El Tamarisco por Miguel Jancich - muestra HTML

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“El Tamarisco”

{el libro de ayer}

(2018)

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El ayer es una puerta abierta para los que

partieron, escribió Iggy Pop en “The

departed”. Es una imagen interesante, muy

lograda y certera. Si algún pensador de

nombre raro o algún divulgador científico dijo algo parecido no me importa, en lo que a mí

respecta ese concepto llegó a través del padre del punk.

Esa fue la chispa que me inspiró a escribir

esto, algo que venía pensando y no sabía cómo encarar. Y así será entonces, cuestión de hacer memoria y hablar de lo que ha pasado por esa

puerta. No todo lo que atraviesa la puerta del ayer desaparece y eso es lo realmente jugoso

amigos, lo que permanece con nosotros ya sea

en forma de aire o como parte de nuestra

realidad cotidiana. Un desfile desordenado de parientes, mascotas, juguetes, lugares,

comidas o ¡hasta árboles! Y no es cuestión de hacer algo tipo “ah…cuando yo era un

niño…bla, bla…” porque sería un zapatazo en

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la frente, la idea es recordar pero no

solamente cosas del año del pedo sino cosas

que pasaron hace poco y también son

especiales. Casi todo lo que nos pasa en la

vida es siempre gracias a alguien o a algo. Los amigos no aparecen porque son todos muy

especiales y sería injusto olvidarse de alguno, pero de alguna forma están presentes,

seguramente.

Respetables lectores, les presento:

“El tamarisco”, el libro de ayer.

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NAVIDAD EN GREGORES

Es muy común escuchar a la gente decir

que la navidad no le importa, que es un día

como cualquier otro, etc.

Pero cuando uno es chico eso es diferente,

hay magia ahí, hay sueños y deseos. Las

navidades que pasé en mi pueblo fueron

todo lo mágicas que un chico puede pedir,

con risas de familiares que en ese entonces

no estaban peleados (o uno no se daba

cuenta), música tocada ahí mismo en vivo,

baile, comida rica y regalos. En ese tiempo

en mi mundo sólo estábamos mi hermana

Gaby y yo, jugando todo el día y el

momento de abrir los regalos era lo mejor

del universo.

Éramos una familia de trabajadores pero

nunca nadie se quedaba sin su regalo:

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pelotas de plástico, camioncitos,

animalitos de goma, muñecas, juegos de

cocina o de taller, ese tipo de cosas. No

existían las tablets ni los celulares y de

haber existido seguramente no los hubieran

comprado. Algo que siempre recuerdo es

un libro llamado ”El cuervo Banjo” que

me regalaron mis viejos y que fue lo

primero que leí con entusiasmo, lo tenía

debajo de la almohada y me ponía contento

cuando se hacía de noche porque sabía que

iba a poder leerlo.

Para esa noche nos vestían como para ir al

Colón, peinados impecables, ropa limpia y

casi siempre zapatos nuevos. Eso nunca

fue buena idea porque mi mamá nos tenía

listos a las 7 de la tarde y pretendía que

estemos sentados sin ensuciarnos hasta la

noche. Imposible.

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Gregores es un pueblo muy chico pero en

ese entonces era más bien un barrio. Todo

el mundo se saludaba con cariño genuino,

sin compromiso, solamente se alegraban

de ver bien a un vecino, sin espiar que auto

se compró o con quién sale la hija. Esos

puteríos no existen en el mundo de los

niños.

Había siempre un olor rico en el aire que

no estaba todo el tiempo, parecía que era

exclusivo para navidad: una mezcla del

cajón de leña de mis abuelos con asado,

confites, pan dulce, la panadería de mi

abuela y ese aire fresco que aún hoy

conservan los pueblitos perdidos. Aires de

paz que el viento nos acerca si nos

portamos bien para que cuando seamos

grandes nos acordemos de quienes fuimos.

Ese niño es el que nos va a salvar de hacer

cagadas futuras.

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EL ABUELO ARNOLDO

Mi abuelo materno fue todo un personaje

en mi pueblo y en mi infancia. Un hombre

bueno, buenísimo, de voz suave y alegre.

Manos enormes y pelo rubio. Hincha de

San Lorenzo.

Le gustaba silbar bajito, sin estridencias.

Cuando querías saber dónde andaba el

abuelo sólo tenías que afinar el oído y

encontrar el silbido en el aire. Ahí andaba,

en el patio, en el galpón o a la orilla del

cerco entre los tamariscos saludando a todo

el mundo. Don León. Un capo. Según me

contaron fue un tipo bravo de joven, un

jefe justo pero muy severo. Yo jamás lo vi

discutir ni enojarse con nadie. Salvo la vez

que con mi hermana le tiramos un baldazo

de agua sucia mientras limpiaba la pileta

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en nuestra casa de paso del Rey. Pura

maldad.

La máxima pasión de mi abuelo era dormir

la siesta en su camioneta, una Ford del 73

celeste y marfil. Se dormía con los pies

saliendo por la ventana y en esos

momentos de la tarde Gregorense ¡nadie

hacía ruido! Por puro respeto. Yo a veces

lo observaba en su viaje siestero y me

preguntaba dónde iría el abuelo un sus

sueños, que lugares visitaría. Seguramente

algún rincón en el campo, algún asado,

quizá un corral lleno de ovejas… era de

oficio hojalatero y hacía cosas

maravillosas con esas máquinas llenas de

rodillos de acero que yo tocaba cuando no

me vigilaba. La mitad del pueblo tiene las

canaletas del techo o las chimeneas con

sombrerete hechas por mi abuelo.

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Cuando sea viejo quisiera poder dormir

esas siestas en mi Chevrolet 400.

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LA ABUELA ADELINA

El abuelo Arnoldo es la mitad de la

historia, la otra parte es Doña Adelina, la

panadera del pueblo. La señora levantaba

las bolsas de harina como si fueran

almohadones, las volcaba en la amasadora

y ahí empezaba el día: hacer el pan, las

tortas fritas, las facturas, la parte de

rotisería, atender el almacén y a los

proveedores. Todo sonriendo. Su risa es

algo que siempre voy a recordar, cuando

llegábamos a visitarla nos recibía con una

alegría que no le entraba en el cuerpo. Nos

llenaba de comida, caramelos, lo que

tuviera a mano y cuando nos estábamos

por ir me llamaba aparte y me daba algún

billete, a escondidas para que mi viejo no

se enoje.

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Mi abuela tenía una fuerza descomunal,

recuerdo una vez que un tío estaba tratando

de destapar algo del motor del auto y no

podía porque estaba muy apretado, yo lo vi

y le dije “esperá que llamo a la abuela” y

todos me miraron extrañados. Vino Doña

Adelina comiendo una torta frita y con una

mano desenroscó la tapa ante la carcajada

de todo el mundo.

Le escribí una canción con su nombre pero

no alcanza a describir lo gigante que es

esta mujer. De todas formas le puse un

silbido al tema, como el que hacía mi

abuelo, para que estén siempre juntos cada

vez que alguien escuche la canción.

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JUGUETES

Siempre me gustaron mucho los juguetes,

es el objeto más noble que existe porque

da felicidad sin pedir nada a cambio. Un

juguete sólo puede dar felicidad. Tuve

muchos y muy variados pero algunos aún

hoy dan vueltas por mi cabeza. Fui chico

en la época en que las empresas

prosperaban y el trabajo daba dignidad a la

gente. ¡Y los camioncitos eran lo más!

Tuve una verdadera flota de maquinaria

Duravit y otras marcas menos famosas.

Recuerdo especialmente un camión tanque

gigante, de plástico duro que recorrió

kilómetros en la estancia Alquinta atado a

un hilo. Barro, nieve, piedras, nada detenía

esos viajes silenciosos. Los trabajadores de

la estancia respetaban mis caminos y no

los pisaban, a veces se desviaban bastante

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de su recorrido para no entorpecer mi obra

rutera. Ya de grande me encantaba

comprar autitos de colección para mi hijo,

esas miniaturas que parecen reales y que

invitan a mirarlas largo rato.

Tuve una topadora a pila, un robot a

control remoto, helicópteros, muchas

pelotas y un gran tren eléctrico que me

apasionaba (como a Neil Young). También

un escalectric buenísimo.

Otra de mis pasiones eran las bolitas pero

no para jugar “a la bolita” si no para

organizar partidos de fútbol en donde los

jugadores eran las bolitas. Todas tenían

nombre: Shereman, Bolillero, Marroncita,

Amarillo, etc. También me encantaba jugar

con una lata llena de botones que tenía mi

abuela Amábila, un universo de formas,

colores y tamaños. Botones de los de antes,

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con diseños hermosos aunque fueran para

usar en ropa de trabajo porque a la gente le

gustaban las cosas bien hechas. Antes se

cuidaban estos detalles, ahora los hombres

se alisan la barba en la peluquería.

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MASCOTAS

Las mascotas también son vitales para la

mayoría de los chicos. Yo tuve un millón

de perros, algunos gatos, lagartijas,

tortugas, una yegua, pajaritos, hamsters,

zorros, peces…

Pero por sobre todos esos queridos

bicharracos resalta un perrazo gigante que

se llamaba Duque. Era mitad pastor

alemán y mitad dogo. Esa mezcla

explosiva dio como resultado el perro más

bueno que se puedan imaginar. Dulce,

noble y muy inteligente. Tenía una mirada

impresionante con unos ojos de un color

marrón amarillento muy brillantes. Cuando

lo sacaba a pasear me sentaba en un

paredón a mirar el baldío y los autos que

pasaban, Duque se sentaba a mi lado

inmóvil y cuando yo lo miraba de reojo

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movía la cola. ¡Yo miraba para otro lado y

otra vez se quedaba quieto, lo miraba de

reojo y otra vez a revolear la cola! Eso

siempre terminaba con una risa y un

abrazo a mi perro. Nunca volví a tener una

conexión así con otro animalito.

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ESTANCIA ALQUINTA

En ese lugar aprendí muchísimas cosas: a

manejar en una F100 amarilla preciosa, a

disparar rifles y revólveres varios, a andar

a caballo, a pescar, a trabajar como bestia,

a tomar vino en bota, a cuerear zorros y

liebres, a tratar con la gente de campo, a

tocar la guitarra en asados (cosa que nunca

más volví a hacer), a carnear ovejas y la

regla de oro: los corderos del vecino son

más ricos. Debo haber comido una

tonelada de carne asada en ese lugar,

rodeado de sauces, chapas y tierra suelta

que había que regar si había viento para

que no se pegara en el asado. Un señor

chileno llamado Saturio cocinaba el

cordero en una especie de espiedo gigante,

con un palo que iba girando durante las

dos o tres horas que tardaba en cocinarse.

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Yo lo observaba asombrado. Una de las

comidas más ricas que comí en mi vida. Se

trabajaba muy duro pero el premio eran

estas cosas y no había jefes y peones a la

hora de compartir. Todos iguales. A las 6

de la mañana nos levantábamos y salíamos

al campo, tipo 10 tomábamos café en un

jarro enlozado demedio litro con un pedazo

de carne al horno y seguíamos hasta el

mediodía donde parábamos a comer de

nuevo. A las dos de la tarde otra vez a

trabajar hasta la hora del té y de ahí hasta

la cena a las siete. El cocinero golpeaba un

fierro que había colgado afuera de la

cocina cuando la comida estaba lista.

Muchas veces se invitaba a comer a algún

pasajero que andaba en busca de trabajo, se

le daba comida y cama y de esa forma

podía continuar si viaje con la panza llena.

[19]

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A veces cuando había poco laburo mi viejo

me prestaba la camioneta para que aprenda

a manejar. Yo abría la puerta y sentía ese

aroma mezcla de cuerina con nafta y me

temblaban las piernas de felicidad. Miraba

el tablero, el parabrisas con marcas de

piedrazos de la ruta, el portallaves

cromado, el asiento gigantesco. Una nave

espacial. Y salía, con cuidado manejando

esa bestia de ocho cilindros que te llevaba

a la luna si era necesario. Muchas veces vi

a esa camioneta salir de lugares

imposibles, tapada en barro o trepar

cuestas que no las trepan ni en las

publicidades de 4 x 4.

Uno de los recuerdos más impresionantes

de mi niñez es de cuando terminaba el

trabajo de la estancia, tipo 6 de la tarde y

yo ensillaba algún caballo y me iba a

pescar solo. Llegaba al río, hacía un

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fueguito para el mate y me ponía a pescar.

Pasaba horas escuchando el río y sintiendo

el atardecer en los huesos. Hoy la mayoría

de esos lugares están cerrados con candado

debido a basura política. El mundo del

niño choca con el mundo adulto.

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MI VIEJO

Mi papá dejó el pellejo en cada trabajo

pero en el campo es donde lo he visto

hacer verdaderas proezas. Desde dormir en

un galpón tapado con bolsones de arpillera

hasta trabajar con la pierna subida a una

baranda para evitar el sangrado tras un

corte profundo de cuchillo, pasando por

horas apoyando la cara contra la ventana

helada en invierno para aliviar un dolor de

muelas o poner en su lugar a algún

mamado que quería probar si el jefe

realmente se la aguantaba. Vaya si se la

aguantaba. Caminaba el viejo y temblaban

los galpones. Nunca necesitó disfrazarse de

Martín Fierro para ser bien criollo. Todo

esto para que otro se forre en guita, obvio,

pero así son las cosas.

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Una vez frente al “Bar El gaucho” de Río

Gallegos un tipo lo insultó no sé por qué

asunto, mi viejo se bajó de la camioneta, lo

agarró de la oreja y cruzó la calle Zapiola

con el tipo a las puteadas, lo dejó del otro

lado y se metió al bar a seguir con lo que

tenía que hacer: buscar gente para el

campo. De esas tuvo miles y nunca lo vi ir

para atrás. Pero ese mismo tipo era el que

le regalaba premios inventados a los

trabajadores sólo para que cobren más

plata o el que les enseñaba a leer y escribir

(después de haber trabajado todo el día

como burros)

También lo recuerdo enseñándome

matemáticas y mis primeros acordes en la

guitarra.

[23]

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MI VIEJA

Otro de los monumentos imaginarios de mi

familia se lo tengo que hacer a mi mamá.

Trabajando a la par de mi viejo,

aguantando sola miles de asuntos, en

silencio o tarareando alguna melodía sin

sentido para pasar la tarde. Fui su

compañero de mate y risas durante mucho

tiempo, a veces de puro aburridos nos

poníamos a resolver el crucigrama repetido

del diario. Con el tiempo mis hermanas

también se nutrieron de su compañía y su

saber y le regalaron tardes de charlas o

noches de mate de leche.

Le apasionaba hacer cursos raros por

correspondencia, recuerdo verla recibirse

de ¡taxidermista! Eso sí que es raro, no

conozco muchas madres que puedan

embalsamar un bicho y que parezca vivo.

[24]

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Una vez hizo un águila que cada vez que la

veías te quedabas con los ojos como

Charly García cuando se tiró del noveno

piso. Otra de sus habilidades era fabricar

trineos para el hielo, verdaderas naves que

surcaban las lagunas a toda velocidad.

También nos curaba las constantes heridas

que sufríamos con mi hermana y nos hizo

de jardín de infantes cuando vivíamos en

un campamento en lo que ahora es El

Chaltén antes de que existiera ese pueblo.

Mi mamá está SIEMPRE haciendo algo, es

imparable. Le debo tanto a mi mamá que

decidí no pagarle.

[25]

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PRIMER TRABAJO

Mi primer trabajo fue como peón de

estancia con mi viejo, pero fuera de eso, la

primera vez que fui empleado fue en Casa

Tía. Estaba nervioso por ser mi primer día

de trabajo y llegué muy temprano, me

recibió el supervisor y me dijo más o

menos cuáles serían mis tareas como

repositor. Hasta ahí todo normal. Repuse

un par de latas de tomates y enseguida me

llaman para limpiar las patas de las

góndolas con una virulana del tamaño de

una lata de azafrán y un rociador todo roto.

De rodillas, porque no había otra manera

me puse a fregar las patas de aluminio (que

no se veían si estabas de pié). Pasaron un

par de horas y el local abrió sus puertas, la

gente pasaba y me esquivaba mientras yo

fregaba sin parar. Me daba un poco de

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vergüenza, pero seguí adelante. Al llegar

mi hora de almuerzo le pregunto al

supervisor (si supiera el nombre juro que

lo pondría) si puedo ir a comer y me dice

“un rato más”. Pasa una hora y vuelvo a la

carga, ya con cara de orto y me responde

“te dije que un rato más”, entonces le digo

“bueno, yo me voy a comer a mi casa” y el

tipo se quedó duro. Me dice que no puedo

hacer eso y le digo “mirá como puedo”

delante de los demás empleados que

observaban como “el nuevo” pagaba su

derecho de piso. Me puse la campera y me

fui a la mierda. No volví nunca más. Lo

hermoso de todo esto es que se

equivocaron y me pagaron la liquidación

final dos veces, por lo que en lugar de un

día ¡cobré dos! Compré facturas y las

disfruté en casa.

[27]

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EL ABUELO SANTIAGO

Creo que parte del temperamento de

algunos miembros de mi familia se lo

debemos a mi abuelo paterno, Don

Santiago, un croata más áspero que talón

de oso.

Yo me llevaba bien con él pero muchos le

temían ya que era capaz de revolear el

plato si la comida no le gustaba o golpear

la mesa al grito de “Hostia” si algo no

estaba bien. No era un copado

precisamente. Era un hombre muy a la

vieja usanza, de vino en damajuana y

costumbres de la Europa en guerra:

alimentos cazados por él mismo guardados

en conserva y otras cosas raras como

comer cebolla cruda con pan. Desempeñó

el oficio de albañil como un maestro y

hacía mesas y baldosas de granito a mano,

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ya nadie hace eso. Aún hoy veo por

Gallegos algunos pisos hechos por mi

abuelo, eternas obras de arte que la gente

pisa sin saber de dónde provienen. Tenía

una mirada lluviosa que vi en mi viejo en

sus últimos años. Yo era bastante chico y

recuerdo cosas muy puntuales de mi

relación con él como por ejemplo que le

gustaba tejer redes de pesca, hacía esos

enormes quilombos de tanza con una aguja

de madera y después las vendía a los

pescadores. Una vez me llevó a pescar al

mar y agarró un cangrejito con la mano, en

el momento que me lo estaba mostrando el

pobre bicho lo picó. Al segundo le pegó

una piña que lo transformó en paté de

cangrejo ante mi mirada inocente. Ese era

mi abuelito Santiago “hostia” Jancich.

[29]

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LA ABUELA AMABILA

Nunca vi a nadie ponerse tan contento de

vernos como mi abuela Amábila. Lloraba,

reía, nos abrazaba, nos besaba…

Quizá por vivir lejos (en Paso del Rey) y

vernos una vez al año ella nos demostraba

tanto cariño. Pero no deja de ser un

hermoso recuerdo. Vivía en una casita de

madera muy chiquita, con esos techos de

chapa de alquitrán de color negro que tenía

una galería y muchas plantas. Parecía la

casa de Muddy Waters. Recuerdo que tenía

un parque muy grande con una bomba de

agua, una huerta y un enorme laurel.

Me enseño muchas cosas pero lo que más

recuerdo es el asunto de cosechar tu propia

verdura. Mucho antes de que existieran las

movidas cool de Face o Insta mi abuela y

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yo cosechábamos zapallos, zanahorias y

hasta tomates. Los tomates eran jodidos y

había que hacerle unos refuerzos de caña

para que la planta aguante el peso del

fruto. A los zapallos grandes le poníamos

hojas secas debajo para evitar que la

humedad de la tierra les pudra la cáscara.

Mi abuela se reía mucho y siempre estaba

de buen humor pero a veces decía su frase

célebre “con perdón de la mesa” ¡y todos

sabíamos que se venía una catarata de

malas palabras impensadas en una señora

de su edad! Hasta un Vikingo se sonrojaría

ante tamañas barbaridades. Una ídola.

[31]

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RIO GALLEGOS

La “ciudad cordial” como la bautizaron los

políticos tiene unos atardeceres de película.

Cuando era chico me encantaba ir a algún

lugar solitario a ver el atardecer, sin hablar,

sin escuchar música, nada, solamente mirar

el cielo amarillo y rojo volverse oscuro. De

grande conservé esa costumbre y cuando

me hice músico escribí varias canciones

sobre eso. Los bordes del pueblo siempre

fueron un mundo apasionante, los ves y no

te ven.

Cuando me escapaba de la escuela lo que

más me gustaba era ir a sentarme en las

piedras de la costanera a mirar la playa.

Nunca había nadie y eso era genial, mirar

la rampa, las montañas del otro lado de la

Ría, las gaviotas, los botes. Libertad

absoluta.

[32]

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La noche también tenía sus misterios y su

magia, las calles silenciosas, la plaza con

su rocío helado y sus álamos. Caminar de

noche por la ciudad era maravilloso y aún

lo es pero ahora hay que andar cuidándose

la espalda de algún amigo de lo ajeno que

quiera quedarse con tu campera o algún

otro valor. Pero lo importante es no perder

esos momentos, no dejar que un extraño, la

vida misma o nuestros propios fantasmas

nos quiten esos tesoros.

El libro empezó con Gregores y sus

Tamariscos y terminó en Gallegos y sus

álamos. No es casualidad, el mundo del

niño y del adulto suelen coincidir en esos

testigos del paso del tiempo, los árboles.

Vengo de ayer, no soy ayer. (Divididos)

[33]

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Editado por Libros Fuera de la Ley

Mayo de 2018

[34]

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