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E N

A Q U E L

L U G A R

D E

S O L E D A D

jj. lobóncerviá

EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

Jj. Lobóncerviá

2

EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD La soledad es el patrimonio de

todas las almas extraordinarias

Arthur Schopenhauer

DEDICATORIA:

Helena, Eugenio Carlos

Queridos Hermanos

ESTOS DÍAS AZULES Y ESTE SOL DE LA INFANCIA

Último verso de Antonio Machado

(Encontrado días después de su fallecimiento en un bolsillo

de su gabán)

Collioure, Languedoc-Rosellón, Francia, Febrero 1.939

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EL REGRESO

004

EL RETORNO

159

EL RECUERDO

324

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5

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6

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EL REGRESO

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1

Viernes, 15 diciembre 2000. Nueva York, 21.00 hora

Sábado, 16 diciembre 2000. Madrid, 03.00 horas

ASCENDÍ POR LA ESCALERILLA delantera del avión mezclado con los

pasajeros de clase turista y por la de caracol llegué al pequeño salón de Gran Clase.

Estaba vacío. Seleccioné la prensa de la mesita-expositor, frente a la entrada, en inglés y

en español, y me dirigí hacia el asiento asignado en la tarjeta de embarque.

El abrigo, la bufanda y los periódicos descansaron en la butaca vecina, 3B,

durante todo el trayecto. Antes de sentarme doblé cuidadosamente la chaqueta

colocándola en el armario superior debajo del sombrero. Después de desabotonar el

chaleco y el primero de la camisa, me arrellané en la butaca como si estuviera tomando

medidas, pues no en vano íbamos a ser compañeros inseparables durante más de ocho

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horas y teníamos que hacernos amigos cuanto antes en lo que echaba un rápido vistazo a

las portadas de los diarios.

Demasiado tiempo libre para poner atención a la lectura en aquellos momentos

de actividad, actividad casi febril en los preliminares del vuelo para salir a la hora

programada, así que preferí dejarlos para más tarde y dedicarme a observar.

A través del ventanuco de ojo de buey y gracias a las luces que se habían

encendido porque la bruma nocturna nos envolvía, observé varios aviones paralelos al

mío enganchados a los fingers como si en vez de dedos que salieran de la Gran

Terminal fuesen ubres enviando a los aviones, a modo de alimento, chorros y más

chorros de pasajeros.

A pesar de los más de veinte metros de la altura y de la oscuridad, me entretuve

con las maniobras de dos operarios que lanzaban maletas desde unos carros a la bodega

del avión a través de una cinta transportadora, pero me cansé enseguida y retomé los

periódicos.

Justo en ese momento, al estirar el brazo izquierdo y rozar el papel, un temblor,

como una descarga eléctrica, recorrió mi cuerpo. Era consecuencia del nerviosismo que

me había aparecido en los últimos días y que en ciertos momentos me sacudía con

calambres en piernas, brazos y zona trasera del cuello, agudizado con una taquicardia al

atravesar las puertas de embarque.

Era muy extraño que algo me pusiera nervioso porque la vida me había enseñado

a adelantarme a los acontecimientos y tener previstas las consecuencias con mayor

antelación que cualquiera de los colaboradores que trabajaban en las empresas que había

ido creando por los países que me habían recibido y en los que dejé mi huella

transformada en puestos de trabajo y riqueza. Pero la decisión que había tomado y

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puesto en práctica en cuestión de unos pocos días me asustaba. Me asustaba porque fue

de resultas de un acto instintivo, sin reflexión serena.

Pero a fin de cuentas de un acto provocado por un deseo largamente esperado.

¿Tanto me impresionó aquella muchacha con la que tropecé en las escaleras de la

Biblioteca Pública de Nueva York confundiéndola con Candela? Sus mismos ojos, la

mirada y el olor. Fragancias a lavanda, a romero y menta. ¿Era imposible? Una

alucinación ¿Por qué? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Me necesitaba? ¿Un aviso para que

regresara?

Recordé el momento. En el restaurante del hotel donde llevaba hospedado desde

finales de junio, los seis meses que duró mi estancia en Nueva York. Al finalizar una de

esas solitarias y silenciosas cenas a la que tanto estaba acostumbrado, dudando si el

encuentro en la biblioteca había sido real o una absurda fantasía. ¿Realidad? Claro que

fue real, olía el familiar perfume a lavanda de sus cabellos, el pan tenía regusto a

romero y en la atmósfera flotaba un intenso aroma a menta.

La decisión surgió como una llamarada que prendió fuego en el centro de un

corazón que ansiaba vehementemente retornar a la soledad del caserío.

¡Regreso! ¡Me marcho para siempre! ¡Vuelvo a España!

Y poniéndome en pie, levanté la copa con el último sorbo de vino dejado para

rematar la cena y, a carcajadas, brindé en voz alta:

—¡alea iacta est!

En absoluto me preocupó la mirada de asombro del resto de los comensales, más

bien todo lo contrario, y por eso salí saludando, despidiéndome, dando las buenas

noches a todo el que se me cruzó en el camino y que, naturalmente, fui correspondido

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en un detalle de exquisita corrección. Al llegar a recepción comuniqué que al terminar

la semana dejaba el hotel.

¡Y América! ¿América? ¡Claro que sí, América, toda América, América al

completo, Norte, Sur y Centro! ¡El continente entero!

Después recogí del perchero el grueso abrigo y ajustándome el sombrero para

defenderme de la baja temperatura, salí a darme el acostumbrado paseo hasta Central

Park, a pocos minutos del hotel, el Roger Smith, en el 501 de Lexington Avenue, el

único hotel que, en el corazón de Manhattan, reunía las condiciones que acostumbraba

imponer a un hotel.

¿Y qué tenía de extraordinario este hotel, nacido en el primer tercio del siglo,

que le diferenciase de los magníficos y famosos hoteles de los alrededores, más

modernos, amplios y, teóricamente, más cómodos? ¿Puede un ser inanimado tener

sentimientos? Puede ser porque ese hotel lo tenía. El mismo que me marcó desde que

salí del caserío, la constante de mi vida, un desgarrón de mi destino, quizá, un

deambular de hotel en hotel suspirando siempre por lo que jamás conseguí: un hogar.

Sí, un sencillo hogar donde calentarme, donde sentir el latido de una familia, escuchar

risas infantiles, amar y sentirme amado.

Es probable que esa haya sido la razón del menosprecio hacia los grandes

hoteles y sus magnificencias y de sus lujos y comodidades en exceso, pues no tardé en

comprender lo impersonal y frío que resulta ser uno entre cientos y sentir la reverencia y

trato hipócrita de desconocidos en busca de lo único que les interesa, el dólar, la plata.

Que diferencia en hoteles pequeños, familiares, con sabor a “añejo” con un trato

simple, humano, sincero y, en el mejor de los casos, familiar.

Y en el Roger Smith sentí esa familiaridad, ese sabor.

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Conocía perfectamente el motivo del nerviosismo y tampoco me engañaba. Era

producto del miedo a que lo que dejé al irme ya no existiera y que el sentimiento de

angustia ante la soledad y abandono de aquel frío día de diciembre en que mi madre me

abandonó a mi suerte, regresara. Había conseguido superarlo pero los fantasmas,

escondidos en algún rincón del alma esperaban agazapados y era consciente que en

cualquier momento podían reaparecer.

Intenté tranquilizarme en la confianza de haber respondido sobradamente a los

compromisos adquiridos pues a partir del año siguiente de mi llegada a Argentina, en

las fechas previstas acudí a la cita de las transferencias dinerarias para abonar la parte

correspondiente de las deudas contraídas.

Y con esta reflexión, inspirando profundamente, intenté serenarme. Estiré las

piernas, tensé la espalda agarrándome las manos y levantando los brazos con fuerza los

impulsé hacia atrás. Un suave suspiro de alivio acompañó al aire expulsado lentamente.

Un leve ruido me hizo volver la cabeza. Por el pasillo avanzaba una azafata. En

un rostro impresionantemente hermoso destacaban los ojos, verdes e inmensos. Un

bucle suelto, desprendido del elaborado moño ondulaba de un lado al otro al compás del

cadencioso taconeo. Por un momento recordé la escultura marmórea de Paulina

Borghese, pero a diferencia de su desnudez, se cubría con un bonito uniforme en dos

tonos de azul con ribetes ocres.

Detrás, pasajeros buscando sus asientos. Ella, al verme, se acercó con una

amplia sonrisa y con gracioso acento sevillano que reconocí de inmediato a pesar de los

años transcurridos, me atendió:

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—Buenos tardes, señor. ¿Llegó usted con los pasajeros de clase turista? ¿No

pasó por la sala VIP?... ¿Antes de la cena desearía tomar un vino blanco? ¿Un seco de

Rueda, un afrutado Albariño?. . . ¿Un güisqui, quizá?

—No. Me entretuve en las Duty-Free y embarqué con los pasajeros de clase

turista –contesté sin dejar de mirarla y con evidentes ganas de continuar una

conversación a todas luces imposible—. Un Rueda que es de mi tierra me parece muy

bien. Gracias.

Mordisqueé las almendras sintiendo el agradable calorcillo del vino atravesando

la tráquea y llegando al estómago, cuando el Boeing 747 tembló al ser empujado por el

tractor hacia atrás colocándolo en posición hacia la pista de rodadura. Los motores

aumentaron su potencia proyectándose en unas ligeras vibraciones en los asientos.

Entonces, inclinándome hacia atrás, musité:

—Enrique Valberde y Cabrera de Campos, ya no hay marcha atrás. Regreso para

encontrarme con los fantasmas del pasado. La tercera y, supongo, última etapa de mi

vida.

Así era. Marché en diciembre de 1975 de una España convulsa y expectante al

cambio político que se estaba realizando por la muerte del general Franco y el regreso

de la monarquía en la figura de Su Majestad Juan Carlos I, justamente el mes anterior.

Con dieciocho años y una mayoría legal conseguida ante un juez, tomé la única decisión

que consideré posible y a la desesperada, con la intención de salvar los restos del

desastre económico que fui víctima.

Y regresaba después de un periplo por Argentina, Uruguay, Brasil, Venezuela, y

Estado Unidos, rodando y rodando en un continuo empuje empresarial de creación,

ampliación o fusión de un entramado de negocios, en los que, principalmente, los

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sectores ganadero, agrícola y sus derivados industriales llegaban desde Argentina hasta

la frontera con Canadá.

Coloqué los periódicos encima de las rodillas, The Washington Post y ABC.

Volví la vista hacia el ventanuco pero ya solo vi luces y sombras cruzándose a la misma

velocidad que el avión rodaba por la pista alcanzando el punto de no retorno y lanzarse

al aire, en el momento que la rubia azafata, escultural, preciosa, con el pelo recogido en

un moño estilo Borghese informaba a través del micrófono, primero en un cultivado

inglés con acento sevillano y a continuación en un gracioso sevillano con regusto inglés:

—Buenas noches señores pasajeros. Son las 21.00 horas y

partimos de Nueva York con destino a Madrid teniendo

previsto llegar a las 10,10 horas del día de mañana.

Cuando comencé la lectura el nerviosismo había desaparecido.

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2

Viernes, 15 diciembre 2000. Nueva York, 22.00 horas

Sábado, 16 diciembre 2000. Madrid, 04.00 horas

SENTÍ LA FUERZA DE LOS MOTORES ELEVÁNDOSE hasta alcanzar los

diez mil metros de altura por el suave empuje hacia el respaldo del asiento, pero apenas

me di cuenta cuando alcanzamos la velocidad de crucero. Leí el periódico americano de

aquel viernes, 15 de diciembre de 2000, con la sensación que la influencia anglosajona

que había recibido hasta entonces pertenecía ya al pasado, quedaba definitivamente

atrás. Pero no ocurrió lo mismo con el periódico español.

La portada, en gran titular, señalaba una vez más el asesinato terrorista. En esta

ocasión como respuesta al Acuerdo por “Las Libertades y Contra el Terrorismo”,

más conocido como “Pacto Antiterrorista” firmado la semana anterior entre el Partido

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Popular, en el gobierno, y el Partido Socialista, mayoritario de la oposición, en defensa

de la Constitución Española1 transformándose así en la Norma Fundamental del Estado,

la Ley de Leyes a la que quedaban sujetos los poderes públicos y los ciudadanos,

residiendo su soberanía nacional en el pueblo2

España llevaba demasiados años sufriendo la lacra cobarde de la bomba y la

extorsión de los que se niegan a aceptar el sistema del voto personal, libre y secreto

como sistema político y de convivencia de un país. Desde aquel 18 de julio de 1961 que

por primera vez reconocieron su fallido atentado en las vías de un tren en el País Vasco

al no estallar, por defectuosa, la robada dinamita en una cantera de Navarra.

Pero aunque no los reivindicaron, ya desde 1959 sufrieron bombas caseras en

comisarias y cuarteles de la Guardia Civil en Bilbao, Santander, San Sebastián,

Pamplona y Vitoria. Y en los inicios del verano de 1960 fallece la primera víctima a

consecuencias de las quemaduras por la explosión de un artefacto en la estación de

Amara. Una niña de 22 meses.

El segundo gran titular trataba de la subida del IPC por encima de lo previsto

con dos consecuencias inmediatas: el desvío de 355.000 millones de pesetas para las

pensiones y mayores dificultades para la negociación colectiva con los funcionarios que

andaban protestando por la escasa subida del aumento salarial.

La Comunidad Económica Europea (CEE) o Mercado Común, a pesar de los

negativos augurios, realmente avanzaba con paso firme. Mucho trabajo y mucha tinta

1Aprobada en Referéndum por el 87% de los españoles el 26, sancionada por el Rey el 27 y publicada en

el Boletín Oficial del Estado el 29 de diciembre de 1978 (curiosamente no fue publicada el 28, día de los

Santos Inocentes).

2 “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores

superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.

Artículo 1.1

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desde aquel lluvioso 25 de marzo de 1957 que en Roma, los seis pioneros, Luxemburgo,

Países Bajos, Francia, Bélgica, Italia y Alemania Federal firmaron el Tratado que uniría

a Europa y que, poco a poco, con sus cuatro sucesivas ampliaciones anexionando países

llegó hasta la Cumbre de Maastricht de 1991 y a la unidad monetaria a través del

Sistema Monetario Europeo. El primero de enero de 1999 en once de los quince países

miembros entró en vigor una única moneda para todos ellos, el Euro.

Casi dos años de entrenamiento para entenderse con una única moneda y otra

buena temporada para la sustitución definitiva. Fue entonces cuando tomé conciencia

que quedaba poco tiempo para la desaparición de la peseta, y si bien no dejaba de ser

una novedad el manejo entre euros y pesetas, no le di mayor importancia porque estaba

bien curtido en las combinaciones monetarias de todos los países sudamericanos y sus

influencias en el dólar, pero por unos minutos me embargó la nostalgia por la pérdida de

la rubia y de las perras, gorda y chica, que tanto manejé en mis años infantiles.

En la segunda página destacaba el acuerdo entre George W. Bush, recién electo

presidente de Estados Unidos, y Al Gore, candidato demócrata derrotado en las urnas,

para colaborar juntos “restañando las heridas provocadas en la dura pugna electoral”.

Y en la siguiente, artículo del catedrático de Derecho Constitucional, Manuel

Jiménez de Parga, titulado: En la Universidad bajo la tiraníaen el que trataba sobre

la huida de catedráticos del País Vasco y dedicación especial a los que imparten sus

enseñanzas en aquellas cátedras que algunos denominan “ciencias del espíritu” en

contraste con las agrupadas en las “ciencias de la naturaleza”, y para sus colegas y

universitarios que padecen regímenes de opresión, señala como modelo de vida a imitar,

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

al considerado “jurista del siglo XX”, el checo Hans Kelsen3 perseguido por los nazis

por su condición de judío y que consiguió huir a Estados Unidos en 1940.

Un poco más adelante diversos recortes de prensa, el “Financial Times” o el

alemán “Frankfurter Allgemeine”, por ejemplo, destacaban que los grandes ganadores

en la Cumbre de la Unión Europea celebrada en Niza el pasado fin de semana fueron

Gran Bretaña y España, señalando que “José María Aznar puede presentarse en España

como ganador de la Cumbre”. Opiniones parecidas aparecían en “Die Welt”, en el

francés “La Tribune” o en los italianos “Corriere della Sera” e “Il Giornale”.

Pero fue a partir del anuncio sobre la tristemente famosa central nuclear de

Chernóbil informando que, a pesar del intento del Parlamento ucraniano de aplazar su

cierre definitivo, este sería el último día de su existencia, cuando no conseguí ver más

letra impresa. En su lugar aparecieron en una sucesión de imágenes, destellos fugaces

de mi infancia y juventud, sin lógica ni motivo aparente, pero sin duda eran aquellos

momentos que me habían dejado una huella indeleble en el cerebro y en el dolorido

corazón.

Estrujé el periódico entre las manos apretándolo contra el pecho como reacción

al escalofrío que me atravesó desde la nuca hasta los pies y un profundo suspiro de

angustia se rompió al recobrar la lucidez de aquellos años que volvían de golpe

exigiendo ponerme al día en un recuerdo tempestuoso en el que se mezclaban risas y

penas, vivencias amargas y algunos dulces momentos, sin conseguir fijar el recuerdo ni

doblegar el hecho trascendente en sí.

3 Hans Kelsen (Praga, Imperio austro-húngaro 1881-Berkeley, Estados Unidos 1973). Profesor de

Filosofía del Derecho en las Universidades de Viena, Colonia, Ginebra y Praga. Perseguido por el

nazismo huyó a Estados Unidos en 1940 siendo profesor en la Universidades de Harvard y de Berkeley.

Está considerado como uno de los principales teóricos de la democracia del s. XX. Entre su numerosa

bibliografía destacan: “De la esencia y valor de la democracia”, “Teoría general del Estado” y “Teoría

pura del Derecho”.

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En un intento de ordenar las imágenes cerré los ojos centrándome en la muerte

de mi padre. ¿Qué recordaba de aquel fatídico sábado, 30 de septiembre de 1961? Fin

de mes y terminación de la temporada vacacional. Evoqué aquel atardecer, el frescor de

la humedad de un cielo encapotado y el picor de la incómoda chaquetilla de punto. Mi

madre sentada en el verde banco de madera del jardín hacia ganchillo y yo, muy cerca,

con mis cuatro años recién cumplidos (nací el tercer día de agosto del 57), jugaba

lanzando los pesados discos de cobre a la boca de la rana.

Oímos el caracoleo de los cascos del caballo al golpear las losetas de piedra de la

entrada. Mi padre regresaba de correr unas liebres con los galgos nuevos y mi madre,

recogiendo la labor en una bolsa de tela se levantó dirigiéndose hacia el portalón.

Recordé que salí corriendo y me agarré a su falda. A partir de ese momento todo fue

confuso. . . El caballo relinchó, ladraron los perros, sonó un golpe seco y la flacidez de

un cuerpo al caer, mi madre lanzó un grito, un gemido, un sollozo. . . Y se desvaneció.

¿Qué había ocurrido? Nunca se supo. El caballo se asustó, hizo un extraño y mi

padre cayó de espaldas dándose en la cabeza con el borde de la acera. En mi memoria

infantil guardé para siempre el azul de sus ojos mirando al cielo y el rostro empapado en

sangre.

Al atardecer del día siguiente el cementerio era un hervidero de vecinos y luto.

Rendían homenaje con sus mejores galas. Trajes negros de pana y camisas abrochadas

ausentes de cuellos y corbatas, los hombres. Las mujeres, negros vestidos, negras

mantillas y dedos en constante movimiento saltando las cuentas del rosario en un

bisbisar monótono de letanías.

Al pie del panteón, aferrándome a la mano de mi querido tío Quique, el Grande,

la imagen paterna, el olor a sudor seco, polvo, campo y naftalina que desprendían las

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gentes allí congregadas me saturó la nariz y la mente, pero tuvieron que pasar algunos

años para comprender lo que en realidad había perdido para siempre, el calor y la

seguridad de los brazos de mi amadísimo padre. Y también, si existieron, los de mi

madre. En aquellos momentos que en un profundo silencio se le dio sepultura, sentí que

algo me cercenaba. Era el gélido puñal de la soledad que ya no me abandonaría.

—¿Le parece bien que le sirva ya la cena? —preguntó la rubia azafata de

improviso llegando desde los asientos traseros— ¿Continuará con el vino blanco o

prefiere cambiar al tinto?

—Claro, claro. Sí a ambos, a la cena y al cambio de vino —contesté apartando el

arrugado periódico al asiento vecino— Muchas gracias.

La tenía enfrente y en lo que trasegaba preparando la bandeja, observé su figura

serena, femenina, sensual, un pecho firme agitándose en cadenciosos movimientos, y el

rostro ovalado, y los ojos grandes, verdes, limpios, y los labios…

Al acercarse y colocar la bandeja leí su nombre en la chapita dorada ensartada en

la blusa, justo por encima del corazón.

—Rocío. Precioso nombre almonteño —comenté apenas en un susurro en el

momento que su cuerpo se inclinó para colocar la bandeja. Fragancias de frutas

prohibidas, aromas de flores exóticas me embriagaron y se desbordaron en mi mente al

aproximarse nuestros rostros.

—Lo es, lo es —contestó orgullosa retrocediendo un par de pasos e irguiéndose.

—¿Conoce el Rocío? ¿Ha ido alguna vez a la romería?

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

—No. No he tenido nunca ocasión de ir. Pero dicen que… —pensé un momento

y, burlón—: Dicen que las romeras que llevan su nombre y hacen el camino, la Virgen

las premia haciéndolas aún mucho más bellas que ella misma.

Sonrió complacida y en un coqueto ademán comenzó la frase:

—Por favor, señor, no… —pero la dejó en suspenso al ser requerida por otro

pasajero.

Comí sin prisa y casi sin ganas una cena ligera e insípida, aunque caliente, y para

darle un poco de sabor la regué con un tinto riojano, de Cenicero. Por el rabillo del ojo

no perdí de vista sus idas y venidas de la cocina. Cuando me ofreció café confirmé con

la cabeza, si bien, creo yo, mi expresión parecía indicar un deseo mal controlado:

¿Eh? ¡Qué estoy aquí! ¿No me ves? ¡Ven, ven!

Pero era una profesional y absorta en lo suyo ni quería ni entendía de

traducciones a destiempo.

La voz del comandante se escuchó a través de los altavoces. Indicó la

temperatura del exterior, la altitud del avión y su situación sobre el Océano Atlántico, la

distancia recorrida, hora prevista de llegada al aeropuerto Madrid-Barajas y su

temperatura en aquellos momentos: tres grados centígrados bajo cero. Rocío repartió

mantas y almohadas, y se apagaron las luces quedando iluminada la cabina de pasajeros

por dos filas de pilotos estratégicamente situados.

Encendí la lamparita de la butaca con la intención de continuar con la lectura,

pero los destellos, como una máquina recién engrasada después de años enmohecida,

continuaban lanzando imágenes, recuerdos que creía sepultados para siempre.

¿Qué ocurrió después…?

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

A los pocos días mi madre me llevó al piso que teníamos en Valladolid. Allí viví

solamente dos años. Dos años que recuerdo con nostalgia. Situado en la última planta de

un sólido edificio frente al parque, con dos enormes galerías que recorrían su anchura

orientadas al noreste y noroeste, por lo que, por ambos lados, la luz y el sol estaban

garantizados. La que daba al salón y a los dormitorios, la del noroeste, disponía de

grandes ventanales frente al parque, y era en ésta donde hacia mi vida. Creo que fue allí

donde aprendí las primeras letras y las primeras cuentas.

Y desde allí contemplaba los árboles desnudos y la nieve cubriendo el paseo, y

las escarchas, y el agua helada en las fuentes que adornaban los jardines formando

estalactitas que Aurora y yo nos entreteníamos en romper.

¡Aurora! ¿Qué habrá sido de ella? Era una muchacha alegre, cariñosa y seria que

mi madre contrató para que me cuidara y con quién pasaba todo el día. Me levantaba,

acompañaba al colegio, recogía del colegio, comíamos, volvíamos al colegio ¡A las

quince y treinta en punto!, y de nuevo me recogía. Hacíamos los deberes y dábamos

largos paseos por el parque.

Mi madre tenía tantas ocupaciones sociales que, exceptuando algunos días que

coincidíamos a la hora de comer, no nos veíamos. Echaba tanto de menos sus ausencias

que por las mañanas, antes de salir para el colegio, entreabría silenciosamente la puerta

de su dormitorio para darle los buenos días, pero ella dormía y, no atreviéndome a

despertarla, volvía a cerrarla con cuidado. Cuando Aurora me acostaba, aún no había

llegado, así que era con Aurora con quién rezaba, era ella quién me arropaba, era ella

quién me daba un beso y las buenas noches.

Con los primeros calores de la primavera las golondrinas regresaban. Llegaban

de repente, reparando con frenesí los nidos dañados por el abandono y el clima, situados

Jj. Lobóncerviá

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en lo alto de los ventanales desde una esquina a la otra, ocho, diez, doce en cada una, y

en pocas semanas docenas y docenas revoloteaban sin cesar ocupando el espacio aéreo

del parque.

Era todo un espectáculo verlas volar en artísticos quiebros llegando al nido,

alimentar a las crías y salir otra vez zigzagueando con sus pechitos blancos lanzándose

al espacio. De vez en cuando, algún polluelo caía y moría junto a los excrementos en la

plancha metálica que sobresalía del balconcillo.

Para mi madre, Valladolid era poca ciudad, provinciana, áspera y ruda.

Necesitaba otras amistades y un nuevo sistema de vida, así que al terminar el verano de

1963, marchamos a vivir a Madrid. Un piso pequeño en una primera planta de una

perpendicular a la calle Princesa, en el barrio de Argüelles, junto a un Mercado. De

habitaciones oscuras, la luz eléctrica estaba presente la mayor parte del día y, a pesar de

cerrar ventanas y taponar resquicios, por todos los rincones se filtraban el ruido de los

coches, el ajetreo de la calle y olores a verduras y pescado.

Aurora no quiso acompañarnos. No quería alejarse de la familia y de su tierra

que lo eran todo para ella. Y hubo que contratar a otra niñera de la que no guardo

ningún recuerdo. El nuevo colegio estaba a un par de calles de distancia que aprendí a

recorrer solo.

Y solo quedé desde el primer día. Soledad amarga que gota a gota se filtró, como

una extraña ósmosis, inundando mi corazón hasta llegar a sentir un dolor tan agudo en

el pecho que me obligó a guardar cama. Entonces ignoraba lo que era pero sus

silenciosos momentos me lo enseñaron y ya nunca me dejaría, aunque hubo épocas que

conseguí mantenerla engañosamente adormecida.

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Con mi madre recorrí las consultas de la mitad de los médicos puericultores de

la ciudad porque el asunto era de difícil diagnóstico: sin fiebre, ni tos, ni alergias, ni

síntomas de enfermedad, pero no comía, día a día mi debilidad aumentaba y no cesaba

de llorar. Y llegó un momento que perdió los nervios y me zarandeó ¡Qué tiempos más

importantes perdidos en sus relaciones sociales e infinitas obras de caridad por atender!

¿Pero qué me había creído? ¿Es qué no sabía comportarme como los hijos de sus

amigas?

Alguien comentó sobre medicina psicológica para niños. Y con una charla que

tuve con el doctor González fue suficiente. Descubrió que aborrecía Madrid, el ruido de

sus coches, la polución, los olores del mercado, la luz artificial. Diagnosticó que me

alejara y a ser posible que me fuera a vivir al campo. En caso contrario, afirmó, podría

llegar a padecer serias anomalías con consecuencias irreparables para el resto de mi

vida.

Durante un tiempo dudó sin saber que decisión tomar. Por las frases

entrecortadas que conseguía escuchar en sus largas conversaciones telefónicas, pedía

consejos a unos y a otros porque no tenía ninguna intención de abandonar la capital.

Pero llegó un momento que empeoré de tal manera que vomitaba todo lo que llegaba al

estómago y la debilidad fue alarmante. Entonces tomó la decisión.

Regresamos al caserío. Mantuvo una larga conversación con Pepón y Julita, su

mujer, los mayorales, para que se hicieran cargo, pero la supervisión y vigilancia en los

estudios en la escuela del pueblo correría a cargo de Quique, el Grande.

Pepón, Julita y el hijo de ambos, Cipriano, diez años mayor que yo, vivían en

una casa anexa conectada interiormente a la nuestra a través de lo que llamábamos “el

hueco”, una escalera de piedra que unía las respectivas cocinas dando espalda la una

Jj. Lobóncerviá

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con la otra, la de ellos cinco peldaños más baja por cuestiones de edificación del

terreno, así que al ser un espacio abierto, sin puertas, Julita podía atender las dos a la

vez sin mayores problemas.

Por el exterior se llegaba a su puerta principal dando la vuelta por la pared de la

capilla situada perpendicularmente entre ambas viviendas. Frente a ella presidía un

enorme moral que proporcionaba unas moras exquisitas, la mejor sombra de todo el

caserío en los tórridos días veraniegos y las delicias de gorriones, jilgueros, verdecillos

y hasta tórtolas y palomas que anidaban en los tejados y palomares de los alrededores.

Nunca supe con exactitud los acuerdos a los que llegó con ambos. Pepón jamás

me comentó nada y supongo que soportó mi carga como una responsabilidad más

dentro de su trabajo de hombre de la casa, pero con Quique fue diferente porque me

quería como si fuera su hermano pequeño y gracias a largas charlas que manteníamos

especialmente en las salidas al campo a cazar y a través de las anécdotas que desgranaba

de cuando en cuando, fui conociendo a mi padre.

Pero no ocurrió lo mismo con mi madre. Durante todos aquellos años que viví en

el caserío ni una sola vez me hizo comentarios sobre ella. Cuando circunstancialmente

salía su nombre en la conversación se escurría como una anguila cambiando

rápidamente de conversación.

Pasaron muchos años. Paseando a orillas del lago Leman después de su funeral

(falleció en una clínica de Lausana), Quique se atrevió a explicarme las razones del

porqué nunca quiso hablar de ella. Prefirió el silencio, me dijo, a tener que dar

opiniones que en nada favorecían su imagen y teniendo en cuenta que era mi madre,

consideró que era mejor dar tiempo al tiempo.

Jj. Lobóncerviá

26

EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

Se despidió con la promesa de pasar conmigo todas las vacaciones y regresó a

Madrid. Con poco más de seis años, aquel viejo y frío caserón de tres plantas, de anchas

paredes de piedra, altos techos, recovecos en vez de ángulos en cada esquina, una

buhardilla llena de herramientas, viejos muebles, artilugios de complicado uso, baúles

con ropas antiguas, arcas, cofres, olvidadas maquinarias decimonónicas y los más

extraordinarios cachivaches que alguien pudiera imaginarse, se transformó, de repente,

en mi castillo encantado.

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

3

Viernes, 15 diciembre 2000. Nueva York, 23.00 horas

Sábado, 16 diciembre 2000. Madrid, 05.00 horas

EL CASERÍO. A POCO MÁS DE MEDIO KILÓMETRO DEL PUEBLO por la

carretera que cruza hasta la comarcal y, cuando el tiempo acompaña, paseo oficial de

sus endomingados habitantes durante las tardes festivas. Esa distancia, además de cruzar

hasta el otro extremo del pueblo, muy cerca de los escasos restos del castillo, maltrecha

reliquia de aquellos tiempos en que hidalguía y nobleza tenían un alto valor en el alma

castellana, recorría cuatro veces al día, dos para la ida y dos de regreso, para asistir a la

escuela.

En él aprendí a vivir en soledad hasta que al conseguir la mayoría de edad

conseguida ante el juez, decidí marchar a América. En el caserío me formé, aprendí y

Jj. Lobóncerviá

28

EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

forjé un carácter templado en los fríos inviernos y tórridos veranos. Implacable ante la

adversidad y los enemigos que, sin buscarlos, la vida te pone delante; amable y fiel a la

amistad sincera; bondadoso y caritativo ante la miseria y desgracias ajenas, y amante de

la formación, del saber y la cultura.

El primer invierno fue el más duro. Los días que el temido cierzo soplaba del

norte lo hacia con tanta fuerza que por mucho que intentase taponar puertas y ventanas,

se metía por las rendijas con un silbido estertóreo avisando de su gélida temperatura,

cortante como hojilla de afeitar, capaz de quebrar hasta los huesos.

Julita, mujer de buena voluntad pero cortas luces, poco podía hacer de un viejo

caserón inútil para épocas de invierno. Intentaba que la chimenea del estudio y el hogar

de la cocina siempre estuvieran encendidos y, cuando encontré en la buhardilla un

antiguo calentador de cobre de largo mango de madera, antes de acostarme lo pasaba

lleno de brasas de paja por las sábanas que algo me defendía de la tiritona antes de

dormirme.

El calentador, la chimenea y el hogar eran los únicos centros de calor, demasiada

escasez para combatir el picor de los sabañones en pies y manos, a los que me

enfrentaba con agua caliente y pinceladas de yodo conseguido en la farmacia del

pueblo.

Fue un invierno cruel. La soledad se acentuó porque los mayorales, buenas

gentes, andaban a lo suyo y apenas acompañaban. Busqué refugio en el estudio,

supongo que por defenderme del frío, pero aficionarme a la lectura fue un paso casi

inmediato. Así que años más tarde, cuando eché un vistazo atrás, comprendí que

aquellos duros inviernos me proporcionaron una compañera insustituible para toda la

vida: la lectura.

Jj. Lobóncerviá

29

EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

Durante los meses escolares, cuando las lluvias o nevadas nos dejaban sin

recreos, al calor de las estufas de carbón, la ayudante de doña Carmen, maestra oficial

de la escuela, la frágil doña Herminia, que era la esposa de don Francisco, el enjuto y

antipático médico del pueblo, y que, como ella decía, era estudiante de letras y

conocedora de la Historia de España como nadie, con una vocecita apenas audible, nos

contaba pedazos de nuestra comarca, Tierra de Campos, que a veces se asemejaban a

jirones de piel arrancados en vivo a sangre y fuego.

Por mucho que insistía en que eran hechos reales más parecían cuentos, cuentos

de la vieja España, y de esa manera los narraba para que prestásemos mayor atención,

pero nuestra imaginación no dudaba en transformarlos en emocionantes leyendas que

nos permitían soñar en lejanos y exóticos países del Oriente o de las Américas que

buscábamos ansiosos en los mapas que adornaban las paredes de la clase.

Pero era nuestra historia. Poco a poco, al margen de la enseñanza oficial, nos iba

transmitiendo todo el amor que sentía y casi sin darnos cuenta nos fue inculcando la

herencia de nuestro pasado y la responsabilidad de hacerla llegar a las futuras

generaciones con el orgullo de quiénes fueron y quiénes somos.

Un día nos enteramos que habitaron pueblos de raza celta llamados vacceos con

curiosas costumbres comunales, y que Aníbal, el gran general cartaginés, terror de

Roma, antes de atacar Sagunto, motivo de la Segunda Guerra Púnica, atravesó la

Península Ibérica hasta nuestras tierras en busca de riquezas y que llegó hasta Arbucala,

que dicen que es Toro, ese pueblo zamorano no muy lejano al nuestro, famoso por sus

gentes amables y el espeso y compacto vino tinto, ideal para compartir con carnes

fuertes, chuletilla de liebre, lechazo, perdiz o caza mayor.

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

Otro, contaba la marcha de las legiones romanas y las huellas que dejaron a su

paso hasta llegar al mar Cantábrico o los godos y sus Campos Góticos, origen del

nombre de nuestra Tierra de Campos. Y de las repoblaciones de gentes que organizó

Ordoño I el rey asturiano y los castillos y ciudades amuralladas que poco a poco se

fueron construyendo en el avance hacia el sur conquistando espacios hacia la

unificación de todo el territorio peninsular.

Y sobre todo nos narraba, nos declamaba más bien, con absoluta pasión,

acontecimientos de la Edad Media, de aquel memorable Tratado —se le humedecían los

ojos al recordar—, por el que se unieron los reinos de Castilla y León y el posterior

matrimonio de doña Berenguela, reina de Castilla y Alfonso IX el rey leonés, y el fruto

de ambos, Fernando III, el Santo, con el que se unen por segunda y definitiva vez ambos

reinos.

Y de los hechos de armas, de las campañas y conquistas de los reinos moros de

Córdoba, Jaén, Murcia, Sevilla, hasta que los Reyes Católicos llegan a Granada; y de su

hija doña Juana, Juana I de Castilla, madre del gran emperador y abuela de Jeromín el

gran don Juan de Austria que casi allí mismo compartimos en juegos y ensueños el río

Sequillo y los montes de Torozos cuatro siglos antes; y de los comuneros que

atravesaron nuestros campos camino de Villalar.

Y una tarde alguien dijo, otro comentó, y a bocajarro me espetaron lo que los

viejos del lugar rumoreaban de vez en cuando, que mi casa, el caserío, fue en otros

tiempos un recinto sagrado, un monasterio de monjas de clausura dedicadas a la vida

contemplativa, al trabajo, la oración y al huerto, y que uno de mis antepasados lo

adquirió, junto a las tierras de secano y regadío pertenecientes al predio, aprovechando

su puesta en venta en una confiscación de bienes.

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

Como algunos maldicientes decían de tapadillo, a media voz, pero lo justo para

que por la otra media se oyera a los cuatro vientos, que se había conseguido de

estraperlo, y para mí, que desconocía el significado, dando por supuesto que era algo

indecente sentía cierta vergüenza que alguien de mi familia hubiera sido estraperlista, y

dándole vueltas por ver el modo de callarlos, un par de años antes de finalizar el

bachillerato decidí intentar averiguar la verdad.

Durante el transcurso de la investigación caí en la cuenta que fuera en la época

que fuese cuando se adquirió el caserío, no podía haber sido de estraperlo ni por

estraperlistas, porque esa palabra fue un invento popular procedente de la fusión de tres

apellidos, autores de una monumental estafa durante la Segunda República y que se

mantuvo, por extensión, los tres años que duró nuestra guerra civil y durante los

siguientes para todos aquellos que se dedicaban a negocios de compraventa pocos

claros.

La realidad es que, a pesar del interés que puse, poco podía hacer con la escasa

base cultural que se iba adquiriendo para un asunto que requería formación de

investigador, ni tampoco conseguí ayuda de personas con la preparación necesaria que

me indicasen el camino a seguir para documentarme o, al menos, obtener alguna luz que

me permitiera confirmar o no la veracidad de tales habladurías.

Don Raimundo, el alcalde, se encogió de hombros cuando le pedí que me dejase

entrar en el archivo de la alcaldía situado en su sótano, acto que interpreté como

afirmativo y durante una buena temporada manejé legajos y voluminosas actas de

reuniones colocados en repisas de madera llenas de polvo y humedad, apiñados sin

orden unos encima de otros. No saqué nada en claro pero al menos sirvió para dejarlo

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

todo clasificado por materias y fechas, suponiendo que para alguien, algún día, le fuera

de utilidad.

Pero seguía empeñado en el tema y trabajando con los medios que disponía en el

estudio, varias enciclopedias, Historias de España y revistas de agricultura, ganadería y

economía. Ni un solo documento que hiciera referencia a la compra del caserío, ni

huella religiosa en la arquitectura del edificio, ni señales monásticas en la capilla anexa

a la casa, ni indicios de enterramientos en su interior o en los alrededores, por lo que me

centré en las grandes confiscaciones de bienes que existieron a lo largo de los siglos,

llegando a las siguientes conclusiones:

En primer lugar no parecía posible, por su lejanía en el tiempo ni porque el

edificio tuviera tanta antigüedad, que procediera de la Orden del Temple porque estas

acciones ocurrieron a partir de los últimos años del reinado de Fernando IV (1295-

1312), cuarto rey de Castilla y León. Pero estudié con especial interés estos hechos por

dos circunstancias:

Porque Fernando IV “el Emplazado”, era descendiente lejano pero directo, de

doña Berenguela que era hija de Leonor de Plantagenet, y ésta, a su vez, hija de Enrique

II de Inglaterra y, en consecuencia, hermana de Ricardo Corazón de León, y por aquella

época “Ivanhoe” de Walter Scott, “El Príncipe de los ladrones” y “Robin Hood el

proscrito” de Alejandro Dumas, las novelas de aventuras de Emilio Salgari y de Julio

Verne, las de Tarzán, de Edgar Rice Burroughs o las conquistas del oeste americano de

Zane Grey eran las novelas de aventuras que adquiríamos y nos intercambiábamos en

un continuo consumo de lectura.

Y porque sentí enorme curiosidad por el apodo con el que ha pasado a la

historia: “el Emplazado”, es decir, citado en un límite de tiempo concreto, por un asunto

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

que parece un canto popular, probablemente una leyenda templaría en la que se dan

idénticas circunstancias de lo ocurrido dos años más tarde en Francia con el Gran

Maestre Jacques de Molay y el rey Felipe IV el Hermoso, y que, más o menos, así

queda recogida en la tradición popular:

Se encontraba el rey en Martos (Jaén) población que pertenecía a la Orden de

Calatrava, y por razones nunca aclaradas, hizo detener a dos hermanos apellidados

Carvajal, acusándolos de haber asesinado en Palencia a Juan Alfonso de Benavides.

Parece que pudieron demostrar su inocencia pero a pesar de ello fueron condenados a

muerte. Introducidos en una jaula los subieron hasta el cerro llamado la Peña de Martos

para, desde allí, despeñarlos arrojándolos al vacío.

Pero al pasar por delante del Cristo de la Teja le imploran y emplazan al rey a

comparecer con ellos a juicio ante Dios de allí a treinta días. El pueblo colocó una cruz

en el lugar donde murieron los dos hermanos, conocida por la Cruz del Lloro, fueron

enterrados en la iglesia de Santa Marta, e hicieron de la Peña de Martos un monumento

a la injusticia. Hecho ocurrido el 9 de agosto de 1312.

El 7 de septiembre, cumpliéndose los treinta días justos, encontraron al rey

muerto en la cama. Y así aparece en las “Crónicas de los Reyes de Castilla” a petición

de su propio hijo, Alfonso XI.

En segundo lugar, descarté desde el primer momento, por obvias razones, una

posible procedencia de confiscación de bienes procedentes de los judíos expulsados de

todos los territorios bajo los Reyes Católicos como consecuencia del Edicto de Granada,

firmado el 31 de marzo de 1492 y con efectividad del 2 de agosto, mismo día que

Cristóbal Colón partió de Palos con las tres carabelas.

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

Y, finalmente, las Desamortizaciones, aquel larguísimo proceso socio-

económico-político por medio del cual las propiedades de las tierras y bienes urbanos de

órdenes religiosas, monasterios y conventos, así como señoríos solariegos y municipales

pasaron al Estado y se pusieron en venta. Desamortizaciones que se desarrollaron a lo

largo de poco más de siglo y medio, desde 1768 con Carlos III hasta 1924 con Alfonso

XIII, cuando Calvo Sotelo siendo Director General de la Administración, dio el

carpetazo definitivo con el Estatuto Municipal.

Y fue social porque tenía el objetivo de crear una sociedad burguesa de

pequeños propietarios en el mundo urbano y en el mundo rural que con las nuevas

propiedades trabajaran y produjeran riqueza. No se pudo cumplir el objetivo porque el

campesino necesitaba préstamos o subvenciones del Estado para adquirir las tierras y

aquí se toparon con imposibles, por lo que fueron adquiridas por los grandes

propietarios.

Y económico por la necesidad de aumentar el patrimonio nacional, amortizando

la Deuda Pública y disponiendo de efectivos para realizar, entre otros asuntos de

importancia obras públicas, eliminando, de paso, el fantasma de las crisis.

Y político, que duda cabe, porque se filtró en la sociedad la ideología liberal

haciendo desaparecer definitivamente la propiedad de las tierras en manos no

productivas del llamado Antiguo Régimen, el estado absolutista, para dar paso a unas

estructuras políticas basadas en la democracia parlamentaria y en un gobierno

representativo.

Y en estas reflexiones andaba cuando fisgando por la buhardilla me fijé en un

baúl medio escondido debajo de un montón de planchas de madera. No sé bien, pero me

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

quedé paralizado cuando entre las dobleces de los ropajes que iba sacando aparecieron,

como por arte de magia, dos envejecidas cajas de cartón atadas con cintas rojas.

Durante un buen rato estuve observándolas sin atreverme a tocarlas. Una y otra

vez alargaba el brazo y una y otra vez retrocedía ¿Por qué? ¿Por qué me asustaba tanto

su contenido? ¿Es que acaso no se centraba mi interés en averiguar los asuntos de la

familia?

¿Qué podían contener para intimidarme de esa manera? Quizá solo fueran fotos.

Si, fotos en formato de tarjetas postales, como las que tanta gracia me hacían verlas en

viejas revistas. ¿Fotos? Sí, serían fotos. Pero mantenía la duda ¿Y si contenían la

declaración de algún hecho inconfesable que, para liberar la conciencia, habían decidido

dejarlo por escrito? ¿Eran de mi abuelo, de mi bisabuelo o, quizá, más antiguas? ¿Qué

me ocurría? ¿Por qué esa mezcla de deseo contenido y temor? Pero ¿Miedo a qué?

El instinto me decía que si habían estado tan cuidadosamente guardadas entre

colchas, encajes y elegantes vestidos alguna historia importante encerraban. Y

repentinamente, en un acto reflejo, las metí bajo el brazo y de un brinco salí de la

buhardilla, bajé las escaleras a trompicones y encerrándome en el estudio tiré de los

extremos de las raídas cintas.

La información obtenida en una de las cajas fue suficiente para desestimar la

época de la Desamortización llamada Ley Pascual Madoz, que fue sin duda la más

importante no solo por su larga duración, sino porque en ella se completa la

transferencia de los bienes del clero al Estado.

Decepcionado, comprendiendo que nunca iba a conocer la verdad, abandoné

definitivamente el trabajo. Pero algo positivo saqué puesto que me enseñó a valorar el

caserío en su verdadera dimensión, construido por un antepasado o comprado de la

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

manera que apuntaban los rumores, era mi hogar y a fin de cuentas lo único que debía

importarme.

Rocío se movía en la cocina. De vez en cuando parte de ella asomaba a través de

la cortinilla para esconderse nuevamente. Preparaba un tentempié porque olí a café. A

café de avión, claro, que es un café muy especial, inconfundible en olor y sabor, pero

café a fin de cuentas y, cuando en la pantalla luminosa marcando el rumbo y la distancia

indicaba que estábamos en mitad del Océano Atlántico a caballo entre dos días y que,

medio destemplado, no había conseguido coger el sueño, algo caliente, aunque fuese

café de avión, no venía nada mal.

A través de la cortinilla pronuncié su nombre. Como si me estuviera esperando

la descorrió y la luz del interior iluminó su cuerpo. Con una amable sonrisa, preguntó:

—Huele a café ¡Claro que sí! ¿Desea un poco?

—¡Por supuesto! —y sentí el imán de su atracción. Con una humeante taza en

las manos, apoyados en los contenedores del servicio de comidas y a través de una

charla intranscendente, dudas y réplicas hasta destapar la esencia de dos almas solitarias

y sin saber muy bien de que manera, preguntas y respuestas sinceras abrían páginas de

nuestras vidas, algunas de ellas demasiado ocultas, casi enterradas. Pero era un tiempo y

un momento en medio del espacio infinito y el sentimiento se abría como una flor al

amanecer.

Un instante. Su perfume me invadió en medio de una frase sobre el Orinoco y

las haciendas ganaderas de Los Llanos quedando en suspenso. Sentí que ardía, un deseo

fugaz e ilimitado de besarla, poseerla, sentir sus latidos galopando desenfrenados al

compás de los míos me desbordó en el momento que ella alargó los brazos, me miró

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

fijamente y mezclando la frase con un suspiro me empujó suavemente hacia afuera

despidiéndose porque aún quedaba trabajo pendiente.

Levanté el visillo del ventanuco y al frente, en un punto muy lejano la luz del día

señalaba el Oriente. Minuto a minuto mi destino se acercaba. Atrás quedaban

demasiados años de esfuerzos, penurias, sinsabores, luchas sin cuartel contra el medio,

los hombres y la adversa fortuna. Las huellas quedaron grabadas. Unas, la ambición

desmedida, el odio y la traición en el alma; y otras, allá donde las leyes del hombre no

alcanzaban, la venganza y el asesinato en la piel.

Pero había merecido la pena. Toda mi hipotecada herencia en manos de Quique,

el Grande, y por ese lado nada me preocupaba, pues año tras año el dinero para

recuperarla llegó en el momento justo y estaba seguro que las rentas y las propiedades

quedaban a buen recaudo bajo su responsabilidad. No eran los aspectos materiales los

que pudieran preocuparme porque regresaba con un entramado empresarial de sólido

andamiaje y fértiles resultados. Era el terror a los fantasmas del pasado, sentir de nuevo

la ácida amargura de la soledad.

Mi querido tío. Nuestros parentescos eran lejanos, un tronco común que se

perdía en la noche de los tiempos. Según decían éramos primos de primos y sobrinos de

sobrinos. Familia que conservábamos el mismo nombre y el primer apellido. Quique,

diminutivo de Enrique y apodado el Grande porque sobrepasaba el metro noventa y

pesaba ciento veinte kilos bien cumplidos. De piel morena, nariz aguileña, pelo muy

corto, negro y ensortijado, tenía un rostro expresivo y bonachón. Y lo era.

Quique era pues, un Valberde, un Valberde de la rama de los “Quique”, como lo

fue su padre y toda su ascendencia desde, decían, la Edad Media o más allá, vamos,

para entendernos, desde los visigodos poco más o menos. De la misma manera que mis

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

ascendientes y yo éramos Valberde de la rama de los “Enrique”, desde que, según

decían, el mundo llegó a ser el mundo tal y como lo conocemos.

Así nos distinguíamos para poder llevar el mismo nombre y el primer apellido.

Pero lo curioso es que de generación en generación nos unía una amistad leal y sin

fisuras, quizá debido a que las distintas generaciones se mantenían escalonadas, con

unas diferencias de edad entre diez y veinte años. Es decir, que el padre de Quique,

nacido en 1914, tenía diez años más que mi padre, y mi padre que murió a la edad de

treintisiete, tenía diecisiete más que Quique el Grande, y éste a su vez, dieciséis más que

yo.

Y cuando emigré con dieciocho años, Quique tenía un hijo de un añito, el único

que tuvo, fruto de su matrimonio con Alicia, una muchacha cordobesa, pelirroja, alegre

y cariñosa que se conocieron en Madrid cuando ella era estudiante de Filología Inglesa

y se comprometieron un par de años más tarde en una cacería de venados y jabalíes por

los pagos de Montoro.

Alguna vez durante la comida de los domingos en casa de los “Quique” salió a

relucir el tema del parentesco pero ni tía Adela, madre de Quique, ni él mismo sabían

dar razón.

—No sé —comentaba tía Adela—. En pocas ocasiones le oí a Quique —se

refería al padre de Quique, el Grande, que falleció de tifus exantemático en 1949— algo

más de lo que te hemos contado. Bueno, así somos los castellanos, sabemos lo que nos

cuentan y con eso nos basta y sobra, que somos la familia y nos comportamos y

queremos como Dios manda. ¿Para qué más?

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

—Pero que conformistas sois ¿Es qué no sentís curiosidad por los antepasados?

—insistía más que por afán de averiguar cualquier detalle por el desinterés que

demostraban.

—¡Pero qué pesado es este muchacho! ¿Para qué quieres más? Más o menos

hasta los abuelos y las historias que nos han querido contar ¡Suficiente! —se quejaba tía

Adela.

—¿Y de dónde viene, por ejemplo, la tozudez de que el primer varón en ambas

familias se llamen Enrique? ¿No os parece raro? —preguntaba obstinado y sin piedad.

—Hombre, por tradición, supongo. Aunque bien mirado sí que es raro, sí, la

verdad. ¡Pero vete tú a saber! —contestaba Quique, el Grande, sin hacer grandes

esfuerzos mentales y añadiendo que como aquellas gentes eran muy raras y estaban

cargadas de prejuicios lo mejor era dejarles en paz.

Más o menos así se desarrollaban las conversaciones. Me parecía una

incongruencia difícil de entender el desinterés por el pasado y a la vez el afecto

presente. Pero así son las gentes de Castilla, añoran el pasado y lo conservan, pero lo

esconden, por timidez o por solidaridad para con lo suyo, porque lo que es de cada uno

es de cada uno y de nadie más. Lo tenían absolutamente claro, éramos la familia y

continuaríamos unidos mientras el mundo siguiera siendo el mundo. Y punto en boca.

El domingo siguiente al del hallazgo de las cajas, al llegar a casa de los

“Quique” con gran ceremonia y sin decir palabra las coloqué encima de la repisa de la

chimenea del comedor.

—¿Qué traes ahí? —quiso saber tía Adela.

Conté el descubrimiento del baúl, la ropa y las cajas. Cuando comenté que traía

información interesante de la familia cambió el sentir y les picó la curiosidad, pero al

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

referirme a la ropa que creía yo, debía de ser de mi bisabuela y que me parecía que uno

de los vestidos era un traje de novia porque era de un blanco impoluto, a tía Adela le

faltó tiempo para ir a fisgar a la mañana siguiente. Vació el baúl, clasificó la ropa,

comentó que había vestidos y encajes valiosísimos, mandó que se lavaran y plancharan

con el mayor esmero, los metió en bolsas de plástico con bolas de naftalina, habilitó un

armario y los colgó como si fueran joyas.

—¿No me decíais que a los muertos había que dejarlos en paz? —pregunté con

todo el desparpajo que me fue posible por eso de mantener la incertidumbre y hacerme

el interesante— Pues resulta que los muertos antes de morir, como saben escribir, dejan

por escrito sus desventuras.

—¡Ea! ¡Enséñanos lo que contienen las cajas, leches! —Quique se lanzó por

ellas pero fui más rápido y poniéndome delante impedí que las tocara.

—Tranquilo. Para después de comer que tenemos toda la tarde y va para largo,

ya veréis.

No podían disimular la curiosidad y durante la comida la conversación giró

alrededor de los secretos de la buhardilla mientras las miradas iban a las cajas y volvían

hacia mí con una nueva pregunta. Pero aguanté con evasivas y mantuve la compostura

en una actuación digna del mejor actor manteniendo la intriga hasta que ya en los cafés,

Quique refunfuñó:

—¡Galán, coño, que estoy perdiendo la paciencia!

—Vaaaaale, impaciente —soltando una carcajada las coloqué encima de la

mesa.

La más grande, blanca, del tamaño de un folio aproximadamente, contenía

libretas de cuentas entre 1827 y 1865 con sus entradas de harinas, maquinarias, mulas,

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

cántaros, juegos de sábanas y una larga lista. La mayoría de las columnas eran de

salidas, de ventas de productos de la casa, pichones, higos, vino, cebada, trigo al pósito,

etc., con sus precios correspondientes en reales, maravedís, cuartos, algún que otro

escudo y céntimos de escudo.

Nos aportaron datos interesantes de las valoraciones de los productos de aquellos

años y una idea de la manera de manejarse como agricultor, curioso y metódico en los

dineros el antepasado Enrique Valberde Aguado, a quién se lo atribuimos por coincidir

con el autor de las cuatro cartas, firmadas y fechadas en el caserío que contenía la otra

caja, de color marrón oscuro y el tamaño aproximado de media cuartilla.

El hecho de estar firmadas en el caserío indicaba claramente que él ya vivía allí

y probablemente con sus padres y que, como mínimo, ya era de los Valberde desde la

primavera de 1827. Este dato fue el que me hizo abandonar definitivamente las

investigaciones del caserío.

La primera carta, citándolas de mayor a menor antigüedad, estaba fechada en

mayo de 1827 y dirigida a Micaela Peña Guerra, natural de Pozuelo. Con frases largas,

ampulosas e impregnadas del romanticismo de la época hacia referencia a la boda que

entre ambos iba a celebrarse y que resumiendo venía a decir lo siguiente:

Que los esponsales se llevarían a cabo el segundo domingo de septiembre,

después de recogida la cosecha. Que ya había hablado con el cura para las tres

amonestaciones y que su amadísima Micaela hiciera otro tanto en Pozuelo para que

tuvieran lugar en la misa mayor del primer domingo de cada mes a partir de junio. Que

le parecía bien lo del ajuar que aportaba porque era una tradición que él respetaba, pero

que no se preocupara de nada más porque vivirían en el caserío donde no faltaba de

nada, pero que, si a su padre no le parecía mal, podría ceder unas hectáreas colindantes

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

con las suyas y que, por supuesto, él estaría dispuesto a arreglar una compensación. En

fin, ya en la posdata la tranquilizaba sobre la edad de ambos, él con treinta y tres y ella

con diez y ocho, en base al amor que se profesaban.

Tía Adela, exclamó:

—¡Valiente tunante! ¿Hila fino con lo de las tierras, eh? ¿Y sabéis lo que os

digo? Que sería la época, no digo que no, pero que era un cursi empalagoso no hay

duda, al menos, escribiendo.

Y Quique se desternillaba de risa.

—¿Así que eran de los Peña? ¡La cantidad de Valberdes que ya han arado esas

tierras!

—¿Es que sabes cuáles son? —pregunté.

—¡Naturalmente! Desde esa boda es de los Valberde y ahora… ¡Pues ahora son

mías desde mi abuelo, que le tocaron en el reparto de la herencia!

La segunda, de julio de 1848, dirigida a su hijo Enrique, nacido en 1828 y a la

sazón estudiante de Derecho en la Universidad Literaria de Valladolid, informando de

los pormenores que estaban llevando a cabo para que su matrimonio con una joven

vallisoletana pudiera llevarse a cabo a mediados del siguiente mes.

Sacamos en conclusión que Enrique, estudiante en Valladolid, con veinte añitos

y sin terminar la carrera, se empeñó en casarse. Poco más decía la carta y ni tan siquiera

aportaba el nombre de la novia.

—¡Uf, uf, uf! —Exclamó la tía— ¡Aquí ha habido un desliz!

—No entiendo nada —dije.

Y Quique dándome un coscorrón, ordenó:

Jj. Lobóncerviá

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EN AQUEL LUGAR DE SOLEDAD

—¡Calla y a por la tercera!

La tercera, de junio de 1850, era una súplica en su nombre y el de su esposa,

Micaela, a su queridísima hija Leandra, que finalizando estudios con dieciocho años, no

estaba por la labor de regresar a su casa, sino de ingresar como novicia en el convento

de las Clarisas, monjas de clausura en Medina de Rioseco.

Imploraban que meditara ante la Santísima Virgen, pues quedaban solos y sin

otro consuelo para su vejez, recordando el fallecimiento de su hermano Enrique en

accidente de caza en las Navidades del mismo año de su matrimonio. Si bien, aclaraban,

que el hijo póstumo que había dejado, nacido en enero de 1849, no era suficiente

compañía teniendo en cuenta que madre e hijo vivían en Valladolid. Finalizaban las

tristes líneas aceptando con resignación cristiana la voluntad de Dios.

Nos quedamos perplejos y sin saber que comentar. Quique abrió la boca para

decir algo, pero tía Adela se adelantó:

—Lo que decía. Si es que para estas cosas las mujeres tenemos un sexto sentido.

—¿Y que es lo que decías? —pregunté.

—¡Pues que ese niño no fue sietemesino, que va a ser!

Y Quique centrado en el asunto, apremiaba:

—Vayamos por la cuarta, que este hombre nos deja sobre ascuas y deberá

aclararnos los misterios familiares.

Y la última, fechada en domingo, primer día de octubre de 1865, dirigida a su

esposa Micaela pero aclarando que daba órdenes concretas para que no se abriera hasta

después de su muerte y, de hecho, era el único sobre que tenía huellas de haber sido

cerrado con lacre. En realidad era su testamento. Con un estilo literario completamente

diferente a las anteriores, frases cortas, expresiones escuetas y un sentimiento que

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brotaba en cada línea, decía llevar postrado en cama desde hacia dos años por una

parálisis y aseguraba no llegar a las navidades.

Comienza explicando los cambios sociales llevados a cabo en los últimos años

en la sociedad vallisoletana. Como pasó de ser agricultor a comerciante en grano, y de

ahí al de harinas. Y como entró en el círculo de los hombres financieros, de sus

inversiones en la construcción del ferrocarril y de las catastróficas cosechas de esos

últimos años. Y el hundimiento del Banco de Valladolid del que fue uno de sus

valedores y socio fundador en 1856. Pero no parecía preocuparle porque ha triplicado su

hacienda y en ese sentido, a pesar de los fracasos, podía morir tranquilo.

Da gracias a Micaela por haber sido una esposa ejemplar y por haber concebido,

para sorpresa de propios y extraños, un tercer hijo a la edad de 48 años, el 21 de marzo

de 1855 y que, en recuerdo al hijo fallecido lleva su mismo nombre, si bien decidieron

llamarlo con el apodo de Quique para que no se confundiera con el nieto que también

llevaba el nombre paterno. Y que en su nombre agradeciera a la nuera por la bendita

decisión de haberse ido a vivir con ellos, pues habían sido su alegría en los últimos

años.

Finaliza informando que toda su fortuna quedaba en usufructo a su amada

esposa y que a su fallecimiento, teniendo en cuenta que su hija Leandra ya recibió la

dote cuando realizó los votos definitivos en las Clarisas, quedaba a mitades entre su

nieto Enrique y su hijo Quique.

Los tres nos quedamos mirándonos sin poder dar crédito a lo leído. Todas las

dudas que teníamos habían quedado resueltas en la lectura de unas pocas líneas. Ya

conocíamos desde cuándo y porqué una rama era de los “Quique” y la otra de los

“Enrique”. Pero una duda bailaba en mi cabeza, pues si el sobrino tenía más edad que el

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tío la relación debiera ser inversa. Había, pues, base para continuar con el asunto. Las

cartas, y especialmente la última, serían el hilo conductor.

Se lo debía a Quique, el Grande, y a su madre porque además de ser mi única

familia ellos se ocuparon de todos los asuntos legales y de la organización del entierro

de mi padre, pues ante golpe tan inesperado mi madre no supo reaccionar y tuvieron que

pasar muchos días para que se recuperara de los desmayos.

Y a él se le encargó la responsabilidad de mis estudios, y con él aprendí las

enseñanzas del campo, la caza y la inspiración y sabiduría de la tierra castellana y el

amor por lo castellano. Y fue él el que respondió con generosidad cuando años más

tarde dejé a su cargo mi herencia y mis deudas.

Y en su casa conocí a Pichi, el patriarca gitano y a toda su familia. Fue un

domingo de febrero. Cuando llegué tocaban palmas y a su ritmo bailaban. Con el

tiempo llegamos a ser inseparables amigos, mi gente de confianza a quienes les debo

experiencias inolvidables, enseñanzas únicas y cariño sincero. Y su nieta, Candela.

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Sábado, 16 diciembre 2000. Nueva York, 00.00 horas.

Sábado, 16 diciembre 2000. Madrid, 06.00 horas

ERA ALTO, ALTO Y FLEXIBLE COMO LOS JUNCOS DEL RÍO que tanto

amaba. Su caminar arrogante, apoyando siempre la mano derecha, como si de un

talismán se tratara, en la entallada vara de avellano que le sobresalía una cuarta. Y

ciertamente, porque para cualquier gitano que lo viera caminar con aquel porte, con

aquella altivez estirando el brazo y avanzando con un golpe seco un paso por delante,

bien conocía su significado: la vara del patriarca. Cientos de gitanos, amigos o

simplemente conocedores de su valía le debían respeto y acatamiento.

Siempre rodeado de la prole. Bueno, de la que quedaba en el pueblo, porque su

vida estuvo marcada por docenas de aventuras que, de vez en cuando, desperdigadas,

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heterogéneas, desgranaba al calor de la lumbre en momentos de íntima relación

familiar.

Y una vida amorosa intensa. No llegué a saber con exactitud, creo que nadie lo

supo jamás, con cuántas mujeres mantuvo relaciones, pero que yo llegase a contabilizar

tuvo hijos, al menos, con tres.

Su mujer, Isabeliya, casados por el rito gitano y con la que tuvo los tres hijos que

convivía, Sita, Carmeliya y Colás.

Sita, la mayor, con dos hombretones, Lucas, el Joven, y Pedro, el Pistacho, que

ya marchaban con el marido yendo de feria en feria comprando, cambiando o vendiendo

caballerías desde Galicia hasta Andalucía y Levante. Desde marzo, que comenzaban las

ferias de ganado en el sur, iniciaban el periplo y los perdía de vista hasta casi entrado el

invierno que volvían cargados de regalos, pulgas, piojos y algún dinerillo.

Carmeliya, la segunda, que harta de infidelidades y maltratos abandonó a su

hombre regresando con sus padres y trayéndose al churumbel Antoñito, un par de años

mayor que yo y un embarazo, Candela, tres años menor.

Y Colás. Con doce años cuando lo conocí y con el único de la familia que no

conseguí hacer buenas migas. Más o menos nuestra relaciones eran correctas aunque

frías. Pasando los años comprendí los motivos de su resentimiento y que eran tan

sencillos como la vida misma, amaba a su sobrina Candela, todo el afán de su vida era

protegerla y no comprendía como podía preferir la amistad de un payo a la suya.

Aunque nuestro trato siempre fue muy superficial, por ser hijo de quién era, le

tenía por un muchacho legal. El día que todos ellos fueron a despedirme a la estación

del Norte con destino a Madrid, rumbo a América, él también parecía emocionado y

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porque creí que sus abrazos eran sinceros, espontáneas fueron mis últimas palabras:

“Cuídala, cuídala, mucho, mucho, mucho…”

Ésta era la familia con la que tuve auténtica y leal amistad. Del resto de sus

hijos, desperdigados por la periferia de Madrid y pueblos sevillanos, referencias

escuchadas en retazos de conversaciones de Lucas, el Jerezano, el marido de Sita,

cuando regresaba, porque coincidían y se trataban en las ferias de ganado con alguno o

con todos, no lo sé muy bien, pero lo que contaba no era bueno, asuntos de cárcel,

hurtos, peleas o drogas salían a relucir con frecuencia.

Pichi nunca opinaba, escuchaba y en más de una ocasión le vi levantarse en

silencio y salir con lágrimas en los ojos.

Sita tocaba las palmas y las castañuelas como nadie, pero contemplar a

Carmeliya ejecutar al compás de la danza, contorsionar el cuerpo, elevar los brazos y

mover los desnudos pies cortando el aire al mismo ritmo que la música era un

espectáculo digno de verse.

Con dos movimientos, unas palmás, chasquido de dedos y un:

Ea, vamos ya, venga, venga, vamos ya…

Como si un resorte interior los empujara a la danza en unos segundos cada uno

ocupaba su lugar. Primero Sita con las palmas; después Isabeliya, su madre, marcando

el compás; el padre con la toná, y Colás y el aprendiz Antoñito taconeando, daban

entrada a la Carmeliya que embobaba a la gente y acompañando en un santiamén con

cualquier instrumento que tuvieran a mano, vibraban de entusiasmo.

Cualquier cante les iba bien porque improvisaban lo que hiciera falta y aunque

tenían especial predilección por Lola Flores con “Échale guindas al pavo” o “La

Zarzamora” , manejaban bien “Sortija de oro” de Antoñita Moreno, o ”La niña de

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fuego” de Manolo Caracol, que comenzaba Carmeliya recitando con todo el

sentimiento:

Donde quiera que llego / nadie me mira a la cara / yo soy

la niña de fuego / nadie quiere comprender / que me

sobren los caudales / y que me muera de celos / la luna en

la noche oscura / y un pozo junto al camino…

Y continuaba Pichi cantando con una voz rota, quebrada por sus penurias y el

infortunio, intentando imitar a Manolo Caracol:

La luna te besa tus lágrimas puras / como una promesa de

buenaventura / la niña de fuego te llama la gente / y te

están dejando que mueras de sed / ¡Ay niña de fuego, ay

niña de fuego! /Dentro de mi alma yo tengo una fuente…

Y después de los aplausos y las propinas (la mayoría de las veces en especie),

seguía con su favorita, “El Gitano Señorito” , de Pepe Blanco:

Fue mi mare una señora / Y mi pare un caballero / De los

que pelan borricos / Y al compás de los panderos / Y entre

mimbres y canastas / Vine al mundo una mañana / Y al

compás de una guitarra / Al compás de una guitarra /

Bajo el puente de Triana / Me marché a correr el mundo /

Cuando ya era mayorcito / Y por eso toos me llaman / El

gitano señorito / Dale que dale que dale / Dale que dale al

pandero / Dale que dale que dale / Yo no camelo el dinero

/ Tengo una novia que es más que rica / La que conmigo

se quiere casar / Pa que yo tenga lo que me falta / Talento

madre y valor pa currelar / Yo no entiendo de borricos, de

canastas ni carderos / Ni de trajes entallaos ni de zambras

ni torero / Si yo camelo la guitarra / el flamenco

canturreo / Para mi no hay diversiones / Para mi no hay

diversiones / más que el fútbol y paseo / Por mi gusto

refinao / Este traje tan bonito / Hoy me llaman los gitanos

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/ El gitano señorito / Dale que dale que dale / Tengo una

novia que es más que rica/ La que conmigo se quiere

casar. . .

La realidad es que vivían de la caridad, del baile, de chapuzas y de lo que

buenamente pillaban. La gente del pueblo se divertía con sus zapateaos, sus cantes, las

buenaventuras de Isabeliya y poco más. Eran buena gente y por eso en el pueblo era

excepción, que de todo hay en la viña del señor, quién no sintiera aprecio y respeto

hacia ellos incluida la Guardia Civil de la que huían en cuanto les llegaba el olor, por si

las moscas, pero los vecinos darles, lo que se dice darles, más bien poco y muy

espaciado.

En un pajar abandonado junto a un aljibe hicieron su vivienda. El agua la

obtenían de una de las tres fuentes públicas llenando a diario los cuatro cántaros que

transportaba la burra. El pajar era amplio, de unos doscientos metros cuadrados

formando un ángulo agudo que lo distribuyeron en dos zonas.

La izquierda, que daba al exterior, la usaban para los animales, unas gallinas

sueltas, conejos encerrados en un pequeño recinto, una burra parda que llamaban “la

greñí” y que parecía un miembro más de la familia, la albarda, unas aguaderas y sus

cántaros correspondientes.

Y en la otra, más resguardada y fresca en verano, la vivienda, con un tropel de

sillas y algún sillón de deshecho, una mesa de cocina descascarillada, un desvencijado

armario para la ropa, sacos de arpillera rellenos de paja que les servían de colchón,

viejas mantas del ejército, una cocinilla de benceno y un enorme cajón de madera

cerrado por todas partes con una finísima malla para despensa. Y, entre los sacos, un par

de palanganeros para uso de toda la familia.

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Candela, pues, era la más pequeña de la familia, la única nietecica y la niña de

los ojillos de Pichi. Era todo candor y bondad, pero con una picardía y un afán por

aprender que daba zarpazos a la vida sacando partido a cada minuto de su existencia con

unas ansias y alegría como jamás he conocido. Y con el tiempo fue mi compañera de

juegos y amiga inseparable.

Si por amistad se entiende el deseo desinteresado de estar con una persona por el

simple hecho de sentir su compañía, creo que Candela ha sido la única que he tenido en

mi vida, si exceptuamos a la quiteña Margaritina, la única mujer por la que sentí un

amor tan profundo que estuve dispuesto a abandonar mi proyecto y quedarme para

siempre a su lado.

Hija de don Salvador de Orellana, la conocí en Quito en un el viaje que hice a su

casa invitado por su padre con el que tenía relaciones comerciales en un negocio de

barcos frigoríficos.

Pero estoy convencido que cada ser humano tiene su destino marcado y el

nuestro no era el de formar un hogar. No es porque no lo deseáramos a pesar de nuestra

juventud, sino porque Margaritina tuvo la desgracia de cruzarse en su camino un

miserable que obsesionado no pudo soportar su negativa al matrimonio.

La asesinó vilmente saliendo de la iglesia a la que había ido para tratar con el

sacerdote los pormenores de nuestra boda. Localizarle y darle caza como lo que era, una

alimaña cobarde y miserable, fue mi obsesión y único objetivo. Cuando lo conseguí le

sometí a tormento y…

¡Pero no! ¿Por qué esos recuerdos ahora? ¡No, ahora, no! Esa es otra historia y

otros momentos de mí vida que no deseo traer a la memoria…

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Aquel soleado domingo de diciembre, con un viento helado que llegaba de la

sierra y cortaba como hojilla de afeitar, me entretuve después de la misa y llegué tarde a

comer a casa de tía Adela.

No había nadie en el comedor ni en la cocina y pasé al corral donde se oían

voces. Allí me encontré con el espectáculo de la familia de Pichi. La primera vez que

veía gitanos y su acento y su arte. Pero también, y a pesar de mis pocos años, observé en

sus rostros, con profunda pena, las huellas del sufrimiento y del hambre.

Acabada la función, tía Adela, la madre de Quique, el Grande, en voz alta me los

presentó y Pichi muy ceremonioso, si tenemos en cuenta que era un crío de poco más de

seis años, apartando a Candela que enredaba entre sus piernas y poniéndose en pie me

estrechó la mano.

Debía tener alrededor de cincuenta años, probablemente algunos más. Pelo liso,

espeso, negro y brillante echado hacia atrás; traje y chaleco negros, camisa blanca sin

cuello completamente abotonada y botines negros. Nariz recta en un rostro alargado y

fino, extrema delgadez, grandes manos y piel atezada.

Así era el Pichi que conocí y la imagen que me llevé a América y ha

permanecido en mi recuerdo. Durante aquellos años por su rostro pasó el tiempo en

forma de profundos surcos que le avejentaban lentamente. Creo que en el abismo de su

alma, el nacimiento de cada día era una pesada losa que sufría en silencio con el afán de

mantener el coraje suficiente para proporcionar a su prole un poco de alimento, ansias

de vida y alegría para llevar sus pesares sin desaliento.

Después, quizá sorprendida por el ceremonial de su abuelo, Candela me tiró del

pantalón para que me agachara y puesto en cuclillas, me preguntó:

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—¿Cómo diz que te llamas?

—Enrique ¿Y tú?

—¿Yo? Candela y voy a zé quelalari4.

—¿Que vas a qué?

—A zé bailaora, atontolinao.

—¿Tú? Si no sabes. Yo no te he visto bailar.

—Zi que zé, tonto. No me has visto porque no he querío bailar.

—Pues no te creo —contesté divertido por el desparpajo de la chiquilla que no

levantaba dos palmos del suelo.

—¿Qué no? ¿Qué no? —replicó ofendida poniéndose a bailar y gritando—. ¡Ya

verá! ¡Güelo, mare mía, güeliyo! ¡Tocá parmá! ¡Tocá, tocá!

Y con la música improvisada y el jolgorio general me dio una lección de pases

magníficos para su edad. Cuando acabó me miró orgullosa y antes de salir corriendo me

dijo: