El acuerdo por Emilia K. - muestra HTML

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increíblemente guapo. Se había roto la

nariz en el pasado y eso le había dejado

un pequeño bulto. También tenía una

pequeña cicatriz debajo del ojo derecho

y otra algo mayor en la mejilla. Su

rostro indicaba que había vivido. A la

intemperie. Como si su personalidad

fuera afín a las montañas que le habían

dejado esas cicatrices.

De repente, apenas pudo contener las

ganas de acariciarle el rostro.

¡Cielos, se le había quedado mirando!

Se había inclinado sobre él y le miraba

fijamente.

Se apartó de él y se acercó el

cuaderno.

–Está bien. Lo intentaré –dijo Cooper.

–Es preciso que te tomes en serio lo

que te he dicho –insistió ella.

–Portia, te aseguro que puedo pasar

unas semanas sin bajarme la cremallera.

Y todo eso de la modelo y la medalla

olímpica no es más que…

–Que parte de tu imagen de chico

malo. Lo entiendo.

–No, no lo entiendes –Cooper suspiró

y se pasó una mano por el cabello–.

Solía

hacer

esas

cosas

intencionadamente, era mi forma de

rebelarme contra Hollister y todos esos

cretinos ricos que pensaban que yo no

valía nada porque era pobre. Reconozco

que mi comportamiento era estúpido e

inmaduro, pero también es verdad que

solo tenía veintidós años. Pero no he

salido con ninguna modelo desde los

veinticinco. Ya no hago estas tonterías.

Portia se lo quedó mirando un

momento sin decir nada. Cooper se

había quitado la máscara de playboy

irresistible, mostrando el hombre que

había detrás de esa máscara. Su

intensidad. Su tesón. Su valor.

Ella conocía muy bien, mejor que la

mayoría, a esos cretinos ricos que

sabían cómo humillar a una persona.

¿No era eso lo que ella llevaba evitando

toda la vida? ¿No lo sabía desde su más

tierna infancia? Si uno agachaba la

cabeza y hacía lo que hacían los demás,

quizá conseguiría sobrevivir. Si uno

destacaba,

las

fieras

acabarían

devorándolo.

–Perdona –dijo Portia–. No es que te

estuviera juzgando.

–Sé que has venido para eso –Cooper

volvió a suspirar–. Si tengo fama de

playboy irresponsable sé que es culpa

mía. Lo que quiero es que te des cuenta

de que no soy así. Al menos, ya no.

Cuando

era

más

joven,

sí,

me

comportaba como un imbécil. Recibir

una medalla olímpica es un honor y

debería haber sido más respetuoso.

–No tienes que darme explicaciones.

Pero Cooper la ignoró.

–Me acosté con esa modelo, aunque

apenas la conocía. Ella me quitó la

medalla y se hizo esas fotos, pero yo ni

siquiera estaba allí. Me enteré al ver las

fotos en Internet después de que los del

Comité Olímpico me llamaran.

–En serio, Cooper, eso no es asunto

mío.

–Pero yo quiero que lo sepas.

–Está bien, pero yo también quiero

que sepas que no tienes por qué

justificarte conmigo.

Cooper, entonces, sonrió, pero Portia

vio que era una sonrisa triste. Y cuando

Cooper

cambió

de

tema

de

conversación, ella no protestó.

–En mi opinión, hay un problema con

ese plan de abstinencia al que quieres

que me someta.

–¿Qué problema?

–Que vamos a pasar juntos mucho

tiempo.

A Portia, de repente, el corazón

comenzó

a

latirle

a

un

ritmo

desenfrenado.

–¿Y?

–Si vamos a estar juntos todo el

tiempo y tú haces de anfitriona el fin de

semana de la fiesta, la gente va a

suponer que tenemos relaciones. Van a

hablar de ti.

–¿Qué? –¿era eso lo que preocupaba

a Cooper?

–Tienes una excelente reputación –

declaró Cooper objetivamente–. No

quiero que tu asociación conmigo te

cause problemas. Así que si te

preocupa…

–Espera un momento. ¿Quieres decir

que te preocupa mi reputación?

–Claro. Una chica bien como tú puede

que no quiera que la vean con un chico

como yo.

–Ya, entiendo –¿por qué tenía tan

mala suerte?

Y ella que había estado pensando que

Cooper la encontraba irresistible.

Una chica bien. Eso era lo que

siempre había sido. Mientras a sus

compañeras de colegio les salían pechos

y se ponían tacones altos, ella seguía

casi lisa por delante y llevaba zapatos

planos. Por eso la habían elegido para

organizar el baile del colegio, pero sin

que ningún chico la invitara al baile.

Y ahora, después de los años, seguía

siendo una chica bien. Aunque, también

con los años, había ganado fama de fría

y distante. Y en cuanto a su vida

amorosa, nada, cero.

Tiró del cuaderno hacia sí y lo cerró

bruscamente.

–No estoy preocupada.

–Pues yo sí –dijo él–. La gente va a…

–La gente no va a pensar eso –no

estaba dispuesta a confesar en voz alta

que sabía que era imposible que él la

deseara–. Nadie en su sano juicio va a

pensar que estamos juntos.

–¿Por qué? –preguntó él–. ¿Porque yo

nunca podría merecerte?

Portia lanzó un suspiro. Quiso mostrar

indiferencia, pero se mostró abatida.

–No por eso, sino porque soy una

chica demasiado bien. Es decir,

demasiado sosa para llamar la atención

de un tipo como tú.

Cooper se recostó en el respaldo del

asiento y la miró fijamente.

–¿Un tipo como yo?

–Sí, como tú. Tienes fama de

irresistible.

–Yo no tengo fama de…

–Treinta y cuatro mil referencias de ti

en Internet. Eso es ser famoso. Nadie en

su sano juicio podría creer que yo te

intereso.

–¿Piensas

que

no

podrías

interesarme?

Portia se encogió de hombros. Se

sentía muy incómoda. Cooper debía

pensar que era la mujer más insegura

que había conocido en su vida.

–Portia, eres hermosa, inteligente y

rica.

Ella enderezó la espalda.

–No me gusta que me halaguen por

pena. Soy una persona realista.

–Y yo. Por eso he dicho lo que he

dicho.

–De acuerdo, entonces sé también

honesto. Cierra los ojos un segundo.

–¿Qué?

–Cierra los ojos –Portia esperó a que

Cooper los cerrara–. Y ahora, piensa en

la primera vez que nos vimos. ¿Qué

pensaste de mí?

–Portia, esto…

–No, sé honesto y dime lo que

pensaste.

Cooper abrió los ojos.

–Esto es una tontería. No voy a

prestarme a estos juegos.

–Te

lo

pido

por

favor.

Era

Nochebuena. Caro había preparado una

cena en familia. Tú viniste en avión

desde Colorado. ¿Te acuerdas?

Cooper apretó la mandíbula. Por fin,

respondió:

–No me acuerdo.

–¿No te acuerdas de aquella cena de

Nochebuena? –insistió Portia.

–No me acuerdo de haberte visto

aquella noche.

Portia asintió.

–¿Lo ves? Lo sabía.

–¿Cómo que lo sabías?

–Bueno, no podía poner la mano en el

fuego, pero cuando volvimos a vernos al

verano siguiente no te acordabas de mí.

Eso es lo que nos pasa a las chicas

como yo, nadie se fija en nosotras. No

somos interesantes.

–O sea, que, en tu opinión, es

imposible que me atraigas porque no

consigues que la gente se fije en ti

cuando te conoce. Es eso, ¿no?

Cooper bebió un sorbo de café y

observó a Portia por encima del borde

de la taza. ¿Era posible que Portia, una

de las mujeres más hermosas que había

conocido, se infravalorara? Portia era

preciosa. Más importante aún, era

inteligente, divertida y extravagante. Y

apasionada.

Cooper sacudió la cabeza.

–No, eso es imposible.

–¿El qué? –preguntó ella algo

ofendida.

–No te creo. Te aseguro que ningún

hombre que se precie de serlo…

Portia se encogió de hombros.

–Te equivocas. Hay algo en mí que no

gusta a los hombres. Ninguno se me

insinúa –Portia ladeó la cabeza,

pensativa–. Quizá sea por mi nombre.

–¿Tu nombre?

–Sí. Portia. Es un nombre de chica

rica y aburrida, ¿no te parece? Me

habría gustado que mis padres me

llamara Polly o Paige. O Peggy.

–Tú no eres una Peggy –declaró

Cooper con desagrado–. Peyton, quizás,

pero no Peggy.

–¿Es que no lo entiendes? Una Peggy

es una mujer a la que un hombre puede

invitarle a tomar una copa en un bar. Una

Peggy es divertida.

–Peggy es de otra generación. Y si es

divertida es porque los hombres de mi

edad esperan de ella que haga pasteles,

no porque quieran salir con ella.

Portia pareció hundirse en el asiento,

claramente incapaz de refutar su

argumento.

–Portia no tiene nada de malo.

–Pero…

–Está bien, supongamos que tu

nombre intimida a algunos hombres. En

ese caso, un hombre que se sienta

intimidado por tu nombre es un imbécil.

Además, hay otras cosas que no pareces

considerar.

–¿Como

qué?

–preguntó

ella

frunciendo el ceño.

–Para empezar, solo has hablado de la

primera impresión que causas en la

gente.

–¿Y?

–Hace ya diez años que te conozco,

Portia, así que conmigo no estamos

hablando ya de la primera impresión. Te

he visto boca abajo con el vestido de

novia. Te he visto enfrentarte a Hollister

y a Caro respecto a asuntos que para ti

eran importantes. He bailado contigo en

fiestas. E incluso te he visto ponerte

poética hablando de edificios antiguos.

–¿Y qué? –Portia arqueó las cejas.

–Que te conozco mejor de lo que

crees. Y sé que no eres la niñata rica

mimada que piensas que implica tu

nombre. En definitiva, que no me

engañas. Sé cómo eres.

Portia pareció desconcertada, pero

sonrió.

–No es a ti a quien trato de engañar,

sino a los de la junta y a los posibles

inversores, no lo olvides. Y lo que

piensen de mí carece de importancia. Lo

que realmente importa es lo que piensen

de Bear Creek Lodge y, sobre todo, de

ti.

–No. Estábamos hablando de si a ti no

te iba a molestar que pensaran que

estábamos juntos –Portia abrió la boca

para protestar, pero él continuó,

impidiéndoselo–. Por favor, olvida un

momento que somos muy diferentes, y

también olvídate de tu nombre y de tu

estatus. Y, por un momento, supón que

tengo razón y que cualquiera que nos

viera juntos pensaría que soy un idiota si

no hiciera lo que estuviera en mi mano

para hacer que te acostaras conmigo.

–Está bien –contestó Portia tras una

breve vacilación.

–Dime, ¿no te va a molestar que la

gente piense eso?

Portia meditó un minuto y luego se

encogió de hombros.

–No. Se han dicho cosas peores de

mí.

Cooper iba a preguntarle qué quería

decir con eso cuando la camarera se

acercó a la mesa.

–¿Necesitan algo más? Porque estoy a

punto de marcharme, se ha acabado mi

turno.

–No, muchas gracias –respondió

Cooper.

Cooper le dio un par de billetes a la

camarera y no se molestó en esperar a

que le llevaran el cambio.

De vuelta en el hotel, tras un largo

trayecto en el que Portia no había dejado

de enumerar una larga lista de cosas que

tenían que hacer, Cooper le preguntó:

–¿Qué opinas? ¿Tenemos todo lo que

necesitamos?

Portia sacó del bolso la llave de su

habitación y volvió a mirar las

anotaciones.

–Sí… Sí, creo que podemos empezar

–se

la

veía

encantadoramente

ruborizada–. Todavía me queda acabar

la lista de los invitados, te la entregaré

mañana. También necesitaré encontrar

un sitio para hospedarme en Provo. Y

quizá necesite un chófer, no se me da

bien conducir por carreteras nevadas. A

parte de eso…

Cooper le puso un dedo en la barbilla

y le obligó a levantar el rostro.

–Un

sitio

para

quedarte,

un

conductor… lo que quieras. Pero no me

refería a eso.

–Ah –Portia cerró el cuaderno

despacio, sin bajar los ojos–. ¿A qué te

referías entonces?

–A nosotros. Eso de que los hombres

no te encuentran atractiva es una

tontería. Eres una preciosidad. Y si

Dalton no te hizo sentir irresistible todos

y cada uno de los días que vivió contigo,

es su problema.

Portia sonrió.

–Gracias, pero…

–Espera, no he terminado. Quiero que

sepas que no soy un buen tipo: soy

egoísta, soy duro y no soy generoso.

Cuando dono dinero a una obra de

beneficencia lo hago porque desgrava.

Cuando ayudo a alguien lo hago porque

pienso que, en el futuro, quizá pueda

ayudarme a mí.

Portia frunció el ceño.

–Ah –parecía confusa.

Cooper cerró la distancia que les

separaba y tiró de ella hacia sí. Sin

darle tiempo a protestar, le apretó los

labios contra los suyos. La sintió

ponerse tensa, pero no se le resistió. Ni

un segundo.

Entonces, poco a poco, Portia subió

los brazos para rodearle el cuello y

abrió los labios.

En cuanto a él, llevaba esperando ese

momento diez años. En el instante en que

la sintió relajarse, profundizó el beso.

Le introdujo la lengua en la boca y la

saboreó. Portia sabía a dulce, pero

también a algo más, a algo oscuro.

Portia dejó caer el bolso al suelo y él,

instintivamente,

la

empujó

hasta

colocarla de espaldas a la puerta,

arqueándose hacia él, buscándolo con la

misma desesperación que él sentía.

Portia tenía curvas bien delineadas y

sensuales, pero no en exceso. Poseía un

cuerpo esbelto y musculoso, pero

femenino. Y había mucha pasión

contenida en ella.

Pero aún estaban en el pasillo del

hotel, delante de la puerta de la

habitación de ella. Demasiado lejos de

la cama. Y aunque él no tenía problemas

en acostarse con ella inmediatamente,

sabía que Portia no estaba preparada

para ello.

Por eso, se apartó de Portia y dio un

paso atrás.

Portia le miraba fijamente con ojos

grandes y expresión de sorpresa.

–¿A qué se ha debido eso?

–Era solo para que lo supieras.

–¿Para que supiera qué?

–Lo mucho que te deseo.

–¿Que me deseas? ¿A mí?

–Sí. Y voy a hacer lo que esté en mis

manos para conseguir que tú también me

desees. Sé que no estás preparada, pero

soy un hombre paciente y esperaré. Solo

quería que supieras lo que pasa.

Ella había agrandado más los ojos y

él no pudo evitar acercársele una vez

más. No la besó, se limitó a acariciarle

los labios con la yema del pulgar.

–No lo olvides, no soy una buena

persona. Lo que quiero es acostarme

contigo, lo quiero desde que te vi boca

abajo con el vestido de novia. Y estoy

cansado de esperar.

En el hotel, Portia pasó varios

minutos tratando de asimilar las

palabras de Cooper.

¿Cooper Larson la deseaba?

¿Y qué se suponía que ella debía

hacer ahora? ¿Cómo iba a poder trabajar

con él durante un mes sabiendo que la

deseaba?

¿Cómo

iba

a

poder

concentrarse en su trabajo cuando sabía

que no iba a poder pensar en otra cosa

que no fuera el beso que él le había

dado? ¿Desde hacía cuánto no estaba tan

excitada?

Maldito Cooper por hacerla sentirse

así.

Con decisión, Portia agarró la llave

de la habitación y salió. Pasó tres

minutos aporreando la puerta de Cooper

hasta que él la abrió.

Cooper, con una toalla atada a la

cintura, estaba chorreando agua.

–¿Quieres explicarme a qué ha venido

todo eso?

–Ha sido solo una advertencia –

sonrió travieso.

–¿Y quieres decirme cómo voy a

trabajar

contigo

ahora?

¿Cómo

demonios voy a hacer mi trabajo

sabiendo

que

quieres

acostarte

conmigo?

De

repente,

Cooper

pareció

preocupado.

–¿Me acusas de acoso sexual? Te

aseguro que mi intención no ha sido…

–No, eso ya lo sé. Y no eres mi jefe.

No me refería a mi trabajo en ese

sentido. Me refería a… –Portia miró a

su alrededor y se dio cuenta de que

había entrado en la habitación de él–.

¿Qué esperabas conseguir diciéndome

eso? ¿Creías que, al decírmelo, iba a

arrojarme a tus brazos?

Portia clavó los ojos en la toalla, en

el pecho desnudo de Cooper…

–No, claro que no –protestó Cooper.

–Porque yo no haría semejante

tontería. Yo no hago ese tipo de cosas. Y

hacerlo ahora sería una estupidez.

–Sí, completamente de acuerdo –pero

los irresistibles labios de Cooper

dibujaron una sonrisa y su voz se había

tornado más ronca.

Hacía mucho que Portia no se

acostaba con un hombre, y mucho más

desde que no se sentía atractiva,

deseada.

Y así era como Cooper la hacía

sentir: deseable e irresistible.

Y antes de ser consciente de lo que

hacía, se acercó a Cooper y le abrazó.

Se puso de puntillas, se apretó contra él

y ladeó la cabeza para que sus labios se

encontraran.

A Cooper aquello le había tomado

por sorpresa, tanto el abrazo como el

apasionado beso. Después de tanto

hablar de ser una chica bien y aburrida,

suponía que era tímida. También había

imaginado que él iba a tener que ser

quien tomara la iniciativa y seducirla.

Pero resultaba que no.

Se aferró a él mientras le acariciaba

los labios con la lengua. Y él no se hizo

de rogar, abrió la boca y un deseo

estremecedor le sacudió cuando Portia

introdujo la lengua en su boca. Casi

torpemente, sin disimulo ni estudiada

seducción. Era puro deseo. Y estaba allí

porque quería, porque le deseaba.

El hecho de que Portia le deseara le

hizo endurecer con más rapidez de la

que había creído posible, teniendo en

cuenta que acababa de salir de una

ducha gélida.

Cooper se había acostado con muchas

mujeres hermosas, pero aquello era

diferente. Portia era diferente. Portia era

la mujer que llevaba deseando un tercio

de su vida, la mujer a la que se había

creído incapaz de poseer. Portia era el

sueño que le hacía despertar en mitad de

la noche ardiendo de deseo. Y ahora

estaba tirando de la toalla que llevaba

atada a la cintura. Si no la detenía, iba a

eyacular en el momento en que lo tocara.

Pero no podía permitir que eso

ocurriera. Se trataba de su sueño. No iba

a dejarla al mando.

Cooper le agarró por las muñecas,

parándola en seco justo antes de que le

quitara la toalla.

Portia se detuvo y separó el rostro del

de él. Estaba confusa. Todavía, después

de lo que él le había dicho, Portia

dudaba que él la deseara. Incluso

después de la evidencia física de su

deseo, le asaltaban las dudas.

Cooper abrió la boca para hablar.

Quería decirle miles de cosas… y todas

ellas le asustaban. Por eso, en vez de

hablar, la apoyó contra la pared, se pegó

a ella y la besó con pasión. La boca de

Portia sabía a vino y a tarta de cerezas.

No lograba saciarse de ella. Y, durante

un segundo aterrador, pensó que jamás

lograría saciarse de Portia.

Portia era alta, su cuerpo encajaba

con el de él a la perfección. Ella y él.

Besándose.

Ella

revolviéndole

el

cabello

y

él

presionándole

la

entrepierna con el miembro. Hechos el

uno para el otro. Perfección absoluta.

Portia alzó una pierna y le acarició el

muslo con ella. Cooper le deslizó la

mano por debajo del jersey, le cubrió un

seno con la mano y, por encima del

sujetador, le pellizcó el pezón. Portia

echó la cabeza hacia atrás y lanzó un

gemido de placer.

De puntillas, arqueó la espalda. Y

cuando él, agarrándola por las nalgas, la

alzó, ella le rodeó las caderas con las

piernas mientras le acariciaba los

hombros y la espalda.

Cooper contuvo la respiración cuando

Portia, valiéndose de los pies, le quitó

la toalla. Si él estaba desnudo, iba a

asegurarse de que Portia también lo

estuviera.

Cooper se apartó de la pared y, con

ella aún en brazos, la llevó a la cama y

la tumbó. A pesar de lo mucho que

deseaba penetrarla, se contuvo.

La desnudó despacio. Primero le

quitó el jersey y los pantalones. Al verla

casi desnuda su deseo se intensificó. Los

perfectos pechos de Portia estaban

encerrados en un sujetador color rosa

que hacía juego con las bragas.

Portia era absolutamente perfecta y

era su obligación hacérselo saber. Tenía

que saborearla.

Le deslizó las bragas por las caderas,

le abrió las piernas y la besó ahí. La

chupó,

desesperadamente,

hasta

excitarla tanto como lo estaba él.

Entonces, le introdujo un dedo… y otro.

Continuó chupándola mientras ella subía

y

bajaba

las

caderas,

gimiendo,

jadeando y, por fin, gritando. Gritando

su nombre justo antes del orgasmo.

Al oírla pronunciar su nombre Cooper

estuvo a punto de dejarse ir también, a

pesar de que ella no le había tocado.

Pero consiguió contenerse, agarró un

preservativo y entonces la penetró. Por

suerte, Portia aún estaba al borde del

clímax. Los espasmos de los músculos

de su sexo fueron más de lo que pudo

soportar. Tuvo un orgasmo casi al

instante. La voz de ella resonaba en sus

oídos, el nombre de Portia salió de sus

labios.

Cooper

se

despertó

temprano,

satisfecho de saber que, al margen de lo

demás que pudiera ocurrir, el trato que

había hecho con Portia era lo más

inteligente que había hecho en su vida.

Estaba seguro de que el plan de Portia

iba a funcionar. Portia iba a convencer a

los de la junta de que él podía conseguir

inversores al margen de la empresa, lo

que le haría ganarse su apoyo. Iba a

ayudarle a lograr su objetivo. Y, además,

se había acostado con ella.

Habían hecho el amor dos veces

aquella noche y ahora Portia, a su lado,

dormía profundamente.

En vez de despertarla, Cooper se

levantó de la cama, se vistió y salió a

correr. Iba a quemar unas cuantas

calorías y a desayunar antes de que

Portia se despertara. Entonces le

llevaría el desayuno a la cama, café y

cruasanes, y volverían a hacer el amor.

Tenían todo el tiempo del mundo.

Capítulo Seis

Desde el momento en que Portia se

despertó en la cama de Cooper, en

treinta segundos pasó de :«¡Madre mía,

ha sido fantástico!» a: «¡Qué demonios,

me he acostado con Cooper!».

¡Cooper era su cuñado!

Bueno, ya no lo era, pero lo había

sido.

Una no debía acostarse con su

excuñado.

Lo

había

dicho

hasta

Shakespeare en Hamlet. Coquetear,

acostarse o casarse con un excuñado no

era una buena idea.

Y a propósito de Cooper, ¿dónde se

había metido?

Se sentó en la cama y miró a su

alrededor. Nada.

Se levantó, agarró la ropa que estaba

en el suelo, se vistió, salió al pasillo y

se metió en su habitación.

Una vez allí, se dio una ducha y, algo

más tranquila, se preguntó si lo que

había hecho estaba tan mal. Quizá no,

pero era complicado.

Y maravilloso. Porque ningún hombre

la había hecho sentir nunca lo que

Cooper.

Salió de la ducha, se secó y se puso la

primera prenda que sacó de la maleta:

un vestido sencillo color gris. Después,

se peinó sin poder dejar de pensar en

los deleites de la noche anterior.

El sexo con Dalton había sido

satisfactorio, pero con él nunca había

conseguido desinhibirse del todo. Sin

embargo, con Cooper se había sentido

completamente liberada. Había dejado

de ser una chica sosa y se había

convertido en una chica alocada.

Unos

golpes

en

la

puerta

interrumpieron su ensimismamiento.

No

se

sentía

preparada

para

enfrentarse a Cooper, pero tampoco

podía esconderse en su habitación. Sin

embargo, cuando abrió la puerta, no tuvo

tiempo de expresar sus dudas, porque

Cooper, al instante, la tomó en sus

brazos y la besó.

Una ardiente pasión comenzó a

correrle por las venas, disipando sus

reparos. Tras un prolongado momento,

Cooper la soltó.

–He traído cruasanes.

Portia se fijó en la bolsa que llevaba

en la mano y, de nuevo, la incertidumbre

se apoderó de ella.

–No puedo –contestó Portia.

–¿Que no puedes desayunar?

–No, no me refiero a eso. Claro que

puedo desayunar. Lo que quería decir es

que yo nunca he hecho eso de… de

acostarme una noche con alguien sin

más.

Súbitamente le resultó imposible

seguir mirándole. Estaba asustada y

avergonzada.

–Yo no había hecho una cosa así

nunca y… Antes de Dalton tuve varios

novios formales y, después de Dalton,

prácticamente nada.

Cooper le puso las manos en los

hombros y la obligó a mirarle.

–Piensas demasiado.

–¿Eso crees?

–Sí. ¿Por qué complicarlo tanto? Nos

gustamos y nos llevamos bien. No hay

motivo por el que no podamos

acostarnos juntos unas cuantas semanas

y disfrutar de la compañía del otro,

dentro y fuera de la cama.

–Tienes razón –respondió Portia algo

más tranquila–. ¿Por qué no disfrutar?

–Exacto –Cooper sonrió–. No se trata

de nada grave. Ninguno de los dos

quiere una relación seria para toda la

vida. ¿Por qué no nos divertirnos un

poco?

Portia reflexionó.

–¿Ninguno de los dos quiere una

relación para toda la vida? –repitió ella.

Pero Cooper debió tomar sus

palabras como una aseveración en vez

de como una pregunta.

–Justo. No soy la clase de persona

que piensa a largo plazo.

–¿Y crees que yo tampoco lo soy?

–Por favor, Portia. Te casaste una vez

y mira cómo acabó. Sabes que los

finales felices no existen. Que las cosas

no duran toda la vida.

Portia guardó silencio. ¿Qué podía

responder? No podía negar la verdad.

–Tienes razón –contestó Portia–. La

idea del amor que dura toda la vida es…

Lo que quiero decir es que si mi

matrimonio con Dalton no duró, no

duraría con ningún otro, ¿no te parece?

Pero no era eso lo que realmente

pensaba. Quizá no tuviera sentido, quizá

la experiencia le decía que el amor no

podía durar, pero eso no significaba que

no quisiera creerlo.

Miró a Cooper y le sorprendió

observándola con expresión pensativa.

Había algo en su mirada… parecía casi

dolor.

Vaya. Estaba tonta. ¿Qué clase de

imbécil hablaba de su exmarido con el

tipo con el que acababa de acostarse?

Sonrió de nuevo y, esta vez, con algo

más de naturalidad.

–¿Lo ves? A esto me refería. No tengo

ni idea de por qué me he puesto a hablar

de mi exmarido. ¿No es una tontería?

¿No va en contra de las reglas?

La expresión de él se suavizó.

–En esto no hay reglas.

–¿No? –por lo que ella sabía, había

un montón de reglas que le eran

desconocidas–. ¿Estás seguro? Soy una

novata en esto.

–Sí, estoy seguro. Mira, Portia, me

gusta tu compañía. Nos divertimos

juntos. El sexo es estupendo. Lo mejor

sería disfrutar mientras dure. Pero si tú

no quieres, respetaré tu decisión. No

voy a presionarte.

Portia reflexionó sobre lo que Cooper

acababa de decirle: nada de presiones,

disfrutar mientras durase. Nunca en su

vida había tenido una relación así,

siempre se había sentido presionada

para convertirse en la esposa perfecta.

Pero… ¿le había hecho eso feliz?

Le entristecía la idea de renunciar al

sueño de un amor eterno, pero quizá una

aventura pasajera era justo lo que

necesitaba en aquellos momentos.

–¿Qué hay de Bear Creek Lodge? –

preguntó ella.

–¿A qué te refieres? A menos que

pienses que si nos acostamos juntos no

podemos trabajar juntos, no veo cuál es

el problema. No es necesario que

compliquemos las cosas.

De repente, Portia se echó a reír.

–Eres mi jefe y también mi excuñado.

A mí me parece bastante complicado.

–En el momento que quieras, no

tendrás más que decírmelo y te dejaré en

paz –declaró Cooper serio–. Si no te

encuentras

cómoda,

ni

siquiera

tendremos que trabajar juntos en el

proyecto.

Portia ladeó la cabeza, pensativa.

Pero le llevó apenas unos segundos

darse cuenta de que no quería renunciar

a Cooper. Nunca en la vida se había

sentido tan atractiva como Cooper le

hacía sentirse. No quería dejar de

acostarse con él.

–Si vamos a tener relaciones, creo

que necesitamos establecer algunas

reglas.

Cooper se encogió de hombros.

Después, se acercó a ella y la abrazó.

–Creía que estábamos de acuerdo en

que nada de reglas.

–Te

equivocas.

Para

empezar,

necesito tener mi propia habitación.

–Bien.

Cooper empezó a besarle la garganta.

–Aunque solo vengas a pasar aquí los

fines de semana, repito que necesito mi

propio espacio.

–¿Solo los fines de semana? –Cooper

alzó la cabeza.

–Claro. Tú tienes que volver a

Denver, ¿no?

–¿Volver a Denver? –repitió él

mirándola con el ceño fruncido.

–Naturalmente. No puedes quedarte

aquí, diriges una empresa, no lo olvides.

Si quieres tener contentos a los de la

junta directiva, vas a tener que continuar

con tu trabajo. No puedes dejarlo todo y

quedarte aquí conmigo.

–No,

claro

–contestó

él

nada

convencido.

Al cabo de un momento, Portia ya no

llevaba el vestido. Y cuando Cooper

comenzó a bajarle las bragas por los

muslos, se olvidó absolutamente de

todo.

Después de su regreso a Denver el

lunes por la mañana, a Cooper le resultó

más difícil de lo que había pensado

estar separado de Portia. Pero como ella

había dicho, dirigía una empresa y debía

estar allí, trabajando. Sin embargo,

cuando una semana dio paso a otra,

descubrió que cada vez se distraía más

pensando en ella.

Hablaban todas las noches, por

teléfono

o

por

Internet.

Fundamentalmente

hablaban

del

proyecto, pero lo hacían con intimidad.

Él también le hablaba de su empresa y,

quizá por haber estado casada con

Dalton o por tener un diploma en

psicología, Portia parecía comprender

bien lo que suponía dirigir una empresa

y a tantos empleados. La comunicación

con ella era fácil y fluida.

Ella insistía en ver las muestras de las

alfombras o de las invitaciones, y eso

resultaba fácil por Skype. ¿Cómo iba a

quejarse de poder verla relajada con una

copa de vino en la mano, el cabello

recogido en un moño y vestida con un

encantador pijama con estampado de

muñecos de nieve? Nunca antes se le

había pasado por la cabeza que un

estampado de muñecos de nieve podría

parecerle sexy, pero así era.

Y le produjo un gran placer

despojarla de ese pijama a la semana

siguiente, cuando fue a Provo.

Había ido para ver cómo iba Portia

con el proyecto; pero, en realidad,

pasaron gran parte del tiempo en la

cama.

El fin de semana siguiente, Cooper ni

siquiera pasó por Bear Creek Lodge, no

salió de Provo. Parecía haber un

acuerdo tácito entre ellos respecto a su

relación, que solo duraría lo que durase

la preparación y puesta en marcha del

proyecto. Sin embargo, un mes le

pareció muy poco tiempo.

Era domingo por la mañana y estaban

terminando de desayunar cuando él se la

quedó mirando fijamente mientras Portia

saboreaba con gusto un cruasán. Portia

exultaba sensualidad y él tuvo que

contenerse para no hacerle el amor,

contentándose con pasarle una mano por

la pierna.

–Ya te había dicho que era el mejor

restaurante del pueblo.

–Tenías razón. Nunca en la vida

volveré a poner en duda tus palabras.

La ronca promesa le excitó. Era la

primera vez que Portia se refería al

futuro.

Portia debió haberse dado cuenta del

significado oculto de sus palabras

porque, al instante, sonrió y se separó de

él.

–Quiero decir… mientras estemos

juntos. Solo unas semanas más.

–Sí, claro –respondió Cooper sin

dejar de notar la expresión de pánico de

ella.

Portia se levantó de la cama, se puso

la bata y se sentó en una silla. Acababa

de dejarle muy claro que su relación no

iba a durar.

Portia lanzó una nerviosa carcajada.

–Los dos sabemos que esto no puede

durar, ¿verdad? Es la relación más

extraña que uno pueda imaginar, ¿no te

parece?

–¿Qué?

–Tú y yo… No encajamos, no tiene

sentido.

Cooper sintió las palabras de Portia

como una puñalada. En cierto modo,

sabía que debía cambiar de tema, dejar

de hablar de eso, distraerla con el

sexo… Pero, sin embargo, le hizo una

pregunta de lo más estúpido:

–¿Por qué has dicho eso? ¿Se trata de

Dalton? ¿Sigues enamorada de él?

–¿De

Dalton?

–preguntó

ella

sorprendida.

–Viviste con él mucho tiempo –¿por

qué le había preguntado eso? En

realidad, no quería saberlo. Igual que no

quería saber por qué Portia insistía en

tener su propia habitación en el hotel y

en que volviera a Denver los lunes.

Estaba claro que Portia no quería

tomarse su relación en serio–. Y aunque

sé que fuiste tú quien solicitó el

divorcio… En fin, no sé. Que no

quisieras seguir casada con Dalton no

significa que no le eches de menos.

–¿A Dalton? –repitió ella–. No, no le

echo de menos en absoluto. Y ya no le

quiero. Pero lo que sí echo en falta es

esa parte de mí que estaba casada con

él.

Cooper arqueó las cejas y ella,

nerviosa, rio.

–Lo que quiero decir es que echo de

menos la inocencia y la esperanza que

tenía cuando me casé con él. Echo en

falta a esa chica que creía en el amor.

Sí, la echo de menos, siento no ser así

ya.

Portia parecía triste. Y, después de

oírla hablar así, se dio cuenta de que él

también echaba en falta a aquella chica,

esa joven Portia llena de esperanza e

ilusión. ¿Había sido él así de joven

alguna vez? ¿Había creído en el amor?

No.

De tratarse de otra persona, la habría

acusado de ser una sentimental. Pero era

Portia y quería consolarla. Protegerla.

–Podrías casarte otra vez –sugirió él.

¿Por qué había dicho eso? ¿Y si a

Portia se le ocurría pensar que él quería

casarse con ella? Porque… ¿qué clase

de idiota le mencionaba el matrimonio a

la mujer con la que se estaba acostando

si no quería casarse con ella?

Por suerte, Portia sacudió la cabeza

sin reparar en eso.

–No lo creo, ya he superado esa

etapa. Me parece que he dejado de creer

en los finales felices. No lo digo con

amargura, no es eso. He salido con

algunos hombres después de Dalton y

ninguno ha merecido la pena. No me he

compenetrado con nadie y ya no espero

encontrar a una persona que quiera lo

mismo que yo de la vida.

–¿A qué te refieres con eso?

–¿Sabes por qué nos divorciamos

Dalton y yo?

–¿Porque él pasaba demasiadas horas

trabajando y no le dedicaba el tiempo

que se merecía la maravillosa persona

con la que se había casado?

Portia esbozó una débil sonrisa, como

si no acabara de creerse el halago.

Después, la sonrisa se desvaneció.

–No, no fue solo eso. A mí no me

importaba

su

dedicación

a

Cain

Enterprises. Antes de casarme sabía que

Dalton estaba completamente entregado

a la empresa y que yo ocuparía un

segundo plano en su vida. No, no fue

eso.

–Entonces… –dijo Cooper, instándola

a que continuara.

–Yo quería tener hijos.

–¿Y él no?

–Sí, él también quería. Pasamos años

intentándolo, pero no conseguimos

tenerlos.

Portia bajó la cabeza, se la veía

completamente abatida. Fue entonces

cuando él recordó haber oído mencionar

a Caro en voz baja en una celebración

de Navidad que Portia había tenido otro

aborto natural, dejando claro que no

había sido el primero.

–Lo siento –¿qué otra cosa podía

decir?

Portia se encogió de hombros de una

manera que le hizo pensar que no quería

la

compasión

de

él,

sino

algo

completamente distinto.

–¿Y es por eso por lo que te

divorciaste?

–Sí, por eso. Yo quería seguir

intentándolo, pero Dalton se negó.

–Dalton debería haber…

–No me malinterpretes. Yo no le echo

la culpa a Dalton. Pero la infertilidad

afecta a las relaciones de pareja. Es muy

fácil obsesionarse con ello. Yo deseaba

desesperadamente tener hijos y, a veces,

creo que Dalton hizo bien en poner fin a

todo eso. Yo quería someterme a más y

más tratamientos de fertilidad. Cuando

resultó que ninguno funcionó, decidí que

quería adoptar. Dalton quería que nos

tomáramos un tiempo para descansar y

reflexionar, pero yo… En fin, fue cuando

pedí el divorcio.

Cooper percibió el sentimiento de

culpabilidad de Portia. Se culpaba a sí

misma, no a Dalton, por su fracaso

matrimonial. Pero él sabía la verdad:

Dalton era una persona que había

ignorado las necesidades de su esposa.

Quizá no fuera eso todo, pero así lo veía

él.

–Dalton debería haber sido mejor

marido.

Portia volvió a esbozar otra sonrisa

triste.

–Esa no es la cuestión.

–¿Cuál es la cuestión entonces?

–Me has preguntado por qué no creo

que vuelva a casarme. Acabo de

contestarte. Aunque soy la primera en

admitir que la idea de tener hijos se

convirtió para mí en una obsesión, ser

madre sigue siendo muy importante para

mí. Después de Dalton, creía que

encontraría a alguien que compartiera el

mismo deseo que yo, alguien que

quisiera tener hijos tanto como yo. Pero

no ha ocurrido y, al final, me he dado

cuenta de que da igual. No necesito un

marido para ser madre.

–¿Sigues con los tratamientos de

fertilidad?

–No, ya no. He decidido adoptar un

hijo.

–Ah, entiendo –respondió Cooper

reclinando la espalda en el asiento.

–Llevo ya un año con un abogado

especialista en adopciones. Pero, hasta

el momento, no ha habido suerte.

–¿Por qué no? Serías una madre

estupenda.

–Adoptar a un niño no es tan fácil.

Además, hay muchas parejas que

quieren adoptar, y ellos tienen prioridad

ante una madre soltera –Portia se

encogió de hombros, pero sus ojos

cobraron vida al añadir–: Es por eso

por lo que estoy empezando a inclinarme

por el sistema de acogida, y adoptar a

alguien algo más mayor, no a un bebé.

Hay muchos chicos que necesitan un

hogar y…

Portia se interrumpió súbitamente,

parecía dudar de la conveniencia de

haber revelado ese secreto. Y se

apresuró a añadir:

–No sé por qué te estoy contando

esto, no se lo había dicho a nadie.

Cooper se la quedó mirando. A los

treinta y dos años, estaba tan guapa

como a los veintiuno. Y cuanto más la

conocía más atractiva la encontraba.

Portia era inteligente, apasionada,

generosa y sensible. Un desastre.

–Todavía no me has dicho por qué te

parece tan disparatado que estemos

juntos –comentó él.

–En fin, supongo que da igual que no

seamos

más

que

dos

amigos

pasándoselo bien en la cama.

–Exacto –dijo Cooper, sintiéndose

inesperadamente decaído.

–Justo –respondió ella–. Si yo

quisiera algo más que eso, tú serías la

última persona que eligiría.

–¿La última persona?

–No te hagas el ofendido. Tú no

quieres ser padre. Y aunque quisieras

una relación algo más prolongada que la

que vamos a tener, entre tú y yo todo

sería complicado.

–Ya lo es.

Portia sonrió.

–Ya me rompió el corazón un Cain, no

me gustaría repetir la experiencia.

Portia tenía razón, nunca podrían

tener más que aquel mes, él no podía

ofrecerle lo que ella quería.

Cooper bebió un sorbo del café y

preguntó:

–¿Es por eso por lo que quieres

encontrar a mi hermana?

–¿Qué? –preguntó Portia frunciendo

el ceño–. No te comprendo.

–Temes que, una vez que se la

encuentre, le cueste adaptarse a su nueva

vida. Estás decidida a ayudarla a

integrarse. Pero no estás pensando

realmente en ella, ¿verdad? Estás

pensando en la persona a la que quieres

adoptar.

–Yo… –una profunda confusión le

asomó al rostro–. La verdad es que no lo

había pensado. No sé, quizá sea eso.

Todo se puede resumir en que quiero

sacar a un chico o chica de su mundo y

traerle al mío. El chico o la chica

dispondrá de todas las ventajas que, en

estos momentos, le están vetadas; no

obstante, tendrá que vivir en un mundo

duro y cruel.

Cooper sonrió.

–Si vas a adoptar a alguien que está

en el sistema de acogida, lo más

probable es que ese chico o chica

proceda de un mundo duro y cruel.

–Sí, es verdad. Pero, a pesar de ello,

se trata de un mundo con el que está

familiarizado. Conoce las reglas del

juego.

–Se te olvida una cosa: el chico al

que adoptes te tendrá a ti para ayudarle.

Portia le apretó la mano.

–Me alegro de que seamos amigos.

¿Amigos?

¿Estaba

de

broma?

¿Acababan de hacer el amor y ella le

consideraba solo un amigo?

Pero era él quien había insistido en

una relación sexual sin compromisos.

Pero él jamás había tenido relaciones

sexuales con una amiga. Y ahora no

podía evitar temer que el tiempo que les

quedaba para estar juntos no fuera

suficiente.

Solo faltaban quince días para el fin

de semana de la exhibición deportiva, y

había pensado en no aparecer por la

empresa durante ese tiempo para poder

pasarlo con Portia.

Nunca

se

había

tomado

unas

vacaciones sin más. Jamás había

querido dejar su trabajo para estar con

una mujer. El hecho de que le ocurriera

con Portia fue motivo suficiente para

hacerle volver a Denver a toda prisa.

Aunque no consiguió dejar de pensar

en ella.

En vez de hablar por teléfono o por

Skype, se comunicaron por correo

electrónico. Al poco tiempo, los

mensajes

que

le

enviaba

fueron

adquiriendo un cariz íntimo e insinuante.

El jueves por la mañana, lo primero

que hizo fue ver si Portia le había

enviado un mensaje al despertarse. Sí,

había un mensaje de ella:

Te he reservado una habitación en el

hotel para el viernes por la noche y el

sábado. ¿De acuerdo?

Cooper sintió un sobrecogedor deseo

de estar con ella. Aquel día tenía una

reunión tras otra en el trabajo, pero lo

único que deseaba era agarrar un avión

a Utah para reunirse con Portia.

Disgustado consigo mismo, respondió

al mensaje:

Voy a estar ocupado todo el día. No

estoy seguro de poder ir a Provo este

fin de semana. Por si acaso, no

canceles la reserva de la habitación.

Tardó exactamente once horas y

cuarenta y dos minutos en leer los

siguientes mensajes que Portia le había

enviado: dos por la mañana y dos al

mediodía. Nada más.

Esa noche, cuando Cooper contestó a

los mensajes de ella, no recibió

respuesta inmediatamente. El sentido

común le dictaba que lo dejara estar,

pero llamó a Portia por teléfono.

–Hola –contestó Portia con voz

apagada antes de lanzar una nerviosa

carcajada–. Perdona que te haya enviado

tantos mensajes.

–No, por favor, no te disculpes. Lo

que pasa es que me he pasado el día

entero reunido.

–No te preocupes, no era nada

importante. El señor y la señora Beck

están siendo muy comprensivos. No

debería haberte molestado.

–No me has molestado. Y no te

preocupes, confío en tu criterio.

–Esa es la cuestión –dijo ella–. Sé

que tienes plena confianza en mí, igual

que el matrimonio Beck. Me dicen que

sí a todo.

–Está claro que quieren vender –

comentó Cooper.

–Ellos están dejando en mis manos

los arreglos del hotel para la exhibición.

Por otra parte, tengo que encargarme de

convencer a los inversores en tu nombre.

¿Estás seguro de que tengo capacidad

para todo esto?

–Eh, tranquilízate. Te noto algo

asustada.

Portia guardó silencio.

–Portia, relájate y dime qué es lo que

te pasa.

–No lo sé –admitió ella–. De repente,

me siento desbordada. Esto te está

costando mucho dinero y puede que no

dé los frutos deseados. ¿Y si fallamos?

¿Y si te fallo?

–Eso no va a pasar.

Portia lanzó un bufido.

–Tu

confianza

en

resulta

conmovedora, pero yo no estoy segura

de poder sacar esto adelante.

–¿Por qué no te pones boca abajo

para calmarte?

Portia, por fin, se echó a reír.

–Sigo sin comprender cómo puedes

tomarte las cosas con tanta tranquilidad

–dijo ella algo más relajada.

–Porque te tengo a ti en mi equipo.

Por eso –respondió Cooper con

sinceridad.

Capítulo Siete

A Cooper le costó un ímprobo

esfuerzo no estar en Provo la semana

previa a la exhibición de tabla de nieve.

Le resultó casi insoportable permanecer

en Denver, cuando su sueño se estaba

realizando en Beckś Lodge. Al menos,

esa era la explicación que se daba a sí

mismo respecto a la ansiedad que sentía.

Limitó el contacto con Portia a

mensajes electrónicos y a la ocasional

llamada telefónica; la mayoría de estas

últimas,

como

la

que

estaban

manteniendo en esos momentos, tenían

lugar por la noche, después de la cena y

del trabajo.

–Bueno, entonces ya está –dijo Portia

en el tono animado que siempre

empleaba cuando pasaba de hablar del

trabajo a temas más personales–. Creo

que eso es todo.

–Bueno, yo…

–Ah, no, espera, se me olvidaba. Ayer

recibí un mensaje electrónico de Drew

Davis y hoy me ha llamado para

confirmar que un par de amigos suyos

van a venir mañana para preparar la

pista de nieve para la exhibición. Van

a…

–Eh, un momento –Cooper se

incorporó en la cama–. ¿Te ha dicho un

par de amigos o Los Amigos?

–No lo sé. ¿Por qué?

–Porque Los Amigos es un grupo muy

particular formado por cinco de los

mejores profesionales de la tabla de

nieve del mundo. Son de la misma

generación, y de ahí el nombre.

–¿Y Drew es uno de ellos?

–No, Drew y yo somos diez años

mayores. Por eso no se me había

ocurrido…

–Hay algo que no comprendo. ¿No

habías sido tú quien había invitado a los

esquiadores de tabla?

–Sí, a la mayoría. Pero Drew me dijo

que quería invitar a unos tipos que

conocía y yo le dije que sí –Portia le

había distraído demasiado y se le había

olvidado preguntar a Drew a quiénes

había invitado–. Maldita sea, supongo

que ya es demasiado tarde.

–¿Pasa algo? Acabas de decir que

estos tipos son excelentes esquiadores,

¿no?

–Sí, están entre los mejores –admitió

él a regañadientes.

–Entonces, si vienen a construir una

pista para la exhibición, ¿cuál es el

problema?

El problema era que Los Amigos, uno

o dos en concreto, eran unos ligones.

–No, ninguno –dijo Cooper por fin,

pero solo porque no se le ocurría nada

que no le delatara como un estúpido

celoso–. Lo único que… Bueno, ten

cuidado, ¿de acuerdo?

–¿Que tenga cuidado? ¿Qué quieres

decir?

–Solo eso, que tengas cuidado.

Algunos de ellos tienen fama de

mujeriegos.

–Tú también la tienes –observó

Portia.

–Ya te he dicho que es una

exageración.

–En ese caso, es posible que sea

también una exageración respecto a

ellos.

Bueno, de eso no estaba tan seguro.

En realidad, estaba dispuesto a apostar

que Stevey Travor, nada más ver a

Portia iba a utilizar todos sus encantos.

Por supuesto, Portia no iba a caer en ese

juego; al menos, no al principio. No

mientras estuviera con él.

Pero ambos estaban de acuerdo en

que su relación acabaría al final de la

exhibición. Y eso dejaba el campo libre

a tipos como Stevey Travor.

–Solo te pido que no les hagas caso,

¿de acuerdo? Y no pases demasiado

tiempo a solas con ninguno de ellos.

Portia lanzó una carcajada.

–No

te

preocupes,

sabré

arreglármelas. Además, no voy a pasar

mucho tiempo con ellos, tengo cosas que

hacer. Los del suelo van a venir mañana

a encerarlo. Drew me ha prometido que

se va a encargar de todo lo relacionado

con la pista y que yo no voy a tener ni

que acercarme.

–¿Eso te ha dicho Drew? –lo que le

faltaba–. ¿Drew va a ir con ellos?

–Sí. ¿No te lo había dicho?

–No.

Al parecer, Portia se había hecho

bastante amiga de Drew durante ese

mes, mientras él estaba en Denver

trabajando.

–¿No los consideras capaces?

–Sí, claro que sí –respondió él con

voz tensa–. Son buenos, lo harán muy

bien.

Cooper cortó la comunicación unos

minutos después, antes de ponerse aún

más en evidencia, tras asegurar a Portia

que estaba encantado del modo como

estaba haciendo las cosas.

Y así era. También estaba contento de

que Los Amigos hubieran decidido

cooperar en el proyecto. Eran unos

esquiadores

de

tabla

excelentes.

Conocía a todos personalmente y sabía

que su presencia atraería el interés de

los medios de comunicación, igual que

Drew. Le alegraba que pusieran su grano

de arena en el proyecto y que estuvieran

dispuestos a ayudarle.

Lo que no le hacía gracia era que

Portia

se

hubiera

mostrado

tan

deslumbrada al hablar de Drew Davis.

También habría preferido que Stevey

Travor no fuera.

Stevey era un mujeriego que sabía

cómo llevarse a una mujer a la cama. Y

Portia no tenía defensas ante eso, lo

sabía por experiencia.

No conocía el poder de su belleza. Su

inocencia, junto con la visión romántica

que tenía de las relaciones, la hacía

sumamente vulnerable frente a tipos

como Stevey. O Drew.

Y ahora que lo pensaba, ¿no acababa

Drew de divorciarse por tercera vez?

No, de ninguna manera iba a dejar a

Portia sola en una montaña con esos dos.

Portia trabajaba doce horas al día con

los preparativos de la exhibición de

esquí de tabla de nieve y la fiesta. El

poco tiempo libre que le quedaba lo

había empleado en la búsqueda de

Ginger. A pesar de las dudas de Cooper,

estaba convencida de que Ginger era su

hermana.

La

información

que

el

investigador privado al que había

contratado le había entregado lo

confirmaba.

Se había puesto en contacto con

Dalton y con Laney para hablar del

asunto, e incluso había telefoneado a

Griffin.

Era mediodía y estaba vigilando el

trabajo del encerado del suelo cuando

dos furgonetas se detuvieron a la puerta

del hotel. Inmediatamente, salió al

porche para evitar que alguien entrara y

pisara los suelos, ya que la cera aún

tenía que secarse.

Cada una de las furgonetas llevaba un

remolque con cuatro motos de nieve. Las

portezuelas se abrieron y de las

furgonetas salieron doce hombres.

Aunque quizá fueran menos, pero todos

muy grandes. Y fuertes. Difícil saber

cuántos había.

Al único que reconoció fue a Drew,

ya que había visto fotos de él en

artículos sobre su charla en las

Naciones Unidas respecto al cambio

climático; además, había formado parte

del equipo olímpico de Cooper. Al igual

que este, era atlético y esbelto, quizá

unos dos o tres centímetros más bajo que

Cooper. Llevaba el pelo largo y

revuelto. Aunque guapo, carecía de la

intensidad que tanto le atraía de Cooper.

Al verla, Drew subió los escalones

de la entrada y la dio un abrazo como si

fueran grandes amigos, a pesar de que su

relación se limitaba a unas cuantas

conversaciones telefónicas.

–¡Portia! ¡Qué alegría conocerte por

fin!

–Sí, es verdad. Yo también me alegro

de conocerte.

Cuando Drew la soltó, dijo:

–Ven, voy a presentarte a Los Amigos.

Están deseando conocerte.

Portia miró al grupo. Algunos se

habían puesto a descargar las motos de

nieve, otros estaban sacando de las

furgonetas enormes bolsas.

Drew les llamó para hacer las

presentaciones. Después, la mayoría

volvió al trabajo. Dos de ellos se

quedaron a la espera, como si quisieran

hablar con Drew.

Fue entonces cuando Drew le

presentó a Wiley, el cámara; y a Jude, el

director.

–¿Cámara y director? –preguntó ella

sin comprender–. ¿No son también

esquiadores?

–Principiantes –dijo un joven que no

había vuelto a las furgonetas a seguir

descargando.

¿Cómo había dicho que se llamaba?

¿Scotty…? No, Stevey.

–Han venido para filmar el proyecto –

explicó Drew–. Van a filmar la

construcción de la pista durante los

próximos dos días, y después también

filmarán la exhibición.

–Y Drew se va a convertir en estrella

de

cine,

¿eh?

–comentó

Stevey

acercándose a ella al tiempo que le daba

un juguetón golpe en el hombro con el

suyo.

–No, nada de eso –contestó Drew–.

Van a hacer un documental para la

asociación Save Our Snow.

–¡Fantástico! –exclamó Portia–. He

leído bastante sobre tu trabajo en la

asociación y…

–Vas a venir a vernos trabajar,

¿verdad? –le interrumpió Stevey.

Portia le miró y casi sonrió. Parecía

un perrillo faldero mordisqueándole los

tobillos en el momento en que no

capturaba toda su atención.

–No, no voy a poder –respondió

Portia

con

sinceridad–.

Tengo

demasiado trabajo.

–¡Tienes que venir! Te va a encantar,

ya lo verás.

Portia miró a Drew en busca de

apoyo.

–La verdad es que…

–No es necesario que te quedes todo

el tiempo. En el momento que quieras,

yo mismo te traeré de vuelta.

Lo cierto era que, hasta que no

terminaran de encerar y de pulir el

suelo, no podía hacer gran cosa allí.

–¿Cómo vamos a subir a la montaña?

–En las motos de nieve. Subiremos,

examinaremos el terreno y, después de

elegir el sitio, comenzaremos a construir

la pista.

–¿En las motos de nieve? –preguntó

ella titubeante.

No había pensado en que iban a

necesitar motonieves para subir a la

montaña a ver la exhibición. Iba a haber

treinta invitados y, en teoría, la

exhibición estaba abierta al público. De

esa forma, saldrían en la prensa local.

Portia frunció el ceño.

–Vas a venir, ¿verdad? –insistió

Stevey.

–Sí, iré.

Eso le daría la oportunidad de hablar

con Drew del problema del transporte.

Cooper emprendió el viaje al hotel

por la mañana temprano. No estaba

dispuesto a dejar a Portia con esos tipos

más de lo que no fuera absolutamente

necesario. Cuando llegó eran ya primera

hora de la tarde, y no le hizo gracia

enterarse de que Portia no estaba allí,

sino con Drew Davis y Los Amigos en

la montaña.

Habló con Drew por teléfono para

saber

dónde

estaban

exactamente.

Entonces, tomó prestada de los dueños

del hotel una moto de nieve e inició el

camino montaña arriba.

Llegó cuando el grupo de deportistas

ya casi había acabado de construir el

trampolín de salto.

–Creía que no ibas a venir hasta

dentro de unos días –le dijo Portia

mientras Drew y él se estrechaban la

mano.

Drew era el único junto a Portia. El

cámara y el director, a los que conocía,

estaban filmando a los esquiadores

trabajando.

–No tenía mucho que hacer y he

decidido venir –Drew tenía la mano en

el hombro de Portia–. Quería echar un

vistazo.

Drew sonrió traviesamente, como si

le hubiera leído el pensamiento.

–Todo está bien. No tienes de qué

preocuparte.

Portia le miró y los ojos se le

iluminaron.

–¿Has visto todo lo que han hecho?

Han movido la nieve de ahí hasta allí…

–Portia señaló hacia la izquierda–. No

me lo puedo creer.

En ese momento, Stevey Travor miró

en su dirección y sonrió burlonamente.

–Por cierto, estaba preocupada con lo

del transporte –continuó Portia–. No se

me había ocurrido pensar que la

exhibición iba a ser aquí. ¿Cómo vamos

a hacer para que los posibles inversores

suban a la montaña?

–Mmm –murmuró Cooper, sin poder

pensar en otra cosa que no fuera Portia

en medio de esos tipos.

–Y yo ya le he dicho que solo

necesitábamos un quitanieves para

construir la pista al lado de la carretera

–explicó Drew dirigiéndose a su amigo.

–¿Sabías que se podía hacer eso? –

preguntó Portia a Cooper–. Se lleva la

nieve de un sitio a otro y se construye la

pista donde se quiera. Increíble, ¿no?

Cooper arqueó las cejas.

–¿Se te ha olvidado que yo también

soy esquiador?

–Bueno, claro, pero…

Justo en ese momento Stevey se

reunió con ellos.

–Eh, hola, viejo –Stevey le dio un

golpe en el hombro y guiñó un ojo a

Portia–. La tenemos impresionada.

¿Verdad que sí, encanto? –preguntó

mirando a Portia.

Cooper sintió una ira irracional que le

hizo querer liarse a golpes con ese

hombre. Fue entonces, cuando se dio

cuenta de que tenía un grave problema.

Al parecer, no estaba listo para

romper la relación con Portia.

–Bueno, creo que es hora de volver al

hotel –dijo Cooper poniéndole a Portia

una mano en el brazo y empujándola

suavemente hacia la moto de nieve–. Los

del suelo me han dicho que querían

consultarte algo.

Después de dar unos pasos, Portia se

detuvo.

–Eh, espera. ¿No quieres quedarte

para verles terminar? Es impresionante

lo que están haciendo.

–Sí, quédate –dijo Stevey con una

sonrisa–. No me importa llevar a Portia

al hotel si quieres quedarte.

–No, no es necesario –respondió

Cooper–. Sé muy bien de lo que sois

capaces. Ya os he visto en acción

muchas veces.

–No lo comprendo –dijo Portia

mirando el vacío vestíbulo del hotel.

Los del suelo no estaban allí, y la

furgoneta tampoco. Habían dejado una

nota en la puerta diciendo que el suelo

no se podía pisar en doce horas. Había

quedado precioso. Se volvió a Cooper–.

¿Qué pasa aquí?

Cooper avanzó un paso, dispuesto a

entrar en el vestíbulo, pero ella le puso

una mano en el pecho, impidiéndoselo.

–No, ni se te ocurra pisar el suelo.

¿Es que no has leído la nota? No se

puede pasar.

–Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Nos

vamos a quedar aquí?

–No, entraremos por la puerta de

atrás, la de la cocina. Pero también

tenemos que ir con cuidado por ahí, los

de la limpieza han pasado cuatro días

dejándolo todo listo para la inspección y

el inspector va a venir mañana.

Después de entrar por la puerta

posterior, Portia, con el ceño fruncido,

le miró.

–Bueno, ¿qué es lo que pasa? ¿Ocurre

algo?

–No. Lo que pasa es que no quiero

que estés por ahí con Drew, Stevey y los

otros, nada más.

–Ah –Portia tomó aire, sin saber

cómo interpretar las palabras de

Cooper–. Entiendo, no quieres que esté

con tus amigos.

–Creo que lo mejor para todos es que

pases con ellos el menor tiempo posible.

–Ya.

Lo que Cooper acababa de decirle le

dolió profundamente. Se apartó de él

para que no se lo notara. No estaban

juntos. Se habían comportado como una

pareja las últimas semanas, pero no lo

eran. Se había olvidado de los límites

de su relación.

–Bueno, supongo que tienes razón en

lo que dices. De acuerdo.

–Gracias –respondió Cooper con

tosquedad.

Su relación con Cooper iba a acabar

pronto y, además, él ya la conocía

bastante. Por tanto, no había motivo para

no decirle exactamente lo que pensaba.

Cooper vio que la expresión de Portia

traicionaba sus palabras. No, no le había

parecido bien lo que le había dicho.

Tenía el ceño fruncido y los ojos se le

habían oscurecido. Y apretaba los

labios.

–No, en realidad no estoy de acuerdo.

–¿No?

–No. Lo estaba pasando bien con

ellos. Además, si quieres que te sea

sincera, me ha molestado tu actitud al

verme con ellos.

–¿Y qué querías que hiciera, no decir

nada y dejarte ahí con el tontaina de

Stevey Travor?

–Te aseguro que te entiendo. No

somos una pareja de verdad y no quieres

dar pie a que piensen que lo somos.

Bien, de acuerdo. Quieres que no me

relacione con tus amigos y no lo haré.

Pero es un comportamiento muy

miserable por tu parte, por si no lo

sabías. Porque, a pesar de lo simpáticos

y amables que han sido conmigo, ahora

resulta que tengo que tratarles con

frialdad y distancia. Lo haré, pero

quiero que sepas que lo que me pides

me parece propio de un perfecto

imbécil.

Portia calló, pero echaba chispas por

los ojos.

–¿Has acabado? –preguntó él con voz

suave.

Portia entrecerró los ojos como si

estuviera mirando qué podía tirarle a la

cabeza. Pero entonces asintió.

–Pues deja que te diga que no me

importa que te hagas amiga suya o no.

Por mí como si montas un club de fans

de ellos.

–En ese caso, ¿por qué has insistido

en que no pase tiempo con ellos?

La completa y total confusión que

mostraba Portia le enterneció. No lo

entendía. En absoluto.

Cooper cruzó la distancia que los

separaba. Ella retrocedió hasta un

rincón de la cocina. Se la veía nerviosa,

como si quisiera echarse a correr. Pero

él alzó una mano y le acarició la mejilla.

–No quiero que estés con ellos

porque trato de protegerte.

–¿Protegerme de ellos?

–Stevey Travor es un mujeriego. A la

menor oportunidad intentará acostarse

contigo.

Portia pareció perpleja y luego se

echó a reír.

–¿Tienes miedo de que me acueste

con Stevey Travor? Eso es absurdo.

–Créeme, le he visto en acción. Es

bastante seductor.

–Es como un perrillo faldero. Eso sin

mencionar que tiene diez años menos

que yo. Es un niño.

–Genial –murmuró él de mal humor–.

Me alegro de que esto te parezca tan

divertido.

Portia sacudió la cabeza y sonrió.

–Y yo estoy segura de que no se le

pasará por la cabeza seducirme. Es un

tontería.

–No es ninguna tontería y me está

volviendo loco.

–¿Que te está volviendo loco? –

preguntó ella casi sin respiración.

–Sí.

Cooper se apartó de Portia un paso y

se la quedó mirando. Llevaba más de

dos semanas separado de ella, dos

semanas que se le habían hecho eternas.

¿Por qué? ¿Cómo era posible que Portia

se hubiera convertido en alguien

esencial en su vida en tan poco tiempo?

Era una mujer adorable, pero su

atractivo iba mucho más allá que de lo

físico.

Una sombra le cruzó los ojos a ella,

una sombra con atisbos de tristeza.

–Lo siento, Cooper. Siento lo que te

pasa, pero eso no tiene nada que ver

conmigo.

–¿Que no tiene nada que ver contigo?

¿Estás de broma?

–No –respondió Portia seria–. Me has

dicho claramente que no quieres una

relación, que no te intereso más allá de

la cama. Las aventuras pasajeras son

así, ¿no? No tienes derecho a estar

celoso. Lo único que querías era

acostarte conmigo y lo has hecho, nada

más.

–¿Crees que lo nuestro es solo sexo?

–¿Qué otra cosa puede ser?

–Si lo único que me importara de ti

fuera el sexo me habría acostado contigo

hace años, no me habría pasado la

última década atormentado por la idea

de que estabas enamorada y casada con

mi hermano. No es tu cuerpo lo único

que quiero, Portia, sino toda tú. Me

gusta tu orgullo, tu cabezonería y tu

compasión. Me gusta como eres.

Entonces, Cooper se echó a reír. Lo

hizo porque, de no saber como sabía que

el amor era un producto de la

imaginación, lo que había dicho podría

haberse tomado como una declaración

de amor.

Capítulo Ocho

A pesar de que Cooper le estaba

hablando de lo mucho que la deseaba,

Portia era consciente de la multitud de

razones por las que no debía enamorarse

de él. Pero no podía dejar de

escucharle. No podía dejar de aferrarse

a todas y cada una de las palabras que él

había pronunciado. De hecho, no pudo

evitar arrojarse a sus brazos y

entregarse a lo que más deseaba en el

mundo.

Aceptando la invitación, Cooper la

abrazó y la besó. El baile de sus lenguas

la hizo temblar. Cooper besaba como

hacía todo lo demás, con una confianza

rayando la arrogancia que la volvía

loca.

La temeridad de Cooper la dejaba sin

respiración. No dudaba de la respuesta

de ella, eso para él era impensable. Y

sabía exactamente lo que ella quería.

En esta ocasión, la besó y la acarició

sin la fineza de las otras veces, con

pasión

y

apenas

controlada

desesperación.

Cooper comenzó a acariciarle las

caderas y después le cubrió las nalgas

con las manos. El placer que le produjo

la hizo lanzar un gemido.

–Maldita sea, Portia –murmuró él con

voz ronca.

Cooper la alzó mientras le besaba la

garganta. El fuego se le extendió por el

cuerpo y se arqueó hacia él. Entonces,

de repente, sus pies dejaron de tocar el

suelo. Cooper la había llevado al

mostrador de la cocina y ella le rodeó la

cintura con las piernas, sexo contra

sexo. Un estremecimiento de puro placer

la sacudió. Cooper sabía lo que ella

quería, sabía muy bien cómo acariciarla.

Los besos de Cooper la embriagaban,

le hacían perder la cabeza. Respiró

hondo

un

par

de

veces,

con

desesperación, mientras él le absorbía

el sentido. Quería ver a Cooper

desnudo; le tiró de la camisa y deslizó

las manos por debajo de la prenda para

tocarle el pecho.

Le deseaba locamente.

Al momento, Cooper se desnudó con

una rapidez vertiginosa. Nunca había

visto a un hombre con tantas ganas de

desnudarse. Y le encantó. Era increíble

que un hombre la deseara de esa manera

y que ese hombre fuera Cooper. Y con la

misma rapidez con que se había

despojado de la ropa, Cooper la

desvistió a ella también.

Y cuando Cooper colocó la cabeza en

su entrepierna, perdió del todo la

cabeza.

No se reconocía a sí misma, no

reconocía a esa mujer desnuda sentada

en el mostrador de la cocina mientras él

la devoraba. No, no era ella, pensó

mientras estallaba en mil pedazos.

Cooper subió las escaleras con Portia

en los brazos y la llevó a uno de los

dormitorios vacíos. Allí, volvió a

hacerle el amor una vez más, lentamente,

mientras trataba de evitar la intrusión en

su mente de los motivos por los que no

deberían estar juntos. No esos motivos

suyos egoístas que le servían de excusa

para rechazar cualquier tipo de relación

seria con una mujer, sino los motivos

que concernían a Portia, motivos de

peso, motivos por los que ella no quería

tener una relación duradera con él:

Portia había sufrido, quería adoptar, no

le veía asumir el papel de padre, no

podía considerar la posibilidad de que

formara parte de su vida.

Pero mientras pudiera acariciarla y

besarla podía olvidar todo lo demás.

Portia estaba sola cuando se despertó

en el dormitorio de Bear Creek Lodge

en el que había dormido algunas veces,

los días cuya jornada de trabajo se había

prolongado hasta altas horas de la

noche, demasiado tarde para pedir un

taxi que la llevara al hotel de Provo.

Después de que Cooper la llevara allí y

volviera a hacerle el amor, se había

quedado dormida en los brazos de él.

¿Había dormido así alguna otra vez en

su vida, tan abrazada a alguien? ¿Se

había sentido alguna vez tan unida a un

hombre?

No, no lo creía.

No le sorprendió que Cooper no

estuviera allí, debía haber ido a ver qué

hacían Drew y Los Amigos.

Permaneció tumbada en la cama y

admitió para sí misma que lo que había

entre Cooper y ella no era solo una

cuestión de sexo, sino algo mucho más

complicado. Ahora conocía mucho

mejor a Cooper, lo respetaba y le había

tomado un profundo cariño. Lo que

había comenzado como una aventura

pasajera se había tornado en algo

profundo, complejo y que escapaba a su

control.

Pero, en su vida, no había cabida para

esa relación. Todo sería diferente si

Cooper quisiera una relación seria, pero

desgraciadamente no era así, a Cooper

solo le interesaba una relación breve y

superficial. Quería sexo sin amor.

Al menos, eso era lo que Cooper le

había dicho al principio. Aquella tarde

había albergado la esperanza de que

Cooper se hubiera retractado y le

hubiera dicho que sentía algo más por

ella; sobre todo, después de la

maravillosa forma como le había hecho

el amor. Pero Cooper, después de

acostarse con ella, se había marchado y

la había dejado sola en la habitación.

Portia no quería ser la amante de

Cooper durante unas semanas, pero

tampoco quería darse por vencida; al

menos, de momento. Sin saber cómo, se

había enamorado de Cooper.

Se vistió y bajó al piso principal por

las escaleras de servicio en la parte

posterior de la casa. Abajo, oyó el rugir

de las motos de nieve. Durante un

instante, dudó de estar preparada para

encontrarse delante a unos cuantos

deportistas alocados y fingir que nada

había pasado.

Por fin, con decisión, se dirigió a la

cocina, salió del hotel y se encaminó

hacia el lugar de donde provenían las

risas.

Cooper estaba con sus compañeros

enfundado en un traje de nieve,

perfectamente integrado en el grupo.

Acababan de aparcar las motos de nieve

y las estaban descargando para meter el

equipo en las furgonetas. Bromeaban

sobre quién había trabajado más y quién

se había hecho el remolón.

Y, por primera vez desde que estaba

allí, Portia sintió dudas, tanto respecto a

su relación con Cooper como a la idea

de la fiesta. Y también dudaba del

verdadero motivo por el que Cooper

quería

comprar

aquel

lugar.

En

principio, él quería abrir un hotel de

lujo para gente que practicaba el esquí

de tabla de nieve, pero… ¿le gustaría

estar allí a ese tipo de gente?

El grupo de deportistas que tenía

delante no parecía gente acostumbrada

al lujo.

Dudas y temores la sobrecogieron.

Acababa de comprender algo sobre su

relación con Cooper. Sí, él quería Bear

Creek Lodge, pero sus motivos eran

dudosos. Cooper quería el prestigio

social que le procuraría la propiedad de

un hotel de lujo, pero la propiedad en sí

le daba igual. Lo que quería eran las

ventajas que de él podía sacar.

¿Acaso le pasaba lo mismo con ella?

¿Estaba Cooper con ella porque la

deseaba o porque ella representaba

éxito, riqueza y privilegios?

Sintió náuseas. Pero a punto de volver

a la casa corriendo, Stevey la vio y se

acercó a las escaleras del porche.

–¡Eh, hemos terminado! Volveremos

mañana para probar la pista y para

filmar parte del documental. Vendrás a

verlo, ¿no?

Portia lanzó una mirada a Cooper, que

la estaba observando con expresión

ilegible. Entonces, sonrió a Stevey,

ocultando la tristeza y la frustración que

se habían apoderado de ella.

–No lo sé. Ya veremos mañana.

–Tienes que venir –insistió Stevey.

–Lo

intentaré

–pero

no

podía

prometer nada hasta no hablar con

Cooper.

En cuestión de unos minutos Drew y

el resto del equipo se marchó. Cooper

se acercó al porche y apoyó un hombro

en uno de los postes.

–¿De qué hablabais Stevey y tú? –

preguntó Cooper.

–Me ha preguntado si iba a ver las

pruebas y el rodaje mañana.

–¿Y qué le has contestado?

–Le he dicho que ya veríamos –Portia

respiró

hondo,

lanzándose

a

lo

inevitable–. Cooper, tenemos que hablar.

Cooper la miró con los ojos

entrecerrados como si esperase recibir

un puñetazo.

–He contratado a un detective privado

–declaró ella sin ceremonias.

Había pensado en tener aquella

conversación después de la exhibición,

pero después de conocer a los

esquiadores le habían asaltado las dudas

sobre la viabilidad del hotel. Tenía que

contarle a Cooper aquello ahora que

todavía tenía su atención.

–¿Un investigador privado?

–Se llama Jack Harding. Y sí, ya sé

que Hollister dijo que eso iba contra las

reglas., pero Hollister os impuso esas

reglas a Dalton, a Griffin y a ti. Eso no

tiene nada que ver conmigo porque yo

no compito por el dinero, así es como lo

veo. Por eso he contratado a un

detective para que la busque.

Cooper se cruzó de brazos y la

observó con expresión inescrutable

mientras ella se acercaba al mostrador

de la cocina para agarrar una bolsa de la

que sacó unos mensajes electrónicos que

le había enviado Jack y que ella había

impreso en el hotel.

–Jack empezó la búsqueda en el hotel

en el que la conocí y donde trabajó de

camarera para la gala a la que asistí –

dijo Portia manejando los papeles–. En

el hotel no sabían quién era Ginger, lo

que pareció extraño al principio; pero el

gerente de la empresa de catering

explicó que era normal contratar a

camareros solo para ese tipo de fiestas.

Portia le dio los papeles a Cooper y

continuó:

–Aquí está el mensaje de la agencia

de trabajo, dice que ellos tampoco han

tenido a nadie que se llame Ginger. Lo

que me hace pensar que me dio un

nombre falso. Pero quizá lo hiciera para

evitarse problemas, ya que le había

tirado una copa de champán a mi madre.

Por eso le pedí a Jack que volviera al

hotel e hiciera preguntas a los otros

empleados, cosa que hizo. Y a partir de

ahí es donde todo parece muy extraño.

Portia volvió a interrumpirse. Cooper

la miró y arqueó las cejas levemente.

–Jack habló con veintiún empleados y

doce de ellos la recuerdan, pero nadie

sabe quién la contrató ni quién le pagó.

Y de esos doce empleados, a cinco de

ellos les dio un nombre diferente.

Cooper dejó los papeles encima del

mostrador, empujándolos hacia ella.

–En definitiva, no has descubierto

nada.

Ella, con gesto desafiante, empujó los

papeles de nuevo hacia él.

–¿Te parece poco todo esto?

–No la has encontrado.

–He encontrado a una mujer que está

intentando por todos los medios

esconderse de vosotros.

–¿Por qué iba a hacer eso?

–Creo que sabe que la estamos

buscando. Creo que sabe que es la hija

de Hollister –declaró Portia con

absoluto convencimiento–. Todo el

mundo en Houston sabe que la familia

Cain siempre atiende a las galas de la

fundación La Esperanza de los Niños. Si

ella sabía que era una Cain, la gala era

la oportunidad perfecta para observaros

sin que vosotros os dierais cuenta, sin

vosotros saber quién era ella.

–Hay un problema con tu lógica –dijo

él en tono desdeñoso–. Estás suponiendo

que quiere ocultarnos su identidad, pero

muy bien podría ser que lo que no sabe

es que existimos. Lo único que parece

cierto es que intenta ocultar su

identidad, pero nada más.

–¿Qué otro motivo podría inducirle a

aparecer en la gala y trabajar sin

cobrar?

–Puede que sea una ladrona.

–Maravilloso. Ahora resulta que tu

hermana es un personaje de una novela

de Dickens –¿por qué Cooper no podía

verlo?–. No entiendo por qué te tomas

todo esto tan a la ligera. Se trata de un

dato más respecto a su identidad.

–No, no lo es –respondió él con

enfado–. No has descubierto nada. Todo

esto no es más que información sobre

una mujer de la que no sabemos nada.

¿Qué esperas que sienta?

Portia alzó los brazos en señal de

exasperación.

–No lo sé. Lo único que quiero es que

sientas algo.

–¿Por qué? –Cooper dio un paso

hacia ella–. ¿Por qué tengo que sentir

algo? Aunque encontraras a la hija de

Hollister, aunque estuviera justo en este

momento delante de la puerta, ¿por qué

iba yo a sentir algo por ella?

–Porque es tu hermana.

–No, no lo es. Yo no tengo una

hermana. Esta mujer, quienquiera que

sea, es otra hija bastarda de Hollister.

¿Quién te dice que no hay una docena

más? ¿Por qué demonios te importa tanto

encontrar a esta mujer?

–Porque es tu hermana –repitió

Portia, pero con voz queda, casi sin

poder hablar debido al nudo que se le

había formado en la garganta.

–Yo no tengo nada que ver con esta

mujer. Que compartamos algunos genes

no significa que la considere parte de mi

familia.

–¿Te pasa lo mismo con Griffin y

Dalton?

–Sí.

–¿A pesar de haber pasado las

vacaciones de verano con ellos desde

que tenías diez años?

–Sí.

–¿A pesar de haber vivido con ellos

después de que tu madre muriese?

–El hecho de que viviera en la misma

casa que ellos no significa que formara

parte de la familia.

–¿Sabes qué? Tienes razón –le espetó

ella con suma frustración–. ¿Sabes qué

hace que uno sea parte de una familia?

Te lo voy a decir: pasar tiempo con la

familia. Si hubieras querido formar

parte de la familia Cain deberías haber

hecho algún esfuerzo. Pasé años

invitándote el día de Acción de Gracias

y a pasar con nosotros la Navidad.

Siempre que había una reunión familiar

te invitaba. Pero tú casi nunca

apareciste. Y, la mayoría de las veces, ni

siquiera te molestaste en responder a la

invitación. Así que no me vengas con

críticas a la familia.

Cooper echó la cabeza hacia atrás y

lanzó una carcajada.

–Genial. Absolutamente genial.

Portia parpadeó sin comprender.

–¿Qué es lo que te hace tanta gracia?

–Tú echándome en cara que no

apareciera a las reuniones familiares.

–Pues yo no le veo la gracia –Cooper

seguía riendo y ella no lo entendía.

–No es gracioso, sino irónico. ¿Nunca

te has preguntado por qué no acudía a

esas reuniones? Bien, te lo voy a decir:

no iba porque me gustabas, y sabía que

yo a ti también.

Portia quiso protestar, pero las

palabras se le atragantaron. Cooper

cerró la distancia que los separaba y le

agarró la barbilla con una mano. Lo hizo

con suavidad, pero con firmeza,

obligándola a mirarle a los ojos.

–Nos gustamos desde el día de tu

boda, cuando te sorprendí haciendo el

pino. Te deseo desde entonces. Y no

asistía a las reuniones familiares porque

no quería verte con mi hermano.

–Y nunca habría…

–Lo sé. Sé que nunca habrías hecho

nada estando casada con Dalton, pero no

estaba tan seguro de mí mismo. Por eso

os evitaba.

De repente, a Portia le dio miedo que

se le desgarrara el corazón. Ahora, por

fin, se enfrentaba al verdadero motivo

por el que no podían estar juntos:

Dalton. Siempre y cuando su relación

fuera pasajera, no tenía importancia.

Nadie se enteraría.

–Sí, tienes razón, siempre ha habido

algo entre los dos, a pesar de haberlo

ocultado. Pero creo que yo ya no puedo

seguir fingiendo

Cooper se la quedó mirando.

–¿Qué quieres decir, que hemos

acabado?

–Sí –respondió Portia con sumo

dolor.

Cooper la agarró por los brazos.

–Lo que has dicho no me gusta nada.

–A mí tampoco –admitió ella–. Pero

¿cuál es la alternativa? ¿Que empecemos

a salir juntos y te presente a mis padres?

¿Quieres que le diga a mi madre que nos

estamos acostando juntos? ¿Y todo el lío

que se podría montar solo porque nos lo

pasamos bien en la cama? No, lo siento,

Cooper. Te conozco y sé que las mujeres

son meros objetos para ti. Durante tu

etapa rebelde eran las modelos y los

escándalos olímpicos. Pero ahora lo que

quieres es ser respetable, de ahí tu

interés en una chica rica y un hotel de

lujo. Lo hemos pasado bien, pero sabía

que no iba a durar toda la vida.

Le había dicho eso para hacerle daño.

Sabía que era una mezquindad, pero

quería devolverle algo del sufrimiento

que Cooper le había causado.

–No, tienes razón, ninguno de los dos

queremos que esto dure –Cooper

sacudió la cabeza y lanzó una amarga

carcajada–. De todos modos, no me

gusta que lo dejemos.

–Pues lo que te voy a decir a

continuación te va a gustar menos: creo

que esto no es una buena idea.

–¿Lo nuestro? Creo que ya hemos

dejado las cosas claras, ¿no?

–No, me refiero a convertir Bear

Creek Lodge en un hotel de lujo.

Cooper entrecerró los ojos.

–Has tomado demasiado cariño a este

sitio, ¿verdad? Su pasado, su historia…

–No, no es eso. No es que crea que

vayas a estropear este edificio, lo que

pasa es que creo que si desarrollases tu

proyecto al final se volvería en contra

tuya.

–Lo que acabas de decir no tiene

sentido.

–Sí que lo tiene. Estás convencido de

que hay un mercado para un hotel de lujo

que atraiga a esquiadores de tabla de

nieve, y yo no lo pongo en duda. Pero

¿te gustaría pasar el rato con los

esquiadores que vinieran aquí? He visto

a tus amigos, son la clase de gente que

vendría por ti, pero no porque les

gustara el hotel.

–¿Crees que Drew, Stevey y los

demás son amigos míos?

–Han venido a ayudarte, ¿no?

–Han venido por la nieve.

–No, han venido por ti. Porque te

aprecian. Tú no estabas presente

mientras construían la pista, pero yo sí.

No dejaban de hablar maravillas de ti.

Creías que querían ligar conmigo, pero

te equivocas. No se les pasó por la

cabeza porque pensaban que tú y yo

éramos pareja. Me hablaban bien de ti.

Y sí, puede que les guste la nieve polvo,

pero han venido por ti, para ayudarte,

porque te consideran su amigo.

Cooper se la quedó mirando como si

le costara asimilar sus palabras.

Después, bajó los ojos y asintió.

–Es posible.

–Y, en mi opinión, tú también les

aprecias. Y creo que les admiras mucho

más que a un imbécil como Robertson o

como tu padre.

Cooper sonrió.

–De eso no hay duda.

–En ese caso, ¿por qué te empeñas en

demostrarles a Robertson y a tu padre lo

que vales? ¿Por qué te importa su

opinión? ¿Por qué no haces con esta

propiedad lo que te venga en gana? ¿Por

qué no haces algo pensando en la gente

que realmente te importa?

–¿Me dices esto ahora, después de

todo lo que hemos trabajado?

–Te lo digo ahora porque a partir de

la semana que viene ya no estaré contigo

y por eso no podré decírtelo entonces.

Pienso que estás cometiendo un error y

por eso tengo que decírtelo ahora –

respondió ella, sintiendo cada palabra

que había pronunciado como un puñal en

el corazón.

Esperó a ver si Cooper le daba la

razón. Sin embargo, él sacudió la

cabeza.

–Estás equivocada. Beckś Lodge va

a ser algo maravilloso. Es lo mejor que

puedo hacer como director ejecutivo de

Flight+Risk.

Portia quiso rebatirle, pero ¿qué más

podía decir? Al fin y al cabo, era

decisión de Cooper. No sabía si Bear

Creek Lodge sería un fracaso rotundo

para Cooper, pero para ella sí lo había

sido.

A pesar de estar convencida de que el

proyecto de Cooper iba a repercutir

negativamente en él, Portia tuvo que

admitir que el cambio que había dado

Bear Creek Lodge era espectacular.

Aparte de deshacerse del mostrador

de recepción del vestíbulo, los cambios

realizados eran solo superficiales, pero

sumamente efectivos: había retirado

unos viejos muebles del vestíbulo y los

había sustituido por unos sillones, en el

lugar que había ocupado el mostrador

ahora había unas mesas de bufé, el resto

de los cambios eran cuestión de

iluminación.

Portia se paseó por la estancia,

satisfecha de los resultados. Los

invitados estarían allí en media hora.

Los camareros de la empresa de catering

estaban sacando ya los aperitivos. El

grupo de música estaba ya preparando

los instrumentos en un rincón.

Cooper se le acercó y miró a su

alrededor. Se detuvo muy cerca de ella,

pero sin tocarla. Un precipicio se había

abierto entre ellos.

–Ha quedado muy bien –dijo Cooper

con

frialdad–.

Sabía

que

lo

conseguirías.

Portia volvió la cabeza para mirarle.

–Todavía no hemos conseguido nada.

Además, esto es el principio, nos queda

también mañana. Después se verá si

hemos conseguido convencer a alguien

para que invierta en el proyecto o si

consigues que la junta directiva de tu

empresa lo apruebe.

–Yo no tengo ninguna duda de

conseguirlo. Esto ha quedado estupendo,

cualquiera de los que van a venir será

capaz de ver sus posibilidades.

A Portia se le revolvió el estómago,

sabía que Cooper tenía razón. Era un

hombre con tal determinación que

resultaba imposible no creer que

lograría el éxito. Pero, en el fondo, ella

sabía que se volvería en su contra.

Unas horas más tarde, cuando la fiesta

estaba en pleno apogeo, Cooper, que

hablaba con uno de los posibles

inversores, vio entrar por la puerta a su

hermano Dalton con Laney del brazo.

Laney, después de quitarse el abrigo,

estaba encantadora con el vestido

amarillo que llevaba. Ambos se hicieron

a un lado y fue entonces cuando vio

también a Griffin con Sydney, su esposa.

¡Vaya, parecía una reunión de la

familia Cain! ¿Quién les había invitado?

Al instante, vio a Portia acercarse al

grupo de recién llegados. Portia besó a

Laney y a Sydney y entonces Dalton la

abrazó. Ver eso le produjo un ataque de

celos; no unos celos superficiales como

le había pasado con Drew y Stevey, sino

algo profundo y sombrío, algo arraigado

en una vida de resentimiento.

Cuando se acercó a sus hermanos y

sus respectivas esposas, Portia estaba

estrechando la mano de Griffin y le

sonreía amistosamente.

–Dalton, Griffin –Cooper asintió–. No

sabía que habíais sido invitados.

–Los he invitado yo –aclaró Portia–.

Por cierto, Cooper, ¿sabías que el

hermano menor de Sydney practica el

esquí de tabla de nieve?

–No, no lo sabía –respondió Cooper

forzando una sonrisa.

–La verdad es que no es algo que me

entusiasme –contestó Sydney riendo–.

Pero queríamos ver qué era lo que

estabas haciendo –entonces, se volvió a

Portia y añadió–: Sobre todo, después

de las maravillas de las que nos ha

hablado Portia respecto a este lugar.

–Bueno, ¿y qué os parece? –preguntó

Portia al grupo.

–Es increíble –dijo Laney–. Ahora

entiendo por qué estás tan entusiasmada.

Cooper lanzó una mirada a Portia.

¿Había invitado a Dalton y a Laney antes

o después de adoptar una opinión

negativa del proyecto? ¿Les había

invitado para que le apoyaran a él o

para que reforzaran la opinión de ella?

El grupo de música estaba tocando

una canción de los sesenta, una canción

de amor nostálgica que hizo que mucha

gente se pusiera a bailar.

–Deberíais salir a bailar –les dijo

Portia–. La siguiente es una balada, será

perfecta. Después, si queréis, os contaré

la historia de este edificio y los planes

de Cooper.

En

ese

momento

los

músicos

empezaron a hacer sonar los primeros

acordes de la balada.

–¿No vas a invitarme a bailar,

Cooper? –le preguntó Portia con aire

inocente.

Cooper sintió unas tremendas ganas

de salir de allí, agarrar una tabla y

perderse en la nieve. Quería alejarse de

Portia y de todo lo que ella

representaba, lo que él jamás podría

tener. Porque no podía tenerla a ella por

mucho que lo deseara. Sin embargo, en

vez de marcharse, llevó a Portia a la

pista de baile. Allí, le puso la mano en

la espalda, justo en el lugar en el que

acababa el escote de la espalda del

vestido, por lo que sus dedos rozaban la

suave piel de ella.

–Muy hábil –dijo Cooper–. ¿Les has

invitado para demostrar que tienes

razón, que yo no tengo lo que hay que

tener para llevar este hotel? ¿Para

demostrar que Dalton y Griffin tienen

clase y siempre la tendrán, al contrario

que yo?

–¿Lo ves? Sabía que ibas a

malinterpretarlo todo –pero a pesar de

la acusación, le sonrió–. Les he invitado

porque hace años que no los ves.

–Gracias a la estúpida búsqueda de

Hollister, este último año los he visto

más

que

nunca

–contestó

él,

corrigiéndola.

–Las reuniones que ha convocado

Hollister en las que te has reunido con

tus hermanos no las considero reuniones

familiares precisamente.

–¿Quién te ha dicho que quiero esa

clase de relación con mis hermanos?

Portia se detuvo en medio de la pista

de baile mientras las demás parejas

bailaban a su alrededor.

–¿Sabes lo que pienso? Que te has

pasado

la

vida

albergando

un

resentimiento hacia tus hermanos que

solo se debe a que son hijos de Hollister

y que ya no sabes lo que quieres ni lo

que necesitas –declaró ella mirándole

fijamente–. Y lo que necesitas son

amigos que te quieran por ti mismo, por

lo que eres. Y necesitas una familia que

te quiera. Y todo eso lo tienes, pero te

niegas a reconocerlo y a aceptarlo.

–¿Y a ti te parece bien haber esperado

a decirme esto en este momento?

–No, en absoluto –respondió Portia

ladeando la cabeza ligeramente–. ¿Pero

en qué otro momento voy a poder

decírtelo? No vamos a volver a vernos

después de este fin de semana, así que

he aprovechado la última oportunidad

que tengo.

–¿Y crees que sabes lo que yo

necesito? ¿Lo mismo que sabes lo que

debería hacer con Beckś Lodge?

–No. No me importa lo que hagas con

este lugar. Me encanta el edificio, pero

solo me importa lo que tú necesitas.

Conviértelo en un hotel si quieres, eso

es cosa tuya. Pero ¿sabes lo que creo yo

que necesitas? Más gente que te quiera.

En cualquier caso, no quiero que me

utilices como excusa para no tener

relaciones con tu familia.

–No necesito tener una relación con

ellos.

–Sí, lo necesitas. Todo el mundo

necesita una familia. Además, tú mismo

me dijiste que estuviste apartado de

ellos por mí. Y yo no quiero

interponerme entre tus hermanos y tú.

Cooper la soltó.

–No entiendo a qué viene todo esto.

–A tu relación con tu familia, con la

familia Cain.

–No, no es verdad –otras parejas

habían notado la discusión y él, para

evitar ponerse en evidencia, volvió a

tomar

a

Portia

en

sus

brazos,

bruscamente–. Lo que pasa es que no

puedes evitar meterte en los asuntos de

los demás e intentar arreglar las cosas

entre ellos.

Portia frunció el ceño. Por primera

vez durante la velada, parecía confusa.

–Yo… no entiendo qué quieres decir.

–¿Crees que quiero convertirme en

otra de tus obras de caridad? ¿Como mi

supuesta hermana a la que quieres

proteger, como Caro, como todos esos

niños a los que quieres adoptar?

–No… no es eso.

–¿Estás

segura?

Piénsalo.

De

cualquier modo, no estoy dispuesto a

convertirme en un artículo más para que

tú proyectes tu caridad.

Cooper la soltó, pero esta vez se

alejó de ella.

Portia se marchó con el resto de los

invitados al hotel de Provo. Al día

siguiente no volvió.

Capítulo Nueve

El fin de semana había sido todo un

éxito, Portia lo sabía a pesar de no

haberse quedado para la exhibición de

tabla de nieve. Lo había dejado todo

preparado y sabía que los invitados lo

habían pasado muy bien; en especial, los

invitados que eran posibles inversores.

Portia se había marchado de Utah sin

duda alguna de que Cooper lograría

comprar y restaurar Bear Creek Lodge,

o bien a través de su empresa o por

medio de otros inversores. En realidad,

no le sorprendería que Cooper ya

hubiera recibido numerosas ofertas.

Ofertas de las que ella nunca sabría.

Nada más volver a su casa llamó a

Jack Harding para ver qué más había

averiguado de la hija de Hollister Cain.

Después de recoger la información que

el detective le dio, se la envió a Caro.

Quizá, si Caro encontraba a la hija de su

exmarido y se lo comunicaba a Dalton y

a Griffin, estos repartirían el dinero con

ella. Era la solución más fácil y sencilla.

Portia se sintió como una idiota por

no habérsele ocurrido antes, en vez de

haber elaborado una estrategia que había

complicado las vidas de todos.

Después de aquello, se quedó

invernando en su casa durante una

semana, solo respondiendo a las

llamadas telefónicas de su madre, que

no comprendía su comportamiento.

Portia estaba haciendo yoga en su

casa cuando llamaron a la puerta.

Creyendo que era su madre, fue a abrir

con la idea de decirle a su madre de una

vez por todas que la dejara en paz. Pero

al abrir, en vez de a su madre se

encontró con Laney.

Laney, al instante, se acercó a ella y

le dio un fuerte abrazo, al tiempo que,

sin querer, le daba un pequeño golpe en

la cadera con la enorme bolsa que

llevaba en la mano.

–Hola,

Portia

–dijo

Laney

al

soltarla–. Ya sé que te parecerá raro que

haya venido, pero tu madre ha llamado a

Dalton para pedirle que viniera a hablar

contigo. E iba a venir él, pero a mí me

ha parecido mejor venir yo por él ya

que… en fin, Dalton no sabía qué

decirte. Y también te he traído cosas

para picar.

Laney se introdujo en la casa y

sacudió la bolsa que llevaba en la mano

antes de añadir:

–Como no sabía si te gusta más lo

dulce o lo salado, he traído un poco de

todo: patatas fritas, guacamole, frutos

secos, almendras con chocolate y

helado.

Portia, asombrada, se quedó mirando

a Laney mientras esta parecía sentirse

como en casa. Laney, la mujer de su

exmarido.

–¿A qué has venido? –preguntó Portia

innecesariamente.

Laney, con las mejillas enrojecidas, la

miró.

–Portia, ya sé que esto es un poco

raro, pero… –Laney vio una mesa y dejó

en ella los comestibles después de

sacarlos uno a uno de la bolsa–. Todo el

mundo está preocupado por ti. Cuando te

vimos en Provo, pensamos que había

algo entre Cooper y tú. A Dalton le

pareció extraño, pero acabó convencido

también. Estábamos muy contentos. Pero

luego, al ver que te marchaste incluso

antes de la exhibición de tabla de nieve

y sumando a eso que desde entonces no

ha habido manera posible de ponerse en

contacto con Cooper, hemos llegado a la

conclusión de que hay motivos para que

estemos preocupados. A Caro no le

hemos dicho nada porque Hollister, de

repente, se puso peor el otro día, y la

mujer ya tiene bastante.

–¿Que todos estáis preocupados por

mí?

–Claro. Sydney se ofreció a venir en

mi lugar para hablar contigo, pero

estaba ocupada porque ella y Griffin se

van mañana de viaje. Pero si les

necesitas para algo, están dispuestos a

posponer el viaje –Laney se encogió de

hombros–. Ya sé que lo más probable es

que yo no te caiga bien y no te lo

reprocho. Pero he venido para ofrecerte

mi apoyo y para decirte que puedes

contar conmigo para lo que quieras; al

fin y al cabo, eres parte de la familia. Y

te aseguro de que cualquier cosa que me

digas quedará entre nosotras.

¿Qué podía responder a eso? Hasta

ese momento, se había considerado

persona non grata para la familia Cain.

Laney se acercó a la mesa y agarró la

cubeta de helado.

–Será mejor que meta el helado en el

congelador antes de que se derrita.

Portia fue a la cocina, necesitaba un

momento a solas para recuperar la

compostura. Metió el helado en el

congelador y respiró hondo varias

veces.

Entonces

Laney,

que

se

había

acercado a la puerta, le dijo:

–Dalton dice que eres demasiado

inteligente para permitir que un tipo

como Cooper te destroce el corazón,

pero yo… yo sé que la inteligencia no

tiene nada que ver con esas cosas.

–Escucha, te agradezco el detalle –

contestó Portia dándose la vuelta de

cara a ella–. Gracias por venir, pero no

voy a llorar en tu hombro.

Laney se la quedó mirando con

comprensión en los ojos. Entonces, dijo

con voz queda:

–Tú te preocupas mucho por la gente.

¿Tanto te molesta permitir que alguien se

preocupe por ti?

Portia trató de imaginarse a sí misma

abriéndose a esa mujer, contándole todo

lo que le carcomía por dentro, llorando

hasta que ya no le quedaran más

lágrimas

por

derramar,

comiendo

helado.

Pero no lo consiguió.

En vez de echarse a llorar y abrazarse

a Laney, respondió a la pregunta que

estaba en el aire.

–Sí, me molesta que tú te preocupes

por mí. No soporto darte pena.

Laney pareció querer protestar, pero

al final asintió.

–Está bien, me marcho –dijo Laney–.

Pero que sepas que estás equivocada.

No siento pena por ti, pero sé muy bien

lo que es sentirse sola. No querer que te

sientas así no significa que te tenga

pena.

Laney se dio la vuelta y se marchó,

sin dar a Portia tiempo a responder. Y

fue cuando oyó el motor del coche de

Laney cuando se echó a llorar.

Cooper pasó la semana siguiente sin

saber qué hacer consigo mismo. La

fiesta, la exhibición… todo había sido

un rotundo éxito. Durante aquella

semana le habían llamado varias

personas interesadas en invertir dinero

en su proyecto; el viernes, los de la junta

directiva de su empresa, incluido

Robertson, habían decidido aprobar el

proyecto.

Pero eso ya carecía de importancia.

En realidad, no había sentido nada la

noche en que, al volver a su casa en

Denver, encontró a su hermano Dalton

esperándole a la entrada.

–Hola –dijo Cooper, y abrió la

puerta.

Dalton esperó a estar dentro del

condominio para preguntarle:

–¿Te has acostado con Portia?

Perplejo, Cooper se volvió a su

hermano.

–¿A qué demonios viene eso? Que yo

sepa, no te pertenece.

Viendo que Dalton no se iba a

marchar sin antes decir lo que había ido

a decir, Cooper fue a la cocina, sacó dos

cervezas de la nevera y le dio una a su

hermano.

Dalton le lanzó una mirada furiosa

antes de llevarse la botella de cerveza a

los labios.

–¿Crees que no lo sé? Claro que no

me pertenece –contestó malhumorado–.

Pero no estoy dispuesto a permitir que

nadie le destroce el corazón.

En un primer momento, Cooper se

quedó helado; después, se puso a pensar.

Lo que acababa de decirle Dalton

significaba, en primer lugar, que él le

había destrozado el corazón a Portia. En

segundo lugar, al parecer Portia se lo

había dicho a Dalton, y eso le

sorprendió.

–Pero no te importó cuando fuiste tú

quien le destrozó el corazón, ¿verdad? –

contestó Cooper.

–En eso confieso que tienes razón –

Dalton suspiró y continuó–: Portia es

hija única, con unos padres sumamente

egoístas. A pesar de las apariencias, le

cuesta mucho hacer amistades. Yo

cometí muchos errores con ella, pero

siempre la traté con respeto. Y la admiro

mucho. No se merece que un mujeriego

como tú juegue con ella.

–Estoy totalmente de acuerdo –esas

palabras escaparon de sus labios casi

sin que se diera cuenta–. Se merece

mucho más. Pero si por un momento

pensara que está enamorada de mí, todo

sería diferente.

Dalton se lo quedó mirando.

–Entonces… ¿qué? ¿Vas a dejar las

cosas como están? ¿Vas a permitir que

se te escape de las manos? ¿Ni siquiera

vas a intentar luchar por ella? Nunca te

he considerado un cobarde.

–No lo soy.

–En ese caso, ¿qué demonios estás

haciendo aquí? Si quieres estar con ella,

ve a Houston ahora mismo y arrodíllate

ante ella si es necesario.

Portia volvía de hacer unas compras

cuando encontró a Cooper sentado en

los escalones de la entrada de su casa.

Al verla llegar, se puso en pie. Iba

vestido con unos vaqueros y una camisa

polo que confería al azul de sus ojos un

tono más profundo y misterioso. Llevaba

un libro en las manos.

Le temblaron las piernas solo de

verle. ¿Cómo iba a poder contenerse

para no arrojarse a sus brazos? ¿Y por

qué estaba allí? ¿A qué había ido?

A pesar de la multitud de preguntas

que acudieron a su mente, no dijo nada.

Se limitó a abrir la puerta y le dejó

pasar.

–Habíamos hecho un trato –dijo

Cooper cuando ella cerró la puerta.

–Así es –respondió Portia tras unos

minutos de vacilación, cuando se dio

cuenta de a lo que él se refería–. Y yo he

cumplido con mi parte.

–Pero no me has dado la oportunidad

de que cumpliera yo con la mía –Cooper

le dio el libro–. Se supone que tengo que

ayudarte a encontrar a la hija de

Hollister.

–¿Qué es esto? –preguntó Portia

mirando el libro.

–El es diario de mi madre.

–¿Y cómo me va a ayudar?

–Solo te pido que le eches un vistazo.

Portia pasó unas hojas escritas a

mano. En algunas, había recortes de

periódico y revistas pegados, todos de

artículos sobre Hollister o Cain

Enterprises.

–No lo entiendo –dijo Portia.

–Cuando era un niño, recuerdo que mi

madre

estaba

completamente

obsesionada con Hollister y convencida

de que su breve aventura amorosa era el

verdadero amor. Creía que Hollister iba

a divorciarse de Caro y a casarse con

ella. Leía y coleccionaba todo lo

referente a él. Este libro contiene todo

lo que mi madre consiguió averiguar de

él, y data del tiempo en el que Hollister

debió tener relaciones con la madre de

la chica a la que quiere encontrar. No lo

sé, pero quizá haya en el diario alguna

pista sobre lo que Hollister estaba

haciendo en esos momentos.

Sin quitar los ojos del diario, Portia

se sentó en el sofá. Era un diario

detallado, exhaustivo y, como Cooper

había dicho, obsesivo. Cooper había ido

allí a entregárselo porque pensaba que

podría tener información relevante.

¿Qué clase de infancia había tenido

Cooper con una madre así? ¿Hasta qué

punto había condicionado la opinión de

Cooper respecto a la familia Cain y al

resto del mundo?

–Por favor, no creas que mi madre

estaba loca –dijo Cooper como si le

hubiera leído el pensamiento.

–No, no lo pienso en absoluto –

respondió ella, consciente de que

Cooper quería a su madre.

–Se conocieron esquiando en Europa.

Mi madre era modelo. Hollister la dejó

embarazada de mí, lo que acabó con su

carrera de modelo. Mis abuelos, que

siempre se habían opuesto a la profesión

que ella había elegido, se negaron a

ayudarla cuando se enteraron de que iba

a tener un hijo. No le quedaron muchas

opciones.

–Hollister la mantenía, ¿es eso?

–Sí. Mi madre no tenía estudios y

tampoco supo administrar el dinero:

tomaba clases de esquí e íbamos de

vacaciones a Vale, pero vivíamos en un

piso cutre –Cooper lanzó una amarga

carcajada, una carcajada llena de

desilusiones y sueños frustrados–.

Quería estar preparada para cuando

Hollister viniera a por nosotros y se

casara con ella.

Portia cerró el libro cuidadosamente

y lo dejó encima de la mesa. Lo que más

deseaba en el mundo era abrazar a

Cooper, acariciarle, consolarle, proteger

a ese niño al que la crueldad de

Hollister había hecho tanto daño.

Sabía muy bien lo cruel que era

Hollister. Cierto que había tenido mucho

encanto, había sido guapo y carismático;

pero todos esos atributos escondían una

despiadada ambición y una falta de

consideración hacia los demás que

rayaba en lo psicótico.

Sí, quería abrazar a Cooper, pero no

lo hizo porque, de estar en el lugar de él,

no habría querido que la consolaran.

¿No le había dicho a Laney hacía poco

que se marchara porque no quería su

compasión? ¿No había…?

¡Al demonio!

Portia se arrojó a los brazos de

Cooper y le estrechó con fuerza,

tratando de traspasarle todo el amor que

sentía por él en aquel abrazo.

–No es pena lo que siento –susurró

Portia pegada al pecho de él–. Y quiero

que sepas que ya no me importa la hija

de Hollister ni nada. Ni siquiera sé por

qué me empeñé en…

–Yo sí sé por qué te importaba –le

interrumpió Cooper al tiempo que la

separaba ligeramente de él para que

pudiera mirarle a los ojos–. Te

importaba

porque

pensabas

que,

probablemente, tendría problemas para

integrarse en este mundo de riqueza y

poder… Igual que te pasa a ti. Te

importaba porque te importa la gente,

aunque lo disimules. Lo único que

espero es que yo también te importe más

de lo que parece. No he venido aquí

para cumplir mi parte del trato, sino

porque quiero que me des otra

oportunidad.

–¿Otra oportunidad para qué?

–Para hacer que te enamores de mí.

Portia se apartó de él bruscamente.

–¿Es que no te has enterado? ¡Ya

estoy enamorada de ti! ¿Por qué crees

que me marché de Utah a toda prisa? –

Cooper no respondió, pero Portia le vio

esbozar una sonrisa de oreja a oreja–.

¡No tiene ninguna gracia!

–No me estoy riendo. Estoy feliz.

Cooper fue a abrazarla otra vez, pero

ella le puso las manos en el pecho,

deteniéndole.

–No sé por qué estás feliz, porque yo,

desde luego, no lo estoy. Ahora me

deseas, pero ¿por cuánto tiempo? Al

margen de que te quiera o no te quiera,

no voy a volver a Colorado contigo. No

estoy dispuesta a deshacer mi vida por

estar contigo solo para que, después de

unas semanas, te canses y me dejes por

una modelo sueca.

En vez de abrazarla, Cooper se

mantuvo apartado de ella. Pero, de

alguna

manera,

había

conseguido

llevarla hasta la pared y arrinconarla.

–¿Es que no lo entiendes? Portia,

estoy desesperado –dijo Cooper con voz

suave–. Comprendo que no te fíes de mí

y confieso que he hecho todo lo posible

para evitar enamorarme de ti. Y la

verdad es que no creo que puedas

reprochármelo teniendo en cuenta la

familia de la que vengo.

–No, no puedo reprochártelo –

reconoció Portia–. Pero el amor no tiene

por qué ser así siempre.

Fue entonces cuando Cooper volvió a

rodearla con los brazos.

–Cuando estamos juntos, es como una

locura que escapa a mi control. Tengo

celos y estoy obsesionado contigo, y eso

me aterra. La única esperanza que tengo

es que a ti te pase lo mismo. Necesito

convencerte de que eres lo más

importante del mundo para mí. A pesar

de las tonterías que he hecho en el

pasado, quiero que sepas que siempre

estaré a tu lado.

–Cooper…

Pero Cooper la interrumpió.

–Sé que esto te asusta. A mí también.

Sé que has sufrido y que quizá sería todo

más fácil si me marchara y te dejara.

Pero no puedo hacerlo. Amarte es el

mayor riesgo que voy a correr en mi

vida, pero también sé que será lo que me

haga más feliz. Te pido que me creas,

que confíes en mí. Te quiero, Portia, te

quiero más que a nadie en el mundo. Por

favor…

Portia deseaba tanto creerle que casi

le dolía. Le amaba, le adoraba, ella

tampoco había querido tanto a nadie.

Pero… ¿se atrevería? ¿Podría confiar en

Cooper plenamente y permitirse creer en

ese futuro sin límites?

Cooper acercó el rostro al suyo, en

esos ojos zafiro había un brillo de

esperanza, de amor.

–Portia…

Pero esta vez, fue ella quien le

interrumpió.

–Tengo miedo, Cooper.

–Lo sé, cielo. Pero…

–Déjame terminar –Portia sonrió–.

Nunca he corrido riesgos, siempre he

apostado por lo seguro y siempre he

hecho lo que se esperaba de mí. Pero

esta vez, esta vez voy a hacer lo que

quiero. Lo que necesito. Y te necesito a

ti, Cooper. Siempre te he necesitado,

aunque no lo supiera. Pero ahora lo sé.

Soy toda tuya. Y no por un tiempo, sino

para toda la vida.

El rostro de Cooper se iluminó y la

estrechó en sus brazos. Y una inmensa

felicidad la invadió. Sí, se pertenecían,

el uno al otro, durante el resto de sus

vidas.

Por fin, Cooper la separó de sí

ligeramente y la miró.

–¿Estás dispuesta a venir a Colorado

conmigo?

–Desde luego, lo que no voy a hacer

es pedirle a un esquiador de tabla de

nieve que se venga a vivir a Houston, un

sitio en el que siempre hace calor y

nunca, nunca, nieva. ¿Por qué? ¿Qué

estás pensando?

–En realidad, se me había ocurrido

que viviéramos en tres sitios: la mitad

del tiempo, por lo menos, en Denver,

por la empresa, aunque puedo trabajar

bastante sin necesidad de estar allí. Pero

tampoco me importaría probar a pasar

algún tiempo en Houston; al fin y al

cabo, no has dejado de insistir en que

debería pasar más tiempo con Dalton y

Griffin.

Portia se puso de puntillas y le besó.

–Gracias. ¿Y el tercer lugar?

–Bear Creek Lodge. Tenías razón, hay

mucha gente interesada en invertir en el

proyecto. Ahora solo falta dilucidar qué

hacer con la propiedad para que los dos

estemos contentos. Y en eso también

tenías razón, me he dado cuenta de que

no quiero un lugar lleno de niños ricos.

–Yo también soy una niña rica, ¿no?

Cooper ignoró la ironía.

–Convertiremos ese lugar en algo que

nos guste a los dos. Y quizá, algún día,

puede que adoptemos a un montón de

niños a los que también les gustará estar

allí. ¿Qué te parece?

Portia volvió a ponerse de puntillas

para darle otro beso.

–Me parece muy buena idea.

Volvieron a besarse, y esta vez fue un

beso para sellar un trato de toda una

vida.

Si te ha gustado este libro, también te

gustará esta apasionante historia que te

atrapará desde la primera hasta la última

página.

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