Encuentro con Dios en la Soledad y el Silencio por Alfredo Ramos Genes - muestra HTML

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b- Renunciar a sí mismo y cargar con la cruz (DA, nº 140).

“Identificarse con Jesucristo es también compartir su destino: “Donde yo esté estará también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8, 34). Nos alienta el testimonio de tantos misioneros y mártires de ayer y de hoy en nuestros pueblos que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida”. Estas dos condiciones del discipulado marcan a fuego el estilo de vida del que sigue a Jesús: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga» (Mc 8,34). Renuncia a sí mismo y cargar con la cruz son propias del carácter discipular del ser en Cristo.

 

La renuncia o el “negarse a sí mismo” para irse con Jesús es romper con las fidelidades que se profesan a personas (entre ellas, la familia) o a ideales políticos (el “mesianismo nacionalista”) y religiosos (fariseos, saduceos, esenios), realidades vitales que en aquel entonces conforman la red que asegura la existencia. La razón de la negación de sí mismo es hacer de Jesús la fuente y el referente absoluto de la propia vida.

Quien sigue a Jesús tiene que “llevar su cruz cada día” (Lc 9,23) como un condenado a muerte, recibiendo -por ser de Cristo- la burla, el desprecio, el descrédito… y hasta la muerte si fuera necesario. “Cargar la cruz”, por tanto, es sobre llevar el rechazo y la ignominia por ser de Cristo y anunciar su Reino.

c- Inmolar la vida por Jesús y el Reino (DA, Nº 102; 143).

Jesús tiene conciencia que como profeta verdadero vive su existencia como “proexistencia”, es decir, «Vida del Resucitado ofrecida como don para el mundo» (DS, nº 97). Por tanto, el estilo de vida de Jesús está marcado por la inmolación de su existencia y el amor oblativo al modo del Siervo de Yahveh (Is 53,4-6). Ahora bien, si Jesús así vivió, significa que por lo mismo murió, coincidiendo estilo de vida con destino de vida. Esto es lo que Jesús pide a los suyos: que estén dispuestos a perder la vida por Él y por el Reino como signo y sello de que han vivido dándola hasta el extremo (Mc 8,35).

 

d- Opción por los pobres y marginados (DI, nº 3; DA, Nº 257; 391-398).

Jesús de Nazaret come con publicanos y pecadores, realiza actividades prohibidas en día sábado, perdona pecados, toca a gente impura y deja que esa gente lo toque, incluso las prostitutas (Lc 7,37-38; DA, nº 135). Estas conductas de Jesús, con fuerte connotación pública y religiosa, sancionadas negativamente por la Ley de Moisés y las costumbres de Israel, contradicen gravemente el sistema socioreligioso del mundo judío.

Sin embargo, Jesús las realiza como signos claros de la irrupción del Reino de un Dios, su Padre, que anhela reinar como “nuestro Padre”, rico en vida y misericordia. Por eso a los pobres y marginados se les anuncia la Buena Nueva del reinado de Dios (Lc 4,16-21; DA, nº 152; DS, nº 94). Así, con este modo de proceder, Jesús inaugura en la historia y en el mundo la presencia soberana y liberadora del Padre celestial, invitando sobre todo a pecadores y marginados a acogerse a su perdón y participar de su vida.

e- Llevar a cabo adhesiones vitales (DA, Nº 12; 19; 137).

En el seguimiento del Señor hay conflictos de fidelidades irreconciliables entre su propuesta y las personas y realidades que se oponen a Él. El hecho de que estas renuncias sean por Jesús y por el evangelio (Mc 10,29) indican que se hacen en razón de una nueva adhesión: la persona de Jesús, el Reino y su comunidad (DA, nº 136).

La adhesión a Jesús es fuente de conocimiento de la voluntad de Dios. La adhesión a los suyos es integración a la familia de Dios, la que depende de la participación de la vida del Padre y de la escucha atenta y obediente de su Mesías.

Ni antes ni hoy se puede servir a dos señores (Mt 6,24), por lo que hoy como antes son imprescindibles las renuncias que favorezcan la orientación decisiva y creciente de la existencia por el único Señor (DA, nº 243).

PREDICAMOS A CRISTO HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA (Pablo VI – 1970)

¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.

Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos.

Éste es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico.

¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos.

Mc. 8,27-29: 27 Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 28 Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». 29«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías».

¿HOY, AHORA, HE TENIDO, TENGO, UNA EXPERIENCIA PERSONAL DE JESUCRISTO?

¿CUÁNDO ME SIENTO, VITALMENTE, MÁS CERCA DE JESUCRISTO?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Martes 2

LA ESPIRITUALIDAD PROPIA DEL DISCÍPULO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Recapitulación

Ya señalamos que sólo indicaríamos brevemente algunas notas de la espiritualidad que brota del carácter discipular del acontecimiento cristiano.

Nos ayudará a ello la síntesis de lo que constituye lo distintivo del carácter discipular según los cuatro términos del Documento de Aparecida:

a- Por la “vinculación”, Cristo -como don de amor- une su vida salvífica a la nuestra, haciendo que nuestra historia sea salvífica.

b- La vinculación se convierte en “configuración existencial” con Jesucristo (ya es “sacramental” por el bautismo) en virtud de la opción personal por Él que lleva al discípulo a renunciar a lo que lo separa de su Señor, para adherirse vitalmente a Él. Si la vinculación acentúa el don, la configuración existencial pone de relieve la respuesta responsable de vivir dicha vinculación.

c- Este dinamismo discipular trae consigo necesariamente la “misión”, entendida como aceptación de la luz y fuerza del Espíritu que hace posible el testimonio de lo que Jesús nos regala, y

d- No existe discipulado sin “comunidad”, es decir, sin “comunión” de “sus discípulos”: la vinculación con Jesús es, por lo mismo, pertenencia a los suyos.

1. Una espiritualidad trinitaria

Toda la vida cristiana debe alimentarse de la espiritualidad trinitaria que es, por sobre todo, espiritualidad bautismal (DA, Nº 240-242).

La experiencia de Dios-amor permite superar el egoísmo, y la de Dios-unidad, el individualismo, ambos característicos de nuestra cultura. La espiritualidad trinitaria es la de “nueva creación”, la de relaciones impensables con Dios (“hijos del Padre”), con los otros (“hermanos uno de otros”) y con las cosas (“servicio a la Vida”).

Es también espiritualidad cristológica, centrada en la Persona y obra de Jesucristo en cuanto Hijo del Padre, lleno de su Espíritu. Está, pues, marcada por la donación de la vida hasta el anonadamiento radical (kénosis; DA, nº 242), es decir, lleva el sello de la “cruz” del Resucitado.

2.  Una espiritualidad eucarística y centrada en la Palabra de Dios

Si el “carácter discipular” es lo distintivo del “ser en Cristo” se requiere una espiritualidad que nutra el seguimiento del Señor en virtud de las mediaciones de encuentro con Él. De aquí la necesidad de una espiritualidad eucarística y una espiritualidad centrada en la Palabra de Dios (DA, Nº 179; 309).

Porque la Eucaristía «prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre (Fil 2,6-8» (DA, nº 176) es la fuente de la vocación y misión del discípulo misionero, La Eucaristía, pues es «el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo», pues por este Sacramento «Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo»; toda la existencia del discípulo misionero en cuanto tal será auténtica si adquiere «una forma eucarística» (nº 251). La Eucaristía es «escuela de vida cristiana» (nº 175).

La Sagrada Escritura es mediadora del encuentro con Jesucristo vivo cuando se la acoge como Palabra «salvífica y reveladora del misterio de Dios y de su voluntad» (DA, nº 172). Requiere, pues, comprenderse y orarse en el contexto de la Tradición y de la vida. San Jerónimo decía que desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y, sacando la conclusión, Benedicto XVI nos enseña: «Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios» (nº 247). La Lectio divina es una de las formas privilegiadas de empleo de la Escritura para alimentar el encuentro transformante con Jesucristo vivo (nº 249).

3. Una espiritualidad de comunión y participación al interior de la Iglesia

Si la vida cristiana se vive en la comunidad eclesial y sin ella no hay discípulos del Señor, hay que valorar y promover la espiritualidad de comunión, fundamental para vivir la fe insertos en pequeñas comunidades eclesiales que sean vivas y dinámicas (DA, Nº 179; 307; 309).

La espiritualidad de comunión se pide explícitamente a los Obispos (DA, Nº 181; 189), los presbíteros (nº 316) y los fieles laicos (nº 307).

En unidad estrecha a la espiritualidad de comunión se exhorta también a vivir la de participación; ambas se presentan como principios educativos para formar al hombre y al cristiano (DA, nº 368).

4. Una espiritualidad de comunión y acción misionera en el mundo

De la misión vivida como exigencia de un auténtico discipulado se deriva una espiritualidad de comunión misionera (DA, nº 203) y de acción misionera (Nº 284-285), que nos impulsen a testimoniar el Reino con gozo, fruto de la experiencia de Dios y de su amor, como lo han hecho tantos apóstoles y santos (nº 273).

La espiritualidad de la acción misionera está hecha de docilidad al impulso del Espíritu y a su potencia de vida «que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia», conduce la misión y llena de ardor misionero al discípulo (DA, nº 284).

La espiritualidad de comunión misionera requiere replantear los organismos parroquiales como lugares de evangelización, superando «cualquier clase de burocracia», como -por ejemplo la configuración de consejos pastorales parroquiales conformados por auténticos discípulos misioneros preocupados por llegar a todos (DA, nº 203).

5.  Una espiritualidad para el mundo urbano

El hecho de que la mayoría de los cristianos vivan su discipulado en ciudades, laboratorios de una «cultura contemporánea compleja y plural» (DA, nº 509), exige una espiritualidad urbana marcada por algunas notas distintivas como la gratitud, la misericordia y la solidaridad fraterna, actitudes propias de quien ama desinteresadamente y sin pedir recompensa (nº 517c).

Como «Dios vive en la ciudad» (DA, nº 514; ver Ap 21,2-4), dicha espiritualidad permite descubrir el “rostro urbano” de Dios para dar sentido y contenido de fe a las dichas y desdichas propias de los ciudadanos sumergidos en variadas y complejas categorías sociales, económicas, políticas y culturales. La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos. Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión, no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos. Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él.

 

Esta espiritualidad está llamada a recuperar e integrar los elementos propios de la vida cristiana: «La Palabra, la Liturgia, la comunión fraterna y el servicio, especialmente a los que sufren pobreza económica y nuevas formas de pobreza» (DA, nº 517,g; ver nº 516).

Esta espiritualidad suscitará una «pastoral de la acogida» (DA, nº 517,i), de la atención evangélica al mundo del sufrimiento y de los excluidos (Nº 517,j; 518,e), de la presencia profética del discípulo en su ciudad (nº 518,i) y una “pastoral de la belleza” que abra a Dios y a su Palabra (nº 518,l).

6.  Una espiritualidad inculturada y popular

Los Obispos en Aparecida valoran la «religiosidad popular» que en la mayoría de nuestros pueblos corresponde a un «catolicismo popular, profundamente inculturado» (DA, nº 258). Ella no es un modo secundario de la vida cristiana (nº 263).

Expresiones espirituales de la religiosidad popular son las fiestas patronales, las novenas, los rosarios, las peregrinaciones…. Estos breves instantes de devoción condensan «una viva experiencia espiritual» (nº 259), cuyos valores configuran una «espiritualidad popular» que, aunque se vive en una multitud, no debe calificarse como «espiritualidad de masas» (nº 261).

Valores cristianos que configuran dicha espiritualidad:

Å      la conciencia del “misterio” y el sentido de la trascendencia divina;

Å      la vida concebida como “camino” o “peregrinación” hacia Dios;

Å      el sufrimiento vicario;

Å      la esperanza;

Å      la súplica sincera;

Å      sabiduría popular de la vida;

Å      gratitud inmensa por los dones recibidos de Dios;

Å      la centralidad en los signos religiosos: crucifijo, estampas, rosario, velas… (DA, Nº 258-265).

Esta espiritualidad, verdaderamente cristiana porque conduce al encuentro con el Señor, «integra mucho lo corpóreo, lo sensible, lo simbólico y las necesidades más concretas de las personas. Es una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos que, no por eso, es menos espiritual, sino que lo es de otra manera» (DA, nº 263). Se trata de un «imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda», aprovechando el «rico potencial de santidad y de justicia social» que encierran (nº 262).

DIFERENCIAS ENTRE UN CREYENTE Y UN DISCÌPULO

PRESBÍTERO-CREYENTE

PRESBÍTERO-DISCÌPULO

Suele esperar panes y peces: Piensa que es un funcionario de una institución que le debe alimentar y mantener. EXIGE

Es un pescador: Su vocación es hacer crecer el Reino de Dios entre los hombres, sin esperar nada a cambio. DA Y SE DA

Su tarea principal es consumir lo que el reino ofrece.

Pone al servicio del Reino todo lo que es, lo que tiene y lo que hace

Lucha por mantenerse: Mantiene el estatus que ha “conseguido” con “tanto esfuerzo”. Para algo “me quemé las pestañas”

Lucha por crecer: Su preocupación es dar la medida de Cristo en su vida, aún a costa de sacrificios

Está centrado en sí mismo: “Yo soy, yo puedo, yo hago, yo tengo…”

Está centrado en su Maestro: “Todo lo puedo en Cristo”.

Bebe en pozos ajenos: Profesiones, actividades mundanas.

Bebe en su propio pozo. Descubre la riqueza de su espiritualidad.

Se sirve de los demás. Aprovecha la lana de las ovejas.

Sirve a los demás: Busca la oveja perdida, cura la enferma y sana la herida.

Cree en la fuerza poderosa de su predicación

Cree en la fuerza poderosa de la Palabra de Dios

El creyente se gana

El discípulo se hace

Señala la cruz: No está dispuesto a mover un dedo para cargarla.

Carga la cruz: Toma la Cruz y sigue al Señor, hasta crucificarse con Él

Espera que el Reine se realice y llegue. Lo espera sólo como un don que “viene”.

Construye las condiciones para que Dios construya Su Reino. Lo espera como don y una conquista.

Depende en gran parte de los pechos de la madre (el Obispo, el Presbiterio, la Comunidad). Necesita “leche” (Heb. 5)

Ha sido destetado para servir: Crece en autonomía y responsabilidad pastoral. Come Alimento sólido. Se hace propósitos altos.

Culpabiliza a otros de su camino de fe: Atribuye a los demás los fracasos de su vida.

Se responsabiliza de su crecimiento espiritual y asume las situaciones como propias

Gusta del halago y depende del estímulo: Trabaja con “motor prestado”

Gusta del esfuerzo y del sacrificio; Imita el camino de su Maestro: “Trabaja con motor propio”

Entrega parte de sus ganancias: Guarda reservas humanas y morales

Entrega su vida: Se da sin límites, no se guarda nada para sí mismo

Vive una fe hereditaria, tradicional, repetititva y con poco fundamento, para exponerla, defenderla o proponerla. No sabe el por qué.

Vive una fe creativa: Se mantiene “dispuesto a dar razón de su esperanza a todo aquel que le pide una explicación” (1 Pe. 3,15). Sabe el por qué

Busca que lo animen: Es Objeto de la Pastoral Sacerdotal. “Por mí deberían hacer…”

Busca animar: Es Sujeto y Objeto de la Pastoral Sacerdotal. “¿Qué puedo hacer por mis hermanos?”

Espera que le asignen tareas: Confunde la obediencia con servilismo irracional, sin expresar sus necesidades y expectativas.

Asume sus responsabilidades: Obedece con amor y sacrificio, asumiendo las tareas como mandato apostólico

Busca los “cargos”: Concibe su vida y el Ministerio como una carrera que debe avanzar incesantemente. Se siente llamado al éxito. El Ministerio como Trayecto

Busca amar y servir, aún sin cargos. No busca brillar ni aparecer. Prefiere la discreción del amor efectivo. Se sabe llamado al testimonio. El Ministerio como Proyecto.

Murmura y reclama: Es crítico con todos. Con la Iglesia, el Magisterio, el Obispo, los superiores, los hermanos, etc.

Obedece y sirve: Asume con madurez y caridad cristiana las debilidades de la Iglesia. Sabe que en el Plan de Dios se incluye el misterio del pecado.

 

1.    ¿Creyente o Discípulo?

2.    ¿En qué aspectos concretos ha cambiado mi vida personal y ministerial si la comparo con lo que vivía hace antes? Rasgos positivos y negativos.

3.    ¿En qué han cambiado mis prácticas espirituales si las comparo con las que tenía hace cinco, diez o quince años?

4.    Si tuviera que pedir tres gracias para ejercer el ministerio presbiteral en el mundo de hoy, ¿cuáles pediría?