El Escándalo por BL - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

descaro de llamar a eso erudición. Muchacho, eres todavía muy joven, y tienes mucho que

aprender.

Como ya hemos dicho, Allegro fue el primer miembro del equipo internacional en publicar todo el

material que se le había confiado. Continúa siendo el único. John Strugnell, por otra parte,

siguiendo la política del ritmo lento, no ha publicado casi nada de los considerables materiales a su

disposición. El único trabajo importante al que se aplicó, titulado Notas al margen, comprende

ciento trece páginas de críticas a Allegro que Eisenman llama ataque malicioso.

Mientras tanto, el daño estaba hecho. La carta a The Times firmada por De Vaux y otros tres

eclesiásticos dio efectivamente rienda suelta a la maquinaria de propaganda católica. El oprobio y

el vilipendio se intensificaron. En junio de 1956, por ejemplo, un comentarista jesuita publicó en el

Irish Digest un artículo titulado La verdad acerca de los rollos del mar Muerto. Atacaba a Wilson, a

Dupont-Sommer y especialmente a Allegro. Y luego llegaba a hacer la extraordinaria afirmación de

que es sorprendente lo poco que agregan los rollos a nuestro conocimiento de las doctrinas

corrientes entre los judíos desde, digamos, 200 a. de C. hasta la era cristiana. Concluía en tono

decididamente incendiario: No fue de esa secta que Jesús aprendió a ser el Mesías. Más bien, fue en

ese suelo donde brotaron las espinas que ahogarían la semilla del Evangelio. Ahora no presentaban

a Allegro simplemente como un especialista equivocado sino como un verdadero Anticristo.

Cuando todavía no había salido del centro de esa controversia, Allegro ya se estaba metiendo en

otra. La manzana de la discordia era el llamado Rollo de cobre, encontrado en cueva 3 de Qumran

en 1959. Como ya hemos señalado, los dos fragmentos que componían el Rollo de cobre no fueron

abiertos durante tres años y medio. Abundaban las especulaciones sobre su contenido. Un

investigador intentó leer las muescas que sobresalían en el cobre y que se veían en el lado exterior

del rollo. Parecía que decían, propuso, algo sobre el tesoro. Eso provocó las burlas del equipo

internacional. Sin embargo, se demostró que era una interpretación correcta.

En 1955, un año antes de su disputa pública con los colegas del equipo internacional, Allegro había

discutido el problema del Rollo de cobre con el profesor H. Wright-Baker del Manchester College

of Technology. Wright-Baker invento una máquina que podía cortar el delgado cobre en tiras,

permitiendo así leer el texto. Por lo tanto el primero de los dos fragmentos fue enviado a

Manchester, al cuidado de Allegro, en el verano de 1955. La máquina de Wright-Baker hizo su

tarea, y Allegro se embarcó rápidamente en la traducción de lo que había sido revelado. El

contenido del fragmento demostró ser tan extraordinario que al principio no se lo comunicó a nadie,

ni siquiera a Cross o a Strugnell, que le habían escrito para pedirle detalles. Su reticencia no puede

haber mejorado la relación que tenía con ellos, pero Allegro estaba en realidad esperando que el

segundo fragmento del rollo llegase a Manchester. Sentía que cualquier revelación parcial o

prematura de contenido del rollo podía poner todo en peligro. Porque lo que contenía el Rollo de

cobre era una lista de lugares secretos donde pretendidamente se había enterrado el tesoro del

Templo de Jerusalén.

El segundo fragmento llegó a Manchester en enero de 1956. Fue rápidamente cortado y traducido.

Ambos fragmentos, junto con las correspondientes traducciones, fueron luego devueltos a

Jerusalén. Sólo entonces comenzaron las verdaderas demoras. De Vaux y el equipo internacional

estaban preocupados por tres cosas.

Su primera inquietud era válida. Si se divulgaba el contenido del rollo y empezaban a circular

historias acerca de un tesoro enterrado; los beduinos cavarían todo el desierto de Judea y buena

parte de lo que encontrasen podría desaparecer para siempre o eludir las manos de los especialistas

y perderse en el mercado negro. En realidad ya estaba ocurriendo algo de eso. Al descubrir o

enterarse de la existencia de un lugar potencialmente productivo, los beduinos instalaban encima

una enorme tienda negra y lo saqueaban y vendían el botín en forma secreta a anticuarios.

A De Vaux y al equipo internacional también les preocupaba que el tesoro inventariado en el Rollo

de cobre pudiese existir en verdad, que no fuese un tesoro imaginario sino real. Si fuera real,

atraería inevitablemente la atención del gobierno israelí, que lo reclarnaría casi con seguridad. Eso

no sólo podría apartarlo de la autoridad del equipo internacional sino desatar una gran crisis

política, porque aunque el reclamo israelí fuese legítimo, gran parte del tesoro, y el rollo que

especificaba dónde encontrarlo, había sido descubierto en territorio jordano.

Si el tesoro fuese real, habría además razones teológicas para preocuparse. De Vaux y su equipo

habían estado tratando de pintar a la comunidad de Qumran como un enclave aislado, sin relación

con los acontecimientos públicos de la corriente principal de la historia del primer siglo. Si el Rollo

de cobre indicaba en verdad dónde estaban ocultos los tesoros del Templo, ya no se podría

representar a Qumran como se lo estaba haciendo. Por el contrario, sería evidente la relación entre

Qumran y el Templo, foco y centro de todas las actividades judaicas. Qumran dejaría de ser un

fenómeno independiente y aislado, y pasaría a formar parte de algo mucho más amplio: algo que

podría invadir peligrosamente los orígenes del cristianismo. Y un detalle todavía más inquietante: si

el Rollo de cobre se refería a un tesoro verdadero, éste sólo podía ser el tesoro sacado del Templo

como consecuencia de la sublevación de 66. Eso trastornaría la fechación segura que el equipo

internacional había establecido para todo el corpus de rollos.

La combinación de todos esos factores aconsejaba correr un velo sobre el descubrimiento. Al

principio Allegro no se opuso, convencido de que la demora en la divulgación de información sobre

el Rollo de cobre sería temporánea. Por consiguiente, aceptó no decir nada sobre el rollo en el libro

que estaba preparando: su introducción general al material de Qumran, cuya aparición estaba

anunciada por Penguin Books para fines de 1956. Mientras tanto, decidieron, el padre Milik

prepararía una traducción definitiva del Rollo de cobre y luego Allegro escribiría otro libro popular

dirigido ai público en general.

Allegro había consentido en que se retuviese por un tiempo la información sobre el Rollo de cobre.

No imaginaba, por cierto, que esa demora se prolongaría indefinidamente. Y aún menos que el

equipo internacional minimizaría la importancia del rollo dando como puramente ficticio el tesoro

que inventariaba. Cuando Milik hizo eso Allegro no sospechó al principio que hubiese una

conspiración. En una carta a otro de sus colegas, fechada el 6 de abril de 1956, dio rienda suelta a

su impaciencia, pero seguía entusiasmado y optimista, y aludía a Milik con arrogante desdén:

Sólo Dios sabe cuándo irán nuestros amigos de Jerusalén a divulgar el contenido del rollo de cobre,

si es que algún día lo hacen Es verdaderamente fabuloso (Milik piensa eso literalmente, pero es un

papanatas). Imagínate el dolor de tener que dejar ir a la imprenta mi [libro] sin poder revelar una

palabra.

Un mes más tarde, Allegro le escribió a Gerald Lankester Harding, encargado del departamento de

Antigüedades jordano y colega de De Vaux. Quizá ya sentía que había algo en el aire y trataba de

evitar el contacto personal con De Vaux, dirigiéndose a una autoridad alternativa no católica. De

todos modos, señaló que en cuanto se diese el comunicado de prensa referente al Rollo de cobre,

los periodistas caerían sobre ellos como moscas. Para enfrentar esa contingencia sugirió que

Harding, el equipo internacional y todos los demás involucrados cerrasen filas y adoptasen una

línea partidaria hacia los medios. El 28 de mayo, Harding, que había sido informado y advertido

por De Vauxs le respondió. El tesoro catalogado en el Rollo de cobre, dijo, no parecía tener

ninguna relación con la comunidad de Qumran. Tampoco podía ser un tesoro tangible: el valor de

los artículos detallados era demasiado grande. El Rollo de cobre no era más que una colección de

leyendas sobre tesoros enterrados. Cuatro días más tarde, el 1 de junio, se hizo el comunicado de

prensa oficial sobre el Rollo de cobre. Ese comunicado reflejaba los asertos de Harding. Se decía

que el rollo contenía una colección de tradiciones sobre tesoros enterrados.

Allegro parece haber quedado anonadado por esa duplicidad. El 5 de junio le escribió a Harding:

No entiendo bien si esa broma sobre las tradiciones que usted y sus compinches han publicado es

para consumo de la prensa, del gobierno, de los beduinos o mío. Quizá hasta ustedes se la creen!.

Pero al mismo tiempo seguía recurriendo todavía a Harding como posible aliado contra la falange

de intereses católicos. No le parecía a Harding ue informar con un poco más de rapidez sobre esos

asuntos de los rollos sería una buena idea? Ahora se sabe bien que el rollo de cobre estaba

totalmente abierto en enero, y a pesar de los esfuerzos de ustedes por ocultarlo, también se sabe que

mi traducción les fue enviada inmediatamente. Un poco de información general. ahorraría muchos

rumores, que están adquiriendo un tono bastante siniestro. Agrega que puede haber la sensación de

que los hermanos católicos del equipo, en franca mayoría, estuvieron tratando de ocultar cosas.

Insiste sobre el mismo punto en una carta a Frank Cross en agosto: La gente común cree

firmemente que la Iglesia romana, por intermedio de De Vaux y compañía, está resuelta a suprimir

ese material!. A De Vaux, personalmente, le dijo con sequedad: Veo que ha tenido usted la

prudencia de callar el hecho de que el tesoro pertenece al Templo.

Allegro había creído al principio que pronto aparecería una traducción completa del texto del Rollo

de cobre. Ahora debía parecerle evidente que eso no ocurriría. En realidad pasarían cuatro años

antes de que apareciese una traducción del texto, publicada además por el propio Allegro, que a

esta altura había perdido toda la paciencia con el equipo internacional. Hubiera preferido publicar

su libro popular después de la traducción oficial, que habría de realizar el padre Milik, y llegaron a

convencerlo de que eso sería posible. Pero la traducción de Milik sufrió otras repentinas e

inesperadas demoras, que bien pueden haber sido deliberadas. Por lo tanto se le pidió a Allegro que

aplazase también la publicación de su propio libro. En un punto ese pedido, transmitido por un

intermediario, parece haber sido acompañado de amenazas. de un miembro del equipo cuyo

nombre no podemos divulgar por razones legales. Allegro respondió que el pedido que se me ha

hecho fue acompañado por la expresión de algunos sentimientos bastante extraños que se originan,

según se me ha dicho, en usted y en aquellos para quienes usted actúa. Hasta parecía haber un

pronóstico de consecuencias si yo no accedía a este pedido. El recipiente de esta carta contestó con

dulzura diciendo que Allegro no debía verse como víctima de una persecución. 36 Así, cuando

Allegro siguió adelante con la publicación de la traducción del rollo de cobre, se vio en la

embarazosa posición de parecer que se había adelantado al trabajo de un colega. En realidad, lo

habían manipulado para que regalase al equipo internacional más munición con que atacarlo, y por

supuesto, para alejarlo todavía más de ellos. En realidad, la traducción de Milik no apareció hasta

1962: dos años después de la de Allegro, seis años después de haber sido cortado el Rollo de cobre

en Manchester y diez después de su descubrimiento.

Mientras tanto, The Dead Sea Scrolls -el libro de divulgación de Allegro sobre el material de

Qumran en el que se había suprimido toda mención al Rollo de cobre- había aparecido en 1956,

unos cinco meses después de la controversia que había rodeado las charlas radiofónicas. Como

predijo Allegro, la controversia, y sobre todo la carta a The Times, habían asegurado el éxito del

libro. La primera edición de cuarenta mil ejemplares se agotó en diecisiete días, y Edmund Wilson

lo comentó con entusiasmo en la BBC. The Dead Sea Scrolls, ahora en su segunda edición y

decimonovena impresión, sigue siendo una de las mejores introducciones al material de Qumran.

De Vaux no lo vio así, y envió a Allegro una extensa crítica. En su respuesta, fechada el 16 de

septiembre de 1956, Allegro afirmó que usted ya no puede tratar al cristianismo de modo objetivo;

es una pena, pero comprensible dadas las circunstancias. En la misma carta, llama la atención sobre

un texto entre los rollos que se refiere al hijo de Dios:

Usted sigue hablando alegremente de lo que los primeros judeocristianos pensaban en Jerusalén, y

nadie adivinaría que su única evidencia verdadera -si así se la puede llamar- es el Nuevo

Testamento, ese cuerpo de tradiciones muy elaboradas cuya evidencia no resistiría ni dos minutos

en un tribunal. En cuanto a. Jesús como hijo de Dios y Mesías, no lo cuestiono ni un instante; ahora

sabemos de Qumran que a su propio Mesías davídico se lo consideraba hijo de Dios, engendrado

por Dios, pero eso no prueba la fantástica afirmación de la Iglesia de que Jesús era el propio Dios.

No existe ningún contraste en la terminología: el contraste está en la interpretación.

Tenemos aquí pruebas tanto de las demoras deliberadas como del valor de los rollos de Qumran

inéditos. El texto al que alude Allegro y que habla del hijo de Dios, todavía no ha sido publicado, a

pesar de su importancia y a pesar de su temprana identificación y traducción. Sólo en 1990 se

filtraron algunos extractos a B. A. R.

Después de todo lo que había pasado, Allegro tenía que ser muy ingenuo para suponer que todavía

podría ser aceptado por sus antiguos colegas como miembro del equipo. Sin embargo, es

precisamente eso lo que aparentemente hizo. En el verano de 1957 regresó a Jerusalén y pasó julio,

agosto y septiembre trabajando en su material en la rollenía. Por las cartas de la época, es evidente

que volvía a sentirse realmente parte del equipo y no tenía dudas de que todo iba bien. En el otoño

viajó de vuelta a Londres y arregló con la B. B. C para hacer un programa de televisión sobre los

rollos. En octubre volvió a Jerusalén con un productor y un equipo de filmación. Inmediatamente

fueron a ver a Awni Dajani, director jordano del Museo Rockefeller y uno de los mejores amigos

de Allegro. Al día siguiente, Dajani los llevó a dar una vuelta, a poner las cosas en marcha con De

Vaux. En una carta del 31 de octubre a Frank Cross, a quien todavía consideraba su aliado, Allegro

relató los hechos que siguieron:

Nos reunimos y explicamos lo que pensábamos hacer, pero De V. se negó de plano a colaborar.

Nos quedamos boquiabiertos durante un rato, y entonces Dajani y el productor empezaron a

averiguar qué era lo que pasaba. Fue todo muy sorprendente porque, hasta donde sabía, yo estaba

en excelentes relaciones con mis queridos colegas, o algo por el estilo. Al menos por mi parte no

les guardaba ningún tipo de rencor. Pero De Vaux dijo que había convocado a sus eruditos a una

reunión y que todos habían estado de acuerdo en no tener nada que ver con nada con lo que yo

tuviera que ver! Entonces mi amigo el productor llevó afuera al viejo y le explicó con palabras de

una sílaba que no queríamos meternos en ninguna polémica por el lado religioso, pero él se mostró

inflexible Dijo que aunque no podía impedirnos que sacásemos imágenes del monasterio de

Qumran, no nos dejaría entrar en la rollería o en el museo en general.

Allegro se describía como todavía desconcertado. Pero Awni Dajani empezaba a fastidiarse.

Aparentemente consideraba el programa como una muy decidida ayuda a Jordania: antigüedades y

turismo, y declaró estar dispuesto a afirmar su autoridad. Era, después de todo, representante oficial

del gobierno jordano, y ni siquiera De Vaux estaba en condiciones de desafiarlo:

En cuanto mis queridos colegas tuvieron claro que aun sin ellos el programa seguiría adelante.

empezaron a poner las cartas sobre la mesa. No cuestionaban el programa, sino a Allegro. Entonces

vinieron en taxi a nuestro hotel y le hicieron una oferta al productor: si prescindía de Allegro por

completo. y aceptaba a Strugnell como guionista, o a Milic, colaborarían. Un-día, cuando volvimos

después de una jornada agotadora en Qumrans Awni llamó para decirnos que al regresar lo

esperaba una nota en la que le ofrecían ciento cincuenta libras para que no nos dejase ir a Ammán y

fotografiar el museo.

En la misma carta, Allegro trató de convencer a Cross de que apareciese en el programa. Después

de consultar con De Vaux, Cross se negó. A esa altura la suerte de Allegro estaba echada, y ya no

cabían dudas del lugar que ocupaba con respecto a sus antiguos colegas. El mismo día que le

escribió a Cross, también le había escrito a otro especialista, un hombre que no era integrante

oficial del equipo pero a quien se le había permitido trabajar en los rollos. Allegro repitió el relato

de sus contratiempos y luego agregó que estaba iniciando una campaña, por el momento muy

silenciosa, para disolver la pandilla de los rollos e inyectar sangre nueva, con la idea de conseguir

una rápida publicación, en forma provisional, de algunos de los materiales sobre los que están

sentados Milik, Strugnell y Starcky. Dos meses más tarde, el 24 de diciembre de 1957, le escribió

al mismo especialista diciendo que estaba preocupado:

Por la forma en que se planifica la publicación de los fragmentos, se está echando lo antes posible a

los miembros no católicos del equipo. En realidad, el volumen de 4Q [material de cueva 4] de

Milik, Starcky y Strugnell es tan grande que considero que habría que dividirlo inmediatamente, y

emplear a más especialistas para sacar todo eso en seguida.

. se está produciendo rápidamente una situación peligrosa, en la que no cabe la idea original de un

grupo de estudio internacional y ecuménico. Todos los fragmentos son llevados en primer lugar a

De V. o a Milik y, como con cueva once, se guarda sobre ellos total secreto hasta mucho después

de haber sido estudiados por ese grupo.

Este relato es sumamente inquietante. Algunos especialistas, fuera del equipo internacional, han

sospechado que existía alguna forma de control y selección. En su carta, Allegro confirma esas

sospechas. Uno se pregunta qué puede haber ocurrido con los fragmentos que sostenían doctrinas

opuestas a las de la Iglesia.

Allegro esbozó entonces su propio plan, que entre otras cosas incluía invitar a especialistas que

puedan disponer de por lo menos seis meses o un año a venir a Jerusalén y ocupar su sitio en el

equipo:

Pienso que habría que establecer, como regla, que las publicaciones preliminares se hagan, en lo

posible, inmediatamente después de obtener el documento, y que exista una corriente constante de

esas publicaciones en una misma revista. Esta idea de retrasar la publicación de fragmentos sólo

para no desflorar el volumen final no me parece digna de eruditos, lo mismo que impedir el acceso

a esos documentos de especialistas competentes. Quizá había buenas razones cuando empezamos a

reunir los manuscritos. Pero ahora que la mayor parte del trabajo está hecho, cualquiera puede

trabajar en un documento y publicarlo al menos en forma provisional.

Uno puede no simpatizar inmediatamente con el Allegro cuya personalidad asoma en las cartas:

arrogante, imprudente, alegremente iconoclasta. Pero es imposible no simpatizar con la integridad

académica de su postura. Quizá había por cierto mucho de egocentrismo en su convicción de que su

particular interpretación del material de Qumran era válida e importante. Pero las declaraciones

antes citadas constituyen un llamamiento en favor del propio saber: un llamamiento a la franqueza,

a la honestidad, a la accesibilidad, a la imparcialidad. A diferencia de De Vaux y el equipo

internacional, Allegro no muestra propensión ni por el secreto ni por el autobombo. Si conspira, lo

hace sólo para poner los rollos del mar Muerto al alcance del mundo en general, y con la suficiente

rapidez como para no traicionar la confianza depositada en la investigación académica. Tal

aspiración sólo puede ser vista como honorable y generosa.

Sin embargo, el honor y la generosidad de Allegro no serían premiados, ni siquiera reconocidos. La

película, terminada a fines de 1957, no fue transmitida por la BBC hasta el verano de 1959, y en un

espacio de trasnoche que atrajo a muy pocos espectadores. A esa altura, naturalmente, Allegro

empezaba a inquietarse. El 10 de junio de 1989, luego del último aplazamiento de una larga serie,

le escribió a Awni Dajani:

Bueno, han vuelto a conseguirlo. Por quinta vez la BBC ha postergado la transrnisión del programa

de TV sobre los rollos. No existe ninguna duda de que los compinches de De Vaux en Londres

están utilizando toda su influencia para destruir el programa, como era su deseo. Nada le impedirá a

De Vaux controlar el material de los rollos. De alguna manera habrá que sacarlo de la posición que

ocupa. Estoy convencido de que si aparece algo que afecta el dogma católico romano, el mundo no

lo verá nunca. De Vaux sacará el dinero de donde sea y enviará el paquete al Vaticano, para que lo

escondan o lo destruyan.

Después de repetir lo que veía cada vez como más viable solución a corto plazo -la nacionalización

del Museo Rockefeller, la rollería y los rollos por el gobierno jordano-, muestra el sentido de la

puntillosidad al que se había considerado sometido hasta el momento: Hasta podría dar uno o dos

ejemplos de cómo se suprimió información. pero sólo lo haré si pareciera que triunfa De Vaux.

En 1961, el rey Hussein nombró a Allegro asesor honorario del gobierno jordano en el tema de los

rollos del mar Muerto. Pero el puesto, aunque prestigioso, no suponía autoridad. En noviembre de

1966, cinco años más tarde, el gobierno jordano aceptó la sugerencia de Allegro y nacionalizó el

Musco Rockefeller. A esa altura, como hemos visto, ya era demasiado tarde. En un año estallaría la

guerra de los Seis Días, y el museo, la rollería y su contenido pasarían a manos israelíes; e Israel,

como hemos señalado, necesitaba demasiado el apoyo internacional para arriesgarse a una

confrontación directa con el Vaticano y la jerarquía católica. Sólo cuatro años antes el papa Juan

XXIII había oficial y doctrinalmente exculpado a los judíos de la responsabilidad por la muerte de

Jesús, y eliminado todo vestigio de antisemitismo del derecho canónico católico romano. Nadie

quería ver destruida toda esa obra de conciliación.

También a esa altura, Allegro estaba comprensiblemente cansado y desilusionado del mundo

académico. Desde hacía algún tiempo sentía deseos de dejar ese mundo y mantenerse nada más que

como escritor. Además, ansiaba volver a la especialidad que había elegido originalmente, la

filología, y hacía unos cinco años que trabajaba en un libro relacionado con lo que él consideraba

un importante avance filológico. El resultado de ese esfuerzo apareció en 1970 como The Sacred

Mushroom and the Cross: el libro por el que Allegro es famoso hoy, y por el que se lo rechaza casi

universalmente.

El argumento de The Sacred Mushroom and the Cross se apoya en complicadas premisas

filológicas que a nosotros, al igual que a muchos otros comentaristas, nos resultan difíciles de

aceptar. Pero eso es secundario. Los estudiosos tienden todo el tiempo a exponer teorías basadas en

premisas de diversa validez, y por lo general, en el peor de los casos, se los desatiende, pero no se

los desacredita en público. Lo que convirtió a The Saered Mushroom and the Cross en un escándalo

fueron las conclusiones de Allegro sobre Jesús- Tratando de establecer la fuente de todas las

creencias y prácticas religiosas Allegro afirmaba maba que Jesús no había existido nunca en la

realidad histórica, que no era más que una imagen evocada en la psique bajo la influencia de una

droga alucinante, la psilocibina, el componente activo de los hongos alucinógenos En efecto,

sostenía, el cristianismo, como todas las demás religiones provenía de una especie de experiencia

psicodélica, un rite passage ceremonial promulgado por un orgiástico y mágico culto de los hongos.

Tomadas por separado, y puestas en un contexto diferente, las conclusiones de Allegro quizá no

habrían provocado la tormenta que provocaron Antes que Allegro, por supuesto, estudiosos de

fama habían cuestionado, y dudado, de la existencia del Jesús histórico Algunos todavía lo hacen,

aunque son minoria. Y hoy en día no se discute demasiado el uso de drogas -psicodélicas y de otros

tipos- por parte de las religiones, los cultos, las sectas y las escuelas mistéricas del antiguo Oriente

Medio, un uso también común, entonces y ahora, en el resto del mundo. No es por cierto

inconcebible que el judaísmo y el primer cristianismo conociesen y hasta empleasen esas

sustancias. Uno también tiene que recordar el clima y la atmósfera de fines de la década de los

sesenta. Hoy, mirando hacia atrás, uno tiende a pensar en términos de la llamada cultura de la

droga, en términos de un seudomisticismo fácil, en Ken Kesey y sus Alegres Bromistas, en Tom

Wolfe Gaseosa de ácido eléctrico, en hlppies que poblaban las calles del Hoght-Ashbury de San

Francisco, organizando sesiones de amor y de meditación en el Golden Gate Park. Eso, desde

luego, no es más que una cara de la medalla, y tiende a eclipsar el entusiasmo y la expectativa muy

reales que las drogas psicodélicas habían generado hasta en mentes más sofisticadas y

disciplinadas: la convicciones compartidas por muchos científicos, neurólogos, bioquímicos,

académicos, psicólogos, médicos, filósofos y artistas de que la humanidad estaba realmente al

borde de un auténtico salto epistemológico.

Libros como Las puertas de la percepción de Huxley eran muy populares y no sólo entre los

jóvenes rebeldes; En Harvard, Timothy Lear con sus proclamas de una nueva religión, todavía

disfrutaba de una credibilidad considerable. Con Las enseñanzas de Don Juan, Castaneda no sólo

había producido un libro de éxito de ventas sino una aplaudida tesis académica para la Universidad

de California Se utilizaban rutinariamente sustancias psicodélicas tanto en medicina como en

psicoterapia Estudiantes de teología de Boston oficiaron misa bajo la influencia de L. S. D, y la

mayoría dijo luego que habían, en efecto, experimentado una sensación intensificada de lo sagrado

un mayor acercamiento a lo divino. Hasta el diputado Christopher Mayhew, más tarde ministro de

Defensa, apareció voluntariamente drogado en las pantallas de la televisión nacional, mirando al

periodista con una expresión beatífica, y con la sonrisa seráficamente celestial de quien acaba de

ser ascendido a sabio. Se entiende por qué el libro de Allegro alarmó al mundo académico y de la

crítica, aunque el propio Allegro repudiase la mentalidad de Haight-Ashbury y no fumase nl

bebiese nunca.

De todas formas, y aunque no por las razones citadas, The Sacred Mushroom and the Cross era un

libro muy poco ortodoxo, y realmente comprometió la credibilidad académica de Allegro. El crítico

de The Times, por ejemplo, ensayó un análisis psicológico amateur de Allegro para demolerlo. Los

propios editores de Allegro se disculparon públicamente por haber editado el libro, admitiendo con

cobardía que el libro era innecesariamente ofensivo. En una carta a The Times el 26 de mayo de

1970, catorce prominentes investigadores británicos repudiaron las conclusiones de Allegro. Entre

los firmantes estaba Geza Vermes de Oxford, que había coincidido con muchas de las conclusiones

de Allegro sobre el material de Qumran y que pronto se haría eco de sus quejas acerca de las

demoras del equipo internacional. Entre los firmantes estaba también Godfrey Driver, antiguo

mentor de Allegro, quien había formulado una interpretación de los textos de Qumran más radical

que todas las ensayadas por el propio Allegro.

Allegro siguió llamando la atención del público sobre las demoras en la publicación de los rollos.

En 1987, un año antes de su muerte, declaró que los retrasos del equipo internacional eran patéticos

e imperdonables, y agregó que sus antiguos colegas, durante años han estado sentados sobre

materiales que no sólo tienen una excepcional importancia sino que, además, son quizá los más

delicados en el plano religioso:

No hay duda. de que la evidencia que proporcionan los rollos socava la singularidad de los

cristianos como secta. En realidad no sabemos absolutamente nada de los orígenes del cristianismo.

Pero esos documentos levantan el telón.

A estas alturas, la iniciativa había pasado a manos de la siguiente generación de estudiosos, y

Allegro había dejado el mundo de los rollos para dedicarse a la investigación de los orígenes del

mito y de la religión. Sus obras posteriores a The Sacred Mushroom and the Cross fueron bastante

moderadas, pero para la mayoría de los lectores, al igual que para el mundo académico, seguiría

siendo un desterrado, el hombre que, según las burlonas palabras de The Times, había rastreado las

fuentes del cristianismo hasta un hongo comestible. Murió repentinamente en 1988; los colegas ya

no lo aceptaban, pero seguía activo, lleno de entusiasmo por el trabajo filológico que estaba

realizando, y optimista. Debe de haber significado para él algún consuelo ver, antes de su muerte,

que su oposición al equipo internacional, y su preocupación por las demoras en la publicación de

los materiales que ese equipo controlaba, estaba siendo imitada por otros.

En 1956, Edmund Wilson había hecho una reseña favorable del libro popular de Allegro sobre los

rollos del mar Muerto. En 1969, cuando publicó la segunda edición de su propio libro, la extensión

de esa obra se había duplicado. La situación con respecto a los rollos ya no era, para Wilson, un

mero asunto de tensión e inhibición; ahora había empezado a adquirir proporciones de ocultamiento

y de escándalo: Me ha dicho un estudioso católico que al principio, con respecto a los rollos, una

especie de política oficial tendía a torcer la investigación hacia la dirección de rninimizar su

importancia. A mediados de la década de los setenta los estudiosos empezaban a hablar

abiertamente de escándalo. Hasta los más dóciles empezaron a preocuparse, y el equipo

internacional se estaba ganando la antipatía de hombres que no tenían deseos de entrar en

polémicas académicas. Entre los nombres más eminentes de la investigación semítica

contemporánea está, por ejemplo, el del doctor Geza Vermes, que desde 1951 ha estado publicando

libros y artículos acerca de los rollos. Al principio no tenía problemas con el equipo internacional y

con su trabajo. Pero al igual que muchos otros, empezó poco a poco a perder la paciencia ante las

demoras de publicación. En 1977 editó un libro, The Dead Sea Scrolls: Qumran in Perspective, en

cuyo primer capítulo tiró públicamente el guante:

En el trigésimo aniversario de su descubrimiento, el mundo tiene derecho a preguntarles a las

autoridades responsables de la publicación de los rollos de Qumran. qué piensan hacer con este

lamentable estado de cosas. Pues a menos que se tomen en seguida medidas drásticas, el mayor y

más valioso hallazgo de manuscritos hebreos y arameos puede llegar a convertirse en el escándalo

académico par excellence del siglo veinte.

Fiel a sí mismo, el equipo internacional no se dignó prestar atención. Casi una década más tarde, en

1985, el doctor Vermes volvió a pedirles cuentas, esta vez en el Times Literary Supplement:

Hace ocho años definí esta situación como un lamentable estado de cosas, y advertí que podía

llegar a convertirse en el escándalo académico par excellence del siglo veinte a menos que se

tomasen en seguida medidas drásticas. Eso, por desgracia, no ha ocurrido, y nos consta que el

actual director de edición de los fragmentos rechaza como injusta y poco razonable cualquier crítica

respecto de la demora.

En la misma declaración el doctor Vermes elogiaba a Yigael Yadin, que acababa de morir, por la

rapidez con que había entregado a la imprenta el material que tenía en su poder: Pero es también un

recordatorio para todos nosotros, especialmente para los que han tardado en responder al desafío de

su privilegiada tarea, de que el tiempo se está acabando.

En su deseo de evitar una polémica indecorosa, el doctor Vermes no insistió sobre el tema. Como

en ocasiones anteriores, el equipo internacional no prestó la menor atención a esos comentarios.

Para el doctor Vermes la situación debía de ser especialmente mortificante. Vermes es un

reconocido estudioso bíblico. Ha publicado traducciones de todos los rollos que han llegado al

dominio público, bajo auspicios israelíes, por ejemplo. Es por cierto tan competente para trabajar

en los materiales inéditos de Qumran como cualquier integrante del equipo internacional, y

probablemente esté más capacitado que la mayoría. Sin embargo, en su larga y distinguida carrera

académica, se le ha negado siempre el acceso a ese material. Ni siquiera se le ha permitido verlo.

Mientras tanto, se siguen guardando en secreto pruebas valiosas. Nosotros mismos podemos dar fe,

personalmente, de materiales vitales que, aunque no se los haya exactamente suprimido, tampoco

se los ha hecho públicos. En noviembre de 1989. por ejemplo, Michaei Baigent visitó Jerusalén y

se reunió con miembros del equipo internacional actual. Uno de ellos era el padre Emile Puech, el

joven príncipe heredero de la Ecole Biblique, que enredó los fragmentos de rollos asignados

inicialmente al padre Jean Starcky. Entre esos fragmentos había material rotulado de procedencia

desconocida. En una conversación personal, el padre Puech divulgó tres importantes

descubrimientos.

1. Aparentemente había descubierto nuevas coincidencias entre los rollos y el Sermón de la

Montaña, incluyendo nuevas y significativas referencias a los pobres de espíritu.

2. En la Epístola de Barnabás, un texto cristiano apócrifo mencionado ya en el siglo II, Puech había

encontrado una cita cuyo origen se desconocía hasta ahora. La cita, en realidad, resultó provenir

directamente de uno de los rollos del mar Muerto, demostrando así que el autor de la Epístola de

Barnabás era miembro de la comunidad de Qumran, o tenía acceso a ella y a sus enseñanzas.

Aparecía allí un indiscutible vínculo entre Qumran y la tradición cristiana.

3. En la obra de Justino, mártir, escritor cristiano del siglo II, Puech encontró otra cita más que

procedía directamente de Qumran.

No escondemos nada-insistió Puech con firmeza-. Publicaremos todo. Sin embargo, que sepamos,

ninguna de las revelaciones confiadas por Puech en la conversación ha aparecido publicada hasta

hoy, y no parece muy probable que eso vaya a ocurrir inmediatamente. Por otra parte, ha habido

una reciente filtración que da una idea del tipo de material que todavía no se ha divulgado. Esa

filtración apareció en las páginas de BAR, y fue proporcionada aparentemente por un investigador

que tenía remordimientos de conciencia. Consta de un fragmento de Qumran muy parecido a un

pasaje del Evangelio de Lucas. Refiriéndose al inminente nacimiento de Jesús, Lucas habla de un

niño que será llamado Hijo del Altísimo e Hijo de Dios. El fragmento de Qumran de cueva 4

también habla de la venida de alguien que por su nombre será aclamado [como] el Hijo de Dios, y

lo llamarán Hijo del Altísimo. Éste, como señala B. AR., es un descubrimiento extraordinario, la

primera vez que la expresión Hijo de Dios aparece en un texto palestino que no sea la Biblia. Este

fragmento, sean cuales fueran las circunstancias que rodearon su publicación, pertenece al corpus

de material hasta ahora controlado, y rigurosamente retenido, por el esquivo padre Milik.

4. Contra el consenso.

Edmund Wilson, John Allegro y Geza Vermes condenaron al equipo internacional por reticencia,

por dilaciones y demoras en la publicación deI material de Qumran y por establecer un monopolio

académico sobre los rollos del mar Muerto. Tanto Wilson como Allegro desafiaron los fatigosos

esfuerzos del equipo por alejar la comunidad de Qumran del llamado cristianismo primitivo. Pero

en otros aspectos los tres eruditos coincidieron con el consenso de interpretación establecido por el

equipo internacional. Aceptaron, por ejemplo, la fechación que había realizado el equipo, que

consideraba como precristianos a los rollos del mar Muerto. También aceptaron la aseveración del

equipo de que los integrantes de la comunidad de Qumran eran esenios. Y aceptaron que los

supuestos esenios de Qumran eran del tipo tradicional descrito por Plinio, Filón y Josefo: ascéticos,

solitarios, pacifistas, divorciados de la corriente principal del pensamiento social, político y

religioso. Si el cristianismo tenía en verdad alguna relación con la comunidad de Qumran, se lo

vería como menos original de lo que se había creído. Se lo podía considerar inspirado en Qumran,

de la misma manera que se reconocía que se había inspirado en el judaísmo convencional del

Antiguo Testamento. Fuera de eso no había ninguna razón especial para modificar la imagen que

uno tenía de él.

Pero en la década de los sesenta la oposición académica al consenso del equipo internacional

empezó a llegar desde otro sitio. El cuestionamiento del consenso sería entonces mucho más radical

que todo lo aducido por Wilson, Allegro o Vermes. Pondría en duda no sólo la antigüedad de los

rollos fijada por el equipo internacional sino el supuesto carácter esenio de la comunidad de

Qumran. Los responsables de esas críticas eran Cecil Roth y GodfreY Driver.

Cecil Roth fue tal vez el más eminente historiador judío de su época. Después de servir en el

ejército británico durante la primera guerra mundial, se había doctorado en historia en el Merton

College, Oxford. Durante algunos años fue profesor adjunto de Estudios Judíos en Oxford: el

puesto que ocupa ahora Geza Vermes. Fue un escritor prolífico, con más de seiscientas

publicaciones en su haber. También fue jefe de redacción de la Encyclopaedia judaica. Disfrutaba

de un enorme respeto en el mundo académico, y se lo reconocía ante todo por sus conocimientos de

historia judaica.

Godfrey Driver era una figura de comparable talla académica. Él también había servido en el

ejército británico durante la primera guerra mundial, y había luchado sobre todo en Oriente Medio.

Él también enseñó en Oxford, en el Magdalen College, donde en 1938 pasó a ser profesor de

Filología Semítica. Hasta 1960 también cumplió tres períodos como profesor de hebreo. Fue

codirector del equipo que tradujo el Antiguo Testamento para la Nueva Biblia Inglesa. Como

hemos señalado, fue el mentor de Allegro, a quien recomendó para el equipo internacional.

Desde los primeros descubrimientos de los rollos del mar Muerto, el profesor Driver había

aconsejado cautela con las fechas tempranas, precristianas, que se les había atribuido. En una carta

a The Times el 23 de agosto de 1949, advirtió que la fecha precristiana atribuida a los rollos de

Qumran bien puede obtener una aceptación general antes de que se la someta a un examen crítico,

En la misma carta, afirmaba: La evidencia externa. para asignarles una fecha precristiana es

extremadamente precaria, mientras que la evidencia interna parece estar en contra. Driver insistió

en los riesgos de atribuir demasiada precisión a lo que él llamaba evidencia externa: a la

arqueología y a la paleología. Recomendaba, más bien, el estudio de ia evidencia interna, el

contenido de los propios rollos. Sobre la base de esa evidencia, llegaría a la conclusión de que los

rollos databan del primer siglo de la era cristiana.

Mientras tanto, Cecil Roth había estado realizando sus propias investigaciones y, en 1958, publicó

el resultado en una obra titulada The Historical Background of the Dead Sea Scrolls. El fondo

histórico, sostenía, no era precristiano, sino que, por el contrario, databa de los tiempos de la

sublevación en Judea, entre 66 y 74. Como Driver, Roth insistía en que los propios textos de los

rollos constituían una guía más precisa que la arqueología o la paleografía. Valiéndose de esa guía,

desarrolló algunos puntos que no sólo se oponían al consenso del equipo internacional sino que

hasta deben de haber ultrajado a sus integrantes católicos. Por ejemplo, citando referencias

textuales de uno de los rollos, demostraba que los invasores considerados adversarios por la

comunidad de Qumran sólo podían ser romanos y, más aún, sólo podían ser romanos del Imperio,

de tiempos imperiales y no republicanos. También demostraba que el nacionalismo militante y el

fervor mesiánico de muchos de los rollos tenía menos en común con la imagen tradicional de los

esenios que con la de los zelotes descritos por Josefo. Admitía que la comunidad original de

Qumran podía haber sido realmente fundada por esenios del tipo tradicional pero, si fuera así,

sostenía, debían de haber abandonado el lugar cuando éste fue destruido en 37 a. de C. Los que lo

ocuparon más tarde, después de 4, y que depositaron-los rollos, no serían de ninguna manera

esenios sino zelotes. Llevando esta idea un poco más lejos, procuró establecer vínculos entre la

comunidad de Qumran y los feroces defensores de Masada, cincuenta kilómetros. al sur.

Esas afirmaciones provocaron, naturalmente, indignadas críticas del equipo del padre De Vaux.

Uno de los colegas de De Vaux, Jean Carmignac, al reseñar el libro de Roth, se quejó de que Roth

no pierde ninguna oportunidad de vincular a Masada y Qumran pero éste es otro de los puntos

débiles de su tesis. Aun después que Yigael Yadin, en sus excavaciones en Masada ocho años más

tarde, encontró rollos idénticos a algunos de los descubiertos en Qumran, el equipo internacional se

negó a considerar la tesis de Roth. Es evidente que algún tipo de relación tenía que existir entre

Qumran y Masada, pero el equipo, con una lógica que ahora crujía dolorosamente por los cuatro

costados, insistió en que sólo había una explicación posible: que algunos de los esenios de Qumran

debían de haber desertado de su propia comunidad e ido a defender a Masada, llevándose con ellos

los textos sagrados!

En cuanto a Masada, la teoría de Roth sería confirmada por las excavaciones de Yadin. Pero él era

perfectamente capaz de librar sus propias batallas. En un artículo publicado en 1959, se concentró

de manera particular en la afirmación de De Vaux, basada en supuestos indicios arqueológicos, de

que los rollos no podían haber sido depositados después del verano de 68, cuando Qumran fue

conquistada por la Décima Legión. Roth demostró de manera concluyente que la Déchna Legión,

en el verano de 68, no andaba ni cerca de Qumran.

Los argumentos de Roth debieron de haber enfurecido al equipo internacional dirigido por De

Vaux, pero fueron compartidos por su colega Godfrey Driver Los dos colaboraron estrechamente, y

en 1965 Driver publicó su imponente y detallada obra sobre el material de Qumran, The Judaean

Scrolls. Según Driver, los argumentos para adjudicarles a los rollos una fecha precristiana son

fundamentalmente erróneos. Las únicas razones que había para atribuirles esa fecha eran, señalaba,

paleográficos, y eso sólo es insuficiente.

Driver estaba de acuerdo con Roth en que los rollos se referían al período de la sublevación en

Judea, entre 66 y 74, y que por lo tanto eran más o menos contemporáneos del Nuevo Testamento.

También coincidía con Roth en que los habitantes de Qumran debían de haber sido zelotes, y no

esenios tradicionales. Calculaba que los rollos debían de haber sido depositados en Qumran entre

esa época y el final de la segunda sublevación en Judea, la rebelión de Simón bar Kokba entre 132

y 135 d- de C. Criticaba con dureza el funcionamiento académico del equipo internacional,

especialmente el demostrado por De Vaux.

Roth y Driver eran famosos, reconocidos, pesos pesados en sus respectivos campos históricos, y no

se los podía desatender ni desdeñar arrogantemente. No se podía impugnar ni desacreditar su

prestigio y su erudición. Tampoco se los podía aislar. Y eran demasiado diestros en controversias

académicas como para meter la cabeza en la soga, como había hecho Allegro. Fueron, sin embargo,

vulnerables al tipo de tratamiento condescendiente adoptado por De Vaux y el equipo internacional,

que estrechó filas en torno del consenso. A Roth y a Driver, por muy respetables que fuesen, se los

mostró como fuera de su elemento al ocuparse de los rollos de Qumran. Así, al comentar el libro de

Driver en 1967, De Vaux escribió: Resulta triste volver a encontrar aquí ese conflicto de método y

mentalidad entre el crítico textual y el arqueólogo, el hombre en su escritorio y el hombre en el

campo. No es que el propio De Vaux pasase mucho tiempo en el campo. Como hemos visto, él y la

mayoría de los integrantes del equipo internacional se contentaban con quedarse cómodamente

instalados en su rollería, dejando el grueso del trabajo en el propio terreno a los beduinos Pero se

podía arguir que la rollería estaba al menos más cerca de Qumran que Oxford. Además, De Vaux y

su equipo podían hablar de un conocimiento directo de todo el corpus de manuscritos de Qumran,

cosa que Roth y Driver, a quienes se les había negado acceso a los textos, no podían hacer. Y

aunque Roth y Driver habían cuestionado el método histórico del equipo internacional, no habían

en realidad planteado su excesiva dependencia de la arqueología y la paleografía.

Aparentemente la arqueología y la paleografía eran los puntos fuertes del equipo, y le permitieron a

De Vaux concluir su reseña de The Judaenn Scrolls con la afirmación segura y concluyente de que

la teoría de Driver. Es imposible. También logró, invocando la arqueología y la paleografía,

deslumbrar a otras figuras de la especialidad y asegurarse su apoyo. De este modo, el profesor

Albright fue persuadido a intervenir contra Driver, cuya tesis, declaró Albright, ha sido un

completo fracaso. Ese fracaso, continuaba Albright, nacía de un obvio escepticismo con respecto a

la metodología de los arqueólogos, los numismáticos y los paleógrafos. Desde luego, [Driver] tuvo

la mala suerte de chocar de frente con uno de los más brillantes eruditos de nuestro tiempo: Roland

de Vaux.

Pasando a la ofensiva, el equipo internacional y sus colegas siguieron bombardeando a Roth y a

Draiver con críticas cada vez más desdeñosas Ambos, como ha observado Eisenman, fueron

ridiculizados de manera desmesurada y con tanta ferocidad que daba que pensar. Nadie se atrevía a

apoyarlos. Nadie se atrevía a exponerse a la ira del ahora inamovible consenso. Y los

académicamente mansos -como dice Eisenman- no movieron un dedo. Los intereses y las

reputaciones de Roth y Driver no se limitaban exclusivamente a la investigación de Qumran. Por

consiguiente, se retiraron de la polémica, considerando que no valía la pena seguir con el tema. Que

se haya permitido ese hecho, da una idea de la timidez y la docilidad de otros estudiosos. Esa

situación queda como una mancha negra en la historia de la investigación de los manuscritos de

Qumran.

Si el equipo internacional había ejercido antes un monopolio, ahora su posición parecía inatacable.

Había dejado fuera de combate a dos de sus más formidables adversarios, y su triunfo parecía

completo. Habían acallado a Roth y a Driver. Habían desacreditado a Allegro. Mediante la

intimidación, habían logrado la sumisión de todos los que podían representar una amenaza. A fines

de la década de los sesenta y comienzos de la de los setenta, la hegemonía del equipo internacional

era prácticamente absoluta.

A mediados de la década de los ochenta, la oposición al equipo internacional que existía estaba

dispersa y desorganizada. Se expresaba ante todo en Estados Unidos, a través de una única

publicación, Biblical Archaeology Review. En el número de septiembreoctubre de 1985, BAR

informó acerca de un congreso sobre los rollos del mar Muerto realizado en la New York

University en el mes de mayo. Reproducía la declaración que había hecho en el congreso el

profesor Morton Smith: Pensaba hablar sobre los escándalos de los documentos del mar Muerto,

pero esos escándalos resultaron ser demasiado numerosos, demasiado conocidos, y demasiado

desagradables. La declaración señalaba que el equipo internacional estaba hasta donde se puede

determinar, gobernado en gran medida por la convención, la tradición, el espíritu colegiado y la

inercia. Y concluía:

Los que están dentro, los estudiosos que tienen textos asignados (T. H. Gaster, profesor emérito del

Barnard College, Columbia University, llama a esos estudiosos el círculo encantado), tienen las

golosinas, que reparten con cuentagotas. Eso les da status, poder académico y les halaga

maravillosamente el amor propio. Por qué habrían de desperdiciar esa situación? Desde luego, la

existencia de ese factor es polémica y conflictiva.

Bar llamaba la atención sobre el dejo de frustración y de resentimiento acumulado entre los

especialistas de probada capacidad que no habían sido admitidos en el círculo encantado. De

manera implícita, también llamaba la atención sobre los beneficios recogidos por instituciones

como la Harvard University, donde enseñaban Cross y Strugnell y donde a los estudiantes

graduados favoritos se les permitía el acceso al material de Qumran mientras se les negaba a

especialistas mucho más experimentados y calificados. Bar concluía el informe con un pedido de

publicación inmediata de las fotografías de los textos inéditos, haciéndose eco de Morton Smith,

que invitó a sus colegas a pedirle al gobierno israelí, que ahora tiene autoridad última sobre esos

materiales, la publicación de fotografías de todos los textos inéditos para ponerlas a disposición de

todos los estudiosos.

Que la exhortación de Smith fuese ignorada de nuevo, habla de la pusilanimidad académica. Al

mismo tiempo, hay que decir que la exhortación de Smith fue desafortunada en el sentido de que

implícitamente trasladó la responsabilidad de los integrantes del equipo internacional, los

verdaderos culpables, al gobierno israelí, que tenía entre manos problemas más urgentes. Los

israelíes cumplieron con su parte del acuerdo, realizado en 1967, por el cual se le permitía al equipo

internacional conservar el monopolio con la condición de que publicase los materiales, cosa que el

equipo internacional no había hecho. Así, aunque podría considerarse irresponsable al gobierno

israelí por no haber frenado esa situación, no se lo podía culpar por la situación misma. Como

descubriría pronto Eisenman, la mayoría de los israelíes -tanto estudiosos como periodistas como

figuras del gobierno- mostraban acerca de la situación una ignorancia espantosa y, hay que decirlo,

indiferencia. A causa de esa ignorancia y de esa indiferencia, se había permitido que siguiese

intacto un statu quo obsoleto.

Pero en 1985, el mismo año de la conferencia sobre la que inforrnó Bar, un conocido diputado

israelí, Yuval Neeman, comenzó a interesarse en el asunto, y durante ese proceso demostró estar

sorprendentemente bien informado. Neeman era un físico de fama mundial, profesor de Física y

director del departamento de Física de la Universidad de Telaviv hasta 1971, cuando fue nombrado

presidente de la universidad. Antes de eso había sido planificador militar, uno de los responsables

del desarrollo del pensamiento estratégico básico del ejército israelí. Entre 1961 y 1963 había sido

director científico del Establecimiento de Investigación Soreq, la Comisión de Energía Atómica

israelí. Neeman planteó el asunto de los rollos en el Knesset, el Parlamento israelí, y llamó

escándalo al hecho de que las autoridades israelíes no hubiesen revisado o actualizado la situación:

que se hubiese dejado al equipo internacional con un mandato y un monopolio que databa del

anterior régimen jordano. Fue ese reto lo que finalmente obligó al departamento de Antigüedades

israelí a investigar cómo y por qué un enclave de estudiosos de orientación católica podía ejercer un

control tan completo y exclusivo sobre algo que era en realidad un tesoro estatal israelí.

El departamento de Antigüedades le pidió cuentas al equipo internacional sobre el tema de la

publicación. A qué se debían las suspensiones y demoras, y qué calendario de publicaciones

verosímil se podía esperar? El director del equipo en ese momento era el padre Benoit, que el 15 de

septiembre de 1985 escribió a sus colegas. En esa carta, de la que obra en nuestro poder una copia,

les recordaba el reclamo de Morton Smith de una inmediata publicación de las fotografías.

También se quejaba del uso de la palabra escándalo, no sólo por Morton Smith sino también por

Neeman en el Knesset. Planteó su intención de recomendar a John Strugnell como el director de

futuras publicaciones. Y pidió un calendario de publicaciones a cada miembro del equipo.

La reacción ante el pedido del padre Benoit fue lenta y desigual. El departamento de Antigüedades,

incitado por Neeman, volvió a escribirle el 26 de diciembre de 1985, repitiéndole el pedido de un

informe y de respuestas a las preguntas que le había formulado. Uno no puede saber con certeza si

Benoit basó su respuesta en información confiable proporcionada por sus colegas o si estaba

simplemente improvisando para ganar tiempo. Pero escribió al departamento de Antigüedades

prometiendo que todo lo que tenía en su poder el equipo internacional estaría publicado dentro de

siete años, es decir en 1993. Ese calendario fue presentado por escrito, como compromiso formal,

pero por supuesto nadie lo tomó en serio, y en una conversación privada Neeman nos dijo que

habían corrido rumores de que al calendario se lo consideraba por lo general una broma. Eso ha

resultado ser, por supuesto. No hay ninguna perspectiva de que todo el material de Qumran, o al

menos una parte razonable, esté publicada en 1993. Ni siquiera se ha publicado la totalidad del

material de cueva 4. Después del volumen de Allegro de Discoveries in the Judaean Desert en

1968, sólo se han publicado otros tres, en 1977, 1982 y 1990, llevando a ocho el número de

volúmenes editados.

Sin embargo, el aumento de la presión engendró pánico entre los miembros del equipo

internacional. Como era de esperar, empezaron a buscar un chivo espiatorio. Quién había metido al

gobierno israelí en el asunto? Quién había informado a Neeman, permitiéndole plantear el tema en

el Knesset? Quizá a causa de la repetición de la palabra escándalo, el equipo llegó a la conclusión

de que el responsable había sido Geza Vermes. En realidad Vermes no había tenido nada que ver

con el asunto. Era Robert Eisenman quien había informado a Neeman.

Eisenman había aprendido de los descuidos de Roth y Driver. Se había dado cuenta de que todo el

edificio del consenso del equipo internacional descansaba sobre datos supuestamente correctos de

la arqueología y la paleografía. Tanto Roth como Driver habían descartado esos datos como

impertinentes, pero sin cuestionarlos. Eisenman resolvió enfrentar al equipo internacional en su

propio terreno, revelando su metodología y demostrando que los datos resultantes no eran

pertinentes.

Abrió la campaña con el libro que nos hizo prestarle atención, Maccabees, Zadokites, Christians

and Qumran, publicado por E. J. Brill en Holanda en 1983. En ese libro, presentaba el primer

desafío serio que hasta ese momento había encontrado el equipo internacional con respecto a su

utilización de la arqueología y la paleografía. En su introducción, Eisenman tiraba explícitamente el

guante al pequeño grupo de especialistas, que trabajan en gran medida juntos y que habían

elaborado un consenso. Desde luego, dada la limitada audiencia y circulación del texto, el equipo

internacional pudo sencillamente pasar por alto el desafío. En realidad, lo más probable es que

ninguno de los integrantes lo haya leído en ese momento, desechándolo como la obra efímera de un

novato presuntuoso.

Pero Eisenman no dejó que el olvido sepultase sus esfuerzos. Para 1985 su segundo libro, James the

Just in the Habakkuk Pesher, había aparecido en Italia, publicado irónicamente por uno de los

sellos vaticanos, Tipographia Gregoriana. Llevaba un prefacio en italiano, y al año siguiente, con

algunos agregados y un apéndice revisado, fue editado por E. J. Brill. Ese mismo año, Eisenman

fue nombrado miembro residente del prestigioso Albright Institute en Jerusalén. Allí empezó a

trabajar entre bastidores para familiarizar al gobierno israelí con la situación y poner los rollos en

su agenda de prioridades.

Comprendió que no se podía quebrar el dominio del equipo internacional sólo con protestas

decorosas o aun estridentes en publicaciones especializadas. Sería necesario ejercer presión,

preferentemente desde arriba. Por lo tanto Eisenman se puso en contacto con el profesor Neeman, a

quien informó de la situación, y Neeman se encargó entonces de plantear el asunto en el Knesset.

Más tarde, ese mismo año, el propio Eisenman abordó al padre Benoit y le pidió verbalmente que

se le permitiese ver los rollos. Como era previsible, Benoit se negó con cortesía, y le sugirió

hábilmente a Eisenman que se dirigiese a las autoridades israelíes, insinuando que no era él quien

decidía. A esa altura Eisenman desconocía todavía las estratagemas empleadas por el equipo

internacional para frustrar las expectativas de todos los que querían ver los rollos. Pero no estaba

preparado para que lo excluyesen con tanta facilidad.

Todos los estudiosos, durante su permanencia como miembros residentes del Albright Institute, dan

una conferencia abierta al público en general. La conferencia de Eisenman fue programada para

febrero de 1986, y el tema que él eligió fue La comunidad de Jerusalén y Qumran, con el

provocativo subtítulo Problemas de arqueología, paleografía, historia y cronología. Como en el

caso de su libro sobre Santiago, el propio título estaba calculado para llamar la atención. Como es

costumbre, el Albright Institute envió invitaciones a todos los especialistas importantes que había

en Jerusalén, y era un acto de cortesía que estuviesen representadas instituciones hermanas, como la

École Biblique, de la que asistieron cinco o seis integrantes, una cantidad superior a la

acostumbrada.

Como desconocían a Eisenman y su obra, quizá no esperaban nada fuera de lo cornún. Pero poco a

poco su suficiencia empezó a derrumbarse, y escucharon los argumentos de Eisenman en silencio.

Se negaron a hacer preguntas al final de la conferencia, y se fueron sin el habitual cumplido de las

felicitaciones. Les resultaba evidente que con Eisenman enfrentaban, por primera vez, un desafío

serio. Como era su costumbre, cerraron los ojos, con la esperanza, tal vez, de que ese desafío

desapareciese.

Para un esbozo de las observaciones de Eisenman, véase capítulo 10, Ciencia al servicio de la fe.

La primavera siguiente, uno de los amigos y colegas de Eisenman, el profesor Philip Davies de la

Sheffield University llegó a Jerusalén para una corta estancia. Él y Eisenman fueron a expresarle a

Magen Broshi, director del Santuario del Libro, su deseo de ver los fragmentos de rollos inéditos

todavía en poder del equipo internacional. Broshi se rió de lo que le parecía una esperanza inútil:

No verán esas cosas en su vida, dijo. En junio, hacia el final de su estancia en Jerusalén, Eisenman

fue invitado a un té en la casa de un colega, un profesor de la Universidad Hebrea que más tarde se

convirtió en miembro del Comisión Supervisora de los Rollos. De nuevo le pidió a Davies que lo

acompañase. Había muchos otros académicos, entre ellos Joseph Baumgarten del Baltimore

Hebrew College, y en las primeras horas de la noche apareció John Strugnell, el viejo adversario de

Allegro y luego director del equipo internacional. Bullicioso, y aparentemente decidido al

enfrentamiento, empezó a quejarse de la gente incompetente que importunaba exigiendo ver el

material de Qumran. Eisenman le contestó rápidamente. Qué entendía Strugnell por competente? Él

mismo, era competente? Fuera de su supuesta pericia para analizar la escritura, sabía algo de

historia? Era una discusión aparentemente medio en broma, más o menos civilizada, pero que se

estaba volviendo amenazadoramente personal.

Eisenman pasó el año siguiente, 1986-1987, en Oxford, como investigador senior en el Oxford

Centre for Postgraduate Hebrew Studies y profesor visitante del Linacre College. Mediante

contactos en Jerusalén había conseguido dos documentos secretos. Uno era una copia de un rollo en

el que estaba trabajando Strugnell, parte de su feudo privado. A ese texto, escrito aparentemente

por un jefe de la antigua comunidad de Qumran y que explica algunos de los preceptos rectores de

la comunidad, se lo conoce en la especialidad como el documento M. M. T. Strugnell lo había

mostrado en el congreso de 1985, pero no lo había publicado. (Ni lo ha publicado todavía, aunque

la totalidad del texto asciende a nada más que 121 líneas).

El segundo documento tenía un significado más contemporáneo. Consistía en una impresión o lista

de ordenador de todos los textos de Qumran en manos del equipo internacional. Lo que lo hacía

especialmente importante era que el equipo internacional había negado repetidas veces la existencia

de esa lista. Allí estaba la prueba definitiva de que una enorme cantidad de material no había sido

todavía publicado y se lo estaba reteniendo.

Eisenman no tuvo ninguna duda de lo que debía hacer: Como había llegado a la conclusión de que

uno de los principales -problemas entre los especialistas, responsables en primer lugar de haber

creado toda esa situación, era la excesiva protección y los secretos celosamente guardados, decidí

que todo lo que cayese en mis manos circulase sin condiciones. Ése era el servicio que yo podía

prestar; además, minaría el cartel o monopolio internacional de tales documentos.

Eisenman, por lo tanto, facilitó copias del documento MMT a cuantos mostraron interés en verlo.

Esas copias aparentemente circularon como pólvora, tanto que año y medio más tarde Eisenman

recibió una que le enviaba un tercero preguntándole si la había visto. Por ciertas anotaciones la

reconoció como una de las copias que él había puesto originalmente en circulación.

Tanto la lista como el documento M. M. T circularon de la manera prevista, produciendo

exactamente el efecto que Eisenman había anticipado. Se ocupó de manera especial de enviarle una

copia a Hershel Shanks de Bar, suministrando así a la revista munición para que renovase su

campaña.

No hace falta agregar que a esa altura las relaciones de Eisenman con el equipo internacional se

estaban deteriorando. En la superficie, por supuesto, se trataban con helada cortesía, sin perder la

conducta respetable y académica. Después de todo el equipo no podía atacarlo públicamente por

sus acciones, que habían sido evidentemente desinteresadas, sin duda en nombre del conocimiento.

Pero la brecha que los separaba se estaba ensanchando; y no tardaron en realizar una operación

calculada para deshacerse de él.

En 1989 Eisenman visitó a Amir Drori, el nuevo director del departamento de Antigüedades israelí.

Drori, en un descuido, le informó a Einsenman que estaba a punto de firmar un acuerdo con el

nuevo director de ediciones del equipo, John Strugnell. Según ese acuerdo, el equipo conservaría el

monopolio de los rollos. Se anularía la anterior fecha límite de publicación, aceptada por el padre

Benoit, predecesor de Strugnell. Todo el material de Qumran aún inédito no tendría que estar

publicado en 1993 sino en 1996.

Eso, desde luego, horrorizó a Eisenman. Pero todos los esfuerzos por disuadir a Drori resultaron

vanos. Eisenman salió de la entrevista decidido a emplear una estratagema más drástica. La única

manera de presionar tanto al equipo internacional como al departamento de Antigüedades, y tal vez

impedir que Drori siguiese adelante con el contrato, sería recurrir a la Suprema Corte de Justicia de

Israel, que se ocupaba de las injusticias y de las apelaciones de particulares.

Eisenman estudió el asunto con abogados, y llegaron a la conclusión de que se podía persuadir a la

Suprema Corte para que interviniese. Pero para lograrlo Eisenman tendría que presentar una prueba

de injusticia; tendría que demostrar, preferentemente por escrito, que a un investigador legítimo no

se le había permitido el acceso a los rollos. En ese momento no existía ninguna prueba que reuniese

esos requisitos, al menos en el sentido legalista que exigiría la Corte. Por supuesto, había otros

estudiosos a los que se les había denegado el acceso a los rollos, pero algunos estaban muertos,

otros desperdigados por el mundo, y faltaba toda la documentación necesaria. Habría, por lo tanto,

que dirigirse a Strugnell con una serie de solicitudes nuevas de acceso a materiales específicos que

él, inevitablemente, rechazaría. Ahora que Eisenman tenía los números de catálogo, la tarea

resultaría más fácil.

Eisenman no quiso hacer la petición solo. Pensó que sería más impresionante si conseguia el apoyo

de algunos colegas. Se puso en contacto con Philip Davies de Sheffield, quien aceptó apoyarlo en

lo que ambos veían sólo como el primer disparo de un largo combate que se libraría en los estrados