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EL JARDINERO FIEL

CLARISSA PINKOLA ESTÉS

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés

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Nota del editor

Én El jardinero fiel, los cuentos que la doctora Estés ha titulado «Aquello que jamás

puede morir» y «La creación de cuentos», así como varias anécdotas, poemas y traducciones

originales de poemas, oraciones y fraseología de otras lenguas, son obras literarias originales

escritas por la doctora Estés y publicadas aquí por primera vez. Están protegidas por copyright

y no son de dominio público.

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés

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La nueva semilla

es fiel.

Arraiga con más fuerza en los lugares

que están más vacíos.

C. P. ESTÉS

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés

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A drága clodoknek. Sokan nincsenek

mar kozottunk, de szibunknrnmég mindig élnek.

Y

Por los deportados y emigrantes

de mi familia que han cruzado

el río, otra vez y otra vez,

en dos direcciones, con sus

sombreros y sus corazones

en sus manos.

Y

Por los catorce fieles

de Storm King Mountain,

que entregaron su vida

por amor al pueblo y al bosque.

Vivirán eternamente.

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El jardinero fiel

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La bendición

Én

nuestra familia tenemos

una antigua bendición:

«Aquel que siga despierto después de pasar

toda la noche escuchando cuentos, sin duda se

convertirá en la persona más sabia del mundo.»

Que así sea

para

vosotros.

Que así sea

para todos nosotros.

C. P. ESTÉS

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El jardinero fiel

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En las páginas de este pequeño libro se guardan varios cuentos. Al igual que las

muñecas rusas, unos encajan dentro de los otros.

Entre mi gente, tanto la magiar como la mexicana, se conserva una antigua tradición:

nos contamos cuentos mientras llevamos a cabo nuestras tareas cotidianas. Las preguntas

acerca de la vida, en particular las que están relacionadas con el corazón y el alma, suelen res-

ponderse mediante la narración de una historia o de una serie de cuentos. Pensamos en nues-

tros parientes vivos como si se tratara de cuentos, de ahí que nos parezca del todo lógico que,

del mismo modo que un amigo invita a otro a participar en la conversación, un determinado

cuento dé lugar a otro, el cual, a su vez, evocará un tercer cuento, a menudo un cuarto y un

quinto y, algunas veces, muchos más hasta que la respuesta a una única pregunta está formada

por toda una cadena de cuentos. (1)

Por lo tanto, y de acuerdo con nuestras rústicas costumbres, comprenderéis que antes de

dar comienzo a esta singular historia acerca de Aquello que jamás puede morir, deba contarles

la historia de mi tío, un anciano granjero campesino que sobrevivió a los horrores de la Se-

gunda Guerra Mundial en Hungría. Llevó consigo la semilla de este relato al atravesar

bosques en llamas, dejando atrás el recuerdo de los atroces días y noches en los campos de

trabajos forzados. Llevó la semilla de esta historia al cruzar el océano sumido en la oscuridad

de las bodegas, camino de América. La conservó mientras viajaba en los negros trenes que

recorrían los dorados campos de la frontera que separa Canadá de Estados Unidos. A pesar de

todas estas peripecias, y muchas otras más, conservó el espíritu del relato en un refugio

situado muy cerca de su corazón, manteniéndolo a salvo de algún modo de las guerras que

estallaban en su interior.

Antes de contarles la historia de mi tío, sin embargo, debo narrarles lo que él me contó

acerca de «Éste Hombre», el anciano granjero que conoció en su país y que intentó evitar la

destrucción de un precioso bosque de árboles jóvenes a manos de un ejército invasor.

Pero aun antes de hablarles de «Éste Hombre», tengo que contarles cómo se crearon los

cuentos, pues, si los cuentos no hubiesen si-do creados, no habría cuento alguno que contar -

ni cuento acerca de los cuentos, ningún cuento acerca de mi tío, ni acerca de «Este Hombre»,

ni acerca de Aquello que jamás puede morir-, por lo que las restantes páginas de este libro

permanecerían en blanco, como la luna de otoño.

En mi familia, los ancianos conservaban una tradición que denominaban «hacer

cuentos». Se trataba de un momento del día -a menudo durante una comida rica en aromas de

cebollas, pan recién hecho y picantes morcillas de arroz- en el que los mayores animaban a los

jóvenes a tejer narraciones, poemas y otras composiciones. Los ancianos se reían mirándose

entre sí mientras comían. «Vamos a ver si habéis adquirido algún conocimiento que merezca

la pena. Venga, venga, contadnos un cuento desde el principio. Queremos ver cómo ejercitáis

el músculo de los cuentos.»

Esta historia acerca de los cuentos fue una de las primeras que tejí siendo niña. (2)

La creación de los cuentos

¿Cómo nacieron los cuentos? (3) Ah, los cuentos vinieron al mundo porque Dios se

sentía solo.

¿Que Dios se sentía solo? Pues sí, veréis, el vacío en el principio de los tiempos era muy

oscuro.

Él vacío era oscuro porque estaba tan abarrotado de cuentos que ni siquiera uno solo de

ellos sobresalía entre los demás.

Los cuentos, por lo tanto, no tenían forma, y el rostro de Dios se desplazaba sobre el

abismo, buscando y buscando... un cuento. Y la soledad de Dios era muy grande.

Al final, surgió una gran idea, y Dios murmuró: «Hágase la luz.»

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Y se hizo una luz tan grande que Dios pudo entonces adentrarse en el vacío y se-parar

los cuentos oscuros de los cuentos de la luz. Como consecuencia de ello, nacieron los claros

cuentos del amanecer y también los hermosos cuentos del atardecer. Y Dios vio que eso era

bueno.

Ahora Dios estaba ya más animado y, a continuación, separó los cuentos celestiales de

los cuentos terrenales, y éstos de los cuentos sobre el agua. Después Dios se complació en

crear los árboles pequeños y los grandes y las semillas y plantas de brillantes colores, para que

también pudiera haber cuentos acerca de los árboles y las se-millas y las plantas.

Dios se rió con satisfacción y su risa hizo que las estrellas y el cielo se colocaran en su

sitio. Dios puso en el cielo la luz dorada, el sol, para que gobernara el día, y la luz plateada, la

luna, para que gobernara la noche. Y Dios creó todo eso para que hubiera cuentos de las

estrellas y la luna, cuentos acerca del sol y cuentos sobre todos los misterios de la noche.

Tan satisfecho estaba Dios de lo que había hecho que se dedicó a crear los pájaros, los

monstruos marinos y todas las criaturas vivientes que se mueven, todos los peces y las plantas

que hay bajo el mar, y todas las criaturas aladas, todo el ganado y las cosas que se arrastran, y

todas las bestias de la tierra según su especie. Y de todo ello surgieron cuentos sobre los

mensajeros alados de Dios, y cuentos de fantasmas y monstruos, y cuentos de ballenas y

peces, y otras historias sobre la vida antes de que la vida supiera de sí misma, sobre todo lo

que ahora tiene vida y todo lo que algún día cobrará vida.

Y, sin embargo, a pesar de todas estas prodigiosas criaturas y todos estos soberbios

cuentos y de todos los placeres de la creación, Dios seguía sintiéndose solo.

Entonces Dios se echó a andar y a pensar, a pensar y a andar y, ¡por fin!, a nuestro gran

Creador se le ocurrió la idea. «Ya está. Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen y

semejanza. Dejemos que cuiden de todas las criaturas de los mares y del aire

y de la tierra, y que éstas cuiden a su vez de ellos.»

Así pues, Dios creó a los seres humanos a partir del polvo de la tierra y les insufló el

aliento de la vida, y los seres humanos se convirtieron en almas vivientes: Dios los creó

hombre y mujer. Y, en cuanto los hubo creado, cobraron vida de repente todos los cuentos

relativos a la existencia humana, millones y millones de cuentos. Y Dios los bendijo a todos y

los puso en un jardín llamado Edén.

Ahora Dios paseaba por los cielos todo sonrisas, porque ya no estaba solo.

No eran cuentos lo que faltaba en la creación, sino más bien, y muy especialmente, los

seres humanos emotivos que pudieran contarlos.

Y no cabe duda de que, entre los seres humanos más emotivos jamás creados, en

particular aquellos a los que les encantan los cuentos, el trabajo duro y el simple hecho de

vivir, figuraban los insensatos bailarines, los prudentes y viejos charlatanes, los sabios

cascarrabias y los «casi santos» que eran los ancianos de nuestra familia.

Éntre ellos se encontraba mi tío, el cual, siempre que yo contaba «La creación de los

cuentos», solía gritar: «Éscuchad, amigos míos, lo que acaba de decir esta niña. ¿Acaso no

creemos en un Dios que ama los cuentos? ¡Por eso precisamente, si no fuera por nosotros,

Dios se sentiría solo! No debemos defraudar a Dios... Así pues, ¡ahora hay que contar un

cuento, otro cuento!» Y nosotros seguíamos trabajando y contándonos cuentos; a veces a lo

largo de todo el día y hasta bien entrada la noche.

El que pedía otro cuento como quien pide otra jarra de cerveza negra era mi tío, a quien

yo llamaba Zovár,(4) pues siempre que conseguía reunir unas monedas se compraba un

enorme cigarro liado de cualquier manera. Experimentaba un inmenso placer tratando de

apurarlo al máximo antes de que se le apagara por enésima vez.

Mi tío formaba parte de mi familia adoptiva. Éra un viejo granjero que un anochecer, en

Hungría, durante la Segunda Guerra Mundial,había sido sacado a rastras de su pequeña alque-

ría y, de algún modo, había logrado conservar la vida -«gracias a una fuerza divina que nadie

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comprende», según confesaba él mismo-, tras haber sido conducido a un campo de trabajos

forzados situado en la frontera con Rusia, don-de lo mataban de hambre y le hacían trabajar

hasta la extenuación. Recuerdo que cuando yo era una adolescente, cada vez que alguien

decía -como solía oírse en la radio y a los desconocidos con lo que se cruzaba en la calle- «la

Alemania nazi hizo tal cosa, los ale-manes hicieron tal otra», mi tío siempre respondía:

«Estáis equivocados. Los nazis y sus colaboradores no eran de Alemania. Gyáva népnek nincs

hazája. Los cobardes no son de ningún país. Aquellos demonios procedían del infierno.»

Después de mucho tiempo, la virulencia de la guerra en Europa amainó.' Mi padre

adoptivo, con la ayuda de la Cruz Roja y los miembros de la resistencia, buscó en los campos

de refugiados y localizó finalmente a nuestro tío y, más tarde, a varios otros parientes

ancianos.

Mi padre adoptivo contribuyó a que todos ellos fueran puestos en libertad de los campos

en los que se encontraban retenidos. Pero para encontrar un puerto donde embarcar, los

refugiados tuvieron que cruzar Europa en todas direcciones, a pie, montados en carros y en

camiones hasta que, tras muchas inspecciones de documentos y muchas temerosas esperas,

pudieron recorrer la pasarela que les conduciría al vientre de un enorme barco rumbo a «Ah-

mer-i-kha»: América.

No había teléfono en ninguna de las dos orillas del gran océano, no había manera de sa-

ber dónde ni cuándo encontrar a alguien. El destino de todos estaba en manos de descono-

cidos: campesinos y familias que vivían junto a las carreteras, santos varones de la resistencia,

valerosas monjas y enfermeras que prestaban ayuda en minúsculas avanzadas... En nuestra

familia nos seguimos refiriendo a todos ellos como «los benditos».

Tras permanecer tres semanas en la oscuridad, mi tío llegó al otro lado del océano. Una

vez allí y en medio de un sofocante verano, re-corrió media frontera septentrional de Estados

Unidos a bordo de un tren abarrotado de gen-te, donde el aire ardía de día y asfixiaba de no-

che.

Al final, recibimos la noticia de la llegada del tío gracias a un telegrama en el que no

figuraba ningún mensaje.

Las organizaciones de ayuda a los refugia-dos, que andaban muy escasas de recursos, se

habían inventado el sistema del envío de tele-gramas en blanco la víspera del día de la llega-

da del refugiado al punto indicado. Por consiguiente, sabíamos que el tío llegaría en algún

momento del día siguiente al lugar denominado la «Estación de los Refugiados», la gran es-

tación ferroviaria de Chicago, a más de ciento sesenta kilómetros al oeste de nuestra aldea.

Yo tenía cinco años el día en que subimos al tren para ir a buscar a nuestro tío. El viaje

hacia el oeste duró tres horas. El tren se detenía en todos los huertos y las plataformas de cajas

de madera que encontraba a su paso.

Recogimos a suficientes miembros de la familia como para crear con ellos una pequeña

nación soberana e independiente. Llevábamos tanto pan y tanto queso, bolsas, cajas y botellas

de agua, cerveza y vino de cosecha propia, y tanta gaseosa caliente que no sólo habríamos

podido comer y beber nosotros sino también otras cincuenta familias, de haberse presentado

la ocasión.

Apretujados todos como ciruelas enlata-das en un tarro de vidrio de medio kilo, via-

jamos en aquel insoportable y asfixiante tren hasta llegar a Chicago. Y, sin embargo, volvía-

mos a sentirnos rebosantes de anhelo, esperanza y emoción ante la perspectiva de reunirnos

con aquel miembro de nuestra devastada familia y llevarlo finalmente a casa con nosotros.

La espera del tren que traía a nuestro tío fue muy larga. Én aquella inmensa gruta con

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techumbre de hierro a la que llamaban estación ferroviaria esperamos toda la tarde, vimos

ponerse el sol y seguimos esperando hasta bien entrada la noche... soportando un calor que

marchitaba las flores, la ropa y a los seres humanos.

La enorme masa humana que abarrotaba aquel lugar se sentía más bien confusa, pues

los altavoces que anunciaban los números de las vías de los trenes que llegaban resonaban con

tal estridencia que nadie podía entender lo que decían. Los andenes vibraban y se estremecían

cada vez que llegaba un tren. Él chirriar de los frenos que inmovilizaban las ruedas de hierro,

el metálico estruendo y los ensordecedores silbidos, el olor de los aceites de las chimeneas de

las locomotoras y del queroseno de las linternas que los ferroviarios sostenían en sus manos...

todo era abrumador.

Los trenes estaban hechos de hierro y acero ennegrecido y ensamblados con lo que pare-

cían centenares de ruedas, tanto grandes como pequeñas, perfectamente fresadas, así como

con miles y miles de remaches por todas partes. Los vagones ostentaban una preciosa

inscripción dorada perfilada en rojo.

Las locomotoras triplicaban la altura del más alto de los hombres. Él calor que despedía

uno sólo de los trenes era como el soplo de veinticinco hornos blindados, unidos entre sí por

medio de unas gigantescas abrazaderas. Las personas permanecían indolentemente apoya-das

contra los pilares de la estación, y sin hacer el menor esfuerzo, tal como lo expresaba mi padre

adoptivo, «schevet como elefantes».

Desde mi perspectiva de niña, todo eran codos, estómagos y traseros, todo eran

hombros, estiramientos de cuello, manchadas camisas de hombre, mujeres con sombreros de

tres picos y plumas que se agitaban y altos tacones que parecían pezuñas de ciervo. Había

mujeres en babushkas y con las piernas y los brazos sin depilar y los vientres encogidos, y

hombres vestidos con trajes negros que el humo y la ceniza habían convertido en grises.

Había muchos ancianos, algunos tan encorvados que apenas eran más altos que yo, de manera

que podía mirar a los ojos a muchos viejos, y ellos me correspondían con sonrisas

alarmantemente desdentadas, aunque no por ello menos bondadosas.

La gente se congregaba alrededor de las puertas de las largas hileras de vagones. Jamás

en mi vida había visto a tantas personas mayo-res llorando, bailando jigas, riéndose, dándose

palmadas en la espalda, parloteando y gritando a la vez. La muchedumbre se arremolinaba y

las lágrimas quedaban ocultas bajo los olores a ajo, whisky y sudor, mientras la neblina de la

húmeda noche y el vapor de las enormes locomotoras cubrían la escena formando un inmenso

nimbo.

De repente, se despejó el revoltijo en continuo movimiento que formaban las espinas de

pescado y demás alimentos, los tejidos a cuadros escoceses y a topos y, al final del andén, en

un solitario espacio exclusivamente suyo, apareció un perplejo anciano vestido con un raído

atuendo de campesino. Lo enmarcaba por detrás la luz de las grandes lámparas de tren ence-

rradas en jaulas de alambre.

Por la expresión del rostro de mi padre adoptivo, comprendí que aquélla era la persona a

la que estábamos esperando. Por un instante, el rostro de mi padre se quedó petrifica-do, pero

después le vi saltar -sí, estoy segura de que mi altísimo padre pegó un brinco- por encima de

varias docenas de carros de equipaje y abrirse paso contra corriente entre la multitud para

acabar abrazando a aquel hombre adusto e imponente.

Mi padre acompañó a nuestro pobre tío por

el andén, rodeándole los hombros con su brazo y sujetándolo también por el codo, a

través de la muchedumbre.

-¡Éste! ¡Éste es vuestro tío! -gritó mi padre como si acabara de recibir el mejor de los

premios que mereciera la pena ganar en todo el universo.

Visto de cerca, mi tío era un hombre corpulento, una especie de gigante de cuento de

hadas que hubiera cobrado vida. Vestía una arrugada camisa blanca sin cuello ni puños y unos

pantalones tan anchos y largos que parecían una amplia falda que llegara hasta el suelo. En

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sus desnudos y enrojecidos antebrazos se perfilaban unos músculos poderosos. Tuve que le-

vantar mucho la cabeza para poder verle la cara. Sus enormes bigotes se extendían por sus

mejillas, y en ese momento fui consciente de todo lo que me resultaba extranjero en él, des-de

la lana de oveja de sus deformados zapatos (6) hasta algo que se había puesto en el pelo y que

parecía laca.

Mi tío dejó en el suelo la bolsita con sus pertenencias y la maleta de cartón. Lentamente

se quitó el sombrero y se arrodilló delante de mí allí mismo, en el andén de hormigón.

Muchos zapatos y muchas botas corrieron presurosos a nuestro alrededor. Vi los cabellos

plateados de sus patillas empapados de sudor, así como las cerdas plateadas, casi

fluorescentes, que le crecían en el mentón y las mejillas. Él tío alargó los brazos, me sostuvo

la cabeza con una de sus manazas y colocó la otra alrededor de mi cuerpo. Jamás olvidaré las

pocas palabras que dijo al estrecharme con fuerza contra sí: «Una... ni-ña... viva... »,

murmuró.

A pesar de que yo era muy tímida con los desconocidos, le devolví el abrazo con todo

mi corazón, pues, aunque entonces no tenía palabras para describirlo, comprendí lo que expre-

saban sus ojos. Era una mirada que ya había visto en otra ocasión en mi joven existencia,

cuando contemplé los ojos de unos caballos que habían sobrevivido a un repentino y voraz in-

cendio en la cuadra.

Aquel gigante, mi tío recién hallado, se instaló en nuestra casa. Había oído decir que era

un hombre muy solitario. Descubrí también que, incluso cuando se quitaba el cigarro de la

boca, uno de los lados de su labio era más alto que el otro y que su boca no se cerraba de ma-

nera uniforme.

-Éso es lo que ocurre cuando se empieza a fumar puros de niño -me dijo, riéndose-. Tú

no fumes, y así tu preciosa boquita no se parecerá a la mía cuando seas mayor.

Yo quería mucho a mi tío, a pesar de que sus dientes delanteros eran de color gris

cuando sonreía. Tenía unas oscuras y temibles muelas en la parte posterior de la boca. En su

frente, insólitamente despejada, destacaban unas sorprendentes cejas que parecían dos cepillos

en forma de alas que le colgaban sobre los ojos como viseras. Podía sujetar cinco faisanes por

el cuello con una sola mano. Pero lo mejor de todo eran sus ojos claros. Bajo la luz del sol,

adquirían el auténtico y cálido color del oro fundido.

Mi tío sólo había cursado enseñanza primaria y vivía en el nuevo país tal como había

vivido en el viejo: sabía arreglar unas guarniciones de caballo pero no era capaz de arreglar

nada que tuviera piezas que funcionaran con electricidad, sabía gobernar un buey pero no

conducir un automóvil, jamás había tenido un aparato de radio pero podía pasarse horas

narrando cuentos hasta el anochecer, sabía hilar y tejer un lienzo pero no acertaba a

comprender qué llevaba a la gente a subir en una escalera mecánica. En una ocasión, un

hombre vestido con traje se acercó a nuestra verja para intentar vendernos una póliza de

seguros. El tío Zovár no comprendía por qué razón tenía que comprar un «sic-ur-ou», Si se

trataba de apostar en contra de su buena salud. El hombre le dijo a mi tío que era un «palurdo

ignorante». Pero es que aquel vendedor no conocía a mi tío, no sabía que su vida había sido

arrasada por el fuego has-ta los cimientos y que, a pesar de todo, seguía mostrándose

bondadoso con los niños y cariñoso con los animales y seguía creyendo que la tierra era un ser

vivo, con sus propias esperan-zas, necesidades y sueños.

Como los demás refugiados de nuestra familia, el tío sufría debido a sus recuerdos y

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evitaba a toda costa hablar de sus propias experiencias durante la guerra. Pero la gente tiene

que hablar de lo que le ha hecho daño, de lo contrario la bestia de la guerra se manifiesta de

pronto en forma de pesadillas, repentinos arre-batos de llanto y estallidos de cólera. Cuando el

tío hablaba del pasado, cuanto más breves eran sus palabras, tanto más doloroso resultaba

escucharlas. Decía: «Fue algo muy malo», y luego permanecía en silencio durante un largo

rato.

Pero, por regla general, solía hablar recurriendo a los cuentos y utilizando la tercera

persona, como por ejemplo: «Una vez conocí a"Este Hombre" que decía que lo peor de los

campos de trabajos forzados era el hecho de que separaran a los seres queridos. Las madres y

los padres se volvían locos, completamente locos, tratando de adivinar el posible parade-ro de

sus hijos e hijas. Y los hijos, los hijos...»

Y aquí el tío guardaba silencio, se levantaba y salía fuera. Lloviera o nevara, fuera de

día o en plena noche, salía por la puerta y tardaba un buen rato en regresar. Yo le quería y

temía por él. En tales ocasiones, los mayores adoptaban de repente un semblante impasible y

reanudaban deliberadamente su tarea, ya fuera mondar patatas, tejer unos calcetines de lana,

acarrear leña al interior de la casa o fregar el suelo, todo en el más absoluto silencio, un si-

lencio mediante el cual trataban de protegerse de sus propios y mal amarrados fantasmas.

Yo no; yo salía corriendo en busca de mi tío y siempre lo encontraba descendiendo por

el camino o, tras haberse apartado del mismo para adentrarse en los campos, paseando por el

bosque o arreglando pequeñas cuerdas o alambres en el cobertizo de ahumar. El hecho de salir

en busca de mi tío me permitió conocer la existencia de aquel extraño amigo y álter ego,

«Este Hombre»... «uno al que conocí en el viejo país».

Tantas veces habló mi tío de «este hombre» a lo largo de los años que, por respeto al

sufrimiento que había provocado su aparición, yo acabé por denominar Éste Hombre y, a

veces, Aquel Hombre a aquel remoto yo-espiritual, como si se tratara de un personaje en toda

regla, merecedor de un nombre como es debido.

Una vez mi tío me dijo:

-Este Hombre... Este Hombre a quien yo conocía estaba atormentado por las últimas

imágenes de las ancianas de la aldea, cuando los camiones se llevaron a los hombres y a los

chicos... Ellas... las viejas casi desdentadas literal-mente aullaban al cielo, tiradas en el suelo

mientras la nieve les caía sobre los ojos y la boca, golpeaban con los puños la tierra cenagosa;

ancianas que, apoyadas sobre sus manos y rodillas, no cesaban de golpear la tierra con los

puños, presas del dolor.

»Este Hombre -prosiguió mi tío- tiene muchos recuerdos. Cuando llegó por vez primera

el ejército extranjero y, antes de que se llevaran a todo el mundo, a Este Hombre le dijeron:

»-Si nos das comida, no destruiremos tus árboles. Dinos qué hilera de árboles es la tuya

y no le haremos nada.

»Los árboles, Dios mío, los árboles. Todoshabíamos plantado aquellas hileras de

árboles por amor, para que dieran sombra y protegieran contra el viento. A veces, para

pasar el invierno, vendíamos una pequeña parte cerca del borde como plantones cuando ya

habían crecido lo suficiente.

»Éste Hombre había cuidado de los árboles, ¿comprendes?, los había cuidado desde que

eran pequeños. Eran su orgullo y su alegría.

»Por consiguiente, Este Hombre procuró proteger los árboles. Como todos los demás

campesinos, había ido a la escuela del campo, no a la escuela del maestro con gafas. Nadie

comprendía esa guerra que se cernía como un halcón gigantesco y se llevaba aldeas enteras a

su nido infernal, y nadie sabía cómo escapar.

»Desesperado, Este Hombre les contestó a los soldados:

»-¿Que cuáles son mis árboles? Todos los árboles que veis hasta donde alcanza la vista,

todos esos son mis árboles.

»Y señaló no sólo sus árboles sino también las hileras de todos sus vecinos, así como el

viejo bosque que se extendía a lo largo de varios kilómetros hasta el horizonte.

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»Y, debido a esa respuesta, lo arrojaron al suelo y le propinaron repetidos puntapiés en

la boca por "tener una lengua embustera". Le rompieron la mandíbula y lo dejaron tirado.

Ciegos de furia, prendieron fuego a la madera muerta de la parte central de los abetos de ma-

yor tamaño. Las ramas secas ardieron al instan-te desde la parte inferior hasta lo más alto de

las copas. De esa manera, consiguieron quemar las hileras de árboles en apenas unos minutos.

Durante mucho tiempo nuestra casita estuvo llena, pues vinieron muchas personas que

acababan de regresar de la guerra... y también del mundo de los muertos. Llevaban consigo

centenares de horribles imágenes y pérdidas imposibles de describir con simples palabras.

A pesar de que los miembros de mi familia empezaron a sacarles poco a poco sus bellas

y melancólicas canciones y sus singulares relatos, el dolor de la guerra seguía atrincherado en

sus mentes y sus espíritus. Al principio, no podían dejar de hablar con profunda emoción de lo

que les había ocurrido. Más adelante hicieron esfuerzos sobrehumanos por no hablar nunca

más de lo que les había ocurrido. Sin embargo, durante mucho tiempo, la bestia de la guerra

impuso su presencia de muy diversas maneras y en numerosas ocasiones.

¿Qué significa vivir con la experiencia de una guerra y los recuerdos de la misma dentro

de uno? Significa vivir en dos mundos. Uno de ellos busca la esperanza mientras el otro se

siente desesperanzado. Uno busca algún sentido a lo sucedido mientras el otro está conven-

cido de que el único sentido de la vida es que la vida carece por completo de sentido.

En cada uno de los miembros de mi familia que tanto habían sufrido coexistían dos

personas en conflicto. Una de ellas vivía la vida del nuevo mundo, mientras que la otra huía,

huía sin descanso de los recuerdos del infierno que surgían inesperadamente y la perseguían

sin descanso. Los fantasmas se presentaban de repente llamados por el chasquido de una

puerta, un gato en celo maullando en plena noche, el inocente perro que rascaba la cancela

para entrar en la casa, una súbita ráfaga de viento que, agitando una cortina, provocaba que un

jarrón se cayera de una mesa y se rompiera.

Las cuestiones cotidianas podían causar terror, lágrimas o repugnancia: el olor de cierto

aceite para armas de fuego, la primera nevada y la sangre reciente de un ciervo destripado

para servir de alimento, cierta clase de dolor en los huesos provocado por el trabajo en el

campo, un viejo relato acerca de un velo de novia, el rumor de las pezuñas del ganado sobre

una alcantarilla de metal, un repentino silbido de tren y el sordo retumbo del largo caballete.

En el espíritu de mi tío se libraban unas guerras que, según él mismo decía, le hacían

recordar «demasiado». Guerras entre la muerte de la esperanza y la esperanza de la muerte, la

esperanza de la vida y una vida de esperanza. A veces el único alto el fuego posible tenía que

negociarse mediante un tratado firmado gracias a una gran cantidad de aguardiente y vodka.

Pero también había períodos de paz. El tío conocía la tierra como las arrugas de su pro-

pio rostro, como las venas del dorso de sus manos, el patio de atrás, el patio lateral, el campo

más cercano, los campos intermedios y los más lejanos. Cuando cruzábamos aquellos

campos, las botas nos resultaban cada vez más pesadas a causa del barro negro que se adhería

a ellas: medio kilo, un kilo y después un kilo y medio en cada pie. Notábamos la tensión de

los músculos de nuestros muslos. Despegar un pie del suelo para dar el siguiente paso nos

resultaba cada vez más arduo. Pero nos encantaba aquel pequeño esfuerzo que no le hacía

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daño a nadie. Era nuestra pequeña demostración de que seguíamos vivos.

Paseábamos prestando atención a la salud de las plantas, los árboles y las cosechas que

nos rodeaban. ¿Congregaba aquel arbusto tantas mariposas como necesitaba? ¿Albergaban los

árboles todos los pájaros cantores que necesitaban? Sabíamos que tanto los pájaros como las

mariposas tenían una importancia decisiva a la hora de transportar el polen entre los árboles

frutales, de tal forma que hubiera una abundan-te cosecha de cerezas y obtuviéramos una bue-

na cantidad de peras, ciruelas y melocotones que almacenar para el invierno.

Mientras paseábamos, mi tío decía en tono pensativo:

-A veces la gente pregunta: «¿Dónde está el jardín del Edén?» ¡Vaya! El Edén está en

es-te mundo, dondequiera que nos hallemos nosotros. Toda esta tierra al completo, bajo las

vías del tren y las carreteras, bajo su gastada superficie, bajo los cascotes, bajo todas estas

cosas, es el jardín de Dios... tan lozano como el día en que fue creado.

»Es cierto que en muchos lugares el Edén ha quedado sepultado y ha sido olvidado,

pero se le puede devolver la integridad. Dondequiera que haya un suelo gastado, agostado o

en desuso, debajo sigue existiendo el Edén.

»Sin embargo, nosotros no podemos devolverle la vida a la tierra a fuerza de cavar y

tampoco sacaremos a paletadas el Edén que hay debajo. No, no. Por muy grande que sea el

jardín -de un codo por un codo o bien campos tan inmensos que no puedan abarcarse con la

mi-rada-, si quieres plantar algo en él tienes que hacerlo dando suaves palmadas sobre la

tierra, tomando puñaditos. Procura ser amable y moderado. No recojas enormes paletadas para

terminar más rápido la tarea. Cuando echas leche en la harina, no la viertes toda de golpe,

¿ver-dad? No, lo haces poquito a poco, remueves, echas un poco más, sigues removiendo...

Así es como debes tratar la tierra, con consideración, con serenidad.

Así fue como comprendí que esta tierra, de la que dependía nuestro alimento, nuestra

existencia, nuestro descanso y nuestra posibilidad de descubrir la belleza, tenía que ser

tratada de la misma manera en que deseamos tratar a los demás y a nosotros mismos.

Cualquier cosa que le ocurra a ese campo también nos ocurre en cierto modo a nosotros.

Y nosotros teníamos en cuenta todo esto para ver en qué condiciones estaba todo, cómo

serían las cosechas y qué se movía en los campos y en nosotros.

Nos complacía vivir en aquellos días, y el espíritu errante de mi tío, expulsado de su

interior por tanta guerra, empezó a depositarse de nuevo sobre él. Y, poco a poco, el tío volvió

a convertirse de nuevo en una sola persona, en lugar de dos.

Todo iba bien y reverdecía de nuevo... hasta que llegó cierto día. Aunque la mañana em-

pezó bien, por la tarde se desencadenó el infierno.

La comisión de carreteras del estado envió a unos funcionarios para anunciar a todos los

habitantes de nuestra aldea que el estado «anexaría» las tierras que pertenecían a particulares.

Él estado construiría una autopista de peaje que atravesaría los tranquilos bosques en los que

vivíamos. «Anexarían» bosques y campos enteros, el terreno esencial que permitía curar a los

que habían quedado destrozados por la guerra, la tierra donde la gente cultivaba sus alimentos

estivales e invernales, los lugares donde los niños jugaban al escondite, los lechos de ramas de

pino de los vagabundos que viajaban en tren, los refugios de aquellos cuyo único hogar era un

trozo de lona sobre una estaca.

Durante muchos años aquellas tierras habían sido el descanso y el consuelo de nuestras

almas.

Mi tío se puso en pie gritando:

-¿Qué significa «anexar»? ¡Lo que ustedes quieren decir es robar, ustedes nos roban!

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés 14

Varios atemorizados miembros de la familia sujetaron con gran esfuerzo a nuestro tío e

in-tentaron calmarlo.

Todo el pueblo estaba consternado. El esta-do condenó la tierra y las humildes casas,

los destartalados establos, los cobertizos de las herramientas, para vender la tierra a cambio

de unos centavos de dólar. A los que trabajaban la tierra, a los que amaban la tierra, a los que

vivían de la tierra y gracias a ella, no se les concedía la posibilidad de recurrir ni de dar su

con-sentimiento.

A nuestro tío y a otros refugiados inmigrantes de nuestra familia y de las de muchos de

nuestros vecinos supervivientes de la guerra, aquellos acontecimientos les recordaron de

forma aterradora las terribles penalidades sufridas durante la guerra: sus tierras fueron

ocupadas contra su voluntad; sus alquerías, sus cosechas, sus medios de vida y, por encima

de todo, su espíritu y aquello que lo alimentaba les fueron arrebatados en un abrir y cerrar de

ojos... por parte de unos hombres... vestidos de uniforme... que insistían... que decían que se

limitaban a cumplir órdenes... que pretendían imponer su derecho sobre el de los de-más...

El tío Zovár perdió el juicio temporalmente.

El día en que aparecieron por primera vez los bulldozers, mi tío echó a correr por el

campo lanzando maldiciones, sacudiendo el puño para que lo vieran los que removían la tierra

allá a lo lejos. Pretendía insultar a los conductores cuando decía:

-Annyit ért hozzá, mint tyúk as ábécéhëz!

Los conductores de las excavadoras, que no sabían húngaro, no tenían ni idea de lo que

es-taba diciendo. «¡Sabéis tan poco sobre el jardín de Dios como una gallina sobre el abeceda-

rio!», les gritaba.

En su angustia y desesperación, mi tío re-cogió un puñado de piedrecitas y lo arrojó con

todas sus fuerzas contra las máquinas que re-movían la tierra. Los guijarros golpearon el la-

teral de una de las máquinas con un sonido semejante al de un puñado de arena arrojado

contra una pared de hierro.

Dos corpulentos trabajadores agarraron a mi tío por los brazos y lo llevaron a casa. Mi

tío lloraba mientras lo acarreaban más rápido de lo que él podía caminar.

-Que este viejo se quede en casa y deje de molestarnos -advirtieron.

Tras lo cual, soltaron bruscamente a mi tío y éste cayó hacia delante.

Mi anciana tía y yo lo levantamos del suelo y lo acompañamos al interior de la casa.

Los corpulentos obreros regresaron rezongando a sus impresionantes máquinas.

Mi tío no quería que lo consolaran.

-Kinyílik a bicska a zsebëmben! ¡Se me ha abierto la navaja en el bolsillo! -gritó.

Era una antigua manera familiar de decir que se está terriblemente desesperado y no

puede hacer nada para remediarlo.

Los preocupados parientes se reunieron en un apretado grupo.

-Que venga la niña -murmuraron-.... La niña, la niña. Que venga la niña.

Yo me acerqué a mi tío y éste me tomó las manos con los ojos llenos de lágrimas. Sus

pa-labras fueron tantas que, por más que lo intenté, no pude captar por entero su significado.

Sin embargo, tuve la sensación de que gracias al tono de sus entrecortadas palabras, podía

comprender las esperanzas y los temores que se ocultaban detrás de ellas, y que podía llorar

por él y por todas las personas del mundo hasta el fin de los tiempos.

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés 15

Todos los miembros de la comunidad rezaban para que la comisión de carreteras

recapacitara, para que los burócratas cambiaran sus planes por el bien de todos, para que

dejaran de destripar la tierra y para que Dios enviara lejos, muy lejos, aquella autopista hasta

el fin de los tiempos.

Pero no pudo ser. Cada día aparecían los que removían la tierra y cada día sus máquinas

soltaban balidos y gemidos, machacando, cortando y reventando el hermoso bosque y los

campos de labranza.

Una mañana oímos al tío en el exterior de la casa en medio de un ensordecedor ruido

de azadas y rastrillos y un estruendo de herramientas de hierro cayendo al suelo.

-¡Voy a hacer algo! -gritó el tío-. ¡Voy a hacer algo!

Tomó dos palas de gran tamaño. Nosotros afilábamos las palas y las azadas con

grandes ruedas de piedras de amolar. Todas las herramientas cortaban como navajas. Era un

vestigio del viejo país, donde cabía la posibilidad de que uno tuviera que utilizar las

herramientas no sólo para cavar, sino también para defenderse. No había nadie que hubiera

vivido lo bastante lejos de la guerra como para haber encontrado un motivo para dejar atrás

aquella costumbre.

-¡No, Zovár! ¡No! -gritó todo el mundo-. ¡Suelta las palas! ¿Qué estás haciendo? ¡No

hagas tonterías! ¡Zovár! ¡Zováaarrr!

Pero mi tío no contestó. Se encaminó hacia los campos con una pala echada sobre cada

hombro, «una para descansar y otra para trabajar». Se pasó toda la mañana cavando en una

pequeña parcela, lo que quedaba de un campo más grande una vez trazado el recorrido de la

autopista de peaje. En su entusiasmo por construir la carretera, algunos trabajadores habían

removido más tierra de la necesaria. Lo único que habían dejado a su espalda eran unos

cuantos troncos destrozados y unas pocas hileras de maíz destrozadas.

Habían reducido a escombros una tierra llena de vida y se habían largado. Ahora la

nueva autopista de peaje ya estaba terminada y pasaba a menos de trescientos metros al oeste.

Mi tío cavó una profunda zanja a lo largo del perímetro del campo, siguiendo aproxima-

damente el peralte de la nueva carretera y dejando a su espalda un largo y serpenteante

montículo de tierra. Cavó y traspaló una y otra vez la tierra. Varios vecinos interrumpieron

sus tareas y bajaron por la carretera para darle consejos. Regresaron con palas y picos para

echar-le una mano.

Por la tarde ya había una zanja que bordeaba aproximadamente media hectárea de terre-

no hasta donde alcanzaba la vista. Tenía más o menos dos codos de ancho y bordeaba la estre-

cha franja del campo que permanecería en poder de la aldea.(7)

Cayó la noche. Mi tío regresó a casa con paso cansino. Se tomó una buena sopa en un

cuenco de loza con un pájaro magiar pintado en

un lado, mascó un trozo de pan de centeno casero y se bebió una cerveza muy fría

directa-mente de una botella de vidrio color ámbar.

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés 16

Después salió de casa con un viejo y abolla-do balde de color rojo lleno hasta el borde

de combustible. Se alejó con su carga, ladeando el cuerpo para hacer contrapeso.

Una vez en el campo, en mitad de una noche en la que no soplaba ni una brizna de aire,

vertió con cuidado el combustible a los lados del campo, dejando un reguero en el centro.

Desde el borde del campo, encendió unas cerillas de madera y las arrojó a ras del suelo en va-

rios puntos.

Todo el campo estalló en una llamarada tan grande que atrajo a la gente de todos los

lugares desde donde se veía la densa humareda. Los anchos caminos de tierra de tres de los

lados y la zanja del cuarto contuvieron las llamas.

Hasta bien entrada la noche, hombres y mujeres, sosteniendo en sus brazos a los niños

adormilados, permanecieron de pie en largas hileras anaranjadas, asintiendo con la cabeza en

señal de aprobación mientras el campo seguía ardiendo.

Al día siguiente, el campo todavía humeaba, pero el fuego ya se había extinguido. Con

su azada tan afilada como una navaja, mi tío despellejó las ennegrecidas raíces y los rastrojos

diseminados aquí y allá, dejando la tierra todavía más al descubierto.

-¿Veis esa tierra ardiente y renegrida? -dijo mi tío-. Muy pronto obtendremos mucho de

ella, tanto que no os lo vais a creer.

-¿Qué sembrarás allí? -le pregunté.

-No sembraré nada -contestó él.

No lo comprendí. Ya habíamos quemado la tierra otras veces, pues la ceniza fertilizaba

el terreno cansado.

-¿Por qué vas a dejar la tierra vacía y sin sembrar, tío?

-Para que sea una invitación, niña mía.

Mi tío me explicó que los pinos y los robles no se propagan en los campos ni se

desarrollan creando nuevos bosques a no ser que se deje el terreno sin sembrar. Mi tío soñaba

con que aquella tierra estéril se convirtiera en un nuevo bosque de sublime belleza en el que

nosotros pudiéramos descansar.

-Si uno es pobre y carece de árboles, es la persona más necesitada del mundo. Si uno es

pobre y tiene árboles, es inmensamente rico en algo que el dinero no puede comprar.

Los árboles, decía, no saldrían si se plantaran semillas en la tierra.

-Las semillas de la nueva vida no hallarán hospitalidad ni razón alguna para descansar

aquí a menos que dejemos la tierra sin labrar y desnuda de tal forma que un bosque de

semillas la encuentre acogedora.

Tiempo atrás, el padre de mi tío había tenido un buen amigo que le había dicho esas

palabras que ahora él me transmitía a mí: hachmasat orchim. Significan «hospitalidad»,

especialmente con los forasteros. El tío me explicó que éste era el principio por el que

trataban de regirse antes de la guerra, el principio al que in-tentaron atenerse durante la

guerra y también ahora, después de la guerra, el principio que tendríamos que seguir para

intentar vivir una vez más (8).

Mi tío dijo que era una bendición acoger al forastero, dar consuelo al caminante y muy

en especial al viajero cansado.

-De la misma manera que la risa hospitalaria aguarda un chiste con el que poder expre-

sarse, de la misma manera que los moribundos se muestran hospitalarios en la confiada espera

del Único, así también la tierra se muestra hospitalaria y acogedora, tal como corresponde a

un verdadero anfitrión.

»Porque la tierra es paciente, ¿sabes? Recibe la semilla, la mala hierba, el árbol, la flor;

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El jardinero fiel

Clarissa Pinkola Estés 17

recibe la lluvia, el grano, el fuego. Permite y favorece la entrada. Es la anfitriona perfecta -

concluyó mi tío.

Y yo lo comprendí. Las semillas de la tierra, las criaturas de la tierra, las estrellas en el

firmamento y nosotros mismos... todos éramos huéspedes en ese campo.

Así pues, dejamos la tierra baldía para que las semillas encontraran el camino que

conducía hasta aquel campo. Serían transportadas por las bocas de animalillos, que tal vez

supieran que aquel campo los estaba esperando y dejarían caer las semillas. El mapache

comería y depositaría en el campo lo que quedara. El venado que se rascara contra una estaca

soltaría las semillas que llevara adheridas a la piel. Tal vez las palomas que sobrevolaban el

campo soltaran las semillas que llevaban en el pico. Las condiciones climáticas y el aire

contribuirían también a transportar las semillas con el viento.

-Ya lo verás, gracias a la impresionante hachmasat orchim de esta tierra, aquí ocurrirá

un prodigio.

»¿Sabes cómo conseguir que los árboles crezcan tan libres y hermosos como los más

bellos que hayas visto en tu vida? Permitiendo que la tierra sea hospitalaria. ¿Y eso cómo se

hace?

»No tiene nada de asombroso. Tal como se hace con un huésped, primero le ofreces

agua. Bueno, eso Dios ya lo ha hecho por nosotros. Aquí, en los campos, Dios nos ha dado

esta lluvia. ¡Qué gran anfitrión es Dios!

»Después añades un poco de sol y un poco de sombra. Pero Dios ya se encarga de eso,

con las nubes y el sol. ¡Qué gran anfitrión es Dios!

»Finalmente, dejas la tierra en barbecho. ¿Y eso qué quiere decir? Quiere decir que la

dejas arada pero sin sembrar. Quiere decir que la haces pasar por el fuego con el fin de

prepararla para su nueva vida.

»Esa es la parte que Dios no hace solo. Dios pide colaboración. De nosotros depende

echar una mano a lo que Dios ya ha empezado. A nadie le gusta esta clase de incendio, esta

clase de fuego. Queremos que el campo siga siendo lo que siempre fue, en toda su singular

belleza, de la misma manera que queremos que la vida siga siendo lo que siempre fue.

»Pero viene el fuego. A pesar de nuestro miedo, aparece de todos modos, a veces por

casualidad, a veces de manera intencionada, a veces por razones que nadie acierta a

comprender... unas razones que sólo son asunto de Dios.