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El corazón del peligro por Lisa M. - muestra HTML

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Argumento

 

Ghost Ops, una pequeña unidad de soldados de super-elite tan secreta que tan solo dos hombres conocen su existencia. Traicionados por su comandante mientras están en una misión antiterrorista, el equipo es masacrado. Solo sobreviven tres… y se encuentran atrapados y caídos en desgracia. Pero camino de la corte marcial escapan… y desaparecen.

Hermosa, brillante y determinada. La doctora Catherine Young tiene la misión de encontrar a un hombre que se ha desvanecido en el aire. Entrar en un escondrijo de alta tecnología para llevar un mensaje a Tom “Mac” McEnroe, el líder del equipo de los traicionados Ghost Ops, es lo más peligroso que ha hecho nunca. El soldado que encuentra es atemorizador y suspicaz, pero sus sentidos le revelan al hombre que esconde: duro, honorable y tan imponentemente masculino que Catherine se siente débil en su presencia… Pero rendirse a los apasionados deseos de Mac pondría su vida en peligro. Catherine tiene un don que la hace capaz de ver el interior del corazón de los demás… y mirar dentro del de Mac como mirar directamente al mismo corazón del peligro.

 

Capítulo 1

 

The New York Times

6 de Enero.

Una exclusiva del New York Times.

El New York Times se ha enterado de que el fuego que el 5 de enero destruyó un laboratorio de investigación en Cambridge, Massachusetts, dirigido por Laboratorios Farmacéuticos Arka, no se debió al estallido de una cañería de gas, como originalmente se informó.

El New York Times ha recibido información exclusiva de un alto funcionario público de que el laboratorio fue atacado por un comando de elite bajo el liderazgo independiente del ejército de los Estados Unidos, conocido como “Ghost Ops”.

Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos tienen prohibido operar en suelo estadounidense por la Ley Posse Comitatus.

El presunto jefe de la unidad de máximo secreto es el ex comandante del famoso SEAL Team Six, el equipo de mató a Osama Bin Laden hace diez años, el capitán Lucius Ward. Los archivos militares del capitán Ward están sellados. El New York Times ha sido incapaz de acceder a su expediente bajo la Ley de Libertad de Información.

Cuarenta y una personas murieron en el incendio del laboratorio, entre ellos el ganador de la beca de investigación de la Fundación MacArthur, doctor Roger Bryson, un viejo candidato al Premio Nobel por su trabajo sobre bioquímica de vacunas.

—Tenemos motivos para creer que la destrucción de nuestro laboratorio en Cambridge, que estaba cerca de obtener una vacuna contra el cáncer, fue obra de la competencia con la esperanza de detener nuestro progreso —declaró el Director General de Arka, el doctor William Storensen—. Deben realizarse todos los esfuerzos para llevar a estos criminales a juicio.

Este reportero también se ha enterado de que el capitán Ward tenía invertidos varios millones de dólares en una compañía farmacéutica rival. Los restos del capitán Ward no han sido identificados.

Los tres miembros sobrevivientes del equipo comando de ataque, cuyos nombres fueron eliminados de los documentos obtenidos por el New York Times, desaparecieron camino a una corte marcial en Washington, D.C. Hay una orden de detención pendiente para su arresto.

Autor Jeffrey Kellerman

Un año después.

Mount Blue.

Norte de California.

Su automóvil se murió.

En un momento, su pequeño y encantador vehículo eléctrico de color lavanda, que prefería infinitamente climas templados, estaba subiendo valientemente por la carretera helada y llena de baches y al siguiente simplemente se paró en seco.

En medio de una tormenta de nieve. De noche. En la cima de una montaña desierta.

No había nada que Catherine Young pudiera hacer.

Oh, Dios, pensó. Ahora no.

Presionó el encendido varias veces, pero el vehículo estaba completamente muerto. Era la última generación de vehículos eléctricos y el vendedor le había asegurado que si algo le sucedía al motor principal, había uno auxiliar con alimentación independiente que garantizaba que avanzaría al menos otros quince kilómetros.

Cada indicador estaba oscuro. Ni siquiera las luces interiores se encendieron cuando abrió la puerta del lado del conductor. Solo consiguió una aterradora ráfaga de nieve y ventisca como un puñetazo en el rostro, e inmediatamente cerró la puerta.

Su móvil estaba muerto también. Absolutamente muerto, pantalla en blanco. Un iPhone 15, normalmente podría hablar a la luna con él, pero ahora era un inerte, aunque todavía elegante, pedazo de vidrio metalizado. Su tablet también estaba muerta como descubrió cuando escarbó el asiento trasero en busca de su fiel iPad 8. Por primera vez en su vida se negaba a encenderse. Era, también, un trozo inerte de cristal metalizado.

GPS, muerto. Reproductor de MP3 y reloj de pulsera, muertos.

Todo muerto.

Era imposible ver nada fuera del vehículo, para medir lo cerca estaba del borde de la carretera. La nieve era demasiado gruesa para eso. Apenas había podido ver poco más de dos metros por delante con los faros halógenos especiales encendidos. Ahora con un coche muerto, sin luces y ningún medio de comunicación, podría haber estado en otro planeta.

Uno frío y hostil.

No había contado con estar en la carretera después del anochecer, habría dado la vuelta horas y horas antes si no hubiera tenido la compulsión de encontrar a Tom “Mac” McEnroe tan fuerte como la compulsión de respirar. Pero no había renunciado, ni siquiera cuando intentó en tres callejones sin salida y había tenido que retroceder penosamente sobre surcos congelados y ramas muertas, tratando de encontrar un camino transitable; viajando todo el día impulsada por su compulsión a no detenerse. No se detuvo, no pudo parar, ni siquiera cuando la luz desapareció del cielo y los primeros copos de nieve que habían caído se convirtieron en una tempestad.

Finalmente supo que era el camino correcto cuando casi chocó contra una roca grande, una gigantesca sombra de granito más oscura que la noche, justo en medio de la carretera.

Por supuesto, a ella se le había dicho todo esto.

Él matará tu auto, tu móvil, tu ordenador, tu GPS y tu reproductor de música.

No en palabras tanto como en imágenes. Se había visto sentada en un vehículo en la oscuridad y sin luces. Las imágenes no habían tenido ningún sentido entonces, pero ahora sí.

Se le había dicho cómo encontrarlo.

Él se esconderá en alguna parte en Mount Blue. Toma el camino más desierto. La ruta será casi intransitable. Habrá un obstáculo… un árbol caído, una gran roca. Rodea la gran roca. Él sabrá que tú estás acercándote. Te encontrará.

Esto le había sido comunicado en imágenes también, borrosas e incomprensibles aunque irresistibles. Ella se había encontrado en un callejón sin salida sin habérselo pensado siquiera durante un recorrido de más de doscientos kilómetros. Había apretado el botón de encendido del vehículo y fue como si éste se hubiera conducido solo hasta aquí.

Solo para morir.

Así que aquí estaba, agarrando su inútil volante con dos manos sudorosas en una carretera desierta de montaña, en un coche muerto, a altas horas de la noche.

El viento bramaba.

El último puesto humano había sido sesenta y cinco kilómetros atrás y fueron dos tiendas y una de las últimas estaciones de gasolina que quedaban en California. Ella le había echado una mirada curiosa mientras pasaba conduciendo. No podía recordar la última vez que vio una gasolinera. Se veía destartalada y desierta con harapientos y descoloridos banderines ondeando al viento.

El calor se estaba reduciendo rápidamente. Una cruel ráfaga de aire sacudió el vehículo. Ella amaba su coche. Era elegante y tenía estilo. Sin embargo, aunque estaba hecho de una liviana, resistente y revolucionaria resina que en un choque se comprimiría, no era rival para este viento frío y huracanado de montaña. Lo que lo hacía tan bueno en las autopistas, lo convertía en una trampa mortal en una gélida tormenta de nieve.

Otra ráfaga sacudió fuertemente el vehículo. Las ruedas del lado izquierdo se levantaron un poco y luego el vehículo volvió a caer con un golpe. El corazón de Catherine bombeaba con fuerza mientras luchaba contra el pánico. Una imagen destelló en su mente. El coche, sacudido con violencia por los vientos huracanados, deslizándose lentamente fuera de la carretera y cayendo por la ladera.

Era un escenario perfectamente plausible.

Qué modo de acabar su vida… dando tumbos por el borde de un acantilado de montaña hasta que su coche se hiciera pedazos contra un obstáculo. Una roca, un árbol. No estallaría, por supuesto. Pero si ella sobreviviese, estaría atrapada en los restos del vehículo, sangrando y sin esperanzas de ser rescatada. Nadie sabía dónde estaba. Esta era una tierra salvaje. Era perfectamente posible que encontrasen su cuerpo en primavera.

Otra ráfaga poderosa. El coche se movió, las ruedas se deslizaron varios centímetros. Ella estalló en un sudor frío que al instante le heló la piel. Una capa blanca e indómita de nieve azotó el parabrisas, espículas de hielo repiqueteaban contra el vidrio.

El volante estaba muy frío bajo sus manos. Lo soltó y se metió las manos debajo de los brazos. Había guantes en el compartimento del equipaje, pero éste era activado eléctricamente y nunca se abriría ahora que el vehículo estaba muerto. Los guantes también podrían haber estado en el fondo del océano para lo útiles que podían resultarle allí atrás.

Catherine volvió a estremecerse, un temblor en todo su cuerpo. Era una neuróloga, pero también era médico y entendía muy bien lo que estaba pasando. Su piel y sus pulmones despedían calor con cada segundo que pasaba y su cuerpo estaba tratando de generarlo temblando.

Su temperatura corporal pronto comenzaría a descender. El resto era absolutamente inevitable… confusión, amnesia, insuficiencia orgánica grave.

Muerte.

Esto es una locura, pensó. Aunque era el final lógico para el cáliz envenenado que era el centro de su vida.

Su don. Su maldición.

Toda su vida había adorado el raciocino. Se había sujetado a la racionalidad con abrazaderas de hierro, estudiando matemáticas, biología, medicina y luego neurociencias. Tratando con todas sus fuerzas de dejar de lado el don de su vida.

Esta búsqueda loca de un hombre al que jamás había conocido, este Tom McEnroe, iba a costarle la vida. Como la cita con la muerte en Samarra, Catherine ya no podía escapar de su don.

El viento volvió a sacudir su coche con rabia, como reclamándolo para sí. Ella tembló de nuevo. El frío era tan intenso que dolía. El dolor era bueno. Mientras estuviera dolorida estaba viva, y el daño hipotérmico podía ser recuperado.

Pronto no habría dolor; estaría más allá del rescate. Y entonces no habría ninguna vida en absoluto.

El tiempo se detuvo mientras escuchaba los latidos de su corazón en la oscuridad. Al principio trató de contarlos para darse una idea de tiempo. Después de dos horas había perdido la cuenta. Después de otra eternidad, sintió el momento exacto en que su corazón comenzó a latir más lento. Su temperatura corporal había descendido. Empezaba a deslizarse en la hipotermia. Se sentía como si ya estuviese muerta y enterrada a gran profundidad.

Demasiado exhausta para las lágrimas, Catherine apoyó la cabeza contra el volante, preparada para morir. Con la esperanza de que fuera rápido.

Un golpe duro y fuerte la sobresaltó. Se enderezó con el corazón palpitando dolorosamente, tratando de entender de dónde había venido el ruido.

Inmediatamente después la puerta se abrió y un brazo la sacó a la nieve. Permaneció allí parpadeando. Una gran mano sobre el brazo era todo lo que evitaba que sus músculos se derrumbaran, dejándola caer sobre el suelo cubierto de nieve.

Había apenas la suficiente luz para ver. Si el hombre hubiese dado un paso lejos de ella no habría sido capaz de verlo.

Sin embargo estaba increíblemente cerca, lo bastante cerca como para sentir el calor de su cuerpo, la primera fuente de calor en lo que se sintió como un para siempre.

Él era enorme, sus hombros llenaban su campo de visión, tan alto que ella tuvo que inclinar hacia atrás la cabeza, pero no pudo ver sus facciones. Iba vestido de negro de pies a cabeza, con un arma atada al muslo y un largo cuchillo en una funda, el rostro cubierto con un pasamontañas de esquí negro con ojos como insectos, una visión tan aterradora que habría gritado si tuviera aliento.

Un Grim Reaper, un ángel de la muerte moderno, venido para llevársela.

—¿Qué quiere? —La voz era profunda y baja, sobre el aullido del viento. Catherine estaba tan conmocionada que no podía recobrar el aliento. Una mano grande la sacudió ligeramente, como para sacarla de un trance, y la otra se movió hacia su rostro, y esos ojos de insecto se… ¿levantaron?

Ella estaba alucinando. El frío está ralentizando sus procesos neurológicos por lo mucho que estaba alterando la realidad.

—¿Qué quiere? —La voz era algo más enérgica ahora, con una nota de hostilidad en ella. Él la volvió a sacudir.

Catherine respiró temblorosamente cuando la realidad se realineó. Esto no era una alucinación. Era un hombre enorme, vestido para la nieve, que estaba usando gafas de visión nocturna.

—T… Tom —tartamudeó ella. Su voz era ronca, las primeras palabras que había dicho en más de doce horas, la boca seca de terror. No había modo de que su mente revuelta pudiera armar cualquier tipo de razonamiento. La verdad desnuda cayó por su propio peso—. Tom McEnroe. E… ellos le llaman Mac.

Ella no tenía ni idea de quién era Tom McEnroe. Por lo poco que sabía, este hombre nunca había oído hablar de McEnroe. O él era el peor enemigo de Tom McEnroe. Podría abandonarla o dispararle con esa enorme arma atada a su muslo. O bien, considerando el tamaño del hombre, matarla y arrojarla por la ladera de la montaña con un solo golpe de aquel descomunal puño.

Lo que él hizo fue echar una capucha sobre su cabeza, poner restricciones de plástico en sus muñecas, alzarla sobre su hombro y caminar a zancadas.

La peor pesadilla de una mujer.

Catherine apenas podía respirar por el frío. La resistencia estaba absolutamente más allá de ella. No podía ver nada a causa de la capucha, no podía sentir las manos o los pies y no podía pensar con claridad.

Y tendida sobre el ancho hombro de este hombre, sabía que no existía resistencia posible para la clase de poder masculino que podía sentir. Él caminaba a través de los montículos de nieve, en el viento aullante, llevando a una mujer adulta exactamente como si estuviera caminando sin cargas en un día de verano. No había ninguna sensación de tensión o esfuerzo excesivo de su parte.

Le sujetaba las piernas abajo con un brazo poderoso. Ella intentó una patada experimental pero no pudo mover las piernas para nada debajo de su brazo.

Donde quiera que la estuviera llevando no habría ninguna diferencia dentro de un rato. Su ritmo cardíaco estaba reduciendo la velocidad. No podía verse pero sabía que estaba empalideciendo mientras la sangre en su cuerpo se precipitaba a su corazón, la última parte de ella que moriría. Apenas tenía energía para temblar. Todo lo que podía hacer era resistir.

En el frío y en la oscuridad no había manera de contar el tiempo transcurrido, pero después de los que parecieron horas, el hombre se detuvo.

Habían llegado a dondequiera que la estuviera llevando.

 

Capítulo 2

 

¡Maldita sea!

Hembra loca, conduciendo hasta Mount Blue durante una tormenta de nieve en un pequeño auto eléctrico y sin ropa de invierno. La debería haber dejado en el ventisquero para morir.

Tom McEnroe deslizó a la mujer en el asiento del pasajero de su aerodeslizador y frunció el ceño.

Odiaba la idea de llevar a cualquier persona ajena a la base, pero esta era una tonta. Tenía que saber quién coño era esta mujer puesto que conocía su nombre.

Ella conocía su puñetero nombre.

Nadie sabía su nombre.

Éste había sido limpiado de todos los registros públicos cuando se unió al Ghost Ops. Los miembros del Ghost Ops no tenían parientes, ni familia, ni amigos. Era uno de los requisitos para unirse. Eso los hacía mejores agentes. Sin distracciones, sin conexiones, sin apegos.

Pero esta mujer sabía su nombre. ¡Lo estaba buscando a él!

Esta era una mierda seria porque cada maldita agencia de la ley le andaba buscando también, sin mencionar a todas la Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Y no iban a ser tiernos con él y sus hombres cuando le encontraran.

Se metió en el asiento del conductor y presionó el botón de encendido. El bebé se puso en marcha con un ronroneo. Tenía un motor de avión en el aerodeslizador. Era potente, silencioso y súper clasificado.

Jon y Nick lo habían birlado de una base súper secreta un par de meses atrás y valía su peso en oro. Subió el calor al máximo, cubrió a la mujer con una manta térmica y conectó el asiento calentándolo al máximo.

Volvió corriendo al vehículo de ella. La nieve casi había llenado el espacio para los pies del lado del conductor. Agarró el bolso y una pequeña caja que tenía sobre el asiento del pasajero y volvió corriendo a su propio vehículo, dejando la puerta abierta. De todos modos el coche estaba arruinado. Un PEM había destruido todos los circuitos y nada fuera de un nuevo motor lo haría funcionar. Mandaría a algunos de sus hombres después de la tormenta para meterlo en su almacén comunitario.

Ella estaba tironeando de las ataduras cuando él regresó.

—Deje de hacer eso —le dijo y ella se serenó al instante.

Mujer inteligente. Él era peligroso cuando estaba cabreado y probablemente ella pudo leer eso en su voz.

—¿Adónde me lleva? —preguntó, tratando con fuerza de evitar el temblor en su voz.

Él tuvo que darle puntos por su coraje. Ella no estaba gritando y llorando para que la soltaran, ni sacudiéndose violentamente, ni tratando de golpearle. Él no tenía ninguna restricción química con él y este clima ponía a prueba incluso sus habilidades para conducir. Tendría que noquearla si ella le estorbaba para conducir. No le agradaría, pero lo haría.

—Para empezar, la estoy llevando a un lugar cálido, doctora Young.

Ella se quedó en silencio.

Mac miraba las identificaciones que tenía en su mano, tomadas de su bolso. La licencia para conducir de California, dos tarjetas de crédito, el pase de seguridad de la compañía, el holograma del seguro médico. Todo a nombre de la doctora Catherine Young.

Trabajaba para una compañía llamada Laboratorios Millon. Él no tenía idea si ella era médica o científica.

No importaba. Lo averiguaría bastante pronto. Por el momento tenían que regresar rápido.

Mac presionó el botón que levantaba el vehículo, movió hacia adelante la palanca direccional y se deslizó fuera del camino y en la dirección que los llevaría de regreso al cuartel general.

Catherine no se dio cuenta de que se habían movido hasta que fue presionada contra el respaldo del asiento. Por un segundo, su embotado cerebro pensó que el hombre de negro la estaba empujando, pero eso no era correcto. Él estaba al lado de ella. Podía oírlo respirar, sentir su calor.

Estaban en un vehículo que no hacía ningún ruido y de manera loca parecía… deslizarse. La carretera en la que había estado… más huella que carretera… estaba llena de baches, tachonada con piedras y resbaladiza por la nieve.

Uno de los muchos misterios que serían aclarados, o no.

No existía absolutamente nada que Catherine pudiera hacer, así que hizo la única cosa que podía. Quedarse quieta y esperar.

Viajaron durante mucho tiempo, aunque ella no tenía forma de saber exactamente cuánto. Tal vez estaba viajando hacia Tom McEnroe, como había sido compelida a hacer. Tal vez se dirigía hacia su muerte. Tal vez se dirigía hacia ambas cosas.

Por más que ella hubiera tratado de evitar las amargas consecuencias de su don, éste la había llevado hasta este momento en que estaba tan impotente como un palo arrastrado por un río embravecido hacia el mar.

Estaba encapuchada, con las manos inmovilizadas, pero no estaba incómoda y no tenía frío. El extraño vehículo estaba caliente y el hombre había arrojado una manta sobre ella. Era muy delgada, casi como una de algodón, pero debajo de ésta ella estaba increíblemente caliente.

Era una suerte que no estuviera sufriendo de hipotermia severa. Las personas morían de un colapso por recalentamiento, un descenso brusco de la presión sanguínea que mete al organismo en un shock profundo, y luego en la muerte.

Viajaron en silencio.

Era una de las raras veces en su vida, Catherine estaba tentada de extender la mano y tocar, tocar al conductor. Piel contra piel. Ella nunca tocaba a nadie si podía evitarlo. A menudo los resultados eran dolorosos y a veces peligrosos.

Sus manos estaban desnudas. Acercar sus manos atadas y tocarlo al menos le diría si él quería hacerle daño. Si estaba siendo llevada hacia su muerte.

Si su mente estaba llena de odio y violencia, al igual que muchas mentes, ella lucharía hasta la muerte cuando salieran del vehículo.

Pero no había ningún lugar por el que pudiera estar segura de tocar su piel. Él parecía estar cubierto en todas partes por ese material liviano y resistente, incluyendo las manos.

Una vez más su don era inútil y peligroso. La conducía al peligro, pero sin brindarle modo de escapar de ello.

Ella no podía hacer nada más que sentarse e intentar mantener calmados y lentos los latidos del corazón, intentar vaciar su mente de todo pensamiento, solo intentar… estar. Si iba a luchar a muerte al final de este viaje, no podía permitirse el lujo de desperdiciar energías en inútiles especulaciones.

Estaba en una misión para encontrar a este Tom McEnroe, impulsada por fuerzas que escapaban s su control. Y… Dios la ayudara… impulsada por un amor abrumador por este McEnroe, por un hombre al que nunca había conocido.

* Image *

Mac condujo al asentamiento del cuartel general y entró en una caverna enorme. Su seguridad era estricta - él mismo la había diseñado- pero los sensores remotos, situados a los lados de la ruta escondida hacia la entrada de la caverna, habían reconocido las señales de identificación emitidas por el aerodeslizador. Si éstos no lo hubieran hecho, un pulso electromagnético habría apagado el vehículo mucho antes de que estuviera a la vista de la entrada escondida. El mismo PEM que había quemado los circuitos del coche de ella.

Y si por alguna descabellada posibilidad el vehículo no se hubiera parado en seco, quienquiera que estuviera a cargo de los monitores de seguridad habría dado la orden a uno de los aviones teledirigidos en lo alto y un poderoso y diminuto misil de precisión sería soltado y dejaría un humeante cráter, algunas salpicaduras de protoplasma y nada más.

El aerodeslizador se detuvo y los cojines de aire se dejaron caer sobre el suelo de cemento.

Mac salió y abrió la puerta del lado del pasajero. La mujer, la doctora Catherine Young, se quedó serena e inmóvil. Él habría pensado que era una estatua si no fuera por el ligero temblor de sus manos. Tenía que admitir que era unas hermosas manos. Y ella era una mujer muy hermosa, sin duda alguna tampoco.

Eso le inquietaba. Las mujeres hermosas eran problemas, siempre.

La mujer que él había sacado del gélido coche había estado blanca como un papel de frío, alarmada, luego aterrorizada y con todo tan hermosa que él la había tomado por una modelo. Algo cabeza hueca, estúpida y loca porque de lo contrario, ¿qué coño estaría haciendo en su deliberadamente hecha mierda, casi intransitable carretera, de noche, en medio de una tormenta de nieve?

Ella no era una cabeza hueca, era una doctora, eso lo enloquecía. ¿Qué mierda creía ella que estaba haciendo?

Él había estado a punto de inventar una historia sobre estar cazando, sobre quedarse atrapado en la tormenta de nieve y ofrecerse para llevarla de regreso a Regent, alrededor de sesenta y cinco kilómetros montaña abajo, cuando ella dejó caer la bomba.

Estoy buscando a Tom McEnroe.

Mac no se sorprendía, pero eso… bueno, eso fue una tremenda sorpresa.

Después de dejar caer la bomba, no era factible llevar de regreso a la desorientada y bonita civil montaña abajo. No era una civil y no estaba allí por casualidad.

Ésta era una mujer peligrosa.

Una mujer que sabía dónde buscarlo cuando todo el gobierno de los Estados Unidos no tenía ni idea. Posiblemente fuera una espía, definitivamente una amenaza. Y no iba a dejar su complejo antes de que él supiera, en principio, quién la había enviado, por qué y cómo diablos sabía dónde buscar.

Y él no apostaría por su partida con vida del complejo.

—Fuera —dijo.

Mac entrenaba hombres duros para hacer cosas difíciles. Entrenaba hombres que sabían perfectamente bien que serían enviados de cabeza a un peligro mortal. Solo si los entrenaba duro permanecerían vivos. Bajo el fuego, la unión del equipo lo era todo, y él era el líder. Estaba acostumbrado a ser obedecido al instante, porque tenía que ser obedecido al instante. La alternativa era la muerte y no una buena muerte tampoco.

Así que su voz de mando era la voz de Dios, gritada directamente en los oídos de sus hombres.

Normalmente moderaba su voz de mando con las mujeres. Pero en ese mismísimo instante estaba cabreado y suspicaz, y no estaba dispuesto a moderar su voz por alguien que podría estar poniendo en peligro todo su mundo.

Sin importar lo bonita que fuera.

Todo el cuerpo femenino se encogió sobre sí mismo al escuchar esa única palabra ladrada, lo cual era la reacción de cualquier pequeño animal ante la amenaza de uno más grande. Agacharse en el suelo, empequeñecerse. Entonces, para su asombro, la mujer se enderezó, la cabeza en alto debajo de la capucha, los hombros para atrás, tratando de manera visible de darse coraje.

Bueno… mierda.

Mac reconoció eso.

Él sabía todo acerca de tratar de infundirse coraje en malas situaciones. Había sido prisionero de puñeteros fundamentalistas en Yemen durante dos meses infernales en los cuales había sido mantenido encapuchado y desconcertado, sabiendo que en cualquier momento podía tener un puñal en su garganta o el cañón de una arma de fuego en la nuca. Sabía con exactitud lo que ella estaba sintiendo porque él lo había sentido.

Si ella iba a fichar la salida, quería ir con la cabeza en alto. Tío, él sabía lo que era eso. Lo conocía de cabo a rabo.

Por un segundo, por un momento fugaz, se identificó con ella y tuvo un destello de lo que esto debía ser para ella. Pero luego pasó.

Joder con eso.

Él no podía permitirse el lujo de permitirse sentir nada por esta mujer. Ella había venido hasta él. Lo había encontrado en contra de todas las probabilidades. Había fracturado la seguridad diseñada por tres hombres que eran los más grandes expertos del mundo y él no tenía ni idea de cómo lo había hecho.

Era una amenaza… para él, para sus hombres y para esta loca comunidad que habían reunido en torno a sí mismos.

—Vamos —dijo, inyectando impaciencia en su voz.

Tenía que interrogarla tan pronto como fuera posible. Si esta mujer, sin importar cuán suave, pálida y desvalida se viera, resultaba ser la punta de lanza de una invasión, él y sus hombres tendrían que luchar. Cuanto más rápido se enterara de lo que quería, y quién estaba detrás de ella, mejor podría defenderlos.

Ella hizo oscilar las piernas por la puerta abierta, buscando el suelo con un pie calzado con un par de botas. Al menos había tenido la sensatez de ponerse pantalones de lana y botas. Aunque sus piernas parecían que le llegaban hasta el cuello, era de mediana estatura. Su pie exploró tentativamente, buscando suelo firme. Finalmente, exasperado, Mac acomodó las manos en torno a la pequeña cintura, la levantó y bajó sobre el suelo. Al igual que una bailarina, ella apuntó un pie hacia el suelo y pareció aterrizar como una maldita primera bailarina.

Ella se sentía bien entre sus manos.

Dios… maldita sea.

Conmocionado, Mac dio un largo paso hacia atrás. No tenía derecho a pensar de ese modo. Era un soldado, ahora y siempre. Él no había dejado las fuerzas armadas, las fuerzas armadas le habían dejado a él.

En el fondo todavía era un soldado protegiendo lo suyo y esta mujer representaba peligro. ¿Qué mierda le importaba a él si ella se sentía ligera y grácil debajo de sus manos, si era hermosa o valiente? Eso la hacía doblemente peligrosa.

La valentía en un adversario daba malas sensaciones, él lo sabía.

¿Estaba el sexo entrometiéndose con su cabeza? Nunca había sucedido antes. El sexo estaba fuera del cuadro cuando estaba en una misión y ahora su vida entera era una misión, del amanecer al anochecer. Por supuesto, el sexo había sido fácil de descartar cuando él de hecho había estado acostándose con alguien, lo que no era el caso en este momento y no lo había sido durante un año.

Tío, si esta mujer podría distraerlo necesitaba hacer algo al respecto lo antes posible. Como bajar la montaña una noche, en uno de sus vehículos camuflados, meterse en uno de los pueblos cercanos que no tenían cámaras de video, y buscarse una mujer para la noche. O por el tiempo que tardara en sacar esto de su organismo.

Ella estaba de pie en silencio con la cabeza alta, las únicas señales de estrés era el ritmo acelerado de su respiración y el temblor de las manos.

—Venga conmigo —dijo Mac con brusquedad y la tomó del codo, poniéndose en camino hacia el enorme ascensor que los llevaría ochocientos metros arriba.

Ella fue obedientemente, lo cual era inteligente de su parte. Él no creía que pudiera lastimar a una mujer, pero no quería ponerlo a prueba. Era el encargado de la defensa, no solo de sus hombres, sino de Haven, y si tenía que elegir entre esta mujer y aquellos a los que protegía, ella perdería.

Esperaba que no llegase a eso. En el mejor de los casos… mantenerla en aislamiento, sacar la información que pudiera, en particular cómo sabía su nombre y en qué dirección encontrarlo, qué quería y quién la enviaba.

Jon tenía una droga que había conseguido de un mayorista farmacéutico que podía acabar con los recuerdos a corto plazo. Unía la droga con un anestésico ligero y la tendría despertándose a cientos de kilómetros de distancia sin ningún recuerdo de él, de Mount Blue o Haven.

Tiró con fuerza de su brazo y ella se detuvo obedientemente mientras él presionaba el botón para abrir las puertas del ascensor. Cuando se abrieron la instó a avanzar con una mano presionada contra su espalda.

El ingeniero que había diseñado el ascensor, Eric Dane, se había divertido con la velocidad. Nunca se notaba pero la maldita cosa subía más de seiscientos metros en treinta segundos. Era una maravilla que nadie sufriera una descompresión brusca.

Dane era uno de sus niños desamparados. El ingeniero había pasado a la clandestinidad cuando denunció las deficiencias estructurales que había encontrado sobre el Puente de la Bahía San Francisco y perdió su trabajo por sus esfuerzos. Dos meses después de que hubiera presentado un informe a las autoridades sobre las debilidades del puente, se había derrumbado en el extremo Oakland, después de un temblor moderado de 2,1 en Halloween. Cuarenta personas murieron.

El informe de las deficiencias estructurales de Dane fue borrado de los archivos de la compañía y él fue culpado del derrumbe. Se presentó una demanda multimillonaria en su contra, pero no había nadie a quién demandar. Él había desaparecido.

Uno más en el heterogéneo ejército de proscriptos y fugitivos de Mac. Hombres y mujeres que se habían puesto a su protección.

Dane había moderado el arranque y disminuido la velocidad en la cima, así la mujer no tendría forma de juzgar qué distancia habían recorrido. A lo sumo, sabría que habían subido unos cuantos pisos en un edificio en lugar de subir disparados unos ochocientos metros por el interior de una montaña.

Las puertas se abrieron silenciosamente. La capucha confundía los sonidos, así que ella no sería capaz de decir que el ascensor se abría encima de un enorme patio interior, que era la plaza central de su comunidad. Habían cuatro personas a la vista, trabajando. Uno de ellos era Jon, que miró con curiosidad a Mac sujetando por el codo a una mujer encapuchada. Mac le hizo señas con la cabeza hacia la derecha. Hacia el cuarto de reunión. Él hizo el signo universal de una cámara filmando, asintió con la cabeza y salió corriendo.

Mac guio a la mujer a través de los bancos y las plantas del enorme espacio abierto, sabiendo que no mucho traspasaba la capucha. Ni sonidos, ni luz, ni olores.

Como siempre, un descomunal arrebato de orgullo florecía en su pecho cuando salía a la plaza central de la proscripta comunidad.

Era hermosa. A Mac le levantaba verdaderamente el ánimo cada vez que cruzaba la plaza. Estaba iluminada día y noche. Durante el día, el cielorraso completamente impenetrable y del espesor de una molécula se veía abierto al cielo y resplandecía con la luz del sol. Minúsculos recolectores solares alrededor del perímetro inundaban de luz el cuadrado por la noche. Los paneles solares también eran estufas con el toque de un botón. El efecto era sorprendente. En lo alto, los copos de nieve caían desde el cielo y desaparecían tan pronto como tocaban la pantalla.

Había vegetación por todas partes… plantas exuberantes y florecientes que complacían a los ojos y despedían una fresca fragancia. Árboles frutales, macizos de flores, relucientes arbustos y pequeños enclaves de hierba.

La exuberante vegetación se debía a Manuel Rivera, el hombre con las manos de oro. Jon lo encontró cuando salió a callejear en busca de mujeres en Cardan, una pequeña localidad a noventa y seis kilómetros de distancia. Se hicieron amigos.

Manuel estaba trabajando dieciocho horas al día tratando de conseguir que los productos de su granja orgánica fueran rentables. Jon se encontró cogiéndole cariño al tío. En un viaje al pueblo, el dueño del bar donde Jon siempre se detenía le contó que Manuel había sido atacado por “ladrones”, se había negado a ir al hospital local y estaba arriba en una habitación.

Jon subió corriendo las escaleras, abrió de una patada la puerta, le echó un vistazo a Manuel, detuvo el sangrado, lo cargó sobre el hombro y lo trajo con él a la montaña, desafiando a Mac y a Nick.

Sin embargo, para entonces Mac y Nick estaban resignados. Su heterogénea comunidad ya contaba con Dane, una famosa actriz cuyo rostro había sido totalmente cortado por un acosador, una enfermera de urgencias que había tenido que rechazar a una mujer embarazada con pre eclampsia y sin cobertura, y cerca de otros cuarenta refugiados de la vida moderna.

Manuel había entablado una demanda contra una gran agroindustria con campos experimentales con plantas genéticamente modificadas junto al suyo, contaminando sus productos orgánicos. El día después de que la demanda fuera presentada, dos matones le habían golpeado, dejando pedazos rotos de la causa judicial agitándose encima de su sangre sobre el suelo.

La agroindustria era una rama de Farmacéutica Arka.

Manuel ahora llenaba los espacios públicos de plantas, y cultivaba dos enormes campos de frutas y hortalizas que los abastecían a todos ellos de frutas y verduras orgánicas frescas.

En el exilio y cazados como animales, ellos comían como reyes.

La exuberante vegetación le recordó a Mac por lo que estaba luchando y por qué tenía que ser cauteloso con esta mujer. Todos los demás en Haven habían conseguido llegar allí por accidente o por el destino. Pero esta mujer había venido específicamente por él.

Abrió la puerta de la sala de reuniones y la hizo traspasar el umbral. Jon ya había sembrado el cuarto de cámaras de video. Artefactos diminutos que ella no sería capaz de detectar. Jon y Nick estarían observando puerta por medio.

La mujer se quedó en silencio justo dentro de la habitación. Ella no le fastidió con que la dejara ir, no peguntó dónde estaban. Él lo encontró interesante. Mostraba autodisciplina. ¿Era una agente?

Había una única forma de averiguarlo.

Quitándose el pasamontañas, le tocó dos veces la unidad en la muñeca, destrabando las restricciones de ella y le arrancó la capucha.

Ella parpadeó ante la luz, orientándose.

Mac la vigilaba atentamente. Las personas veían cosas diferentes. Los agentes estaban siempre en alerta. Ellos no se alistan por casualidad. Nacen así, programados para los problemas, luego deambulaban sin rumbo hasta que alguien los podía entrenar y afilar sus talentos.

Un agente entraría en la habitación de un bebé, comprobaría las salidas y las manos del niño en la cuna. Por si acaso.

Así que si ella estaba allí en una misión de espionaje le revisaría las manos, chequearía la puerta para ver qué tipo de mecanismo de cerradura tenía, buscaría ventanas en las paredes y vería lo que se podría utilizar como un arma. Lo haría rápido y en alrededor de un segundo y medio podría dar una lista detallada de cada artículo en la habitación.

Mac podía hacerlo, Jon y Nick también. Habían sido enseñados por el mejor, por Lucius Ward.

Al pensar en su ex comandante, el corazón de Mac bombeó rabia. Reprimió el pensamiento implacablemente. Ahora no era el momento. Jamás sería el momento. Y de cualquier manera el hijo de puta estaba viviendo en una buena posición en Río.

La mujer no evaluó la habitación para nada. Lo evaluó a él. Su mirada descansó atentamente en su rostro, sin siquiera un atisbo de atención a sus manos. Incluso aunque éstas se mantenían sobre su Beretta 92 y el cuchillo de combate de carbono negro en su funda. El chuchillo era trescientas veces más fuerte que el acero. No solo podría rebanarle la garganta, sino decapitarla sin ningún esfuerzo en absoluto.

Una agente habría entendido todo eso de manera instintiva. Habría subido su nivel de vigilia y habría comenzado a bailotear sobre la punta de sus pies a la espera de la acción.

Nada de eso. Ella simplemente estaba parada delante de él, mirándolo a los ojos. La respiración regular, los músculos relajados y las manos flojas.

Y Cristo, era hermosa. En este momento ese era el único factor a favor de ser una agente. Los servicios en todo el mundo se esforzaban en reclutar mujeres hermosas y atléticas, algunas veces entrenándolas desde la escuela secundaria. Eran llamadas “Botes de miel”… y eran espectacularmente efectivas.

El Ghost Ops tenía dos mujeres disponibles, entrenadas para jugar en las grandes ligas. Mujeres tan bellas que cualquier hombre las dejaría acercarse, porque la biología les haría una zancadilla. Conquistado por las hormonas. Hombres de los que las mujeres se aprovechaban, que nunca sentían el cuchillo que se deslizaba entre las costillas, el garrote en el cuello o la microscópica bala entre los ojos.

Pero Francesca y Melanie habían tenido un aspecto inconfundible. Ellas podrían ocultar que eran soldados bajo ropas de moda y maquillaje pero no podían ocultar el hecho de que eran peligrosas. Si un hombre tenía ojos para ver, emitían vibraciones de peligroso como hermosas víboras de cascabel.

Ningún halo alrededor de esta mujer. Era demasiado suave, demasiado triste. Esta mujer no era una depredadora. Se veía vulnerable y cansada.

A la mierda con esto.

—Siéntese —dijo.

Ella miró a su alrededor y tomó uno de los sillones en la mesa que ellos usaban para hablar cara a cara, ignorando la larga mesa que utilizaban para las reuniones. Él se sentó enfrente de ella. Si moviera las rodillas la estaría tocando.

Él se hundió en la blandura de la silla, asegurándose de no tocarla. Deseando no tener que hacer esto, no tener que estar aquí interrogando a esta mujer, sabiendo que tendría que tomar algunas decisiones difíciles si su historia no era convincente.

Porque él era el protector de su banda proscripta y si tuviera que deshacerse de ella para mantenerlos a todos a salvo, lo haría. No le gustaría, pero lo haría.

Por defecto, él había sido designado rey de este pequeño reino. Y aunque preferiría estar en otro sitito, estaba aquí, en su cómodo sillón. Como un soldado, él nunca habría permitido sillones en su oficina. Nada fácil para ser un soldado, la vida más dura, lo más rápido que aprendías. Él tenía un doctorado en adversidades.

Pero aquí, maldita sea si las personas no venían a él con sus problemas. Eran civiles. Por mucho que quisiera, no podía ordenarles posición de firmes y dar un informe de la situación. El mundo civil no funcionaba de esa forma. Así que había aprendido a ofrecer a su gente una silla confortable, e incluso una maldita taza de café - había trazado la línea en el té- esperando que fueran al grano.

Ella se sentó allí, no se relajó contra el respaldo, pero tampoco se tensó haciendo equilibrio sobre el borde del asiento. Simplemente lo miraba, como esperando.

Bueno, entonces él comenzaría el baile.

—¿Quién coño es usted y por qué está buscando a este tipo, cualquiera que sea su nombre?

Ella nunca parpadeó.

—Tom McEnroe. Estoy buscando a Tom McEnroe.

Mac había sido entrenado para mentir por los mejores. Sus ojos no revelaron absolutamente nada.

—Nunca he oído hablar de él –dijo—. ¿Y quién es usted? No se lo voy a preguntar por tercera vez, señora.

Ella inhaló profundamente y él mantuvo los ojos en su cara. Porque esta mujer esbelta, tenía una percha muy buena. Lo que no tenía nada que ver con lo demás, por supuesto. Solo una observación.

Definitivamente iba a tener que bajar de la montaña la próxima semana y echar un polvo.

—Mi nombre es Catherine Young —dijo en voz baja—. Doctora Catherine Young. Soy neurocientífica y trabajo en un laboratorio de investigación, en los Laboratorios Millon, a unos treinta kilómetros al norte de Palo Alto. Todo lo cual, obviamente, ha leído en los documentos de mi bolso. También soy una experta en demencia.

Se detuvo, como si le diera tiempo a reaccionar.

Mac simplemente esperó.

La demencia, ¿eh? Tal vez ese era su problema. Estaba demente por no haberla dejado inconsciente y abandonado a trescientos kilómetros de aquí. Sí, se estaba volviendo loco.

No podía verlo, pero sabía que Jon estaba tecleando en su teclado virtual. La mujer apenas había terminado de hablar cuando la voz de Jon llegó por el auricular invisible del oído.

—Está diciendo la verdad, jefe. Catherine Anne Young, nacida el 08 de agosto de 1995. Vive en University Road, Palo Alto. –Silbido—. Tienes más títulos que mi perro pulgas. Cum laude, también. Es una mujer inteligente. Estoy mirando su permiso de conducir, la foto encaja y ahora estoy mirando… ah. Su documento de identidad de la empresa. Laboratorios Millon. Todo concuerda.

Mac hizo un gesto casi imperceptible, que ella no captaría pero Jon sí.

Luego Jon continuó.

—Vaya, jefe. Millon, ¿la empresa para la que trabaja? Es propiedad de Futura Technology. Y adivina quién es el propietario de Futura —Jon a veces se dejaba llevar por sus propias habilidades. Mac casi podía verle, golpeándose la frente porque, por supuesto Mac no podía responder—. Lo siento, jefe. Arka Pharmaceuticals. Eso es para quién. Nuestra deliciosa joven doctora trabaja en última instancia para Arka.

Arka Pharmaceuticals. Su última misión. Jon, Nick y él casi habían muerto en esa misión y les había convertido en fuera de la ley. La información falsa de que Arka Pharmaceuticals estaba trabajando en una forma de la Yersinia pestis como arma, la peste bubónica, les había costado todo.

Porque no había habido ninguna plaga, Solo algunos científicos muy brillantes trabajando en una cura para el cáncer. Porque la misión le había costado todo su equipo. Solo Jon, Nick y él habían escapado. Y porque él y todo su equipo habían sido traicionados por su comandante, un hombre al que habían querido.

Eso era Arka Pharmaceuticals. Y esa era la compañía para la que esta mujer trabajaba.

Mac no creía en las coincidencias. Ella podría tener un aspecto suave, podría no ser un operativo en el sentido técnico y podría ser un médico con títulos saliéndole de las orejas, pero su primer instinto era correcto.

Esta mujer era peligrosa

—Siga. —Ella se había detenido y continuaba estudiándole el rostro, como si estuviera revelando algo. Buena suerte con eso. Su rostro no revelaba nada.

—Trabajo principalmente en el laboratorio, pero tenemos una sala de sujetos de prueba que sufren de severa demencia de inicio rápido. Hombres y mujeres que han ido tan lejos que no pueden recordar sus nombres, no recuerdan nada de su pasado. Algunos apenas están conscientes. Estamos trabajando en una cura para la demencia, una manera de restablecer las sinapsis que se han perdido. Le ahorraré los detalles técnicos. Los protocolos son muy experimentales, muy de vanguardia, pero varios ofrecen una gran promesa. A cada sujeto se le informó de los riesgos cuando dos neurólogos certificaron que estaban en su sano juicio, y cada paciente firmó una renuncia. O, en su defecto, un miembro de la familia con un poder notarial firmado. A los pacientes se les asignó un número, algo a lo que habría objetado, pero todos estaban más allá del punto de reconocer sus propios nombres. Sin embargo, hubo un paciente en el grupo de protocolo, conocido como el número nueve…

Su voz se apagó y se miró las manos, tratando de pensar en qué decir a continuación.

Mac dejó que el silencio continuara durante un tiempo. Por fin, hizo un gesto de impaciencia con la mano.

—¿Número nueve? ¿Qué le pasaba al paciente número nueve? Además de tener casi muerte cerebral.

Ella alzó la mirada. Tenía unos ojos realmente hermosos. De un ligero gris, bordeados por un círculo de color gris oscuro y rodeados de unas pestañas increíblemente largas y espesas. Posiblemente propias, ya que no parecía estar usando maquillaje.

Mierda. ¿Qué le pasaba? Dejarse distraer por unos ojos bonitos durante un interrogatorio que podría tener consecuencias de vida o muerte. La falta de sexo no era una excusa. No había ninguna excusa. Se obligó a concentrarse.

Ella se limitó a mirarlo. Su rostro era suave, abierto y vulnerable. Por mucho que Mac quisiera leer conocimiento operacional y artimañas en su expresión, simplemente no lo veía. Todo lo que alguna vez había aprendido sobre técnicas de interrogatorio señalaba algo imposible. O ella era muy, muy buena, mejor que nadie con quien jamás se hubiera encontrado, o la mujer no estaba mintiendo. No era una amenaza para él.

Excepto… que había ido a buscarlo en medio de una tormenta de nieve. A él específicamente.

Por supuesto que era una jodida amenaza.

—¿Doctora Young?

Ella se sobresaltó ligeramente, como si hubiera entrado en trance. Tenía líneas blancas alrededor de su boca y su nariz estaba roja. Había conducido montaña arriba en una tormenta de nieve y casi había sufrido hipotermia. Estaría agotada. Ahora que pensaba en ello, buscó signos de agotamiento y los encontró. Se balanceaba ligeramente en su silla como si sentarse con la espalda recta requiriera esfuerzo.

Mac tenía una fina membrana en su antebrazo izquierdo, que era un teclado. Se subió la manga de su suéter y escribió bajo la mesa, trae comida y algo caliente para beber en 30 minutos, y casi sonrió ante el regalo que le esperaba a la mujer, que no se lo merecía.

Tenían en Haven el mejor cocinero del mundo.

Levantó las manos desde debajo de la mesa e hizo un gesto impaciente.

—¿Qué pasa con ese número nueve? ¿Quién era él?

—El número nueve era un hombre corpulento, de cincuenta y tres años de edad, de acuerdo con su expediente, a pesar de que parecía mucho mayor. Los pacientes con demencia a menudo aparentan diez e incluso veinte años más de los que tienen. Son incapaces de cuidar de sí mismos y envejecen rápidamente. El archivo del número nueve decía que era un hombre de negocios que había trabajado para una serie de empresas, la rotación era extremadamente rápida en los cuatro años anteriores. Esto es consistente con un diagnóstico de un trastorno de demencia. Le contratarían sobre la base de su trayectoria, luego la empresa descubriría que no estaba a la altura. Y entonces pronto, la trayectoria fue uno de fracaso. Divorciado, sin hijos. Su plan médico no cubría una casa de reposo. Se inscribió él mismo en el programa, mientras todavía era capaz de firmar documentos. Todo era normal, si algo de estos pacientes se puede considerar normal.

Sus ojos se posaron en una jarra y carraspeó.

—¿Puedo tomar un vaso de agua?

Le sirvió un vaso y ella bebió, ese largo cuello blanco tragando. Cuando Mac se dio cuenta de que estaba observando con avidez cómo bebía, apartó la mirada. Cristo.

—Gracias. —Puso el vaso sobre la mesa y le sonrió. Él no le devolvió la sonrisa. No era una situación para sonreír. Pero en lo que se refería a sonrisas, la suya era un mil en una escala de uno a diez. Un poco tímida, cálida. Creaba un hoyuelo pequeño en la mejilla izquierda.

Oh, joder. Vuelve a la tierra.

—Así que algo sobre este tipo, este número nueve, ¿no encajaba?

—Había algo en él que sí, que era inusual. Hemos desarrollado una resonancia magnética funcional semiportátil y la usamos para rastrear cambios en los escáneres cerebrales de los pacientes. Ver lo que estimula diversas partes del cerebro, en particular en el marco del protocolo de drogas.

»La demencia tiene muchos orígenes. A veces se trata de una serie de mini accidentes cerebro vasculares que cortan el oxígeno a secciones del cerebro, convirtiéndolas esencialmente en tejido muerto. El Alzheimer es el resultado de placas que enredan las sinapsis, exactamente como si el cerebro se apelmazara. Todos ellos tienen distintas firmas de resonancia magnética. El número nueve tenía algo más. El escáner del cerebro de este paciente no tenía sentido para mí. Su cerebro estaba dañado de una manera completamente nueva. Los síntomas clínicos eran compatibles con la demencia, pero las imágenes no. Los pacientes con demencia tienen una degradación general global de funciones, ya sea debido a apoxia o placas, en el caso de la enfermedad de Alzheimer. Principalmente centrada en el hipocampo. Aquí estaba viendo la degradación del núcleo estriado, algo inusual. Los patrones eran extraños. Si no hubiera visto al paciente, habría dicho que su cerebro había sido... destruido por una fuerza externa. Un poco como una manta echada sobre las funciones superiores. Pero en el fondo, el escáner mostró una gran actividad, como incendios. Trató de comunicarse verbalmente, pero no estaba funcionando. Se agotó. Los pacientes con demencia olvidan las palabras. No parecía que este paciente hubiera olvidado las palabras sino que era físicamente incapaz de pronunciarlas.

Aunque Mac todavía no veía la conexión, el hecho de que se tratara de una empresa controlada por Arka Pharmaceuticals lo convertía en su asunto.

—Así que... ¿qué? ¿Le leyó la mente?

Su sarcasmo obtuvo más reacción de lo que pensó. Ella se sacudió un poco y abrió los ojos de par en par.

—No. –Inhaló profundamente—. No, no le leí la mente. No nos enseñan eso en la escuela de medicina. Encontré la clave por pura casualidad. Estaba escribiendo mis notas en mi iPad cuando su cabeza se sacudió. Sus ojos fueron del iPad a mí y luego de vuelta a la tableta. Giré la tableta y me sorprendí cuando comenzó a introducir letras.

—Está bien —dijo Mac—. Morderé.

—Escribió que yo no debía decir nada y apagar las videocámaras. Tengo un código de seguridad que me permite hacerlo. Sin embargo, aunque eso no habría alertado a los guardias que vigilan los monitores o a cualquier programa que estuviera en activo, simplemente creé un bucle de él durmiendo.

Idea inteligente. Aunque no era un operativo, tenía algunos buenos movimientos en ella. Pero claro, reflexionó Mac, uno no obtenía varios doctorados siendo tonto.

—Desde ese momento, nos comunicamos laboriosamente, a trompicones, a lo largo de dos días. Lo primero que me dijo es que su nombre no era el nombre que teníamos en nuestros archivos, Edward Domino, lo que de inmediato me hizo sospechar. La demencia puede convertirse fácilmente en psicosis, y los pacientes de demencia suelen ser paranoicos. He tenido pacientes que insistían en que eran John Kennedy, George Washington, Marco Polo, Albert Einstein. Así que estaba preparada para oír algo descabellado, pero me dio otro nombre que no significaba nada para mí. Tengo la impresión, sin embargo, de que podría significar algo para usted.

Ella se detuvo, mirándole. Mac volvió su rostro de piedra.

Ella suspiró.

—Lucius Ward.

—Santa. Mierda —dijo la voz de Jon en su oído. Mac podía oír jurar a Nick en el fondo.

—El nombre no significa nada para mí —dijo Mac, alzando las cejas ligeramente. Se sentía como si le hubieran golpeado pero nada asomó a su rostro—. ¿Por qué debería?

—No tengo ni idea. Todo lo que sé es la determinación feroz de este hombre, tanto si era Edward Domino como Lucius Ward, no supone ninguna diferencia para mí. Se comunicaba con gran dificultad, sudaba y temblaba, pero no se rindió. Repitió su nombre y me dijo que tenía que encontrar a Tom McEnroe. Esa es una cita directa. Pasó una hora, pálido por la fatiga, diciéndome eso. También me dio algo. —Buscó en el bolsillo del pantalón y sacó en un puño pequeño. Lo arrojó sobre la mesa, donde rodó un par de veces y se detuvo a unos centímetros de la mano de Mac. Él lo miró, casi sin poder respirar.

—Jesús. —Esta vez fue la voz de Nick la que entró por el auricular—. El Halcón del capitán.

No parecía nada. Un pin diminuto y casi invisible hecho de metal negro. Solo con un microscopio podías ver que estaba hermosamente detallado. El pin era un halcón en vuelo, con las plumas perfectamente talladas, una pequeña franja de oro le bajaba por la espalda. Estaba hecho con el cañón de la pistola que mató a Bin Laden.

Era la insignia de un Fantasma. A los Fantasmas se les prohibía tener insignias o distintivos de cualquier clase. Se le prohibía incluso llevar los uniformes del ejército de Estados Unidos. Se les permitió solamente una placa pequeña, más pequeña que un botón de camisa. Únicamente había siete de ellos en el mundo, y solo una con una franja delgada de oro. El que pertenecía al oficial al mando de los fantasmas, el capitán Lucius Ward.

Una cosa que Mac sabía, traidor o no traidor, era que Lucius solo hubiera renunciado a su pin en la muerte o en la más extrema emergencia. Incluso si hubiera traicionado a sus hombres, aunque los hubiera vendido, incluso si absolutamente todo lo que Mac pensaba que sabía acerca de Lucius estaba equivocado, esto no lo estaba. Haría falta un cataclismo o la muerte para quitarle de los dedos el Halcón de Lucius.      

—¿Sabe lo que es? –Preguntó ella.

Buscó en sus ojos ironía pero no encontró nada. Estaba realmente sorprendida. Bien, teniendo en cuenta el hecho de que la existencia de las Ghost Ops era información clasificada, y solo un puñado de personas en el mundo sabían de ellos, y menos aún conocían su insignia secreta, era muy posible que ella no tuviera ni idea de qué era el Halcón.

—No. –Se reclinó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Debería?

—No tengo ni idea. —Cerró la mano sobre el Halcón y lo sostuvo casualmente. Sin saber que ese pequeño pin metálico representaba sangre, sudor y lágrimas en gran escala y era el símbolo de un hombre al que Mac, Jon y Nick habían querido como a un padre. Un hombre que les había traicionado. Que les había guiado a una trampa de fuego, sacrificado con tanta naturalidad como aplastas moscas. Por dinero.

Ella suspiró.

—Estaba temblando cuando me lo dio, como si se tratara de algo que significaba mucho para él. Pero ya estaba temblando antes de todos modos. Cuanto más nos comunicábamos, más control motor perdía. —Levantó los ojos hacia él—. Aunque aún más importante que la insignia, al parecer, era encontrar a ese Tom McEnroe y darle un mensaje.

—¿Y de qué mensaje se trata? —Preguntó Mac, con tono desinteresado, aunque su corazón había iniciado un golpeteo bajo, muy dentro de su pecho. Esto iba mucho más allá de lo que se había imaginado.

Los tres habían asumido simplemente que Lucius había desaparecido con su dinero a alguna isla del Caribe o algún enclave en el sudeste de Asia. Si había un hombre en el mundo que supiera desaparecer, ese era Lucius Ward. Era un maestro en ese arte.

A menudo habían especulado con amargura cómo estaría en un paraíso tropical, un hombre rico, mientras ellos vivían fuera de la ley.

¿Y ahora resultaba que estaba en algún laboratorio a solo trescientos kilómetros de aquí? ¿Herido y enfermo? Por un momento, Mac luchó consigo mismo. La idea del jefe herido, enfermo y solo era imposible de soportar. No podía quedarse sentado, las manos literalmente le picaban por ponerse en marcha, por ir a buscar al capitán que era...

El hombre que les había traicionado. Mac tuvo que recordárselo. El capitán les había traicionado, los llevó a una trampa, les dejó morir.

Ella abrió la mano y estudió la pequeño insignia pensativa, como si pudiera encontrar ahí las respuestas.

—Dijo, dijo que tenía que encontrar a este… este Mac. —Ella levantó la cabeza y Mac vio dolor y tristeza en sus enormes ojos grises—. Dijo que cuando le encontrara le dijera Código Delta. No sé qué significa eso.

Pero Mac sí.

Peligro.

* Image *

El enorme hombre se echó hacia atrás en su silla, golpeó ligeramente con el puño el escritorio. El corazón de Catherine saltó a pesar de que él no estaba emitiendo vibraciones de peligro. O más bien, a pesar de que parecía peligroso, muy peligroso, no parecía fuera de control, y no la había amenazado directamente.

Los hombres más violentos sujetaban su temperamento con una correa corta. Tardaban muy poco en soltarse y cualquier cosa podía hacerlo. Una palabra equivocada, una mirada equivocada.

Catherine había salido una vez con un hombre así. Se habían conocido en una librería, buscando el mismo libro. Habían tomado café en el Starbucks de la tienda y él la había invitado a cenar la noche siguiente. Catherine no se fiaba de los hombres, pero le había parecido tan agradable, de voz suave, divertido e inteligente. No se habían tocado pero le había gustado. Habían tenido una gran cena. De vuelta al coche, había decidido dejar que la besara y aceptaría otra invitación a cenar. Y tal vez el fin de semana le invitaría a almorzar.

Agradable y lento. Como le gustaba.

Y él se inclinó, cerró el puño en su pelo y la besó con fuerza, agresivamente, abriéndole la mandíbula con la otra mano y empujando con la lengua. La tomó completamente por sorpresa y ella se resistió.

A él le gustó. Oh, sí que le gustó. Mucho.

Y lo que era por dentro, bajo esa apariencia agradable, suave, corrió como el hielo sobre su piel. Remolinos de violencia llenaron su cabeza, teñidos de rojo y calientes. La enfermedad pulsó atravesándola en oleadas nauseabundas, estuvo a punto de abrumarla. Había estado allí todo el tiempo y ella no lo había visto porque no le había tocado. Reconoció en su beso que la violencia le llenaba, como si su piel fuera un saco lleno hasta el borde con ella. Todo lo que necesitaría sería la más mínima abrasión y la piel se rompería y la agresión y la violencia saldrían como un geiser.

Le había empujado y corrido a su pequeña casa, cerrando la puerta detrás de sí, jadeando. Escuchó hasta que, por fin, escuchó sus neumáticos chirriar cuando se marchó rápidamente.

Aquella noche había sido como un punto de inflexión, el punto más bajo de su vida. Después de cerrar la puerta, se había deslizado por la pared, acurrucándose sobre sí misma y temblando durante horas.

Se le había ocurrido desde la primera vez que tal vez eso era así. Nunca iba a mejorar. Había juzgado mal al hombre porque se mantenía aislada. Y se mantenía aislada porque su don lo envenenaba todo cada vez que quería acercarse a alguien.

El episodio la asustó tanto que no había tocado a un hombre desde entonces, por miedo a que fuera alguien más lleno de violencia.

Esa no era la impresión que estaba consiguiendo aquí, aunque claro, no le estaba tocando. Lo que tenía era granito impenetrable. Enorme autocontrol. Lo que había debajo era invisible. Podría ser violencia, tal vez no, pero fuera lo que fuese, no iba a erupcionar. No iba a salir en absoluto.

Ella le miró a los ojos. Las mujeres tendían a mirar a la gente a los ojos, pero algunos hombres lo interpretaban como una agresión, como una falta de respeto, y respondían en consecuencia. No tenía la sensación de que este hombre estuviera fuera de control. Por el contrario. Cada línea de su gran cuerpo permanecía inmóvil, claramente atada a su voluntad.

A pesar de que estaba armado hasta los dientes.

Tenía una pistola grande y negra atada al muslo derecho y un cuchillo grande y negro en una funda en el otro. No los necesitaba. Todo su cuerpo era un arma. Había poder en todas las líneas de su cuerpo. Atado, potente, inconfundible.

Su ropa de invierno era de alta tecnología, un material fino negro no reflectante, y mostraba su cuerpo, uno de los cuerpos más fuertes que jamás había visto. Hombros extra anchos que se estrechaban en una esbelta cintura, muslos largos y poderosos, brazos largos y manos grandes en los extremos.

Verdaderamente era un hombre formidable y la había mirado con el ceño fruncido durante todo el interrogatorio. Feroces ojos oscuros fijos en los suyos, como si estuviera esperando atraparla en una mentira. Bueno, ella estaba demasiado empapada en neurolingüística como para cometer ningún error en el desplazamiento del ojo incluso si estuviera mintiendo. Conocía exactamente el lenguaje corporal necesario para transmitir veracidad. Si quería mentir, solo una resonancia magnética lo mostraría porque ella no podía obligar a su cerebro a iluminar áreas específicas.

No estaba mintiendo, así que no era un problema, pero la calidad de la atención del hombre era tal que estaba segura de que desenmascararía las falsedades que provinieran de cualquiera que quisiera desenmascarar.

Todo su lenguaje corporal era cauteloso. No confiaba en ella, ni una pizca. ¿Había hecho algún tipo de movimiento agresivo o incluso evasivo? No había duda de que él tendría reflejos tan rápidos como los de las serpientes. Así que se quedó quieta.

Pero ahora había cumplido la misión a la que un hombre enfermo la había enviado, una que había sido incapaz de rechazar. Estaba hecho, para bien o para mal. La tensión la estaba abandonando y tenía que obligarse a permanecer recta en la silla y no desplomarse por el cansancio. Desafortunadamente, estaba sentada en una silla increíblemente cómoda, así que quizás él no realizara interrogatorios de forma regular en esta sala.

La mayoría de los interrogatorios tenían lugar en ambientes incómodos.

No miró alrededor, pero había visto lo suficiente para saber que era una habitación cómoda, incluso agradable. Se suponía que las salas de interrogatorio no eran agradables, se suponía que debían ser austeras e imponentes. Algo así como una celda de la cárcel, que es donde ibas si mentías.

¿Qué hora era? Debía de ser cerca de la medianoche. Había dormido mal la noche anterior, desconcertada por el paciente nueve.

El paciente nueve, Lucius había sido tan desesperadamente insistente, que su fuerza de voluntad la había inundado, haciendo que le hormigueara la piel. Las imágenes que procedían de él habían sido tan fuertes, las más fuertes que jamás había tenido. Como si las barreras entre ellos se hubieran disuelto y ella estuviera en su cabeza dañada. Había imágenes, verdaderas, no palabras, salvo ese nombre, murmurado entrecortadamente una y otra vez. Tom McEnroe. Mac. Mac. Mac.

Las imágenes eran claras. La montaña. Carreteras solitarias y cortadas. Obstáculos. Un coche muerto.

Y, horriblemente, su propia muerte. Quietud fría, su cuerpo en una camilla de acero con surcos. Un cuerpo dispuesto para una autopsia.

Lucius Ward estaba enfermo, pero no a las puertas de la muerte. Su electroencefalograma era patológico pero su corazón y sus pulmones funcionaban bien. Pero la imagen era insistente. Esperaba morir pronto.

Ayer había estado agitado, tratando desesperadamente de hablar, aferrándose a su brazo con una mano esquelética que aún tenía una fuerza sorprendente. Su garganta chasqueaba una y otra vez, las palabras no salían, solo un hilillo de aire escapaba de su boca, con un zumbido corto. Los ojos sobresalían, los tendones de su cuello delgado se tensaron. Abrió y cerró la boca con un repiqueteo de dientes.

Sus esfuerzos para hablar eran tan desgarradores que no pudo soportarlo. Inclinándose hacia él, con la mirada fija en la suya tan salvaje y desesperada, llevó el oído a su boca.

Él logró una palabra.

—Corre —susurró y a ella se le puso la piel de gallina.

Preocupada, Catherine había ido a casa. No podía comer, no podía dormir, y, por fin, a la mañana siguiente decidió seguir a las imágenes en su cabeza. Algo sobre el miedo salvaje que él le había inculcado le impedía llamar diciendo que estaba enferma. Simplemente se fue.

El hombre de negro se levantó de repente y la miró.

—Quédate aquí —le ordenó y salió.

Quédate aquí. Bien, ¿dónde iba a ir? La puerta se abrió para él y se cerró detrás de él antes de que pudiera pensar en salir por allí.

Bajó la mirada hacia la mesa. El grano de la madera era inusualmente fino y se fijó en él hasta que la cabeza cayó. Se enderezó. Casi se había quedado dormida en la silla.

¿Iban a dejarla aquí toda la noche? Solo había dos sillas. Tal vez podría utilizar la otra para las piernas y tratar de dormir un par de horas de un sueño incómodo.

Se movió inquieta, rígida y dolorida, el cansancio se filtraba en sus huesos. El hambre y la sed se añadían a la incomodidad del agotamiento. Volvió la cabeza para mirar la puerta. No había picaporte. De alguna manera se había abierto para el hombre de negro y cerrado de nuevo sin que le hubieran dado ninguna orden visible. No había ningún teclado, e incluso si lo hubiera, no tenía el código.

La puerta se abrió de nuevo suave e inesperadamente y se giró en su silla, el corazón le latía con fuerza, los músculos tensos por el peligro.

Pero no había peligro, solo era un muchacho adolescente sosteniendo una bandeja grande. Se quedó tan sorprendida que cuando pensó en reaccionar, en entablar conversación con el chico, para tratar de sonsacarle alguna información, ya se había ido, la puerta se abrió y se cerró para él como si genios invisibles habitaran el lugar.

Un cuerno de la abundancia se extendía ante ella. Su estómago gruñó en voz alta, los olores maravillosos provocaron algún tipo de intensa reacción endocrina.

Su mano tembló mientras cogía lo primero que tenía cerca de la mano. Un taco. Pero no cualquier taco, oh no. Tal vez era el hambre extrema, pero el sabor era increíble. Harina de maíz molida, tomates frescos, carne picante perfectamente cocida... incluso la lechuga estaba deliciosa. El mejor guacamole hecho en casa que jamás había probado. Una patata asada al horno con crema cuajada fresca y cebollino recién picado. Una ensalada de sabrosos tomates rojos rociados con aceite extra virgen de oliva. Una enorme porción de la mejor tarta de melocotón que jamás había probado, tan buena que casi se echó a reír cuando se llevó el tenedor a la boca.

Una jarra de zumo absolutamente recién hecho. Podía saborear las manzanas, las zanahorias y un toque de limón. Bajó por su garganta reseca como un sueño y fue como estar en un jardín en un día de verano.

Oh, tío, si la iban a matar, por lo menos le estaban sirviendo la mejor última comida de nunca.

 

Capítulo 3

 

Sede de Arka Pharmaceuticals

San Francisco

Su móvil privado sonó. El doctor Charles Lee, responsable de la investigación, frunció el ceño. Era tarde y estaba esperando los resultados de la prueba de África. Nadie debería llamarle tan tarde. Comprobó el número, puso el teléfono sobre su base y presionó el icono del holograma. La cabeza de bala rapada del jefe de seguridad en el laboratorio Millon, Cal Baring, apareció en 3D. Baring fruncía el ceño con ferocidad, pero a menudo lo hacía.

—¿Sí, Baring? –Lee continuó desplazándose a través de los datos de investigación. Aunque el instinto le dictaba que se dirigiera al holograma porque era muy real, no era necesario—. ¿Qué ocurre?

—Se trata de la Dra. Young, señor.

Eso llamó la atención de Lee. Levantó la vista de la pantalla, con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa con ella?

La doctora Catherine Young era crucial para el programa Guerrero. Era una brillante investigadora. Si estuviera en Alemania sería Frau Doktor Doktor, un doble doctorado en biología y neurociencia, y doctor en medicina.

Aunque increíblemente inteligente en términos de investigación científica, era un poco despistada en términos de una perspectiva más amplia, centrándose casi exclusivamente en los pacientes con demencia que le enviaban, sin cuestionar cómo llegaban a ese estado, lo que era perfecto.

A diferencia de Roger Bryson en el laboratorio de Cambridge. Sus preguntas se había convertido en irritantes, luego peligrosas. Mereció morir en el incendio, había llegado a ser demasiado curioso e insistente.

Lo irónico es que realmente había conseguido una vacuna contra el cáncer, la fórmula que ahora estaba guardada en una bóveda en el Ministerio de Ciencia en Pekín. Un contenedor de la vacuna activa había sido retirado del laboratorio de Cambridge y llevado a Pequín por valija diplomática justo antes de que los Ghost Ops golpearan. Todos los miembros del Politburó habían sido vacunados.

Más tarde, cuando el mundo fuera de ellos, la vacuna sería ofrecida a todos los chinos.

Lee había nacido Cheng Li treinta y ocho años atrás en las afueras de Pekín. Su padre era médico, pero él quiso asegurar el futuro de su único hijo así que emigró a San Francisco con su abuelo paterno, cuando Lee tenía siete años. El título de médico de su padre no fue reconocido por lo que condujo un taxi.

Hombre estúpido. Su padre había muerto de viejo antes de tiempo después de haber realizado trabajos serviles durante treinta años, ¿para qué? Para que Lee pudiera convertirse en americano.

Se convirtió en estadounidense, de acuerdo. En una ciudad como San Francisco, con su población cosmopolita encajaba. Aprendió un inglés perfecto, jugó al baloncesto en el instituto, le gustaba el jazz, fue a Stanford con una beca. Sus padres estaban eufóricos. Pero su yéyé, su abuelo, un destacado académico que había seguido sin querer a su hijo a Estados Unidos, se aseguró de que Lee mantuviera su mandarín, se aseguró de que su caligrafía fuera perfecta, le llenó la cabeza con cuentos del otrora poderoso Imperio Medio.

El padre de Lee estaba demasiado ocupado, demasiado cansado para notar o incluso preocuparse de que su hijo estuviera fingiendo amar el sueño americano. Porque lo hacía. Cuando tenía diecisiete años, ya un estudiante de segundo año de neurobiología en la Universidad de Stanford, se dio cuenta del enorme error que su padre había cometido. Porque Estados Unidos era el pasado y China el futuro.

Su segundo año, la OCDE anunció oficialmente que la economía china era más grande que la economía estadounidense. Y estaba creciendo, mientras que la estadounidense no.

Todo estaba claro a su alrededor, los americanos eran pobres y se empobrecían más. Habían perdido su fe en sí mismos y se estaban apoltronando, esperando que los nuevos vientos que soplaban sobre el mundo pasaran pronto. Pero esa no era la naturaleza de los vientos de cambio.

Lee se había mantenido en contacto con sus viejos amigos de la escuela en China, muchos de los cuales estaban ahora en posiciones de poder. Uno en particular, Chao Yu, era ahora la mano derecha del Ministro de Defensa.

Lee y Yu habían estado trabajando en el proyecto durante cuatro años, desde que Lee se dio cuenta del potencial del proyecto Guerrero. Yu era su conducto al Ministerio de Defensa a través de canales cifrados de onda larga. La NSA era demasiado buena para confiar en el plan de la transmisión vía satélite. Se comunicaban a través de la tierra mientras construían el proyecto Guerrero desde cero.

Lee había pensado que a China le llevaría cientos de años dominar el mundo. Lo que habría estado bien. China siempre había adoptado una visión a largo plazo. América operaba sobre una base trimestral. Tres meses era un horizonte de tiempo ridículo. China operaba en base a siglos.

Pero con Guerrero, China podría tomar el control del mundo en un año. Y Lee regresaría triunfante a la tierra que nunca había olvidado, un héroe y un hombre poderoso. El hombre que había sido la última arma en manos de China.

Él, Charles Lee, iba a hacer historia.

Súper soldados. El sueño de toda fuerza militar desde siempre. Más inteligentes, más rápidos, más duros. Los americanos tenían un héroe de cómic para esto, el Capitán América. Sin embargo, Lee y Yu iban a crear uno real, el capitán China.

Hasta ahora todo estaba en marcha.

Con la excepción del laboratorio de Cambridge, y el General Clancy Flynn se había ocupado de eso, las cosas iban bien a pesar de que algunos problemas técnicos continuaban. Pero en general, el plan estaba dando sus frutos a lo largo de la línea de tiempo programada.

Sin embargo, el fiasco del laboratorio de Cambridge había proporcionado algunas ventajas. Tres talentosos soldados, verdaderos guerreros con los que experimentar. Tres hombres con los que podía hacer cualquier cosa, estudiarlos a su antojo.

Era terreno perfecto para probar sus protocolos. Artificialmente dementes, traerlos de vuelta luego cosechar sus cerebros y analizar el tejido neurológico. Probarlo en guerreros habría sido imposible si se trataran de mentes y cuerpos sanos, pero habían sido reducidos a cáscaras físicas y mentales y eran inofensivos.

Se centró de nuevo en lo que Baring había dicho.

—¿Qué pasa con la doctora Young?

—La doctora Young no se ha presentado a trabajar, señor. Se nos informó hace apenas una hora.

—¿Ha llamado diciendo que está enferma? —preguntó Lee a Baring.

—No, señor. Y no está en casa. Lo hemos comprobado.

Lee sintió una mínima punzada de inquietud. La doctora Young estaba justo en el medio de los análisis de las dosis beta. Era una investigadora dedicada. No ir a trabajar era tan inusual como para asegurar una alarma.

No tenía ni idea de en qué estaba trabajando realmente, pero si alguna vez conseguía toda la imagen, como había hecho el doctor Bryson, sería muy peligroso. Pero Bryson había sido escéptico por naturaleza y Young no.

—Podría no contestar el timbre de la puerta.

—Cuando digo “no está en casa", señor, quiero decir exactamente eso. Se realizaron búsquedas en la casa. No había nadie dentro.

El escalofrío se hizo más fuerte. Esto no era típico de la doctora Young.

—¿Has rastreado su móvil?

La voz de Baring se enfrió. Sus palabras fueron staccato.

—Sí. Señor. No transmite.

Esa había sido la manzana de la discordia. Baring quería inyectar micro rastreadores en cada investigador del campus de Millon, pero Lee había denegado la petición. Había un enorme coeficiente intelectual en el lugar. Sólo se necesitaría que un investigador lo averiguara y la noticia se extendería y habría mucho que pagar.

Lee se aseguraba que los científicos que trabajan en las instalaciones de Millon vieran el proyecto a través de la paja, pero eran hombres y mujeres muy brillantes y eran perfectamente capaces de sumar dos más dos. Esa era la razón de que la estancia media en Millon fuera de seis meses. Había hecho una excepción con Catherine Young porque Lee sentía que su trabajo no debía ser interrumpido y otro científico necesitaría seis meses para ponerse al día con velocidad.

La tarea de Young era hacer un mapa de imágenes de resonancia magnéticas de las mentes alteradas, creando una línea de base para futuras investigaciones. Su trabajo tenía que permanecer confidencial, por lo que Lee había planeado que Baring la eliminara una vez que el mapa estuviera completo, en lugar de transferirla.

La joven sabía mucho. Más que suficiente para crear problemas.

La mantenía bajo vigilancia. Vigilancia en la que Baring había sido muy estricto al principio, pero nada se había presentado y habían decidido que podían rebajarla un punto o dos.

Y ahora se había deslizado a través de su red.

—¿Qué pasa con el coche?

—No transmite. Transponedor muerto. —Baring apretó los labios en señal de desaprobación.

Baring también había solicitado poner rastreadores en los coches del personal. Pero la mayoría de los empleados tenían coches eléctricos, que pronto se convertirían en obligatorios en California de todos modos. Todos los coches estaban dirigidos por microchips que eran pirateables con poco de esfuerzo. Definitivamente Lee fallaba en contra de Baring. Un rastreador externo en un coche sería un claro indicativo de que algo andaba mal, especialmente cuando cualquier coche podía ser pirateado si estaba en marcha.

Todos los Coches-e tenían transponedores que les permitían enviar una señal de emergencia.

Así que el coche de Catherine Young estaba en algún lugar ahí fuera, pero no en marcha y el transponedor estaba muerto.

Lee tamborileó con los dedos sobre la mesa, una vez. Fue todo lo que se permitió. Nadie sabía mejor que él la importancia de mantener el lenguaje corporal sereno.

—¿Has comprobado las cámaras del laboratorio?

—Sí señor. —Incluso en el holograma, Lee pudo ver el cambio de color de Baring, su rostro se ruborizó—. Por supuesto.

—¿Sucedió algo inapropiado ayer?

—No lo pareció. Señor. –Los músculos de la mandíbula de Baring se tensaron, como si le hubieran cuestionado.

Por otra parte, ¿qué sabía Baring? No era científico. No podía seguir el trabajo de los investigadores.

—¿Parecía… agitada de alguna manera? ¿Hizo algo diferente?

Lee observó cabeza sin cuerpo de Baring. Sólo unos pocos años atrás había un retraso de un segundo medio en telefonía holográfico, haciendo a veces que las conversaciones fueran surrealistas. Pero Arka tenía la tecnología más avanzada y Baring reaccionaba a tiempo real.

—No, señor.

—¿Con quién estaba trabajando ella ayer?

—Número Nueve, señor —respondió Baring.

Lee sintió que punzada de frío una vez más.

Baring no tenía ni idea de quién era Nueve. Era algo bueno que el capitán Ward hubiera trabajado siempre en las sombras. Sólo un puñado de personas estaba familiarizado con su espectacular carrera militar. Baring era ex−militar, pero venía de la infantería. Por lo que Ward siempre había estado por encima del nivel de pago de Baring.

Esto no era nada. Y, sin embargo... que Catherine Young desapareciera después de trabajar con Ward no era bueno.

Ward era la clave, Lee estaba seguro de ello. Estaban tan cerca, tan cerca. SL—57 no había funcionado, pero cada iteración sucesiva les acercaba a su objetivo. Un cóctel de virus de hormonas y estimulantes químicos transmitidos a los neurotransmisores y potenciadores del músculo estaba siendo afinado. En la actualidad, el protocolo para mejorar la inteligencia y la rapidez de reflejos causaba fulminante demencia en la mayoría de los pacientes, pero estaban más cerca de la comprensión de la causa y revertir el efecto. SL—58 estaba siendo probado. Ahora mismo, de hecho.

Había sido un proyecto secreto del gobierno conocida por el nombre inofensivo de Liderazgo Estratégico que Lee había dirigido bajo las órdenes del general Clancy Flynn, el dinero provenía de un fondo negro controlado por Flynn. Flynn estaba retirado, director ejecutivo de una empresa de seguridad privada. Lee sabía que Flynn quería crear un ejército privado imparable a través de SL.

Flynn estaba canalizando dinero privado para la investigación de Arka en los laboratorios Millon. Estaba bombeando cerca de diez millones de dólares al año en el proyecto de Lee. Las proyecciones de Flynn eran de mil millones de dólares en ganancias el primer año, y el doble a los tres años una vez que el proyecto fuera viable.

Pero Lee no tenía ninguna intención de dejar que Flynn pusiera las mano sobre el SL una vez que estuviera perfeccionado. Millones de viales de las primeras dosis efectivas iban a ir directamente hacia la República Popular de China para fabricarlo a escala industrial y sería administrado sistemáticamente a los siete millones de soldados y a los cuarenta millones de tropas de reserva. Se convertirían literalmente en imparables. China sería imparable.

Cuando el programa secreto comenzó siete años antes, se le había dado el anodino y el genérico nombre de LE para el Liderazgo Estratégico. Pero Lee sabía lo que SL representaba para Shen Li.

Guerrero.

Había esperado, por simetría, que el cerebro de un guerrero le diera a él y a su país los medios para conquistar el mundo. Sería adecuado. El capitán Lucius Ward era uno de los mejores guerreros que América había producido nunca.

Pero tal vez no era así. Lástima.

Esperaría otro día o dos para que la doctora Young apareciera. Si no lo hacía, él terminaría con el Capitán, haría la autopsia cerebral y seguiría adelante. La fórmula estaba cerca.

La hora de China casi estaba aquí.

En pocas horas estaría viendo los resultados de las pruebas de la versión beta que podría ser la fórmula correcta. Si funcionaba, estaba a meses de su objetivo, una China triunfante.

Mount Blue

—Bueno, ¿qué coño sabemos de ella, además del hecho de que es inteligente y disfruta de los buenos tacos? —preguntó Nick Ross. Su rostro moreno y duro era tan inexpresivo como el de Mac.

Estaban en el estudio de Mac, viendo a Catherine Young en sus monitores 3D.

—Bueno, sabemos que ella es un bombón —dijo Jon alegremente—. ¿Qué? —Abrió las manos cuando Mac y Nick se volvieron hacia él—. Es un bombón. Ese pelo, esos ojos, esas tetas...

—Jon... —Nick dejó escapar un largo suspiro, un intento de moderación.

Nadie creería que Jon Ryan pudiera ser otra cosa que un Chico Surfero. Cabello rubio veteado por el sol, actitud relajada, una debilidad por las camisas hawaianas realmente chillonas y las mujeres, era tan letal como Mac o Nick, pero no lo mostraba.

Los hombres instintivamente se apartaban fuera del camino de Mac y Nick, pero siempre subestimaban a Jon y siempre lo lamentaban mucho después. Si vivían lo suficiente para sentirlo.

—Dice que está tratando el capitán –les recordó Mac en voz baja, y fue como una piedra grande y oscura cayendo en un estanque—. Está vivo y está cerca, según ella. No está sorbiendo bebidas tropicales en Bali y no está viviendo río arriba en el río Mekong y no está en Tayikistán. —Algunas de sus especulaciones favoritas porque Lucius estaba íntimamente familiarizado con esos lugares. Como él estaba íntimamente familiarizado con Colombia, Sierra Leona y las islas más remotas de Indonesia. Si era difícil y remoto, Lucius lo conocía. Sus especulaciones de que podría estar en Bali con un par de mujeres y una mansión habían estado teñidas de amargura porque esa nueva vida de lujo había sido comprada con sus vidas.

—Caliente o no, vamos a tener que conseguir más información. Está mintiendo sobre el capitán, pero sabe algo y vamos a tener que averiguar qué. –La voz de Nick era baja. Les miró a los ojos—. Por cualquier medio posible. Aunque yo no aconsejaría tratar de follarla. No hay tiempo para ello, ni siquiera para ti, Jon.

Jon exhaló un suspiro de pesar. Ninguno de ellos era capaz de hacer daño a una mujer, pero Jon había seducido su cuota de información a mujeres

Mac no. Las mujeres no se enamoraban de Mac. A las mujeres ni siquiera les gustaba mirarlo. Una mirada a su cara y salían gritando o decidían que era bueno para una cosa y sólo una cosa, una follada. Después se iban.

Bien para él. Había nacido feo, con rasgos grandes e irregulares. Un oponente que había tenido un cuchillo en la bota le había cortado la cara le había marcado un lado de su cara, y luego el fuego de Arka que le había quemado el otro lado de su cara se había ocupado del resto. La mayoría de la gente se estremecía al verlo por primera vez. Evitaban mirarle como si mirarle pudiera provocarles daño como esa dama griega con las serpientes en lugar de cabellos que convertía en piedra a todo aquel que la miraba.

Había tenido una vida muy dura y eso se reflejaba en su rostro. A Mac le importaba una mierda. En el ejército, hacía lo que tenía que hacer y lo hacía bien, y su aspecto no suponía ninguna diferencia en el resultado. La única vez que pensaba en ello era cuando trabajaba encubierto, porque era recordable. No en el buen sentido.

—Mac podría tener mejores posibilidades que yo —dijo Jon, meneando las cejas—. Con esa careto tan atractivo.

—Ya basta —gruñó Mac. No tenían tiempo para esto.

—No, tío. Lo digo en serio. —Jon se puso serio de repente con una extraña expresión en su apuesto rostro. Mac le había visto arrasar a sus oponentes con su encanto, esgrimiendo esa sonrisa brillante y alegre, mientras deslizaba el cuchillo. Su rostro no estaba hecho para la seriedad. Verlo tan sobrio y serio era extraño—. A la chica le gustas.

Mac no se sorprendía con facilidad, pero sintió que se quedaba boquiabierto y luego cerró la boca de golpe.

—¿De qué coño estás hablando?

—¿La chica? —insistió Jun—. ¿La doctora? ¿La que acabas de pasar una hora interrogando? ¿La recuerdas? ¿La que estamos vigilando?

—Puede, Jon. –La voz de Nick bajó con amenaza.

—A ella le gustas —continuó Jon como si Nick no hubiera hablado—. Hombre, te miraba como si fueras ardiente.

Mac hizo un sonido de exasperación. A Jon le gustaba tomarle el pelo pero ahora no era el momento. En el monitor, la mujer había acabado el zumo y estaba limpiando lo último de la tarta de melocotón. Tío, debía tener un metabolismo increíble para comer así y estar tan delgada. O eso, o estaba muerta de hambre.

Ante ese pensamiento, una ligera sensación de malestar le atravesó. Él era duro, sí, pero no cruel. No era un pensamiento feliz que hubiera tenido hambre mientras él la estaba interrogando. Matar de hambre a una mujer... bien, eso le convertía oficialmente en un gilipollas.

Era un tipo duro, pero no un gilipollas.

—Mierda, mira esa chica comer —dijo Jon—. Modales agradables, pero se está atiborrando.

—Tenía hambre —dijo Mac con sequedad.

—Sí. –Jon asintió—. De ti.

—Que te jodan, Jon. —Nick le dio un golpe en el hombro—. No tenemos tiempo para esto. ¿Qué coño te pasa?

—Eh, tío, lo digo en serio. ¡Espera, espera! Déjame mostrarte lo que quiero decir. —Jon alargó la mano y tocó la pantalla, arrastrando el dedo índice de derecha a izquierda, rebobinando—. Dónde… ¡ahí está! En el momento que Mac le quita la capucha.

Los tres hombres se volvieron hacia el monitor, aunque Mac no sabía qué diablos estaba buscando. Él había estado allí y no había notado nada. Los tres observaron a Mac sostener la puerta abierta y hacer pasar a una encapuchada Catherine con una mano en la parte baja de su espalda.

Ahora lo recordaba. Vívidamente. Músculos lisos, cintura estrecha, un olor muy agradable mientras caminaba delante de él. Rara vez tocaba a las mujeres, excepto para el sexo. Se había sentido muy bien y había aplastado la idea inmediatamente. Hasta que ella le convenciera de lo contrario, esta mujer era el enemigo.

—¡Ahí! —gritó Jon, y dio unos golpecitos en la pantalla para que se congelara.

—¿Qué? —Preguntó Nick, desconcertado.

Mac frunció el ceño y se acercó más a la pantalla, tratando de averiguar que veía Jon. Él miraba a la mesa, su forma congelada con la capucha en la mano, sosteniéndola en alto, después de habérsela quitado a la mujer. Esta tenía el cabello suavemente levantado por la fricción con la capucha formando un halo alrededor de su cabeza. Le estaba mirando directamente y la pantalla había capturado ese segundo en el que le había visto por primera vez el rostro.

Desapasionadamente, Mac tuvo que reconocer que la mujer era realmente hermosa. Una de las mujeres más hermosas que jamás había visto. Hermosos ojos de color gris claro, pómulos altos, boca llena. Era una belleza profunda, de esas que nunca podría desvanecerse. Sería una centenaria magnífica. Cualquiera que fuera el maquillaje con el que había comenzado el día, había desaparecido hacía tiempo, aunque no era un rostro que necesita mejora. Aunque podría haber necesitado un poco de color. Estaba tan blanca como el hielo.

Aparte de eso... ¿que no veía?

—¿Qué? –repitió Mac.

—¡Su cara, maldita sea! —Jon tocó la pantalla, su dedo hizo un ruido sordo en el cristal justo sobre la imagen del rostro—. ¡Mira eso!

Mac y Nick se quedaron mirando la pantalla, luego el uno al otro. ¿Qué coño?

Jon soltó un bufido de disgusto.

—Jesús, habilidades de observación cero, los dos. ¿Sabéis lo que estoy viendo? ¡Nada! Eso es lo que estoy viendo.

Mac y Nick se miraron de nuevo. Mac se encogió de hombros.

—No tengo ni idea lo que está hablando.

—¡Ella no tiene miedo, gilipollas! —gritó Jon—. Desafío a cualquier ser humano, mucho menos a una mujer que es a todas luces una friki y ciertamente no es un operativo, a ser secuestrado, llevado a un lugar desconocido, que le quiten una capucha de forma inesperada y vea tu rostro y no se muera de miedo. Vamos, conoces tu aspecto. Dios sabe que lo utilizas a menudo para intimidar. No funciona con ella. ¡Mira, maldita sea!

Mac miró. La captura de pantalla mostraba a Mac con su cara de guerra mientras Catherine Young le miraba directamente a los ojos. Su rostro mostraba agotamiento, vulnerabilidad, cansancio. Pero no miedo. Nada de miedo.

—Tío. —Jon se volvió hacia Mac—. Eres aterrador. Te conozco y sé que eres uno de los buenos. Pero mierda, ¡a veces me das miedo! Piensa en ello. Ella no tiene miedo. No se ha sorprendido por tu feo careto lleno de cicatrices. Por lo tanto, o ya sabe tu aspecto o se ha enamorado al instante. Y opto por la puerta número uno.

—Tiene razón, Mac —dijo Nick despacio, con los ojos clavados en la pantalla—. No te ofendas, pero ¿cómo puede verte de repente y no salir corriendo y gritando? En particular, siendo tu prisionera? ¿Puede conocerte?

A eso Mac podía responder.

—Nunca la he visto en mi vida.

—Entonces, hay algo que no estamos viendo, que no comprendemos.

Los tres hombres permanecieron en silencio.

—Vio una foto tuya en alguna parte —dijo Nick despacio—. Es lo único que se me ocurre. Es por eso que estaba preparada.

—Negativo —replicó Mac bruscamente—. Somos jodidos fantasmas.

De ninguna manera. Lucius había destruido sin piedad todas las pruebas documentales de su existencia dentro y fuera de las fuerzas armadas. Y cuando el capitán hacia algo, lo hacía a conciencia.

—A menos que... —comenzó Jon, con un ceño de concentración entre las cejas rubias.

—¿A menos?

—Bien, aunque suena loco, ella está diciendo que el capitán la envió. —Levantó una mano—. Esperad. No estoy diciendo que fuera enviada por Lucius, sólo estoy diciendo que ella dice que Lucius la envía. Y, bien, la única explicación que se me ocurre para su reacción cuando te ve por primera vez es, ahm...

—Lucius me describió. —Mac mantuvo su voz plana—. Ella conocía mi aspecto porque Lucius se lo contó. Lo que significaría que tiene razón. Lucius se encuentra en Palo Alto. Y en problemas. —Apretó los músculos de la mandíbula, miró a sus compañeros de equipo—. Código Delta.

* Image *

La comida era tan buena que podría haber merecido que hubiera tardado tanto.

Catherine habría jurado que su estómago estaba tan lleno de nudos que apenas sería capaz de tragar algunos bocados, pero al mero olor de la comida, el estómago se abrió como una puerta.

Tal vez, pensó, era su animal que quería vivir. La parte reptil de su cerebro despertando, presionando por la supervivencia.

Había pasado su infancia y adolescencia suprimiendo el cerebro reptil, creyendo que su regalo provenía del inconsciente. Nunca se dejaba llevar por la emoción, por la necesidad, nunca.

Y sin embargo, su parte científica sabía que era una tontería. Lo que le permitía leer emociones, no era algo que pudiera ser exorcizado de su vida. Podría ser suprimido por un tiempo, seguro. Debería saberlo porque era la Reina de la represión.

Pero cuando volvía con fuerza, era tan fuerte que era incontrolable.

Tal vez por eso había reaccionado tan fuertemente a Nueve. A Edward Domino, alias Lucius Ward. Había llegado a su vida después de un largo período de represión. Se había sumergido en sus estudios, cortando la mayoría de las relaciones humanas, desde luego de cualquier persona que pudiera provocar una reacción emocional o sexual, y pensó que se había librado del dragón.

Pero el dragón había caído en picado con sus alas negras y doradas, exhalando fuego.

Su don no se había debilitado con la represión, se había vuelto más fuerte.

La lectura más clara que había tenido en toda su vida de otro ser humano había sido la del paciente Número Nueve. Lucius Ward. Clara como el cristal, tan específica que era como si hubiera recibido instrucciones escritas.

Todas sus otras lecturas habían sido en su mayoría vagas y borrosas. Podía captar las principales emociones, miedo, odio, amor oculto, vergüenza, ambición, como si captara los tonos altos de una sinfonía. Otras emociones debajo habían sido más difíciles de captar o interpretar.

Esto era algo que estaba muy lejos de los pilares tranquilizadores de la ciencia que sostenían su mundo. Esto era otra cosa. El hecho de que estuviera aquí, que hubiera sido impulsada aquí por fuerzas fuera de su control, era una cuestión de puro instinto.

El instinto le decía que comiera y bebiera y lo hizo.

En el instante que apuró el final de aquel zumo increíble, sintiendo mil millones de vitaminas corriendo por su sistema, la puerta se abrió de nuevo suavemente y se giró para ver al enorme hombre de negro entrar en la habitación.

Se acercó a la otra silla y se sentó.

Por primera vez, Catherine notó cómo se movía. Era enorme, pero se movía con gracia, como un atleta. Obviamente, era un atleta, entre otras cosas. Tenía el cuerpo de un defensa descomunal, los músculos abultados eran evidentes incluso bajo la ropa. Se había quitado la ropa exterior resistente e impenetrable que era como un exoesqueleto y ahora vestía una sudadera color negro, pantalones negros y botas negras de combate. Se había recogido las mangas de la sudadera, mostrando unos antebrazos fuertes y musculosos con venas muy pronunciadas. Su cuerpo había incrementado las venas para bombear más oxígeno a los músculos. Un sistema automático de respuesta corporal que no podía ser fingido y que hablaba de horas y horas de ejercicio.

O de lucha. Porque él era un guerrero, no un atleta. Las armas en sus caderas se lo mostraban.

Se sentó frente a ella y la miró, con esos ojos oscuros sin parpadear.

Había una leve disminución de las fuertes olas de sospecha que le habían envuelto como humo. Aunque estaba muy lejos de darle la bienvenida o incluso confiar, no había hostilidad manifiesta.

—Gracias por la comida —dijo cortésmente.

Él inclinó la cabeza.

—De nada. —La profunda voz de bajo retumbó en la habitación.

—Estaba más hambrienta de lo que pensaba.

Tal vez podría engañarlo, y él respondería lo noté. Estaba absolutamente convencida de que había una cámara en la habitación, aunque era invisible. Hoy en día, las videocámaras estaban en parches pegadas en las paredes, en pomos de las puertas y en los alfeizares de las ventanas. Habrían observado cada movimiento, y desde luego estaba siendo observada en estos momentos.

Pero le subestimó. Él ni siquiera parpadeó.

Bien. Prueba con otra táctica.

—Me sorprende que me diera de comer.

Él entrecerró los ojos.

—No quiero matarla de hambre. Lo único que quiero es que se vaya.

—Lo entiendo. –Catherine se inclinó hacia adelante sobre los antebrazos—. También entiendo que voy a terminar a varios centenares de kilómetros de aquí con un dolor de cabeza y sin memoria alguna de las últimas veinticuatro horas, o tal vez hasta cuarenta y ocho horas, dependiendo de la dosis del Lethe. Mi empresa lo inventó. En casa lo llamamos MIB. Por los Hombres de Negro. Sólo que no es una luz que brilla en tus ojos, son gotas en un vaso. Así que me gustaría darle las gracias por no MIBear el zumo de manzana y zanahoria, porque tengo algunas cosas más que decir antes de que lo haga.

¡Ajá! Alguien menos hábil que ella leyendo el lenguaje corporal lo hubiera pasado por alto porque él no movió ni un músculo a excepción de una contracción involuntaria del músculo esternocleidomastoideo en la mandíbula derecha. Ni todo el entrenamiento del mundo podía impedir que los músculos se contrajeran rápidamente al ser tomados por sorpresa. Sin embargo, era muy, muy bueno.

Ella era mejor.

—El paciente Nueve no dijo tantas palabras. —En realidad no había dicho ninguna palabra, sólo imágenes vagas de hombres en sombras—. Pero creo que hay varios de ustedes aquí. Dos, quizá tres. Al igual que usted. ¿De algún modo, amigos suyos?

Una vez más, no movió ni un músculo, pero una frialdad se apoderó de sus facciones.

—¿No amigos suyos?

Silencio.

—Mire. —Se mordió los labios—. Antes de que me noquee, quiero saber si de alguna manera he entregado el mensaje. Por la forma que se me dio. Yo… —Vaciló. Calmó sus temblorosas manos debajo de la mesa. Trató de calmar su rápido latido del corazón—. Vine aquí con cierto riesgo personal. Porque uno de mis pacientes, un hombre que está mortalmente enfermo, no podía encontrar descanso hasta que le prometiera que haría todo lo posible por encontrar… —A ti, pensó. Encontrarte—. Por encontrar a ese hombre, ese Tom McEnroe. Mac. Para darle ese objeto que le di, ese pequeño halcón de metal, y decirle Código Delta. Puede creerme o no. Pero estoy diciendo la verdad. Y creo que su amigo, al menos él se considera su amigo, está en peligro. No tengo ni idea si algo de esto significa algo para usted, señor McEnroe. Porque ese es quien es. Espero que todo esto tenga sentido, porque de lo contrario acabo de cometer un gran error.

Más tranquila ahora, después de haber hecho todo lo que podía, apoyó las manos sobre la mesa, como si bajara las cargas. Y lo hacía. Las había colocado para él, para este hombre algo y de aspecto mortal. Había hecho todo lo posible y, posiblemente, arriesgado su vida.

El resto dependía de él.

* Image *

—Cuéntale la verdad, Mac —dijo la voz de Jon en la oreja—. Creo que el tiempo para los juegos ha terminado.

—Sí —se hizo eco Nick, siempre lacónico.

Mac permaneció sentado con los ojos entrecerrados y mirando a la mujer con cuidado. Ella estaba completamente inmóvil bajo su mirada. No podía leerla, nada en absoluto. Podría estar diciendo la verdad, podría haber sido enviado por su ex comandante traidor, Lucius Ward, para atraparlo. Podría haber sido enviada por los malditos marcianos por todo lo que podía decir.

Mierda. Había sido entrenado en técnicas de interrogatorio. Todos ellos lo habían sido. No le gustaba la tortura, no para conseguir información. Si tenía que eliminar a alguien, lo hacía sin llamar la atención. El dolor no siempre era útil si querías la verdad. Casi todo el mundo diría cualquier cosa, cualquiera que el interrogador quisiera escuchar, sólo para calmar el dolor, para que desapareciera. Pero había interrogado a su cuota de imbéciles y los había hecho hablar y el dolor había estado involucrado.

Hombres como Mac o Jon o Nick no hablarían bajo ninguna condición. Habían sido entrenados para resistir la tortura, pero más allá del entrenamiento de resistencia, eran irrompibles. Habían sido seleccionados y probados por ese rasgo, luego endurecidos, como acero. Y la mayoría de las veces tenían un discreto método de suicidio con ellos.

Sólo comprueba. Trata de golpear un cadáver en busca de información, imbécil.

Así que lo sabía todo sobre romper a la gente…

Mierda.

No podía hacerlo con esta mujer. Simplemente no podía.

¿Qué coño le pasaba? Ella le había encontrado. Nadie podía encontrarle.

—Empieza por arriba –dijo—. De principio a fin. Y hazme creerte o serás MIBeada.

Ella suspiró.

—Está bien. Mi nombre es Catherine Young. Alguien de su equipo —miró alrededor de la habitación, pero las videocámaras eran invisibles—, tal vez varios alguienes, los que nos están escuchando en este momento, me han buscado en Google, estoy segura. Así que ya sabe que soy quien digo que ser, porque ha visto los documentos que tengo, mi permiso de conducir, la identificación de mi compañía. Es probable que tenga mi foto de secundaria.

—Roger a eso —dijo Jon en voz baja—. Es buena.

Lo era. No había nada que argumentar en su favor.

—Siga —dijo.

Ella observó su rostro con cuidado.

—Siempre he estado interesada en el cerebro. Mi tesis de doctorado fue sobre patologías de demencias. La demencia es una patología muy interesante, el cerebro se desconecta. Comprende eso y comprenderás cómo funciona el cerebro, sólo que al revés. Yo trabajaba en un laboratorio de investigación en la Universidad de Chicago y publiqué algunos artículos sobre demencia. Los laboratorios Millon me reclutaron para un contrato de un año para examinar algunos sujetos de prueba que estaban sometidos a un protocolo experimental. Algunos de los pacientes mostraron una recuperación casi completa de la función. Millon estará buscando miles de millones de dólares en ganancias si se trata de una cura para la demencia. Hay más de diez millones de pacientes en todo el mundo que sufren de ella. Ese número se duplicará en veinte años. Para que puedas entender esto, es una gran prioridad para el laboratorio.

—Pero había un problema —dijo Mac. La técnica de interrogatorio básica era la repetición. Haz que el sujeto repita la historia una y otra vez, y si hay algo que es mentira, saldrá.

—Sí, lo hubo. Funcional y de comportamiento. Algunos de los pacientes... no tenían sentido. Científicamente hablando. Y descubrí que me estaban siguiendo.

—Vaya —murmuró Jon en su oído.

—¿Seguido? –El sistema de seguridad de Millon tiene que apestar si un civil, una empollona por si fuera poco, lo ha reventado—. ¿Cómo es eso?

Ella suspiró.

—Soy científica, que básicamente significa que soy una observadora entrenada. La gente olvida eso sobre nosotros. Estaba viendo a un par de hombres, rotando. Ellos pensaban que las gafas o los sombreros suponían una diferencia, pero no para mí. Y mi equipo fue pirateado varias veces en los días que estudiaba a los pacientes especiales. Mantengo una pequeña trampa abierta, por si acaso. Se llama Red Hat y es absolutamente fiable.

—Conoce sus ordenadores —dijo Jon al oído—. Red Hat es un detector muy bueno. No mucha gente lo conoce.

—Y monté pequeñas trampas. –Sacudió la cabeza, el largo cabello brillante le rozó los hombros—. No puedo creer que cayeran en ellas, pero lo hicieron. Dejé una pila de impresiones en mi escritorio, y luego salí durante media hora. Y, por supuesto, las habían movido. No mucho, una vez sólo medio centímetro, pero como digo, soy observadora. No había nada en las impresiones de ninguna utilidad para nadie. Todas mis observaciones van a una unidad flash altamente encriptada. Fueron realmente estúpidos y muy fáciles de engañar.

Su voz era sarcástica. Fuera lo que fuera lo que hubiera ocurrido entre ella y la seguridad de Millon, sólo sentía desprecio por ellos.

—Está bien. —Mac asintió con la cabeza—. Volvamos al paciente Nueve.

—Sí —ella estuvo de acuerdo—, volvamos.

—¿Tiene una descripción?

—Sí, por supuesto que sí. Pero me temo que el hombre que describo no sería reconocible para cualquier persona que pudo haberlo conocido en su vida anterior. Yo diría que ha perdido cerca de un cuarenta por ciento de su peso corporal y ha tenido varias cirugías. –Sus encantadores rasgos se endurecieron, una nube pasando sobre el sol—. Las cirugías no estaban en su expediente clínico, lo cual es inaceptable. Pregunté al departamento administrativo y no obtuve nada más que esa mierda de evasivas. –Frunció los labios, su disgusto claro—. Los registros se han perdido, luego a otra oficina, luego no habían sido digitalizados, lo cual es absurdo... siempre era algo. Se había sometido a un amplio conjunto de intervenciones quirúrgicas, por lo menos cinco que yo pudiera contar. Estaban allí mismo, en su cuerpo, claras como el día.

—¿Dónde? —Preguntó Mac.

—¿Qué? –Levantó la cabeza de golpe, más pelo brillante moviéndose sobre sus hombros. Era de un color increíble, todo natural. Se había equivocado al pensar que era sólo castaño. No lo era. No había un solo producto químico en la tierra que pudiera colorear el pelo de unos veinte colores diferentes, desde el rubio ceniza al castaño y al negro, pasando por toda la gama de rojos. La luz del techo estaba justo encima de su cabeza y su cabello era tan brillante que apartó la mirada para no ser cegado.

—¿Qué? —Dijo instintivamente.

—Jefe —murmuró Nick al oído—. No es un buen momento para irse mentalmente ausente sin permiso.

Mac apretó los dientes, avergonzado de que Nick tuviera que llamarle al orden. ¿Qué coño estaba… distrayéndose con el pelo de una mujer? Lucius se avergonzaría de él.

Antes ese pensamiento, otra punzada de dolor le atravesó el pecho. No debería estar pensando que Lucius no aprobaría algo cuando Lucius les había vendido. Por dinero. Lucius había perdido su derecho a decirle a él, a Jon y a Nick cualquier cosa, incluso dentro de la cabeza propia de Mac.

Repitió la cinta en la cabeza.

—Dije, ¿dónde estaban las cirugías? ¿Su cuerpo? ¿Huesos? ¿Qué?

—No, no. Todas en su cabeza y un grupo en la base de su espina dorsal. Todas cirugías neurológicas. Estaba muy jodido. Y por expertos. En un momento me pareció que había tenido dos sondas insertadas en su cerebro, pero se retiraron.

Mac tuvo que reprimir la mueca de dolor. Odiaba a los médicos y los hospitales.

—¿Para qué fueron las operaciones?

—Bueno —dijo ella, mirando hacia sus manos como si fuera la inspiración—, ese es el asunto. No lo sé. Millon no nos tiene trabajando en equipo, por alguna razón, así que yo era la única que trataba de averiguarlo. En particular, desde que las historias clínicas del paciente Nueve no estaban disponibles. Descarté tumores cancerosos o benignos. No tenía epilepsia. Y el Paciente Nueve tenía gran dificultad para formar palabras o hacer señas así que no era de ninguna ayuda. Había otras anomalías, también.

La había pillado. Ahora sabía que había sido enviada por un enemigo. Echó la cabeza hacia atrás.

—Sí —dijo Nick con gravedad al oído—. También lo hemos captado.

Ella continuó.

—Nada en la resonancia magnética del paciente tenía sentido. Su demencia, que clínicamente hablando era muy grave, no se correspondía en modo alguno con conocidos patrones neurológicos de la demencia. Estaba tan asombrada por el hombre que me llevé sus resonancias magnéticas funcionales y electroencefalogramas a casa para estudiarlos. Y entonces…

—¿Y entonces? —Mac tamborileó con los dedos sobre la mesa. Sí que era bonita y sí que era inteligente, pero iba a sonsacarle la verdad de ella aunque tuviera que inyectarle una dosis triple de Trooth.

Catherine se inclinó hacia delante, mirándolo a los ojos. Así que este era el lugar donde las grandes mentiras iban a comenzar.

—Después de que me diera el mensaje de encontrar a Tom McEnroe estuvo tan drogado los siguientes días que apenas estaba consciente. Luego, ayer, antes de ayer ahora, entré y estaba en un estado terrible, golpeando salvajemente contra las ataduras de muñecas y tobillos. Cuando me vio se quedó inmóvil, hizo un gesto con la cabeza para que me acercara, señaló para usar mi teclado. Me pidió que cortara las videocámaras y lo hice, luego escribió que iban a matarlo pronto. Fue… muy convincente.

—A pesar de que estaba enfermo —señaló Mac.

—Si, a pesar de que estaba enfermo. Y, por supuesto, la paranoia es un síntoma de demencia. Traté de calmarme porque estaba sangrando por las restricciones. Dijo una vez más que tenía que encontrar a este hombre llamado Thomas McEnroe. Mac.

—No te creo —dijo con dureza.

La sonrisa de ella fue triste y cansada.

—¿No?

—No. Dijiste que no podía formar palabras, no podía pensar con claridad, y sin embargo, ahí estaba diciendo todo eso. ¿Cómo se explica eso?

Ella le miró durante un minuto, respirando tranquilamente. Ladeó suavemente la mano, dejando que el Halcón que estaba sosteniendo rodara sobre la mesa. La mano le temblaba, pero su mirada era firme.

Observaron como el Halcón rodó una vez, dos veces, haciendo un pequeño sonido de traqueteo en la silenciosa habitación. Mac sabía que Jon y Nick estaban mirando, escuchando.

Y entonces su mundo se puso del revés.

Ella estiró la mano, le cubrió la suya y la sujetó.

Al principio pensó que se trataba de un movimiento sexual, de lo contrario ¿por qué coño le estaba tocando? Y, Dios, sus dos manos juntas eran malditamente eróticas. Su mano era oscura, poderosa, con heridas, cicatrices y áspera. La mano de un trabajador. La de ella era esbelta, de largos dedos y elegante. Piel cremosa pálida sobre huesos delicados. La mano de una pianista.

El contraste era excitante, femenino sobre masculino.

Así que así quiere jugar, pensó, y luego fue barrido por una ráfaga de calor incandescente indoloro que le subió por la mano, el brazo y llegó al pecho. Era como si su cuerpo hubiera sido tomado por una entidad alienígena. Una entidad cálida, envolvente e indescriptiblemente dulce. Por un momento se preguntó si había sido drogado. Si la mano de alguna manera contenía una micro jeringuilla y ella le había inyectado una dosis de... algo. No tenía ni idea de qué. Nunca había oído hablar de una droga que pudiera hacer eso.

Cualquier otro pensamiento era imposible, estaba en las garras de algo poderoso, más poderoso que él. La miró fijamente a la cara mientras sus rasgos se tensaban, casi como si sufriera dolor. Sus ojos brillaban, como si una especie de bomba de luz hubiera explotado detrás de ellos. Como si fueran una fuente de luz.

Aquel calor increíble ahora fluía por todo su cuerpo, bañándolo con un brillo dorado. Estaba completamente bloqueado, como si estuviera en un cubo de ámbar. No podía mover ni un músculo, cada elemento de su cuerpo bloqueado en su lugar.

—Jefe —preguntó Jon suavemente al oído—. ¿Estás bien?

—¿Deberíamos entrar? –gruñó Nick.

Resultó que no estaba congelado, no estaba encerrado. Era simplemente su cuerpo que no quería disipar ese calor. Podía moverse y lo hizo. Una sacudida breve y enfática de la cabeza. No.

—Está bien. —Jon dejó escapar un largo suspiro—. Retirada. No nos gusta pero nos estamos retirando.

Él hizo un gesto con la cabeza. Sí, retiraos.

—Estás apenado –dijo en voz baja, esa mirada luminosa e hipnótica nunca abandonaba sus ojos—. Mucho. Hay tanta tristeza en ti, se arremolina como humo negro. Fuiste traicionado por un hombre al que querías como a un padre. Un hombre en el que confiabas de todo corazón. Todo lo que sabías acerca de este hombre te hizo creer que preferiría morir antes que traicionar a aquellos que confiaban en él, y sin embargo, él te traicionó. Por dinero. Me duele el corazón pensar siquiera en ello.

Él sacudió su mano ligeramente debajo de la de ella pero Catherine ejerció una ligera presión hacia abajo.

Era ridículo. Era una mujer pequeña. Delgada, incluso frágil. Su mano era casi la mitad del tamaño que la suya. La idea de que pudiera obligarlo a mantenerse quieto era ridícula. Y sin embargo allí estaba, completamente incapaz de alejarse ni un centímetro de esa brillante mirada gris claro, su pequeña mano atando la suya.

—Estás herido –susurró—. Mucho. Y no puedes mostrarlo porque... —Ella inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando algo, aunque sus ojos no se apartaron de él—. Porque la gente cuenta contigo. Y prefieres morir antes que traicionarlos como tú fuiste traicionado.

No podía moverse. Nada se movía excepto los pulmones. Se sentía como si estuviera siendo desollado vivo, pero sin dolor. Y al mismo tiempo, por primera vez en su vida, conocía a alguien más que podía ver en su interior.

Había trabajado toda la vida para mantener sus pensamientos íntimos secretos. Cuando era niño en violentos hogares de acogida, la mayoría de los pensamientos o deseos llevaban a golpes. Más tarde, en el ejército, a nadie le importaba una mierda lo que pensabas o sentías acerca de las cosas, siempre y cuando cumpliera con su deber, y le gustaba de ese modo.

Excepto Lucius. Lucius había visto en él. El dolor se alzó sin poder hacer nada, como las mareas negras, ahogándolo. No se detuvo. Un año y todavía podría tenderle una emboscada.

—Muy triste –susurró—. Estás tan triste. Y sin embargo, bajo el humo arde el amor y el deber. Estas decidido a proteger a tu gente. Una vida en la que no puedas proteger a los inocentes no tiene sentido para ti. Morirías por mantenerlos a salvo.

Sus palabras eran un aleteo lejano, el sonido que las alas de un colibrí podrían hacer si se amplificara. Apenas se registraba. ¿Quién registraba esta sensación caliente que le fundía por dentro?. Por primera vez en su vida sentía una conexión realmente profunda con alguien. No era como la lealtad que sentía hacia sus hombres o había sentido hacia Lucius. Esto tenía un sabor diferente, era algo completamente distinto. Por muy fuerte que fuera sus lazos, había un lugar definido donde terminaban y era su piel.

Aquí no había límites, ninguno. Podía sentir el latido de su corazón, lento, estable y el de ella, ligero, martilleando, casi frenético. Él estaba dentro de su propia piel y en el interior de ella.

Era una locura. ¿Estaba drogado después de todo? No había sentido el pinchazo de una aguja, pero tal vez habría sido una especie de parche de contacto…

Su voz suave continuó, sus ojos una luz plateada hipnótica.

—Estás preocupado de que yo sea un peligro para ti. Que de alguna manera tus enemigos te hayan encontrado y que sea su representante. No sé cómo convencerte de que me ha enviado ningún enemigo. Y que no represente algún peligro para ti o… —Inclinó ligeramente la cabeza, mirándolo—. O para tus hombres.−De repente, giró la cabeza, el pelo salió disparado, luego cayó de nuevo sobre sus hombros.—Nos están observando. Escuchando. Preparados para entrar a salvarte si te pongo en peligro. Y sin embargo —levantó la mano—, el peligro no viene de mí.

Todo se detuvo. Muerto. Era como estar muerto. Donde antes había emociones arremolinándose, luminosas y cálidas, calor y luz, casi como un carnaval dentro de él, ahora su interior estaba quieto y en silencio. Como si la luz se hubiera apagado. Un interruptor que le hubiera apagado.

Ella seguía mirándole fijamente, con tristeza y conocimiento en su mirada plateada.

—No tengo nada que deba temer, señor McEnroe. ¿O debería llamarte Mac?

 

Capítulo 4

 

Cuarteles generales de Arka Pharmaceuticals

San Francisco

La habitación estaba oscura, el monitor del pc brillaba. Eran las nueve de la mañana hora zulú y también en Sierra Leona. Aunque era una fría tarde de enero en el norte de California, en Sierra Leona era un día caluroso.

Lee miró hacia abajo como si fuera dios a las imágenes que la compañía de Flynn, Orion Enterprises, había sacado del Keyhole 18. El propio Flynn estaba en el lujoso edificio de los cuarteles generales en Alexandria, Virginia. Hoy iban a hacer una prueba de campo con el SL-58. Orion le había administrado 50cl de SL-58 a cada operativo, dicha dosis calibrada para durar al menos 48 horas. Mucho más del tiempo que debería tomarles ir desde la mina de diamantes en el fondo del infierno hasta el propio puerto infierno, Freetown.

La mina era muy rica, pero el camino hasta el mercado increíblemente peligroso. No había uno, sino dos ejércitos rebeldes allá en la jungla, saqueadores viviendo de aterrorizar a los aldeanos y asaltar convoyes. Hasta ahora, uno de cada tres llegaba intacto a Freetown. Unas pérdidas del 66 por ciento eran inaceptables, incluso para la mina de diamantes más rica del mundo.

El consorcio de diamantes con base en Ámsterdam había contratado a Orion para que se encargara de la seguridad de los diamantes y Flynn le había prometido la luna al consorcio a cambio de un millón de dólares por viaje. Considerando que el total de cada viaje era de más o menos unos quinientos millones de dólares una vez los diamantes estuvieran pulidos y tallados, el consorcio había estado de acuerdo. Pero Orion tenía una única oportunidad. Si ese convoy acababa como los demás, ya podía darle un beso de despedida al contrato.

Lee no estaba interesado en los diamantes ni en el dinero, aunque obtendría un bonus sustancial si ese convoy y los sucesivos tenían éxito. El bonus le ayudaría a acelerar sus planes.

Aquello también era un test en otro aspecto. Una compañía minera controlada por el gobierno chino había descubierto un enorme depósito de iridio, el mayor del mundo, en Burundi. Nadie más estaba al tanto.

Con acceso a esa enorme cantidad de iridio, China tenía garantizado ser el líder mundial en microchips durante las siguientes dos décadas. La mina estaba todavía más en el interior del país, en tierra de nadie donde las líneas artificiales sobre los mapas no significaban nada.

Si el SL-58 iba bien con Orion, pronto podría ser administrado a las tropas chinas que formarían un convoy para llevar el iridio extraído al este hacia el Océano Índico y luego en barco hasta China.

El monitor principal de Lee había mostrado el convoy de Orion poniéndose en marcha con las primeras luces. Dos Unimogs delante y dos en la retaguardia vigilando el camión de seguridad del centro que transportaba un baúl de titanio con 5 kilos de diamantes sin tallar.

Desde el ataque con armas nucleares a la mina de diamantes de Orapa en Botsuana el año anterior, los diamantes eran el material más preciado del planeta.

Tres vehículos incluyendo el camión armado que transportaba los diamantes. Todos fuertemente armados, cada vehículo con un mini cañón que disparaba balas de calibre 50 a mil por minuto. Flynn había dicho que llevaban consigo más de cincuenta mil cargas de munición.

En Naijing cincuenta miembros del escuadrón de élite “Dragón Volador” estaban a la espera, pendiente del resultado del test de hoy. Si tenía éxito, el SL-58 sería administrado y en un mes empezarían a acompañar camiones con iridio a los barcos.

Por ahora eran los hombres de Flynn los que estaban a prueba. Algunos eran ex militares estadounidenses y bastantes sudafricanos familiarizados con la sabana africana. Cada soldado había recibido una inyección de SL-58 la tarde anterior. A los hombres de Orion se les había dicho que era algo benigno, una anfetamina de larga duración que les ayudaría a estar despiertos y alertas durante las veinticuatro horas de viaje.

Lee iba enviando todo a Beijing a través de una conexión encriptada.

Era un test importante. Era un día importante. El primer test de campo de la droga. Hasta ahora, todo bien. El informe del doctor de campo había sido rutinario, incluso aburrido, algo que Lee aprobaba. Lo aburrido era previsible. Lo aburrido era bueno.

Lee había observado la grabación del convoy empezando a las cinco de la mañana, hora local, con los camiones marchando con precisión, a tiempo y bien organizado.

La velocidad y la precisión de los soldados a la salida eras visibles, casi tangibles. Lee no era un experto en logística pero tenía algo de idea de lo que conllevaba poner en marcha a un convoy con veinticinco hombres. Hicieron todo a máxima velocidad, rápido y con eficiencia. Mientras los hombres cargaban los camiones, Lee tuvo que comprobar los mandos del monitor para asegurarse de no estar viéndolo a cámara rápida. Pero no. todo era en tiempo real. Los hombres caminaban al ritmo al que otros estarían corriendo, y sus movimientos al cargar eran borrosos.

Flynn estaba observando desde Virginia, controlando la situación táctica. Lee observaba con ojo científico, encantado con lo que veía.

Era como si los movimientos de los soldados estuvieran coreografiados. Calculados y practicados miles de veces. Podría haber sido algo de Broadway. Por muy buenos que fueran los hombres de Flynn, no podían ser tan buenos. Estaba viendo los efectos del SL-58.

Se movían rápido, con precisión, y estaban armados hasta los dientes. Pero se estaban fraguando problemas.

Lee fue cambiando los monitores cada cinco minutos a IR y notó cuerpos de tamaño humano en la jungla, a unos cien metros de la zona de preparación.

Flynn también lo había captado y avisado. Los hombres eran perfectamente conscientes de que estaban siendo observados.

Al principio los puntos rojos podrían haber sido cualquier mamífero grande, pero su inmovilidad mientras el convoy estaba siendo cargado y puesto en marcha podía significar una sola cosa: soldados rebeldes, vigilando.

Sin duda los rebeldes estaban en contacto por radio con otros soldados a lo largo de la ruta, la única carretera a Freetown. Era una técnica bien conocida: atacar convoyes lejos de la base principal.

Bueno si atacaban el convoy armado podían llevarse una desagradable sorpresa.

Las órdenes eran marchar sin descanso. Un convoy habitual tardaría tres o cuatro días en llegar a Freetown, viajando entre 25 y 30 kilómetros por hora durante el día por la maltratada carretera, deteniéndose durante la noche. Pero esto iba a ser un viaje directo, sin paradas de descanso, meando en botellas, cagando en latas, comiendo raciones militares. Estos soldados no necesitarían paradas de descanso. Todo lo que necesitaban después de la inyección era un mínimo de dos mil quinientas calorías al día y podrían conducir y pelear sin parar durante cuarenta y ocho horas. Veinte horas no eran nada.

Un convoy de veinte horas garantizaría un aumento en los beneficios del trescientos por ciento para la corporación de diamantes y representaría un montonazo de dinero para Orion pero más importante aún, sería el primer test positivo en campo de batalla para el SL-58. Si tenía éxito a Flynn se le permitiría jugar con la droga durante un año, año durante el cual el gobierno chino estaría produciéndolo en cantidades industriales e inyectándolo en sus soldados. Después de un año de pruebas de campo con Orion, Lee destruiría el laboratorio que lo fabricaba, cargándose la fórmula y a los pocos científicos que sabían de su existencia, y sería extraído de América, enviado a Beijing antes de que la primera bomba detonara en los laboratorios Millon.

Lee había estudiado la historia africana. Las batallas africanas a menudo se ganaban por puros números. Después de la batalla de Isandlwana, las fuerzas occidentales sabían que tenían que estar muchísimo mejor equipadas para prevalecer. Esto iba a cambiar cómo se ganaban las batallas en África.

Flynn le había informado sobre el convoy.

Los Unimogs tenían el sistema FLIR para detectar hostilidades, georradares para detectar minas y chasis blindados. Cada vehículo tenía montado a los lados y por encima armas de calibre 50 y por debajo, chorros de micro-ondas calculadas para freír a los hostiles que no se hubieran cargado las balas.

Lee no era soldado pero incluso él estaba sorprendido por el aspecto que presentaba el convoy. Tenías que estar loco para atacarlo. Por supuesto, el Ejército de Lord estaba formado casi por definición por soldados locos, drogados, reclutados de niños e inmunes al miedo.

El convoy partió rápido y sin problemas. En las imágenes por satélite casi parecía un organismo vivo. Lee sabía que los vehículos estaban en contacto constante, con monitores que mostraban la aceleración y frenada de cada vehículo, permitiendo que la distancia entre camiones fuera mínima.

Mientras salían al alba, las imágenes grabadas que rodeaban el campamento cambiaron. Unos pocos puntos rojos intentaron correr en paralelo, pero pronto se rindieron: el convoy iba demasiado rápido. A sesenta y cinco kilómetros al oeste una conglomeración de puntos rojos apareció como una colonia de hormigas al que hubieran atizado con un palo. Habían recibido noticias por radio de que el convoy estaba llegando. Pero pensaban en viejos términos y todavía estaban montando trampas para cuando el convoy los sobrepasó, en firme y mortal formación.

La siguiente trampa fue colocada a más de ciento cincuenta kilómetros más al oeste, donde la carretera atravesaba un escarpado valle, un punto clásico de emboscada. Lee sonrió al ver los movimientos como de hormigas en el punto más estrecho. No tenía que ser soldado para entender que a menos que soltaran bombas Armagedón no iban a tener ninguna oportunidad. El convoy los sobrepasaría con poco menos que un rasguño en los costados blindados de los Unimogs.

Esto iba a funcionar.

Apretó un botón.

–Tiene buena pinta –le dijo a Flynn.

–Seh, realmente buena pinta –fue la respuesta.

Flynn observaría cada segundo pero Lee tenía trabajo que hacer. Minimizó la pantalla, revisó algunos informes de autopsias y luego fue a por café. La cantina acababa de comprar un cargamento de Arábiga Montaña Azul y estaba delicioso. Se llevaría una caja de aquello consigo cuando regresara a China. Lo que podría ser antes de lo que había pensado.

De regreso a su oficina le echó un vistazo al monitor y frunció el ceño. Un monitor lateral mostraba el progreso como una línea azul sobre un detallado mapa del terreno. Deberían estar a un tercio de su destino final pero parecía como si ya estuvieran a medio camino. Tecleó con furia y observó fijamente la respuesta, asombrado.

El convoy estaba yendo a noventa y cinco por hora, una velocidad de locos para vehículos pesados sobre carreteras llenas de baches. Lee abrió la pantalla pero no pudo seguir a los vehículos individualmente tras el que iba a la vanguardia. Las imágenes del satélite mostraban sólo una pesada humareda de polvo elevándose.

Por muy inteligentes y fuertes que fueran los contratistas, por mucho que tuvieran lo último en tecnología, no serviría de nada si uno de los pesados vehículos volcaba. Sería como un elefante herido y los demás vehículos tendrían que establecer un perímetro de defensa mientras intentaban levantar el camión. Se extendería rápido y en poco tiempo tendrían a mil majaras de los Rebeldes Rojos o del Ejército de Lord disparándoles.

De locos.

Miró un monitor lateral que mostraba datos y parpadeó. Los vehículos estaban acelerando. Ahora iban a ciento siete por hora.

Los cowboys de Flynn estaban poniendo en peligro toda la misión. Iba a ponerse en contacto con el ex general cuando oyó resonar la voz de Flynn con profundo acento sureño llenando la habitación desde el altavoz. Su rostro rojizo lo miraba irritado desde la esquina derecha de la pantalla.

–¿Qué cojones está pasando, Lee? Veo que estos bastardos están yendo ya a más de ciento diez por hora. ¿Qué cojones están haciendo?

Tenía razón, iban a ciento diez, no, a ciento quince kilómetros por hora.

–Señor Flynn –respondió fríamente, omitiendo a propósito el título deferencial de “general”–. No tengo ni idea de lo que están haciendo sus hombres pero están arriesgándose a estrellar los camiones a esta velocidad. Veo actividad rebelde a dieciséis kilómetros. En esa zona la carretera está fatal. Si se estrellan estarán en serios problemas.

Su monitor IR mostraba una masa de luces rojas bajo una arboleda a dieciséis kilómetros de distancia, invisible para las imágenes de satélite normales.

–Lo saben –gruñó Flynn–. Están viendo lo que nosotros estamos viendo.

–Entonces esta temeridad es sin duda inexcusable –dijo Lee con tono gélido.

Flynn no respondió. El ex general estaba respirando fuertemente en la habitación. Era un hombre al que le gustaban los placeres en la mesa y en la cama y cada vez que Lee le había visto a lo largo de los dos últimos años, había pesado cuatro kilos más y respiraba todavía peor. Ahora mismo su rostro se veía rojo e hinchado en del monitor, gestándose un ataque al corazón.

Glotones americanos, pensó Lee con asco. Siempre más, más, más. Como garrapatas gigantes engordándose a sí mismas hasta que explotaban. No podías encontrar a un general gordo en todo el Ejército de Liberación Popular.

–Jesús –bramó Flynn– ¿Qué están haciendo?

Lee se concentró en el monitor principal, incapaz de creer lo que estaba viendo. ¿Le pasaba algo a la cámara del satélite? No. La cámara mostraba los sucesos en tiempo real y lo que estaban viendo él y Flynn era el convoy desacelerando. Justo en el punto más estrecho de la carretera en el valle.

80 k/h.

50 k/h.

30 k/h.

Lee observó, incrédulo, mientras el convoy iba deteniéndose en perfecta sincronización.

Flynn gritaba.

–¡Hardy! ¡Rollins! ¡Venga! ¿Qué coño estáis haciendo? ¡Estáis rodeados por hostiles! ¿Hay algún problema mecánico? ¿Por qué os detenéis?

Una profunda voz surgió de los altavoces de Lee. No le hablaba a Lee sino a Flynn.

–No, señor, ningún problema. Simplemente vamos a luchar con el enemigo. –La voz sonaba superexcitada, jadeante.

Lee recordó haber oído por radio informes al principio del viaje del convoy. Las voces habían sido lacónicas y sin emoción. Voces de piloto de combate, relatando hechos como autómatas.

–¡Negativo, negativo! –estaba gritando Flynn– ¡No luchéis! ¡Repito! ¡No luchéis! ¡Sólo llevad el maldito convoy a Freetown!

Un clic. Ninguna respuesta. Voces excitadas de fondo, los sonidos de hombres apilándose. Lee no necesitaba el audio, lo que estaba sucediendo estaba perfectamente claro. El monitor mostraba desde arriba cómo salían hombres de delante y de detrás de los camiones.

Lee no sabía nada de estrategia militar pero incluso él sabía que un convoy amenazado, rodeado por hostiles debería establecer un perímetro, aposentándose, vigilando el cargamento. En vez de eso los hombres salieron de los camiones y corrieron directamente a la jungla con los rifles al hombro. Uno a uno los puntos rojos, como hormigas revolviéndose alrededor de un hormiguero, se detuvieron. Fueran lo que fueran, los soldados de Orion eran excelentes tiradores. Cuatro de los hombres tenían tasers letales y se estaban llevando por delante a cinco miembros del ejército rebelde cada vez, segándolos.

Pero por alocadamente valientes que fueran, por bien armados que estuvieran, por excelentes tiradores que fueran, los contratados de Orion eran superados en número de cien a uno.

Los mercenarios eran fáciles de seguir incluso debajo de la arboleda. Su firma de calor era notablemente más baja por la armadura corporal que llevaban. El primer soldado cayó a los dos minutos de batalla. Otro, un minuto más tarde.

Fue una masacre. Los hombres lucharon duro, pero por cada loco del ejército rebelde que mataban, cincuenta o cien tomaban su lugar. Estaban tan sobrepasados en número que podrían haber estado armados con palos y al final los hombres de Flynn habrían acabado por sucumbir.

Pronto todas las firmas IR de los de Orion acabaron detenidas. Cada uno de ellos tenía una enorme cantidad de rebeldes a su alrededor y Lee comprendió con un vuelco en el estómago que los estaban haciendo pedazos.

Había sucedido tan rápidamente, de manera tan inesperada, que hubo un silencio en los cuarteles generales de Orion. Entonces...

–¿Qué cojones ha pasado ahí? –La ruda voz de Clancy gritó–. ¿Qué han hecho? ¿Por qué no siguieron conduciendo tan rápido como fuera posible? ¿Les robó la inteligencia tu droga? ¿Qué coño les has dado?

Lee tenía una idea de lo que podía haber pasado.

En el monitor los miembros del ejército rebelde estaban surgiendo desde la arboleda hacia la carretera abierta. Lee suprimió la necesidad de vomitar. Muchos corrían hacia la carretera con cabezas clavadas en sus bayonetas. Rodearon los dos camiones. El camión blindado era impenetrable pero incluso si pudieran entrar por detrás, la preciada carga estaba dentro de un baúl de titanio. Estaba a salvo de los saqueadores. Pero los diamantes estaban varados en una carretera en mitad de la jungla rodeados por lunáticos fuertemente armados. Bien podrían estar en la parte posterior de la luna.

La droga era demasiado fuerte. La agresividad aumentada de los soldados había sobrepasado su deseo por completar la misión. Lo que significaba que la SL-58 era inoperativa.

Flynn respiraba pesadamente y Lee se preguntó si estaba en mitad de un ataque al corazón. Estaban mirando fijamente a una enorme fortuna en diamantes que era totalmente inaccesible.

–¿Qué fue eso? –soltó Flynn– ¿SL-58?

–Sí –respondió Lee.

–Ya me puedes estar dando el SL-59. Malditamente rápido.

      

Capítulo 5

 

Mount Blue

Él se echó atrás con los ojos entrecerrados. Quieto e inmóvil. El hombre conocido como Mac. Enorme, sin sonreír, adusto. Con cicatrices. Armado y letal.

Comprendió quién era desde el momento en que le había quitado la capucha. La imagen que el paciente Número Nueve tenía de Mac había sido la de un hombre fuerte con cicatrices, pero sin detalles. No había importado. El aspecto que tuviera Mac no haría ninguna diferencia. Eran cosas exteriores. Lo que importaba era él. Su esencia y, en eso, Nueve había sido increíblemente claro. Fuerte, duro, implacable. Ferozmente leal, honesto, justo. Un hombre duro, un enemigo correoso. El mejor de los amigos.

Casi había estado segura antes, pero después de tocarlo, cualquier duda se evaporó. Todo lo que Nueve había comunicado sobre Mac había estado claro en el hombre que tocó. Lo había reconocido todo al instante, como si escuchara la misma nota musical que había oído el día de antes. Si hubiera sido un color, habría sido del mismo tono exacto.

En él también había violencia, eso sí, y de nuevo se cuestionó su propia salud mental al ir tras aquel hombre. Se había sentido obligada, era cierto. Pero tal vez debería haberse detenido de alguna manera. Haberse encerrado en su casa y tirado la llave por la ventana. Haber ido al aeropuerto y haber tomado el primer vuelo que saliera del país, con billete sólo de ida. O haber logrado que la arrestaran.

No. Dejó caer solo un poco los hombros, pero luego los cuadró de nuevo. No había fuerza en la tierra que hubiera impedido su búsqueda. Casi había muerto en el coche y tal vez moriría allí, en aquella silenciosa habitación en algún lugar perdido. Pero nada podría haberla mantenido alejada. Incluso ahora seguía sintiendo los ecos de la compulsión en su sangre.

Las enormes manos del hombre se distendieron, el tipo de movimiento qué harías antes de coger algo. Posiblemente aquella arma gigante que llevaba en el muslo derecho.

La violencia en el hombre sentado frente a ella era algo muy real. Conocía aquella lealtad que hervía en su interior, pero no era lealtad hacia ella. Lo observó cuidadosamente pero supo que si él se decidía a moverse contra ella, jamás podría ser lo suficientemente rápida, o lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Podría partirle el cráneo con un golpetazo de una de aquellas enormes manos.

—Es inútil que sigas insistiendo en que no eres Mac —dijo calmadamente.

—¡Ah! —El sonido surgió de lo más profundo de su pecho, e hizo un gesto con la mano al aire que ella reconoció como un gesto de frustración un segundo demasiado tarde.

Su reacción fue sobresaltarse y protegerse la cabeza con el brazo. Fue algo irresistible, imposible evitar. El corazón envió sangre a sus venas de golpe mientras su cuerpo caía en el pánico. Para cuando comprendió que lo que había hecho era hacer un gesto al aire, estaba hecha un ovillo sobre la silla, intentando presentar un objetivo lo más pequeño posible.

Él gruñó. No había otro modo de decirlo. Un sonido bajo de disgusto desde lo más profundo de aquel pecho como un barril.

Lentamente se fue enderezando, intentando encontrar aire suficiente para decir “lo siento”, con el corazón todavía latiendo con fuerza después del terror absoluto.

—No voy a golpearte. Yo no pego a mujeres. —Dijo cada palabra claramente y fueron cayendo como pedruscos de su boca, como si cada una de ellas le doliera.

Y de repente Catherine entendió. No tenía ni idea de si la comprensión le llegaba de algún tipo de emoción profunda en él que había sentido al tocarle y que no había tenido tiempo de analizar o tal vez era un clásico ramalazo de intuición, pero le había metido el dedo en la llaga. Había cruzado una línea invisible pero muy real.

Aun así... parecía tan increíblemente aterrador. Sólo con su tamaño bastaba para hacer que te encogieras. Unido a su rostro con cicatrices y la nariz aplastada, parecía alguien de quien te asustarías si te lo encontraras en un callejón oscuro.

La mayoría de la gente reaccionaría de manera instintiva con miedo hacia él, evitándolo, aún sin conocer siquiera nada de él. Aunque estaba la violencia que había sentido en él (oscuros torbellinos de violencia) y que él había matado, la violencia estaba contenida por grilletes de acero. No era un hombre que perdiera el control. No era un hombre que dañara a los débiles.

—Lo sé —dijo con tono amable, enderezándose. Más que verlo, sintió que él se relajaba un poquito—. Lamento haberme asustado. Fue una reacción instintiva. Debería haberlo controlado. Hasta ahora no me has hecho daño y... —Bajó la mirada hacia el tablero y se preguntó si lo podría decir. Levantó la mirada, y se encontró con ojos duros y oscuros—. Cuando te toqué, lo sentí, que no haces daño ni a mujeres ni a niños. Lo sentí de manera muy fuerte. Así que en realidad no tengo ninguna excusa. —Soltó aire y abrió la mano, la mano que le había tocado—. Ninguna en absoluto.

Cuando lo había tocado había sido muy fácil de leer. A diferencia de la mayoría de la gente, él no tenía capa tras capa de tonterías egoístas, de hipocresía o autoindulgencia y una total y absoluta falta de autoconocimiento. Él se conocía a sí mismo, por dentro y por fuera. Sus emociones eran limpias, claras, incluso puras, hasta las oscuras. Nada enfermo o psicótico.

O eso esperaba. Catherine estaba saltando sin red. El don al que había combatido toda su vida y que de golpe había reaparecido para morderle el trasero al tratar con el Paciente Nueve seguía siendo un misterio para ella.

¿Podría confiar en eso?

Porque la verdad era que estaba encerrada, sin idea de dónde “estaba” aquí. Era la prisionera de este hombre. Había más gente por allí, estaba segura. Y si la había, era su gente. Nadie iba a rescatarla. Nadie siquiera sabía que ella estaba allí. Ella no sabía dónde estaba. Incluso si tuviera un móvil que funcionara, lo que no tenía, y si tuviera alguien a quién llamar, que tampoco tenía, no sabría decirle dónde estaba.

Era su prisionera y tenía que tener fe, fe en su odiado don, de que él no iba a hacerle daño. No iba a matarla.

Él asintió, con sus oscuros ojos fijos en ella y se levantó de golpe.

—Ven —le dijo y caminó hacia la puerta.

Asombrada, Catherine se levantó y le siguió. Justo cuando pensaba que él se iba a aplastar su ya aplastada nariz contra la puerta, esta se abrió deslizándose y ella salió de la sala, siguiendo aquellos amplios hombros.

Y miró.

El cambio en el aire al cruzar el umbral fue como cruzar de la noche al día. El aire se enfrió, más fresco, con un ligero amargor de oxígeno y un olor como a bosque. Estaban en un pasillo con un par de pisos por encima que daban a un enorme atrio. Ella se agarró al pasamanos de la baranda y se inclinó hacia adelante.

Era una vista tan extraordinaria que tuvo problemas para procesar lo que estaba viendo. Una gigantesca bóveda con luces que parpadeaban brillantes como estrellas. Le costó un segundo o dos comprender que las luces estaban espaciadas de forma homogénea y eran artificiales. La bóveda era trasparente, como cristal, sólo que ningún cristal que ella conociera podría cubrir un espacio así y seguir aislando el frío.

Por abajo, dos pisos más abajo, había una profusa cantidad de plantas brillantes organizadas en senderos, con pequeñas luces entre las ramas de los árboles y cilindros chatos con tapas brillantes a intervalos de metro y medio que daban luz.

Parecía el país de las hadas.

Una pareja estaba caminando por los senderos, aparte de eso la zona, tan grande como un aparcamiento pequeño, estaba desierta. Pero claro, debía de ser bien pasada la media noche.

Un tipo dos pisos más abajo iba tirando de un carrito de mano cargado con bolsas. Miró hacia arriba, hizo un saludo llevándose dos dedos a la frente y luego desapareció entre el verde.

—Es... es hermoso —dijo en voz baja, luego miró fijamente a Mac.

Era hermoso, pero también estaba oculto, así como él quería permanecer oculto. Era una ciudad, solo que una ciudad bajo tierra, no sobre ella. Apartada, misteriosa, remota.

Dios, vaya si este tipo le iba a borrar los recuerdos. Le iban a hacer un flaseado a lo MIB sobre aquella comunidad secreta y era una pena porque era el sitio más interesante que hubiera visto jamás.

Un enorme espacio cubierto con un exuberante parque en la parte más baja y plantas enredaderas que recorrían los balcones en la zona en forma de anillo. Los balcones se abrían con puertas. No tenía ni idea de si las habitaciones tras las puertas estaban ocupadas o no. Hasta la fecha había visto exactamente tres personas. Pero lo que había visto estaba bien diseñado, bien cuidado, prístino.

Alguien tenía que hacer aquello.

Dos personas más caminaban por un sendero, un hombre y una mujer. El hombre miró hacia arriba, volvió a mirar cuando la vio a ella y luego saludó a Mac con la mano. Él sombrío, asintió con la cabeza. Siguieron caminando, con las cabezas juntas, discutiendo algo con seriedad.

Esto era una comunidad. La gente vivía allí, trabajaba allí. Era hermoso y oculto y no se parecía a nada que hubiera visto. El enorme abovedado negro con las luces brillantes, los verdes jardines, los balcones curvilíneos con un cierto aire al Guggenheim de Nueva York.

—Qué hermosura —repitió con un susurro.

Para su sorpresa, él le respondió.

—Seh. —Sus grandes manos se agarraron a la baranda tan fuertemente que los nudillos se le pusieron blancos, luego las levantó—. Queremos que siga así. —Volvió la cabeza hacia ella, su mirada penetrante y hostil.

—¿Dónde estamos? ¿Y qué es este lugar? —Levantó las manos, palmas hacia arriba. El gesto universal de rendición. Ninguna amenaza. Ninguna arma—. De todos modos me vas a hacer un MIB ¿Por qué no decirme dónde estoy? Obviamente hay más gente por aquí. Está todo muy bien cuidado, muy bien planeado. Lo de ahí abajo parece un parque. Y estas puertas... hay gente que vive aquí. Trabaja aquí. Cocina aquí. Esa comida era, sin la más mínima duda, una de las mejores que he probado. Si así es como alimentas a tus prisioneros, me encantaría saber cómo comen tus ciudadanos.

—Te sorprendería saber quién es la cocinera.

A ella se le abrieron los ojos de par en par. Era la primera cosa que decía que no era ni una pregunta ni una amenaza. Durante un segundo también creyó ver sorpresa en el rostro de Mac. Porque le había hablado abiertamente.

Pero claro, ella no iba a recordar nada de aquello. Iban a lavarle el cerebro y, puf, desaparecido. No añoraría el recuerdo de estar sentada en su coche congelándose, esperando la muerte. O el estar aterrada de un hombre enorme con una máscara de esquiar negra dando golpecitos en su ventana. Pero el interrogatorio... podía admitir para sí lo mucho que la fascinaba Mac. Y aquel espacio gigantesco bajo la bóveda, tan diferente a cualquier otra cosa que hubiera visto. Eso le daba mucha pena tener que olvidarlo.

Todo había sido una gran sorpresa. El nombre de la talentosa cocinera no sería nada en comparación.

—Ponme a prueba.

—Puede que hayas oído hablar de ella. Stella Cummings.

A Catherine se le desencajó la mandíbula.

—¡Dios mío! Stella Cummings, ¿la actriz?

Le había sorprendido por completo. Stella Cummings había sido una niña-actriz que ganó un Oscar a los quince y otro a los treinta. Un acosador la había atacado y había desaparecido de la vista de todos, por completo. Fue como si se la hubiera tragado la tierra. Los tabloides online tenían todo un apartado en funcionamiento titulado “¿Dónde está Stella Cummings?”.

—Imagino que no... —Qué cosa más idiota. Por lo que sabía iban a acabar matándola. Y ahí estaba ella, convirtiéndose en una fan alocada—. Me encantó en “Dangerous Tides”. Si está por aquí, ¿podría conocerla? Si no quiere hablar sobre sus actuaciones, puedo darle las gracias por el taco. Estaba estupendo.

—Vámonos. —La tomó del codo y empezó a caminar. Asombrada, tuvo que trotar tras él para seguirle el paso.

—¿A dónde vamos? ¿Voy a conocer a Stella Cummings?

—No. —Tensó la mandíbula—. Tal vez. Tal vez mañana. Ahora mismo te voy a llevar a tu dormitorio.

Después de eso se calló y no pudo lograr que le dijera ni una palabra más. Las preguntas no sirvieron de nada y después de unos minutos tuvo que gastar todo su aliento en intentar seguirle el ritmo.

Rodearon el enorme espacio hasta que estuvieron justo enfrente de la sala de interrogatorio y bajaron un nivel. Mac se detuvo delante de una puerta y tocó una parte de la pared que no tenía características distintivas. Sin botones, ni paneles ni nada. Pero cuando dio en un punto específico la puerta corredera se abrió.

Él hizo un gesto con la mano y ella se movió voluntariamente hacia el umbral, con el corazón latiéndole. Por un segundo tuvo la impresión de que él estaba... bueno, no suavizándose con ella, pero al menos no abiertamente hostil. Y pensó en que ahora tal vez podrían sentarse y charlar ahora que ya le había hecho una lectura.

Pero no. La estaba conduciendo a una oscura celda, prisionera. Cuatro paredes, sin ventanas. Sólo oscuridad.

Ella entró lentamente, echándole una rápida mirada a la puerta. No había manilla interior. No había modo de salir.

Una prisión. Una comprobación a sus ojos y quedó confirmado.

Ni un alma sabía dónde estaba y su solitaria vida hacía que nadie fuera a pensar en buscarla. Tal vez la iban a dejar en esa sala hasta que muriera. No les costaría demasiado. Simplemente echarla allí hasta que se pudriera. Nadie lo sabría, a nadie le importaría.

Solo una mujer, en una habitación cerrada, olvidada. Tiempo pasando. Morir encerrada, sola, cada vez más débil hasta que la oscuridad acabara con ella.

Se le cerró la garganta. El pecho no se movía, no podía… moverse.

El dio un paso tras ella, aquel gigantesco cuerpo casi presionado contra el suyo. Una fuerza gigantesca, empujando hacia adelante, forzándola a dar otro paso, dentro. Más lejos de la puerta, más lejos de la luz del pasillo.

Ella jadeó, buscando aire, luego lo repitió. No puedo hacer esto, pensó. Todos sus recursos habían desaparecido. Estaba agotada y aterrorizada, en la cabeza le latía un retumbo de pánico. Una oscura oleada, subiendo de nivel más y más. Pronto se desmayaría por el pánico.

De mala gana dio otro paso adelante, luego se giró, inclinando la cabeza un poco para mirar a Mac a la cara. Casi no veía sus facciones con la luz de fondo que entraba desde la puerta.

Tenía que saberlo, tenía que saberlo. ¿La iban a encerrar allí hasta dejarla morir?

—¿Puedo... puedo tocarte? —Jadeó.

Casi no había luz suficiente para ver su gesto fruncido, que echaba la cabeza hacia atrás por la sorpresa. Sin esperar respuesta, ella alargó la mano para tomar la suya, agarrándosela.

Calor. Aquello fue lo primero que percibió. Su enorme mano estaba caliente, como si él mismo fuera un radiador. Ella tenía las manos congeladas y el calor de la suya simplemente le caló a través de la piel, anclándose a sus músculos.

Y entonces...

—¡Ah!

Ella dejó caer su mano, soltando la conexión, el calor, de manera inmediata.

No iba a asirse a él, a un hombre que desconfiaba de ella, que la consideraba una amenaza.

Pero no iba a matarla. Eso le llegaba alto y claro. Aquello no iba a ser una prisión permanente. Por mucho tiempo que fuera a estar encerrada, no iba a ser para siempre.

O eso esperaba.

Sin una palabra, Mac dio un paso atrás hacia el umbral. La puerta hizo un sonido al correrse y la habitación se iluminó. No había una fuente específica de luz, ni lámparas ni apliques. Sólo luz.

La habitación estaba amueblada cómodamente, era amplia y espaciosa. Parecía siniestra a oscuras, pero ahora que estaba iluminada era una habitación corriente, más grande que la mayoría de las habitaciones de hotel, con una cama tamaño queen, una zona para sentarse con dos sillones y un escritorio que hacía las veces de mesa. Al dar un rápido vistazo vio una puerta que daba a un baño muy agradable. Bien abastecido, por lo que podía ver, con una buena pila de toallas blancas, una pastilla de jabón y un cepillo de dientes a estrenar.

De acuerdo. Una prisión a lo Hilton. Podía soportarlo.

Para sorpresa suya encontró la pequeña bolsa que había empacado, por si acaso su búsqueda requería pasar la noche en algún sitio. Tenía su pequeño neceser con los cosméticos, un camisón y sus zapatillas.

Una ducha la hizo sentirse mejor, más humana. Había estado en la carretera, huyendo casi veinticuatro horas. Se arrastró hasta la cama y miró al techo.

Le dolía todo, en todas partes, por dentro y por fuera. El cuerpo, la cabeza y el corazón. Una oleada de soledad la recorrió. Tocar a Mac le había confirmado que no era peligroso para ella, no en el sentido en el que se temía.

Pero... ¿qué sabía ella? ¿Podía estar segura? Su don era poco confiable. Tal vez debería haberlo cultivado en vez de apartarlo con las dos manos, obligándolo a esconderse en lo más profundo de su mente como si fuera una doble desagradable, rota, malformada, de sí misma.

El don nunca se había equivocado, aunque a menudo había sido incompleto. Distinguía notas superficiales, las emociones del momento, fallando en captar emociones subyacentes cruciales, porque ella no quería explorar, no soportaba meterse en la realidad de la gente. Así que a menudo leía mal a la gente, porque no había sido capaz de discernir tonos y sombras por debajo de las emociones más fuertes.

Mac podría no estar planeando su muerte, pero tampoco tenía ningún incentivo especial para mantenerla viva. Y aún y así... había habido... algo. Algo allí, algo elusivo. El más leve de los cosquilleos en su mente, como un suave dedo acariciándola.

Lo sentía como seguridad.

¿Era real?

Probablemente no.

¿Por qué iba a importarle a este hombre? Cualquiera con quien hubiera salido la consideraba una friki. Y el sexo... bueno, nunca le había ido demasiado bien ahí.

Estaba cansada. Cansada más allá de los estresantes sucesos de hoy. Cansada de ser quien era, cansada de verse empujada por cosas en su interior que no podía controlar, cansada de saber cosas que no debería.

Cansada...

Las luces se apagaron de repente y ella cayó en un profundo sueño sin sueños.

 

* Image *

7 de enero

—Tal vez debería mantenerla encerrada hasta que se muera de hambre —dijo Mac amargamente a la mañana siguiente.

Nick y Jon no le hicieron ningún caso. Estaban estudiando el emblema del Halcón, Jon lo analizó cuidadosamente y luego se lo pasó a Nick.

Jon levantó la vista brevemente, mostrando sus blancos dientes en una sonrisa.

—Nah, apuesto a que ya le has enviado a Stella para que le lleve el desayuno.

Mac apretó los dientes. Pillado.

Justo ahora su prisionera estaba siendo torturada, recibiendo golpes con el látigo del mejor desayuno jamás cocinado en la historia de los desayunos.

Nick no levantó los ojos del Halcón.

—No sería eficiente. El matarla. Hasta que sepamos qué está pasando.

—Mierda. —Jon inclinó la cabeza mientras miraba fijamente a Nick—. Más de diez palabras, Nick. De golpe. Creo que es un récord, ¿no, Mac?

Mac miró a Jon a los ojos durante un segundo. Nick solo había sido miembro del equipo una semana cuando explotó la mierda. Se lo había presentado Lucius (y, maldición, ahí estaba de nuevo ese dolor en el corazón) como el sexto hombre después de que perdieran a Randy Higgins en un salto HALO. Un fallo de paracaídas a tres mil metros de altura era implacable.

Nick se había unido al equipo calladamente, haciendo exactamente lo que se le pedían, eficientemente y bien, sin hablar más de una o dos palabras cada vez. Ninguno de los compañeros del Equipo Fantasma tenía una vida de la que pudiera o quisiera hablar, pero iban soltando pistas. El acento sureño de Mike Pelton. El tonillo de chico surfista de Jon. El amor de Rolf Lundquist por el esquí y el detallado conocimiento que tenía de las Rocosas.

Pero Nick no. Bien podría haber brotado de un laboratorio si fuera por las pistas que daba sobre su pasado.

—Que te jodan, Jon —dijo Nick de manera inexpresiva, y era tan inusual en él que reaccionara, que Jon parpadeó y se calló.

Nick había estado analizando cada molécula del Halcón. Finalmente lo colocó cuidadosamente sobre la mesa y levantó la vista, mirando a Jon a los ojos, y luego a los de Mac.

—Es auténtico. Y es suyo.

Mac asintió. Él mismo había llegado a la misma conclusión.

—Seh, ¿y? —Finalmente Jon rompió el silencio. El chico surfista no se llevaba bien con el silencio cuando estaban fuera de una operación.

Nick frunció el ceño. Ver una expresión en su oscuro rostro era incluso más raro que las palabras.

Jon giró el emblema sobre su mano.

—Quiero decir que, si esto es auténtico, entonces... entonces ¿Lucius, qué?¿Se lo dio a la mujer? En vez de estar vagueando en su villa en Capo Verde o Bali, está en un laboratorio en Palo Alto con el culo pateado? ¿Suena eso a auténtico? ¿Es siquiera eso posible?

—Yo no le conocía tanto como vosotros dos. Nunca tuve oportunidad para ello. Así que no lo sé, pero... —Tío, Nick estaba en racha. Un montón de frases—. ¿Podría ser que nos hubiéramos equivocado con él?

—¿Quieres decir sobre lo de abandonarnos? —Preguntó Mac crudamente.

Nick asintió.

Mac y Jon intercambiaron miradas. Jon había estado tan devastado como Mac. Igual que él, consideraba a Lucius un padre adoptivo y se había tomado la traición muy mal. Nick simplemente se había hecho más estoico, siendo la traición una mierda más en medio de un mundo mierdoso. Pero a Mac y a Jon los había dejado hechos polvo.

—¿Mac? —Preguntó Jon—. ¿Crees que...

Mac sacudió la cabeza secamente. No lo sabía. La traición había sido algo muy malo. Pensar en que Lucius también podría haber sido traicionado, que podía estar en serio peligro...

—Depende de la mujer. —Nick parecía ser el único que podía pensar con claridad sobre aquello. Se giró hacia Mac—. Una belleza como ella, creo que deberías interrogarla más a fondo. —Y de nuevo, para maravilla de Mac, Nick sonrió de oreja a oreja. Duró sólo un segundo y luego las facciones de Nick volvieron a su habitual expresión pétrea, pero había estado allí.

Jon siguió a partir de ahí.

—Seh, tío. Interrógala. Desde todos los ángulos, delanteros y traseros. —Subió y bajó las cejas—. Un interrogatorio personal, ya sabes de lo que hablo.

—Idiotas —gruñó Mac. Pero se le había hecho un nudo en el pecho cuando pensó en ponerle las manos encima, maldición. Aquella masa de cabello brillante, el gris plata de sus ojos y la expresión de vulnerabilidad brotaron en su cabeza y algo se encendió en su cuerpo. Y también se encendió en la frontera sureña. Mierda. Estaba empezando a ponerse duro y tuvo que dominar aquello.

Se sorprendió mucho. Al fin y al cabo era un hombre concentrado, todo negocio, todo el tiempo. El sexo tenía su lugar, un lugar muy estrecho, normalmente del bar a la cama, máximo un par de horas. Luego de nuevo, negocios.

Aquella mujer le estaba jodiendo la cabeza. Había pensado en ella toda la noche, maldición, y no de manera estratégica. No. No concentrándose en su historia, meditando en ella desde un punto de vista o desde otro, buscando agujeros, lo que habría hecho con cualquier otro.

Se había pasado la noche entera mirando al techo, con los ojos abiertos, recordando el subidón de calor que le había recorrido las venas cuando ella le había tocado. Nunca había tomado drogas. Toda su infancia había transcurrido entre gente que se colgaba de las drogas para huir de la realidad. Tenía treinta y cuatro años y estaba seguro de que la mayoría de la gente que conoció de crío estaba o muerta o deseando estarlo. Así que no, las drogas no habían tenido ningún atractivo. No quería morir, quería vivir, ferozmente. Siempre había sido así.

Pero uno de los críos le había explicado lo que un subidón de heroína le hacía en el cuerpo. El niño alquilaba su culo cada noche para conseguirla y se odiaba a sí mismo veintitrés horas de las veinticuatro que tiene el día. La hora de heroína lo valía: valía la pena el dolor y la degradación. Valía la pena ser tratado como un pedazo de carne. Valía la pena ser golpeado y abusado cada noche. Decía que cuando entraba la droga en él desaparecían todas las cosas malas y que era como estar en el cielo, si es que el cielo existía.

Bueno, joder si aquella no era una buena explicación de lo que le había pasado cuando la Dra. Catherine Young le había tocado. Un subidón. Un subidón como ningún otro que hubiera sentido. Como tener su corazón acariciado por suaves manos. Como si su mente hubiera sido invadida por un ángel.

Le entraban ganas de bufar. Ángeles. No había ángeles en este mundo y no había ningún otro mundo. Los ángeles no existían y nadie le había acariciado el corazón. No es que tuviera, de todos modos.

Maldito fuera si comprendía lo que había pasado. Algo sí había pasado. Algo grande y que daba miedo.

Ella se había sacado aquello de la nada. ¿Cómo lo había hecho? Tal vez era como uno de esos magos de teatro que sacaban a un miembro del público y le pedía pensar en un número y escribirlo. Siempre sospechaba que aquello era pura actuación y que los miembros de la audiencia eran parte de la actuación.

Pero lo que había dicho Catherine Young había sido, por espantoso que fuera, la pura verdad. Le había leído. Lo había clavado, como a una mariposa en un corcho.

Mac no estaba acostumbrado a que le vieran o le comprendieran. Estaba acostumbrado a ser obedecido. Los hombres a su mando en los Ghost Opps le conocían malditamente bien y así era como le gustaba. La única persona que tenía una ligera percepción de cómo era su interior había sido Lucius, y eso, ya le había hecho sentirse incómodo.

Incluso ahora, en el exilio, Nick, Jon y el resto de la pequeña comunidad que parecían estar creando le conocían como un líder fuerte y duro sin resquicios en su armadura, sin nada más que una superficie brillante, grande y dura.

Que le hubieran calado tan bien... era aterrador. Incluso más aterrador era que le hubiera gustado, durante aquel diminuto momento en el que ella lo había tocado. Antes de que su cabeza hubiera captado lo que ella estaba haciendo.

Había sido como un chute de heroína, y como cualquier adicto, ahora lo ansiaba. Se había pasado la noche pensando en ello, pensando en ella. Recordando aquel suave tacto, la oleada cálida extendiéndose en un instante desde su mano por todo su cuerpo, chisporroteando por sus venas.

Cuando le había tocado ella había... brillado. Como si no fuera una criatura de este mundo. Como si hubiera una lámpara de mil vatios en su interior que hiciera que irradiara luz y calidez. En ese instante ella había sido imposiblemente hermosa, la mujer más hermosa del mundo. Algún tipo de hechicera de otro planeta, demasiado delicada y hermosa para este.

Aquello no había durado. Cuando rompió la conexión fue como si algo se hubiera roto en el interior de ella. Aquella pálida luz ya no brillaba, se puso cenicienta. Sombras bajo sus hermosos ojos. La nariz afilada y pálida.

Aquello le había mantenido despierto, también, porque la princesa de las hadas reluciente del Planeta Zog había sido una mujer fascinante pero vulnerable, que había repartido polvo de hadas sobre él y había pagado un precio que casi le rompe el corazón.

Había tenido que apretar los puños para evitar rodearla con sus brazos. Él, Mac McEnroe, el tipo duro con pelotas de acero que había matado a sus enemigos con sus propias manos sin parpadear, había estado a punto de envolver con sus brazos a un enemigo potencial. Un ser completamente desconocido, que de algún modo había encontrado su guarida. Alguien que podría poner en peligro a su comunidad.

—De acuerdo —dijo, poniendo su cara de batalla, endureciendo su voz—. Voy a ver qué más puedo sonsacarle.

Nick asintió brevemente, se giró y volvió a coger el Halcón.

Jon sonrió de oreja a oreja e hizo ruidos como de besuqueos.

Mac le hizo el pajarito y salió.

 

Capítulo 6

 

Oficinas Centrales de Arka Pharmaceuticals

San Francisco

La mañana siguiente a Lee le comenzó a latir con fuerza una vena en la sien. Miró la ficha de asistencia de la doctora Catherine Young en las instalaciones de Millon y vio que no había aparecido por segundo día consecutivo.

Había enviado las secuencias de lo de África a tres científicos investigadores en el laboratorio Millon de Palo Alto que eran parte del protocolo completo. Aun así, no tenían toda la secuencia, por supuesto. Todo lo que sabían era que estaban implicados en un proyecto de investigación militar secreto más allá de sus deberes habituales. Y que estaban ganando cien mil de los grandes más al año que con las investigaciones habituales. No tenían ni idea de que Lee tenía otros planes, lo cual era, por supuesto, perfecto.

El día que Lee desertara de vuelta a la madre patria con un programa completo que convertiría al Ejército Rojo en la máquina militar más grande de la historia, se marcharía dejando un cuerpo carbonizado en su coche al fondo de un barranco que implicaría a los tres científicos en cuestión.

¡Estaba tan malditamente cerca, y a la vez tan lejos! El desastre de Orion en África iba a retrasarle meses. Su nueva vida bailando fuera de sus dedos.

Marcó sobre una imagen holográfica de un candado con llave que estaba en el monitor de su derecha. Inmediatamente se convirtió en la cabeza con forma de bala de Baring.

—¿Señor?

—La doctora Catherine Young no ha ido a trabajar tampoco esta mañana. Comprueba en los hospitales en un radio de ciento cincuenta kilómetros y rastrea los informes policiales. Entra en su casa y mira si puedes encontrar algo y asegúrate de que ella sepa que hemos estado. Infórmame en una hora.

—Señor.

Lee tamborileó los dedos sobre el brillante tablero de madera de su escritorio, apretó la mandíbula y se puso a pensar.

¿Qué le había pasado a Young? ¿Había sufrido un asalto? ¿Un accidente de coche? ¿Estaba su cuerpo sin vida en una morgue? Eso sería muy desafortunado, ya que ella parecía tener una habilidad casi perfecta para entender el funcionamiento de todas las iteraciones del SL en la mente humana y era capaz de hacer que una IRMf cantara. Si alguien podía retocar la molécula, darle otra iteración, esa era la doctora Young.

Era la mejor de los mejores imaginando análisis en los que él jamás habría pensado. A veces parecía como si ella pudiera mirar un IRMf y adivinar lo que el paciente había tomado para desayunar. En sus manos, cada imagen contenía tantísimos datos que estaban creando el mapa más completo del cerebro humano en existencia.

¿Por qué no estaba trabajando? ¿La mujer que era todo trabajo y nada diversión?

No tenía amigos entre sus colegas, y el chequeo de seguridad que su personal había hecho no había revelado un gran número de amistades. De hecho, ninguna amistad.

Parecía estar dedicada a su trabajo, llegando temprano y marchándose tarde. No mostraba signos de interés en la política ni tampoco un interés inusual por la compañía para la que trabajaba.

No, decidió Lee. No estaba cantando como un canario ante el FBI en ese momento. Algo debía haberle sucedido. ¿Habría pasado la noche con alguien y todavía estaba allí? No sabía por qué pero Lee lo dudaba. Parecía que tuviera tan poco sexo como pocos amigos.

Eso había sido un punto más a su favor, según él.

Se arrepintió amargamente de no haberle puesto rastreadores a los coches de sus mejores investigadores.

En cuanto Young apareciera, un transponedor de la compañía iba directo a su coche, uno que no se apagaría cuando el coche estuviera apagado. O mejor aún, Baring se colaría en su dormitorio, la anestesiaría y le inyectaría pequeñas dosis de un isotopo radioactivo con una firma específica para ella, quien jamás lo sabría, y así siempre sabrían por dónde andaba.

Y cuando el SL-59 estuviera completo, testado y sin fallos, cuando hubiera sido entregado al Ejército Popular de Liberación, Young estaría en la lista de destrucción, junto con Clancy Flynn, sería la única que podría reconocer lo que le había pasado a los soldados del EPL. Ambos debían ser silenciados. La pérdida de un ex general fanfarrón y una mera mujer no eran nada en comparación con el plan.

* Image *

Catherine se inclinó sobre sus codos, fascinada.

—Venga, Stella. Dime la verdad. Gary Hopkins, ¿besa bien?

Dios, esa escena. El beso más famoso del mundo, una imagen icónica, en el póster de El Cazador. Stella y Gary separados por enemigos y su único punto de contacto eran los labios, sellados en un beso.

Catherine dejó su perfecta taza de café junto a los platos donde antes había una perfecta pila de panqueques de arándanos y una perfecta tortilla de queso hecha sólo de claras, y un bol que antes contenía un perfecto yogur casero con una pizca de perfecta mermelada de fresa casera.

Era más comida de la que había sido capaz de consumir de una sentada en más tiempo de lo que recordaba. Había comido cada delicioso bocado y había dejado limpio el bol con yogur, haciendo un sonido embarazoso.

Era, sin la más mínima duda, el mejor desayuno que había comido en su vida, y eso incluía los de Francia. Pero ahora que estaba llena, la fascinación por la mujer sentada frente a ella la invadió.

Stella Cummings, una vez la actriz más famosa del mundo, que ganaba veinte millones de dólares por película, cuyo rostro aparecía en miles de revistas de cotilleo, que había sido una celebridad al menos desde que había nacido hasta que de repente había desaparecido del ojo público.

Esa mujer había sido un icono de estilo, delgadísima e increíblemente hermosa. Distante, intocable. Sin sonreír jamás, y bellísima en las fotos sobre la alfombra roja o en las fotos de los tabloides. Una Greta Garbo del siglo veintiuno, sólo que más delgada.

La Stella sentada frente a Catherine era una mujer de aspecto saludable, que ya no era hermosa y que reía constantemente.

Su rostro había sido acuchillado salvajemente y luego unido cuidadosamente por un maestro entre los cirujanos plásticos, pero nada jamás le devolvería su belleza. Catherine se olvidó de las cicatrices a los segundos de que Stella llamara a su puerta llevándole una bandeja con comida de olor delicioso.

Stella le sonrió de oreja a oreja y puso los ojos en blanco,

—Gay, preciosa.

A Catherine se le salían los ojos de las cuencas.

—¿Que Gary Hopkins es gay?

—Ya te digo. Como Lawrence Rome. De hecho, los dos estuvieron saliendo.

—Tío. —Catherine se reclinó en su asiento. Gary Hopkins, y en menor grado Lawrence Rome, era el epítome de la masculinidad. De músculos marcados y gesto enfurruñado. Gary en persona había salvado al Planeta Tierra con su valor y habilidad con armamento imposible en Mortalmente Malvado—. Eso da que pensar, ¿no? Aunque imagino que era demasiado guapo para ser hetero.

Ambas se giraron hacia la puerta cuando esta se abrió con un susurro.

—Hablando de hombres guapos —dijo Stella cuando Mac entró.

Él la miró de reojo, pero Stella le contestó con una brillante sonrisa.

Catherine casi no podía moverse. En el instante en que Mac llenó el umbral, se le paralizaron los músculos, el cuerpo se le quedó sin aire, las palmas de las manos le empezaron a sudar. Aunque los músculos estaban como desenchufados, por dentro era un hervidero de emociones que apenas podía comprender o controlar.

Él la tenía fascinada.

Ese aire de super-macho era producto de largos y esbeltos músculos, hombros fuera de lo común y enormes, manos capaces que parecían como si pudieran partirle el cuello en dos a un hombre y luego reparar un tanque. Hacía que Gary Hopkins pareciera un cocker spaniel.

Y luego estaba eso del puntillo de miedo. Le había tocado y había sentido que él no planeaba matarla. Hoy. Pero su don no era estable, fiable, era incompleto y sabía que en él había violencia. Violencia que podía usar con la precisión de un cirujano, pero aun así.

Podría estar muy equivocada. La expresión de aquel rostro plano, feo pero atractivo era estoica. Había peligro en cada una de las líneas de su gran cuerpo y ella no tenía garantías de que dicho peligro no fuera dirigido a ella.

Y además estaba lo de la atracción. La noche anterior había estado exhausta, asustada a muerte, bajo el yugo de su compulsión. Pero ahora, descansada y fresca, la repentina reaparición de Mac hacía que el corazón le diera brincos en el pecho. Parte de ello era a causa del miedo y otra parte era fascinación, pero una buena porción de todo ello era el puro y clásico sexo de toda la vida.

Él la ponía a cien.

Le había pasado tan pocas veces que casi ni lo reconocía como algo que fuera propio de ella. Todo lo relacionado con el sexo estaba tan increíblemente cargado con problemas, un mar de problemas, que más o menos se había rendido.

Pero su cuerpo no. Era como si su cuerpo hubiera estado tumbado tranquilamente esperando a saltar ante algo que quisiera, y resultaba que lo que quería su cuerpo era a Mac. La recorrió un escalofrío. Esto no era solo algo inapropiado, como colarte por tu dentista casado o por tu banquero. Esto era peligroso. Porque el hombre que había entrado, barrido la habitación con el gesto fruncido y se había quedado quieto como una fuerza inmóvil de la naturaleza, era aterrador.

Ella no tenía ni idea de sus antecedentes, pero parecía un soldado y no del tipo ceremonial que se quedaba alrededor de uniforme con una larga y brillante espada y que sabía cómo bramar un saludo. No, él parecía de las fuerzas especiales. El tipo de chicos que llegaban a escondidas en la noche, partían cuellos más que saludaban, para luego marcharse silenciosamente antes de que supieras que estaban allí.

Él no se fiaba de ella. Aquello había quedado bien patente. Él desconfiaba, no se creía su historia, medio sospechaba que había sido enviada para espiarle.

Qué terrible broma le había jugado la biología con que este hombre (enorme, peligroso, un hombre que no se fiaba de ella) fuera el hombre por el que hubiera sentido una violenta atracción sexual.

Era algo explícito, además, lo que la aterrorizaba. No era una atracción general, del tipo que sientes por un hombre guapo con el que te cruzas, aunque Mac era de todo menos guapo.

Este hombre, este hombre en particular con músculos y ceño fruncido y rostro con cicatrices, era el que la hacía reaccionar como si su cuerpo hubiera estado esperando toda su vida por él y sólo por él.

El celebro le estaba diciendo a su cuerpo “olvídalo”, pero no funcionaba.

El corazón le latía con tanta fuerza que pensaba que le se le iba a partir una costilla. No osaba a moverse, no osaba a hablar, porque entonces él sabría que ella había empezado a temblar en el instante en el que él había aparecido por la puerta.

Ay, Dios.

El calor aumentó entre sus muslos y estaba asombrada al sentir que la vagina se le tensaba una vez, muy fuerte, justo como hacía en sus infrecuentes orgasmos. El pecho estaba tenso, sí, pero sus senos estaban hinchados, pesados. Lo más asombroso fue una sensación débil, temblorosa, como si todo lo que él tuviera que hacer fuera tenderle una mano y ella correría directa hacia él.

Aquello era lo más aterrorizante de todo. No podía echársele encima porque él no la cogería.

De hecho, podría acabar disparándole.

Mac echó un vistazo hacia las ruinas de su desayuno y luego las miró fijamente a ella y a Stella con una dura mirada. Le habló a Stella:

—¿Ya has acabado aquí?

—Sí, estoy bien, gracias Mac. Gracias por preguntar. —Stella inclinó la cabeza hacia un lado y lo estudió—. Siempre es un placer estar cerca de un hombre que cuida sus modales.

Los músculos de su mandíbula trabajaron tan fuerte que se le movieron las sienes. Catherine apostaría lo que fuera que obligar a las articulaciones temporomandibulares a trabajar tan duro debía de hacer daño a los dientes. Aquel rostro pétreo no mostró ningún tipo de emoción. Catherine se fijó en Stella, que parecía totalmente indiferente al humor que tuviera él.

—Stella —gruñó Mac.

—Mac —respondió ella, imitando exageradamente su gruñido. Para Catherine aquello fue como irritar a un oso, pero Stella simplemente se veía exasperada, no asustada.

Hubo algún tipo de empate. Catherine prácticamente podía ver las líneas del macho y la hembra cruzándose. Sorprendentemente, ganó Stella.

Ella señaló la cafetera.

—¿Café? Todavía queda para una taza.

Él dudó, pero Stella se dirigió al armario y sacó una taza. Para asombro de Catherine había una selección completa de tés, una pequeña pila y un microondas dentro del armario. Si lo hubiera sabido se habría hecho ella misma una taza de té la noche anterior.

Stella le sirvió a Mac una taza y se la pasó.

—Ahí tienes, negro sin azúcar. Igualito que tu corazón.

Mac puso la taza sobre la mesa con fuerza suficiente para que se vertieran un par de gotas de café sobre el borde.

—Maldición, Stella…

—No, escúchame tú, Mac. ¿Te das cuenta que esta mujer…? —E hizo un delicado gesto hacia Catherine, recordándole de nuevo que Stella había sido una de las mejores actrices del mundo—. ¿Te das cuenta que había pensado que era una prisionera la noche pasada?

Catherine hizo un sonido, atragantándose antes de poder bajarlo de la garganta a la boca. Intentó disimular, convertirse en invisible. Stella se giró hacia ella.

—¿O no? —exigió saber.

Mac la estaba mirando con los ojos entrecerrados, el rostro como una piedra. Ay dios. Ella asintió, la garganta demasiado tensa para hablar. No se le había ocurrido que no fuera una prisionera.

—Bueno, pues no lo eres —dijo Stella—. No me puedo creer que él te lo hiciera pensar ni por un momento. Esta comunidad no hace prisioneros.

Sus ojos eran los mismos que habían ardido desde la pantalla. Abiertos, de un azul pálido casi trasparente, todavía hermosos y expresivos a pesar de la cicatriz que iba desde la ceja derecha hasta el borde de un marcado pómulo, apenas esquivando el ojo. Aquellos ojos habían sido magníficos en la pantalla pero eran todavía más potentes en la vida real.

—Ella no era una prisionera. ¿Verdad, Mac? Dile que no la has encerrado bajo llave como un animal. Y si bloqueaste esa puerta, ya puedes olvidarte de comer. Digamos, para siempre. Te podrás cocinar tus propias malditas comidas de ahora en adelante.

Aquel huraño rostro se contrajo como si le doliera. Catherine lo comprendía por completo. Ahora que había probado la comida de Stella, que lo expulsaran de sus comidas era algo para temer de verdad.

—No estabas encerrada. —Las palabras sonaron forzadas. Como si le doliera decirlo.

Catherine tembló. No había estado encerrada en la habitación... ¿no había sido real? Miró a Mac fijamente. Él le devolvió la mirada.

—Ay, Jesús —dijo Stella, y descruzó las piernas de las patas de la silla y se levantó. Marchó hacia la puerta y golpeó un punto a la derecha de la puerta, a la mitad de la altura—. Hay una pequeña protuberancia. Apriétala y la puerta se abre. Aprieta dos veces y se cierra. Ven y pruébalo.

Manteniendo un ojo en Mac, Catherine caminó hacia la puerta. Stella le tomó la mano y apretó sus dedos a la pared. No era visible al ojo pero estaba claro bajo los dedos. Una pequeña protuberancia redondeada. La apretó y la puerta se deslizó para abrirse y aquel olor fresco a plantas llenó la habitación.

—¿Ves? Nada de prisionera. —Stella era mucho más alta que Catherine y miró por encima suyo hacia Mac—. No solo no es una prisionera, si no que creo que encontró su camino hacia nosotros. Creo que es una de nosotros.

Catherine no tenía ni idea de lo que Stella quería decir, pero Mac sí. Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Stella suspiró.

—Jesús, Mac, eres desesperante. Venga, llévate a nuestra invitada a ver esto.

—De acuerdo. —Si apretaba más la mandíbula, la piel de sus mejillas se rasgaría.

Stella se giró hacia Catherine.

—Te veo a la hora de la comida. Voy a hacer risotto de radicchio y tarta de pera. Hago un risotto para morirse, no es por nada. Te gustará.

—Apuesto a que sí. Y para que conste, me encanta el risotto —dijo Catherine fervientemente—. Ya le tengo ganas. —Observó con un punto de incomodidad mientras Stella se marchaba. Mientras estuvo en la habitación, había un cierto aire de... normalidad. Tres personas, hablando.

Con Stella desaparecida, Catherine se quedaba con aquella montaña de hombre de rostro huraño que parecía sentir desagrado por ella y que aun así la encendía tantísimo que no podía pensar con lógica.

Dios, qué combinación más miserable. La peor.

Estaba en aquella extraña edificación a su completa merced. La puerta podría o no haber estado cerrada la noche anterior, pero el hecho era que no se habría atrevido a salir de la habitación para deambular por ahí si no hubiera estado cerrada. Incluso suponiendo que encontrara la manera de salir, seguían estando en las montañas, lejos de cualquier ciudad. Si hubiera intentado escapar, se habría congelado hasta morir.

Así que era prisionera de facto, aunque una increíblemente bien alimentada.

La estaba mirando fijamente, sin pistas de lo que podía estar pasándole por la cabeza, aunque no parecía que fuera nada bueno.

—Se supone que tengo que enseñarte esto —dijo, su voz un bajo murmullo—. Así que vamos. —Dio un paso atrás y abrió una mano gigante.

De a-cu-er-do.

Igual que si hubiera caído por el agujero de una madriguera de conejo. Catherine dio un paso afuera, cruzando el pasillo e inclinándose sobre la baranda.

Uau. Qué pedazo de madriguera, conducía directamente al País de las Maravillas. Agarrándose fuerte de la baranda, miró.

La noche anterior había estado demasiado cansada y aterrorizada para captarlo de verdad, pero ahora a plena luz lo que vio fue... una ciudad. Algún tipo de ciudad subterránea, oculta del mundo, extendida ante ella. Edificios entre medio del follaje frondoso, gente caminando con un propósito sobre caminos de baldosas y piedras. Alguien barría las hojas, alguien abría unas puertas, alguien preparaba dos mesas... ¡una cafetería! Con seguridad, un hombre y una mujer se sentaron y un camarero llegó para tomarles el pedido.

Más gente empezó a cruzar la zona de abajo, algunos siguiendo los caminos y otros acortando distancia, como hacía la gente. Todos los que miraban hacia arriba veían a Mac y le saludaban. Un par de hombres le saludaron de manera irónica.

Ella miró a Mac, vio que iba asintiendo y comprendió que estaba de verdad en una comunidad y que Mac era su rey. O al menos su líder.

Y sin importar lo intimidante que pareciera, nadie se asustaba. Los saludos eran alegres e informales.

Más y más gente se iba congregando en las zonas comunitarias de abajo. Algunos tenían trabajos específicos: barrer los caminos, llevar algo de aquí para allá.

El cielo arriba era de un azul brillante. Si no lo hubiera visto la noche anterior no se habría imaginado que lo estaba por encima era una enorme cubierta de vidrio. Se habría pensado que la ciudad estaba abierta a los elementos. Y lo que sabía era que la cubierta era completamente trasparente.

—¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? Si es una ciudad, es una de la que no he oído hablar. Una ciudad cavada sobre la cima de una montaña. O más bien en la cima de la montaña.

La mirada que él le dirigió era afilada. Ella se encogió de hombros.

—Hemos viajado hacia arriba. Eso es lo único que sé sobre dónde estamos. Estoy sorprendida de no haber oído nada sobre este lugar.

—No te sorprendas. Lo diseñamos para que estuviera fuera del mapa y de manera autosuficiente.

Catherine parpadeó.

—¿Autosuficiente? ¿Quieres decir que nadie sabe que estáis aquí? Pero… —La cabeza le daba vueltas—. Quiero decir que las ciudades modernas necesitan infraestructuras, conexiones a la red eléctrica, red de agua, internet...

—Somos completamente autosuficientes. —La cara de Mac no revelaba nada, pero ella pudo detectar una nota de orgullo—. Tenemos nuestra propia electricidad. —Levantó la vista y, asombrada, Catherine también miró—. ¿Esa cúpula? Parece trasparente pero no lo es. Es grafeno, uno de los materiales más fuertes de la tierra, de una molécula de grosor. Hay unos paneles solares diminutos integrados en la cúpula. Tenemos mucha energía. Y agua. Tenemos nuestra propia infraestructura de internet y nuestra propia provisión de alimentos.

—La comunidad al completo debe desear estar desconectada de todo. ¿Quiénes son?

Él se quedó de pie mirando fijamente hacia el enorme atrio, con los músculos de su mandíbula trabajando. Parecía como si literalmente estuviera masticando las palabras. Tres personas que cruzaban una zona con césped levantaron la mirada y saludaron. Él asintió brevemente.

—¿Mac? —Catherine dudó, y luego colocó la mano suavemente sobre su antebrazo. Éste estaba cubierto por su jersey de forro polar. Lo único que sintió fue músculo duro y cálido. Y que a ella le recorrió un escalofrío.

Él se liberó y ella retiró la mano como si hubiera tocado una cocina caliente. Lamentando su movimiento instintivo en cuanto lo hizo. A nadie le gustaba que ella le “leyera”. ¿Por qué parecía incapaz de recordarlo?

—Lo siento —susurró.

Él se encogió de hombros. Apretó la baranda hasta que se le pusieron los nudillos blancos y echó un vistazo a sus dominios.

Ella no tenía ni idea de dónde le venía aquella compulsión pero tenía que saber más sobre aquel lugar. Un lugar del que nunca había oído hablar y que casi no podía imaginar que existiera, aunque estaba mirándolo ahora mismo. Un lugar fuera del espacio y del tiempo.

—¿Por qué queréis o necesitáis quedar fuera del radar? —Su voz ahora era baja porque tenía la garganta tensa. Casi le dolía decir las palabras y si no ardiera por la necesidad de saber, no habría hecho la pregunta.

Él se quedó mirando hacia abajo unos minutos. Otra persona miró arriba y saludó. Los caminos de abajo estaban llenos de gente ocupada yendo y viniendo. Muy pocas parejas. Ni un solo niño.

Él no hablaba, aunque a juzgar por el tamaño de los músculos de su garganta, tenía las palabras justo ahí en su boca.

Ella tragó.

—Recuerda, Mac, que me vas a flasear como en los Hombres de Negro. Lo que sea que me digas se perderá conmigo para siempre. Soy neurocientífica y puedo decirte que la memoria después de que se le administre Lethe se pierde físicamente, así como un millón de neuronas. Así que no hay modo de que pudiera hablar, jamás.

Ella lo miró, hambrienta, feliz de que él no la estuviera mirando. También el recuerdo de Mac McEnroe se perdería para siempre en ella. Jamás había tenido una reacción física como aquella hacia ningún hombre en su vida antes y era posible que no la sintiera nunca más. Incluso el recuerdo de su cuerpo calentándose, los escalofríos de reconocimiento, peligro y deseo se perderían para siempre.

—¿Mac? —Lo intentó de nuevo—. Parecía como si Stella quisiera que hablaras conmigo. Dijo algo sobre que yo me uniera a la comunidad. Imagino que se refería a la comunidad de aquí, ¿no?

Él cerró los ojos como si le doliera y respiró profundamente. Uau. Le había dado a una fibra sensible, una dolorosa.

Bueno, pues claro.

Catherine Young no se integraba en las comunidades. Siempre la rechazaban como si fuera un órgano ajeno. En su familia, en el pequeño pueblo de Massachusetts donde creció, en la universidad y la escuela superior, en su primer trabajo en Chicago. Para cuando llegó a su actual trabajo ni siquiera se molestó en intentarlo. Simplemente iba a trabajar, hacía su trabajo y regresaba a casa. Cualquier intento de unirse a grupos fallaba inevitablemente.

Diferente, diferente. Ella era diferente.

No importaba. Había formulado las palabras en su cabeza pero no salieron de su boca cuando él se giró completamente hacia ella, clavando sus ojos en los suyos. Y para su completa vergüenza, que él la mirara tan intensamente, le debilitó las rodillas. Tuvo que obligarlas conscientemente a quedarse firmes.

Aquello era terrible. Su propio cuerpo estaba rebelándose contra ella, volviéndola débil cuando debería ser fuerte. Mac saludó con la mano a la escena de abajo. Vio que era un hombre mayor y que Mac le saludada y que el hombre le devolvía el saludo felizmente.

—En su origen esto era una mina de plata. Se acabó el mineral y quedó abandonada en los cincuenta. Yo lo sabía porque crecí en una serie de casas de acogida por el valle. No eran del tipo de casas de acogida que vigilaran demasiado a los niños. Lo único que tenían bajo vigilancia eran las cuentas bancarias, para asegurarse de que el estado pagara a tiempo. Cuando tenía catorce años, encontré una motocicleta abandonada en el vertedero. Soy bueno con las manos. Arreglé unas partes, fabriqué otras. Pasé los siguientes cuatro años explorando hasta que me uní a los exploradores militares. Encontré este sitio. Cuando necesitamos un sitio donde ocultarnos nos traje aquí.

¿Que necesitó un sitio donde ocultarse? Catherine no iba a tocar ese asunto. Por supuesto que lo necesitó. Aquello era un sitio para ocultarse, como el famoso agujero en la pared en el Salvaje Oeste. Un lugar donde si podías encontrarlo, si llegabas hasta allí, estarías a salvo.

Miró a su alrededor y luego otra vez al hombre que la estaba mirando fijamente.

—Hicisteis un gran trabajo. —Aquello era quedarse corta. Lo que estaba viendo no era una mina abandonada. La habían convertido en una ciudad de alta tecnología.

—Seh. —Una parte de su dura boca se levantó y a ella le costó un segundo reconocerlo como una sonrisa. Una sonrisa sería lo más improbable que fuera a hacer su rostro, algo que le sería completamente ajeno. Y aún y así... y aún y así era una sonrisa agradable, por pequeña que fuera—. Nos vimos obligados.

Él se detuvo, inclinó la cabeza a un lado y se dio unos golpecitos en la oreja.

—Sip —dijo de repente—. Roger. Vamos ahora mismo. —Y le agarró del codo y empezó a caminar, con expresión hosca una vez más.

El tiempo de sonreír se había acabado claramente. Y lo que fuera que hubiera sucedido, la incluía. Alzó la mirada hacia él, buscando pistas. Su rostro era tan duro, tan distante. Nada que pudiera leer ahí.

Catherine trotó para mantenerse a su ritmo, preguntándose si estaba yendo a su perdición. Si era que sí, lo estaba haciendo a buena velocidad.

Caminaron por el pasillo hasta que llegaron a un ascensor de cristal. Bajó en silencio tan rápidamente que era casi como volar, llevándoles hasta el suelo del atrio.

Mac tomó uno de los caminos y Catherine le siguió. Era casi como meterse en un bosque. Las plantas verdes eran más densas de lo que parecía desde arriba, un follaje verde y espeso que no estaría fuera de lugar en el Amazonas. El aire allí era más frío, el olor increíblemente fresco como si estuvieran al descubierto en vez de en algún tipo de caverna de alta tecnología.

No era sólo un parque de ciudad, un bonito hueco en un muro de edificios como la mayoría de los parques de ciudad. Se sentía básico, no decorativo. Útil, toda aquella belleza era un efecto secundario. Aquí y allá vio signos de zonas cultivadas a pequeña escala. Un huerto de calabazas con redondas calabazas naranjas del tamaño de una roca. Otra pequeña zona cultivada con achicorias. Pasaron una arboleda de naranjos que olían divinamente, atravesándolo tan apresuradamente que casi no tuvo tiempo de olerlo.

De nuevo, todos los que encontraron saludaron con la mano a Mac y miraron con curiosidad como Catherine iba casi arrastrada. Las miradas no eran hostiles en absoluto. Sólo curiosas. Un hombre vestido en ropas de trabajo y un cinturón de herramientas intentó detener a Mac, que negó con el dedo índice —más tarde— y lo pasó rápidamente.

Cruzaron un pasillo lateral donde Mac se detuvo de golpe frente a una puerta blanca. Catherine estaba a punto de gritarle que se detuviera cuando la puerta se abrió en el último segundo. Ella corrió tras él y la puerta se cerró en cuanto ella cruzó el umbral.