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El Mito De Jesús, Arthur Drews

Título Original:

LE MYTHE DE JESUS

Año de la edición española: 1988

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ÍNDICE

PROLOGO DEL AUTOR

JESUS PRECRISTIANO

1.- La fe mesiánica bajo la influencia del parsismo.

2.- La idea Helenística del mediador (Philón).

3.- Jesús, Dios cultual de las sectas judías.

4.- Jesús de Nazaret y la idea de los sufrimientos del Mesías.

5.- La buena nueva.

NOTAS.

EL JESUS CRISTIANO

1.- El Jesús paulino.

a) Jesús y Pablo en los Hechos.

b) El problema de la autenticidad de las epístolas paulinas.

c) La cristología paulina.

d) La historicidad del Jesús paulino.

NOTAS

2.- Los testimonios profanos.

NOTAS.

3.- Jesús de los sinópticos.

4.- La génesis del Jesús evangélico.

5.- Palabras y carácter de Jesús.

6.- El Jesús joánico.

7.- Ultimas objeciones.

CONCLUSION

NOTAS.

BIBLIOGRAFIA

PROLOGO DEL AUTOR

Tengo el honor de presentar al lector mi obra titulada “El Mito de Jesús”, totalmente actualizada. Apenas se han conservado veinticinco páginas de la antigua edición; lo demás ha sido refundido, corregido, desarrollado, adaptado al estado actual de las investigaciones. Otra novedad que presenta este trabajo es que la segunda parte, aparecida en el año 1.911 y largamente agotada, ha sido incorporada a la presente edición, salvo lo que hace referencia a las discusiones a que dio origen la publicación de la primera parte.

Con mis otros escritos titulados: El Evangelio de Marcos,testigo contra la historicidad de Jesús (1.921), Los Astros en la Poesía y la Religión de los Antiguos y de los Primeros Cristianos, una Introducción a la Mitología Astral (1.923), El Gnosticismo padre del Cristianismo (1.924) y La Leyenda de Pedro, esta nueva edición del Mito de Jesús viene a cerrar el conjunto de mis estudios sobre el problema de Cristo. No creo que se me pueda reprochar el haber tratado este tema con ligereza.

En el caso de que algunas personas, sorprendidas por los resultados totalmente negativos de mis trabajos, reclamen la validez del mito desde el punto de vista religioso, debo limitarme a ofrecerles mi obra: Cómo Dios se realiza en la Religión. Examen Filosófico del Fenómeno Religioso (1.906), recomendándoles igualmente, el folleto: Religión Libre. Para servir al progreso del sentimiento religioso, pensamientos dedicados a quienes buscan a Dios (1.921). Les señalo estas dos obras, aun sabiendo que mis adversarios, los teólogos, aprovecharán esta indicación para reprocharme el que no he tocado el tema de la historicidad de Jesús sin prejuicios, pretextando que tengo un interés filosófico y religioso para negarla. Debo responderles, de todas las maneras, que en mi calidad de filósofo, mi único deseo e interés es servir a la verdad, y mi única esperanza es la de encontrarme con adversarios igual de sinceros.

Es suficiente lanzar una ojeada sobre las disputas suscitadas por el Mito de Jesús para darse cuenta de que mis adversarios carecen, algunos de las capacidades necesarias, otros de lealtad, y, lo más frecuente de las dos cosas a la vez, faltando la sinceridad en todos los casos. En el mundo científico jamás se vio una causa que fuese defendida con menos fundamentos que ésta, y que contara igualmente con argumentos tan falaces y ridículos.

Resulta evidente que los adversarios carecen totalmente de argumentos, y que aun los eruditos más autorizados están condicionados por la influencia de una perspectiva teológica: esta influencia teológica los ha deformado de tal modo el espíritu que ni siquiera son capaces de percibir la simple concatenación de los hechos. Actualmente los teólogos aparentan creer que el problema del Mito de Jesús ha sido solucionado, y que son ellos quienes han triunfado en la disputa. Hay que reconocer que gracias a sus métodos tácticos, a la influencia que ejercen sobre la prensa y a la estima en que son tenidos por el pueblo sencillo, han conseguido adormecer a la opinión pública y a desinteresar a sus seguidores acerca de esta cuestión, objetivo que ha sido fácilmente posible gracias a la guerra. Pero jamás podrán ilusionarse hasta este punto- todo ello sólo sirve para camuflar el problema.

Junto al prejuicio religioso secular está la inercia de las masas, su repugnancia a abandonar los métodos rutinarios del pensamiento inculcados desde su infancia y de reemplazarlos por métodos más complicados que imponen a la inteligencia un trabajo desacostumbrado, factores que favorecen a la parte contraria. Podemos peguntarnos:

¿quién, entre el público, conoce efectivamente los evangelios? ¿Quién tiene algo más de una vaga noción del contenido del Nuevo Testamento inculcada en su infancia, recuerdos de una instrucción religiosa que se confunde con el catecismo y reanimada, mal que bien, con algunos sermones? A los ojos de todos Jesús es simplemente el hombre ideal, del cual cada uno se hace una imagen adornándole con todo tipo de cualidades que nada tienen que ver con las que ofrecen los documentos conocidos. Pocas son las personas, fuera del limitado círculo de especialistas, que tienen conciencia de la complejidad de los problemas que plantea la lectura del Nuevo Testamento. En esta situación la Iglesia y todas sus sectas, sin excepción alguna, tienen el camino trillado para seguir imponiendo su punto de vista como el único posible y verdadero. Las palabras de Steudel son de un peso aplastante:

“Cuando no se puede alcanzar una verdad más que a través de la jungla de las ideas forjadas por una forma de pensamiento extraña a nosotros, y tras asimilar los elementos de una esfera de civilización largo tiempo desaparecida, esta verdad difícilmente puede llegar a ser popular, sobre todo si es necesario sacrificarle los prejuicios inveterados anclados en el corazón y que la colectividad ha cultivado cuidadosamente durante siglos. Este es el caso del problema de Jesús que, desde hace unos veinte años, se ha hecho actualidad”.

A pesar de todo, aun protestando contra el Mito de Jesús y despreciando esta obra, los teólogos han juzgado conveniente cambiar radicalmente la metodología de sus estudios sobre la vida de Jesús; han buscado argumentos nuevos en favor de su historicidad, y razones más ponderadas han venido a sustituir las antiguas declamaciones ditirámbicas de que hacían gala y consagraban a su héroe.

Algunos teólogos se lanzan en brazos de Rodolphe Steiner, suplicándole que presente por clarividencia las pruebas de la existencia de Jesús, sustituyendo al Jesús histórico de la pretendida teología critica por el Cristo cósmico de los antropósofos. Pero es evidente que la confianza ciega con la que se creía anteriormente en la historicidad de Jesús se ha resentido gravemente, y jamás volverá a aparecer. El teólogo Albert Schweitzer reconoce que “el fundamento histórico del cristianismo tal como ha sido propuesto por la teología racionalista, liberal y moderna, ya no existe”1. El suelo falla bajo el culto exaltado que el pueblo consagra a Jesús, y la teología liberal no se inspira ya en las fuentes de una idea propia con cierto valor religioso; vegeta únicamente gracias a la inercia y a la falta de reflexión de sus simpatizantes.

En el caso de que alguien se pregunte cómo puede explicarse la génesis del cristianismo con la carencia de Jesús histórico, debo remitirle a mi trabajo titulado El Gnosticismo Padre del Cristianismo.2. Es evidente que el problema puede resolverse igualmente y aun mejor si se descarta la hipótesis de la existencia histórica de Jesús. Una vez más se hace evidente el principio científico que prohíbe multiplicar inútilmente las hipótesis. El Jesús histórico hace el oficio de convidado de piedra, su hipótesis no explica nada, y lo único que en realidad origina es aumentar las dificultades de una manera intolerable.

Mientras tanto, el problema de la historicidad de Jesús ha entrado en una nueva fase gracias a los trabajos del teólogo Hermann Raschke, principalmente en El taller del Evangelista Marcos3. El autor parece haber encontrado finalmente la solución al problema de los orígenes del evangelio más antiguo: demuestra que es la obra de un gnóstico de la escuela de Marción, en oposición a la Iglesia oficial, en el caso de que no sea el mismísimo evangelio de Marción. Una nueva luz Ilumina los espisodios que lo constituyen, cuyo origen, como lo demuestra el autor, reside en juegos de palabras en lengua siriaca. Los temas que me había visto obligado a dejar en suspenso sobre los escritos de Marción, al intentar una explicación racional de ellos con la ayuda del Antiguo Testamento y de las aportaciones de la astronomía, reciben una solución más precisa. Resalta, además, que el evangelio de Marción, lejos de ser el trabajo de un escritor ingénuo, es el resultado complejo de tendencias y perspectivas diferentes, combinadas de manera artificiosa y equívoca.

Nada más instructivo que la demostración realizada por Raschke acerca de la diferencia fundamental que existe entre la antigua idea de realidad y la que nuestra época debe a su espíritu histórico, diferencia sobre la que yo mismo he insistido en diferentes ocasiones.

Cuando se tiene conciencia de esta diferencia se encuentra mucho más lógico, y uno acepta más fácilmente el carácter mítico de Jesús. En cualquier caso, nadie podrá acusar a la obra citada de diletantismo y puede esperarse racionalmente que ha de contribuir a sacudir la opinión general que acepta sin escrúpulos la historicidad de Jesús, colocándose simplemente en el punto de vista del pretendido sentido común, o enarbolando la exaltada fe del carbonero.

Arthur Drews

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1.- Geschíchte der LebenJesuforschung, 1.913, 2′ ed. p. 632.

2.- Díe Entstehung des Christentums aus dem Gnostizísmus, 1.924

3.- Die Werkstatt des Markuaevangelisten, 1.924.

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JESUS PRECRISTIANO

“Si encontráis a un hombre intrépido en los peligros, invencible en los placeres, dichoso en la adversidad, tranquilo en medio de la tempestad, que considera a los hombres muy inferiores a él, y a los dioses como compañeros de viaje, ¿sería tan difícil sentir cierta admiración por él? ¿No considerarían el fenómeno demasiado grande para una envoltura carnal? Una fuerza divina ha descendido del cielo hasta él, y una potencia celeste motiva a este alma que se desliza sobre las cosas considerándolas inferiores a ella, despreciando todo aquello que deseamos o tenemos. Una entidad tan grande no puede existir sin la ayuda de la divinidad. De aquí que debe ser considerada divina en aquellos elementos que no pueden ser considerados humanos al estar por encima de los hombres. De la misma manera que los rayos del sol tocan la tierra, pero no se desprenden de su punto de origen del cual son enviados, esta alma grande y santa, que nos ha sido enviada para enseñarnos las cosas divinas, se confunde entre nosotros, pero permanece unida a su punto de origen.

Desde allí desciende a nosotros, pero su objetivo es la Divinidad y a ella aspira. De todas maneras se ofrece a nosotros como el más preciado de todos los dones. Si me preguntáis qué es, debo responderos que se trata de un alma en quien la razón (logos) es perfecta.

Puesto que el hombre es un animal racional, y su destino se cumple precisamente cuando alcanza la finalidad para la que ha sido creado”. (1)

Con estas palabras el filósofo romano Séneca (4 a. a 65 d. C) nos pinta el retrato del hombre ideal, grande y bondadoso, que ofrece como ejemplo. “Es necesario, nos recuerda, proponerse como ejemplo algún hombre grande y bueno; tenerle delante de los ojos continuamente con el fin de vivir como si estuviera presente en todos los lugares; hacer las cosas como si él fuese nuestro testigo, ya que si, tenemos en cuenta que somos observados en nuestras acciones, jamás nos arriesgaremos a actuar deshonestamente. Es bueno que el espíritu tenga presente a una persona por la que se siente algún respeto y cuyo recuerdo pueda hacer de nuestras acciones, aun las más secretas, algo digno de alabanza. Dichosos aquellos que han encontrado a esa persona capaz de hacer que, a su recuerdo, las obras de sus manos sean dignas. Se necesita un modelo a seguir. Sin una regla, difícil es corregir lo que no está derecho (2). Entrad en los sentimientos de un hombre generoso. Separaos un poco de las opiniones bajas. Considerad la idea de que habéis de ser poseedores de una virtud tan magnífica en cuyo honor no hay que ofrecer un ramo de flores sino la sangre de nuestro cuerpo y el sudor de nuestra trabajo (3). ¡Qué no seríamos capaces de realizar si fuésemos dignos de empaparnos del alma de un hombre justo! Podríamos ver por un lado resplandecer la justicia, por otro la fuerza, en aquel punto la mesura y la prudencia.

Veríamos resurgir la humanidad, cualidad bastante rara en el hombre. Podríamos presenciar la gracia y la majestad en armonía. Si alguno tuviese la oportunidad de presenciar ese rostro divino, superior a todo cuanto existe en el universo, ¿no se detendría sorprendido y anonadado, suplicándole que le permitiera contemplar su faz y, arrastrado por sus anhelos, no terminaría adorándole? Y, tras haber contemplado largo tiempo su extraordinaria grandeza y sus ojos vivos de una dulzura acariciadora, ¿no terminaría diciéndole, con profundo respeto, estas palabras de nuestro inmortal Virgilio:

Quienquiera que sea, ¡salud! ¡Cura nuestros males! Todo el mundo, si pudiera verle, le amaría con pasión.

Porque esta visión es imposible ahora, ya que muchas cosas nos la impiden al cegamos o deslumbramos con su presencia. Pero del mismo modo en que podemos limpiar y purificar la vida del cuerpo con ciertos remedios, igualmente podemos purificar la vida del espíritu con el fin de que pueda reconocer la virtud oculta en el cuerpo y escondida bajo la pobreza, la corrupción y la infamia. Veremos, repito, la belleza de este alma a través de sus harapos” (4).

El estado de ánimo que reflejan estas líneas de Séneca era, al comienzo de nuestra era, muy común y estaba generalizado dentro del mundo conocido. El sentimiento de inseguridad de las cosas materiales oprimía, como una pesadilla, las almas angustiadas.

Los tiempos eran duros; los Estados Nacionales acababan de ser aplastados por el puño de hierro del conquistador romano; las perturbaciones políticas y sociales, las incesantes guerras, las pestes y el hambre que arrastraban en cortejo, todo, obligaba a los hombres a replegarse sobre sí mismos haciéndoles buscar, para consolarse de la pérdida de sus bienes materiales, el apoyo de una ideología que elevara y fortaleciera el alma. La religión antigua había cumplido su misión. La identificación ingénua de la naturaleza con el espíritu, esta confianza infantil en la realidad de las cosas visibles, expresión del vigor juvenil de los pueblos del Mediterráneo e inspiradora de las obras de arte de la civilización clásica, amenazaba ruina. A partir de entonces comenzó a verse en la naturaleza y en el espíritu dos principios antagónicos y radicalmente opuestos. Todas las tentativas de recuperar la antigua armonía fracasaban ante la imposibilidad de recuperar el estado de espíritu conveniente a este paraíso perdido. Un escepticismo estéril incapaz de dar ninguna satisfacción, pero del cual se buscaba, aunque en vano, la salida, paralizaban el esfuerzo de toda actividad exterior e intelectual, y despojaba a los hombres aun del gusto de la existencia. Miradas ávidas se lanzaron a la búsqueda de un apoyo sobrenatural, de una iluminación divina inmediata, de una revelación, y, para encontrar las certezas de la vida moral se sintió la necesidad de tomar como modelo un ser sobrenatural.

Este ser divino muchos lo encontraron en la persona augusta del emperador. No hay que pensar que fue siempre la adulación la que deificó a los emperadores y la que hizo que en todo el Imperio se extendiera su culto. Se trataba también de la expresión sincera de reconocimiento hacia el benefactor coronado, y la manifestación visible de la necesidad material de las cosas divinas. Un Augusto, que había puesto término a los horrores de las guerras civiles, podía encarnar muy bien la figura de Príncipe de la Paz, de un salvador que, en el momento crítico, llegaba para regenerar al mundo y hacer posible los días felices de la edad de oro. El había dado un sentido a la vida humana y una finalidad a la existencia. Soberano Pontífice de la religión oficial del Imperior Romano, centro donde convergían todos los hilos de la política universal, jefe supremo de un imperio como el mundo jamás había conocido, era natural que, a los ojos de todos apareciera como un dios, como el mismo Júpiter descendido sobre la tierra para habitar entre los hombres. “En fin, puede leerse sobre una inscripción que data, probablemente, del año 9 antes de nuestra era, han pasado los tiempos en que uno lamentaba el haber nacido. La Providencia que gobierna nuestra vida nos ha enviado a este hombre como Salvador, tanto a nosotros como a las generaciones futuras. Pondrá fin a toda hostilidad y restablecerá todas las cosas con poder y majestad. Con su llegada se cumplen las esperanzas de nuestros abuelos. Ha sobrepasado a todos los benefactores de la humanidad. Imposible será que, tras él, llegue alguien que pueda sobrepasarle. El día en que nació él, (el emperador-dios), tuvo lugar la escritura de los mensajes de salvación (los “evangelios’) que a él se refieren. Su nacimiento debe señalar el comienzo de una nueva era” (5).

Es evidente que las raíces que se encontraban en la base del culto al emperador respondían a la necesidad de un nuevo orden social, a un deseo de paz, de justicia y de dicha en la tierra. Pero los espíritus más profundos no aspiraban únicamente a una reforma de orden político y social, puesto que estaban angustiados por el pensamiento de la muerte y de la suerte reservada a su alma tras la separación de su envoltura carnal; estos espíritus temblaban al soñar en la catástrofe cósmica que creían inminente, y que pondría fin a todo lo que existía. En el comienzo de nuestra era este espíritu apocalíptico estaban tan extendido, que el mismo Séneca no pudo sustraerse a la idea de que el fin del mundo estaba próximo. A esta inquietud se unía un terror supersticioso a los malos espíritus que para nuestras mentes resulta difícil imaginar. En la historia muy raramente se ha sentido con tanta fuerza la necesidad religiosa como pudo sentirse en los últimos siglos antes y los primeros después de nuestra era. Pero ya no era de las antiguas religiones nacionales y tradicionales de las que se esperaba la salvación, no. La esperanza se tenía puesta en una mezcla de todas las religiones existentes, en el sincretismo religioso resultado del contacto de las religiones propias con los cultos extraños, pero llenos de encantos y atracción, que se importaban de Oriente. Todas las religiones conocidas se citaban en Roma; pero cada día nuevos cultos, cada vez más extraños y misteriosos, surgían en Oriente, Asia Menor, tierra fecunda en divinidades, para conquistar, en poco tiempo, un lugar de honor en Occidente.

Cuando el culto público de las divinidades oficiales y reconocidas no bastaba, se buscaba una satisfacción más profunda en las sociedades de misterios, muy numerosas en aquella época, o, entre amigos animados por el mismo sentimiento y agrupados en cofradías y comunidades privadas en donde se entregaban a la práctica de una vida religiosa individual, al margen de las religiones oficiales, y en el silencio de un culto clandestino (6).

1.- La fe mesiánica bajo la Influencia del parsismo.

En ninguna parte la sed de salvación era tan ardiente, en ningún lugar del mundo se creía con tanta firmeza en el inmediato fin del mundo, y en ningun punto del globo se le esperaba con tanta Impaciencia como entre los judíos.

Tras la cautividad de Babilonia (586 a 536 a. C) la antigua religión judía había sufrido una transformación profunda. Los Israelitas habían pasado cincuenta años en un país extranjero. Tras su retorno, permanecieron durante dos siglos bajo la dominación de los persas y, por lo mismo, en contacto directo y permanente con la política y la vida económica de los aqueménidas, manteniéndose este contacto aun después de que Alejandro el Grande hubiese masacrado el Reino Persa y sometido todo el Oriente a la influencia griega. Durante todo este largo periodo el pensamiento y las concepciones religiosas de los persas habían influido grandemente la ideología tradicional de los israelitas y dado origen al nacimiento de concepciones nuevas. Primeramente, el dualismo pronunciado de los persas había revestido de un barniz netamente dualista el pretendido monoteísmo de los israelitas. Dios y el mundo, que en el espíritu de los antiguos israelitas se confundían e identificaban en numerosos puntos, se habían separado y enfrentado.

Simultáneamente, el antiguo dios nacional Yahvé, antigua divinidad de la tempestad y del fuego, se había transformado, bajo la influencia del dios parsista Ahuramazda (Ormuz), convirtiéndose en un dios de santidad transcendente: sentado como él en un trono de luz, en el dichoso más-allá, fuente de vida, dios viviente. que se revelaba a sus criaturas terrestres por medio de infinidad de intermediarios, ángeles y mensajeros celestes que.

para cumplir sus órdenes, no dejan de subir y bajar entre el cielo y la tierra. Y, de la misma manera en que entre los persas el bueno de Ahuramazda tiene por antagonista al malo Angromainyu (Ahrimann), y que los conflictos entre la luz y las tinieblas, la verdad y la mentira, la vida y la muerte son los resortes escondidos de todos los sucesos terrestres, los judíos atribuyeron a Satán el papel de adversario de dios, corruptor de la creación divina, de príncipe de este mundo y de jefe de los ejércitos infernales, que mide su fortaleza con la de Yahvé, rey de los cielos.

Entre los dos príncipes enfrentados, en medio del combate, se encontraba, entre los persas, Mithra, espíritu luminoso de verdad y corrección, amigo divino de los hombres, mediador y salvadordel mundo. Reparte sus funciones con el Verbo creador y revelación de Ahuramazda, llamado Hanover y, confundido, en ocasiones, totalmente con él. Mithra era la personificación del fuego o del sol, y como luz que lucha, sufre y triunfa, que penetra victoriosamente las tinieblas y la noche, se le puso en relación con la muerte y la inmortalidad, dándole el atributo de conductor de las almas y juez en la residencia de los muertos. Mithra era el HyoDivino, y se decía de él que Ahuramazda le había creado tan grande y tan digno de adoración como él mismo. En el fondo, Mithra y Ahuramazda eran la misma identidad: Ahuramazda abandonando la luminosidad celeste para revestir una individualidad concreta. Habiendo cooperado a la creación del mundo, Mithra era su guardián, y vigilaba para que el adversario no pudiese destruir el universo. Combatía por Dios a la cabeza de los ejércitos celestes, y con su espada de fuego expulsada a los demonios, arrojándoles a las tinieblas de donde habían brotado. El objetivo de la vida humana se cifraba entonces en tomar partido por dios en este combate, en preparar el advenimiento del futuroreino de dios trabajando por la victoria de la vida y de la civilización, cultivando las tierras abandonadas, exterminar los animales peligrosos, y en el sometimiento a una disciplina moral que impregna toda la vida. Pero los persas decían también que, cuando la plenitud de los tiempos hubiese tenido lugar, cuando el periodo actual tocase a su fin, Ahuzamazda suscitaría de la simiente de Zarathustra, fundador de su religión, el Hijo de la Virgen Saoshyant (Sraosha, Sosieoseh), es decir; el salvador. Otros decían que Mithra mismo descendería sobre la tierra, y que, en la última y más terrible de las batallas, conseguiría la victoria sobre Angromainyu y sus ejércitos, a los cuales pre-cipitaría en los Infiernos, tras lo cual resucitaría a los muertos con sus cuerpos materiales, y que, tras el juicio final y universal en donde los malos serían condenados a las penas infernales y los buenos admitidos en la estancia de los bienaventurados, establecería finalmente el reinomilenario de la paz. De todas las maneras las penas infernales no serían eternas, y los condenados conservarían la esperanza de una última conciliación. En ese instante, el mismo Angromainyu hará la paz con Ahuramazda, y sobre una nueva tierra, bajo un nuevo cielo, todos serían reunidos en una eterna felicidad.

Estas ideas expuestas, al penetrar dentro del espíritu judío transformaron profundamente la antigua fe mesiánica.

Mesías, es decir, Ungido (en griego Kristos), tal era antiguamente el nombre del rey en su calidad de representante de Yahvé delante del pueblo, y de representante del pueblo delante de Yahvé; es él quien, según 2 Samuel VII, 13 ss., tenía la calidad de un hijo obediente a su padre, cualidad de la que participaba también el pueblo en su totalidad (7). Posteriormente, el contraste constatado entre la dignidad sagrada del Ungido del Señor y las imperfecciones inherentes a la persona concreta de los reyes de Israel dió lugar a que se proyectara el ideal del Mesías hacia el futuro y esperara de él la realización completa del reino de Yahvé sobre su pueblo. Con este espíritu los primeros profetas habían visto en el Mesías el rey ideal del futuro, al único digno de heredar las gracias divinas prometidas a David. Los judíos le habían descrito como el héroe, más grande que Moisés y Josué, que restablecería el esplendor de Israel, restaurarla su nación y descubrirla a los paganos e incrédulos la religión de Yahvé (8). Le habían cantado como aquél que desplegaría sobre los cielos un firmamento nuevo que cubriría una nueva tierra y que haría de Israel la reina de las naciones (9). Se esperaba del Mesías, nuevo Moisés, que reuniera a todos los judíos dispersos entre los paganos para conducirlos al país de sus padres, al reino de las almas, a la Patria Celeste, de donde descendieron y a la cual desean volver tras la muerte. Originariamente, se había visto en el Mesías a un simple mortal, un nuevo David descendiente de David, rey teocrático, príncipe de paz bendito de dios, gobernando su pueblo con justicia, de la misma manera que el Saoshyant de los persas era un descendiente de Zarathrustra. Por esta causa habían dado el nombre de Mesías a Ciro, salvador supremo de Israel al librarlos de la cautividad de Babilonia (10).

Mas, del mismo modo en que la imaginación popular transformó, inconscientemente, a Saoshyant en un ser divino identificado con Mithra (11), el Mesías fue poco a poco, por los profetas, promovido al rango de rey divino. Se le comenzó a llamarhéroe divino, padre de eternidad, y el profeta Isaías, se complace en describir el cuadro de su reino de paz, en donde los lobos duermen con los corderos, en donde los hombres no deben temer más la muerte prematura, en donde se disfruta de la totalidad de los productos de la tierra, en donde este rey instaurará la edad de oro en la que la justicia reinará como nunca había reinado hasta entonces (12). Misteriosa y sobrenatural como su naturaleza sería su aparición en el mundo, su nacimiento. Niño divino, deberá nacer en un lugar ignorado (13).

Frecuentemente la persona del Mesías se confunde con la de Yahvé. En efecto, los salmos anuncian para el fin de los tiempos (14) la llegada de Dios para sentarse en el trono y ascender a los cielos.

La imagen del Mesías, participando al mismo tiempo de la naturaleza humana y de la divina se manifiesta todavía más claramente en la literatura apocaliptica de los últimos siglos antes de Cristo y en el siglo primero después de C. En el Apocalipsis de Daniel (hacia el año 165 a. de C.) se nos describe a un ser semejante a un hijo del hombre que desciende del cielo sobre una nube y que es conducido delante del Antiguo de los Días, y el contexto no permite dudar que el Hijo del Hombre (barnasa) no sea un ser supraterrestre representando la divinidad. Dios le confiere su gloria y su poder con el fin de que, al término de la era actual, venga sobre las nubes del cielo, rodeado de multitud de ángeles, a erigir un reino eterno: el Reino de los Cielos. En las Similitudes de Henoch (que datan del último siglo antes de nuestra era), el Mesías, Elegido e Hijo del hombre, aparece bajo las especies de un ser sobrenatural y preexistente, escondido antes de la creación del mundo, y cuya gloria dura de eternidad en eternidad, el poder de generación en generación, y que habita el espíritu de sabiduría y de fuerza; que juzgará todas las cosas secretas, castigará a los malos y salvará a los justos y santos (15). El Apocalipsis de Esdras se entrega formal-mente a la refutación de las razones de todos aquellos que creen que el último juicio no será presidido por el mismo dios, y ve igualmente en el Mesías una especie de segundo dios, el Hijo de dios, una encarnación de la divinidad (16).

En todo lo que llevamos expuesto resalta claramente la influencia de las creencias parsistas. Poco importa que los persas hayan tomado estas creencias de Irán o que hayan encontrado las fuentes de la idea de un rey salvador del mundo enviado por dios en Babilonia, en donde esta idea tenía raíces muy profundas, y en donde el pueblo lo aplicaba, según las épocas, a unos o a otros de sus reyes (17). Semejante a Saoshyant en la religión parsista, el Mesías de los judíos era por un lado un simple mortal, procedente de la casa de David, y por otro lado de la naturaleza divina descendida de dios. Y de la misma manera en que entre los persas el advenimiento de Saoshyant y la victoria definitiva de la Luz estarán precedidos de un periodo en donde aparecerán signos amenazadores en el cielo, donde la naturaleza será desgarrada y los hombres azotados por terribles plagas, el apocalipsis judío conoce también los dolores de parto del Mesías y describe largamente el periodo de terror que precederá y anunciará su venida. Concibe igualmente la instalación del reino de dios como un cataclismo prodigioso que cae súbitamentente del cielo, como una conflagración universal seguida de la creación de un mundo nuevo y -siempre paralelo a la concepción parsista- ve el reino terrestre del Mesías seguido de un reino celeste sumergido en la luz de la vida eterna y en paridad absoluta con los ángeles; concepción que, repetimos una vez más, corresponde al paraíso parsista. En él, los bienaventurados apagarán su sed en el río de la vida y se alimentarán de los frutos del árbol de la vida, mientras que los réprobos serán arrojados a los infiernos en donde sufrirán terribles tormentos como castigo justo para sus pecados (18).

Hasta este instante la idea de una resurrección de los muertos y de un Juicio final había sido extraña al pensamiento y al sentir de los judíos. Antes del exilio estaban convencidos que tras la muerte el cuerpo se descomponía y que el alma, sombra insensible, descendía a la morada de los muertos, al Scheol, sin que nadie se preocupara mucho de la suerte que corría. Ahora, con la doctrina del Juicio final y universal, y de la destrucción del mundo por el fuego, la idea de la inmortalidad individual penetra en el espíritu de los judíos, y Daniel afirma que en el día del juicio los muertos resucitarán, los unos a la vida, los otros a las penas eternas: Los doctores resplandecerán como el brillo celeste, y aquéllos que han conducido a las multitudes a la justicia lo harán como las estrellas, por toda la eternidad (19)”.