el siglo X a. de C. El

manuscrito acaba de ser identificado por especialistas de la American School of Oriental Research

[el Albright Institute] de Jerusalén.

También fueron examinados en el mismo instituto otros tres rollos antiguos en hebreo. Uno era

parte de un comentario acerca del Libro de Habacuc; otro parecía ser un manual de disciplina de

alguna secta u orden monástica comparativamente poco conocida, probablemente la de los esenios.

El tercer rollo no fue identificado.

No era un artículo calculado para incendiar el mundo académico. Para la mayoría de los lectores de

The Times quizá no significó mucho, y de todos modos había en la misma página otras noticias

más eficaces. Catorce oficiales alemanes de las SS, que habían comandado pelotones de exterminio

en el frente oriental, acababan de ser condenados a la horca. Según el fiscal, el juicio era un hito en

la campaña contra la intolerancia y la violencia racial. También había información sobre una

masacre en Tierra Santa el viernes anterior. Dos organizaciones terroristas judías -el Irgun y la

Banda Stern- habían aniquilado la aldea árabe de Deir Yasin, violando a las muchachas y

exterminando a hombres, mujeres y niños. La propia Agencia Judía horror y repugnancia por lo que

había ocurrido. Mientras tanto, según otras crónicas en la misma página, había combates en

Jerusalén. La artillería árabe había bombardeado el barrio occidental de la ciudad al atardecer.

Cantidades de cañones de campaña habían llegado desde Siria, y apuntaban hacia los sectores

judíos. Habían vuelto a cortar el suministro de agua a la ciudad. El abastecimiento que llegaba por

ferrocarril se había interrumpido. Se consideraba inminente la reanudación de la lucha por la

carretera Telaviv-Jerusalén. En otras partes de Tierra Santa terroristas árabes habían matado a dos

soldados británicos, y terroristas judíos a uno. (Cuarenta y dos años más tarde, mientras se

verificaba esto y se copiaba de un microfilm en una biblioteca local, hubo un aviso de bomba y fue

necesario evacuar el edificio. Plus ça change.)

Las hostilidades en Oriente Medio continuarían durante otro año. El 14 de rnayo de 1948 -el día

antes de que el mandato británico expirase oficialmente- el Consejo del Pueblo Judío se reunió en

el Telaviv Museum y declaró su propio Estado independiente de Israel. La respuesta de los países

árabes vecinos fue inmediata. Esa misma noche, aviones egipcios bombardearon Telaviv. Durante

los seis meses y medio de combates que hubo a continuación, Israel sería invadido por tropas de

Egipto, Arabia Saudita, Transjordania, Siria, Irak y el Líbano, y el rey de Transjordania se

proclamaría monarca de toda Palestina.

El alto el fuego definitivo entró en vigor el 7 de enero de 1949. Según las condiciones pactadas, el

gran sector central de lo que antes había sido Palestina continuaría siendo árabe. Ese territorio fue

ocupado y luego anexionado por Transjordania, que el 2 de junio de 1949 empezó a llamarse

simplemente Jordania. Así, Qumran pasó a manos jordanas junto con el lado árabe oriental de

Israel. La frontera entre Israel y Jordania -la carretera de Nablus- pasaba por el centro de la ciudad.

En medio de esos dramáticos acontecimientos históricos, los rollos despertaron poca atención o

interés en el público. Pero entre bastidores ya habían empezado a movilizarse fuerzas políticas,

religiosas y académicas. En enero de 1949, el departamento de Antigüedades de la Palestina

transjordana y árabe se había involucrado en el tema, bajo los auspicios de su director, Gerald

Lankester Harding. También lo había hecho el padre Roland de Vaux, director, desde 1945, de otra

institución: la École Biblique patrocinada por los dominicos, situada en el sector oriental de

Jerusalén, controlado por Jordania, y en los últimos sesenta años centro de estudios bíblicos

francocatólicos.

Había pasado año y medio desde la aparición de los rollos, pero hasta la fecha ningún arqueólogo

profesional había visitado el lugar del descubrimiento. El Albright Institute lo había intentado, pero

había llegado a la conclusión de que la guerra volvía demasiado peligrosa la tarea. Fue en ese punto

cuan(lo apareció en escena un oficial de la fuerza aérea belga, el capitán Philippe Lippens. Lippens

había llegado a Jerusalén como miembro de la organización para la supervisión de la tregua de las

Naciones Unidas. Pero también tenía formación jesuita, y se había graduado en el Instituto Oriental

de la Universidad de Lovaina. Conocía por lecturas la existencia de los rollos, y abordó a De Vaux,

que aparentemente hasta ese momento había albergado dudas sobre la importancia de los

manuscritos. Si conseguía encontrar la cueva del descubrimiento, preguntó Lippens, estaría De

Vaux dispuesto a otorgar legitimidad a la empresa actuando como director técnico de ulteriores

excavaciones? De Vaux aceptó.

El 24 de enero, Lippens consiguió el apoyo de un oficial inglés que comandaba una brigada de la

Legión Árabe jordana y, a través de ese oficial, el apoyo de Lankester Harding en Ammán. Con la

bendición de Harding, el oficial arqueólogo del ejército británico fue enviado a buscar la cueva

donde había tenido lugar el descubrimiento. Lo acompañaron dos beduinos de la Legión Árabe, que

localizaron la cueva el 28 de enero. En su interior encontraron restos del lienzo en el que habían

sido envueltos los rollos y numerosas piezas de cerámica. Unos quince días más tarde, a comienzos

de febrero, Harding y De Vaux visitaron la cueva juntos. Encontraron fragmentos de más de

cuarenta vasijas y restos de treinta textos identificables, y muchos otros trozos inidentificables.

Quince días más tarde se había montado la primera expedición arqueológica oficial.

En los años siguientes los rollos se convirtieron en un negocio a gran escala, y su comercialización

llegó a configurar una industria casera extremadamente lucrativa. El contrabando de fragmentos iba

y venía en billeteras sucias, en cajas de cigarrillos y dentro de otros muchos y variados envases

improvisados. Empezaron a aparecer falsificaciones, y a los astutos anticuarios locales no les

faltaban compradores crédulos. La prensa popular presentaba como inmensamente valioso todo lo

que se asemejase a un pergamino antiguo. Por consiguiente, los comerciantes árabes estaban poco

dispuestos a cerrar trato por debajo de las cien libras y, al menos en una ocasión, obtuvieron mil; y

no hay que olvidar que eso ocurría en tiempos en que se podía hipotecar una casa por mil

quinientas libras.

Cuando el-metropolitano Samuel llevó los rollos a Estados Unidos, en radios jordanas se dijo que

pedía por ellos un millón de dólares. Se temía que los rollos fuesen comprados no sólo para

colecciones privadas y como recuerdos sino también como inversiones. Al mismo tiempo, desde

luego, Ios propios rollos eran peligrosamente frágiles; para impedir que siguiesen deteriorándose,

necesitaban condiciones especiales de luz y de temperatura. En efecto, en muchos de ellos el

proceso de deterioro ya era irreversible. Con el crecimiento del mercado negro crecía también la

posibilidad de que el mundo académico perdiese para siempre materiales de enorme valor.

La responsabilidad de tomar alguna medida recaía sobre Gerald Lankester Harding, del

departamento de Antigüedades. Harding llegó a la conclusión de que era menos importante insistir

con la ley que rescatar la mayor cantidad posible de rollos y de fragmentos. Por consiguiente

adoptó la política de comprar materiales vinculados con los rollos de manos de quien los tuviese.

Esa actitud afectaba a la condición legal de los materiales al reconocer tácitamente que quienes los

poseían tenían derecho sobre ellos. En las negociaciones y transacciones, los agentes de Harding

estaban autorizados a cerrar los ojos ante cuestiones de legalidad y de precio. Él mismo, que

hablaba con fluidez el árabe, se hizo amigo no sólo de comerciantes sino también de beduinos, e

hizo saber que pagaría muy bien todo lo que consiguiesen. Sin embargo, el metropolitano Samuel

fue acusado de contrabandear los rollos fuera del país, y el gobierno jordano exigió su devolución.

Para entonces ya era demasiado tarde, por supuesto. Finalmente, se les concedió a los beduinos de

la tribu Ta amireh algo así como el monopolio de Ia explotación de las cuevas. La región de

Qumran se convirtió en realidad en zona militar, y se asignó a la tribu Ta amireh la responsabilidad

de vigilarla, para que no se metan otras tribus persiguiendo la quimera de los rollos. Cada cosa que

encontraban los Ta amireh se la llevaban a Kando, y recibían un pago. Kando llevaba el material a

Harding y recibía a su vez otro pago.

En octubre de 1951, miembros de la tribu Ta amireh llegaron a Jerusalén con fragmentos de rollos

de un nuevo lugar. No estaban ni el padre De Vaux de la École Biblique ni Harding, así que los

beduinos fueron a ver a Joseph Saad, director del Museo Rockefeller. Saad exigió que lo llevasen al

sitio en cuestión. Los beduinos fueron a consultar y no regresaron.

Saad consiguió un jeep, una autorización escrita del funcionario arqueológico de la Legión Árabe y

algunos hombres armados y fue hacia el primer campamento Ta amireh que pudo encontrar, en las

afueras de Belén. A la mañana siguiente, mientras entraba en Belén, vio a uno de los hombres que

habían ido a hablar con él el día anterior. Prescindiendo de toda sutileza, Saad procedió a secuestrar

al beduino:

En cuanto se detuvo el jeep, Saad llamó al hombre e inmediatamente le exigió más información

acerca de la cueva. Al árabe se le llenaron de miedo los ojos, e intentó seguir caminando. Los

soldados saltaron del jeep y le cerraron el paso. Luego, a una señal de Saad levantaron al hombre en

vilo y lo metieron en la parte trasera del vehículo. El chófer soltó el embrague y desanduvieron a

toda prisa el camino por donde habían venido.

Sometido a esa forma de persuasión, el beduino aceptó cooperar. Saad obtuvo refuerzos en un

puesto militar cercano y el contingente partió siguiendo el Wadi Ta amireh hacia el mar Muerto.

Cuando el terreno se volvió intransitable, abandonaron el jeep y echaron a andar. Caminaron

durante siete horas, hasta que llegaron al cauce de un río cuyas paredes medían muchas decenas de

metros de altura. Allá arriba, en la cara del risco, se veían dos cuevas grandes, de las que salían

nubes de polvo: los beduinos ya estaban dentro recogiendo todo lo que podían. Al llegar Saad

aparecieron unos cuantos. Los soldados que acompañaban a Saad dispararon al aire y los beduinos

se dispersaron. Cuando entraron los soldados, una de las dos cuevas resultó ser enorme: seis metros

de ancho, cuatro metros a cuatro y medio de alto, y se metía unos cuarenta y cinco metros en la

montaña. Saad no llegó a Jerusalén hasta la mañana siguiente. Agotado por la expedición, se fue a

dormir. Cuando despertó, Jerusalén se encontraba en estado de convulsión. Amigos de los beduinos

habían difundido la noticia de su secuestro y de su encarcelamiento Un comentarista observó luego

que era quizá un error haber utilizado la fuerza: eso serviría para que se escondiesen los

documentos y los beduinos estarían menos dispuestos a desprenderse de lo que encontraban.

La expedición de Saad llevó al descubrimiento de cuatro cuevas en Wadi Murabba at, unos

dieciocho kilómetros al sur de Qumran y a poco más de tres kilómetros del mar Muerto. El material

encontrado en ese sitio no fue tan difícil de fechar ni de identificar como el de Qumran! pero

revestía una importancia casi similar. Provenía de principios del siglo II, más exactamente de la

rebelión en Judea orquestada por Simón bar Kokba entre 132 y 135. Incluía dos cartas firmadas por

el propio Simón y proporcionaba nuevos datos sobre la logística, la economía y la administración

civil de la rebelión, que había fracasado por un pelo: Simón conquistó realmente Jerusalén de

manos de los romanos y ocupó la ciudad durante unos dos años. Según Robert Eisenman, esta

insurrección era la continuación directa de hechos que habían ocurrido en el siglo anterior: hechos

que involucraban a algunas de las mismas familias, muchos de los mismos principios subyacentes y

quizá también al propio Jesús.

Poco después del descubrimiento de las cuevas en Murabbaat, la actividad alrededor de Qumran

empezó a cobrar impulso. Tras regresar de Europa, el padre De Vaux empezó a excavar el lugar,

junto con Harding y quince obreros. Esas excavaciones se prolongarían cinco años, hasta 1956.

Entre otras cosas desenterraron un complejo de construcciones identificado como la comunidad

esenia de la que hablaba Plinio.

El propio Plinio pereció en 79, en la erupción del Vesubio que enterró a Pompeya y Herculano. De

sus obras sólo se conserva la Historia natural, que precisamente trata de la topografía y de ciertos

acontecimientos en Judea. Se desconocen las fuentes utilizadas por Plinio, pero ese texto menciona

el saqueo de Jerusalén en 68, y por lo tanto debe de haber sido escrito un tiempo más tarde. En una

época hasta existió la leyenda, ahora desacreditada, de que al igual que Josefo, había acompañado

al ejército romano cuando invadió Palestina. De todas formas, Plinio es uno de los pocos escritores

antiguos que no sólo mencionan a los esenios por su nombre sino que los sitúan geográficamente.

Él los sitúa, de modo bastante específico, en las orillas del mar Muerto:

Sobre el lado occidental del mar Muerto, pero fuera del alcance de las nocivas emanaciones de la

costa, está la solitaria tribu de los esenios, que es más notable que cualquier otra tribu del mundo,

pues no tiene mujeres y ha renunciado a todo deseo sexual, carece de dinero y no tiene otra

compañía que las palmeras. Día a día se nivela la multitud de refugiados mediante la llesgada de

numerosas personas cansadas de la vida y arrastradas hasta allí por los vaivenes de la fortuna para

adoptar esas costumbres. Por debajo de los esenios estaba antes el pueblo de En-Guedí., luego

viene Masada.

De Vaux consideró que ese pasaje se refería a Qumran, suponiendo que debajo de los esenios

significa bajo o al sur. El Jordán, sostuvo corre hacia bajo o hacia el sur, hacia el mar Muerto; y si

uno sigue hacia el sur, llega realmente al sitio de En-Guedí. Otros especialistas cuestionan el

argumento de De Vaux, y sostienen que por debajo debe ser entendido literalmente: que la

comunidad esenia estaba situada en las montañas encima de En-Guedí.

Fuese o no fuese Qumran la comunidad que describe Plinio, De Vaux se sintió incitado a redoblar

sus esfuerzos. En la primavera de 1952 se empeñó en arrebatarles la iniciativa a los beduinos y

llevar a cabo una inspección sistemática de todas las cuevas de la zona. Esa inspección fue

realizada entre el 10 y el 22 de marzo de 1952 por De Vaux, otros tres miembros de la École

Biblique y William Reed, el nuevo director del Albright Institute. Fueron acompañados por un

equipo de veinticuatro beduinos bajo la autoridad de tres arqueólogos jordanos y palestinos. No es

quizá nada sorprendente que fuesen los beduinos quienes hicieran todo el trabajo, trepando por las

empinadas caras de los riscos, a veces verdaderos precipicios, y explorando las cuevas. Los

arqueólogos prefirieron quedarse abajo, compilando inventarios y dibujando mapas y esquemas. La

inspección, entonces, no fue muy exhaustiva. Los beduinos, por ejemplo, decidieron no revelar la

existencia de ciertas cuevas que habían encontrado. Varios rollos no salieron a la luz hasta mucho

más tarde. Y se sabe que los beduinos se quedaron con uno, que no fue recuperado nunca.

En total, la inspección abarcó unos ocho kilómetros de la cara del risco. Se examinaron doscientos

sesenta y siete lugares según De Vaux, doscientos setenta y tres según William Reed. Según De

Vaux, el rédito fue de treinta y siete cuevas con objetos de cerámica. Según Reed, fueron treinta y

nueve. El mapa oficial preparado al concluir la expedición muestra cuarenta. Se encontraron restos

de más de cien vasijas, una cifra muy aventurada. Esa imprecisión es típica de la investigación de

Qumran.

Pero si la inspección de 1952 fue chapucera, también llevó a un descubrimiento verdaderamente

importante. El 20 de marzo, dos días antes de que terminara la expedición, en el lugar señalado

como cueva 3, un equipo encontró dos rollos -o mejor dicho dos fragmentos de un mismo rollo- de

cobre laminado. La escritura había sido realizada con un punzón sobre el metal. La oxidación había

debilitado tanto el metal que no se lo podía estirar. Para poder leer el rollo, habría que cortarlo en

pedazos en un laboratorio. Pasarían tres años antes de que las autoridades del gobierno jordano

permitiesen hacerlo. Cuando finalmente dieron el consentimiento, se lo cortó en Manchester, bajo

los auspicios de John Allegro, un miembro del equipo de De Vaux. El primer segmento del rollo

fue terminado en el verano de 1955, el segundo en enero de 1956.

El rollo resultó ser un inventario de tesoros: una recopilación o listado de oro, plata, vasijas rituales

y otros rollos. Aparentemente, al comenzar la invasión romana, ese tesoro había sido repartido en

varios escondites secretos; y el rollo de cobre, como llegó a ser conocido, detallaba el contenido y

el paradero de cada uno de esos escondites. Así, por ejemplo: Lote 7. En la cavidad de la Vieja

Casa de Tributo, en la Plata forma de la Cadena: sesenta y cinco barras de oro.

Según los investigadores, la totalidad del tesoro ascendería a unas sesenta y cinco toneladas de

plata y tal vez a veintiséis de oro. Hasta hoy se discute si en verdad habrá existido ese tesoro. Pero

la mayoría de los especialistas están dispuestos a aceptar que sí existió, y que el rollo contiene un

inventario exacto del Templo de Jerusalén. Por desgracia, los sitios que indica el rollo han perdido

sentido con el transcurso del tiempo, con el cambio y el paso de dos milenios, y jamás se ha

encontrado nada de ese tesoro. Desde luego, algunas personas lo han buscado.

En septiembre de 1952, seis meses después de la inspección oficial, apareció una nueva fuente de

rollos. Resultó ser una cueva a unos quince metros de las propias ruinas de Qumran, que De Vaux y

Harding habían excavado en 1951. Allí, en el sitio señalado como cueva 4, tuvo lugar el

descubrimiento principal; otra vez, como era de esperar, obra de los beduinos. Harían falta varios

años para montar ese material. No obstante, para 1959 ya se habían organizado la mayoría de los

fragmentos. El trabajo fue realizado en una sala grande, que llegó a ser conocida como la rollería,