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Laura Le Guhrke

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Para Cathie Patcheck Wilson (1958‐2004)

Tu sitio entre la crítica está vacío, duele.

Te echo de menos.

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ÍNDICE

Capítulo 1 ............................................................................ 4

Capítulo 2 .......................................................................... 13

Capítulo 3 .......................................................................... 24

Capítulo 4 .......................................................................... 33

Capítulo 5 .......................................................................... 43

Capítulo 6 .......................................................................... 52

Capítulo 7 .......................................................................... 59

Capítulo 8 .......................................................................... 71

Capítulo 9 .......................................................................... 82

Capítulo 10 ........................................................................ 93

Capítulo 11 ...................................................................... 100

Capítulo 12 ...................................................................... 114

Capítulo 13 ...................................................................... 121

Capítulo 14 ...................................................................... 131

Capítulo 15 ...................................................................... 139

Capítulo 16 ...................................................................... 145

Capítulo 17 ...................................................................... 153

Capítulo 18 ...................................................................... 164

Capítulo 19 ...................................................................... 168

Capítulo 20 ...................................................................... 176

Epílogo ............................................................................. 185

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA .................................................. 188

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LAURA LEE GUHRKE

En el lecho del deseo

Capítulo 1

Londres, 1833

Cuando se hablaba en sociedad de lord y lady Hammond, había una conclusión

sobre el vizconde y su esposa que nadie podía refutar: no se soportaban.

Este hecho se mencionaba en las conversaciones de salón con la misma certeza

incuestionable con que se hablaba de la lluvia inglesa y el problema irlandés. Los rumores tan sólo podían especular sobre las razones que habían dividido a la pareja seis meses después de su boda, y acerca de que, ocho años más tarde, lady Hammond no hubiera proporcionado a su esposo el heredero acostumbrado. La pareja vivía vidas totalmente separadas y hasta el anfitrión más inexperto sabía que nunca debía invitarlos a la misma cena.

A pesar de la falta de un heredero directo al vizcondado, la lejanía marital de lord y lady Hammond no mostraba signos de ir a romperse por ninguna de las partes. Hasta el 15 de marzo de 1833, día en que una carta lo cambió todo, al menos en lo que respectaba al vizconde.

La misiva venía en el tren expreso, y llegó a la residencia Hammond de Londres a las once de la noche. El vizconde, sin embargo, no estaba en casa. Puesto que estaban en plena temporada social en Londres, John Hammond, como muchos otros

hombres de su posición, se encontraba en la ciudad disfrutando de la santa trinidad de los excesos masculinos: la bebida, el juego y las faldas.

Sus amigos, lord Damon Hewitt y sir Robert Jamison, lo acompañaban

felizmente en esas ocasiones. Tras varias horas practicando su juego favorito, llegaron a Brooks justo antes de la medianoche. Una vez allí, vaciaron seis botellas de oporto mientras discutían dónde pasar el resto de la noche.

—Creo, Hammond, que en algún momento de la velada debemos ir al baile de

Kettering —dijo sir Robert—. Damon y yo prometimos a lady Kettering nuestra asistencia, y ya sabes cómo se pone si no aparecemos. Monta un escándalo terrible.

Al menos, deberíamos hacer acto de presencia.

—Entonces, me veré obligado a dejaros antes —replicó John, sirviéndose una copa de oporto del decantador—. Viola estaba invitada al baile de Kettering y aceptó la invitación. Por tanto, me vi obligado a rechazarla. Ya sabes que mi mujer y yo nunca aparecemos en los mismos actos.

—Ningún caballero aparece en los mismos actos que su propia esposa, Robert

—explicó lord Damon a su joven compañero—. A pesar de todo, estaría bien que Hammond hablara claro. Emma Rawlins estará allí, y probablemente sería un escándalo.

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John casi se echó a reír. Su última querida no iba a provocar mayor emoción en su mujer que el simple desdén que le había mostrado durante años. Un triste final para la adorable joven con la que se había casado. Pero los matrimonios pocas veces son felices, y hacía ya tiempo que había abandonado cualquier estúpida idea de que el suyo fuera la excepción que confirma la regla.

—La señorita Rawlins es una hermosa criatura —añadió sir Robert—. Si pudieras conocerla, sentirías tener que dejarla.

John pensó en lo posesiva que era Emma, esa suave posesión que ninguna amante tenía derecho a reclamar, y que había sido la causa de que terminara su relación dos meses antes y de que rompiera su compromiso.

—Lo dudo. El final no fue amistoso. —Apuró su copa de oporto—. Creo que sólo aguanto un rato a las mujeres.

—¡Siempre dices lo mismo! —exclamó Damon—. Nunca es para siempre.

Cuando se trata de mujeres, pareces turco, Hammond. ¡Deberías tener un harén!

—¡De una en una es suficiente, Damon! Mis dos últimas amantes me han dado

razones de sobra para estar cansado de romances.

La amante anterior a Emma, la cantante de ópera Maria Allen, lo había obligado a batirse en duelo con su marido dos años antes. Allen, tras años de descuidar a su esposa, había decidido repentinamente que sus asuntos con otros hombres le molestaban. Los dos caballeros habían terminado disparándose sendos tiros en el hombro y su honor había quedado satisfecho. La reconciliación de los Allen no había sido feliz. Finalmente, él se había marchado a América y ella se había convertido en amante de lord Dewhurst.

Sin embargo, Emma Rawlins no parecía querer buscarse un nuevo protector.

Había estado escribiéndole todas las semanas desde la casita de campo que él le había regalado en Sussex, unas cartas donde le reprendía, lo insultaba y le rogaba que volviera con ella. Sus contestaciones rechazándola educadamente no la habían satisfecho y lo había seguido hasta Londres, pero él no tenía intención de volver a verla.

De hecho, desde su ruptura con Emma, John había perdido el interés, ya no encontraba motivaciones. No le apetecía en absoluto tener una nueva amante, y sus razones eran difíciles de definir. La relación de un hombre con su amante, desde su punto de vista, debía ser simple, directa y puramente física. Muy a menudo terminaba siendo exactamente así, y quizá fuera ésta la razón de su rechazo. No tenía ganas de verse metido en otro embrollo, pues odiaba las escenas emocionales.

Siempre las había odiado.

John no expresó estos sentimientos a sus amigos, y ellos, que eran unos caballeros, tampoco indagaron. Si lo hubieran hecho, él se habría salido por la tangente con una ingeniosa exclamación o, simplemente, habría cambiado de tema.

—No, amigos míos —dijo meneando la cabeza—. Las mujeres son

encantadoras, criaturas intrigantes, pero también resultan caras en cierto sentido.

Pretendo pasar el año sin ninguna amante.

—¿Todo el año? —lord Damon profirió un sonido de incredulidad—. Si sólo

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estamos en marzo. Tiene que ser otra de tus bromas. Amas demasiado a las mujeres como para estar sin una amante todo el año.

John se recostó en su silla y dejó la copa.

—Sólo porque un hombre no tenga amante, no quiere decir que no le gusten las

mujeres.

Sus compañeros prorrumpieron en una risotada ante ese comentario y lo consideraron merecedor de un brindis. Los tres llenaron sus copas y decidieron que unos cuantos brindis por el amor de las mujeres sería un buen servicio al sexo fácil.

Al cabo de cinco minutos, la botella estaba vacía.

—Mira, Hammond —dijo lord Damon, repentinamente serio, acallando su

alegría—, ¿no hay un hombre ante la puerta?

John se levantó y siguió la mirada de su amigo. Sin duda, ante el umbral y mirando al interior de la habitación con expresión ansiosa, se encontraba uno de sus sirvientes. Al verlo, el criado corrió hacia él mostrándole una carta.

—Viene del norte, mi señor, es urgente. El señor Pershing me envió en seguida

a buscarlo.

La correspondencia que llegaba en el tren expreso siempre solía traer malas noticias, y John pensó por un momento en Hammond Park, su propiedad en Northumberland. Pero, cuando vio su nombre y dirección escritos en la hoja de papel doblada, pronto descubrió que la letra no era la de su mayordomo. Era de Constance, la mujer de su primo, y eso significaba que, cualesquiera que fuesen las malas noticias que contenía la carta, se trataba de un problema de familia. Su aprensión se agudizó mientras rompía el lacre y desplegaba aquella única hoja.

Tan sólo contenía cuatro líneas; la tinta se había corrido con las lágrimas. Las noticias eran todavía más desastrosas de lo que, podría haber imaginado. Así, mientras contemplaba las palabras, leyéndolas una y otra vez, fue incapaz de captar su significado. Se sintió paralizado, aturdido, incapaz de aceptar lo que leía.

Simplemente, no podía ser.

«Percy, ¡oh, Dios mío! Percy.»

El pánico se abrió paso entre su aturdimiento, pero trató de centrarse en lo que esas nuevas significaban, qué tenía que hacer, pero lo único en lo que podía pensar era en que había estado un año entero sin ver a su primo y mejor amigo. Ahora, ya era demasiado tarde.

—¿Hammond?

La voz preocupada de lord Damon lo apartó de su ensimismamiento y John recuperó el sentido. Dobló la carta y la guardó en su bolsillo. Luchando por mantener su rostro impasible, miró al hombre que esperaba ansiosamente a su lado.

—Traiga mi carruaje inmediatamente.

—Sí, mi señor.

El sirviente partió, y sus amigos continuaron escrutándolo con preocupación.

Ninguno le preguntó qué problema había, pero la cuestión flotaba en el aire. John no los ayudó. Cogió sus gafas y apuró lo que quedaba de oporto, luchando de nuevo por recobrar la conciencia.

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«Más tarde», se dijo, dejando su dolor a un lado. Lloraría más tarde. Ahora tenía que pensar en el efecto que esas noticias tendrían sobre su hacienda. Su hacienda era lo primero; siempre había estado por encima de todo.

—Caballeros, me temo que debo dejarlos. Negocios urgentes me llaman.

Perdónenme.

Sin esperar a que ninguno de los presentes replicara, John saludó, se apartó de la mesa y abandonó la habitación. Cuando llegó a la calle, su carruaje lo estaba esperando, y pidió al conductor que fuera primero a su casa de la ciudad, en Bloomsbury Square.

Media hora después, su valido, Stephens, ya estaba empaquetando sus cosas para el viaje a Shropshire, y John se dirigía al baile de Kettering. Viola tenía que saber las nuevas.

El encuentro iba a ser difícil. Su esposa siempre había sido una mujer de profundas pasiones, y su pasión más intensa era el odio que sentía por él. Era un sentimiento que ella mostraba claramente en cualquier encuentro infrecuente que tuvieran, su comportamiento con él era tan frígido como las profundidades abisales.

Su vida se vería tan afectada por las noticias que él acababa de recibir que estaba seguro de que lo aborrecería.

Sabía que su llegada al baile de Kettering causaría, sin duda, conmoción. Pues él y Viola ya no se molestaban siquiera en pretender que su matrimonio tuviera sentido. Era una unión vacía, y lo había sido durante ocho años. Sin embargo, todo eso estaba a punto de cambiar, pensó mientras se detenía a la entrada del salón de lord Kettering.

A pesar de la multitud que poblaba el salón iluminado y del hecho de que su

mujer fuera menuda, John la encontró fácilmente. Llevaba un vestido de baile, de seda color rosa intenso, pero no vestía su color favorito, como sabía, ya que todavía la espiaba alguna vez. Tras muchos años de lechos y vidas separadas, siempre era capaz de encontrar a Viola en medio de cualquier multitud.

Era su cabello, por supuesto. Refulgía a la luz de las velas de los candelabros y, como siempre, su color rubio brillante le hacía pensar en la luz del sol.

Viola estaba de espaldas y no podía ver su rostro, pero eso no importaba. Él conocía cada centímetro de su ser; la forma de corazón de su rostro, sus grandes ojos color miel y sus espesas pestañas castañas, la hermosa boca con un pequeño lunar en la comisura, el hoyuelo en su mejilla izquierda cuando sonreía. Él no sabía por qué recordaba todo aquello, pues habían pasado muchos, muchos años desde su última sonrisa, pero el caso es que lo recordaba. Viola tenía una sonrisa que podía abrir el cielo. También podía fruncir tanto el ceño como para enviar a un hombre directamente al infierno. John había estado en ambos sitios más de una vez.

Todos los invitados estaban bailando u observando el baile, por lo que su llegada tardó en notarse. Cuando esto sucedió, el baile se hizo un tanto caótico, pues los bailarines estaban demasiado ocupados mirándolo como para prestar atención a los intrincados pasos y, tras unos momentos, la música dejó de sonar. Las conversaciones se sumieron en un sorprendente silencio y, entonces, murmullos de

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especulación comenzaron a circular por el salón. Todas ellas, reacciones inevitables, como bien sabía John, pues hacía años que lord y lady Hammond no aparecían en el mismo evento social.

Observó cómo su mujer se volvía hacia él y contuvo el aliento, impresionado como siempre ante la increíble belleza de su rostro y la perfección de su figura.

Aunque casi había pasado un año sin verla, ella estaba exactamente tal y como él la recordaba. Observó el delicado color de sus mejillas, que se tornó en un blanco pálido al verlo; aunque estaba habituada a las convenciones sociales, empalideció ante su llegada, incapaz de disimularlo.

Cuando la miró, ella no tuvo más elección que recobrar la compostura y desempeñar su papel de vizcondesa frente a toda aquella gente. Se detuvo ante él y lo saludó con esa educación escrupulosa, helada, característica de sus poco frecuentes encuentros.

—Hammond —acertó a decir con una reverencia.

Él se inclinó.

—Lady Hammond —contestó, tomando la mano enguantada que ella le dirigía.

Rozó sus nudillos con los labios a través de la tela, después dejó caer su mano y se volvió para que ella pudiera cogerse del brazo.

Ella rechistó pero, tras un momento, colocó su mano sobre el brazo. Era un contacto muy básico, pero suficiente. Ante la sociedad, tenía que desempeñar el papel de esposa solícita, y ambos lo sabían, pero en privado Viola rara vez era cumplidora. Era uno de los privilegios de ser la hermana de un duque.

Su hermano permanecía de pie, a su lado, y John podía sentir la mirada hostil

del duque de Tremore sobre él, con el corazón ardiendo como un horno de carbón.

Cuando lo saludó, el comportamiento de su cuñado fue tan frío como el de Viola. No importaba, Tremore veía a su hermana menor como un ángel, pero John estaba en posición de saber la verdad. Podía parecer que Viola tuviera un halo flotando sobre su cabeza, pero su naturaleza era demasiado humana.

Tremore, en opinión de John, había sido más afortunado en la elección de su esposa. Aunque no era la esposa más bella, la duquesa era una de las mujeres más plácidas y discretas de todos sus conocidos, y su comportamiento era mucho menos hostil que el de su marido.

—Hammond —dijo alzando la mano.

—Duquesa —murmuró ante sus dedos enguantados—. Tiene buen aspecto —

añadió mientras la observaba—. Me complace saber que su hijo llegó a este mundo sano y fuerte.

—Sí, hace ya diez meses —Tremore contestó por ella con los dientes apretados,

subrayando el hecho de que, desde el nacimiento del niño, John no había ido, ni una sola vez, a ver a su sobrino. Ni siquiera había asistido al bautizo.

John, que era un hombre que tenía sentido común e inteligencia, nunca se ponía en apuros ante su cuñado, si podía evitarlo.

—Un niño fuerte y sano es una bendición para cualquier hombre —dijo—, además un hijo te asegura la descendencia. Duque, es usted un hombre afortunado.

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A Tremore no se le escapaba el hecho de que John carecía de heredero, y miró

hacia otro lado. Entonces notó la mano de Viola apretando su brazo y permitió que lo apartara del duque y la duquesa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó en un susurro, enfadada, mientras caminaban del brazo por un lateral del salón.

—He venido por una razón que no se puede explicar en susurros en un salón de

baile. Sonríe, Viola, o, si no puedes hacerlo, al menos sé amable. Todos nos miran.

—Si te molesta que te miren, puedes irte —sugirió ella—. Estoy segura de que

hay muchos lugares en Londres mucho más entretenidos para ti. Aparecer en el baile de Kettering tras declinar la invitación es el colmo del mal gusto.

Pasaron al lado de una bonita pelirroja, vestida de seda verde pálido, que lo miro con ojos implorantes. Aunque John pretendía no haberla visto, Viola asumió inmediatamente lo peor.

—¿Así que Emma Rawlins es la razón de que estés aquí? Durante semanas se

ha estado rumoreando que habías terminado con ella, pero es evidente que estaban equivocados. ¡Dios! —gimió—, cómo debes de disfrutar humillándome.

—Vivo sólo para eso —contestó de inmediato; su desprecio siempre provocaba

que empleara sus exclamaciones más sarcásticas—. También me dedico a arrancar las alas a las moscas. Aunque, lo confieso, torturar gatitos abandonados es mi deporte favorito. Verdaderamente es un gran deporte.

Suspiró enfadada e intentó apartarlo de su lado, pero él no la iba a dejar. Cruzó un brazo sobre su pecho usando la mano libre para abrazarla y mantenerla a su lado.

Estaba intentando enderezar sus propias emociones, evitando pensar en la carta guardada en su bolsillo, tratando de mantener el dolor alejado. Una pelea con Viola podría acabar con él.

—Deja de intentar iniciar una pelea y escucha. Tengo negocios en el norte y necesito irme con la primera luz de la mañana, negocios que discutiré contigo en cuanto nos vayamos. Tengo que hablarte en privado.

—¿Acaso tengo una cita en privado contigo?

No había elección.

Ella trató de alejarlo de nuevo, pero él la apretó hacia sí.

—Es importante, Viola, muy importante, y te concierne.

Ella volvió la cabeza y lo estudió durante un momento, entonces hizo una mueca de desgana.

—Muy bien, pero tendrás que esperar. Estoy comprometida para el siguiente baile, permíteme.

Se apartó de nuevo y, esta vez, él se lo permitió. Inclinándose, John contempló cómo se alejaba. El gesto de sus hombros le hizo apreciar de nuevo la intensidad de su desprecio hacia él. Pensó en la carta que estaba en su bolsillo y en lo que significaba, y deseó que ella no lo odiara antes de cualquier enmienda. Si lo hacía, su vida se convertiría en un auténtico infierno.

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¿Por qué había ido? La cuestión seguía viva en la mente de Viola mientras bailaba. Se sintió desequilibrada, hundida, incómoda, hacía años que John no había sentido la necesidad de discutir nada con ella. ¿Qué es lo que tenían que hablar ahora, y por qué aquella noche precisamente?

Mientras bailaba con su pareja, paseó la mirada por todo el salón, buscándolo

entre la multitud, incapaz de creer que estuviera realmente allí. Pero su presencia no era fruto de su imaginación. Él había dicho que tenía noticias importantes pero, como de costumbre, ella no podía adivinar nada por su rostro ni su comportamiento. Él permaneció aparte con un grupo de gente, hablando y sonriendo, como si no hubiera nada que le preocupara, aunque Viola sabía por su larga y amarga experiencia que, si así fuera, él estaría en cualquier otro sitio salvo allí. Además, había algo tenso y duro en su voz, que no era propio de su habitual aire descuidado.

Apartó la atención de su marido y trató de concentrarse simplemente en seguir

los pasos de baile. Ya debería saber que cualquier intento de entender a John o sus acciones era inútil. Una punzada de aquel antiguo dolor se clavó en su corazón, y eso la sorprendió, pues pensaba que se había desvanecido hacía ya mucho tiempo.

Viola luchó para mantener esa helada compostura que le había servido durante

tanto tiempo, el escudo protector que la había protegido del dolor de sus mentiras y sus amantes, pero su intranquilidad crecía con cada momento que pasaba, hasta que se convirtió en una tensión insoportable. Podía oír el murmullo de las especulaciones acerca de su presencia allí y sentir las miradas astutas de los grandes cotillas de Londres sobre su marido, Emma Rawlins y ella misma. Cuando el baile acabó, veinte minutos más tarde, Viola era un amasijo de nervios.

Apenas había regresado a su puesto, al lado de su hermano Anthony y su mujer, Daphne, cuando su marido volvió a asirla del brazo. En medio de las miradas y los murmullos atónitos, Viola y John abandonaron el salón de baile juntos.

Él la llevó a la biblioteca de Kettering y cerró las puertas tras de sí.

Afortunadamente, no la mantuvo en suspenso por más tiempo. En el instante en que se cerraron las puertas, se volvió hacia ella y fue al grano.

—Percy ha muerto, también su hijo…

Viola profirió un hondo gemido de sorpresa.

—¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido?

—Escarlatina. Hay una epidemia muy virulenta en Shropshire. He recibido una

carta urgente esta noche.

Ella asintió, tratando de asimilar las nuevas. Percival Hammond, el primo y mejor amigo de su marido, estaba muerto. Sin pensarlo, se acercó a él y posó la mano sobre su brazo.

—Lo siento tanto —dijo, y lo sentía realmente—. Sé que era como un hermano

para ti.

John la apartó como si quemara y se alejó. Ella se volvió y quedó a sus espaldas, preguntándose si le había molestado que expresara su simpatía. Debería haber sabido que él nunca la recibiría bien.

—Tengo que ir al funeral, en Whitchurch —dijo por encima de su hombro.

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—Por supuesto, acaso… —Hizo una pausa, pues la invadió cierto desánimo y

apenas podía preguntar. Sin duda, no esperaba que ella lo acompañara. Viola se obligó a hablar—. ¿Has venido para pedirme que te acompañe?

Él se volvió para mirarla.

—¡Dios mío, no! —replicó con tal vehemencia que ella reculó, aunque no esperaba otra respuesta. Él vio su expresión y exhaló un fuerte suspiro.

—No quería decir eso.

—¿No?

—No, maldita sea. Realmente, estaba pensando en tu bienestar. Nunca has tenido escarlatina. Si me acompañas, podrías contagiarte.

—Oh —dijo, sintiéndose sorprendida de repente—, pensé…

—Ya sé lo que has pensado —la cortó él. Hundió la frente en las manos y, de pronto, pareció cansado—. No importa, por una vez no discutamos —dijo, y dejó caer las manos a ambos lados—. No espero que vengas.

Viola no podía ayudarlo a sentirse mejor, pero todavía estaba incómoda, pues

sabía que aún había más. Si sólo hubiera pretendido comunicarle la muerte de su primo, podría haberle dejado una nota antes de partir a Shropshire, sobre todo porque ella apenas conocía a Percival Hammond. Estudió a su marido por un momento, esperó, pero él permaneció en silencio, como flotando en el espacio.

—¿Es ésa la razón de que hayas venido esta noche? ¿Para decírmelo

personalmente?

Él volvió a mirarla.

—Su hijo también ha muerto, Viola. Eso lo cambia todo, debes darte cuenta.

Recibió esas palabras y su impacto con la fuerza de una bofetada. Su compostura falló y lo miró, sintiéndose repentinamente enferma e incapaz de ocultarlo.

—¿Por qué habría de cambiarlo todo? —preguntó, percibiendo una nota de debilidad en su voz—. Tienes otro primo. Bertram es un Hammond, y él será quien herede el título y los bienes de Percy.

—Bertie, ese imbécil, ese inútil que apenas sabe anudarse la corbata —dijo John, haciendo una pequeña pausa en su discurso, justificando su aprensión, que lo confundía—. Debido a nuestra separación, me resigné a dejar mis bienes al cuidado de Percy, pues sabía que los administraría meticulosamente, como yo, y que su hijo habría hecho lo mismo. Bertie es un problema totalmente diferente. Es un vividor y un derrochador, tan indigno de confianza como mi padre, y antes se enfriaría el infierno que Hammond Park, Enderby o cualquiera de mis otros bienes cayera en sus ávidas manos.

—¿No podríamos discutirlo cuando regreses? —preguntó, desesperada,

intentando evitar la conversación hasta que tuviera tiempo para pensar—. Tu primo está muerto. ¿Acaso no puedes llorar su muerte? ¿Tenemos que discutir los problemas legales de la herencia justamente ahora?

De pronto, el rostro de John se tornó implacable, un semblante extraño para un hombre cuyo encanto, cuyo comportamiento despreocupado eran bien conocidos.

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Era una mirada que ella reconocía, que había visto varias veces durante los primeros seis meses de su matrimonio, y que no había sido capaz de soportar.

—Mi primera obligación son mis bienes —dijo, negándose a cambiar de tema—.

Bertie sería mi ruina y malgastaría hasta el último soberano de mis cofres, despilfarrando nueve años de trabajo. No dejaré que eso suceda, Viola.

El terror le caló hasta los huesos, como el frío del invierno, mientras observaba los ojos castaños de su marido, percibiendo cómo adquirían la dureza del ámbar.

—Cuando vuelva de Shropshire —continuó—, nuestra separación habrá

terminado. Serás mi mujer, no sólo en el sentido legal de la palabra, sino también en el moral y literal.

—¿Sentido moral? —La furia y la desesperación la anegaron y tardó varios segundos antes de que pudiera hablar de nuevo—. ¿Tú me hablas de sentido moral?

¿Se supone que es una broma?

—Sé que la ironía es una de mis cualidades, pero hoy no es día para bromas.

Estas circunstancias merecen una discusión sobre mis obligaciones, así que no tiene nada de divertido.

—¿Qué tienen que ver tus obligaciones conmigo? —preguntó, aunque ya sabía

la respuesta. ¡Oh, Dios!, por supuesto que lo sabía.

—Me refiero a tu obligación como esposa y vizcondesa.

Hubo un chasquido en su cerebro y, por primera vez en su vida, sintió que iba a desmayarse.

—Sí —dijo; parecía leer su mente como si fuera un libro abierto—. Me doy cuenta de lo insoportable que te resulto, pero necesito un hijo, Viola. Y pretendo tenerlo.

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Capítulo 2

Lo decía en serio. Dios santo, lo decía en serio. Viola miró a su marido horrorizada, sus palabras retumbaban en su cabeza como el sonido de un tambor.

Quería un heredero. Ahora, después de todos esos años, él quería un heredero.

Después de la humillación y el dolor que había sufrido, la censura social y la culpa que había recibido por la falta de un hijo, después de todas las mujeres que él había disfrutado, ¿ahora esperaba regresar a su vida, a su cama?

—No, ni en mil años —dijo marchándose.

Él puso la mano sobre sus hombros, deteniéndola.

—Un heredero es crucial, Viola, y lo sabes. Sin Percy, necesito un heredero.

—Ya tienes un hijo —le recordó—. El menor de lady Darwin es tuyo. Todo el

mundo lo sabe.

—Ya conozco el rumor, pero en este caso, es falso. —Se encogió de hombros y

continuó—: Además, si fuera cierto, no significaría nada. Necesito un heredero legítimo.

—¿Por qué debería importarme lo que tú necesites?

—Te guste o no, eres mi mujer, yo soy tu marido, y las circunstancias ahora nos obligan a hacer lo que exige nuestra posición.

—Tus circunstancias y tu posición no me obligan a nada. Yo no soy tu yegua de

cría. Nuestro matrimonio es una farsa y siempre lo ha sido. No veo razón para cambiarlo ahora.

—¿No hay razón? Perteneces a la nobleza, eres la hermana de un duque y la esposa de un vizconde. Sabes cuáles son las reglas que dirigen nuestras vidas, Viola.

Fijó su mirada en él con la misma determinación, y casi podía oír el choque de sus deseos como el crujido de dos sables.

—Puede que sea tu mujer en un papel, pero no tengo por qué serlo en tu maldito lecho. ¡Maldito linaje, malditas reglas y maldito seas tú!

—Maldíceme cuanto quieras, pero viviremos juntos cuando regrese del norte.

Decide si prefieres estar en nuestra villa en Chiswick o trasladarte a mi residencia de la ciudad, en Bloomsbury Square. Si eliges la casa de la ciudad, notifícaselo a Pershing y haz que envíen tus cosas mientras estoy fuera.

—¿Tú y yo bajo el mismo techo? ¡Cielos!

—El mismo techo, Viola, la misma mesa. —Hizo una pausa y le dirigió una mirada cálida, inquisitiva—. El mismo lecho.

—Si piensas… si realmente… si crees… si… —Se desmoronó, demasiado

enfadada para dejar de balbucear. La idea de que él le hiciera el amor después de todas las demás mujeres con las que se había acostado era tan horrible, tan

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intolerable, que apenas podía hablar. Respirando hondo, luchó para recobrarse y lo intentó de nuevo—. Si crees que permitiré que me toques de nuevo, estás loco.

—Te guste o no, los niños se hacen haciendo el amor. No hay nada de malo en

ello. Las parejas casadas lo hacen todo el día, y desde ahora también nosotros. Desde aquella maldita época en que lo hicimos… si me lo preguntas, la falta de sexo es la causa de todo este lío entre nosotros. —Con ello, hizo una inclinación, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

Viola contempló su amplia espalda mientras se iba.

—¡Dios, cómo te odio!

—Gracias por informarme, querida —gritó mientras salía—. No me había dado

cuenta. —Se detuvo en la puerta con la mano en el pomo y se volvió ligeramente hacia ella. Su rostro estaba de perfil, su cabeza gacha, un rizo de su cabello castaño caía sobre su frente. Por un momento, la miró y, para su sorpresa, ninguna sonrisa fácil le vino la boca. Cuando habló, tampoco empleó ningún énfasis irónico—. Nunca quise hacerte daño, Viola. Me gustaría que pudieras creerlo.

Si no hubiera sido tan canalla, podría haber fingido una mueca de dolor en su

expresión y la sinceridad de sus palabras. Pero él era un canalla, un mentiroso y nunca la había amado. Cualquier signo de pena se había esfumado antes de que ella pudiera estar segura de que hubiera existido alguna vez.

—En realidad no puedes querer decir eso. ¿Sabes cuánto te odio y esperas que

comparta tu lecho?

—La cama es el lugar más cómodo —dijo—. Pero si se te ocurre otra idea, estoy

lo suficientemente interesado. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero tal y como lo recuerdo, hacer el amor arriesgadamente era uno de nuestros pasatiempos favoritos.

Ella profirió un sonido de horror, pero antes de que pudiera expresarlo en palabras, él ya se había marchado.

La arrogancia masculina. Furiosa, comenzó a pasearse por la biblioteca, su desprecio hacia él era tan fuerte en aquel momento que apenas podía creer que sus sentimientos por él hubieran sido alguna vez todo lo contrario.

Cuando posó su mirada por primera vez en John Hammond, nueve años atrás,

había sido como un cuento de hadas. En un salón de baile abarrotado, le había devuelto la mirada, le había sonreído y toda su vida había cambiado.

Tenía entonces veintiséis años, y era el hombre más guapo que jamás había visto, con los ojos color coñac y el cuerpo de un deportista. Había recibido su título el año anterior, pero si hubiera sido comerciante en vez de vizconde, a ella no le hubiera importado. Aquella noche, en el suelo del salón de baile, había sucumbido al amor de aquel hombre fuerte, elegante, y su corazón de diecisiete años había quedado atrapado por aquella sonrisa devastadora.

A pesar del odio que sentía, debía reconocer que ahora él era incluso más atractivo físicamente de lo que lo había sido entonces. Al contrario que muchos hombres entrados en la treintena, no había empezado a quedarse calvo ni gordo; John, no. Todavía poseía el cuerpo de un corintio, y la madurez sólo lo había hecho más fuerte. Bajo su amplio traje de tarde, su pecho y sus hombros parecían más

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grandes que nunca, sus largas piernas, aún más musculosas. Todavía tenía ese pelo castaño, grueso, indomable, que tan sólo empezaba a blanquear en las sienes.

Todavía tenía esos ojos color coñac, pero ahora había algunas líneas a su alrededor, líneas de felicidad que alguna mujer había puesto allí.

Muchas otras mujeres.

Viola se derrumbó en una silla, sumida en una amargura que no había sentido

durante años. A pesar de lo enfadada que parecía ahora, lo había amado más allá de la razón. Se había casado con él porque pensaba que el sol salía y se ponía, todos los días, justo sobre él. ¡Qué tonta había sido!

Él había dicho que la amaba, pero era mentira. Se había casado con ella, pero no por amor, sino por su dinero. Todo su amor malgastado en un hombre que no la amaba, un hombre cuya mente había decidido que necesitaba una mujer por las apariencias, pero cuyo corazón nunca le había pertenecido.

Viola se levantó, todo aquello quedaba en el pasado, ella había aceptado mucho tiempo atrás su perfidia y su propia estupidez. Él, en cambio, se había proveído de un montón de amantes durante aquellos años. Ella había pasado el tiempo construyendo su propia vida. Una vida de contención. Una vida de obras de caridad, buenos amigos y serenidad. Una vida sin él. Sus obligaciones maritales y su marido podían irse al infierno, al que pertenecían.

—«No temas más el calor del sol, ni las iras del furioso invierno; aunque aquella tarea innombrable hayas cumplido, y el arte del hogar se haya ido, y también el viento de tus batallas…» —A John le falló la voz repentinamente, hizo una pausa, mirando el volumen de Shakespeare en sus manos. Trató de continuar, pero parecía que su boca no podía formar las palabras.

Miró a lo lejos, hacia las distantes ruinas grises del castillo de Neagh. Percy y él solían jugar en esas ruinas durante las vacaciones de verano, imitando asedios y batallas. John sintió una pena desgarradora en su pecho al recordar aquellos días.

Pensando en Harrow y en Cambridge. Haciendo carreras de piraguas toda la Semana Santa, y cómo Percy siempre había estado a su lado, siguiéndolo en todas las travesuras de su infancia y las aventuras de juventud, todas las alegrías y todas las penas. Aunque se enamoraron de la misma chica, aquello no rompió su amistad.

«Tu primo está muerto. ¿Es que ni siquiera puedes llorarle?»

Las palabras de Viola retumbaban en el silencio que lo rodeaba, penetrando en

su ser. ¿Dolor? Qué injusto por su parte plantear esa cuestión. Estaba muerto de dolor, pero expresarlo delante de la gente era impensable. Sus emociones eran privadas, ocultas tras un humor que llevaba toda su vida perfeccionando. Viola era tan diferente, ella mostraba lo que pensaba abiertamente. Él no podía entenderlo, nunca había podido.

Un ligero carraspeo lo devolvió a lo que estaba haciendo. John profirió un profundo suspiro y miró alrededor. Todos estaban esperando. Con esa disciplina que poseía, encontró la frase que quería leer en Cymbeline y continuó:

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—«… todos los muchachos y muchachas dorados como el oro, como los

deshollinadores a sus chimeneas, volverán al polvo.»

Con el libro cerrado en una mano, se agachó y cogió un montón de tierra con la otra. La sostuvo sobre el ataúd en la tumba, escuchando al vicario recitar del libro de oraciones.

Polvo al polvo, Percy estaba muerto. Sostuvo la tierra sobre la tapa, pero no pudo dejarla caer sobre la pulida superficie. Su mano comenzó a temblar, y clavó su puño en la tierra maldiciendo su suerte. Giró sobre sus talones y se alejó del cortejo silencioso, respirando profundamente el frío aire de primavera.

Cuando llegó a las ruinas del castillo de Neagh, las rodeó hasta llegar al otro lado de la torre derruida. Todavía con la tierra en el puño, dejó el libro de Shakespeare a un lado. La memoria lo guiaba, con la mano que tenía libre, asió una piedra que sobresalía del muro y la sacó.

Estaba seguro, todavía estaba debajo de aquella piedra, el nicho que Percy y él habían construido. Su lugar secreto, donde solían ocultar cosas: tabaco de pipa y de liar, dibujos obscenos, cosas así. Una vez escondió el camisón de Constance allí, una hermosa pieza de delicada muselina con pensamientos bordados en amarillo. Había robado la prenda del ropero de su casa un día de verano, cuando tenían trece años, y lo había escondido, allí. Para su sorpresa, Percy le había dado un derechazo en la mandíbula. Doce años más tarde, John había bailado en su boda.

Puso el puñado de tierra en el nicho, amontonándolo. De algún modo, parecía

correcto dejarlo allí, en vez de echarlo sobre la concha de madera que cubría el cuerpo sin vida de Percy.

John contempló el nicho y el pequeño montón de tierra durante un tiempo, y su

pecho se fue incendiando, el fuego se hizo más fuerte e intenso, hasta que no lo pudo soportar. Puso la piedra otra vez en su lugar, dio media vuelta y se alejó del muro, respirando hondas bocanadas de aire. Se tumbó en el suelo y hundió la cabeza entre las manos, sumido en el dolor y en una repentina y terrible soledad.

Percy siempre había sido un buen chico, un muchacho sensible con un juicio de

hierro. Habría sido bueno para Hammond Park, Enderby y las otras propiedades de su vizcondado. Se habría hecho cargo de ellas, conservándolas para la siguiente generación de Hammond. Él sabía que Percy siempre habría estado allí, a su vera, dispuesto a aceptar la responsabilidad que, a causa de su desastroso matrimonio, no había quedado cubierta.

La seguridad de ese conocimiento le había permitido el lujo de poder evitar lo que realmente suponía aquella responsabilidad y siempre había supuesto: tener un heredero. Dado que no había sido capaz de digerir la idea de forzar a su mujer a un acto que se había convertido en algo tan repugnante para ella, John consideró a Percy y al hijo de éste como la única opción para el vizcondado. Nunca se le había pasado por la cabeza que su primo, su mejor amigo y una de las pocas personas en el mundo en que podía confiar, moriría, y que su hijo también lo haría. Que, de todos los hombres del mundo, el siguiente vizconde sería Bertram.

John se rebelaba absolutamente contra esta idea. Tenía que tener un hijo o vería

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cómo todo lo que había gastado en una década salvando sus bienes se iba de nuevo a la ruina. Viola y él tenían que encontrar la forma de estar juntos y redescubrir la chispa del deseo que había sido tan explosiva al comienzo. No tenía por qué durar mucho; si así fuera, probablemente se destrozarían mutuamente, pero sí lo suficiente como para concebir un hijo.

—A Percy siempre le gustó Shakespeare. Gracias.

La suave voz de Constance interrumpió sus pensamientos, y John alzó la cabeza

unos centímetros, contemplando la falda negra, con vuelo, de la viuda de Percy, con el dobladillo ribeteado de puntilla de seda negra. Ropas de luto. La tirantez ardiente de su pecho empezó a remitir, y volvió la cabeza buscando cierta compostura.

—Recuerdo que en la escuela solían llamarlo «Búho» —murmuró—. Siempre estaba con la cabeza metida en un libro y necesitaba gafas para leer.

—Y los otros chicos se reían de él sin piedad. Me contó cómo tres de ellos cogieron sus gafas y las rompieron. Me dijo que cuando tú supiste lo que habían hecho, corriste tras ellos lleno de furia. Fue la única vez que te vio perder la calma.

—Percy estaba justo detrás de mí, créeme, e hizo lo posible para enfrentarse a ellos. Les dimos una buena paliza, y casi nos expulsan por ello. Tiempo después, todavía lo llamaban «Búho», pero nunca volvieron a romper sus gafas.

Constance se sentó sobre la hierba, a su lado.

—¿Cómo te llamaban a ti, John?

Se volvió a mirar a la mujer que Percy y él conocían desde su infancia, recordando a aquella muchacha de la que ambos se habían enamorado aquel verano, cuando tenían trece años. Constance había sido la primera chica a la que John había besado. Había escrito para ella algunas de las peores poesías que se pueda imaginar.

Se apartó prudentemente cuando se casó con Percy aquel otoño, hacía casi diez años, fingiendo, por ellos, que no le dolía. Pero le costó mucho alcohol, muchas noches sin dormir y muchas mujeres olvidar a Constance.

Contempló los ojos grises y el rostro surcado de lágrimas de su primer amor y

pudo ver su propio dolor reflejado en ellos. Aunque sabía que para ella era mucho peor, pues había perdido a su marido y a su hijo. Trató de concentrarse en el tema trivial que los ocupaba sin desmoronarse.

—Mi apodo era «Milton».

—Sí, lo había olvidado —dijo ella mientras sacaba el alfiler para quitarse el sombrero negro de paja, dejándolo resbalar por la espalda. El sol resplandecía en su pelo castaño rojizo oscuro, como caoba satinada—. ¿Por qué Milton? —preguntó—.

No te pega nada.

Se obligó nuevamente a recordar los apodos de Harrow. Lo mundano parecía reconfortarlo, era cómodo y seguro.

—Sí que me pega. Mucho, de hecho. ¿Nunca te contó Percy por qué me llamaban así?

—Aunque parezca extraño, nunca lo hizo. —Hizo una pausa y añadió—: Es extraño, todas las cosas que no sabes de la vida de tu esposo. Después de diez años de matrimonio, pensé que sabía todo lo que había que saber sobre mi marido, pero

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estaba equivocada. En los últimos días ha venido tanta gente contándome historias sobre él… Algunas ya las sabía, por supuesto, pero otras nunca las había oído antes, tantas historias… —Su voz se quebró y las lágrimas anegaron sus pestañas oscuras y se deslizaron por su rostro.

—Connie, no llores —ordenó en un susurro apagado—. Por Dios, no llores.

Ella volvió el rostro, tratado de recomponerse, sabiendo cuánto odiaba él las lágrimas. Por un momento, logró componer una ligera sonrisa.

—Así que me vas a contar cómo adquiriste tu glorioso apodo.

—En mi primer día en Harrow, me metí en líos, por supuesto, y el profesor Johnson me dijo que si seguía haciendo ese tipo de cosas, nunca serviría bien al cielo tras mi muerte. Contesté que tenía razón, pues yo prefería ir al infierno.

—Sí, es típico en ti decir ese tipo de cosas —rió ella, a pesar de que la pena la abrumaba—, siempre has ido por libre.

Los diez años de matrimonio pasaron por su mente en el espacio de unos cuantos latidos. En realidad, nunca había hecho lo que había querido.

—Quizá he ido demasiado por libre —admitió—, fuiste muy sensata al elegir a

Percy en vez de a mí.

—Nada sensata. Eras el hijo de un vizconde, y hubieras sido una elección bastante buena para una mujer como yo. Yo era la hija de un hombre de negocios.

Una chica que tenía bastante dinero pero sin relaciones. No, no. Escogí a Percy porque me amaba desesperadamente.

—Yo te amaba —dijo con una leve sonrisa—, pero no me sirvió de nada.

—Bueno, él fue el único que me lo propuso —dijo Constance devolviéndole la

sonrisa entre lágrimas—. Además, tú nunca me has amado, John, no de verdad.

Se volvió, contemplándola, incapaz de creer lo que acababa de oír.

—¿De qué estás hablando? Si hubieras sabido cómo me quedé al llegar a casa

de Europa, aquel otoño, y descubrir que Percy te había robado el corazón. Vuestra boda fue una agonía para mí.

Ella negó con la cabeza.

—Era tu orgullo, en realidad; nunca me has amado, no de la manera necesaria

para el matrimonio. Siempre flirteabas conmigo y eso me encantaba, te acordabas de mi cumpleaños. Me escribías cartas desde la universidad todas las semanas, recogías mis flores favoritas y me concedías los cumplidos adecuados. Me robabas besos detrás de la tapia y me decías las cosas más tórridas. Pero nunca hiciste la única cosa que hace un hombre cuando está verdaderamente enamorado.

—¿Qué?

Parpadeó, tratando de entender qué quería decir.

—Bien —dijo tras un momento—, te escribí unas poesías espantosas, ¿eso no cuenta?

—¿Sí? —preguntó ella con asombro—, ¿cuándo?

—En la época de Cambridge, nunca te las enseñé.

—A eso me refiero. Si me hubieras leído alguna, aunque sólo hubiera sido una

vez, las cosas podrían haber sido muy distintas, pues yo estaba locamente

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enamorada de ti.

Eso lo sorprendió.

—¿Lo estabas?

—Sí, pero sabía que tú no me querías realmente, y cuando te fuiste a Europa para tu largo viaje, te olvidé.

—Con ayuda de Percy. —Ahora podía decirlo con claridad, pues ya no sentía amargura. Habían pasado muchos años desde entonces.

—Él me amaba, John.

—Lo sé. —John miró por encima de su hombro, hacia la piedra donde se ocultaba el nicho, y pensó en la mirada de Percy cuando encontró allí aquel camisón—. Siempre te amó, Connie. Y como te he dicho, fuiste muy sensata al elegirlo.

Ella soltó una carcajada.

—Él se abrió camino con la proposición de matrimonio más incoherente que puedas haber oído jamás, en el Día de la Independencia, frente a lord y lady Moncrieffe, la señorita Dansons, el vicario y Dios sabe cuántos más. Frente a toda aquella gente, en el jardín, se arrodilló, confesó su amor eterno en el lenguaje más apasionado que puedas imaginar y dijo que si no me casaba con él y acababa con sus penas, se pegaría un tiro y moriría por mí.

La miró, dubitativo:

—¿Nuestro Percy?

—Sí, nuestro sensible, rígido, calmado y responsable Percy. Dada su naturaleza, ninguna mujer podría haberse resistido a una propuesta como aquélla. Yo tampoco.

John trató de imaginar a Percy arrodillado balbuceando declaraciones de amor

y amenazas desesperadas de suicidio. Pero no pudo. No podía pensar en ello, ni siquiera para ganar un premio como Constance.

—Él me hizo feliz, John, muy feliz.

—Me alegro, Connie —dijo, y realmente lo sentía—. Los dos fuisteis los únicos

que siempre apostasteis por mí.

—Y tu mujer.

La cuestión era delicada y fue como si le cortaran con un cuchillo. No quería hablar de Viola, y con Connie menos que con nadie, y ese día, menos que ningún otro. Abrió la boca para hacer alguna consideración irónica, pero por primera vez en su vida, no le vino nada a la mente.

Constance lo estudió, y no dijo nada durante un tiempo que pareció una eternidad. Entonces, posó una mano sobre su hombro.

—Si hubiera una sola cosa que pudiera desear, querido, sería la felicidad en tu matrimonio. Las mujeres, John, los rumores…

—¿Acaso merece la pena escucharlos? —dijo, cortándola—. No te preocupes por las lenguas desaforadas de las cotillas. Hablan sin parar, pero no dicen nada. Es espantoso, pero así es.

—Estoy preocupada por ti.

—No es necesario —se apresuró a responder—, estoy contento.

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—Estar contento está muy bien. —Dejó escapar un leve suspiro—. Pero, John, aunque el matrimonio sea muy difícil, también puede traer muchas alegrías. El mío así fue. —Su voz se quebró en un sollozo—. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué voy a hacer sin Percy? Y mi hijo, ¡mi querido hijo! —Se tapó la cara con las manos.

Esta vez no pudo evitar llorar. Él no dijo nada, no había nada que pudiera decir, ninguna anécdota divertida que la hiciera reír, ningún antídoto para el dolor. Para ninguno de los dos. Cerró los ojos, alzó la cabeza para que el sol bañara su rostro y se dejó caer sobre sus brazos, meciéndose con el sonido de los sollozos, pero él sintió que las lágrimas lo anegaban con su propio dolor, como si cada una fuera un azote.

También sintió envidia de ella, de su habilidad para llorar, él nunca podía.

Tenía treinta y cinco años y la última vez que había llorado había sido con siete, en el cuarto de juegos de Hammond Park, mirando un cuenco de cristal de bizcocho con crema que le habían traído de postre. Acababa de escuchar a su niñera, que le había traído las terribles noticias de su hermana Kate. Recordaba cómo las lágrimas habían rodado por su rostro, y cómo los colores de la jarra, la crema y la nata se borraban, se entremezclaban. Desde ese día, odiaba el bizcocho de crema.

Oyó los sollozos de Connie y también quiso llorar. Tumbado en el suelo, hundió el rostro en la fría hierba y sintió el consuelo catártico del llanto del bebé.

Pero sus ojos estaban secos, su estómago era como el cuero, quería arrancarse el corazón. Se pellizcó la cadera, apretó los dientes y se quedó inmóvil.

Se quedaron sentados durante largo tiempo antes de que, finalmente, ella alzara la cabeza.

—¿Qué pasará ahora con Hammond Park? —preguntó, secándose los ojos con

la mano—. Bertram lo heredará todo a tu muerte, ¿lo sabes?

—No si puedo evitarlo. —Sacó el pañuelo de su bolsillo y se lo tendió—.

Realmente, si Bertie se convierte alguna vez en vizconde tras mi muerte, todo habrá acabado. Así que espero regresar como fantasma y darle caza.

Ella casi se echó a reír, a pesar de que todavía sentía las lágrimas en sus ojos.

—¿Hay alguna posibilidad de que tu mujer y tú os reconciliéis?

—Ya lo hemos hecho —mintió—. Viola y yo sabemos cuál es nuestra

responsabilidad. Por Dios, no te preocupes por Hammond Park, todo saldrá bien.

John habló con mucha más seguridad de la que realmente sentía, pues sabía que, respecto a Viola, el deber nunca sería más importante que el amor. Y amor hacia él era algo que Viola no había sentido durante mucho, mucho tiempo.

Un mes después, John descubrió cuánta razón tenía sobre las ideas de Viola acerca del amor y el deber. Ayudó a Constance a poner al día los asuntos de Percy y como para entonces la epidemia de escarlatina había remitido y el riesgo de infección ya no existía, pudo regresar a Londres. Pero, cuando llegó, vio que su mujer no había trasladado sus pertenencias a su casa de la ciudad. Tampoco estaba en Enderby, la villa de Chiswick, a las afueras de Londres, donde había vivido la mayor parte de aquellos años. El servicio no sabía dónde estaba, pues tan sólo se había llevado consigo a su criada y un lacayo. De todos modos, John tenía una ligera idea de dónde podía estar.

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Cuando llamó a la puerta de la casa del duque de Tremore, en su residencia de

Grosvenor Square, sus sospechas quedaron confirmadas: se había refugiado allí.

Podía ver a Viola en el umbral de la puerta de Tremore, preguntando si podían protegerla del vergonzoso deber con su marido.

Tremore fue tan odioso con él como siempre. Entró en la sala con aquellos aires ducales que reservaba para los sirvientes recalcitrantes, para los maleducados y para John. Lo que su cuñado todavía no había entendido era que a él nunca le había intimidado toda esa grandeza.

Afortunadamente, Tremore no trató de entablar una conversación educada. Fue

directo al grano:

—Supongo que ha venido a ver a mi hermana.

Sin ganas de ser educado justo en aquel momento, se enfrentó a la dura mirada

del caballero, dirigiéndole otra igual de despiadada.

—No —contestó—, he venido a llevarme a mi mujer.

Viola miró a su hermano con horror.

—¿Así que Hammond puede llevarme consigo y no hay nada que puedas

hacer?

Anthony se volvió sin contestar. En sus ojos color miel, como los de ella, había una mirada que podía reconocer, una mirada por la que pasaban muchas emociones que ya había sentido antes. Rabia por Hammond, compasión por su situación y, en primer lugar, culpabilidad por haber permitido su matrimonio. Pero Viola también observó algo más: la inevitabilidad.

—¿Cómo voy a irme con él? —gritó, sintiendo que los votos de su matrimonio

la apresaban como un nudo alrededor del cuello—. Después de todo lo que ha pasado, ¿cómo puedo vivir con él como su mujer?

—Tú eres su mujer —le contestó su hermano, y su voz la sorprendió, como si

las palabras la atravesaran. Miró el vaso de coñac que tenía en la mano—. Por mucho que yo quiera que fuera de otro modo.

Viola se volvió hacia la otra mujer que había en la biblioteca con una mirada implorante, una mirada que obligó a su cuñada a hablar.

—¿No hay nada que puedas hacer, Anthony? —preguntó Daphne a su

marido—. Después de todo, eres duque y tienes una gran influencia.

—Mi influencia es inútil en esta situación, querida. Hammond tiene a la ley de su parte, y ni siquiera yo puedo proteger a Viola de eso.

Con la copa en la mano, Anthony se levantó y cruzó la habitación para sentarse al lado de su hermana, en el canapé.

—Si amenazara a Hammond e impidiera que te llevara consigo, podría

emprender acciones contra mí y obligarme a devolverte por decreto legal. Si deseas que luche contra él, lo haré. Pero perderé.

Era tan tentador suplicarle que lo intentara en cualquier caso, a pesar de la certeza del resultado.

—Sería un auténtico escándalo, ¿no?

—Sí, y tú serías la única culpable, Viola, no él. Pues, con su aparición en el baile

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de Kettering la otra noche y las noticias de la muerte de su primo, el rumor corre por todo Londres.

—¿Qué dice la gente?

Su hermano no contestó, pero tampoco era necesario.

—Sin duda, a Hammond lo aplauden por haber metido finalmente a su

recalcitrante mujer en cintura —dijo ella, enfadada, ante la injusticia que suponía.

Anthony no confirmó ni negó sus conclusiones. En cambio, le acercó su vaso de

coñac.

—Toma, bebe. Parece que lo necesitas.

Viola miró el líquido ambarino, que era del color exacto de los ojos de su marido. Tras un momento, puso el vaso sobre la mesa, a su lado.

—No necesito coñac. Lo que necesito es el divorcio.

—Sabes que es imposible.

—Lo sé, lo sé. —Se incorporó, poniendo los codos sobre las rodillas y entrelazó las manos—. ¿Qué voy a hacer? —susurró, sintiendo que casi estaba pronunciando una oración—. ¿Qué voy a hacer?

Anthony profirió un juramento y se levantó.

—Iré al vestíbulo y hablaré con él. Dios sabe que Hammond ya ha aceptado mi

dinero voluntariamente en el pasado. Quizá pueda sobornarlo de nuevo.

Su hermano abandonó la biblioteca y su mujer cruzó la habitación para ocupar

su lugar en el canapé.

—¡Oh, Daphne! —gimió Viola contra sus manos entrelazadas—, cómo desearía

volver atrás y deshacer el pasado. ¡Qué estúpida he sido!

Daphne siempre la escuchaba y era una amiga leal, pero no dijo nada. En cambio, pasó el brazo por sus hombros.

—Nunca has sido estúpida.

—¡Oh, sí! Anthony trató de prevenirme durante años. Me dijo que Hammond

era un bala perdida. Dijo que yo era demasiado joven y que prefería que esperase.

Trató de decirme, de la forma más delicada, por supuesto, cuál era la reputación de Hammond con las mujeres. Su padre era igual, me dijo, un canalla y un irresponsable. Pero estaba tan enamorada de Hammond, tan determinada a casarme con él, que no atendí a razones. Fui una inconsciente y Anthony lo consintió. ¿Por qué no lo escuché?

El brazo de Daphne la apretó con más fuerza.

—Querida Viola, no te culpes por el pasado, no te tortures con lo que no puede deshacerse.

Viola se volvió y miró los ojos violetas de Daphne, aquellos ojos que tanto habían esclavizado el corazón de su hermano tres años antes. De algún modo, ella había ayudado a unir a Daphne y a Anthony, y había disfrutado viendo cómo se enamoraban. Pero había veces que envidiaba a su cuñada. Tener el amor honesto y verdadero de un hombre bueno debía de ser algo maravilloso. Ella siempre había querido tenerlo. Pensó que lo había conseguido, pero qué equivocada había estado.

Se obligó a sonreír.

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—Sería mejor que fueras al vestíbulo y te aseguraras de que Anthony no mata a

Hammond —le aconsejó, levantándose—. Ya sabes que no sienten mucho aprecio el

uno por el otro.

Daphne dudó, como si no quisiera dejarla sola, después dijo:

—No dejaremos que te lleve en contra de tu voluntad, lucharemos de la forma

en que podamos, si así lo deseas.

Su cuñada abandonó la habitación y Viola caminó hacia la ventana. Era una tarde luminosa de abril, cálida y soleada. Al mirar hacia la plaza pudo ver la calesa de Hammond, y recordó la primavera de hacía nueve años. Rememoró las innumerables veces que había permanecido ante esa misma ventana, en esa misma estación, hacía ya tanto tiempo, mirando hacia Grosvenor Square, esperando ver aparecer el carruaje de Hammond, nerviosa e impaciente, asustada, esperanzada y, sí, enamorada.

¡Dios!, cómo dolía recordar aquellos días, recordar cómo temblaba todo su ser

siempre que veía entrar el carruaje, cómo apenas podía mantenerse en pie, esperando, hasta que oía su voz abajo, en el vestíbulo, cómo se retorcía su corazón con un placer dulce, pero doloroso, sólo con que él la mirara.

«¿Me amas?»

«Por supuesto. Te adoro.»

Le dolía recordar la inocencia con que le había creído. Le dolía recordar su propia vulnerabilidad y la devoción ciega con que le había confiado todo su corazón, su alma y su futuro.

Apoyó la frente contra el vidrio de la ventana, recordando el dolor del corazón roto, de saber que sus palabras y sus actos de amor habían sido falsos, que Anthony tenía razón y que era su dinero lo que John amaba. Era otra mujer la que él quería.

Todavía recordaba cómo le había dado la espalda sin siquiera intentar comprender sus sentimientos sobre lo que había hecho, cómo la había abandonado y se había lanzado a los brazos de otra mujer, y otra y otra. Mientras contemplaba el carruaje, sintió su frustración y una rabia profunda que pensó que había vencido hacía tiempo.

La rabia la consumía.

Él era un mentiroso.

Viola dio la espalda a la plaza y a aquellos recuerdos. Ya no era una niña, ya no estaba enamorada de él y, sin duda, ya no era tan estúpida. Tenía que haber una forma de salir de ese embrollo, e iba a encontrarla.

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Capítulo 3

John siempre había sido una persona afectuosa, de buen humor y era difícil que se enfadara, pero cuando se lo provocaba, cuando se lo obligaba a sobrepasar sus límites, los resultados podían ser catastróficos. La mayor parte del tiempo le era fácil mantener el buen humor, pues sabía por su larga experiencia que una observación inteligente siempre podía calmar las tensiones y sobrellevar las cosas civilizadamente. Sin embargo, había raras ocasiones en que le costaba mucho esfuerzo comportarse de ese modo, y esas ocasiones tenían que ver habitualmente con la familia Tremore.

—Aprecio su interés por mis finanzas, mi querido duque —dijo con jovialidad

deliberada—. Aprecio enormemente su oferta, pero soy bastante solvente en la actualidad.

Observó un breve movimiento muscular en la mandíbula de Tremore y, puesto

que le acababa de rechazar un soborno, no pudo dejar de sentir cierta satisfacción ante la frustración de su cuñado.

—Su falta de interés ante mi propuesta me asombra, Hammond. El dinero le fascinaba sobradamente en los días que precedieron al matrimonio con mi hermana.

—Me fascinaba su dinero, ¿quién podría culparme? —dijo gesticulando hacia el

opulento vestíbulo color turquesa, oro y blanco—. Es usted muy bueno dando rodeos.

—Hammond. —Una voz serena irrumpió desde el umbral de la puerta y ambos

hombres se volvieron para ver a la duquesa entrar en la estancia—. Gracias por venir.

John estaba contento ante la llegada de una persona con cierta bondad, pero notó que Viola no estaba con ella. En todas las crisis de su vida, Viola siempre había corrido a pedir ayuda a su hermano, y éste siempre se la había prestado. John comenzó a recabar fuerzas ante la batalla inevitable que se avecinaba. Tremore era un oponente formidable, con bastante más dinero y poder que él, y su situación comenzaba a convertirse en un problema emocional, difícil, de coraje. Viola sabía cómo odiaba ese tipo de cosas, pero si pensaba que iba a cejar en su empeño, estaba equivocada.

—Duquesa —dijo saludándola, con una inclinación y un beso en la mano—.

Qué placer volver a verla, aunque su presencia siempre es un placer.

—Sentí la muerte de su primo. Por favor, acepte mis condolencias.

Se puso rígido ante sus palabras, la herida todavía era demasiado reciente como para reaccionar de forma convencional ante el recuerdo. Respiró hondo y sólo tardó un momento en contestar.

—Gracias.

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Sólo había visto a la duquesa de Tremore un par de veces, pero siempre le había parecido una mujer muy sensible, muy perceptiva, y ella debía de haber notado algunos de sus sentimientos. Entonces, ella llevó la conversación hacia temas más triviales y, desde el punto de vista de John, su marido le siguió la corriente.

Se sentaron en las sillas doradas de petit‐point y hablaron del tiempo, de los asuntos del momento y de su conocido mutuo, Dylan Moore, sobre su matrimonio el otoño anterior y la próxima representación de su nueva sinfonía en Covent Garden.

Pero pasó una hora y media y Viola todavía no había aparecido; la paciencia de John comenzaba a flaquear.

En un momento oportuno, llevó la conversación hacia su mujer.

—Perdóneme —dijo a la duquesa—, pero la vizcondesa y yo debemos

emprender nuestro camino en breve. Me pregunto si podría pedirle a un lacayo que recogiera sus cosas.

—Voy a ver si Viola ha hecho su equipaje —contestó, y la diferencia entre sus

palabras y la exigencia de John confirmó sus sospechas. Estaba allí para entablar una batalla.

La duquesa se levantó y los dos hombres hicieron lo mismo, inclinándose a su

paso. Tras su marcha, el duque y él se fueron a lados opuestos de la habitación, como si tuvieran un acuerdo tácito de mantenerse lo más lejos posible el uno del otro.

Ninguno se volvió a sentar y ninguno habló. La tensión en el ambiente era espesa y pesada, como la calma chicha de una tarde de agosto después de una tormenta.

Casi habían transcurrido nueve años desde que él había estado en esa habitación. Las ventanas todavía estaban coronadas con visillos de seda dorada, como recordaba. Los muros, todavía pintados de blanco, con las mismas molduras doradas y escayolas intrincadas. Tapices azules y verdes cubrían las paredes, y la misma alfombra Axminster azul, oro y rosada cubría el suelo. Tremore era un hombre tradicional. John sintió la extraña sensación de que había vuelto atrás en el tiempo.

Se volvió hacia las ventanas altas, amplias, que daban a Grosvenor Square. Miró a través del cristal, hacia el parque, contemplando los carruajes que pasaban por la calle, que se curvaba tras la hierba suave y el paseo de olmos; carruajes opulentos de las familias más importantes del barrio. Sin duda, sus ocupantes regresaban a casa tras una tarde de negocios. Sabía que sería de noche a las seis en punto.

Su propia calesa, abierta a la agradable tarde de primavera, permanecía abajo, un carruaje tan lujoso como los que pasaban por allí, aunque no siempre había sido así. La última vez que miró a través de aquellas ventanas, su carruaje y sus circunstancias eran muy distintas.

Ahora, de pie, muchos años después, todavía podía recordar al hombre que era

entonces, un hombre que no sólo había heredado el título y la hacienda de su padre, sino también sus enormes deudas, un hombre abrumado por los deberes de la nobleza y sin ningún medio para cumplirlos.

Antes de la muerte de su padre, era como la mayoría de los caballeros de su entorno, canalla, estúpido y visceralmente irresponsable. Un hombre que gastaba

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cada penique de su asignación sin pensar de dónde venía, sin saber que los fondos que su padre le enviaba eran todos a crédito.

Apoyó la frente contra el cristal. Aquella primavera de hacía nueve años, en Londres, todavía se estaba recuperando del susto de descubrir que ser noble conllevaba

responsabilidades,

algunas

que

su

padre

había

ignorado

desvergonzadamente. Había que pagar a los acreedores, había colectores que era necesario reparar para aliviar el brote de tifus entre sus arrendatarios, animales que alimentar, grano que sembrar y sirvientes a los que pagar todos los meses que se les debía. Al contemplar entonces a sus arrendatarios y sirvientes, supo que lo miraban con cinismo, pues no lo consideraban mucho mejor que el señor anterior.

Nunca olvidaría la desesperación que lo atenazó, desesperación de tener a tanta gente a su cargo, de que fueran tan dependientes de él, cuando no veía forma de proporcionarles sustento.

Ninguna forma salvo una.

El sonido de las pisadas que se acercaban hizo que se apartara de la ventana, y contempló cómo Viola aparecía en el umbral del vestíbulo.

La luz del sol que entraba por las ventanas se filtraba a través de su pelo suelto y su rostro, cristalizando en su mente más recuerdos de aquella primavera de hacía tanto tiempo.

Habían pasado nueve años, pero le pareció que había sido el día anterior la última vez que estuvo allí. La sensación de haber retrocedido en el tiempo fue más fuerte, pues Viola parecía tan rubia y encantadora, de pie, en el umbral, como entonces. Aquella primavera no le había importado que tuviera pretendientes haciendo cola a su puerta. El tiempo sólo había dejado una diferencia perceptible en su semblante. El rostro de la muchacha en el umbral siempre lo había iluminado como una estrella. Sin embargo, el rostro de la mujer nunca lo había hecho. La culpa era de ambos, pensó.

Entró en la habitación y se dirigió a su hermano:

—Anthony, me gustaría hablar con Hammond a solas, si es posible.

—Sin duda. —El duque salió sin mirar a John y Viola cerró la puerta tras él. No perdió el tiempo en preliminares o en una conversación educada—. No me voy a ir contigo.

La lucha, según parecía, acababa de empezar.

—Está bien, pues tendré que llevarte atada a siete piedras —espetó,

complacido.

—¿Acaso pretendes sacarme de aquí a la fuerza? —El desprecio invadió su rostro, cosa que no le sorprendió, pues desprecio y odio eran lo único que sentía por él en esos días—. ¿Realmente harías algo tan brutal?

—Sin dudarlo un segundo.

—¡Cómo les gusta a los hombres emplear la fuerza bruta cuando todos los otros

métodos han fracasado!

—De vez en cuando es necesario —contestó.

—Anthony nunca dejará que me lleves en contra de mi voluntad.

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LAURA LEE GUHRKE

En el lecho del deseo

—Posiblemente, pero si se opone, pediré a la Cámara de los Lores que te obligue a volver a casa, y Tremore no tendrá otra elección que entregarte. Sin duda, ya te lo habrá dicho.

Ella no confirmó ni negó esta conclusión.

—Yo también podría cursar una petición de divorcio.

—No tienes ninguna razón y, tras el horrible escándalo que arruinaría para siempre tu buena reputación en sociedad y sumiría a la familia de tu hermano en la vergüenza, perderías. La única razón para el divorcio de una mujer es la consanguinidad o la impotencia, y ninguna de ambas tiene relevancia en este caso.

No estamos emparentados de ninguna forma y, en cuanto a lo otro, nadie podría creerlo.

—No, ¡habida cuenta de tu reputación! —dijo con disgusto—. ¡Qué injusticia, si yo hubiera tenido amantes, podrías alegar adulterio para divorciarte de mí y, sin embargo, tus adulterios son bien conocidos y yo no puedo emplear esos argumentos!

—Sabes tan bien como yo cuál es la razón de todo esto. Un hombre tiene que saber que su heredero es suyo. Las mujeres no tenéis esa incertidumbre.

—Entonces, quizá debería hacer como tú y tener mis amantes. —Alzó la barbilla

con aire desafiante, como una reina resguardándose en su torre—. ¿Te divorciarías de mí si tuviera un amante?

Eso ni siquiera podía encontrarlo divertido. Sus ojos se abrieron y, dirigiéndose hacia ella, dijo:

—No lo intentes, Viola.

Ella alzó una ceja con elegancia.

—¿Preocupado, Hammond?

—La censura que caería sobre ti, si tienes un amante sin haber engendrado primero un heredero, te resultaría insoportable.