El Pueblo Blanco y Otros Cuentos por Arthur Machen - muestra HTML

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CUENTOS

Arthur Machen

1

LA LUZ INTERIOR - 3

EL PUEBLO BLANCO - 41

DE LAS PROFUNDIDADES DE LA TIERRA - 93

UN CHICO LISTO - 103

LOS NIÑOS DE LA CHARCA - 144

2

La luz interior

Una tarde de otoño, cuando las fealdades de Londres estaban

veladas por una leve neblina azulada, y sus vistas y sus largas calles

parecían espléndidas, el señor Charles Salisbury paseaba por Rupert

Street, aproximándose poco a poco a su restaurante favorito. Miraba

hacia abajo estudiando el pavimento, y así fue como chocó, al pasar

por la angosta puerta, con un hombre que subía del fondo de la calle.

—Le ruego que me disculpe; no miraba donde iba. ¡Toma, es Dyson!

—Sí, en efecto. ¿Cómo está usted, Salisbury?

—Muy bien. Pero ¿dónde ha estado, Dyson? No creo haberle visto en

los últimos cinco años.

—No, me atrevería a decir que no.

¿Recuerda que me encontraba más bien apurado cuando vino usted

a mi casa de Charlotte Street?

—Perfectamente. Creo recordar que me contó usted que debía cinco

semanas de alquiler, y que se había desprendido de su reloj por una

insignificante suma.

—Mi querido Salisbury, su memoria es admirable. Sí, estaba

apurado.

Pero lo curioso es que poco después de que usted me viera

aumentaron mis apuros. Mi situación financiera fue descrita por un

amigo como ‘sin blanca’. No apruebo los vulgarismos, acuérdese

usted, pero ésa era mi condición. ¿Qué tal si entramos? Podría haber

otras personas igualmente interesadas en comer. Es una debilidad

humana, Salisbury.

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—En efecto, vayamos. Mientras paseaba me preguntaba si estaría

libre la mesa de la esquina. Como usted sabe tiene respaldos de

terciopelo.

—Conozco el lugar, está vacío.

Sí, como le decía, llegué a estar más apurado todavía.

—¿Qué hizo entonces? -preguntó Salisbury, quitándose el sombrero

y acomodándose al borde del asiento, mientras ojeaba el menú con

vivo interés.

—¿Que qué hice? Pues me senté y reflexioné. Había recibido una

excelente educación clásica y sentía una categórica aversión por

cualquier clase de negocio: ése fue el capital con el que me enfrenté

al mundo. Sabe usted, he oído a gente calificar a las aceitunas de

desagradables. ¡Qué lamentable prosaísmo! A menudo he pensado,

Salisbury, que podría escribir poesía sincera bajo la influencia de las

aceitunas y el vino tinto. Pidamos Chianti; puede que no sea muy

bueno, pero la botella es sencillamente encantadora.

—Se está muy bien aquí. También podemos pedir una botella

grande.

—De acuerdo. Entonces reflexioné sobre mi ausencia de perspectivas

y determiné embarcarme en la literatura.

—Realmente es extraño. Parece usted encontrarse en circunstancias

bastante confortables, aunque...

—¡Aunque! ¡Qué sátira sobre tan noble profesión! Me temo,

Salisbury, que no tiene usted una buena opinión acerca de la

dignidad de un artista.

Me ve sentado frente al escritorio -o al menos puede verme si se

molesta en llamar- con pluma y tinta, y la pura nada ante mí, y si

vuelve a las pocas horas con toda probabilidad encontrará una obra

de creación.

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—Sí, completamente de acuerdo.

Tengo idea de que la literatura no es remunerativa.

—Está usted equivocado; sus recompensas son inmensas. Puedo

mencionar, de paso, que poco después de verle a usted logré un

pequeño ingreso. Un tío murió y resultó inesperadamente generoso.

—¡Ah!, ya veo. Debe haber sido oportuno.

—Fue agradable, innegablemente agradable. Siempre lo he

considerado como una dotación para mis investigaciones. Le decía a

usted que yo era un hombre de letras; quizás sería más correcto

describirme a mí mismo como un hombre de ciencia.

—Mi querido Dyson, verdaderamente ha cambiado usted mucho en

los últimos años. Pensaba, sabe usted, que era una especie de

ciudadano ocioso, el tipo de hombre que puede encontrarse uno en

la acera norte de Picadilly de mayo a julio.

—Así

es.

Aún

entonces

me

estaba

formando,

aunque

inconscientemente.

Como usted sabe, mi pobre padre no tuvo los medios para enviarme

a la universidad. En mi ignorancia solía quejarme por no haber

completado mi educación. Locuras de juventud, Salisbury; Piccadilly

era mi universidad. Allí empecé a estudiar la gran ciencia que

todavía me ocupa.

—¿A qué ciencia se refiere?

—A la ciencia de la gran ciudad; la fisiología de Londres; literal y

metafísicamente el tema más grande que puede concebir la mente

humana. ¡ué admirable asado de carne! Indudablemente el

definitivo final del faisán.

A veces me siento todavía absolutamente abrumado cuando pienso

en la inmensidad y complejidad de Londres.

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París puede llegar a entenderse a fondo mediante una razonable

dosis de estudio; pero Londres es siempre un misterio. En París se

puede decir:

‘Aquí viven las actrices, aquí los bohemios y los “ratés”’; pero en

Londres es diferente. Se puede señalar con bastante exactitud una

calle como morada de las lavanderas; pero en el segundo piso pude

haber un hombre estudiando los orígenes de los caldeos, y en el

desván, un artista olvidado agoniza lentamente.

—Veo que es usted, Dyson, inconmovible e inmutable -dijo Salisbury

sorbiendo lentamente su Chianti-.

Pienso que le engaña su imaginación demasiado ferviente; el

misterio de Londres únicamente existe en su imaginación. A mí me

parece un lugar bastante aburrido. Rara vez se oye hablar en

Londres de algún verdadero crimen artístico, mientras que, según

creo, París abunda en este tipo de cosas.

—Sírvame más vino. Gracias. Está usted equivocado, mi querido

compañero, realmente equivocado. Londres no tiene nada de qué

avergonzarse en la senda del crimen. Si fracasamos, es por falta de

Homeros, no de Agamenones. Como usted sabe: “Carent quia vate

sacro”.

—Recuerdo la cita. Pero no creo poder seguirle del todo.

—Bien, en lenguaje llano, no tenemos en Londres buenos escritores

especializados en este género de cosas.

Nuestros cronistas más comunes son torpes sabuesos; cada historia

que cuentan la echan a perder al contarla.

Su idea del terror y de lo que suscita terror es lamentablemente

deficiente. Nada los contenta salvo la sangre, la vulgar sangre roja, y

cuando la encuentran cargan las tintas, considerando que han

producido un artículo eficaz. Es una pobre concepción.

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Y, por alguna curiosa fatalidad, son siempre los asesinos más

comunes y brutales los que atraen mayormente la atención y

consiguen las más de las veces que se escriba de ellos. Por ejemplo,

¿ha oído usted hablar tal vez del caso Harlesden?

—No, no. No recuerdo nada de él.

—Por supuesto que no. Y, sin embargo, la historia es muy curiosa. Se

la contaré mientras tomamos café.

Harlesden, como usted sabe, o más bien espero que no, es realmente

un barrio en las afueras de Londres; curiosamente algo diferente de

suburbios venerables y primorosos como Norwood o Hampstead,

tan diferente como cada uno de ellos lo es del otro. Hampstead,

quiero decir, es donde uno buscaría el culmen de una gran casa

china con tres acres de terreno y varios pabellones, aunque

recientemente hay un substrato artístico; mientras que Norwood es

el hogar de las prósperas familias de clase media que eligieron la

casa ‘porque estaba cercana a palacio’, y seis meses después se

hartaron del palacio. Sin embargo, Harlesden es un lugar sin

carácter. Es todavía demasiado nuevo para tener carácter.

Hay hileras de casas rojas e hileras de casas blancas con brillantes

celosías verdes, y portales descascarillados y pequeños patios

traseros que llaman jardines, y unas pocas tiendas endebles, y luego

todo se desvanece, precisamente cuando uno se cree a punto de

captar la fisonomía del lugar.

—¿Qué diablos significa eso? ¡Supongo que las cosas no se

desplomarán ante nuestros ojos!

—Bueno, no, no es eso exactamente.

Pero como entidad, Harlesden desaparece. Sus calles se convierten

en silenciosas callejuelas, y sus llamativas casas en olmos, y los

jardines traseros en verdes praderas. Inmediatamente se pasa de la

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ciudad al campo; no hay transición como en una pequeña población

rural, ni suaves graduaciones de césped y árboles frutales, con una

densidad paulatinamente menor de casas, sino un cese repentino.

Creo que la mayor parte de la gente que allí vive cabe en la City. Una

o dos veces he visto un autobús repleto dirigiéndose hacia allá. pero

como quiera que sea, no puedo concebir una soledad mayor en un

desierto a medianoche que la que allí existe a mediodía.

Parece una ciudad muerta; las calles refulgen en su desolación, y al

pasar descubre uno repentinamente que también ellas son parte de

Londres. Hace uno o dos años vivía allí un médico. Había instalado

su placa metálica y su lámpara roja en el mismo límite de una de

esas calles relucientes, y a espaldas de la casa los campos se

extendían a lo lejos hacia el norte.

Desconozco la causa por la que se estableció en un lugar tan

apartado; quizás el doctor Black, como le llamaremos, fuera un

hombre precavido y mirara al futuro. Sus amistades, según se supo

luego, le habían perdido de vista durante muchos años, e incluso no

sabían que fuera médico y mucho menos dónde vivía. Sin embargo,

se había establecido en Harlesden con los restos de una clientela y

una esposa extraordinariamente bella. Al poco de llegar a Harlesden

la gente solía verles paseando juntos en las tardes veraniegas, y, por

lo que se podía observar, parecían una pareja muy cariñosa. Estos

paseos continuaron durante el otoño y luego cesaron, pero,

naturalmente, según los días se oscurecían y el tiempo refrescaba,

podía esperarse que las callejuelas cercanas a Harlesden perderían

muchos de sus atractivos. Terminado el verano, nadie volvió a ver a

la señora Black; el doctor solía responder a las preguntas de sus

pacientes que ella se encontraba ‘un poco indispuesta y que, sin

duda, estaría mejor en la primavera’. Pero la primavera llegó, y el

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verano, y la señora Black no apareció, y finalmente la gente comenzó

a murmurar y a hablar entre ellos, y se dijeron todo tipo de cosas

curiosas a la ‘hora del té’, que como usted posiblemente sabrá es el

único entretenimiento conocido en esos suburbios.

El doctor Black empezó a sorprender miradas muy extrañas a él

dirigidas, y la clientela, que era numerosa, disminuyó visiblemente.

En suma, cuando los vecinos cuchicheaban sobre el tema,

susurraban que la señora Black estaba muerta y que el doctor se

había deshecho de ella. Pero éste no era el caso; la señora Black fue

vista con vida en junio. Fue una tarde de domingo, uno de esos

pocos días exquisitos que ofrece el clima inglés, y la mitad de los

londinenses se habíanextraviado por los campos, en todas

direcciones, para aspirar el perfume del florido mayo y comprobar si

habían florecido ya las rosas silvestres en los setos. Aquella mañana

había salido temprano y había dado un largo paseo, y de un modo u

otro cuando iba de regreso a casa me encontré en el mismo

Harlesden del que hemos estado hablando. Para ser exacto, tomé

una jarra de cerveza en el General Gordon, el más floreciente

establecimiento de la vecindad, y mientras deambulaba sin objeto vi

un boquete extraordinariamente tentador en un cercado de arbustos

y decidí explorar el prado.

Después de la infernal gravilla esparcida por las aceras suburbanas

la suave hierba es muy agradable de pisar, y luego de caminar un

buen rato pensé que me gustaría sentarme en un banco y fumarme

un cigarrillo. Mientras sacaba la petaca miré en dirección a las casas

y según miraba sentí que se me cortaba la respiración y que mis

dientes empezaban a castañetear, y el bastón que llevaba en una

mano se partió en dos del apretón que le dí.

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Fue como si una corriente eléctrica me bajara por el espinazo y, sin

embargo, durante algún tiempo que me pareció largo, pero que debe

haber sido muy corto, me contuve preguntándome qué diablos

ocurría. Entonces comprendí lo que había hecho estremecer mi

corazón y había helado mis huesos de angustia. Al mirar en

dirección a la última casa de la manzana frente a mí, en la corta

fracción de un segundo había visto un rostro en una de las ventanas

superiores de la casa. Era un rostro de mujer, y, sin embargo, no era

humano. Usted y yo, Salisbury, hemos oído hablar en nuestra época,

cuando nos sentábamos en los bancos de la iglesia al sobrio estilo

inglés, de una concupiscencia que no puede saciarse y de un fuego

inextinguible, pero ni uno ni otro tenemos la menor idea de lo que

esas palabras quieren decir. Espero que usted nunca la tenga, pues

yo, al ver esa cara en la ventana, con el cielo azul sobre mí y el cálido

viento acariciándome a ráfagas, comprendí que había penetrado en

otro mundo: había mirado por la ventana de una casa ordinaria y

flamante, y había visto el infierno abierto ante mí. Cuando me

recuperé de la primera impresión, pensé una o dos veces que me

había desmayado; mi rostro chorreaba sudor frío y mi respiración

estallaba en sollozos, como si me ahogara.

Al fin me las arreglé para levantarme y crucé la calle: allí vi el

nombre ‘Dr. Black’ en el buzón de la puerta principal. El destino o mi

suerte quiso que la puerta se abriera y un hombre bajase las

escaleras cuando yo pasaba. No tuve ninguna duda de que era el

mismo doctor. Era de un tipo bastante corriente en Londres: alto y

delgado, pálido de cara y con un deslucido bigote negro. Cuando nos

cruzamos sobre el pavimento me dirigió una mirada, y aunque fue

simplemente la ojeada casual que un peatón dedica a otro,

mentalmente llegué a la conclusión de que era un tipo de trato

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peligroso. Como usted puede imaginar, seguí mi camino bastante

perplejo y también horrorizado por lo que había visto. Después visité

de nuevo el General Gordon, e hice acopio de la mayoría de los

chismes que circulaban por el lugar en relación con los Black. No

mencioné que había visto en la ventana un rostro de mujer; pero me

enteré de que la señora Black había sido muy admirada por su

hermosa cabellera dorada, y el rostro que me había impresionado

con tan desconocido terror estaba rodeado por vaho de flotantes

cabellos rubios, como una aureola de gloria alrededor del rostro de

un sátiro. Todo el asunto me incomodaba de manera indescriptible,

y cuando volvía a casa hice todo lo posible por convencerme de que

la impresión recibida había sido una ilusión, pero de nada sirvió.

Sabía muy bien que había visto lo que he intentado describirle;

moralmente estaba seguro de haber visto a la señora Black.

Además estaban los chismes del lugar, la sospecha de juego sucio,

que sabía que era falsa, y mi propia convicción de que existía alguna

malicia fatal o cualquier otra anomalía en esa casa de color rojo

chillón de la esquina de Devon Road. ¿Cómo construir una teoría

razonable con estos dos elementos? En resumen, me encontraba

inmerso en un mundo de misterio; traté de descifrarlo y llené mis

ratos de ocio atando los cabos sueltos de la especulación, pero no

avancé ni un solo paso hacia la solución verdadera, y cuando llegó el

verano el asunto parecía más nebuloso y confuso, y proyectaba un

vago temor, como una antigua pesadilla. Supuse que en breve se

habría desvanecido en el fondo de mi cerebro -no debería olvidarlo,

pues semejante cosa nunca puede olvidarse-; pero una mañana

cuando leía el periódico me llamó la atención un titular de unas dos

docenas de renglones de letra pequeña. Las palabras que había visto

eran simplemente: ‘El caso Harlesden’, y sabía lo que iba a leer. La

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señora Black había muerto. Black había llamado a otro médico para

certificar la causa de la muerte, pero algo o alguien despertó las

sospechas del extraño doctor y hubo una investigación judicial con

autopsia. El resultado, lo confesaré, me asombró considerablemente:

fue el triunfo de lo inesperado. Los dos médicos que practicaron la

autopsia se vieron obligados a confesar que no pudieron descubrir el

menor rastro de cualquier tipo de engaño; sus ensayos y reactivos

más exquisitos no consiguieron detectar presencia de veneno, ni aun

en la más infinitesimal cantidad. La muerte había sido producida,

descubrieron, por una especie de enfermedad cerebral, en cierto

modo confusa y científicamente interesante. El tejido del cerebro y

las moléculas de materia gris habían experimentado una

extraordinaria serie de cambios; y el más joven de los dos médicos,

que tenía cierta reputación, creo, como especialista en enfermedades

mentales, hizo algunas observaciones al dar su testimonio que al

momento me impresionaron profundamente, aunque entonces no

comprendí su significado por completo.

‘—Al comenzar mi examen -dijo- estaba asombrado de encontrar

apariencias de una índole completamente nueva para mí, no

obstante mi en cierto modo amplia experiencia. De momento no

tengo necesidad de especificar estas apariencias; me bastará con

manifestar que mientras ejecutaba mi tarea apenas podía creer que

el cerebro que tenía delante fuera de un ser humano.

‘—Esta declaración causó cierta sorpresa, como usted puede

imaginar, y el juez preguntó al médico si quería decir que el cerebro

se parecía al de un animal.

‘—No -contestó él-, yo no diría tanto. He observado algunas

apariencias que parecían apuntar en esa dirección; pero otras

todavía más sorprendentes, indicaban una estructura nerviosa de

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una índole completamente diferente a la del hombre o el más ínfimo

de los animales.

‘—La declaración causó extrañeza, pero el jurado, naturalmente,

presentó un veredicto de muerte por causas naturales, y el caso se

acabó para el público. No obstante, después de haber leído la

declaración del doctor, resolví que me gustaría saber bastante más, y

me puse a trabajar en lo que prometía ser una interesante

investigación. Realmente tuve bastantes problemas, pero hasta

cierto punto tuve éxito. Aunque entonces, mi querido compañero, no

tenía ni idea del porqué. ¿Se ha dado cuenta de que hemos estado

aquí casi cuatro horas? Pidamos la cuenta y vayámonos.

Los dos hombres salieron en silencio y permanecieron un momento

en el frío ambiente viendo pasar frente a ellos el apresurado tráfico

de Conventry Street, acompañado de los retumbantes timbres de los

cabriolés y los gritos de los vendedores de periódicos: en intenso

murmullo lejano de Londres agitándose una y otra vez por debajo de

esos ruidos más estrepitosos.

‘—Es un caso extraño, ¿no es cierto? -dijo Dyson finalmente-. ¿Qué

opina usted?

—Mi querido colega, no he escuchado el final, por tanto me reservaré

la opinión. ¿Cuándo me contará el resto?

—Venga a verme alguna tarde; digamos el jueves próximo. Aquí

tiene mi dirección. Buenas noches; deseo descender hasta el Strand.

Dyson llamó a un cabriolé que pasaba, y Salisbury giró hacia el norte

en dirección a su casa.

El señor Salisbury, como puede haberse deducido de las escasas

observaciones que había sido capaz de hacer en el transcurso de la

tarde, era un joven caballero de intelecto singularmente sólido,

recatado y retraído ante los misterios y lo insólito, y con una

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aversión temperamental por la paradoja. Durante el almuerzo en el

restaurante se había visto obligado a escuchar casi en completo

silencio un extraño tejido de inverosimilitudes ensartadas con la

ingenuidad de un curioseador nato de intrigas y misterios, y se

sentía cansado al cruzar Shaftesbury Avenue y zambullirse en las

entrañas del Soho, pues su vivienda se encontraba en las

proximidades del lado norte de Oxford Street.

Mientras caminaba, especulaba sobre el probable destino de Dyson,

dependiendo de la literatura, sin el amparo de algún pariente

considerado, y no pudo menos de concluir que estaba tan sutilmente

imbuido de una imaginación excesivamente brillante que, con toda

probabilidad, sería recompensado con un par de tablillas para

anuncios o una pancarta de comparsa. Absorto en este hilo de

pensamiento, y admirando la perversa destreza capaz de transmutar

el rostro de una mujer enfermiza y un caso de enfermedad mental en

los toscos elementos de un romance, Salisbury se extravió entre las

calles débilmente iluminadas, sin advertir el impetuoso viento que

golpeaba con fuerza por las esquinas y elevaba en remolinos la

basura dispersa sobre el pavimento, mientras negros nubarrones se

acumulaban sobre la amarillenta luna. Ni siquiera la caída en su

rostro de una o dos gotas aisladas de lluvia le sacó de sus

meditaciones, y sólo comenzó a considerar la conveniencia de buscar

algún refugio cuando la tormenta estalló de pronto en plena calle.

Impelida por el viento, la lluvia descargó con la violencia de una

tronada, salpicando al caer sobre las piedras y silbando por el aire, y

pronto un verdadero torrente de agua corría por los arroyos y se

acumulaba en charcos sobre los obstruidos desagües. Los escasos

viandantes extraviados, que más que pasear por la calle

holgazaneaban, echaron a correr como conejos asustados hacia

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algún invisible refugio, y aunque Salisbury silbó ruidosa y

repetidamente en busca de un cabriolé, no apareció ninguno.

Miró a su alrededor, como para descubrir lo lejos que podía estar del

abrigo de Oxford Street, pero vagando indiferentemente se había

apartado de su camino y se encontró en una zona desconocida con

toda la apariencia de estar desprovista incluso de hoteles donde

pudiera uno guarecerse por la modesta suma de dos peniques. Las

farolas escaseaban y estaban muy espaciadas, y lucían, tras los

sucios cristales, por el pálido flujo de aceite; a esta vacilante luz pudo

vislumbrar Salisbury los sombríos e inmensos caserones de que se

componía la calle. Alpasar junto a ellos, apresurado y encogido bajo

la avalancha de lluvia, reparó en los innumerables tiradores de las

puertas, cuyas inscripciones, grabadas en chapas de bronce,

parecían desvanecerse de viejas, y aquí y allá un alero ricamente

esculpido sobresalía de la puerta, ennegrecido por la mugre de

cincuenta años.

La tormenta parecía agravarse con furia creciente; Salisbury estaba

completamente mojado y había echado a perder su sombrero nuevo,

y con todo Oxford Street parecía tan lejana como siempre; con

profundo alivio el empapado hombre alcanzó a ver una sombría

arcada que parecía brindar protección de la lluvia, si no del viento.

Salisbury tomó posición en la esquina más seca y miró en torno

suyo; se encontraba en una especie de pasaje artificial bajo parte de

una casa y tras él se extendía una estrecha acera que conducía entre

blancas paredes a regiones desconocidas. Había permanecido allí

algún tiempo, esforzándose vanamente por desembarazarse en parte

de su superflua humedad, y alerta al paso de algún cabriolé, cuando

le llamó la atención un ruido estrepitoso procedente del pasaje

dejado atrás, y que aumentaba al acercarse. En un par de minutos

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pudo distinguir la voz ronca y chillona de una mujer, amenazando y

repudiando, cuyos acentos resonaban en las mismísimas piedras

mientras, de cuando en cuando, un hombre gruñía y protestaba. Sin

embargo, contra toda apariencia exenta de romance, a Salisbury le

agradaban las peleas callejeras y acababa de iniciarse en las más

divertidas fases de la embriaguez; por consiguiente, se apaciguó y se

dispuso a escuchar y observar con el aspecto de un abonado a la

ópera. No obstante, para su fastidio, la tempestad pareció

apaciguarse repentinamente, y pudo oír no más que los impacientes

pasos de la mujer y el lento vaivén del hombre acercándose a él.

Ocultándose en la sombra de la pared pudo ver cómo se

aproximaban los dos; el hombre estaba evidentemente borracho, y

tenía sus más y sus menos para evitar chocar con las paredes, a las

que se agarraba a uno y otro lado como una barca golpeada por el

viento. La mujer miraba al frente, con lágrimas en sus

resplandecientes ojos, que volvieron a brillar cuando aquéllas

desaparecieron, y finalmente estalló en una sarta de insultos

dirigidos contra su compañero.

—Vil granuja, ruin, despreciable canalla -siguió ella diciendo, tras

una incoherente avalancha de maldiciones-. ¿Piensas que voy a

seguir toda la vida trabajando para ti como una esclava mientras tú

persigues a esa chica de Green Street y te bebes cada penique que

tienes? Te equivocas, Sam; de veras no lo soporto más.

Maldito ladrón, estoy cansada de ti y de tu patrón, así es que ya

puedes hacerte tus propios recados, y únicamente espero que te

metan en apuros.

La mujer abrió su regazo y, sacando algo parecido a un papel, lo

arrugó y lo tiró. Cayó a los pies de Salisbury. Luego se fue y

desapareció en la oscuridad, mientras el hombre se tambaleaba en la

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calle, refunfuñando vagamente contra sí mismo con voz aturdida.

Salisbury le siguió, viéndole hacer eses sobre el pavimento,

detenerse de vez en cuando y ladearse indeciso, para luego tomar

súbitamente un nuevo rumbo.

El cielo había aclarado, y blancas nubes aborregadas cruzaban

fugaces frente a la luna, alta en el firmamento. La luz iba y venía

intermitentemente, según las nubes pasaban, despejando y

volviendo a cubrir el cielo.

Cuando los blancos rayos alumbraron el pasaje, Salisbury divisó la

bolita de papel arrugado que la mujer había tirado. Extrañamente,

curioso por saber lo que podía contener, la recogió y se la metió en el

bolsillo, poniéndose de nuevo en camino.

Salisbury era un hombre de costumbres. Cuando llegó a casa,

empapado hasta los huesos, colgándole la ropa, y con el sombrero

impregnado de un lívido rocío, su único pensamiento fue acerca de

su salud, de la que se ocupaba solícito. Por tanto, después de

cambiarse de ropa y embutirse en un cálido batín, procedió a

prepararse un sudorífico a base de ginebra y agua, calentada ésta en

una de esas lámparas de alcohol, que mitigan las austeridades de la

vida de un moderno ermitaño.

Cuando se hubo administrado la preparación, y hubo calmado su

excitación con una pipa de tabaco, Salisbury pudo irse a la cama en

un alegre estado de ociosidad, sin pensar en su aventura en la

sombría arcada, ni en las ominosas fantasías con que Dyson había

sazonado su comida. Lo mismo ocurrió la mañana siguiente durante

el desayuno, pues Salisbury insistió en no pensar en nada hasta

terminar de comer. Pero cuando retiraron la taza y el plato, y

encendió su pipa mañanera, recordó la bolita de papel y empezó a

revolver en los bolsillos de su mojado abrigo. No recordaba en qué

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bolsillo la había puesto y, al meter la mano primero en uno y luego

en el otro, experimentó una extraña sensación de temor a que no

estuviera allí, aunque ciertamente no podría haber explicado la

importancia que atribuía a lo que con toda probabilidad no era más

que un desecho. Sin embargo, suspiró con alivio cuando sus dedos

tocaron la arrugada superficie en su bolsillo interior, sacándola

despacio y colocándola sobre el pequeño escritorio al lado de su

sillón, con el mismo cuidado que si se tratara de una rara joya.

Salisbury se sentó a fumar, y miró fijamente su hallazgo durante

unos cuantos minutos, con la extraña tentación de arrojarlo al fuego,

y evitarse con ello tanto la especulación acerca de su posible

contenido como la razón por la que la ofendida mujer había arrojado

un trozo de papel con tanta vehemencia. Como puede suponerse, el

último sentimiento fue el que se impuso, y, finalmente, no sin algo

de repugnancia, cogió el papel y lo desarrugó, colocándolo frente a

él.

Era un simple trozo de papel sucio, a todas luces arrancado de un

bloc barato, y en el centro tenía escritas unas pocas líneas con letra

curiosamente apretada. Salisbury inclinó la cabeza y por un

momento clavó la vista en el papel con ansiedad, suspirando

profundamente; luego volvió a su silla con la mirada perdida, hasta

que finalmente en un cambio repentino estalló en carcajadas, tan

prolongadas, sonoras y tumultuosas que el niño de la casera se

despertó en el piso de abajo e imitó su hilaridad con espantosos

alaridos. Pero él siguió riendo y cogió el papel para leer por segunda

vez lo que parecía tan insensato disparate.

‘Q. tiene que ir a París a ver a sus amigos’, comenzaba. ‘Atravesar

Handel s. ’Una vez alrededor del césped, dos veces alrededor de la

amada, y tres veces alrededor del arce’.’

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Salisbury cogió el papel y lo arrugó como hiciera la enojada mujer;

luego apuntó en dirección al fuego. Sin embargo, no lo arrojó a él,

sino que lo tiró descuidadamente en el interior del escritorio y volvió

a reírse. El completo desatino de todo el asunto le ofendía, y estaba

avergonzado de su propia especulación anhelante, como el que se

quema las cejas con los altisonantes comunicados de los ecos de

sociedad del periódico y sólo encuentra anuncios y trivialidades. Se

dirigió a la ventana y contempló la lánguida vida matinal de su

barrio; las criadas con desaliñados vestidos estampados fregando los

escalones de entrada en la casa, el pescadero y el carnicero en sus

rondas, y los comerciantes de pie junto a las puertas de sus pequeñas

tiendas, abatidos por la falta de negocio y de emoción. A lo lejos una

bruma azulada proporcionaba una cierta grandeza a toda la vista,

pero en conjunto ésta era deprimente y sólo había interesado a un

estudioso de la vida londinense, que siempre encuentra algo

exquisito y selecto en cada una de sus facetas. Salisbury se alejó

disgustado y se aposentó en el sillón, tapizado en un tono verde

brillante y adornado con tachones dorados, que constituía el orgullo

y la atracción de sus aposentos. Volvió a su ocupación matinal: la

lectura atenta de una novela que trataba de deporte y amor de tal

forma que sugería la colaboración de un mozo de cuadra y un

internado de señoritas. Sin embargo, en circunstancias normales

Salisbury habría seguido interesándose por la historia hasta la hora

del almuerzo, pero esa mañana se agitaba en su silla, cogía el libro y

lo volvía a dejar, y finalmente juraba y maldecía de simple irritación.

En realidad, la rima del papel hallado en la arcada ‘se le había

metido en la cabeza’, e hiciera lo que hiciese no podía menos de

rezongar una y otra vez: ‘Una vez alrededor del césped, dos veces

alrededor de la amada, y tres veces alrededor del arce’. Se convirtió

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en un verdadero tormento, como el ridículo estribillo de una canción

de “music-hall”, eternamente citada, cantada a todas horas del día y

de la noche, y apreciada por los golfillos callejeros como un infalible

recurso cada seis meses. Salisbury salió a la calle y trató de olvidar a

su enemigo entre los empujones de la multitud y el rugido y el

estruendo del tráfico, pero al instante se encontró a sí mismo

alejándose silenciosamente y deambulando por parajes desiertos,

devanándose los sesos en vano tratando de hallar algún sentido a

frases que no lo tenían. La llegada del jueves fue un gran alivio, pues

recordó que tenía una cita con Dyson. Los fútiles ensueños del que

se hacía llamar hombre de letras parecían divertidos en comparación

con esta incesante repetición, esta perplejidad de la que no parecía

poder escapar. Dyson estaba domiciliado en una de las calles más

tranquilas que llevan del Strand al río y, al pasar Salisbury por la

estrecha escalera que conducía a la morada de su amigo, vio que el

tío había sido de veras benéfico. El suelo resplandecía y flameaba

con todos los colores del Oriente; era, como Dyson observó

pomposamente, ‘un ocaso de ensueño’, y sus cortinas extrañamente

elaboradas, en las que brillaban hilos dorados aquí y allá, impedían

ver el crepúsculo de las calles londinenses, con sus faroles

encendidos. En los estantes de un armario de roble había vasos y

platos de vieja cerámica francesa, y grabados en blanco y negro, de

los que no pueden encontrarse en el Haymarket o Bond Street,

destacaban esplendorosamente sobre papel japonés. Salisbury se

sentó en el banco que había junto al hogar y aspiró y mezcló lo

humos de incienso y de tabaco, maravillado y atónito ante todo este

esplendor del reps verde y las oleografías, el espejo de marco dorado

y el lustre de su propio apartamento.

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—Me alegra que haya venido -dijo Dyson-. Es confortable este

pequeño aposento, ¿no es cierto? No parece encontrarse usted muy

bien, Salisbury. No le ocurre nada, ¿verdad?

—No; pero he estado bastante fastidiado estos últimos días. La

verdad es que tuve una especie de extraña aventura, supongo que así

podría llamarla, la noche que nos encontramos, y me ha preocupado

bastante. Y lo más irritante es que se trata del disparate más simple:

sin embargo, luego se lo contaré todo. Iba usted a referirme el resto

de esa extraña historia que empezó en el restaurante.

—Sí. Pero me da miedo, Salisbury, es usted incorregible. Es usted

esclavo de lo que llama evidencias.

Sabe usted muy bien que en el fondo cree que la singularidad de este

caso es creación mía únicamente, y que en realidad todo es tan

natural como manifiesta la policía. Pero primero beberemos algo y

usted puede además encender su pipa.

Dyson se llegó hasta la alacena de roble y sacó del fondo una botella

redonda y dos vasitos, pintorescamente dorados.

—Es Benedictine -dijo-. Tomará un poco ¿no?

Salisbury asintió, y los dos hombres se sentaron, bebiendo y

fumando reflexivamente durante algunos minutos antes de que

Dyson comenzara a hablar.

—Veamos -dijo finalmente-, estábamos en la pesquisa judicial,

¿verdad?

No, ya terminamos con eso. ¡Ah!, ya recuerdo. Le estaba contando

que, en general, había tenido éxito en mi investigación, pesquisa, o

como quiera llamarla, sobre el caso. ¿No fue ahí donde lo dejé?

—Sí, así fue. para ser preciso, creo que la última palabra que

mencionó sobre el asunto fue ‘aunque’.

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—Exacto. Desde la otra noche he estado todo el tiempo pensando y

he llegado a la conclusión de que es ‘aunque’ es de veras

considerable.

Hablando sin rodeos, tengo que confesar que lo que descubrí, o creí

descubrir, no significa en realidad nada.

Estoy tan lejos del meollo del asunto como siempre. Sin embargo,

puedo igualmente contarle lo que sé. Como recordará le dije que

estaba muy impresionado con algunas observaciones de uno de los

médicos que testimonió en el juicio. Así pues, decidí que mi primer

paso debía consistir en tratar de sacarle a ese doctor algo más

definido e inteligible. De un modo u otro me las arreglé para ser

presentado al hombre: me citó para ir a verle. Resultó ser un tipo

simpático y afable, bastante joven y de ninguna manera como los

típicos médicos, y comenzó la charla ofreciéndome whisky y

cigarros.

No creí que valiera la pena andar con rodeos, así que empecé

diciéndole que parte de su declaración en la investigación del caso

Harlesden me había impresionado por su peculiaridad, y le mostré el

recorte impreso con las líneas en cuestión subrayadas. Echó sólo un

vistazo al trozo de papel y me miró con extrañeza.

‘—Así que le impresionó por su peculiaridad, ¡eh! -dijo-. Bien, debe

usted recordar que el caso Harlesden fue muy peculiar. De hecho,

creo que felizmente puedo decir que en lo referente a algunos rasgos

específicos fue único, verdaderamente único.

‘—Completamente de acuerdo -repliqué yo-, y por eso es por lo que

me interesa y quiero saber más de él. Y pensé que si alguien podía

darme alguna información ése sería usted. ¿Qué opina usted?

‘—Era un tipo de pregunta bastante categórica, y mi doctor pareció

bastante desconcertado.

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‘—Bien -dijo-. Como me imagino que el motivo de su pregunta debe

ser simple curiosidad, creo que puedo contarle mi opinión un poco

libremente.

Así que señor -?señor Dyson?- si quiere usted saber mi teoría, ahí va:

creo que el doctor Black mató a su mujer.

‘—Pero el veredicto -contesté yose extrajo de su propia declaración.

‘—Cierto; el veredicto se dictó de acuerdo con la declaración de mi

colega y con la mía y, dadas las circunstancias, creo que el jurado

actuó con mucha sensatez. De hecho, no veo qué otra cosa podían

haber hecho. Pero yo me aferro a mi opinión, entiéndalo, y digo

también esto: no me sorprendería que Black hubiera hecho lo que yo

creo firmemente que hizo. Pienso que estaba justificado.

‘—¿Justificado? ¿Cómo es eso?

-pregunté. Estaba asombrado, como usted puede imaginar, por la

respuesta obtenida. El doctor giró suavemente su silla y por un

instante me miró resueltamente antes de contestar.

‘—Supongo que no es usted un hombre de ciencia. Pues en ese caso

no serviría de nada que yo le diera más detalles. Siempre me he

opuesto firmemente a cualquier tipo de relación entre la fisiología y

la psicología.

Creo que ambas apuestan por el sufrimiento. Nadie reconoce más

decididamente que yo la impracticable sima, el insondable abismo

que separa al mundo consciente de todo cuanto rodea a la materia.

Sabemos que cada cambio de consciencia suele venir acompañado

de una nueva disposición de las moléculas de la sustancia gris; y eso

es todo.

Cuál es el vínculo entre ellos, o por qué coinciden, no lo sabemos, y

la mayoría de los expertos cree que nunca podremos saberlo. Con

todo, le diré que mientras hacía mi trabajo, con el escalpelo en la

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mano, tuve la convicción de que, a despecho de todas las teorías, lo

que yacía frente a mí no era el cerebro de una mujer muerta, ni de

ningún modo el cerebro de un ser humano. Por supuesto vi el rostro;

pero estaba muy tranquilo, desprovisto de expresión. Debió haber

sido, sin duda, un rostro hermoso, pero debo decir honestamente

que no habría mirado ese rostro cuando todavía tenía vida ni por un

millar de guineas, ni siquiera por dos veces esa suma.

‘—Mi querido señor -dije-, me sorprende usted en extremo. Dice

usted que no era el cerebro de un ser humano. ¿Qué era entonces?

‘—El cerebro de un demonio -replicó-, y no me cabe la menor duda

de que Black encontró alguna forma de acabar con él. Sea lo que

fuese la señora Black, no estaba en condiciones de permanecer en

este mundo. ¿Algo más?

¿No? Buenas noches.

‘—Era una extraña opinión proveniente de un hombre de ciencia,

¿no?

Cuando me dijo que no habría mirado esa cara mientras vivía por un

millar de guineas, o dos millares de guineas, pensé en el rostro que

yo había visto, pero no dije nada. Volví a Harlesden y fui de tienda

en tienda, haciendo pequeñas compras y tratando de averiguar si les

quedaba alguna propiedad de los Black, pero había poco que contar.

Uno de los tenderos a los que me dirigí afirmó haber conocido bien a

la difunta; solía comprarle todos los víveres que necesitaba en su

pequeño hogar, pues nunca tuvieron sirvientes, aunque sí una

asistenta ocasionalmente, la cual no había visto a la señora Black

desde meses antes de que muriera. Según el tendero, la señora Black

era ‘una dama agradable’, siempre amable y considerada, y tan

encariñada con su marido y él de ella, según todos opinaban. Y sin

embargo, dejando a un lado la opinión del doctor, yo sabía lo que

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había visto. Por tanto, después de pensar en ello y atar cabos, me

pareció que la única persona que probablemente podría ayudarme

era el mismo Black, y decidí encontrarle. Por supuesto no se le podía

encontrar en Harlesden; había abandonado el barrio, ya lo dije,

inmediatamente después del funeral. Todo lo que contenía la casa

había sido vendido, y un buen día Black tomó el tren con un baúl y

se fue, nadie sabe dónde. Fortuitamente volví a oír hablar de él, y por

pura casualidad le encontré finalmente. Un día paseaba por Gray.s

Inn Road, sin ningún destino en particular, mirando a mi alrededor,

como solía, y sosteniendo fuerte mi sombrero, pues era un día

borrascoso a comienzos de marzo y el viento hacía que se mecieran y

temblaran las copas de los árboles de la posada. Había subido desde

el final de Holborn y casi había tomado Theobald.s Road cuando

reparé en un hombre que caminaba frente a mí, apoyado en un

bastón, y aparentemente muy débil. Había algo en su mirada que

incitó mi curiosidad, no sé por qué, y comencé a caminar más rápido

con la idea de alcanzarle, cuando de pronto su sombrero voló y,

saltando sobre el pavimento, llegó a mis pies. Rescaté, por supuesto,

el sombrero y le eché un vistazo mientras me dirigía hacia su

propietario. Era toda una biografía: llevaba en su interior el nombre

de un fabricante de Piccadilly, pero creo que ni un mendigo lo habría

recogido del arroyo. Entonces levanté la mirada y vi al doctor Black

de Harlesden esperándome. Cosa extraña, ¿no? Pero ¡qué cambio!,

Salisbury. Cuando contemplé al doctor Black bajando las escaleras

de su casa de Harlesden era un hombre erguido, que caminaba con

firmeza sobre sus bien formados miembros; un hombre, diríamos,

en la flor de la vida. Y ahora esta miserable criatura se inclinaba ante

mí, encorvado y débil, marchitas las mejillas y el pelo

prematuramente encanecido, los miembros temblorosos y

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renqueantes, y el sufrimiento en los ojos. Me dio las gracias por

recoger su sombrero diciendo:

‘—Creí que nunca podría alcanzarlo, no puedo correr mucho ahora.

¡Qué día más desapacible!, ¿verdad señor?

‘—Y dicho esto se despidió; pero poco a poco procuré meterle en

conversación y caminamos juntos en dirección este. Creo que el