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en el Museo Rockefeller.

El Museo Rockefeller-o, para darle el nombre oficial, el Museo Arqueológico Palestino- había sido

inaugurado en 1938, durante el mandato británico, y se había construido con fondos donados por

John D Rockefeller. No sólo había en él espacio para exposiciones sino también laboratorios,

cuartos oscuros para la fotografía, y las oficinas del departamento de Antigüedades. Poco después

de la finalización del mandato en 1948, se había hecho cargo del museo una junta internacional de

fideicomisos. Esa junta estaba integrada por representantes de los diversos organismos

arqueológicos que había en Jerusalén: la École Biblique francesa, por ejemplo, el Albright Institute

norteamericano, la Palestine Exploration Society inglesa. Durante dieciocho años, el Rockefeller

existiría como institución independiente. Incluso logró mantener esa condición durante la Crisis de

Suez de 1956, cuando la mayoría del personal fue llamado a sus respectivos países. Las últimas

víctimas de la crisis fueron Gerald Lankester Harding, despedido de su cargo de director del

departamento de Antigüedades, y los propios rollos. Durante las hostilidades fueron sacados del

museo, metidos en treinta y seis cajas y guardados en un banco de Ammán. No fueron devueltos a

Jerusalén hasta marzo de 1957, algunos de ellos ligeramente enmohecidos [sic] y manchados por la

humedad de la cámara blindada.

Pero en 1966 el gobierno jordano nacionalizó oficialmente el Rockefeller, junto con los rollos que

había dentro. Esa jugada tendría importantes repercusiones. También era de dudosa legalidad. Sin

embargo, la junta de fideicomisarios no se opuso. Por el contrario, el presidente de la junta

transfirió los fondos de financiación del museo desde Londres a Ammán. De este modo, los rollos y

el museo que los albergaba pasaron a ser propiedad jordana.

Un año más tarde estalló en Oriente Medio la guerra de los Seis Días, y la zona jordana de

Jerusalén oriental cayó en manos de las tropas israelíes. A las cinco de la madrugada del 6 de junio

de 1967, informaron a Yigael Yadin que el museo había sido ocupado por una unidad de

paracaidistas.

Tras convertirse, en 1949, en jefe del estado mayor de las Fuerzas de Defensa israelíes, Yadin había

dimitido en 1952 y estudiado arqueología en la Universidad Hebrea, donde se doctoró en 1955 con

una tesis sobre uno de los rollos del mar Muerto. Ese año empezó a enseñar en la Universidad

Hebrea. En 1954 había viajado a Estados Unidos a dar unas conferencias. Allí, después de hablar

en la Johns Hopkins Umversity, conoció al profesor William F. Albright y le preguntó por qué los

norteamericanos sólo habían publicado tres de los cuatro rollos del metropolitano Samuel. Albright

respondió que Samuel estaba impaciente por vender los rollos y no permitía que se publicase el

cuarto mientras no apareciese un comprador para todos. Costaba tanto encontrar un comprador en

Estados Unidos?, preguntó Yadin: Seguramente no será tan difícil reunir algunos millones de

dólares para un fin como éste. La respuesta de Albright fue asombrosa. Los rollos, dijo,

probablemente no se venderían por más de medio millón. Aun así, no daba la impresión de que

hubiese alguna institución o particular interesados.

Había, en realidad, dos razones para esa aparente apatía. En primer lugar, ya existían ediciones

facsimilares de los primeros tres rollos; eso, para la mayoría de los investigadores norteamericanos,

eliminaba la necesidad de los originales. Pero más importante todavía era la situación legal en

relación con la propiedad de los rollos. El gobierno jordano había calificado al metropolitano

Samuel de contrabandista y traidor, afirmando que no tenía derecho a sacar los rollos de Jordania; y

los norteamericanos, en virtud de haber publicado esos textos, fueron acusados de connivencia en el

delito. Eso, no hace falta decirlo, desalentaba a los probables compradores, que no estaban

dispuestos a invertir una importante suma de dinero sólo para verse enredados en un complicado

litigio internacional, y terminar quizá perdiéndolo todo. Yadin, por otra parte, no necesitaba temer a

los jordanos. Las relaciones entre su país y el de ellos no podían deteriorarse más.

El I de junio, Yadin recibió una llamada telefónica de un periodista israelí destinado en Estados

Unidos, que se advertía sobre el anuncio del Wall Street Journal. Yadin decidió inmediatamente

obtener los rollos, pero tenía conciencia de que un abordaje directo podía poner todo en peligro. Por

consiguiente, trabajó casi exclusivamente a través de intermediarios, y fue un banquero de Nueva

York quien contestó al anuncio. Se convino un encuentro para el 11 de junio de 1954, un precio de

250. 000 dólares para los cuatro rollos, y se buscó un rico benefactor que proporcionaría el dinero

necesario. Tras una serie de frustrantes demoras, se terminó la transacción en el Waldorf Astoria el

1 de julio. Entre los presentes estaba un distinguido erudito, el profesor Harry Orlinsky, cuya

participación consistió en verificar la autenticidad de los rollos. Para ocultar todo interés israelí o

judío en el trato, Orlinsky se presentó como Mister Green.

Al día siguiente, el 2 de julio, fueron sacados los rollos de la caja fuerte del Waldorf Astoria y

llevados al consulado israelí en Nueva York. Cada rollo fue enviado luego a Israel por separado.

Yadin regresó a su país en barco, y se acordó una clave para mantenerlo informado de la llegada de

cada rollo. Los detalles de la transacción fueron mantenidos en secreto durante otros siete meses.

Hasta el 13 de febrero de 195 no se reveló en un comunicado de prensa que Israel había adquirido

los cuatro rollos del metropolitano Samuel. Junto con los tres rollos comprados antes por Sukenik,

están ahora en el Santuario del Libro, que fue construido expresamente para guardarlos.

Para fines de 1954 había entonces dos cuerpos totalmente separados de material relacionado con los

rollos y dos equipos totalmente separados de expertos trabajando en ellos. En Jerusalén occidental

estaban los israelíes, aplicados a los rollos adquiridos por Sukenik y Yadin. En Jerusalén oriental,

en el Rockefeller, había un equipo de especialistas internacionales que actuaban bajo la dirección

de De Vaux. Ninguno de los grupos se comunicaba con el otro. Ninguno tenía contacto con el otro.

Ninguno sabía qué era lo que poseía o hacía el otro, fuera de lo que se filtraba en las publicaciones

académicas. En algunos casos, textos específicos estaban fragmentados, parte en poder de los

israelíes y parte en el Rockefeller, con lo que resultaba mucho más difícil encontrar sentido al

conjunto. Tan ridícula era la situación que algunos particulares intentaron hacer algo para

remediarla. El ex general de división Ariel Sharon informó que, a fines de la década de los

cincuenta, él y Moshe Dayan idearon un plan para realizar una incursión subterránea en el

Rockefeller utilizando la red de alcantarillas de Jerusalén. El plan, como ya se sabe, no fue

ejecutado nunca.

Pero en 1967, al enterarse de la toma del Rockefeller, Yadin envió inmediatamente a tres colegas

de la Universidad Hebrea a verificar que los rollos estuviesen seguros. Veía la trascendencia de lo

que había ocurrido. Como el Museo Rockefeller ya no era una institución internacional, sino

jordana, pasaría a manos israelíes como botín de guerra.

2. El equipo internacional.

Yigael Yadin contó los sucesos de 1967 a David Pryce-Jones en una entrevista concedida a

principios de 1968. Estaba enterado, dijo, de que andaban en circulación otros rollos, y que Kando,

el comerciante involucrado en el descubrimiento inicial, sabía dónde estaban. Por lo tanto envió a

otros miembros del claustro de la Universidad Hebrea, acompañados por tres of iciales, a la casa de

Kando en Jerusalén. Kando fue escoltado hasta Telaviv. Después de cinco días de interrogatorios

volvió con los oficiales a su casa y mostró un rollo que había estado allí oculto durante seis años.

Ése resultó ser un descubrimiento de extrema importancia: el Rollo del templo, publicado por

primera vez en 1977.

Pryce-Jones también entrevistó al padre De Vaux, que estaba muy indignado por lo que había

ocurrido. Según Pryce-Jones, De Vaux llamó nazis a los israelíes: El rostro se le encendió mientras

afirmaba que los israelíes utilizarían la conquista de Jerusalén como pretexto para sacar todos los

rollos del mar Muerto del Rockefeller y llevarlos al Santuario del Libro. También temía por su

propia situación y por su acceso a los textos de Qumran porque, como descubrió Pryce-Jones, el

padre De Vaux se había negado a que ningún judío trabajase con los rollos del Rockefeller.

Se demostró, en realidad, que los temores de De Vaux carecían de fundamento. En las condiciones

políticas y militares que resultaron de la guerra de los Seis Días, los israelíes tenían otras

preocupaciones. Yadin y el profesor Biran, que desde 1961 hasta 1974 fue director del

departamento israelí de Antigüedades, estaban en condiciones de mantener el statu quo, y De Vaux

siguió a cargo de los rollos, con la condición de que acelerase su publicación.

Se había encontrado el escondite de unos ochocientos rollos en la cueva 4 en 1952. Para tratar esa

inmensa cantidad de material, se formó un comité internacional de especialistas, y se asignaron a

cada miembro ciertos textos específicos para su estudio, interpretación, traducción y eventual

publicación. Aunque debía una lealtad nominal al departamento jordano de Antigüedades, el comité

funcionaba en realidad bajo la autoridad suprema del padre De Vaux. Más tarde, De Vaux se

convirtió en director de edición de la serie definitiva de volúmenes sobre los rollos del mar Muerto,

Discoveries in the Judaean Desert, publicada por la Oxford University Press. Conservaría su

importancia en la especialidad hasta su muerte en 1977.

Roland de Vaux nació en París en 1903 e hizo los estudios sacerdotales entre 1925 y 1928 en el

seminario de Saint-Sulpice, donde también aprendió árabe y arameo. En 1929 entró en la Orden

Dorninica bajo cuyos auspicios fue enviado a la École Biblique de Jerusalén. Empezó a enseñar

regularmente en la École en 1934, y fue su director desde 1945 hasta 1965. Entre 1938 y 1953

dirigió Revue biblique, la revista de la Ecole.

Para los que lo conocían o tenían contacto con él, De Vaux era una personalidad llamativa,

memorable, todo un personaje. Gran fumador, llevaba barba poblada, gafas y boina oscura.

También usaba, invariablemente, el hábito blanco de monje, hasta en las excavaciones. Hombre

carismático, conocido por su vigor y entusiasmo, era además un conferenciante elocuente y un

narrador fascinante, muy dotado para las relaciones públicas. Eso lo convertía en el vocero ideal de

la empresa en la que estaba comprometido. Uno de sus antiguos colegas lo describió como un buen

erudito, aunque no muy buen arqueólogo.

Pero detrás de esa atractiva fachada, De Vaux era despiadado, intolerante, fanático y ferozmente

vengativo. En el plano político, era decididamente de derechas. En su juventud había sido miembro

de la Action Française, el belicoso movimiento católico y nacionalista que prosperó en Francia

entre las dos guerras, que ensalzaba el culto de sangre y patria y expresaba no poca simpatía por las

dictaduras de Alemania e Italia y, al triunfar Franco, de España. Está claro que no se trataba de la

persona más conveniente para presidir la investigación de los rollos del mar Muerto. En primer

lugar, no era sólo católico practicante sino también monje, y eso difícilmente podía llevar al

equilibrio o a la imparcialidad en el manejo de material religioso muy delicado, incluso explosivo.

Además, era hostil a Israel como entidad política, y siempre se refería al país como Palestina. En un

nivel más personal, también era antisemita. Uno de sus antiguos colegas da fe de su rechazo a la

presencia de israelíes en sus conferencias. Después de entrevistar a De Vaux, David Pryce-Jones

declaró que me pareció un bruto irascible, y hasta un poco chiflado. Según Magen Broshi, actual

director del Santuario del Libro israelí, De Vaux era rabiosamente antisemita y rabiosamente

antiisraelí, pero el mejor socio que uno podía pedir.

Ése era, entonces, el hombre a quien se le confió la responsabilidad de los rollos del mar Muerto.

En 1953, el consejo de administración del Museo Rockefeller, cuyo presidente en ese momento era

el propio De Vaux, había pedido a las diversas escuelas de arqueología extranjeras afincadas en

Israel -británica, francesa, alemana y norteamericana- que propusiesen candidatos. No fue invitado

ningún israelí, a pesar de la proximidad de especialistas tan capacitados como los de la Universidad

Hebrea. A cada escuela se le pidieron fondos para ayudar a costear el trabajo.

El primer investigador designado bajo la autoridad de De Vaux fue el profesor Frank Cross,

relacionado entonces con el McCormick Theological Seminary de Chicago y con el Albright

Institute de Jerusalén. Cross fue el candidato de Albright, y empezó a trabajar en Jerusalén en el

verano de 1953. El material que le asignaron consistía en textos específicamente bíblicos: rollos

encontrados en la cueva 4 de Qumran con comentarios sobre los diversos libros del Antiguo

Testamento.

Material de naturaleza similar le fue asignado a monseñor Patrick Skehan, también de Estados

Unidos. En el momento del nombramiento era director del Albright Institute.

El padre Jean Starcky, de Francia, fue propuesto por la École Biblique. En esa época pertenecía al

Centre Nationale de la Recherche Scientifique. Starcky, un experto en arameo, recibió el cuerpo de

material en ese idioma.

El doctor Claus-Hunno Hunzinger fue presentado por los alemanes. Se le asignó un texto particular,

conocido como el Rollo de la guerra, además de materiales transcriptos en papiro antes que en

pergamino. Más tarde dejó el equipo, y fue reemplazado por otro sacerdote francés, el padre

Maurice Baillet.

El padre Josef Milik, un sacerdote polaco restablecido en Francia, fue otro candidato de la École

Biblique, a la que también estaba afiliado Discípulo y confidente de De Vaux, Milik recibió un

cuerpo de material especialmente importante, que incluía una cantidad de apócrlfos del Antiguo

Testamento y también escritos seudoepigráficos: textos en los que un comentarista posterior trataba

de comunicar autoridad a sus palabras atribuyéndolas a profetas y patriarcas más antiguos. Y, lo

más importante de todo, incluía lo que se llamaba material sectario: material relacionado

específicamente con la comunidad de Qumran, sus enseñanzas, rituales y disciplinas.

El candidato inglés para integrar el equipo fue John M. Allegro, que trabajaba entonces en su

doctorado en Oxford, bajo la dirección del profesor Godfrey Rt Driver. Allegro fue a Jerusalén

como agnóstico. Era el único integrante del equipo que no tenía una afiliación religiosa específica.

Era también el único filólogo del grupo, y ya tenía cinco trabajos en publicaciones académicas. Por

lo tanto era el único que se había labrado una reputación antes de trabajar en los rollos. Todos los

demás eran desconocidos en ese momento, y sus nombres trascendieron sólo a causa de su trabajo

en los textos que les tocó estudiar.

A Allegro le asignaron comentarios bíblicos (que resultaron en realidad ser material sectario del

tipo asignado a Milik) y un cuerpo de la llamada literatura de sabiduría: himnos, salmos, sermones

y exhortaciones de naturaleza moral y poética. Aparentemente el material de Allegro era más

explosivo de lo que nadie había anticipado en ese momento, y el propio Allegro era una especie de

inconformista. Por cierto, no tenía escrúpulos en quebrar el consenso que De Vaux intentaba

establecer y, como veremos, pronto sería expulsado del equipo y reemplazado por John Strugnell,

también matriculado en un programa de doctorado en Oxford. Strugnell se convirtió en discípulo de

Frank Cross.

Según qué principios fue dividido, distribuido y asignado el material? Cómo se determinó quién se

ocuparía de qué? Consultado por teléfono, el profesor Cross contestó que el asunto se había

resuelto con discusión y fácil consenso y con la bendición de De Vaux.

Algunas cosas eran evidentes; los que teníamos cátedras de dedicación exclusiva no podíamos

tomar problemas desconocidos y complejos. Así que nos ocupamos del material bíblico, el más

sencillo desde el punto de vista de la identificación, y de organizar todo en columnas, etcétera. Los

que eran especialistas en arameo en especial Starcky, recibieron por supuesto todo lo que estaba en

arameo. Los intereses de los diversos especialistas, las oportunidades de investigación, definieron

en gran medida lo que haría cada uno de nosotros. En esto nos pusimos rápidamente de acuerdo, y

De Vaux dio su bendición. No nos sentamos a votar, y no hubo en esto ningún conflicto.

Básicamente, el equipo trabajaba por consenso.

El profesor Cross aclara que cada integrante del equipo sabía qué era lo que estaban haciendo los

demás. Todo el material había sido expuesto y organizado en una única sala, la rollería, y todos

podían andar por allí con total libertad y ver qué hacían los colegas. Desde luego, también se

ayudaban unos a otros en los problemas que requerían los conocimientos técnicos especializados de

unos o de otros. Pero eso también significaba que si alguno del equipo trabajaba con material

polémico o explosivo, todos los demás se enteraban. Sobre esa base, Allegro, hacia e] final de su

vida, insistiría en que sus colegas estaban releniendo material importante y polémico, o por lo

menos retrasando su publicación. Otro investigador de mentalidad independiente que se incorporó

más tarde al proyecto informa que recibió instrucciones en la década del sesenta de ir despacio, de

trabajar de un modo poco metódico para que los locos se aburran y se vayan. De Vaux quería

evitar, hasta donde fuese posible, poner en aprietos al sistema cristiano. Sin duda se pensaba que

parte del material de Qumran podía lograr exactamente eso.

Por cierto, a De Vaux le resultó útil que hasta 1967 el Museo Rockefeller quedase en el territorio

jordano de Jerusalén oriental. Los israelíes tenían prohibido entrar en ese sector, y eso le daba al

antisemita De Vaux un cómodo pretexto para excluir a los expertos israelíes, a pesar de que su

equipo de estudiosos internacionales había sido creado, al menos en teoría, para reflejar la más

amplia diversidad de intereses y enfoques. Si la política les impedía a los israelíes entrar en

Jerusalén oriental, no habría resultado nada difícil proporcionarles fotografías, o alguna otra forma

de acceso al material. Ese acceso nunca se les permitió.

La rollería era una sala grande que contenía unas veinte mesas de caballete sobre las que se

exhibían, debajo de vidrios planos, los fragmentos de los rollos. Fotografías tomadas en la década

de los cincuenta muestran una total y horrorosa falta de control ambiental de los materiales, gran

parte de los cuales ya se estaban deteriorando. Las ventanas están abiertas, por ejemplo, y la brisa

mueve las cortinas. No se ha tomado ninguna medida para evitar el calor, la humedad, el viento, el

polvo o la luz del sol directa. Aquello tiene muy poco que ver con las condiciones en que están

guardados hoy los rollos. Ahora están en un sótano, iluminados por una luz ambarina especial. La

temperatura y la humedad están rigurosamente controladas. Cada fragmento está puesto entre

delgadas hojas de seda estiradas bajo láminas de plexiglás.

Consultamos sobre el tema al profesor Biran, gobernador del sector israelí de Jerusalén en esa

época y más tarde director del departamento israelí de Antiguedades, y nos dijo que las autoridades

jordanas habían denegado con firmeza la entrada, en su sector de Jerusalén, de Sukenik o de

cualquier otro estudioso israelí. En su carácter de gobernador, Biran respondió autorizando al

comité de De Vaux a reunirse en el sector israelí y ofreciéndole salvoconductos. La oferta fue

rechazada. Biran sugirió entonces que trajesen rollos o fragmentos para que los estudiasen los

expertos israelíes. Esa propuesta también fue rechazada. Claro que podían haber venido -concluyó

el profesor Biran-, pero sentían que [los rollos] eran de su propiedad y no dejaban que nadie más

los viese. En el clima político existente, los rollos estaban bastante abajo en el orden de prioridades,

y no se ejerció ninguna presión oficial sobre esa intransigencia académica.

El hecho de que los israelíes tuviesen siete importantes rollos -los tres comprados originalmente por

Sukenik y los cuatro que Yigael Yadin había logrado adquirir en Nueva York-, primero en la

Universidad Hebrea y luego en el Santuario del Libro creado especialmente, volvía todavía más

absurda la situación. Los israelíes parecen haber desarrollado y publicado sus investigaciones de

manera más o menos responsable: después de todo respondían ante Yadin y Biran, ante el gobierno,

la opinión pública y el mundo académico en general. Pero los integrantes del equipo del

Rockefeller no salen tan favorecidos. Financiados por donaciones importantes, dispusieron de

tiempo, ocio y libertad, y dan la impresión de un club exclusivo, de una élite autoproclamada por la

actitud que mostraron hacia el material, y por el monopolio que ejercieron sobre él. En la rollería

donde investigaban se respiraba una atmósfera casi monástica. Uno piensa otra vez en el secuestro

del saber que muestra El nombre de la rosa. Y los expertos que tensan acceso a la rollería se

adjudicaban tal poder y prestigio que convencían rápidamente a los profanos de la rectitud de ese

proceder. Como nos dijo el profesor James B. Robinson (director de otro equipo más responsable

que tradujo los textos encontrados en Nag Hammadi, en el desierto egipcio): Los descubrimientos

de manuscritos despiertan los peores instintos de estudiosos por lo demás normales.

Si el equipo internacional era despótico para monopolizar su material, no lo era menos para

interpretarlo. En 1954, cuando el equipo empezaba a trabajar, ya anticipó sus peligros un estudioso

jesuita, Robert North:

Sobre la fecha de los rollos, o más bien su triple fecha de composición, transcripción y

almacenamiento, se ha llegado recientemente a un relativo consenso que es a la vez tranquilizador e

inquietante. Es tranquilizador en cuanto procede de tanta variedad de líneas convergentes de

pruebas y proporciona una hipótesis de trabajo como base de discusión. Pero existe el peligro de

una falsa seguridad. Es importante destacar la fragilidad de las propias pruebas.

Nadie tendría en cuenta las advertencias de North. Durante la década siguiente, en efecto, surgiría,

o sería impuesta por el equipo internacional que trabajaba bajo la dirección de De Vaux en el

Rockefeller, una visión -para utilizar la expresión de North y de Eisenman- consensuada. Se

desarrolló una rígida ortodoxia de la interpretación, y cualquier desviación era considerada una

herejía.

Esa ortodoxia de la interpretación, que se volvió cada vez más dogmática con el paso de los años,

fue enunciada en su totalidad por el padre Milik y publicada en Francia en 1957 bajo el título de

Dix ans de découvertes dans le désert de Juda. Dos años más tarde, la obra de Milik sería traducida

al inglés por John Strugnell, otro miembro del equipo internacional de De Vaux. Para ese entonces

ya había aparecido la primera formulación en inglés de la visión consensuada: The Ancient Library

of Qumran, del profesor Frank Cross, mentor de Strugnell en 1958. El propio padre De Vaux

resumió y pulió esa visión consensuada en una serie de conferencias que dictó en la British

Academy en 1959 y que aparecieron en 1961 bajo el título de Larchéologie et les manuscrits de la

Mer Morte. Para ese entonces sus dogmas ya eran inamovibles. Quien intentase desafiarlos ponía

en seno riesgo su credibilidad.

En 1971, con la muerte del padre De Vaux, se produjo una situación extraordinaria. Aunque De

Vaux no era dueño de los rollos en ningun sentido legal, legó sin embargo sus derechos sobre ellos

a uno de sus colegas, el padre Pierre Benoit, también domínico y posteriormente sucesor de De

Vaux como director del equipo internacional y de la Ecole Biblique. Que el padre Benoit heredase

los derechos, privilegios y prerrogativas de acceso y control que De Vaux ejercía sobre los

documentos, era un procedimiento escolástico que no tenía precedentes. Desde el punto de vista

legal era, como mínimo, extremadamente irregular. Pero lo más extraordinario de todo fue que el

mundo académico no impugnó esa transacción. Cuando le preguntamos al profesor Norman Golb

de la Universidad de Chicago por qué se consintió semejante procedimiento, respondió que

oponerse a él habría sido una causa perdida.

Con la conducta de De Vaux como precedente, otros miembros de su equipo siguieron la misma

conducta. Así, por ejemplo, cuando el padre Patrick Skehan murió en 1980, legó los derechos de

los rollos que tenía en custodia al profesor Eugene Ulrich de la Notre Dame University, Indiana.

Los rollos que habían estado al cuidado del padre Jean Starcky fueron también legados -o, para

decirlo de un modo más eufemístico, reasignados- al padre Emile Puech de la Ecole Biblique. Por

lo tanto, los estudiosos católicos que constituían el centro del equipo internacional conservaron el

monopolio y el control, y nadie cuestionó el consenso. Sólo en 1987, tras la muerte del padre

Benoit, se impugnarían esos métodos.

Cuando murió el padre Benoit, fue designado como sucesor y director del equipo internacional el

profesor John Strugnell. Nacido en Barnet, al norte de Londres, en 1930, Strungel obtuvo la

licenciatura en 1952 y el master en 1955, ambos en el Jesus College, Oxford aunque fue admitido

en el programa de doctorado de la Facultad de Estudios Orientales de Oxford, nunca completó los

estudios, y su candidatura caducó en 1958. En 1954, había sido aceptado en el equipo de De Vaux,

había viajado a Jerusalén y se había quedado allí dos años. En 1957, tras un breve pasaje por el

Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, regresó a Jerusalén y se relacionó con el Museo

Rockefeller, donde trabajó como epigrafista hasta 1960. Ese año fue nombrado profesor agregado

de Estudios del Antiguo Testamento en la Escuela de Teología de Duke University. En 1968 se

trasladó a la Escuela de Teología de Harvard como profesor de Orígenes Cristianos.

La designación de Strugnell como director del equipo internacional no dejó de tener sus

dificultades. Desde 1967, el gobierno israelí había estado legalmente autorizado para ratificar todos

esos nombramientos. En el caso del padre Benoit, los israelíes no se habían molestado en ejercer su

autoridad. En el de Strugnell, por primera vez, decidieron hacer valer sus propios derechos sobre el

material. Según el profesor Shemaryahu Talmon, miembro del comité que aprobó a Strugnell, el

nombramiento no fue ratificado mientras no se cumplieron ciertas condiciones. Entre otras cosas,

los israelíes estaban preocupados por el modo en que ciertos integrantes del equipo internacional

tendían a desempeñar el papel de absentistas. Desde la guerra de 1967, por ejemplo, el padre

Starcky se había negado a pisar Israel. El padre Milik, el más estrecho confidente y protegido de De

Vaux, hacía muchos años que vivía en París, con fotografías de algunos de los rollos esenciales, a

los que sólo él tenía acceso. Nadie más esta autorizado a fotografiarlos. Sin el consentimiento de

Milik nadie, m siquiera integrantes del equipo internacional, está autorizado a publicar trabajos

sobre el material del que tiene custodia. Que sepamos, desde la guerra de 1967 no ha vuelto nunca a

Israel a trabajar en ese material. La revista Time lo describe como esquivo. Otra publicación,

Biblical Archaeology Review, ha informado en dos ocasiones que hasta se niega a contestar cartas

del departamento israelí de Antigüedades. Ha tratado tanto a los demás especialistas como al

público en general con lo que sólo se puede describir como desdén.

Preocupados por desalentar esa forma de conducta, los israelíes insistieron en que el nuevo director

del proyecto de los rollos pasase por lo menos parte de su tiempo en Jerusalén. Strugnell, que de

todas formas estaba reconsiderando su puesto en Harvard, obedeció reduciendo la dedicación a su

cargo. Empezó a pasar la mitad de cada año en Jerusalén, en la Ecole Biblique, donde tenía su

propio cuartel general. Pero había otras obligaciones que no cumplía. No publicaba los textos que

se le habían confiado. Su comentario de uno de esos textos -un fragmento de 121 líneas- ha sido

esperado durante más de cinco años, y todavía no ha aparecido. Escribió sólo un artículo de

veintisiete páginas sobre el material que tiene en su poder. Aparte de esto, publcó un artículo sobre

las inscripciones samaritanas, una traducción del estudio de Milik sobre Qumran y, como veremos,

una crítica larga y hostil sobre un miembro del equipo internacional que desafió la interpretación

del consenso. No son unos antecedentes muy impresionantes para un hombre que dedicó una vida a

trabajar en un campo que depende de la publicación. Por otra parte, permitió a estudiantes

graduados selectos que trabajasen con textos originales para la elaboración de sus tesis doctorales,

ganando así prestigio para ellos mismos, para su mentor y para la Harvard University.

En general, bajo los auspicios de Strugnell, el equipo internacional continuó haciendo casi lo

mismo de antes. Es interesante comparar sus progresos con los de los especialistas que trabajaban

en un corpus diferentes de textos, los llamados Evangelios gnósticos descubiertos en Nag

Hammadi, Egipto.

Los rollos de Nag Hammadi fueron encontrados en 1945, dos años antes que los rollos del mar

Muerto. Para 1948 habían sido todos comprados por el Museo Copto de El Cairo. Hubo al

comienzo un intento de establecer sobre el material un monopolio estilo Qumran. También obra un

enclave de estudiosos franceses, y el resultado fue que la iniciación del trabajo se retrasó hasta

1956. Acababa finalmente de ponerse en marcha cuando fue interrumpido por la crisis de Suez. Sin

embargo, tras esta demora, los rollos fueron entregados en 1966 a un equipo internacional de

especialistas para su traducción y publicación. El director de ese equipo era el protesor James M.

Robinson del Institute for Antiquity and Christianity de la Claremont Graduate School, California.

Cuando le mencionamos al profesor Robinson el equipo a cargo de los textos de Qumran. se puso

mordaz. Los estudiosos de Qumran, dijo el profesor Robinson, ya no tienen que labrarse

reputaciones; todo lo que les queda es deshacerlas.

El profesor Robinson y su equipo, por contraste, avanzaron con impresionante rapidez. A los tres

años de trabajo, se puso a disposición de los estudiosos una cantidad de transcripciones y

traducciones preliminares. En 1973 toda la biblioteca de Nag Hammadi estaba en borrador de

traducción al inglés, y circulaba con total libertad entre investigadores interesados. En 1977 se

publicaron todos los códices de Nag Hammadi, en edición facsimilar y popular: un total de cuarenta

y seis libros más algunos fragmentos no identificados. Por lo tanto Robinson y su equipo tardaron

sólo once años en publicar los rollos de Nag Hammadi.

De acuerdo, los textos de Qumran eran más numerosos y presentaban problemas más complejos

que los de Nag Hammadi. Pero aún teniendo esto en cuenta, los antecedentes del equipo de De

Vaux no inspiran confianza. Cuando se formó en 1953, el objetivo declarado de sus integrantes era

publicar todos los rollos encontrados en Qumran en ediciones definitivas, formando una serie que

editaría la Oxford University Press como Discoveries in the Judaean Desert of Jordan.

El primer volumen apareció con bastante rapidez, en 1955, y se ocupó de fragmentos encontrados

en la cueva original de Qumran, ahora designada oficialmente como cueva 1. El volumen siguiente

no apareció hasta 1961, seis años más tarde, y no incluía ningún texto de Qumran sino material

encontrado en las cuevas vecinas de Murabbaat. En 1963 apareció un tercer volumen, dedicado

principalmente a fragmentos de rollos de cueva 2, cueva 3 y cuevas 5-10. De esos fragmentos el

más completo y más importante era el Rollo de cobre, encontrado en cueva 3. Aparte del Rollo de

cobre, el texto más largo superaba apenas las sesenta líneas, y la mayoría andaban entre las cuatro y

las doce líneas. Pero los fragmentos también presentaban dos copias de un texto conocido como El

libro de los jubileos. Más tarde aparecería otra copia del mismo texto en Masada, revelando que los

defensores de la fortaleza usaban el mismo calendario que la comunidad de Qumran, y

demostrando conexiones más estrechas entre los dos lugares de lo que al padre De Vaux le

resultaba cómodo reconocer

El cuarto volumen de Discoveries in the Judaean Desert apareció en 1965, bajo la dirección de

James A. Sanders. Pero el profesor Sanders no era integrante del equipo de De Vaux. El rollo que

estudió -un volumen de salmos- había sido encontrado por un beduino en la cueva 11 en 1956 y

llevado, junto con una cantidad de fragmentos, al Museo Rockefeller. Al no aparecer ningún

comprador, el material fue guardado en una de las cajas fuertes del museo, a la que nadie tenía

acceso. Allí quedó hasta 1961, cuando finalmente se le permitió al Albright Institute comprarlo con

fondos proporcionados por Kenneth y Elizabeth Bechtel de la Bechtel Corporation, una gigantesca

empresa constructora norteamericana con muchos intereses en Oriente Medio, muchos contactos

con el gobierno norteamericano y por lo menos alguna relación con la CIA. Por lo tanto el volumen

del profesor Sanders apareció de modo independiente, sin someterse el marco de trabajo y el

calendario fijados por el equipo internacional de De Vaux.

Pero mientras tanto, el grueso del material más copioso y significativo -el verdadero tesoro

encontrado en cueva 4- seguía estando oculto para el público en general y para el mundo

académico. De vez en cuando se filtraban a las publicaciones especializadas pequeños trozos y

tentadores fragmentos. No fue hasta 1968 que apareció la primera publicación oficial de material de

cueva 4, aunque en muy pequeña cantidad. Esa publicación fue auspiciada por el renegado o hereje

del equipo de De Vaux, John Allegro.

Como seguían las demoras en la publicación del material de Qumran, y el tiempo entre la aparición

de los volúmenes se alargaba, empezó a circular la sospecha de que algo no andaba bien. Los

críticos expresaban tres críticas en particular. Se decía que al equipo de De Vaux el material le

resultaba demasiado difícil, demasiado complejo. También se decía que quizá trabajaban despacio

adrede, suprimiendo o por lo menos retardando la publicación de cierto material para ganar tiempo.

Y se decía que el equipo era sencillamente perezoso y holgazán, que disfrutaba de cómodas

prebendas a las que desde luego no tendría ninguna prisa en renunciar. Se señalaba, además, que no

habían ocurrido las mismas demoras con los materiales de Qumran que estaban en manos

norteamericanas e israelíes. Por contraste con el equipo de De Vaux, los estudiosos

norteamericanos e israelíes no habían perdido tiempo en divulgar sus materiales.

El sexto volumen de Discoveries in the Judaean Desert no apareció hasta 1977, nueve años después

de la obra de Allegro. El séptimo volumen no fue publicado hasta 1982, y el octavo hasta 1990. y

este último no se ocupaba de textos de Qumran. Como hemos señalado, a los tres años circulaban

traducciones preliminares de los códices de Nag Hammadi. En el caso del material de Qumran, el

equipo de De Vaux nunca ofreció, hasta hoy, ninguna traducción preliminar. Todo el corpus de Nag

Hammadi estuvo publicado en un lapso de once años. Han pasado casi treinta y ocho años desde

que el equipo de De Vaux inició su trabajo, y hasta ahora ha dado a conocer sólo ocho volúmenes,

menos del veinticinco por ciento del material que tiene en sus manos. Además, como veremos, del

material que ha aparecido poco tiene verdadera importancia.

En una entrevista publicada en el New York Times, Robert Eisenman habló de cómo un pequeño

círculo de especialistas ha podido dominar un campo de investigación durante varias generaciones

(aunque algunos de esos especialistas hace ya años que no existen en su esfera de actividades) y

seguir haciéndolo mediante el control de los cursos para graduados y colocando a su camarilla de

estudiantes y especialistas en las cátedras universitarias más prestigiosas. La Biblical

Archaeological Review, una influyente publicación editada por un abogado de Washington,

Hershel Shanks, describió al equipo internacional de De Vaux como gobernado, hasta donde puede

determinarse, principalmente por la convención, la tradición, la colegialidad y la inercia. Según esta

publicación, los que custodian los tienen las golosinas, que reparten con cuentagotas. Eso les da

status. poder académico y les infla maravillosamente el ego. Por qué renunciar a eso? Y en una

conferencia sobre los rollos organizada en 1985 por la New York University, el profesor Morton

Smith, uno de los nombres más distinguidos en el campo de los estudios bíblicos contemporáneos,

abrió su intervención con estas duras palabras: Pensaba hablar de los escándalos de los documentos

del mar Muerto. pero esos escándalos resultaron ser demasiado numerosos, demasiado conocidos y

demasiado desagradables.

Cómo respondieron los integrantes del equipo internacional a tan irrecusable condena? Del equipo

internacional original convocado en 1953 sólo quedan hoy con vida tres miembros. Joseph Milik,

que desde entonces ha abandonado el sacerdocio, lleva, como hemos visto, una vida de recluso

esquivo en Paris. Los profesores John Strugnell y Frank Cross estaban en el Instituto de Teología

de la Harvard University. De los dos, el profesor Cross demostró ser el más accesible, y aceptó

contestar preguntas sobre las demoras de publicación. En una entrevista para el New York Times,

admitió que el avance había sido lento por lo general, y ofreció dos explicaciones. La mayoría de

los integrantes del equipo, dijo, enseñaban con dedicación plena, y sólo podían ir a Jerusalén a

trabajar en el material en las vacaciones de verano. Y los rollos que todavía no se han publicado,

agregó, están tan fragmentados que resulta difícil unirlos, más todavía traducirlos. Es el

rompecabezas más fantástico del mundo, señaló en otra ocasión. Sería desde luego imprudente

subestimar la complejidad del trabajo que realizaban Cross y sus colegas. La miríada de fragmentos

de textos encontrados en Qumran constituye por cierto un amedrentador rompecabezas. No

obstante, las explicaciones de Cross no son del todo convincentes. Es muy cierto que los miembros

del equipo internacional se dedican activamente a la enseñanza y tienen sólo un tiempo limitado

para permanecer en Jerusalén; pero Cross no mencionó que la mayor parte del trabajo sobre los

rollos se hace ahora con fotografías, que no obligan al investigador a viajar a ninguna parte. En

realidad, el estado de la fotografía hoy en día hace a veces más fácil, y más confiable, trabajar con

fotografías que con pergaminos. En cuanto a la complejidad del rompecabezas, Cross contradijo su

propio argumento. Nada menos que en 1958, escribió que la mayoría de los fragmentos de los

rollos en manos del equipo ya habían sido identificados; en realidad estaban identificados desde el

verano de 1956. Según John Allegro, en un artículo escrito en 1964, el ensamblado e identificación

de todo el material de cueva 4 -el más copioso- estuvo casi completo en 196061. La tarea de

identificación del material tampoco era siempre tan difícil como podría hacernos creer el profesor

Cross. En una carta a John Allegro, fechada el 13 de diciembre de 1955, Strugnell escribió que

material de cueva 4 por valor de tres mil libras acababa de ser comprado e identificado en una

tarde. Fotografiar todo el material, agregó, llevaría no más de una semana.

Aun antes de romper el consenso del equipo internacional, Allegro estaba preocupado por acelerar

las cosas, y se mostraba escéptico acerca de las diversas razones que se esgrimían para no hacerlo.

Pero que De Vaux le escribiese el 22 de marzo de 1959 diciendo que todos los textos de Qumran

estarían publicados, y Discoveries in de Judaean Desert completo, a mediados de 1962, la fecha

prevista para el último volumen de Strugnell, sería solamente para salvar las apariencias? En la

misma carta, De Vaux afirmaba que el trabajo sobre los textos originales concluiría en junio de

1960, tras lo cual serían devueltos a las distintas instituciones que habían pagado por ellos. Hoy,

más de treinta años después de la carta de De Vaux, los sobrevivientes de su equipo todavía se

aferran a los rollos que tienen en su poder, insistiendo en la necesidad de proseguir con la

investigación. Y, vale la pena repetirlo, lo que voluntariamente se ha divulgado es, en su mayor

parte, lo menos importante.

En general, se clasifica a los textos de Qumran en dos categorías. Por un lado, hay un corpus de

copias tempranas de textos bíblicos, algunos con interpretaciones ligeramente diferentes. A eso se

lo llama material bíblico. Por otro lado, hay un corpus de material no bíblico que consiste ante todo

en documentos que no se conocían antes y que se podría rotular como material sectario. No hace

falta decir que la mayoría de los profanos considera instintivamente que es el material bíblico el

que tiene mayor interés e importancia: la simple palabra bíblico provoca asociaciones en la mente

que llevan automáticamente a esa suposición. Que sepamos, fue Eisenman el primero en detectar, y

sin duda el primero en subrayar que aquí hay un sofisma. Porque el material bíblico es

perfectamente inofensivo y nada conflictivo, y no contiene revelaciones de ningún tipo. Consiste en

poco más que copias de libros del Antiguo Testamento, más o menos las mismas que hay

publicadas, en todo caso con modificaciones menores. No hay allí nada radicalmente nuevo. En

realidad, los textos más significativos no comprenden la literatura bíblica sino la literatura sectaria.

Son esos textos -normas, comentarios bíblicos, tratados teológicos, astrológicos y mesiánicos- los

que tienen relación con la secta que presuntamente residió en Qumran y con sus enseñanzas.

Etiquetar ese material como sectario es una manera hábil y eficaz de restarle interés. Así, se lo

representa como la peculiar doctrina de un culto marginal e inconformista, una congregación

pequeña y muy poco representativa divorciada y totalmente periférica de la supuesta corriente

principal del judaísmo y el cristianismo primitivo, fenómenos con los que en realidad guarda la más

pertinente relación. De este modo, se manipula al profano y se lo lleva a aceptar el consenso: que la

comunidad de Qumran era la de los llamados esenios y que los esenios, aunque interesantes como

novedad periférica, no tienen ningún peso sobre cuestiones más amplias. La realidad, como

veremos, es muy diferente, y los textos sectarios someramente desechados demostrarán contener un

material de naturaleza verdaderamente explosiva.

3. El escándalo de los rollos.

Paradójicamente, no fue un especialista bíblico, ni un experto en la materia, sino un profano, el

primero en detectar algo sospechoso en la postura del equipo internacional. El profano era el

distinguido crítico literario y cultural norteamericano Edmund Wilson, a quien la mayoría de los

estudiantes de Gran Bretaña y Estados Unidos habrán conocido mediante su obra en campos muy

alejados de Qumran y de la Palestina del siglo 1. Se lo conoce por sus propias obras de ficción: I

Thought of Daisy, en especial, Memorias del condado de Hecate. Se lo conoce como el autor de El

Castillo de Axel, un estudio original y pionero sobre la influencia del simbolismo francés en la

literatura del siglo xx. Se lo conoce por To the Finland Station, relato de las maquinaciones de

Lenin y del secuestro de la Revolución Rusa por los bolcheviques. Y se lo conoce por la grotesca y

muy publicitada disputa que motivó con su ex arnigo Vladimir Nabokov, al atreverse a cuestionar

la traducción de Nabokov del Eugenio Oneguín de Pushkin.

Como lo demostró su controversia con Nabokov, Wilson no tenía escrúpulos en lanzarse a aguas

que no pertenecían al dominio oficialmente reconocido de su especialidad. Pero quizá era esa

temeridad lo que necesitaba la investigación de Qumran: la perspectiva de alguien de afuera, de un

hombre capaz de establecer algo así como una visión de conjunto. Wilson, en 1955, escribió un

extenso artículo sobre los rollos del mar Muerto para el New Yorker: un artículo que, por primera

vez, hizo de los rollos una frase familiar y generó interés hacia ellos en el público en general. En el

mismo año, Wilson expandió el artículo y lo publicó como libro, The Scrolls from the Dead Sea.

Catorce años más tarde, en 1969, ese texto fue expandido otra vez para abarcar nuevo material, y

reeditado con virtualmente el doble de la extensión original. Hasta el día de hoy ese libro, de todos

los escritos por profanos sobre los rollos de Qumran sigue siendo una de las obras de investigación

básicas y más popuiares. Pero aunque Wilson era un profano en el campo de la erudición bíblica,

no era por cierto un simple amateur o aficionado; ni siquiera el equipo internacional del padre De

Vaux podía impugnar su integridad alta seriedad Wilson estaba entonces en condiciones, en

nombre del público culto, de pedirles de alguna manera cuentas.

Ya en 1955 Wilson detectó el deseo, por parte de los expertos de alejar los rollos de Qumran tanto

del judaísmo como del cristianismo. Los expertos, le pareció, protestaban con demasiada

vehemencia y eso despertó sus sospechas: En cuanto se empieza a estudiar las controversias

provocadas por los rollos del mar Muerto, uno toma conciencia de cierta tensión. Pero no toda la

tensión nace de los problemas de fechación, tan disputados al principio, y la contienda acerca de la

fechación ocultaba quizá otras preocupaciones que las puramente académicas.

Wilson recalcaba lo mucho que había en común entre los rollos y el Judaismo rabínico tal como

estaba surgiendo durante el siglo I d. de C y las primeras formas de cristianismo; y notó una

acusada inhibición, por parte de los especialistas tanto de orientación judaica como cristiana, para

hacer las a menudo obvias asociaciones:

Uno quisiera ver que se discuten esos problemas, y mientras tanto uno no puede dejar de

preguntarse si los estudiosos que han estado trabajando en los rollos -tantos de los cuales han

ingresado en órdenes cristianas o han sido formados en la tradición rabínica no habrán sufrido una

cierta inhibición al tratar ese tipo de cuestiones debido a sus diversos compromisos religiosos., uno

siente un cierto nerviosismo, una reticencia, a tomar el tema y ponerlo en perspectiva histórica.

Siguiendo la tradición académica Wilson es, por supuesto, discreto, y plantea una acusación

bastante seria en el más diplomático de los lenguajes. Él mismo no tuvo dudas en tomar el tema y

colocarlo en perpectiva histórica

Si de todas maneras miramos a Jesús en la perspectiva que nos ofrecen los rollos, podemos trazar

una nueva continuidad y, por fin, comprender algo el drama que culminó en el cristianismo. El

monasterio [de Qumran]. es tal vez, más que Belén o Nazaret, la cuna del cristianismo.

Es característico y típico de la especialidad bíblica, y en particular de la especialidad relacionada

con los rollos, que no hiciesen esa asociación los expertos del tema sino un observador astuto e

informado. Pues fue Wilson quien dio expresión precisa y sucinta a las mismas cuestiones que el

equipo internacional intentaba tan diligentemente eludir.

De esas imputaciones sobre los prejuicios de la mayoría de los especialistas bíblicos se hizo eco

personalmente, ante nosotros, Philip Davies, profesor de Estudios Bíblicos de la Universidad de

Sheffield y autor de dos libros sobre el material de Qumran. Como señaló el profesor Davies, la

mayoría de los estudiosos de los rollos eran -y siguen siendo, si vamos al caso- de orientación

cristiana, con estudios centrados ante todo en el Nuevo Testamento. Conocía a unos cuantos, dijo,

cuya investigación entraba a veces en doloroso conflicto con las creencias personales que sostenían

con mayor pasión, y se preguntaba si en esos casos era realmente posible la objetividad. El profesor

Davies insistió en la perenne confusión de teología con historia. Con demasiada frecuencia, dijo, se

enseñaba el Nuevo Testamento no como si fuese la primera sino como si fuese la segunda, como un

relato literal y preciso de los hechos del primer siglo. Y si uno toma el Nuevo Testamento -los

Evangelios y los Hechos de los Apóstoles- como incontrovertible realidad histórica, resulta

imposible hacerles justicia académica a los rollos. En efecto, la doctrina cristiana dicta la agenda.

Como Edmund Wilson era un profano, el equipo internacional se las arregló adoptando hacia él una

actitud de condescendencia. Era demasiado eminente para poder insultarlo o injuriarlo; pero se lo

podía pasar por alto o quitarle importancia desdeñosamente tratándolo de aficionado inteligente y

bien intencionado que simplemente no entendía las complejidades y las sutilezas del asunto, y que

con su supuesta ingenuidad podía hacer declaraciones imprudentes. Es así como muchos estudiosos

se sintieron intimidados y no dijeron lo que realmente pensaban. Las reputaciones académicas son

cosas frágiles, y sólo los individuos más audaces y seguros podían darse el lujo de correr el riesgo:

el riesgo de ser desacreditado, de ser aislado por un aluvión de críticas concertadas de los

adherentes al consenso. Los rollos son un feudo, dijo Shemaryahu Talmon, destacado profesor

israelí de la materia; y los especialistas que los monopolizaban eran, en efecto, una camarilla.

Pero ni siquiera camarillas como ésa son tan omnipotentes como para reprimir la disidencia.

Edmund Wilson podía haber sido un profano, pero la desviación del consenso marcado por el

equipo internacional empezaba a asomar dentro de la encapullada esfera de la propia especialidad

bíblica. Ya en 1950, cinco años antes del libro de Wilson, André Dupont-Sommer, profesor de

Lengua y Civilización Semítica en la Sorbona, había publicado un artículo que causó sensación. Se

refería a uno de los textos de Qumran recientemente traducidos. Ese texto describía, explicó a su

público, una autotitulada Secta de la Nueva Alianza, a cuyo conductor, conocido como el Maestro

de Justicia, se lo consideraba un Mesías, y fue perseguido, torturado y martirizado. Los discípulos

del Maestro creían que el fin del mundo era inminente, y que sólo los que tuviesen fe en él se

salvarían. Y aunque con cautela, Dupont-Sommer no vaciló en extraer la obvia conclusión: que el

Maestro de Justicia era en muchos sentidos el exacto prototipo de Jesús.

Esas afirmaciones despertaron airadas protestas. Se las veía como un ataque a la unicidad y

originalidad de Jesús, y el establishment católico, especialmente en Francia y Estados Unidos,

empezó a soltar su artillería crítica. El propio Dupont-Sommer quedó bastante sorprendido por la

reacción y, en declaraciones posteriores, se refugió detrás de una fraseología más circunspecta.

Cualquiera que estuviese dispuesto a apoyarlo también se vio obligado, por un tiempo, a agachar la

cabeza y protegerse. Pero la semilla de la duda estaba plantada, y con el tiempo fructificaría. Desde

el punto de vista de la tradición teológica cristiana, esa fruta sería especialmente venenosa cuando

se desarrolló en el seno del propio equipo internacional, en los mismísimos recintos de la rollería

del Museo Rockefeller.

Entre los estudiosos del primer equipo internacional del padre De Vaux quizá el más dinámico,

original y audaz era John Marco Allegro. Sin duda era el más espontáneo, el de mentalidad más

independiente, el que más se resistía a la supresión de material. Nacido en 1923, sirvió en la Royal

Navy durante la guerra y en 1947 -el año en que fueron descubiertos los rollos del mar Muerto-

entró en la Manchester University para estudiar lógica, griego y hebreo. Un año más tarde cambió a

la licenciatura de Estudios Semíticos. También se interesó en la filología, el estudio de los orígenes

del lenguaje, su estructura subyacente y su desarrollo. Empleando en los textos bíblicos sus

conocimientos filológicos, pronto se convenció de que no se podía tomar las Escrituras en el

sentido literal y se declaró agnóstico. En junio de 1951 se licenció con los máximos honores en

Estudios Orientales, y el año siguiente recibió el master por la tesis Estudio lingüístico de los

oráculos de Balaam en el Libro de los Números. En octubre de ese mismo año se matriculó en el

programa de doctorado en Oxford bajo la supervisión de un eminente especialista semítico, el

profesor Godfrey R. Driver. Un año más tarde, Driver lo recomendó para el equipo internacional

que estaba organizando De Vaux, en el que se hizo cargo de los decisivos materiales encontrados

en cueva 4 de Qumran. Partió para Jerusalén en 1953. A esa altura ya había publicado cuatro

aplaudidos artículos en revistas académicas, acumulando así más antecedentes de los que podía

mostrar cualquier otro integrante del equipo.

En 1956, Allegro publicó un libro popular, The Dead Sea Scrolls, al que sumó en 1968 su propia

investigación en los textos y fragmentos de cueva 4 incluidos en en el quinto volumen de la serie

definitiva de Oxford University Press, Discoveries in the Judaean Desert. Llegado a ese punto,

Allegro era una de las figuras más estimadas y prestigiosas del campo de la investigación bíblica.

Sin embargo, dos años más tarde abandonaría a los colegas del equipo internacional, daría la

espalda al mundo académico y renunciaría a su cargo universitario en Manchester. También sena

vilipendiado y desacreditado. Qué había ocurrido?

Pronto fue claro, tanto para la comunidad académica en general como para el equipo internacional,

que Allegro era el único del grupo que no sólo era agnóstico sino que no tenía inhibiciones en

revolver el avispero. Libre de ataduras religiosas personales, explicaba las cosas como las veía, a

veces impetuosamente; y en seguida perdió la paciencia ante la negativa de sus colegas a tolerar

cualquier teoría, o hasta pruebas, que pudiesen contradecir la línea partidaria aceptada en cuanto al

origen cristiano. En especial lo exasperaron los esforzados intentos de poner distancia entre el

cristianismo y los rollos y la comunidad de Qumran. Insistía en la obvia relación que había entre las

dos cosas, y sugería que esa relación podía ser más estrecha de lo que hasta el momento nadie había

creído. o por lo menos se había atrevido a suponer.

La primera tormenta grande ocurrió en 1956, cuando Allegro aceptó dar una serie de tres charlas

cortas acerca de los rollos del mar Muerto, para ser transmitidas por radio en el norte de Inglaterra

los días 16, 23 y 30 de enero. Era evidente que se proponía acelerar el ritmo de investigación de los

rollos inyectando un elemento de emoción y de polémica. Pienso que debemos buscar fuegos

artificiales, le escribió imprudentemente a John Strugnell, que estaba entonces en Jerusalén.

Allegro no se dio cuenta de que esas palabras harían sonar la alarma en la rollería, dominada por

católicos. Inconsciente de todo eso, agregó que estudios recientes de mis fragmentos me han

convencido de que Dupont-Sommer tenía más razón de lo que él sabía. En esa época,

aparentemente, Strugnell estaba considerando hacer una carrera dentro de la Iglesia. Allegro le dijo

humorísticamente: En tu lugar, yo no me preocuparía por ese empleo teológico: cuando yo termine

mi investigación, no te quedará Iglesia donde entrar.

La primera y la segunda charlas radiofónicas de Allegro no llamaron demasiado la atención en

Gran Bretaña, pero sobre la segunda hizo un artículo el New York Times, que no lo entendió bien y

lo citó mal pero que generó una ola de discusiones. La tercera charla, emitída el 30 de enero, fue

seguida el 5 de febrero por un artículo en el New York Times que no nodía dejar de causar

sensación. Ven Bases Cristianas En Los Rollos, proclamaba el titular:

Pueden verse los orígenes de algunos rituales y doctrinas cristianos en los documentos de una secta

extremista judía que existió durante más de cien años antes del nacimiento de Jesucristo. Ésta es la

interpretación que da a la fabulosa colección de los rollos del mar Muerto uno de los integrantes de

un equipo internacional de siete especialistas. John Allegro dijo anoche en un programa de radio

que las bases históricas de la Ultima Cena y por lo menos parte del Padrenuestro y de las

enseñanzas de Jesús del Nuevo Testamento pueden atribuirse a los qumranianos.

El mismo artículo insinuaba que podían presentarse problemas al citar a un estudioso católico que

había dicho que ahora cualquier vara parece adecuada para vapulear al cristianismo siempre que se

la use para quebrantar la fe en la singularidad de Jesús. Allegro, en verdad, estaba empezando a

violar un territorio realmente muy delicado. El 6 de febrero la revista Time publicó un artículo

titulado Crucifixión antes de Cristo. Dos días más tarde, The Times informaba que tres dirigentes

religiosos norteamericanos, uno judío, uno católico y uno protestante, se habían puesto de acuerdo

para refutar a Allegro y para condenar cualquier intento de representar a los esenios como

Precursores del cristianismo. Desde luego, toda esa controversia llegaba a conocimiento de De

Vaux, junto con peticiones de que hiciese algo. Allegro, mientras tanto, parecía casi ingenuamente

despreocupado. El 9 de febrero le escribió a De Vaux para decirle que lo estaban acusando de decir

muchas cosas asombrosas, algunas de las cuales son ciertas, y en verdad prodigiosas, y de otras que

salen de la pluma de periodistas ansiosos.

Está claro, mirando hacia atrás, que Allegro nunca comprendió del todo cuán sacrosanta era la idea

de la singularidad de Jesús, y que en consecuencia subestimó hasta qué extremos llegarían De Vaux

y otros miembros del equipo internacional para distanciarse de ese estilo contundente. Ese había

sido su único error: esperar que los colegas aceptasen sus declaraciones sin dejar que las propias

lealtades religiosas influyesen en sus opiniones. La inocente broma de que, para cuando terrninase

su investigación, no le quedaría a Strugnell Iglesia donde entrar, da fe de su convicción de que el

material era importante y decisivo, y de su entusiasmo ante el descubrimiento.

El 11 de febrero De. Vaux le contestó a Allegro con suma seriedad. Todos los textos que tenía

Allegro a su disposición, decía De Vaux estaban también a disposición de los demás integrantes del

equipo en Jerusalén, que no habían encontrado en ellos nada que respaldase la interpretación de

Allegro.

En su respuesta del 20 de febrero, Allegro trató de mantenerse firme y al mismo tiempo reparar la

grieta que lo separaba de los colegas y calmar la polémica pública: Discúlpeme si pienso que todo

el mundo se está volviendo loco de atar. Adjunto las charlas radiofónicas, como usted me pide y, si

después de leerlas se queda pensando a qué se debe todo este lío, sentirá exactamente lo que siento

yo. Como se decía que Strugnell y Milik estaban preparando refutaciones de lo que él había

declarado, comentó: No estoy librando ninguna guerra contra la Iglesia; si lo hiciera puedo

asegurarle que no dejaría cabos sueltos. Reafirmo todo lo que dije en las tres charlas, pero estoy

dispuesto a creer que puede haber otras interpretaciones de los materiales que he leído.

El 4 de marzo contestó De Vaux, advirtiéndole a Allegro que sí se estaba preparando una

refutación. Pero esa refutación no sería sólo obra de Strugnell y Milik. Tampoco se circunscribiría a

una publicación académica. Por el contrario, tendría forma de carta a The Times de Londres y

llevaría la firma de todos los miembros del equipo internacional.

En vez de acobardarse, Allegro adoptó un tono desafiante. Respondió sin pelos en la lengua, que

una carta a The Times sería extremadamente interesante para el público de Londres, que nunca

escuchó mis charlas.

Ya le he señalado a usted que esas emisiones fueron hechas desde la radio local de la zona norte.

Usted y sus amigos aparentemente van a llamar ahora la atención de la prensa sensacionalista de

este país sobre esos pasajes de los que ni ellos ni la mayoría de sus lectores estaban enterados, e

iniciar una caza de brujas. Lo felicito. Lo que ocurrirá con seguridad es que los periodistas, al oler

que hay dificultades, se lanzarán sobre mí como aves de presa con la intención de saber qué ocurre.,

habrán echado leña al fuego de algo que parece una controversia creciente entre los eclesiásticos

del equipo de los rollos y el único miembro no comprometido.

Llegó a invocar a Edmund Wilson, indicando lo preocupado que tendría que estar el equipo de De

Vaux por las sospechas que éste había expresado. Trataba, en realidad, de utilizar a Wilson como

disuasivo.

Teniendo en cuenta lo que Wilson ha dicho ya sobre la resistencia de la Iglesia a abordar esos

textos con objetividad, se imaginará usted lo que puede salir de este lío.

Con todo respeto, debo señalarle a usted que esos disparates de Wilson han sido tomados en serio

aquí. En cada conferencia que doy sobre los rollos, surge la misma vieja pregunta: es verdad que la

Iglesia está asustada. y podemos estar seguros de que todo se publicará? Esto nos puede parecer

tonto a usted y a mí, pero es una duda seria en la mente de la gente común. No hace falta que le

diga qué efecto tendrán las firmas de tres sacerdotes romanos al pie de la carta que ustedes

proyectan.

Parece evidente que a esa altura Allegro se estaba poniendo nervioso. El 6 de marzo le escribió a

Frank Cross, otro integrante del equipo internacional que acababa de recibir una oferta de la

Harvard University: Me alegro mucho de lo de Harvard. No sólo porque le restan importancia a

esto del cristianismo. Pero en la misma carta admitía que el aluvión de críticas lo estaba

desgastando y que física y mentalmente se sentía al borde del colapso. Desde luego, no tenía

ningún deseo de ver publicada una carta que lo apartaba públicamente del resto de los integrantes

del equipo e impugnaba por lo tanto su credibilidad.

Pero ya era demasiado tarde. El 16 de marzo apareció como era de esperar la carta en The Times,

firmada por Strugnell además de los padres De Maux, Milik, Skehan y Starcky, la mayoría de los

peces gordos del equipo:

No existen textos inéditos a disposición del señor Allegro fuera de aquellos cuyos originales están

actualmente en el Museo Arqueológico Palestino donde trabajamos. Tras la aparición en la prensa

de citas de las emisiones radiofónicas del señor Allegro, no pudimos ver en los textos los

descubrimientos de los que habla el señor Allegro.

No encontramos crucifixión del maestro, ni deposición de la cruz, ni cuerpo quebrantado del

Maestro ante el que se deberá montar guardia hasta el día del Juicio Final. No hay por lo tanto una

bien definida pauta esenia en la que encaja perfectamente Jesús de Nazaret, como se le atribuye

haber dicho en un reportaje al señor Allegro. Tenemos el convencimiento de que el señor Allegro o

ha leído mal los textos o ha desarrollado una cadena de conjeturas que los materiales no confirman.

La publicación de este tipo de acusación -especialmente en una carta a The Times- revela un

comportamiento bastante singular. Refleja claramente a un cónclave de académicos que se

confabula contra uno de sus miembros. Obligado a defenderse, Allegro respondió con una carta

dirigida también a The Times y que explicaba y justificaba su posición:

Con respecto a esto, en la fraseología del Nuevo Testamento encontramos muchos puntos de

semejanza con la literatura de Qumran, dado que la secta también esperaba el advenimiento de un

Mesías davídico que surgiría con el sacerdote en los últimos días. Es en este sentido que Jesús

encaja en una bien definida pauta mesiánica. No hay nada especialmente nuevo ni sorprendente en

esta idea.

Es una declaración razonable, una corrección legítima de un importante error de cita. Indica

también cuán impacientes estaban los colegas de Allegro por atacarlo, por encontrar una excusa

para desacreditarlo. De todas formas, Allegro añadió: Es cierto que material inédito en mi custodia

me ha predispuesto a aceptar ciertas sugerencias hechas con anterioridad por otros colegas

basándose, parece en fundamentos insuficientes.

La hostilidad y las riñas continuaron hasta que el 8 de marzo, finalmente, Allegro le escribió una

airada carta a Strugnell:

Parece que todavía no entiendes lo que hiciste al escribir una carta a un periódico con la intención

de manchar las palabras de tu colega. Fue algo inaudito, un caso sin precedentes de puñalada

académica en la espalda. No me acuses de exagerar las cosas. Yo estaba aquí en Inglaterra. El

periodista de Reuters que me llamó esta mañana por teléfono reaccionó de una manera clásica: Pero

pensé que ustedes, los académicos, eran gente unida.!. Y cuando se vio que en realidad estabas

citando cosas que yo nunca dije, la inferencia fue clara. Esa carta no fue concebida para responder

de ninguna manera a los intereses de la ciencia académica sino para calmar los miedos de católicos

norteamericanos. Y lo que se saca en conclusión es que ustedes no están de acuerdo con la

interpretación que yo di a ciertos textos, un tema en el que sin duda tengo tantas probabilidades de

acertar como ustedes. En vez de discutirlo en las publicaciones especializadas, pensaron que era

más fácil influir sobre la opinión pública mediante una carta difamatoria a un periódico. Y tienen el