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El gran Gatsby

Francis Scott Fitzgerald

Colección

Biblioteca Clásica

www.librosenred.com

Dirección General: Marcelo Perazolo

Dirección de Contenidos: Ivana Basset

Diseño de cubierta: Emil Iosipescu

Diagramación de interiores: Federico de Giacomi

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento

informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea

electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el permiso

previo escrito de los titulares del Copyright.

Primera edición en español en versión digital

© LibrosEnRed, 2005

Una marca registrada de Amertown International S.A.

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ÍNDICE

I

7

II

23

III

35

IV

51

V

66

VI

78

VII

90

VIII

117

IX

129

Acerca del autor

143

Editorial LibrosEnRed

144

Una vez más

para Zelda

Entonces ponte el sombrero dorado, si con

eso la conmueves;

Si eres capaz de rebotar alto, hazlo por ella

también,

Hasta que grite: “Amante, amante de

sombrero dorado,

de rebote alto,

¡Tienes que ser mío!”

Tomas Parke D’Invilliers

I

En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que des-de aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.

“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” –fueron sus palabras– “re-cuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.”

No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcio-nalmente bien, a pesar de ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más que eso. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme

todo juicio, hábito que me ha facilitado el conocimiento de gran número

de personas singulares, pero que también me ha hecho víctima de más de

un latoso inveterado. La mente anormal es rápida en detectar esta cualidad

y apegarse a las personas normales que la poseen. Por haber sido partícipe

de las penas secretas de aventureros desconocidos, en la universidad fui

acusado injustamente de ser político. No busqué la mayor parte de estas

confidencias; a menudo fingía tener sueño o estar preocupado; o cuando

gracias a algún signo inconfundible me daba cuenta de que se avecinaba

por el horizonte la revelación de alguna confidencia, mostraba una indife-rencia hostil. Y es que las revelaciones íntimas de los jóvenes, o al menos la manera como las formulan, son por regla general plagios o están defor-madas por supresiones obvias. Reservarse el juicio es asunto de esperanza ilimite. Todavía hoy temo un poco perderme de algo si olvido que como lo

insinuó mi padre en forma por demás pretencioso, y yo de la misma manera

lo repito–, el sentido fundamental de la buena educación es inequitativa-mente repartido al nacer.

Y tras vanagloriarme de este modo de mi tolerancia, he de admitir que

tiene un límite. La conducta puede estar cimentada en la dura piedra o

en el pantano húmedo, pero pasado cierto punto me tiene sin cuidado

en qué se funde. Cuando regresé del Este en el otoño sentí deseos de que

el mundo estuviera de uniforme y con una especie de eterna vigilancia

moral; no quería más excursiones desenfrenadas con atisbos privilegiados

al corazón humano. Sólo Gatsby, el hombre que presta su nombre a es-te libro, Gatsby, el hombre que representaba cuanto he desdeñado desde siempre, estuvo eximido de mi reacción. Si por personalidad se entiende

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Francis Scott Fitzgerald

una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había algo fabuloso

en él, una sensibilidad a flor de piel hacia las promesas de la vida, como si

estuviera vinculado a uno de aquellos intrincados aparatos que registran

terremotos a diez mil millas de distancia. Esta sensibilidad nada tiene que

ver con la amorfa capacidad de impresionarse que adquiere categoría bajo

el nombre de “temperamento creativo era, más bien, una extraordinaria

disponibilidad para la esperanza, una presteza para el romance que jamás

he encontrado en nadie y que probablemente no vuelva a hallar jamás.

No... Gatsby resultó bien al final; fue más bien aquello que lo devoró, esa

basura hedionda que flotaba en la estela de sus sueños, lo que mató por

un tiempo mi interés por las congojas intempestivas y las efímeras dichas

de los hombres.

Desde hace tres generaciones mi familia ha sido gente de bien, prominente

en esta ciudad del Oeste Medio. Los Carraway son una especie de clan que,

según una tradición suya, desciende de los duques de Buccleuch; pero el

verdadero fundador de la rama a la cual pertenezco fue el hermano de mi

abuelo, que vino a este lugar en el año cincuenta y uno, envió un reempla-zo a la guerra civil y fundó la ferretería mayorista que mi padre administra hoy.

Jamás conocí a este tío abuelo, pero se supone que me parezco a él en es-pecial tal como se ve en un retrato bastante duro, que cuelga en la oficina de mi padre. Me gradué en New Haven en 1915, exactamente un cuarto

de siglo después de que mi padre lo hiciera, y al poco tiempo participé en

aquella emigración teutónica tardía conocida como la Gran Guerra. Dis-fruté tanto en el contraataque que cuando regresé me sentía aburrido. En lugar de ser todavía el cálido centro del universo, el Oeste Medio parecía

ahora el raído extremo del mundo, razón por la cual decidí dirigirme ha-cía el Este y aprender el negocio de bonos y valores. Todos mis conocidos estaban en este campo y me parecía que podía brindarle el sustento a un

soltero más. Mis tíos hablaron del asunto como si estuviesen escogiendo un

colegio para mí, y al fin dijeron: “Pues... bueno”, con grandes dudas y caras

largas, Mi padre aceptó subvencionarme un ano, y luego de postergarlo

varias veces, me vine para el Este definitivamente, o al menos así lo creía,

en la primavera del año veintidós.

Lo más práctico habría sido encontrar alojamiento en la ciudad, pero como

la estación era calurosa y yo acababa de abandonar una región de gran-des campos y árboles acogedores, cuando un campanero de la oficina me insinuó que alquiláramos juntos una casa en un pueblo vecino, la idea me

sonó. Él la encontró, una casa de campo prefabricada, con paredes de car-tón, golpeada por los elementos, por ochenta dólares mensuales; pero a 8

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El gran Gatsby

último minuto la empresa lo envío a Washington, y yo me marché al campo

solo. Tema un perro –o al menos lo tuve durante varios días, antes de que

escapara–, un viejo Dodge y una criada oriunda de Finlandia que me tendía

la cama, hacía el desayuno y mascullaba máximas finlandesas junto a la

estufa eléctrica.

Durante un día o dos me sentí solo, hasta que un buen día un hombre más

recién llegado que yo me detuvo en la carretera.

–¿Por dónde se llega al pueblo de West Egg? –me preguntó, sin saber que

hacer.

Se lo indiqué, y cuando seguí mi camino ya no me sentía solo: era un gula,

un baquiano, un colono original. Sin quererlo, él me había otorgado el de-recho a considerarme un vecino del lugar.

Y entonces, gracias al sol y a los increíbles brotes de hojas que nacían en los

árboles, a la manera como crecen las cosas en las películas de cámara rápi-da, sentí la familiar convicción de que la vida estaba empezando de nuevo con el verano.

Tenía mucho para leer, por una parte, y mucha salud qué arrebatarle al jo-ven y alentador aire. Me compré una docena de obras sobre bancos, crédito y papeles de inversión, que se erguían en el estante, en rojo y oro, como

dinero recién acuñado, prometiendo revelar los resplandecientes secretos

que sólo Midas, Morgan y Mecenas conocían. Tenía, además, las mejores in-tenciones de leer muchos otros libros. En la universidad fui uno de aquellos estudiantes que se inclinan por la literatura –un año escribí varios editoria-les muy solemnes y obvios para el Yale News–, y ahora traería de nuevo es-tas cosas a mi vida, para convertirme en el más limitado de los especialistas, el “hombre cultivado”. Esto no es sólo un epigrama; al fin y al cabo, la vida

se puede contemplar mucho mejor desde una sola ventana.

Fue azar que alquilé una casa en una de las comunidades más extrañas

de Norteamérica. Estaba situada en aquella isla bulliciosa y delgada que

se extiende por todo el este de Nueva York, y en la que hay, entre otras

curiosidades naturales, dos formaciones de tierra insólitas. A veinte millas

de la ciudad, un par de enormes huevos, idénticos en contorno y separados

sólo por una bahía de cortesía, penetran en el cuerpo de agua salada más

domesticado del hemisferio occidental, el gran corral húmedo de Long Is-land Sound. No son óvalos perfectos; al igual que el huevo de la historia de Colón, ambos son aplastados en el punto por donde hacen contacto, y su

parecido físico tiene que ser fuente de perpetua confusión para las gaviotas

que los sobrevuelan. Para las criaturas no aladas, un fenómeno más llama-tivo es lo disímiles que son en todo salvo en forma y tamaño.

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Francis Scott Fitzgerald

Yo vivía en West Egg, el..., bueno, el lugar menos de moda de los dos, aun-que éste es un rótulo demasiado superficial para explicar el extraño y no poco siniestro contraste que hay entre ellos. Mi casa quedaba en la pun-ta misma del huevo, a sólo cincuenta yardas del estuario, apabullada por dos inmensos palacetes que se alquilaban por doce o quince mil dólares la

temporada. El de mi derecha era, visto desde cualquier ángulo, un enorme

caserón, imitación perfecta de un Hôtel de Ville de algún pueblo norman-do, con una torre a un lado, tan nueva que relucía bajo una delgada barba de hiedra silvestre, una piscina de mármol y cuarenta cuadras de jardines y

prados. Era la mansión de Gatsby. O mejor, puesto que aún no conocía al

señor Gatsby, era la mansión donde habitaba el caballero de este apellido.

Mi casa era una vergüenza a la vista, pero una vergüenza pequeña, y por

eso no le habían hecho caso; y así, tenía yo vista al agua, vista parcial a los

prados de mi vecino y la consoladora proximidad de los millonarios... todo

por ochenta dólares mensuales.

Al otro lado de la bahía de cortesía rutilaban junto al agua los palacetes

blancos de los refinados habitantes de East Egg; la historia de este verano

comienza en realidad la tarde en que fui a cenar adonde los Buchanan.

Daisy era prima segunda mía, y a Tom lo conocí en la universidad. Cuando

la guerra había acabado de terminar pasé dos días con ellos en Chicago.

Entre otras hazañas físicas, su esposo había llegado a ser uno de los más po-derosos punteros que hayan jugado alguna vez al fútbol americano en New Haven, figura de renombre nacional, de cierta manera. Era uno de aquellos

hombres que a los veintiún años han descollado tanto en un campo limita-do que todo lo que sigue les sabe a anticlímax. Su familia era en extremo acaudalada –cuando estaba todavía en la universidad se le reprochaba su

libertad con el dinero–, pero él ya se había mudado de Chicago, y había lle-gado al Este en un estilo que cortaba el aliento; por ejemplo, se trajo desde Lake Forest toda una cuadra de caballos de polo. No era fácil imaginarse

que un hombre de mi propia generación pudiera ser tan adinerado como

para hacer algo semejante.

No sé por qué vinieron al Este. Hablan pasado un año en Francia sin ningu-na razón particular y luego anduvieron inquietos de un lugar a otro, don-dequiera que hubiera jugadores de polo y gente con quien disfrutar de su dinero. Daisy me dijo por teléfono que esta mudanza era definitiva, pero

no le creí..., no conocía bien el corazón de mi prima, pero sentía que Tom

andada por siempre con algo de ansiedad en pos de la dramática turbulen-cia de un irrecuperable partido de fútbol.

Fue así como me encontré una cálida y venteada noche viajando hacia East

Egg con el propósito de visitar a dos viejos amigos a quienes apenas co-10

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El gran Gatsby

nocía. Su casa era aún más recargada de lo que esperaba, una mansión

colonial georgiana, en alegres rojo y blanco, con vista a la bahía. La grama

comenzaba en la playa y a lo largo de una distancia de un cuarto de milla

subía hacia la puerta del frente, sorteando relojes solares, muros de ladrillo

y flamantes jardines, para acabar, al llegar a la casa, trepando a los lados

en enredaderas brillantes, que parcelan producidas por el impulso de su ca-rrera. Quebraba la fachada una hilera de ventanales franceses, relucientes ahora por el oro reflejado y abiertos de par en par a la cálida y fresca tarde;

Tom Buchanan, en traje de montar, estaba de pie en el pórtico delantero,

con las piernas separadas.

Habla cambiado desde los días de New Haven. Era ahora un hombre en sus

treinta, robusto y de cabellos pajizos, boca más bien dura y porte altivo. Un

par de brillantes ojos arrogantes habían establecido su dominio sobre el

rostro, haciéndole aparecer siempre como echado hacia adelante con agre-sividad. Ni siquiera el afeminado y ostentoso traje de montar podía escon-der el enorme poder de aquel cuerpo; llenaba las lustrosas botas de modo que los cordones más altos parecían a punto de reventar, y se podía ver la

enorme masa muscular moverse cuando el hombro cambiaba de posición

bajo su chaqueta delgada, Era un cuerpo capaz de ejercer enorme poder;

un cuerpo cruel.

La voz con que hablaba, de tenor hosco y bronco, parecía aumentar la im-presión de displicencia que comunicaba. Había en ella un toque de desdén paternalista, incluso cuando se dirigía a personas que sí apreciaba, y en

New Haven más de uno lo detestó a morir.

“Mira, no creas que yo en esto tengo la última palabra” –parecía decir–,”só-lo porque soy más fuerte y más hombre que tú”. En la universidad ha-bíamos pertenecido a la misma cofradía y aunque jamás fuimos íntimos, siempre tuve la impresión de que tenía de mí una buena opinión, y de

que, con aquella ansiedad brusca y provocativa tan suya, deseaba que yo

lo apreciara.

Conversamos unos minutos en el pórtico soleado.

–Esto aquí es bonito –dijo, dando un vistazo inquieto en derredor.

Haciéndome girar por el antebrazo, movió una de sus manos anchas y apla-nadas para señalar el paisaje, incluyendo en su barrido un jardín italiano en desnivel, media cuadra de rosas intensas y pungentes y un bote motoriza-do, de nariz levantada que hacía salir la marea de la playa.

–Perteneció a Demaine, el petrolero –de nuevo me volvió a hacer girar, a

un tiempo cortés y abruptamente–. Entremos.

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Francis Scott Fitzgerald

Pasando por un corredor de techo alto llegamos a un alegre espacio de

colores vivos, apenas integrado a la casa por ventanales franceses a lado

y lado. Los ventanales blancos estaban abiertos del todo y resplandecían

contra el césped verde de la parte de afuera, que parecía entrarse un

poco a la casa. La brisa soplaba a través del cuarto, haciendo elevarse

hacia adentro la cortina de un lado y hacia afuera la del otro, como páli-das banderas, enroscándolas y lanzándolas hacia la escarchada cubierta de bizcocho de novia que era el techo, para después hacer rizos sobre el

tapiz vino tinto, formando una sombra sobre él, como el viento al soplar

sobre el mar.

El único objeto completamente estacionario en el cuarto era un enor-me sofá en el que habla dos mujeres a flote como sobre un globo an-clado. Ambas vestían de blanco, y sus trajes revoloteaban ondulados como si hubieran acabado de regresar por el aire tras un corto vuelo

por los alrededores de la casa. Debí haber permanecido unos instantes

escuchando el restañar y revolotear de las cortinas y el crujir del re-trato de la pared. Se sintió una explosión al Tom cerrar el ventanal de atrás; y entonces el viento atrapado murió en el cuarto, y las cortinas

y los tapetes y las dos mujeres descendieron cual globos con lentitud

hasta el piso.

La menor de ellas me era desconocida. Estaba extendida cuan larga era en

su extremo del sofá, totalmente inmóvil, con su pequeño mentón ligera-mente levantado, como si estuviera equilibrando en él algo que fácilmente podía caer. Si me vio por el rabillo del ojo, no dio ninguna muestra de ello;

es más, me sorprendí a mí mismo a punto de balbucir una disculpa por ha-berla molestado con mi entrada.

La otra joven, Daisy, hizo el intento de levantarse –se inclino un poco hacia

adelante, con expresión consciente–, emitió entonces una risita absurda y

encantadora; yo también reí y entré a la habitación.

– Estoy pa... paralizada de la felicidad.

De nuevo rió, como si hubiera dicho algo muy ingenioso, me estrechó la

mano un momento, me miró a la cara, y juró que no había nadie en el mun-do a quien deseara tanto ver. Era un truquito muy suyo. En un susurro me hizo saber que el apellido de la joven equilibrista era Baker (he oído decir

que el susurro de Daisy servía sólo para hacer que la gente se inclinara hacia

ella; crítica sin importancia que en nada lo hacía menos atractivo).

De todos modos, los labios de la señorita Baker se movieron un poco, me

hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y acto seguido volvió a echa-ría hacia atrás –era obvio que el objeto que sostenía en equilibrio se había 12

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El gran Gatsby

tambaleado, produciéndole un pequeño susto. De nuevo una especie de

disculpa llego a mis labios. Casi cualquier exhibición de total autosuficiencia

arranca de mí un atónito tributo.

Volví a mirar a mi prima, que comenzó a formularme preguntas en su

voz queda y excitante. Es la clase de voz que el oído sigue en sus altos y

bajos, como si cada emisión fuese un arreglo musical que nunca jamás

volverá a ser ejecutado. Su rostro era triste, bello y brillante el brillo en

los ojos y la brillante y apasionada boca; pero era tan sensual su voz que

los hombres que la amaban encontraban difícil olvidarla: un cantarín

apremio, un “escúchame” susurrado, la promesa de que acababa de ha-cer cosas ricas y emocionantes, de que se avecinaban cosas excitantes a la hora siguiente.

Le comenté que en mi viaje hacia el Este había pasado un día en Chicago y

que una docena de personas le mandaban saludes conmigo.

–¿Me extrañan? –exclamó en éxtasis.

–La ciudad entera está desolada. Todos los autos pintaron de negro la llan-ta izquierda trasera Como corona fúnebre, y a lo largo de la costa norte se escucha, la noche entera, un permanente gemido.

–¡Qué maravilla! ¡Regresemos, Tom; mañana mismo, –y entonces agregó,

como sin darle importancia:

–Tienes que conocer a la niña.

–Me gustaría mucho.

–Está dormida. Tiene tres altos. ¿No la has visto nunca?

–Jamás.

–Entonces, tienes que conocerla. Es...

Tom Buchanan, que había estado moviéndose inquieto de un lado a otro

por el cuarto, se detuvo y dejó descansar su mano en mi hombro.

–¿En qué andas, Nick?

–Esclavo de los bonos.

–¿Con quién?

Le conté con quienes.

–No los he oído mentar –comentó con tono seguro.

Eso me molestó.

–Ya oirás de ellos –contesté cortante–. Si te quedas en el Este oirás.

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Pues claro; que me quedaré aquí, créeme –dijo, dirigiéndole una mirada a

Daisy y de nuevo una a mí, como si estuviera pendiente de algo más–. Sería

un tonto si me fuera a vivir a otra parte.

En aquel instante la señorita Baker dijo: “¡Seguro!”, de modo tan abrupto

que me hizo sobresaltar–; era lo primero que decía desde que yo entrara al

cuarto. Era evidente que esto la sorprendió tanto a ella como a mí, porque

dio un bostezo, y con una serie de movimientos rápidos y precisos se puso

de pie y se integró al cuarto.

–Estoy tiesa –se lamentó–, llevo recostada en este sofá desde que tengo

memoria.

–No me mires a mí replicó Daisy; toda la tarde me la he pasado tratando de

convencerte de que vayamos a Nueva York.

–No, muchas gracias –le dijo la señorita Baker a los cuatro cócteles que aca-baban de traer desde la despensa; seguro, estoy en pleno entrenamiento.

Su anfitrión la miró incrédulo.

–¡Que va! –Se bebió el trago como si no fuera más que una gota en el fondo

del vaso–. No me explico cómo logras llevar a cabo alguna cosa a veces.

Miré a la señorita Baker para darme cuenta de qué es lo que lograba “llevar

a cabo”. Disfrutaba mirándola. Era una chica esbelta, de senos pequeños y

porte erguido acentuado por su modo de echar el cuerpo hacia atrás en los

hombros, como un cadete joven. Sus ojos grises, entrecerrados por el sol,

me devolvieron la mirada con una curiosidad recíproca y cortés desde su

rostro pálido, encantador e insatisfecho. Pensé que en el pasado la había

visto a ella o una fotografía suya en alguna parte.

–Usted vive en West Egg –anotó con desprecio–. Conozco a alguien allí.

–No conozco a nadie...

–Usted debe conocer a Gatsby.

–¿Gatsby? ¿Cuál Gatsby? –preguntó Daisy.

Antes de que pudiera replicar que era mi vecino anunciaron la comida;

metiendo su tenso brazo en forma imperiosa bajo el mío, Tom Buchanan

me sacó de la habitación como quien mueve una ficha de damas a otro

cuadro.

Esbeltas, lánguidas, las manos suavemente posadas sobre las caderas, las

dos jóvenes señoras nos precedieron en la salida a la terraza de colores

vivos, abierta al ocaso, en donde cuatro velas titilaban sobre la mesa en el

viento ya apaciguado.

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El gran Gatsby

–¿Y velas por qué? –objetó Daisy, frunciendo el ceño y procediendo a apa-garlas con los dedos–. En dos semanas caerá el día más largo del año –nos miró radiante. ¿Esperas siempre el día más largo del año y después se te

pasa por alto? Yo siempre espero el día más largo del año y después se me

pasa por alto.

–Tenemos que hacer algún programa –bostezó la señorita Baker, sentada a

la mesa como si estuviera a punto de irse a la cama.

–Está bien –dijo Daisy–. ¿Qué podemos hacer? –se volvió hacia mi, compun-gido–, ¿Qué hace la gente?

Antes de que pudiera contestarle, fijó sus ojos con expresión doliente en su

dedo meñique.

–¡Mira! –se quejó–; está lastimado.

Todos miramos. Tenía el nudillo amoratado.

–Fuiste tú, Tom –dijo acusadora–, Sé que fue sin culpa, pero fuiste tú. Eso

me gano por haberme casado con un bruto, un espécimen de hombre gran-de y grueso; un completo mastodonte.

–Detesto la palabra mastodonte –objetó Tom, malhumorado–, hasta en

broma me molesta.

–Mastodonte –insistió Daisy.

Algunas veces ella y la señorita Baker hablaban al tiempo, con disimulo y

con una frivolidad burletera –que no podía llamarse charla–, tan fría como

sus vestidos blancos y sus ojos impersonales, vacíos de todo deseo. Se encon-traban en este lugar y nos aceptaban a Tom y a mí; hacían sólo un cortés y afable esfuerzo por entretener o ser entretenidas. Sabían que muy pronto

terminarían de cenar y muy pronto también la tarde, como si nada importa-ra, sería arrinconada. En esto el Oeste era radicalmente diferente, pues allí una velada se precipitaba de etapa en etapa hasta llegar a su fin, defrauda-das siempre las expectativas, o a veces en total pavor del momento mismo.

–Tú me haces sentir poco civilizado, Daisy –confesé al calor de mi segundo

vaso de un clarete sabroso espectacular–. ¿No puedes hablar de las cose-chas o y algo por el estilo?

No me refería a nada en especial cuando hice este comentario, pero fue,

acogido de un modo que no esperaba.

La civilización se está derrumbando –estalló Tom con violencia–. Me he

vuelto un terrible pesimista en la vida. ¿Has leído El auge de los imperios de

color, escrito por ese tipo Goddard?

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Francis Scott Fitzgerald

–Oh, no respondí, muy sorprendido por su tono.

–Pues es un magnífico libro, que todo el mundo debería leer. La tesis es que

si nos descuidamos, la raza blanca va a quedar aplastada sin remedio. Es

algo científico; está demostrado.

–Tom se nos está volviendo muy profundo –dijo Daisy con una expresión de

tristeza indiferente–. Lee libros plagados de palabras largas. ¿Qué palabra

fue aquélla que...?

–Pues cómo te parece que esos libros son científicos –insistió Tom, mirán-dola con impaciencia–. Ese tipo sabe cómo son las cosas. Nos corresponde a nosotros, la raza dominante, estar atentos para que esas otras razas no se

apoderen de] control.

–Es necesario aplastarlas –murmuró Daisy, parpadeando con ferocidad ha-cia el ferviente sol.

–Ustedes deberían vivir en California –comenzó la señorita Baker, pero Tom

la interrumpió, moviéndose pesadamente en su asiento.

–La idea es que nosotros somos nórdicos. Yo lo soy y tú lo eres, y tú también

y... –después de una vacilación infinitesimal incluyó a Daisy con un gesto

de la cabeza y ella me guiñó el ojo de nuevo–, y nosotros hemos sido los

artífices de todas las cosas que conforman la civilización... ciencia y arte y

todo lo demás, ¿ves?

Su concentración tenia un no sé qué patético, como si su complacencia, más

aguda que antaño, no le bastara ya. Cuando, casi enseguida, el teléfono

repicó adentro y el mayordomo se retiró del balcón, Daisy aprovechó la in-terrupción momentánea para inclinarse hacia mí.

–Te voy a contar un secreto de la familia –murmuró entusiasmada–. Se trata

de la nariz del mayordomo. ¿Quieres saber de la nariz del mayordomo?

–Para eso vine hoy.

–Pues bien; él no fue siempre un simple mayordomo; solía ser el brillador

de una gente de Nueva York que tenía un servicio de plata para doscientas

personas. De la mañana a la noche tema que brillarle, hasta que al cabo de

un tiempo comenzó a afectársele la nariz.

–Las cosas fueron de mal en peor –insinuó la señorita Baker.

–Sí. Fueron de mal en peor, hasta que se vio obligado a renunciar a su cargo.

Por un momento el último rayo de sol cayó con romántico afecto sobre su

rostro radiante; su voz me obligó a inclinarme hacia adelante, sin aliento

mientras la oía... entonces se fue el brillo, y cada uno de los rayos abando-16

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El gran Gatsby

nó su rostro con reticente pesar, como dejan los niños una calle animada al

llegar la oscuridad.

El mayordomo regresó y le dijo a Tom en secreto algo que lo puso de mal

humor; echó entonces hacia atrás su silla y sin decir palabra entró en la ca-sa. Como si la ausencia de su marido hubiera encendido algo en ella, Daisy se inclinó hacia adelante de nuevo, su voz ardiente y melodioso.

–Me encanta verte en mi mesa, Nick. Me recuerdas una rosa..., toda una

rosa. ¿No? –Se volvió hacia la señorita Baker en busca de confirmación: ¿To-da una rosa?

Esto no era cierto. No me parezco ni un poco a una rosa. Lo que hacia era

improvisar, pero manaba de ella una calidez excitante, como si su corazón

estuviera tratando de llegar adonde uno, escondido tras alguna de aquellas

palabras emocionantes, emitidas sin aliento. De pronto, arrojó la servilleta

sobre la mesa, se excusó y entró en la casa.

La señorita Baker y yo intercambiamos una rápida n–di rada, adrede des-provista de significado. Me encontraba a punto de hablar cuando ella se sentó atenta y dijo “chist” en tono de advertencia. Un murmullo contenido

pero cargado de pasión alcanzó a escucharse el cuarto aledaño, y la seño-rita Baker, sin la menor vergüenza, se inclinó hacia adelante Para escuchar mejor. El murmullo vibró en los límites de la coherencia, se apagó, creció

excitado y cesó por completo.

–Este señor Gatsby de quien usted me habló es mí vecino –dije.

–No hable. Quiero oír qué pasa.

–¿Sucede algo? –indagué inocente.

–¿Quiere decir que no lo sabe? dijo la señorita Baker, francamente sorpren-dida–.Yo pensé que todo el mundo estaba enterado.

–Yo no.

–Pues –dijo con vacilación–, Tom tiene una mujer en Nueva York.

–¿Tiene una mujer? –repetí impertérrito.

La señorita Baker hizo un gesto de afirmación.

–Debería tener la decencia de no llamarlo a horas de comida, ¿no le parece?

Casi antes de que hubiera alcanzado a entender lo que quería decir se oyó

el revoloteo de un traje y el crujido de unas botas de cuero, y Tom y Daisy

regresaron a la mesa.

–¡No se pudo evitar! –exclamó Daisy con tensa

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Se sentó, dio una mirada inquisitivo a la señorita Baker, otra a mí, y continuó:

–Me asomé y está muy romántico afuera. Hay un pájaro en el prado que

debe ser un ruiseñor llegado en un barco de la Cunard o de la White Star.

Está cantando...–cantó su voz–; qué romántico, ¿no, Tom?

–Mucho –observó él, y entonces, angustiado, me dijo a mí:

–Si hay buena luz después de cenar, te llevo a los establos.

De, pronto se oyó sonar el teléfono adentro, y al hacerle Daisy a Tom

un gesto contundente con la cabeza, el tema del establo, o mejor, todos

los temas, se desvanecieron en el aire. Entre los fragmentos rotos de los

últimos cinco minutos pasados en la mesa recuerdo que, sin ton ni son,

encendieron de nuevo las velas, y tengo conciencia de que yo deseaba

mirar de frente a cada uno de ellos, y al mismo tiempo quería evitar

todos los ojos. No podía adivinar qué pensaban Daisy y Tom, pero dudo

que incluso la señorita Baker, que parecía dueña de un atrevido escep-ticismo, fuera capaz de hacer caso omiso de la penetrante urgencia me-tálica de este quinto huésped. Para ciertos temperamentos la situación podría parecer fascinante... pero, a mí, el instinto me impulsaba a llamar

de inmediato a la policía.

Huelga decir– que los caballos no se mencionaron más. Tom y la señorita

Baker, con varios centímetros de crepúsculo entre ambos, se encaminaron

hacia la biblioteca, como si fueran a velar un cuerpo perfectamente tan-gible, mientras yo, tratando de parecer satisfecho e interesado, y un poco sordo, seguí a Daisy por una serie de corredores que iban a dar al pórtico

delantero. En medio de su profunda oscuridad, nos sentarnos lado a lado

en un diván de mimbre.

Daisy se rodeó el rostro con las manos como para palpar su hermoso óvalo,

y sus ojos se dirigieron poco a poco a la aterciopelada penumbra. Viéndola

poseída por turbulentas emociones le formulé una serie de preguntas so-bre su hijita, preguntas que esperaba que la sedarán.

–No nos conocemos bien, Nick –dijo de repente–; aunque seamos primos.

No viniste a mi boda.

–No habla regresado de la guerra.

–Cierto –vaciló–. Pues, sí, Nick. He tenido malas experiencias y me he vuelto

muy cínica con respecto a todo.

Era obvio que tenia razones para serlo. Esperé, pero no dijo más, y después

de un momento volví, débilmente, al tema de la hija.

–Supongo que hablará... comerá, y todo lo demás.

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El gran Gatsby

–Oh sí, claro –me miró ausente–. Escucha, Nick; te voy a contar lo que dije

cuando nació. ¿Quieres oírlo?

–Claro.

–Eso te va a mostrar cómo me he vuelto. Bien, tenía la niña menos de una hora

de nacida y Tom estaba quién sabe dónde. Me desperté del éter con un senti-miento de total desamparo, y ahí mismo le pregunte a la enfermera si era niño o niña. Me dijo que niña, y entonces volteé la cara y lloré. “Esta bien” –dije–,

“me alegro de que sea niña. Pero confío en que sea tonta..., lo mejor que le

puede pasar a una niña en este inundo es ser una hermosa tontita”.

–Como puedes ver, pienso que el mundo es horrible, mírese como se mi-re –prosiguió convencida–. Todo el mundo lo cree... hasta la gente más avanzada. Pero yo lo sé. He estado en todas partes, lo he visto todo y lo he

hecho todo –sus ojos, desafiantes como los de Tom, se movieron veloces en

derredor río con emotivo desdén–. ¡Refinada; oh, Dios, si soy refinada!

En el instante en que se quebró su voz, dejando de atraer mi atención y mi

credulidad, me di cuenta de la falta de sinceridad básica de cuanto había

dicho. Me hizo sentir incómodo, como si toda la velada no hubiera sido sino

una especie de truco destinado a suscitar en mí una emoción que le sirviera

de apoyo. Esperé, y dicho y hecho... un segundo después me miro con la

más postiza de las sonrisas en su hermoso rostro, que confirmaba su perte-nencia a una sociedad secreta muy distinguida, de la que ella y su marido eran miembros.

Adentro, el cuarto carmesí resplandecía. Tom y la señorita Baker se encon-traban sentados en los extremos del largo sofá, y ella le leía en voz alta un artículo del Saturday Evening Post; las palabras, susurradas con monótona

voz, fluían en sedante melodía. La luz de la lámpara, brillante en las botas

de Tom y opaca en el cabello de la joven, color amarillo de hoja otoñal, se

reflejaba en el periódico en el momento en que ella volteó la página con

una crispación de los delgados músculos de sus brazos. Cuando entrarnos

alzó la mano para obligarnos a guardar silencio.

–Continuará –dijo arrojando el periódico sobre la mesa en nuestro próximo

número.

Afirmando su cuerpo con un movimiento inquieto de la rodilla, se puso de pie.

–Las diez de la noche –anotó, encontrando, aparentemente, la hora en el

techo. Hora en que las niñas buenas se van a la cama.

–Jordan va a jugar– en el torneo mañana –explicó Daisy– En Westchester.

–Ah... usted es Jordan Baker.

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Francis Scott Fitzgerald

Ya sabia por qué su rostro se me había hecho conocido; su agradable expre-sión de desdén me había mirado desde muchas fotografías de fotograbado de la vida deportiva de Asheville y Hot Springs y Palm Beach. También había

oído una historia sobre ella, negativa y desagradable, pero hace tiempos

había olvidado de qué se trataba.

–Hasta mañana –dijo con suavidad–. Despiértenme a las ocho, ¿si?

–Si te levantas.

–Sí, desde luego. Buenas noches señor Carraway. Nos veremos de nuevo.

–Claro que lo harás –confirmó Daisy–. Es más, me dan ganas de arreglar

un matrimonio. Ven a menudo, Nick, y yo..., cómo decirlo... echaré a uno

en brazos del otro. Qué buena idea, los encerraré por accidente en los

armarios de la ropa blanca, los lanzaré en un bote a altamar, o algo por

el estilo...

–Buenas noches –gritó la señorita Baker desde las escaleras–. No oí nada.

–Es una buena muchacha –dijo Tom al cabo de un rato–. No la deberían

dejar corretear por todo el país de esta manera.

–¿Quién no debería? –preguntó Daisy con frialdad.

–Su familia.

Toda su familia es una tía que tiene como cien años de edad. Además, Nick

va a cuidar de ella; ¿no es así, Nick? Ella va a pasar muchos fines de semana

aquí este verano. Creo que la influencia de un hogar le va a ser muy pro-vechosa.

Daisy y Tom se miraron por un instante en silencio.

–¿Es de Nueva York? –me apresuré a preguntar.

–De Louisville. Pasamos allí nuestra inocente infancia. Nuestra hermosa e

inocente...

–¿Le abriste tu corazón a Nick en la terraza? –preguntó Tom de repente.

–¿Te lo abrí –me miró. No creo acordarme, me parece que hablamos de la

raza nórdica. Sí; eso hicimos. No sé cómo se nos metió ese tema, y cuando

menos lo pensamos...

–No creas todo lo que te cuenta, Nick– me aconsejó.

Sin darte importancia dije que nada había escuchado, pocos minutos des-pués me levanté para irme a casa. Salieron los dos hasta la puerta conmigo y se pararon, lado a lado, en un alegre cuadrado de luz. Cuando encendí el

auto Daisy me llamó con voz imperiosa:

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El gran Gatsby

–¡Espera!

–Olvidé preguntarte algo importante. Supimos que estabas comprometido

con una chica de allá del Oeste.

–Cierto –corroboró Tom con gentileza–. Nos contaron que estabas compro-metido.

–Es una calumnia. Soy demasiado pobre.

–Pero lo oímos decir –insistió Daisy, sorprendiéndome al abrirse de nuevo

como una flor–. Se lo oímos a tres personas, luego debe ser cierto.

Yo, por supuesto, sabía a qué se referían, pero no estaba ni remotamente

comprometido. El hecho que los chismosos hubieran publicado sus amones-taciones fue una de las razones que me trajeron al Este. No es lógico dejar de salir con una vieja amiga por hacerle caso a los rumores, pero por otra parte,

no tenía yo intenciones de que a fuerza de chismes me obligaran a casarme.

Su interés en mí me conmovió un poco y los volvió un tanto menos remo-tamente ricos; de todos modos me sentía confundido y un poco asqueado cuando me marché. Me parecía que lo que Daisy debía hacer era irse cuan-to antes de la casa con la niña; pero todo parecía indicar que no se le había pasado por la cabeza hacerlo. En cuanto a Tom, el hecho de que tuviera

“una mujer en Nueva York” me sorprendía muchísimo menos que verlo de-primido por un libro. Algo lo impulsaba a mordisquear los bordes de unas ideas rancias, como si su robusto egoísmo físico no bastara para alimentar

aquel imperioso corazón.

Ya se reflejaba bien el verano en los techos de las hosterías y en las estaciones

de camino donde las nuevas bombas de gasolina rojas se erguían en medio de

sus fuentes de luz; cuando llegué a mi predio en West Egg puse el auto bajo el

cobertizo y me senté un rato sobre una podadora abandonada en el césped. El

viento se había ido, dejando una noche ruidosa y brillante, con alas que batían

en los árboles y el persistente sonido de un órgano a medida que los fuelles

abiertos de la tierra les insuflaban vida a los sapos. La silueta de un gato en

movimiento se recortó contra los rayos de la luna, y al volver mi cabeza para

mirarlo, me di cuenta de que no me encontraba solo: a unas cincuenta yardas,

la figura de un hombre con las manos en los bolsillos, observando de pie la

pimienta dorada de las estrellas, había emergido de las sombras de la mansión

de mi vecino. Algo en sus pausados movimientos y en la posición segura de sus

pies sobre el césped me indicó que era Gatsby en persona, que había salido

para decidir cuál parte de nuestro firmamento local le pertenecía.

Decidí llamarlo. La señorita Baker lo había mencionado en la comida, y es-to era suficiente para una presentación. Pero no lo hice ya que mostró un 21

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Francis Scott Fitzgerald

repentino indicio de que se sentía contento en su soledad: estiró los brazos

hacia las aguas oscuras de un modo curioso y, aunque yo estaba lejos de él,

pude haber jurado que temblaba. Sin pensarlo, miré hacia el mar, y nada

distinguí salvo una sola luz verde, diminuta y lejana, que parecía ser el ex-tremo de un muelle. Cuando volví a mirar hacia Gatsby, éste había desapa-recido y yo me encontraba solo de nuevo en la turbulenta oscuridad 22

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II

Casi en la mitad del camino entre West Egg y Nueva York la carretera se une

con la carrilera y corre a su lado durante un cuarto de milla, como huyendo

de cierta desolada área de tierra. Es un valle de cenizas, una granja fantás-tica donde las cenizas crecen, como el trigo, en cerros, colina,, y grotescos jardines: un valle donde las cenizas toman la forma de casas, chimeneas y

humo en ascenso, e incluso, con un esfuerzo trascendente, la de hombres