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León Dujovne

El judaísmo

como cultura

De la filosofía milenaria

a la resurrección nacional

EDICIONES NUEVA PRESENCIA

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Dedico este libro a mis nietas Ruth,

Judith, Dana, Ana y Eugenia

PRÓLOGO

Cuando los corresponsales de agencias noticiosas quieren informar sobre algún

acontecimiento en el que es parte Israel, hablan del "Estado Judío". Cuando tienen que referirse a un avance o a una retirada de efectivos militares israelíes, hablan del "ejército judío". Cuando alguien que ha visitado Israel, quiere, en un relato de su experiencia en la visita, referirse al adelanto de la ciencia en institutos de investigación israelíes, es

posible que hable del adelanto de la "ciencia judía". Es frecuente que en la Argentina

—lo mismo ocurre en otros países— un no judío, un gentil, le diga a un compatriota

judío: "Ustedes los judíos han realizado una gran hazaña con la operación de comando

en el aeropuerto de Entebe de un país africano. Han logrado rescatar a los rehenes que

estaban en manos de un grupo de terroristas que se había apoderado de un avión y

apresado a la tripulación y los pasajeros".

Adolf Hitler en su Mi Lucha presenta un compendio de las acusaciones dirigidas

contra los judíos en la "literatura" antisemita alemana desde la primera guerra mundial.

En esa literatura se declara que los judíos son incapaces de ser científicos y de creación

también en otras manifestaciones de cultura superior. Cuando el nazismo llegó al poder

en Alemania en 1933, habían obtenido el premio Nobel en disciplinas científicas

dieciséis alemanes. Doce eran judíos, es decir, setenta y cinco por ciento del total de

galardonados. La población de Alemania era entonces de sesenta millones de

habitantes y los judíos eran allí seiscientos mil, es decir, uno por mil. Hegel, el filósofo

alemán justamente admirado, en un trabajo incluido en el volumen de sus Escritos

Teológicos de juventud, publicado en 1907, declara que los judíos son un pueblo

carente de los sentimientos de familia, de amistad y del paisaje. El argumento en que

funda esta afirmación lo constituye el "caso" del Patriarca Abraham. Este, según el relato bíblico, rompió los ídolos de la casa paterna y se encaminó, con unos pocos

acompañantes, hacia la Tierra Prometida. Se dice que Cristóbal Colón era de origen

judío. Judío es Sabin, el descubridor de la vacuna antipoliomielítica. Judío era Paul

Erlich, el creador de la quimioterapia alemana. En el ámbito de la filosofía fueron

coetáneos Henri Bergson de Francia y Edmund Husserl de Alemania. En el siglo i de la

era cristiana el judío Filón de Alejandría introdujo el tema de la religión en la filosofía de Occidente. En el siglo XVII Spinoza elaboró un sistema filosófico que no incluía ninguna

referencia a la religión tradicional. En el siglo XII, Maimónides incluyó entre los principios de la religión judía la fe en la futura llegada del Mesías. Los restos de Maimónides se

hallan sepultados cerca de Tiberios, en el país que se llama Israel.

Hace un momento nombramos a Spinoza. En su Epistolario figura una carta que le

envió —era en la segunda mitad del siglo XVII— Henry Oldenburg, secretario de la

Sociedad Real de Londres. En ella Oldenburg le decía a Spinoza que "de boca en boca"

circula un rumor de que los judíos se disponen a dejar Europa para dirigirse a Palestina,

a la Tierra de Israel, el país donde tuvieron su Estado en la Antigüedad. Oldenburg

quería saber qué se decía sobre este asunto en Amsterdam y cuál era acerca de él la

opinión de Spinoza. No se conoce la respuesta de Spinoza a la carta de Oldenburg.

Pero\ sí consta que al final del capítulo ni de su Tratado Teológico-Político dice: "Si el espíritu de su religión no los afeminare, creo que (los judíos) podrían muy bien, cuando

se presentase ocasión favorable (tan mudables son las cosas humanas), reconstituir su

Estado. Entonces podrían ser el objeto de una segunda 'elección divina'

Cuando sus ejércitos avanzaban por el Cercano y el Medio Oriente, Napoleón

Bonaparte dirigió una proclama a los judíos pidiéndoles su apoyo, a cambio de la

promesa de devolverles Palestina, la Tierra de Israel, una vez que se hubiere apoderado

de ella.

En la historia de la literatura religiosa judía figura un libro llamado Talmud. Pieza

notabilísima dentro de la literatura universal, que se ocupa "de todo". Hay dos versiones distintas de este libro. Una de ellas se llama Talmud Jerosolimitano. La otra se llama

Talmud Babilónico. El que tiene mayor vigencia es el segundo, obra de academias, de

centros de estudio de Babilonia. El primero es obra de "academias", de centros de

estudio de Eretz Israel, de la Tierra de Israel, a la cual los romanos impusieron el

nombre Palestina, después de haber aplastado una rebelión, de los judíos contra la

dominación del Imperio. Ese nombre era una referencia a los Filisteos, que en lejanos

tiempos anteriores habían sido enemigos de los judíos. La redacción del Talmud

concluyó a fines del siglo v de la era cristiana. A principios de ese siglo comenzó la

época de las invasiones "bárbaras" en Europa. Durante un período de "turbulencias"

hasta el emperador franco Carlomagno, los judíos pudieron regirse por el Talmud,

tratado de jurisprudencia, de ciencia, de filosofía, de sabiduría, de moral. Pero los judíos

en la Edad Media conocieron el gueto, que en muchos lugares duró para ellos hasta

fines del siglo XVIII. De las persecuciones, asaltos y asesinatos y robos de que eran

víctimas los judíos nació la palabra "pogrom" que pasó a varios idiomas.

Todavía en el siglo XX hubo, en Rusia, un proceso contra un judío acusado de haber

cometido un "crimen ritual". Así es de duradera la infame calumnia. Según ella los judíos emplean sangre humana en la celebración de su Pésaj Pascua. Y todo esto es de

menor significación con relación al asesinato de seis millones de judíos durante la

segunda guerra mundial. Y desde hace treinta y tres años existe el Estado de Israel en

la Tierra de Israel.

A fines del siglo XIX y a comienzos del actual se desarrolló en Francia el "proceso

Dreyfus" contra un oficial judío del arma de artillería acusado de haber proporcionado

secretos militares franceses al gobierno de Alemania. Después de una larga y

apasionada tramitación se individualizó al verdadero culpable de la traición. Eso ocurrió

en el país de los "derechos del hombre y del ciudadano".

A les judíos se los acusa de haber creado el sistema capitalista de producción y

también se los acusa de ser los responsables por los movimientos anticapitalistas.

Lo dicho da la impresión de un caos de referencias a cosas muy dispares y sin

aparente conexión recíproca. Parece un amontonamiento de datos sobre realidades

muy diversas y de distintas categorías. Todo esto adquiere sentido si nos formamos una

idea precisa de lo que son los judíos, el judaísmo e Israel. A esto responde el presente

libro. En él tratamos de responder a la pregunta: ¿Qué son los judíos? ¿Son ellos una

raza, una comunidad que profesa y practica una determinada religión, o son una nación

en el sentido corriente de este vocablo? ¿O se ha de recurrir a alguna otra noción para

caracterizar a los judíos? A nuestro juicio se debe recurrir a la noción de cultura,

frecuentemente empleada en los últimos tiempos per antropólogos, sociólogos, y

filósofos de la historia. Para el "caso" de los judíos se ha de emplear la palabra cultura atribuyéndole una acepción que ofrece cierto matiz especial. Para determinar el

contenido de esta palabra aplicada a los judíos, se nos hace necesario referirnos a la

religión judía, pues los judíos aparecen en la historia de la humanidad con su religión

original.

Llamamos judaísmo a la cultura judía, que ciertamente incluye la religión judía que la

definió. En este punto es oportuno hacer una aclaración. Así como a cristianismo

corresponde cristiandad, así a judaísmo corresponde judeidad. Habitualmente se suele

emplear el vocablo judaísmo donde corresponde usar judeidad. Así, por ejemplo, se

suele hablar de la situación del "judaísmo" en Rusia o del "judaísmo" en la edad media española. En ninguno de estos dos casos nos referimos a algo que concierne al

judaísmo. De lo que se trata es de la judeidad en uno y otro ámbito, y no del judaísmo.

Este vocablo es justamente empleado para designar la religión judía o la cultura judía, si

se lo emplea vara designar el repertorio coherente de convicciones sobre el cual se

asienta la inda de una comunidad humana, con sus creaciones y valoraciones. Como

habitualmente se emplea judaísmo donde este empleo es el adecuado y también donde

correspondería usar judeidad, haremos lo mismo partiendo del supuesto de que en cada

caso la acepción del vocablo depende del contexto en que se lo emplea.

La historia de los judíos no se presta a una fácil reconstrucción en libros de

historiadores, es decir, en obras historiográficas. Entendemos aquí por historia la

realidad del proceso de desarrollo de una comunidad humana; historiografía es el

conocimiento y la narración de esta realidad. Habitualmente se emplea la misma

palabra historia para designar lo uno y lo otro. A tal punto es compleja la historia de los

judíos que uno de los más eminentes historiadores ha dado a su obra el título Historia

Universal del Pueblo Judío, porque los judíos han vivido en distintos países y en épocas

diferentes. En esta compleja historia aparecen dos factores o dos circunstancias o

elementos: el antisemitismo y el mesianismo. El primero es un factor que actúa sobre

los judíos desde fuera de ellos, y el segundo es inherente a los judíos. A uno y otro nos

referimos en la medida necesaria para que resulten comprensibles ciertos

acontecimientos.

Investigadores especializados sostienen que en la época de Jesucristo el número

total de judíos en el mundo era de por lo menos cinco millones, una mitad de ellos en

Judea y la otra mitad en la Diáspora. En la actualidad el número de judíos alcanza a

quince millones. Es decir, el aumento de este número en veinte siglos ha sido de cinco a

quince, proporción notablemente reducida. No todas las bajas en las filas de los judíos

se debieron a la acción del antisemitismo, pues hubo conversiones de judíos. Pero, es

evidente que en muy elevada proporción se debieron a discriminaciones,

persecuciones, expulsiones y matanzas propugnadas y ejecutadas en nombre de un

odio o un trágico prejuicio no fácilmente inteligible. Se trata de algo que no puede ser

omitido tratándose de particularidades de la historia judía. Otro elemento o factor en la

historia de los judíos es el mesianismo, nombre común de movimientos producidos con

la guía de personas que se han atribuido la condición de "mesías". Para no extendernos con relación a este punto, lo tratamos brevemente, lo necesario para que el lector se

forme una idea de cuán profundamente había penetrado en la mente de las masas

judías la esperanza de la redención. Sólo así se explica que multitudes hubieran

respondido al llamado de los "redentores", algunos de ellos de dudosa salud mental. En sus "programas" de acción figuraba, naturalmente, el propósito de recuperar para el pueblo judío Eretz Israel, la Tierra de Israel, la Tierra Prometida. No está excluido que se

inspiraran en versículos de textos de profetas incluidos en la Biblia hebraica- En el siglo

XIX surgió un movimiento judío de "redención nacional", destinado a restablecer al

pueblo judío en su país de la Antigüedad. Ya no se trataba de una acción más o menos

mística o desvariante, sino de un planteo del "problema judío" en términos de política moderna. En efecto, el Sionismo• se inició y se desarrolló partiendo de la premisa de

que la "cuestión judía" debía ser planteada en el plano de la política internacional. El Sionismo, como movimiento político, se inició en 1897. Veinte años después, en 1917,

durante la primera guerra mundial, el gobierno británico prometió públicamente su

apoyo a la realización del programa sionista; treinta años después la Asamblea de las

Naciones Unidas aprobó la división de Palestina en un Estado judío y uno árabe- En

mayo de 1948 fue proclamado el Estado judío con el nombre de Israel. ¿Qué es Israel?

¿Cuáles son sus particularidades? ¿Qué significa para los judíos? ¿Qué enseñanzas

ofrece a la humanidad? En el capítulo final de este libro ensayamos dar una respuesta a

estas preguntas.

Algunas partes, las menos, del material incluido en este volumen han aparecido,

hace ya largo tiempo, en otras publicaciones. Pero su significado verdadero sólo se

pone de manifiesto dentro del plan y el contexto de este libro, que en la intención del

autor, ha de ser, no de propaganda, sino de esclarecimiento. En el movimiento sionista,

que condujo a la creación del actual Estado de Israel han actuado hombres de distintas

tendencias ideológicas y doctrinarias. Las referencias a los protagonistas de las distintas

tendencias, de sus peculiaridades extenderían en exceso el presente estudio.

LEÓN DUJOVNE

PRIMERA PARTE

EL JUDAISMO COMO CULTURA

El planteo del problema

¿Qué quiere exactamente expresar alguien cuando declara que es judío? ¿Qué

quiere expresar quien dice de otro que es judío? Hay judíos que lo son sin preocuparse

mayormente por saber de manera inequívoca en qué consiste el serio. Hay no judíos

que, perplejos, preguntan qué es ser judío. Frecuentemente sus interlocutores se les

asocian en la perplejidad, sin ayudarles a encontrar una respuesta precisa al

interrogante planteado. Pero, a pesar de la ignorancia de los unos y de la curiosidad no

satisfecha de los otros, no es raro que alguien manifieste que es judío, o que otro diga

de él que lo es. En todo caso, a ninguno de los dos se le ocurrirá que la condición de

judío es algo similar a la práctica de un hobby o al ejercicio de una profesión. Si alguien

dice, o se dice de él, que es un individuo judío, es porque se da por sentado que hay

judíos en plural. Y él sería uno de ellos. Así, la pregunta se vuelve más precisa: "¿Qué son los judíos?" Ciertamente no son una categoría económica, pues hay entre ellos

personas de diferentes grados de pobreza, o de riqueza, y de distintos oficios y

ocupaciones. Así, se ha de concluir que los judíos no son una clase de personas. Si

proseguimos nuestra indagación, una primera pista nos la ofrece una contestación que

suele dar el judío a la pregunta de si lo es y por qué. He aquí la respuesta: "Soy judío y lo soy porque mis padres y mis abuelos fueron judíos". Cabe suponer —y la suposición

no sería arbitraria— que esos padres y abuelos, y también los de ellos, hubieran podido

responder de la misma manera. Nos encontramos, entonces, con que hay judío en

singular porque ha habido y hay judíos en plural. Esto nos conduce al hecho de que hay

una historia judía y un pueblo judío, portador de esta historia; que ser judío no es ser

una persona de cierta clase, sino ser una persona que pertenece a un grupo humano

con una determinada historia y ciertas tradiciones. Los judíos son protagonistas y

resultado de un particular proceso histórico. Por lo tanto, puedo saber qué son si

conozco la historia de los judíos. Hay historiadores no judíos que, aun en libros

extensos, sólo dedican escasas líneas, cuando no unas pocas palabras, a la historia de

los judíos posterior al advenimiento del cristianismo.

A su vez, los más sobresalientes historiadores judíos emplean diferentes nombres

para designar sus libros. Heinrich Graetz, que fue en tiempos modernos el primer

eminente historiador del conjunto del pueblo judío, llama a su obra Historia de las Judíos

desde sus orígenes hasta hoy. Simón Dubnow llama a la suya Historia Universal del

Pueblo Judío. Otro famoso historiador judío, Salo W. Barón, ha escrito una Historia

social y religiosa de los judíos. Benzión Dinur ha publicado alrededor de veinte

volúmenes de historia de los judíos con títulos diferentes según las diversas épocas.

Dinur escribió esos volúmenes en hebreo. Graetz, Dubnow y Barón redactaron sus

historias en alemán, ruso e inglés, respectivamente. Cualesquiera sean los títulos de los

escritos en que se reconstruye la historia del pueblo judío, en todos ellos se trata del

desarrollo del proceso histórico judío. Cabe conocerlo a través de la historiografía judía;

en parte a través de la cristiana. El conocimiento de dicho proceso histórico, suscita, en

vez de la pregunta. "¿Qué es ser judío?" y "¿Qué son los judíos?", una nueva y más adecuada: "¿Qué es el pueblo judío como pluralidad, como grupo humano persistente a

través de cuatro milenios?" El lector de libros de historia probablemente se inclinará a dar a nuestra pregunta una de estas tres respuestas: 1) Los judíos son una raza en la

acepción biológica del vocablo; sería judío, por consiguiente, todo aquel que pertenezca

a la raza judía. 2) Los judíos son adeptos de una determinada religión y es judío todo

aquel que profesa y practica la religión judía. 3) Los judíos son una nación y es judío

quien pertenezca a esta nación, la judía. He aquí tres posibles soluciones para nuestro

problema de qué son los judíos. ¿Cuál respuesta aceptar? ¿Los judíos encuadran en

alguna de esas tres nociones o en ninguna de ellas?

Comencemos por detenernos en la primera tesis, la de la raza en el sentido biológico

de la palabra. Si admitimos que los judíos son de raza semita, observamos a la vez que

hay semitas que no son judíos. "Semita", en verdad, no es una designación racial; es el nombre de un grupo de idiomas, de un grupo lingüístico. Habría que aceptar, entonces,

que hay, en todo caso, entre los semitas una "raza judía" o, mejor dicho, una "subraza judía". Aun suponiendo que así fuese, es evidente que no todos los judíos son judíos en

el sentido racial. Hay "mezclas de sangre" en el grupo humano hebreo. En la literatura histórica sagrada de los judíos se da por sentado que no son un pueblo de "raza pura".1

Se admite que a través de la historia se les han unido no sólo individuos, sino también

otros grupos humanos. Por ejemplo: en la Biblia se cuenta que cuando los judíos, bajo la

conducción de Moisés, salieron de la esclavitud egipcia, los acompañó una llamada

"multitud mezclada" que luego se incorporó al pueblo judío1. Algunos famosos

personajes judíos no eran hijos de madre judía. La progenitora del Rey David no era

judía. Judá, el cuarto hijo del patriarca Jacob, casó con una canaanita, no judía. En

textos bíblicos y talmúdicos se pone de manifiesto que no todos los judíos descienden

de un único tronco. Es llamativa una leyenda que se refiere a nietos del rey

Nabucodonosor. Este rey de Babilonia fue quien conquistó el reino de Judá y destruyó el

Templo de Jerusalem en el siglo vi antes de Cristo. Nietos suyos habrían estudiado y

conocido la sabiduría religiosa judía. En el libro bíblico de Esther se habla de

conversiones en masa a la religión judía, bajo dominio persa. Antes del advenimiento de

Cristo hubo en Roma no pocas conversiones de paganos a la religión judía. Entre los

siglos IX y X de la era cristiana un monarca del reino de los Cúzares y sus subditos,

adoptaron la religión judía.

Moisés casó con una midianita, y José con una egipcia. También se ha de observar

que "en el mundo antiguo habitualmente los esclavos eran obligados a aceptar la

religión de sus amos". Jacob Bernard Agus también ha señalado: "El origen

diversificado del pueblo judío no impresionaba a los grandes sabios del Talmud, pues

consideraban la descendencia de Abraham como una condición espiritual. Al converso a

la religión judía se le requería que en la plegaria, hablase de sí mismo como un

descendiente de Abraham, Isaac y Jacob, y a dirigirse a Dios como el Dios de nuestros

antepasados. El prosélito debía hablar de la Tierra de Israel, como la tierra que 'Tu diste

a nuestros padres' “.2 Cabría indicar otros hechos e invocar otros argumentos para

demostrar la imposibilidad de afirmar la unidad racial de los judíos. Tal vez se pueda

aplicarles a los judíos la noción de "unidad étnica", expresión no muy precisa.

1 Los vocablos "hebreo", "israelita" y "judío" empleados aquí son equivalentes.

2 Jacob Bernard Agus, The meaning of Jewish Historij, tomo I, p. VI.

A veces, se emplea la palabra raza sin atribuirle una acepción biológica. Así,

Thomas Mann, hablando de los judíos, dice: "Un filósofo contemporáneo de esta raza

moral, Hermann Cohén...".3

Entre las nociones que el conocimiento de la historia de los judíos pueden a primera

vista parecer adecuadas para la definición de los judíos hemos mencionado la de

religión. Según ella, es judío toda persona que profesa y practica la religión judía.

También esta noción ha de enfrentar objeciones, aunque de otra índole. Hay quienes se

declaran judíos y son considerados como tales por otros judíos, a pesar de que no

practiquen la religión y se presenten como "librepensadores" y, aun, como "ateos". Pero, quien haya adoptado otra religión deja de ser judío. No se puede ser a un tiempo judío y

musulmán o judío y budista. Pareciera que la práctica plena de la religión en todos sus

minuciosos detalles no es un requisito para ser considerado judío. Esto se comprueba

en la experiencia diaria. Lo cual no significa un pronunciamiento sobre el inmenso e

intenso papel que la religión desempeñó en la historia de la comunidad judía y en su

modelación. Un ejemplo particularmente ilustrativo de lo que acabamos de decir ofrece

el "caso Freud".

Sigmund Freud se pronunció en varias oportunidades sobre el tema que nos

interesa. Especialmente queremos recordar una expresión suya en un discurso que

había preparado para la asociación israelita Bnei Berith, de Viena, en ocasión de su

septuagésimo cumpleaños. Quería dar una explicación para su temprana vinculación

con ella. Y en un pasaje, decía: "Pero, quedaban otras cosas suficientes para hacer

irresistible la atracción del judaísmo y de los judíos, muchas oscuras fuerzas

emocionales, a tal punto potentes que se hace difícil agrupar en palabras, como la clara

conciencia de nuestra identidad intrínseca, la intimidad que viene de la misma estructura

psíquica". (Die Heimlichkeit der gleichen Seelischen Konstruktion.) Estas palabras las

escribió Freud en 1926.

T. Reik, en un trabajo intitulado Freud y el chiste judío las tradujo, acaso más

fielmente, así: "El secreto de la misma estructura íntima". Freud se sentía totalmente 3 Thomas Mann, Cervantes - Goethe - Freud, Editorial Losada, Buenos Aires, pág. 182.

desvinculado de la religión judía, como de cualquier otra religión. Pero se consideraba

estrechamente ligado a la "continuidad histórica judía".

Por su parte, Martín Buber era judío religioso. Dedicó muchos años al estudio de las

particularidades y del desarrollo de la religión judía, pero no era "practicante" de esta religión. No asistía a oficios religiosos. Pensaba que su religiosidad le permitía hablar a

Dios en la vida cotidiana. Escribió sobre temas judíos. En un trabajo titulado Los dos

centros del alma judía expresaba: "pues la enseñanza del judaísmo viene del Sinaí: es

una enseñanza de Moisés. Pero el alma del judaísmo era antes del Sinaí, y allí recibió lo

que recibió; es más antigua que Moisés. Es de los Patriarcas, un alma de Abraham. La

Ley se le unió, y no puede en adelante ser entendida fuera de ella, de esa alma, pero

ésta en sí misma no es de la Ley. Si se quiere hablar de ella, se debe considerar todas

sus transformaciones a través de las edades hasta hoy".

Albert Einstein estimaba su condición de judío como un "don del destino", que le

satisfacía. Para él, el judaísmo era una actitud de respeto hacia toda vida, y judío era,

además, el hombre que ama el saber y quiere la libertad. Einstein se refirió varias veces

al tema religión y moral y al tema ciencia y religión. A su juicio carece de sentido todo

conflicto entre religión y ciencia. Alguna vez escribió que la ciencia puede descubrir

solamente lo que es, y no lo que debe ser, quedando al margen de su dominio todos los

juicios de valoración. A su turno, la religión se ocupa únicamente con valoraciones de

los estados de ánimo y de las acciones de los hombres. Por lo tanto, los conflictos del

pasado entre religión y ciencia se habrían debido a un erróneo planteo del problema de

qué son una y otra.

He aquí, pues, tres judíos prominentes con diferentes actitudes hacia la religión y la

práctica de ella. Algo más se ha de aclarar con respecto a lo que dijimos hace un

momento, cuando señalamos que puede ser judío alguien que se declare ateo. A este

respecto se ha de observar que hay quienes sostienen, entre ellos Jacques Maritain,

que no hay judíos ateos, a pesar de que algunos afirman que son ateos y judíos a la

vez.

Además de las nociones de raza y religión con respecto a los judíos nos encontramos

con una tercera noción, que acaso pudiera servir para designar a los judíos. Nos

referimos al concepto de nación. ¿Son los judíos una nación como lo son otros grupos

humanos? El concepto de nación no es fácilmente determinable. En el mundo moderno,

las nociones de religión y de nación son independientes entre sí. Una nación puede

contener gentes que profesan distintas religiones. Y una misma religión puede ser

profesada y practicada por gentes pertenecientes a distintas naciones.

Si por nación se entiende a un grupo de personas con recuerdos comunes y con

esperanzas comunes, se puede decir que los judíos son una nación. Pero si es propio

de la nación el vivir en un Estado soberano, habría que concluir que los judíos mientras

vivían en la Diáspora no eran nación. Pero, de otro lado, en cuanto aspiraban a

recuperar su antiguo país —la Tierra de Israel- para instaurar en él un Estado soberano,

sí eran nación. La antigua Grecia, la clásica, no era una nación. Se trataba de un

conjunto de ciudades-Estados que solían luchar entre sí. Las naciones de Europa que

conocemos hoy, solamente se hicieron naciones en el siglo XVII, con excepción de

Inglaterra que fue nación antes que sus congéneres del continente europeo4.

Nos parece oportuno señalar que Martín Buber emplea, en varios de sus escritos, la

expresión "nación judía". Para orientarse frente a la situación actual se debe admitir que el Estado de Israel es una nación. Los judíos de fuera ele Israel no son súbditos ni

ciudadanos de esta nación,, pero son solidarios con los judíos de Israel en cuanto los

une la comunidad de cultura. A través de generaciones ha subsistido la solidaridad entre

los judíos y subsiste hoy en función de la comunidad cultural. La situación de los judíos

a veces puede describirse diciendo que ellos no son una nación porque son más que

una nación, son una cultura; también se puede afirmar que son la nación más antigua de

Occidente.

Acabamos de ver que ninguna de las tres nociones, raza, religión y nación es suficiente

para caracterizar plenamente a los judíos- Pero, en cambio, hay razones para pensar

que la noción de cultura, frecuentemente empleada en los últimos tiempos, aunque no

siempre con la misma acepción, por historiadores, sociólogos y antropólogos, nos sirve

4 Erich Kahler señala que el curso de la historia muestra una secuencia de tales desplazamientos y crecimientos de puntos existenciales de gravedad de la tribu a la ciudad, a la ciudad-Estado, a través del intermediario de principados feudales, al Estado, a la dinastía territorial.

como solución para nuestro problema de qué son los judíos. Empleamos aquí esta

noción partiendo de unos razonamientos fundados en antecedentes que merecen

recordarse. Mientras acumulábamos materiales para nuestro libro Spinoza, su vida, su

época, su obra y su influencia nos encontramos con un ensayo a primera vista descon-

certante. El ensayo se titulaba Rembrandt y Spinoza y su autor era Cari Gebhardt. En

efecto, ¿qué puede haber de común entre la obra de un filósofo y la de un pintor? ¿Y

qué sentido tendría el querer señalar sus diferencias cuando se trata precisamente de

un pintor y de un filósofo? El autor del mencionado ensayo desarrolla la siguiente tesis:

la obra del pintor y la del filósofo eran, las dos, manifestación de lo peculiar de una cierta modalidad cultural, la propia de la época del Barroco. El Barroco, del siglo XVII, es distinto de la modalidad cultural del Renacimiento. Para Gebhardt, un particular estilo de

vida imprime su sello a ese tiempo, tiempo que no sería una mera abstracción, sino un

trozo de la historia de Occidente. En ese tiempo la obra de Spinoza sería una

exteriorización filosófico-religiosa de aquello que en arte exteriorizaba la pintura de

Rembrandt.

La noción de estilo con referencia a una época dada, abarca, junto a las artes todas,

la religión y la filosofía. Un común sentimiento vital palpita en las varias expresiones en

que la vida se despliega en cada tiempo. En la antigüedad, el templo dórico y la filosofía

jónica expresaban una misma actitud ante el mundo. El hombre ve entonces

objetivamente el cosmos con el orden que en él reina, y "toda singularización del

individuo le parece una caída en el pecado". En la tragedia y en la meditación del

filósofo aparecen el mismo universo y la misma ubicación del hombre en él. Las

expresiones distintas en arte, en filosofía y en religión son esencialmente análogas y se

corresponden porque nacen de una misma fuerza creadora.

Quien determina la forma, el estilo, de cada época es el "sentimiento de vida

fundamental en ella". Para Gebhardt el estilo hace lo peculiar de la obra del filósofo y de la obra del pintor, del artista. Gebhardt menciona los distintos elementos que

caracterizan el arte del Barroco. Luego procura mostrar lo que hay en la filosofía de

Spinoza de análogo a lo que encuentra como característico del Barroco.

Por su parte Ortega y Gasset ha señalado en varios estudios que hay dos clases de

ideas. Una es la de las ideas creencias y la otra es la de las ideas opiniones. Las ideas

opiniones que tenemos, las defendemos. Podemos hacer por ellas todo sacrificio. Pero

no podemos vivir de ellas. En cambio vivimos en y de las ideas creencias. En la Edad

Media, por ejemplo, la creencia principal del hombre cristiano era la relación supramoral

del individuo humano con Dios. En el siglo XVII maduró la fe en la Razón. Durante el

Renacimiento los hombres oscilaban entre la fe en Dios que no se había extinguido y la

fe en la Razón, que no había llegado a su plenitud. Por eso, a juicio de Ortega y Gasset,

el tiempo del Renacimiento fue un tiempo de crisis.

Hay alguna similitud entre las apreciaciones enunciadas por Gebhardt y las de

Ortega y Gasset. Para los dos cabe caracterizar nítidamente distintas manifestaciones

culturales de una época dada. Ateniéndonos a lo que acabamos de ver, podemos

suponer que así como se distingue la cultura en sus diversos aspectos en un tiempo

dado, así cabría también la posibilidad de encontrar lo peculiar de una cultura a través

de las distintas etapas de su desarrollo. En nuestro caso se trata de encontrar lo

duradero, lo persistente de la cultura judía a través de los cambios que ella ha

experimentado.

Llamamos aquí cultura al coherente repertorio de convicciones sobre el cual se asienta

la vida de un grupo humano con sus creaciones y valoraciones. En nuestro caso se trata

de determinar lo persistente y duradero de la cultura judía a través de diversos períodos

de su historia. En comparación con otras culturas de Occidente \ la judía es la cultura

propia de un único pueblo. En efecto, la cultura del pueblo de cualquier país de Europa

tiene como fondo una que se puede llamar cultura europea. Por ejemplo, hay cultura

italiana y cultura noruega, acaso muy distintas en algunos aspectos particulares. Pero

las dos tienen como fondo común la cultura "europea". Ortega y Gasset ha desarrollado este concepto en su trabajo Meditación de Europa. Si comparamos la cultura judía con

la europea encontramos que mientras la primera lo es de un único pueblo, la segunda lo

es de distintos pueblos cuyos nombres distinguen a diferentes subculturas. La simbiosis

entre judaísmo y cultura europea ha sido en extremo fecunda para la humanidad. Si se

elimina de la cultura de Occidente las ideas y doctrinas de algunos autores judíos, esta

cultura se desmorona o, por lo menos, se empobrece. Sin Filón de Alejandría, del siglo i

de la era cristiana, sin Ibn Gabirol del siglo xi, de Maimónides en el siglo XII, de León

Hebreo en el Renacimiento y de Spinoza en el siglo XVII, esta cultura, la europea u

occidental, no contendría algunos de sus elementos esenciales5. La cultura judía se ha

mostrado en extremo fecunda en su influencia en otra u otras culturas. Y, al propio

tiempo se ha mostrado bastante plástica para absorber las de otros pueblos, fuera del

judío.

El hecho de que la cultura judía —tal vez fuera conveniente llamarla "esfera

cultural"— sea exclusiva de los judíos trae algunas confusiones que conviene aclarar.

Como los judíos son una cultura, se les ha negado a veces la condición de nación. Es

que los judíos son más que una nación, son un ámbito de vida humana que se ha

mostrado particularmente fecunda.

Un hecho digno de destacarse es que los judíos, en sus forzadas migraciones bajo la

presión de fuerzas antijudías, se han dirigido preferentemente a lugares cuyos

habitantes en su mayoría eran adeptos de alguna de esas religiones que Toynbee llama

"religiones judaicas". Trataremos de ver en adelante algunos de los problemas

concernientes a la peculiar situación de los judíos por ser la religión un elemento

esencial en la historia de ellos.

Antes de continuar con nuestro estudio creemos oportuno indagar qué piensan o han

pensado prominentes autores no judíos sobre el judaismo y la llamada "cuestión judía".

Luego veremos cómo presentan la peculiaridad judía algunos pensadores judíos. Acaso

no sea absurda la tesis de Itzjac Fritz Baer según la cual no se puede llegar a conocer la

historia de un pueblo si antes no se conoce qué piensa sobre su posición ante Dios, el

mundo y la humanidad. Digamos, al pasar, que sobre ciertos temas fundamentales se

han enunciado teorías en extremo diferentes y aun contradictorias. Así, por ejemplo,

Max Scheler sostenía que para entender la historia, se debe previamente conocer qué

es el hombre. Ernst Cassirer, a su vez, sostenía que el conocimiento de qué es el

hombre sólo se logra a través de la historia y el arte. Es decir, mientras Scheler pensaba

que el conocimiento histórico sólo es posible sobre la base de un previo conocimiento

5 El Occidente se extiende hasta los montes Himalaya.

de qué sea el hombre, para Cassirer, en cambio, es la historia una de las fuentes del

conocimiento de lo específicamente humano. No nos referiremos a las sugestiones que

de esta controversia cabe extraer para nuestro estudio. A continuación veremos unas

tesis sobre "La peculiaridad judía". Es decir, trataremos de conocer opiniones acerca de la existencia de una peculiaridad o especificidad judía y luego veremos en qué consiste

ella.

LA EXISTENCIA DE UNA PECULIARIDAD JUDÍA

SEGÚN AUTORES CRISTIANOS Y JUDIOS

OPINIONES DE CRISTIANOS

De Arnold Toynbee

Para Arnold J. Toynbee, así lo expresa en su libro El historiador y la religión, hay dos

concepciones sobre el universo. Una de ellas mira el ritmo del universo como un

movimiento cíclico gobernado por una ley impersonal. Según este punto de vista, el

ritmo manifiesto del cosmos estelar —el ciclo del día y la noche y el ciclo anual de las

estaciones— es considerado como el ritmo fundamental de todo cuanto hay. A juicio del

historiador inglés, esta concepción astronómica de la historia corrige radicalmente al

hombre de la propensión al egocentrismo, pero, a la vez, pasa por alto la significación

del universo mismo. Desde dicho punto de vista astronómico, es imposible que un

historiador crea que su propio ahora y su propio aquí tengan una importancia especial:

más, le resulta igualmente difícil creer que algún otro aquí y algún otro ahora, de

cualquier otro ser humano, haya tenido o haya de tener una importancia especial. Para

ilustrar esta concepción, cita Toynbee estas palabras de Marco Aurelio Antonino: "El

alma racional recorre todo el cosmos y el vacío que lo rodea y explora el esquema de

rías cosas. Llega a los abismos del tiempo infinito y no sólo comprende el nuevo

nacimiento periódico del universo, sino que, además, estudia su significado. Estos

estudios hacen que el alma racional llegue a comprender la verdad de que aquellos que

vengan después de nosotros no habrán de ver nada nuevo y, que, por la misma razón,

los que vivieron antes que nosotros no vieron tampoco nada que esté más allá de

nuestro alcance. En este sentido, sería lícito decir que un hombre de cuarenta años

dotado de una inteligencia moderada vio —a la luz de la uniformidad de la naturaleza—

todo el pasado y todo el futuro".6 Para Toynbee, en el mundo grecorromano y en el

6 Marco Aurelio Antonino, Meditaciones, Libro XI, cap. I.

indio, en los cuales prevalecía esta concepción, la historia fue valorada en poco.

Aristóteles, filósofo y hombre de ciencia helénico, decía:

"El poeta y el historiador difieren, no por el hecho de escribir en verso o en prosa.

La obra de Herodoto, aunque se pusiera en verso continuaría siendo historia, con

métrica, lo mismo que sin ella. La verdadera diferencia estriba en que uno relata lo que

ocurrió; el otro, lo que podía haber ocurrido. Por eso, la poesía es algo más filosófico y

elevado que la historia; en efecto, la poesía tiende a expresar lo universal; la historia, lo particular. Por lo universal entiendo de qué manera una persona de cierto tipo hablará u

obrará de acuerdo con la ley de la probabilidad o de la necesidad... Lo particular es, por

ejemplo, lo que Alcibíades hizo o padeció". A su vez los hindúes, agrega Toynbee, más

enérgica y sinceramente aferrados que los griegos a esta filosofía griega e india,

desdeñaron el escribir historia. Los griegos, a pesar de su desprecio teórico por la

historia, fueron llevados por su aguda curiosidad a estudiar historia y, por su fino sentido

estético, a concretar los resultados de sus investigaciones en grandes obras de arte

literaria. Con todo, a pesar de la producción de estos monumentos de la historia griega,

la baja valoración de la historia que hizo Aristóteles es el veredicto que sobre ella

habrían dado la mayoría de los griegos —en cualquier período de la historia helénica—

y casi todos los hindúes de todos los tiempos.

La otra concepción fundamental —asienta Toynbee— ve el ritmo del universo como

un movimiento irrepetible, gobernado por el intelecto y la voluntad. Las operaciones del

intelecto y la voluntad constituyen el único movimiento conocido por el hombre, que se

manifiesta como algo incuestionablemente irrepetible; y en esta concepción, el ritmo

fundamental del universo como un todo se supone idéntico al ritmo del desarrollo de un

individuo humano. Se lo supone como un drama que tiene un principio y un fin, que está

marcado por crisis y acontecimientos decisivos, animado por incitaciones y respuestas,

y que desarrolla una trama análoga a la trama de una pieza teatral. Tal concepción

volitiva de la historia da a ésta una importancia máxima, a diferencia de la concepción

impersonal cíclica; pero al asignar a la historia semejante significación, hace que el

historiador corra el peligro de caer en el egocentrismo innato en toda creatura, cuando

en realidad la primordial misión del historiador es precisamente trascenderlo. Esta fue la

concepción de la historia que prevaleció en Israel y que, a través del judaísmo y del

congénere del judaísmo, la iglesia zoroástriea, heredaron de Israel la cristiandad y el

Islam. En las sociedades judaicas la historia fue valorada en alto grado, sólo que al

precio de incurrir en un sentimiento de la propia importancia que un sentido auténtico de

la historia debería corregir.

Toynbee observa que los designios del intelecto y de la voluntad, que, según esta

concepción, gobiernan la historia, no son los de los seres humanos que obran individual

y colectivamente, sino los de un solo Dios verdadero, trascendente y omnipotente. Así, a

priori, bien podía esperarse que este sentido de la grandeza de Dios constituyera tanto

un remedio efectivo para el egocentrismo de una de las creaturas de Dios como de un

motivo de comprensión del carácter inexorable de las leyes de la naturaleza. "Pero las

sociedades judaicas, la judía, la cristiana y la islámica, reabrieron las puertas al

egocentrismo al prepararse, en rivalidad unas con otras e ignorando el resto de la

humanidad, para representar el privilegiado papel de 'pueblo elegido de Dios', que, en

virtud de la elección divina, debe desempeñar un papel fundamental en la historia, a

diferencia de la mayoría gentil de la humanidad, constituida por adoradores de falsos

dioses."

La imagen de un universo cíclico gobernado por impersonales leyes de la naturaleza

promete curar al hombre de su egocentrismo, pero al precio de arrebatar a la historia su

importancia; la imagen de un universo que no se repite, gobernado por un Dios

personal, promete asignar a la historia un máximo de importancia, pero a costa de tentar

a los sostenedores de esta concepción a caer en el egocentrismo y a entregarse con

tranquila conciencia a extremos de egocentrismo. Cierto es que para Toynbee estas son

las dos concepciones fundamentales a que puede llegar, en última instancia, el alma

humana; y lo cierto es que hoy día la mayor parte de la humanidad sostiene ya una, ya

la otra, de estas dos concepciones.

Viviendo simultáneamente con ellas hubo además otras concepciones sobre el punto a

que nos estamos refiriendo. Una de ellas ve en la historia una estructura análoga a la de

una moderna pieza de música occidental. Según esta concepción, china, la historia es

una serie de variaciones sobre un tema enunciado al comienzo. La concepción china es

afín a la helénica, tanto por ver el de la historia como un ritmo que se repite, como por no

ser egocéntrica. Se siente la propia generación, la del aquí y del ahora, como carente de

mérito, en comparación con un pasado clásico cuyo ejemplo, según se cree, ofrece un

modelo absoluto de conducta para todas las edades subsiguientes, en todas las

circunstancias concebibles. En nuestra generación lo mejor que podemos hacer para

ser menos indignos de nuestros antepasados es modelar, lo más fielmente que nos sea

posible, nuestra conducta según la de ellos, tal como ésta se halla registrada en la

literatura clásica. Por otra parte, la concepción china es afín a la judeozoroástrica por

ver la historia desde el punto de vista de la personalidad, y por considerarla como algo

lleno de significación. La repetición de los precedentes clásicos no es un resultado

automático de las operaciones de una ley impersonal; es un acto consciente y

deliberado, inspirado por la admiración y logrado mediante un esfuerzo moral. Hay aquí

un sentido de las cosas —evidente por sí mismo, a no dudarlo, para los espíritus chinos

cuando éstos examinan las concepciones judaicas e indias y las comparan con sus

propios puntos de vista— en el cual esta concepción china lleva ventaja a las del mundo

indio y el judío, ya que le permite eludir, mediante una proeza de tacto y habilidad

característicamente chinos, el dilema indojudaico.7

Acabamos de ver la opinión del inglés Arnold J. Toynbee sobre la afirmación de la

existencia de una visión judaica del universo y la historia, que difiere de otras dos, la

indohelénica y la china.

De Thomas H. Huxley

Al mismo tema se ha referido otro inglés, anterior a Toynbee, y menos propenso que

éste a emplear el tono de predicador. En 1893, el científico y humanista Thomas H.

Huxley, refiriéndose a los siglos VIII, VII y VI anteriores a la era cristiana, habla de una

poderosa fermentación espiritual producida durante su trascurso. Ello aconteció en toda

el área comprendida entre el mar Egeo y el Indostán septentrional. "En estos trescientos 7 Arnold J. Toynbee, El historiador y la Religión, Emecé Editores, traducción de Alberto Luis Bixio, págs.

20-24.

años el profetismo alcanzó su apogeo entre los semitas en Palestina; el Zoroastrismo

creció y se convirtió en el credo de una raza conquistadora, la de los arios iranios; surgió

el budismo y se difundió con maravillosa rapidez entre los arios de Indostán, mientras el

naturalismo científico surgía entre los arios de Jonia. Sería difícil encontrar otros tres

siglos que hayan dado nacimiento a cuatro acontecimientos de igual importancia. Todas

las principales religiones existentes han surgido de los primeros tres; mientras que el

cuarto es la pequeña fuente ahora desarrollada en la gran corriente de la ciencia

positiva. En cuanto a posibilidades físicas, el profeta Jeremías y el más antiguo filósofo

jonio pudieron haberse encontrado y conversado. Si lo hubieran hecho, probablemente

habrían estado en desacuerdo en mucho; y es interesante reflexionar sobre que sus

debates podían haber abarcado cuestiones que en el día de hoy son acaloradamente

controvertidas."

Huxley menciona luego las antiguas sociedades de los valles del Eufrates y del Nilo,

que pudieron influir en la cultura griega, pero a las que la cultura griega superó a tal

punto que en realidad se independizó de ellas.

Estas ideas las expuso Huxley en un volumen de ensayos sobre temas históricos y

filosóficos.

De George Foot Moore

Algo más de 20 años después de Huxley, publicaba, en 1913, George Foot Moore,

profesor en la Universidad de Harvard, su Historia de las religiones- El primer volumen

trata de las de China, Japón, Egipto, Babilonia, Asiria, India, Persia, Grecia y Roma; y el

segundo, del judaismo, el cristianismo y el islam, "tres religiones tan íntimamente

relacionadas en origen e historia como para constituir un grupo natural".

En el prefacio de la obra se refiere el autor a cierta clase de religiones superiores,

que, así lo dice, tienen sus comienzos en los siglos del octavo al quinto antes de la era

cristiana. "Esta es la edad del taoísmo en China; de los Upanishads, del budismo y de

los precursores del hinduismo en la India; de Zoroastro en Irán; del movimiento

órfico-pitagórico en Grecia y de los profetas. La coincidencia es más que curiosa; es un

ejemplo de esa simultaneidad de progreso y declinación comparables a las épocas

geológicas de irrupción, de cataclismo y de desplome, de las que la historia de la

civilización tiene otros ejemplos llamativos. Foot Moore se refiere a lo acontecido "en los siglos alrededor del año 3000 antes de Cristo en Egipto, Babilonia y Elam, Creta y

China". Se está ante una "extraña e inexplicable periodicidad".

De la misma manera, cualquiera que sea la causa, los siglos del octavo al quinto antes

de Cristo fueron testigos de un máximo en las mareas de la religión." Se trata para

George Foot Moore de un tipo de religiones que se dirigen al individuo y, por eso, son,

lógicamente, caminos de salvación para todos los hombres. A menudo están

organizadas en comunidades religiosas y desarrollan un esfuerzo misionero; las

enseñanzas de los fundadores están reunidas en un canon de escrituras autoritativas y

sistematizadas en un cuerpo de doctrina, práctica o filosófica. "Las religiones de los

pueblos civilizados en nuestro propio tiempo son casi todas de este tipo, budismo e

hinduismo, judaísmo, cristianismo e islamismo...". George Foot Moore individualiza de

este modo la religión judía dentro del contexto general de un proceso ocurrido en los

siglos del octavo al quinto antes de la era cristiana.

George Foot Moore, a diferencia de otros autores cristianos, no comete el error de

dar por terminado el judaísmo al producirse el advenimiento del cristianismo, del cual

habría sido la necesaria preparación. Con el título de judaísmo publicó una extensa obra

sobre el proceso de conformación del judaísmo en los últimos siglos antes de Cristo y en

los primeros de la era cristiana.

De Kart Jaspers

En su libro Origen y meta de la historia señala Karl Jaspers que no conocemos el

origen único ni la meta final de la humanidad, pero, aun desconociéndolos, sus símbolos

pueden guiar al pensador en la presentación de una estructura del proceso histórico.

Jaspers diseña una que muestra el desarrollo de la humanidad desde sus comienzos. A

la oscuridad de los centenares de milenios de prehistoria han seguido decenas de

milenios cuando ya vivían hombres semejantes a nosotros, los hombres de esa edad

prometeica en que se formó el lenguaje. Entonces el hombre aprendió a reprimirse a sí

mismo con los tabúes y aprendió también a formar grupos y comunidades para una vida

mitológica. Más tarde, entre los años 6000 y 3000 antes de Cristo, período histórico ya,

surgieron las viejas grandes culturas, en Mesopotamia, en Egipto, en la región del Indo y

a orillas del Hoang-ho.

Luego, en una etapa ulterior, ubicada entre los siglos VIII y II antes de Cristo, se

produjo en el ámbito de las viejas culturas una gran crisis "que abarcó al mundo

occidental polarizado en Oriente y Occidente, a la India y a la China". Al margen de ella permanecieron inconmovibles las culturas egipcia y babilónica, porque les faltó la

reflexión que transforma al hombre. Durante esa crisis, de inusitada fecundidad, que

experimentaron los chinos, los indios, los iranios, los judíos y los griegos, realizaron

estos pueblos una estupenda labor; los efectos de ella se perciben todavía hoy en la

vida humana. Entonces el ser humano "se convirtió en hombre verdaderamente es-

piritual en plena franquía mental".

Esos cinco siglos, por lo que en ellos aconteció, merecen el nombre de tiempo-eje;

en torno de lo ocurrido en ese tiempo habría de girar toda la historia ulterior. En ese

tiempo, Confucio, Lao-Tse y filósofos diversos desenvolvieron su meditación en todas

las direcciones de la filosofía china. En la India aparecieron los Upanishads, vivió Buda y

se desplegaron diferentes tendencias en la meditación sobre las cuestiones supremas.

En Persia, Irán, enseñó Zoroastro la doctrina que hace del mundo una arena de

combate entre el bien y el mal. En Eretz Israel, Palestina, aparecieron los profetas:

Elias, Isaías, Jeremías y el Déutero-Isaías. En Grecia, que junto con Judea y Persia,

engendró al Occidente, hallábase entonces Homero, actuaban los filósofos y los

trágicos, estaban Tucídides y Arquímedes. Porque es así, la idea de Renacimiento tiene

en Jaspers este sentido: "De lo que en el tiempo- eje aconteció y fue creado y pensado,

ha vivido la humanidad hasta hoy. Siempre que se remonta de nuevo, retorna

nostálgicamente a aquel tiempo y otra vez se deja inflamar por él. Desde entonces es

válido decir que toda rememoración y nuevo despertar de las posibilidades del

tiempo-eje (Renacimiento) produce la exaltación del Espíritu. El retorno a este comienzo

es un suceso siempre repetido en China, la India y Occidente".

Durante el tiempo-eje, en tres mundos distintos se formuló el hombre preguntas

radicales, preguntas que eran signo de un hondo estremecimiento de su alma. Entonces

se colocaron los fundamentos de lo humano y se constituyeron las categorías básicas

con las que pensamos todavía hoy. En el tiempo-eje llegó a su fin la edad mítica. El

hombre, en todos los órdenes de la vida y el pensamiento, puso el pie en lo universal.

Durante ese tiempo la religión se impregnó de moral y la Divinidad fue exaltada al rango

más alto.El hombre, incierto hasta de sí mismo, se abrió a nuevas e ilimitadas posibi-

lidades.

En el tiempo-eje encuentra Jaspers un punto de referencia para distinguir a unos de

otros los pueblos de edades posteriores. Pueblos históricos son aquellos que tienen su

fundamento en esa crisis, en ese singular despliegue de la inteligencia del hombre. Los

pueblos que quedaron al margen de esa crisis y no recogieron su estremecimiento son

primitivos.

Desde el tiempo-eje hasta hoy han transcurrido muchos siglos y desde entonces se

han producido acontecimientos singulares. China e India no ensayaron estructurar y

articular su propia historia. En cambio, el Occidente, fundado en el judaismo y en la

antigüedad clásica, ha remontado a sus orígenes en la religión bíblica y en la ciencia

griega y se empeñó por lograr la estructuración y articulación de su propia historia.

Jaspers describe los rasgos que distinguen al mundo occidental. Aquí podemos

prescindir de lo que dice a este respecto. Lo que nos importa es subrayar que para él los

profetas judíos representaron en él ámbito de su influjo directo un papel similar al de

Zoroastro en Persia, al de Buda en la India, al de los filósofos en Grecia y al de Confucio

en China. Entonces, en el tiempo- eje, nació la que es hoy la humanidad histórica, de la

que es parte el Occidente, cuyos orígenes remontan a la religión bíblica y a la ciencia

griega.

Jaspers era alemán. Filósofo eminente en nuestro siglo, de su libro Origen y meta de

la Historia hay una versión en castellano.

de Ernesto Renán

Ernesto Renán comienza el "Prefacio" del primer tomo de su Historia del Pueblo de

Israel con estas líneas: "Para un espíritu filosófico, es decir, para un espíritu preocupado por los orígenes del hombre, no hay en el pasado de la humanidad más que tres

historias verdaderamente interesantes: la griega, la de Israel y la romana. Reunidas

estas tres historias constituyen lo que puede llamarse la historia de la civilización. Pues

la civilización es el resultado de la colaboración alternativa de Grecia, Judea y Roma. En

semejante obra corresponde, en mi concepto, a Grecia una parte extraordinaria por

haber fundado, en toda la extensión de la palabra, el humanismo racional y progresivo".

Después de enumerar los aspectos de la civilización que Grecia aportó, Renán

continúa: "En el círculo de su actividad intelectual y moral, Grecia no tuvo más que una sola laguna, pero considerable. Despreció a los humildes y no experimentó la necesidad

de un Dios justo. Sus filósofos, al soñar con la inmortalidad del alma, fueron tolerantes

con las iniquidades del mundo. Sus religiones no pasaron de encantadoras niñerías

municipales: nunca tuvo la idea de una religión universal. El genio radiante de una tribu

pequeña establecida en un rincón perdido de Siria parecía creado para suplir este de-

fecto del espíritu helénico. Israel no se conformó nunca don ver el mundo tan mal

gobernado, bajo los mandatos de un Dios al cual todos suponían justo".

Renán pensaba que los fundadores del cristianismo eran "continuadores directos de

los Profetas" y agregaba: "Con Jesús, los apóstoles y la segunda generación cristiana, se establece una religión, procedente del judaísmo, que a los tres siglos se impone a las

razas más importantes de la humanidad, y substituye a los dioses, juguetillos patrióticos

de las ciudades antiguas".

"Por sí solas, las grandes creaciones de Grecia y Judea no habrían conquistado el

mundo. Fue necesario que el mundo, para aceptar el helenismo y el cristianismo,

sufriera cierta preparación durante siglos enteros- Fue necesario que se creara una gran

fuerza humanitaria, fuerza capaz de derribar los obstáculos que los patriotismos locales

oponían a las propagandas ideales de Grecia y Judea. Roma llevó a cabo esta misión

extraordinaria. Roma, con prodigios de virtud cívica, creó la fuerza en el mundo, y esta

fuerza, en realidad, sirvió para propagar la obra griega y la obra judía, es decir, la

civilización."

De esta manera, diseña Renán el papel que el pueblo judío desempeñó en la

génesis de "la civilización". Para él, después del advenimiento del Cristianismo no cabía, ni cabe, hablar del judaísmo como de una cultura peculiar ni tampoco de los

judíos como portadores de esta cultura. Cierto es que Renán escribió su Historia del

Pueblo de Israel como parte de una vastísima Historia de los Orígenes del cristianismo,

que, lógicamente debía empezar con la Historia del Pueblo de Israel. Pero no fue así. Él

mismo explica cómo escribió antes otros libros dentro del contexto general de su obra.

De todas maneras, Renán nos informa del importante papel desempeñado por el

pueblo de Israel en el proceso de formación de la civilización. Lo hace sobre todo,

mediante un cotejo entre las culturas de Grecia y de Judea en la Antigüedad.

Algo similar es el criterio que empleó en el estudio del mismo tema Gustave

d'Eichthal, francés, como Renán.

De Gustave d'Eichthal

De 1865 es un trabajo del judío converso Gustave d'Eichthal, que lleva el título

Cristianismo político. En su primera parte se refiere a los "tres grandes pueblos

mediterráneos". Emparentados entre sí, esos tres pueblos, el griego, el romano y el

hebreo, se separan profundamente de todos los otros pueblos de la Antigüedad,

semibárbaros, semidegradados por el régimen de castas. Pero cada uno de esos tres

pueblos se distingue por su genio propio, inherente a su raza.

¿Cuáles son las afinidades entre esos tres pueblos y cuáles son las notas distintivas

de cada uno de ellos? Para responder a estos interrogantes, comienza el autor

señalando que la sociedad humana tiene edades diversas. Hoy apenas ha llegado a su

edad de maduración, pero no siempre fue así. Después de las épocas prehistóricas, se

llega a la segunda infancia de la humanidad, al viejo mundo asiático y al Egipto, de

vastos imperios y pequeños reinos con soberanos déspotas y pequeños tiranos. Lo que

caracteriza a los tres pueblos mediterráneos de Israel, Grecia y Roma, es que desde su

aparición en la escena de la historia comienza lo que d'Eichthal llama la crisis de

adolescencia de la humanidad. En ella, con la facultad de amar se desarrollan todas las

tendencias simpáticas. En los tres pueblos mediterráneos desaparecen las castas y el

despotismo. El amor de lo justo, de lo bueno, de lo verdadero y lo bello, el sentimiento

moral y religioso, moderno, por así decirlo, aparecen de pronto. La religión, hasta

entonces misterio de los sacerdotes, se vuelve popular; hay bajo formas diversas una

relación familiar y benévola de la Divinidad con el hombre. A través de las literaturas

antiguas de Israel, Grecia y Roma se reconoce bajo diversas formas un mismo

pensamiento, un mismo canto: el canto 35 de la humanidad que, saliendo de su

infancia, llega a la conciencia de su dignidad y su libertad, al sentimiento del derecho, al

amor de la justicia. Para esos adolescentes todo es claro y seguro en una repentina

intuición. Se sienten en armonía con el orden universal. También se sienten en armonía

con el pensamiento divino que quiere la libertad, la justicia para todos y, por

consiguiente, el orden y la sumisión a las leyes. Todo ello contrasta con la arbitrariedad

y la autoridad despótica que formaban la base de las viejas sociedades asiáticas.

Esto es lo común a griegos, romanos y judíos. Lo que Grecia ama por encima de

todo es la libertad que fecunda y desarrolla todas las potencias del individuo. De ahí ese

estudio curioso del mundo interior, que escruta y revela las leyes de la lógica y de la

metafísica. De ahí el culto de la ciencia, el amor de la belleza y la sabia educación de los

sentimientos, por el arte; de la inteligencia, por la palabra, del cuerpo, por la gimnasia.

De ahí, finalmente, con el espíritu de independencia, esa excelencia individual que no

ha tenido igual en ninguna otra raza y que dio a Grecia un número de hombres ilustres

incomparablemente superior al de cualquier otra nación. Pero, de ahí también un

espíritu celoso, envidioso, inquieto; una impaciencia de toda superioridad, de toda

subordinación, que ha hecho de Grecia una colección de pueblos y de individuos

potentes cada uno en sí, muy atentos y muy hábiles de mantener entre ellos el

equilibrio. Pero los griegos fueron incapaces de organizarse de una manera sólida y

duradera para una acción común. Así, para mandar a los otros pueblos, sólo les ha

faltado a los griegos, según un dicho de Aristóteles, el poder ellos mismos ser un

pueblo.

Roma es el extremo opuesto. Lo que el amor de la libertad es para Grecia, lo es el

culto de la ley para Roma. Lo que el individuo inspira a la una, el cuidado del Estado lo

ordena a la otra. Lo mismo que Grecia, Roma tiene como fin supremo la justicia, pero

una justicia política que se realiza en el establecimiento del Derecho. Grecia es un

almácigo de individuos ilustres, no es un pueblo. Roma, en cambio, sólo es un pueblo, o,

mejor dicho, una cosa pública, república, un imperio, el más fuerte que quepa imaginar.