El Sistema de los Objetos por Jean Baudrilliard - muestra HTML

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El sistema de

los objetos

Jean Baudrillard

Traducido por Francisco González Aramburu Siglo XXI, México, 1969

Título original:

Le système des objets

Éditions Gallimard, París, 1968

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con la edición impresa. Se han

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INTRODUCCIÓN

¿Puede clasificarse la inmensa vegetación de los objetos como una flora o una fauna, con sus especies tropicales, polares, sus bruscas mutaciones, sus especies que están a punto de desaparecer? La civilización urbana es testigo de cómo se suceden, a ritmo acelerado, las generaciones de productos, de aparatos, de gadgets, por comparación con los cuales el hombre parece ser una especie particularmente estable. Esta abundancia, cuando lo piensa uno, no es más extraordinaria que la de las innumerables especies naturales. Pero el hombre ha hecho el censo de estas últimas. Y en la época en que comenzó a hacerlo sistemáticamente pudo también, en la Enciclopedia, ofrecer un cuadro completo de los objetos prácticos y técnicos de que estaba rodeado.

Después se rompió el equilibrio: los objetos cotidianos (no hablo de máquinas) proliferan, las necesidades se multiplican, la producción acelera su nacimiento y su muerte, y nos falta un vocabulario para nombrarlos.

¿Hay quien pueda confiar en clasificar un mundo de objetos que cambia a ojos vistas y en lograr establecer un sistema descriptivo? Existen casi tantos criterios de clasificación como objetos mismos: según su talla, su grado de funcionalidad (cuál es su relación con su propia función objetiva), el gestual a ellos vinculado (rico o pobre, tradicional o no), su forma, su duración, el momento del día en que aparecen (presencia más o menos intermitente, y la conciencia que se tiene de la misma), la materia que transforman (en el caso del molino de café, no caben dudas, pero ¿qué podemos decir del espejo, la radio, el auto?). Ahora bien, todo objeto transforma alguna cosa, el grado de exclusividad o de socialización en el uso (privado, familiar, público, in-1

diferente), etc. De hecho, todos estos modos de clasificación, en el caso de un conjunto que se halla en mutación y expansión continuas, como es el de los objetos, podrán parecer un poco menos contingentes que los de orden alfabético. El catálogo de la fábrica de armas de Saint–Étienne, a falta de un criterio de clasificación establecido, nos proporciona subdivisiones que no tienen que ver más que con los objetos definidos según su función: cada uno corresponde a una operación, a menudo ínfima y heteróclita, y en ninguna parte aflora un sistema de significados.1 A un nivel mucho más elevado el análisis funcional, formal y estructural de los objetos, en su evolución histórica, que encontramos en Siegfried Giedion (Mechanization Takes Command, 1948), esta suerte de epopeya del objeto técnico señala los cambios de estructuras sociales ligados a esta evolución, pero apenas si da respuesta a la pregunta de saber cómo son vividos los objetos, a qué otras necesidades, aparte de las funcionales, dan satisfacción, cuáles son las estructuras mentales que se traslapan con las estructuras funcionales y las contradicen, en qué sistema cultural, infra o transcultural, se funda su cotidianidad vivida. Tales son las preguntas que me hago aquí. Así, pues, no se trata de objetos definidos según su función, o según las clases en las que podríamos subdividirlos para facilitar el análisis, sino de los procesos en virtud de los cuales las personas entran en relación con ellos y de la sistemática de las conductas y de las relaciones humanas que resultan de ello.

El estudio de este sistema “hablado” de los objetos, es decir, del sistema de significados más o menos coherente que instauran, supone siempre un plano distinto 1 Pero la sola existencia de este catálogo es, por el contrario, rica en sentido; en su proyecto de nomenclatura completa existe una intensa significación cultural: que no se llega a los objetos más que a través de un catálogo, que puede ser hojeado “por puro gusto” como prodigioso manual, un libro de cuentos o un menú, etcétera.

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de este sistema “hablado”, estructurado más rigurosamente que él, un plano estructural que esté más allá aun de la descripción funcional: el plano tecnológico.

Este plano tecnológico es una abstracción: somos prácticamente inconscientes, en nuestra vida ordinaria, de la realidad tecnológica de los objetos. Y, sin embargo, esta abstracción es una realidad fundamental: es la que gobierna las transformaciones radicales del ambiente.

Incluso es, y lo decimos sin afán de paradoja, lo que de más concreto hay en el objeto, puesto que el proceso tecnológico es el de la evolución estructural objetiva.

Dicho con todo rigor, lo que le ocurre al objeto en el dominio tecnológico es esencial, lo que le ocurre en el dominio de lo psicológico o lo sociológico, de las necesidades y de las prácticas, es inesencial. El discurso psicológico y sociológico nos remite continuamente al objeto, a un nivel más coherente, sin relación con el discurso individual o colectivo, y que sería el de una lengua tecnológica. A partir de esta lengua, de esta coherencia del modelo técnico, podemos comprender qué es lo que les ocurre a los objetos por el hecho de ser producidos y consumidos, poseídos y personalizados.

Por lo tanto, es urgente definir desde el principio un plano de racionalidad del objeto, es decir, de estructuración tecnológica objetiva. Veamos, en Gilbert Simondon (Du mode d’existence des objets techniques, Aubier, 1958), el ejemplo del motor de gasolina: “En un motor actual, cada pieza importante está hasta tal punto vinculada a las demás por cambios recíprocos de energía que no puede ser distinta de como es. La forma de la culata, el metal con que está hecha, en relación con todos los demás elementos del ciclo, producen una determinada temperatura en los electrodos de la bujía; a su vez, esta temperatura reacciona sobre las características del encendido y del ciclo entero. El motor actual es concreto, mientras que el motor antiguo es abstracto. En el motor antiguo, cada elemento 3

interviene, en un determinado momento, en el ciclo, y después se le pide que ya no actúe sobre los demás elementos; las piezas del motor son como personas que trabajaran cada una por su parte, pero no se cono-cieran entre sí... De tal manera, existe una forma primitiva del objeto técnico, la forma abstracta, en la cual a cada unidad teórica material se la trata co-mo un absoluto, que necesita para su funcionamiento constituirse en sistema cerrado. En este caso, la integración nos plantea la resolución de una serie de problemas... es entonces cuando aparecen estructuras particulares a las que podemos llamar, para cada unidad constituyente, estructuras de defensa: la culata del motor térmico de combustión interna se eriza de aletas de enfriamiento. Éstas están añadidas desde el exterior, por así decirlo, al cilindro y a la culata teórica y no cumplen más que una sola función, la de enfriamiento.

En los motores recientes, estas aletas desempeñan además un papel mecánico, pues se oponen, a manera de nervaduras, a la deformación de la culata por la presión de los gases... ya no podemos distinguir las dos funciones: se ha desarrollado una estructura única, que no es una componenda, sino una concomitancia y una convergencia: la culata nervada puede ser más delgada, lo cual permite un enfriamiento más rápido; la estructura ambivalente aletas–nervaduras cumple sintéticamente, y de manera mucho más satisfactoria, las dos funciones antaño separadas: integra las dos funciones, rebasándolas... Diremos entonces que esta estructura es más concreta que la anterior y corresponde a un progreso objetivo del objeto técnico: el problema tecnoló-

gico real es el de una convergencia de las funciones en una unidad estructural y no el de la búsqueda de una componenda entre las exigencias rivales. En el caso límite, en este paso de lo abstracto a lo concreto, el objeto técnico tiende a alcanzar el estado de un sistema totalmente coherente consigo mismo, plenamente unificado” (pp. 25–26).

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Este análisis es esencial. Nos proporciona los elementos de una coherencia jamás vivida, jamás legible en la práctica. La tecnología nos cuenta una historia rigurosa de los objetos, en la que los antagonismos funcionales se resuelven, dialécticamente, en estructuras más amplias. Cada transición de un sistema a otro mejor integrado, cada conmutación en el interior de un sistema ya estructurado, cada síntesis de unificaciones hace que surja un sentido, una “pertinencia” objetiva independiente de los individuos que la llevarán a cabo: nos encontramos en el nivel de una lengua, y por analogía con los fenómenos de la lingüística, podríamos llamar “tecnemas” a estos elementos técnicos simples (diferentes de los objetos reales) en cuyo juego se funda la evolución tecnológica. A este nivel, es posible pensar en una tecnología estructural, que estudie la organización concreta de estos tecnemas en objetos técnicos más complejos, su sintaxis en el seno de conjuntos técnicos simples (diferentes de los objetos reales), en el seno de conjuntos técnicos privilegiados y las relaciones tecnológicas de sentido entre estos diversos objetos conjuntos.

Pero esta ciencia no puede ejercerse rigurosamente más que en sectores restringidos que van de las investigaciones de laboratorio a las realizaciones muy técnicas como las de la aeronáutica, la astronáutica, la ma-rina, los grandes camiones de transporte, las máquinas perfeccionadas, etc. Allí donde la urgencia técnica hace que se emplee a fondo la constricción estructural, allí donde el carácter colectivo e impersonal reduce al míni-mo la influencia de la moda. Mientras que el automó-

vil se agota en el juego de las formas, mientras conserva un status tecnológico minoritario (enfriamiento por agua, motor de cilindros, etc.), la aviación, por su parte, está obligada a producir los objetos técnicos más concretos por simples razones funcionales (seguridad, velocidad, eficacia). En este caso, la evolución tecnológica sigue una línea casi pura. Pero es evidente que, para dar 5

cuenta y razón del sistema cotidiano de los objetos, este análisis tecnológico estructural es insuficiente.

Se puede soñar en una descripción completa de los tecnemas y de sus relaciones de sentido que baste para agotar el mundo de los objetos reales. Pero no es más que un sueño. La tentación de utilizar los tecnemas como astros en la astronomía, es decir, según Platón

“del mismo modo que la geometría, valiéndonos de problemas, sin detenernos en lo que pasa por el cielo, si queremos hacernos verdaderos astrónomos y convertir en útil lo que hay por naturaleza de inteligente en el alma” (La República, VII, iv–2), tropieza inmediatamente con la realidad psicológica y sociológica vivida de los objetos, que constituye, más allá de su materialidad sensible, un cuerpo de constricciones tales que la coherencia del sistema tecnológico se ve continuamente modificada y perturbada. Es esta perturbación, y cómo la racionalidad de los objetos choca con la irracionalidad de las necesidades, y cómo esta contradicción hace surgir un sistema de significados que se proponen resolverla, lo que nos interesa aquí, y no los modelos tecnológicos sobre cuya verdad fundamental, sin embargo, se destaca continuamente la realidad vivida del objeto.

Cada uno de nuestros objetos prácticos está ligado a uno o varios elementos estructurales, pero, por lo de-más, todos huyen continuamente de la estructuralidad técnica hacia los significados secundarios, del sistema tecnológico hacia un sistema cultural. El ambiente cotidiano es, en gran medida, un sistema “abstracto”: los múltiples objetos están, en general, aislados en su función, es el hombre el que garantiza, en la medida de sus necesidades, su coexistencia en un contexto funcional, sistema poco económico, poco coherente, análo-go a la estructura arcaica de los motores primitivos de gasolina: multiplicidad de funciones parciales, a veces indiferentes o antagónicas. Por lo demás, en la actualidad no se tiende a resolver esta incoherencia, 6

sino a dar satisfacción a las necesidades sucesivas mediante objetos nuevos. Así ocurre que cada objeto, sumado a los demás, subviene a su propia función, pero contraviene al conjunto, y a veces incluso subviene y contraviene, al mismo tiempo, a su función propia.

Además, como las connotaciones formales y técnicas se añaden a la incoherencia funcional, es todo el sistema de las necesidades (socializadas o inconscientes, culturales o prácticas), todo un sistema vivido inesencial, el que refluye sobre el orden técnico esencial y compromete el status objetivo del objeto.

Pongamos un ejemplo: lo que es esencial y estructural y, por consiguiente, lo que es más concretamente objetivo en un molino de café, es el motor eléctrico, es la energía distribuida por la central, son las leyes de producción y de transformación de la energía (lo que es ya menos objetivo, porque es relativo a la necesidad de una determinada persona, es su función precisa de moler el café); lo que no tiene nada de objetivo y, por consiguiente, es inesencial, es que sea verde y rectangular, o rosa y trapezoidal. Una misma estructura, el motor eléctrico, puede especificarse en diversas funciones: la diferenciación funcional es ya secundaria (por lo cual puede caer en la incoherencia del gadget.). El mismo objeto–función, a su vez, puede especificarse en diversas formas: estamos aquí en el dominio de la “personalización”, de la connotación formal, que es el de lo inesencial. Ahora bien, lo que caracteriza al objeto industrial por contraposición al objeto artesanal es que lo inesencial ya no se deja al azar de la demanda y de la ejecución individuales, sino que en la actualidad lo toma por su cuenta y lo sistematiza la producción,2 que asegura a través de él 2 Las modalidades de transición de lo esencial a lo inesencial son hoy relativamente sistemáticas. Esta sistematización de lo inesencial tiene aspectos sociológicos y psicológicos, y tiene también una función ideológica de integración (véase “Modelos y series”).

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(y la combinatoria universal de la moda) su propia finalidad.

Es esta inextricable complicación lo que determina que las condiciones de autonomización de una esfera tecnológica y, por consiguiente, de posibilidad de un análisis estructural en el dominio de los objetos no sean las mismas que en el dominio del lenguaje. Si se exceptúan los objetos técnicos puros con los que nunca tenemos que ver en su calidad de sujetos, observaremos que los dos niveles, el de la denotación objetiva y el de la connotación (por los cuales el objeto es caracteri-zado, comercializado y personalizado hasta llegar al uso y entrar en un sistema cultural), no son, en las condiciones actuales de producción y de consumo, estrictamente disociables, como lo son los de la lengua y la palabra en lingüística. El nivel tecnológico no es una autonomía estructural tal que los “hechos de palabra”

(aquí, el objeto “hablado”) no tengan más importancia en un análisis de los objetos que la que tienen en el análisis de los hechos lingüísticos. Si el hecho de pronunciar la r arrastrada o guturalmente no cambia nada en el sistema del lenguaje, es decir, si el sentido de connotación no pone para nada en peligro a las estructuras denotadas, la connotación de objeto, por su parte, afecta y altera sensiblemente a las estructuras técnicas. A diferencia de la lengua, la tecnología no constituye un sistema estable. Al contrario de los mone-mas y de los fonemas, los tecnemas se hallan en evolución continua. Ahora bien, el hecho de que el sistema tecnológico esté hasta tal punto implicado, por su revolución permanente, en el tiempo mismo de los objetos prácticos que lo “hablan” (lo cual es también el caso de la lengua, pero en medida infinitamente menor); el hecho de que este sistema tenga como fines un dominio del mundo y una satisfacción de necesidades, es decir, fines más concretos, menos disociables de la praxis que la comunicación que es el fin del lenguaje; el hecho, por último, de que la tecnología dependa 8

estrictamente de las condiciones sociales de la investigación tecnológica y, por consiguiente, del orden global de producción y de consumo, limitación externa que no se ejerce, de ninguna manera, sobre la lengua, de todo esto resulta que el sistema de los objetos, a diferencia del de la lengua, no puede describirse científicamente más que cuando se lo considera, a la vez, como resultado de la interferencia continua de un sistema de prácticas sobre un sistema de técnicas. Lo que nos da cuenta y razón de lo real no son tanto las estructuras coherentes de la técnica como las modalidades de incidencia de las prácticas en las técnicas, o más exactamente, las modalidades de contención de las técnicas por las prácticas. Y, para decirlo todo de una vez, la descripción del sistema de los objetos tiene que ir acompañada de una crítica de la ideología práctica del sistema. En el nivel tecnológico no hay contradicción: sólo hay sentido. Pero una ciencia humana tiene que ser del sentido y del contrasentido: de cómo un sistema tecnológico coherente se difunde en un sistema práctico incoherente, de cómo la “lengua” de los objetos es “hablada”, de qué manera este sistema de la

“palabra” (o intermediario entre la lengua y la palabra) oblitera al de la lengua. Por último, ¿dónde están, no la coherencia abstracta, sino las contradicciones vividas en el sistema de los objetos?3

3 Con fundamento en esta distinción, podemos establecer una analogía estrecha entre el análisis de los objetos y la lingüística o, más bien, la semiología. Aquello a lo que, en el campo de los objetos, llamamos diferencia marginal, o inesencial, es análogo a la noción semiológica de “campo de dispersión”. “El campo de dispersión está constituido por las variedades de ejecución de una unidad (de un fonema, por ejemplo), mientras estas variedades no traigan consigo un cambio de sentido (es decir, no pasen al rango de variaciones pertinentes)... En alimentación, se podrá hablar de campo de dispersión de un plato, el que estará constituido por los límites en los cuales este plato sigue siendo significante, cualesquiera que puedan ser las ‘fantasías’ de su ejecutor. A 9

las variedades que componen el campo de dispersión se las llama variantes combinatorias. No participan en la conmutación del sentido, no son pertinentes... Desde hace mucho tiempo se han considerado las variaciones combinatorias como hechos de palabra; es cierto que se les asemejan muchísimo, pero en la actualidad se las considera como hechos de lengua, puesto que son ‘obligadas’.” (Roland Barthes, Communica-tions, núm. 4, p. 128.) Y R. Barthes añade que esta noción habrá de ocupar un lugar preponderante en semiología, pues estas variaciones, que son insignificantes en el plano de la denotación, pueden volverse de nuevo significantes en el plano de la connotación.

Se observa una profunda analogía entre variación combinatoria y diferencia marginal: ambas tienen que ver con lo esencial, carecen de pertinencia, dependen de una combinatoria y cobran su sentido al nivel de la connotación. Pero la distinción capital es que, si la variación combinatoria sigue siendo exterior e indiferente al plano semiológico de denotación, la diferencia marginal, por su parte, nunca es precisamente “marginal”. Esto se debe a que el plano tecnológico no designa, como el de la lengua para el lenguaje, una abstracción metodológica fija, que llega al mundo real por intermedio de las connotaciones, sino un esquema estructural evolutivo que las connotaciones (las diferencias inesenciales) fijan, estereo-tipan y hacen regresar. El dinamismo estructural de la técnica se fija al nivel de los objetos en la subjetividad diferencial del sistema cultural, el cual repercute en el orden técnico.

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A. EL SISTEMA FUNCIONAL

O EL DISCURSO OBJETIVO

I

LAS ESTRUCTURAS DE COLOCACIÓN

EL ENTORNO TRADICIONAL

La configuración del mobiliario es una imagen fiel de las estructuras familiares y sociales de una época. El interior burgués prototípico es de orden patriarcal: está constituido por el conjunto comedor–dormitorio.

Los muebles, diversos en cuanto a su función, pero ampliamente integrados, gravitan en torno al aparador del comedor o la cama colocada en el medio. Hay tendencia a la acumulación y a la ocupación del espacio, a su cierre. Infuncionalidad, inamovilidad, presencia imponente y etiqueta jerárquica. Cada habitación tiene un destino estricto, que corresponde a las diversas funciones de la célula familiar, y nos remite, más allá, a una concepción de la persona en la que se la ve como un conjunto equilibrado de distintas facultades.

Los muebles se miran, se molestan, se implican en una unidad que no es tanto espacial como de orden moral.

Se ordenan alrededor de un eje que asegura la crono-logía regular de las conductas: la presencia perpetuamente simbolizada de la familia ante sí misma. En este espacio privado, cada mueble, cada habitación, a su vez, interioriza su función y se reviste de dignidad simbólica; la casa entera lleva a su término la integración de las relaciones personales en el grupo semicerrado de la familia.

Todo esto compone un organismo cuya estructura es la relación patriarcal de tradición y de autoridad, y cuyo corazón es la relación afectiva compleja que liga 13

a todos sus miembros. Este hogar es un espacio específico que no se preocupa mucho de un ordenamiento objetivo, pues los muebles y los objetos tienen como función, en primer lugar, personificar las relaciones humanas, poblar el espacio que comparten y poseer un alma.1 La dimensión real en la que viven está cautiva en la dimensión moral a la cual deben significar. Tienen tan poca autonomía en este espacio como los diversos miembros de la familia tienen en la sociedad. Además, seres y objetos están ligados, y los objetos cobran en esta complicidad una densidad, un valor afectivo que se ha convenido en llamar su “presencia”. Lo que constituye la profundidad de las casas de la infancia, la impresión que dejan en el recuerdo es evidentemente esta estructura compleja de interioridad, en la que los objetos pintan ante nuestros ojos los límites de una configuración simbólica llamada morada. El antagonismo entre interior y exterior, su oposición formal bajo el signo social de la propiedad y bajo el signo psicológico de la inmanencia de la familia, hace de este espacio tradicional una trascendencia cerrada. Antropomórficos, estos dioses lares que son los objetos se vuelven, al encarnar en el espacio los lazos afectivos y la permanencia del grupo, suavemente inmortales hasta que una generación moderna los relega o los dispersa, o a veces los reinstaura en una actualidad nostálgica de objetos viejos. Como sucede con los dioses a menudo, los muebles tienen también a veces la oportunidad de una segunda existencia, y pasan del uso ingenuo al barroco cultural.

El orden del comedor y de la recámara, esa estructura mobiliaria ligada a la estructura inmobiliaria de la casa es todavía la que propaga la publicidad en un vasto público. Lévitan y las Galerías Barbès siguen pro-poniendo al gusto colectivo las normas del conjunto 1 Por lo demás, pueden tener gusto y estilo, así como no tenerlo.

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“decorativo”, aun cuando las líneas se hayan “estilizado” y aun cuando la decoración haya perdido su afectación. Si estos muebles se venden, no es porque sean menos caros, sino porque llevan en sí la certidumbre oficial del grupo y la sanción burguesa. Y es también porque estos muebles–monumentos (aparador, cama, ropero) y su arreglo recíproco responden a una persis-tencia de las estructuras familiares tradicionales en capas muy grandes de la sociedad moderna.

EL OBJETO MODERNO LIBERADO DE SU FUNCIÓN

Al mismo tiempo que cambian las relaciones del individuo con la familia y con la sociedad, cambia el estilo de los objetos mobiliarios. Sofás cama, camas de rincón, mesas bajas, estanterías, son elementos que sustituyen al antiguo repertorio de muebles. La organización cambia también: la cama se convierte en sofá cama, el aparador y los roperos en alacenas ocultables. Las cosas se repliegan y se despliegan, desaparecen, entran en escena en el momento deseado. No cabe duda que estas innovaciones no constituyen de ninguna manera una improvisación libre: las más de las veces, esta mayor movilidad, conmutabilidad y oportunidad no es sino el resultado de una adaptación forzosa a la falta de espacio. Es la pobreza la que da lugar a la invención. Y si el antiguo comedor estaba cargado de una pesada convención moral, los interiores “modernos”, por su ingenio, dejan la impresión, a menudo, de ser expedientes funcionales. La “falta de estilo” es, en primer lugar, una falta de espacio, y la funcionalidad máxima una solución desdichada en la que la intimidad, sin perder su cierre, pierde su organización interior. La desestructuración sin reconversión del espacio y de la presencia de los objetos es, en primer lugar, un empobrecimiento.

Así se presenta el conjunto moderno de serie: desestructurado, pero no reestructurado, pues nada com-15

pensa el poder de expresión del antiguo orden simbó-

lico. Sin embargo hay progreso: entre el individuo y estos objetos más livianos en su uso, que no ejercen ni simbolizan el constreñimiento moral, media una relación más liberal: el individuo ya no es estrictamente relativo a la familia a través de ellos.2 Encuentra en su movilidad, en su multifuncionalidad una mayor libertad de organización, reflejo de una mayor disponibilidad en sus relaciones sociales. Pero esto no es más que una suerte de liberación parcial. Al nivel del objeto de serie, en ausencia de una reestructuración del espacio, esta evolución “funcional” no es, para decirlo con la definición marxiana, más que una emancipación, y no una liberación, puesto que no significa más que la liberación de la función del objeto y no del objeto mismo. Esta mesa neutra, ligera, escamoteable, esta ca-ma sin patas, sin armazón, sin dosel, es una suerte de grado cero de la cama; todos estos objetos de líneas

“puras” que ni siquiera tienen un aire de que lo son, reducidos a su más simple instrumental y definitivamente secularizados por así decirlo: lo que está liberado en ellos, y que, al liberarse, ha liberado algo en el hombre (o que el hombre, al liberarse, ha liberado en ellos), es su función. Ésta ya no queda disfrazada por la tea-tralidad moral de los viejos muebles, se ha separado del rito y de la etiqueta de toda una ideología que hacían del ambiente el espejo opaco de una estructura humana reificada. Hoy en día, por último, los objetos dejan traslucir claramente qué es aquello para lo cual sirven.

Así, pues, son libres, como objetos de función, es decir, que tienen la libertad de funcionar y (por lo que respecta a los objetos de serie) prácticamente no tienen más que ésta.3

2 Pero hay que preguntarse si no se convierte, por lo mismo, en relativo a través de ellos a la sociedad global. A este respecto, véase “Modelos y Series”.

3 De igual manera la revolución burguesa e industrial libera poco a poco al individuo de la implicación religiosa, 16

Ahora bien, mientras el objeto no está liberado más que en su función, el hombre, recíprocamente, no está liberado más que como utilizador de este objeto. Una vez más, esto es un progreso, pero no un momento decisivo. Una cama es una cama, una silla una silla: no hay relación entre ellas mientras no sirven más que para lo que sirven. Sin relación no hay espacio, pues el espacio no existe sino abierto, suscitado, ritmado, ampliado por una correlación de los objetos y un rebasamiento de su función en esta nueva estructura. El espacio es, de alguna manera, la libertad real del objeto; su función no es más que su libertad formal. El comedor burgués estaba estructurado, pero era una estructura cerrada. El ambiente funcional es más abierto, más libre, pero está desestructurado, fragmentado en sus diversas funciones. Entre los dos, en la cisura entre espacio psicológico integrado y espacio funcional fragmentado, los objetos de serie se mueven, testigos del uno y del otro, a menudo dentro del marco de un mismo interior.

EL INTERIOR MODELO

Los elementos

Este espacio que no se puede encontrar, que no será ya ni la exterioridad constreñimiento, ni la interioridad refugio, esta libertad, este “estilo” ilegible en el objeto de serie porque está esclavizado por su función, lo halla-moral, familiar, y le permite alcanzar una libertad de derecho en tanto hombre, pero una libertad de hecho en cuanto fuerza de trabajo, es decir, que tiene la libertad de venderse como tal. Esto no es una coincidencia, sino una correlación profunda. El objeto “funcional” de serie, como el individuo social, están liberados en su objetivación “funcional”, no en su singularidad y su totalidad de objeto o de persona.

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mos presente en los interiores modelo. Allí se destacan una estructura nueva y una evolución significativa.4

Al hojear esas revistas lujosas como son la Maison Française, Mobilier et Décoration, etc.,5 se observa la alternación de dos temas: una parte sublime de casas sin igual, viejas moradas del siglo dieciocho, villas mi-lagrosamente arregladas, jardines italianos calentados con infrarrojos y poblados de estatuillas etruscas, en pocas palabras, el mundo de lo único, que nos obliga a la contemplación sin esperanza (siquiera sociológicamente razonable). Allí están los modelos aristocráticos que subtienden, con su valor absoluto, a la otra parte: la de la decoración de interiores modernos. Los objetos y los muebles aquí propuestos, aun cuando posean un elevado “rango”, tienen no obstante una incidencia sociológica, ya no son creaciones de ensueño, sin carácter comercial, sino que son, en sentido propio, modelos.

Ya no nos encontramos en el reino del arte puro, sino en un dominio que (virtualmente, por lo menos) interesa a toda la sociedad.

Estos modelos de la vanguardia mobiliaria se ordenan conforme a una oposición fundamental: ELEMENTOS–ASIENTOS y el imperativo práctico al cual obedecen es el de la COLOCACIÓN, o cálculo sintagmá-

tico, al cual se opone, como los asientos a los elementos, el concepto general de AMBIENTE.*

“TECMA: elementos extensibles y yuxtaponibles, que se pueden transformar y agrandar; armoniosos, cons-4 Así, pues, a un nivel privilegiado. Y existe un problema sociológico y social en el hecho de que un grupo restringido tenga la libertad concreta de expresarse, a través de sus objetos y de sus muebles, como modelo a juicio de una sociedad entera. Pero este problema lo comentaremos en otra parte (“Modelos y series”).

5 Es inconcebible una revista consagrada a los muebles de serie: para esto sólo hay catálogos.

* En toda la obra, ambiance se traducirá por ambiente, environment por entorno. [T.]

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tituyen un mobiliario de perfecta homogeneidad; funcionales, satisfacen todos los imperativos de la vida moderna. Satisfacen todas sus exigencias: biblioteca, bar radio, armario, closet, escritorio, cofre, cómoda, vajillero, vitrina, archivero, mesa ocultable.

”TECMA se hace con madera de teca aceitada o acajú barnizado.”

”ÓSCAR: componga, con sus propias manos, su ambiente ÓSCAR. ¡Apasionantemente inédito!, el mueblo-rama ÓSCAR es un juego de elementos preseparados.

”¡Descubra el placer de componer el modelo reducido de su mueble en relieve, en colores y a escala de su mano! ¡Usted lo crea, lo transforma, en su casa, a su antojo!

”¡Con toda confianza, encargue usted el mueble ÓSCAR, original y personal, orgullo de su hogar!”

“MONOPOLY: cada conjunto MONOPOLY es el mejor amigo de su personalidad. Sistema de ebanistería de gran calidad, en madera de teca o de makoré con ensamblajes y junturas invisibles dotados de elementos de 4 caras, que permiten la composición infinitamente variada de verdaderos mobiliarios adaptados a su gusto, a su espacio, en función de sus necesidades.

”Elementos monobloques multicombinables: usted los adoptará para crear también, en su casa, esa atmósfera refinada con la que sueña.”

Estos ejemplos ponen de relieve la superación del objeto–función hacia un nuevo orden práctico de organización. Los valores simbólicos y los valores de uso se esfuman detrás de los valores organizacionales. Sustancia y forma de los antiguos muebles quedan definitivamente abandonadas por un juego de funciones extre-madamente libres. Ya no se da a los objetos un “alma”

y ellos ya no lo divierten a uno con su presencia simbólica. La relación es objetiva, es una relación de dis-19

posición o arreglo y de juego. El valor que cobra ya no es instintivo y psicológico, sino táctico. Son las diferencias y las acciones de vuestro juego las que os señalan; no el secreto de la relación singular. Se ha suprimido un cierre fundamental, paralelamente a una modificación sensible de las estructuras sociales e interpersonales.

Los muros y la luz

Las habitaciones y la casa misma rebasan la separación tradicional de la pared que las convertía en espacios-refugio. Las habitaciones se abren, todo comunica, se fragmentan en ángulos, en zonas difusas, en sectores móviles. Se liberalizan. Las ventanas ya no son esos orificios impuestos a la irrupción del aire y de la luz, la cual venía desde el exterior a posarse sobre los objetos, para iluminarlos “como desde el interior”. Más simplemente, ya no hay ventanas y la luz, que interviene libremente, se ha convertido en función universal de la existencia de las cosas. De igual manera, los objetos han perdido la sustancia que les daba fundamento, la forma que los encerraba y a través de la cual el hombre los anexaba a la imagen de sí mismo. Ahora es el espacio el que juega libremente entre ellos y se convierte en la función universal de sus relaciones y de sus “valores”.

La iluminación

En el mismo orden de evolución, muchos de los detalles son significativos: por ejemplo, la tendencia a di-simular las fuentes luminosas. “Una retracción del techo abriga, a todo su alrededor, tubos de neón que aseguran una iluminación general disimulada.” “Iluminación uniforme por una batería de luces disimuladas en diversos puntos: en la cavidad del plafón que 20

corre a todo lo largo del cielo raso, detrás de la parte superior a lo largo del mueble, debajo de las repisas, etcétera.” Es como si la fuente de luz fuese todavía un recuerdo del origen de las cosas. Incluso cuando ya no ilumine desde el techo al círculo familiar, incluso dispersada y multiplicada, es todavía el signo de una intimidad privilegiada; da un valor singular a las cosas, crea sombras, inventa presencias. Se comprende que un sistema que tiende al cálculo objetivo de elementos simples y homogéneos quiera borrar hasta este último signo de irradiación interior y de investidura simbólica de las cosas por la mirada o el deseo.

Espejos y retratos

Otro síntoma: la desaparición de las lunas y del espejo. Habría que hacer una psicosociología del espejo, después de tanta metafísica. El medio campesino tradicional ignora la luna, quizá incluso la teme. Tiene al-go de bruja. El interior burgués, por lo contrario, y lo que resta del mismo en el mobiliario actual de serie, multiplica los espejos en los muros, en los armarios, en las mesitas para retirar el servicio, en los aparadores, en los paneles. Como la fuente luminosa, la luna es un lugar privilegiado de la habitación. Por esta razón, desempeña por doquier, en la domesticidad acomodada, su papel ideológico de redundancia, de superfluidad, de reflejo: es un objeto rico, en el que la práctica respetuosa de sí misma de la persona burguesa encuentra el privilegio de multiplicar su apariencia y de jugar con sus bienes. Digamos, en términos más generales, que el espejo, objeto de orden simbólico, no sólo refleja los rasgos del individuo, sino que acompaña en su desarrollo el desarrollo histórico de la conciencia individual. Así, pues, expresa todo un orden social: no es cosa fortuita que el siglo de Luis XIV se resuma en la Galería de los Espejos y que más recientemente la pro-21

liferación de las lunas de los apartamientos coincida con la del fariseísmo triunfante de la conciencia burguesa, desde Napoleón III hasta el modern style, Pero las cosas han cambiado. En el conjunto funcional, el reflejo por el reflejo mismo ya no tiene cabida. El espejo sigue existiendo, cobra su función exacta en el baño, sin marco. Consagrado al cuidado preciso de la apariencia que exige el trato social, se libera de los adornos y de los prestigios de la subjetividad doméstica.

Por lo mismo, los demás objetos quedan liberados de él, y ya no sienten la tentación de vivir en circuito cerrado con su imagen. Pues el espejo limita el espacio, supone la pared, remite hacia el centro: cuantos más espejos hay, tanto más gloriosa es la intimidad de la habitación, pero también más circunscrita está a sí misma. La tendencia actual a multiplicar las aperturas y las paredes transparentes va propiamente en sentido contrario. (Además, todos los trucos permitidos por el espejo chocan con la exigencia actual de sinceridad o franqueza de los materiales.) Ha sido roto un círculo y hay que reconocerle al orden moderno una lógica real cuando elimina, al mismo tiempo que las fuentes luminosas centrales, o demasiado visibles, los espejos que la reflejaban, es decir, al mismo tiempo, todo foco y todo retorno al centro, liberando al espacio de ese estrabismo convergente que, a imagen de la conciencia burguesa, hacía que la decoración se hiciese biz-cos a sí misma.6

Otra cosa más, paralelamente al espejo, ha desaparecido: es el retrato de familia, la fotografía de casa-miento en el cuarto de dormir, el retrato de pie o de medio cuerpo del propietario, en la sala, el rostro enmarcado de los niños por doquier. Todo esto, que constituye, en cierta manera, el espejo diacrónico de la 6 El espejo aparece a veces, pero conforme al modo cultural barroco, como objeto segundo: espejo romántico, luna antigua, espejo convexo. Su función ya no es la misma y más adelante la analizaremos en el examen de los objetos antiguos.

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familia, desaparece, con los espejos reales, al llegar a un determinado nivel de modernidad (cuya difusión es todavía relativamente modesta). Incluso la obra de arte, original o reproducida, ya no entra en la composición como un valor absoluto, sino de acuerdo a un modo combinatorio. El éxito del grabado en la decoración, en vez del cuadro, se explica, entre otras cosas, porque tiene un valor absoluto menos grande, y por consiguiente un mayor valor asociativo. Lo mismo que la lámpara o el espejo, ningún objeto debe convertirse en un foco demasiado intenso.

El reloj* y el tiempo

Otra ilusión que ha desaparecido en el interior moderno es la del tiempo. Ha desaparecido un objeto esencial, el reloj o el péndulo. Recordemos que si la habitación campesina tiene como centro el fuego y la chimenea, el reloj es también un elemento majestuoso y vivo. En el interior burgués o pequeñoburgués se convierte en reloj de péndulo que a menudo remata la chimenea de mármol, la cual a su vez está dominada a menudo por el gran espejo, constituyendo todo esto el más extraordinario resumen simbólico de la domesticidad burguesa. Pues el reloj es el equivalente, en el tiempo, del espejo en el espacio. Tal y como la relación con la imagen del espejo instituye un cierre y una suerte de introyección del espacio, el reloj es, paradójicamente, símbolo de permanencia y de introyección del tiempo.

Los relojes campesinos son algunos de los objetos más solicitados; y es que son ellos precisamente, puesto que captan el tiempo sin sorpresa en la intimidad de un mueble, lo que de más tranquilizador hay en el mundo.

La cronometría es angustiosa cuando nos sujeta a las tareas sociales, pero es tranquilizadora cuando se cuantifica

* Se refiere al reloj de pared, de repisa, de chimenea, de pie, etc., no al de bolsillo o pulsera. [T.]

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el tiempo y lo corta como un objeto que se consume.

Todo el mundo ha experimentado de qué manera el tictac de un reloj consagra la intimidad de un lugar.

Y es porque lo hace semejante al interior de nuestro propio cuerpo. El reloj es un corazón metálico que nos tranquiliza respecto de nuestro propio corazón. Es este proceso de inclusión, de asimilación de la sustancia temporal, es esta presencia de la duración la que es recusada, por la misma razón que todos los demás focos de involución, por un orden moderno que es orden de exterioridad, de espacio y de relación objetiva.

¿HACIA UNA SOCIOLOGÍA DE LA COLOCACIÓN?

Todo el universo de la Stimmung ha desaparecido, el del unísono “natural” de los movimientos del alma y de la presencia de las cosas: el ambiente interiorizado (en contraposición al ambiente exteriorizado de los “interiores” modernos). En la actualidad, el valor ya no es de apropiación, ni de intimidad, sino de información, de invención, de control, de disponibilidad continua, con mensajes objetivos; está en el cálculo sintagmático, que funda propiamente el discurso del habitante moderno.

Lo que ha cambiado completamente es la concepción de la decoración. El gusto tradicional, como determinación de lo bello de acuerdo con las afinidades secretas, ya no tiene cabida aquí. Era un discurso poético, una evocación de objetos cerrados que se responden: hoy en día, los objetos no se responden, comunican; ya no tienen presencia singular sino, en el mejor de los casos, una coherencia de conjunto, constituida por su simplificación como elementos de código y por el cálculo de sus relaciones. Conforme a una combinatoria ilimitada, el hombre establece con ello su discurso estructural.

La publicidad impone por doquier este nuevo modo de decoración: “¡haga una casa de tres habitaciones, 24

habitable y coherente, en 30 metros cuadrados!”, “¡mul-tiplique su apartamiento por cuatro!” En términos más generales, habla de interior y de amueblamiento en función de “problema” y “solución”. Más que en el

“gusto”, es allí donde reside el sentido actual de la decoración: ya no se trata de implantar un teatro de objetos, o de crear una atmósfera, sino de resolver un problema, de proporcionar la respuesta más sutil a un traslapamiento de datos, de movilizar un espacio.

Al nivel de los objetos de serie, la posibilidad de este discurso funcional es reducida. Objetos y muebles son elementos dispersados, cuya sintaxis no se ha encontrado: si hay cálculo de colocación, es un cálculo mínimo, y los objetos resultan pobres en su abstracción. Sin embargo, esta abstracción es necesaria: es la que da fundamento, al nivel del modelo, a la homogeneidad de los términos del juego funcional. En primer lugar, es necesario que el hombre deje de meterse con las cosas, de investirlas con su imagen para poder después, más allá del uso que hace de ellas, proyectar su juego sobre las cosas, su cálculo, su discurso, y hacer aparecer este mismo juego como mensaje a los demás y para sí mismo. En esta etapa, el modo de existencia de los objetos–“ambiente” cambia totalmente, y a una sociología del mueble la sucede una sociología de la colocación.7

7 R. Barthes describe esta nueva fase a propósito del automóvil: “...la uniformidad de los modelos parece conde-nar la idea misma de funcionamiento técnico: la conducción

‘normal’ se convierte entonces en el único campo donde es posible investirlo de los fantasmas de potencia e invención.

El automóvil trasmite su poder fantasmagórico a un determinado conjunto de prácticas. Puesto que ya no se puede jugar con el objeto mismo, se jugará con la conducción. Ya no son las formas y las funciones del automóvil las que solicitarán el sueño humano, sino que lo será su manejo, y dentro de poco, tal vez, no habrá que escribir una mitología del automóvil, sino una mitología de la conducción”. Réalités, núm.

213, octubre de 1963.

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EL HOMBRE DE COLOCACIÓN

Vemos que el nuevo tipo de habitante que se propone como modelo es el “hombre de colocación”; no es ni propietario ni simplemente usuario, sino que es un in-formador activo del ambiente. Dispone del espacio como de una estructura de distribución; a través del control de este espacio, dispone de todas las posibilidades de relaciones recíprocas y, por lo tanto, de la totalidad de los papeles que pueden desempeñar los objetos. (Por consiguiente, él mismo debe ser “funcional”, homogéneo a este espacio, si quiere que los mensajes de colocación puedan partir de él y llegar a él.) Lo que le importa no es ni la posesión, ni el disfrute, sino la responsabilidad, en el sentido propio de que es él quien arregla la posibilidad permanente de “respuestas”. Su praxis es pura exterioridad. El habitante moderno no “consume”

sus objetos. (En esto tampoco tiene nada que ver el

“gusto”, el cual nos remite, en su doble sentido, a objetos cerrados, cuya forma contiene, por así decirlo, una sustancia “comestible”, que los hace interiorizables.) Los domina, los controla, los ordena. Se encuentra a sí mismo en la manipulación y en el equilibrio táctico de un sistema.

Hay en este modelo de habitante “funcional” una evidente abstracción. La publicidad nos quiere hacer creer que el hombre moderno ya no siente en el fondo necesidad de sus objetos, que lo único que tiene que hacer es operar entre ellos como técnico inteligente de las comunicaciones. Ahora bien, el ambiente es un modo de existencia vivido y por consiguiente es una gran abstracción aplicarle modelos de computación y de información tomados del dominio de la técnica pura. Además, este juego objetivo va acompañado de todo un léxico ambiguo: “a su gusto”, “a su medida”, “personalización”, “este ambiente será su ambiente”, etc., que parece contradecirlo y de hecho le sirve de coartada.

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Al juego objetivo propuesto al hombre de colocación el doble juego de la publicidad lo vuelve a tomar siempre por su cuenta. Sin embargo, la lógica misma de este juego trae consigo la imagen de una estrategia general de las relaciones humanas, de un proyecto humano, de un modus vivendi de la era técnica; verdadero cambio de civilización cuyos aspectos se pueden observar inclusive en la vida cotidiana.

El objeto: ese figurante humilde y receptivo, esa suerte de esclavo psicológico y de confidente, tal y co-mo fue vivido en la cotidianidad tradicional e ilustra-do por todo el arte occidental hasta nuestros días, ese objeto fue el reflejo de un orden total ligado a una concepción bien definida de la decoración y de la perspectiva, de la sustancia y de la forma. Conforme a esta concepción, la forma es una frontera absoluta entre el interior y el exterior. Es un continente fijo, y el exterior es sustancia. Los objetos tienen así (sobre todo los muebles), aparte de su función práctica, una función primordial de recipiente, de vaso de lo imaginario.8 A lo cual corresponde su receptividad psicoló-

gica. Son así el reflejo de una visión del mundo en la que cada ser es concebido como un “recipiente de interioridad”, y a las relaciones como correlaciones trascendentes de las sustancias; siendo la casa misma el equivalente simbólico del cuerpo humano, cuyo poderoso esquema orgánico se generaliza después en un esquema ideal de integración de las estructuras sociales.

Todo esto compone un modo total de vida, cuyo orden fundamental es el de la Naturaleza, considerada como sustancia original de la cual se desprende el valor. En 8 Sin embargo, en la organización simbólica parece operar una ley de dimensión: más allá de un determinado tamaño, todo objeto, incluso de evocación fálica (vehículo, cohete) se convierte en receptáculo, en vaso, en útero; más acá de una determinada talla, es fálico (incluso si es vasijo u objeto de adorno).