El baúl de la tía Berta por Catalina Gómez Parrado - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
index-1_1.jpg

El baúl

de la tía Berta

Catalina Gómez Parrado

El baúl

de la tía Berta

Copyright © Catalina Gómez Parrado, Gandía, 2005

Copyright Edición revisada © Catalina Gómez Parrado, Gandía, 2010

Autor, diseño y maquetación: Catalina Gómez Parrado

(http://www.librovirtual.org/autor.php?autor=AUT0020)

(http://catigomezparrado.bubok.com)

Portada: fotomontaje de la autora, con la imagen titulada Chest full of Gold del autor urbandevill ( Christophe Villedieu) –adquirida en iStockphoto– sobre fragmento del cuadro Dunes de Antonio

Cazorla, con el permiso de ambos autores. Mil gracias a los dos por su ayuda y su generosidad.

(http://espanol.istockphoto.com/urbandevill)

(http://www.antoniocazorla.com)

Inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual Depósito Legal: PM 2329-2008

I.S.B.N.: 978-84-92580-57-6

Editor: Bubok Publishing, S.L.

Esta obra ha sido publicada por su autor mediante el sistema de publicación de BUBOK PUBLISHING, S.L. para su distribución y puesta a disposición del público bajo el sello editorial de BUBOK en la plataforma on line de esta editorial, www.bubok.es. BUBOK

PUBLISHING, S.L. no se responsabiliza de los contenidos de esta obra, ni de su distribución fuera de su plataforma on line.

A mis chicos, Salva y Jorge:

con ellos a mi lado no hay nada imposible.

A mi pequeño Pablo,

que ha venido al mundo para completar el mío.

Todos los personajes, lugares y nombres de negocios y establecimientos aparecidos en esta novela y en sus cuentos y relatos breves, son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es –o al menos debería ser– pura coincidencia.

En cambio, la anécdota contada por el personaje de Javier sobre La leyenda de la cita en Samarra, es real. A pesar de haber transcurrido tanto tiempo, nunca he podido olvidarla. No sé si fue la leyenda o la forma de contarla, pero fue en esa ocasión cuando descubrí la intensidad que puede llegar a tener un relato breve. Deseo enviar desde aquí mi más sincero agradecimiento al creador de esta leyenda, quienquiera que fuese. Sí, ya sé... Pero...

¿quién sabe?, tal vez esté leyendo esta novela en su desván...

C. G. P.

Í N D I C E 1

1. Conjuros, hechizos y filtros de amor .........................13

2. Revolviendo en el fango ............................................45

3. La llegada de Ana .....................................................59

4. La Nit Màgica ............................................................75

5. Entre risas y pucheros .............................................99

6. Noche de miedo ......................................................123

7. Enfrentándose a los temores ..................................177

8. La conspiración ......................................................197

9. A la deriva ..............................................................227

10. Limpieza general ....................................................251

11. Viento del norte ......................................................285

12. Revelaciones ...........................................................299

13. Emergiendo de las profundidades ...........................323

14. El día que Prudencia olvidó su nombre ..................341

15. La cosecha del viento ..............................................365

Í N D I C E 2

Cuentos del baúl

-El secreto de la familia Lee .............................................111

-En el pantano ...............................................................128

-Presa fácil ....................................................................143

-Medianoche en la casa de la viuda negra (Cuento gótico) . . .147

-El romance de Francisco Ortega ......................................237

-Un trabajo limpio ..........................................................264

-Cuentos de sirenas (Cuentos encadenados):

-Por qué el mar es azul (La primera sirena) .................288

-El secreto que conocen las sirenas ............................289

-La playa de las sirenas

(Cómo las islas consiguen su nombre) ........................290

-La leyenda de Taína y Guamá ...................................291

-Alicia en el país de las pesadillas .....................................300

-Y Malena se deshizo cantando un tango ...........................323

-Cuento para Berta ........................................................326

1. Conjuros, hechizos y filtros de amor

Todavía no eran las diez. Berta desayunaba en casa de su amigo Pablo, aunque no fuera eso lo habitual. A pesar de ser vecinos del mismo viejo barrio en aquella pequeña ciudad mediterránea, no acostumbraban a verse tan pronto. Todos los días a las doce de la mañana hacían una escapada de sus respectivos negocios para tomarse un tentempié en el café La Salle –al que todos llamaban café La Sal–, pero aquel día Berta estaba demasiado impaciente para esperar al mediodía. Creía haber descubierto la solución a todos sus problemas en una revista femenina y necesitaba el consejo de su amigo para hallar la fórmula correcta. Pablo, que además de ser el mejor amigo de Berta era copropietario de su librería, se había tomado el asunto con jocosa paciencia y había dejado que ella le leyese el absurdo artículo de esa trivial revista desde las nueve de aquella mañana, aunque sin tomarse en serio sus cavilaciones y dando por supuesto que ella tampoco lo hacía. Acabado su desayuno, entraron en la trastienda de la herboristería de Pablo –situada bajo la vivienda– por la puerta que comunicaba la escalera con la planta baja y Pablo tomó algunas cajas para comenzar su rutina diaria. Berta entró tras él en la tienda sin dejar de leerle fragmentos de la revista. Un liviano sol matinal se filtraba ya por los escaparates de la herboristería. El verano recién estrenado se hacía notar a pesar de la hora temprana y el ambiente en la tienda era ya sofocante.

Pablo dejó la puerta abierta y comenzó a reponer en las 13

estanterías los artículos que faltaban.

–Hierba de San Juan... ¿o será sagitaria? No... no..., hierba de San Juan... sí, seguro... seguramente... –decía Berta–. Espera... espera que lo vuelva a consultar...

Pablo recorría los pasillos de su herboristería cargado de cajas y de paciencia, seguido de cerca por su amiga y socia, que no quitaba los ojos de la revista que iba consultando al tiempo que caminaba tras los pasos de su amigo, tirando sin querer algunos de los artículos que éste iba reponiendo en las estanterías.

–Mira por dónde andas, Berta, que me vas a destrozar la tienda –la regañó él con desgana, seguro de que no le iba a hacer el menor caso.

–¿Qué? ¡Oh, sí! Perdona... –repuso distraída al tiempo que recogía las cajas de sobres para infusión que había derribado–. Esto está un poco confuso, creo que se han equivocado.

–A ver... No, no, la equinácea está en su lugar y...

¡Ah, la revista! Pero Berta, ¿quieres hacerme el favor de levantar la vista de eso, al menos mientras caminas?

–Ya... ya... –repuso ella distraída mientras dejaba en su lugar la última caja de infusión que aún llevaba en la mano sin mirar dónde lo hacía, dejándola caer de nuevo al suelo.

–Anda, déjame a mí, que tú estás muy ocupada –sugirió Pablo con una ironía que Berta no apreció.

Berta se dirigió a la zona de cosmética natural, frente al mostrador, dejó en el suelo el enorme bolso que siempre llevaba consigo a todas partes y se sentó en la butaca reclinable, en donde las magistrales manos de Marta, la empleada de Pablo, solían aplicar tratamientos de belleza a las clientas. Un biombo de bambú la ocultaba parcialmente de la vista, así que se inclinó hacia delante para seguir hablando con Pablo.

–A ver qué te parece a ti: Conjuro para atraer al hombre de tu vida: la noche anterior a la luna llena, coloca un cuenco de agua en el alféizar de tu ventana y deja que 14

el poderoso influjo de la luna actúe sobre ella hasta el amanecer. La noche siguiente, plenilunio, añade el agua a la bañera, enciende dos velas rojas junto a ella, y date un mágico baño mientras repites el nombre de la persona que deseas atraer, tantas veces como años tenga. Al terminar, apaga las velas de un solo soplido y guárdalas envueltas en el cajón con tu ropa interior hasta la siguiente luna llena. ¡Infalible!

Pablo, entre divertido y atónito, se había detenido para escuchar a su amiga. Entretanto, una clienta habitual de Pablo entró en la tienda y se dirigió al mostrador, sin que ninguno de los dos se percatara de su presencia.

–¿Pero tú te estás escuchando? ¡Berta, por favor! Tú eres una mujer inteligente, ¿cómo puedes creer en semejantes patrañas? Y tienes una respetable librería...

Caótica, pero respetable. ¡Y te paseas por ahí leyendo...

¿cómo era?... “Chicas guays” !

–“Chicas de hoy” –corrigió ella, recostándose en la butaca, sin darle importancia–. ¡Ay!, no te pongas en plan profesor que no te va nada. Y no te metas con mi librería que en parte también es tuya... ¿Quién ha dicho que yo me lo crea? Lo que pasa es que, bueno, no se pierde nada con probar, ¿no? Y hasta puede ser divertido. Oye, ¿y tú qué pruebas tienes de que no funcione? ¿Acaso lo has probado y no te ha salido bien?

–Pues mira, sí –se burló Pablo–, pero como no sabía su edad le eché dieciocho a ver si colaba... ¿O será porque envolví las velas con los calzoncillos sucios...?

–¿Guardas los calzoncillos sucios en el cajón de la ropa interior? –interrumpió Berta con sorna.

Pablo estuvo a punto de responderle un disparate en el mismo tono, pero se detuvo a tiempo.

–Mira... no me hagas decir barbaridades a estas horas de la mañana...

La clienta, que había mantenido silencio hasta el momento con la esperanza de descubrir la verdad sobre 15

el rumor que corría en el barrio acerca de aquéllos dos, carraspeó ante el cariz que tomaba la conversación.

Pablo, azarado, se dirigió de inmediato hacia ella murmurando:

–De todas las herboristerías del mundo, ella tuvo que venir precisamente a la mía... No, no es a usted, doña Leonor, buenos días... Esto..., bueno, usted viene a por lo suyo, ¿verdad?

–Buenos días; sí, hijo, pero no hay prisa, no te molestes, tú sigue a lo tuyo y cuando puedas ya me atiendes –respondió la mujer, ladina.

Pablo suspiró y mantuvo su sonrisa más seductora.

En una pequeña ciudad como aquélla y en un barrio antiguo –el de pescadores– donde muchas de las casas ahora pertenecían a extranjeros jubilados –la mayoría de los cuales, aunque encantadores, apenas hablaba español–, era comprensible que los viejos vecinos del barrio se aburriesen como ostras y se dedicasen a investigar con ahínco las vidas privadas de sus vecinos más jóvenes. Y en esa categoría no entraban los respectivos nietos, porque a ésos no había quien les siguiera la pista. Así que Pablo era consciente de que el honor les correspondía a Berta y a él, pues aunque ninguno de los dos fuera precisamente un niño, ambos habían estado en el punto de mira del barrio desde que Berta llegara a él hacía ya más de veinte años. No había buena vecina que se preciara de serlo que no tratara de averiguar si entre ellos había algo o no.

–No es molestia, doña Leonor, es mi trabajo –respondió Pablo con la mayor cortesía. Ya hacía tiempo que había decidido tomarse aquel “espionaje” con buen humor–. Y para una buena clienta como usted, un placer además –añadió, zalamero–. Ahora mismo se lo traigo.

Berta, que seguía sin levantar los ojos de su revista, continuó hablando con Pablo, recostada en la butaca, como si nada les hubiese interrumpido:

–El problema es que hay otro que quizá sea mejor, 16

bueno, que se ajusta más a lo que yo... Vaya, te lo leo y me ayudas a decidirme.

Pablo, que salía de la trastienda con unas bolsas en la mano, le hizo gestos tratando de detenerla, pero Berta, ignorando la situación, comenzó a leer:

Filtro para recuperar un amor perdido: coloca en una cazuela de barro un puñado de flores de la hierba de San Juan en medio litro de agua de lluvia.

–Berta...

Déjalo macerar durante toda la noche –aquí no especifica si en noche de luna llena o no– y realiza después una cocción a fuego lento durante nueve minutos, a la que añadirás nueve gotas de agua de rosas. Cuela el contenido en un vaso en el que habrás metido algún objeto de la persona amada y otro tuyo, y vuelve a dejarlo reposar otra noche más. A la mañana siguiente mójate con unas gotas de la infusión a modo de perfume y sal en busca de tu amor. ¡Él no podrá resistirse a tus encantos!

¿Qué te parece éste? Un poco ingenuo, ¿verdad?

–Berta...

–Después hay otro en el que tendría que hacerme un saquito de tela roja y llenarlo con hojas de sagitaria y llevarlo en mi ropa interior, pero creo que no me apetece llevar hierbajos en las...

–¡Berta, para ya! No, no, doña Leonor, no se marche por favor que la atiendo de inmediato...

–No pasa nada, hijo, ya volveré después, que ahora estás ocupado –respondió la mujer encaminándose a la salida, mientras miraba a Berta con aprensión.

Al oír cerrarse la puerta, Berta dijo a su amigo:

–Creo que ha entrado alguien. Atiéndele y luego seguimos hablando.

Pablo dejó caer las bolsas al suelo, crispado. Se llevó las manos a las sienes, justo donde el cabello comenzaba a escasear, y reprendió a su amiga:

–Lo has vuelto a hacer. ¡No puedo creer que me hayas espantado otro cliente! Como sigas viniendo por aquí con 17

tus locuras me vas a arruinar el negocio. Yo no voy a tu librería a espantarte a los clientes, ¿a que no?

Berta, sinceramente desconcertada, asomó la cabeza tras el biombo buscando con la mirada algún “cliente espantado”, pero no vio a nadie.

–¿De qué me estás hablando? ¿No había entrado alguien? Yo he oído abrirse la puerta claramente...

–La has oído cerrarse claramente cuando mi clienta se ha marchado –respondió él, fatigado.

–Ah, pero, ¿ya habías abierto? ¿Qué hora es?

–Son las diez y cinco... ¿no deberías abrir tú también? –sugirió Pablo con intención.

–No, hoy abre Rubén. Oye, ¿y por qué se ha marchado tu clienta? ¿Porque no la atendías? ¿Has puesto ya el aire acondicionado? Hace ya un calor a estas horas...

Pablo suspiró sonriendo y negando con la cabeza, y decidió dejarla por imposible y tomarse el asunto con ironía. Cayendo en la cuenta del tema de su conversación inicial, se acercó a su amiga para sonsacarla.

–¿Se puede saber a qué viene ese repentino interés por «conquistar amores imposibles»? –citó Pablo con mofa. Berta se puso a la defensiva con tanta brusquedad que alertó a su amigo.

–¿Qué?... No, si yo no tengo ningún interés. Es... un juego, eso, un juego... ¿Tú no has jugado nunca a los hechizos para hacer que alguien te quisiera y esas cosas?

–No, que yo recuerde. Como mucho al “me quiere, no me quiere” con una margarita. Y si lo he hecho, no tendría más de diez años. Yo era más de futbolín.

–Ya, pues es divertido y ya está, tampoco hay que darle más vueltas.

–¿No será...? ¿No habrás conocido a alguien...? –inquirió él tratando de disimular su creciente inquietud.

–Yo conozco a mucha gente todos los días –respondió su amiga, enigmática

–Sí, pero, yo me refiero a alguien... que te guste –in-18

sistió Pablo bromeando, pero temiendo la respuesta Berta le miró un momento sin responder, mante-niendo a su amigo en suspenso.

–No digas tonterías –respondió al fin. Pablo respiró ruidosamente y Berta le miró como si acabara de darse cuenta del color de sus ojos–. ¿Y a ti por qué te interesa tanto si alguien me gusta o no?

–Pues porque somos amigos, ¿no? –se apresuró él en responder–. ¿Por qué va a ser si no?

–Ya, bueno... De todas formas no me va a servir ninguno de estos hechizos o conjuros, o lo que sean. A mí no me interesa atraer al hombre de mi vida, ni recuperar un amor perdido, sino... ¡Claro! ¡Una mezcla de los dos...!

–Berta se interrumpió al darse cuenta de que había hablado más de la cuenta, pero ya era tarde.

–¿Cómo dices? –exclamó Pablo poniéndose serio de repente. Y comprendiendo por fin–: ¡Vamos, Berta, por favor! ¿No estarás pensando lo que creo que estás pensando? ¡Tú quieres... recuperar al hombre de tu vida...!

¿Es eso?

–Te vuelvo a repetir que esto es un juego –replicó ella con apatía, como si tratase de explicar por enésima vez algo muy sencillo a un niño pequeño.

Berta volvía a repasar la revista en busca del artículo que le interesaba aparentando desgana sin conseguirlo.

Pablo realmente comenzaba a preocuparse. Cuando le habló de nuevo lo hizo con sumo tacto, como si temiese despertar a un sonámbulo.

–Berta, ¿tú te das cuenta de lo que estás haciendo?

¿Realmente te das cuenta de que él... de que Javier está...?

Berta le interrumpió como si no quisiera escuchar el resto de la frase.

–Pablo, me sorprendes, de verdad. Te estás tomando esto demasiado en serio, ¿no crees? Mira, aquí está lo que buscaba. Me tienes que preparar... Vamos a ver... Sí, hierba de San Juan... Flores, flores de la hierba de San 19

Juan. Y agua de rosas. ¿Tendrás, no? Y hoy es perfecto, porque mañana hay luna llena, creo.

Pero Pablo la miraba circunspecto, sin responder.

–Enséñame el bolso –le espetó.

–¿Cómo dices?

–Aún lo llevas ahí, ¿verdad? Tenía que haber hecho esto mucho antes.

–No sé de qué me estás hablando –replicó Berta fingiendo sorpresa.

–Sé que lo has llevado mucho tiempo después de que él... pero ya han pasado casi dos años, Berta, ¡esto no es normal!

–¡Esto es increíble! ¿Ahora crees que estoy loca? Pues te aseguro que no soy la única que lee estas revistas...

Pablo seguía mirándola con gravedad y Berta rompió a reír y, para tranquilizar a su amigo, cogió su enorme bolso y se lo tendió.

–Anda, bobo, regístrame si así te quedas más tranquilo.

Pablo lo tomó, reacio, pero lo abrió y observó su interior. Algo más relajado, se lo devolvió a su amiga. Ella le sonreía cuando lo recuperó.

–Bueno, ¿las tienes o no?

–¿El qué?

–¿El qué va a ser, hombre? ¡Las hierbas ésas!

–No lo sé.

–Mira que eres cabezota –Berta volvió a reír y añadió enfatizando cada palabra–: ¡Pablo – sólo – es – un – juego!

Si llego a saber que te lo ibas a tomar así, me voy a otra herboristería.

–Sí, como que en otra herboristería te iban a aguantar lo que yo te aguanto –se rió él a su vez–.

Además, te lo voy a dar porque no te vendrá mal para los nervios... Cuando hagas esa infusión de hipérico, en vez de ponerla en la ventana, te la tomas y verás qué bien te sienta.

–Lo que quiero es hierba de San Juan –corrigió Berta.

20

–Es lo mismo.

–Bueno, como se llame. Ahora sí que tengo prisa, que no me gusta dejar solo a Rubén demasiado rato. Se pone a leer novelas rosa y pierde la noción del espacio y del tiempo. Me lo traes luego, ¿vale?

–¿A la librería?

–No, no, a la librería no. Mejor a casa. Sí, a casa, y así te invito a un café.

Berta se había apresurado tanto en corregirle que Pablo sospechó de nuevo que algo no andaba bien, pero un cliente entró en la tienda antes de poder interrogar de nuevo a su amiga y ésta se marchó apresuradamente, tal vez –o eso le pareció a él– aprovechando la ocasión. Salió a la plazoleta y al llegar junto a la fuente se volvió para asegurarse de que su amigo no la observaba desde la puerta de su tienda. Abrió su bolso y lo vio allí, en el fondo, envuelto en un pañuelo del mismo color que el forro, y sonrió.

–Si no son capaces de ver un elefante en un armario...

Ana se encontraba de pie en la cocina de su casa, retorciéndose los dedos nerviosamente, mientras murmuraba el abecedario y abría una tras otra las puertas de los armarios, incapaz de encontrar lo que le habían mandado a buscar.

–Pero bueno, ¿lo encuentras o no? –le gritó su madre desde el comedor–. ¿Por qué habrá tenido Martina que tomarse el día libre precisamente hoy?

Ana trató de apresurarse y, prescindiendo del abecedario, comenzó a revolver frenéticamente en los armarios, derribando sin querer el azucarero.

–¿Se puede saber qué estás haciendo? No, si aún tendré que ir yo... –la oyó gritar, y por el tono de su voz se le estaba acabando el tiempo.

21

Cuando ya oía arrastrar la silla de su madre en el comedor, Ana encontró la caja de palillos, inexplicablemente detrás de los tarros nuevos de mermelada.

Exhaló el aire que había estado reteniendo en los pulmones y gritó hacia la puerta de la cocina:

–¡Lo encontré! No hace falta que vengas, ya lo he encontrado...

–¿Y a qué estás esperando? –oyó decir a su hermano Carlos–. ¿A que te den una medalla? Cada día está más embobada.

–Cada día que pasa se parece más a su padre –confirmó su madre con desprecio, sin hacer ningún esfuerzo por evitar que la oyera.

Ana, ignorando sus insultos, se apresuró en recoger el azúcar derramado esforzándose por dejar la cocina impoluta, y corrió al comedor, en donde su madre y sus hermanos terminaban ya de desayunar. Ana dejó la caja de palillos sobre la mesa, delante de su hermano Carlos, y se sentó en su sitio esperando que el asunto quedase así zanjado, pero su madre no dejaba escapar ni una ocasión para amonestarla.

–A ver, ¿dónde lo estabas buscando?

Ana tragó el bocado de magdalena que estaba masti-cando y respondió en un susurro:

–En la “p” de palillos...

–En la “p” de pava –se burló su hermano Carlos.

–Pues no, señorita: mondadientes –aleccionó su madre recalcando mucho las palabras–. Su nombre correcto es mondadientes...

–Con “m” de mema –interrumpió de nuevo Carlos con sarcasmo, mientras se hurgaba los dientes.

Su madre le reprendió con la mirada, aunque no por la broma, sino por la interrupción.

–Que no se te olvide. Y ahora termina rapidito, que tu hermano y yo tenemos mucho que hacer esta mañana y no te quiero ver zanganeando por aquí. ¿Te han puesto tareas de verano o algo así en el colegio? Pues recoges la 22

mesa, te vas a tu habitación y las haces –y cambiando radicalmente el tono para dirigirse a Carlos–: Hijo, has terminado ya, ¿verdad? Anda, vamos al despacho y estaremos más tranquilos.

Aunque su hermano Juan se encontraba también sentado a la mesa del comedor, no había confusión posible: el tono de voz más cariñoso y el apelativo de

“hijo” eran propiedad exclusiva de Carlos; siempre había sido así y era algo que todos tenían asumido, especialmente el propio Carlos. Por algo había sido el pequeño de la casa durante años, aunque sólo hubiese nacido cinco minutos después que su hermano gemelo, Juan. Hasta que llegó Ana, sin que nadie la hubiese invitado, a usurparle el lugar que le correspondía. Y eso era algo que Carlos no iba a dejar que olvidase.

–Mala suerte, chica –le dijo su hermano Juan levantándose ya de la mesa.

Ésa era la respuesta de Juan para cada una de las ocasiones en que Carlos le había hecho la vida imposible a su hermana. Ana nunca había sabido si con eso se refería a las malas pasadas que tenía que aguantarle a su hermano o al hecho de haber nacido tarde. O tal vez a ambas cosas. Lo cierto era que la intervención de Juan, a pesar de ser su hermano mayor, se había limitado siempre a esa falsa compasión. Como si con esas palabras quedase todo explicado.

–La próxima vez irás tú a por los pa... a por los mondadientes –replicó Ana, pero Juan ya había salido del comedor.

A pesar de ser gemelos, costaba creer que aquéllos dos fuesen hermanos. Carlos era todo un ejecutivo: cabello rubio claro, casi albino, siempre impecablemente peinado hacia atrás; traje sastre intachable, sin una sola arruga; corbata incluso los domingos; gimnasio y sauna cada semana, el mismo día a la misma hora. Siempre perfecto, siempre ocupado, sus ojos azul sombrío –idénticos a los de su madre– siempre clavados en facturas y 23

pedidos de la fábrica familiar, en la que trabajaba como gerente. Juan, por el contrario, jamás hacía hoy lo que podía dejar para mañana. Llevaba el cabello largo, siempre recogido en una cola de caballo, pero tan engominado que era difícil saber su color. Vestía siempre de negro, con pantalones estrechos y camiseta muy ceñida, incluso para ir al trabajo... al cual no solía acudir antes de las doce del mediodía. No había terminado sus estudios porque, según él, «no le llevaban a ninguna parte», así que había empezado su vida laboral con apenas diecinue-ve años y ya como director de personal de la empresa de su difunto abuelo, de la que su madre era la única heredera. Tenía siempre la cartera llena y una cita cada noche de la semana, normalmente con distintos nombres femeninos de su agenda del personal. Y todo eso antes de cumplir los veinticinco. Pero, aunque tan distintos en apariencia, ambos eran dignos herederos del espíritu Vilanova: «Para qué conseguir con esfuerzo aquello que puedes lograr fácilmente». No en vano, se decía que su difunto bisabuelo y antiguo propietario de la empresa familiar, Confecciones Vilanova, en realidad no era su fundador. Decían las malas lenguas que le robó la fábrica a su mejor amigo y socio después de la guerra, tras denunciarle a las autoridades por ser republicano. Pero aquello, como su nieta no se cansaba de repetir, tan sólo era un rumor malintencionado...

Carlos y su madre se encontraban en aquel momento en la habitación contigua, el despacho, ocupados con el asunto de los preparativos para la boda de éste, para la que faltaban tan sólo dos meses y medio. El chico se había tomado unos días libres con ese fin, aunque las cosas no estaban saliendo tan bien como él y su madre habían planeado. Para empezar, las invitaciones habían llegado con retraso y además con una terrible errata de imprenta:

24

Las familias Berzosa-Vilanova y Arnau-Semper: Doña María Vilanova (viuda de Don Francisco Berzosa) y

Don Llorenç Arnau y Doña Roser Semper

se complacen en invitarles al enlace de sus hijos y aquí venía el imperdonable error...

Carlos y Frígida

...en lugar de Brígida, y evidentemente la chica se negaba a aparecer como tal en su invitación de boda. Cuando se lo comunicaron por teléfono, el berrinche fue mayúsculo.

La chica repetía entre sollozos que no dejaba de oír en su cabeza al sacerdote diciendo: «Carlos, ¿quieres a Frígida como esposa?...», cosa que espantaba igualmente a su futuro esposo, así que él y su madre debían devolver las quinientas sesenta y siete invitaciones a la imprenta y presionarles para que corrigiesen su error con la suficiente antelación para ser enviadas, a ser posible, antes de la boda.

El ambiente en el despacho era, pues, un tanto tenso y no sólo por las invitaciones. Aquella boda era tan importante para Carlos como para su madre. Más aún, era crucial para los Vilanova en pleno, pues con su unión nacería un vínculo que convertiría el negocio familiar en un imperio: la fusión de Confecciones Vilanova con Industrias Arnau-Semper, uno de los fabricantes textiles más poderosos del norte de Cataluña. Por ello estaban tan obsesionados en que todo debía ser perfecto. Para impresionar a los Arnau y aunque la costumbre era que la familia de la novia organizase la boda, María se había ofrecido a encargarse ella de todo el evento, permitiendo a su futuro consuegro ocuparse tan sólo de sufragar el viaje de novios de los chicos. Y ahora nada podía fallar.

María no lo iba a permitir.

25

A pesar de aquella atmósfera de tensión, Ana fue testigo, una vez más, del poder de convicción de su hermano mayor incluso en las circunstancias más adversas. Ana oyó entrar a Juan en el despacho para pedirle dinero a su madre –como solía hacer antes de marcharse a trabajar– y a ésta reprocharle sin mucho entusiasmo –también como de costumbre– el que fuera incapaz de administrar su sueldo para que le llegase al menos a mediados de mes, ya que en casa no se le exigía contribución alguna. Pero al momento Juan la hizo reír con zalamerías, la cremallera del bolso de su madre se abrió y Ana supo de inmediato que su hermano había ganado la contienda, una vez más. Debía reconocer que Juan era un seductor irresistible, un verdadero encantador de serpientes. Tal vez debería aprender más de él. Al fin y al cabo no le iba nada mal en la vida. No, no estaría mal parecerse un poco a Juan. El mayor inconveniente era que Ana no era muy hábil en eso de la adulación, aunque tal vez sólo fuese cuestión de práctica...

–¿Puedo ayudar? –preguntó Ana tímidamente a su madre y a su hermano Carlos. Aguardó la respuesta durante un minuto interminable, sintiéndose cada vez más insignificante.

–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó su madre al fin sin levantar la vista de la agenda telefónica, en donde buscaba el número de la imprenta–. ¿No te he dicho que te fueras a tu habitación?

Ana obedeció sin rechistar, escabulléndose del despacho sin hacer ruido. Cuando el ambiente era hostil sabía por experiencia que lo mejor era destacar lo menos posible. En eso Ana había llegado a ser una experta, hasta el punto de mimetizarse con el entorno como un verdadero camaleón. Había llegado a hacerlo tan bien que en caso de mudanza habría corrido serio peligro de ser confundida con el mobiliario. Al menos había aprendido una lección. Para dar coba hacen falta dos: uno que sepa 26

y otro que se deje. Y Ana se había dado cuenta de que ni servía para eso ni le apetecía lo más mínimo aprender.

Que se quedase Juan con el papel de gorrón, a él le iba como anillo al dedo.

Entró finalmente en su habitación y, sin muchas ganas, sacó sus libros de repaso para el verano. Tres libros de lectura para literatura... ya los empezaría más adelante, le resultaba imposible concentrarse en la lectura en ese momento y debía prepararlos bien, pues el curso siguiente tendría sin duda a Jack el Destripador.

Según le habían contado a Ana, le llamaban así porque se parecía más a un forense que a un profesor de literatura. «Diseccionemos este ejemplar...», acostumbraba a decir al analizar un texto, y era literalmente eso lo que hacía con él. Para cuando terminaba de despiezarlo, ni el mismo autor habría sido capaz de reconocerlo.

Gramática... no estaría mal. Matemáticas... no, no se encontraba con fuerzas. Empezaría por gramática, pues.

No tenía escritorio en su habitación y no se atrevía a bajar a estudiar a la cocina, como solía hacer, así que se sentó en la cama con la espalda apoyada en la almohada y abrió el libro de repaso sobre sus piernas. Al hacerlo, encontró una hoja doblada en la primera página. No recordaba haberla guardado allí, pero al desdoblarla su cara se iluminó con una sonrisa, por primera vez desde que comenzaran las vacaciones de verano. Eran las bases para un concurso del que les habían informado el último día de clase: un certamen literario que se celebraría en septiembre, al reanudarse el colegio. Debían escribir a máquina un relato de veinte folios a doble espacio por una sola cara en prosa, o de cinco folios en verso, de tema libre. Eso sí que le apetecía, escribir era algo que le gustaba mucho, aunque en casa debía hacerlo con cautela. Cerró el libro y lo utilizó como pupitre para apoyar los folios en blanco y comenzó a pensar en su relato. «Érase una vez una niña triste que vivía en una casa gris...», comenzó a escribir, pero lo rompió de 27

inmediato. Demasiado arriesgado. Oyó sonar el teléfono en la habitación de su madre, al fondo del pasillo, y se quedó inmóvil, dudando si debía acudir o no a responder.

Finalmente dejó de sonar –debían de haberlo cogido en el despacho– y Ana se volvió a concentrar en su historia.

Una playa... Una playa vacía. No, una niña sentada en la playa. Tal vez una sirena en el mar. Sí, perfecto, una historia de sirenas...

Cuando más abstraída estaba componiendo el esbozo de su cuento, la puerta de su habitación se abrió de golpe y María entró como una exhalación, seguida de cerca por Carlos. Estaba aún más alterada que antes, sin duda a causa de la llamada telefónica.

–Empieza a hacer la maleta –ordenó a Ana sin más explicaciones mientras abría su armario y los cajones de sus mesitas–. Te vas fuera este verano.

Carlos se fijó en el papel que su hermana tenía sobre las rodillas. Ana estaba tan sorprendida que no pudo reaccionar a tiempo y antes de que lograra esconderlo, su hermano se lo había arrebatado de las manos. Lo leyó rápidamente y una sonrisa cruel se dibujó en su cara.

–Mira esto, mamá –dijo reprimiendo la risa.

–¿El qué? –respondió ésta sin mucho humor, comenzando a sacar ya la ropa de Ana de su armario.

–Ésta, que nos ha salido escritora –se burló Carlos.

Su madre tomó el folio que su hijo le tendía, lo leyó también y preguntó con desprecio:

–¿Qué es esto?

Ana deseó que se la tragase la tierra. O mejor, que se tragase a su hermano.

–Un cuento. Es para el colegio –se apresuró a añadir, por si eso servía de atenuante.

–Ah, pero ¿tú tienes imaginación? –preguntó su madre con crueldad.

–Son deberes –respondió Ana con un hilo de voz sintiendo cómo enrojecía hasta la raíz del pelo.

–De eso nada –se apresuró Carlos en corregir al 28

encontrar la hoja con las bases del concurso y mostrándosela a su madre. Ésta arqueó las cejas y entrecerró los ojos, como si la idea de ver a su hija participando en un concurso de literatura le resultase demasiado absurda para tenerla en cuenta siquiera.

–Berzosa tenía que ser –murmuró con desprecio–. La cabeza llena de pájaros.

–¿Y cuál es el premio? –se interesó repentinamente Carlos–. ¿Es en metálico?

Ana supo que no debería responder a eso, pero no le quedaba otro remedio.

–Una enciclopedia, diccionarios y una suscripción a la “Revista del lector” .

–¿Y todo eso para qué lo quieres?

–Me vendría bien para estudiar –susurró Ana la-mentando inmediatamente haberlo hecho.

–¡Y dale! Ya tienes suficientes libros con los tuyos del colegio y los de tus hermanos –su madre se refería a los maltratados libros de texto que en su día utilizaron sus hermanos para hacer caricaturas–. ¿Para qué necesitas más si no vas a seguir estudiando? No, mejor que no me respondas, esto ya está más que discutido y hoy no tengo la cabeza para tus delirios de grandeza. ¿Pero quién te habrás creído tú que eres más que tus hermanos? –exclamó una vez más comenzando a elevar el tono–. Ninguno de los dos ha estudiado una carrera y los dos se ganan muy bien la vida, ¿no? Tu familia se ha molestado en crear un negocio para todos, ¿qué más necesitas? No, de eso nada, en cuanto acabes la enseñanza obligatoria te vas de cabeza a la fábrica. Allí aprenderás un oficio de provecho y así dejarás de perder el tiempo y empezarás a traer dinero a casa. Además, todo eso tú ya lo sabes de sobra, no sé por qué tienes que seguir insistiendo.

–No te alteres, mamá. Es una desagradecida. Pero la cuestión ahora es que espabile en hacer la maleta y deje libre la habitación para esta tarde. Los Arnau llegarán esta noche y los otros –Carlos pronunció “otros” de modo 29

que sonara deliberadamente a “intrusos”– se presentarán aquí después de comer, a más tardar.

–Sí hijo, ya lo sé, pero tú no te preocupes por nada.

Ya tienes bastantes nervios encima.

–¿A qué vendrá tu amiga ahora? ¡Y con su hijo! Ya sé que viene todos los veranos pero, ¿es que no sabe que este año tenemos invitados?

–¡Claro que lo sabe, pero si ya se lo he dicho!

–Además, en agosto nos vamos a Gerona, no se querrá venir también detrás, ¿verdad?

–¡Ay, hijo, claro que no, eso ni hablar! Venga, deja ya de preocuparte que de Pruden me encargo yo. Sé muy bien cómo manejarla.

–Lo que me preocupa es saber a qué viene tanto interés en que le presentes a los Arnau. Ya sabes que nunca me ha gustado demasiado tu amiga, mamá. Es una interesada.

–Vale, hijo, vale –le interrumpió su madre mirando de reojo a Ana, que no levantaba la vista de sus deberes–.

Mejor seguimos hablando en el despacho. Además, me he dejado allí la agenda y habrá que buscar dónde colocar a ésta todo el verano.

Ambos salieron de la habitación y se dirigieron de nuevo al despacho mientras seguían hablando del tema.

Ana se levantó de la cama de un salto y se asomó a la puerta con sigilo. La idea de marcharse de allí todo el verano la entusiasmaba, pero le inquietaba imaginar dónde pensaba enviarla su madre. No tenían más familia que su tía, con la que su madre no se había hablado desde el día de su boda, al menos que Ana supiera. Al pensar en su tía, Ana recordó de pronto la fotografía que encontró una vez revolviendo en los cajones del comedor.

Abrió el pequeño armario empotrado en donde guardaba todo su material escolar, lugar asiduamente registrado por sus hermanos –por ese motivo nunca tuvo un diario–, y la encontró entre las páginas del viejo diccionario de francés, el guardián de sus secretos, junto a la carta que 30

jamás envió a Ricardo, su compañero de clase y amor platónico, al que ella llamaba Leonardo porque se parecía a su actor favorito. En la fotografía, tomada el día de la boda de sus padres, aparecían en primer plano su madre y su tía Berta. Su madre llevaba un recargado vestido de novia de un blanco deslumbrante y un velo también blanco cubriendo su cabello suelto. Estaba muy ma-quillada y lucía una sonrisa extraña, tan amplia que casi se convertía en una mueca. La tía Berta, en cambio, estaba tensa, casi daba la impresión de querer salir del encuadre. Se la veía muy jovencita y estaba realmente guapa. Llevaba un vestido azul oscuro que hacía resaltar su cabello rubio, pero en su rostro no había felicidad alguna. Su sonrisa era breve, con los labios apretados, y no se reflejaba en sus ojos azules, más claros que los de su hermana, y los más tristes que Ana había visto nunca.

Lo que más destacaba en la fotografía era ese contraste entre la aplastante felicidad de su madre y la tristeza de su tía. Tal vez era tan sólo una mala fotografía tomada en un momento poco oportuno, o tal vez su tía estaba emocionada por la boda de su única hermana, pero Ana siempre presentía al mirarla que aquella fotografía contaba una historia mucho más profunda. Ella sabía, por las pocas veces que su madre la mencionaba y por el tono que empleaba al hacerlo, que su tía no era bien recibida en su casa. De hecho Ana nunca la había visto por allí, ni en cumpleaños ni en navidades. Ni siquiera vino a casa cuando el marido de su hermana murió.

Claro que eso Ana no podía saberlo con seguridad, ya que su padre falleció meses antes de que ella naciese. Aunque en eso su madre se había tomado la revancha, pues tampoco fue junto a su hermana cuando murió el tío Javier, el marido de su tía, hacía unos dos años. Con esos antecedentes era más que improbable que su madre se rebajase a pedirle un favor a su hermana. Seguramente la mandaría con alguna de sus amigas y eso era algo alarmante, pues ninguna de ellas era muy diferente 31

a su madre. Sólo le quedaba esperar y ver qué le deparaba el destino. Mientras tanto, más le valdría que comenzase a hacer la maleta antes de que su madre o su hermano volviesen a su habitación.

Aquélla había sido una tarde tal vez excesivamente tranquila en la librería de Berta, pero ésta tenía otras cosas en qué pensar para inquietarse por ello. Al fin y al cabo estaban a mediados de junio, la oleada de turistas solía llegar en los meses siguientes; ya se preocuparía más adelante. Ahora era mejor aprovechar la situación y dejar que aquel día Rubén cerrase solo y así ella podría llegar antes a casa para elaborar su hechicería. Y de paso vería qué tal se las arreglaba el chico con un poco más de responsabilidad. Perfecto, decidido pues.

–¿Cerrar yo? Bueno... No sé... Vale, pero... En fin, que... –balbuceó Rubén turbado ante la propuesta de Berta, mientras se rascaba distraídamente el acné de la frente.

–¡Claro, si es muy fácil! Pero si me has visto hacerlo todos los días, hombre.

–Ya, sí, supongo que sí...

–Mira –continuó explicando Berta a toda velocidad–, pones ya el cartel de cerrado en la puerta y la dejas abierta todavía un rato. Yo acabo de anotar estos pedidos mientras tú das un vistazo a las librerías y pones un poco de orden. Luego cierras la puerta y vienes a ver cómo hago caja, y mañana la haces tú. No pongas esa cara, que es muy fácil. Además, mañana es miércoles y le toca venir a Pablo a pasar la contabilidad, así que si hay algún problema le preguntas a él. Luego yo me iré y tú das un último vistazo, echas el cierre y te vas. Así de sencillo.

¡Pero deja ya de rascarte la frente, hijo, que te estás haciendo una carnicería! Mañana mismo le pido algo a Pablo para tus granos...

32

–Vale, si sólo es eso –aceptó Rubén algo más animado.

–¡Así me gusta, con decisión! A tu edad hay que lanzarse más en la vida, Rubén, comerse el mundo...

–Sí, eso, el mundo –replicó Rubén con toda la osadía de la que era capaz.

Veinte minutos más tarde Berta salió de la librería.

Cruzó la calle, llena a esas horas de gente que deambulaba por el paseo marítimo deteniéndose parsimoniosa frente a los puestos de venta ambulante que empezaban a montarse, y se dirigió hacia el puerto. Allí se detuvo un momento, acariciando de forma inconsciente su bolso allí donde parecía más abultado.

–¿Vamos a casa o a la tienda de Pablo? –dudó Berta murmurando para sí–. Mejor a la tienda ¿verdad?, así recogemos el encargo y yo tendré más tranquilidad para preparar las cosas, sin Pablo metiendo las narices en mis asuntos.

Adoraba a Pablo, pero a veces era demasiado protector. Comprendía que se había acostumbrado a cuidar de ella, cosa que por otro lado no le había molestado en absoluto cuando se marchó de casa de sus padres siendo tan joven –¿Cuánto hacía de eso? ¿Más de veinte años ya?– pero no encontraba lógico que siguiera con la misma actitud cuando ella ya pasaba de los cuarenta. Sí, sin duda sería mejor continuar hacia el barrio de pescadores para dirigirse a la herboristería de Pablo. Tampoco tenía ganas de continuar con su conversación de esa mañana, pues mucho se temía que si volvían a hacerlo llegarían a discutir. Y lo último que quería Berta era distanciarse de Pablo. No le gustaba que husmease tanto en sus asuntos, pero reconocía que era una suerte tenerle a su lado, siempre animoso, siempre optimista. Se había acostumbrado tanto a él que para ella era su tabla de salvación, su punto de apoyo. De alguna manera, aunque pareciese una contradicción, no se sentiría tan independiente si no dependiera tanto de 33

él. ¿O tal vez sí? Pero de cualquier modo no tenía ninguna intención de reflexionar sobre ello en ese momento. Ya lo haría en otra ocasión. Pero sí, quizá había llegado el momento de ser independiente de verdad, aunque tampoco había ninguna prisa...

–¡Hola, Marta! –saludó entrando en la herboristería–.

¿Y el jefe?

–¿Qué jefe? ¡Ah! ¿Pablo? En la trastienda –respondió afable la empleada de su amigo–. ¿Quieres que le llame?

–No, no, no vengo a verle a él. Venía a recoger mi encargo. ¿Tú sabes si...?

–Lo tienes preparado. Aquí está. Para hacer la infusión, son dos cucharadas de postre en una taza de agua. Lo dejas hervir dos o tres minutos y luego reposar unos cinco minutos más. Lo cuelas y ya está. –Con un ademán detuvo a Berta, que ya abría su bolso–. No, no, ya sabes que aquí tu dinero no vale. En todo caso, ya arreglas tú eso con Pablo.

Berta se lo agradeció y se marchó apresuradamente, excusándose por no poder quedarse a charlar un ratito con ella, como solía hacer. Ya en la calle, Berta se sintió aliviada por haber podido cumplir su cometido sin la intromisión de Pablo. De camino a su casa, unas cuatro calles hacia el este, hacia la playa de las dunas, Berta reflexionaba sobre la envidia que le daba el que su amigo tuviese una empleada como Marta. Siempre que hablaba con ella no podía evitar compararla con Rubén, y el resultado era demoledor. Marta era algo mayor que Rubén, pero la diferencia no era de edad, sino de actitud.

El carácter abierto y resuelto de la chica contrastaba con la acusada timidez de su empleado. No es que se quejase de Rubén, en realidad era un cielo de chico y sólo necesitaba un poco más de experiencia para ser un ayudante perfecto, pero le faltaba iniciativa. Cumplía las instrucciones al pie de la letra; no sólo eso, sino que so-lía tomar nota de las indicaciones de Berta –cosa que a ésta la sacaba de quicio–, y luego el resultado era siempre 34

impecable. Pero no tomaba decisiones por sí mismo y eso era lo que Berta echaba en falta y lo que Marta hacía constantemente; casi con demasiada frecuencia, se podría decir. A veces podría parecer que era ella la dueña del negocio y Pablo su empleado, a juzgar por las regañinas que solía dedicarle a su jefe cuando éste se dejaba artículos por guardar, o cuando no realizaba un pedido suficiente de algún producto, especialmente de la sección de belleza natural. Berta había presenciado alguna que otra vez una escena similar y le había sorprendido la paciencia con que su amigo había aguantado el temporal. Casi daba en qué pensar la autoridad que Pablo le había concedido a la chica en tan poco tiempo, pues no haría más de seis o siete meses que había comenzado a trabajar en la herboristería. De no ser por lo bien que conocía a su amigo, diría que se había encaprichado de una veinteañera guapa y emprendedora.

O casi mejor, ambiciosa, pues no parecía el tipo de persona que trabaja para otro el resto de su vida. O sería porque a Berta le pareció sospechoso que rompiese con su novio de toda la vida a las pocas semanas de empezar a trabajar para Pablo. Porque Pablo, la verdad, seguía tan guapo como cuando eran jóvenes... Vaya, que cualquier jovencita le podía encontrar atractivo... Sí, habría que vigilar a Marta más de cerca.

Hacia las ocho de la tarde, Ana se encontraba sentada en el sofá, viendo su concurso favorito con el volumen del televisor muy bajito para no molestar y para que no le impidiese escuchar la conversación entre su madre y Carlos en el despacho, contiguo al comedor. A esas horas todavía no habían encontrado a nadie con quien enviarla a pasar el verano y los nervios de su madre se encontraban en el nivel tres. Ana había logrado quitarse de en medio durante todo el día con gran habilidad, pero 35

a esas alturas mucho se temía que acabaría pagando el pato si la operación Librarse de Ana no concluía con éxito. Después de todo, ella tenía tantas ganas de que eso fuera así como su familia, pero eso era algo que, por supuesto, no podía confesar o el castigo habría sido mucho peor que la “ley del silencio”. El que dejasen de hablarle y de mirarla, ignorándola durante días como si no existiese –período que variaba en proporción a la falta cometida–, no era lo peor que podía pasarle aquel verano, dadas las circunstancias; que la obligasen a quedarse con su familia al borde del delirio, más la futura familia política de Carlos, más la arpía de Prudencia, la amiga más íntima y odiada de su madre, eso sí que sería una condena. Ana tenía los dedos cruzados tratando de invocar a la diosa Fortuna, a su hada madrina o al ratoncito Pérez para que le diesen un poco de suerte, cuando sonó el timbre de la puerta y su madre le ordenó que fuese a abrir.

–¡Hola, hola, ya estamos aquí! –saludó Prudencia, tan melosa como siempre–. ¿Qué? ¿Estabais ya impacientes?

Hija, había una cantidad de tráfico terrible en dirección a la costa. ¡Odio viajar en verano! ¡Pero qué mayor estás, niña! ¿Qué vas a cumplir? Doce, ¿no?

–Catorce –comenzó a responder Ana, pero Prudencia ya había entrado en su casa llamando a su amiga.

–Hola –saludó tímidamente Luis, el hijo mayor de Prudencia, que venía tras ella cargado con tantas maletas que parecía un porteador.

Ana se apresuró a ayudarle y entre los dos transportaron todo el equipaje al salón, donde su madre y su querida amiga ya se saludaban, besando cada una el aire que flotaba junto a las mejillas de la otra.

–¡Pero qué bien estás! –saludó Prudencia–. ¡Mejor que el verano pasado! Ya puedes cumplir años y años, que casi no los aparentas.

–¡Y tú menudo tipazo tienes, nena! ¡Por lo menos has perdido veinte quilos! ¿A que sí?

36

–Bueno, mujer, no me sobraban tantos, pero sí que me cuido, sí. Si quieres te cuento el régimen que hago, que veo que te vendrá muy bien...

La hora siguiente continuó en el mismo tono de afecto corrosivo que siempre caracterizaba los encuentros entre las dos amigas. Mientras su madre se ocupaba de Prudencia, tratando de dar las mínimas respuestas posibles a la sospechosa curiosidad de su amiga sobre sus futuros consuegros, Carlos se devanaba los sesos en la habitación contigua buscando alojamiento estival para su hermana, sin conseguirlo. Pasadas las nueve de la noche se asomó a la puerta del despacho e hizo señas a su madre, dándose por vencido. Ésta se libró rápidamente de su amiga sugiriéndole un baño en la piscina antes de cenar y acudió presurosa junto a su abatido hijo.

–Misión imposible. El que no está de vacaciones, está a punto de marcharse.

–Los buenos amigos siempre están ahí cuando más los necesitas –ironizó su madre.

–¡Pero necesitamos su habitación, mamá! ¿Dónde vamos a meter a “la Pruden” si no?

–Hijo mío, los nervios no justifican nunca la falta de educación –reprendió su madre con suavidad–. No te alteres, ya lo hemos previsto todo, ¿no?: los Arnau dormirán en mi habitación, tú y tu hermano en la habitación de Juan, las chicas Arnau en la tuya, yo dormiré en la de invitados, y Prudencia en la de Ana. Y el chico... no me acuerdo ahora de su nombre, tendrá que dormir en el sofá o en una colchoneta, ¡ya no me queda más sitio! –Y tomando una difícil determinación, añadió–: No te preocupes, tendremos esa habitación libre mañana mismo. Esta noche que duerma Ana conmigo, qué se le va a hacer. Pásame la agenda. Voy a llamar a Berta.

37

–Vamos a ver, entonces hago la infusión... con agua del grifo, no me voy a esperar a que llueva. Luego la pongo en la ventana... no, le meto primero el objeto de él y el mío y esta noche la pongo en la ventana... eso es...

Berta consultaba la revista femenina, abierta sobre el mármol de la cocina por el artículo “Amor mágico: hechizos infalibles para recuperar a tu chico o encontrar al hombre de tu vida” , justo entre “Mascarilla de belleza instantánea” y “Test: 100 preguntas para averiguar si te es infiel” , pero ella recorría las líneas con un dedo impaciente, tratando de mezclar los dos hechizos que le habían parecido más adecuados –uno para atraer al hombre de su vida y otro para recuperar un amor perdido

y hallar el que ella necesitaba, el que le devolvería al amor de su vida, mientras las palabras de Pablo se enredaban con las frases del texto haciendo que éstas perdieran sentido. Leía y releía una y otra vez el artículo tratando de concentrarse, tratando de apartar de su cabeza las objeciones de su amigo y, sobre todo, tratando de acallar la pesada vocecita de su subconsciente que no cesaba de decirle que aquello era una pérdida de tiempo.

Abandonó por un momento la revista y dio otro sorbo a su café helado, pero los cubitos de hielo se habían derretido por completo dejándolo menos frío y más aguado, así que lo dejó en el fregadero. A través de los visillos se colaban los retazos de la blanca luz que bañaba aún aquella tarde de mediados de junio y Berta dejó por un momento sus hechizos y se dedicó a mirar por la ventana de la cocina, que estaba situada en la planta baja y orientada hacia el este, de modo que desde allí se veía parte de la calle que pasaba frente a su puerta y un trocito del mar que bañaba la playa de las dunas, su favorita... y también la de Javier. Sus ojos se perdieron por un momento en aquel mar y su mente navegó por recuerdos de arena fresca, al anochecer, paseando descalza por la orilla de la playa, de la mano de Javier; y de esa misma arena envolviendo su cuerpo desnudo del 38

mismo modo que la envolvían las caricias de su amante, ocultos ambos entre las dunas salvajes de aquella playa poco frecuentada por los turistas. La añoranza de aquellas noches la sacudió como un escalofrío que penetró en su cuerpo hasta lo más profundo; pero antes de que le helase el corazón, Berta sacudió la cabeza para alejar aquellos pájaros negros y se obligó a huir de ellos con furia, a llenar su mente con cualquier otra cosa que ocupase aquel espantoso vacío que se negaba a sentir.

Volvió ansiosa junto a la revista y rebuscó en los armarios de la cocina en busca de algún cazo –que nunca sabía dónde había guardado– tratando de llenar tanto su mente con pensamientos triviales que no cupiese nada más.

–Una taza de agua... o mejor dos, eso es. Y luego dos cucharadas de hierbas... no, cuatro. Claro, si son dos tazas serán cuatro cucharadas, pero... ¿con qué cuchara? Bueno, la sopera, mejor que sobre que no que falte...

Berta volvió la mirada hacia la mesa de la cocina, sobre la cual reposaba su bolso, y al fin logró concentrarse en lo que se traía entre manos. Al menos estaba haciendo algo útil. Ya estaba cansada de esperar a que él encontrase la manera de volver junto a ella. Ella lucharía por los dos, fuese como fuese... Porque, por más que le había asegurado a Pablo que sólo era un juego, Berta tenía la firme convicción de que aquello iba a funcionar, lo había presentido en cuanto había leído aquel artículo por casualidad y eso que ella nunca solía hojear ese tipo de revistas. Había sido el destino, no cabía duda. Y no lo iba a dejar pasar. El agua comenzaba a hervir. Berta echó las cucharadas de hipérico y aguardó nueve minutos sin dejar de mirar el reloj. No solía ser tan cuidadosa, pero aquello iba a hacerlo bien. Apagó el fuego y cuando se disponía a colar la infusión, sonó el timbre de la puerta, haciendo que se le derramase el líquido sobre el mármol.

39

–¡Mierda!... ¡Ya voy, ya voy! ¿Pero quién...? ¿A que es Pablo? Como sea él, lo mato...

–¡Hola, vecina! –saludó alegremente Pablo al entrar en la cocina, volviendo a sobresaltar a Berta–. Adivina: te has vuelto a dejar la llave en la puerta. Toma. ¿Qué, ya has terminado tus hechizos?

–Éste sí, ahora voy a probar otro para hacer desaparecer a los intrusos.

–Oye, que a mí me invitaste tú a un café, ¿no te acuerdas? Ya veo que no, pero me da igual. ¿Nos lo tomamos en la terraza? Se está muy bien allí a estas horas.

–Igual de bien que en la tuya –respondió Berta con sorna, pero Pablo ya había salido de la cocina.

Berta sonrió y comenzó a preparar los cafés. Aquella misma noche terminaría la pócima y al día siguiente se daría un baño mágico con ella. Podía tomarse un respiro.

Después de todo, tomar un refresco con Pablo después del trabajo era ya una tradición que no quería romper.

Aunque hoy había decidido mandarle a su casa prontito y quedarse un rato a solas con... bueno, a solas. Cuando la cafetera escupió la última gota, Berta sirvió los cafés en dos vasos con hielo, se colgó su bolso al hombro y subió con cuidado la escalera que conducía al primer piso.

Pablo la esperaba ya sentado a la mesa de la terraza.

Estaba más callado de lo habitual, mirando hacia la playa, como ausente. Berta puso un vaso delante de su amigo, otro a su izquierda, donde ella solía sentarse y colocó el bolso, como de costumbre, en la tercera silla, a la derecha de Pablo. Él bajó despacio la mirada y dio un trago a su café helado sin perder de vista el enorme bolso de su amiga. Luego se acercó el cenicero que Berta dejaba sobre la mesa sólo para él, encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo antes de hablar.

–Añoro los domingos, cuando comíamos los tres en la playa y luego veníamos a echar una partida de cartas aquí, en esta terraza. ¿Tú no?

40

Berta fingió no haberle oído y siguió tomando su café, impasible, aunque aquella confidencia y la sincera nostalgia en la voz de Pablo, la habían cogido por sorpresa.

–Alguna vez tendrás que empezar a hablar de él.

–Y tú alguna vez tendrás que dejar ese cochino vicio definitivamente –respondió Berta señalando con la cabeza su cigarrillo.

–Sí, pero yo al menos lo intento.

Berta suspiró y le respondió como si cada palabra le pesara en la garganta.

–Pablo, ¿de verdad te apetece volver a discutir otra vez sobre el mismo tema?

–Claro que no, disculpa. Oye, sobre ese hechizo, o conjuro, o como se llame lo que piensas hacer...

–¿Qué, Pablo? –preguntó Berta con desgana, poniéndose a la defensiva.

–Si sale bien dile a Javi que se pase a hacerme una visita.

Berta, que en ese momento se llevaba el vaso a los labios, detuvo en seco el ademán, boquiabierta.

–No me mires así. Tú no eres la única que le echa de menos –replicó Pablo con el mismo tono melancólico de antes.

En ese momento sonó el teléfono en el salón y Berta acudió a la llamada, no sin antes hacerle un gesto a su amigo que quería decir: «No te muevas de ahí». Pablo volvió de nuevo la mirada hacia el bolso de Berta, levantó su vaso en alto y murmuró:

–Por ti, amigo mío.

Berta pasó de la terraza al salón y descolgó el auricular:

–¿Dígame?

–Muy bien, lo has conseguido. Te ha costado trece años, pero te vas a salir con la tuya –le respondió una voz áspera desde el otro lado de la línea.

–¿Quién...? ¡María!...

41

–La misma. No tengo tiempo para saludos, así que escucha con atención...

Pablo seguía en la terraza apurando su cigarrillo y contemplando la playa, salpicada aún de bañistas rezagados que se negaban a admitir que el sol estaba a punto de retirarse y con él otro día más de sus vacaciones. Ya había terminado su café cuando Berta regresó del salón, ensimismada. Se dejó caer en su silla, con la mirada perdida en el infinito.

–Berta, ¿qué te pasa, te encuentras bien? ¿Quién era?

–No te lo vas a creer... –respondió ella, aún abstraída.

–Pero, ¿quién era? ¿Qué te ha dicho?

–Es que no te lo vas a creer, de verdad.

–¡Berta, deja ya de repetir lo mismo, que me estás poniendo nervioso!

Berta cerró los ojos, respiró hondo y miró fijamente a su amigo antes de responder rápidamente, de un tirón.

–Era María. Va a venir aquí, mañana. Y me va a traer a Ana para que se quede conmigo todo el verano.

¿Qué, contento?

Ahora era Pablo el que se había quedado boquiabierto. Instintivamente encendió otro cigarrillo.

–Imposible –exclamó aturdido.

–Ya te dije que no te lo ibas a creer.

–¿Y qué le has dicho?

–Yo nada, a mí no me ha dejado hablar, como siempre. Se ha limitado a comunicarme su decisión y a dejar claras sus condiciones.

–¿Qué condiciones?

–No pensarás que me iba a traer a mi sobrina sin más después de tantos años negándose a dejar que la conociera, ¿verdad? Estoy a prueba. Me ha prohibido terminantemente mencionarle cualquier cosa relacionada con su padre. Y eso también va por ti, así me lo ha dicho.

Si lo hacemos, no volveremos a verla jamás.

–Suena como el rescate por un secuestro.

42

–Desde luego no suena como alguien que está pidiendo un favor –Pablo la interrogó con la mirada–.

Necesita cualquier sitio donde Ana pueda quedarse durante el verano; no me ha dicho el motivo, pero sí ha dejado muy claro que yo era su última opción.

Pablo, aún impresionado, le preguntó:

–Esa infusión que estabas haciendo antes, ya estará fría, ¿verdad?

–Sí, ¿por qué?

–Porque nos vendría bien a los dos. Para los nervios, ya sabes. Si te hace falta para tus hechizos, luego haces más.

Berta resopló. En aquel momento no tenía el ánimo para hechizos. Aunque para enfrentarse a María no le vendría nada mal un poco de magia negra.

43