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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA,

S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2014 Emily McKaskle

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Un acuerdo apasionado, n.º 2010 -

noviembre 2014

Título original: A Bride for the Black

Sheep Brother

Publicada originalmente por Harlequin

Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados

incluidos los de reproducción, total o

parcial. Esta edición ha sido publicada

con autorización de Harlequin Books

S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres,

caracteres, lugares, y situaciones son

producto de la imaginación del autor o

son utilizados ficticiamente, y cualquier

parecido con personas, vivas o muertas,

establecimientos de negocios

(comerciales), hechos o situaciones son

pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y

logotipo Harlequin son marcas

registradas propiedad de Harlequin

Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por

Harlequin Enterprises Limited y sus

filiales, utilizadas con licencia. Las

marcas que lleven ® están registradas en

la Oficina Española de Patentes y

Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con

permiso de Harlequin Enterprises

Limited. Todos los derechos están

reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4888-7

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Prólogo

Portia Callahan se guiaba por una

regla de oro: cuando todo le iba mal en

la vida, hacía una lista.

La lista de ese día era sencilla: uñas,

pelo, maquillaje, vestido, zapatos, boda.

En general, cumplir los objetivos de

la lista le tranquilizaba, le calmaba los

nervios más que un margarita, pero ese

día, a pesar de haber realizado lo que se

había propuesto, la angustia seguía

agarrándole

el

estómago.

Habría

recurrido al margarita, pero tomarse uno

en la Primera Iglesia Baptista de

Houston mandaría todo al garete; eso

por un lado. Por otra parte, le temblaban

tanto las manos que casi con toda

seguridad se echaría el cóctel encima. Y

si se echaba un margarita encima del

vestido de novia, que le había costado

treinta mil dólares, su madre estallaría.

Una reacción un poco exagerada

quizá, pero su madre era una mujer que

se había tomado una pastilla de

nitroglicerina esa misma mañana al

verla a punto de estropearse la

manicura.

Y esa pequeña mancha en el esmalte

rosa de las uñas no era nada en

comparación con las ganas que tenía de

salir corriendo de la iglesia y arrancarse

a tirones esa monstruosidad de vestido.

¿Por qué le apretaba tanto el maldito

vestido de novia? ¿Por qué le arañaba el

encaje? ¿Por qué le pinchaban tanto las

horquillas? ¿Por qué el maquillaje era

tan pastoso?

Si el vestido le molestaba tanto en

esos momentos y no aguantaba las

horquillas, cuando el día anterior

ninguna de las dos cosas le habían

causado problemas… ¿no sería que no

quería casarse?

El estómago le dio un vuelco. Si no se

tranquilizaba acabaría vomitando.

¿Qué podía hacer? Su madre no

dejaba de pasearse examinándola de

arriba abajo. Shelby, su dama de honor,

estaba a sus espaldas abrochándole el

último

de

los

ciento

veintisiete

diminutos botones del vestido. Odiaba

esos botones.

La torturadora vestimenta le apretaba

tanto que apenas la dejaba respirar. No

podía evitarlo, no lograba verle sentido

a aquello.

Justo en el momento en el que creía

que iba a estallar llamaron a la puerta.

–Entra –dijo su madre.

La puerta se abrió unos milímetros y

Portia oyó la voz de su futura suegra,

Caro Cain.

–Celeste, no quiero alarmarte, pero

hay un problema con el fotógrafo.

La madre de Portia lanzó una furiosa

mirada a su hija. Parecía acusarla del

problema, aunque ella no había tenido

nada que ver con la contratación del

fotógrafo.

–No te muevas –le ordenó su madre

mirándola de pies a cabeza–. Estás

perfecta, así que no lo estropees ahora.

Tras esas palabras, Celeste salió del

vestuario para enfrentarse al individuo

que se había atrevido a crear problemas.

Ella, entretanto, agradeció al destino

aquel contratiempo que le confería unos

minutos de descanso.

Portia se volvió a Shelby y le tomó

ambas manos.

–¿Podrías…? –¡Dejar de torturarme

con esos botones!, quiso decir, pero

sonrió serenamente–. ¿Podrías dejarme

unos momentos a solas?

Shelby,

que

había

compartido

habitación con ella durante los cuatro

años en la universidad privada de

Vassar y la conocía mejor que nadie,

frunció el ceño y preguntó:

–¿Crees que es una buena idea?

–No te preocupes, estoy bien. Me

gustaría meditar unos minutos.

–Bueno… –Shelby le dio un apretón

de manos–. Está bien, voy a ver qué

hace tu madre. Intentaré distraerla un

rato –Shelby se miró el reloj–. La boda

va a empezar dentro de veinte minutos.

Como mucho podré dejarte sola unos

diez minutos. No más.

–¡Gracias!

Unos segundos después, Portia se

encontró por fin sola por primera vez en

nueve días. Era casi mejor que el

margarita. Pero seguía sintiéndose a

punto de explotar.

Sola en el vestuario giró una vuelta en

redondo examinando la estancia en

busca de lo que necesitaba. Moverse no

le resultaba fácil debido a los cientos de

metros de seda blanca que componían la

falda del maldito vestido. ¿Era ese el

motivo por el que su madre había

elegido

semejante

monstruosidad?

¿Había temido que le diera un ataque de

pánico y se diera a la fuga a toda prisa?

Portia contuvo una histérica carcajada

al imaginar a su madre corriendo tras

ella para evitar su huida.

Aunque, por supuesto, ella no quería

escapar.

No, no quería.

Eran nervios, nada más.

Dalton era la pareja ideal para ella.

Ambos pertenecían a la misma clase

social y gozaban de la misma situación

económica. Lo que significaba que, por

primera vez en la vida, no tenía que

cuestionar los motivos de él al haberla

elegido. Le respetaba. Se llevaban bien.

Y, sobre todo, Dalton era un hombre

estable y sensato. Y ella necesitaba

equilibrio.

Los dos eran iguales, pero opuestos.

¿Y no decía todo el mundo que los

opuestos se atraían?

Y le quería.

Bueno, estaba un ochenta y nueve por

ciento segura de quererle. Pero estaba

un cien por cien segura de que él la

quería… O, mejor dicho, Dalton se

había enamorado completamente de lo

que ella le había mostrado de sí misma:

vestir bien y saberse comportar en

sociedad. Sí, a Dalton le encantaba esa

versión de ella, la persona que intentaba

ser.

Y aunque existía una versión rebelde

de su personalidad, estaba tratando de

destruirla, de enterrarla: ya no cantaba

en el karaoke, y se había quitado el

tatuaje de Marvin el marciano. Pronto

sería totalmente la persona que Dalton

amaba.

No era de Dalton de quien quería huir,

sino de sí misma. Y de ese vestido.

Estaba sufriendo un ataque de nervios

y

necesitaba

hacer

algo

para

tranquilizarse. Solo unos minutos, no

necesitaba más.

Hacer frente a lo inesperado era algo

que a Cooper Larson se le daba bien.

Para bajar pendientes en la tabla de

nieve tenía que estar preparado para

salvar cualquier obstáculo. La nieve era

así: de condiciones perfectas podía

pasar a ser un infierno en unos metros.

Su capacidad de adaptación era una de

las cualidades que le había hecho

conseguir formar parte del equipo

olímpico.

No obstante, de nada la valió su

experiencia cuando entró en el vestuario

que ocupaba la novia y vio a su futura

cuñada de arriba abajo con las piernas

casi desnudas en el aire.

La escena le resultó tan inesperada

que tardó unos segundos en asimilar lo

que estaba viendo. Al principio, lo

único que vio fue un par de piernas. Le

llevó medio minuto recorrer, a partir de

los delicados pies, los kilómetros de

piernas enfundadas en seda color crema,

detenerse en unas ligas azules y bajar

por los muslos hasta unas bragas color

rosa con lunares blancos. Entonces,

justo cuando creía que le iba a estallar

la cabeza, se dio cuenta de que el

montón de volantes del que salían las

piernas era un vestido de novia del

revés.

Sacudió la cabeza y volvió a mirar

las piernas. Eran las piernas más bonitas

que había visto en la vida. Las piernas

de su futura cuñada.

Maldición.

Qué mala suerte.

Pero… ¿por qué estaba boca abajo?

Fue entonces cuando la oyó.

–¡Ba da da da da!

¿Estaba cantando Jesseś Girl?

De no ser porque había reconocido la

voz de Portia habría jurado que se había

equivocado de iglesia. ¿Qué demonios

era aquello?

–¿Portia?

Los volantes blancos se movieron y

las piernas perdieron el equilibrio.

Cooper corrió para agarrarla. Quizá

con demasiada energía, porque las

piernas le golpearon el pecho y los pies

le dieron en la cara.

–¡Aaaah!

–¡Demonios!

Cooper retrocedió, arrastrando a

Portia al mismo tiempo.

–¡Suéltame! –gritó ella.

No iba a resultarle fácil dejarla en el

suelo con cuidado de no hacerle daño.

Dio otro paso atrás y ella volvió a darle

patadas.

–¡Suéltame! –volvió a gritar Portia.

–¡Eso es lo que estoy intentando

hacer!

–¿Cooper?

–Sí, soy yo.

Por fin, Cooper le rodeó la cintura

con un brazo y consiguió darla la vuelta.

–¿Estás bien? –preguntó él.

Cuando Portia levantó la cabeza, vio

que llevaba un par de auriculares y un

iPod dentro de la pechera del vestido.

Portia se quitó los auriculares

inmediatamente. Después se alisó la

falda

y

le

lanzó

una

mirada

malhumorada.

–Claro que estoy bien. Mejor dicho,

lo estaba. ¿Por qué no iba a estar bien?

–Estabas boca abajo.

–¡Estaba meditando!

–¿Con el vestido de novia?

Portia abrió la boca para contestar

algo, pero vaciló, cerró la boca y

frunció el ceño.

–Tienes razón –respondió ella antes

de agarrar la falda del vestido y

sacudirla.

El vestido no parecía en muy mal

estado, pero Portia tenía todo el cabello

revuelto. Lo que debía haber sido un

complicado y exquisito laberinto de

rizos recogidos en un moño, caía hacia

un lado y un mechón dorado le colgaba

por la frente. Además, tenía las mejillas

encendidas y los labios húmedos y

rosados.

Hacía dos años que conocía a Portia,

y en todo ese tiempo era la primera vez

que la veía tan desaliñada. Tan humana.

Tan sensual.

Sí. Y, además, se le había grabado en

la mente la imagen de las bragas rosas y

los muslos desnudos. ¿Y qué eran esas

cosas blancas en las bragas? Al

principio le habían parecido lunares,

pero al acercarse a ella para sujetarla se

había dado cuenta de que eran gatos

blancos.

¿No

habrían

sido

imaginaciones suyas? ¿Sería posible que

la estirada y fría Portia Callahan llevara

el día de su boda unas bragas

estampadas con cabezas de gatos

blancos?

–¿Estabas meditando y cantando una

canción pop de los ochenta? –preguntó

él con incredulidad.

–Sí. No puedo… –Portia lanzó un

suspiro–. Me ayuda a pensar.

Portia debía haberse dado cuenta de

que tenía el pelo hecho un desastre,

porque se agarró un mechón y se lo

quedó mirando.

–¡No, no, no, no!

Portia dio un salto y corrió hasta el

espejo. Se miró de un lado y de otro

mientras continuaba exclamando:

–¡No, no!

Cooper no sabía qué hacer con una

mujer en pleno ataque de nervios.

Además, no lograba recuperarse de la

sorpresa de que la mujer con el ataque

de nervios era Portia. Hasta hacía cinco

minutos, la había considerado una mujer

tan fría como el hielo. Nunca se le

habría ocurrido pensar que Portia

pudiera verse presa del pánico. Ni que

llevara bragas con gatos. No, mejor no

pensar en la ropa interior de su cuñada.

Ni en sus muslos.

Y a menos que quisiera tener que

explicarle a Caro Cain por qué se había

suspendido la boda, sospechaba que

debía hacer algo para evitar el desastre.

Después de asegurarse de que la

puerta estuviera cerrada con llave, se

acercó a Portia y se colocó a sus

espaldas.

La miró a través del espejo. Estaba

tan histérica que no notó su presencia

cuando le puso las manos en los

hombros. Entonces, levantó la cabeza

con los ojos azules llenos de lágrimas.

¿Cómo no había notado antes lo

oscuros que eran los ojos de Portia?

Se metió las manos en los bolsillos,

pero no encontró un pañuelo para darle,

así que optó por sacar hacia fuera el

interior del bolsillo de la chaqueta del

traje y ofrecérselo.

–Toma –Portia se limitó a mirarle con

el ceño fruncido–. Vamos, tranquilízate,

todo va a ir bien.

–¿Tú crees? –preguntó ella.

–Sí, claro.

Portia se lo quedó mirando y,

lentamente, esbozó una sonrisa.

–¿Es lo que piensas de verdad?

–Sí –esperaba que fuera cierto–. Es

solo el pelo, ¿no?

No debió haber dicho eso, porque a

Portia los labios le comenzaron a

temblar.

–Lo que quiero decir es que tiene

arreglo –Cooper trató de colocarle bien

el moño–. Solo tienes que ponerte unas

horquillas más y todo arreglado.

Portia alzó las manos.

–¡No me quedan horquillas!

–¿Cómo has conseguido hacértelo?

–Me lo han hecho en la peluquería.

–Ah –Cooper no le dijo que, en ese

caso, no debería haberse puesto boca

abajo–.

Bueno,

supongo

que

las

horquillas que se te han caído deben

estar en el suelo. Deja que eche un

vistazo.

Después de un minuto de examinar el

suelo, se incorporó con gesto triunfal.

–Cinco.

Portia seguía sentada delante del

espejo, pero ya más tranquila. Y se

había hecho algo en el pelo, parecía

más… equilibrado.

–Bien, pásamelas.

Cooper le dio las horquillas y se la

quedó observando mientras se las

colocaba. Cuando hubo terminado, sus

ojos se encontraron en el espejo.

–¿En serio crees que va a salir bien?

–insistió ella.

–Sí, claro.

–No me refiero al peinado.

–Ya, te he entendido.

Cooper tragó saliva. ¿Qué sabía él de

las relaciones de los demás?

–Sí, ya verás como todo sale bien –

insistió él–. Dalton es un buen tipo.

Hacéis una pareja perfecta.

Pero era mentira. Hasta ese día, había

creído que Portia era la chica perfecta

para Dalton. Pero ahora… La chica que

tenía delante, que hacía meditación el

día de su boda, que llevaba bragas rosas

con gatos y que sufría ataques de

pánico… Esa chica era distinta a como

la había imaginado. Esa Portia era

fascinante y sumamente atractiva. Y

quizá Dalton no fuera el tipo adecuado

para ella.

Capítulo Uno

Doce años después

Portia Callahan quería que se la

tragara la tierra.

Pero en vez de dejar que se la tragara

la tierra, mantuvo el tipo en un pasillo

que daba al salón de fiestas del hotel

Kimball, donde tenía lugar la gala anual

de la fundación La Esperanza de los

Niños,

mientras

su

madre

la

sermoneaba.

–¡Por favor, Portia! ¿En qué estabas

pensando? –dijo Celeste, a punto de

sacarla de quicio.

Portia lanzó un suspiro y reprimió las

numerosas y lógicas respuestas que

podía darle. «Estaba pensando en los

niños. Trataba de hacer lo mejor para

ellos». Pero se limitó a contestar lo que

sabía que su madre quería oír:

–Me he equivocado, lo siento.

Lo que también era cierto.

Tres meses atrás, al visitar un instituto

de un barrio pobre de Houston en

nombre de la fundación La Esperanza de

los Niños, no se había parado a

considerar el revuelo que esa visita

provocaría en la alta sociedad de

Houston. Su intención había sido

establecer contacto con los alumnos,

animarles a aspirar a una vida mejor,

más allá de un trabajo con un salario

mínimo. Había pensado en ellos y en lo

que necesitaban. No se le había pasado

por la cabeza que el profesor que había

sacado unas fotos de ella con los chicos

las enviara a la fundación, ni que

algunas

de

las

fotos

acabaran

transformándose en fotomontajes que

iban a aparecer en la gala aquella noche.

Y, por supuesto, no se le había ocurrido

que algunos miembros de la alta

sociedad de la ciudad se sintieran

sumamente ofendidos al ver fotos de ella

jugando al baloncesto con chicos que

habían sido miembros de bandas de

delincuentes.

–Sí, Portia, te has equivocado. Esa

foto… –Celeste suspiró.

Portia odiaba esa clase de suspiros de

su madre. Eran suspiros que querían

decir: «¡Cómo has podido hacerme esto!

¡No me merezco lo que me has hecho!».

–No es tan terrible –dijo Portia.

–Malo sería si fuera solo la foto –dijo

Celeste–. Pero ahora que Laney está

embarazada, todo el mundo tiene los

ojos puestos en ti para ver cómo

reaccionas, para…

–¿Laney

está

embarazada?

interrumpió Portia. Una náusea le subió

a la garganta–. ¿Laney está embarazada?

Laney era la esposa actual de su

exmarido.

En realidad, Portia no tenía nada

contra Laney. Ni contra Dalton. Estaba

encantada de que estuvieran enamorados

y fueran felices. Sí, encantada. O, por lo

menos, lo intentaba. Pero todo le

resultaría más fácil de no parecerle que

su vida se había estancado.

Y ahora… Laney estaba embarazada.

Dalton y ella habían tenido problemas

de fertilidad. Al parecer, los problemas

de Dalton se habían solucionado con su

nueva esposa.

Portia se llevó una mano al estómago

con la esperanza de contener las

náuseas.

–Laney está embarazada –repitió

Portia estúpidamente.

–Sí, lo está. Todavía no lo han

anunciado, pero todos han notado que

tiene abultado el vientre. La verdad,

Portia, no comprendo cómo no te has

dado cuenta. Todo Houston lo ha notado.

–Pues no, no he notado nada.

–Tienes que prestar más atención a lo

que pasa a tu alrededor, a lo que se

rumorea. Y, por el amor de Dios, intenta

evitar proporcionar a todo Houston

evidencia fotográfica de tu crisis

existencial.

–¡No estoy en crisis!

Celeste la miró con irritación.

–Estamos hablando de una foto de ti

con cinco miembros de una pandilla de

delincuentes, uno de los cuales te mira

al pecho y otro tiene la mano cerca de ti.

–Estábamos jugando al baloncesto. ¡Y

el de la mano ni siquiera me tocó! Y

además, mamá, estamos hablando de una

simple foto. Hay cincuenta diapositivas

que ilustran el extraordinario trabajo

que está realizando la fundación. Y en

una de ellas, solo en una, aparezco yo.

No es ningún drama…

–Sí lo es –le espetó Celeste–. Y el

hecho de que no te lo parezca solo

demuestra lo ingenua que eres. Una

mujer en tu situación…

–¿Mi situación? ¿A qué te refieres con

eso?

–La posición de una mujer en la

sociedad cambia cuando se divorcia. Tú

misma has podido comprobar lo que le

ha pasado a Caro. Por suerte, tú no lo

has pasado tan mal como ella. De

momento.

–Sí, Caro –dijo Portia sombría.

Después de haberse divorciado de

Dalton,

Portia

había

seguido

manteniendo amistad con su suegra.

Caro Cain no era una persona cariñosa,

pero era más fácil de tratar que su

propia madre. Y en estos momentos,

Caro

necesitaba

a

sus

amigos.

Divorciarse de Hollister Cain la había

relegado al estatus de paria.

–¿Te haces idea de la cantidad de

risas que ha provocado esa foto? –

preguntó Celeste.

–¡Nadie le da importancia a esa foto,

excepto tú!

Celeste se le acercó un paso.

–El mundo es así. Deja de ser tan

ingenua.

–No es una ingenuidad querer ayudar

a los niños.

–Bien. Si quieres ayudar a los niños,

le encargaré a Dede que organice algo.

–No necesito que la secretaria de

prensa de papá organice una sesión de

fotos para que yo salga en ellas.

–Muy bien. Si no quieres que te

ayude, adelante. Haz muñecos con un

niño con cáncer, por ejemplo. Pero, por

el amor de Dios, aléjate de los

delincuentes porque…

Pero Celeste no pudo continuar

hablando, porque justo en ese momento

una de las camareras pasó por su lado

con una bandeja llena de copas de

champán y, accidentalmente, se tropezó

y derramó una de las copas en el vestido

de Celeste.

Celeste

dio

un

paso

atrás,

horrorizada.

La camarera se tropezó otra vez y,

apenas había recuperado el equilibrio,

cuando Celeste se volvió hacia ella.

–¡Cómo se puede ser tan patosa y…!

–Mamá,

cálmate

–dijo

Portia,

agarrando del brazo a su madre.

Celeste se zafó de ella y reanudó el

ataque a la camarera.

–¡Haré que la despidan!

–Mamá, por favor, deja que me

encargue de esto –dijo Portia nerviosa–.

Ve al cuarto de baño y límpiate el

vestido. El champán no deja mancha.

Celeste miró furiosa a la camarera,

que le devolvió la mirada al tiempo que

alzaba la barbilla.

Portia tiró de su madre hacia la puerta

que daba al salón de fiestas.

–Vamos, yo hablaré con el supervisor

de las chicas.

–Esa imbécil no debería trabajar en

una fiesta de esta categoría –declaró

Celeste.

Y, tras esas palabras, se dio media

vuelta y se dirigió al baño.

Portia se acercó a la camarera. La

joven parecía tener veintitantos años,

llevaba el cabello corto a un lado y más

largo al otro. Iba muy maquillada y tenía

un pendiente en la nariz. Su mirada era

beligerante.

–Me llamo Ginger. Lo digo por si va

a ir a hablar con mi jefe.

Portia alzó una mano en señal de paz.

–Escuche, no voy a hacer que la

despidan, pero le aconsejo que se

mantenga alejada de mi madre durante el

resto de la fiesta.

Ginger, sorprendida, parpadeó.

–¿No va a decirle nada a mi jefe?

–No. Ha sido un accidente.

–Sí, claro, un accidente. Gracias –

dijo Ginger con aparente inocencia, pero

sonrió maliciosamente al echar a andar

hacia la puerta del salón de fiestas.

La sonrisa le resultó familiar a Portia.

–Eh, espere un momento. ¿Ha hecho

eso a posta?

–¿Qué? ¿Tirarle el champán a su

madre? ¿Por qué iba yo a hacer

semejante cosa? –Ginger volvió a

sonreír con malicia y Portia volvió a

pensar que conocía a esa chica.

–No lo sé –admitió Portia clavando

los ojos en las copas de champán–.

Pero, ahora que me fijo, resultaría muy

difícil derramar el champán de una sola

copa sin tirar las demás.

–Bueno, ¿va a hacer que me despidan

o no?

Portia suspiró.

–¿Por qué lo ha hecho?

–¿El qué? ¿Tirar champán encima de

una persona que está insultando a su hija

en público? –Ginger se volvió, como

dispuesta a marcharse. Pero pareció

pensarlo mejor y se detuvo antes de

alcanzar la puerta, volviéndose de

nuevo–. Oiga, ya sé que no es asunto

mío, pero usted no debería permitir que

le hablen así. Los miembros de una

familia deberían tratarse mejor unos a

otros.

–Sí, así es. Sé que mi madre puede

llegar a ser insoportable y sé que no le

importo demasiado. Pero respecto a este

tipo de cosas, casi siempre tiene razón y

yo, casi siempre, me equivoco. Si opina

que a la gente no le van a gustar esas

fotos, estoy segura de que así será.

–Pero es una tontería –respondió

Ginger sacudiendo la cabeza–. ¿No le

molesta que se pongan en contra suya

por algo tan ridículo?

–Sí, me molesta, pero el mundo en el

que yo vivo es así.

–A mí me da igual el mundo en el que

usted vive. Su familia debería apoyarla

pase lo que pase –la expresión de

Ginger se ensombreció–. El mundo en el

que usted vive es asqueroso.

A Portia le sorprendió la pasión de

Ginger. Miró detenidamente a la chica y,

de nuevo, le pareció que la había visto

antes.

–¿Nos conocemos de algo? –preguntó

Portia impulsivamente.

Ginger dio un paso atrás.

–No. No nos hemos visto nunca.

Antes de que Portia pudiera seguir

haciéndole preguntas, la camarera se

giró y desapareció tras la puerta del

salón de fiestas.

Portia estaba convencida de que la

conocía. Reconocía esa sonrisa y la

expresión de los ojos.

De repente, Portia lo recordó y

contuvo la respiración.

Esa camarera tenía los ojos del

mismo color que Dalton Cain. Y ahora

que lo pensaba, también notaba otras

semejanzas. La apasionada intensidad

era típica de Griffin Cain mientras que

la sonrisa era igual a la de Cooper.

Ginger era una mezcla de los tres

hermanos, su versión femenina. Sí,

podría ser su hermana.

Portia conocía otro detalle: Dalton,

Griffin y Cooper tenían una medio

hermana.

Los

tres

conocían

su

existencia, pero ninguno sabía quién era

ni dónde estaba. Por improbable que

fuera, ¿acababa ella de encontrar a la

desconocida heredera?

Portia pasó el resto de la fiesta

buscando a Ginger entre las camareras,

pero parecía haber desaparecido.

Cuando por fin regresó a su pequeña

casa después de la fiesta, ya había

decidido hacer lo que fuera necesario

por encontrar a la camarera. No porque

le obsesionara encontrar a la chica, sino

porque eso la distraería y así no

pensaría en los cotilleos y habladurías

que se estaban fraguando en torno a ella.

¿Por qué la gente se creía con derecho

a chismorrear sobre ella solo por el

hecho de que su exmarido iba a ser

padre, o porque había salido en una foto

jugando

al

baloncesto

con

unos

adolescentes de clase baja? Muchas

personas

hacían

cosas

realmente

terribles, y eso no parecía importarle a

nadie.

Caro Cain también era víctima de la

misma dinámica. Hollister Cain, su

exmarido, había tenido un sinfín de

amantes y no había pasado nada. Pero

tras el divorcio, la gente hablaba mal de

ella.

Pero tanto Hollister como Caro

habían pagado un precio muy alto por

las infidelidades de él. El año anterior,

estando muy enfermo, Hollister había

recibido una carta de una de sus

amantes. Al parecer, dicha mujer, al oír

que estaba al borde de la muerte, le

había escrito para revelarle la existencia

de una hija de la que él no sabía nada.

Quienquiera que fuese la persona que

había escrito la carta, sabía muy bien lo

manipulador que Hollister era. Era

consciente de que no soportaría la idea

de tener una hija a la que no conocía y

no podía controlar.

Nada más recibir la carta, Hollister

exigió a sus tres hijos que fueran a verle

inmediatamente: Dalton y Griffin, sus

hijos legítimos; y Cooper, el ilegítimo.

Les había ordenado que encontraran a su

hija y que la acogieran en el seno

familiar. Y había prometido hacer

heredero universal al hijo que la

encontrara. Y si no la encontraban antes

de que él muriera, dejaría toda su

fortuna al Estado.

La búsqueda de su hija había

destrozado a la familia y también su

matrimonio. Y ahora, un año después,

seguía sin conocerse su paradero.

No obstante, la salud de Hollister

había mejorado considerablemente. La

última vez que Portia lo había visto

parecía tan amargado y malhumorado

como siempre, pero su vida ya no corría

peligro. Y seguía empeñado en encontrar

a su hija.

Por lo que sabía, Dalton y Griffin

habían descubierto que su hermana había

nacido en el estado de Texas, pero eso

no era una gran pista, teniendo en cuenta

de que el estado de Texas contaba con

casi treinta millones de habitantes.

Pero de toda la gente que Portia

conocía, solo cinco personas tenían los

ojos como Cain: Hollister y sus tres

hijos; y, ahora, Ginger. La camarera

tenía también la sonrisa traviesa de

Cooper y la obstinación de Dalton. De

aspecto, era una Cain.

Aunque, por supuesto, eso no era

asunto suyo.

¿Y qué si había conocido a una

camarera en un hotel de Houston que

podría ser la hermana de Dalton?

Sin embargo, al pensar en Ginger, en

su expresión desafiante y en lo que había

dicho acerca de la forma como debían

comportarse las familias, le salió el

instinto protector. Algún día, quizá a

corto plazo, alguno de los hermanos

daría con su rastro. Su vida cambiaria

por completo sin estar preparada para

ello.

Ginger se iba a encontrar, de un día

para otro, en un mundo cruel en el que

cuestionarían, analizarían y criticarían

su comportamiento. Un mundo en el que

las madres humillaban en público a sus

hijas y las divorciadas se veían

marginadas

si

no

lograban

una

considerable liquidación en la sentencia

de divorcio. Un mundo de dinero y

poder, un mundo también despreciable.

Pero quizá ella pudiera hacer algo

para mejorar la situación.

Capítulo Dos

De joven, en su familia, Portia había

tenido fama de impulsiva, inquieta y

temeraria,

tendencias

que

había

intentado erradicar los últimos quince

años. Y lo había conseguido. Nadie que

la conociera en el presente podía

acusarla de ser impulsiva y temeraria.

Ya no se hacía tatuajes en las

vacaciones de verano. Ya no se ponía

boca abajo con ropa elegante. No, todo

eso había quedado atrás.

Por lo tanto, una semana después de

la gala de la fundación La Esperanza de

los Niños, cuando hizo las maletas y se

montó en un avión, fue para tomar unas

vacaciones que había planificado. Al fin

y al cabo, era comprensible que se fuera

de vacaciones después de lo que había

trabajado en la organización de la gala.

Y la familia Callahan tenía una casa en

el lago Tahoe que visitaba con

frecuencia, así que no era porque no

pudiera soportar los cotilleos; que, por

cierto, no habían sido tan terribles. No,

se trataba de unas vacaciones en toda

regla.

Y si en vez de ir directamente paraba

en Denver unas cuatro horas, era

perfectamente normal. No le gustaban

los vuelos largos ni los aeropuertos.

Y también era normal, en absoluto

impulsivo, parar para hacer una visita a

la única persona que conocía en Denver:

su cuñado, Cooper Larson. Cooper,

antaño famoso profesional en el deporte

de la tabla de nieve, se había convertido

en un hombre de negocios de éxito. Era

el director ejecutivo y propietario de

Flight+Risk, cuyas oficinas centrales

estaban en Denver. Y posiblemente era

también la única persona que podía

ayudarle a desenmarañar la cuestión de

la identidad de la heredera Cain.

Hacer una visita a Cooper no tenía

nada de impulsivo ni de arriesgado. Era

una acto inteligente por su parte. De los

tres hermanos Cain, Cooper era el que

menos empeño había puesto en encontrar

a la desconocida hija de Hollister.

Cooper no se jugaba gran cosa. Y

también era, de los tres hermanos, el que

más posibilidades tenía de saber de

dónde era la joven. Hacer una visita a

Cooper era algo lógico.

El edificio era, por fuera, una

construcción antigua restaurada; por

dentro, moderno y con un cierto aire

informal, que combinaba bien con el

negocio de equipo y accesorios para

deporte de la tabla de nieve. Y encajaba

con la personalidad de la oveja negra de

la familia Cain.

Lo único que le pareció fuera de lugar

fue la secretaria de Cooper. Había

esperado una joven rubia y voluptuosa;

sin embargo, se topó con la señora

Lorenzo, según el nombre en la placa

encima de la mesa. La mujer rondaba los

cincuenta, sonreía sin ganas y su mirada

era fría.

–¿Cómo ha dicho que se llama?

–Portia Callahan.

–Mmm –la señora Lorenzo la miró

como si creyera que había mentido.

Después, se volvió hacia el ordenador,

movió el ratón y luego comenzó a

teclear.

–Soy su cuñada –añadió Portia

esperanzada.

La señora Lorenzo hizo una mueca.

–La cuñada del señor Larson se llama

Laney Cain. Es una joven encantadora y

esa joven no es usted.

Portia tragó saliva, el aire de

superioridad de esa mujer la irritó

profundamente. Además, no necesitaba

decirle lo encantadora que era Laney.

–Soy su excuñada.

–Ya –la señora Lorenzo volvió a

hacer una mueca de desagrado–. El

señor Larson está en una reunión de

negocios, fuera de aquí. ¿Quiere una cita

para otro día?

Portia se miró el reloj. Si no se

equivocaba, todavía disponía de dos

horas antes de tomar un taxi para volver

al aeropuerto.

–No, le esperaré aquí.

–Excelente –dijo la señora Lorenzo

muy seria–. Cuando vuelva, le diré que

está usted aquí.

Con un suspiro, Portia se sentó a

esperar en la recepción. Agarró una

revista de viajes y la hojeó.

Cooper era su excuñado. Llamarle

para charlar era del todo comprensible.

Había hablado por teléfono con él en

numerosas ocasiones mientras estuvo

casada con Dalton. También le había

llamado después del divorcio para

pedirle dinero para la fundación. Pero

en vez de telefonearle, había ido a verle

en persona. ¿Por qué?

Miró a su alrededor y un súbito

pánico se apoderó de ella. ¿Qué estaba

haciendo ahí? ¿Por qué se tomaba tantas

molestias por una chica que le era

prácticamente desconocida? Todo eran

especulaciones suyas basadas en un par

de ojos azules.

Era

ridículo.

Absurdo.

Completamente irracional.

Y por eso era por lo que había ido

allí.

En los negocios, como en el deporte

de la tabla de nieve, el talento y la

preparación física eran fundamentales,

pero también lo era la suerte. Una pena,

ya que Cooper Larson no era una

persona afortunada. Tenía ambición,

tenía talento, era inteligente e incluso

implacable. Pero no era afortunado.

No le importaba. La suerte no

favorecía a todos, sino a unos pocos. No

era algo que se pudiera controlar.

Además, él prefería que su éxito se

debiera al esfuerzo personal.

No obstante, cuando se trataba de

reuniones importantes, como la reunión

de directivos de la empresa que había

convocado para el mediodía, no dejaba

nada en manos del azar. La reunión iba a

tener lugar en la sala de conferencias de

un hotel, cerca de las oficinas centrales

de Flight+Risk. Había pasado la mañana

en el hotel, dando los últimos toques a la

propuesta que iba a presentar a la junta

directiva. Pero tenía tiempo suficiente

de pasarse por la oficina y comer algo

antes de regresar al hotel para la

reunión.

Cuando llegó allí, descubrió que

Portia le estaba esperando.

Se detuvo en el umbral de la puerta y

se la quedó mirando unos segundos.

–¿Portia?

–preguntó

tontamente–.

¿Qué haces aquí?

Ella se puso en pie y, nerviosa, le

miró.

–Pasaba por Denver… y quería

hablar contigo.

Cooper clavó los ojos en ella e,

inmediatamente, notó las profundas

ojeras. Apenas la había visto desde el

divorcio… no, apenas la había visto

desde la boda. Pero la conocía lo

suficiente como para darse reconocer en

ella los signos de estrés.

A pesar de que no disponía de tiempo,

le indicó su despacho.

–Sí, claro. Ven.

Antes de conducirla allí, se dirigió a

su secretaria.

–No me pase ninguna llamada.

–Señor, ¿quiere que dentro de una

media hora le avise?

Siempre podía contar con la buena de

la señora Lorenzo para obligarle a

cumplir con su agenda.

–Dentro de veinte minutos –respondió

Cooper sonriendo.

Si se saltaba el almuerzo, le daría

tiempo para volver al hotel.

Condujo a Portia a su despacho y le

indicó una de las sillas mientras veía

con placer su movimiento de caderas.

Portia tenía la clase de físico femenino

que a él le gustaba: alta y delgada. Ese

día llevaba el rubio cabello recogido en

una

cola

de

caballo,

pantalones

vaqueros ceñidos, camiseta blanca y

suéter marrón.

Él, por su parte, no se sentó detrás del

escritorio, sino encima, en una esquina.

No le gustaba estar mucho tiempo

sentado a la mesa de despacho, le

recordaba los pupitres del colegio. Y,

además, iba a pasar horas sentado

durante la reunión de directivos.

–Bueno, ¿qué te cuentas? –le preguntó

a Portia después de que se sentara.

Pero Portia se puso en pie de nuevo

antes de contestar.

–Creo que he encontrado a vuestra

hermana.

–¿Qué?

–Que creo que he encontrado a la

hermana que tanto Dalton como Griffin

andan buscando como locos. Vuestra

hermana. La he encontrado.

–¿Qué? –repitió Cooper con el ceño

fruncido. La noticia le había dejado tan

sorprendido

que

era

incapaz

de

reaccionar–. No sabía que tú también la

estuvieras buscando.

–¡Yo no la estaba buscando! –Portia

comenzó a pasearse por la estancia y

continuó–: Estaba en una gala para

recaudar fondos para la fundación La

Esperanza de los Niños. Por casualidad,

conocí a la chica que creo que es

vuestra hermana. Debe tener unos

veintitantos años y lleva el pelo color

rojo, pero estoy segura de que es teñido.

Pero, sobre todo, tiene vuestros ojos, los

ojos Cain.

Cooper alzó la mirada, clavándola en

el techo, y se tranquilizó.

–¿Los ojos Cain? ¿Eso es lo que te

hace creer que la has encontrado, que

tiene los ojos azules?

Al otro lado de la estancia, Portia se

detuvo, justo delante de una estantería

que cubría una pared con libros que el

decorador había elegido y que él nunca

había leído. Tenía la sensación de que

Portia no estaba leyendo los lomos de

los libros, sino haciendo acopio de

valor antes de darse la vuelta de cara a

él.

Portia alzó la barbilla y frunció el

ceño.

–Hablo en serio.

–Portia, el diez por ciento de la

población tiene los ojos azules. No

todos son Cain. Ni siquiera Hollister ha

tenido tantas amantes.

Frustrada, Portia soltó el aire que

había estado conteniendo.

–Oye, hay cosas que se le dan mejor a

las mujeres que a los hombres. La

fisonomía es una de ellas, incluido el

color de ojos. Créeme, Cooper, el azul

de ojos de los Cain es muy especial.

Pasé años viendo los ojos de Dalton.

Reconocería ese color en cualquier

lugar. Y te aseguro que no he visto ese

color en ninguna otra persona, a

excepción del resto de los hijos de

Hollister. Esa chica, la chica que vi en

la gala, es vuestra hermana. No puedes

quedarte cruzado de brazos.

Cooper cambió de postura y se la

quedó mirando.

Portia era un verdadero enigma. La

mitad del tiempo parecía una fría y

serena princesa; no, más de la mitad del

tiempo, el ochenta o quizá el noventa

por ciento. Pero había visto otra

vertiente de Portia y sabía que había

algo escondido bajo esa fachada de

princesa de hielo que la mayoría de la

gente veía. No podía olvidar el día de la

boda, cuando la vio boca abajo. Cada

vez que la tenía delante pensaba en esas

largas piernas y en las bragas rosas con

gatos estampados. Un hombre nunca

olvidaba una cosa así. No podía olvidar

el súbito deseo que se apoderó de él, ni

siquiera después de los diez años que

esa mujer había estado casada con su

hermano.

Pero Portia ya no estaba casada con

Dalton. Estaba ahí, en su despacho, a

mil quinientos kilómetros de su casa,

contándole algo que perfectamente podía

haberle contado a Dalton.

¿A qué se debía?

Se pasó una mano por la mandíbula.

–Está bien, supongamos que esa chica

es nuestra hermana. ¿Por qué has

acudido a mí y no a Dalton?

Podía haber llamado a Dalton, él era

su exmarido. Se habían divorciado

civilizadamente. Pero ¿quién sabía cómo

se lo había tomado ella realmente? El

hecho de que hubiera mantenido el

contacto con Caro y con Hollister no

significaba que quisiera que Dalton

ganara el reto lanzado por su padre y

heredara las empresas Cain.

–Disculpa lo que he dicho, ha sido

una estupidez. Comprendo que no

quieras ofrecerle todo ese dinero en

bandeja de plata. Pero ¿por qué no has

acudido a Griffin?

–A Griffin no le caigo especialmente

bien. No me creería. Pero la verdad es

que no he acudido a él por la misma

razón que no he llamado a Dalton.

–¿La misma razón? Cielos, ¿también

has estado casada con Griffin?

Portia pareció confusa. Después,

sacudió la cabeza.

–Muy gracioso. Y, aunque no soy una

forofa de Dalton, no es por eso por lo

que no le he llamado.

–Entonces, ¿por qué?

–Porque Dalton está desesperado por

conseguir ese dinero –declaró.

–¿Quieres decir que no puedes

decirle que has encontrado a la chica

porque él quiere encontrarla? –preguntó

Cooper pronunciando las palabras muy

despacio, mientras trataba de entender la

lógica de Portia.

–¡Exacto!

Piénsalo:

si

no

se

encontrase a la chica antes de que le

ocurriera algo a Hollister, las empresas

Cain se verían metidas en un serio

problema. Si las acciones de Hollister

pasaran a ser propiedad del Estado, lo

más seguro sería que el Estado las

sacara a subasta y que la mayoría de

ellas se las quedara la competencia. Las

empresas Cain acabarían viniéndose

abajo. Y aunque Dalton no trabaja en la

empresa de la familia, estoy segura de

que no querría que ocurriera eso. Ha

trabajado como un esclavo para la

familia durante años, aunque ahora tenga

otro trabajo. Las empresas Cain siguen

siendo importantes para él, y siempre

hará lo que sea mejor para la empresa.

Vuestra hermana, en sí, no le importa.

–¿Quieres decir que no se lo has

contado a él porque estás preocupada

por la chica?

–Exactamente. Alguien tiene que velar

por los intereses de esa pobre chica.

Cooper arqueó una ceja.

–¿Esa pobre chica? Si tienes razón y

has encontrado a nuestra hermana, esa

pobre chica va a heredar millones de

dólares. Quizá mucho más dinero del

que haya podido soñar. No, nadie la

consideraría una pobre chica.

Portia pareció vacilar y después

sonrió débilmente.

–Quizá lo de pobre no haya sido muy

acertado.

Pero

estoy

segura

que

comprendes que si Dalton o Griffin la

encontraran lo iba a pasar bastante mal.

–¿Qué quieres decir exactamente con

eso?

–Que los Cain viven en un mundo de

riqueza y poder inimaginables para la

mayoría de la gente. Tanto tú como yo

sabemos que, si no estás preparado para

desenvolverte

en

ese

mundo,

te

devorará. Esta chica… no tiene dinero.

–¿Cómo sabes que es pobre? –

preguntó él con una mueca burlona–. ¿Te

basas en su forma de vestir o en lo que

te dijo mientras contemplabas sus

especiales ojos azules?

–Muy gracioso. Pero yo sé lo que me

digo. La chica es una camarera con el

pelo teñido de rojo y un pendiente en la

nariz.

–¿Crees que los chicos ricos no se

rebelan? Porque deja que te diga una

cosa: he ganado un montón de dinero

con una empresa dedicada a chicos ricos

rebeldes.

–Justo. Cuando un chico rico se

rebela, se va a Utah a hacer deporte con

una tabla de nieve, pero no se va a

trabajar de camarero a un hotel. Los que

trabajan de camareros es porque lo

necesitan.

Portia no se equivocaba en eso,

admitió Cooper. Quizá la ayudara,

aunque todo eso no fuera asunto de ella.

Pero siempre le había caído bien Portia;

bueno, en realidad, se trataba de algo

más que de caerle bien. Y ahí radicaba

el problema. No era apropiado que a

uno le gustara su cuñada más de lo

debido. Aunque, en realidad, ya no era

su cuñada.

Al margen de lo que sintiera por

Portia, le resultaba difícil mostrar

demasiado entusiasmo en ayudarla

porque sabía que el principal motivo

por el que Portia le estaba pidiendo

ayuda era porque él no encajaba en su

mundo.

–No puedo decirle a Dalton cómo

encontrarla –dijo Portia–. Él no dudaría

ni un segundo en lanzarla a nuestro

mundo sin antes prepararla. Y no lo digo

porque le considere un cretino. Pero lo

cierto es que, para Dalton, los negocios

son lo primero. No se pararía a pensar

qué es lo que la chica necesita.

–¿Y crees que yo sí?

Portia se encogió de hombros.

–Creo que conoces el ambiente del

que procede la chica mejor que tus

hermanos. Como mucho, es de clase

media. No sabría lo que la espera. Es

vulnerable y no está preparada…

–Sí, ya lo has dicho –Cooper

interrumpió a Portia. ¿Era así como le

había visto la gente cuando fue a vivir

con la familia Cain?–. Aunque no creo

que sea para tanto. Supongo que sabe ir

al baño sola, ¿no?

Portia le lanzó una mirada llena de

irritación, pero parecía más exasperada

que enfadada.

–Solo estoy intentando protegerla.

–Muy bien, pues patrocínala o lo que

quieras. Pero esto no tiene nada que ver

conmigo.

–Si no me equivoco, y es la hija de

Hollister, también es tu hermana. Yo

diría que tiene mucho que ver contigo –

Portia ladeó la cabeza ligeramente y se

lo quedó mirando–. Además, no me creo

que no te interese en absoluto ganar y

conseguir lo que ni Dalton ni Griffin

lograrían. Y estamos hablando de mucho

dinero.

Una

profunda

y

desagradable

sensación se le agarró al estómago.

Odiaba que lo manipularan. Justo lo que

llevaba años haciendo Hollister.

Cooper se puso en pie.

–Me importa un bledo el dinero de

Hollister. Siempre me ha dado igual. Si

me

hubiera

importado,

estaría

trabajando en las empresas Cain en vez

de tener mi propia empresa.

–Está bien. Si no quieres el dinero,

dónalo. O dámelo a mí.

–Tú necesitas el dinero tan poco

como yo.

–Por favor, Cooper…

–¿Por qué? ¿Por qué te importa tanto

esa chica?

Portia volvió a alzar la barbilla.

–Porque los miembros de una familia

deberían tratarse con respeto los unos a

los otros.

–Tú ya no eres parte de la familia.

Portia se quedó muy quieta y, de

repente, una expresión de certeza asomó

a sus ojos.

–Tienes razón, ya no soy miembro de

vuestra familia. Pero lo fui durante diez

años y sé lo duros que podéis llegar a

ser. Tuve que luchar con uñas y dientes

hasta lograr que Caro me aceptara y me

tratara con respeto. Jamás conseguí

ganarme a Hollister y, al final, dejé de

intentarlo. Es un hombre muy duro… y

cruel. Y aunque quiero a Caro como a

mi propia madre, me sorprendería

mucho que recibiera a la chica con los

brazos abiertos. Además, ¿por qué iba a

hacerlo, teniendo en cuenta cómo la ha

tratado Hollister con lo del divorcio?

Portia respiró hondo, como si así

quisiera calmarse y controlar sus

emociones, y añadió:

–Esta chica es tu hermana. ¿Es que no

quieres ayudarla?

¿Quería ayudar a esa chica? ¿A una

desconocida que podía ser su hermana?

Lo cierto era que no lo sabía.

Los líos de la familia no le

interesaban. En absoluto.

Le daba completamente igual lo que

ocurriera con la empresa o lo que le

pasara a Hollister. No eran problemas

suyos. Y, además, no se creía la mitad de

lo que Portia le estaba contando.

La miró con fijeza y dijo:

–Bueno, basta de andarte con rodeos.

¿Qué es lo que realmente quieres?

Portia parpadeó.

–¿Qué dices?

–Vamos, déjate de cuentos. Has

venido aquí a suplicarme que te ayude…

¿y esperas que me crea que lo haces por

una cuestión de lealtad familiar y por

una chica con la que apenas has pasado

cinco minutos?

Había esperado alguna reacción por

parte de ella, pero Portia era muy fría

cuando quería serlo. Y, por tanto,

respondió con frialdad y serenidad, sin

perder la calma.

–De acuerdo. ¿Quieres un motivo?

Muy bien, a ver qué te parece esto: tú no

quieres el dinero, así que espero que me

lo des a mí.

Cooper se la quedó mirando. Notó la

dureza de su mirada, la obstinación en

su expresión, y estuvo a punto de

creerla. Pero no del todo.

–Bien –respondió él, y esperó a que

Portia continuara.

Ella alzó la barbilla un poco más.

–Verás… tras el divorcio me he

quedado sin blanca. Necesito dinero.

–¿Eres pobre?

–Sí, completamente.

–No me trago ese cuento.

Portia frunció el ceño e hizo una

adorable mueca con la boca.

–Lo digo en serio.

–No. Cuando Dalton y tú os casasteis,

Hollister me dijo que tus abuelos

paternos te habían dejado más de quince

millones de dólares. Sé que Dalton no

tocó ese dinero. Así que… ¿esperas que

me crea que te has pulido quince

millones en dos años?

Portia suspiró.

–¿No te parece que podría haber

tirado el dinero?

–No. Pero sí creo que podrías querer

el dinero. ¿Por qué?

Portia volvió a fruncir el ceño y él se

dio cuenta de que estaba intentando

decidir qué contarle. Por fin, Portia

respondió:

–¿Has

hablado

con

Caro

últimamente?

–¿Con Caro? –preguntó Cooper,

sorprendido

por

el

giro

de

la

conversación–. No. ¿Por qué?

–Porque las cosas no le van bien

desde el divorcio. Ni en lo personal, ni

en lo social, ni económicamente. Y se

me ha ocurrido que… si tú no quieres el

dinero, podríamos darle a ella al menos

una parte.

–¿Caro necesita dinero? –entonces,

Cooper lo pensó mejor–. Sí, no me

extraña. Hollister es un desgraciado y

debe haberla dejado sin nada. ¡Dios

mío! ¿Lo saben Dalton y Griffin?

–Creo que no lo sabe nadie. Hace un

tiempo que Caro y yo estamos bastante

unidas, pero ni si quiera a mí me lo ha

reconocido. Además, ni Dalton ni

Griffin están muy contentos con ella.

–Sí, supongo que tienes razón –

concedió él. La misteriosa carta sobre la

hija desconocida de Hollister había

trastocado sus vidas. Ni a Dalton ni a

Griffin les había sentado muy bien que

la carta que Hollister recibió no hubiera

estado

escrita

por

una

amante

despechada, sino por su propia y

enfadada esposa–. Hollister la destrozó

en el juicio, y ella tiene demasiado

orgullo para decirles a sus hijos que

necesita ayuda económica. Pero ¿por

qué crees que aceptaría dinero mío?

–Sé que tampoco tú le tienes mucho

aprecio, pero…

–Yo no tengo problemas con Caro –se

apresuró a añadir Cooper–. Nunca los

he tenido.

–Ah. Yo suponía que…

Era

una

suposición

justificada

adjudicar a Caro el papel de pérfida

madrastra. Pero ellos dos no eran

enemigos y él no quería verla viviendo

bajo un puente.

–Caro y yo nos llevamos bien –

declaró él–. Pero no creo que aceptara

mi dinero.

–Puede que lo aceptara si supiera que

el dinero procede de Hollister. Él la

trató muy mal, no creo que a ella le

importara tomarse una revancha –Portia

adoptó una expresión decidida–. Creo

que podría convencerla.

Lo que a él le dejaba como al

principio:

no

tenía

tiempo

para

participar en eso.

–Escucha, no se trata de que quiera o

no quiera ayudarla. No dispongo de

tiempo. No es mi problema.

–Pero Caro…

–Mira, puedo ayudar a Caro sin

necesidad de ponerme a buscar a esa

chica –y la ayudaría, pero no en ese

momento. Se miró el reloj–. Tengo una

reunión y se me está haciendo tarde. Lo

siento, Portia.

Lanzó una mirada a Portia: perfecta,

inmaculada e intocable. Era tan guapa

que casi dolía mirarla. Y otras veces su

belleza parecía muy frágil.

Durante los diez años que Portia

había estado casada con su hermano, se

había mantenido alejado de ella por ser

lo correcto. Ahora que Portia estaba

disponible, tenía otros motivos por los

que

mantener

las

distancias.

No

pertenecían al mismo mundo. De

pequeño había aprendido lo que

significaba ser un marginado en ese

mundo, lo que significaba ser el hijo

bastardo de Hollister Cain: querer una

cosa, ir a por ella y recibir un manotazo.

Sí, sabía lo que significaba querer

algo que no se podía alcanzar.

Y también sabía que esa hermana

desconocida lo iba a pasar muy mal

hasta adaptarse. Pero también sabía que

nada que él pudiera hacer le iba a

facilitar las cosas. Esa chica tendría que

arreglárselas por sí misma, como había

hecho él.

–Tiene tu sonrisa –dijo Portia–. Por si

te interesa.

–Si cuenta con tu apoyo, todo le irá

bien.

Tras esas palabras, Cooper salió del

despacho, dando por terminada la

conversación. Su futuro dependía del

resultado de la reunión a la que se

dirigía. No quería tener nada que ver

con el drama familiar. No necesitaba una

hermana. Y menos aún la tentación que

Portia representaba.

Capítulo Tres

Tres horas después, Cooper, sentado a

la mesa de la sala de conferencias, veía

truncarse sus sueños.

La junta directiva había votado que

no.

Nueve de los doce miembros de la

junta habían votado en contra de que

Flight+Risk entrara en el negocio

hotelero. El instinto le decía que les iría

bien; pero, al parecer, a los miembros

de la junta les había parecido una

medida fiscalmente irresponsable en

esos momentos.

Ahora, mientras los miembros de la

junta salían de la sala de conferencias

del hotel, apenas se atrevían a mirarle.

Lo que no le molestaba, ya que tenía

miedo de saltar por encima de la mesa y

darle un puñetazo en la cara a

Robertson. Ese cretino de sesenta y pico

años tenía mucha experiencia en el área

comercial, pero carecía de imaginación.

Se había opuesto a su plan desde el

principio, pero él había creído que los

demás miembros de la junta le

apoyarían. Evidentemente, se había

equivocado.

Con la mirada fija en los papeles que

tenía delante, se quedó sentado a la

mesa hasta que creyó estar solo. Cuando

alzó el rostro, vio que dos de los

miembros de la junta permanecían en la

sala: Drew Davis, el otro miembro de la

junta que practicaba la tabla de nieve; y

Matt

Ballard,

el

director

del

Departamento de Tecnología de FJM,

una empresa de energía renovable

asentada en la bahía de San Francisco, y

buen amigo suyo.

–Te han destrozado, amigo –dijo

Drew.

–No me han destrozado –respondió

Cooper sin convicción.

–Te han hecho polvo y…

–No. Acabaré convenciéndoles.

Se jugaba mucho. Flight+Risk era su

empresa y fabricaban los mejores

artículos de deportes de invierno: las

mejores tablas de nieve, los mejores

anoraks, la mejor ropa térmica. Sabía

que era lo mejor porque casi todo lo

diseñaba él mismo y exigía perfección,

también porque los profesionales de la

tabla de nieve utilizaban el equipo que

él fabricaba.

Era un perfeccionista, tenía ambición

y trabajaba duro, eso era lo que le había

hecho triunfar en el mundo de los

negocios.

En ese caso, ¿por qué la junta

directiva no le había apoyado?

–¿Cómo te propones convencerles? –

preguntó Matt acomodado en su silla.

Nada más acabar la reunión, Matt

había sacado su ordenador portátil y

ahora tecleaba. Era una de esas personas

que podía hacer varias cosas a la vez.

Quizá porque era un genio. Había sido

el primer inversor de Flight+Risks y,

con los años, se habían hecho buenos

amigos.

Pero no mejoraba el estado anímico

de Cooper que los otros dos miembros

que habían votado a favor de su

propuesta fueran sus dos mejores

amigos. Los consideraba votos de

amistad.

Miró primero a Drew y luego a Matt.

–No vais a decirme que estáis de

acuerdo con Robertson en que invertir el

dinero en otra fábrica es una mejor

inversión, ¿verdad?

–No es que sea mejor, es menos

arriesgado –contestó Drew.

–Mi plan no es arriesgado –dijo

Cooper obstinadamente.

–Tú idea es invertir cuarenta millones

en esto –dijo Drew–, lo que significaría

ramificar demasiado la empresa. Es

natural que la junta se haya negado.

–La empresa tiene las finanzas en

buen estado, y solo sería durante los

próximos dieciocho meses. La zona que

he elegido es perfecta, ya hay un hotel…

–Sí, un hotel viejo y cutre –interpuso

Matt.

–De acuerdo, hay que restaurarlo,

pero

el

ingeniero

dijo

que

la

construcción era sólida –el hotel que

había encontrado, Beckś Lodge, estaba

viejo y no daba beneficios, pero él sabía

que podía transformarlo en algo

extraordinario–. La nieve allí es

perfecta. Tan pronto como se inaugurase

el hotel, ganaríamos dinero a espuertas.

Sabéis que tengo razón.

–Sí –dijo Drew–, yo creo que tienes

razón. Pero a la junta le importa más lo

que piense la Bolsa.

–Ramificar el negocio no es el

problema –declaró Matt sin levantar la

vista del ordenador.

Drew y Cooper clavaron los ojos en

Matt.

–¿Qué? –dijo Drew.

–En ese caso, ¿cuál es el problema? –

preguntó Cooper.

–Es un problema de percepción –Matt

alzó el rostro–. Cooper, tienes fama de

que te gusta arriesgar. Un ejemplo

perfecto es el incidente con aquella

modelo

después

de

los

juegos

olímpicos, que te ganó una buena

reprimenda. Además, todo el mundo

sabe que la empresa casi se fue e pique

en los primeros dos años, y habría

fracasado de no ser porque tú inyectaste

dinero propio para mantenerla a flote.

–¿Quieres decir que la junta no ha

votado en contra de mi idea sino en

contra de mí?

–La clase de riesgos que a ti te gusta

correr aterra a los inversores –declaró

Matt encogiéndose de hombros.

–Esa clase de riesgos dan sus frutos.

–No tantos.

–Claro que sí. Han dado inmensos

beneficios.

–Sí, pero después de estar al borde

del fracaso total. Has tenido mucha

suerte hasta ahora, pero la suerte no dura

toda la vida.

–¿Quieres decir que todos esperan

que esta vez me toque fracasar?

–Sí.

–Pero este negocio no es arriesgado.

Cuando acabara de restaurar el hotel,

los mejores profesionales de la tabla de

nieve estarían allí. Si fuera un jugador

de golf y estuviera construyendo un

campo de golf, la gente haría cola para

invertir.

–Es posible –Matt volvió a encogerse

de hombros y, de nuevo, clavó los ojos

en la pantalla del ordenador–. Pero el

golf es distinto, es un deporte de ricos.

Tú eres solo un profesional de la tabla

de nieve.

¿Solo un profesional de la tabla de

nieve?

Eso sí le enfadó. Sabía que no había

sido la intención de Matt insultarle, pero

resultaba difícil no sentirse ofendido.

Porque aunque Matt no pensara eso

personalmente, sabía que mucha gente lo

pensaba, al margen de que hubiera

dirigido la empresa durante muchos más

años de los que había sido un deportista

profesional. Había ganado más dinero

que el que podría gastar en toda la vida,

y lo había conseguido con su propio

esfuerzo, nadie se lo había dado y no lo

había heredado. Y jamás había tomado

una decisión respecto al negocio que no

le hubiera otorgado beneficios.

Pero daba igual. La cuestión era que

la junta no se fiaba de él. Le

consideraban un bala perdida solo

porque había dejado la universidad para

dedicarse a un deporte de nieve.

Pensaban que no conocía el mercado

porque había tenido que trabajar para

estar donde estaba, porque se había

negado a utilizar los contactos de la

familia Cain. Nunca había querido que

nadie le regalara nada solo por ser hijo

de quien era, y no presumía de su linaje.

Ni siquiera había adoptado el apellido

de su padre, a pesar de haberse ido a

vivir con Hollister y Caro tras la muerte

de su madre. Y nunca hablaba de su

padre ni de la familia.

¿Habría fracasado en aquella reunión

de haber recordado a los miembros de

la

junta

quién

era

su

padre?

Probablemente no.

No era justo.

Pero daba igual, la vida no era justa.

Al levantar los ojos sorprendió a sus

dos

amigos

intercambiándose

una

mirada de preocupación, como si

temieran que su prolongado silencio se

debiera a estar pensando en la forma de

deshacerse de Robertson. Y así era,

pero no como creían sus amigos que iba

a hacer.

Cooper sonrió y se puso en pie.

–Bueno, no pasa nada.

Drew también se levantó.

–¿Te encuentras bien?

–Sí. Es hora de poner en marcha el

plan B.

Matt arqueó las cejas.

–¿En serio? Porque en una ocasión te

oí decir que los planes B son para los

perdedores, para los que no consiguen

lo que quieren a la primera.

–Está bien, llamémoslo Plan Dos

Punto Cero.

Matt cerró el portátil y también se

levantó.

–¿Y qué plan es ese?

–Voy a convencer a la junta directiva

de que mi plan no es arriesgado. Voy a

convencerles de que conozco bien el

mercado.

–Han votado en contra del proyecto,

habría que someterlo a una nueva

votación –observó Matt.

–Creo que me he precipitado en

someterlo a votación. Pero conseguiré lo

que me propongo, ya lo veréis.

–¿Cómo? –preguntó Drew.

–Voy a contratar a un experto.

Portia perdió el vuelo a Tahoe y tuvo

que posponerlo para el día siguiente. La

aerolínea había sacado su maleta del

avión y ella había conseguido que se la

enviaran al hotel. No fue tan malo como

podía haber sido.

Iba a pasar la noche en un hotel en

Denver, cerca de la empresa de Cooper.

Por la mañana, reservaría otro vuelo a

Tahoe. En esos momentos, le iban a

llevar a la habitación un pastel de

chocolate y una botella de vino tinto.

Sí, al día siguiente comenzaría sus

vacaciones. Pasaría dos semanas ella

sola en la cabaña que sus padres tenían

a las orillas del lago Tahoe. Leería la

docena de libros que había cargado en

su tableta. Vería películas. Haría yoga.

Todo muy relajante.

Pero, de momento, no estaba relajada.

No paraba de darle vueltas en la cabeza

al asunto de la camarera del hotel

Kimball.

La verdad era que nunca había

pensado en la hija desconocida de

Hollister ni le había importado si la

encontraban o no. Sin embargo, al

encontrarse con ella de casualidad, se

había quedado preocupada. Sabía mejor

que nadie lo bestia que podía ser

Hollister. Desde luego, distaba mucho

de ser el suegro ideal. Sus años de

casada con Dalton, Hollister no había

dejado de criticarle. Y la situación había

empeorado con el tiempo porque ella no

había podido quedarse embarazada.

Dalton la había defendido contra su

padre. Y también lo había hecho Caro,

por eso se habían hecho amigas. Al

principio,

el

comportamiento

de

Hollister le había hecho mucho daño,

pero pronto se dio cuenta de que no

Hollister no se portaba así solo con ella,

sino con todo el mundo. Era un cretino.

¿Qué pasaría con Ginger?

Parecía una chica fuerte. Pero ¿se

sabría

defender

de

gente

como

Hollister? ¿Se daría cuenta de que

cualquier muestra de debilidad atraería

a las pirañas? ¿Sabría protegerse de

gente que fingiría ser su amiga para

luego darle una puñalada por la

espalda?

Sí, Cooper tenía razón, eso no era

asunto suyo. Pero no podía evitar estar

preocupada por la chica. Había contado

con que Cooper la encontrara, pero él se

había negado, dejándola en la estacada.

No se le ocurría otra manera de ayudar a

la chica y, de paso, a Caro. Aunque,

quizá, si acudiera a Dalton…

Estaba

convencida

de

que,

si

encontraban a la chica, la vida de esta

cambiaría

para

siempre,

y

no

necesariamente para bien. Pero ¿qué

podía hacer ella? Por supuesto, no decir

a nadie que la había visto no era una

opción. Maldito Cooper por haberse

negado a ayudarla.

En ese momento, alguien llamó a la

puerta. Se alegró de que le llevaran el

chocolate

que

había

pedido,

lo

necesitaba.

Pero cuando abrió la puerta, no se

encontró delante a un camarero, sino a

Cooper.

Llevaba el mismo traje que había

llevado en la oficina, pero se había

quitado la corbata y la chaqueta del traje

estaba arrugada.

–Hola, necesito un favor –dijo él a

modo de saludo.

–No eres un pastel de chocolate –

murmuró ella.

Cooper parpadeó y la miró sin

comprender.

Después,

esbozó

una

sonrisa.

–Que yo sepa, no.

–He pedido que me traigan pastel de

chocolate con caramelo por fuera.

Menos mal que no había mencionado

la botella de vino.

Hacía dos horas que Cooper le había

enviado un mensaje al móvil diciéndole

que se pasaría por el hotel para hablar

con ella y le había preguntado el número

de su habitación; pero como no se había

presentado, había supuesto que Cooper

ya no iba a ir.

–¿Puedo entrar? –le preguntó.

Portia se hizo a un lado para dejarle

pasar. Cooper entró en la habitación y

cerró la puerta.

La clientela de aquel hotel, en su

mayoría, era gente de negocios, por eso

las habitaciones tenían una pequeña zona

de estar y cocina. Antes de que Cooper

llamara, ella había estado a punto de

sentarse en el sofá a ver una película, un

drama romántico que ya había visto. El

título de la película se veía en la

pantalla del televisor. Se acercó al

aparato y lo apagó, avergonzada de que

Cooper viera la película que había

elegido. La próxima vez elegiría una

película de acción.

Volvió la cabeza y sorprendió a

Cooper mirándola fijamente.

–¿Qué pasa? –preguntó ella.

–Nada –Cooper volvió a sonreír–.

Creo que nunca te había visto tan…

Pero no acabó la frase, parecía como

si no tuviera idea de cómo describir su

apariencia física.

Portia se miró. Los pantalones de

yoga y la camisa de chándal era la ropa

menos elegante que poseía.

–No voy a disculparme por no ir

mejor vestida. Eres tú quien ha venido a

verme, quien me ha enviado un mensaje

diciendo que querías hablar conmigo.

–No

estoy

criticándote.

Estás

adorable.

Vio un brillo de humor en los ojos de

Cooper. Humor y algo más. Algo que le

causó un hormigueo en el estómago.

¡Qué guapo era! ¡Qué atractivo!

Atractivo sin refinamiento. Atractivo

estilo duro, como las zonas agrestes en

las que había hecho deporte de nieve.

Pero también tenía sentido del humor.

Portia alzó los ojos al techo.

–Deja de dorarme la píldora. Dime

qué quieres y luego déjame tranquila con

mi pastel de chocolate.

–Todavía no te lo han traído –observó

él.

–Exacto. Así que tienes tiempo para

decirme lo que sea hasta que me lo

traigan; después, te echaré a patadas.

–En ese caso, será mejor que te lo

diga rápidamente.

Y lo hizo. Rápida y apasionadamente.

Durante dos minutos, Cooper le contó

que quería comprar y restaurar un hotel

en el sur de Utah. Habló poéticamente

de la calidad de la nieve polvo y de la

carencia de hoteles de lujo en la zona.

Habló de un mercado sin explotar. Ella

se había sentado en el sofá, sobre las

piernas, agotada de verle pasearse por

la estancia.

Cooper seguía hablando cuando

llamaron a la puerta.

Portia se levantó.

–Mi pastel de choco…

Cooper se plantó delante de ella y le

agarró un brazo.

–Espera, no he terminado.

–Pero mi…

–Has dicho que me dejabas hablar

hasta que te trajeran el pastel –Cooper

sonrió travieso–. Todavía no está en la

habitación. Concédeme treinta segundos

más.

–Mira, siento mucho que la junta

directiva no aprobara tu proyecto.

Parece muy bueno. Pero no sé qué tiene

que ver conmigo.

–Quizá los de la junta tengan razón,

quizá yo no conozca bien el mercado de

los hoteles de lujo. Yo solo soy un tipo

de Denver al que se le da bien la tabla de nieve. Pero tú sí conoces el mercado

y quiero que vayas a ver el hotel y que

me digas si, en tu opinión, merece la

pena o no transformarlo en un lugar para

ricos.

–Yo no conozco en absoluto el mundo

de la hostelería.

–Ni yo. No te estoy pidiendo que

regentes el hotel, solo tu opinión. Tú te

has criado en el mundo de los ricos y…

–Cooper, tú también –dijo ella.

–No. Yo solo tenía dinero durante las

vacaciones de verano. Cuando estaba

haciendo

el

bachiller

pasé

dos

miserables años viviendo con los Cain.

Pero nunca me integré. Tú misma dijiste

esta mañana que soy la persona indicada

para encontrar a la chica porque sé lo

que es ser un marginado. Sin embargo,

tú has vivido en este mundo desde que

naciste y no conozco a nadie que tenga

mejor gusto que tú. Y…

Volvieron a llamar a la puerta y

Cooper alzó la mano, como para

detenerla.

–¿Crees que impedir que me coma el

pastel de chocolate va a ayudar a tu

causa?

Después de que el camarero se

hubiera marchado, Portia se volvió y

sorprendió a Cooper mirándola con

expresión traviesa.

–Si me ayudas a convencer a los de la

junta a que accedan a comprar Beckś

Lodge yo te ayudaré a encontrar a mi

hermana. Me tomaré libre una semana

entera para ayudarla a acoplarse. No, un

mes –Cooper arqueó las cejas–. ¿Qué

me contestas?

–¿Yo te ayudo y tú me ayudas?

–Exacto.

Los latidos del corazón se le

aceleraron. ¿No era eso lo que quería?

Pero ayudar a Cooper significaba

quedarse allí, o donde fuera que

estuviera el hotel, al menos un par de

días más. O quizá varios días. Y

significaría pasar bastante tiempo con

Cooper. Sin saber por qué, se sintió

incómoda. Cooper era un hombre

innegablemente atractivo.

Miró con anhelo la bandeja con el

pastel de chocolate.

–Bueno, ¿sí o no? –insistió Cooper–.

¿Qué dices?

–Digo que estás loco. Eso es lo que

digo.

–¿Sí o no? –repitió él.

–Creo que no –respondió ella.

La sonrisa de Cooper se agrandó.

–Sí. Vas a hacerlo.

–Acabo de decir que no.

–Te he oído. Pero sé que cambiarás

de opinión.

–No –dijo Portia, pero no por

convencimiento,

sino

porque

le

molestaba ser tan transparente.

–Vas a hacerlo. Y lo vas a hacer

porque estás desesperada. Has venido a

Denver solo para hablar conmigo, lo sé.

–¡No estoy desesperada! –protestó

Portia.

Cooper la ignoró.

–Ese es el problema de querer tanto

algo, uno se encuentra en desventaja en

las negociaciones –su sonrisa la dejó sin

respiración–. La próxima vez que

quieras algo de mí, será mejor que te

muestres

algo

más

fría,

menos

interesada. Quizá una llamada telefónica

antes de venir a verme.

Maldito Cooper por haber visto la

situación con tanta claridad y por notar

sus debilidades. Y maldito por no poder

evitar que le gustara.

Portia se cruzó de brazos y lanzó un

suspiro.

–Tendré en cuenta el consejo… para

el futuro.

Veinte minutos después, Portia se

metió el último trozo de pastel de

chocolate en la boca, y a continuación

bebió un sorbo de vino tinto.

–Bueno, ¿qué te parece? –preguntó él.

Ella

se

lo

quedó

mirando

detenidamente

mientras

dejaba

el

tenedor en el plato.

–Lo que tienes que hacer es llevar a

los miembros de la junta directiva a ver

el hotel con el fin de explicarles, in situ,

el potencial que tiene.

–En estos momentos el hotel es una

ruina –admitió Cooper–. No estoy

seguro de que puedan ver más allá.

–En ese caso, haz que no lo vean

como una ruina. Sírveles buena comida

y buena bebida. Distráeles.

–¿Quieres que monte una fiesta para

convencerles?

–No. Lo que creo que deberías hacer

es montar una exhibición de tabla de

nieve seguida de una fiesta.

–Entonces… ¿me ayudarás?

–Todavía lo estoy pensando.

–¿No puedes darte prisa?

–No todos pensamos con tanta rapidez

como tú. Además… es lunes y son más

de las ocho de la tarde. Aunque

decidiera ayudarte, no podrías hacer

nada hasta dentro de doce horas por lo

menos. Y eres tú el que me ha dicho que

actúe con más frialdad.

Portia se inclinó hacia delante, agarró

la bandeja con el plato y la copa y la

dejó encima de la mesa auxiliar. Sus

movimientos contenían una elegancia

innata. A su lado, él se sentía tosco.

Haberla visto comer el pastel de

chocolate le había hecho recordar hasta

qué punto Portia tenía más clase que él.

Pero estaba acostumbrado a sentirse así,

le había pasado todos los veranos

durante su juventud.

No estaba acostumbrado a desear a

una mujer que le hacía sentirse de esa

manera.

–Creo que no soy la persona indicada

para ayudarte –declaró Portia con

expresión casi ausente.

–¿Qué?

Cooper se enderezó en el asiento.

–Que creo que no soy la persona

indicada para ayudarte en esto. Deberías

contratar a un profesional para preparar

la fiesta. O quizá a un consultor. O las

dos cosas.

–Por eso quiero contratarte a ti. Tú

podrías hacer las dos cosas. Eres una

persona muy flexible.

–¿Qué quieres decir?

Cooper adoptó un gesto inocente.

–Nada.

–Cooper…

–Bueno… digamos que una mujer que

puede ponerse boca abajo con el vestido

de novia y diez minutos después

dirigirse al altar como si nada puede

conseguir lo que se proponga.

–¡Cómo es posible que menciones

eso! –exclamó ella cubriéndose el rostro

con las manos–. Creía que se te había

olvidado.

–No es la clase de cosa que se olvida

fácilmente. Tenías las piernas en el

aire…

–¡Calla!

–Y unas bragas rosas con gatitos

blancos.

Portia se apartó las manos del rostro

y abrió la boca.

–¡Qué!

Portia enrojeció intensamente.

Si hubiera sabido lo mucho que él la

deseaba le hubiera echado a patadas de

la habitación y se hubiera negado a

volverle a hablar en la vida.

–Sí, me hicieron mucha gracia esas

bragas con los gatitos.

–¿En serio viste mi ropa interior ese

día?

–¿Estabas boca abajo.

–Déjate de bromas.

Cooper se inclinó hacia ella y le llegó

la fragancia de ella, una mezcla de algo

suave, menta y chocolate.

–En mi opinión, te convendría

divertirte un poco más.

Portia le lanzó una mirada furiosa,

pero su expresión no mostraba enfado.

–¿Por qué has dicho eso?

–La gente te considera una persona

demasiado seria.

–Eso no es verdad. Soy miembro de

la alta sociedad. Me paso la vida

haciendo trabajo voluntario, yendo de

compras y almorzando con unos y con

otros. Nadie me toma en serio.

–Eres la hija de un senador y

miembro de una de las familias más

importantes de este Estado. Créeme,

Portia, todo el mundo te toma en serio –

vio una momentánea chispa de tristeza

en sus ojos y añadió–: Tanto si te gusta

como si no.

Portia le miró y dijo con burlona

seriedad:

–Muy bien, pues tómate muy en serio

lo que voy a decirte: no vuelvas a

burlarte jamás de mis bragas Hello

Kitty. Es todo un símbolo cultural.

Cooper alzó la mano en señal de

rendición.

–De acuerdo, te lo prometo, jamás me

volveré a reír de tus bragas Hello Kitty.

Y ahora, ¿vas a ayudarme o no?

–Si lo hago, ¿me ayudarás tú a buscar

a tu hermana? Y si la encontramos, ¿la

ayudarás a integrarse en su nuevo

ambiente?

–Sí, lo haré.

Portia le miró fijamente.

–Pero no te prometo nada. No puedo

prometerte que los de la junta aprueben

tu proyecto. Lo único que puedo hacer

es intentarlo.

–Naturalmente.

–Y, desde luego, no puedo prometerte

que ese hotel sea un éxito.

–No tienes que prometerme eso –

Cooper sonrió–. Sé que lo será.

Portia se inclinó hacia delante.

–¿No se te ha ocurrido que podrías

hacerlo tú solo?

–¿Hacer qué?

–Conseguir un crédito para tu

proyecto y comprar tú solo Beckś

Lodge. Podrías montar una empresa

nueva, independiente de Flight+Risk.

–No quiero hacerlo. Yo monté

Flight+Risk. Es mi empresa. Los de la

junta deberían confiar en mí, en mi

instinto para los negocios.

–En resumen, eres un cabezota.

–No. Soy… –Cooper se interrumpió,

ladeó la cabeza pensativo y sonrió–.

Bueno, quizá, es posible.

–¿Crees que merece la pena emplear

tanto tiempo y energía en demostrar a la

junta la validez de tus ideas?

–Sí, eso es lo que creo –contestó

Cooper.

Cooper parecía tan seguro de sí

mismo que ella no pudo evitar dejarse

llevar. Pero ¿sabía él realmente por qué

quería hacer aquello? ¿Lo comprendía?

Durante

años,

Portia

había

investigado a la junta directiva de la

empresa de Cooper, aunque no por

curiosidad. Debido a que buena parte de

su tiempo lo dedicaba a recaudar fondos

para obras de beneficencia, consideraba

parte de su trabajo saber todo lo posible

de la gente de su clase y de su red de

amistades y asociados. La maldición de

ser la hija de un político. Por supuesto,

durante sus investigaciones, se había

enterado de cosas que, en principio, no

tenían nada que ver con su trabajo.

Robertson había entrado a formar

parte de la junta directiva cuando

Flight+Risk pasó de ser una empresa

privada a cotizar en Bolsa. El mismo

Cooper lo había elegido. A pesar de

ello, Robertson y Cooper tenían puntos

de vista opuestos respecto a los

objetivos de la empresa. A Cooper le

gustaba correr riesgos, era rebelde por

naturaleza y solía enfrentarse a la

autoridad, aunque la autoridad fuera la

junta directiva de su propia empresa.

No obstante, no se necesitaba ser

psicólogo para darse cuenta del

verdadero motivo por el que Cooper

estaba tan desesperado por conseguir la

aprobación de la junta a su proyecto.

Algunos

miembros,

Robertson

en

particular,

eran

hombres

de

la

generación de Hollister. De hecho,

Robertson era muy parecido a Hollister,

la única diferencia era que Robertson

había triunfado en el sector del

comercio en vez de en el del petróleo.

Sí, para Cooper era una cuestión de

orgullo y algo muy personal. No solo

quería la aprobación de la junta, sino

también la de su padre.

Pero Hollister era un cretino y nada lo

haría

cambiar.

Cooper

jamás

conseguiría la aprobación de su padre.

En realidad, ni se le ocurriría pedirla.

Pero, si se esforzaba de verdad, quizá

consiguiera la de la junta directiva de la

empresa.

Y Portia supuso que podía ayudarle a

conseguirlo.

–Si quieres que los de la junta

aprueben tu proyecto no debes acudir a

ellos directamente. Tienes que conseguir

inversores de fuera.

–Flight+Risk

no

necesita

más

inversores. Tenemos dinero y los bancos

están dispuestos a prestarnos lo que

necesitemos. Lo único que necesito es

que la junta apruebe el proyecto.

–Lo sé. Eso es lo que te estoy

diciendo. Si quieres que lo aprueben, la

única

forma

de

convencerles

es

haciendo como que no los necesitas,

haciéndoles

ver

que

hay

otros

interesados en tu proyecto. Y no porque

crean en la empresa, sino en ti

personalmente.

–¿Tú crees?

–Sí.

–¿Y cómo lo hago?

–Bueno, primero invitamos a los

miembros de la junta al hotel y les

hablamos de su potencial, ¿de acuerdo?

–Sí. Y una vez que vean la nieve

polvo…

–No, no es necesario que vean la

nieve polvo. Si los de la junta son como

los de todas las juntas que yo he visto, te

aseguro que no practican la tabla de

nieve. Quizá ni siquiera el esquí. Deben

rondar los sesenta años, tienen dinero y

poder, pero no son atletas.

Cooper sonrió irónicamente.

–Estás

hablando

en

términos

generales de gente que no conoces.

–¿Me he equivocado?

–No.

–En ese caso, enfréntate al hecho de

que no les importa nada la nieve polvo.

A ninguno de los inversores. Lo único

que les importa es si los deportistas de

tabla de nieve, los clientes potenciales,

quieren nieve polvo. Así que a quien

también tienes que invitar es a toda la

gente que conozcas que practica ese

deporte con el fin de que hagan una

exhibición. Debes organizar un fin de

semana fabuloso con el fin de atraer

inversores.

–E invitar a los miembros de la junta

directiva.

Portia ladeó la cabeza con gesto

reflexivo.

–No, al principio no. ¿Recuerdas lo

que dijiste de no dar la impresión de

estar desesperado? Eso es importante.

Es necesario hacerles creer que puedes

montar el negocio tú solo al margen de

Flight+Risk. No les invitas a ellos solos.

Invitas a otra gente, gente rica e

importante,

gente

del

sector

inmobiliario.

Portia se interrumpió un segundo y

añadió:

–Especialmente,

personas

que

conozcan a algún miembro que otro de

la junta directiva de tu empresa. Lo que

quieres es que se hable de ti. Lo que

quieres es que tu proyecto parezca tan

apetecible que haga que los miembros

de la junta directiva acudan a ti. Y para

que eso ocurra, tienes que hacerles creer

que no los necesitas en absoluto.

Cooper casi se echó a reír.

–Bueno, eso no será difícil. Una de

mis especialidades es no necesitar a la

gente.

Ella lanzó una carcajada.

–Eres todo un Cain –después, ladeó la

cabeza y preguntó–: ¿No se te ha

ocurrido pensar que la forma más fácil

de conseguir dinero no pasa por hacer

que la junta apruebe tu proyecto? Ni

siquiera necesitas otros inversores.

–¿No?

–No. La forma más fácil de conseguir

dinero para tu proyecto sería si

encontraras a Ginger y ganaras el dinero

que tu padre ha ofrecido a quien la

encuentre –Cooper abrió la boca para

protestar, pero ella alzó una mano,

impidiéndoselo–. Sé que no quieres ese

dinero, ya lo has dicho, pero también sé

que Griffin y Dalton, los dos, han dicho

a tu padre que si uno de los dos la

encuentra quieren repartir el dinero en

tres partes. O, mejor dicho, en cuatro, ya

que

Ginger

recibiría

su

parte

correspondiente también. Aunque solo

recibieras la cuarta parte del dinero,

podrías comprar ese hotel y otros cien

más.

–No lo entiendes. No quiero ni un

solo céntimo de ese hombre.

–En ese caso, ¿qué vas a hacer

cuando encontremos a Ginger y las

pruebas de ADN confirmen que es la

hija de Hollister?

–Eso si las pruebas de ADN lo

confirman.

Portia sacudió la cabeza.

–Lo confirmarán, estoy segura de ello.

Cuando la veas, te darás cuenta –declaró

Portia con convicción–. Bueno, dime,

¿qué vas a hacer con el dinero?

Cooper se encogió de hombros.

–Dárselo a Caro, como tú misma

sugeriste.

–Aunque

quiera

vengarse

de

Hollister, dudo mucho que aceptara todo

el dinero. Te sobrará bastante. Lo

suficiente para tu proyecto.

–Yo la convenceré –dijo él.

–Dices que no quieres el dinero, pero

¿estás realmente dispuesto a renunciar a

cientos de millones de dólares?

–Que se los queden Dalton y Griffin.

Y esta chica, si los quiere.

–Esta chica es tu hermana.

–¿Y?

–Nada, solo eso, que es tu hermana y

te necesitará. Debería importarte.

Entonces,

Portia

se

inclinó

ligeramente hacia él y, durante unos

segundos, Cooper respiró su fragancia,

dulce y fresca. De repente se dio cuenta

de la poca ropa que Portia llevaba, de

que estaban solos y de que no quería

hablar de su familia.

–Sé que no te llevas bien con el resto

de la familia, pero puede que no sea así

con Ginger –dijo ella–. Es posible que

tu hermana te guste.

Cooper no supo qué contestar. No le

entusiasmaba la idea de una hermana y

no le gustaba su familia. Sin embargo,

podía ser que le gustara esa chica. Y, sin

duda, tendría problemas de adaptación.

En realidad, quizá lo mejor para Ginger

fuese no conocer a su padre y vivir su

vida. Pero tarde o temprano, Dalton o

Griffin darían con ella.

Tanto si quería el dinero como si no,

que él la encontrase podría ser lo mejor

para todos, siempre y cuando no le

llevara mucho tiempo.

Lo más importante para él era sacar

adelante su proyecto hotelero y no

quería que nada le desviara de su

objetivo, ni su hermana ni Portia.

Además, Portia no estaba interesada

en él. Quizá le gustara un poco, pero

Portia no era la clase de mujer que se

dejara llevar por una atracción pasajera.

Cooper se puso en pie.

–Bueno, vendré a recogerte mañana

por la mañana para ir a Beckś Lodge.

Portia frunció el ceño.

–¿Cuánto se tarda en llegar allí?

Había reservado un vuelo a Tahoe

mañana por la mañana, tendré que

cambiarlo para por la tarde.

–Mañana necesitaremos todo el día.

Así dispondría de un día entero para

convencer a Portia de que se quedara en

Denver más tiempo.

Capítulo Cuatro

Al día siguiente, a Portia le asaltaron

las dudas. Para empezar, se había

enterado de que iban a ir a Beckś Lodge

en avión privado cuando Cooper paró el

coche cerca de una pista de aterrizaje

privada. Cooper había alquilado un

avión para que les llevara a Salt Lake

City. Desde allí habían pasado una hora

en

coche

atravesando

colinas

y

montañas antes de tomar un camino que

se abría paso entre una nieve tan blanca

que la tenía completamente cegada.

No había tráfico. Parecían estar

cruzando un territorio deshabitado.

De repente, al doblar una curva, el

viejo hotel apareció a la vista, rodeado

de bosque.

–¡Madre

mía!

–exclamó

Portia

boquiabierta.

Cooper sonrió burlón.

–Sí. Es un edificio impresionante,

¿verdad?

Cooper paró el coche delante del

hotel.

–Venga, vamos a echarle un vistazo –

dijo Cooper saliendo del coche.

Portia se bajó del vehículo y le siguió

hasta la puerta principal.

–¿No tenemos que esperar a que

venga el agente inmobiliario? –preguntó

ella.

–No. Hoy por la mañana he hablado

con el vendedor y con los dueños para

decirles que veníamos. Soy la única

persona interesada en la propiedad, así

que no han puesto ninguna objeción.

Vendrá luego, pero, de momento,

estamos solos.

Portia contempló el edificio con

admiración.

Era

impresionante

e

indescriptible.

Era una especie de monumento

construido con enormes troncos de

madera y piedras de río, algunas

gigantescas. Una construcción de tres

plantas de un ego y un orgullo

desmedidos.

–No me habías dicho que era Bear

Creek Lodge –murmuró ella con la

respiración entrecortada.

Cooper indicó la señal al lado del

camino. Era una señal de madera falsa

con letras pintadas en amarillo. La señal

rezaba: «Beckś Lodge, negocio familiar

desde mil novecientos cuarenta y ocho».

–Beckś Lodge, no Bear Creek Lodge

–le corrigió Cooper.

–¿No conoces la historia de esta

casa?

–Lo único que sé es que tiene la

mejor nieve polvo de toda la montaña.

Sé que por aquí cerca no hay nada tan

perfecto. Eso es lo único importante

para mí.

–Pero ¿no sabes nada acerca de esta

casa?

–No –Cooper la miró con sorpresa–.

¿Y tú?

–Sí, naturalmente que sí –Portia hizo

un gesto de exasperación–. ¿Quieres

comprar esta propiedad y transformarlo

en un hotel de lujo sin conocer su

historia?

Portia se echó a reír. Aquella

propiedad era famosa en ciertos

círculos.

–Un autor americano llamado Jack

Wallace se hizo famoso con sus novelas

de aventuras del Lejano Oeste durante la

época de la fiebre del oro a finales del

siglo XIX y principios del XX.

–Sé quién es Jack Wallace, gracias –

dijo Cooper irónicamente.

–En ese caso, sabes lo famoso que

era. ¿Te hicieron leer en la escuela su

novela Lost at Bear Creek? Se hizo muy

famoso y ganó muchísimo dinero. Y

compró miles de hectáreas de terreno y

en mil novecientos diez construyó una

casa enorme

–¿Esta?

–No, no esta. Pero espera –Portia le

miró, sorprendida de que pareciera

realmente interesado. Ella era una

aficionada a la historia, también leía

mucho sobre arquitectura antigua. No

había

mucha

gente

que

quisiera

escucharla, pero Cooper mostraba

auténtico interés–. Terminaron la casa en

mil novecientos veintitrés, pero se

quemó dos semanas antes del día en que

él y su mujer tenían previsto trasladarse.

Pero Wallace se negó a darse por

vencido y mandó que volvieran a

construirla. El resultado fue Bear Creek

Lodge. Wallace donó las ruinas de la

casa original, la que se quemó, y están

en el parque nacional. Pero cuando

terminó la segunda, ya estaba muy

enfermo del hígado un mes después de

irse a vivir ahí. Sus hijos la heredaron,

pero no pudieron mantenerla porque no

podían pagar los impuestos. Al final,

acabaron subastándola para pagar los

impuestos que debían. Supongo que fue

entonces cuando el matrimonio Beck la

compró.

Mientras hablaba, Portia se había

estado fijando en todos y cada uno de

los detalles de la construcción. Era una

locura de edificio, pero hermoso, que

exhibía la influencia del movimiento

Arts and Crafts. En la montaña, la casa

parecía elevarse como un antiguo

santuario. Era una maravilla, a pesar de

su estado ruinoso, a pesar de los años, a

pesar de los esfuerzos del matrimonio

Beck por hacerla más luminosa con

pintura amarilla y flores de plástico.

En cierto modo, le recordaba a

Cooper:

sólida,

obstinada

y

profundamente enraizada en su entorno.

Era un sueño. Era un edificio indomable,

como Cooper.

Él podía creer que le gustaba aquel

lugar por la «perfecta nieve polvo»,

pero ella sabía que había algo más.

Sabía que, de una manera u otra, Cooper

sentía una especie de lazo de unión con

esa casa.

–¿Cómo sabes todo esto? –preguntó

Cooper.

–Asistí a una clase de arquitectura

americana. Estudié arquitectura durante

tres semestres.

–¿Por qué lo dejaste?

Portia le sonrió antes de comenzar a

subir los escalones de la entrada.

–Porque ya no se construyen casas

así.

El entusiasmo de Portia le había

sorprendido, y no parecía encajar con la

idea que tenía de ella. A veces le

parecía que había dos Portias, o quizá

más. Estaba la Portia fría y sofisticada

que había estado casada con Dalton.

Pero bajo esa fachada se vislumbraba

otra Portia, una mucho más divertida.

–Te das cuenta de que es un edificio

espantoso, ¿verdad?

Portia lanzó chispas por los ojos.

–No, es bellísimo. A ti te ciega la

nieve.

–Dentro es muy vieja y muy oscura.

–¿Quieres disuadirme de que te

ayude?

–Solo quiero que comprendas que mi

intención es convertir esto en un hotel de

lujo, no en un monumento a Bear Lodge.

–Bear Creek Lodge –le corrigió ella

sin dejar de pasear la mirada por el

exterior del edificio.

Al entrar en el interior de la casa,

Portia pareció quedarse sin respiración.

–¡Oh, Dios mío! –la oyó exclamar.

Se encontraban en un gran vestíbulo

de techo extraordinariamente alto, unos

dos pisos. Había un mostrador de

recepción con la superficie de formica.

En un extremo de la sala había una

chimenea de piedra; al otro lado, una

escalinata subía al segundo piso. En la

casa había doce habitaciones para

huéspedes.

El edificio estaba destrozado, pero

era sumamente grande y apropiado para

ser un hotel. No obstante, ¿qué opinión

le merecería a Portia? ¿Qué les

parecería a los inversores que ella

quería llevar allí? Verían más allá de la

formica y de la pintura amarilla.

–Será necesario vaciar el interior y…

Portia giró sobre sus talones y le dio

un golpe en el brazo.

–Ni se te ocurra tocar nada sin mi

permiso.

Cooper se frotó el brazo.

–Eh, me has hecho daño.

–Excepto la mesa de recepción.

Cuando compres esto, lo primero que

tienes que hacer es sacarla de aquí.

–Eso será si conseguimos convencer a

los de la junta de comprar la propiedad.

–Eso ya no me preocupa –el brillo

que asomaba a los ojos de Portia era

casi maníaco–. Vamos a dejarles tontos.

¿Y sabes por qué?

–Supongo que no es por la nieve

polvo –comentó él.

–No, no es por eso, aunque también

cuenta. Yo me voy a dedicar a venderles

historia, algo a lo que los hombres de

negocios no pueden resistirse. Apuesto a

que la mitad de los miembros de la junta

y de los inversores han leído los libros

de Jack Wallace.

–Es posible que sobrestimes la

inteligencia de esos tipos.

Portia esbozó una sonrisa.

–Quizá. Pero en cualquier caso, los

libros de Jack Wallace reflejan lo que

era vivir en América antaño. Nuestra

tarea es recordarles que el deporte de la

tabla de nieve forma parte de la

tradición de esta nación.

–Sabes que a los profesionales de

este deporte no les importa nada de eso,

¿verdad?

–Tú ocúpate de los deportistas que ya

me encargo yo de los que tienen el

dinero –Portia se fijó en la alfombra–.

¿Has visto qué hay debajo de la

alfombra?

–No.

–Debe ser madera noble. Dime,

¿cuántas habitaciones hay arriba?

–Las habitaciones de la familia están

en el tercer piso, lo que antes eran las

habitaciones del servicio. En el segundo

piso hay nueve dormitorios, y tres

cuartos de baño. Hay veinte cabañas…

–Eso da igual. Este sitio es perfecto.

–Es una auténtica ruina.

–No, es una maravilla.

–Es oscuro y lóbrego.

–Eso tiene arreglo –Portia se volvió

de cara a él–. Supongo que les habrás

dicho a los dueños que quieres

alquilarles la casa un fin de semana,

¿verdad?

–Sí. Lo he hecho esta mañana.

–¿Y nos dejarán hacer unos arreglos

superficiales?

–Han dicho que si lo pagamos de

nuestro bolsillo podemos hacer lo que

queramos.

–¿Vas a pagarlo de tu bolsillo? –le

preguntó ella.

–Si no me queda más remedio…

–¿Crees que podría convencerte de

retirar la alfombra y hacer que pulieran

el suelo?

–Ya me has convencido –respondió él

con una sonrisa.

–Si nos deshacemos de la alfombra,

de las cortinas y de la formica, este sitio

parecerá otro. En cuatro semanas no lo

reconocerás.

–¿En cuatro semanas?

–¿Crees que podría hacerlo en

menos? –preguntó ella escandalizada.

Cooper lanzó un suspiro mientras

hacía números mentalmente. En cuatro

semanas sería finales de marzo. La nieve

todavía estaría en buen estado. Además,

no podría conseguir en menos de ese

tiempo organizar la prueba de tabla de

nieve.

–Está bien, cuatro semanas. Y espero

milagros.

–Yo no hago milagros. Será más bien

una puesta en escena y tendremos que

hablar con los Beck para que nos den

permiso.

–El matrimonio Beck ya es muy

mayor. Lo único que sus hijos quieren es

vender la propiedad. No creo que

pongan objeciones.

–No

me

extraña

que

estén

desesperados. Bear Creek Lodge tiene

fama de causar la ruina a todo el mundo

y de ser un fracaso –comentó Portia, que

se dirigió al centro de la estancia y miró

al techo antes de volver a mirarle a él–.

¿Y tenemos esto para nosotros solos?

–Exacto.

–En ese caso, me voy a investigar.

Y antes de que Cooper pudiera

detenerla, Portia se lanzó escaleras

arriba.

Cinco horas después estaban en

Provo, cenando en un restaurante. Portia

tenía tres cuadernos abiertos en la mesa;

por suerte, tenía más en la bolsa de

viaje. En cada cuaderno había hecho una

lista con las cosas que tenía que hacer.

Cooper estaba al otro lado de la mesa

con su iPad. Ya había terminado su

hamburguesa y la tarta.

Portia volvió una página del cuaderno

y se quedó boquiabierta al ver cómo

había aumentado la lista.

–Bien, tú eres el encargado de invitar

a los deportistas, así que yo no tengo

nada que ver con eso.

–Exacto –contestó Cooper–. Lo

primero que haré mañana por la mañana

es decirle a Jane que se encargue de eso.

–Me parece bien que Jane se encargue

de organizarles los viajes, pero eres tú

quien deberías llamarles e invitarles,

como vas a hacer con los inversores.

–¿Yo?

–Sí, claro.

–¿Es necesario?

–Sí –Portia sonrió–. Después de años

lanzándote por montañas nevadas con

una tabla, ¿vas a decirme que te asustan

unos cuantos inversores? Además, solo

te voy a obligar a llamar a los que ya

conoces. Yo me encargaré de llamar a

los que conozco personalmente antes de

enviar las invitaciones.

–¿A los que tú conoces?

–Naturalmente. Y también conozco a

gente del sector inmobiliario. Por eso

quieres que te ayude, ¿no? –Portia pasó

un par de hojas más del cuaderno; luego,

lo empujó hacia Cooper, dándole la

vuelta–. Mira, no es tan grave. Solo

tienes que llamar a los que están

marcados con una estrella roja. A todos

ellos los conoces. Les llamas por

teléfono para saludarles y luego, como

si se te acabara de ocurrir, les

mencionas lo de la exhibición de tabla

de nieve. Por supuesto, sin mencionar

que quieres que inviertan en el negocio

ni nada de eso.

Cooper examinó la hoja del cuaderno

un momento y después alzó el rostro,

sonriendo.

–Lo siento, pero no entiendo tu letra.

Portia sintió un cosquilleo en el

estómago. Era muy fácil dejarse seducir

por el encanto de Cooper. Fácil y

peligroso. Apartó los ojos de él y los

clavó en el cuaderno.

–Te entiendo, no eres el primero que

me dice que no hay quien lea lo que

escribo.

La mesa era demasiado ancha para

poder alcanzar cómodamente el otro

lado, por lo que Portia se corrió en el

asiento semicircular para acercarse a él.

Miró la página y reconoció que era un

complicado

esquema

que

había

esbozado mientras se le iban ocurriendo

ideas.

–Mira, aquí estamos tú y yo, en este

lado de la hoja –explicó Portia–. Como

dijiste que Matt Ballard y Drew Davis

habían votado a favor del proyecto,

también los he colocado en este lado.

Por cierto, ya los has llamado, ¿no?

¿Podrán venir?

–Sí. Han dicho que sí.

–Estupendo. Estoy deseando conocer

a Drew Davis.

–¡Vaya, otra fan de Drew Davis! –

exclamó Cooper con cierto desagrado.

–¡Pues claro! –respondió Portia con

entusiasmo–. Me encantó en la entrevista

que le hizo Anderson Cooper después de

su visita a la Casa Blanca. Es un tipo

muy listo.

–¿Estamos hablando del mismo Drew

Davis?

–¿Drew Davis el ecologista?

–Drew Davis el especialista en tabla

de nieve.

–Ah, bueno, sí… supongo que empezó

con el deporte de la tabla de nieve.

–¿Que empezó…? –Cooper lanzó un

bufido–. Drew Davis es el especialista

de ese deporte más importante de su

generación. Casi se podría decir que fue

él quien lo introdujo en Estados

Unidos…

–Eh,

tranquilízate

–Portia,

sorprendida, le miró. Cooper parecía

ofendido. Le dio, en broma, un golpe en

el brazo con el hombro–. Lo que pasa es

que yo lo conozco más por su magnífico

trabajo en cuestiones de conservación

de los espacios naturales y, en

particular, de las zonas en las que se

practican deportes de nieve.

Cooper aún fruncía el ceño al

responder:

–¿Sabías que el noventa y cinco por

ciento de los materiales con los que

estaba hecha la primera tabla de nieve

que mi empresa sacó al mercado eran

materiales reciclados?

Portia frunció el ceño porque Cooper

aún parecía molesto. Casi celoso.

–No, no lo sabía. Y perdona si te he

ofendido –Portia le puso la mano en el

brazo y se lo frotó.

Había sido un gesto cariñoso, nada

más. Pero en el momento de tocar a

Cooper, sintió su fuerza. ¿Estaba tenso o

sus músculos eran así… de acero? Y

tenía los brazos enormes. Gigantescos,

en comparación con los suyos. Siempre

se había considerado una mujer fuerte:

más alta que la media, casi un metro

setenta y cinco, y de constitución

atlética. Pero se sintió diminuta al lado

de Cooper.

Fue entonces cuando, de repente, notó

que

aún

seguía

tocándole,

que

continuaba frotándole con la mano. Y,

sin saber cómo, los dos parecían haber

dejado de respirar.

Quizá fuera una suerte, porque aun sin

respirar, podía oler el jabón en él. Era

un aroma fresco, un aroma a madera, y

le entraron ganas de acariciarle la

garganta con la nariz.

Lo mejor que podía hacer era

desmayarse. De ese modo, le valdría

como

excusa

por

su

extraño

comportamiento. Esperó unos segundos

a ver si perdía el conocimiento.

–Portia… –comenzó a decir Cooper,

con voz inesperadamente ronca.

Pero ella se lanzó a explicar sus

anotaciones, sin darle tiempo a acabar la

frase. Habló con rapidez, para evitar la

posibilidad de la cortase.

–Y en este lado tenemos a los nueve

miembros de la junta que votaron contra

el proyecto. En estos círculos junto a sus

nombres

aparecen

otros

intereses

comerciales

que

tienen:

negocios,

empresas, obras de beneficencia…

Portia se interrumpió para respirar.

–Portia…

De nuevo, ella solo le permitió

pronunciar una palabra solamente.

–Aquí está Robertson, el primero de

la lista. Dijiste que era el más contrario

a tu proyecto. Bien, Robertson tiene

intereses comerciales con March, los

grandes

almacenes;

también

con

Bermuda Bobś y con Mercury Shoes.

Está en la junta directiva de estas tres

empresas. Y también debe tener algo que

ver con la fundación Hodges, porque las

donaciones que le hace son importantes.

La cuestión es invitar a un conocido que

también sea conocido de Robertson,

porque no vamos a invitar a Robertson.

Lo que queremos es invitar a una o

varias

personas

que

conozcan

a

Robertson y que, después del fin de

semana aquí, se pongan en contacto con

él y le digan que vas a hacer esto tú solo

y que va a ser un éxito. Por eso tenemos

que…

–¿Cómo has averiguado todo esto? –

preguntó Cooper.

–Internet y unas cuantas llamadas

telefónicas. Pero, sobre todo, Internet.

–Es un poco preocupante.

–¿Y eso lo dice un hombre que

aparece constantemente en Internet?

–¿Has

estado

investigándome

también?

–Naturalmente. Por cierto, has tenido

una juventud muy activa. El escándalo

con esa modelo sueca y las fotografías

cuando

te

otorgaron

la

medalla

olímpica…

Cooper lanzó un gruñido.

–Fue mucho menos de lo que parece.

–Recibiste un buen rapapolvo del

Comité Olímpico. A mí me parece que

es bastante.

–Y yo creo que se toman lo de las

medallas demasiado en serio.

–Es posible.

Apenas había prestado atención al

incidente

cuando

ocurrió

porque

acababa de tener un aborto natural. Pero

leer los cotilleos de una década había

sido revelador. Por la vida de Cooper

habían desfilado cantidades de modelos,

cada una más hermosa y perfecta que la

anterior.

El Cooper que ella conocía no se

parecía gran cosa al mujeriego que

describía la prensa. En cualquier caso,

ella no debía rendirse a sus encantos.

Además, ella no era su tipo. A Cooper le

gustaban las modelos suecas que se

bañaban en una fuente pública con una

medalla olímpica colgada al cuello y

completamente desnudas.

Pero eso a ella le daba igual. La vida

amorosa de Cooper… En fin, ella solo

quería ayudar, nada más.

–Por cierto, y no te lo tomes a mal,

pero…

–¿Qué? –preguntó Cooper.

–Bueno, la cuestión es… –Portia

pinchó la tarta de chocolate con el

tenedor.

–¿Sí?

Maldición. Se estaba comportando

como una tonta. Dejó el tenedor y giró

ligeramente en el asiento con el fin de

mirar a Cooper a los ojos.

–Que

eso

podría

acarrearte

problemas. Me refiero a lo de la

medalla olímpica, a las modelos, a las

fiestas…

–No salgo con tantas modelos y no

voy a fiestas. La verdad es que nunca fui

a tantas fiestas como han dicho. Eso es

cosa de los medios de comunicación, les

gustan los chicos malos.

–Justamente. No pasa nada tratándose

de un deportista, ni siquiera importa

mucho tratándose del director ejecutivo

de Flight+Risk. Pero para este negocio

del hotel hay que dar una imagen más

seria, de más alto nivel.

Cooper la miró fijamente.

–Sí. Para eso estás tú aquí.

–No, no me refiero a… –¿acaso

Cooper

no

podía

entender

la

indirecta?–. Bien, digamos que yo sé

preparar un fin de semana de alto nivel

encargándome de la lista de invitados, la

comida, etc. Pero de nada servirá todo

eso si ese fin de semana apareces tú con

una modelo sueca del brazo.

–A ver si lo he entendido. ¿Crees que

soy incapaz de pasar un fin de semana

entero sin bajarme la cremallera de los

pantalones? ¿Crees que sería capaz de

aparecer con una modelo y estropearlo

todo?

–Bueno, digamos que tienes fama de

mujeriego. Y, además, no estoy hablando

solo del fin de semana. Si quieres sacar

tu proyecto adelante vas a tener que

mostrar un comportamiento intachable –

estaba hablándole como una madre–.

Todo el mes. De ahora hasta el día en

que tu proyecto se someta a una nueva

votación nada de modelos, nada de

escándalos, nada de nada.

–Así que no solo el fin de semana,

¿eh? –Cooper adoptó una expresión muy

seria y ella se dio cuenta de que estaba

de broma–. No sé si podré hacerlo.

¿Nada de escándalos? ¿Nada de

modelos?

–Tómatelo a broma si quieres, pero

tenía que decírtelo. No tendría sentido

preparar todo este montaje para que tú

lo estropeases en el último momento.

–¿En serio me consideras tan frívolo?

Capítulo Cinco

Cooper la miró fijamente y ella

contuvo

la

respiración.

Era