El Misterio del Ataúd Griego por Ellery Queen - muestra HTML

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El misterio del ataúd griego

Queen, Ellery

Published: 2012

Categorie(s):

Tag(s): "Narrativa policíaca"

1

Prólogo

P arécemeobradeespecialinterésprologarElMisteriodelAtaúdGr-

iego, por cuanto su publicación fue precedida por una extraordinar-

ia oposición de parte de Mr. Ellery Queen en lo tocante a su

consentimiento.

Los lectores de Mr. Queen recordarán, posiblemente, por lo ya expre-

sado en anteriores prólogos de otras novelas de Queen, que sólo por rarí-

sima casualidad estas auténticas memorias del hijo del inspector Richard

Queen, luego de refundidas en el crisol de la novelística popular, fueron

entregadas a la avidez del público lector, no sin que antes los Queen se

retiraran a descansar en cierta asoleada región de Italia, para disfrutar de sus laureles. No obstante ello, después de lograr persuadir a mi amigo de

dar a publicidad la primera de sus hazañas, el caso Queen inicial que go-

zó del honor de aparecer en forma de libro, todo se deslizó entonces en el

mejor de los mundos y no tropezamos con dificultad alguna en conven-

cer a este simpático joven, a veces un tanto terco y difícil, de permitir la novelización de sus fidedignas aventuras acaecidas durante la época en

que su señor padre actuó como inspector de la Oficina de Detectives del

Departamento de Policía de Nueva York.

A buen seguro que el amable lector se maravillará de la oposición de

Mr. Queen en dar su licencia para la impresión del caso Khalkis. Ello se

debe a una interesante dualidad de razones. En primer lugar, el caso

Khalkis ocurrió en las primeras etapas de su carrera como investigador

no oficial, protegido por el ala paternal de la autoridad del inspector

Queen; de hecho, Ellery no había cristalizado todavía en ese tiempo su

famosísimo método analítico deductivo. En segundo lugar –y barrunto

que esta razón es la más poderosa de ambas– Mr. Ellery Queen sufrió,

hasta el último momento mismo, una zurra formidable y altamente hu-

millante en este resonante caso Khalkis. Ningún individuo, aun el más

modesto –y Ellery Queen como él mismo convendrá, no lleva ni pizca de

modestia en el espíritu– siente especial placer en mostrarle al mundo las

llagas de sus fracasos. Nuestro buen amigo fue avergonzado en público,

y la herida ha dejado sus cicatrices. "¡No!" –dijo categóricamente–. "No me place la idea de verme vapuleado de lo lindo de nuevo, ¡ni siquiera

en letras de molde!"

Sólo cuando el editor y un servidor puntualizamos que el caso Khalkis

(publicado bajo el presente título de El Misterio del Ataúd Griego) com-

portó uno de sus más brillantes éxitos, y no un fracaso, como él parecía

imaginar, Mr. Ellery Queen comenzó a flaquear, a vacilar, a venírsele al

2

suelo su decisión y, finalmente, levantando las manos hacia el cielo, se

entregó a nuestra amistosa pertinacia con armas y bagajes.

Albergo la firme convicción de que los sorprendentes escollos de que

estaba erizado el caso Khalkis condujo a Ellery por una senda que luego

le depararía infinitas victorias a cual más brillante. Antes de concluir este caso, nuestro amigo sufrió la prueba del fuego y…

Pero juzgo cruel amargarte el placer, sibarítico lector. Acepta, eso sí,

mi palabra –la palabra de alguien que conoce cada detalle de todos los

asuntos en que Ellery aplicó la vibrante agudeza de su cerebro– de que el

caso intitulado El Misterio del Ataúd Griego es la más admirable aventu-

ra Ellery Queen.

¡Buena caza, lector!

J. J. McC.

3

Personajes

Georg Khalkis, comerciante en artículos de arte.

Gilbert Sloane, gerente de las Galerías Khalkis.

Delphina Sloane, hermana de G. Khalkis.

Alan Cheney, hijo de D. Sloane.

Demmy, primo de Khalkis.

Joan Brett, secretaria de Khalkis.

Jan Vreeland, esposa de Vreeland.

Nacio Suiza, director de las Galerías Khalkis.

Albert Grimshaw, ex presidiario.

Doctor Wardes, médico oculista británico.

Miles Woodruff, abogado de Khalkis.

James J. Knox, multimillonario y amateur de arte.

Doctor Duncan Frost, médico de cabecera de Khalkis.

Mrs. Susan Morse, una vecina.

Jeremiah Odell, plomero.

Lily Odell, esposa del anterior.

Rev. John Henry Elder.

Honeywell, sacristán.

Weekes, mayordomo de Khalkis.

Mrs. Simms, ama de llaves de Khalkis.

Pepper, ayudante del fiscal Sampson.

Sampson, fiscal.

Cohalan, detective de la fiscalía.

Doctor Samuel Prouty, médico legista.

Edmund Crewe, técnico arquitecto.

Una Lambert, perito caligráfico.

"Jimmy", experto en impresiones digitales.

Trikkala, intérprete griego.

Flint, Hesse, Johnson, Piggot, Hagstrom, Ritter, detectives.

Thomas Velie, sargento detective.

Djuna.

Inspector Richard Queen.

Ellery Queen.

4

Mapa de la casa de Khalkis

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5

Plano del 1er piso de la casa de Khalkis

A-Biblioteca de Khalkis.

B-Dormitorio de Khalkis.

C-Dormitorio de Demmy.

D-Cocina.

E-Escalera 2O piso.

F-Comedor.

G-Sala.

H-Vestíbulo.

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Plano del 2do piso de la casa de Khalkis

J-Cuartos de los sirvientes.

K-Baños.

L-Cuarto de los Vreeland.

M-Cuarto de los Sloane.

N-Cuarto de Joan Brett.

O-Cuarto del Dr. Wardes.

P-Cuarto de Cheney.

Q-Cuarto de huésped.

Altillo no dividido en cuartos.

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Libro primero

"En ciencia, en historia, en psicología, en todas las disciplinas Que requieren aplicación de pensamiento ante la aparición de los fenómenos, las cosas no son, a menudo, como parecen ser. Lowell, ilustre pensador norteamericano, decía: "Un sabio escepticismo es el primer atributo de un buen crítico." Pienso que, precisamente, el mismo teorema puede ser planteado por el criminólogo…

"La mente humana es un ente aterrorizante y tortuoso. Cuando alguna parte de ella se tuerce aunque ello ocurra en grado tan infinitesimal que todos los instrumentos de la moderna psiquiatría no logran discernir esa desviaciónel resultado es susceptible de tornarse confuso. ¿Quién podría describir un motivo?

¿Una pasión? ¿Un proceso mental?

"Mi consejo, la ríspida conclusión de quien sepultara sus manos durante muchos años, quizás más de cuantos quisiera recordar, en los inapresables vapores del cerebro humano, es el siguiente: "Usad vuestros ojos, usad las diminutas ce-lulillas gríseas que os diera Dios, pero manteneos siempre alerta. En la crimina-lidad existe trama, pero no lógica. Vuestra obra es dar coherencia a la confusión, imponer el orden en el caos."

Alocución final del profesor Florenz Bachmann, en su curso de Crimi-

nología Aplicada, dictado en la Universidad de Munich (1920).

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1

D esde el principio mismo, el caso Khalkis trasuntó una nota trágica.

Comenzó con la muerte de un anciano, hecho éste en extraña ar-

monía con lo que le reservaba el porvenir. El fallecimiento de dicho anc-

iano fue tejiendo su trama, a semejanza de una melodía de contrapunto,

al través de todos los intrincados compases de la marcha fúnebre subsig-

uiente, en la cual estaban ausentes los acordes correspondientes a seres

inocentes. En su parte final estalló en un crescendo de culpabilidad orq-uestal, un canto de muerte, macabro y horrible, cuyos ecos repercutieron

en los oídos de todo Nueva York mucho tiempo después que se apagara

el son de la postrera nota de tragedia y de horror.

Cabe aseverar que cuando Georg Khalkis falleció de un ataque cardía-

co, nadie –y menos aun el propio Ellery Queen– sospechó que ese suceso

constituía el preludio de una Sinfonía de Crímenes. De hecho, es harto dudoso que Ellery Queen se enterara siquiera de la muerte de Georg Khal-

kis antes de que el suceso llegara a su conocimiento, poco menos que por

fuerza, tres días después que los restos mortales del anciano ciego fueran

inhumados, con el ceremonial de práctica, en el lugar en que todos creían

que sería su última morada.

Los periódicos olvidaron hacer resaltar, en sus primeras noticias de la

muerte de Khalkis, el detalle concerniente a la interesante situación de la

tumba del anciano. Ello traía a luz ciertos pormenores curiosos del viejo

Nueva York. El palacio de Khalkis, de frente parduzco, estaba situado en

la calle 54, este, elevándose junto a la tradicional iglesia de la Quinta

Avenida que ocupa la mitad de la manzana entre aquélla y la avenida

Madison, mientras que por el norte y por el sur está flanqueada por las

calles 55 y 54, respectivamente. Entre la mansión de Khalkis y la iglesia

se extiende el cementerio, considerado como uno de los más antiguos de

la ciudad. En dicho campo santo debían ser enterrados los restos mor-ta-

les del anciano potentado. La familia Khalkis, que durante casi dos cen-

turias había sido feligresa de dicha iglesia, no estaba afectada en modo

alguno por esa ordenanza municipal que prohíbe entierros en el corazón

de la ciudad. Sus derechos a dormir el último sueño bajo la sombra de

los rascacielos de la Quinta Avenida quedaron establecidos en virtud de

su tradicional posesión de una de las bóvedas subterráneas del

cementerio aludido. Dichas bóvedas eran invisibles a los transeúntes, por

cuanto sus túneles se hunden alrededor de un metro bajo tierra, y, por

ende, el suelo del campo santo no aparece quebrado por las sombras trá-

gicas de las tumbas. El funeral fue tranquilo, sin lágrimas, y en privado.

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El cadáver, convenientemente embalsamado y vestido con sus prendas

de gala, fue depositado en un vasto ataúd, negro y lustroso, colocado so-

bre un catafalco que los empleados de la Empresa de Pompas Fúnebres

dispusieron en la sala del primer piso de la mansión. Elder, pastor de la

iglesia contigua, ofició los servicios fúnebres. No se advirtió señal alguna de excitación o emoción, y salvo un sospechoso desmayo, representado

con vigor por Mrs. Simms, ama de llaves del difunto, no hubo ningún ac-

ceso de histerismo.

No obstante ello, como señalara luego Joan Brett, algo vidrioso cerníase en la casa. Algo que atribuiríamos a la misteriosa intuición femenina que

las eminencias científicas tachan, precipitadamente, de tontería pura. Sea

como fuere, Joan describió ese algo como cierta "tensión en el aire". Desde luego, no atinaba a individualizar al individuo o a los individuos cau-

santes de esa tensión… si ésta en realidad existía. Cumple subrayar que, antes al contrario, todo pareció desarrollarse normalmente, y con ese toq-uecillo, conveniente de dolor íntimo, inexteriorizado. Concluidos los sen-

cillos servicios fúnebres, por ejemplo, los miembros de la familia y un

puñado de amigos y empleados o colaboradores desfilaron ante el túmu-

lo, dieron en silencio su postrer adiós al cadáver, y luego regresaron con

decoro a sus respectivos lugares. Delphina lloró, pero a la manera de los

aristócratas: una lagrimilla, un sollozo, un suspiro. Demetrios –a quien

ninguno soñaría siquiera en llamar por otro nombre que no fuera el de

Demmy– clavó su fija, y a la vez, ausente mirada estúpida en la faz fría

de su primo tendido para siempre en el ataúd. Alan Cheney, de rostro un

poco empurpurado, sepultó sus manos en los bolsillos de su jacket, esbozando muecas en el aire. Gilbert Sloane palmeó la mano regordeta de su

mujer. Nació Suiza, director de la Galería de Arte de Khalkis, correcto

hasta en el último detalle en su atuendo, aguardaba, con aire lánguido,

en un rincón. Woodruff, abogado del finado Khalkis, sonóse estrepitosa-

mente las narices. Una escena por demás natural y correctísima. A conti-

nuación, el encargado del ceremonial fúnebre, un sujeto de expresión

preocupada y continente de enriquecido, de nombre Sturgess, puso en

movimiento a sus subordinados, y en un periquete la tapa del ataúd fue

atornillada. Sólo quedaba ahora organizar la postrera procesión. Alan,

Demmy, Sloane y Suiza se ubicaron junto al catafalco, levantaron el ata-

úd sobre sus hombros, bajo el severo examen profesional de Sturgess, y

las preces del reverendo Elder, y, finalmente, el fúnebre cortejo avanzó

en dirección a la calle.

Ahora bien, cumple informar a los lectores de que Joan Brett –como re-

parara luego el propio Ellery Queen– era una jovencita sagaz y sutil. Si

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había sentido aquella "tensión en el aire", a buen seguro que ésta existía.

Pero, ¿dónde? ¿Desde qué dirección? ¡Parecía tan difícil acusar a alguien

de ello! Acaso procedía del barbudo doctor Wardes, quien cerraba la

marcha juntamente con Mrs. Vreeland. O bien de los que llevaban el ata-

úd. O acaso de los que iban a la zaga del mismo, junto a Joan. A decir

verdad, bien podría proceder de la misma mansión, emanando de la ex-

traña desesperación de Mrs. Simms, desplomada en su lecho, o bien de

Weekes, el mayordomo, quien se acariciaba vagamente el mentón en el

estudio del difunto.

Por cierto que esa tensión misteriosa no puso obstáculos en la marcha del cortejo fúnebre, que no penetró en el cementerio por la puerta principal de la calle 54, sino por una puertecilla excusada abierta en el callejón privado circundado por las seis residencias de las calles 54 y 55. Doblaron a la izquierda y atravesando el portón del costado oeste del callejón

en cuestión, penetraron en el cementerio. Los transeúntes y curiosos, api-

ñados como moscas en las verjas de la calle 54, se vieron defraudados en

sus esperanzas de presenciar el cortejo; ésta fue, precisamente la razón

por la cual la familia escogió aquella marcha discreta por la puertecilla

lateral. Los curiosos, encaramados en las verjas coronadas de lanzas, atis-

baban el cementerio a través de los barrotes de hierro; entre ellos pulula-

ban periodistas y cameramen, y todos guardaban extraño silencio. Los actores de la tragedia no pararon mientes en aquellos entremetidos. Al cor-

tar camino por el pelado campo santo, otro pequeño grupo de personas

apareció a su vista, rodeando una cavidad rectangular en el césped, y un

montículo de tierra matemáticamente excavado. Dos sepultureros – ayu-

dantes de Sturgess– y Honeywell, sacristán de la iglesia, aguardaban allí

la llegada de la procesión funeraria, junto a una anciana diminuta, toca-

da con un sombrerillo negro, harto pasado de moda, que a cada instante

enjugaba sus ojos enturbiados por la edad.

Si fuera menester dar crédito a la intuición de Joan Brett, la tensión pa-

reció redoblar de intensidad.

Pese a ello, la escena subsiguiente pareció tan inocente como todo lo ya

ocurrido. Siguieron los preparativos rituales de práctica; un sepulturero,

inclinado sobre la húmeda tierra, asió la manija de una vetusta puerta de

hierro, comida por el orín y encajada horizontalmente en el terreno; los

rostros de los circunstantes sintieron el hálito característico de los espacios confinados; el ataúd fue descendido con cuidado hasta la cripta de

abajo, flanqueada de ladrillos viejos, enmohecidos; un ajetreo de sepultu-

reros; algunas palabras proferidas en tono bajísimo, respetuoso, el desli-

zamiento del cajón fúnebre a un lado, hasta desaparecer de la vista,

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rumbo a uno de los innumerables nichos de la vasta bóveda subterránea;

la puerta de hierro despidió un portazo metálico, siniestro; la tierra y la

hierba cubrió de nuevo la boca de la bóveda…

Y Joan Brett sintió que en ese momento algo de la tensión flotante en el

ambiente esfumábase como por ensalmo…

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2

E sfumado… es decir, esfumado hasta pocos minutos después que los deudos y sus acompañantes regresaran a la mansión por el callejón

interior.

La tensión volvió a materializarse entonces, subrayada esta vez por una serie tal de horribles acontecimientos que luego tornaron clara su fuente

de emanación.

El preanuncio de los futuros sucesos resonó en boca de Miles Woo-

druff, abogado del difunto Khalkis. El panorama del caso parece pun-

zante en este punto. El reverendo Elder había regresado a la casa de la

familia Khalkis a los efectos de brindar a los deudos sus evangélicos con-

suelos, llevando a la zaga al atildado y modosito Honeywell. La diminu-

ta anciana de ojos brillantes que aguardara el paso del cortejo en el ce-

menterio, se encontraba ahora en la sala, inspeccionando el túmulo fune-

rario con ojos críticos, mientras Sturgess y sus ayudantes se afanaban re-

tirando los lúgubres accesorios de su labor. Nadie invitó a entrar a la vie-

ja mujer, y ninguno pareció reconocerla o notar siquiera su presencia en

la mansión, salvo acaso el idiota Demmy, quien la contemplaba con ojos

en que brillaba cierto ligero disgusto. Los demás ocupaban sillas o vaga-

ban por los salones cercanos; entablábanse pocas conversaciones; nadie,

con excepción de los empleados de pompas fúnebres parecía saber lo

que debía hacer.

Miles Woodruff, inquieto como todos, pugnando por evadirse de aq-

uella atmósfera tensa y extraña, penetró al azar en la biblioteca del muer-

to, y Weekes, el mayordomo, saltó sobre sus pies, presa de cierta confu-

sión; al parecer, el buen hombre había estado descabezando un sueñeci-

to. Woodruff agitó la mano y siempre sin rumbo fijo, absorto en sus lú-

gubres pensamientos, atravesó la sala en dirección al trecho de pared, sit-

uado entre dos estanterías de libros, en que estaba empotrada la caja

fuerte de Khalkis. Woodruff afirmó luego tozudamente que su acción de

manipular con los discos de combinación de la caja, acción que motivó la

apertura de la puertecilla, fue puramente maquinal. Y según afirmara

luego, no abrigaba la intención de buscarlo… ni mucho menos esperaba descubrir su desaparición misteriosa. ¡Cielos! ¡Si menos de cinco minutos antes del entierro él lo había examinado! Con todo, seguía en pie el hecho de que Woodruff había descubierto, bien por casualidad, bien adre-

de, que eso había desaparecido, al igual que la caja de hierro, descubrimiento éste que hizo vibrar una campanada de alarma dando lugar a la

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reaparición de la extraña tensión en el aire, que condujo a los horribles acontecimientos inmediatos.

La reacción del abogado ante aquella desaparición fue sorprendente.

Volviéndose hacia Weekes, tronó:

–¿Tocó usted la caja fuerte?

El mayordomo balbuceó una negativa formal, y Woodruff resopló de

ira.

–¿Cuánto tiempo estuvo usted ahí sentado? –preguntó.

–Desde que el cortejo fúnebre salió de casa al cementerio, señor.

–¿No penetró nadie en la habitación mientras usted estaba aquí

sentado?

–Ni un alma viviente, señor.

Weekes temblaba de miedo. A los ojos del viejo y servil mayordomo

era aterrorizante la postura despótica, de amo, del abogado. Woodruff

aprovechábase de su altura y corpulencia, de su rostro rojo y de su voz

carrasposa para apabullar al viejo criado y reducirlo casi a las lágrimas:

–¡Usted dormía como un lirón cuando entré en la biblioteca! –bramó.

–Sólo dormitaba, señor –gimió el mayordomo–. Sólo dormitaba, se-

ñor… ¿Acaso no le oí entrar aquí, señor?…

–¡Hum! –Woodruff se ablandó un tanto–. Creo que tiene razón. Vaya a

decirles a Mr. Sloane y Mr. Cheney que vengan aquí al momento. ¡Vivo!

Woodruff estaba ante la caja fuerte, en actitud imperiosa, cuando los

dos hombres entraron, sorprendidos en la habitación. El abogado los mi-

ró con aire desafiante y en silencio, can las maneras que desplegaba ante

testigos difíciles. Reparó al momento en cierta turbación de Sloane, cuya

esencia exacta no atinó a discernir. En cuanto a Alan, el joven hacía visa-

jes para no perder la costumbre, y cuando se adelantó hasta Woodruff,

éste olfateó whisky en su aliento. Woodruff no se anduvo con rodeos.

Cayó sobre ellos como un alud, señalando la caja fuerte, y mirándolos

con expresión suspicaz. Alan sacudió su cabeza de león; era un mocetón

en la flor de la edad, elegantemente ataviado a la última moda londinen-

se. Sloane nada dijo, limitándose a encoger sus hombros.

–¡Muy bien! –murmuró Woodruff–, pero es necesario llegar al fondo

mismo del caso, caballeros. ¡Y será ahora mismo!

Woodruff parecía hallarse en la gloria. Convocó a todos los de la casa

en el estudio. Parecerá sorprendente, pero la verdad es que menos de

cuatro minutos después del regreso del cortejo fúnebre a la mansión,

Woodruff los tenía a todos en la palma de la mano: a todos, incluso al propio Sturgess y sus ayudantes. El abogado tuvo la dudosa satisfacción de

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oírles negar haber tocado siquiera la caja fuerte en el curso de aquel día

sombrío.

En ese instante tragicómico, Joan Brett y Alan Cheney fueron sorpren-

didos por el mismo pensamiento. Ambos se precipitaron hacia la puerta,

salieron fuera del cuarto y penetrando en el vestíbulo, descendieron vo-

lando las escaleras hacia el salón de entrada de la mansión. Woodruff,

profiriendo un juramento, lanzóse tras ellos, sospechando ignorar algo

importante. Alan y Joan abrieron la puerta del salón aludido, cruzaron

aprisa el vestíbulo y a poco llegaron al umbral de la puerta de calle,

enfrentando a un grupo de personas aparentemente sorprendidas por

aquella irrupción. Woodruff llegó, jadeante, tras ellos. Joan preguntó a

los circunstantes si alguien había salido de la casa en la pasada media ho-

ra, interrogante coreado por Alan y Woodruff. Un mocetón, periodista a

buen seguro, bramó una negativa, mientras otro se desgañitaba pregun-

tando por qué no les dejaban entrar en el palacio, prometiendo, al mismo

tiempo, no tocar nada. Alan preguntó de nuevo si alguien había entrado,

y recibió por respuesta una atronadora negativa. Woodruff tosió, con-

movido su aplomo por aquella escena en público, y arreando de vuelta a

la joven pareja a la casa, echó la llave a las puertas.

Con todo, el abogado no era hombre de aplomo fácil de conmover. Re-

cobro su sangre fría no bien reentró en la biblioteca, en donde aguarda-

ban los demás, sentados o de pie, con expresión ligeramente expectante.

Formuló rápidas preguntas a unos y a otros, torturándoles con alevosía,

y casi juró de ira desilusionada cuando descubrió que la mayoría de los

allegados del difunto conocían la combinación de la caja fuerte.

–¡Bien está, caballeros! –refunfuñó–. Alguien trata de jugarnos una ma-

lísima partida. ¡Alguien miente! Pero pronto –¡muy pronto!– descubrire-

mos quién es, palabra de honor –paseóse de arriba abajo ante los

circunstantes–, Sé ser tan listo como cualquiera de ustedes. Es mi deber

revisar a cada uno de la casa. Y ahora mismo. ¡En seguida!– todos cesa-

ron de asentir–. ¡Oh! Sé que a algunos no les agrada la idea. ¿Creen acaso que a mí mismo me gusta? Pero lo haré. Eso fue robado bajo mis propias narices. ¡Mis narices!

En ese punto, pese a la grave situación, Joan rió entre dientes; las nari-

ces de Woodruff no abarcaban mucho espacio en el mundo.

Nació Suiza, el barbilindo inmaculado, sonrió con suavidad:

–¡Oh! ¡Vamos, vamos, Woodruff! ¡Menos melodrama! La cosa debe te-

ner alguna explicación sencilla. ¡Usted dramatiza!

–¿De veras, Suiza, de veras? –Woodruff volvió su mirada de Joan a

Suiza–. Ya veo que le disgusta ser revisado. ¿Por qué?

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–¿Estamos acaso en un tribunal? ¡Repórtese, hombre! Quizá –señaló

con sarcasmo–, quizá usted se equivocó cuando creyó ver el cofre en la

caja fuerte cinco minutos antes del funeral.

–¿Equivocado? ¿Yo? ¡Ya verá usted que no erraba cuando uno de uste-

des resulte ladrón!

–De todos modos –respondió Suiza, mostrando sus dientes blanquísi-

mos– no toleraré procedimientos de mano fuerte. Intente nada más revi-

sarme, amigo, y yo…

En ese punto ocurrió lo inevitable; el abogado perdió los estribos. Sa-

cudió bramando su puño velludo ante la nariz aguileña y desdeñosa de

Suiza, y balbuceó finalmente: –¡Por el cielo, ya verá usted de qué soy ca-

paz! ¡Demontres! ¡Pronto sabrá lo que es tener mano fuerte! Y concluyó

haciendo lo que debía haber hecho en un principio: asió con rabia uno de

los dos teléfonos del escritorio del difunto, disco febrilmente un número,

tartajeó algo a un inquiridor invisible, y recolgó el tubo con estruendo, al tiempo que gritaba a Suiza, con acento maligno:

–¡Veremos si le revisan o no, amigo mío! ¡Por orden del fiscal del dis-

trito, Mr. Sampson, todos los presentes en la casa no deben mover un pie

fuera de aquí hasta que haya llegado la policía y demás autoridades

competentes!

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3

E l ayudante del procurador del distrito, Mr. Pepper, era un joven de personalidad atractiva. El caso progresó con lentitud desde que él

puso pie en la mansión de Khalkis, menos de media hora después de la

llamada telefónica de Woodruff. Poseía el don de tirar de la lengua a la

gente, pues conocía el valor de la adulación, talento éste que Woodruff,

modesto picapleitos, nunca había adquirido. Con no poca sorpresa, Woo-

druff mismo se sintió mucho mejor luego de breve conversación con

Pepper. Nadie reparó en lo más mínimo en la presencia de un individuo

carirredondo, cigarro en boca, que acompañaba a Pepper; tratábase de

un detective llamado Cohalan, adscrito a las oficinas del procurador del

distrito; Cohalan, siguiendo el consejo de Pepper, limitábase a montar

guardia en el umbral de la puerta del estudio y a fumar en silencio su gr-

ueso cigarro. Woodruff llevó de prisa a Pepper a un rincón, y le relató la

historia del extraño funeral.

–La situación quedó planteada así, Pepper: cinco minutos antes de for-

marse el cortejo fúnebre, fui al dormitorio de Khalkis, y tomando la llave

de la caja de hierro, regresé al estudio, abrí ésta y la cajita de acero… y lo vi allí, ante mis propios ojos. Ahora bien…

–¿Qué vio allí, Woodruff?

–¿No se lo dije antes? ¡Vaya cabeza la mía! ¡Se trata del nuevo testa-

mento de Khalkis! ¡El nuevo! ¿Entiende? No cabe duda de que el nuevo testamento estaba, en la cajita de acero; lo saqué de adentro y vi mi propio sello sobre el precioso documento… Luego lo reintegré a su lugar,

eché la llave a la cajita y a la caja fuerte, y salí del cuarto…

–¡Un momento, Mr. Woodruff! –el político Pepper siempre se dirigía

con un ceremonioso "Mr" a los hombres de quienes necesitaba informaciones–. ¿Nadie más poseía llave de la cajita de acero?

–¡Absolutamente nadie! Esa llave es única, según afirmara el propio

Khalkis poco tiempo atrás; y la hallé entre las ropas de Khalkis, guarda-

das en su dormitorio. Después de cerrar con llave la caja fuerte y la cajita de acero, procedía a colocarla en mi propio llavero. ¡Y aun la conservo, Pepper! –el abogado hurgó con torpeza en uno de sus bolsillos y extrajo

una cartera-llavero; sus dedos temblequeaban mientras escogía una lla-

vecita, que procedió a desenganchar y entregar al policía–. Juraré ante

Dios que todo el tiempo estuvo en mi bolsillo. ¡Demonios! ¡Nadie podría

habérmela robado a mí! –Pepper asintió con gravedad–. No hubo tiempo siquiera. Apenas salí de la biblioteca, dióse comienzo a la ceremonia del

cortejo fúnebre. Cuando regresé, el instinto o la intuición me hizo volver

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aquí, abrir la caja fuerte y… ¡Cielos! ¡La cajita de acero y el testamento

habían desaparecido misteriosamente!

–¿Tiene idea de quién puede habérselos llevado?

–¿Idea? ¿Idea? –Woodruff echó un vistazo en torno–. Tengo ideas de

sobra, pero ni pizca de pruebas. Ahora bien, Pepper, en resumidas cuen-

tas, la situación se presenta así: primero, cada uno de los que estaban en

la casa en el momento en que vi el testamento en la cajita de acero se enc-

uentra aún aquí. Segundo, todos los participantes en la ceremonia fúne-

bre abandonaron el palacio en grupo; formando grupo pasaron del calle-

jón interior al cementerio, y podrían dar cuenta exacta de todos sus actos

allí; además, no se pusieron en contacto con ningún extraño, salvo el pu-

ñado de personas que nos aguardaba en torno a la tumba. Tercero, cuan-

do el grupo original retornó a la casa, dichos extraños regresaron tam-

bién con nosotros, y todavía se hallan aquí.

–¡Interesante situación! –los ojos de Pepper brillaron de entusiasmo

profesional–. En otras palabras, si alguno de los integrantes del grupo

primitivo hurtó el testamento de Khalkis, y lo pasó a uno de esos extra-

ños, tal acción le será de poco provecho, pues bastará una revisión prolija

para ponerlos en descubierto; amenos que fuera escondido por el camino

o bien en el propio cementerio… ¡Muy interesante! ¡Interesantísimo, Mr.

Woodruff! Bien, ¿quiénes son esos extraños, como les llama usted?

–Ahí está uno de ellos –el abogado señaló a la diminuta mujer del anti-

cuado sombrerito–. Es una tal Mrs. Susan Morse, solterona medio loca

que vive en una de las seis casas contiguas al pasaje. Por lo tanto, es

vecina nuestra –Pepper asintió, y Woodruff apuntó al sacristán, encogido

y medroso detrás del reverendo Elder–. Luego figura Honeywell, que es

ese individuo timorato de allí, sacristán de la iglesia vecina; y finalmente, los dos hombres a su lado, ambos sepultureros y dependientes de aquel

individuo de más allá, de nombre Sturgess, representante de la Empresa

de Pompas Fúnebres. Ahora bien, el cuarto punto es que, mientras está-

bamos en el campo santo, nadie penetró o salió de la casa: yo mismo establecí ese importante detalle de boca de los periodistas agrupados a la

puerta de casa. Y yo mismo eché la llave a las puertas después de eso; de modo, pues, que nadie pudo entrar o salir de aquí desde entonces,

Pepper.

–¡Hum! Creo que me está embarullando el caso, Mr. Woodruff

–murmuraba el detective cuando un vozarrón acre retumbó detrás de él,

y, al volverse, se encontró frente a Alan Cheney, más encarnado que

nunca, que blandía su índice acusador ante las narices de Mr. Woodruff.

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–¡Oiga usted, oficial! –bramaba el muchacho–. ¡No le crea! ¡Es falso que

llamara o interrogara a los periodistas! Fue Miss Joan Brett… ¡Joan

Brett!… ¿No es cierto, Joanie?

Joan poseía lo que podría describirse como el fundamento de una expresión helada en su carita agraciada; su cuerpo era alto y esbelto, su men-

tón altivo, sus ojos muy claros y vivaces, y su naricilla susceptible de gestos desdeñosamente altivos. Miró junto a Cheney en dirección de Pepper,

y respondió con acento frío y vibrante a la vez:

–Creo que se achispó de nuevo. Mr. Cheney. Y le suplico que no me

llame "Joanie". ¡Detesto las familiaridades!

Alan contempló, boquiabierto, los interesantes hombros de la

muchacha.

–Se ha vuelto a embriagar –dijo Woodruff a Pepper–. Es Alan Cheney,

sobrino de Khalkis y…

Pepper se excusó y caminó tras Joan, quien le enfrentó con aire un tan-

to desafiante.

–¿Fue usted quien pensó en interrogar a los periodistas, Miss Brett?

–¡Pues claro está! –luego dos rosas adorables aparecieron en sus meji-

llas–. Por supuesto, Mr. Cheney pensó también en eso; salimos juntos, y

Mr. Woodruff nos siguió. Es notable que ese jovenzuelo ebrio tuviera la

galantería de destacar la acción de una mujer en…

–Sí, sí, desde luego, Miss Brett –Pepper sonrió, con esa su sonrisa cau-

tivadora que reservaba para el sexo bello–. ¿Usted es la… ?

Era la secretaria de Mr. Khalkis.

–Un millón de gracias –Pepper regresó junto al apaciguado abogado–.

Bien, Mr. Woodruff, ¿decía usted… ?

–Nada más que lo necesario para desbrozarle el terreno, Pepper

–Woodruff se aclaró la garganta–. Iba a informarle que las dos únicas

personas presentes en la casa durante el funeral fueron Mrs. Simms, ama

de llaves, quien sufrió un desmayo luego del fallecimiento de Mr. Khal-

kis, y permaneció confinada en su dormitorio desde ese momento; y el

mayordomo Weekes. Ahora bien, Weekes –y eso es lo increíble del caso–

estuvo dentro de la biblioteca todo el tiempo que duró nuestra ausencia.

Y jura y perjura que nadie entró allí. Todo el tiempo tuvo bajo sus ojos la

caja fuerte.

–Bien, ya vamos concretando –respondió Pepper–. Si podemos dar cré-

dito a Weekes, nos será posible determinar con mayor precisión el mo-

mento en que ocurrió el hurto. De fijo, ello sucedió durante los cinco

minutos transcurridos entre el instante en que usted estudió el testa-

mento y el momento en que el cortejo salió de la casa. Es bien sencillo.

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–¿Sencillo? –Woodruff no parecía demasiado seguro.

–Ni más ni menos. Cohalan, ven aquí –el detective cruzó el salón, seg-

uido por ojos casi todos inexpresivos–. ¡Escúchame! Buscamos un testa-

mento hurtado, que se halla en uno de cuatro lugares. O bien ha sido es-

condido en la casa, o se encuentra en poder de alguno de los de la casa; o

ha sido arrojado en algún punto del pasaje particular; o se halla en el

propio cementerio. Iremos eliminándolos uno por uno. Aguarda un mo-

mento mientras me comunico por teléfono con el jefe.

Disco el número telefónico de la oficina del procurador del distrito,

Mr. Sampson, y a poco regresó frotándose las manos.

–El jefe enviará gente para ayudarnos. Después de todo, investigamos

un delito. Mr. Woodruff, ruégole cuidar de que nadie salga de esta habi-

tación mientras yo y Cohalan vamos a inspeccionar el cementerio y el pa-

saje. ¡Un momento, por favor, caballeros! –los circunstantes le miraron

boquiabiertos–. Mr. Woodruff queda encargado de la dirección de las co-

sas, y ustedes deben cooperar buenamente con él. ¡Qué ninguno abando-

ne el cuarto! –ambos detectives salieron de la habitación.

Quince minutos después regresaban con las manos vacías, encontran-

do a cuatro recién llegados en la biblioteca. Integraban el grupo el sar-

gento Thomas Velie, gigante de cejazas negras, adscrito al servicio del

inspector Queen, dos de los hombres del propio Velie, Flint y Johnson, y

una corpulenta mujer policía. Pepper y Velie, sostuvieron un grave colo-

quio en un rincón; Velie se mantenía reservado y frío como de costum-

bre, en tanto que los demás aguardaban en patético silencio.

–¿Registraron a fondo el pasaje y el cementerio? – –Sí; pero no estaría

de más que usted y sus hombres reinspeccionaran el terreno –replicó

Pepper–, para mayor seguridad.

Velie masculló algo a Flint y Johnson, quienes salieron del cuarto. Vel-

ie, Cohalan y Pepper iniciaron una revisión sistemática del palacio, part-

iendo de la habitación en que se encontraban, el estudio de Khalkis, y

cubrieron cuidadosamente todo el dormitorio y el cuarto de baño del difunto, y el dormitorio del idiota Demmy. Regresaron, y Velie, jan dar ex-

plicaciones, reinspeccionó el estudio. Trajino alrededor de la caja fuerte,

en los cajones del escritorio del muerto, entre los libros y estantes alineados sobre los muros… Nada escapó a sus ojos, ni siquiera un pequeño ta-

burete colocado en una alcoba, sobre el cual reposaban un filtro y vajilla

de té; Velie, con inmensa gravedad, sacó la apretada tapa de la cafetera y

curioseó dentro. Gruñendo, encabezó el grupo fuera de la biblioteca, sal-

iendo al vestíbulo, desde donde se desperdigaron para revisar la sala, el

comedor, las cocinas, cuartitos y despensa de los fondos. El sargento

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examinó con cuidado especial las desmanteladas piezas del ceremonial

fúnebre proporcionadas por la empresa de pompas fúnebres de Sturgess;

pero no descubrió nada. Treparon las escaleras, e invadieron los dormi-

torios de los altos como hordas vándalas, evitando únicamente el santua-

rio de Mrs. Simms; seguidamente, subieron al altillo, y levantaron nubes

de polvo huroneando entre viejos escritorios y apolillados baúles.

–Cohalan –ordenó Velie– encárgate de los sótanos.

El detective mordisqueó su cigarro, ya apagado, y descendió con des-

gano las escaleras.

–Bien, sargento –dijo Pepper, mientras ambos se apoyaban, resoplan-

do, contra el desnudo muro del altillo–, me parece que no queda más re-

medio que resignarnos a cumplir el trabajillo sucio. ¡Maldito sea! ¡No

quería tener que revisar a esas personas!

–Después de tanta roña –expresó Velie, contemplándose los dedos suc-

ios– creo que eso será un verdadero placer. Bajaron las escaleras. Flint y

Johnson se les reunieron.

–¿Buena suerte, muchachos? –gruñó Velie.

Johnson, sujeto de continente opaco y cabellos grises, se rascó la nariz,

y murmuró en respuesta:

–Ni pizca, sargento. Por otra parte, para empeorar las cosas, dimos con

una criadita –doncella de servicio o algo por el estilo– que trabaja en la

casa situada enfrente del pasaje, quien nos aseguró haber estado presenc-

iando el cortejo fúnebre desde una ventana de los fondos y que… Bueno,

sargento, la chica afirma que, con excepción de dos hombres –Mr. Pepper

y Mr. Cohalan, según barrunto– nadie salió por los fondos de esta casa

desde el momento en que el cortejo regresó del cementerio. Y tampoco

salió nadie por los fondos de casa alguna del pasaje y…

–¿Y en el cementerio? –interrumpió el sargento.

–La suerte no nos sonrió tampoco allí, sargento. La mitad de los perio-

distas de la ciudad se apostaron al otro lado de las verjas de hierro co-

rrespondientes al costado de la calle 54 del cementerio. Bien, aseguran

que en éste no vieron alma viviente desde que se marcharon los deudos

de Khalkis…

Cohalan llegaba en ese momento. Ante la muda pregunta de su super-

ior, sacudió tristemente la cabeza.

–Bueno –murmuró Velie al fin–, hay que tomar al toro por los cuernos

–avanzó hacia el centro de la habitación y alzando la cabeza, bramó:

–¡ Atención!

Los circunstantes se irguieron en sus asientos y algo del cansancio im-

preso en sus rostros pareció desvanecerse. Alan Cheney, agazapado en

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un rincón, con la cabeza entre las manos, se balanceaba suavemente.

Mrs. Sloane hacía largo tiempo que había agotado su reserva de lágrimas

ceremoniosas y decorosas; el propio reverendo Elder exteriorizaba una

expresión expectante en su rostro aniñado. Joan Brett miraba fijamente al

sargento Velie.

–Bien, señoras y señores –comenzó Velie con voz áspera–, no es mi de-

seo faltarle el respeto a nadie; pero tengo un trabajo entre manos y es

menester que lo cumpla como corresponde. Ordenaré revisar a todos los

de la casa… y si es necesario, no vacilaré en dejarles en cueros… El testa-

mento hurtado sólo podría estar en un lugar: entre las ropas de una per-

sona de la casa. Si son comprensivos, se resignarán a la revisión como

buenos muchachos. ¡Cohalan, Flint, Johnson! ¡Ocúpense de los hombres!

Señora –volvióse hacia la robusta mujer policía–, ocúpese usted de las

damas; llévelas a la sala, cierre las puertas, y… ¡manos a la obra! Y si no

lo descubre sobre ninguna de ellas, revise al ama de llaves y su cuarto de

arriba. ¡Al avío!

El estudio estalló en una algarabía de conversaciones airadas, comen-

tarios variados, protestas débiles. Woodruff hizo girar sus pulgares ante

el escritorio, y contempló con benevolencia a Suiza; éste sonrió, ofrecién-

dose como primera víctima a Cohalan. Las mujeres salieron aprisa del

estudio, y Velie tomó uno de los teléfonos, vociferando: –¡Departamento

de Policía!… Déme con Johnny… –¿Johnny?… Ve a buscarme en seguida

a Edmund Crewe… No te demores.

Reclinado contra el escritorio, observó fríamente cómo los tres detecti-

ves se encargaban, uno a uno, de los hombres, y exploraban minuciosa-

mente sus cuerpos. Velie alzó, de súbito, un brazo; el reverendo Elder,

sin protesta alguna, aprestábase a ser la próxima víctima.

–Reverendo… ¡Oye, Flint, déjale!… En su caso, reverendo, excusare-

mos la revisión.

–Nada de eso, sargento –replicó el pastor–. De acuerdo a sus sospe-

chas, soy tanto una posibilidad como los demás… –sonrió al ver la indecisión reflejada en la faz de Velie–. ¡Muy bien! Revisaré mis ropas en su

presencia, sargento –los escrúpulos de Velie en el sentido de colocar sus

manos irreverentes sobre el ministro de Dios no le impidieron, por cierto,

observar con ojos atentos al pastor, mientras éste daba vuelta a sus bolsi-

llos y aflojaba y desceñía sus ropas, obligando a Flint a pasarle las manos

por el cuerpo.

La mujer policía regresó al estudio gruñendo una lacónica negativa.

Las mujeres –Mrs. Sloane, Mrs. Morse, Mrs. Vreeland y Joan– enrojecían

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de vergüenza, y pugnaban por evitar las miradas masculinas. La policía

aseguró luego que el ama de llaves parecía tan inocente como las demás.

Siguió un largo silencio. Velie y Pepper mirábanse sombríamente; el

primero, confrontado con una imposibilidad, refunfuñaba entre dientes;

el segundo, reflexionaba furiosamente.

–Me huelo algo turbio por alguna parte–dijo Velie, con voz maligna–.

¿Está usted bien segura, señora, de que… ? La mujer policía se limitó a

hacer visajes desdeñosos. –Oiga, sargento –exclamó de súbito, Pepper,

apresando la solapa del saco de Velie–, aquí intuyo algo vidrioso, como

dice usted, pero no podemos rompernos la cabeza estrellándola contra la

pared. Es posible que exista algún cuarto secreto o algo por el estilo y…

Crewe, el experto en arquitectura, lo localizará pronto, si es que existe

realmente… Después de todo, hemos hecho cuanto pudimos. Y no es po-

sible mantener aquí, indefinidamente, a esas personas, en especial a los

que no viven en esta casa…

Velie pateó con rabia la alfombra:

–¡Demonio! ¡El inspector me descuartizará vivo por el fracaso! –gruñó.

El asunto desarrollóse con ritmo vertiginoso. Velie dio un paso atrás, y

Pepper indicó, cortésmente, que los extraños a la casa podían marcharse,

y que aquellos que residían en ella no podrían abandonarla sin permiso

oficial y sin ser revisados a conciencia cada vez que así lo hicieran. Velie hizo una señal con el pulgar a la mujer policía y a Flint –joven musculoso

y nervudo– y encabezó el grupo fuera del cuarto, apostándose en el sa-

loncillo de recepción, en donde se ubicó, con aire sombrío, junto a la

puerta frontal. Mrs. Morse articuló un chillido medroso, al echar a andar,

trabajosamente, detrás del policía, Velie ordenó revisarla de nuevo; al re-

verendo Elder esbozó una débil sonrisa, pero examinó personalmente al

aterrorizado sacristán Honeywell. En el ínterin, Flint revisaba de nuevo a

Sturgess, a sus dos ayudantes y al fastidiado Nació Suiza.

Como todas las veces anteriores, la revisión fue infructuosa.

Luego de ausentarse los extraños a la casa, Velie regresó a la biblioteca,

apostando a Flint enfrente de la mansión, desde donde podía vigilar la

puerta principal y la de los sótanos. Johnson fue despachado a ocupar su

puesto ante la puertecilla de los fondos, abierta al final de una serie de

peldaños de madera conducentes al pasaje interior; en tanto que Cohalan

vigilaba la entrada correspondiente a los fondos de los sótanos.

Pepper engolfábase en grave conversación con Joan. Cheney se acaric-

iaba sus revueltos cabellos y hacía muecas a espaldas de Pepper. Velie

llamó por señas a Woodruff.

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4

E dmundCreweasemejábasetantoalaclásicacaricaturadelprofesor

olvidadizo, que Joan Brett reprimió con no poca dificultad sus dese-

os de reírsele en plena cara. Mr. Crewe, felizmente, comenzó a hablar, y

el impulso murió antes de exteriorizarse:

–¿Propietario de la casa? –su voz resonaba como un chispazo, pungen-

te y restallante.

–Es el finadito –respondió, bajo, Velie.

–Tal vez yo pueda serles de ayuda –terció Joan.

–¿Qué antigüedad tiene la casa?

–Francamente, yo… no lo sé…

–Hágase a un lado, entonces. ¿Quién lo sabe?

Mrs. Sloane sonóse delicadamente las narices en un pañuelo diminuto:

–No cuenta menos de ochenta años de antigüedad, caballero –dijo.

–Fue refeccionada –indicó ávidamente Alan–. Sí… ¡refeccionada!… Y

muchas veces. Tío me lo dijo.

–Poco preciso –Crewe parecía fastidiado–. ¿Dónde están los planos?

Todos se miraron con aire de duda.

–Bueno, amigos –refunfuñó–. ¿Quién sabe algo sobre el particular?

Al parecer, nadie sabía palabra al respecto. Esto es, hasta que Joan,

frunciendo sus labios perfectos, murmuró:

–¡Aguarden ustedes un instante! ¿Mr. Crewe, se refiere usted a helio-

grafías y otras cosas análogas?

–¡Vamos, vamos, jovencita! ¿Dónde están esos planos? ¡Vivo!

–Creo que… –musitó Joan, dubitativamente, y luego se dirigió hacia el

escritorio del difunto, en donde comenzó a rebuscar en un cajón rebosan-

te de papeluchos amarillentos por el tiempo. A poco, entresacó un trozo

de papel blanquísimo, con un conjunto de heliografías, dobladas, sujetas

al mismo–. ¿Es esto lo que usted buscaba, Mr. Crewe?

El perito le arrancó las hojas de la mano, avanzó majestuosamente has-

ta el escritorio y acto seguido procedió a sepultar su narizota puntiaguda

en los planos. De vez en cuando asentía. De súbito, sin decir palabra a los

circunstantes, abandonó de prisa el cuarto, con los planos en la mano.

Los actores del drama volvieron a quedarse como esfinges.

–Es preciso que usted sepa algo importante, Pepper –Velie llevó aparte

a Pepper y luego asió el brazo de Woodruff con una gentileza que casi le arrancó un alarido de dolor–. Escúcheme, Mr. Woodruff: el testamento

fue hurtado con algún propósito deliberado… ¡Eso cae de su peso!…

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Dijo usted antes que se trataba de un testamento nuevo… Bueno, ¿quién

sale perdiendo con esta desaparición?

–Francamente…

–Por lo demás –indicó Pepper, meditabundo–, no creo que el caso, fue-

ra de su carácter delictuoso, sea muy serio. Siempre podríamos estable-

cer la intención del testamento recurriendo a la copia del documento