Elena por GLoria Corrons de Bonne - muestra HTML

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CAPITULO I

Aquel día se iba a escapar y no le importaba lo que luego podía ocurrirle; estaba harta de estar encerrada en la tienda que siempre le parecía oscura, tenía ganas de salir al campo, quitarse los zapatos y echar a correr sobre la hierba fresca. El verano acababa de comenzar y el sol hacía brillar cada pétalo de cada flor, cada hoja de cada árbol, cada nube en el cielo. No tenía paciencia de esperar al domingo y pasear con sus amigas después de misa, además, tampoco tenía ganas de verlas, porque nada de lo que éstas hacían le gustaba hacerlo a ella.

Sus amigas se engalanaban con sus mejores vestidos para pasear por la calle mayor durante toda la tarde, teniendo como único aliciente y objetivo las miradas de los chicos del pueblo, que también paseaban siempre en dirección contraria. Pero a Elena aquello le parecía muy aburrido, porque de lo único que sentía deseos era de correr descalza como una loca por los prados verdes llenos de flores, mientras su pelo ondulaba suelto al sol y sintiendo en su rostro el viento áspero y a la vez dulce de las montañas.

Ellas, sus amigas, la llamaban salvaje y decían que todo aquello que la hacía tan feliz, era cosa de muchachos y no de una chica de su edad. Acababa de cumplir 15 años y tenía la cara fresca como las flores, el brillo del sol en el pelo, el verde del campo en sus ojos y era flexible como la hierba al viento, como si toda la naturaleza que tanto amaba, la devolviera con generosidad aquel amor, reflejándose en ella como un espejo y haciéndola hermosa.

Tenía la risa fácil y el llanto pronto, todo a flor de piel,. Se sentía feliz de sentirse viva y amaba tanto a la vida, que la vida no podía dejar de amarla también. Pero a veces se sentía vacía y entonces una especie de rabia interior se apoderaba de ella haciéndola odiar todo lo que amaba tanto.

Elena estaba creciendo y un volcán de ideas, preguntas, inquietudes y de temores, matizado por un frenético baile de hormonas se agitaba en su interior, por eso a veces no se entendía y se preguntaba porque pasaba con tanta facilidad de la risa al llanto y de la alegría a la tristeza, del amor hacia todos y hacia todo, al odio más inexplicable. También le gustaba soñar. En realidad era lo que más le gustaba. Soñando podía imaginarse viviendo mil aventuras en la piel de mil personas diferentes, pero sus sueños no se los explicaba a nadie. Elena no tenía hermanos ni hermanas y desde pequeña había aprendido a estar sola aunque nunca lo estuvo del todo porque sus sueños siempre la acompañaban a todas partes.

Aprendía rápidamente todo lo que le enseñaban y sus ansias de conocer era quizás lo que más la separaba del resto de la gente. Nadie a parte de ella, parecía sentir demasiado interés en averiguar lo que habría más allá de las montañas que rodeaban al pequeño pueblo. Ella si lo sentía y también sabía que algún día se marcharía de allí para siempre.

Aunque nadie la comprendía del todo, sus padres y compañeras la querían mucho, porque Elena se hacía querer. Había nacido con una simpatía natural, que conseguía que todo se la perdonase, hasta sus escapadas por el campo en horas en que debía estar ayudando a sus padres en la pequeña tienda de comestibles.

Pero aquel día no le fue fácil escaparse, la tienda siempre estaba llena y apenas si podían atender entre todos a la gran cantidad de clientes, pero ella sabía que era cuestión de encontrar el momento oportuno y lo encontró antes de que el sol declinase.

!Que feliz se sintió ya en plena libertad, corriendo por los senderos del ancho valle! Saltaba y brincaba como un cervatillo, la blusa blanca anudada a su esbelta cintura y la falda revoloteando alrededor de sus piernas ágiles y tostadas por el sol. Cuando se cansó de corretear, se sentó cerca del río, sobre las grandes piedras que lo bordeaban y allí contemplando como el agua transcurría plácidamente, dejó escapar sus sueños una y otra vez corriente abajo...

La bocina de un coche los interrumpió. Se sobresaltó incorporándose, no había muchos coches en el pueblo y la visión de uno de ellos era siempre un espectáculo fuera de lo corriente. Lo vio avanzar rápido por el camino, levantando nubes de polvo en dirección opuesta, con los cristales brillando al sol crepuscular e inmediatamente se imaginó a si misma en el interior del vehículo elegantemente vestida. Cuando el coche hubo desaparecido de su campo de visión, volvió a la realidad y se dio cuenta de que era muy tarde y que probablemente ya debía hacer rato que la habían echado en falta. Se sacudió un poco la tierra de su falda y se anudó las alpargatas a los tobillos.

.-Bien.- pensó.- Ahora vendrá lo peor.- probablemente su madre estaría muy enfadada y por la noche se lo comentaría a su padre a la hora de la cena y habrían caras largas en la mesa y ella tendría que esforzarse en sus dotes de persuasión para que el enfado durase lo menos posible... pero había merecido la pena... la vida estaba hecha para disfrutarla y no para encerrarse en aquellas cuatro paredes de la tienda, mientras el sol brillaba en el cielo.

Pero se equivocó. Aquella noche sus padres estaban demasiado ocupados comentando el gran acontecimiento... ¡el señor de la casa de la colina había vuelto!... En realidad todo el pueblo estaba conmocionado ante la noticia y de hecho no era difícil comprenderlo, puesto que casi todo el pueblo le pertenecería.

Elena había oído hablar mucho de él, siempre con gran respeto, que ella entendía más bien como servilismo. A pesar de su juventud, tenía un concepto bastante claro de la justicia. Ella no aceptaba como todos que algunas personas solo por el hecho de haber nacido en buenas cunas tuvieran tanto y otras menos afortunadas tan poco. Y el hecho de que todo dependiera de una cuestión de suerte, no le parecía suficiente mérito. Interiormente despreciaba a todos los que no lo comprendieran así.

En consecuencia todo aquel revuelo le parecía absurdo y desproporcionado, pero en realidad no lo era. Aunque Elena no lo comprendiese, en un pueblo como aquel, en que nunca sucedía nada, cualquier acontecimiento que se salía de lo normal y rompiese la monotonía, era una auténtica noticia para sus gentes. Además directa o indirectamente, todos dependían del señor Duran, el dueño de la mansión de la Colina, trabajaban en sus fincas, atendían sus negocios, servían en su casa...

Cuando se marchó de la ciudad, después de la muerte de su mujer, todos creyeron que no volvería... ¿Que iba a hacer un hombre solo viviendo en aquella enorme mansión? Todos temieron por sus puestos de trabajo, quizás se pondría en venta la casa y un nuevo dueño dirigiría sus destinos... pero pasó el tiempo y nada de esto sucedió. Por eso ahora, al volver el amo, la gente volvía a sentirse inquieta. ¿Venía para quedarse o quizás para disponer de sus cosas antes de venderlas?. Estos eran los comentarios que Elena oía sin querer escuchar. A ella poco le importaba todo aquello , era demasiado joven para sentir miedo al futuro y buscar la seguridad, porque ella se sentía más segura que nadie en su despreocupación.

Después de la vuelta del Señor Duran, nada pareció cambiar en absoluto, pero todo el mundo respiraba intranquilo y al paso del tiempo la intranquilidad se hacía densa y parecía pesar en el ambiente, aunque en apariencia no parecía transcurrir nada anormal.

Elena estaba muy contenta aquellos días porque sus padres estaban tan ocupados haciendo cábalas sobre lo que le plantearía el futuro, que apenas si prestaban atención a su trabajo en la tienda. Así pues no desperdiciaba los frecuentes descuidos de su madre para salir a tomar el sol y pasear por el campo. Fue en uno de aquellos paseos cuando le vio. Fue solo un instante. Elena fue a cruzar la calle justo en el momento en que el lujoso automóvil giraba la esquina, tuvo que frenar precipitadamente para no atropellarla. Elena se detuvo sobresaltada.

.-¿Se puede saber porque no miras donde vas?.- le gritó el chofer irritado. Entonces fue cuando ella se fijó en unos ojos que la observaban desde el interior del coche. Aquella mirada le impresionó, nunca la habían mirado así, con tanta frialdad y dureza, fue solo un momento, el auto prosiguió enseguida su marcha dejándola quieta en medio de la calle, sin reaccionar, pero Elena ya no pudo olvidar aquellos ojos, algo le decía que una persona que podía mirar de aquel modo, debía de ser muy desgraciada.

.-Parece que está lleno de odio hacia los demás,. pensó.- Probablemente le han hecho mucho daño y se defiende de ese modo, formando un muro entre él y lo que le rodea para impedir que nadie se le acerque.- Y la fantasía comenzó a desbordarse en su mente

Después de aquel encuentro, sintió deseos de conocer más cosas sobre él. Preguntó a la gente, todo el mundo tenía algo que decir, todo el mundo añadía su parte personal a la historia. Pero entre docenas de historias diferentes, Elena pudo hacerse una síntesis que ella consideró más y menos válida.

Parecía ser que los orígenes de la familia del Sr. Duran no estaban muy claros. El bisabuelo del actual propietario había sido un posadero del pueblo que cansado de su suerte, decidió emigrar a América. Vivió en Méjico durante varios años, donde hizo fortuna y ya en plena madurez decidió regresar a su pueblo, para acabar sus días en el lugar donde había nacido, entonces hizo construir la lujosa casa de lo alto de la Colina y prácticamente compro toda la aldea, se casó con una mujer del lugar y allí nacieron sus hijos y sus nietos, uno de los cuales fue el padre del actual dueño. De éste se contaban cosas muy variadas, si se hubiera hecho caso de todas las versiones sobre su vida, ningún hombre no hubiera tenido tiempo material para hacer todo lo que sobre él se contaba, a pesar de su avanzada edad.

Se decía que ya muy joven había abandonado la aldea y había ido a correr mundo, con gran disgusto de sus padres, que al ser el mayor y único varón, confiaban en él para hacerse cargo de la hacienda familiar como todos los primogénitos habían hecho antes, que había ejercido toda clase de oficios, que había recorrido infinidad de países y tenido aventuras de todo tipo. Probablemente debió heredar el espíritu de trotamundos del abuelo y su agudeza para los negocios y quizás también según las malas lenguas, s u falta de escrúpulos porque consiguió amasar una gran fortuna por su cuenta, la cual unió al morir sus padres a la herencia familiar que estos le dejaron.

Era ya un hombre casi viejo, cuando vino a hacerse cargo de la casa y de las tierras, le acompañaba una mujer extranjera, que a pesar de su edad continuaba conservado intacta toda su belleza.

Se murmuraba que había sido bailarina de gran éxito, pero que abandonó su carrera artística cuando le conoció y probablemente era cierto, ya que su cuerpo estaba dotado de una gracia exquisita y de una flexibilidad poco común. Peinaba sus cabellos rubios matizados de plata en una trenza recogida sobre la nuca. La piel aunque ya algo flácida era de una blancura transparente y los ojos verdes y rasgados surgían en medio del rostro de un modo inquietante, extrañamente vivos y jóvenes. Hablaba con un marcado acento extranjero y no vestía como correspondía a su edad, porque solía llevar faldas largas y sandalias descubiertas y apenas joyas, lo que le daba un aspecto muy juvenil y personal. Todo llevaba en ella su sello peculiar, no parecía seguir ninguna corriente, ni guiarse por ninguna moda.

Nadie sabía si estaban casados, pero los comentarios insinuaban que eran solo amantes y es que a pesar de haber traspasado la frontera de los sesenta años, ambos seguían pareciéndolo todavía.

Tampoco tenían hijos, vivían solos con la servidumbre en la gran casa y bajaban pocas veces al pueblo, lo cual contribuía a aumentar la aureola de misterio que los rodeaba.

A pesar de que toda la familia había vivido siempre allí, él era considerado como un extraño en aquel lugar, se le temía y se le admiraba y su aspecto físico contribuía a aquella reacción. De altísima estatura, enjuto de carnes y mejillas descarnadas, cabellos abundantes y blancos, tenía la mirada penetrante y la boca plegada en un rictus lleno de dureza. Siempre elegantemente vestido, más que por sus ropas en si, por un sello innato que hacía que cualquier cosa que se pusiera encima adquiriera dignidad.

Se notaba que estaba acostumbrado a ser obedecido de una manera natural, como adherente a su propia piel y cualquier gesto o palabra suya se convertía automáticamente en una orden que esperaba ser obedecida. Y a pesar de contar ya sobre sus espaldas un considerable número de años, seguía siendo un hombre atractivo.

A veces acudían a verles algunas personas, todas de aspecto poco común, probablemente gentes de teatro, pintores y escritores... aquellos días, las ventanas de la gran casa se veían abiertas hasta muy avanzada la noc he y de ellas surgía una música que inundaba con su cadencias todo el valle.

Los habitantes del pueblo que tenían la suerte de ser contratados como ayudantes el servicio en aquellas noches mágicas, contaban y no acababan de las bellezas de los amplios salones, decorados con lámparas de cristal tallado los tapices persas, las estatuas de mármol de los jardines, los muebles de maderas nobles traídos de todas partes del mundo...

Se formaban amplios corros alrededor de ellos para no perderse detalles el relato y todo el mundo envidiaba a los afortunados que podían haber presenciado con sus propios ojos semejantes maravillas.

La casa de la Colina, era algo así como un sueño ideal para cada uno de ellos, en el interior de sus cuatro paredes se desarrollaba una vida distinta y maravillosa, donde no existía la pobreza ni las privaciones a los que estaban acostumbrados y aunque todos deseaban acceder a él, a la vez lo aceptaban como inaccesible de un modo natural, y en sus mentes sencillas se sentían agradecidos a tener algo que los alejase aunque solo fuera momentáneamente de su oscura y monótona existencia.

Un día se comento que la señora se había puesto muy enferma y había tenido que ser trasladada con urgencia a la ciudad. La casa se cerró y el pueblo y el valle se sumieron en la tristeza, como si les hubieran robado el alma, porque les habían arrebatado algo que les hacía soñar.

Todo aquello sucedió años atrás, cuando Elena era aún muy pequeña y ella no lo recordaba. Asi pues nunca encontró a faltar la música de los bailes a medianoche porque se había criado sin oírlos y para ella el silencio del valle era su mejor música y el deambular de sus pensamientos su mejor baile.

Pero a partir del momento en que aquellos ojos la miraron desde el interior del coche, se pasaba horas enteras contemplando la casa de la colina. La historia que se contaba sobre ella había calado hondo en su imaginación frondosa, porque desde aquel día sus sueños habían encontrado un lugar donde tomar color, medidas y proporciones.

Se veía a si misma recorriendo los magníficos salones, bajando las lujosas escalinatas y asistiendo a los bailes, donde danzaba sin parar con los atractivos jóvenes que no se parecían en nada a los rudos y primarios chicos del pueblo, hasta el punto de hacerlos tan reales, que a veces le costaba separar lo imaginado de lo que no era.

Alentaba sus propios suelos como un hambriento de fantasía, lo mismo que años atrás la gente del pueblo había hecho al oír las notas de la música que inundaba el valle. Pero Elena no la necesitaba y aunque las ventanas permanecían cerradas y mudas día y noche, ella parecía estar siempre escuchándola en sus oídos.

Parecía que aquella casa estaba hecha para soñar...