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El Estado y la Revolución

Vladimir I. Lenin

(c) Proyecto Espartaco 2000 – 2001

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PROLOGO A LA PRIMERA EDICION

La cuestión del Estado adquiere actualmente una importancia singular, tanto en el

aspecto teórico como en el aspecto político práctico. La guerra imperialista ha

acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso de transformación del

capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. La opresión

monstruosa de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez

más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra

proporciones cada vez mas monstruosas. Los países adelantados se convierten -- y al

decir esto nos referimos a su "retaguardia" -- en presidios militares para los obreros.

Los inauditos horrores y calamidades de esta guerra interminable hacen

insoportable la situación de ías masas, aumentando su indignación. Va fermentando a

todas luces la revolución proletaria internacional. La cuestión de la actitud de ésta

hacia el Estado adquiere una importancia práctica.

Los elementos de oportunismo acumulados durante décadas de desarrollo

relativamente pacífico crearon la corriente de socialchovinismo imperante en los

partidos socialistas oficiales del mundo entero. Esta corriente (Plejánov, Pótresov,

Breshkóvskaia, Rubanóvich y luego, bajo una forma levemente velada, los señores

Tsereteli, Chernov y Cía., en Rusia; Scheidemann, Legien, David y otros en Alemania;

Renaudel, Guesde, Vandervelde, en Francia y en Bélgica; Hyndman y los fabianos, en

Inglaterra, etc., etc.), socialismo de palabra y chovinismo de hecho, se distingue por la

adaptación vil y lacayuna de los "jefes" del "socialismo", no sólo a los intereses de "su"

burguesía nacional, sino, precisamente, a los intereses de "su" Estado, pues la mayoría de las llamadas grandes potencias hace ya largo tiempo que explotan y esclavizan a

muchas nacionalidades pequeñas y débiles. Y la guerra imperialista es precisamente

una guerra por la partición y el reparto de esta clase de botín. La lucha por arrancar a

las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía

imperialista en particular, es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas

relativos al "Estado".

Comenzamos examinando la doctrina de Marx y Engels sobre el Estado,

deteniéndonos de manera especialmente minuciosa en los aspectos de esta doctrina

olvidados o tergiversados de un modo oportunista. Luego, analizaremos especialmente

la posición del principal representante de estas tergiversaciones, Carlos Kautsky, el

líder más conocido de la II Internacional (1889-1914), que tan lamentable bancarrota

ha sufrido durante la guerra actual. Finalmente, haremos el balance fundamental de la

experiencia de la revolución rusa de 1905 y, sobre todo, de la de 1917. Esta última

cierra, evidentemente, en los momentos actuales (comienzos de agosto de 1917), la

primera fase de su desarrollo; pero toda esta revolución, en términos generales, sólo

puede comprenderse como uno de los eslabones de la cadena de las revoluciones

proletarias socialistas suscitadas por la guerra imperialista. La cuestión de la actitud de

la revolución socialista del proletariado ante el Estado adquiere, así, no solo una

importancia política práctica, sino la importancia más candente como cuestión de

explicar a las masas qué deberán hacer para liberarse, en un porvenir inmediato, del

yugo del capital.

El Autor

Agosto de 1917.

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CAPITULO I

LA SOCIEDAD DE CLASES Y EL ESTADO

1. EL ESTADO, PRODUCTO DEL CARACTER IRRECONCILIABLE DE LAS

CONTRADICCIONES DE CLASE

Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas

veces con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases

oprimidas en su lucha por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las

clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la

rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de

mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos

inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de

gloria para "consolar" y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante

"arreglo" del marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas

dentro del movimiento obrero. Olvidan, re legan a un segundo plano, tergiversan el

aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a

primer plano, ensalzan lo que es o parece ser aceptable para la burguesía. Todos los

socialchovinistas son hoy -- ¡bromas aparte! -- "marxistas". Y cada vez con mayor

frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran especialistas en

pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de un Marx "nacional-alemán" que, según ellos,

educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la

guerra de rapiñal!

Ante esta situación, ante la inaudita difusión de las tergiversaciones del marxismo,

nuestra misión consiste, ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de Marx sobre el

Estado. Para esto es necesario citar toda una serie de pasajes largos de las obras

mismas de Marx y Engels. Naturalmente, las citas largas hacen la exposición pesada y

en nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es de todo punto imposible

prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo más completo posible

todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes decisivos, de las obras de Marx y

Engels sobre la cuestión del Estado, para que el lector pueda formarse por su cuenta

una noción del conjunto de las ideas de los fundadores del socialismo científico y del

desarrollo de estas ideas, así como también para probar documentalmente y patentizar

con toda claridad la tergiversación de estas ideas por el "kautskismo" hoy imperante.

Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: "El origen de la familia, de la

propiedad privada y del Estado", de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta

edición. Conviene traducir las citas de los originales alemanes, pues las traducciones

rusas, con ser tan numerosas, son en gran parte incompletas o están hechas de un

modo muy defectuoso.

"El Estado -- dice Engels, resumiendo su análisis histórico -- no es, en modo alguno,

un Poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco 'la realidad de la idea

moral', 'la imagen y la realidad de la razón', como afirma Hegel. El Estado es, más

bien, un producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la

confesión de que esta sociedad se ha enredado con sigo misma en una contradicción

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insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para

conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en

pugna, no se devoren a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril,

para eso hízose necesario un Poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad

y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del 'orden'. Y

este Poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima de ella y que se

divorcia cada vez más de ella, es el Estado" (págs. 177 y 178 de la sexta edición

alemana).

Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en

punto a la cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. EI Estado es el

producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase.

El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de

clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado

demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.

En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza precisamente la

tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones fundamentales.

De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses,

obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado

sólo existe allí donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases,

"corrigen" a Marx de manera que el Estado resulta ser el órgano de la conciliación de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la

conciliación de las clases. Para los profesores y publicistas mezquinos y filisteos -- ¡que

invocan a cada paso en actitud benévola a Marx! -- resulta que el Estado es

precisamente el que concilia las clases. Según Marx, el Estado es un órgano de

dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del

"orden" que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las

clases. En opinión de los políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la

conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Amortiguar los

choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases oprimidas de ciertos

medios y procedimientos de lucha para el derrocamiento de los opresores.

Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión de la significación y del

papel del Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico,

como una cuestión de acción inmediata, y además de acción de masas, todos los

socialrevolucionarios y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la

teoría pequeñoburguesa de la "conciliación" de las clases "por el Estado". Hay innumerables resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos saturados

de esta teoría mezquina y filistea de la "conciliación". Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda

(con la clase contrapuesta a ella), es algo que esta democracia pequeñoburguesa no

podrá jamás comprender, La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más

patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques no son en manera

alguna socialistas (lo que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos demostrado),

sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.

De otra parte, la tergiversación "kautskiana" del marxismo es bastante más sutil.

"Teóricamente", no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación de clase, ni

que las contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se pasa por alto u oculta lo

siguiente: si el Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones

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de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad y que " se divorcia cada vez más de la sociedad", es evidente que la liberación de la clase oprimida es

imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del Poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma

cuerpo aquel "divorcio". Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión,

teóricamente clara por si misma, con la precisión más completa, a base del análisis

histórico concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión es precisamente --

como expondremos con todo detalle en las páginas siguientes -- la que Kautsky . . . ha

"olvidado" y falseado.

2. LOS DESTACAMENTOS ESPECIALES DE FUERZAS ARMADAS, LAS CARCELES,

ETC.

"En comparación con las antiguas organizaciones gentilicias (de tribu o de clan) --

prosigue Engels --, el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación de sus

súbditos según las divisiones territoriales". . . A nosotros, esta agrupación nos parece

'natural', pero ella exigió una larga lucha contra la antigua organización en 'gens' o en

tribus.

"La segunda caracteristica es la instauración de un Poder público, que ya no

coincide directamente con la población organizada espontáneamente como fuerza arma

da. Este Poder público especial hácese necesario porque desde la división de la

socieda,d en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la

población. . . Este Poder público existe en todo Estado; no está formado solamente por

hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las

instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía. . ."

Engels desarrolla la noción de esa "fuerza" a que se da el nombre de Estado, fuerza

que brota de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y que se divorcia cada

vez más de ella. ¿En qué consiste, fundamentalmente, esta fuerza? En destacamentos

especiales de hombres armados, que tienen a su disposición cárceles y otros

elementos.

Tenemos derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres armados, pues

el Poder público propio de todo Estado "no coincide directamente" con la población

armada, con su "organización armada espontánea".

Como todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza en dirigir la

atención de los obreros conscientes precisamente hacia aquello que el filisteísmo

dominante considera como lo menos digno de atención, como lo más habitual,

santificado por prejuicios no ya sólidos, sino podríamos decir que petrificados El

ejército permanente y la policía son los instrumentos fundamentales de la fuerza del

Poder del Estado. Pero ¿puede acaso ser de otro modo?

Desde el punto de vista de la inmensa mayoría de los europeos de fines del siglo

XIX, a quienes se dirigía Engels y que no habían vivido ni visto de cerca ninguna gran

revolución, esto no podía ser de otro modo. Para ellos, era completamente

incomprensible esto de una "organización armada espontánea de la población". A la

pregunta de por qué ha surgido la necesidad de destacamentos especiales de hombres

armados (policía y ejército permanente) situados por encima de la sociedad y

divorciados de ella, el filisteo del Occidente de Europa y el filisteo ruso se inclinaban a

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contestar con un par de frases tomadas de prestado de Spencer o de Mijailovski,

remitiéndose a la complejidad de la vida social, a la diferenciación de funciones, etc.

Estas referencias parecen "científicas" y adormecen magníficamente al filisteo,

velando lo principal y fundamental: la división de la sociedad en clases enemigas

irreconciliables.

Si no existiese esa división, la "organización armada espontánea de la población" se

diferenciaría por su complejidad, por su elevada técnica, etc., de la organización

primitiva de la manada de monos que manejan el palo, o de la del hombre

prehistórico, o de la organización de los hombres agrupados en la sociedad del clan;

pero semejante organización sería posible.

Si es imposible, es porque la sociedad civilizada se halla dividida en clases

enemigas, y además irreconciliablemente enemigas, cuyo armamento "espontáneo"

conduciría a la lucha armada entre ellas. Se forma el Estado, se crea una fuerza

especial, destacamentos especiales de hombres armados, y cada revolución, al destruir

el aparato del Estado, nos indica bien visiblemente cómo la clase dominante se

esfuerza por restaurar los destacamentos especiales de hombres armados a s u

servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza en crear una nueva organización de este

tipo, que sea capaz de servir no a los explotadores, sino a los explotados.

En el pasaje citado, Engels plantea teóricamente la misma cuestión que cada gran

revolución plantea ante nosotros prácticamente de un modo palpable y, además, sobre

un plano de acción de masas, a saber: la cuestión de las relaciones mutuas entre los

destacamentos "especiales" de hombres armados y la "organización armada

espontánea de la población". Hemos de ver cómo ilustra de un modo concreto esta

cuestión la experiencia de las revoluciones europeas y rusas.

Pero volvamos a la exposición de Engels.

Engels señala que, a veces, por ejemplo, en algunos sitios de Norteamérica, este

Poder público es débil (se trata aquí de excepciones raras dentro de la socíedad

capitalista y de aquellos sitios de Norteamérica en que imperaba, en el período

preimperialista, el colono libre), pero que, en términos generales, se fortalece:

". . . Este Poder público se fortalece a medida que los antagonismos de clase se

agudizan dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes y más poblados los

Estados colindantes; basta fijarse en nuestra Europa actual, donde la lucha de clases y

el pugilato de conquistas han encumbrado al Poder público a una altura en que

amenaza con devorar a toda la sociedad y hasta al mismo Estado".

Esto fue escrito no más tarde que a comienzos de la década del 90 del siglo pasado.

El último prólogo de Engels lleva la fecha del 16 de junio de 1891. Por aquel entonces,

comenzaba apenas en Francia, y más tenuemente todavía en Norteamérica y en

Alemania, el viraje hacia el imperialismo, tanto en el sentido de la dominación

completa de los trusts, como en el sentido de la omnipotencia de los grandes bancos,

en el sentido de una grandiosa política colonial, etc. Desde entonces, el "pugilato de

conquistas" ha experimentado un avance gigantesco, tanto más cuanto que a

comienzos de la segunda década del siglo XX el planeta ha resultado estar

definitivamente repartido entre estos "conquistadores en pugilato", es decir, entre las grandes potencias rapaces. Desde entonces, los armamentos terrestres y marítimos

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han crecido en proporciones increíbles, y la guerra de pillaje de 1914 a 1917 por la

dominación de Inglaterra o Alemania sobre el mundo, por el reparto del botín, ha

llevado al borde de una catástrofe completa la "absorción" de todas las fuerzas de la

sociedad por un Poder estatal rapaz.

Ya en 1891, Engels supo señalar el "pugilato de conquistas" como uno de los más

importantes rasgos distintivos de la política exterior de las grandes potencias. ¡Y los

canallas socialchovinistas de los años 1914-1917, en que precisamente este pugilato,

agudizándose más y más, ha engendrado la guerra imperialista, encubren la defensa

de los intereses rapaces de "su" burguesía con frases sobre la "defensa de la patria", sobre la "defensa de la república y de la revolución" y con otras frases por el estilo!

3. EL ESTADO, ARMA DE EXPLOTACION DE LA CLASE OPRIMlDA

Para mantener un Poder público aparte, situado por encima de la sociedad, son

necesarios los impuestos y las deudas del Estado.

"Los funcionarios, pertrechados con el Poder público y con el derecho a cobrar

impuestos, están situados -- dice Engels --, como órganos de la sociedad, por encima

de la sociedad. A ellos ya no les basta, aun suponiendo que pudieran tenerlo, con el

respeto libre y voluntario que se les tributa a los órganos del régimen gentilicio. . ." Se dictan leyes de excepción sobre la santidad y la inviolabilidad de los funcionarios. "El

más despreciable polizonte" tiene más "autoridad" que los representantes del clan; pero incluso el jefe del poder militar de un Estado civilizado podría envidiar a un jefe

de clan por "el respeto espontáneo" que le profesaba la sociedad.

Aquí se plantea la cuestión de la situación privilegiada de los funcionarios como

órganos del Poder del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los coloca por encima de

la sociedad? Veamos cómo esta cuestión teórica fue resuelta prácticamente por la

Comuna de París en 1871 y cómo la esfumó reaccionariamente Kautsky en 1912:

"Como el Estado nació de la necesidad de tener a raya los antagonismos de clase, y

como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de estas clases, el Estado lo es,

por regla general, de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante,

que con ayuda de él se convierte también en la clase políticamente dominante,

adquiriendo así nuevos medios para la represión y explotación de la clase oprimida. . ."

No fueron sólo el Estado antiguo y el Estado feudal órganos de explotación de los

esclavos y de los campesinos siervos y vasallos: también "el moderno Estado

representativo es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital. Sin

embargo, excepcionalmente, hay períodos en que las clases en pugna se equilibran

hasta tal punto, que el Poder del Estado adquiere momentáneamente, como aparente

mediador, una cierta independencia respecto a ambas". . . Tal aconteció con la

monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo del primero y del

segundo Imperio en Francia, y con Bismarck en Alemania.

Y tal ha acontecido también -- agregamos nosotros -- con el gobierno de Kerenski,

en la Rusia republicana, después del paso a las persecuciones del proletariado

revolucionario, en un momento en que los Soviets, como consecuencia de hallar se

dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya impotentes, y la burguesía no es

todavía lo bastante fuerte para disolverlos pura y simplemente.

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En la república democrática -- prosigue Engels -- "la riqueza ejerce su poder

indirectamente, pero de un modo tanto más seguro", y lo ejerce, en primer lugar,

mediante la "corrupción directa de los funcionarios" (Norteamérica), y, en segundo

lugar, mediante la "alianza del gobierno con la Bolsa" (Francia y Norteamérica).

En la actualidad, el imperialismo y la dominación de los Bancos han "desarrollado",

hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos dos métodos adecuados para

defender y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en las repúblicas

democráticas, sean cuales fueren. Si, por ejemplo, en los primeros meses de la

república democrática rusa, en los meses que podemos llamar de la luna de miel de los

"socialistas" -- socialrevolucionarios y mencheviques -- con la burguesía, en el

gobierno de coalición, el señor Palchinski saboteó todas las medidas de restricción

contra los capitalistas y sus latrocinios, contra sus actos de saqueo en detrimento del

fisco mediante los suministros de guerra, y si, al salir del ministerio, el señor Palchinski

(sustituido, naturalmente, por otro Palchinski exactamente igual) fue "recompensado"

por los capitalistas con un puestecito de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué

significa esto? ¿Es un soborno directo o indirecto? ¿Es una alianza del gobierno con los

consorcios o son "solamente" lazos de amistad? ¿Qué papel desempeñan los Chernov y

los Tsereteli, los Avkséntiev y los Skóbelev? ¿El de aliados "directos" o solamente

indirectos de los millonarios malversadores de los fondos públicos?

La omnipotencia de la "riqueza" es más segura en las repúblicas democráticas,

porque no depende de la mala envoltura política del capitalismo. La república

democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo, y

por lo tanto el capital, al dominar (a través de los Pakhinski, los Chernov, los Tsereteli

y Cía.) esta envoltura, que es la mejor de todas, cimenta su Poder de un modo tan

seguro, tan firme, que ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partidos,

dentro de la república democrática burguesa, hace vacilar este Poder.

Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio

universal arma de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice Engels,

sacando evidentemente las enseñanzas de la larga experiencia de la socialdemocracia

alemana, es

"el índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni

será nunca más, en el Estado actual".

Los demócratas pequeñoburgueses, por el estilo de nuestros socialrevolucionarios y

mencheviques, y sus hermanos carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de

la Europa occidental, esperan, en efecto, "más" del sufragio universal.

Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal

es, "en el Estado actual ", un medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores y de garantizar su efectividad práctica.

Aquí no podemos hacer más que señalar esta idea mentirosa, poner de manifiesto

que esta afirmación de Engels completamente clara, precisa y concreta, se falsea a

cada paso en la propaganda y en la agitación de los partidos socialistas "oficiales" (es decir, oportunistas). Una explicación minuciosa de toda la falsedad de esta idea,

rechazada aquí por Engels, la encontraremos más adelante, en nuestra exposición de

los puntos de vista de Marx y Engels sobre el Estado " actual ".

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En la más popular de sus obras, Engels traza el resumen general de sus puntos de

vista en los siguientes términos:

"Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las

arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni del Poder estatal. Al

llegar a una determinada fase del desarrollo económico, que estaba ligada

necesariamente a la división de la sociedad en clases, esta división hizo que el Estado

se convirtiese en una necesidad. Ahora nos acercamos con paso veloz a una fase de

desarrollo de la producción en que la existencia de estas clases no sólo deja de ser una

necesidad, sino que se convierte en un obstáculo directo para la producción. Las clases

desaparecerán de un modo tan inevitable como surgieron en su día. Con la

desaparición de las clases, desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad,

reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre e

igual de productores, enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha

de corresponder: al museo de antiguedades, junto a la rueca y al hacha de bronce".

No se encuentra con frecuencia esta cita en las obras de propaganda y agitación de

la socialdemocracia contemporánea. Pero incluso cuando nos encontramos con ella es,

casi siempre, como si se hiciesen reverencias ante un icono; es decir, para rendir un

homenaje oficial a Engels, sin el menor intento de analizar qué amplitud y profundidad

revolucionarias supone esto de "enviar toda la máquina del Estado al museo de

antiguedades". No se ve, en la mayoría de los casos, ni siquiera la comprensión de lo

que Engels llama la máquina del Estado.

4. LA "EXTINCION" DEL ESTADO Y LA REVOLUCION VIOLENTA

Las palabras de Engels sobre la "extinción" del Estado gozan de tanta celebridad y

se citan con tanta frecuencia, muestran con tanto relieve dónde está el quid de la

adulteración corriente del marxismo por la cual éste es adaptado al oportunismo, que

se hace necesario detenerse a examinarlas detalladamente. Citaremos todo el pasaje

donde figuran estas palabras:

"El proletariado toma en sus manos el Poder del Estado y comienza por convertir los

medios de producción en propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye

a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases,

y, con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad hasta el presente, movida entre los

antagonismos de clase, ha necesitado del Estado, o sea de una organización de la

correspondiente clase explotadora para mantener las condiciones exteriores de

producción, y por tanto, particularmente para mantener por la fuerza a la clase

explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud, la servidumbre o el vasallaje y

el trabajo asalariado), determinadas por el modo de producción existente. El Estado

era el representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social visible;

pero lo era sólo como Estado de la clase que en su época representaba a toda la

sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad

Media el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía. Cuando el

Estado se convierta finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, será por

sí mismo superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que

mantener en la opresión; cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase,

junto con la lucha por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la

producción, los choques y los excesos resultantes de esta lucha, no habra ya nada que

reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión, el Estado. El primer

acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la

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sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad,

es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención de la autoridad

del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida

social y se adormecerá por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por

la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El

Estado no será 'abolido'; se extingue. Partiendo de esto es como hay que juzgar el

valor de esa frase sobre el 'Estado popular libre' en lo que toca a su justificación

provisional como consigna de agitación y en lo que se refiere a su falta absoluta de

fundamento científico. Partiendo de esto es también como debe ser considerada ]a

exigencia de los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a la

mañana" (" Anti-Dühring " o "La subversión de la ciencia por el señor Eugenio Dühring", págs. 301-303 de la tercera edición alemana).

Sin temor a equivocarnos, podemos decir que de estos pensamientos sobremanera

ricos, expuestos aquí por Engels, lo único que ha pasado a ser verdadero patrimonio

del pensamiento socialista, en los partidos socialistas actuales, es la tesis de que el

Estado, según Marx, "se extingue", a diferencia de la doctrina anarquista de la

"abolición" del Estado. Truncar así el marxismo equivale a reducirlo al oportunismo,

pues con esta "interpretación" no queda en pie más que una noción confusa de un

cambio lento, paulatino, gradual, sin saltos ni tormentas, sin revoluciones. Hablar de

"extinción" del Estado, en un sentido corriente, generalizado, de masas, si cabe decirlo así, equivale indudablemente a esfumar, si no a negar, la revolución.

Además, semejante "interpretación" es la más tosca tergiversación del marxismo,

tergiversación que sólo favorece a la burguesía y que descansa teóricamente en la

omisión de circunstancias y consideraciones importantísimas que se indican, por

ejemplo, en el "resumen" contenido en el pasaje de Engels, citado aquí por nosotros en su integridad.

En primer lugar, Engels dice en el comienzo mismo de este pasaje que, al tomar el

Poder del Estado, el proletaria do "destruye, con ello mismo, el Estado como tal". "No es uso" pararse a pensar qué significa esto. Lo corriente es ignorarlo en absoluto o

considerarlo algo así como una "debilidad hegeliana" de Engels. En realidad, en estas

palabras se expresa concisamente la experiencia de una de las más grandes

revoluciones proletarias, la experiencia de la Comuna de París de 1871, de la cual

hablaremos detalladamente en su lugar. En realidad, Engels habla aquí de la

"destrucción" del Estado de la burguesía por la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario

después de la revolución socialista. El Estado burgués no se "extingue", según Engels, sino que " e s d e s t r u i d o " por el proletariado en la revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o semi-Estado proletario.

En segundo lugar, el Estado es una "fuerza especial de represión". Esta magnífica y

profundísima definición de Engels es dada aquí por éste con la más completa claridad.

Y de ella se deduce que la "fuerza especial de represión" del proletariado por la

burguesía, de millones de trabajadores por un puñado de ricachos, debe sustituirse por

una "fuerza especial de represión" de la burguesía por el proletariado (dictadura del

proletariado). En esto consiste precisamente la "destrucción del Estado como tal". En

esto consiste precisamente el "acto" de la toma de posesión de los medios de

producción en nombre de la sociedad. Y es de suyo evidente que semejante sustitución

de una "fuerza especial" (la burguesa) por otra (la proletaria) ya no puede operarse,

en modo alguno, bajo la forma de "extinción".

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En tercer lugar, Engels, al hablar de la "extinción" y -- con frase todavía más

plástica y colorida -- del "adormecimiento" del Estado, se refiere con absoluta claridad y precisión a la época posterior a la "toma de posesión de los medios de producción por el Estado en nombre de toda la sociedad", es decir, posterior a a la revolución socialista.

Todos nosotros sabemos que la forma política del "Estado", en esta época, es la

democracia más completa. Pero a ninguno de los oportunistas que tergiversan

desvergonzadamente el marxismo se le viene a las mientes la idea de que, por

consiguiente, Engels hable aquí del "adormecimiento" y de la "extinción" de la d e m o c r a c i a. Esto parece, a primera vista, muy extraño. Pero esto sólo es

"incomprensible" para quien no haya comprendido que la democracia t a m b i é n es un Estado y que, consiguientemente, la democracia también desaparecerá cuando

desaparezca el Estado. El Estado burgués sólo puede ser "destruido" por la revolución.

El Estado en general, es decir, la más completa democracia, sólo puede "extinguirse".

En cuarto lugar, al establecer su notable tesis de la "extinción del Estado", Engels

declara a renglón seguido, de un modo concreto, que esta tesis se dirige tanto contra

los oportunistas, como contra los anarquistas. Además, Engels coloca en primer plano

la conclusión que, derivada de su tesis sobre la "extinción del Estado", se dirige contra los oportunistas.

Podría apostarse que de diez mil hombres que hayan leído u oído hablar acerca de

la "extinción" del Estado, nueve mil novecientos noventa no saben u olvidan en

absoluto que Engels no dirigió solamente contra los anarquistas sus conclusiones derivadas de esta tesis. Y de las diez personas restantes, lo más probable es que

nueve no sepan qué es el "Estado popular libre" y por qué el atacar esta consigna

significa atacar a los oportunistas. ¡Así se escribe la Historia! Así se adapta de un modo

imperceptible la gran doctrina revolucionaria al filisteísmo dominante. La conclusión

contra los anarquistas se ha repetido miles de veces, se ha vulgarizado, se ha

inculcado en las cabezas del modo más simplificado, ha adquirido la solidez de un

prejuicio. ¡Pero la conclusión contra los oportunistas la han esfumado y "olvidado"!

El "Estado popular libre" era una reivindicación programática y una consigna

corriente de los socialdemócratas alemanes en la década del 70. En esta consigna no

hay el menor contenido político, fuera de una filistea y enfática descripción de la

noción de democracia. Engels estaba dispuesto a "justificar", "por el momento", esta consigna desde el punto de vista de la agitación, por cuanto con ella se insinuaba

legalmente la república democrática. Pero esta consigna era oportunista, porque

expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia burguesa, sino también la

incomprensión de la crítica socialista de todo Estado en general. Nosotros somos

partidarios de la república democrática, como la mejor forma de Estado para el

proletariado bajo el capitalismo, pero no tenemos ningún derecho a olvidar que la

esclavitud asalariada es el destino reservado al pueblo, incluso bajo la república

burguesa más democrática. Más aún. Todo Estado es una "fuerza especial para la

represión" de la clase oprimida. Por eso, todo Estado ni es libre ni es popular. Marx y Engels explicaron esto reiteradamente a sus camaradas de partido en la década del 70.

En quinto lugar, en esta misma obra de Engels, de la que todos citan el pasaje

sobre la extinción del Estado, se contiene un pasaje sobre la importancia de la

revolución violenta. El análisis histórico de su papel lo convierte Engels en un

verdadero panegírko de la revolución violenta. Esto "nadie lo recuerda". Sobre la

11

importancia de este pensamiento, no es uso hablar ni siquiera pensar en los partidos

socialistas contemporáneos estos pensamientos no desempeñan ningún papel en la

propaganda ni en la agitación cotidianas entre las masas. Y, sin embargo, se hallan

indisolublemente unidos a la "extinción" del Estado y forman con ella un todo

armónico.

He aquí el pasaje de Engels:

". . . De que la violencia desempeña en la historia otro papel [además del de agente

del mal], un papel revolucionario; de que, según la expresión de Marx, es la partera de

toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; de que la violencia es el

instrumento con la ayuda del cual el movimiento social se abre camino y rompe las

formas políticas muertas y fosilizadas, de todo eso no dice una palabra el señor

Dühring. Sólo entre suspiros y gemidos admite la posibilidad de que para derrumbar el

sistema de explotación sea necesaria acaso la violencia, desgraciadamente, afirma,

pues el empleo de la misma, según él, desmoraliza a quien hace uso de ella. ¡Y esto se

dice, a pesar del gran avance moral e intelectual, resultante de toda revolución

victoriosa! Y esto se dice en Alemania, donde la colisión violenta que puede ser

impuesta al pueblo tendría, cuando menos, la ventaja de destruir el espíritu de

servilismo que ha penetrado en la conciencia nacional como consecuencia de la

humillación de la Guerra de los Treinta años. ¿Y estos razonamientos turbios,

anodinos, impotentes, propios de un párroco rural, se pretende imponer al partido más

revolucionario de la historia?" (Lugar citado, pág. 193, tercera edición alemana, final

del IV capítulo, II parte).

¿Cómo es posible conciliar en una sola doctrina este panegírico de la revolución

violenta, presentado con insistencia por Engels a los socialdemócratas alemanes desde

1878 hasta 1894, es decir, hasta los últimos días de su vida, con la teoría de la

"extinción" del Estado?

Generalmente se concilian ambos pasajes con ayuda del eclecticismo, desgajando a

capricho (o para complacer a los detentadores del Poder), sin atenerse a los principios

o de un modo sofístico, ora uno ora otro argumento y haciendo pasar a primer plano,

en el noventa y nueve por ciento de los casos, si no en más, precisamente la tesis de

la "extinción". Se suplanta la dialéctica por el eclecticismo: es la actitud más usual y más generalizada ante el marxismo en la literatura socialdemócrata oficial de nuestros

días. Estas suplantaciones no tienen, ciertamente, nada de nuevo; pueden observarse

incluso en la historia de la filosofía clásica griega. Con la suplantación del marxismo

por el oportunismo, el eclecticismo presentado como dialéctica engaña más fácilmente

a las masas, les da una aparente satisfacción, parece tener en cuenta todos los

aspectos del proceso, todas las tendencias del desarrollo, todas las influencias

contradictorias, etc., cuando en realidad no da ninguna noción completa y

revolucionaria del proceso del desarrollo social.

Ya hemos dicho más arriba, y demostraremos con mayor detalle en nuestra ulterior

exposición, que la doctrina de Marx y Engels sobre el carácter inevitable de la

revolución violenta se refiere al Estado burgués. Este no puede sustituirse por el

Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la "extinción", sino sólo, por regla general, mediante la revolución violenta. El panegírico que dedica Engels a

ésta, y que coincide plenamente con reiteradas manifestaciones de Marx

(recordaremos el final de "Miseria de la Filosofía" y del "Manifiesto Comunista" con la declaración orgullosa y franca sobre el carácter inevitable de la revolución violenta;

12

recordaremos la crítica del Programa de Gotha, en 1875, cuando ya habían pasado casi

treinta años, y en la que Marx fustiga implacablemente el oportunismo de este

programa), este panegírico no tiene nada de "apasionamiento", nada de declamatorio,

nada de arranque polémico. La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en

esta, precisamente en esta idea sobre la revolución violenta, es algo básico en toda la

doctrina de Marx y Engels. La traición cometida contra su doctrina por las corrientes

socialchovinista y kautskiana hoy imperantes se manifiesta con singular relieve en el

olvido por unos y otros de esta propaganda, de esta agitación.

La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una

revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo

Estado, sólo es posible por medio de un proceso de "extinción".

Marx y Engels desarrollaron estas ideas de un modo minucioso y concreto,

estudiando cada situación revolucionaria por separado, analizando las enseñanzas

sacadas de la experiencia de cada revolución. Y esta parte de su doctrina, que es,

incuestionablemente, la más importante, es la que pasamos a analizar.

13

CAPITULO II

EL ESTADO Y LA REVOLUCION. LA EXPERIENCIA DE LOS AÑOS

1848-1851

1. EN VISPERAS DE LA REVOLUCION

Las primeras obras del marxismo maduro, "Miseria de la Filosofía" y el "Manifiesto Comunista", datan precisamente de la víspera de la revolución de 1848. Esta

circunstancia hace que en estas obras se contenga, hasta cierto punto, además de una

exposición de los fundamentos generales del marxismo, el reflejo de la situación

revolucionaria concreta de aquella época; por eso será, quizás, más conveniente

examinar lo que los autores de esas obras dicen acerca del Estado, inmediatamente

antes de examinar las conclusiones sacadas por ellos de la experiencia de los anos

1848-1851.

"En el transcurso del desarrollo, la clase obrera -- escribe Marx en 'Miseria de la

Filosofía' -- sustituirá la antigua sociedad burguesa por una asociación que excluya a

las clases y su antagonismo; y no existirá ya un Poder político propiamente dicho, pues

el Poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clase dentro

de la sociedad burguesa" (pág. 182 de la edición alemana de 1885).

Es interesante confrontar con esta exposición general de la idea de la desaparición

del Estado después de la supresión de las clases, la exposición que contiene el

"Manifiesto Comunista", escrito por Marx y Engels algunos meses después, a saber, en

noviembre de 1847:

"Al esbozar las fases más generales del desarrollo del proletariado, hemos seguido

la guerra civil más o menos latente que existe en el seno de la sociedad vigente, hasta

el momento en que se transforma en una revolución abierta y el proletariado,

derrocando por la violencia a la burguesía, instaura su dominación. . ."

". . . Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la

transformación [literalmente: elevación] del proletariado en clase dominante, la

conquista de la democracia".

"El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando

gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de

producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase

dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible las fuerzas productivas"

(págs. 31 y 37 de la 7a edición alemana, de 1906).

Vemos aquí formulada una de las ideas más notables y más importantes del

marxismo en la cuestión del Estado, a saber: la idea de la "dictadura del proletariado"

(como comenzaron a denominarla Marx y Engels después de la Comuna de París) y

asimismo la definición del Estado, interesante en el más alto grado, que se cuenta

también entre las "palabras olvidadas" del marxismo: " El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante ".

Esta definición del Estado no sólo no se explicaba nunca en la literatura imperante

de propaganda y agitación de los partidos socialdemócratas oficiales, sino que,

14

además, se la ha entregado expresamente al olvido, pues es del todo inconciliable con

el reformismo y se da de bofetadas con los prejuicios oportunistas corrientes y las

ilusiones filisteas con respecto al "desarrollo pacífico de la democracia".

El proletariado necesita el Estado, repiten todos los oportunistas, socialchovinistas y

kautskianos asegurando que tal es la doctrina de Marx y " olvidándose " de añadir, primero, que, según Marx, el proletariado sólo necesita un Estado que se extinga, es

decir, organizado de tal modo, que comience a extinguirse inmediatamente y que no

pueda por menos de extinguirse; y, segundo, que los trabajadores necesitan un

"Estado", "es decir, el proletariado organizado como clase dominante".

El Estado es una organización especial de la fuerza, es una organización de la

violencia para la represión de una clase cualquiera. ¿Qué clase es la que el proletariado

tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente, la clase explotadora, es decir, la burguesía.

Los trabajadores sólo necesitan el Estado para aplastar la resistencia de los

explotadores, y este aplastamiento sólo puede dirigirlo, sólo puede llevarlo a la

práctica el proletariado, como la única clase consecuentemente revolucionaria, como la

única clase capaz de unir a todos los trabajadores y explotados en la lucha contra la

burguesía, por la completa eliminación de ésta.

Las clases explotadoras necesitan la dominación política para mantener la

explotación, es decir, en interés egoísta de una minoría insignificante contra la mayoría

inmensa del pueblo. Las clases explotadas necesitan la dominación política para

destruir completamente toda explotación, es decir, en interés de la mayoría inmensa

del pueblo contra la minoría insignificante de los esclavistas modernos, es decir, los

terratenientes y capitalistas.

Los demócratas pequeñoburgueses, estos seudosocialistas que han sustituido la

lucha de clases por sueños sobre la armonía de las clases, se han imaginado la

transformación socialista también de un modo soñador, no como el derrocamiento de

la dominación de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica de la minoría a la

mayoría, que habrá adquirido conciencia de su misión. Esta utopía pequeñoburguesa,

que va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado por encima de

las clases, ha conducido en la práctica a la traición contra los intereses de las clases

trabajadoras, como lo ha demostrado, por ejemplo, la historia de las revoluciones

francesas de 1848 y 1871, y como lo ha demostrado la experiencia de la participación

"socialista" en ministerios burgueses en Inglaterra, Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Marx luchó durante toda su vida contra este socialismo pequeñoburgués, que hoy

vuelve a renacer en Rusia en los partidos socialrevolucionario y menchevique. Marx

des arrolló consecuentemente la doctrina de la lucha de clases hasta llegar a

establecer la doctrina sobre el Poder político, sobre el Estado.

El derrocamiento de la dominación de la burguesía sólo puede llevarlo a cabo el

proletariado, como clase especial cuyas condiciones económicas de existencia le

preparan para ese derrocamiento y le dan la posibilidad y la fuerza de efectuarlo.

Mientras la burguesía desune y dispersa a los campesinos y a todas las capas

pequeñoburguesas, cohesiona, une y organiza al proletariado. Sólo el proletariado --

en virtud de su papel económico en la gran producción -- es capaz de ser el jefe de

todas las masas trabajadoras y explotadas, a quienes con frecuencia la burguesía

15

explota, esclaviza y oprime no menos, sino más que a los proletarios, pero que no son

capaces de luchar por su cuenta para alcanzar su propia liberación.

La doctrina de la lucha de clases, aplicada por Marx a la cuestión del Estado y de la

revolución socialista, conduce necesariamente al reconocimiento de la dominación

política del proletariado, de su dictadura, es decir, de un Poder no compartido con

nadie y apoyado directamente en la fuerza armada de las masas. El derrocamiento de

la burguesía sólo puede realizarse mediante la transformación del proletariado en clase

dominante, capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada de la burguesía y

de organizar para el nuevo régimen económico a todas las masas trabajadoras y

explotadas. El proletariado necesita el Poder del Estado, organización centralizada de

la fuerza, organización de la violencia, tanto para aplastar la resistencia de los

explotadores como para dirigir a la enorme masa de la población, a los campesinos, a

la pequeña burguesía, a los semiproletarios, en la obra de "poner en marcha" la

economía socialista.

Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado,

vanguardia capaz de tomar el Poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo, de

dirigir y organizar el nuevo régimen, de ser el maestro, el dirigente, el jefe de todos los

trabajadores y explotados en la obra de construir su propia vida social sin burguesía y

contra la burguesía. Por el contrario, el oportunismo hoy imperante educa en sus

partidos obreros a los representantes de los obreros mejor pagados, que están

apartados de las masas y se "arreglan" pasablemente bajo el capitalismo, vendiendo

por un plato de lentejas su derecho de primogenitura, es decir, renunciando al papel

de jefes revolucionarios del pueblo contra la burguesía.

"El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante": esta teoría

de Marx se halla inseparablemente vinculada a toda su doctrina acerca de la misión

revolucionaria del proletariado en la historia. El coronamiento de esta su misión es la

dictacdura proletaria, la dominación política del proletariacdo.

Pero si el proletariado necesita el Estado como organización especial de la violencia

contra la burguesía, de aquí se desprende por sí misma la conclusión de si es

concebible que pueda crearse una organización semejante sin destruir previamente,

sin aniquilar aquella máquina estatal creada para sí por la burguesía. A esta conclusión lleva directamente el "Manifiesto Comunista", y Marx habla de ella al hacer el balance de la experiencia de la revolución de 1848-1851.

2. EL BALANCE DE LA REVOLUCION

En el siguiente pasaje de su obra "El 18 Brumario de Luis Bonaparte", Marx hace el

balance de la revolución de 1848-1851, respecto a la cuestión del Estado, que es el

que aquí nos interesa:

"Pero la revolución es radical. Está pasando todavía por el purgatorio. Cumple su

tarea con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851 [día del golpe de Estado de Luis

Bonaparte] había terminado la mitad de su labor preparatoria; ahora, termina la otra

mitad. Lleva primero a la perfección el Poder parlamentario, para poder derrotarlo.

Ahora, conseguido ya esto, lleva a la perfección el Poder ejecutivo, lo reduce a su más

pura expresión, lo aísla, se enfrenta con él, con el único objeto de concentrar contra él

todas las fuerzas de destrucción [subrayado por nosotros]. Y cuando la revolución haya

16

llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se levantará y gritará

jubilosa: ¡bien has osado, viejo topo!

Este Poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar, con su

compleja y artificiosa maquinaria de Estado, un ejército de funcionarios que suma

medio millón de hombres, junto a un ejército de otro medio millón de hombres, este

espantoso organismo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad

francesa y la tapona todos los poros, surgió en la época de la monarquía absoluta, de

la decadencia del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar". La

primera revolución francesa desarrolló la centralización, "pero al mismo tiempo amplió

el volumen, las atribuciones y el número de servidores del Poder del gobierno.

Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado". La monarquía legítima y la monarquía

de julio "no añadieron nada más que una mayor división del trabajo. . ."

". . . Finalmente, la república parlamentaria, en su lucha contra la revolución, vióse

obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios y la centralización

del Poder del gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en

vez

de destrozarla [subrayado por nosotros]. Los partidos que luchaban

alternativamente por la dominación, consideraban la toma de posesión de este

inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor" ("El 18 Brumario de

Luis Bonaparte", págs. 98-99, 4a ed., Hamburgo, 1907).

En este notable pasaje, el marxismo avanza un trecho enorme en comparación con

el "Manifiesto Comunista". Allí, la cuestión del Estado planteábase todavía de un modo extremadamente abstracto, operando con las nociones y las expresiones más

generales. Aquí, la cuestión se plantea ya de un modo concreto, y la conclusión a que

se llega es extraordinariamente precisa, definida, prácticamente tangible: todas las

revoluciones anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, y lo que hace falta es

romperla, destruirla.

Esta conclusión es lo principal, lo fundamental, en la doctrina del marxismo sobre el

Estado Y precisamente esto, que es lo fundamental, es lo que no sólo ha sido olvidado

completamente por los partidos socialdemócratas oficiales imperantes, sino lo que ha

sido evidentemente tergiversado (como veremos más abajo) por el más destacado

teórico de la II Internacional, C. Kautsky.

En el "Manifiesto Comunista" se resumen los resultados generales de la historia, que

nos obligan a ver en el Estado un órgano de dominación de clase y nos llevan a la

conclusión necesaria de que el proletariado no puede derrocar a la burguesía si no

empieza por conquistar el Poder político, si no logra la dominación política, si no

transforma el Estado en el "proletariado organizado como clase dominante", y de que

este Estado proletario comienza a extinguirse inmediatamente después de su triunfo,

pues en una sociedad sin contradicciones de clase el Estado es innecesario e imposible.

Pero aquí no se plantea la cuestión de cómo deberá realizarse -- desde el punto de

vista del desarrollo histórico -- esta sustitución del Estado burgués por el Estado

proletario.

Esta cuestión es precisamente la que Marx plantea y resuelve en 1852. Fiel a su

filosofía del materialismo dialéctico, Marx toma como base la experiencia histórica de

los grandes años de la revolución, de los años 1848-1851. Aquí, como siempre, la

doctrina de Marx es un resumen de la experiencia, iluminado por una profunda

concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento de la historia.

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La cuestión del Estado se plantea de un modo concreto: ¿cómo ha surgido

históricamente el Estado burgués, la máquina del Estado que necesita para su

dominación la burguesía? ¿Cuáles han sido sus cambios, cuál su evolución en el

transcurso de las revoluciones burguesas y ante las acciones independientes de las

clases oprimidas? ¿Cuáles son las tareas del proletariado en lo tocante a esta máquina

del Estado?

El Poder estatal centralizado, característico de la sociedad burguesa, surgió en la

época de la caída del absolutismo. Dos son las instituciones más características de esta

máquina del Estado: la burocracia y el ejército permanente. En las obras de Marx y

Engels se habla reiteradas veces de los miles de hilos que vinculan a estas

instituciones precisamente con la burguesía. La experiencia de todo obrero revela estos

vínculos de un modo extraordinariamente evidente y sugeridor. La clase obrera

aprende en su propia carne a comprender estos vínculos, por eso, capta tan fácilmente

y se asimila tan bien la ciencia del carácter inevitable de estos vínculos, ciencia que los

demócratas pequeñoburgueses niegan por ignorancia y por frivolidad, o reconocen,

todavía de un modo más frívolo, "en términos generales", olvidándose de sacar las

conclusiones prácticas correspondientes.

La burocracia y el ejército permanente son un "parásito" adherido al cuerpo de la

sociedad burguesa, un parásito engendrado por las contradicciones internas que

dividen a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que "tapona" los poros

vitales. El oportunismo kautskiano imperante hoy en la socialdemocracia oficial

considera patrimonio especial y exclusivo del anarquismo la idea del Estado como un

organismo parasitario. Se comprende que esta tergiversación del marxismo sea

extraordinariamente ventajosa para esos filisteos que han llevado el socialismo a la

ignominia inaudita de justificar y embellecer la guerra imperialista mediante la

aplicación a ésta del concepto de la "defensa de la patria", pero es, a pesar de todo, una tergiversación indiscutible.

A través de todas las revoluciones burguesas vividas en gran número por Europa

desde los tiempos de la caída del feudalismo, este aparato burocrático y militar va

desarrollándose, perfeccionándose y afianzándose. En particular, es precisamente la

pequeña burguesía la que se pasa al lado de la gran burguesía y se somete a ella en

una medida considerable por medio de este aparato, que suministra a las capas altas

de los campesinos, pequeños artesanos, comerciantes, etc., puestecitos relativamente

cómodos, tranquilos y honorables, que colocan a sus poseedores por encima del

pueblo. Fijaos en lo ocurrido en Rusia en el medio año transcurrido desde el 27 de

febrero de 1917: los cargos burocráticos, que antes se adjudicaban preferentemente a

los miembros de las centurias negras, se han convertido en botín de kadetes,

mencheviques y socialrevolucionarios. En el fondo, no se pensaba en ninguna reforma

seria, esforzándose por aplazadas "hasta la Asamblea Constituyente", y aplazando

poco a poco la Asamblea Constituyente ¡hasta el final de la guerra! ¡Pero para el

reparto del botín, para la ocupación de los puestecitos de ministros, subsecretarios,

gobernadores generales, etc., etc., no se dio largas ni se esperó a ninguna Asamblea

Constituyente! El juego en torno a combinaciones para formar gobierno no era, en el

fondo, más que la expresión de este reparto y reajuste del "botín", que se hacía arriba y abajo, por todo el país, en toda la administración, central y local. El balance, un

balance objetivo, del medio año que va desde el 27 de febrero al 27 de agosto de 1917

es indiscutible: las reformas se aplazaron, se efectuó el reparto de los puestecitos

burocráticos, y los "errores" del reparto se corrigieron mediante algunos reajustes.

18

Pero cuanto más se procede a estos "reajustes" del aparato burocrático entre los

distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses (entre los kadetes,

socialrevolucionarios y mencheviques, si nos atenemos al ejemplo ruso), con tanta

mayor claridad ven las clases oprimidas, y a la cabeza de ellas el proletariado, su

hostilidad irreconciliable contra toda la sociedad burguesa. De aquí la necesidad, para

todos los partidos burgueses, incluyendo a los más democráticos y "revolucionario-

democráticos", de reforzar la represión contra el proletariado revolucionario, de

fortalecer el aparato de represión, es decir, la misma máquina del Estado. Esta marcha

de los acontecimientos obliga a la revolución " a concentrar todas las fuerzas de

destrucción " contra el Poder estatal, la obliga a proponerse como objetivo, no el perfeccionar la máquina del Estado, sino el destruirla, el aplastarla.

No fue la deducción lógica, sino el desarrollo real de los acontecimientos, la

experiencia viva de los años 1848-1851, lo que condujo a esta manera de plantear la

cuestión. Hasta qué punto se atiene Marx rigurosamente a la base efectiva de la

experiencia histórica, se ve teniendo en cuenta que en 1852 Marx no plantea todavía el

problema concreto de saber con qué se va a sustituir esta máquina del Estado que ha

de ser destruida. La experiencia no suministraba todavía entonces los materiales para

esta cuestión, que la historia puso al orden del día más tarde, en 1871. En 1852, con

la precisión del observador que investiga la historia natural, sólo podía registrarse una

cosa: que la revolución proletaria había de abordar la tarea de "concentrar todas las fuerzas de destrucción" contra el Poder estatal, la tarea de "romper" la máquina del Estado.

Aquí puede surgir esta pregunta: ¿Es justo generalizar la experiencia, las

observaciones y las conclusiones de Marx, aplicándolas a zonas más amplias que la

historia de Francia en los tres años que van de 1848 a 1851? Para examinar esta

pregunta, comenzaremos recordando una observación de Engels y pasaremos luego a

los hechos.

"Francia -- escribía Engels en el prólogo a la tercera edición del '18 Brumario' -- es

el país en el que las luchas históricas de clases se han llevado cada vez a su término

decisivo más que en ningún otro sitio y donde, por tanto, las formas políticas variables

dentro de las que se han movido estas luchas cde clases y en las que han encontrado

su expresión los resultados de las mismas, y en las que se condensan sus resultados,

adquieren también los contornos más acusados. Centro del feudalismo en la Edad

Media y país modelo de la monarquía unitaria corporativa desde el Renacimiento,

Francia pulverizó el feudalismo en la gran revolución e instauró la dominación pura de

la burguesía bajo una forma clásica como ningún otro país de Europa. También la lucha

del proletariado que se alza contra la burguesía dominante reviste aquí una forma

violenta, desconocida en otros países" (pág. 4, ed. de 1907)

La última observación está anticuada, ya que a partir de 1871 se ha operado una

interrupción en la lucha revolucionaria del proletariado francés, si bien esta

interrupción, por mucho que dure, no excluye, en modo alguno, la posibilidad de que,

en la próxima revolución proletaria, Francia se revele como el país clásico de la lucha