El libro de arena por Jorge Luis Borges - muestra HTML

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JORGE LUIS BORGES

EL LIBRO DE ARENA

Índice

• El otro

• Ulrica

• El Congreso

There Are More Things

• La Secta de los Treinta

• La noche de los dones

• El espejo y la máscara

Undr

• Utopía de un hombre que está cansado

• El soborno

• Avelino Arredondo

• El disco

• El libro de arena

• Epílogo

El otro

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo

escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la

razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y,

con los años, lo será tal vez para mí.

Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo

siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.

Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A

unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca.

El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara

en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la

tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.

Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de

fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había

sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no

mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la

primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar

(nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y a la memoria de Álvaro Melián

Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la

décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Álvaro.

La reconocí con horror.

Me le acerqué y le dije:

—Señor, ¿usted es oriental o argentino?

—Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra —fue la contestación.

Hubo un silencio largo. Le pregunté:

—¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?

Me contestó que sí.

—En tal caso —le dije resueltamente— usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también

soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.

—No —me respondió con mi propia voz un poco lejana.

Al cabo de un tiempo insistió:

—Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos

parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.

Yo le contesté:

—Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un

desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú

nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el

armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el

diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los

pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza

Dubourg.

—Dufour —corrigió.

—Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?

—No —respondió—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural

que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.

La objeción era justa. Le contesté:

—Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que

el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación,

mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido

engendrados y mirar con los ojos y respirar.

—¿Y si el sueño durara? —dijo con ansiedad.

Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:

—Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona

que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos

dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?

Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:

—Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre

murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejia; la mano

izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de

un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había

muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamó a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una

cosa tan común y corriente". Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, en casa, ¿cómo están?

—Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los

gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.

Vaciló y me dijo:

—¿Y usted?

—No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás

poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás

clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre.

Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié de

tono y proseguí:

—En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos

antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un

dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo. Buenos Aires,

hacia mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro

pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre

Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América,

trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día

que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si

cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la

del guaraní.

Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin

embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho,

más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las

manos un libro. Le pregunté qué era.

—Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski —me replicó no sin vanidad.

—Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?

No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.

—El maestro ruso —dictaminó— ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma

eslava.

Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.

Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.

Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.

Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph

Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.

—La verdad es que no —me respondió con cierta sorpresa.

Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se

titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.

—¿Por qué no? —le dije—. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén

Darío y la canción gris de Verlaine.

Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres.

El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época.

Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por

ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos

los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los

afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y

parias.

—Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté— no es más que una abstracción.

Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.

Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases

memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en

la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del

sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados.

Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir

a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra

imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el

correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años

después.

Casi no me escuchaba. De pronto dijo:

—Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de

edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?

No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:

—Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.

Aventuró una tímida pregunta:

—¿Cómo anda su memoria?

Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de

más de setenta era casi un muerto. Le contesté:

—Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio

anglosajón y no soy el último de la clase.

Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.

Una brusca idea se me ocurrió.

—Yo te puedo probar inmediatamente —le dije— que no estás soñando conmigo. Oí

bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.

Lentamente entoné la famosa línea:

L'hydre univers tordant son corps écaillé d'astres.

Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente

palabra.

—Es verdad —balbuceó—. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.

Hugo nos había unido.

Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt

Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.

—Si Whitman la ha cantado —observé— es porque la deseaba y no sucedió. El poema

gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.

Se quedó mirándome.

—Usted no lo conoce —exclamó—. Whitman es incapaz de mentir.

Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea

lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado

distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el

diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto

anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su

inevitable destino era ser el que soy.

De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le

dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor.

Se me ocurrió un artificio análogo.

—Oí —le dije—, ¿tenés algún dinero?

—Sí —me replicó—. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón

Jichlinski en el Crocodile.

—Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge y que hará mucho bien... ahora, me

das una de tus monedas.

Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de

los primeros.

Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y

el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.

—No puede ser —gritó—. Lleva la fecha de mil novecientos setenta y cuatro.

(Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)

—Todo esto es un milagro —alcanzó a decir— y lo milagroso da miedo. Quienes

fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados.

No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.

Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.

Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata

hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.

Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que

nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos

sitios.

Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos

mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a

venir a buscarme.

—¿A buscarlo? —me interrogó.

—Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color

amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica.

Es como un lento atardecer de verano.

Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido.

He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber

descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y

fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el

recuerdo.

El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible

fecha en el dólar.

Ulrica

Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal

theira bert.

Völsunga Saga, 27

Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario

es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis.

Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca)

en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York,

esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el

hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

—Soy feminista —dijo—. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco

y su alcohol.

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba.

Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece

a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron

que era noruega.

Uno de los presentes comentó:

—No es la primera vez que los noruegos entran en York.

—Así es —dijo ella—. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo

o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave

plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de

rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo

misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un

inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas

las descubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá.

Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:

—¿Qué es ser colombiano?

—No sé —le respondí—. Es un acto de fe.

—Como ser noruega —asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al

comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana.

No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar

sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:

—A mí también. Podemos salir juntos los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos. Le

propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba

enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que

era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:

—Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que

las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo,

hacia Edimburgo.

—En Oxford Street —me dijo— repetiré los pasos de De Quincey, que buscaba a su

Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.

—De Quincey —respondí— dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo

buscándola.

—Tal vez —dijo en voz baja— la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos.

Me apartó con suave firmeza y luego declaró:

—Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es

mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera.

El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y

en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y

que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para

esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

—Todo esto es como un sueño —dije— y yo nunca sueño.

—Como aquel rey —replicó Ulrica— que no soñó hasta que un hechicero lo hizo

dormir en una pocilga.

Agregó después:

—Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

—En estas tierras —dije—, piensan que quien está por morir prevé lo futuro.

—Y yo estoy por morir —dijo ella.

La miré atónito.

—Cortemos por el bosque —la urgí—. Arribaremos más pronto a Thorgate.

—El bosque es peligroso —replicó.

Seguimos por los páramos.

—Yo querría que este momento durara siempre —murmuré.

—Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres —afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

—Javier Otárola —le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

—Te llamaré Sigurd —declaró con una sonrisa.

—Si soy Sigurd —le repliqué—, tú serás Brynhild.

Había demorado el paso.

—¿Conoces la saga? —le pregunté.

—Por supuesto —me dijo—. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con

sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

—Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el

Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

—¿Oíste al lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William

Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró

primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se

duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura.

Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la

nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos.

Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera

y última vez la imagen de Ulrica.

El Congreso

Ils s'acheminèrent vers un château immense,

au frontispice duquel on lisait: "Je

n'appartiens à personne et j'appartiens à tout

le monde. Vous y étiez avant que d'y entrer, et

vous y serez encore quand vous en sortirez".

Diderot: Jacques Le Fataliste et son Maître

(1769)

Mi nombre es Alejandro Ferri. Ecos marciales hay en él, pero ni los metales de la gloria

ni la gran sombra del macedonio —la frase es del autor de Los mármoles, cuya amistad me honró— se parecen al modesto hombre gris que hilvana estas líneas, en el piso alto

de un hotel de la calle Santiago del Estero, en un Sur que ya no es el Sur. En cualquier

momento habré cumplido setenta y tantos años; sigo dictando clases de inglés a pocos

alumnos. Por indecisión o por negligencia o por otras razones, no me casé, y ahora

estoy solo. No me duele la soledad; bastante esfuerzo es tolerarse a uno mismo y a sus

manías. Noto que estoy envejeciendo; un síntoma inequívoco es el hecho de que no me

interesan o sorprenden las novedades, acaso porque advierto que nada esencialmente

nuevo hay en ellas y que no pasan de ser tímidas variaciones. Cuando era joven, me

atraían los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas del centro y la

serenidad. Ya no juego a ser Hamlet. Me he afiliado al partido conservador y a un club

de ajedrez, que suelo frecuentar como espectador, a veces distraído. El curioso puede

exhumar, en algún oscuro anaquel de la Biblioteca Nacional de la calle México, un

ejemplar de mi Breve examen del idioma analítico de John Wilkins, obra que exigiría otra edición, siquiera para corregir o atenuar sus muchos errores. El nuevo director de la

Biblioteca, me dicen, es un literato que se ha consagrado al estudio de las lenguas

antiguas, como si las actuales no fueran suficientemente rudimentarias, y a la exaltación

demagógica de un imaginario Buenos Aires de cuchilleros. Nunca he querido conocerlo.

Yo arribé a esta ciudad en 1899 y una sola vez el azar me enfrentó con un cuchillero o

con un sujeto que tenía fama de tal. Más adelante, si se presenta la ocasión, contaré el

episodio.

Ya dije que estoy solo; días pasados, un vecino de pieza, que me había oído hablar de

Fermín Eguren, me dijo que éste había fallecido en Punta del Este.

La muerte de aquel hombre, que ciertamente no fue nunca mi amigo, se ha obstinado en

entristecerme. Sé que estoy solo; soy en la tierra el único guardián de aquel

acontecimiento, el Congreso, cuya memoria no podré compartir. Soy ahora el último

congresal. Es verdad que todos los hombres lo son, que no hay un ser en el planeta que

no lo sea, pero yo lo soy de otro modo. Sé que lo soy; eso me hace diverso de mis

innumerables colegas, actuales y futuros. Es verdad que el día 7 de febrero de 1904

juramos por lo más sagrado no revelar —¿habrá en la tierra algo sagrado o algo que no

lo sea?— la historia del Congreso, pero no menos cierto es que el hecho de que yo ahora

sea un perjuro es también parte del Congreso. Esta declaración es oscura, pero puede

encender la curiosidad de mis eventuales lectores.

De cualquier modo, la tarea que me he impuesto no es fácil. No he acometido nunca, ni

siquiera en su especie epistolar, el género narrativo y, lo que sin duda es harto más

grave, la historia que registraré es increíble. La pluma de José Fernández Irala, el

inmerecidamente olvidado poeta de Los mármoles, era la predestinada a esta empresa, pero ya es tarde. No falsearé deliberadamente los hechos, pero presiento que la

haraganería y la torpeza me obligarán, más de una vez, al error.

Las precisas fechas no importan. Recordemos que vine de Santa Fe, mi provincia natal,

en 1899. No he vuelto nunca; me he acostumbrado a Buenos Aires, ciudad que no me

atrae, como quien se acostumbra a su cuerpo o a una vieja dolencia. Preveo, sin mayor

interés, que pronto he de morir; debo, por consiguiente, sujetar mi hábito digresivo y

adelantar un poco la narración.

No modifican nuestra esencia los años, si es que alguna tenemos; el impulso que me

llevaría, una noche, al Congreso del Mundo fue el que me trajo, inicialmente, a la

redacción de Última Hora. Para un pobre muchacho provinciano, ser periodista puede ser un destino romántico, así como un pobre muchacho de la capital puede imaginar que

es romántico el destino de un gaucho o de un peón de chacra. No me abochorna haber

querido ser periodista, rutina que ahora me parece trivial. Recuerdo haberle oído decir a

Fernández Irala, mi colega, que el periodista escribe para el olvido y que su anhelo era

escribir para la memoria y el tiempo. Ya había cincelado (el verbo era de uso común)

alguno de los sonetos perfectos que aparecerían después, con uno que otro leve retoque,

en las páginas de Los mármoles.

No puedo precisar la primera vez que oí hablar del Congreso. Quizá fue aquella tarde en

que el contador me pagó mi sueldo mensual y yo, para celebrar esa prueba de que

Buenos Aires me había aceptado, propuse a Irala que comiéramos juntos. Éste se

disculpó, alegando que no podía faltar al Congreso. Inmediatamente entendí que no se

refería al vanidoso edificio con una cúpula, que está en el fondo de una avenida poblada

de españoles, sino a algo más secreto y más importante. La gente hablaba del Congreso,

algunos con abierta sorna, otros bajando la voz, otros con alarma o curiosidad; todos,

creo, con ignorancia. Al cabo de unos sábados, Irala me convidó a acompañarlo. Ya

había cumplido, me confió, con los trámites necesarios.

Serían las nueve o diez de la noche. En el tranvía me dijo que las reuniones preliminares

tenían lugar los sábados y que don Alejandro Glencoe, tal vez movido por mi nombre,

ya había dado su firma. Entramos en la Confitería del Gas. Los congresales, que serían

quince o veinte, rodeaban una mesa larga; no sé si había un estrado o si la memoria lo

agrega. Reconocí en el acto al presidente, que no había visto nunca. Don Alejandro era

un señor de aire digno, ya entrado en años, con la frente despejada, los ojos grises y una

canosa barba rojiza. Siempre lo vi de levita oscura; solía apoyar en el bastón las manos

cruzadas. Era robusto y alto. A su izquierda había un hombre mucho más joven,

también de pelo rojo; su violento color sugería el fuego y el de la barba del señor

Glencoe, las hojas del otoño. A la derecha había un muchacho de cara larga y de frente

singularmente baja, trajeado como un dandy. Todos habían pedido café y uno que otro,

ajenjo. Lo que primero despertó mi atención fue la presencia de una mujer, sola entre

tantos hombres. En la otra punta de la mesa había un niño de diez años, vestido de

marinero, que no tardó en quedarse dormido. Había también un pastor protestante, dos

inequívocos judíos y un negro con pañuelo de seda y la ropa muy ajustada, a la manera

de los compadritos de las esquinas. Ante el negro y el niño había dos tazas de chocolate.

No recuerdo a los otros, salvo a un señor Marcelo del Mazo, hombre de suma cortesía y

de fino diálogo, que no volví a ver más. Conservo una borrosa y deficiente fotografía de

una de las reuniones, que no publicaré, porque la indumentaria de la época, las melenas

y los bigotes, le darían un aire burlesco y hasta menesteroso, que falsearía la escena.

Todas las agrupaciones tienden a crear su dialecto y sus ritos; el Congreso, que siempre

tuvo para mí algo de sueño, parecía querer que los congresales fueran descubriendo sin

prisa el fin que buscaba y aun los nombres y apellidos de sus colegas. No tardé en

comprender que mi obligación era no hacer preguntas y me abstuve de interrogar a

Fernández Irala, que tampoco me dijo nada. No falté un solo sábado, pero pasaron uno o

dos meses antes que yo entendiera. Desde la segunda reunión, mi vecino fue Donald

Wren, un ingeniero del Ferrocarril Sud, que me daría lecciones de inglés.

Don Alejandro hablaba muy poco; los otros no se dirigían a él, pero sentí que hablaban

para él y que buscaban su aprobación. Bastaba un ademán de la lenta mano para que el

tema del debate cambiara. Fui descubriendo poco a poco que el rojizo hombre de la

izquierda tenía el curioso nombre de Twirl. Recuerdo su aire frágil, que es atributo de

ciertas personas muy altas, como si la estatura les diera vértigo y los hiciera abovedarse.

Sus manos, lo recuerdo, solían jugar con una brújula de cobre, que a ratos dejaba en la

mesa. A fines de 1914, murió como soldado de infantería en un regimiento irlandés. El

que siempre ocupaba la derecha era el joven de frente baja, Fermín Eguren, sobrino del

presidente. Descreo de los métodos del realismo, género artificial si los hay; prefiero

revelar de una buena vez lo que comprendí gradualmente. Antes, quiero recordar al

lector mi situación de entonces: yo era un pobre muchacho de Casilda, hijo de

chacareros, que había llegado a Buenos Aires y que de pronto se encontraba, así la sentí,

en el íntimo centro de Buenos Aires y tal vez, quién sabe, del mundo. Medio siglo ha

pasado y sigo sintiendo aquel deslumbramiento inicial, que ciertamente no fue el

último.

He aquí los hechos; los narraré con toda brevedad. Don Alejandro Glencoe, el

presidente, era un estanciero oriental, dueño de un establecimiento de campo que

lindaba con el Brasil. Su padre, oriundo de Aberdeen, se había fijado en este continente

al promediar el siglo anterior. Trajo consigo unos cien libros, los únicos, me atrevo a

afirmar, que don Alejandro leyó en el decurso de su vida. (Hablo de estos libros

heterogéneos, que he tenido en las manos, porque en uno de ellos está la raíz de mi

historia.) El primer Glencoe, al morir, dejó una hija y un hijo, que sería después nuestro

presidente. La hija se casó con un Eguren y fue la madre de Fermín. Don Alejandro

aspiró alguna vez a ser diputado, pero los jefes políticos le cerraron las puertas del

Congreso del Uruguay. El hombre se enconó y resolvió fundar otro Congreso de más

vastos alcances. Recordó haber leído en una de las volcánicas páginas de Carlyle el

destino de aquel Anacharsis Cloots, devoto de la diosa Razón, que a la cabeza de treinta

y seis extranjeros habló como "orador del género humano" ante una asamblea de París.

Movido por su ejemplo, don Alejandro concibió el propósito de organizar un Congreso

del Mundo que representaría a todos los hombres de todas las naciones. El centro de las

reuniones preliminares era la Confitería del Gas; el acto de apertura, para el cual se

había previsto un plazo de cuatro años, tendría su sede en el establecimiento de don

Alejandro. Éste, que como tantos orientales, no era partidario de Artigas, quería a

Buenos Aires, pero había resuelto que el Congreso se reuniera en su patria.

Curiosamente, el plazo original se cumpliría con una precisión casi mágica.

Al principio cobrábamos nuestras dietas, que no eran deleznables, pero el fervor que a

todos nos encendía hizo que Fernández Irala, que era tan pobre como yo, renunciara a la

suya y lo mismo hicimos los otros. Esa medida fue benéfica, ya que sirvió para separar

la mies del rastrojo; el número de congresales disminuyó y sólo quedamos los fieles. El

único cargo rentado fue el de la Secretaria, Nora Erfjord, que carecía de otros medios de

vida y cuya labor era abrumadora. Organizar una entidad que abarca el planeta no es

una empresa baladí. Las cartas iban y venían y asimismo los telegramas. Llegaban

adhesiones del Perú, de Dinamarca y del Indostán. Un boliviano señaló que su patria

carecía de todo acceso al mar y que esa lamentable carencia debería ser el tema de uno

de los primeros debates.

Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de

índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como

fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante

siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro

Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a

los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están

sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las

noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para

representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelandia?

Fue entonces, creo, que Fermín intervino.

—Ferri está en representación de los gringos —dijo con una carcajada.

Don Alejandro lo miró con severidad y dijo sin apuro:

—El señor Ferri está en representación de los emigrantes, cuya labor está levantando el

país.

Nunca Fermín Eguren me pudo ver. Ejercía diversas soberbias: la de ser oriental, la de

ser criollo, la de atraer a todas las mujeres, la de haber elegido un sastre costoso y,

nunca sabré por qué, la de su estirpe vasca, gente que al margen de la historia no ha

hecho otra cosa que ordeñar vacas.

Un incidente de lo más trivial selló nuestras enemistades. Después de una sesión,

Eguren propuso que fuéramos a la calle Junín. El proyecto no me atraía, pero acepté,

para no exponerme a sus burlas. Fuimos con Fernández Irala. Al salir de la casa, nos

cruzamos con un hombre grandote. Eguren, que estaría un poco bebido, le dio un

empujón. El otro nos cerró el camino y nos dijo:

—El que quiera salir va a tener que pasar por este cuchillo.

Recuerdo el brillo del acero en la oscuridad del zaguán. Eguren se echó atrás, aterrado.

Yo no las tenía todas conmigo, pero mi odio pudo más que mi susto. Me llevé la mano a

la sisa, como para sacar un arma, y dije con voz firme:

—Esto lo vamos a arreglar en la calle.

El desconocido me respondió, ya con otra voz:

—Así me gustan los hombres. Yo quería probarlos, amigo.

Ahora reía afablemente.

—Lo de amigo corre por cuenta suya —le repliqué y salimos.

El hombre del cuchillo entró en el prostíbulo. Me dijeron después que se llamaba Tapia

o Paredes o algo por el estilo y que tenía fama de pendenciero. Ya en la vereda, Irala,

que se había mantenido sereno, me palmeó y declaró con énfasis:

—Entre los tres había un mosquetero. ¡Salve, d'Artagnan!

Fermín Eguren nunca me perdonó haber sido testigo de su aflojada.

Siento que ahora, y sólo ahora, empieza la historia. Las páginas ya escritas no han

registrado más que las condiciones que el azar o el destino requería para que ocurriera el

hecho increíble, acaso el único de toda mi vida. Don Alejandro Glencoe era siempre el

centro de la trama, pero gradualmente sentimos, no sin algún asombro y alarma, que el

verdadero presidente era Twirl. Este singular personaje de bigote fulgente adulaba a

Glencoe y aun a Fermín Eguren, pero de un modo tan exagerado que podía pasar por

una burla y no comprometía su dignidad. Glencoe tenía la soberbia de su vasta fortuna;

Twirl adivinó que, para imponerle un proyecto, bastaba sugerir que su costo era

demasiado oneroso. Al principio, el Congreso no había sido más, lo sospecho, que un

vago nombre; Twirl proponía continuas ampliaciones, que don Alejandro siempre

aceptaba. Era como estar en el centro de un círculo creciente, que se agranda sin fin,

alejándose. Declaró, por ejemplo, que el Congreso no podía prescindir de una biblioteca

de libros de consulta; Nierenstein, que trabajaba en una librería, fue consiguiéndonos

los atlas de Justus Perthes y diversas y extensas enciclopedias, desde la Historia

naturalis de Plinio y el Speculum de Beauvais hasta los gratos laberintos (releo estas palabras con la voz de Fernández Irala) de los ilustres enciclopedistas franceses, de la

Britannica, de Pierre Larousse, de Brockhaus, de Larsen y de Montaner y Simón.

Recuerdo haber acariciado con reverencia los sedosos volúmenes de cierta enciclopedia

china, cuyos bien pincelados caracteres me parecieron más misteriosos que las manchas

de la piel de un leopardo. No diré todavía el fin que tuvieron y que por cierto no

lamento.

Don Alejandro nos había tomado cariño a Fernández Irala y a mí, tal vez porque éramos

los únicos que no trataban de halagarlo. Nos convidó a pasar unos días en la estancia La

Caledonia, donde ya estaban trabajando los peones albañiles.

Al cabo de una larga navegación, río arriba, y de una travesía en balsa, pisamos la otra

banda, un amanecer. Después tuvimos que hacer noche en pulperías menesterosas y que

abrir y cerrar muchas tranqueras en la Cuchilla Negra. Íbamos en una volanta; el campo

me pareció más grande y más solo que el de la chacra en que nací.

Conservo aún mis dos imágenes de la estancia: la que yo había previsto y la que mis

ojos vieron al fin. Absurdamente yo me había figurado, como en un sueño, una

combinación imposible de la llanura santafesina y del Palacio de las Aguas Corrientes;

La Caledonia era una casa larga, de adobe, con el techo de paja a dos aguas y con un

corredor de ladrillo. Me pareció construida para el rigor y para el largo tiempo. Casi una

vara de espesor tenían los toscos muros y las puertas eran angostas. A nadie se le había

ocurrido plantar un árbol. El primer sol y el último la golpeaban. Los corrales eran de

piedra; la hacienda era numerosa, flaca y guampuda; las colas arremolinadas de los

caballos alcanzaban al suelo. Por primera vez conocí el sabor del animal recién

carneado. Trajeron unas bolsas de galleta; el capataz me dijo, días después, que no había

probado pan en su vida. Irala preguntó dónde estaba el baño; don Alejandro, con un

vasto ademán, le mostró el continente. La noche era de luna; salí a dar una vuelta y lo

sorprendí, vigilado por un ñandú.

El calor, que no había mitigado la noche, era insoportable y todos ponderaban el fresco.

Las piezas eran bajas y muchas y me parecieron desmanteladas; nos destinaron una que

daba al sur, en la que había dos catres y una cómoda, con la palangana y la jarra que

eran de plata. El piso era de tierra.

Al día siguiente di con la biblioteca y con los volúmenes de Carlyle y busqué las

páginas consagradas al orador del género humano, Anacharsis Cloots, que me había

conducido a aquella mañana y a aquella soledad. Después del desayuno, idéntico a la

comida, don Alejandro nos mostró los trabajos. Hicimos una legua a caballo, entre los

descampados. Irala, cuya equitación era temerosa, sufrió un percance; el capataz

observó sin una sonrisa:

—El porteño sabe apearse muy bien.

Desde lejos vimos la obra. Una veintena de hombres había erigido una suerte de

anfiteatro despedazado. Recuerdo unos andamios y unas gradas que dejaban entrever

espacios de cielo.

Más de una vez traté de conversar con los gauchos, pero mi empeño fracasó. De algún

modo sabían que eran distintos. Para entenderse entre ellos, usaban parcamente un

gangoso español abrasilerado. Sin duda por sus venas corrían sangre india y sangre

negra. Eran fuertes y bajos; en La Caledonia yo era un hombre alto, cosa que no me

había sucedido hasta entonces. Casi todos usaban chiripá y uno que otro, bombacha.

Poco o nada tenían en común con los dolientes personajes de Hernández o de Rafael

Obligado. Bajo el estímulo del alcohol de los sábados, eran fácilmente violentos. No

había una mujer y jamás oí una guitarra.

Más que los hombres de esa frontera me interesó el cambio total que se había operado

en don Alejandro. En Buenos Aires, era un señor afable y medido; en La Caledonia, el

severo jefe de un clan, como sus mayores. Los domingos por la mañana les leía la

Sagrada Escritura a los peones, que no entendían una sola palabra. Una noche, el

capataz, un muchacho joven, que había heredado el cargo de su padre, nos avisó que un

agregado y un peón se habían trabado a puñaladas. Don Alejandro se levantó sin mayor

apuro. Llegó a la rueda, se quitó el arma que solía cargar, se la dio al capataz, que me

pareció acobardado, y se abrió camino entre los aceros. Oí en seguida la orden:

—Suelten el cuchillo, muchachos.

Con la misma voz tranquila agregó:

—Ahora se dan la mano y se portan bien. No quiero barullos aquí.

Los dos obedecieron. Al otro día supe que don Alejandro lo había despedido al capataz.

Sentí que la soledad me cercaba. Temí no volver nunca a Buenos Aires. No sé si

Fernández Irala compartió ese temor, pero hablábamos mucho de la Argentina y de lo

que haríamos a la vuelta. Extrañaba los leones de un portón de la calle Jujuy, cerca de la

plaza del Once, o la luz de cierto almacén de imprecisa topografía, no los lugares

habituales. Siempre fui buen jinete; me habitué a salir a caballo y a recorrer largas

distancias. Todavía me acuerdo de aquel moro que yo solía ensillar y que ya habrá

muerto. Acaso alguna tarde o alguna noche estuve en el Brasil, porque la frontera no era

otra cosa que una línea trazada por mojones.

Había aprendido a no contar los días cuando, al cabo de un día como los otros, don

Alejandro nos advirtió:

—Ahora nos vamos a acostar. Mañana salimos con la fresca.

Ya río abajo me sentí tan feliz que pude pensar con cariño en La Caledonia.

Reanudamos la reunión de los sábados. En la primera, Twirl pidió la palabra. Dijo, con

las habituales flores retóricas, que la biblioteca del Congreso del Mundo no podía

reducirse a libros de consulta y que las obras clásicas de todas las naciones y lenguas

eran un verdadero testimonio que no podíamos ignorar sin peligro. La ponencia fue

aprobada en el acto; Fernández Irala y el doctor Cruz, que era profesor de latín,

aceptaron la misión de elegir los textos necesarios. Twirl ya había hablado del asunto

con Nierenstein.

En aquel tiempo no había un solo argentino cuya Utopía no fuera la ciudad de París.

Quizá el más impaciente de nosotros era Fermín Eguren: lo seguía Fernández Irala, por

razones harto distintas. Para el poeta de Los mármoles, París era Verlaine y Leconte de Lisle; para Eguren, una continuación mejorada de la calle Junín. Se había entendido, lo

sospecho, con Twirl. Éste, en otra reunión, discutió el idioma que usarían los

congresales y la conveniencia de que dos delegados fueran a Londres y a París, a

documentarse. Para fingir imparcialidad, propuso primero mi nombre y, tras una ligera

vacilación, el de su amigo Eguren. Don Alejandro, como siempre, asintió.

Creo haber escrito que Wren, a cambio de unas clases de italiano, me había iniciado en

el estudio del infinito idioma inglés. Prescindió, en lo posible, de la gramática y de las

oraciones fabricadas para el aprendizaje y entramos directamente en la poesía, cuyas

formas exigen la brevedad. Mi primer contacto con el lenguaje que poblaría mi vida fue

el valeroso Requiem de Stevenson; después vinieron las baladas que Percy reveló al decoroso siglo dieciocho. Poco antes de partir para Londres conocí el deslumbramiento

de Swinburne, que me llevó a dudar, como quien comete una culpa, de la eminencia de

los alejandrinos de Irala.

Arribé a Londres a principios de enero del novecientos dos; recuerdo la caricia de la

nieve, que yo nunca había visto y que agradecí. Felizmente, no me tocó viajar con

Eguren. Me hospedé en una módica pensión a espaldas del Museo Británico, a cuya

biblioteca concurría de mañana y de tarde, en busca de un idioma que fuera digno del

Congreso del Mundo. No descuidé las lenguas universales; me asomé al esperanto —

que el Lunario sentimental califica de "equitativo, simple y económico"— y al Volapük, que quiere explorar todas las posibilidades lingüísticas, declinando los verbos y

conjugando los sustantivos. Consideré los argumentos en pro y en contra de resucitar el

latín, cuya nostalgia no ha cesado de perdurar al cabo de los siglos. Me demoré

asimismo en el examen del idioma analítico de John Wilkins, donde la definición de

cada palabra está en las letras que la forman. Fue bajo la alta cúpula de la sala que

conocí a Beatriz.

Ésta es la historia general del Congreso del Mundo, no la de Alejandro Ferri, la mía,

pero la primera abarca a la última, como a todas las otras. Beatriz era alta, esbelta, de

rasgos puros y de una cabellera bermeja que pudo haberme recordado y nunca lo hizo la

del oblicuo Twirl. No había cumplido los veinte años. Había dejado uno de los

condados del norte para ser alumna de letras de la universidad. Su origen, como el mío,

era humilde. Ser de cepa italiana en Buenos Aires era aún desdoroso; en Londres

descubrí que para muchos era un atributo romántico. Pocas tardes tardamos en ser

amantes; le pedí que se casara conmigo, pero Beatriz Frost, como Nora Erfjord, era

devota de la fe predicada por Ibsen y no quería atarse a nadie. De su boca nació la

palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el

amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que

cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos

perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo

contemplándola.

En la áspera frontera del Brasil me había acosado la nostalgia; no así en el rojo laberinto de Londres, que me dio tantas cosas. A pesar de los pretextos que urdí para demorar la

partida, tuve que volver a fin de año; celebramos juntos la Navidad. Le prometí que don

Alejandro la invitaría a formar parte del Congreso; me replicó, de un modo vago, que le

interesaría visitar el hemisferio austral y que un primo suyo, dentista, se había radicado

en Tasmania. Beatriz no quiso ver el barco; la despedida, a su entender, era un énfasis,

una insensata fiesta de la desdicha, y ella detestaba los énfasis. Nos dijimos adiós en la

biblioteca donde nos conocimos en otro invierno. Soy un hombre cobarde; no le dejé mi

dirección, para eludir la angustia de esperar cartas.

He notado que los viajes de vuelta duran menos que los de ida, pero la travesía del

Atlántico, pesada de recuerdos y de zozobras, me pareció muy larga. Nada me dolía

tanto como pensar que paralelamente a mi vida Beatriz iría viviendo la suya, minuto por

minuto y noche por noche. Escribí una carta de muchas páginas, que rompí al zarpar de

Montevideo. Arribé a la patria un día jueves; Irala me esperaba en la dársena. Volví a

mi antiguo alojamiento en la calle Chile; aquel día y el otro los pasamos hablando y

caminando. Yo quería recobrar a Buenos Aires. Fue un alivio saber que Fermín Eguren

seguía en París; el hecho de haber regresado antes que él atenuaría de algún modo mi

larga ausencia.

Irala estaba descorazonado. Fermín dilapidaba en Europa sumas desaforadas y había

desacatado más de una vez la orden de volver inmediatamente. Esto era previsible. Más

me inquietaron otras noticias; Twirl, pese a la oposición de Irala y de Cruz, había

invocado a Plinio el Joven, según el cual no hay libro tan malo que no encierre algo

bueno, y había propuesto la compra indiscriminada de colecciones de La Prensa, de tres mil cuatrocientos ejemplares de Don Quijote, en diversos formatos, del epistolario de Balmes, de tesis universitarias, de cuentas, de boletines y de programas de teatro. Todo

es un testimonio, había dicho. Nierenstein lo apoyó; don Alejandro, "al cabo de tres

sábados sonoros", aprobó la moción. Nora Erfjord había renunciado a su cargo de

secretaria; la reemplazaba un socio nuevo, Karlinski, que era un instrumento de Twirl.

Los desmesurados paquetes iban apilándose ahora, sin catálogo ni fichero, en las

habitaciones del fondo y en la bodega del caserón de don Alejandro. A principios de

julio, Irala había pasado una semana en La Caledonia; los albañiles habían interrumpido

el trabajo. El capataz, interrogado, explicó que así lo había dispuesto el patrón y que al

tiempo lo que le está sobrando son días.

En Londres yo había redactado un informe, que no es del caso recordar; el viernes, fui a

saludar a don Alejandro y a entregarle mi texto. Me acompañó Fernández Irala. Era la

hora de la tarde y en la casa entraba el pampero. Frente al portón de la calle Alsina

esperaba un carro con tres caballos. Me acuerdo de hombres encorvados que iban

descargando sus fardos en el último patio; Twirl, imperioso, les daba órdenes. Ahí

estaban también, como si presintieran algo, Nora Erfjord y Nierenstein y Cruz y Donald

Wren y uno o dos congresales más. Nora me abrazó y me besó y aquel abrazo y aquel

beso me recordaron otros. El negro, bonachón y feliz, me besó la mano.

En uno de los cuartos estaba abierta la cuadrada trampa del sótano; unos escalones de

material se perdían en la sombra.

Bruscamente oímos los pasos. Antes de verlo, supe que era don Alejandro el que

entraba. Casi como si corriera, llegó.

Su voz era distinta; no era la del pausado señor que presidía nuestros sábados ni la del

estanciero feudal que prohibía un duelo a cuchillo y que predicaba a sus gauchos la

palabra de Dios, pero se parecía más a la última.

Sin mirar a nadie, mandó:

—Vayan sacando todo lo amontonado ahí abajo. Que no quede un libro en el sótano.

La tarea duró casi una hora. Acumulamos en el patio de tierra una pila más alta que los

más altos. Todos íbamos y veníamos; el único que no se movió fue don Alejandro.

Después vino la orden:

—Ahora le prenden fuego a estos bultos.

Twirl estaba muy pálido. Nierenstein acertó a murmurar:

—El Congreso del Mundo no puede prescindir de esos auxiliares preciosos que he

seleccionado con tanto amor.

—¿El Congreso del Mundo? —dijo don Alejandro. Se rió con sorna y yo nunca lo había

oído reír.

Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y

los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor

a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron,

blancas sobre la tierra. Nora Erfjord, que profesaba por don Alejandro ese amor que las

mujeres jóvenes suelen profesar por los hombres viejos, dijo sin entender:

—Don Alejandro sabe lo que hace.

Irala, fiel a la literatura, intentó una frase:

—Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría.

Luego nos llegó la revelación:

—Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos

acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es unos cuantos

charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del

Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo.

No hay un lugar en que no esté. El Congreso es los libros que hemos quemado. El

Congreso es los caledonios que derrotaron a las legiones de los Césares. El Congreso es

Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que

malgasta mi hacienda con las rameras.

No pude contenerme y lo interrumpí:

—Don Alejandro, yo también soy culpable. Yo tenía concluido el informe, que aquí le

traigo, y seguía demorándome en Inglaterra y tirando su plata, por el amor de una mujer.

Don Alejandro continuó:

—Ya me lo suponía, Ferri. El Congreso es mis toros. El Congreso es los toros que he

vendido y las leguas de campo que no son mías.

Una voz consternada se elevó; era la de Twirl.

—¿No va a decirnos que ha vendido La Caledonia?

Don Alejandro contestó sin apuro:

—Sí, la he vendido. Ya no me queda un palmo de tierra, pero mi ruina no me duele,

porque ahora entiendo. Tal vez no nos veremos más, porque el Congreso no nos precisa,

pero esta última noche saldremos todos a mirar el Congreso.

Estaba ebrio de victoria. Nos inundaron su firmeza y su fe. Nadie ni por un segundo

pensó que estuviera loco.

En la plaza tomamos un coche abierto. Yo me acomodé en el pescante, junto al cochero,

y don Alejandro ordenó:

—Maestro, vamos a recorrer la ciudad. Llévenos donde quiera.

El negro, encaramado en un estribo, no cesaba de sonreír. Nunca sabré si entendió algo.

Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida. La que ahora quiero

historiar es mía solamente; quienes la compartieron han muerto. Los místicos invocan

una rosa, un beso, un pájaro que es todos los pájaros, un sol que es todas las estrellas y

el sol, un cántaro de vino, un jardín o el acto sexual. De esas metáforas ninguna me

sirve para esa larga noche de júbilo, que nos dejó, cansados y felices, en los linderos de

la aurora. Casi no hablamos, mientras las ruedas y los cascos retumbaban sobre las

piedras. Antes del alba, cerca de un agua oscura y humilde, que era tal vez el

Maldonado o tal vez el Riachuelo, la alta voz de Nora Erfjord entonó la balada de

Patrick Spens y don Alejandro coreó uno que otro verso en voz baja, desafinadamente.

Las palabras inglesas no me trajeron la imagen de Beatriz. A mis espaldas Twirl

murmuró:

—He querido hacer el mal y hago el bien.

Algo de lo que entrevimos perdura —el rojizo paredón de la Recoleta, el amarillo

paredón de la cárcel, una pareja de hombres bailando en una esquina sin ochava, un

atrio ajedrezado con una verja, las barreras del tren, mi casa, un mercado, la insondable

y húmeda noche— pero ninguna de esas cosas fugaces, que acaso fueron otras, importa.

Importa haber sentido que nuestro plan, del cual más de una vez nos burlamos, existía

realmente y secretamente y era el universo y nosotros. Sin mayor esperanza, he buscado

a lo largo de los años el sabor de esa noche; alguna vez creí recuperarla en la música, en

el amor, en la incierta memoria, pero no ha vuelto, salvo una sola madrugada, en un

sueño. Cuando juramos no decir nada a nadie ya era la mañana del sábado.

No los volví a ver más, salvo a Irala. No comentamos nunca la historia; cualquier

palabra nuestra hubiera sido una profanación. En 1914, don Alejandro Glencoe murió y

fue sepultado en Montevideo. Irala ya había muerto el año anterior.

Con Nierenstein me crucé una vez en la calle Lima y fingimos no habernos visto.

There Are More Things

A la memoria de Howard P. Lovecraft

A punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi

tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente.

Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos

hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que

conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin

invocar un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la

Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para

iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para las paradojas

eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere demostrar la

realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir mediante

complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y pirámides que

erigimos en el piso del escritorio.

Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el Ferrocarril decidió

establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la

cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo

Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la

manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o, mejor dicho,

agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de

Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía

un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Johnson en memoria de

Lichfield, su lejano pueblo natal.

La Casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos.

Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de

azoteas había tejados de pizarra a dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que

parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades

como se aceptan esas cosas incompatibles que sólo por razón de coexistir llevan el

nombre de universo.

Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un

forastero, Max Preetorius, que abonó el doble de la suma ofrecida por el mejor postor.

Firmada la escritura, llegó al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no

lejos del Camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres

de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran

esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones,

que éste rechazó con indignación. Ulteriormente, una empresa de la Capital se encargó

de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un

tal Mariani, de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante

una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche

que se instaló en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron,

pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el

ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias.

Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.

Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Sé que mi rasgo más notorio es la

curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí,

sólo para saber quién era y cómo era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del

láudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a

referir. Fatalmente decidí indagar el asunto.

Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una

flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba

era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi

tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor

William Morris.

El diálogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante,

que el cargado té de Ceylán y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y enmantecaba como si yo aún fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista,

dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un

largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario.

Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir

habló.

—Muchacho (Young man) — dijo—, usted no se ha costeado hasta aquí para que

hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita

el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también.

Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho.

Al rato, prosiguió sin premura:

—Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura

párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían

bien mi trabajo. Les contesté en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo

cometer la abominación de erigir altares para ídolos.

Aquí se detuvo.

—¿Eso es todo? —me atreví a preguntar.

—No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar

pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.

Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie.

Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se

conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron

los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén más o menos apócrifos y

brutales, pero me resigné y acepté. Era casi de noche. Al divisar desde unas cuadras la

Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió. Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la

que yo esperaba.

—Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel

mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches

pasadas, yo venía de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me

espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento.

Lo que vi no era para menos.

Muy enojado, agregó una mala palabra.

Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que

no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era

un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No

había ni puertas ni ventanas, pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas.

Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el

monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el

cuerpo humano, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?

Esa tarde pasé frente a la Casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrotes

retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa

hondura y los bordes estaban pisoteados.

Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no sólo por sentirla del todo

vana, sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.

Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y

rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me bastó verlo para descartar las

estratagemas que había urdido la víspera. Le entregué mi tarjeta, que deletreó

pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor. Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por él para la propiedad que fue de mi tío, en

Turdera. El hombre habló y habló. No trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas

palabras, pero me declaró que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por

estrafalarias que fueran, y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de

hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el

elusivo Preetorius. (Sin duda me tomó por un abogado.) Al despedirnos, me confió que

por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa.

Agregó que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius

estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.

Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.

Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del

ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones

resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo

rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la Casa Colorada.

Algunas veces divisé arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el

diecinueve de enero.

Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no sólo maltratado y

ultrajado por el verano, sino hasta envilecido. Serían las once de la noche cuando se

desplomó la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando

un árbol. A la brusca luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si

con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado

por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba

a medio abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.

Adentro habían levantado las baldosas y pisé pasto desgreñado. Un olor dulce y

nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no sé muy bien, tropecé con

una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave

de la luz.

El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared medianera,

una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos,

porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré.

Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus

articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un

vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el

mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez

lo entenderíamos.

Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura

humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí

una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no

pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era

comprensible y de algún modo me alivió. Apagué la luz y aguardé un tiempo en la

oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me

perturbaba. Al fin me decidí.

Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla

que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos

o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria,

muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el

lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la

de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y

olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía

en la tiniebla superior.

¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que

él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué

antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y

esta precisa noche?

Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con

asombro que eran casi las dos. Dejé la luz prendida y acometí cautelosamente el

descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes que el habitante

volviera. Conjeturé que no había cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.

Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por

la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los

ojos.

La Secta de los Treinta

El manuscrito original puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Leiden;

está en latín, pero algún helenismo justifica la conjetura de que fue vertido del griego.

Según Leisegang, data del siglo cuarto de la era cristiana. Gibbon lo menciona, al pasar,

en una de las notas del capítulo decimoquinto de su Decline and Fall. Reza el autor anónimo:

"... La Secta nunca fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos. Diezmados por el

hierro y por el fuego duermen a la vera de los caminos o en las ruinas que ha perdonado

la guerra, ya que les está vedado construir viviendas. Suelen andar desnudos. Los

hechos registrados por mi pluma son del conocimiento de todos; mi propósito actual es

dejar escrito lo que me ha sido dado descubrir sobre su doctrina y sus hábitos. He

discutido largamente con sus maestros y no he logrado convertirlos a la Fe del Señor.

»Lo primero que atrajo mi atención fue la diversidad de sus pareceres en lo que

concierne a los muertos. Los más indoctos entienden que los espíritus de quienes han

dejado esta vida se encargan de enterrarlos; otros, que no se atienen a la letra, declaran

que la amonestación de Jesús: Deja que los muertos entierren a sus muertos, condena la pomposa vanidad de nuestros ritos funerarios.

»El consejo de vender lo que se posee y de darlo a los pobres es acatado rigurosamente

por todos; los primeros beneficiados lo dan a otros y éstos a otros. Ésta es explicación

suficiente de su indigencia y desnudez, que los avecina asimismo al estado paradisíaco.

Repiten con fervor las palabras: Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, que ni tienen cillero, ni alfolí; y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves? El texto proscribe el ahorro: Si así viste Dios a la hierba, que hoy está en el campo, y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe?

Vosotros, pues, no procuréis qué hayáis de comer, o qué hayáis de beber; ni estéis en

ansiosa perplejidad.

»El dictamen Quien mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón

es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan

que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla,

todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos

pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.

»La Secta elude las iglesias; sus doctores predican al aire libre, desde un cerro o un

muro o a veces desde un bote en la orilla.

»El nombre de la Secta ha suscitado tenaces conjeturas. Alguna quiere que nos dé la

cifra a que están reducidos los fieles, lo cual es irrisorio pero profético, porque la Secta, dada su perversa doctrina, está predestinada a la muerte. Otra lo deriva de la altura del

arca, que era de treinta codos; otra, que falsea la astronomía, del número de noches, que

son la suma de cada mes lunar; otra, del bautismo del Salvador; otra, de los años de

Adán, cuando surgió del polvo rojo. Todas son igualmente falsas. No menos mentiroso

es el catálogo de treinta divinidades o tronos, de los cuales uno es Abraxas, representado

con cabeza de gallo, brazos y torso de hombre y remate de enroscada serpiente.

»Sé la Verdad pero no puedo razonar la Verdad. El inapreciable don de comunicarla no

me ha sido otorgado. Que otros, más felices que yo, salven a los sectarios por la palabra.

Por la palabra o por el fuego. Más vale ser ejecutado que darse muerte. Me limitaré pues

a la exposición de la abominable herejía.

»El Verbo se hizo carne para ser hombre entre los hombres, que lo darían a la cruz y

serían redimidos por Él. Nació del vientre de una mujer del pueblo elegido no sólo para

predicar el Amor, sino para sufrir el martirio.

»Era preciso que las cosas fueran inolvidables. No bastaba la muerte de un ser humano

por el hierro o por la cicuta para herir la imaginación de los hombres hasta el fin de los

días. El Señor dispuso los hechos de manera patética. Tal es la explicación de la última

cena, de las palabras de Jesús que presagian la entrega, de la repetida señal a uno de los

discípulos, de la bendición del pan y del vino, de los juramentos de Pedro, de la solitaria vigilia en Gethsemaní, del sueño de los doce, de la plegaria humana del Hijo, del sudor

como sangre, de las espadas, del beso que traiciona, de Pilato que se lava las manos, de

la flagelación, del escarnio, de las espinas, de la púrpura y del cetro de caña, del vinagre con hiel, de la Cruz en lo alto de una colina, de la promesa al buen ladrón, de la tierra

que tiembla y de las tinieblas.

»La divina misericordia, a la que debo tantas mercedes me ha permitido descubrir la

auténtica y secreta razón del nombre de la Secta. En Kerioth, donde verosímilmente

nació, perdura un conventículo que se apoda de los Treinta Dineros. Ese nombre fue el

primitivo y nos da la clave. En la tragedia de la Cruz —lo escribo con debida

reverencia— hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles, todos

fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata,

involuntaria fue la plebe que eligió a Barrabás, involuntario fue el procurador de Judea,

involuntarios fueron los romanos que erigieron la Cruz de Su martirio y clavaron los

clavos y echaron suertes. Voluntarios sólo hubo dos: El Redentor y Judas. Éste arrojó

las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas e inmediatamente se

ahorcó. A la sazón contaba treinta y tres años, como el Hijo del Hombre. La Secta los

venera por igual y absuelve a los otros.

»No hay un solo culpable; no hay uno que no sea un ejecutor, a sabiendas o no, del plan

que trazó la Sabiduría. Todos comparten ahora la Gloria.

»Mi mano se resiste a escribir otra abominación. Los iniciados, al cumplir la edad

señalada, se hacen escarnecer y crucificar en lo alto de un monte, para seguir el ejemplo

de sus maestros. Esta violación criminal del quinto mandamiento debe ser reprimida con

el rigor que las leyes humanas y divinas han exigido siempre. Que las maldiciones del

Firmamento, que el odio de los ángeles..."

El fin del manuscrito no se ha encontrado.