El Valle de los Caballos Salvajes por Zane Grey - muestra HTML

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I

El Panhandle era una amplia extensión de tierra purpúrea, sin cercar y azotada por los vientos. Bill Smith, el ganadero, erigió en ella una choza y miró hacia el porvenir con ojos llenos de esperanza. Cierto día, cuando se hallaba arando tan lejos de su casa que apenas podía verla-casa que había abandonado aquella mañana temerosamente a causa de un acontecimiento que esperaba que sucediera -, observó que su esposa Margaret se dirigía hacia él a lo largo del borde del campo roturado. La mujer llevaba aquel día la comida al marido, a pesar de las órdenes que éste le había dado en contra. Bill dejó caer las vendas del caballo sobre la manilla del arado y se acercó a su esposa, que se detuvo fatigada y se sentó junto al límite de la tierra removida, oscura y fértil, y de la línea de hierba amarillenta. Bill se proponía regañar a su mujer por haberle llevado la comida; pero resultó que le llevaba algo más: ¡un hijo!

El niño había nacida en la pradera abierta, sobre el terreno fragante y fresco, bajo el acerado sol y el viento frío que provenía del Llano Estacada. Llegaba al mundo protestando contra aquel modo primitivo de nacer. Bill refirió frecuentemente que el recién nacido hizo su aparición gritando de un modo enérgico que demostraba la fortaleza de sus pulmones, apropiados a lo robusto y excepcional de su tamaño. A pesar de las protestas de la madre, Bill insistió en llamar Panhandle a su hijo.

Los primeros recuerdos de Panhandle eran los de sus esfuerzos por trepar hasta lo alto del armario que había en la choza, y de su caída de cabeza, con lo que derramó cierta cantidad de sangre sobre su blanco vestido. Su inmediata aventura, más venturosa que la anterior, consistió en mascar tabaco encontrado en el bolsillo de su padre. Esto le hizo ponerse muy enfermo. Su madre pensó que se había envenenado, y, como Bill se encontraba ausente, corrió a pedir socorro a los vecinos más próximos. Cuando la mujer regresó, acompañada de una vecina, Panhandle había conseguido escupir todo el tabaco y se preparaba para nuevas conquistas.

En otra ocasión, Panhandle mostró una creciente tendencia a manifestar su propia capacidad para bastarse a sí mismo. y se escapó de su hogar. Debido a la corta longitud de sus piernas y a lo limitado de su aliento, no pudo llegar muy lejos. Su voluntad y la firmeza de sus propósitos eran terribles. ¿Atraía al chiquillo la llamada del oscuro desierto? Sus padres le habían visto con mucha frecuencia mirando atentamente la purpúrea lejanía. Pero Panhandle, cuando realizó la fuga, cayó dormido en el fondo de un pozo de riego que se hallaba cubierto de verdor. Lo echaron de menos al cabo de poco tiempo, y el padre y la madre y todos los obreros de la granja corrieron de un lado para otro buscándole afanosamente. Sin embargo, nadie lo encontró. En el apresuramiento de la búsqueda, alguno de los obreros abandonó el trabajo que estaba realizando en las presas de riego, y el agua, al correr, despertó al' muchacho rudamente y le apartó de sus sueños. Mojado y sucio, gritando cuanto sus pul-mones le permitían, Panhandle se arrastró hasta su casa, con gran consuelo para su afligida madre.

-¡Maldito! -exclamó Bill ante varios de sus vecinos- . Este chiquillo va a ser exactamente lo mismo que yo jamás he podido estar un momento en casa.

Un año más tarde, Bill Smith vendió la granja y ¡se dirigió a una parte más occidental de Texas, donde adquirió las posesiones de un colono v dividió su tiempo entre éstas y el trabajo de construcción de un gran canal de riego.

Panhandle comenzó entonces a vivir en un rancho que era mucho más solitario que el primer hogar que había conocido, puesto que su padre estaba ausente la mayor parte del tiempo. A1 principio, el vecino más próximo fue el tío de Panhandle, que vivía en la pradera, a dos millas de distancia. Su casa era solamente una oscura mancha en el horizonte, una mancha a la cual no era imposible llegar, según pensaba Panhandle; pero muy lejana.

Panhandle se habría arriesgado a recorrer la larga distancia si no hubiera sido por su madre, que se mostraba temerosa de aquella región tan nueva para ella. Panhandle no olvidaría jamás el modo tamo su madre se asustó al vera un vagabundo loco que llegó hasta su casa, y, en otra ocasión, ante varios campesinos mejicanos borrachos.

Indudablemente, Panhandle tenía un alma aventurera. Cierto día descubrió que una mofeta había cavado un hoyo bajo el pórtico frontero de la casa y que allí dio a luz a sus pequeñuelos. Panhandle no les tenía miedo, y ni los molestaba ni los asustaba. Al cabo de cierto tiempo jugaba con ellos como si fuera un compañero de la misma especie, y un día en que estaba divirtiéndose a su lado, su madre lo encontró. La mujer se sintió asustada, enfurecida y horrorizada al mismo tiempo, y suplicó a Panhandle que de en paz a las pequeñas y sucias mofetas. Panhandle solía prometer y olvidar inmediatamente. Su madre le castigaba continuamente, pero todo era inútil. Finalmente, la mujer se vio obligada a adoptar unas medidas severas.

Varios colonos se habían instalado cerca de la casa, y la señora Smith los visitó con la esperanza de poder encontrar algún vaquero o labrador que fuese a destruir los animalitos. Sucedió que no pudo hallar a nadie, sino a la señora Hardman y a su único hijo, que se llamaba Dick? tenía siete años y era demasiado alto para su edad y un atrevido y guapo muchacho de cabello rojo. La señora Smith llegó a un acuerdo con Dick y lo llevó a su casa consigo.

Panhandle se opuso terminantemente a que sus queridos animalitos fuesen asesinados o expulsados por aquel muchacho a quien no había visto nunca. No le agradaba su aspecto. Pero Dick apenas prestó atención al pequeño, excepto en una ocasión en que la señora Smith los dejó a solas y entonces derribó a Panhandle de un golpe. Por una vez Panhandle no gritó. Se puso en pie, con los ojos llenos de furor, pálido, los puños aprestados, v no articuló palabra. Algo nació en aquel instante en el fondo de su alma dulce.

Dick hizo un agujero en la pared de rocas que sustentaba el pórtico, y con una escoba encendida a modo de antorcha se arrastró por el orificio para expulsar a las mofetas.

Repentinamente, Panhandle experimentó alegría y temor al oír un grito lanzado por Dick. El muchacho salió del agujero presurosamente, de espaldas. Llevaba consigo un olor que estuvo a punto de asfixiar a Panhandle; tan extraño, tan crudo, tan terrible era. Dick tenía los ojos cerrados. En aquellos momentos estaba ciego, y saltaba de un lado para otro como una gallina a la que hubieran cortado la cabeza, mientras gritaba desesperadamente.

Lo que había sucedido era cosa desconocida de Panhandle; pero le agradaba. -¡Cobarde, cobarde! - gritó descaradamente al mismo tiempo que se alejaba de Dick. Más tarde, Panhandle vio que salía humo del agujero situado bajo el pórtico. La mofeta

madre y sus pequeñuelos salieron atropelladamente y corrieron entre los yerbajos. Panhandle oyó el crujido de las llamas. Dick había dejado caer la antorcha bajo el pórtico. Gritando a pleno pulmón, Panhandle corrió en busca de su madre. Pero era demasiado tarde. No había hombres en las cercanías, y nada pudo hacerse. Panhandle permaneció llorando, junto a su madre, observando cómo su pequeño hogar era destruido completamente por el incendio. La culpa del accidente, en opinión de Panhandle, la tenía Dick. Panhandle miró de un lado para otro para buscarle; pero Dick había desaparecido. Panhandle no olvidaría jamás a aquel mu-chacho.

La madre y el hijo se encaminaron a casa de su tío, donde pasaron la noche. Muy pronto comenzó a construirse un nuevo hogar en el mismo punto que había ocupado el anterior. Era más una choza que una casa, porque los materiales de construcción escaseaban y la proximidad del invierno exigía una rápida construcción. El invierno llegó pronto, y Panhandle y su madre estaban solos. Hacía frío en la choza, y ambos se acurrucaban junto al fuego. Tenían mucho que comer, mas se encontraban muy incómodos en aquella choza de una sola habitación. Bill Smith iba a su casa muy raramente. Aquel otoño, el valle se llenó de colonos "nideros" los llamaban, y estos recién llegados pasaban frecuentemente ante la choza, procedentes de la ciudad, borrachos y pendencieros.

Panhandle permanecía mucho tiempo despierto en su cama. Durante aquellas horas de soledad, el zumbido del viento de la pradera, el lamento de los lobos y el ladrido de los coyotes se convirtieron en una parte de su existencia. Entonces comprendió por qué su madre cerraba la puerta con cerrojo, colocaba algún trasto detrás de ella, ponía el hacha junto a su cama y el revólver bajo la almohada. Aun en aquellos instantes" suspiré) porque llegara el momento de ser lo suficientemente fuerte y robusto para protegerla.

El solitario invierno, con sus innumerables horas de soledad' para la señora Smith y el chiquillo, ejerció una in-calculable influencia sobre el carácter de éste. La madre le enseñó mucho, muchos modos y muchas cosas, muchas palabras y sentimientos que se convirtieron en una parte integrante de su vida.

Al fin terminó aquel largo invierno. Cuando llegó la primavera, las embestidas del viento, que ya no era frío, adquirieron una violencia terrible. Panhandle permaneció despierto muchas noches, agitándose al' lado de su madre, temiendo que el albergue fuera derribado por el viento sobre sus cabezas. Muchos días el sol se oscurecía y no se podía cocinar ni efectuar trabajo alguno mientras la tormenta de polvo recorría su camino enojadamente.

A medida que avanzaba la primavera y los tornados perdían intensidad, un nuevo y fascinador juego entró en la vida de Panhandle. Este juego consistía en sentarse tras la pequeña ventanita y observar cómo los vaqueros pasaban ante él. ¡Cómo los admiró! Iban camino de los lugares en que se habían de realizar los rodeos primaverales de que su padre le había hablado. El chiquillo solía abrir los ojos desmesuradamente para verlos, para contar los caracoleantes caballos de largas crines, los esbeltos jinetes con sus gran des sombreros, sus pañuelos brillantes, sus revólveres v chaparreras, sus botas y sus espuelas. ¡Y qué lazos! ¡Cómo fascinaban al muchacho! ¡Cuerdas que zumbaban y caían sobre un novillo fugitivo! Era un juego al que decidió dedicarse cuando fuese mayor. Y su madre, al descubrir su interés, le hizo una pequeña «reata» v le enseñó a arrojarla, a hacer con ella círculos y nudos; le dijo también que las personas que poseían caballo arrojaban lazos y criaban reses.

Panhandle esperaba siempre el paso de los vaqueros. Y cuando pasaban, solía correr hacia el otro lado de la choza, donde había un agujero cubierto por un pingajo, a través del cual miraba hasta quedar cegado por el polvo. Aquéllos fueron unos días completos para el muchacho, días que provocaron en él asombro y temor, ansiedad y respeto y extraños anhelos.

Más tarde su padre llevó un día a casa un potrillo negro con tres pies blancos y una mancha blanca en la cara. Panhandle se entusiasmó. ¡Para él! Podría haber estallado de alegría, pero no acertó a pronunciar ni una sola palabra. Resultó que su madre no le permitió montar el potrillo sino en los casos en que ella misma lo conducía de las riendas. Esto despertó en el muchacho un dolor tan grande como la alegría que le provocaba la posesión del animal. ¡Tener un caballito hermoso, v no poder montarlo... ! Unos firmes propósitos se formaron en su imaginación, brillaron y se convirtieron en una obstinada y firme determi-nación.

Cierto día se apoderó, de Curly, lo condujo hasta detrás del granero, donde nadie podía verle, y, montándolo, se alejó en dirección al manantial. Panhandle se halló solo consigo mismo. Era libre. Se encontraba sobre el lomo de un caballo. ¡Hecho sorprendente y maravilloso!

Curly pareció comprender el espíritu de su jinete; después de beber en la fuente, rompió a correr al trote. Panhandle se mantuvo sobre él como pudo, y volvió el caballito en dirección a la casa. Curly trotó más velozmente. Panhandle sintió que el viento le agitaba el cabello. Subía y bajaba. Gritando, de alegría, hundió las manos en la abundante crin y se sujetó a ella. Al llegar a lo alto de la pendiente, su alegría disminuyó con el temor. Curly continuó su trote cuesta abajo en dirección a la casa. i Más y más y más aprisa! Panhandle saltaba a cada momento a mayor altura, caía sobre el cuello del caballo v volvía a caer sobre las ancas, hasta que, repentinamente, se vio obligado a aflojar la presión de las manos v fue derribado. Cavó al suelo con un ruido sordo y quedó tan dolorido y aturdido que apenas pudo levantarse. Su madre se detuvo junto a él, con el rostro pálido, con los ojos llenos de reproches.

-¡Oh, mamá..., no estoy- herido! - exclamó el muchacho.

Bill Smith se acercaba en aquellos momentos y escuchó, frotándose la puntiaguda barbilla, mientras la madre exageraba elocuentemente la culpabilidad del chiquillo.

-Bien; déjale montar si quiere -contestó Bill Smith-. Es un muchacho valiente. Le puse un nombre apropiado. Va a ser un gran vaquero. ¡Panhandle Smith! Le llamaremos, para abreviar, Pan.

Pan oyó estas palabras, y su corazón palpitó alegremente. ¡Cuánto quiso a su padre en aquel momento! "Vaquero» significaba ser uno de los grandes caballistas de aquellos terrenos. Sería uno de ellos. Desde aquel día en adelante vivió sobre el lomo de Curly. Aprendió a cabalgar, a mantenerse sobre el animal con firmeza, a conservar el asiento sobre el lomo desnudo del caballito, a moverse con él al mismo tiempo que avanzaba. Un día, Pan se encaminaba hacia su casa, de regreso de la de su tío, y al llegar a una extensión del terreno muy llana, forzó al caballo a que corriese a la mayor velocidad que le fuese posible. El viento le azotaba, el movimiento le entusiasmaba y el hecho de dirigir al caballo provocó y fijó en él un extraño sentimiento: era un vaquero. De repente, Curly puso una de las patas sobre un hoyo del terreno. Y sucedió algo importante. Pan se sintió arrojado, disparado a través del aire. Cayó sobre la tierra, y su visión se borró; cuando volvió en sí descubrió que había golpeado la blanda tierra con el rostro v se había despellejado la nariz y la barbilla; pero no estaba gravemente contusionado. Aquélla era su primera caída en realidad importante. Curly le esperaba un poco separado de él y estaba cojo; Pan comprendió que no podía ocultar las pruebas de su osadía, y decidió decir la verdad.

Pan encontró a su padre en el granero.

-Oye, maldito establero - le preguntó su padre -; ¿se ha desbocado el caballo? -No, papá - replicó Pan haciendo un esfuerzo -. Le he obligado a correr mucho.

-¡Ah, ya lo veo! - continuó su padre; y después de reconocer cuidadosamente al muchacho, comenzó a examinar el caballo.

Envalentonado por lo que su padre le había llamado, Pan fue directamente en busca de su madre. La mujer gritó al verle. Y los gritos de la mujer llegaron al corazón del padre.

-Pero, mamá, esto no es nada. Soy solamente un maldito establero...

Aún no tenía Papi seis años cuando concurrió al primer rodeo, lo que sucedió en los primeros días de aquel mismo verano. Su entusiasmo por aquel acontecimiento fue nublado por la vergüenza, puesto que tuvo que aparecer ante todos los vaqueros con un caballo sin ensillar, y porque temía que sucediera exactamente lo que sucedió.

-¡Eh, ahí viene el jinete sonso del Llano Loco! -dijo tino de los vaqueros al mismo tiempo que se aproximaba a Pan con el rojo rostro iluminado por una sonrisa.

-Muchacho, estás montando un caballo magnífico; pero has olvidado ensillarlo - observó otro en tanto que guiñaba los grises ojillos.

-Compañeros, éste es Panhandle Smith, el hijo del colono que vive junto al río. He oído decir que Pan monta estupendamente a pelo.

Aquellos alegres muchachos, alto., y esbeltos, aunque fornidos, que parecían respirar vida y el espíritu de la llanura, se reunieron en torno a Pan, con lo que demostraron que no ha habido jamás un vaquero a quien no le hayan agradado los jóvenes.

-Ove, niño, voy a cambiar mi silla por la tuya - elijo uno de los vaqueros que primeramente se había dirigido a él.

El corazón ele Pan latía violentamente. ¿Cómo podían sospechan lo muy atractivos, lo muy maravillosos que todos le parecían? ¡¡Si no hubiera estado montando a pelo a Curly...!! Y los vaqueros, se reían de él. Las lágrimas no estaban muy lejos de sus ajos.

-Oye, joven, me apuesto contigo lo que quieras a que ese caballo que tienes no puede correr con la rapidez suficiente para acatarrarse - dijo uno de los vaqueros.

-Yo apuesto a que sí - añadió un tercero.

-Pan, hazles esto-dijo el vaquero que parecía conocerle; y siguiendo coso la acción a las palabras, se colocó el pulgar sobre la nariz y movió el dedo -. Hazlo, Pan. Con eso, los obligarás a callarse.

Pan se encontró forzado a hacer lo que se le ordenaba; y al hacerlo provocó un coro de risas alegres.

Y de este modo, a aquella temprana edad, Panhandle Smith fue iniciado en la hilaridad, en las artimañas v en el espíritu que erais comunes a aquellos despreocupados jinetes.

Cuando comenzó el rodeo, Pan descubrió que no había sido olvidado.

-Ven conmigo, Pan - gritó uno de los vaqueros -. Ven a ayudarme... Oblígalos a volver grupas, muchacho. Pan cabalgó como el viento, radiante y emocionado, enajenado por la felicidad.

Algún otro jinete solía ordenarle: -¡Acomételos, vaquero! ¡Oblígalos a retroceder!

Y Pan, sin saber apenas lo que hacía, veía con ojos llenos (le asombro que los añojos parecían ser conducidos v obligados por él a tomar una dirección. Siempre había algún vaquero junto a él, algún vaquero que corría con rapidez, que le dirigía gritos, que le convertía en una parte (le las personas gire realizaban el rodeo.

A la hora meridiana, tu hombre, irás viejo, sin duda el propietario del ganado, interrumpió la labor. Una voz áspera procedente de no se sabía dónde, gritó:

-¡A comer!

El ranchero, al ver a Pan, se acercó a él y le preguntó: -Oye, forastero, ¿has traído tu comida contigo?

-No..., señor -tartamudeó Pan-. Mi mamá me dijo que volviera pronto.

-Bueno, quédate a comer conmigo-replicó el hombre con amabilidad -. Es posible que esos toros se demanden, y en ese caso tendremos nunca necesidad de tu ayuda.

Un momento más tarde Pan vio a aquel hombre de ojos negros y grandes en el círculo gire componían los hambrientos vaqueros; los vaqueros no volvieron a divertirse a costa (le Pan-, porque el chiquillo era ya uno de ellos. A Pan le resultó ciertamente difícil sentarse con las piernas cruzadas al modo de los vaqueros con un plato puesto sobre las rodillas; pero no tuvo dificultad alguna para devorar el jugoso bistec, las patatas hervidas y las galletas calientes que Tex, su anfitrión, le ponía en el plato.

Después de la comida, los vaqueros reanudaron el trabajo. -Quédate junto al fuegos, muchacho - dijo Tex.

A continuación, Pan vio inca ternera que era arrastrada por el terreno. Un vaquero a caballo sostenía la cuerda.

-¡El hierro! - gritó.

Pan se inmovilizó temblando mientras uno de los que tiraban de la cuerda se apeaba para sujetar a la ternera, que iba mugiendo e intentando saltar. Tenía los ojos desorbitados y la boca llena de espuma. El vaquero la derribó y obligó a caer de espaldas, con las patas al aire. Uno de los marcadores, con el hierro enrojecida al fuego, se acercó. La ternera mugió. Se extendió por el aire el olor de la piel quemada, el humo del pelo chamuscado y una nubecita de humo blanco, todo lo cual repugnó a Pan. Después, uno de los vaqueros se aproximó a él.

-Me parece que aquélla es tu mamá, que viene a buscarte.

El vaquero levantó a Pan para sentarlo en su caballo v lo condujo hacia el terreno sin cercar, desde donde Pan pudo ver a su madre, que se aproximaba anhelante y ansiosa y con los grandes ojos dilatados.

-Le suplico que me perdone, señora-habló el vaquero mientras se quitaba el sombrero-. Ha sido culpa nuestra que su hijo se haya quedado durante tanto tiempo. Lamento mucho haberla llenado de impaciencia. No reprenda a su hijo. Es un muchacho muy simpático, y no hay duda de que, en lo futuro, so convertirá en un gran vaquero.

II

Así fue como Pan, a la temprana edad de cinco años, recibió el estímulo que necesitaba para encauzar su vida por el rígido sendero que seguían los vaqueros. Solía llamarse a sí mismo Tex. Y si su madre olvidaba utilizar este nombre tan seductor, se sentía ofendido. Adoptó el modo de andar, de hablar y de cabalgar de Tex. A todas las horas del día, lo mismo dentro que fuera de su casa, jugaba a realizar rodeos. Piedras, clavos, astillitas..., todo servía para desempeñar el papel de ganado. Tenía una imagen en madera que representaba a él y a su caballo. La mayoría del tiempo lo pasaba a lomos de Curly, en el encerradero o en el campo abierto, rodeando a una imaginaria ganadería. Durante la noche, sus sueños estaban llenos de vaqueros, de carros, de caballos y de novillos mugidores.

Cada vez que veía algún vaquero montado sobre un ágil caballo, en el cerebro de Pan se intensificaba esta impresión, y en su corazón se grababa más vívidamente la imagen de su porvenir. Era para aquello, para ser aquello para lo que había nacido.

Colonos y más colonos, que tomaban para sí terrenos de ciento sesenta acres cada uno, iban llegando continuamente en sus carros cubiertos a aquella tierra prometedora. Algunos de esos hombres, como el padre de Pan, se veían obligados a trabajar durante una parte de tiempo lejos, de la casa para ganar el dinero que tanto necesitaban. Jim Blake, el último de aquellos colonizadores, había escogido un terreno situado en una zona pantanosa y profunda que Pan cruzaba siempre cuando iba a visitar a su tío. Era un lugar hermoso, cubierto de hierba y algodoneros, por el que se deslizaba una delgada corriente de agua, un lugar solitario y escondido junto al cual habían pasado anteriormente otros colonizadores.

Pan encontró cierto día a Jim y cabalgó a su lado. Jim era joven, agradable, alegre; un granjero y aspirante a ranchero que carecía de los signos característicos de los ° vaqueros. Pan creía que esto era una gran desventaja, pero llegó a apreciar a Jim y le dio a conocer los progresos que había hecho en equitación.

Llegaron los días de otoño, grises y tristes, durante los cuales el frío viento azotaba la llanura y unas nubes amenazadoras se cernían sobre las cumbres de las montañas. Otro invierno se acercaba. A Pan le molestaba pensarlo. Nieve, hielos, vientos heladas le 2mpedirían montar a Curly. En estas circunstancias cabalgó continuamente, mucho más de lo que su madre le permitía.

Sus padres quisieron que fuera con ellos al caserío cierto sábado. Iban a llevar el carro para adquirir las provisiones invernales. El ansia de aventuras de Pan estuvo a punto de decidirle a realizar el viaje, pero prefirió quedarse junto a Curly. Su madre se opuso, pero el padre dijo que no había inconveniente en que permaneciese en la casa.

-Pan, puedes ir a casa de tío George para llevarle ciertas cosas. Pero ten cuidado de que no te sorprenda una tormenta.

De este modo llegó la ocasión en que Pan se encontró solo por primera vez en su vida, dueño de sí mismo y libre para obrar del modo que mejor 1e pareciese. Y no fue muy pronto a casa de tío George. Su tío era simpático, pero no concedía a Pan fa libertad que éste anhelaba. Así, entre unas y otras de las: importantes tareas que su papel de vaquero le imponía, las horas transcurrieron rápidas, y ya había pasado mucho tiempo cuando, al fin, decidió cruzar la pradera para dirigirse a la colonización de su tío.

Pan no necesitaba nunca un pretexto para galopar, pero en aquella ocasión dispuso de uno que lo justificaba. Las dos millas de recorrido no requerirían el empleo de mucho tiempo. Debería apresurarse a regresar, horque verdaderamente parecía que una tormenta comenzaba a descender desde las negras cumbres. Pan comprendió que debía haber realizado aquella misión a una hora más temprana del día.

El frío viento le azotaba el rostro y le arrancaba lágrimas de los ojos. Curly trotó con su paso rápido y fácil sobre la frecuentada senda. La hierba amarillenta se doblaba, los cardos rodaban por el pardo terreno. ¡No había sol. Todo el Oeste estaba envuelto en unas nubes par-das. Muy pronto se encontró Pan corriendo a través de la zona en que vivía Blake. Los, algodoneros estaban casi desnudos. Solamente pequeñas cantidades de hojas permanecían adheridas a las ramas, y a cada momento una hoja volaba revoloteando hacia el suelo. Allí, en el terreno pantanoso, Pan percibió los aromas del otoño, aroma jugoso y olor a madera.

Una vez traspasada el terreno pantanoso, puso el potrillo al galope, y al cabo de muy poco tiempo _pudo llegar a casa de tío George. i No había nadie! El caballo y el carro tampoco estaban. Pan dejó a la puerta el paquete que llevaba y emprendió el regreso. Al pasar al trote ante el portillo de Blake, oyó una débil voz que le sobresaltó; detuvo a Curly, escuchó y miró. La choza de Blake se hallaba al fondo, oculta a su vista por los algodoneros. Sin embargo, el granero, con su cobertizo abierto a uno de los costados, estaba situado exactamente detrás del portillo. Las vacas habían sido llevadas allí para ordeñarlas. Una ternera hambrienta intentaba robar leche a su madre. Los polluelos comenzaban a cacarear. Pan no creyó que ninguno de estos animales pudiera haber proferido el sonido que oyó y que le había parecido una llamada. Estaba a punto de reemprender la marcha cuando, repentinamente, llegó hasta él un extraño grito que parecía provenir del granero o del cobertizo. El grito le excitó más que le asustó. Desmontó, empujó el ancho portillo de madera y entró.

Bajo el abierto cobertizo encontró a la señora Blake tumbada sobre un montón de heno que evidentemente acababa de bajar del desván. Al ver a Pan, su pálido y convulso rostro experimentó un cambio.

-¡Oh...! ¡Gracias a Dios! - exclamó la mujer. -¿Está usted herida? - preguntó Pan con presurosa compasión-. ¿Se ha caído usted del desván?

-No; pero tengo unos dolores terribles. -¡Ah!... ¿Está usted enferma?

-Sí. Y estoy sola. ¿Quieres hacerme el favor... de ir en busca de tu madre?

-Papá y mamá han ido al poblado -contestó desconsoladamente Pan ---,. Y no hay nadie en casa de tío George. -Entonces, debes comportarte como un hombre valiente.

Bill Smith, al regresar apresuradamente a su casa en compañía de su esposa y de Jim Blake, sufrió un retraso originado por la tormenta. Era más de medianoche cuando llegaron a la casa. Encontraron a Curly con las bridas colgantes, inmóvil en la niebla, junto al granero. La señora Smith se alarmó. Bill y Jim, aun cuando se preocuparon, no se mostraron tan temerosos como ella.

Con unas linternas comenzaron a seguir las huellas que Curly había dejado sobre la nieve. La esposa de Bill no quiso quedarse atrás.

Pronto llegaron al domicilio de Blake, aunque las huellas del potrillo fueron difíciles de descubrir y de seguir. Encontraron a Pan completamente despierto, acurrucado detrás de la vaca, fiel a la confianza que en él se había depositado. ¡La señora Blake no se encontraba en mal estado, si se tienen en cuenta las circunstancias, ni tampoco lo estaba el recién nacido. Era una niña, a quien Jim puso en aquel momento el nombre de Luty, que era el de su esposa.

Los hombres transportaron ¡a la madre y a la nena a la casa, mientras la señora Smith los siguió junto al soñoliento Pan. Encendieron unas hogueras en la abierta chimenea y en la cocina, y dejaron que la señora Smith atendiera a la madre. Ambas mujeres oyeron que los hombres hablaban; pero Pan no oyó nada, porque se había acostado, envuelto en mantas, en un rincón.

-¡Demonio de criatura! -exclamó Bill -. Jamás he visto nadie que pueda competir con él.

-Es posible que Pan haya salvado dos vidas. ¡Dios le bendiga! - replicó Blake emocionadamente.

-¿Quién sabe? Es posible... ¡Qué cosas más extrañas suceden! Jim, ese hijo mío nació en un campo roturado. Y ahora, nace el tuyo... en un establo, sobre el heno.

- Sí, es extraño - murmuró Blake -. Pero debemos esperar que sucedan acontecimientos de esa naturaleza en gran Oeste.

-Bien: Pan y Luty no podrían haber tenido un nacimiento más apropiado. Debería servir para que las das criaturas se unieran para toda 1'a vida.

-¿Quieres decir que deben desarrollarse juntos y casarse uno con otro? ¡Seria estupendo! Queda hecho el trato, Bill.

Pan, dormido en el rincón de la otra habitación, y Luty, sollozando junto al pecho de su madre, fueron destinados el uno al otro por sus padres.

El invierno transcurrió del mismo modo que el anterior; solamente se diferenció de aquél en que Pan tuvo el consuelo de entregarse a su eterno juego de los rodeos.

¿Cuando será Luty lo suficientemente mayor para jugar conmigo? - preguntaba frecuentemente. La niñita no había desaparecido jamás de su imaginación, aun cuando no volvió a verla desde su arribada a este mundo. La niña parecía formar el tercer eslabón de la cadena de su vida: Curly, los vaqueros y Luty. No sabía de qué modo armonizaría con; los otros dios eslabones. Pero estos tres acontecimientos sobresalían en su memoria de entre las nieblas del pasado.

Al fin, la nieve se derritió, la pradera se cubrió de una alfombra de verdor, los árboles se llenaron de hojas y los pájaros volvieron a cantar nuevamente. Todo esto era hermoso, pero insignificante al lado de Curly. Pan estaba más fuerte y era más travieso que nunca.

El padre de Pan fue a la casa una o dos veces cada mes durante la .primavera, y siempre llegaba tarde y salía de ella a una hora temprana. ¡Cuánto suspiraba Pan por la venida de su padre!

Después llegó la cuarta época de la vida de Pan. Su padre le llevó una silla. Estaba muy lejos de ser nueva; era de construcción mejicana, se hallaba cubierta de cuero y tenía una enorme y dorada perilla. A Pan 1e entusiasmó casi tanto como le entusiasmaba Curly ; y cuando la silla no estaba sobre el lomo del caballo, adornaba la verja o una silla de la casa, siempre con Pan encima, que obraba como Tex, a quien imitaba.

El quinto, y seguramente el más grande de todos los acontecimientos que se sucedieron en el rápido desarrollo de la carrera de Pan, aun cuando él no lo supo entonces, ocurrió cuando su madre le llevó a que viese a su nena, Luty Blake. Parecía ser que ambas parejas de padres la llamaban festivamente la nena de Pan, lo que no le desagradaba, pero le hacía sentirse singularmente tímido. Esto sucedió desde mucho tiempo antes de que su madre pu-diera llevarle a que conociese a su protegida.

La primera impresión que, recibió Pan de Luty fue al verla arrastrándose por el suelo para aproximarse a él. i Qué diferente era en realidad del recuerdo que él conservaba de un rebujo moviente envuelto en una toalla! Era muy robusta y guapa. Estaba ataviada con un vestidito blanco. Tenía los pies y las piernas gordezuelos. Sus manos tenían un rosado color y su rostro era como una rosa silvestre punteada por las dos violetas que eran los ojos; y su cabello era como oro hilado. Aun cuando todas estas cosas fuesen maravillosas, todas quedaban oscurecidas por su deliciosa sonrisa. La timidez de Pan se borró, y se sentó en el suelo para jugar con la chiquilla. Sacó del bolsillo pequeñas astillitas, guijarros y piedrecitas, con todo lo cual jugó a hacer rodeos. Luty se interesó halagadoramente por el juego de Pan, pero le impedía jugar con tranquilidad, puesto que le abrazaba y se agarraba de la manera más tenaz y sostenida a sus dedos.

Desde aquel día, los Smith visitaron todos los domingos del verano el hogar de los Blake, y se hicieron muy buenos amigos. Bill y Jim hablaban sobre el negocio de ganados. Las madres cosían y conversaban esperanzadamente acerca del porvenir. Pan no perdió ninguna de aquellas visitas domingueras, y llegó el tiempo en que realizó el desplazamiento por su propia cuenta. Luty era la vaquera más agradable- de todo el mundo, y no oponía ningún obstáculo a que él fuese Tex. Hasta hizo todo lo que le fue posible por llamarle de este modo. Y se arrastraba detrás de él y le agasajaba con una indeclinable adoración. Las personas mayores los miraban una y otra vez y sonreían.

A medida que pasaban las semanas y los meses aumentaba el número de colonos, y las manchas que constituían las reses se extendían más y más por el terreno. Cuando llegó el invierno, algunos de los colonos, entre los que se hallaban Pan y su madre, se trasladaron a Littleton para enviar a los niños al colegio.

La primera maestra de Pan fue Emma Jones. Pan simpatizó con ella inmediatamente de verla, lo que sucedió la primera vez que fue a su casa para llevarle a la escuela. Pan no estaba acostumbrado a tratar con desconocidos. Los hombres que había en las calles, los muchachos mayores que él, todos le molestaban. Los vaqueros escaseaban en el pueblo, lo que constituyó una gran desilusión para Pan. Littleton perdió mucho en su concepto.

Resultó que Pan era zurdo. A la señorita Jones le parecía que era incorrecto que una persona escribiera con la mano izquierda, por lo que ató la de Pan fuertemente a la mesa y le obligó a trazar letras con la mano derecha. ¡Qué temporada más terrible y más antipática para Pan! La presencia de tantos niños y niñas le desconcertaba, aun cuando no era remiso para hacer amistades; pero quería a Curly y la pradera. Prefería hallarse junto a Luty. Y lo que más apreciaba de todo, lo que más anhelaba, era hallarse junto a los vaqueros.

Dick Hardman entró de nuevo en la vida de Pan, funestamente, inevitablemente, como si el porvenir hubiera preparado algo inescrutable v siniestro, como si los días de escuela, los días de juventud' y los días de virilidad hubieran sido proyectados enmarañadamente antes del nacimiento. Dick se encontraba, en un curso más avanzado e hizo que esta circunstancia fuese conocida de Pan. Se había convertida en un, muchacho más alto, más guapo, más atrevido, que tenía una mata de cabello rojo tan brillante como una llama. Llamaba a Pan. «el pequeño domador de mofetas» e incitaba a los demás muchachos a que lo ridiculizasen. De este modo, el oculto resentimiento que se escondía en las profundidades de Pan comenzó a adquirir bríos y se, convirtió de nuevo en: una llama que halló en sí misma el combustible necesario cara convertirse en odio. Pan dijo a su madre lo que Dick había indicado a los chicos que le llamasen. Y se sorprendió en verdad al ver que su madre se indignaba profundamente. En cierto modo, la exaltación de la madre fortaleció el resentimiento de Pan. El' chiquillo tenía su misma sangre, su mismo fuego, su mismo orgullo, aun cuando fuera solamente un niño.

Después, los interminables días de escuela terminaron por una temporada. El verano había llegado. Pan regresó a sus queridas llanuras, a los campos abiertos, a Curly, a Luty. Pero Luty había cambiado mucho, puesto que ya podía permanecer en pie ante él y llamarle Tex. El chiquillo reanudó sus antiguos juegos con ella, y cuando llegó la ocasión le concedió el honor de sentarla sobre Curly. Si la chiquilla no hubiera llenado anteriormente de cariño su corazón, aquella imagen suya cuando se encontraba sobre el caballo, riendo y sin temor, lo habría conseguido.

Otro tío suyo se había trasladado a la región para colonizar más tierras. Pan dispuso de un nuevo lugar donde ir, más, lejano, en un terreno bravío y que le agradaba mucho más. Cada vez que iba a casa de- su tío, veía vaqueros.

Cierto día, cuando Pan se encontraba en casa de este nuevo tío, sucedió una cosa terrible, la verdadera primera tragedia de Pan. Un vaquero había dejado abierta la puerta del granero. Curly entró en ella y se acercó al grano. Antes de que pudiera impedírselo, comió enormemente y bebió después de' un modo copioso. Este exceso lo mató.

Cuando Pan salió de su estado de estupefacción y al comprobar la magnitud de la pérdida que había sufrido, se llenó de aflicción. No podía ser consolado. Pasó horas y horas sentado sobre su silla de montar y llorando. Tardó mucho tiempo en volver a visitar a la pequeña Luty. Su padre no pudo comprarle un nuevo caballo, y tardó muchísimo tiempo antes de que pudiera conseguir otro.

Pasaron los días y las semanas, llegó el otoño, el invierno y con él nuevos días de escuela, tediosos, abrumadores; y de nuevo apareció la primavera. Los vaqueros abundaban en la floreciente región, pero Pan evitaba reunirse con ellos, avergonzado y disgustado, porque, careciendo de su querido Curly, no podía hacerles compañía. Su dolor por la muerte del caballito no cesaba nunca, aun cuando había llegado a un estado de madurez en que cualquier caballo debería haberle librado de su melancolía. Generalmente jugaba a solas, aunque lo hacía algunas veces en compañía de Luty. Esta era el único punto brillante para él en toda la verde pradera. La chiquilla había comenzado a desarrollarse rápidamente; su dorado y rizosa cabello parecía atraerle.

Aquel otoño los colonos erigieron una escuela propia, que se encontraba a tres millas escasas del hogar de Pan. -Pan, ¿puedes ir a pie? -le preguntó Bill Smith al mismo tiempo que le clavaba una mirada escrutadora.

-Sí, papá; pero... pero... -contestó Pan, incapaz de terminar de expresar el pensamiento tan querido de su corazón.

-¡Ah! Y antes de que pase mucho tiempo Luty tendrá edad suficiente para ir también - añadió su padre-. Supongo que podrás llevarla.

-Sí, papá. - Y para Pan constituyó una gran alegría el hacer esta promesa.

-Bien; eres un buen muchacho-declaró el padre-. Y no tendrás que ir a pie a la escuela. He adquirido dos caballos para ti.

-¡Dos! -exclamó Pan sin poder contener su alborozo-. ¡Oh, oh, oh!

Los dos caballos llegaron al cabo de poco tiempo al hogar de los Smith. Sus nombres eran Pelter y Pilldarlick. Pelter era pinto y arisco, lindo, aunque tenía una mirada aviesa. Pilldarlick no era bonito, pero sí pequeño, fuerte, airosa y de paso fácil. Pan pensó que acabaría por querer más a Pelter aunque Pilldarlick fuese, seguramente, -un nombre de vaquero y, por tanto, perfectamente satisfactorio. Sin embargo, resultó ¡que Pan no pudo cabalgar a Pelter, que era un caballo medio loco. Pilldarlick era mucho mejor de lo que parecía, y muy pronto llenó el vacío que existía en le corazón de Pan.

El primer día que el chiquillo montó a Pilldarlick para ir a la escuela fue un día que se escribió en letras rojas en la vida de Panhandle Smith, vaquero. Había muchos chicos y chicas que fueron a la escuela, de los cuales solamente una minoría disponía de caballos que montar. Pan fue la atracción de todas las miradas cuando llegó al patio montando a Pilldarlick.

Fue el día más feliz de la vida de Pan... Y lo fue hasta el momento en que Dick Hardman llegó sobre un fogoso caballo mesteño negro.

-¿De dónde has sacado ese jamelgo? - gritó Dick al ver a Pan -. Y tienes una silla que no es más que un poco de cuero sobre otro poco de estopa.

-¡Eres un embustero! -contestó a voces Pan mientras se apeaba, fieramente, de Pilldarlick.

El muchacho de cabeza roja bajó de su silla y se dirigió hacia Pan.

Comenzaron a pelearse. El instinto fue la guía de Pan, que mordió, arañó y dio patadas. Pero Dick, que era el mayor de los dos, comenzó a obtener la mejor parte de la ¡batalla, y al cabo de muy pocos momentos estaba golpeando rudamente a Pan y continuó haciéndolo hasta que la nueva maestra acudió en socorro de éste.

-¡Basta! - ordenó la maestra mientras separaba a los beligerantes- Solamente pelean los gatos y los perros. -Y... también... los vaqueros - dijo fatigosamente Pan.

-Pero no los vaqueros buenos. Solamente los malos - replicó la maestra mientras se alejaba en unión de Pan. -Te daré lo tuyo cuando te encuentre - gritó amenazadoramente Dick -. No eres más que un tonto presumido.

III

La señorita Amanda Hill, la maestra, tocó la campana para llamar a los colegiales, y la clase comenzó una vez más.

Dick Hardman se sentaba al otro extremo de la misma estancia que Pan, y desde detrás de la espalda de la maestra comenzó a hacer visajes dirigidos a Pan; y, lo que fue más importante, se puso el dedo pulgar ante la nariz y lo movió despectivamente. Pan comprendió lo que aquello quería decir, y, con la rapidez del relámpago, devolvió el cumplido.

Llego el descanso. Antes de que la mitad de los colegiales hubiera salido de la clase, Dick y Pan habían ya corrido hacia el granero, donde la maestra no podía verlos y donde se acometieron mutuamente como gatos enfurecidos. No necesitó Dick mucho tiempo para dar a Pan la verdadera primera paliza de su vida. El labio partido, la nariz ensangrentada, el ojo morado, la sucia cara, la rota blusa... fueron cosas que denunciaron a Pan, por 1o menos a los ojos de la maestra. La mujer le retuvo a su lado cuando la clase concluyó, y, en lugar de regañarle, le habló con dulzura y amabilidad. Pan salió de su estado de hurañía y comenzó a experimentar cariño por la maestra. Pero, de todos modos, no nudo prometer que no volvería a luchar.

-¡Suponga usted que Dick Hardman volviera a hacerme burla otra vez! -dijo quejosamente Pan. El muchacho no comprendía cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Quería agradar y obedecer a aquella amable mujercita, pero había algo en su interior que se oponía a ello-. ¿Qué dirá mi... papá... cuando sepa que me han vencido? - sollozó.

Ella consiguió finalmente obligar a Pan a 'hacer voluntariamente la promesa de no volver a reñir con Dick.

A pesar de la proximidad de Dick Hardman, aquel invierno que había de pasar en la escuela prometía ser feliz y productivo para Pan. Había en ella tres altos muchachos, ya vaqueros, que acudían a las clases de fa señorita Hill. Pan se inclinó inmediatamente hacia ellos, y, con gran satisfacción por su parte, los vaqueros aceptaron su amistad.

Más tarde, su antiguo amigo, el vaquero a quien conoció en el rodeo, llegó a las llanuras con una manada de ganado procedente de Texas. Las reses tenían como marca ON, que era nueva para Pan, el cual 'llevaba un registro de todas' las marcas' que había visto, y no cesaba de dibujarlas en algún papel. Moore y tres de sus vaqueros fueron a alojarse en la casa de Pan y encerraron en la cuadra sus caballos. La copa de Pan estaba llena. Los días volaban. La nieve v el frío no le importaban. Ni siquiera el estudio, ni siquiera el siempre malicioso Dick Hardman pudieron hacer que su espíritu decayese. Moore se proponía permanecer durante todo el invierno en aquella región y esperar la llegada de la primavera para dirigirse más hacia el Norte.

El apodo de vaquero que tenía Moore era Pug; y otro vaquero cuyo verdadero nombre no había oído Pan se llamaba Slats. Entre ambos enseriaron a Pan todas las' canciones del vaquero, desde el «Ti yi oop oop ya ya» hasta «Enterradme en la pradera solitaria». Todas las noches Pan los escuchaba cantar en su dormitorio junto al fuego, y muchas veces se hacía preciso reprenderle para que hiciera sus deberes escolares.

Otro de los vaqueros se llamaba Hookey. Según decían Pug y Slats, su nariz parecía la de un loro, y el' pobre vaquero tenía el aspecto de un coyote enloquecido. Hookey cogió antipatía a Pan y siempre buscaba la manera de enfurecerlo. Los vaqueros se iban siempre por la mañana, antes de que Pan se levantase, pero cuando el chiquillo regresaba de la escuela, generalmente solía encontrarlos en su casa.

Slats, que creía ser un tenorio, solía decir

-Bueno, ¿qué te ha dicho hoy tu maestra de escuela acerca de mí?

Y Hookey acostumbraba ridiculizar a Pilldarlick, lo que tenía más fuerza para afligir a Pan que cualquier otra cosa de este mundo. Cierto día Pan dio rienda suelta a su cólera y persiguió a Hookey arrojándole piedras hasta que le obligó a refugiarse en la bodega; y cada vez que Hookey asomaba la cabeza, Pan le arrojaba con certera puntería una piedra amenazadora. La madre de Pan acudió en ayuda del vaquero. Después de esto, Hookey compró una nueva silla para su caballo y regaló la vieja a Pan. Esto aplacó las hostilidades. El corazón de Pan sufrió un cambio. No importaba que Hookey le atosigase o atormentase. Nada de lo que hiciera podría ser suficiente para enojarle. Pan comenzó a ver a Hookey con un aspecto diferente.

El chiquillo era inexpresablemente feliz poseyendo un caballo y una silla; y solía cantar generalmente: «Mi trabajo consiste en ensillar caballos y tirar de las riendas».

Cierto día llegaron dos hombres desconocidos a la posesión de los Smith. Ambos tenían los rostros duros, ojos grises y escrutadores; ambos llevaban armas de fuego, y uno de ellos lucía una estrella brillante en el chaleco. Aquellos dos hombres se llevaron a Hookey consigo. Después que se fueron, los vaqueros dijeron a Pan que Hookey estaba reclamado por ladrón de caballos. Pan experimentó, una terrible pesadumbre, y tardó mucho tiempo en olvidar a su amigo Hookey.

Aquel invierno pasó con rapidez. Pan fue feliz durante su transcurso. El estudio no le pareció tan odioso como había supuesto, acaso porque poseía un caballo y una silla. Podía cabalgar de un lado para otro. Frecuentemente se detenía para ver a Luty, que ya era lo suficientemente despierta para desear ir a la escuela; y la maestra había conquistado el cariño del muchacho. Pan se abstuvo de pelear nuevamente con Dick Hardman, hasta cierto día en que, hallándose en el descanso, Dick le llamó el «niño mimado de la maestra». Esto irritó a Pan, tanto más porque la verdad de lo que decía su enemigo le avergonzaba. Por esta causa, en aquella ocasión, aun cuando apenas había vuelto a reñir con ningún muchacho, fue el primero en golpear. Descargó con sorprendente rapidez un golpe terrible en la nariz del corpulento Dick. Cuando Dick se puso en pie aullando y jurando, tenía el rostro desfigurado por la sangre y por la suciedad. A continuación comenzó una batalla que dejó chiquita a la que anteriormente sostuvieron en el granero. Pan se había desarrollado considerablemente. Era fuerte y ágil. Y cuando la sangre bravía de su madre se encendía en él, era tan fiero como un joven salvaje. Pero Dick volvió a vencerle nuevamente.

La señorita Hill, apenada y triste, envió a Pan a su casa con una nota. Sus padres se hallaban en ella cuando Pan llegó. Loas dos se asustaron al verle aparecer.

-¡Qué muchacho más ensangrentado, más sucio y más pingajoso l -exclamó horrorizada su madre.

-¿Sí? Pues ¡si vieras a Dick Hardman...! - replicó Pan.

El chiquillo creía que había destrozado para siempre su amistad con la señorita Amanda Hill. Pero muy pronto descubrió con gran sorpresa y alegría que no era así. Al día siguiente la maestra le retuvo a su lado después de la salida de la escuela, lloró junto a él, le besó y le habló larga y cariñosamente. Lo único que Pan nudo recordar fue

-Tu odio a Dick Hardman producirá un resultado terrible si no te decides a expulsarlo de tu corazón. -Maestra, ¿por qué no... habla usted de este mismo modo a Dick? - tartamudeó Pan, vencido, como siempre, por la terneza de la mujer.

-Porque Dick es un muchacho de una clase diferente a la tuya-contestó ella; pero jamás explicó lo que había querido significar.

Durante la época de Navidad, los padres de los chiquillos celebraron una fiesta en los locales de la escuela. Todos los que residían en la llanura, aun a varias millas de distancia, se reunieron allí. Por primera vez Pan se sintió satisfecho de la cantidad de vaqueros que vio. La señorita Amanda tenía unos atractivos a los cuales no podían resistirse los vaqueros. Aquella noche Pan recitó su primera composición, titulada: «El goloso Dick, enfermo por comer caramelos».

A Pan le parecía una cosa tonta, pero la dijo por agradar a la señorita Amanda y porque contenía una indirecta contra Dick Hardman. Con gran sorpresa por su parte; recibió unos aplausos clamorosos. Después de la cena comenzó el baile. Algunos de los vaqueros se emborracharon. Se produjeron peleas, dos de las cuales presenció Pan v le causaron gran emoción y temor. Era bastante más de la medianoche cuando se rindió al sopor que le acometía. Cuando despertó, al amanecer, el baile continuaba.

Pasó el invierno. Llegó la primavera, y en ella se celebraron tantos rodeos que Pan no pudo recordarlos todos. Después transcurrió el verano rápido y feliz.

Aquel otoño, un tercer tío de Pan se instaló en el valle. Era un hermano mayor del padre de Pan, a quien llamaba el viejo tío Ike. Era un solterón extraño, vivía solo y no se mostraba propicio a las amistades. A Pan se le advirtió que no se aproximase a él. El viejo tío Ike era duro y antipático; una novia infiel le había destrozado el corazón en sus días juveniles. El viejo tío Ike mató de un tiro al rival y corrió a la guerra. Después de haber servido durante todo el resto de la guerra civil, luchó contra los indios, y vivió una vida turbulenta en diferentes aspectos.

Pero la prohibición sirvió solamente para que Pan experimentase más el deseo de conocer al viejo tío Ike. Corrió presuroso a verlo y se encontró a un hombre de rostro triste y viejo, que estaba sentado a solas.

Pan dijo valientemente

-Tío, soy Pan Smith, el hijo de su hermano Bill, y he venido a visitarle porque estoy seguro de que voy a ser buen amigo de usted.

La acogida del viejo no estuvo exenta de amabilidad. Pan y su tío trabaron amistad rápidamente. Todos los domingos, Pan visitaba, a su tío Ike utilizando para ello cierta cantidad del tiempo que se suponía dedicaba a Luty. La niña lloraba y recriminaba a Pan por aquella deserción, pero Pan se limitaba a contestar con una risa. Siempre que quisiera podía estar junto a Luty. La muchacha se hacía más amable y hermosa a medida que crecía, circunstancias que llegaban al corazón a Pan; pero prefería oír las historias de guerra del viejo y los relatos de luchas contra los indios, mejor que hallarse en compañía de Luty.

Pasaron los meses y Pan creció y se fortaleció. Su constitución física prometía que habría de adquirir muy pronto la que corresponde, al verdadero jinete. Cuando llegó la primavera y Pan cumplió doce años, su Madre consintió en que trabajase a cambio de un sueldo en los rodeos.

Pan se unió a un gran equipo. Este equipo se componía de más de cincuenta vaqueros, dos carros, dos cocinas, vehículos de abastecimiento, y una cantidad grandísima de caballos. Pan pudo cabalgar dos caballos distintos cada día. Aquel trabajo colocó a Pan más cerca del paraíso de lo que jamás había estado. Si no hubiera sido por un inconveniente, habría resultado completamente perfecto; y este inconveniente era que Pan no tenía botas. ¡Un, vaquero y buen jinete sin botas de .montar!

En el calor de la acción, entre el remolino vertiginoso de las vacas y de las terneras mugidoras, cuando el seco polvo se elevaba para introducirse! en la nariz de Pan y formar una pasta espesa en su sudoroso rostro, cuando las cuerdas zumbaban, los vaqueros gritaban, el hierro de marcar chirriaba, todo lo que el muchacho sentía era lo que de bravío y silvestre había en ello, la delicia y el encanto del riesgo, la excitación, el movimiento v_ la vida cons-tantes. Sin embargo, durante las horas de descanso, siempre se veía atormentado por su falta de equino de jinete.

-Oye, muchacho, ¿quién te ha hecho, esas botas altas de jinete? - le preguntó un vaquero.

-Cambio mis espuelas por las tuyas-añadió otro.

Y estas brumas se repetían una y otra vez. Los vaqueros no podían evitarlo. Era una cosa innata en ellos, propia del ambiente y del espíritu de la singular vida que vivían. De todos: modos, Pan los quería, y todos ellos eran cariñosos con él.

Sus mejores amigos en aquel equipo eran Si y Slick, ambos jinetes y pendencieros, cuyos verdaderos nombres no conoció Pan.

El rodeo fue prolífico en experiencias maravillosas. Una noche, cuando una tormenta amenazaba estallar, el capataz llamó al vaquero que no estaba de servicio

-Habladlas en voz baja, muchachos, porque están preparadas.

Quería decir que sería muy probable que las reses iniciasen una desbandada; y cuando comenzaron a brillar lo,'; relámpagos y la lluvia comenzó a caer, la vacada echó a correr con un estruendo horroroso. Pan se caló hasta los huesos y se perdió entre la lluvia. Cuando volvió al campamento, solamente se hallaban en él el cocinero v los carros. A la mañana siguiente los vaqueros llegaron aisladamente, cada uno de ellos conduciendo una parte de las reses desbandadas.

Cuando se desayunaban, una mañana, Pan oyó un grito. -¡Échale el' guante, vaquero! -¡Oíd! ¡'Mirad ese proscrito que viene por allí!

Pan solamente tuvo tiempo de ver un caballo rojo terriblemente fatigado que entró en el' círculo de los vaqueros. Su jinete iba disparando continuamente, y se apeó entre todos ellos. ¡Y entonces se produjo una desbandada! Aquel diablo rojo interrumpió el desayuno y se perdió a todo correr. ¡Cómo se rieron los vaqueros del pobre caballista que había sido arrojado a tierra!

-Oye, ¿te has roto el cuello?-gritó uno de ellos-. Si no ha sido así, deberías habértelo partido, ¡maldito! Y Si, el domador de caballos, dijo

-Charlie, me parece una desconsideración que te dediques a lanzarnos contra el estómago a tu caballo favorito. '

Una de las cosas' más sorprendentes que sucedieron durante aquel invierno fue la fuga de la señorita Amanda Hill con un vaquero, A Pan no le agradaba mucho aquel individuo, pero el incidente le realzó a sus ojos y aumentó mucho la admiración que experimentaba por los vaqueros.

Pan no olvidó jamás el primer día de escuela de Luty, cuando la llevó sentada sobre el caballo detrás de él, «apretándole el gañote», como observó uno de los vaqueros. Pan no se dio cuenta por completo de aquel aspecto de su viaje, puesto que estaba acostumbrado a tener a Luty asida continuamente a él. La observación del vaquero le molestó. Cuando -llegó 'a las puertas' de la escuela bajó a la muchacha de una manera bastante brusca y fue al corralillo para encerrar su caballo. Luty era pequeña y Pan corpulento, hecho que se grabó en la conciencia de él con las risas de las muchachas y las bromas de los chicos. Pero nada de esto ocasionó cambio alguno en su actitud respecto a Luty, a quien continuó llevando a la escuela y después a su casa durante todo el invierno sobre su caballo. Al llegar el verano siguiente, Pan comenzó a trabajar para su tío Ike.

A medida que Pan crecía, el tiempo le parecía mucho más corto que cuando era pequeño. Tenía mucho que hacer. Y, de repente, descubrió que ya había cumplido los quince años. Su madre celebró una fiesta el día de su aniversario, fiesta que se grabó en su recuerdo por las atenciones que sus compañeros prodigaron a Luty, que era, sin punto de comparación, la más hermosa de las muchachas' del valle. Pan no sabía exactamente a qué atribuir su enojo a la extraña actitud de propietario que había asumido con relación a ella.

El tiempo había de enseñarle algo más acerca de aquel estado de ánimo en que se encontraba. Un nuevo incidente sucedió al día siguiente en la escuela, a la hora del mediodía. En aquellos' últimos días de noviembre reinaba todavía un veranillo indio, o veranillo de San Martín, y los alumnos comían bajo los árboles. Repentinamente, Luty llegó corriendo junto a Pan, quien, como siempre, se hallaba prodigando cuidados a su caballo. La muchacha llevaba despeinado el dorado cabello. Iba llorando. Sus grandes ojos violeta estaban llenos de lágrimas.

-Pan..., sal ahora mismo... y dale una zurra a Dick Hardman -exclamó apasionadamente.

-¡Luty! ... ¿Qué te ha hecho? -preguntó Pan.

-Siempre ¡me está molestando... cuando tú no estás delante... No te lo había dicho... porque sabía que te pegarías con él..., pero lo que me ha hecho ahora,... Me ha agarrado y me ha besado... ¡delante de todos los muchachos!

Pan miró fijamente el rostro de la jovencita, humedecido por las lágrimas, y observó que Luty era diferente a como había sido. Ya no era una niña. Por una razón extraña para su comprensión,, se enfureció, con ella y, empujándola a un lado, se acercó al grupo de muchachos, que los estaban mirando de reojo.

Dick Hardman, que ya era un chico rollizo y fuerte, retrocedió y se introdujo entre el grupo de espectadores. Pan hizo lo mismo violentamente, obligando a los chicos a retirarse, hasta que se encontró frente a frente con su adversario. Las oscuras pecas parecían sobresalir de un modo prominente en el cetrino rostro de Dick. Algo en el aspecto y en la expresión de Pan le intimidaron. Pero se irguió despectivamente.

-¡Eres un cerdo! -le gritó fieramente Pan, y le golpeó con todas sus fuerzas.

Al cabo de una hora ambos continuaban luchando todavía. Se habían ido zurrando desde la arboleda hasta el patio de la escuela, desde aquí hasta la carretera y desde la carretera nuevamente hasta el patio. Ensangrentados, desgarrados, negros, ambos plegaron, destrozaron y arañaron. La maestra, retorciéndose las manos, llamó a los otros chicos para que separasen a los beligerantes-. Ya lo habían intentado, pera inútilmente, puesto que lo único que consiguieron fue recibir golpes y puntapiés. Las muchachas, casi todas, gritaban y lloraban. ¡Mas no Luty! Con los ojos dilatados, con el rostro pálido, la niña contemplaba la 'lucha. Todos los espectadores, aun los más jóvenes, parecían reconocer que aquella pelea era diferente a todas las que hasta entonces habían visto. Finalmente, la maestra envió a varios muchachos a pedir ayuda a algunas de las cercanas granjas.

Dick solía esconder la cabeza y lanzarse contra Pan, con el intento de golpearle en el abdomen. Dos veces consiguió derribar por este medio a Pan, con lo que obtuvo una situación de ventaja. Pero el astuto Pan, que se anticipó a un tercer y último ataque de esta clase, levantó la rodilla con terrible, fuerza y golpeó con ella a Dick en el rostro.

Dick cayó al suelo a plomo, se retorció, dio vuelta sobre la espalda y gritó horrorosamente. Repentinamente, cesó de gritar, se levantó sobre una rodilla, escupió sangre y algo más, que repiqueteó al chocar contra el suelo... ¡Un diente! Tembloroso, llevóse una de las sucias manos a la ensangrentada boca. Uno de los dientes anteriores había desaparecido de la boca, y algunos otros se encontraban flojos. La vanidad, el rasgo más destacado del -ca-rácter de Dick, sufrió con ello un golpe terrible. Se puso en pie, se tambaleó, recogió una piedra y miró a Pan de modo colérico.

Voy... a... matarte!

Y arrojó la piedra con intenciones siniestras, Pero Pan pudo rehuir el proyectil y saltó contra su contrincante. Dick corrió hacia la escuela y se agachó en su carrera para recoger piedras y lanzarlas contra su perseguidor. Los vociferantes muchachos se dispersaron, las chiquillas corrieron. Pan no estaba dispuesto a dejarse vencer en ninguna modalidad de la lucha. Devolvió las piedras, una por una, y acertó con la última a dar a Dick en la parte inferior de una pierna. Como una bestia herida, Dick rugió y, entrando en la escuela, cerró la puerta tras de sí violentamente. Pero Pan se lanzó tras él, agarró una piedra grande y la arrojó tan enérgicamente, que rompió la puerta y arrancó los goznes.

Pan entró y recibió en el rostro el impacto de la larga regla de, la maestra, arrojada por Dick. La recogió, la blandió, como un arma y se lanzó contra su enemigo. Dick corrió a lo largo de la pizarra y, cogiendo un borrador tras otro, los arrojó contra su perseguidor. La pun-tería fue muy mala. Su resistencia comenzaba a agotarse. Su valor había desaparecido. En cuanto a Pan, la larga lucha parecía haberle dotado de renovado furor y renovada fortaleza. Lo cierto era que un fuego devastador, orbe ardía en sus venas, se había encrespado hasta el rojo blanco, indomable e inextinguible.

De pronto, Dick se dirigió a la mesa de la maestra. Una idea, una inspiración se mostró en la rapidez de sus movimientos. Pan adivinó su propósito, y, saltando sobre las mesas de los alumnos, intentó adelantarle. ¡Demasiado tarde! Cuando Pan saltaba desde el último pupitre al tablado, Dick se volvió... con el largo cortapapeles de la maestra en la mano, con los' prominentes ojos bañados por el odio más ciego.

Más' tarde, cuando los chicos que se hallaban en el exterior pudieron mirar a interior de la estancia, no vieron ni oyeron a los luchadores; pero, temiendo que se encontrasen ocultos bajo los bancos, dispuestos para una nueva descarga de proyectiles, ninguno de ellos se atrevió a entrar. La maestra se había apresurado a correr, carretera abajo, para salir al encuentro de los hombres a quienes algunos de los muchachos habían avisado.

Y tales hombres eran Jim Blake y Bill Smith, que regresaban de las llanuras a su hogar. Cuando entraron en la sala de la escuela, seguidos temerosamente de la maestra, junto a la que iba Luty, que fue el' único ahormo que tuvo el valor necesario para hacerlo, descubrieron que la pelea había terminado.

Dick yacía inconsciente, tumbado en el suelo, con la frente bañada en sangre. Pan se hallaba sentado, acurrucado más bien, en la plataforma, hosco v arisco, con el rostro, las manos y la camisa ensangrentadas.

-¡Aaah! Me parece que esta vez has peleado como un verdadero vaquero, ¿eh? - preguntó el padre de Pan a su hijo -. Levántate. Déjame que te mire... Jim, reconoce a ese otro muchacho que está en el suelo.

Mientras Pan intentaba doloridamente ponerse en pie, Blake se arrodilló junto a Dick. -Bill, este gallo de pelea ha recibido una paliza de todos los diablos -dijo, Blake.

- ¡Eres un vaquero rufián! -estalló indignado Smith mientras extendía uno de sus largos brazos en dirección a Pan-. Pero... ¿qué diablos?... Muchacho, ¡has recibido una puñalada

-Sí..., papá..., con el cortapapeles... de la maestra... -contestó débilmente Pan. Se puso en pie con dificultad' y se llevó la mano derecha al hombro izquierdo, donde, entre los dedos manchados de sangre, asomaba la rota hoja del, cortapapeles.

La indignación de Bill Smith se convirtió en alarma y angustia. Algo severo y triste ocupó su lugar. Exactamente en aquel' momento, Luty, se separó de la maestra y se colocó ante él.

-¡Oh! ... Por favor..., no lo castigue usted, señor Smith - exclamó conmovida -. Todo ha sido por culpa mía... Fui yo quien comprometió a Dick. Le hice burla. Me dijo cosas que no eran... agradables ... Le di una bofetada... Y luego me agarró... y me besó... Fui a buscar a Pan..., se lo dije... ¡Oh! Eso hizo que Pan luchase con él...

Smith fijó la mirada en el rostro grave y pálido de la niña, cuyos distendidos ojos violeta estaban llenos de suplicante ansiedad. La indignación de Bill Smith comenzó a desvanecerse. Pareció repentinamente sorprendido al apreciar algo que jamás había visto antes de aquel momento.

-No, Luty; no lo castigaré - prometió lentamente -. Le aprecio más ahora, cuando sé que ha luchado en tu favor.

IV

No volvieron a encontrarse durante todo el verano. El invierno fue muy duro. Pan abandonó la escuela y permaneció en su casa, trabajando para su madre y jugando mergos que en cualquier temporada anterior.

-He oído decir a Dick que te matará cualquier día -le dijo con seriedad' un vaquero-. No eches en saco roto mis palabras, muchacho, es un mal hombre.

-¡Ah! -Ésta fue la respuesta que Pan dio al mismo tiempo que se alejaba. No le agradaba que le recordasen a Dick. Cuando oía mentarlo, una chispa eléctrica parecía reavivar el rescoldo que aún encerraba en el pecho y convertirlo en fuego.

Cuando llegó la primavera, Pan se unió ansiosamente a los vaqueros que realizaban los rodeos, con más interés que nunca, puesto que una parte del ganado y del equipo que realizaba las tareas era de la pertenencia de su padre. Los cuarenta caballistas esperaban en la extensión de las llanuras la llegada de los carros. Estaban entre ellos cinco vaqueros del equipo de Big Sandy, que pertenecían al mismo grupo que Pan. Estos vaqueros habían llegado de la región de Crow Roost. Old Dutch John, un personaje famoso en aquella zona, dirigía el carro de las provisiones. Se hizo inmediatamente buen amigo del padre de Pan, circunstancia que atrajo al muchacho hacia el viejo cocinero. Era un hombre que no podía hablar, sin salpicar sus palabras de innumerables juramentos, y, si necesitaba contestar con un sencillo « si» o con un no menos sencillo «no» a cualquier pregunta, no lo hacía sin acompañar estos monosílabos de una larga serie de palabrotas.

Al día siguiente el equipo se dirigió hacia el oeste de Dobe Creek, donde rodeó y recogió acaso un millar de reses. Pete Blaine y, otro vaquero enlazaron las terneras, y Pan ayudó a sujetarlas.

Al otro día los vaqueros rodearon Blue Lakes, donde el ganado abundaba. El viejo John gritó a los muchachos:

-¡Eh, vaqueros, basta por hoy! Habéis cercado demasiadas reses en un solo día. Aquellos dos lagos estaban siempre secos, excepto durante la primavera; y en aquellos

días se encontraban llenos de hierba verde, que alfombraba la llanura hasta donde la vista podía alcanzar. El lunes, las largas hileras de reses se movieron entre nubes de polvo en dirección al lugar designado para hacer el rodeo. Cuando las manadas se reunieron, la propia llanura pareció moverse. Al hallarse reunidas tantas y tantas reses, componían un mar blanco y rojo, del que brotaba un incesante mugido confuso. Parecía imposible separar las terneras y las vacas de las otras cabezas de ganado. Pero docenas de arriesgados vaqueros, corriendo en sus caballos de acá para allá, pudieron muy pronto comenzar a hacer la separación.

Fue un espectáculo que entusiasmó a Pan mucho más que los anteriores. Los carros se hallaban alineados junto al lago, con las enormes cubiertas de lona blanca brillante el sol; y en la altura, sobre una elevación del terrestre estaban el «tunante» o carro dormitorio, tan lleno de pastos enrollados, que parecía un almiar. Más allá de orilla del lago, cuatrocientos hermosos caballos de silla ataban, coceaban y se mordían mutuamente. Y al otro o sonaban el'' estrépito que promovía la manada principal de la vacada, el ruido de los cascos de los' caballos de los vaqueros, el griterío de los hombres y el mugido de las reses.

Cuando todas las terneras y las vacas fueron separadas, un vaquero de cada uno de los equipos de los diferentes ganaderos d la región se reunió con los demás para reclamar la pertenencia de alguna de las reses y determinar la marca a que pertenecía. Después, la manada de vacas viejas, de toros y novillos, de añojos y terneros había de ser conducida nuevamente hacia la parte más despejada de la llanura.

Se encendieron hogueras. Y, puesto que no había leña en aquellos terrenos, se hicieron con huesos de búfalo. Fueron necesarios los esfuerzos de muchos vaqueros para reunir la cantidad' de huesos necesarios.

A la hora del crepúsculo, cuando concluye- el marcado de las reses, cada vaquero cogió un caballo para realizar la guardia.

Pan consiguió uno de ellos, llamado Old Paint.

-Oye, muchacho-le dijo uno de los' vaqueros de Crow Nest-, ¿no estás preparando un caballo demasiado bueno para el trabajo nocturno?

-¡Oh, creo que no! -respondió riendo Pan.

-¡Ven aquí, Blowy! -gritó el vaquero a otro-. Mira lo que he descubierto.

Un muchacho zancudo y de rostro rojo se separó de los demás v se acercó, entre un sonido de espuelas, para ver el caballo de Pan.

- ¡Que el diablo me lleve, Ben Bolt, si este caballo no es Old Calico! -exclamó con sorpresa y alegría -. ¿Dónde, lo has encontrado, chiquillo?

-Lo compró mi padre-respondió Pan.

-Escucha lo que voy a decirte: no ates nunca ese caballo a una estaca. Es el mejor caballo vaquero que jamás he conocido. El vaquero que lo crió y le enseñó todo lo que sabe fue compañero mío hace mucho tiempo. Y ya está muerto. Sería capaz de levantarse de su tumba, chiquillo, si supiera que su caballo estaba atado a una estaca.

-¿Sí? -contestó Pan-. La verdad es que no sé mucho acerca de este caballo. Lo llamamos Old Paint. Todavía no lo he montado. Papá se lo compró el invierno pasado a una señora que quería que arrastrase un carro. Pero el caballo se rebelaba. La señora dijo que le echó encima agua caliente y...

-¿Señora? ¡Diablos! - gritó el vaquero al mismo tiempo que enrojecía aún más-. No podía ser una señora si trataba a un caballo tan bueno de ese modo... Oye, oye, muchacho, yo te proporcionaré un buen caballo para el trabajo nocturno. Deja en libertad a Old Cal y, cuando necesites correr mucho o hayas de ir a toda prisa a cualquier parte, no dejes de montarlo. Lo mejor será que cuando lo hagan te ates bien los estribos y te afirmes bien en ellos, si tienes interés en conservar tu asiento, porque ese caballo es seguro que intentará librarse del vaquero que se le ponga encima.

-Perfectamente, dejaré a Old Calico en libertad - contestó Pan-. Y no olvidaré lo que has dicho de él. Blowy señaló uno de 'sus caballos.

-Muchacho, sube a ese otro caballo, y jamás irás al paso. -Gracias; tengo muchos caballos-dijo Pan.

-¡Ah! ¿Muchos caballos? Yo también tengo muchos, compañero; pero he elegido éste para seguridad de mis amigos.

Pan ensilló el caballo indicado. Y muy pronto vio que era el mejor que hasta entonces había montado. Este suceso le granjeó la amistad, de Blowy, que era un charlatán incansable y al que toda el equipo apreciaba. Pan aprendió algo de cada uno de los vaqueros con quienes se reunió; y 1o que aprendió no siempre fue lo mejor y más conveniente.

Aquel rodeo constituyó la verdadera presentación de Pan a las llanuras. Cuando llegó la ocasión en que los diferentes componentes del equipo se separaron para llevarse su propio ganado, el patrón dijo a Pan:

-Ven a trabajar conmigo.

Pan enrojeció agradablemente sorprendido, dio gracias y dijo que debía trabajar para su padre. Después, él y el vaquero que le acompañaba, Joe Crawley, se despidieron de sus compañeros provisionales, y principalmente y con mayor pesar de Old Dutch, y emprendieron el camino con sus propias reses. Cruzaron el antiguo campo de batalla indio en que el coronel Shivington dio a sus soldados una orden que se hizo famosa

«-¡Matadlos a todos! ¡Las liendres crían piojos! Pan y Joe se dirigieron hacia Limestone Creek con su pequeña manada y sus caballos. Pan quiso montar Old Calico, pero el caballo se había alejado hasta perderse de vista.

-Las moscas se muestran activas, muchacho -dijo Joe, que era más viejo y tenía más experiencia que Pan-. Me parece que vamos a tener barro en abundancia durante el mes próximo.

Había un algo en el aire, acaso tormenta, que producía inquietud a los animales. Pan y Joe tuvieron que vigilar constantemente para dominar a su ganado, tanto de día como de noche. Los animales no podían caminar. Deteniéndose donde se hallaban, los clon vaqueros se vieron forzados a hacer guardia hasta el amanecer, y entonces intentaron conducir su ganado. Pero no consiguieron moverlo hasta después de transcurridas varias horas llenas de esfuerzos. Finalmente, las reses se encontraron refrescadas y comenzaron a caminar.

Los dos muchachos llegaron en las últimas horas de la tarde a Limestone, donde hallaron tres vacas hundidas en el barro hasta los ojos, de las que solamente eran visibles la parte alta de las cabezas y los cuernos. Necesitaron mucho tiempo y gran trabajo para librarlas de su situación; acamparon cerca del lugar aquella noche y, puesto que habían llegado a sus terrenos, dejaron las vacas y las terneras en libertad.

A la mañana siguiente, Pan y Joe cabalgaban hasta el próximo pantano, donde encontraron diecisiete reses encenagadas.

-¡Siempre lo mismo! -exclamó Joe -. ¡Qué afición tienen estas condenadas vacas a meterse en el barro! Tuvieron que forcejear hasta mediodía para salvarlas. En otro pantano hallaron otras veinticuatro reses en la misma situación.

-¿Cuántos pantanos más hay en Limestone? - preguntó Pan.

-Solamente otros cuatro, que son los peores - contestó con un gemido Joe -. Si las vacas se meten en esos pantanos, como han hecho allá arriba, tu papá tendrá que comprar muy pronto nuevas reses.

Había seis mil cabezas de ganado abrevando a lo largo del arroyo. Cuando el agua estaba baja, se metían en el barro por centenares.

-Esto presenta mal aspecto, Pan - observó el vaquero -. Creo que vamos a necesitar ayuda.

Regresaron al campamento, cenaron, tomaron caballos descansados y pasaron media noche sacando a las reses del barro.

Al amanecer, los dos muchachos se hallaban trabajando de nuevo. Algunas de las vacas que se empantanaron habían muerto; otras tenían el cuello retorcido, y fue necesario matarlas. En la parte más baja del arroyo las cosas presentaban un aspecto todavía más negro. El remanso más grande de todos los de aquellos terrenos parecía, visto desde lejos, como un pequeño lago lleno de patos.

-¡Estoy maldiciendo al mundo por secciones sucesivas! -gruñó Joe -. Bueno, muchacho, vete arroyo abajo, y haz la cuenta más aproximada que sea posible de las vacas que veas en estas condiciones. Yo iré mientras tanto á buscar hombres y carros. Trasladaremos el campamento aquí. Esto es lo peor que he visto en mi vida. Vamos a perder muchísimo ganado. Hay una cantidad terrible de barro grumoso en el fondo. Y ¡por Satanás!, vamos a tener que detenemos aquí Dios sabe cuánto tiempo.

Aquel otoña, Jim Blake vendí su hacienda y se trasladó con su familia a Nuevo Méjico. No había encontrado prosperidad en el valle, donde las cosas' iban de mal en peor. Pan no llegó a casa a tiempo de despedirse de Luty, lo que le dolió intensamente. No olvidaba a la chiquilla, que se había convertido en uno de los factores principales de su vida. Luty le dejó una nota de despedida, sencilla y leal, esperanzadora y, sin embargo, desconcertante. ¡No era tan infantil como las primitivas! El tiempo volaba, y Luty crecía y se desarrollaba.

Los Hardman se alejaron también del valle, a un lugar que ninguno de sus vecinos parecía conocer. Pero Pan tuvo seguridad de dos hechos: que Dick se había metido en un tiroteo, en el' que había herido al' hijo de un ranchero, y que, procedente de una fuente desconocida e inesperada, los Hardman habían obtenido una importante cantidad' de dinero, o la habían heredado.

Pan olvidó muy pronto a su enemigo de la infancia. Aquél fue el último invierno que pasó en su casa. Fue a la llanura de Limestone a la llegada del invierno, y, según decían los vaqueros, adquiría rápidamente las cualidades características de los mejores caballistas de la época.

Al regresar a su hogar, Pan encontró que su padre había realizado algunas operaciones ruinosas y que no marchaba muy bien desde el punto de vista económico. Muchos nuevos colonos codiciosos estaban instalados en las inmediaciones de su hacienda. Los cuatreros v ladrones de reses habían llegado, procedentes del Norte, realizando innumerables robos. Durante la ausencia de Pan, una nueva hermanita suya había nacido, lo que fue una noticia feliz para él'. Y cuando jugaba con la pequeñuela, solía acordarse de Luty. ¿Qué habría sido de ella? Al recordarla, pensaba que, más o menos tarde, habría de ir a buscarla.

Pan decidió que no podría permanecer ocioso durante el invierno. Podía haber tenido muchísimos quehaceres en su casa, donde habría trabajado sin recompensa monetaria, pero ni siquiera quiso tomarlo en consideración. Por esta razón tomó la resolución de unirse a otros vaqueros aventureros que proyectaban dirigirse al Sur, y regresar en la primavera con algunas de las grandes manadas que eran conducidas hacia el Norte.

Pero a Pan le entusiasmó la magnífica extensión del campo del Estado de la Estrella Solitaria v trabajó allí como caballista por espacio de dos años, en los que inevitablemente se inclinó hacia la vida turbulenta y libre de los vaqueros. En algunas ocasiones enviaba dinero a su madre, pero lo hacía con poca frecuencia, porque casi siempre tenía contraídas deudas. La mujer le escribía regularmente, y sus cartas constituían el único eslabón que le unía con los viejos recuerdos de su hogar. Pensaba algunas veces en Luty, en las cabalgadas solitarias, en las guardias nocturnas, y todo ello le parecía un sueño dulce y melancólico. Jamás tuvo noticias de ella.

Lucía nuevamente la primavera cuando Panhandle volvió a la tierra que llevaba su mismo nombre. Como si la suerte lo hubiera dispuesto de este modo, encontró un equipo de vaqueros que conducía unas manadas a Montana, labor que habría de durar hasta el siguiente otoño. Con gran desconsuelo por su parte, la historia de sus aventuras y de sus atrevimientos le había precedido. Los malos rumores viajan aprisa. Por ellos, Pan fue más respetado y querido de todos aquellos caballistas. Pero temía que 1-as murmuraciones hubieran llegado también, a oídos de su madre. Iría a su casa el próximo otoño para cerciorarse de que su madre estaba bien y para convencerla de que él no era «uno de esos vaqueros camorristas y malos».

A la llegada del otoño sufrió la decepción de verse privado de las ganancias de aquel largo verano; y se encontró sin trabajo y sin dinero. No quiso hacer el camino hasta su hogar pidiendo protección v comida en los ranchos que hallase a su paso, por lo que decidió colocarse en casa de un ranchero de Montana. De este modo comenzó a despreciar los amarillos desiertos de aquel estado meridional, las agudas ráfagas de aquel penetrante viento, el hielo y la nieve. La primavera lo encontró cabalgando hacia el Sur, hacia los terrenos que había abandonado. Pero las corrientes de la vida le arrastraban, con el rápido paso de los meses, tan velozmente como los caballos mesteños que montaban; y no llegó a su hogar. El Cimarrón, el Platte, el Arkansas lo vieron en sus llanuras y en sus valles, donde los cascos de sus caballos se marcaron en todos los caminos; y después de haberse alejado, lo recordaron como a ningún otro vaquero.

A la edad de veinte años, Panhandle Smith parecía mucho más viejo: llevaba marcada en la expresión y en el aspecto la huella de la vida dura, de las rudas compañías, de las condiciones adversas que el destino le reservó en su aspecto de vaquero americano. Había asimilado la mayoría de las virtudes de estos personajes, y casi todos sus vicios. Pero siempre se mantuvo alejado de las mujeres. Sus camaradas le hacían infinitas bromas motivadas por su temor a los seres del bello sexo, pero jamás le comprendieron. Pan nunca perdió el respeto hacia las mujeres, que su madre le había inculcado, ni su primer y único amor por Luty Blake.

Una noche de verano, Pan se hallaba haciendo guardia nocturna en sustitución de uno de sus compañeros, que se había enamorado, de la hija del ranchero para quien ambos trabajaban. Jim estaba verdaderamente chiflado por la muchacha, a la que asediaba un vaquero rival, perteneciente a otro equipo. Aquella noche tenía que ser la decisiva.

Pan no pudo por menos que reírse de su compañero. Era pintoresco, era patético el verlo tan pronto sumergido en las profundidades de la desesperanza como elevado al cielo, según soplasen los vientos del caprichoso talante de la señorita. Pan había cabalgado o trabajado en muchas ocasiones junto a algún otro vaquero afligido de la misma dolencia.

Aquella noche, sin embargo, Pan se vio acometido de una molesta melancolía. Acaso fuese la expresión de un anhelo, de algo que no sabía de qué modo definir.

La noche era extraña, bochornosa, opresiva y silenciosa, rota sólo por el incesante mugido de las vacas y por el sordo zumbido de los truenos que brotaban de entre las nubes negras y revueltas. Una luna amarillenta y espectral se asomaba por el horizonte. La llanura se extendía oscura, solitaria, silvestre. No se, movía el viento. Los lobos y los coyotes permanecían silenciosos. De pronto, a Pan le pareció que el mundo estaba completamente desierto. Fue un sentimiento inexplicable. La llanura, la soledad, la manada de reses a su custodia, los camaradas dormidos, los caballos en torno a sus estacas..., todas estas cosas, siempre tan elocuentes para él, perdieron de súbito su importancia. Al fin comprendió que experimentaba la nostalgia de su hogar. Y cuando el tiempo de su guardia concluyó, Pan es-taba determinado a abandonar aquel empleo y dirigirse a su casa.

V

Camino de su hogar, Panhandle Smith cruzó la llanura de Limestone, que era el campo en que se desarrollaron sus primeras actividades como vaquero. No había cambiado mucho, aun cuando el ganado no abundase en ella tanto como anteriormente. Tan conocidos como años antes le eran los pantanos en que él y su compañero - ¿cuál era el nombre de aquel vaquero?-pasaron tantos días y tantas noches entregados a un trabajo penoso.

Pan acampó en el vado rocoso en que un arroyo se unía al Limestone. Se hallaba a treinta millas de Littleton, más allá de Las Ánimas, y su caballo estaba cansado. Preparó su parca cena, desenrolló el lecho y, como en centenares de otras noches, se tumbó bajo el cielo abierto. No nudo dormir durante mucho tiempo. Cuanto más se acercaba a su hogar, tanto más extraños y profundos eran sus pensamientos.

Al cabalgar al día siguiente no dejó de mirar atentamente por todas partes en busca ¿le ganado que llevase la marca perteneciente a su padre? Pero no pudo verla. Al fin, cuando se hallaba próxima la hora del' crepúsculo, después de pasar junto a millares de reses, llegó a la sorprendente conclusión de que su padre no tenía ya reses en aquellos terrenos. ¡Demasiados colonos y demasiadas verjas! Llegó a Littleton cuando la oscuridad se adueñaba del cielo. Littleton se había convertido en un poblado de cierta importancia. Pan se instaló en una habitación del nuevo hotel y después de la cena salió con el propósito de buscar a alguien a quien conociera. Era sábado y la ciudad estaba llena de caballistas y de rancheros. Pan es-peraba encontrar algún antiguo conocido en cualquier momento; pero, con gran sorpresa, no halló a ninguno. Finalmente, entró en la tienda de Campbell, que estaba instalada desde hacía mucho tiempo en aquella región. John Campbell, de fuerte constitución, con su barba larga y rostro rojizo, parecía exactamente lo mismo que era cuando Pan iba a su casa a comprarle unos centavos de caramelos. Sin embargo, había pasado mucho tiempo y Campbell no le reconoció.

-Buenos días, forastero: dígame en qué puedo servirle -contestó al saludo de Pan; y midió al alto jinete con ojos curiosos.

- Oiga, John, usted tenía costumbre de regalarme algún caramelo cada vez que venía a la ciudad - dijo riendo Pan.

-Sí, he hecho lo mismo con todos los Tom, Dick y Harry de esta región - replicó el viejo mientras se sobaba la barba- Pero no me acuerdo de usted.

-Soy Panhandle Smith - anunció Pan dándose un poquito de importancia. Acaso, si no era reconocido personalmente, podría tener la suerte de que también su reputación fuera desconocida de aquel hombre.

-¡'Claro que eres Pan, por todos los diablos! -exclamó Campbell cordialmente; y hubo una inconfundible alegría en el apretón de manos que le dio-. Pero nadie podría reconocerte. Oye, has crecido mucho. Hemos oído hablar muchísimo de ti... Aunque nada durante los últi-mos años... Vaquero, has debido de vivir bastante intensamente la vida de los vaqueros, si lo que se dice es cierto.

-No debe usted creer todo lo que oiga decir, señor Campbell - replicó sonriendo Pan -. Me agradaría tener noticias de mis padres.

-¿No lo has oído? - preguntó Campbell dubitativamente.

-¿Qué? - dijo rápidamente Pan al ver que la expresión de su colocutor adquiría un tinte de gravedad -. Hace dos años o algo más que recibí una carta de mi madre.

-Deberías haber venido hace mucho tiempo - dijo Campbell -. Tu padre perdió el ganado. Tenía negocios en común con Hardman, de los cuales es posible que no hayas oído hablar. Por estos alrededores hay muchos rancheros que juran que Hardman no procedía siempre lealmente. Bien; tu padre vendió sois posesiones y se marchó. Creo que esto sucedió hace un año.

-¿Adónde fueron?

-Tu papá no me lo dijo; pero después he oído decir que siguió las huellas de Hardman fue al occidente de Nuevo Méjico. Marco es el nombre del lugar. Es una nueva colonización. Hay minas de oro y de plata. Se dirigen allí nuevos ganaderos con sus equipos. Y últimamente he oído decir que se crían en aquella zona muchos caballos salvajes.

-¡Ah! - exclamó Pan con profunda tristeza y no menos sorpresa al oír estas noticias. -Es un lugar abierto, sin fronteras - declaró Campbell -. Algunos vaqueros que han venido por aquí han hablado de Marco. Dijeron que la vida era fácil en esa nueva colonización.

-¿Por qué se marchó papá? - preguntó Pan, intrigado.

-No podría decirlo con seguridad, pero sé que estaba indignado con Hardman; y lo pintoresco del caso es que no lo estuvo hasta cierto tiempo, después de que éste se marchó. Es posible que entonces averiguara alguna cosa que antes no conociera. Y tú puedes averiguar lo que haya sucedido si te dedicas a preguntar a los rancheros que han sido explotados por Hardman.

-¡Ah! -murmuró pensativamente Pan-. No pienso molestarme en hacer averiguaciones. Mi padre me lo dirá... ¿Qué ha sido de Jim Blake?

-Jim, cierto tiempo antes, aun cuando creo que varios años después de que te marchases de tu casa, fue capataz del equipo de Hardman. Y fue el primero en irse a Marco. Supongo que Hardman le envió para que explorase el terreno.

-¿Llevó Jim a su familia consigo? - preguntó Pan. -No; pero la familia fue a unirse con él poco tiempo después. En realidad, ahora que 1o recuerdo, varios colonos de estos alrededores han ido también allá. Creo que aquella región del Oeste está floreciendo mucho, Pan; en ésta nuestra hay demasiada gente.

-Marco... ¿Cómo se va allí?

-Por la carretera vieja de, California.

Pan se refugió en la soledad de su habitación y, envuelto en la oscuridad, insomne, experimentó los acerbos dolores del remordimiento. Sin apenas darse cuenta del paso de los años, siempre con el propósito de volver a su casa para ayudar a sus padres y a su hermanita, para aproximarse nuevamente a casa, nunca olvidada Luty, había sido apresado por la vida turbulenta de la llanura, que le había retenido durante demasiado tiempo. Los pretextos no tenían valor. ¿Qué habría sucedido si no le hubiera sido posible ahorrar algún dinero, si hubiese caído en el número de aquellos a quienes su antigua maestra de escuela había llamado «vaqueros malos»? El orgullo, la negligencia, el amor a las llanuras y a las tierras nuevas, a las nuevas aventuras, le habían impedido cumplir debidamente con sus padres. Aquella hora fue verdaderamente negra y vergonzosa para Panhandle Smith. En lugar de ahogar su dolor en la bebida, como habría sido natural que hiciera un vaquero, permitió que este dolor imperara en él. Merecía las angustias de los reproches que a sí mismo se hacía, de las inútiles preguntas, de los redivivos recuerdos que despertaban en él anhelos mucho más fuertes que los que le habían puesto de nuevo en el camino que conducía a su hogar.

Al día siguiente Pan vendió su equipo, con excepción de las escasas pertenencias que más apreciaba, y tomó una diligencia que se dirigía al Oeste. Una vez en camino consiguió desechar su meditativa y tormentosa actitud' y gradualmente despertó a la evidencia de que estaba dirigiéndose a una nueva región, hacia una nueva aventura, la más grande de su vida, en la cual debería ofrecer compensaciones a su madre y a Luty. De una manera natural, Pan incluía a Luty en el' pequeño círculo de las personas a quienes amaba. Luty, a quien había abandonado en busca de espacios más abiertos, para montar caballos y conducir reses, por el polvo, la tormenta y el rodeo, por las largas cabalgadas diurnas y por las guardias nocturnas, por la mesa de juego: la botella, la pistola..., por todo aquello que hacía que la vida fuera tan encantadora para el vaquero americano...

El viajar en diligencia no era una cosa nueva para Pan, aun cuando anteriormente no hubiera hecho nunca un viaje más largo de un día. El conductor del coche, Jim Wells, era viejo en aquella región. Había sido correo a caballo, minero, trajinero y carretero, y en aquellos momentos, con el pelo ya gris y con los huesos molidos, le agradaba encaramarse al asiento de conductor del coche, masticar tabaco y hablar. Sus agudos ojillos averiguaron prontamente la clase de hombre que era Pan.

-Coge tus bultos y sube, muchacho - dijo -. Oye, ¿Cómo diablos te llamas?:

-Soy Panhandle Smith - replicó Pan con desenvoltura -. Vengo de Sycamore Bend. -¿Dónde demonios he oído yo ese nombre? Tengo muy buena -memoria para los

nombres y las caras. Me parece que ese nombre tuyo lo oí en Cheyenne el pasado verano...

Ahora lo recuerdo. Un vaquero llamado Panhandle recorrió las calles montado sobre un caballo rojo que era mejor que todos los que allí había. ¿Es, posible que aquel vaquero fueras tú?

-Supongo que es posible -contestó sonriendo Pan-, pero si sabe usted algo más acerca de mí, le suplico que haga el favor de guardárselo debajo del sombrero, viejo.

-¡Ja, ja! -rió Wells al mismo tiempo que sedaba unos sonoros manotazos en la rodilla-. ¡Por todos los diablos! Lo haré si puedo. En el coche va una anciana señora que tiene mucho miedo a los ladrones; y también va una joven. La he visto mirando detenidamente tus espuelas, tu estatura y ese revólver que llevas, que parece estar esperando que lo desenfunden. Y también va un jugador, si es que puedo preciarme de conocerlos. Me parece que me voy a divertir mucho en este viaje.

Después de la parada siguiente, donde los viajeros comieron, Pan volvió al coche y encontró a la señorita sentada en el asiento del conductor. La joven tenía unos ojos grises y serios y unas mejillas pálidas.

-Me he permitido ocupar su asiento-dijo con timidez-. Pero creo que hay bastante sitio para usted. -Gracias. Iré en el interior del coche.

-Pero si no se sienta usted aquí... podría sentarse cualquier otro... y yo..., él... - tartamudeó en tanto que se ruborizaba un poco.

- ¡Oh, en ese caso me agradará sentarme a su lado! -la interrumpió Pan mientras subía al coche para hacer lo que había indicado. Pan se había dado cuenta del aspecto de un individuo de ojos de águila, vestido llamativamente, que se hallaba a punto de subir a la diligencia-. ¿Viaja usted sola?

-No. Mi papá viene conmigo; pero nunca se entera de nada. He venido muy molesta hasta ahora - contestó. Llegó el conductor, quien miró detenidamente a la pareja que se hallaba sentada, sonrió e hizo una mueca que desconcertó a la joven señorita.

-Bien; me parece que el conducir la diligencia me va a resultar esta vez más agradable que nunca-dijo mientras trepaba hasta su asiento y desataba las riendas de la manivela del freno-. Señorita, supongo que no le agrada viajar en el interior. Bien; podrá usted hacer un viaje muy bueno yendo sentada entre mí y mi joven amigo, Panhandle Smith.

-Creo que así será-contestó la señorita sonriendo agradablemente-. Me llamo Emily Newman. Viajo con mi padre para visitar a unos parientes que tenemos en California.

Pan descubrió muy pronto que era necesario hablar un poco para contener la locuacidad del viejo conductor del coche, que parloteaba con exceso. Este hombre había contado a la señorita Newman la carrera de Pan con el caballo rojo e iniciado la relación de otra historia referente al joven que no era muy, halagüeña ;para Pan, pero que el viejo la refería con el' propósito de despertar en la imaginación de la señorita unos sueños románticos. Pan consiguió que Wells callase; pero, demasiado, tarde. La señorita Newman volvióse hacia Pan y le dedicó una mirada llena de entusiasmo.

-¡Oh, claro, ya había visto que es usted vaquero! - dijo sonriendo nuevamente-. ¡Qué espuelas más grandes lleva! Me he preguntado cómo, podría usted andar con ellas.

-¿Estas espuelas? No son nada. Duermo con ellas puestas s - contestó Pan.

-¿Sí? No. No habla usted en serio... ¿Qué hay de cierto en eso, de su carrera +por las calles de Cheyenne arrastrando yardas y más yardas de calicó rojo detrás de su caballo?

-Fue una' locura. Me parece que antes de hacerlo había estado mirando algo tan rojo como el mismo calicó. -¡Oh! ¿Se refiere usted al alcohol?... ¿Estaba usted... bajo su influencia?

-Un poco-contestó riendo Pan; y sin embargo no le agradaba el giro que tomaba la conversación.

-No habría podido suponer que usted... - añadió ella; y no concluyó de decir lo que se había propuesto. Pero en su tono, en su mirada y en la intimidad con que le habló parecía haber un sutil halago para Pan. No parecía sino que estaba destinado a recibir impresiones similares cada vez que se aproximaba a alguna joven. Esto había sucedido muy pocas veces, porque sus encuentros con mujeres eran escasos y muy distanciados unos de otros. No nudo menos de sentirse complacido y un poca desconcertado. Creyó que en aquellas impresiones se albergaba algún peligro para él. Sin que pudiera comprender por qué, siempre había evita-do el tener amistades con mujeres jóvenes.

-Por regla general, señorita Newman, los vaqueros no valemos mucho-contestó Pan, ahogando su discurso en buen humor-. ¡Pero, de todos modos, solemos ser unos embusteros! tan terribles como la mayoría de los viejos conductores de diligencias.

-¡Ja, ja! -rió Jim Wells al mismo tiempo que restallaba el látigo y que 1'a diligencia traqueteaba sobre los baches de la carretera -. Es un muchacho, muy modesto, señorita, un vaquero extraordinario.

Y de este modo se lanzaron palabras y risas de uno a otro mientras' la larga carretera blanca se extendía ante ellos y desaparecía bajo las ruedas del vehículo. La muchacha estaba claramente interesada, fascinada. El' viejo Jim, según la: costumbre de los hombres del Oeste, se sentía dispuesto a hacer una conquista para Pan. Y Pan, que intentaba con todo empeño presentarse como un vaquero vulgar e indigno, solamente consiguió producir la impresión contraria.

La señorita continuó el viaje por espacio de varios días en el asiento del conductor, entre Pan y Wells, e hizo que las horas, volasen.

Cuando la diligencia llegó a Las Vegas, se alejó con su padre y se volvió entre la multitud ara agitar la mano en el aire en señal de despedida. Sus- ojos parecían expresar ávidamente lo que deseaban que hubiera sucedido. Estos ojos atormentaron a Pan por espacio de varios días, mientras la diligencia rodaba por las llanuras y por las montañas. A Pan le resultaba agradable recordar aquel incidente. Para él fue solamente un encuentro casual' con una muchacha guapa; pero hasta cierto punto comenzó a apreciar lo que había perdido. La actitud de los vaqueros hacia las mujeres era una actitud a la que él no estaba acostumbrado personalmente. Lo que había perdido no era el bailar y el «flirtear», que tanto agradaban a los vaqueros, sino algo que no podía acertar a comprender por entero v que pertenecía a la misma clase que la influencia nunca decreciente que su madre ejercía sobre él y que tenía una ignota asociación con la pequeña Luty Blake. ¿Pequeña? Con seguridad, ya no sería pequeña, sino una muchacha mayor, una mujercita como aquella Emily Newman, hermosa, acaso, con todos los encantos innumerables y los atractivos que las mujeres tienen para los hombres. Pan advirtió que crecía su ansiedad por ver a Luty, y este sentimiento aumentó a medida que continuaba el viaje a través del desierto; y con el mismo sentimiento caminaba hacia una perplejidad que le resultaba igualmente incomprensible. Nuevo Méjico, era una extraña y nueva tierra para él. Pan contempló el desierto con ojos que la emoción dilataba. Conocía las llanuras que hay desde Montana hasta Texas; pero aquélla era una región completamente diferente, con sus anchos valles cercados de moles de rocas amarillas y rojas, sus extensiones ambarinas, y, muy lejos, en todas las direcciones del horizonte, la oscura púrpura y el blancor de las elevadas cumbres.

Los ranchos de los mormones estaban diseminados a lo largo de algunos valles grises. El ganado escaseaba, y solamente algunas manadas moteaban las interminables extensiones de salvia verde y de hierba amarillenta. A medida que viajaba más hacia el Oeste, no obstante, el número de caballos salvajes aumentó hasta convertirse en millares.

Los caballos habían significado para Pan mucho más que cualquier otra cosa. En sus vagabundeos a lo alto y al fondo de las estribaciones occidentales de la tierra cuajada de praderas y situada al este de las Rocosas, encontró frecuentemente caballos salvajes y disfrutó persiguiéndolos. Todos los vaqueros son en ocasiones cazadores de caballos salvajes. Si Pan hubiera recorrido por más tiempo aquellas desiertas llanuras, se habría convertido inevita-blemente en un cazador permanente y en un amante de ellos. De todos modos, Pan no comprendía por qué no podría ganarse mucho más dinero con la caza de esto- que con la cría de vacas. La idea le seducía.

Nuevo Méjico, al fin. Parecía una continuación y una amplificación de todo el color, la selvatiquez y la inmensidad que Había dejado tras de sí. Dunas arenosas v depósitos de lava blanca; lechos de lagos secos y volcanes extintos en forma de cono, con las bocas accidentadas v abiertas; terrenos bajos y colinas pobladas de amarillos cedros; valles de púrpura, verdes florestas en las estribaciones de las montañas ..., toda esta inmensa variedad de la Naturaleza era nueva para el vaquero de las llanuras. El agua escaseaba, aun cuando a largos intervalos del viaje cruzó algún arroyo. El colono, ese precursor solitario y esperanzado, escaseaba tanto como los arroyos.

Una noche, cuando la oscuridad comenzó a reinar, la diligencia arribó a Marco. Pan era uno de los cinco pasajeros que conducía. El crepúsculo se había producido varias millas antes de que el coche llegara a su destino. En aquel' momento pensó Pan que la región era extremadamente bravía y hermosa. La oscuridad borró pronto las extrañas afirmaciones de rocas coloreadas, la infinita extensión del valle, las cumbres blancas y frías que se erguían a lo lejos.

¡Marco! ¡Qué desacostumbrado fue el palpitar del corazón de Pan! El' largo viaje, de tres semanas de duración, había terminado. La diligencia llegó a la calle principal de la población, que era una calle como Pan jamás hubiera imaginado que pudiera existir. Era cruda, áspera, estaba inundada de luces, las fachadas de los edificios eran de madera, y una multitud abigarrada de hombres discurría por ella. Tampoco podía echarse de menos a las mujeres en los grupos que iban de un lado para otro. Era la noche de un sábado. Siempre parecía ser que Pan llegaba a las poblaciones que visitaba la noche de los sábados. El ruido y el polvo inundaban el aire. Pan descargó su equipaje y subió las escaleras de madera del hotel que el conductor de la diligencia le indicó.

Si Pan no hubiera estado fuertemente impresionado, por espacio de varias semanas, por el pensamiento de ver pronto a sus padres, a su hermanita y a Luty, de todos modos se habría excitado al iniciar aquella aventura al otro lado de las Rocosas.

Contrariamente a su costumbre de arrojar el dinero a manos llenas, como la mayoría de los vaqueros, ejerció una rígida economía durante aquel viaje. Ciertamente que era la primera vez que hacía una cosa de esta naturaleza. Disponía de cuatrocientos a quinientos dólares, que eran el importe de los sueldos que había ahorrado y de los ingresos por la venta del caballo y del equipo. No podía suponer cuáles serían los apuros en que podría hallar a su padre ni de qué modo podría tener necesidad de su dinero. Por esta causa Pan tomó un alojamiento barato y se dirigió a un restaurante propiedad de un chino.

Escogió - una mesa a la cual estaba sentado un joven cuyo rostro, cuyas manos, y cuyas ropas hablaban elocuentemente de una vida dura bajo el cielo abierto, en contacto con las cosas elementales. Pan podía comprender su significado con la misma rapidez con que apreciaba las cualidades de un caballo. É1 mismo pertenecía a la comunidad de los hombres que poseían estas cualidades.

-¿Me permite usted sentarme aquí? - preguntó indicando la silla vacía.

-Siéntese, forastero. -Ésta fue la respuesta que llegó acompañada de la apreciativa mirada de unos ojos serenos.

-Tengo mucha hambre. ¿Qué tal es la comida de aquí?

-Ese Chink es un cocinero de primera clase, y muy limpio... ¿Ha llegado usted ahora a fa ciudad?

-Sí -respondió Pan; y después de encargar al joven camarero lo que deseaba, se, volvió hacia su compañero y continuó-: Y es un, viaje condenadamente largo. Vengo de Texas.

-¿Sí? Bien; yo procedo del oeste de Kansas, al otro lado de la frontera de Texas. -¿Vino usted hace mucho tiempo?

-Hace unos seis meses.

-Perdóneme la curiosidad: ¿a qué se dedica usted? No conozco a nadie en este pueblo y me gustaría adquirir noticias.

-He estado trabajando en una mina de oro que yo mismo denuncié.

-¡Ah! -exclamó Pan con despierto interés -. Es una cosa que me parece muy interesante jamás he visto nada de oro, como no hayan sido algunas monedas, lo que ha sucedido muy pocas veces.

La sinceridad de Pan y aquel aire que tenía de sencillez v de indiferencia, en combinación con su aspecto, producían siempre la impresión más favorable en los hombres con quienes hablaba.

Su compañero rió desde el otro lado de la mesa, como si le hubiera sucedido lo mismo que a Pan.

-Me parece que no es preciso que me diga que usted es vaquero. Antes de verle, le oí venir... Me llamo Brown.

-Me alegro mucho de conocerle - contestó Pan; y luego, con evidente vacilación, añadió:

-Yo me llamo Smith.

-¿Panhandle Smith? - preguntó el otro con rapidez. -Sí, el mismo - dijo Pan riendo.

-¡Venga esa mano! -Ésta fue la única réplica de Brown, a la que acompañó el ademán que hizo para tender a su compañero unta mano fuerte.

-Soy tan feliz como desgraciado -declaró Pan cordialmente-. El mundo es muy pequeño... Ahora dígame, Brown, ¿ha oído usted algo acerca de mi padre Bill Smith?

-No. Lo siento mucho. Pero no he oído nada. He estado viviendo muy retirado y sin rnezclarme con la gente, porque creo que he encontrado un buen filón de oro. Y esto me ha hecho ser muy cauto.

- ¡Ah! Apostaría a que ésa es una ciudad muy acogedora. Agradezco la confianza que ha puesto usted en mí.

-Si he de decirle la verdad, me alegro mucho de haber encontrado alguien que provenga de una tierra próxima a la mía. ¡Cuánto me agradaría, señor, que me hubiera usted traído noticias de mi esposa y de mi bebé!

-¿Casado y con un bebé?... Eso es hermoso. ¿Es niño o niña?

-Es una niña. No la he visto, porque nació después de mi salida de casa. Mi esposa no estaba muy bien la última vez que me escribió. Quiere venir aquí, pero no podrá hacerlo hasta dentro de cierto tiempo.

-Me gustaría haber podido traerle noticias. Debe de ser muy doloroso para usted el estar separado de su familia. No estoy casado, pero sé lo que significa una mujercita... Oiga, Brown, ¿ha encontrado por aquí a un hombre llamado Jim Blake?

-No.

-¿O a otro llamado Hardman, Jard Hardman?

-¡Hardman! Ahora ha acertado usted, Panhandle. Yo diría que sí - replicó Brown al' mismo tiempo que en sus ojos tranquilos brillaba un relámpago que Pan había aprendido a conocer que era peligroso. El ritmo de su pulso se aceleró. Fue como si hubiera encontrado repentinamente una pista que hubiese estado buscando durante mucho tiempo. Hardman era' la única palabra que había provocado algún ardimiento en aquel joven minero.

-¿Qué hace Hardman? - preguntó con tranquilidad Pan.

-Todo. Y dicho sea entre nosotros, está haciéndolo a todo el mundo. Jard Hardman se mete en todo. En minería, en ranchería, y, según he oído, en ese asunto de la caza de caballos salvajes, que es lo que ha provocado el último florecimiento de Marco. Pero Hardman tiene grandes intereses concentrados aquí mismo, en la ciudad. Se rumorea que es el que respalda «La Mina de Oro», la taberna y el garito de juego más importante de la ciudad.

-¡Maldición! - exclamó pensativamente Pan -. Las cosas toman un giro muy pintoresco. ¿Podría usted acompañarme dentro de unos momentos a ese establecimiento? ¿Suele Hardman encontrarse en Marco?

-Algunas veces. Viaja a Frisco, Salt Lake y San Luis, donde vende caballos y ganados. Tiene un rancho muy grande en el valle,- y allí suele permanecer durante ciertas temporadas... Su hijo dirige su equipo.

-¿Su hijo? - preguntó Pan acaloradamente al recordar tiempos pasados.

-Sí, su hijo-declaró Brown en tanto que miraba escrutadoramente, a Pan-. Supongo que usted debe conocer a Dick Hardman.

-Lo conocí... hace mucho tiempo - contestó Pan meditativamente. ¡Qué lejano, qué perdido en el tiempo le parecía el recuerdo! ¡Qué vívidamente, sin embargo, se presentaba todo a su memoria!

-El viejo Hardman gana el dinero y Dick lo malgasta -continuó Brown con voz llena de desprecio-. Dick se divierte; dicen que es un jugador empedernido. Bebe de una manera terrible. No suelo andar mucho por los lugares de diversión de este pueblo, créame, pero veo a Dick con frecuencia. He oído decir que ha traído aquí a una muchacha de Frisco.

-¡Ah! Bien; no necesito saber más acerca de mi compañero de escuela. Muchas gracias. Dígame, Brown, ¿qué clase de ciudad es ésta, Marco, y de qué modo se vive en ella?

-Marco es -una población antigua y moderna, al mismo, tiempo -replicó el otro-. Es todo lo que puede decirse de ella. El hallazgo de filones de oro y plata en las montañas ha producido un florecimiento desde el año pasado. Ésa es la razón de que yo haya venido. La ciudad es dos veces más grande que la primera vez que la vi y tiene doble número de habitantes. Hay muchísima gente, gente baja, escoria, podríamos decir, de esa que se suele desplazar a las ciudades mineras, jugadores, fulleros, oportunistas, proseritos, aventureros, vagabundos, y, naturalmente, mujeres de las que siempre van donde esos personajes. Hay muchos equipos de vaqueros que se han instalado aquí. Y Últimamente, el comercio de caballos salvajes: y la caza de los mismos ha establecido en Marco sus cuarteles. Las operaciones mercantiles v el transporte de los caballos han atraído a muchos hombres. No pasa ni un solo día sin que venga algún joven, como ha hecho usted, del otro lado de las Rocosas. Hay hombres importantes en esa actividad que se hallan investigando en las montañas, en busca de minas. Y en el caso de que se descubra algún filón importante, Marco se convertirá en una ciudad muy grande, en vez de ser un pueblo muerto.

-¿Qué leyes hay aquí? - preguntó Pan, pensativo.

-Ninguna apreciable, especialmente en el caso de que se necesite apoyarse en alguna - afirmó Brown con tristeza-. Matthews es la máxima autoridad. Por lo que he podido apreciar, fue él mismo quien se eligió para el cargo. Es uña y carne de Hardman. Es el magistrado supremo, el sheriff y todo el tribunal, incluso el jurado. Pero existen algunos hombres ecuánimes y dignos que, más pronto o más tarde, terminarán por organizar la sociedad y arreglar todas estas cuestiones. Ahora no pueden hacerlo porque están terriblemente ocupados: antes que nada, han de trabajar y labrar su propia prosperidad.

-Sí, comprendo. Supongo que con todo eso ha intentado usted sugerirme que Matthews no es un hombre completamente honrado ni recto en lo que se refiere a la defensa de los intereses de los ciudadanos. Por ejemplo, -con relación a Hardman. He encontrado unas circunstancias parecidas por lo menos en media docena de ciudades.

-Me ha comprendido perfectamente - contestó Brown sobriamente -. Pero le agradeceré que me haga el favor de considerar lo que le he dicho como expresión de una opinión particular. No puedo demostrarlo. En esta ciudad no ha triunfado todavía la corrupción política. Pero es seguro que acabará por triunfar y que imperará el reinado de la ilegalidad y de la trampa.

-Bien; he tenido una gran suerte al encontrarle a usted -comentó, Pan con satisfacción-. En otra ocasión le diré por qué me considero afortunado. Estoy completamente seguro de que me quedaré aquí... Ahora, vamos a ver la ciudad, y especialmente «La Mina de Oro ». Pan no llevaba recorrida aún 1'a longitud de media manzana de la calle Mayor cuando comprobó que en la localidad reinaba un ambiente que le era extrañamente .familiar. Sí, había visitado en más de una ocasión algunas poblaciones abiertas y de espíritu bravío; pero aquellas ciudades tenían el espíritu bravío y primitivo que les era propio, el ambiente natural en las poblaciones :situadas ¡noto a las inmensas llanuras, y en ellas se veía por doquier al omnipotente vaquero. Los viejos habitantes le habían referido historias de Dodge y Abilene cuando ambas vivían sus días de esplendor. Pan jugó en los garitos de Juárez, al otro lado de la frontera de Texas, donde la ley no existía. Algunas de las ciudades ganaderas de Montara estaban muy lejos de hallarse atrasadas, según solían decir loas vaqueros. Pera en aquella población apreció Pan un algo diferente, un elemento desconocido, que era la carrera del oro, la persecución y la fiebre del oro. La excitación que esto producía se apoderó de él con tanta tuerza, que tuvo que realizar un violento esfuerzo para desterrarla de sí.

La ciudad' debía de tener una longitud de alrededor de media milla, se extendía a ambos lados de la calle Mayor, y desde las grandes edificaciones de piedra v de madera que llenaban las calles principales descendía en calidad paulatinamente hasta convertirse en un conjunto de chozas miserables y de tiendas que constituían los suburbios. Pan calculó que debía de haberse cruzado, durante su paseo, calle arriba por una acera, calle abajo por la otra, con más de tres mil personas. Aun cuando solamente la mitad de tales personas constituyesen la población, efectiva de la ciudad, era suficiente para que ésta pudiera ser considerada como de cierta importancia. No había faroles en las calles. Y las muchas luces amarillentas que salían por las puertas, los escaparates de las' tiendas y los abiertos balcones, caían sobre una multitud que se movía incansablemente de un lado para otro, tanto por las aceras como por el centro del arroyo.

El guía de Pan lo condujo a «La Mina de Oro».

Pan vio una gran estancia llena de figuras movientes, de hebras delgadas de humo azul que flotaban en las oscilantes luces amarillas. Un gran mostrador cruzaba en toda su longitud' el local, e innumerables bebedores se alineaban y agrupaban ante él. El chocar de los vasos, el tintineo del oro, el incesante murmullo de las roncas voces, todo esto ahogaba casi por completo el débil! sonar de la música que surgió de otra estancia que se comunicaba con aquélla.

Los mil y un salones de bailes y tabernas que Pan había conocido en su largo vagabundeo no podían compararse con aquél desde ningún punto de vista que se los examinase. Aquél era mucho más importante, más grande que los demás, y en él no existían las coacciones que la ley y el orden imponen. Montones de oro y de billetes de a cien dólares atestaban las mesas en que se jugaba a la ruleta, al faro o al póquer. Hombres de rostros pá-lidos y oscuras vestimentas se sentaban- y movían temblorosamente las manos ante las mesas de juego. Hombres maduros, con el rostro cubierto de barba y jóvenes de rostros pálidos se inclinaban absortos sobre las cartas. Mejicanos, de miradas esquivas y solapadas, con sus altos sombreros picudos y sus ropajes de colorines haraganeaban observando, esperando... lo que Pan no pudo comprender. Mineros borrachos y en mangas de camisa cruzaban vacilantemente la puerta en dirección al mostrador o la calle. Un fuerte olor a whisky se mezclaba al del tabaco. Mujeres jóvenes, con el' cuello y los brazos descubiertos, con los rostros, pintados, podían verse por todas partes; algunas, solas; otras, asediadas por los' hambres.

Las mesas de juego atrajeron la atención de Pan. Como todos los vaqueros, había experimentado la atracción que ejercen sobre los espíritus aventureros los juegos de azar. Observó primero el giro de la ruleta; luego el desarrollo de la partida de faro. En un rincón de la estancia, casi en un nicho podría decirse, Pan descubrió una mesa en torno a la cual se encontraban seis hombres absortos en el desarrollo de una partida de póquer. Sobre la mesa había millares de dólares en oro v en billetes. Una muchacha linda y deslumbrante, de ojos atrevidos y sonrisa lánguida, se apoyaba en el hombro de uno de los jugadores.

El compañero de Pan le dio un codazo en un costado.

-¿Qué? ¿Dónde? -murmuró Pan contestando rápidamente a la sugestión. Y su mirada recorrió rápidamente todos los lugares.

Brown estaba mirando con ojos relampagueantes al jugador sobre cuyo hombro se - apoyaba la muchacha de los blancos brazos.

Entonces Pan vio; un rostro que le era extrañamente conocido: un rostro hermoso, de piel entre roja y blanca, de boca grande y sensual, de ojos' atrevidos y de frente ancha y baja. El joven jugador era Dick Hardman.

Pan lo conoció. El reconocimiento no significaba nada, y, sin embargo, hizo que Pan se sobresaltase. Experimentó una' aguda punzada, y un calor desacostumbrado encendió su sangre. El joven rió al descubrir que la antigua infantilidad no había aún desaparecido de su ser. ¡Después de ocho años de vida dura v accidentada en las llanuras...! Pero aquel repentino resurgir de los viejos sentimientos sirvió a Pan para juzgar la naturaleza del cambio que el transcurso del tiempo había operado en él. Sería interesante ver el modo como Dick Hardman se comportaba al verlo ante sí.

Mas fue la muchacha quien atrajo principalmente la atención de Pan y quien respondió a la fuerza de su mirada. Se retiró del brazo del sillón de Hardman, se movió lentamente al avanzar y dio vuelta en torno a la mesa para aproximarse a él. Y en aquel' momento, Dick Hardman levantó la mirada, que tenía clavada en los naipes, v la observó.

VI

-¡Hola, vaquero! ¿Cómo no te he visto antes? -preguntó la mujer en tanto que inspeccionaba a Pan con su brillante mirada desde la cabeza hasta las espuelas.

-Buenas noches, señorita - respondió Pan al mismo tiempo que se quitaba el sombrero y sonreía -. Acabo de llegar a esta ciudad.

La muchacha dudó, como si se sintiera desconcertada al recibir una deferencia a la que no estaba habituada. Luego cogió entre las suyas la marro de Pan y le separó un poco de Brown, a quien dedicó una pequeña inclinación de cabeza a modo dé saludo. Y miró nuevamente a Pan de pies y cabeza.

-¿Te has quitado ese enorme sombrero porque sabes que eres bien parecido? - preguntó festivamente.

-No creo que haya sido por esa causa-contestó Pan. -Entonces, ¿por qué?

-Es una cosa que tengo costumbre de hacer cuando me encuentro ante una mujer guapa. -Muchas gracias. ¿Es necesario que la mujer sea guapa?

-No. Lo hago ante cualquier mujer, señorita.

-Eres forastero en Marco. Anda con cuidado para evitar que cualquiera pueda atravesarte de un balazo el sombrero cuando te lo quites.

Mientras ella le dirigía una sonrisa de la que se había borrado aquella expresión de ave de presa, de rapiña, que en los primeros momentos caracterizó a la muchacha, Pan pudo ver que Dick Hardman los estaba mirando con fijeza desde el otro lado de la mesa. Antes de que Pan hubiera podido dar a la mujer una respuesta, uno de los jugadores, un hombre sin afeitar y de gesto agrio, habló a Hardman.

-Oye, ¿estás jugando con nosotros, o estás vigilando el comportamiento de tu dama con ese vaquero del sombrero ancho y las botas altas?

Pan quiso aprovechar la ocasión que se le presentaba, aun cuando jamás habría podido pasar en silencio una observación de la naturaleza de aquélla. Soltó la mano derecha, que la joven conservaba entre las suyas, v, dirigiéndose a la mesa, arrastró tras de sí a la muchacha y se inclinó para dirigir una mirada al' enojado jugador.

-Perdóneme, señor - comenzó diciendo con la enunciación lenta y fría que es propia de loas vaqueros -. ¿Se refería usted a mí?

Su tono y su actitud atrajeron la atención de todos los individuos que rodeaban la mesa, especialmente la de Hardman y la del interpelado. Éste abandonó las cartas y midió con la mirada a Pan, .sin dejar de ver el revólver que llevaba colgante sobre la cadera.

-¿Qué pasaría si efectivamente me hubiese referido a usted? - preguntó con curiosidad el jugador.

-Que, si así hubiera sido, me vería precisado a interrumpir su partida de juego - contestó Pan con el mismo tono que si presentase una disculpa-. Compréndalo, señor, me duele mucho que alguien se burle de mis ropas.

-Perfectamente, vaquero; no he querido ofender –le replicó el otro; y, al oírle, todos, con excepción de Hardman, rieron a carcajadas-. Pero, de todos modos, interrumpirá usted' nuestra partida si no se aleja de aquí con Louise.

Estas palabras, sarcásticamente frías y dirigidas principalmente a Hardman, no sirvieron para aliviar la tirantez de la situación en cuanto a Pan se refería. Y esto era precisamente lo que deseaba Pan une sucediera. Dick miró fija e insolentemente a Pan. Parecía hallarse más intrigado que ninguno de los otros hombres. Evidentemente, realizaba un esfuerzo por recordar a Pan, cosa que no pudo conseguir. Pan no esperaba ser reconocido, aun esperando, permaneció descubierto durante un momento bajo la luz y devolviendo las miradas que le lanzaba su enemigo. En realidad, la firmeza de sus miradas desconcertó a Dick, quien se volvió en dirección a la regocijada muchacha. Al cabo de un momento, escupió el cigarrillo que tenía entre los labios' y dijo con voz ronca

-¡Vete, de aquí, gata! ¡Y no vuelvas a venir a ronronear a mi lado! La muchacha se rió insolentemente ante su cara.

-Olvidas que sé arañar...

Y después de pronunciar estas palabras, tiró de Pan para alejarlo de la mesa e hizo a Brown una seña para que se aproximase a ellos. Se detuvo ante la abierta puerta del salón de baile, y comentó:

-Siempre estoy provocando peleas. ¿Cuál puede ser tu nombre, -vaquero?

-¡Hum! Podría perfectamente ser Tinkerdam; pero no lo es -contestó Pan con indiferencia.

-¿Verdad que eres muy gracioso? - preguntó ella, que se sentía dispuesta a darse por ofendida v a discutir. Pero rectificó, después' de haberlo pensado, y se volvió hacia Brown -. Me parece que te conozco...

-Es seguro que me conoces, señorita Louise - respondió Brown tranquilamente -. Soy minero. Ya estaba aquí cuando viniste a esta ciudad; y vengo frecuentemente a este salón para divertirme.

-¿Cómo te llamas? -preguntó ella. -Charley Brown; y es cierto.

-Gracias, Charley. Ahora, dime, ¿quién es este compañero tuyo tan grandote y tan guapo? Ese hombre se ha quitada el sombrero para saludarme. Habla de una manera agradable y en voz baja y suave. Y me ha dirigido unas sonrisas completamente diferentes a las que me dirigen los demás hombres. Por otra parte, ha obligado a achantarse al mozo más jaquetón de toda la ciudad... ¿Quién es?

-Muy bien. Voy a hacer las presentaciones -dijo Brown-. Te presento a Panhandle Smith, de Texas.

-¡Ah! - exclamó ella mientras ponía ambas manos sobre las solapas de Pan -. Ya había supuesto que tendrías un nombre sonoro y bonito... ¿Quieres bailar conmigo?

-Sí. Pero temo mucho que habré de pisarte con excesiva frecuencia...

Entraron en otro local, charro v lleno de colorines, en el cual una muchedumbre de parejas giraba, oscilaba, pateaba y retozaba. Pan bailó con Louise v, a pesar de los empellones de los mineros, que iban calzados de altas botas, acertó, a hacerlo de un modo que creyó que le honraba. No había sido un vaquera aficionado a bajíes.

-Has dada una lección a todos esos destripaterrones -dijo ella cuando el baile hubo concluido -. Eres un muchacho muy modesto, Panhandle. Me tienes intrigada. No estoy acostumbrada a tratar con hombres como tú... aquí. Vamos a beber algo. Quiero tomar un vaso de whisky.

Estas palabras suscitaron unos pensamientos en Pan; y mientras a muchacha le precedía en dirección a Brown v luego hacia una mesa desocupada, comenzó a comprender el significado de aquellas mujeres de brazos desnudos, rostros pálidos, ojos profundos y labios pintados.

Ella bebió wisky sola, que era un líquido que abrasaba la garganta de Pan como si fuera de ¡fuego. Brown también frunció el ceño al tomarlo.

-Panhandle, ¿vas a quedarte aquí, en Marco? - preguntó Louise inclinándose sobre sus desnudos y torneados brazos.

-Sí, si encuentro a mi familia -contestó él sencillamente - . Mi familia ha perdido todo lo que tenía...: el rancho, el ganado, los caballos..., y se trasladó aquí o lo he sabido hasta que regresé a mi casa. La noticia me ha entristecido y me ha obligado a avergonzarme. Pero cuando salí de mi casa los negocios de mi padre marchaban bastante bien.

-¿Tienes también madre y hermana?

-Sí. Mi hermana Alicia debe de ser ahora una mujercita. -murmuró soñadoramente Pan.

-¿Vas a intentar ayudarlos?

-Creo que sí -contestó, Pan con emoción. -Entonces... no debes invitarme a beber... ni correr tras de mí... como me proponía obligarte a hacer.

Pan no pudo hallar una respuesta a tan franca y sincera manifestación. Y al mirar a Louise, consciente del cambio que en ella se había operado, alguien le golpeó en la, parte posterior del cuello y cayó sobre él.

-¡Dios mío! ... ¡Si es Panhandle Smith! -articuló una voz ronca.

Pan se puso en pie del mejor modo que le fue posible v se separó del otro hombre. La voz había preparado a Pan para el encuentro con algún antiguo conocido, y cuando vio aquel rostro delgado y rojo y aquellos ojos azules, los reconoció inmediatamente.

-¡Demonios! ¡Blinky Moran! ¡Diablo de hombre!... Borracho..., lo mismo que la última vez que te vi.

-Oye, Pan..., no estoy borracho... -contestó el otro-. Es posible que lo estuviera..., pero al ver... a mi antiguo... compañero... la borrachera se me ha... pasado. ¡Dios mío! Es como...

si me arrojasen a la cara... acalorada... un chorro de agua...

-Blinky, me alegro mucho de encontrarte, borracho o no. ¿Qué haces aquí? -preguntó cordialmente Pan. Moran se irguió, lo que no habría podido efectuar si no hubiera estado apoyado en Pan, v se hizo evidente que aquel encuentro le había alegrado y despertado en el antiguas recuerdos.

-Pan, te presento a este compañero mío - dijo al mismo tiempo que señalaba a un hombre fornido que estaba vestido con una especie de mono y calzaba botas altas-, Guns Hans, vaquero de Montana.

Pan estrechó la mano del sonriente vaquero,

-Compañero, estás apretando la garra de Panhandle Smith - anunció Moran con solemne emoción -. Fuste es el amigo de quien tantas veces os he hablado con entusiasmo. Era compañero mío, mi hermano, durmió junto a mí... Recorrimos juntos el Cimarrón y el Arkansas, y fuimos el único par de vaqueros honrados del equipo de Long Bar C que fue expulsado de Wyoming... No ha habido un hombre como él entre todos los que hayan montado un caballo o manejando un lazo. Y, tan seguro como que he de morirme, amigos, yo me habría convertido en cuatrero si no hubiera sido por Panhandle Smith... Más de una vez sacó el revólver para defenderme y...

-Oye, Blinky, no quieras que te estrangule para obligarte a callar - 1e interrumpió riendo Pan -. Os presento a mis amigos: la señorita Louise y... Charley Brown.

Pan no dejó de percibir el efecto que la muchacha de ojos brillantes y labios rojos producía a los vaqueros, especialmente a Moran, quien, según recordó, había sucumbido siempre con facilidad a los encantos femeninos.

-Blinky, has bebido demasiado para que puedas bailar con una dama -observó, Louise. -Bien, señorita, es cierto; pero ahora estoy tan sereno como nuestro amigo Panhandle -

replicó ardientemente Moran.

La, joven movió negativamente la rizada cabecita, sonrió, se levantó de la mesa, se acercó a Pan y se apoyó en él, tanto con ansiedad como con nerviosidad.

-Panhandle Smith, te dejo con tus amigos -dilo-. Pero no vuelvas a entrar aquí..., porque si lo hicieses... olvidaré el sacrificio que quiero hacer por la pequeña Alicia. ¡Adiós!

Louise se inclinó y besó a Pan en los labios; después de haberlo hecho corrió sin volver la vista atrás.

Blinky se dejó caer sobre una silla, dominado por una suerte de desacostumbrada emoción, y miró cómicamente a Pan.

-Oye, compañero, antes eras -un muchacho muy tímido para las mujeres - exclamó quejosamente.

-Y por las pruebas no puede dudarse de que continúo siéndolo, - replicó Pan., medio regocijado y medio enojado por la inesperada acción de la joven.

Charley Brown se unió a la alegría provocada por la situación en que se encontraba Pan.

-Me parece que he de ser yo quien pague las bebidas -dijo -. Y éstas serán las últimas. -¡Pan, esa muchacha es Louise Melliss! -dijo Moran.

-¿Sí? ¿Y quién diablo es Louise Melliss? -Oye, vaquero; deja de hacer el tonto.

-Lo digo con sinceridad: no he visto a esta mujer ni he oído hablar de ella hasta hace unos pocos minutos. Pregúntaselo a Brown.

-Es cierto-afirmó Brown-. Es la belleza de este infierno. ¿No lo sabías, Smith?

-No -contestó Pan secamente. Comenzó a temer haberse comportado de una manera demasiado torpe -. He estado muchas veces en algunos garitos donde las bebidas y las riñas abundaban escandalosamente; pero es la primera vez que entro en uno en que haya un montón de mujeres medio desnudas.

-Tú eres del oeste de las Rocosas - afirmó Brown severamente -. Y muy pronto descubrirás que hay muchos modos de hacer las cosas... Louise Melliss proviene de Frisco, según dicen. Ha habido varias camorras muy serias por su culpa. Pero dicen que es tan sincera y tan buena como cualquier mujer honrada.

-¡Ah!... No hay duda de que soy un novato en estas lides -contestó Pan. Su lamentación se refería al acto de la audaz muchacha, cuyo comportamiento no había comprendido todavía.

-¡Por amor de Dios, compañeros! - comenzó diciendo Moran al recobrarse del estado en que se había hallado-. No has venido aquí para que un diablillo como esa mujer se apodere de ti. Seguramente, lo que ha hecho ha sido para dar un buen chasco al' joven Hardman. ¡Dé-jale que lo haga!

-¡Oh! Entonces, ¿no te importa mucho lo que pueda suceder al joven Hardman? - preguntó con interés Pan; presentía que iba a recibir algunas noticias que le importaban.

-Lo que me gustaría es poder andar a tiros con él; y- en cierta ocasión estuve muy cerca de conseguirlo -declaró Moran.

-¿Por qué causa?

-Hardman y un amigo suyo me arrebataron la posesión del único terreno en que he podido encontrar un poco de oro-continuó diciendo el vaquero con una vehemencia que demostraba su vuelta a la normalidad -. Cuando fui una mañana a mi terreno, encontré allí a Hardman y un minero llamado Purcell. Ambos me expulsaron y juraron que el terreno era suyo, Purcell dijo que él había descubierto el filón y trabajado en aquel lugar antes que yo, y que se lo vendió a Jard Hardman. Es decir, al papá de Hardman. Fui a ver a Mathews y armé un escándalo de todos los diablos; pero no pude demostrar nada... y ¡por todos los demonios, Pan!, ese terreno se ha convertido en una reina y produce muy buenas utilidades.

-Mala suerte, Blinky. Siempre has tenido la suerte más negra de este mundo... Oiga, Brown, ¿suceden esas cosas muy frecuentemente por aquí?

-Son tan corrientes como el polvo que se levanta los primeros días del' descubrimiento de un filón-contestó Brown -. Sin embargo, no he oído hablar de robos de propiedades auríferas hasta hace poco tiempo. Son una cosa parecida a los robos de ganado. Ya sabes que la mayoría de los ganaderos suelen recoger de vez en cuando algunas reses sin marcar que saben que no son suyas. Pero, aun así y todo, se las llevan. El robo de filones de oro es una cosa parecida. Si un hombre abandona su terreno durante un día o una semana, lo más probable es que a su regreso encuentre que algún otro se haya apoderado de él. Yo nunca abandono el mío durante el día, y tengo testigos de que lo trabajo constantemente.

-Blinky, he venido en busca de mi padre -dijo Pan-. ¿Le has visto alguna vez?

-Ni 1''e he visto ni he oído hablar de él. Si le hubiera visto, le habría preguntado por ti. -¿Cómo podré averiguar rápidamente si mi padre está aquí, y dónde?

-Es -tan fácil como comerse un pastel. Vete a la oficina de la diligencia, que es donde reciben el correo. Matty Smith está encargado del despacho casi desde que este pueblo era solamente un niño en pañales.

-Bien. Es lo primero que pienso hacer mañana por la mañana... Ahora, patas torcidas, vaquero de tres al cuarto, dime para qué quieres esas cosas que tienes en las botas.

-¡Hum! ¿Qué cosas? -preguntó Moran.

-¡Hambre! Esas cosas largas y brillantes que tintinean cuando andas.

-¡Ja, ja...! Oye, Pan, podría preguntarte lo mismo. ¿Por qué y para qué llevan esas espuelas en las botas cuando viajas?

-He intentado viajar sin ellas, pero -no he conseguido convencerme de que avanzaba. -¡Bien! ¡Por todos los diablos! Yo también necesito las mías. Pregúntaselo a Gus.

Hemos estado cazando caballos salvajes. Aquí los llaman escobones. Nos ha ido bastante bien. Hardman y Wiggate pagan a veinte dólares cada caballo. Aquí mismo, en Marco. Podríamos conseguir más si pudiéramos llevarlos a San Luis, pero es una tarea muy difícil. Hay mucha distancia hasta el ferrocarril, y el camino que hemos de recorrer es muy penoso. Además, dos' de nosotros tendríamos que ir en el tren con los caballos. No podemos trabajar de ese modo, por ahora. Pero más adelante, cuando reunamos un millar de cabezas, lo intentaremos.

-¡Un millar de cabezas! Blinky, ¿no has vuelto a marearte? Me estás hablando de una cosa que vale quince mil dólares.

-¡Claro que sí! Y te digo, Pan, que es una cosa perfectamente realizable. Pero el atrapar caballos salvajes en cantidades importantes, es algo que no se ha realizado todavía. Hardman tiene un equipo de caballistas. Pero esos hombres no son capaces ni de sacudirse el polvo que les cae encima. Nosotros somos mucho más rápidos que ellos. ¿Qué sucedería si te unieras a nosotros? Tú has cazado anteriormente caballos salvajes.

-No en cantidades tan grandes, Blinky. El resultado depende de la disposición del terreno.

-Exactamente. Y es muy mala por estos alrededores. ¿Quieres unirte a nosotros? Y ¿tienes dinero?

-A las dos preguntas contesto del mismo modo: sí. Pero lo primero que he de hacer es encontrar a mi padre antes de disponer de mi dinero. ¿Dónde os alojáis vosotros?

-Acampamos en las afueras de la población, y comemos; en casa de Chink cuando estamos aquí, lo que suele suceder cada muy pocos días. Disponernos de muchos sitios para ti y siempre te recibiremos alegremente; pero no tenemos colchoneta.

-Compraré un equipo por la mañana v me iré con vosotros. ¡Hola! Hay' disparos. Están luchando a tiros. Salgamos de aquí. Vamos donde haya más espacio y más aire.

Y salieron, al mismo tiempo que otras muchas personas, y se unieron a la moviente multitud que se agolpaba en la calle. La noche era deliciosamente fresca. Las estrellas brillaban con pureza en un cielo aterciopelado. El viento seco de las montañas y del desierto les azotaba el rostro. Pan se detuvo ante las escaleras del hotel.

-Blinky, voy a acostarme. Venid' a buscarme por la mañana. No puedo expresaros lo muchísimo que me alegro de haberos encontrado, amigos. Y a usted también, Brown. Me alegrará volver a verle con frecuencia.

Se estrecharon las manos y se separaron. Pan entró en el hotel y se sentó durante unos momentos en el desnudo y humoso vestíbulo, donde unos hombres de ojos' agudos v unas' mujeres le miraron atentamente, al observar su indumentaria de vaquero. Todos ellos estaban buscando una presa más importante. Pan experimentó una extraña excitación provocada por la' hora y por el lugar.

Cuando subió a su habitación, no tenía sueño. «Ha sido una suerte que haya encontrado a esos compañeros - monologó mientras se desnudaba-. ¡Ahora debo buscar a papá..., a mamá... y a Alice! Señor, espero y deseo que todo se desenvuelva favorablemente rara ellos. Pero tengo el presentimiento de que no es así... ¡Y a Luty! ¿Estará también aquí? ¿Me reconocerá cuando me vea? Apostaría un millón a que así sucederá. Es pintoresco lo ocurrido con Dick Hardman. No me ha reconocido, aunque me miró atentamente... Y esa muchacha, Louise, reía constantemente y no cesaba de hablar para ocultar la tristeza de su rostro... Y eso sucede porque es una mujer demasiado buena para Dick Hardman... Apostaría otro millón a que Dick y yo habremos de chocar nuevamente.»

Pan se levantó temprano y disfrutó el penetrante aire del desierto y la notable diferencia que había entre el Marco de la noche y el del amanecer. El ataque de duda enfermiza y de preocupaciones que le había acometido en las horas de oscuridad no prevaleció .baja la clara y rosada luz del día. La esperanza y la alegría renacieron en él.

Blinky y su compañero se presentaron al' cabo de muy poco tiempo v discutieron acaloradamente a causa de que ambos deseaban llevar el equipaje de Pan a su campamento. Pan prefirió decididamente aquel lugar al que acababa de abandonar. Los vaqueros -tenían instalada una tienda muy grande entre una espesa arboleda, una especie de cobertizo abierto que utilizaban como cocina y un ancho encerradero. Todo ello estaba situado en una suave pendiente, a más altura que la población, y 'se hacía más atractivo a causa de la presencia de un arroyuelo y de algunos cedros dispersos. Disponían de un cocinero mejicano, quien en todas partes se llamaba Lying Juan. Pan comprendió inmediatamente que iba a divertirse mucho a costa de Juan, « el Embustero».

Los muchachos hablaron tan aprisa y con tanto entusiasmo, que casi se olvidaron (le tomar el desayuno. Ambos estaban llenos de entusiasmo, circunstancia que Pan hubo forzosamente de atribuir a su llegada, y que le alegró. Moran, como muchos otros vaqueros, había siempre atribuido a Pan un espíritu y un arrojo que Pan creía que eran inmerecidos, v que, sin embargo, le emocionaban.

Bueno, viejo amigo, ahora debernos apresurarnos -dijo al fin Moran-. Tenemos alrededor de cincuenta escobones ahí abajo, en un desfiladero. Hemos de traerlos hoy mismo, y también algunos caballos de silla para ti.

-Yo compraré un caballo-le interrumpió Pan. -No harás nada parecido -declaró tozudamente Blinky-. Tenemos muchísimos caballos, y entre ellos es seguro que haya alguno lo suficientemente bueno aun para Panhandle Smith. Compra una silla. En el almacén de Black las venden. Tiene una, mejicana, muy barata y muy buena.

Gus llegó al' trote sobre un fogoso alazán y conduciendo otros dos caballos bien equipados y ensillados que iban mordiendo los frenos. La vista de estos animales llenó de alegría a Pan. Jamás podría ser feliz durante mucho tiempo estando alejado de los caballos. Moran saltó sobre uno de ellos y dijo vacilantemente

-Compañero, espero que tengas buena suerte y que consigas encontrar a' tu padre.

Pan los observó mientras se alejaban cuesta abajo en dirección a la carretera y, se perdían de vista al llegar al recodo. Era una región maravillosa la que tenía ante sí, compuesta de cedros, pinos y salvia, de montañas multicolores y de llanuras, de muros de rocas amarillas que se extendían hasta muy lejos, de purpúreas montañas a su alrededor. Si sus fieles ojos no fe engañaban, en la cumbre de la primera colina se hallaba pastando un grupo de caballos salvajes.

-Juan, ¿hay muchos caballos salvajes por aquí? - preguntó al cocinero mejicano. E inmediatamente vio la justicia del nombre con que se le designaba: Lying Juan, Juan «el Embustero». Pan había encontrado muchos grandes embusteros durante su estancia en las llanuras; pero s' Juan sabía mentir mejor que alguno de ellos, no había duda de que podría ser reputado como el verdadero campeón de la mentira.

Pan se afeitó, se puso una camisa de franela limpia y un pañuelo nuevo y, después' de haberse despojado de fa chaqueta, se encaminó a la población. Los negocios del día habían comenzado y la animación era muy grande. Ciertamente, Marco no se parecía en nada a las poblaciones ganaderas. Un desconocido le indicó la dirección del despacho de la diligencia y del correo, que era un edificio bajo y de madera situado en la calle principal. Tres hombres haraganeaban ante la casa, uno de ellos en las escaleras y los otros dos apoyados en la barra destinada a amarrar los caballos.

-¡Buenos días, amigos! -saludó con llaneza -. ¿Está por ahí el agente Smith?

-¡Buenos días, forastero! - replicó uno de ellos al mismo tiempo que inspeccionaba a Pan con la mirada-. Smith acaba de salir ahora mismo. Ha ido al Banco. Volverá muy pronto.

Otro de los hombres del grupo se enderezó Para dirigir una mirada dura v sostenida a Pan, con la que le midió desde las espuelas -hasta el sombrero; luego, con una nueva mirada, observó el revólver que el vaquero llevaba colgado del cinto. Era un hombre alto, vestido con unas ropas flojas y unos pantalones cuyo final se introducía entre las altas bota-s. Tenía un bigote grande y amarillento. Dio vuelta para mirar de frente a Pan, y ya fuese por accidente o por premeditado propósito, una de las solapas de su chaqueta se descorrió y descubrió un brillante escudo de plata que llevaba sobre el chaleco.

-¿Es usted nuevo en este pueblo? - preguntó.

-Sí. Acabo de llegar-contestó amistosamente Pan. -Veo que lleva usted' ferretería - continuó el otro al mismo tiempo que dirigía una significativa mirada 'al revólver de Pan.

Pan supuso que aquel' hombre sería Matthews, el sheriff de la ciudad que Charley Brown había mencionado. Pan no habría necesitado que Brown se lo hubiera dicho, puesto que había encontrado en su vida muchos sheriffs de aspecto tan inconfundible como aquél. Pan, que era generalmente el más alegre y el más cariñoso de todos' los vaqueros, respondió al curioso escrutinio del sheriff con una fría mirada.

-¡Ah! Pero ¿llevo revólver? - replicó Pan, fingiendo sorpresa, al mismo tiempo que bajaba la mirada hacia su cadera- ¡Claro que sí! Lo había olvidado, señor. Es una de mis costumbres.

- ¿Cuál es una de sus costumbres? - preguntó el otro. Pan disparó una mirada en dirección a los ojos grises y duros del sheriff. Sabía que tendría dificultades con aquel hombre; y cuanto más pronto comenzaran a romperse las hostilidades tanto mejor.

-Esto de llevar un revólver... cuando estoy en mala compañía-dijo Pan.

-Hablas con demasiada fanfarronería, vaquero, para hallarte al oeste de las Rocosas...

Soy Matthews el sheriff de la ciudad.

-Lo sabía, y me alegro muchísimo de conocerle - contestó Pan con insolencia. No hizo ningún movimiento para aceptar fa mano que el sheriff medio le presentaba, y la firmeza de su mirada desconcertó a su colocutor.

En aquel momento llegó apresuradamente otro hombre que llevaba unos papeles en la mano.

-¿Es usted el agente, señor Smith? - preguntó Pan. -Lo soy, joven.

-¿Podría hablarle un momento de asuntos interesantes? -Entre. - Entró en la oficina seguido de Pan y cerró 1a puerta.

-Me llamo Smith -comenzó a decir Pan rápidamente -. Estoy buscando a mi padre...

Bill Smith. ¿Le conoce usted? ¿Sabe usted si está en Marco?

-¡El vaquero hijo de Bill Smith! ¡Claro que sí! - exclamó el otro cordialmente, mientras presentaba a Pan una enorme manaza. Su sorpresa y su alegría eran visibles -. ¿Conocer a Bill? ¡Claro que sí! Somos vecinos y muy buenos amigos.

Pan se hallaba tan dominado por la alegría y por el repentino consuelo, que durante unos momentos no nudo hablar, y se limitó a oprimir entre la suya la mano del agente.

-Parece que te has emocionado, ¿eh? - preguntó con simpatía y cordialidad. Libró su mano de la presión de la de Pan y se la puso sobre un hombro-. He oído hablar de ti, vaquero. Bill siempre hablaba muchísimo, hasta hace poco tiempo. Suponga que está ofendido horque no 1e has escrito jamás.

-He sido un verdadero miserable - contestó agitadamente Pan -. Pero jamás me propuse serlo.... Las corrientes de la vida me han arrastrado... Siempre me proponía regresar pronto a mi casa, pero no lo hice. Y no he escrito a mis padres desde hace dos años.

-Bueno; deja esa cuestión por ahora - dijo con amabilidad el agente -. Los jóvenes son los jóvenes..., especialmente los vaqueros. Tú has sido uno de los alocados, si los informes que han llegado a Bill son ciertos... Pero al fin has venido para compensarle de tu abandono y para ayudarle. ¡Solamente Dios :sabe cuánto te necesita, hijo

-Sí... quiero... compensarle - contestó Pan, mientras hacía un desesperado esfuerzo por ocultar su emoción-. Dígame...

-Me agradaría tener mejores noticias que comunicarte - continuó gravemente Smith, en tanto que movía la cabeza con aflicción-. Tu padre tiene mala suerte. Perdió el rancho que tenía en Texas, como supongo que sabrás, y siguió... al hombre que le había arruinado, con el fin de intentar obligarle a que le resarciese de su pérdida. Pero Bill siguió siendo maltratado por la suerte y por él. Luego, volvió a comenzar a trabajar de nuevo; y las cosas presentaron buen aspecto para él, hasta que perdió todo lo que poseía como consecuencia de una larga temporada de sequía. Ahora está trabajando en la Carter's Wagon Shop. Es un carpintero de primera fila, pero el sueldo que gana es muy Pequeño, de modo que jamás conseguirá prosperar. Ha hablado en varias ocasiones de dedicarse a la caza de caballos salvajes; mas vara hacerlo necesita un equipo, lo que no le es posible reunir. Voy a hacerte una sugerencia, hijo: si pudieras lograr que tu padre reuniera un equipo y tú te unieras a él para trabajar, podrías conseguir que se iniciase una era de prosperidad para Bill y para ti.

Pan tenía en la punta de fa lengua una réplica llena de entusiasmo; pero la entrada del curioso Matthews le obligó a silenciarla.

-Muchas gracias, señor Smith - dijo con vehemencia -. Dónde se encuentra la Carter's Wagon Shop? -Al otro extremo de la población. Sigue rectamente la calle Mayor. Has de dar con ella forzosamente.

Pan salió presuroso y a través de la puerta oyó la fuerte voz de Matthews.

-¡Carter's Wagon Shop! ... ¡Por fortuna; ya sé quién es ese muchacho! ¡Es el hijo de Bill, Panhandle Smith! Pan sonrió tristemente para sí mismo al alejarse y dejar de oír la voz del sheriff. El nombre y la fama que tan poco significaron para él cuando se hallaba en las llanuras y en las inmensas praderas, le había precedido y dado a conocer en aquel' lugar situado al oeste de las Rocosas. Caminó rápidamente sin dejar de pensar en su padre. Ex-perimentaba deseos de correr. El remordimiento le afligía el corazón. ¡Abandono! Se había alejado, como tantos otros vaqueros, olvidando a su madre, su hogar, sus deberes. Sus padres habían sufrido las consecuencias. Ni una sola palabra de estos sufrimientos llegó jamás hasta él.

El camino le pareció muy largo, v la hilera de casas de piedra, de chozas de madera, interminable. Al fin, llegó a las afueras de Marco, y vio el edificio y la muestra que tan ansiosamente deseaba encontrar. Desde el taller llegaba el ruido resonante de los martillos. La serena apariencia que siempre conseguía tener cuando su excitación llegaba a cierto límite, 1e fue muy difícil de conseguir. Se detuvo un momento para mirar la campiña, verde y purpúrea, que 'se extendía hasta muy lejos, con las manchas de las grises rocas y las doradas colinas envueltas en la luz dorada del otoño. Su largo viaje tocaba a su fin. Un momento después la angustia y la ansiedad serían solamente cosas pertenecientes al pasado. Iba a ver a su padre en realidad, en carne y hueso.

Pan entró en el taller. Estaba abierto, como cualquier otro taller destinado a la construcción de carros, y en torno a él había maderas y obras comenzadas; tenía un largo banco cargado de herramientas v una fragua. Pan pudo ver a un hombre que descargaba martillazos sobre una rueda. Estaba vuelto de espaldas. Pero Pan lo reconoció. Conocía aquella, espalda, aquella cabeza de cabellera hirsuta, que comenzaba a tornarse gris. Hasta conocía perfectamente el modo de: moverse y de doblarse de aquel brazo. Pan se acercó lentamente. El momento era solemne, estaba cargado de emoción.

-¡Hola, padre! - dijo cuando cesó una serie de golpes de martillo.

Su padre se irguió. Primero dejó caer, el martillo; luego, la rueda. Pero no se volvió instantáneamente. Sin duda, se hallaba en una postura que no fe permitía hacerlo. A continuación se puso en pie de un salta y giró. Pan vio que su padre había cambiada muchísimo; pero no pudo apreciar exactamente cuál era el cambio que había sufrido, porque su rostro se transformó repentinamente.

-¡Por amor de Dios...! ¡Si es... Pan! - exclamó ahogadamente.

-Lo soy, padre. ¿Te alegras de verme? -¿Alegrarme?... ¡Tu llegada va a salvar la vida a tu madre! -Y, con gran sorpresa por su parte, Pan se encontró oprimido, estrechado fuertemente entre los brazo, de su padre. Era una cosa que Bill Smith no había tenido jamás costumbre de hacer. Pan se emocionó al observarlo e intentó reprimir el creciente remordimiento que volvía a asaltarle. Su padre le soltó y le apartó de sí, como si se avergonzase de pronto de haberse dejado dominar por la emoción. Su rostro, cuya expresión había intentado ocultar en vano, se serenó-. Bien, Pan, vuelves ahora... cuando ya hace mucho tiempo que había renunciado a la esperanza de volver a verte.

-Sí, papá. Perdóname - comenzó diciendo Pan; un torrente de palabras brotó con rapidez de su garganta-. Siempre me proponía volver a nuestra casa. Pero siempre había algo que me lo impedía. Por otra parte, nunca tuve noticia de las dificultades en que os hallabais. No me escribiste... ¿Por qué no me lo dijiste?'... Pero dejemos esa cuestión. He recorrido las llanuras, me dejé arrastrar por la vida de los vaqueros... hasta que me sentí agobiado por la nostalgia de mi hogar. Ahora le he encontrado, y... Bien; quiero compensaros a ti y a mamá de mi ausencia.

-¡Ah! Esas palabras suenan como una música en mis oídos -replicó Smith; comenzaba a recuperar su frialdad y su lentitud de expresión. Miró a 'Pan de arriba abajo v dio vuelta en torno a él dos veces. Luego, súbitamente, estalló -: ¡Patas largas, aventurero...! ¡Si no es consolador para unos ojos doloridos el verte...! ¡Ah, ah! ... ¡Mira dónde lleva el revólver...!

Y con un movimiento lento y extraño se inclinó para sacar de la funda el revólver de Pan. Era un arma larga y pesada, de color azul y aspecto siniestro. La aguda mirada del padre se retiro de este objeto para dirigirse al rostro del hijo. Pan se preguntó qué sería lo -que su padre sabía, lo que su padre pensaba. El momento fue angustioso para el vaquero. Una sombra fría, olvidada desde hacía mucho tiempo, pareció cruzar por su imaginación.

-Pan, he sabido de ti continuamente por espacio de estos últimos años transcurridos - dijo el padre lentamente -; pero, de 'todos modos, lo habría sabido aun cuando no me hubiera tomado el trabajo de intentar averiguarlo... ¡Panhandle Smith! ... ¡Eres un condenado ca-ballista, un hijo mío pendenciero y camorrista!... En cierta ocasión, el corazón se me destrozó al saber que te habías unido a una partida de vaqueros... Pero ahora..., ¡bien lo sabe Dios!..., se me ha llenado de alegría a tu regreso.

-Padre, no hagas caso de las murmuraciones del campo. Ya sabes que los vaqueros son amigos de exagerar v de fanfarronear... No me avergüenzo al presentarme ante ti y ante madre. Tengo la conciencia limpia, .papá.

-Pero... Hijo mío..., ¡has utilizado ese revólver! - murmuró roncamente Smith.

-Sí. Es cierto. Pero ha sido solamente contra coyotes de dos patas y contra yagurés... Y es posible que también contra algunos miserables. Lo olvidaba.

-¡Panhandle Smith! - exclamó el padre severamente, con 1o que se negaba a atentar y examinar la cuestión con la misma venial ligereza que el hijo-. En Marco se sabe... Eres conocido de todos... En toda esta parte del oeste de las Rocosas...

-¿Qué importa? - replicó con vehemencia Pan, repentinamente presa de aquella fría emoción que brotaba de las profundidades de su ser-. Yo diría que deberías alegrarte de que así sea. Creo que lo que hasta ahora he realizado constituye un buen adiestramiento para lo que ahora tengo que hacer aquí.

-¡No hables de ese modo! Pareces haber leído en mi pensamiento - replicó Smith secamente -. Tengo miedo. Casi lamento que hayas venido. Sí, en estos momentos me parece ser un hombre más entero que en el transcurso de los últimos años.

-Padre, ya me contarás en otra ocasión lo sucedido -replicó Pan para borrar la dificultad de la situación-. Ahora quiero saber de madre y de Alice.

-Están muy bien, hijo mío, aun cuando tu madre continúa triste y -dolorida por tu ausencia. No ha logrado todavía vencer la inquietud... Y Alice es una chiquilla hermosa que va a la escuela y ayuda en las faenas de la casa... ¡Ah, Pan! Tienes un hermano que está a punto de cumplir dos años...

-¡Demonios! - gritó Pan dominado por la alegría -. ¿Dónde están? ¡Dímelo pronto! -Vivimos en una granja a una milla de distancia de aquí, sobre poco más o menos. La

he alquilado casi de balde... Es una verdadera ganga. Disponemos de ciento diez acres de terreno, la mayor parte del cual está cultivado. Agua buena, pastos, granero y- una casita linda... Se me ha reservado un derecho de preferencia para el caso de que desee adquirirla. Trabajo aquí por las mañanas y allí por las tardes. Verás...

-¡No hables más de estas cosas! Compraré la propiedad -le interrumpió Pan -. Pero ¿dónde está?

-Sigue esta carretera, en línea recta. La segunda granja -contestó el padre al misma tiempo que señalaba hacia el Oeste-. Me agradaría ir contigo; pero he prometido terminar cierto trabajo. Estaré en casa a mediodía... ¡Eh, espera! Tengo algo más que decirte... 'Te vas a asombrar... ¡Espera!

Pero Pan abandonó precipitadamente el taller y comenzó a recorrer la carretera con pasos de gigante. ¡Verse obligado a anclar, cuando si tuviera consigo su caballo podría recorrer aquella milla en dos minutos!... Su corazón latín presurosamente. ¡Su madre! ¡Afligida por él! Alice era ya casi una mujercita. ¡Y tener un hermano, un hermano varón! Aquello era demasiado bueno, demasiado generoso para él.

Y en aquellos momentos olvidó todo lo demás. Las sombras de los recuerdos llamaron a la puerta de su conciencia; pero Pan se negó a admitirlas. ¡Cuánto se había estremecido y emocionado su padre al verle! ¡Pobre, anciano papá! Y ¿cuál sería el significado de sus palabra; acerca de 'su nombradía, de su nombre, Panhandle Smith, y del modo como el viejo había cogido fascinado el revólver? ¿Le reconocería su madre en el mismo instante en que lo viese? ¡Oh, no podía dudarse! Pero Alice no lo reconocería. Cuando Pan abandonó su casa, Alice era muy pequeñita. Y él había cambiado mucho.

En tanto que sus pensamientos seguían una carrera desesperada, Pan no cesó de mirar delante de sí, lo que se hallaba cerca y lo que estaba lejos. La tierra de la hacienda demostraba hallarse cultivada de un modo bastante aceptable. Unas colinas herbosas brillaban bajo el sol de la mañana. En las alturas, unos reflejos dorados hablaban elocuentemente de la presencia de los álamos bañados por la escarcha. Las anchas fajas purpúreas que cruzaban las ventanas hablaban de selvas. El muro de rocas que Pan había visto desde el campamento de Moran se extendía ondulantemente hacia el'' horizonte oriental. Era una región nueva, una región hermosa y agreste, accidentada y dura en las tierras altas, apta para pastos y cultivos en las bajas.

Pan pasó más allá de la primera alquería. Detrás de ella solamente pudo ver una ancha mancha verde, que supuso que sería la residencia que estaba buscando. Su rápido paso devoraba la distancia. El ganado y los caballos pastaban en un prado. La carretera se volvía hacia la derecha, en torno a una baja colina. La aguda mirada de Pan percibió una revuelta columnita de humo que se elevaba desde un grupo de árboles. Allí debía de estar la casa. Pastos, huerta, maizales, accidentados y sin cortar, un bosquecillo de árboles bajos, follaje, graneros, encerraderos... Todo esto fue observado por ó1 con entusiasmo. El lugar no poseía la aridez y la desnudez característica de los ranchos.

Finalmente, Pan llegó al portillo de las carros, donde se iniciaba una senda que conducía a la granja. La senda bordeaba un huerto en que había árboles de cierta altura y llenos de coloreado follaje. Cruzó el terreno, con el fin de llegar a la casa más pronto. La mayor parte del edificio estaba todavía medio oculta por los árboles. Olor a heno, olor a frutos, olor a grano, le llegaron hasta el olfato. Y, luego, la fragancia de: humo de la madera y de las hojas. El corazón se le hinchó en el pecho, jamás podría presentarse ante su madre con la fría indiferencia y la desenvoltura que eran habituales en él.

Repentinamente, vio una mujer que se hallaba entre los árboles. Estaba muy cerca. Pan casi corrió. No, no podía ser su madre. Era una muchacha, una joven esbelta, alta, de rápidos movimientos. Su madre había sido más bien baja y robusta.

¿Podría aquella joven ser Alice? Esta suposición era absurda, puesto que Alice tenía solamente diez años, y aquélla era una mujer completamente desarrollada. Había en ella una gracia de movimientos que sedujo a Pan. Se apresuró a dar una vuelta en torno a un grupo de árboles para salirle al paso, y al hacerlo la perdió de vista durante un momento.

De súbito, salió de entre la sombra v se encontró cara a cara con ella, bajo la luz directa del sol. La joven lanzó un grito y dejó caer algo que llevaba en las manos.

-¡No se asuste, señorita! - dijo alegremente Pan -. No soy ningún vagabundo, aun cuando ha entrado en la posesión como un verdadero asaltante... Quiero ver a la señora Bill Smith. Soy...

Pero Pan no dijo nada más. La muchacha tenía razones para asustarse; pero ¿debían sus manos dirigirse tan rápidamente a su pecho y mantenerse inmóviles sobre él, como si hubiera sido herida? Evidentemente, Pan la había asustado; no cabía duda. Y el joven se hallaba a punto de tartamudear unas palabras de disculpa y darse a conocer, cuando la expresión del' rostro de la señorita le obligó a enmudecer. La piel dorada v saludable de la joven se cubrió de palidez. Sus labios temblaron y se entreabrieren. Y luego, sus ojos - cuyo color era violeta y en los que había un algo conocido - parecieron apuñalar a Pan. El cerebro del vaquero pareció negarse a funcionar; luego se vio acometido de un vértigo de remolinos, de recuerdos, y, finalmente, se iluminó con la presencia de unos súbitos, pensamientos.

-¡Pan! ¡Pan! - exclamó ella al mismo tiempo que se aproximaba a él con los ojos totalmente abiertos y encendidos en una luz que Pan no había visto jamás en los ojos de ninguna otra mujer-. ¡Pan! ¿No... me conoces?

-Sí... Pero no sé quién es usted - murmuró Pan, aturdido.

-¡Soy Luty!... ¡Oh, Pan..., al fin has vuelto! - añadió ella roncamente, con voz entrecortada.

Y pareció saltar hacia él, hacia los brazos que Pan había abierto rápidamente al reconocer su voz, su nombre, sus ojos. Fue un instante en que ambos perdieron la razón. Pan la oprimió contra su pecho, la besó con loco ímpetu al comprender repentinamente la intensidad' de su amor. ¡Luty! ¡Luto! ¡Luty! ¡La pequeña Luty Blake, su nena, fa novia de su infancia, su compañera de escuela. Y toda- la ansiedad de sus años de vida solitaria saltó en aquel instante hasta los labios de Pan.

Ella le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió beso por beso. Después se estremeció repentinamente e inclinó la cabeza sobre el pecho de Pan.

Pan la mantuvo apretada contra sí en tanto que luchaba por dominarse. Y miró en dirección a los árboles y solamente nudo verlos de un modo borroso. ¡Qué llegada al hogar! Luty, convertida en una hermosa mujer, no le había olvidada jamás. Pan se sintió conmovido profundamente al apreciar la revelación que en aquel instante se le ofrecía. ¡Siempre amó a Luty! ¡Nunca había amado a ninguna otra mujer! ¡Jamás conoció un momento tan precioso como el que en aquel instante estaba viviendo!

¡Qué gloriosa jugarreta le había hecho la vida! Y oprimió aún más fuertemente el cuerpo de la mujercita y se inclinó para aspirar 1a fragancia de su cabello, que parecía de oro hilado y oscuro. Antiguamente había sido brillante, de color claro, del mismo color que tenía la hierba de las cumbres. Y lo besó inundado de una inefable exaltación y de gratitud'.

La joven se agitó, puso las manos sobre el pecho de Pan y se separó de él.

-Pan... Estaba fuera de mí... -murmuró -. Perdóname... ¡Oh, la alegría de verte...! ¡Ha sido demasiado fuerte...! Vete a ver a tu madre. Se...

-Sí, Luty, iré ahora mismo; pero, Luty, no te enojes por... por no haberte reconocido en el acto -.la interrumpió Pan con alegre y rápida ansiedad-. ¡Cuánto has crecido! ¡Cuánto has cambiado! ... Luty, ahora tu cabello es de oro. ¡Mi amiguita de cabello casi blanco ... ¡Oh, lo recuerdo bien !

Jamás te he olvidado. Pero estás tan cambiada, tan... tan... hermosa, Luty... He vuelto a ti. Siempre te he querido, Luty, juro que... Soy Panhandle Smith, un vaquera tan desenfrenado como la mayoría de los que ruedan por las praderas. Pero te he sido fiel, que-rida... ¡fiel!... Y he regresado vara quererte, para compensarte de mi ausencia, para protegerte..., para casarme contigo. ¡'Oh, querida! Sé que me has sido fiel..., que esperabas mi regreso.

La angustia y el éxtasis parecían haber empeñado una reñida lucha por apoderarse de Luty. Pan comprendió repentinamente que ésta era la causa de su emoción.

-¡Dios mío! - susurró ella al fin, mientras se alejaba un poco más de él-. ¿No sabes..., no has oído...?'

-Nada. Papá no me ha hablado de ti-contestó roncamente Pan mientras pugnaba por desechar un horrible temor-. ¿Qué ha sucedido?

-Ve a ver a tu madre. No la hagas esperar. Más tarde nos ¡veremos! -Pero Luty...

-Vete. Concédeme un momento de descanso para... recobrarme de mi emoción. -¿Estás... estás casada?

-No..., no..., pero...

-¿No me quieres?

Luty no contestó; su única respuesta consistió en un movimiento para cubrirse el rostro con las manos. Pero las ruanos no pudieron cubrir por completo el encendido color escarlata que fe; tiñó la piel.

-Luty, debes amarme... - comenzó diciendo, de un modo incoherente, Pan -. Tú misma lo has demostrado, lo has revelado... Esa revelación me ha cambiado..., me ha elevado. Te he querido durante toda mi vida, aun cuando nunca lo había comprendido... Tus besos..., tus besos me han hecho conocerme... ¡Dios mío! ¡Di que me quieres!

-¡Sí, Pan, te quiero! - replicó ella con tranquilidad mientras levantaba la mirada en dirección a los ojos del vaquero y su rostro recobraba el color.

-Entonces, todo lo demás no importa -exclamó Pan. Todo lo que, haya sucedido erróneamente..., todo podré enderezarlo. No lo olvides. Tengo que ofreceros muchas compensaciones ... Perdóname por esto..., esto..., por lo que pueda' haberte dolido... Voy ahora a ver a mi madre; más tarde iré a buscarte. ¿Esperarás?

-Vivo aquí con tu familia - contestó Luty; y se alejó entre los árboles.

-¡Algo malo ha sucedido! -murmuró Pan para sí en tanto que la observaba. Pero el negro temor a no sabía qué no logró apoderarse por completo de su conciencia, anular la alegría de haber hallado a Luty, de haberla visto poner de manifiesto su amor por él. La duda quedó en su espíritu, mas su exaltado corazón la estranguló también. Pan estaba en su hogar. ¡Qué alegría y qué sorpresa el saber que era también el de Luty! La curiosidad y la impaciencia de Pan aumentaron. Se sosegó y camino debajo de los árboles mientras pensaba en la alegría que su presencia produciría a su madre y a Alice. Unos momentos después conocería a su hermanito.

Unas flores, de las que Pan sabía que eran las predilectas de su madre, bordeaban la senda que se extendía en torno a la casa. La casa estaba construida con troncos de árboles y había sido mejorada posteriormente con la adición de un anexo que se hallaba manchado por el tiempo, sin pintar y cubierto de parras. Un pórtico pequeñito y cómodo, de salientes aleros y una masa de enredaderas, daba frente al Sur. Una tosca mecedora de construcción casera, que se encontraba en el nórtico, v unos juguetes infantiles de madera atestiguaban la habilidad' de un carpintero que Pan recordaba bien. Pan oyó cantar a un chiquillo y luego una dulce voz de mujer.

Pan respiró profundamente y se quitó el sombrero. Había llegado el instante que tanto había soñado. Entró pisando enérgica y sonoramente en el pórtico, de modo que sus espuelas tintinearon musicalmente, y descargó unos golpes sobre la puerta.

-¿Quién es? - dijo la voz que anteriormente había oído Pan, cuyo corazón latió con violencia. Y en tono ronco y profundo contestó

-Un pobrecito vaquero muerto de hambre, señora.

-¡Voy a abrir! -exclamó la mujer. Sus Pasos sonaron con fuerza en la parte interior de la casa.

Pan sabía que sus palabras harían que la mujer abriese la puerta. Luego, la vio aproximarse. Los años, los dolores y los' disgustos fa habían envejecido; pero, de todos mo-dos, Pan la habría reconocido instantáneamente entre un millar de mujeres.

-¡Madre! - exclamó Pan, conmovido. Y se acercó a ella con los brazos abiertos.

Ella pareció impresionarse. Los ojos, amables y cariñosos, cambiaron de expresión. La boca de la mujer se abrió completamente. Exhaló un suspiro y cayó desmayada en brazos del Pan.

Unos momentos más tarde, cuando la mujer se hubo recobrado de la emoción y del entusiasmo Producidos Por la llegada del hijo, ambos se hallaban sentados en la pequeña y limpia estancia.

-Bobby, ¿no conoces a tu hermano? - Pan estaba repitiendo estas palabras a su hermanito, un chiquillo de ojos grandes que 1e miraban con entusiasmo. Bobby estaba fascinado por aquel desconocido. y al final se decidió a acercarse hasta sus rodillas.

- Madre, supongo que nunca permitirás a Bobby que sea vaquero - añadió Pan con una sonrisa.

-Nunca -murmuró ella con fervor.

-Podría hacer cosas peores - prosiguió Pan pensativamente-. Pero haremos de él un ranchero de las llanuras que sea aficionado a los caballos-. ¿Qué te parece?

-Me gustaría, pero no en una región tan bravía como ésta-contestó su madre.

-Creo que haríamos bien en pensar en residir permanentemente en Arizona, donde tanto los inviernos como los veranos son agradables. He oído hablar mucho de Arizona. Es una tierra llena de grandes extensiones cubiertas de hierba y de salvia, de hermosos bosques y de desfiladeros. Tendremos que ir allí algún día.

-Entonces, Pan, ¿has' venido a casa para quedarte con nosotros? -preguntó la madre, emocionada.

-Sí, madre - afirmó él en tanto que apretaba la mano rugosa que se aproximaba a él como si intentara comprobar que aquel ser que tenía ante sí era de carne y hueso; después Bobby atrajo 1a atención de Pan -. ¡Oye, granujilla, deja eso! Es mi revólver... Es una mala señal, madre. A Bobby le interesa tanto mi revólver como a mí me interesaban los caballos...

Bobby, es más fácil y más seguro jugar con los caballos -que con las armas... Madre, tenemos que hablar de más de un millón de cosas; pero dejaremos por el presente la mayoría de ellas. Dices que Alice está en la escuela. ¿Cuándo vendrá a casa?

-A última hora de la tarde, Pan -respondió 1a mujer dubitativamente- Luty vive ahora con nosotros.

-Sí, la vi ahí fuera replicó Pan, respirando profundamente -. Pero hablemos de papá antes que nada. No he tenido mucho tiempo vara hablar con él. ¡Tenía tantas ganas de verte! ¿Está bien de salud papá?

-Está bastante bien. En realidad, hace el trabajo de dos hombres. Las preocupaciones le torturan bastante.

-Hemos de hacer todo lo posible por animarle. He oído en Littleton hablar un moco de la mala suerte de papá. Ahora, dímelo todo.

-Hay muy poco que decir-contestó ella tristemente- . Tu padre realizó algunos tratos perjudiciales en Texas, el último y el más grande de todos los cuales fue con Jard Hardman. Llegó un año malo, un año seco, como dicen los mejicanos. La pérdida de las cosechas dejó a tu padre arruinado. Perdió la granja. Más tarde descubrimos que Hardman se había apoderado del ganado. Seguimos a los Hardman hasta aquí. Nuestros vecinos, los Blakes, vinieron antes que nosotros. Hardman no solamente no quiso saldar la cuenta que tenía con tu padre por el trato que realizaron respecto al ganado, sino que además volvió a hacerle una mala 'Jugada cuando ya había conseguido comenzar a encarrilar nuevamente sus asuntos. A mi modo de ver, esto fue todavía peor que 'el asunto del ganado. Compramos unas tierras y una casita a un hombre llamado Sprague, cuya mujer quería regresar a su hogar de Missouri. Esta propiedad tenía agua, buen terreno, un poco de madera v un filón de oro, pare no era propiedad de nadie v que comenzó produciendo un rendimiento bastante aceptable. Entonces llegó Jard Hardman con denuncias, papeles, testigos y el apoyo de la ley, y alegó que había tomado posesión de la hacienda de manos del propietario original. Todo ello era una mentira, pero fue suficiente para obligarnos a abandonar aquellas tierras... Luego, tu padre intentó hacer diversas cosas' que resultaron improductivas. Y aquí estamos ahora... y tu padre tiene que trabajar en el taller de carros para poder pagar la renta.

-¡Ah, 'ah! - replicó Pan en tanto que hacía un esfuerzo para librarse de la opresión que experimentaba en e! pecho-. Hablemos de Luty. ¿Por qué causa está viviendo con vosotros?

-La pobre muchacha no tiene hogar-contestó la madre con disgusto- Llegó aquí con su padre y su tío. Su madre murió poco después' de su salida de casa. Jim Blake estaba relacionado por cuestiones de intereses con Hardman en Texas. Hablaba vanidosamente y bebía muchísimo. Un día, Blake v Hardman riñeron. Fue por la misma causa que originó la ruina de tu padre. Pero Jim vino a Nuevo Méjico con Hardman. Las cosas marchaban bien para ellos cuando nosotros llegamos. Después, los disgustos surgieron muy pronto... y todo por causa de Luty... E joven Dick Hardman, a quien seguramente recordarás, se enamoró perdidamente de Luty. Dick ha sido siempre un chico demasiado impetuoso. Aquí, en Marco, ha continuado siéndolo también. Bien, aun cuando sea malo, Jard Hardman quiere al muchacho y sería capaz de remover el cielo y la tierra por él. Luty despreció a Dick. Cuanto más la perseguía, tanto más le despreciaba. Y cuanto más le despreciaba, Dick se hacía tanto más impetuoso y bebía y jugaba más. Y ahora llega la parte más triste de todo esto. Jim Blake comenzó claramente a recorrer el mal camino, según dice tu padre, aun cuando Luty espera y cree que podrá salvarle. Yo también lo creo. Jim ha sido solamente un hombre débil. Jard Hardman lo ha arruinado. Finalmente, Dick consiguió atraerse el apoyo más decidido de su padre, y ambos forzaron a Jim a que intentase obligar a Luty a casarse con Dick. Luty se negó, abandonó el hogar de su padre y se fue a vivir con su tío Bill, que era un hombre honrado y bueno. Pero lo mataron en «La Mirra de Oro». Dicen que fue un accidente, pero tu padre se niega a aceptar esa suposición... ¡Oh, esos infernales garitos de juego! ... La vida no vale nada allí... Luty vino a vivir, con nosotros y dio lecciones en la escuela, pero tuvo que renunciar a hacerlo. Entre Dick Hardman y otro muchacho tan libertino como él hicieron que su vida fuera desgraciada. Por otra parte, jamás estaba segura. Nosotros la animamos a que abandonase su empleo. Y entonces..., entonces llegó lo peor.

La señora Smith se interrumpió, se enjugó los ojos v pareció hallarse temerosa de hacer nuevas revelaciones. Y levantó suplicante una mano ante Pan.

-¿Qué..., qué sucedió, madre? - preguntó Pan con temor. -¿No ... no... te ha dicho algo Luty? - tartamudeó la madre.

-Sí. Me ha dicho lo más grande que puede decirse en este mundo, lo más hermoso: que me quiere-exclamó Pan con entusiasmo.

-¡Oh, qué cosa más terrible!

-No, madre, no es terrible, sino hermosa, maravillosa, gloriosa... Continúa.

-Entonces... entonces metieron en la cárcel a Jim Blake -comenzó diciendo la señora Smith.

-¿Por qué? - preguntó rápidamente Pan.

-Para mantenerle encerrado en ella en tanto que se resolvía una cuestión que había pendiente en Texas. Jim Blake era ladrón de caballos. Tu padre dice que desgraciadamente es una cosa de la que no puede dudarse. Ya sabes que allá, en el Este, existe una ley, por lo menos en ciertos distritos... Bueno; Jard Hardman mantiene a Jim encerrado en la cárcel.

Parece ser que Hardman decidiría que no se celebrase juicio, siempre que..., con tal de que...

¡Oh! ¿Cómo te lo diría yo?

-¡Dios mío! Comprendo - gritó Pan, al mismo tiempo que se levantaba con fiera indignación-. Intentan forzar a Luty a casarse con Dick vara salvar a su padre.

-Sí. Eso es... Pan, hijo mío... ¡Y ella ha consentido!

-¡Eso es lo que la obligó a comportarse de una manera tan extraña! ¡Pobre Luty! Dick Hardman era un yaguré de joven; ahora es un coyote mordido por un yaguré. ¡Oh, pero esto es un lío horrible

-Pan, ¿que podrás hacer? - preguntó implorante la madre.

-¿Luty no se ha casado todavía con él? ¡Dígamelo pronto! -exclamó Pan repentinamente.

-¡Oh, no! Solamente ha prometido hacerlo. No confía en esos hombres. Quiere que antes se le entreguen los papeles firmados en que se afirme la inocencia de su padre. Los hombres se rieron de ella al oírla. Pero Luty no es tonta, no. Cuando se sacrifique, no lo hará inútilmente.

Pan se dejó caer lentamente sobre una silla, v su actitud meditativa se hizo más intensa; luego clavó la mirada sobre la gran arma azul con que Bobby estaba jugando. El arma fascinó a Pan. La vista del revólver provocó en él aquella conocida sensación tan parecida al soplo de -un viento que recorriera todo su ser.

-Madre, ¿qué edad tiene Luty? - preguntó, haciendo un esfuerzo, por aparentar serenidad.

-Cerca de diecisiete años, pero representa más.

-Todavía no es mayor de edad. Sí, representa veinte años. Es una mujer, madre.

-¿Qué hizo y qué dijo Luty cuando te vio? - preguntó la madre con femenina curiosidad.

-¡Ah! Hizo y dijo lo suficiente - contestó radiante Pan -. No la reconocí. ¿Lo creerás, madre? -Dímelo, hijo mío - imploró 1a señora Smith.

-Madre, corrió rápidamente a mis brazos... Volvimos a encontrarnos, y el antiguo amor resucitó.

-¡Dios mío, qué situación más terrible para los dos, y principalmente para Luty...! Pan, ¿qué podrás hacer?

-No lo sé, madre. No miedo pensar. ¡Ha sido todo tan repentino, tan inesperado! Pero jamás permitiré que

se case con Dick Hardman. Anoche mismo vi una mujerzuela pintarrajeada que se apoyaba en él. Aun cuando fuera muy mala, aquella mujer sería demasiado buena para él...

Dick no me preocupa, madre, ni sus propósitos de apoderarse de Luty. Lo que me preocupa es la manera de salvar a Jim Blake.

-¿Crees, Pan, que eso puede hacerse?

-Sé que sí, madre. Lo que sucede es que ahora no puedo pensar. Soy nuevo aquí. Y estoy turbado por mi interés por ti, por Luty, por papá... ¡Dios mío! ¡Si estuviera en el Cimarrón... 1o haría con facilidad!

-Hijo mío, no te preocupes demasiado por Luty, por tu padre o por mí -replicó fa madre con sorprendente calma-. Quiero decir que no permitas que tu interés por nosotros sea un obstáculo, para ti. Gracias a Dios, has regresado a tu hogar, junto a nosotros. Soy una mujer diferente a la que era antes de tu llegada. Estoy asustada, sí, por... por lo que he oído decir de ti. ¡Qué fama, qué nombre para un hijo mío!

-Eres muy buena, madre - dijo Pan riendo y abrazándola al mismo tiempo -. Tu bondad constituirá una ayuda para todos. ¡Si Luty fuera como tú...!

-Luty tiene un corazón de fuego. Lo que hace es solamente para salvar a su padre, Pan; y si lo consigues, el amor de esa mujer será para ti una bendición tan grande como jamás puedas haberla soñado. Sin embargo, será difícil que consigas que cambie de modo de pensar.

-No lo intentaré, madre.

-Entonces, vete a buscarla y cólmala de las mismas esperanzas que a mí me has dado.

VII

Desde la espesura formada por un grupo de árboles, Pan había visto a Luty y la observó con el corazón lleno de amor, de ternura y de piedad. Pero no la conocía. Parecía increíble que pudiera confesarse a sí mismo que la amaba. El amor, el cariño que por ella sintiera infantilmente en los días de su niñez, ¿se habían convertido, como por arte de magia, en el amor a una mujer? ¿Cuáles eran, pues, aquella tormenta que agitaba su interior, aquel temblor exterior del cuerno, reflejo de la agitación interna?

Luty permanecía inmóvil como una estatua, mirando sin ver. Después, caminó de un lado para otro con las ruanos apretadas sobre el pecho. Aquél era un lugar recluido, donde entre dos ramas bajas de unos árboles se había construido un banco junto a la orilla del arroyo. Pan se acercó furtivamente a ella con el fin de poder verle el rostro con más claridad. ¿Era el amor que ella sentía por él la causa de aquella aniquiladora emoción?

Pan se detuvo en un punto cercano a uno de los finales de su caminata y se agachó. No pensó que estaba penetrando como un intruso en la intimidad de 1'a mujer. Ella era una desconocida a quien él quería porque era Luty Blake, que de niña se había trocado en mujer. Pan hizo un esfuerzo por buscarse a sí mismo, de modo que cuando volvió a hallarse ante ella no supo qué hacer ni qué decir.

Pan no había encontrado muchas mujeres en los años que recorrió las llanuras. Pero había visto las suficientes para apreciar la belleza cuando se mostraba ante él. Y Luty la poseía. Al separarse ella lentamente del lugar en que él se encontraba, su pequeña y dorada cabecita, la gruesa trenza del cabello, su hermoso cuerpo, que sin ser robusto resultaba fuerte y pleno, respondieron con su sola presencia a la interrogante sorpresa y a la admiración de Pan. Luty, se volvió para caminar hacia atrás. Cuando llegase junto a él, Pan se encontraría sometido a una terrible prueba. Luty se hallaba en peligro, y Pan no podría continuar oculto en donde se hallaba durante mucho tiempo. No obstante, quería observarla, encontrar en aquella agitación un combustible para su abrasadora pasión. Ella había estado llorando y tenía el rostro pálido. Ciertamente, parecía tener más de diecisiete años. La mujer se acercó un poco más. Entonces la mirada de Pan se dirigió hacia sus ojos y se detuvo sobre ellos. Desenmascarados, fieles reflejos de la lucha empeñada en el interior de su alma, aquellos ojos expresaron a Pan lo que tanto ansiaba conocer. ¡No, solamente su amor, sino, además, su lucha interior!

Esto fue suficiente para él. En pocos segundos sus sentimientos experimentaron un tremendo cambio que le sirvió para adquirir la certeza de que en su pecho se albergaba el' verdadero amor de un hombre por una sola mujer. Esta convicción parecía estar fortificada conscientemente por el hecho evidente de su frío e inquieto espíritu. Pan era lo que la vida de los vaqueros de aquella época había hecho de él. Probablemente, tan sólo un hombre de tal naturaleza podría hacer frente a las ilegales circunstancias en que Luty se hallaba mezclada. En el' momento que ella recomenzaba nuevamente su paseo y se acercaba una vez más al recluido lugar en que terminaba. Pan supo lo que la situación exigiría de é1 y el modo en que debería hacerle frente. Pero escucharía a Luty, a su madre, a su padre, con la esperanza de que podría librar a fa muchacha de tan difíciles circunstancias Sin embargo, creía que solamente unas medidas extremas y unas resoluciones definitivas podrían libertar tanto a ella como a su padre. Pan conocía a los hombres de la clase de Hardman y de Matthews.

Pan se enderezó y dio unos pasos para salir, sonriente y frío, al encuentro de Luty. -¡Hola, Luty! - dijo con la sangre fría de los vaqueros, que ella debía conocer.

-¡Oh! -exclamó Luty, sobresaltada, al mismo tiempo que se retiraba. Pero muy pronto se recobró. No obstante, hubo un corto momento en que Pan vio la sinceridad de los sentimientos de la muchacha claramente expresados en su rostro.

-Estaba escondido ahí - explicó Pan señalando los árboles y los arbustos. -¿Para qué?

-Quería verte sin que lo supieras. ¿Por qué? - preguntó ella gravemente.

-Que yo recuerde, la pequeña Luty Blake jamás ofreció señales de que llegaría a convertirse en... una mujer... tan hermosa como eres.

-Pan, no me adules..., no me atosigues ahora - dijo ella implorante.

-Me había limitado a exponer un hecho. Sentémonos en aquel banco y conozcámonos. Dejó libre para ella el rincón del banco, de modo que

Luty, pudiera quedarse sentada de cara a él, y comenzó a hablar del mismo modo que lo habría hecho si entre ellos no existiera ninguna dificultad. Quería que Luty conociera su vida desde el tiempo en que le vio por última vez; y tenía dos razones para desearlo: primero, para salvar el hueco que quedaba en su larga amistad, y, en segundo lugar, para darle a conocer lo que la vida de las llanuras había hecho de él. Tardó dos horas en terminar su relato, seguramente las horas más dulces de toda su existencia, puesto que pudo apreciar el cálido e intenso interés de ella y ver cómo, olvidada de sí misma, vivió con él los días y las noches de, soledad en las vastas extensiones de tierras inhóspitas, resplandeció radiantemente al oír sus aventuras y tembló y empalideció ante los relatos de los sangrientos encuentros que formaban parte de la vida de él tanto como de la de otros muchos compañeros suyos.

-Ésta es mi historia', Luty - concluyó -. Habría venido a buscarte, habría regresado a mi casa hace mucho tiempo si hubiera sabido lo que he averiguado ahora. Pero siempre estuve sin medios económicos para venir, y, por otra parte, me retrasaba también aquella incesante charla que se extendía acerca de mí, de Panhandle Smith. Y así pasaron los años. Todo ha terminado ahora, y os he encontrado a ti y a mi familia, a todos bien, gracias a Dios. Nada más me ha importado nunca. Y tu difícil situación y la mala suerte de tu padre no me amedrentan... Ahora, cuéntame tu historia.

Pan se había, aproximado más a ella. Fue conveniente que el joven recordase los días de escuela y no omitiese ninguna de sus aventuras. Ella comenzó el relato a partir del mo-mento en que le vio por última vez -recordaba bien el día, la fecha, las ropas que él vestía, el caballo que montaba - y contó la historia de aquellos años de soledad en que las pocas cartas de él constituyeron acontecimientos, y el efecto que produjo su interrupción. De este modo, con sencilla naturalidad continuó refiriendo la caída de su padre y como tal desgracia había matado a su madre. Cuando dio fin a su historia, Luty estaba llorando.

-Luty, no llores. Piensa solamente... que estamos juntos - exclamó él cuando la muchacha cesó de hablar.

-Eso es... lo que me hace llorar - replicó ella, afligida.

-Entonces, muy bien. Apóyate en mi hombro para llorar - dijo él, emocionado; y, a pesar de su resistencia, la aproximó a sí, la rodeó el cuerpo con los brazos y la obligó a apoyar la cabeza en su pecho. Y así la mantuvo, y pudo comprobar de qué modo la tensión y la tirantez del cuerpo de Luty cedían. Luty no lloró violentamente, sino de un modo atormentado que, sin embargo, parecía constituir un alivio para ella,

-Pan, esto es... es insensato-dijo ella, agitada-. Me refiero a esto de llorar en tus brazos, como si fueras pan refugio. Pero, ¡oh! , he necesitado tener a alguien cerca de mí, 1o he necesitado tanto...

-No comprendo por qué ha de ser insensato. Para mí es una cosa dulce y maravillosa...

Luty, no discutamos. Es posible que tuviéramos que hallarnos en desacuerdo respecto a algunas cosas; pero no nos cuidemos de ellas... Estoy tan enormemente contento de verte, de conocerte, que creo que el insensato soy yo.

-Eres un niño, a pesar de tu tamaño. ¿Cómo, podríamos dejar de hablar de mis contratiempos?... ¡Oh, este terrible lío en que estoy metida!... ¿Cómo he podido apoyar la cabeza en tu hombro...? No fui yo. Tú me forzaste a hacerlo.

-Bien; si quieres negarme esa felicidad, puedes hacerlo -contestó Pan.

-¿Constituye una felicidad para ti, sabiendo que está mal que lo haga... y que es posible que nunca más vuelva a hacerlo?-murmuró ella.

-¡Un puro cielo! - dijo él -. -Lucy, no digas que está mal. Tú me perteneces. Mi madre me dijo en cierta ocasión que jamás habrías vivido si no hubiera sido por mí.

-Sí, mi madre me dijo lo mismo... ¡Oh, qué triste es todo esto!

-¡No es triste! Ha sido hermoso. Y te digo que es cierto que me perteneces.

-Mi alma te pertenece, sí - contestó ella soñadoramente. Y entonces, como si hubiera recordado su debilidad corporal, se apartó de él para sentarse nuevamente en el rincón del banco.

-Perfectamente, Luty. Haz lo que quieras ahora. Pero eso servirá, de todos modos, para que más tarde hayas de ofrecerme una compensación por ello-dijo Pan con su resignada y buena naturaleza.

-Pan, para ti parece no haber nada más que tu propia voluntad-replicó ella, meditativa-. Tengo que salvar a mi padre... y solamente hay una manera de conseguirlo.

-¡No me hables de ese modo! -afirmó Pan con energía-. Tenía esperanzas de que permitirías, antes que nada, que nos conociéramos más a fondo. Pero si no lo quieres, perfectamente... Estás por completo atemorizada por unas circunstancias que reconozco que son terribles para ti No es extraño. Eres solamente una chiquilla todavía. ¿Qué sabes de los hombres? Esos Hardman son unos malvados. Tuvieron que marcharse de Texas por eso precisamente. Matthews, juez o sheriff, o como quiera que él mismo se llame, es un malvado también. Conozco a los hombres de esa clase. He encontrado a centenares, a millares de ellos. Lentamente han ido forzando a tu padre a alejarse hacia el Oeste, hasta llegar al otra lado de las Rocosas. Y aquí pueden hacer lo que se les antoje. Pero eso no puede durar mucho tiempo. En realidad, Luty, estoy asombrado de que ningún minero, vaquero o pistolero haya puesto fin a tan asqueroso proceder hace mucho tiempo.

-Debes estar equivocado, Pan - declaró ella apresuradamente-. Hardman engañó a mi papá, es cierto; pero fue por culpa de mi papá, de su ceguera para los negocios. Hardman es una fuerza aquí, y también lo es Matthews. Hablas como... como un vaquero en exceso osado.

-Así es -replicó Pan mientras reía tristemente -. Y es necesario, justamente, ser un vaquero muy osado para desembrollar este terrible enredo... Luty, no te pongas pálida, no te aflijas. Te prometo que escucharé lo que me digáis tú y papá antes de obrar. Voy a ir a ver a tu padre. Y voy a visitar a Hardman para hablarle razonada y sensatamente, lo que también pienso hacer con los demás. Sé que no voy a conseguir nada importante, pero quiero hacerlo, de todos modos, para demostrarte que puedo proceder con cordura y con razón.

-Muchas gracias. ¡Me habías asustado tanto!... - murmuró ella - Pan, se decía algo terrible acerca de ti... antes...

-Escucha, Luty -comenzó él con mayor seriedad-. Estoy en Marco desde hace muy pocas horas, pero ya he podido apreciar que este lugar no es conveniente para que nos instalemos y vivamos en él. Es principalmente una región minera. He oído hablar mucho de Arizona. Voy a llevaros a todos allá. A papá y mamá les entusiasmará esta idea. Sacaré a tu padre de la cárcel...

-¿Estás soñando, Pan? -le interrumpió ella con disgusto- . Papá es no cuatrero, y lo ha reconocido. En Texas podría ser encarcelado para varios años. Todo lo que Hardman tendría que hacer para conseguirlo sería enviar a llamar a los policías para que se llevasen a papá. Y estoy obligada a casarme con Dick Hardman para salvarle de la cárcel.

-¡Pobre chiquilla! ... Ahora, Luty, permíteme que te diga una cosa muy pintoresca que te va a desconcertar. Y porque es una verdad tan grande como las del Evangelio, aseguro...

Has llamado cuatrero a tu papá. ¿Qué es eso? Significa un vaquero que se ha apropiado de ganados, caballos o vacas que no le pertenecen. Ha recogido reses sin marcar y las ha marcado. Eso no tiene importancia. Luty, mi papá se apoderaba también de ganado. Y lo hacen absolutamente todos los vaqueros para quienes he trabajado.

-¡Pan! - exclamé ella con ojos dilatados por el asombro -. ¿Qué estas diciendo?

-Estoy intentando explicarte uno de los hechos extraños que se producen en estas grandes llanuras-contestó Pan-. He conocido a vaqueros que mataban a tiros a los que les robaban el ganado, vaqueros que habían marcado ganado que no era suyo. Esto era una práctica corriente. Nadie creía que constituyera una maldad. Todos lo hacían. Pero era una maldad' si se examinaba la cuestión en su aspecto más puro. Y aun cuando no pueda ser legalmente tan delictivo como el robo de ganado marcado, para mí es exactamente lo mismo de malo. Tu padre comenzó de ese modo, Hardman le sorprendió, y acaso le forzó a dedicarse a una práctica menos honrada.

-¿Intentas darme algunas esperanzas, Pan?

-Así es. Las cosas no son tan graves como supones. ¡Dios mío, si hubiera tardado un mes más en llegar...! Luty negó con un enérgico movimiento de cabeza.

-Ahora, todo es peor para mí que si no hubieras venido jamás. -¿Por qué? -la interrumpió Pan.

-Porque el verte..., el estar a tu lado de este modo... antes de ..., si he de casarme ..., es horrible... Después, cuando ya fuese demasiado tarde y yo hubiera perdido ya algo, el amor propio o quizás algo más..., entonces, es posible que no te importase.

Esto no solamente hizo que Pan perdiera la paciencia, sino que, además, se enojase. La sangre se agolpó en su rostro. Pan se mordió la lengua y luchó por dominarse.

-¡Luty! ¿No te he dicho que no te casarás con Dick Hardman? - exclamó.

- ¡Oh, pero tendré que hacerlo! -replicó ella tozudamente en tanto que negaba con un triste y lento movimiento de cabeza.

-¡No!

-Debo salvar a papá. Tú podrías, es cierto, hacer que saliera de fa cárcel, del modo que fuera. Pero eso no serviría para salvarle.

-Serviría, tenlo por cierto - replicó con sequedad Pan-. En cualquier otro estado estaría perfectamente a salvo.

-Le seguirían dondequiera que fuese. No, eso no serviría. No tenemos tiempo... Dick me está presionando para que me case con él inmediatamente, o su padre encausará al mío. He prometido... y hoy, esta mañana, va a venir a verme Dick para que fijemos la flecha de la boda.

-¿Cómo? -exclamó Pan con pasión.

La palabra de Pan, disparada con tanta rapidez como una bala, hizo que la muchacha se pusiese en pie de un salto; pero repitió lo que había dicho anteriormente, casi palabra por palabra.

-¿'Cuál será tu respuesta? -preguntó Pan con acalorado desdén.

-Cuanto más pronto... tanto mejor - replicó ella tristemente-. No puedo soportar... esto...

Tú..., ¡oh, todo sería preferible, todo sería más fácil' que tus esperanzas..., que tu... que tu modo de hacerme el amor!

-Luty Blake, ¿has descendido tanto como tu padre? -preguntó roncamente Pan-. ¿Qué clase de mujer eres? Si me quieres, es un crimen que te cases con él. Las mujeres hacen cosas de esa especie, lo sé... Se venden a sí mismas; pero matan sus almas. Aun cuando con ello pu-dieras salvar a tu padre de ser ahorcado, todavía seguiría siendo una acción baja. Supongamos que tu padre fuese condenado a algunos años de cárcel. ¿Qué sería eso comparado con el infierno a que por salvarle te verías condenada para todos los días de tu vida? Has perdido la cabeza. Has perdido el sentido de las proporciones... Sin duda sientes algún afecto por ese maldito cerdo de Dick Hardman.

-¡Afecto por él! - exclamó Luty, avergonzada y furiosa -. ¡Le odio!

-Entonces, si te casas con él, cometerás una maldad. ¡Para contigo misma! ¡Para conmigo! Para mí serías entonces aún mucho peor que aquella mujerzuela de «La Mina de Oro».

-¡Pan! - exclamó ella -. ¿Cómo puedes...? ¿Cómo te atreves?...

-Los hechos duros requieren nombres duros. Tú me has obligado a decir esas cosas. Serías capaz de hacerme enloquecer, si te escuchase, si te creyese. ¡No vuelvas a atreverte a decirme que te casarás con Dick!

-Lo haré..., debo....

-¡Luty! -gritó él. Era inútil razonar con aquella muchacha. Había sido atrapada como un animalito salvaje, y no encontraba el modo de librarse del cepo. Pan adelantó impetuosamente una mano, fuerte y dura, agarró a la joven de un hombro y tiró de ella con tanta fuerza, que su rostro quedó debajo del de él. Luty palideció. Sus elocuentes ojos se dilataron con súbito temor, y comenzó a golpear a Pan enérgicamente.

-Dime que me quieres.

La sacudió violentamente, y luego tiró de ella hacia sí. -No quiero apoderarme de la mujer de ningún otro hombre-continuó Pan, enojado- . Pero si me quieres..., eso es una cosa diferente. Lo dijiste hace unos momentos ¿Era cierto? ¿Eres una embustera?

No..., no..., Pan... - murmuró ella, atribulada -. Es cierto. -¿Qué es cierto?

-Que... te quiero - aclaró Luty; y la sangre comenzó a agolparse en su pálido rostro. Luty iba inclinándose lentamente hacia él. En sus ojos había una especie de enigmático hechizo.

-¿Cómo me quieres? - preguntó él incansablemente; los latidos de su corazón eran cada vez más vigorosos,

-Siempre te he querido... Desde que era niñita. -¿Como a un hermano? -Sí.

-¡Pero ahora somos un hombre y una mujer! Ésta es mi única posibilidad de encontrar la felicidad. No, te quiero..., no querría quererte más que en el caso de que tú me quieras tanto como yo a ti. Sé sincera conmigo. Sé justa. ¿Me quieres ahora como yo te quiero?

-¡Dios mío! Sí... -contestó ella de modo casi inaudible, mientras clavaba en él una mirada llena de remordimiento, de amor y de angustia.

Pan no pudo resistirlo. La apretó contra sí, la obligó a rodearle el cuello con los brazos, y se inclinó para besarla con fa sed y el hambre de besos que le habían producido los largos años pasados sin amor en la solitaria llanura. Ella no se resistió mucho. Este ataque obligó a la joven a salir de su abatimiento, de su debilidad' y a responder ciegamente a aquel acto que desvanecía sus temores, sus dudas, y sus preocupaciones. Por el momento, cuando menos, Pan la había conquistado.

Pan fue sacado del éxtasis de aquel instante por el golpeteo de unas herraduras y el crujido de unos matorrales que se quebraban. No había podido todavía separarse de ella cuando un jinete con su caballo apareció ante los dos. Sin embargo, Pan reconoció al intruso y saltó para alejarse del banco con la instintiva rapidez defensiva que la vida le había enseñado a adoptar en muchas circunstancias.

Dick Hardman demostró hallarse bajo el influjo de la sorpresa más inesperada. Tenía los ojos desorbitados. La boca abierta. Ninguna otra emoción, parecía haber iluminado todavía su mente. Miró de Luty a Pan y de Pan a Luty. Una lenta y oscura coloración rojiza comenzó a cubrir sus mejillas. Lanzó una exclamación incoherente y su sorpresa se convirtió con rapidez en horror. Había sorprendido a su prometida en los brazos de otro hombre. Un sombrío furor se apoderó de él.

-Eres..., eres... - gritó estridentemente en tanto que hacía un movimiento para apearse. -¡Quédate sobre el caballo! -le ordenó Pan.

-¿Quién demonios eres? -replicó Dick inclinándose hacia atrás en la silla.

-¡Buenos días, cerdo Hardman! -replicó Pan con fríe descaro-. Deberías haberme conocido.

-¡Pan Smith! -dijo el otro roncamente al mismo tiempo que su rostro se cubría ¡de lividez -. ¡Por todos los diablos! Me pareció conocerte anoche, pero no pude recordar quién eras.

-Bien, señor Dick Hardman, yo te conocí en el mismo instante que puse sobre ti la mirada, cuando estabas sentado, jugando... con aquella linda muchacha tan ligera de ropa sentada en el brazo de tu silla - replicó Pan con acento sarcástico y lento.

-Sí; y tú te llevaste a aquella... con mucha rapidez - gritó Hardman.

-Escoge mejor tus palabras. Está presente una señora -afirmó Pan amenazadoramente -¡Oh, qué cinismo! ¡Maldito vaquero! -voceó Hardman, furioso-. No tardaste mucho

tiempo en llevártela contigo, ¿verdad? Ahora, vete inmediatamente de aquí, o te..., o te..., o será peor para ti, Pan Smith... Luty Blake es como si ya estuviera casada conmigo.

-Te engañas, Dick-replicó con insolencia Pan-. He llegado aquí en el momento preciso para salvarla de ese dudoso honor,

-¿Romperías tu compromiso conmigo? -preguntó roncamente Hardman, al' mismo tiempo que temblaba en la silla.

-Ya lo ha roto.

-¡Luty, dime que es mentira! -rogó Hardman volviéndose hacia ella con dolorida tribulación. Si en él quedaba aun algo de bueno, en aquel momento lo puso de manifiesto.

Luty salió de entre la sombra del árbol hasta situarse bajo la luz directa del sol. Estaba pálida pero tranquila.

-Dick, es cierto -dijo con calma-. He roto mi compromiso. No puedo casarme contigo...

Quiero a Pan. Siempre le he querido. Cometería un pecado si me casara contigo.

-¡Fuegos del infierno! -exclamó agriamente Hardman. Su rostro, contraído por el furor, producía espanto-. Eres tan mala como aquella mujerzuela que se fue con él. ¡Yo te arreglaré, Luty Blake! Y llevaré a tu padre, el ladrón de vacas, a la cárcel, donde pasará todo el resto de su vida.

Pan saltó hacia Hardman y le dio un golpe terrible que le obligó a caer de la silla y producir un ruido sordo al golpear el suelo con el cuerpo. El asustado caballo corrió por la senda en dirección al portillo.

-¡Maldito malhablado! - dijo Pan -. Levántate, y, si tienes revólver, ¡sácalo!

Hardman se puso en pie trabajosamente. Respiraba con dificultad. Sus ojos, llenos de odio, se dirigieron hacia Pan. Sin embargo, el instintivo furor había sufrido una disminución. Hardman había sido forzado a pensar en algo más que el fracaso de su imperiosa voluntad.

-No..., no... traigo... revólver - dijo jadeando -. Tú... lo has visto..., Pan Smith.

-Bien, entonces, después de esto, debes llevarlo siempre - replicó despectivamente Pan -, porque es muy probable que dispare contra ti tan pronto como vuelva a encontrarte.

-Haré... que te expulsen... de esta región - replicó con fatiga Dick.

-¡Bah! No malgastes el aliento. ¿Expulsarme de esta región? ¿A mí? Supongo que no has debido oír hablar de Panhandle Smith. Eres tan bruto que no eres capaz de comprender lo que significa. Bien; yo te lo explicaré. Tú, y el malvado de tu padre, y vuestro compañero el sheriff de perra gorda, tendréis que abandonar esta zona. ¿Lo entiendes? Ahora, ¡vete pronto!

Hardman dirigió a Pan una mirada de odio y dio vuelta para recorrer la calzada a pie. Una vez se volvió para que Luty pudiera ver su rostro convulso y amenazador. Luego, en busca de su caballo, se perdió de vista entre los árboles.

Pan permaneció inmóvil, mirándole hasta que le vio desaparecer. Había obrado de un modo fiel a sí mismo. Habría sido imposible hacer frente a la situación por ningún otro procedimiento. Y aquello significaba derramamiento de sangre. Pan lo sabía, lo aceptaba, y no hacía ningún intento por aplazar el fiera enojo que ardía en su interior. Luty, sus padres, todos sufrirían. Pero ¿no sufrirían más si Pan no hiciera frente a aquel conflicto, del modo que le dictaba su dura práctica? Casi no se atrevía a volverse para mirar a Luty. Solamente un momento antes él le había prometido ser indulgente. Por esto, su sorpresa fue grande cuando observó que Luty se volvía para mirarle con ojos preñados de admiración y de agradecimiento, para oprimirle en un abrazo, para apretarle contra él en tanto que su temor se disipaba lentamente y cedía el puesto al asombro y al amor.

-¡Panhandle Smith! -murmuró ella mientras levantaba la cabeza para mirarle directamente a los ojos -. He oído tu historia. Me ha emocionado... Pero no la he com-prendido hasta el momento en que te vi encararte con Dick Hardman... ¡Oh! ¿Qué has hecho por mí?... ¡Oh, Pan, me has salvado de la perdición!

VIII

Pan y Luty no se dieron cuenta del paso del tiempo hasta que fueron llamados para la comida. Cuando llegaron al pórtico, Luty quiso retirar su mano de la de Pan; pero no lo consiguió.

-Oye, oye -dijo Pan con mucha seriedad cediendo al impulso de un estímulo a cuya fuerza no podía resistirse-, ¿no sería aconsejable para nosotros dos... que nos casásemos inmediatamente?

Luty enrojeció con intensidad -¡Pan Smith! ¿Estás loco?

-Creo que lo estoy-contestó él con tristeza-. Pero tengo que pensar que he de salir muy pronto para cazar caballos salvajes, y tengo miedo a que pueda suceder algo... ¿Quieres que nos casemos esta tarde?

-¡Pan! ¡Eres ... eres terrible! -exclamó Luty; y soltándose de la mano de él, con el rostro enrojecido, corrió a internarse en la casa.

É1 la siguió y descubrió que Luty había desaparecido. Su padre se sonreía, y su madre le miraba con ojos cargados de esperanza. Una jovencita esbelta y pecosa, de ojos dulces y graves y cabello rizado, se hallaba junto a la ventana. La joven se volvió y devoró a Pan con tímidas miradas. Y por aquellas miradas Pan supo quién era.

-¡Atice, hermanita! -exclamó avanzando rápidamente hacia ella-. ¡Cuánta alegría siento al verte!

No tardó mucho tiempo Pan en comprender que un sutil cambio se había operado en sus padres. Aquel cambio no era debido a la excitación producida por su presencia ni al asombro que le produjo encontrar a Luty, sino que representaba un cambio de estado de ánimo, que parecía como un consuelo, como la sensación que se experimenta al cesar de hacer un esfuerzo. Pan apreció en todo ello el nacimiento de una esperanza que se ponía en él y de la que aún no tenían conciencia los que la concebían.

-Hijo, ¿qué ha sucedido con Luty? -preguntó su padre.

-Nada que valga la pena de hablar -contestó Pan fingiendo indiferencia -. Me parece que está un poco sobresaltada porque he querido que se casara conmigo esta misma tarde.

-¡Dios mío! -exclamó su madre- Eres un verdadero vaquero. ¡Querer que Luty se case contigo, cuando está prometida con otro hombre!

-Ese compromiso, querida madre, está roto. No me lo recuerdes. Quiero tener una expresión de alegría, para que todos estéis contentos de que haya vuelto a mi hogar.

-¡Contentos! -dijo su madre riendo-. Mis plegarias han sido atendidas... Vamos a comer... ¿Recuerdas, Pan, cuando acostumbrabas decir: «Venid y atracaros antes de que lo tire por la ventana »?

Bobby se apeó de la rodilla de Pan y se dirigió en línea recta a la cocina, seguido de Atice.

-Pan, he encontrado a Dick Hardman en la carretera. Tenía una expresión de verdadero demonio, e iba azotando furiosamente a su caballo. Cuando le vi, me dije: «Seguramente ha encontrado a Pan.» ¿Es cierto?

-Creo que sí - contestó riendo Pan -. Y reconozco que la prueba ha sido un poco dolorosa para él. Vino por la calzada y me sorprendió; bueno, la verdad es, papá, que estaba besando a la señorita que él suponía que le pertenece.

-¡Demonio de vaquero! -exclamó su padre con admiración y alegría evidentes-. ¿Qué resultó?

-Ya os lo diré después de la cena. ¡He notado olor a compota de manzanas! ... Papá, nunca me he olvidado de las comidas que prepara mamá.

Entraron en la pequeña y blanqueada cocina, donde Pan tuvo que inclinarse para no pegar en el techo con la cabeza, y donde todos se sentaron a la mesa. Pan vio con alegría los preparativos. Su madre no había estado ociosa durante las horas que él permaneció junto a Luty en la huerta, ni olvidado los platos que tanto le gustaron siempre. Alice actuó de camarera, y Bobby se sentó en una silla alta y miró alegremente a Pan. En aquel momento entró Luty. Había cambiado su blusa gris por otra blanca con un ancho cuello y un poco escotada que descubría el dorado contorno de su torneada garganta. Se había peinado, con el cabello alto. Par, no pudo quitarle la vista de encima. En los ojos de ella pudo ver una luz jovial y en sus mejillas un rosado y hermoso color.

-Bien, tengo que comer-dijo Pan a modo de explicación y de disculpa por verse obligado a retirar la mirada de aquel hermoso cuadro.

De este modo, su llegada al hogar resultó ser un acontecimiento aún más feliz que el que en sus momentos más optimistas se había atrevido a esperar. Luty estuvo tranquila y comió muy poco. En algunas ocasiones, Pan la sorprendió dirigiéndose algunas miradas furtivas, y en todas estas ocasiones Luty se ruborizó. No podría volver a mirarle directamente a los ojos. Alice también le dirigió unas miradas furtivas y tímidas, llenas de admiración y de amor. Bobby estaba hambriento, pero no olvidó que Pan se encontraba sentado frente a él. La señora Smith observó a Pan con una expresión que habría sido muy dolorosa para el hijo si éste hubiera permitido que el remordimiento se adueñase de él en aquel instante. Y su padre estaba regocijado e intentó mostrarse natural, tratar a Pan con aquella indiferencia que era habitual en el Occidente; pero resultó imposible. Sin duda, en aquella casa no había reinado una felicidad tan grande desde hacía muchos años.

-Papá, salgamos al exterior y hablemos un poco-propuso Pan después de la comida. Mientras caminaban en dirección a los cercados, el padre de Pan permaneció silencioso;

sin embargo, se apreciaba claramente que estaba realizando un esfuerzo por reprimir la expresión de sus sentimientos.

-Muy bien; desembucha - exclamó al fin -; pero antes de todo, ¡por amor de Dios!, dime cómo te las has arreglado para hacerlo.

-¿Hacer? ¿Qué? - preguntó Pan mirando en torno suyo.

-¡Tu madre! ¡Está muy bien! Y no estaba bien - exclamó el hombre viejo respirando trabajosamente -. ¡Y esa chiquilla! ¿Has visto alguna vez unos ojos como los suyos?

-Declaro que jamás los he visto contestó Pan con alegre torpeza.

-Esta mañana dejé a Luty muy deprimida. Tenía los ojos como muertos. ¡Y ahora...

Pan, doy gracias a Dios por haberlos cambiado! Pero, dime, ¿cómo lo has hecho?

-Papá, no conozco a las mujeres muy bien, pero supongo que viven a costa de su corazón. Puedes tener la seguridad de que su felicidad tiene muchísima importancia para mí. Me siento un poco mezquino, ingrato. Pero todo eso ha pasado ya. Ahora sería capaz de gritar y cacarear como Bobby... Pero, papá, tengo una gran misión en mis manos, y creo que debo hacerme digno de su cumplimiento. ¿Vas a oponerte a que la realice?

-¡No, diablos! - exclamó su padre, perdiendo la pipa al decirlo con vehemencia-. Hija mío, perdí mi ganado, mi rancho, y luego mi animación, mi valor. No pretendo disculparme. He caído muy bajo..., pero no soy demasiado viejo para recomenzar' de nuevo, llevándote como guía.

-Bien -replicó, Pan, emocionado en tanto que ponía una mano sobre el hombro de su padre. Ambos se detuvieron ante el abierto encerradero -. En ese caso vamos a hablar con perfecta claridad.

-Di lo que tengas que decirme, Pan. Tengo mucha curiosidad.

-Siendo así, y antes que nada..., no debemos quedarnos a vivir en esta región.

-Pan, no has podido decir nada que me regocije tanto como esas palabras- declaró el padre mientras descargaba un puñetazo sobre el portillo del encerradero-. Sé que ésta no es una región propia para los Smith. Pero seguí a Jard Hardman hasta aquí. Esperaba...

-No son necesarias las explicaciones -le interrumpió Pan-. Estamos examinando nuestro porvenir. No nos quedaremos aquí, sino que nos iremos a Arizona. Tengo un compañero que proviene de allí. Durante todo el día y la mitad de la noche, ese muchacho no ha cesado de hablarme con entusiasmo de Arizona. Y me ha convencido.

-¿No es una región desierta, Pan?

-Arizona es una región de todas las clases imaginables -contestó con vehemencia Pan -. Es un estado grandísimo, papá. Muy desierto y muy bravío todavía, pero no como estas zonas de minas, con sus tabernas como «La Mina de Oro». A Arizona van muchos colonizadores que se instalan en los valles en que hay agua y hierba. Hay también muchísimos pinares de árboles hermosos que tendrán un valor inmenso dentro de no mucho tiempo. Sé exactamente dónde debemos instalarnos. Pero no es preciso que gastemos ahora el tiempo hablando de esa cuestión. Si te parece bien, queda convenido: iremos a Arizona.

-Muy bien, Pan -dijo su padre frotándose las manos. Pan le había llenado de animación-. ¿Cuándo nos iremos?

-Es una cosa que hemos de decidir entre todos-contestó Pan pensativamente-. Tengo cierta cantidad de dinero, no mucho; pero lo suficiente para que podamos trasladarnos y comenzar a trabajar. Sin embargo, creo que sería preferible que nos quedáramos aquí por lo menos durante el próximo otoño y recoger cierta cantidad de los caballos salvajes que tanto abundan. Quinientos caballos, mil caballos, a doce dólares por cabeza... Papá, ¡podremos empezar con muchísimo dinero!

-Yo diría, hijo mío, que así es-comentó Smith con fogoso entusiasmo-. Pero ¿cómo podrás hacerlo? -Papá: si esos' escobones abundan tanto como he oído decir, es seguro que podré apoderarme de muchísimos. Anoche me encontré con dos vaqueros, Blinky Moran y Gus Hans, que se dedican a cazar caballos salvajes y quieren que me una a ellos. Ahora, en tu compañía y posiblemente de otra pareja de caballistas, podremos apoderarnos de una gran cantidad de caballos. Es necesario aprender la manera de cazarlos. Yo aprendí a hacerlo por medio de las enseñanzas de un mormón que se dedicaba a atrapar animales de esa clase. Si esos escobones son tan abundantes aquí... Bien, no quiero forzarte a esperar demasiado. Pero esperemos hasta que pueda enseñarte lo que a mi vez aprendí.

-Pan, hay más de diez mil caballos salvajes en el valle que está situado detrás de aquella montaña: el valle de las Fuentes Calientes.

-Entonces, ¡por Satanás!, es preciso que nos decidamos a correr el riesgo - declaró Pan todo animado.

-¿Qué riesgo?

-El riesgo de tener complicaciones con el equipo de Hardman. No es posible evitarlo. Tendré que atemorizarlos para evitar que planteen la lucha ahora mismo. Dick es un cerdo cobarde. Jard Hardman es un hombre malo desde cualquier punto de vista que se le examine. Pero no es temible cuando se trata de luchar en condiciones de igualdad. No es eso lo que he querido decir. Ni eso es todo, porque es traidor. Y su compinche, ese sheriff de a perra gorda, no es un hombre que se atreva a enfrentarse con otro hombre cara a cara. Juraría que es posible atemorizarle fácilmente. ¿Tiene fama como luchador a revólver?

-Si la tiene, jamás he oído hablar de ella. Pero fanfarronea mucho. Ha tenido que intervenir en varias camorras suscitadas por algunos mineros y mejicanos borrachos, y ha matado a una pareja de hombres desde nuestra llegada.

-¡Ah! Eso es exactamente lo que suponía - declaró Pan despectivamente-. Apostaría todo lo que tengo a que fue él mismo quien se nombró mariscal de la ciudad, que es el modo con que suelen designarse. Apostaría a que no tiene ningún documento legal de la región ni del Gobierno... Jard Hardman será un hueso más duro de roer. Hace poco, papá, en Littleton he sabido lo que hizo contigo. Y la historia de Luty ha acabado de confirmar la impresión que de él tengo. Son cosas difíciles de olvidar. Me agradaría saber cuál es tu opinión y tu posición respecto a este asunto.

-Hijo mío, no me atrevo a manifestártelo - contestó Smith con voz ronca, al mismo tiempo que inclinaba la cabeza.

-Ni es preciso que lo hagas, papá. Nos quedaremos aquí hasta que podamos cazar y vender una tropilla de caballos -dijo Pan secamente-. ¿Puedes abandonar tu empleo en el taller de carros?

-Cuando quiera... y, ¡Dios mío, cuánto me alegraría hacerlo!

-Entonces, abandónalo pronto - dijo apremiante Pan-. Queda convenido... Papá, tengo que sacar a Jim Blake de la cárcel.

-Así ha de ser. Es posible -que la cuestión presente muchas dificultades, y es posible que no las presente. Todo depende de Jim. Y, dicho sea entre nosotros, Pan, no tengo mucha confianza en él.

- Eso no importa. Tengo que sacarle de la cárcel y enviarle fuera de este territorio, a la región de Arizona a la que nosotros vamos a ir. El lugar en que está encerrado ¿es verdaderamente una cárcel?

-Está hecho de adobe, piedras y barro -replicó el padre-. Un indio o un hombre decidido podría huir de ella cualquier noche que lo desease. Hay tres guardianes que se relevan cada ocho horas. Uno de ellos es un hombre bastante rudo que se llama Hill. Antes era un pros-crito; los otros dos son unos vagos de esos que tanto abundan en la ciudad.

-¿No hay en la cárcel nadie más que Jim ahora?

-No lo se. Matthews encarceló a una mujer hace poco tiempo. Todos los días suele detener a alguien.

-¿Dónde está esa prisión que pertenece al señor Matthews?

-Has pasado junto a ella al venir aquí. Está junto a la carretera. Es un edificio plano y gris. Veamos: es la tercera casa que se encuentra viniendo desde el taller de carros; en el mismo lado de la carretera.

-Muy bien, papá -dijo Pan con alegre decisión -. Volvamos a casa y hablemos de Arizona a Luty y a mamá. Luego iremos al pueblo. Mañana vendrás conmigo al campamento de mis amigos. Está situado al otro lado del pueblo, en una llanura cubierta de cedros, en lo alto de aquella pendiente. Hemos de probar unos caballos y comprar sillas de montar.

IX

Mientras Pan recorría el camino que conducía a Marco, todo el mundo parecía haber cambiado para él. Durante unos pocos instantes se entregó a la antigua alegría que le producían las llanuras y las montañas que se extendían y se elevaban a su derecha y se desvanecían en la lejanía purpúrea. Había algo que realzaba su belleza. ¡Cuán suavemente gris era la ondulante extensión, cuán negras las pendientes cubiertas de árboles! La ciudad, ante él, parecía incrustada, como una mancha horrorosa, en la hermosura del paisaje. Pan dirigió la mirada sobre y más allá del pueblo, en dirección al Oeste, donde el sol moría entre resplandores amarillos y rojos que perfilaban las nubes con -una luz deliciosa. Hacia el Sur reposaba Arizona, la tierra de las mesetas multicolores v de los desfiladeros de muros accidentados, de corrientes de agua torrentosas, y de selvas abruptas, de valles cubiertos de salvia purpúrea y de llanuras herbosas, que se destacaban como mosaicos entre las desnudas montañas desiertas.

Pero la imaginación de Pan volvió a clavarse de nuevo sobre las cuestiones que debía resolver inmediatamente. Eran cosas de su agrado. En muchas ocasiones había llegado a extremos insuperables, amante de las diversiones y de la inquietud, en defensa de los intereses de algún vaquero que se veía envuelto en alguna situación complicada. Era el modo como solían proceder los hombres de su clase. Algunos de ellos eran fuertes y muchos otros eran débiles; pero en todos residía una constancia de propósitos que parecía constituir uno de sus deberes. Del mismo modo que despreciaban las cercas de alambre espinoso, despreciaban a los sheriffs sedientos de fama y las cárceles ilegales. Sin duda, Jard Hardman, que respaldaba y apoyaba «La Mina de Oro», se hallaba detrás de aquel asunto de la cárcel. Por lo menos, Matthews se embolsaba las mal obtenidas cantidades que obligaban a pagar a los violadores de las leyes y reglas que por sí mismo había establecido.

Pan experimentaba la sensación de que, por primera vez en su vida, se hallaba bajo el incentivo poderoso de un algo tremendo y atrayente, de aquel algo que despertaba el fogoso espíritu que era común a los osados vaqueros de las llanuras. Solamente había conocido y vivido los últimos días del reinado de los vaqueros. Dodge y Abilene, el viejo camino de Chisholm, los días de disparar v de beber incesantemente en los primeros tiempos de la colonización del Cimarrón, habían desaparecido ya. La vida dependió entonces solamente de la suerte de una carta, del guiño de un ojo, del restallar de un látigo. Pero Pan había ca-balgado y dormido con hombres que conocieron aquellos días; comprendió por sus relatos cuál había sido el espíritu de la época, y para él había llegado un período posterior, no comparable desde ningún punto de vista a aquél, pero también duro; libre, bravío y sangriento. Pan sabía cómo debía jugar sus cartas contra hombres como aquéllos. Cuanto más audazmente se enfrentase con ellos, cuanto más amenazadoramente les saliera al paso, tanto mayor sería su ventaja. Si Matthews fuese otro Hickok, la situación habría sido completamente diferente. Si hubiera algún hombre verdaderamente luchador en las filas de Hardman, Pan lo reconocería de una sola mirada. Pan era una incógnita para ellos, la cualidad más irritante de los recién llegados a una localidad bravía, el hombre a quien precedía una fama.

Pan llegó hasta cerca del edificio que buscaba; estaba construido parcialmente de piedra y de adobes, torpe y rudamente formado; no tenía ventanas en la fachada que le daba frente; acercándose a la casa y dando vuelta al llegar a la esquina, vio una habitación pequeña y de suelo empedrado. En tal habitación sonaban voces. Pan atravesó de dos largas zancadas el liso umbral. Dos hombres estaban jugando con una baraja mugrienta, una botella de alcohol y unos vasitos puestos sobre la mesa colocada entre ambos. El hombre que se encontraba con la espalda vuelta hacia Pan no fe vio; pero el otro hombre se puso en pie de un salto y se retiró hacia la pared con una expresión extrañamente alterada. Era joven, moreno, rudo, y tenía la cicatriz de un disparo en la barbilla.

Pan no tardó en reconocer al hombre más tiempo del que empleó en penetrar en la estancia. Aquel hombre era Handy Mac New, a quien conoció en Montana, un vaquero que había seguido el mal camino. Era uno de los miembros de aquel amplío conjunto que comprendía a los que Pan había ayudado de un modo o de otro. Handy se había convertido en ladrón de ganado durante el año siguiente al que Pan le conoció, y se sospechaba que había cometido uno o varios asesinatos.

-¡Buenas tardes, amigos! - dijo Pan, sin ofrecer muestras de haber identificado a Mac New-. ¿Quién de vosotros dos es el guardián?

-Yo - contestó Mac New en tono ahogado. Y se puso lentamente en pie.

-Aquí tenéis un prisionero llamado Blake - continuó Pan -. Vivió antiguamente cerca de mi casa, jugué muchas veces con él a caballo y jinetes, y me solía llevar sobre la espalda. ¿Me permitirán hablar con él?

-No hay inconveniente, forastero - replicó Mae New con nervioso apresuramiento; y sacando de un bolsillo una llave la colocó en la cerradura de una puerta fuerte y blanqueada.

Pan se encontró al cabo de un momento en el interior de una amplia habitación que tenía una pequeñas ventanas enrejadas en la pared occidental. Sus conocimientos de las cárceles de la frontera eran muy limitados, pero las que había visto eran generalmente unas celdas desnudas, vacías, pequeñas. Sin embargo, aquella en que se hallaba parecía ser una prisión lujosa. Había alfombras y esteras indias en el suelo, una mesa atestada de libros y papeles, un lavabo y un lecho cómodo sobre el cual se recostaba un hombre que estaba fumando y leyendo.

-Vienen a verle, Blake - dijo el guardia; y salió y cerró la puerta tras de sí.

Blake se sentó. Y al hacerlo, moviendo los pies sin calzar, la aguda mirada de Pan vio que había una botella en el suelo.

Pan se acercó lentamente en tanto que sus rápidos pensamientos giraban en torno a una situación que le parecía extraña. Blake recibía en aquel lugar muchas más atenciones y más cuidados que cuantos podría esperarse. ¿Por qué?

-¡Hola, Blake! ¿Me recuerda usted? - preguntó Pan, deteniéndose junto a la mesa.

Él mismo no recordaba ni siquiera remotamente al padre de Luty a través de aquel hombre pesado y rubio que tenía ante sí.

-Me parece encontrar en usted un algo que me es familiar - contestó Blake mientras examinaba con atención a Pan-. Pero declaro que no consigo recordarle.

-Soy Pan Smith-dijo Pan concisamente.

-¡Ah! -exclamó Blake; y como si este nombre hubiera despertado en él un recuerdo medio borrado, se levantó despacio y extendió ante su visitante una mano temblorosa-. El hijo de Bill..., el muchacho que atendió a mi esposa... cuando nació Luty.

-Exactamente. El mismo que viste y calza. Y lamento mucho encontrarle en esta situación - declaró Pan-. Y he venido para sacarle de ella.

Blake retrocedió y se sentó tan lentamente como se había levantado. Su rostro cambió de expresión, como el do un hombre que hubiese sido súbitamente apuñalado. E inclinó la cabeza. En aquel momento, Pan vio lo suficiente para experimentar una gran alegría. Evidentemente, la bondad' que había en aquel hombre no había sido destrozada del todo por la maldad. Jim Blake podría todavía ser libertado, o por lo menos alejado de la vida del mal.

-Señor Blake, he ido a ver a Luty-continuó Pan; habló rápidamente ole la muchacha, de su desgracia, de la fe que todavía tenía en su padre-. He venido a sacarle a usted de aquí en beneficio de Luty. Vamos a ir todos a Arizona. Usted y papá podrán recomenzar su vida.

- ¡Dios mío! ¡Si pudiera hacerlo...! - gimió el hombre. Pan extendió rápidamente una mano y le zarandeó. -Escuche - le dijo con voz baja y vehemente-. ¿Cuánto tiempo se halla de guardia ese hombre, Mac New?

-¿Mac New? Ese hombre se llama Hurd. Está de guardia hasta medianoche.

-Sin duda me he equivocado - añadió Pan -. Vendré esta noche alrededor de las once. Tendré preparado para usted un caballo, una manta, comida, revólver y dinero. Inmovilizare a ese guardián, a Hurd... y, de un modo o de otro, le sacaré a usted de la cárcel. Tendrá que marcharse de estos alrededores. Tome la carretera del Sur. Allí hay otros campos mineros. Nadie le seguirá. Diríjase a Siccane, Arizona.

-Siccane, Arizona-repitió Blake como un hombre que estuviera entregado a un sueño de libertad.

-Sí, Siccane. No lo olvide. Quédese allí hasta que lleguemos nosotros.

Pan se irguió, hizo una profunda expulsión de aliento v se estremeció nerviosamente. Había llegado junto a Blake. Cualesquiera que fueran sus dudas respecto a aquel hombre, y habían sido muchísimas, Pan comprendió que aún podía animarle, despertarle del letargo de la sórdida indiferencia y del olvido. Le libertaría. Le habría libertado de su cárcel y de loas esbirros de Hardman de todos modos; pero el descubrimiento de que podía influir sobre él para mejorarle, llenó de alegría el corazón de Pan. ¡Cuánto significaría todo ello para Luty!

La puerta se abrió a espaldas de Pan.

-Forastero, tu tiempo ha terminado - dijo el carcelero.

Pan dirigió al sorprendido Blake una significativa mirada, y luego, sin decir una palabra más, salió de la estancia. El guardián cerró la puerta. Después, levantó la mirada hacia Pan con malicia y, sin embargo, no sin placer. Su compañero de juego había desaparecido.

-¡Panhandle Smith! - susurró el guardián medio extendiendo la mano y retirándola inmediatamente.

-¡Choca esa mano, Mac! -dijo Pan en voz baja -. El inundo es muy pequeño.

-¡Vaya si lo es! -replicó Mac New, apretando fuertemente la mano de Pan-. Aquí soy conocido por el nombre de Hurd.

-¡Ah!... Bien, Hurd; ya sabes que no soy hombre amigo de hablar. Pero, de todos modos, quiero recordarte que me debes un favor muy grande.

-No es preciso que me lo recuerdes -replicó el otro. -Siempre se encuentra recompensa a los favores que se hacen... Soy afortunado, viejo amigo.

-Lo sé, Panhandle Smith -dijo Hurd con ojos resplandecientes; y señaló con el pulgar la puerta de la celda de Blake.

-Perfectamente, vaquero - replicó Pan con una risa significativa-. Vendré por aquí esta noche alrededor de las once.

Pan redujo la rapidez de su paso al llegar a la zona industrial del pueblo, continuó caminando lentamente en la misma actitud que si estuviera buscando a alguien. Lo estaba. Se proponía tener ojos en el cogote desde aquel momento en adelante. Pero no encontró a nadie que le conociera ni vio a nadie que le mirase dos veces.

Entró en los almacenes de Blac para examinar la silla que Moran le había recomendado. Era una verdadera ganga, y Pan la adquirió tan pronto corno la vio. Aquella silla constituía una prueba de que ni en Marco ni en sus alrededores había muchos vaqueros. Puesto que se encontraba allí, Pan compró también una carabina Winchester y una funda para ella. Y de este modo cargado, se encaminó hacia el campamento.

Lying Juan tenía dispuesta la cena, v los muchachos conversaban ruidosamente en- el encerradero. Algunas de las palabras de su conversación ofrecían pruebas de que había surgido algún contratiempo relacionado con los caballos. Pan encontró un asiento cerca del fuego. La emoción le fatigaba y abrumaba mucho más que el esfuerzo físico. La oscuridad había nacido del crepúsculo cuando los muchachos llegaron oliendo a polvo y caballos y se aproximaron a las vasijas del agua con presteza y ansiedad de patos. Pan encendió la linterna y la puso sobre la mesa. Después, los muchachos se sentaron a horcajadas en el banco, como vaqueros sobre caballos. Tenían los rostros rojos y brillantes y el húmedo cabello aplastado contra la cabeza.

-¡Oh, ahí está Pan Smith! -anunció Blinky, vociferando-. Gris, mírale detenidamente. Apostaría a que ha encontrado un caballa magnífico. Nada de este mundo podría hacer que tuviera esa expresión de felicidad.

-No. Lo que sucede es que he recobrado a mi novia -replicó Pan alegremente.

-¡Novia! ¡Dios mío, vaquero! -exclamó Blinky con consternación-. ¿No te habrás vuelto loco por aquella criatura de, «La Mina de Oro»?

-Toma tu cena, vaquero hambriento-replicó Pan-. Y tú también, Gus... Porque si comenzara a deciros ahora lo que tengo que manifestaros, os olvidaríais de comer.

De este modo advertidos, y sin dejar de dirigir miradas de curiosidad a Pan, los vaqueros siguieron su consejo y atacaron cordialmente la abundante comida que Juan puso ante ellos. El apetito que ambos mostraron daba fe de los trabajos que durante el día habían realizado. Pan no parecía hallarse hambriento, hecho que interesó profundamente a Juan.

-¡Ah, eso es, lo que les pasa a los hombres cuando están enamorados de una mujer! - observó el agudo Blinky-. Yo también lo he estado.

Después de la cena todos se sentaron ante la estufa y liaron unos cigarrillos. El frío viento de la noche, perfumado de alturas montañesas, hacía que el fuego fuese más agradable. Pan extendió las palmas de las manos ante el calor.

-Bueno, compañero, desembucha para no reventarle recomendó Blinky astutamente. -¿,Qué olía habéis tenido hoy, muchachos? - replicó Pan, al mismo tiempo que reía. -Un día bueno y malo -contestó Gus, en tanto que Blinky movía negativamente la cabeza-. Algunos ladrones de caballos se han llevado varios de los nuestros. Teníamos algunos muy hermosos que queríamos conservar.

-¿Cuáles son las noticias buenas?-preguntó Pan viendo que Hans dudaba.

-Pan, que el diablo se me lleve si no hemos visto un millón de escobones hoy-exclamó Blinky.

-No. No exageres, Blinky -dijo reprendiéndole Pan-. ¿Quieres decir que visteis un millar?

-Bien... , un millón... acaso sea exagerar un poco reconoció el vaquero-. Pero diciendo diez mil, no había exageración de ninguna clase. Hemos seguido a algunos de nuestros caballos hasta veinte millas, o acaso algo mis, de aquí, más lejos de donde hasta ahora habíamos llegado. Y hemos subido a un alto pico desde el que pudimos ver el valle más hermoso que jamás he contemplado. Es dos veces tan grande como el valle de Fuentes Calientes. Es completamente gris y verde y está tan lleno de caballos como están llenos de hojas los arbustos del desierto. A ese valle no ha ido nadie a cazar todavía. Es bastante difícil llegar hasta un punto desde el que pueda vérsele. Y hay muchísimos caballos muy cerca del pueblo. Eso tiene importancia.

-Blinky, ese cuento que me has referido, ¿está arrancado del libro de Juan «el Embustero»? - preguntó Pan incrédulamente-. Me parece demasiado bueno para que pueda ser cierto.

-Lo juraría sobre un montón de biblias, Pan -protestó Blinky-. Pregunta a Gus. Él también lo ha visto.

-Por una sola vez, Blinky no ha perdido la cabeza -confirmó Hans-. Jamás he visto tantos caballos salvajes. Y si pudiéramos encontrar el medio de apoderarnos de algunos, seríamos ricos.

-Muchachos, me habíais dicho que cazabais los caballos en los 'lugares donde iban en busca de agua - dijo Pan.

-Sí, les habíamos tendido una trampa-contestó Blinky -. Construimos un cercado en torno a una poza, con una puerta muy ancha que podía cerrarse fácilmente. Después, los acechamos en las noches de luna, en espera de que bajasen a beber. Y nuestro esfuerzo nos produjo un buen resultado.

-Es ingenioso; pero es' un procedimiento que solamente permite cazar pocos caballos salvajes.

-Es el procedimiento que todos utilizan. Lo emplea también el equipo de Hardman y otra pareja de equipos, además de nosotros. Yo pensé que era un procedimiento lento, pero no se me ocurrió otro medio más eficaz. ¿Conoces tú alguno?

-¿Yo? Yo diría que sí. Conozco más de, uno que podría sobrepujar al que vosotros habéis empleado. Allá abajo, en la pradera ancha y desnuda, no hay posibilidades de operar para un equipo reducido. Pero ésta es una región alta, llena de valles, desfiladeros y cedros. Compañeros, podremos realizar una caza muy importante antes de que los demás equipos pongan obstáculos a nuestro trabajo.

-¡Por Satanás! Con una sola caza buena tenemos bastante -declaró Blinky-. Luego, podremos abandonar esta región de minas y de oro en que te roban las latas vacías y las palas rotas.

-Con una sola operación que tenga éxito, me doy por satisfecho -afirmó Pan- Y luego me iré a Arizona. -¡Ah! ... Pan, ¿qué me dices de esa novia?

Pan refirió brevemente su historia y el modo como le parecía que se encontraba la situación en aquel momento. La respuesta de los vaqueros fue la que él esperaba; ja esperaba porque los conocía. Eran de corazón bondadoso, sencillo y cada uno de ellos reaccionaba de un modo diferente, pero con idéntico ardor. Gus Hans ofreció inmediatamente su ayuda a Pan, en tanto que Blinky se indignaba y lanzaba maldiciones.

-En ese caso, ¿estáis los dos a mi lado? -preguntó Pan sencillamente-. Pensadlo bien; no es justo que yo os pida vuestra ayuda a cambio de 'la mía para ayudaros a cazar caballos.

-¡Es justo, diablos! -replicó Blinky enérgicamente-.

No tienes derecho a ofender a unos vaqueros como nosotros.

-Os pido perdón-añadió Pan- Pero nunca hemos sido compañeros de fatigas hasta ahora y dudaba al arrastraros hacia una cuestión que es casi seguro que terminará en medio de una lluvia de disparos.

-Bien, ahora somos compañeros tuyos y estamos muy orgullosos de serlo, Panhandle Smith.

Silenciosamente y con seriedad, los tres hombres se estrecharon las manos para sellar el pacto. Durante toda su vida, Pan no- había encontrado unos compañeros tan adictos como aquéllos.

Ahora, hablemos de ese hombre, de Blake-dijo Blinky en tanto que encendía otro cigarrillo-. ¿Cómo te propones sacarlo de? la cárcel?

-Necesito un caballo, una manta, comida y un revólver. He de llevar todo eso a la puerta de la cárcel' a las once de la noche.

-¡Hum! ¿Te propones sorprender al guardián? - preguntó Blinky.

-Ésa era mi intención - contestó Pan -. Pero conozco a ese hombre, Hurd, que estará de guardia a tal hora. No me veré precisado a hacerle objeto de un asalto.

-¿Hurd'? Lo conozco. Es un hueso duro de roer; pero no creo que sea malla persona. -Supongo que Hurd perderá su empleo - dijo Pan pensativamente-. Si así sucediera,

deberíamos permitirle que se uniera a nosotros para ayudarnos en ese negocio de los caballos -Me parece muy bien. Y estoy seguro de que le agradará trabajar con nosotros. Hurd no

es un hombre apropiado para trabajar con Matthews.

-Blinky, ¿conoces a algún otro hombre a quien podamos contratar o a quien podamos unir a nuestro grupo? Hasta ahora somos cinco, contando a mi padre; pero es preciso que seamos seis por lo menos.

-¿Por qué tantos? Eso reducirá nuestras ganancias. -No. Al contrario, las incrementará.