El árbol por H.P. Lovecraft - muestra HTML

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CUENTOS DE TERROR

H. P. Lovecraft

EL ÁRBOL

En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno

a las ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida

con las más sublimes esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia

que la casa. A un extremo de la tumba, con sus peculiares raíces desplazando

los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por el tiempo, crece un olivo

antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se asemeja

a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la

muerte, que los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna bri-

lla débilmente a través de sus ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de

los parajes predilectos de temible Pan, el de la multitud de extraños

compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener alguna

espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive

en una cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.

Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente,

vivían en ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada

de Lidia a Neápolis, y nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en

habilidad. El Hermes de Calos se alzaba en un marmóreo santuario de Corinto,

y la Palas de Musides remataba una columna en Atenas, cerca del Partenón.

Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se asombraban de

que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad

fraternal.

Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de ser

no eran iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres

urbanos de Tegea, Calos prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de

la vista de sus esclavos al fresco amparo del olivar. Allí meditaba sobre las

visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas de belleza que

posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto,

comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que

sus estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se

codeaba... ya que jamás llevaba a cabo sus trabajos partiendo de modelos

vivos.

Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de

Siracusa despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de

Tycho que planeaba erigir en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par

había de ser la estatua, ya que habría de servir de maravilla a las naciones y

convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de cualquier

pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides

estaban invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra

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conocido, y el astuto tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se

prestarían mutua ayuda y consejo; así que tal apoyo produciría dos imágenes

de belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría incluso los sueños de los poetas.

Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en los días

siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los cinceles. Calos

y Musides no se ocultaron sus trabajos, aun cuando se reservaron su visión

para ellos dos solos. A excepción de los suyos, ningún ojo pudo contemplar las

dos figuras divinas liberadas mediante golpes expertos de los bloques en bruto

que las aprisionaban desde los comienzos del mundo.

De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de banquetes de

Tegea, mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según pasaba el

tiempo, la gente advirtió cierta falta de alegría en el antes radiante Musides.

Era extraña, comentaban entre sí, que esa depresión hubiera hecho presa en

quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos honores artísticos.

Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de Musides no se leía

sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la situación.

Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual

nadie volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos

escultores era de sobra conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos

acudieron a visitar a Calos, advirtiendo en efecto la palidez de su rostro,

aunque había en él una felicidad serena que hacía su mirada más mágica que

la de Musides... quien se hallaba claramente absorto en la ansiedad, y que

apartaba a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus

propias manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras

inacabadas de Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su

fiel enfermero.

Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las atenciones

de los perplejos médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos pedía con

frecuencia que le llevaran a la tan amada arboleda. Allí rogaba que le dejasen

solo, ya que deseaba conversar con seres invisibles. Musides accedía

invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos al pensar que

Calos prestaba más atención de faunos y dríadas que de él. Al cabo, el fin

estuvo cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le

prometió un sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos

le pidió que no hablara más sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se

albergaba en el pensamiento del moribundo; que unas ramitas de ciertos oli-

vos de la arboleda fueran depositadas enterradas en su sepultura... junto a su

cabeza. Y una noche, sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.

Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de mármol

que el afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el mismo

Calos hubiera podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los

esplendores del Eliseo. Tampoco descuidó Musides el enterrar junto a la

cabeza de Calos las ramas de olivo de la arboleda.

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Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación, Musides

trabajó con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le pertenecía

ahora, ya que el tirano no quería sino su obra o la de Calos. Su esfuerzo dio

cauce a sus emociones y trabajaba más duro cada día, privándose de los pla-

ceres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes transcurrían junto a

la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la cabeza

del yaciente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña era su

forma, que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de

sorpresa, y Musides parecía encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por

él.

A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al tirano, y

se comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba concluida.

Para entonces, el árbol de la tumba había alcanzado asombrosas proporciones,

sobrepasando al resto de los de su clase, y extendiendo una rama singular-

mente pesada sobre la estancia en la que Musides trabajaba. Mientras,

muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como para

admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas.

Pero a él no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer

el quedarse a solas ahora que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El

poco alentador viento de la montaña, suspirando a través del olivar y el árbol

de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos vagamente articulados.

El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a

Tegea. De sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran

imagen de Tycho y para rendir honores imperecederos a Musides, por los que

los próxenos les brindaron un recibimiento sumamente caluroso. Al caer la

noche se desató una violenta ventolera sobre la cima del Menalo, y los

hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la

ciudad. Hablaron acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad,

refocilándose en la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él. Y

entonces los hombres de Tegea hablaron acerca de la bondad de Musides, y de

su hondo penar por su amigo, así como de que ni aun los inminentes laureles

del arte podrían consolarle de la ausencia del Calos, que podría haberlos

ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la tumba,

junto a la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y tanto

los siracusanos como los arcadios elevaron sus preces a Eolo.

A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano cuesta arriba

hasta la casa del escultor, pero el viento nocturno había realizado extrañas

hazañas. El griterío de los esclavos se alzaba en una escena de desolación, y

en el olivar ya no se levantaban las resplandecientes columnatas de aquel

amplio salón donde Musides soñara y trabajara. Solitarios y estremecidos

penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso peristilo

mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño árbol

nuevo, reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en

mármol a un montón de ruinas espantosas. Extranjeros y tegeanos quedaron

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pasmados, contemplando la catástrofe causada por el grande, el siniestro

árbol cuyo aspecto resultaba tan extrañamente humano y cuyas raíces

alcanzaban de forma tan peculiar el esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y

desmayo aumentó al buscar entre el derruido aposento, ya que del noble

Musides y de su imagen de Tycho maravillosamente cincelada no pudo hallarse

resto alguno. Entre aquellas formidables ruinas no moraba sino el caos, y los

representantes de ambas ciudades se vieron decepcionados; los siracusanos

porque no tuvieron estatua que llevar a casa; los tegeanos porque carecían de

artista al que conceder los laureles. No obstante, los siracusanos obtuvieron

una espléndida estatua en Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en

el ágora un templo de mármol que conmemoraba los talentos, las virtudes y el

amor fraternal de Musides.

Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de Calos, y

el anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en las

noches ventosas, diciéndose una y otra vez: «¡Oιδά! ¡Oιδά!»... ¡yo sé! ¡yo sé!

LO INNOMBRABLE

Estábamos sentados en una ruinosa tumba del siglo XVI, a avanzada hora de

la tarde de un día de otoño, en el viejo cementerio de Arkham, y divagábamos

sobre lo innombrable. Mirando hacia el sauce gigantesco del cementerio, cuyo

tronco casi había hundido la antigua y casi ilegible losa, y había hecho un

comentario fantástico sobre el alimento espectral e incalificable que sus

colosales raíces succionaban sin duda de aquella tierra vetusta y macabra; mi

amigo me amonestó por decir esas tonterías, y añadió que puesto que no se

habían efectuado enterramientos desde hacía más de un siglo, probablemente

el árbol no recibía otro alimento que el ordinario. Añadió además que mi

constante alusión a lo «innombrable» y lo «incalificable» eran un recurso

pueril, muy en consonancia con mi escasa categoría como escritor. Yo era muy

aficionado a terminar mis relatos con suspiros o ruidos que paralizaban las

facultades de mis héroes y les dejaban sin valor, sin palabras y sin recuerdos

para decir qué habían experimentado. Conocemos las cosas, decía él, sólo a

través de nuestros cinco sentidos o nuestras intuiciones religiosas; por tanto,

es completamente imposible hacer referencia a ningún objeto o visión que no

pueda describirse claramente mediante las sólidas definiciones empíricas o las

correctas doctrinas teológicas, preferentemente congregacionalistas, con las

modificaciones que la tradición o sir Arthur Conan Doyle puedan aportar.

Con este amigo, Joel Manton, discutía a menudo lánguidamente. Era director

de la East High School, nacido y criado en Boston, y participaba de esa sordera

autocomplaciente de Nueva Inglaterra para las delicadas insinuaciones de la

vida. Su opinión era que sólo nuestras experiencias normales y objetivas

poseen importancia estética, y que lo que incumbe al artista es no tanto

suscitar una fuerte emoción mediante la acción, el éxtasis y el asombro, como

mantener un plácido interés y apreciación con detalladas y precisas

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transcripciones de lo cotidiano. En particular, era contrario a mi preocupación

por lo místico y lo inexplicable; porque aunque creía en lo sobrenatural mucho

más que yo, no admitía que fuera tema suficientemente común para abordarlo

en literatura. Para un intelecto claro, práctico y lógico, era increíble que una

mente pudiese encontrar su mayor placer en la evasión respecto de la rutina

diaria, y en las combinaciones originales y dramáticas de imágenes

normalmente reservadas por el hábito y el cansancio a las trilladas formas de

la existencia real. Según él, todas las cosas y sentimientos tenían

dimensiones, propiedades, causas y efectos fijos; y aunque sabía vagamente

que el entendimiento tiene a veces visiones y sensaciones de naturaleza

bastante menos geométrica, clasificable y manejable, se creía justificado para

trazar una línea arbitraria, y desestimar todo aquello que no puede ser

experimentado y comprendido por el ciudadano ordinario. Además, estaba casi

seguro de que no puede existir nada que sea «innombrable». No era

razonable, según él.

Aunque me daba cuenta de que era inútil aducir argumentos imaginativos y

metafísicos frente a la autosatisfacción de un ortodoxo de la vida diurna, había

algo en el escenario de este coloquio vespertino que me incitaba a discutir

más que de costumbre. Las gastadas losas de pizarra, los árboles patriarcales,

los centenarios tejados holandeses de la vieja ciudad embrujada que se

extendía alrededor; todo contribuía a enardecerme el espíritu en defensa de

mi obra; y no tardé en llevar mis ataques al terreno mismo de mi enemigo. En

efecto, no me fue difícil iniciar el contraataque, ya que sabía que Joel Manton

seguía medio aferrado a muchas de las supersticiones de que las gentes

cultivadas habían abandonado ya; creencias en apariciones de personas a

punto de morir en lugares distantes, o impresiones dejadas por antiguos

rostros en las ventanas, a las que se habían asomado en vida. Dar crédito a

estas consejas de vieja campesina, insistía yo, presuponía una fe en la

existencia de sustancias espectrales en la tierra, separadas de sus duplicados

materiales y consiguientes a ellos. Implicaba, además, una capacidad para

creer en fenómenos que estaban más allá de todas las nociones normales;

pues si un muerto puede transmitir su imagen visible o tangible a la distancia

de medio mundo o desplazarse a lo largo de siglos, ¿por qué iba a ser absurdo

suponer que las casas deshabitadas están llenas de extrañas entidades

sensibles, o que los viejos cementerios rebosan de terribles e incorpóreas

generaciones de inteligencias? Y dado que el espíritu, para efectuar las

manifestaciones que se le atribuyen, no puede sufrir limitación alguna de las

leyes de la materia, ¿por qué es una extravagancia imaginar que los seres

muertos perviven psíquicamente, en formas —o ausencias de formas— que

para el observador humano resultan absoluta y espantosamente

«innombrables»? El «sentido común», al reflexionar sobre estos temas, le

aseguré a mi amigo con calor, no es sino una estúpida falta de imaginación y

de flexibilidad mental.

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Había empezado a oscurecer, pero a ninguno de los dos nos apetecía dejar la

conversación. Manton no parecía impresionado por mis argumentos, y estaba

deseoso de refutarlos. Con esa confianza en sus propias opiniones que tanto

éxito le daba como profesor, mientras que yo me sentía demasiado seguro en

mi terreno para temer una derrota. Cayó la noche, y las luces brillaron

débilmente en algunas de las ventanas distantes; pero no nos movimos.

Nuestro asiento —un sepulcro— era bastante cómodo, y yo sabía que a mi

prosaico amigo no le inquietaba la cavernosa grieta que se abría en la antigua

obra de ladrillos, maltratada por las raíces, justo detrás de nosotros, ni la total

negrura del lugar que proyectaba la ruinosa y deshabitada casa del siglo XVII

que se interponía entre nosotros y la calle iluminada. Allí, sentados en la

oscuridad, junto a la hendida tumba próxima a la casa deshabitada,

conversábamos sobre lo «innombrable»; y cuando mi amigo dejó de burlarse,

le hablé de la espantosa prueba que había detrás del relato mío del que más

se había burlado él.

El relato se titulaba La ventana del ático y había aparecido en el número de

Whispers correspondiente a enero de 1922. En muchos lugares, especialmente

en el sur y en la costa del Pacífico, retiraron la revista de los kioscos a causa

de las quejas de los estúpidos pusilánimes; pero en Nueva Inglaterra no causó

ninguna emoción, y las gentes se encogieron de hombros ante mis

extravagancias. Era impensable, dijeron, que nadie se sobresaltase con aquel

ser biológicamente imposible; no era sino una conseja más, una habladuría

que Cotton Mather había hecho lo bastante creíble como para incluirla en su

caótica Magnalia Christi Americana, y se hallaba tan pobremente autentificada

que ni siquiera se había atrevido a citar el nombre de la localidad donde había

tenido lugar el horror. Y en cuanto a la ampliación que yo hacía de la breve

nota del viejo místico... ¡era completamente imposible, y típica de un

plumífero frívolo y fantasioso! Mather había dicho efectivamente que había

nacido semejante ser; pero nadie, salvo un sensacionalista barato, podría

pensar que se hubiese desarrollado, se fuese asomando a las ventanas de las

gentes por las noches, y se ocultara en el ático de una casa, en cuerpo y alma,

hasta que alguien lo descubrió siglos después en la ventana, aunque no pudo

describir qué fue lo que le volvió grises los cabellos. Todo esto no era más que

descarada mediocridad, cosa en la que no paraba de insistir mi amigo Manton.

Entonces le hablé de lo que había descubierto en un viejo diario redactado

entre 1706 y 1723, desenterrado de entre los papeles de la familia, a menos

de una milla de donde estábamos sentados; de eso, y de la verdad irrefutable

de las cicatrices que mi antepasado tenía en el pecho y la espalda, que el

diario describía. Le hablé también de los temores que abrigaban otras gentes

de esa región, y de lo que se murmuró durante generaciones, y de cómo se

demostró que no era fingida la locura que le sobrevino al niño que entró en

1793 en una casa abandonada para examinar determinadas huellas que se

decía que había.

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Fue sin duda un ser horrible... no es de extrañar que los estudiosos se

estremezcan al abordar la época puritana de Massachussetts. Se conoce muy

poca cosa de lo que ocurrió bajo la superficie, aunque a veces supura

horriblemente con un burbujeo putrescente. El terror a la brujería es un

destello de luz de lo que bullía en los estrujados cerebros de los hombres;

pero incluso eso es una pequeñez. No había belleza, no había libertad... como

puede comprobarse en los restos arquitectónicos y domésticos, y los sermones

envenenados de los rigurosos teólogos. Y dentro de esa herrumbrosa camisa

de fuerza, se ocultaban farfullantes la atrocidad, la perversión y el satanismo.

Esta era, verdaderamente, la apoteosis de lo innombrable.

Cotton Mather, en ese demoníaco sexto libro que nadie debe leer de noche, no

se anda con rodeos al lanzar sus anatemas. Severo como un profeta judío, y

lacónicamente imperturbable como nadie hasta entonces, habla de la bestia

que dio a luz un ser superior a las bestias, aunque inferior al hombre, el ser

del ojo manchado, y del desdichado y vociferante borracho al que ahorcaron

por tener un ojo así. De todo esto se atreve a hablar, aunque no cuenta lo que

ocurrió después. Quizá no llegó a saberlo; o quizá sí, y no se decidió a

contarlo. Hay quien sí que se enteró, aunque no llegó a decir nada... Tampoco

se dio explicación pública de por qué se hablaba con temor de la cerradura de

la puerta que había al pie de la escalera de cierto ático donde vivía un viejo

solitario, amargado y decrépito, el cual se había atrevido a levantar la losa de

determinada sepultura anónima, sobre la cual, sin embargo, existen

numerosas leyendas capaces de helarle la sangre a cualquiera.

Todo está en ese diario ancestral que encontré: las secretas alusiones e

historias susurradas sobre seres con un ojo manchado que andaban

asomándose a las ventanas por la noche o eran vistos por los prados

desiertos, cerca de los bosques. Mi antepasado vio a un ser así en una

carretera sombría que corría por un valle, el cual le dejó señales de cuernos en

el pecho y de garras en la espalda; y cuando buscaron sus pisadas en el polvo,

encontraron huellas mezcladas de pezuñas hendidas y zarpas vagamente

antropoides. En una ocasión, un jinete del servicio de correo contó que había

visto a la luz de la luna, unas horas antes del amanecer, a un viejo corriendo y

llamando a una criatura espantosa que andaba a zancadas por Meadow Hill, y

muchos le creyeron. Desde luego, corrió una extraña historia una noche de

1710, cuando el viejo solitario y decrépito fue enterrado en una cripta que

había detrás de su propia casa, cerca de la losa de pizarra sin inscripción.

Nadie abrió la puerta que daba acceso a la escalera del ático, sino que dejaron

la casa como estaba, pavorosa y desierta. Cuando se oían ruidos en ella, la

gente murmuraba y se estremecía, confiando en que fuese bastante sólido el

cerrojo de la puerta del ático. Más tarde, esta confianza se vio frustrada

cuando el horror se presentó en la casa parroquial y no dejó una sola alma

viva o entera. Con el paso de los años, las leyendas adoptan un carácter

espectral... pero supongo que aquel ser debió de morir, si era una criatura

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viva. Su recuerdo sigue siendo espantoso... tanto más espantoso cuanto que

ha sido secreto.

Durante esta narración, mi amigo Manton se había ido quedando en silencio, y

observé que mis palabras le habían impresionado. No se rió al callarme yo,

sino que me preguntó muy serio sobre el niño que enloqueció en 1793, y que

parecía ser el héroe de mi historia. Le dije que el chico había ido a aquella

casa encantada y desierta, seguramente movido por la curiosidad, ya que

creía que las ventanas conservan latente la imagen de quienes habían estado

sentados junto a ellas. El chico fue a examinar las ventanas de aquel horrible

ático a causa de las historias sobre los seres que se habían visto detrás de

ellas, y regresó gritando frenéticamente.

Cuando acabé de hablar, Manton se quedó pensativo; pero poco a poco volvió

a su actitud analítica. Concedió que quizá había existido realmente un

monstruo espantoso; pero me recordó que ni siquiera la más morbosa

aberración de la naturaleza tiene por qué ser innombrable ni científicamente

indescriptible. Admiré su claridad y persistencia; pero añadí nuevas

revelaciones que había recogido entre la gente de edad. Leyendas espectrales,

aclaré, relacionadas con apariciones monstruosas más horribles que cuantas

entidades orgánicas podían existir; apariciones de formas bestiales y

gigantescas, visibles a veces, y a veces sólo tangibles, que flotaban en las

noches sin luna y rondaban por la vieja casa; la cripta que había detrás, y el

sepulcro junto a cuya losa ilegible había brotado un árbol. Tanto si tales

apariciones habían matado o no personas a cornadas o sofocándolas, como se

decía en algunas tradiciones no comprobadas, habían causado una tremenda

impresión; y aún eran secretamente temidas por los más viejos de la región,

aunque las nuevas generaciones casi las habían olvidado... Quizá

desaparecieran, si se dejaba de pensar en ellas. Es más, en lo que se refería a

la estética, si las emanaciones psíquicas de las criaturas humanas consistían

en distorsiones grotescas, ¿qué representación coherente podría expresar o

reflejar una nebulosidad gibosa e infame como aquel espectro de maligna y

caótica perversión, aquella blasfemia morbosa de la naturaleza? Modelado por

el cerebro de una pesadilla híbrida, ¿no constituirá semejante horror vaporoso,

con todo su nauseabunda verdad, lo intensa, escalofriantemente innombrable?

Sin duda se había hecho muy tarde. Un murciélago singularmente silencioso

me tocó al pasar, y creo que a Manton también, porque aunque no podía

verle, noté que levantaba el brazo. Luego dijo:

—Pero, ¿sigue en pie y deshabitada esa casa de la ventana del ático?

—Si —contesté—. Yo la he visto.

—¿Y encontraste algo... en el ático o en algún otro lugar?

—Unos cuantos huesos bajo el alero. Quizá fue eso lo que vio el niño; si era

muy sensible, no necesitó ver nada en el cristal de la ventana para perder la

razón. Si pertenecían al mismo ser, debió de tratarse de una monstruosidad

histérica y delirante. Habría sido blasfemo dejar tales huesos en el mundo; así

que los metí en un saco y los llevé a la tumba que hay detrás de la casa.

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Había una abertura por donde los pude arrojar al interior. No pienses que fue

una tontería por mi parte... Quisiera que hubieses visto el cráneo. Tenía unos

cuernos de unas cuatro pulgadas; en cambio, la cara y la mandíbula eran igual

que la tuya o la mía.

Al fin pude notar que Manton, ahora muy cerca de mí, experimentaba un

auténtico escalofrío. Pero su curiosidad no se dejó intimidar.

—¿Y los cristales de las ventanas?

—Habían desaparecido todos. Una de las ventanas había perdido

completamente el marco; en las demás, no había rastro de cristales en las

pequeñas aberturas romboidales. Eran de esa clase de ventanas de celosía

que cayeron en desuso antes de 1700. Supongo que llevaban un siglo o más

sin cristales... quizá los rompiera el niño, si es que llegó hasta allí; la leyenda

no lo dice.

Manton se quedó pensativo otra vez.

—Me gustaría ver la casa, Carter. ¿Dónde está? Tanto si tiene cristales como si

no, quisiera echarle una ojeada. Y también a la tumba donde pusiste aquellos

huesos, y la otra sepultura sin inscripción... todo eso debe de ser un poco

terrible.

—La has estado viendo... hasta que se ha hecho de noche.

Mi amigo se puso más nervioso de lo que yo me esperaba; porque ante este

golpe de inocente teatralidad, se apartó de mí neuróticamente y dejó escapar

un grito, con una especie de atragantamiento que liberó su tensión contenida.

Fue un grito singular, y tanto más terrible cuanto que fue contestado. Pues

aún resonaba, cuando oí un crujido en la tenebrosa negrura, y comprendí que

se abría una ventana de celosía en aquella casa vieja y maldita que teníamos

allí cerca. Y dado que todos los demás marcos de ventana hacía tiempo que

habían desaparecido, comprendí que se trataba del marco espantoso de

aquella ventana demoníaca del ático.

Luego nos llegó una ráfaga de aire fétido y glacial procedente de la misma

espantosa dirección, seguida de un alarido penetrante que brotó junto a mí, de

aquella tumba agrietada de hombre y monstruo. Un instante después, fui

derribado del horrible banco donde estaba sentado por el impulso infernal de

una entidad invisible de tamaño gigantesco, aunque de naturaleza

indeterminada. Caí cuan largo era en el moho trenzado de raíces de ese

horrendo cementerio, mientras de la tumba salía un rugido jadeante y un

aleteo, y mi fantasía se valía de ellos para poblar la oscuridad con legiones de

seres semejantes a los deformes condenados de Milton. Se formó un vórtice

de viento helado y devastador, y luego hubo un tableteo de ladrillos y cascotes

sueltos; pero, misericordiosamente, me desvanecí antes de comprender lo que

ocurría.

Manton, aunque más bajo que yo, es más resistente; porque abrimos los ojos

casi al mismo tiempo, a pesar de que sus heridas eran más graves. Nuestras

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camas estaban juntas, y en pocos segundos nos enteramos de que estábamos

en el hospital de St. Mary. Las enfermeras se habían congregado a nuestro

alrededor, en tensa curiosidad, ansiosas por ayudar a nuestra memoria,

contándonos cómo habíamos llegado allí; y no tardamos en saber que un

granjero nos había encontrado a mediodía en un campo solitario al otro lado

de Meadow Hill, a una milla del viejo cementerio, en un lugar donde se dice

que hubo en otro tiempo un matadero. Manton tenía dos serias heridas en el

pecho, así como algunos cortes o arañazos menos graves en la espalda. Yo no

estaba malherido; pero tenía el cuerpo cubierto de morados y contusiones de

lo más desconcertantes, y hasta una huella de pezuña hendida. Era evidente

que Manton sabía más que yo, pero no dijo nada a los perplejos e interesados

médicos, hasta que le explicaron cual era la naturaleza de nuestras heridas.

Entonces dijo que habíamos sido victimas de un toro resabiado... aunque

resultó difícil explicar e identificar al animal.

Cuando las enfermeras y los médicos nos dejaron, le susurré una pregunta

sobrecogida:

—¡Dios mío, Manton!, ¿qué ha pasado? Esas señales... ¿ha sido eso?

Pero yo estaba demasiado perplejo para alegrarme, cuando me contestó en

voz baja algo que yo medio me esperaba:

—No... no ha sido eso ni mucho menos. Estaba en todas partes... era una

gelatina... un limo..., sin embargo, tenía formas, mil formas espantosas

imposibles de recordar. Tenía ojos... uno de ellos manchado. Era el abismo, el

maelstrom, la abominación final... Carter, ¡era lo innombrable!

AIRE FRÍO

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por

qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado

y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día

otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al

mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está

relacionado con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu

juicio si ésta es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la

oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media

tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar

albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la

primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e

desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un

alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión

barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las

cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable

precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después

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de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me

asqueaba mucho menos que las demás que había probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a

finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que

manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento

buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel

imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un

deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban

limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado

frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos,

un sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de

nuevo. La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada

Herrero, no me molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara

eléctrica achicharrada en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y

mis compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco comunicativos como

uno pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de grado tosco y

crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo resultaban

una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño.

Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de

que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo.

Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente

la mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por

detener el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me

aseguró que el problema sería rápidamente solucionado.

—El Doctor Muñoz —lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante

de mí—, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para

medicarse, cada vez está más enfermo, pero no quiere ayuda de nadie. Es

muy extraña su enfermedad. Todo el día toma baños apestosos, y no puede

reanimarse o entrar en calor. Se hace sus propias faenas, su pequeña

habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce como médico. Pero

una vez fue bueno. Mi padre en Barcelona oyó hablar de él, y tan sólo le curó

el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al

tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y

productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi

habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había

manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera

sobre mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de

un mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me

pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre,

y si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una

excentricidad más bien infundada. Hay —reflexioné trivialmente—, un infinito

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patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este

mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que

súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación

escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y

sabía que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había

dicho sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y

llamé débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un

inglés correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi

nombre y profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la

puerta contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más

calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando

en un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en

este nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su

función diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos

cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que

un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la

mía —la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero

había mencionado— era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta

manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya

cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los

evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre

de edad, cultura y distinción.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía

un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque

sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos

anticuados espejuelos protegían sus ojos oscuros y penetrantes, una nariz

aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un

abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al

peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato

completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío,

sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente

su pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física

para este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables

considerando la conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el

frío singular que me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan

caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita

habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el

estado tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis

necesidades de una mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo

tiempo que me reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien

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curiosamente cavernosa y hueca, que era el más amargo enemigo del alma, y

había hundido su fortuna y perdido todos sus amigos en una vida consagrada

a extravagantes experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de

fanático benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas mientras

sondeaba mi pecho y mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del

pequeño laboratorio. Evidentemente me encontraba en compañía de un

hombre de buena cuna, una novedad excepcional en este ambiente sórdido, y

se animaba en un inusual discurso como si recuerdos de días mejores

surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender

como respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer

mis pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y

recuerdo su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la

voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de

una mejora científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de

los daños más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos

específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir —o al

menos a poseer algún tipo de existencia consciente— ¡sin tener corazón en

absoluto!. Por su parte, estaba afligido con unas enfermedades complicadas

que requerían una muy acertada conducta que incluía un frío constante.

Cualquier subida de la temperatura señalada podría, si se prolongaba,

afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación —alrededor de 55 ó 56

grados Fahrenheit*— era mantenida por un sistema de absorción de amoníaco

frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi

habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío

lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le

pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba

investigaciones secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un

poco cuando examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de

sus estantes. Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por

sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas,

dado que creía que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos

psicológicos que, concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de

un sistema nervioso del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por

su influencia al anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus

primeros experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones

de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No

hacía mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al

hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido

demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con

detalle, que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios,

* 12,8 a 13,3 grados centígrados. (nota del Trauko)

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aunque envolvían escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos

y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta

pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había

insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era

hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su

mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste

cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación

emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que

originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias

exóticas y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de

un faraón sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su

demanda de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su

habitación y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante

hasta poder mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados*, y

finalmente incluso en 28 grados**; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran

los menos fríos, a fin de que el agua no se congelase, y ese proceso químico

no lo podría impedir. El vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la

puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para

obviar el problema. Una especie de creciente temor, de forma estrafalaria y

mórbida, parecía poseerle. Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía

huecamente cuando cosas tales como entierro o funeral eran sugeridas

gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar

de eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los

extraños que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y

atender sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me

compré especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y

me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos

que pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de

su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero

el aroma en su habitación era peor, a pesar de las especias y el incienso, y los

acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en

tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me

estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se

apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí;

incluso no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para

él. Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera

que parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos

de una emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz

* 34ºF = 1,1ºC y 40ºF = 4,4ºC (nota del Trauko)

** 28ºF = -2,2 ºC o bien 2,2 grados bajo cero (nota del Trauko).

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aumentaban más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La

dejadez de los primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a

su objetivo, así que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le

agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre

de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía

preservarlo de un derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza,

los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que,

después de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró, en su mayor

parte de las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que

en estos momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las

cosas más inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin

entregar y cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente

aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un

solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que había venido a

reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó

eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño

que parezca, había pasado por los horrores de la Gran Guerra sin haber

sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa

brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora

se rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación

refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y

trabajé desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía

en tono inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier

descripción. Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y