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El Pirata

Walter Scott

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Librodot El Pirata Walter Scott 2

INTRODUCCIÓN

Como el autor de esta obra adquirió cuantas noticias e informes en ella consigna, a

bordo de una embarcación, puede dar principio a este prefacio con las mismas palabras

con que empieza el cuento del Viejo marino; “Una vez, había allí un barco...”

Los comisarios encargados del servicio de los faros del Norte lo invitaron a que los

acompañara desde el verano al otoño de 1814. Con el fin de inspeccionar aquellos

edificios, tan útiles desde el punto de vista político como desde el humanitario, confiados

a su dirección, proponíanse dichos señores recorrer las costas de Escocia, atravesando

cuantos grupos de islas la rodean.

Las funciones de los comisarios eran gratuitas, y disponían, para efectuar su servicio,

de un yate perfectamente armado y pertrechado.

El jerife de cada uno de los condados de Escocia, bañados por el mar, ocupaba, de

oficio, un lugar en el barco de los comisarios, y el autor de esta novela acompañó la

expedición en calidad de huésped, habiendo tenido la suerte de que el notable ingeniero

Roberto Stevenson, le ayudara con sus consejos y experiencia.

El placer de visitar lugares que despertaran la curiosidad agregábase al asunto

principal del viaje: el cabo agreste o el formidable escollo que es necesario señalar con un

fanal, no se encuentran, de ordinario, a grandes distancias de los magníficos espectáculos

que ofrecen las rocas, cavernas y arrecifes. No teníamos tiempo limitado, y, como la

mayoría de los navegantes de agua dulce, podíamos hacer con frecuencia que el mal

viento nos fuese favorable, dejándonos conducir por la brisa, para volver a algún lugar

curioso que ya habíamos visitado.

El 26 de julio del año de gracia 1814 salimos del puerto de Leith con el doble objeto

de llenar una misión de utilidad pública y de divertirnos, y seguimos toda la costa oriental

de Escocia, deteniéndonos donde creíamos que había más cosas que admirar. Las

maravillas de Shetland y de las Orcadas nos detuvieron muchos días; contemplamos

asombrados cuanto de interés había en la antigua Tule, donde el sol desdeñaba ponerse;

doblamos por el extremo norte de Escocia e inspeccionamos brevemente las Hébridas, en

cuyas islas tuvimos la suerte de saludar a numerosos amigos. Allí, para que a nuestra

excursión no faltase la gloria del peligro, nos favoreció la presencia de un navío que,

según nos dijeron, era un guardacostas norteamericano, lo cual nos obligó a pensar en la

desagradable situación a que nos veríamos reducidos si quedábamos prisioneros de los

Estados Unidos. Abandonamos las románticas costas de Morven y de Oban, y nos

dirigimos a las orillas de Irlanda, donde admiramos la Calzada de los Gigantes, que

comparamos con Staffa, que ya habíamos visitado. A mediados de septiembre surcamos

nuevamente las aguas de Clyde, y llegamos al puerto de Greenock, dando por terminado

aquel agradabilísimo viaje. Como tuvimos a nuestra disposición una gran chalupa, dotada

con algunos hombres de los que, además de la gente de a bordo, componían la tripulación

del buque, no encontramos dificultad alguna —cosa que suele ocurrir pocas veces— para

desembarcar en cuantos sitios despertaron nuestra curiosidad. Entre los seis o siete

amigos que vivimos durante unas cuantas semanas encerrados en el yate, no hubo la más

insignificante discusión ni el más ligero desacuerdo, a pesar de la natural diferencia de

∗ Lugar de Irlanda en que numerosas columnas de basalto se adelantan hacia el mar, y forman una especie

de calzada.

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gustos y caracteres de cada uno; pues todos pusieron especial cuidado en subordinar sus

propios deseos a los extraños. Llenamos cumplidamente nuestra misión y hubiéramos

podido repetir las palabras del hermoso canto de Allan Cunningham:

“Alegres hijos del placer, el mar, la húmeda patria, nos ha mecido haciéndonos

dichosa la vida.”

Pero el grato recuerdo de aquellas impresiones no carece de tristeza: cuando

regresamos de la expedición, supe que el destino había conducido a su país,

inesperadamente, a una mujer que poseía las grandes cualidades que requería el alto

rango que ocupaba, y que me profesaba gran afecto; poco después, la pérdida del amigo a

quien más quise en el mundo, obscureció tal recuerdo, cuya dulzura nada hubiera alterado

sin esas crueles circunstancias.

Debo agregar que, al hacer aquella excursión, yo me había propuesto descubrir varios

parajes que me fueran útiles para un poema con que entonces amenazaba a mis lectores y

que después se publicó con el título The Lord of the Isles y que obtuvo un mediano éxito.

Además, por aquella misma época, la novela Wawerley, empezaba a popularizarse, augu-

rándome la posibilidad de un segundo esfuerzo literario en este género, y yo encontré en

las salvajes islas de las Arcadas y de Shetland muchas cosas que creía habían de inspirar

el más vivo interés, si las hacía servir de escenario de los fantásticos sucesos de una

narración ficticia. La historia de Gow el Pirata refiriómela una vieja sibila que

comerciaba con los marineros de Stromness. Nada hay más afable que la acogida y hos-

pitalidad de los caballeros de Shetland, que se mostraron conmigo sumamente afectuosos,

acaso porque algunos habían sido amigos y corresponsales de mi padre.

Tuve interés en conocer el abolengo de una o dos generaciones, que me hubiera dado

a conocer el árbol genealógico del antiguo udaller noruego, y descubrí que el lenguaje y

usos particulares de aquella raza primitiva habían desaparecido por completo bajo la

influencia de la pequeña nobleza de Escocia. La única di renca que existe actualmente

entre los nobles isleños escoceses, consiste en que la fortuna y propiedad están repartidas

de un modo más equitativo entre las gentes del Norte, ésta es la razón por la cual nadie es

envidiado, cualquiera que sea la posición que ocupe. Esta igualdad en cuanto a los

medios de vida y el bajo precio en los artículos de primera necesidad, que es su

consecuencia, hacían temer a la oficialidad de un regimiento de veteranos, de guarnición

en el fuerte Carlota, en Lerwick, que los trasladasen a otra comarca, y especialmente a

una capital, donde los ingresos no bastaran para cubrir sus necesidades. La resuelta

afición de esos hijos de la alegre Inglaterra por las melancólicas y lejanas islas de Tule,

tenía, sin embargo, algo extraordinario y sorprendente, que es lo que ha motivado la

aparición de este libro, publicado muchos años después de la agradabilísima excursión a

que he hecho referencia.

Las costumbres descritas en la novela son, en su mayoría, imaginarias, aunque de

cierto modo fundadas en lo que, a la ligera, pude observar de lo que existe aún y en las

plausibles indicaciones que se me han hecho para formar juicio exacto de lo que fue en

otra época la sociedad de esas islas, tan separadas del resto del mundo, como dignas de

interés.

La critica, al juzgar mi obra, ha procedido quizás algo ligeramente, puesto que sólo ha

visto en Norna una simple copia de Meg Merrilies. Es evidente que yo no he expresado

en mi libro lo que me proponía y deseaba, puesto que no se ha comprendido bien el fin

que perseguía; pero creo, sin embargo, que cuantas personas lean atentamente El Pirata,

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reconocerán en Norna la víctima de sus remordimientos y extravíos, el juguete de sus

propias imposturas: educada por una literatura salvaje y por las extravagantes

supersticiones del Norte, se diferencia grandemente de la bohemia del condado de

Dumfries, cuyo pretendido poder sobrenatural no excede jamás al de las profetisas de

aquellas mismas regiones. Los rasgos esenciales de aquel carácter pueden estar

bosquejados; pero no han sido debidamente desarrollados, pues en este caso carecerían de

fundamento las reflexiones a que aludo. Norna, dueña de poderes y facultades

extraordinarios, que impone a los demás la creencia de sus dones sobrenaturales, hasta

extraviar su propia razón, es muy inverosímil; y, sin embargo, son frecuentes, entre las

gentes poco ilustradas, éxitos análogos, obtenidos por un impostor entusiasta. Esto trae a

la memoria la canción que empieza así:

“Más dulce es ser engañado, que engañarse.”

La fábula que atribuye a causas naturales las apariencias o incidentes de fuerzas

sobrehumanas tiene necesariamente partes tan inverosímiles como un cuento de

aparecidos; así lo he reconocido siempre, como ahora también lo reconozco: dificultad

enorme que no siempre logró vencer el genio de la señora Radcliff.

Abbotsford, 1° de mayo de 1831.